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domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


martes, 21 de abril de 2026

Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

 


Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

¿No viste la señal?, nos dice apresurado nuestro compañero de viaje. Íbamos tan a la carrera, con la cabeza metida en nuestras cosas que no vimos la señal de tráfico que estaba allí al lado de la carretera bien clarita; pero metidos en nuestras rutinas, con los agobios que siempre llevamos en la cabeza, aunque nos hicieran miles de señales no vimos nada y con el peligro de causar un accidente, con el peligro de perdernos en el camino, con el peligro de poner en juego nuestra propia vida pero también de los que vayamos encontrando por el camino. Más atención tendríamos que prestar porque se ponen en juego muchas cosas y podemos perder el norte del camino que quisiéramos realizar.

¿Hablamos de señales de tráfico? Nos ha servido como ejemplo para lo que ahora queremos reflexionar en torno al Evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en Cafarnaún al día siguiente de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado, la gente ha venido a buscar a Jesús y Jesús quiere hacerles reflexionar sobre los verdaderos motivos que puedan tener en su búsqueda; el final les ha hablado de que tienen que creer en El.

Pero como en otras ocasiones nos encontraremos también en el evangelio la gente pide pruebas y señales para creer en El. Como nosotros que andamos con nuestras desconfianzas y parece que ya no creemos en nadie; cuando ha llegado alguien con razones convincentes, como se suele decir, pero sobre todo con la rectitud de una vida y que nos invita a algo especial también estamos siempre pidiendo pruebas de credibilidad; no de todo el mundo nos vamos a confiar, ¿qué autoridad tiene esa persona para que confiemos en ella y creamos lo que nos dice? Vamos pidiendo pruebas aunque tengamos bien a las claras delante de nosotros la rectitud de esa persona, porque siempre nosotros tenemos que poner una pega, siempre hay cosas que nos tienen que aclarar por muy claras que estén.

‘¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer’. La eterna pregunta, la eterna prueba que seguimos pidiendo una y otra vez. Nos cegamos para ver las señales porque andamos a lo nuestro. Ya les decía Jesús que le buscaban porque habían comido pan en abundancia en el desierto, pero no porque vieran las señales que estaba realizando.

Le argumentan lo del maná que recibieron sus antepasados en el desierto mientras peregrinaban hacia la tierra prometida, y olvidaban tan pronto la señal que Jesús había realizado cuando había multiplicado los panes y los peces para que todos comieran y comieran en abundancia. Decían que les gustaba escuchar a Jesús y se iban de un lado para otro siguiéndole para escuchar sus enseñanzas; pero quizás su mente andaba obnubilada con la idea que se habían hecho de lo que había de ser el Mesías y por eso no terminaban de comprender las enseñanzas de Jesús.

Y Jesús les habla de un pan bajado del cielo que es verdadero alimento. Alimentando estaba Jesús a aquella gente con el anuncio del Reino de Dios, con el anuncio de la Palabra de Dios, con lo que Jesús les enseñaba que les estaba dando un sentido nuevo a sus vidas. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, había replicado Jesús al tentador allá en el desierto. Y es el alimento que Jesús nos ofrece, el que tenemos que buscar y que solo lo podemos encontrar en El. Por eso nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo y que quien lo come está alimentado para siempre.

Es la Sabiduría del Espíritu de Dios quien nos alimenta; es el hambre entonces que tendríamos que tener de ese alimento, el hambre que tendríamos que tener de Jesús. También tenemos que decirle ‘danos siempre de ese pan’ conscientes de cómo tenemos que alimentarnos de Jesús que el saciará nuestra vida para siempre. Seamos capaces de ver las señales porque en El tenemos todo el sentido de nuestra vida. No pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra.

martes, 6 de mayo de 2025

Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

 


Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

Aun empleando las mismas palabras muchas veces no nos entendemos; pareciera que hablamos lenguajes distintos y de alguna manera así es, porque le damos distinto significado a las palabras, hay quien se queda con la literalidad material de lo que es la palabra pero no nos damos cuenta que en ellas estamos expresando una imagen que nos lleva más allá; según nuestros propios sentimientos o nuestros estados de ánimo, según lo que estemos viviendo en el momento podemos hacernos distintas interpretaciones y eso hará que no nos entendamos. El lenguaje, por otra parte, puede estar muy lleno de imágenes en las que tenemos que saber leer el mensaje que realmente se nos quiere dar.

Jesús empleaba un lenguaje muy lleno de imágenes,  muy propio de aquella cultura oriental, pero empleaba también un lenguaje directo y claro, pero sin embargo no siempre lo entendían quienes hacían una tergiversación de sus palabras. Aquello que solemos decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír le sucedía a quienes escuchaban a Jesús. Y Jesús lo indicaba con aquello del que tenga oídos que oiga lo que voy a decir.

Nos encontramos en estos días con unos textos del evangelio de san Juan que están muy llenos de imágenes pero que quieren expresarnos cosas muy importantes. Partimos de aquel pan que Jesús les había dado allá en el descampado y Jesús les viene a decir que busquen el pan venido del cielo que el Padre les dará. Aquella imagen les recuerda aquel maná que comieron sus padres en el desierto, y decían que Moisés les había dado un pan venido del cielo, pero Jesús les irá aclarando que es otro el Pan que han de comer que les dará vida para siempre. Los que comieron el pan en el desierto murieron, pero el Pan que ahora Jesús nos ofrece nos dará vida para siempre.

Aquí es cuando viene el juego de palabras y las interpretaciones por una parte excesivamente literales que se hacen de las palabras de Jesús y sus propias interpretaciones. Es aquí donde tenemos que comenzar a comprender el mensaje que quiere Jesús trasmitirnos. Es la escucha que hemos de hacer de sus palabras pero con esa apertura no solo de la mente sino del corazón para comprender ese pan del cielo que Jesús nos ofrece.

El pan es un alimento y si no nos alimentamos morimos por inanición. Es lo que viene a significar Jesús para nosotros, ese pan, ese alimento de vida que nos dará vida y vida para siempre. ¿Qué significa esa vida que nos da Jesús y que es para siempre? Con Jesús encontramos la verdadera vida, con Jesús encontramos la luz que da sentido a nuestro camino, con Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, en Jesús tenemos esa sabiduría que nos hará vivir en plenitud.

No es ya solo lo que nos puede entrar por la boca y que llevamos a nuestro estomago para sacar de ese alimento los nutrientes de nuestra vida. Es otro el nutriente, es otra la sabiduría, es otra la vida que se nos dará en plenitud; solo en Jesús podemos encontrarla, solo escuchando a Jesús, viviendo a Jesús es como podemos tener esa vida para siempre. Es de lo que nos va hablando el evangelio en estos días y nos dará para hermosas reflexiones que nos seguiremos haciendo.

Los judíos de Cafarnaún aunque aun no terminaban de entender claramente las palabras de Jesús, vislumbran que algo hay distinto en lo que Jesús les dice, en ese pan que Jesús les ofrece y le piden que les dé siempre de ese pan. Como la mujer samaritana que le pedía a Jesús el agua que calmaría para siempre su sed, aunque ella solo estaba pensando en el agua que tenia que venir todos los días a sacar del pozo de Jacob.

Pidamos esa agua viva, pidamos ese pan que nos alimenta para siempre. Aunque nos cueste entender queramos escuchar estas palabras de Jesús que son Palabras de vida eterna, como terminará confesando Pedro.

domingo, 11 de agosto de 2024

Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

 


Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

1  Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

¿Quién no habrá tenido alguna vez un momento duro de la vida en que agobiado por los problemas o las mismas dificultades de la vida no habrá querido morirse? Enfermedades que parece que no tienen remedio, problemas familiares a los que no encontramos solución, problemas económicos con los que nos vemos en la calle sin ninguna posibilidad, dificultades de entendimiento con los que convivimos, problemas en los que quizás nos hemos metido y en los que ahora nos vemos cercados incluso por el prestigio que perdemos ante los que nos rodean… No lo habremos vivido así con esa intensidad como para desear morirse, pero si habremos escuchado gente de nuestro entorno que se siente así y muchas veces no tenemos ni qué decirle.

¿Por qué me hago esta consideración que pudiera parecer un tanto extrema? Es que de eso nos ha hablado la primera lectura con la situación en la que se encontraba el profeta Elías. Se va al desierto y se quiere morir; se ve acosado por la autoridades de Israel porque él proclama y defiende la fe en Yahvé como único Dios y Señor, mientras pretenden imponer la religión de los baales contra lo que lucha denodadamente; pero se siente impotente, se quiere morir. Pero el ángel del Señor se le manifiesta tras aquellos sueños que él deseaba que fueran de muerte, para encontrarse una hogaza de paz y una jarra de agua junto a su cabecera sintiendo la invitación de comer para seguir adelante. Más tarde tendrá la experiencia de Dios en el Horeb sintiéndose ya con fuerzas para volver a su pueblo y seguir con su lucha por la auténtica fe del pueblo de Israel. Ha recibido un alimento de Dios, que no solo ha sido recuperar las fuerzas físicas de su cuerpo extenuado, sino la fortaleza interior para continuar con su misión.


Ahora vamos a pensar nosotros en nuestra situación; no solo aquella descripción que nos hacíamos al principio de esta reflexión sino que podemos ahondar mucho más en nuestro propio interior, en nuestra lucha por la vida, en la situación en que nos encontramos en nuestra sociedad que no sabemos ni a dónde va ni en lo político, ni en lo social ni incluso en lo ético por la pérdida de valores que contemplamos que nos lleva también a una pérdida de la moralidad de la vida. ¿No nos sentiremos también extenuados e impotentes muchas veces donde parece que todo se nos vuelve oscuro?

Y es aquí donde tenemos que escuchar el evangelio de hoy. Jesús nos sigue hablando de un pan de vida que comiendo de él tendremos vida para siempre. Pero ¿realmente de qué se trata? ¿Qué es lo que nos está ofreciendo Jesús? Recordamos que la gente cuando comenzó a hablarles de todo esto le pidió que les diera siempre de ese pan. ¿Sería como la petición de la samaritana que pedía de aquella agua que bebiéndola ya volvería a tener sed, pero era para no tener el trabajo de venir cada al pozo para sacar agua? ¿O estarían pidiendo pan gratis como el que les dio Jesús en el descampado para no tener que buscar donde ir a comprar pan cada día?

Creo que podemos entender que Jesús quiere referirse a algo más que eso. Alimentar la vida no es solo comer unos nutrientes para que nuestro cuerpo se mantenga vivo y podamos seguir haciendo las cosas. No siempre lo entendemos pero ese alimento se refiere a algo más hondo que realmente nos dé ganas de vivir, nos haga vivir y vivir en plenitud, porque le encontremos un sentido a la vida, a lo que hacemos, a nuestros trabajos, a lo que son nuestras relaciones con los demás.

Es encontrar esa fuerza interior y esa sabiduría que nos haga levantarnos cuando estamos decaídos, que nos ayude a encontrar la luz cuando todo parece oscuro, que nos dé respuestas cuando parece que nada tiene sentido, que nos haga encontrar esa fortaleza para mantenernos en la lucha porque seguimos creyendo en nuestros valores, que eleve nuestro espíritu cuando nuestro vuelo y nuestras metas se hagan demasiado rasantes para aprender a tener altos vuelos en la vida, esa gracia para no sentirnos hundidos cuando nos agobien los problemas, a saber poner alegría en el corazón aunque muchas sean las penas porque con optimismo creemos que es posible transformar todo eso.

Por eso los cristianos somos las personas más alegres del mundo con una alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar, no nos dejamos morir sino que queremos vivir pero es que además queremos contagiar de vida al mundo y a cuantos nos rodean. Es que tenemos a Cristo que es nuestra vida, nuestro pan de vida, y con El sabemos que por muy oscuros que sean nuestros caminos tendremos vida para siempre.

Para eso Jesús se hace Eucaristía, así estará más cerca de nosotros porque comiéndole a El lo tendremos en lo más hondo del corazón. Sí, es el pan vivo bajado del cielo para que comiéndole tengamos vida eterna. Esa vida eterna que vivimos en el ahora de nuestra vida, que pone amor en el corazón, paz en nuestro espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino, cada día, en cada instante. Por eso la Eucaristía no es simplemente un rito que realizamos, es una vida que asumimos, porque es asumir la vida de Cristo, vivir la vida de Cristo, vivir a la manera y en el sentido de Cristo.


domingo, 4 de agosto de 2024

Vayamos en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El y pidámosle ‘Señor, danos siempre de ese pan’

 


Vayamos en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El y pidámosle ‘Señor, danos siempre de ese pan’

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Salmo 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

Buscamos y a veces no encontramos; no sabemos dónde, no sabemos cómo; quizás tenemos que ponernos en camino, porque está en otro lugar, porque otra es la manera en que lo hemos de encontrar; perdemos el norte, no sabemos donde y cómo buscar; buscando incluso una cosa concreta que está dentro de nuestro interés, quizás encontramos otra mejor; por eso necesitamos atención, mirada nueva y distinta, quizás dejarnos aconsejar, dejarnos guiar.

Son muchas las cosas que vamos buscando por la vida; no todas tienen el mismo valor, tenemos que dar prioridades, saber qué es lo más importante, no quedarnos solo en lo material y primero que pueda aparecernos; esas búsquedas nos pueden llevar a una interiorización distinta de la vida, de las cosas, de las realidades que palpamos, porque hay otras cosas que no palpamos con las manos y pueden ser más importantes. De alguna manera siempre estamos en camino de búsqueda.

Hoy nos habla el evangelio de que aquella multitud a la que Jesús dio milagrosamente de comer allá en el descampado a la mañana siempre buscan a Jesús y no está; se vienen como pueden a Cafarnaún y allí de nuevo se encuentran con Jesús. Pero ahora Jesús les hace detenerse. Buscan a Jesús ¿por qué? Buscamos a Jesús, ¿por qué? Jesús les hace ver que lo están buscando porque en el desierto les había dado de comer pan en abundancia. Habían sobrado incluso doce canastos, a pesar de solo tener cinco panes.

Pero parece que no han sabido ver el signo. Lo tenemos tantas veces ante los ojos y no lo vemos, nos está hablando y no lo escuchamos. Jesús les dice que busquen un alimento que les de vida para siempre para que no siempre tengan que estar mendigando panes que no sacian. Les cuesta entender.

Y Jesús les habla del pan que El sí puede darles, un pan bajado del cielo. Se quedan pensando en el maná que comieron sus antepasados en el desierto, pero los que comieron aquel pan también murieron. Como nos quedamos nosotros siempre pensando en lo inmediato, la solución de las cosas del momento, y perdemos la trascendencia que tiene que tener la vida. Tiene que ser algo que vaya más allá del presente, algo que nos haga vivir de verdad. ¿Nos estará Jesús adelantando que hemos de saber encontrar un sentido para la vida? Luego otro será el pan que Jesús les está ofreciendo.

Comienzan a vislumbrar que es algo distinto a lo que están pensando de lo que Jesús les está hablando aunque terminan sin entender. Por eso continúa su búsqueda, sus preguntas. Tenemos que sabernos hacer muchas preguntas para que podamos encontrar la respuesta verdadera. No nos quedemos atascados.

Ellos se preguntan qué es lo que tienen que hacer. De alguna manera Jesús se los ha venido diciendo desde el principio porque su primer anuncio fue invitarles a salir de si mismos para comenzar a creer en algo nuevo; invitaba Jesús a la conversión  que era ponerse en camino de transformación para comenzar a vivir algo distinto. Era necesario creer en ese anuncio, en esa buena noticia.

Ahora les dice Jesús que esa buena noticia es El, han de creer en el Hijo del Hombre que viene sellado de Dios, viene con el sello de Dios, porque los milagros que hace son ese signo, ese sello de Dios en El. ‘Mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.

Quieren comer ellos de ese pan. ‘Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de este pan’. Y es cuando Jesús hace la gran afirmación. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. Tenemos que buscar a Jesús, sí, porque es el que nos da ‘el alimento que perdura para la vida eterna’, como nos había dicho. En Jesús vamos a encontrar eso nuevo que eleva nuestro espíritu, que nos llena de trascendencia y nos da verdadero sentido y plenitud a nuestra vida.

Es Jesús el que nos va a sacar de nuestras vaciedades y sin sentidos; es Jesús, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios, el que va a transformar ese hombre viejo de nuestra vida en un hombre nuevo de la gracia. ‘Renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios’. Es en Jesús en quien vamos a encontrar esa plenitud de vida porque por la fuerza de su espíritu nos va a dar una vida nueva que nos hace sentirnos hijos de Dios.

Vayamos, pues, en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El. ‘Señor, danos siempre de ese pan’.

 

martes, 16 de abril de 2024

Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

 


Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

El camino de la vida no lo podemos hacer sin alimento. Sí, necesitamos alimentar nuestro cuerpo, que en cierto modo es alimentar nuestra vida; sin esos nutrientes el organismo muere, y no vamos ahora a explicar toda una lección sobre la alimentación humana; es el ansia de todo ser vivo, poder seguir viviendo, y por eso buscamos el alimento; tristes son las imágenes que podemos contemplar de gente desnutrida por el hambre, o por la escasez del necesario alimento; una de las grandes preocupaciones de la humanidad que se pregunta si tenemos los recursos necesarios y suficientes en la tierra para alimentar a una población que cada vez crece más. Cuantos planteamientos se hacen sobre todo esto, cuantas soluciones se buscan, cuantas culpas muchas veces nos echamos los unos a los otros.

Es algo claro y urgente, es cierto, pero la persona necesita algo más para su subsistencia. Alimentar la vida no es solo alimentar el cuerpo, porque la persona es mucho más que un cuerpo que alimentar y mantener aunque haya que hacerlo. Hay algo que tiene que llegar más hondo en el ser humano, que tiene que alimentarle como persona; podemos pensar en los valores sobre los que queremos fundamentar la vida y que nos dan sentido y valor a lo que vivimos y a lo que hacemos. La persona ha de tener otros interrogantes y otros planteamientos que le ayuden a dar profundidad a la vida. Todos, en fin de cuentas, de una forma o de otra, en un momento o en otro, nos interrogamos sobre el sentido de la vida, y cuando tenemos claras unas metas, unos objetivos, una razón de ser nos sentimos más vivos, nos sentimos con mayor intensidad de vida.

Creo que en el fondo es lo que nos está planteando hoy Jesús en este pasaje del evangelio. Ayer les decía Jesús que no se preocuparan solo por un alimento que perece y buscaran un alimento que perdura. Les cuesta entender, porque fácilmente nos quedamos en lo material de la vida y nos cuesta ir más allá, aunque sea algo que de una forma o de otra como decíamos siempre está detrás del pensamiento humano. Ya nos recordaba Jesús, allá en el monte de la cuarentena, cuando las tentaciones, que ‘no solo de pan vive el hombre…’

Cuando aquella muchedumbre hambrienta, llena de problemas y de sufrimientos, con sus enfermos a cuestas incluso, caminan tras Jesús incluso hasta lugares desérticos como hemos visto estos días, era algo más que pan o una salud corporal lo que iban buscando. Claro que sí que esperan y desean sus milagros, pero lo que querían era escuchar a Jesús. Su Palabra les daba vida, sus palabras ponían esperanzas en su corazón, su enseñanza les ponía en camino de algo distinto en sus vidas aunque tanto les costara comprenderlo y vivirlo. Por eso vemos que ante los planteamientos de Jesús se siguen preguntando, y se preguntan en el fondo que es lo que Dios quiere de ellos.

Les costará entender y seguirán pidiendo un pan que les alimente. ‘Danos siempre de ese pan’, le dicen cuando Jesús les habla de un pan que comiéndolo no volverán a tener más hambre. Y al hablarles de un pan que viene del cielo, recuerdan a sus antepasados en el desierto y el pan bajado del cielo que Moisés les daba, el Maná. Pero Jesús quiere hacerles entender el significado verdadero de aquel pan y del pan que ahora Jesús les ofrece.

El maná que comieron en el desierto era algo más que saciarlos del hambre que tenían, cuando ya les acababan todo tipo de suministros. Aquello era todo un signo del Dios que les acompañaba en aquel camino. Era el camino en búsqueda de la libertad, era el camino que les estaba haciendo como pueblo, era el camino que les estaba haciendo crecer como personas que sabían que tenían que caminar juntos, era el camino más allá de una tierra prometida, de una nueva vida que habían de vivir en aquella tierra, y Dios estaba con ellos.

Ahora entraban en una etapa distinta. La presencia de Jesús tenia que hacerles ahondar de verdad en el autentico sentido de la vida. Esa es la Buena Nueva que nos ofrece Jesús, ese es el sentido del Reino de Dios del que les habla Jesús. Y eso lo podemos realizar con Jesús. Nos ofrece su Palabra, esa Palabra de Dios que sí alimenta al hombre de verdad. Recordamos, no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que sale de la boca de Dios. Es todo lo que nos va enseñando Jesús para que en verdad tengamos nueva vida. Por eso tenemos que comer ese Pan bajado del cielo, ese Pan de vida que es Cristo mismo.

¿Cuál es el verdadero alimento que tendríamos que buscar para tener vida y tener vida en plenitud? Es lo que nos está ofreciendo Jesús. ‘Danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.

 

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.


jueves, 27 de abril de 2023

Jesús es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, verdadera plenitud a mi existencia, de El tenemos que alimentarnos para tener vida para siempre

 


Jesús es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, verdadera plenitud a mi existencia, de El tenemos que alimentarnos para tener vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

En la lógica de nuestros razonamientos humanos hay cosas que nos parecen imposibles y aunque en nuestros sueños y deseos aspiremos a otra cosa, lo desechamos como irrealizable y no queremos pensar en ello. Aparte de lo que disfrutemos con la comida, sin embargo quien alguna vez no habrá pensado ojalá comiéramos algo que ya no nos diera hambre nunca más, porque es una lata eso de tener que estar buscando o preparando comida cada día. Pero nos razonamos y nos decimos es imposible ese sueño, porque cada día el organismo necesita alimentarse para poder recuperar sus fuerzas vitales y tener vida y no nos queda más remedio que repetir ese acto de ingerir alimento cada día y a cada determinado tiempo del día.

Pero mira por donde hoy nos habla Jesús de un alimento que El nos ofrece y que nos dará vida para siempre. Les ha hablado del pan bajado del cielo, y los judíos han recordado el maná, pan bajado del cielo también lo llamaban, que les dio Moisés mientras caminaban por el desierto rumbo a la tierra prometida. Pero ya Jesús les dice que comieron el maná, aquel pan bajado del cielo, y sin embargo murieron. ‘Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron…’

Jesús ahora quiere hablarles del verdadero pan bajado del cielo. ‘Yo soy el pan de la vida… este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera’. Y nos está diciendo que ese pan de la vida es El mismo. A los judíos les costaba entender por la literalidad con la que interpretaban las palabras de Jesús. Pero hemos de reconocer que a nosotros, a pesar de ser algo que hemos escuchado muchas veces y en principio parece que aceptamos con facilidad, en la realidad realmente también nos cuesta entender. Y lo digo desde la experiencia de la importancia que luego le damos a esto en la vida de cada día.

Es un alimento que va más allá de un pan material, pero igual que representamos en esa imagen del pan todo lo que es alimento que nutre nuestro cuerpo, también tenemos que pensar no solo en lo que nutre nuestro cuerpo sino lo que nos alimenta como personas, lo que nos hace encontrar un profundo sentido para nuestro vivir.

Sí, queremos tener un sentido de vida, nos preguntamos por qué y para qué, nos preguntamos por el sentido de nuestra vida, nos preguntamos por el valor de lo que hacemos y también de lo que vivimos, no queremos una vida vacía, una vida sin sentido, queremos una profundidad, una razón profunda para nuestro vivir. Esa es la buena nueva de Jesús, ese es su evangelio, eso es lo que nos ofrece Jesús.

Cuando decimos que creemos en Jesús es mucho más que decir que conocemos sus milagros, conocemos su vida, sus andanzas, lo que fue su pasión y su muerte, que sabemos porque lo hemos escuchado muchas veces lo que nos enseña, y digo mucho más porque no son solo conocimientos que iríamos acumulando en nuestra memoria como quien acumula libros en una biblioteca. De nada nos valdrían todos esos libros acumulados en una biblioteca si no nos han enseñado a vivir. Y eso es lo que viene a significar Jesús en nosotros, en nuestra vida; nos enseña a vivir, nos abre un camino, una senda, nos da un sentido y un valor, nos engrandece dándonos la mayor dignidad a nuestra persona, encontramos nuestro verdadero valor.

Ese es el alimento que Jesús nos da. Por eso nos dice que El es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, que da verdadera plenitud a mi existencia. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Tenemos que alimentarnos de ese pan, tenemos que alimentarnos de Jesús, tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Podría salirse de todas nuestras lógicas humanas, como decíamos al principio, pero nos lleva a la más honda sabiduría que solo podemos beber en Jesús.

 

jueves, 5 de mayo de 2022

Cuando comemos la Eucaristía no es un pan material para alimentar el cuerpo sino que es Cristo mismo el que nos alimenta para darnos vida en plenitud

 


Cuando comemos la Eucaristía no es un pan material para alimentar el cuerpo sino que es Cristo mismo el que nos alimenta para darnos vida en plenitud

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

Queremos alimentar la vida, y a ser posible con el mejor alimento. Así vamos por la vida y nos dan consejos de todo tipo de cual es la mejor alimentación, y nos ofrecen dietas, y nos dicen que alimentos pueden ser perjudiciales y cuales son los mejores, muchas veces cada uno desde sus intereses, cada uno según le vaya en la vida o lo mejor que le haya servido a él; y andamos preocupados por ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, como se suele decir, y nos afanamos en este trabajo y en no sé cuántos más que podríamos conseguir para obtener mejores ganancias que nos garanticen ese pan de cada día.

Pero, ¿ese es solo el alimento por el que tenemos que preocuparnos? ¿Nos reducimos solamente a alimentar el cuerpo, y tenemos que hacerlo porque nos debilitaríamos o nos moriríamos de inanición, o tendríamos que buscar otro alimento para la vida para que también no andemos como cadáveres ambulantes de un lado para otro?

Y ya quizá nos ponemos a pensar en la adquisición de conocimientos, a buscar una sabiduría de la vida que nos hagan vivir mejor, que nos hagan encontrar un sentido y un valor a lo que hacemos para que todo no se nos quede en ese alimentar el cuerpo para simplemente vegetar, por decirlo de alguna manera, en la vida. Y ya comenzamos a cultivar otras cosas en la vida, y ya queremos investigar otras muchas cosas que nos llenen la mente de conocimientos, y ya queremos entrar en caminos de ciencia o de filosofía para ir encontrando respuestas a muchas preguntas que nos puedan ir surgiendo.

Es de alguna manera alimentar nuestro espíritu, esa sensibilidad espiritual que todos llevamos dentro, en nuestro ser personas, que es mucho más que un cuerpo que conservemos bien alimentado o bien embellecido. Hay otras bellezas que tenemos que buscar, hay otros alimentos para la vida.

Pero aun con toda la riqueza que todo eso pueda ir significando, nuestro espíritu nos lleva a algo más superior aun, algo que sobrepasa lo natural de nuestro ser humano y que nos eleva y que nos trasciende porque buscamos otro plenitud, tenemos ansias por así decirlo de eternidad. Es lo que buscamos desde lo más hondo de nosotros mismos en esa trascendencia que queremos darle a nuestra vida, pero es algo que porque nos sobrepasa solamente podremos descubrir en su mayor plenitud desde la revelación que Dios nos hace de si mismo. Porque todo eso es una tendencia hacia Dios.

Es lo que nos va revelando Jesús, de lo que hoy nos está hablando en el evangelio. Partiendo de aquella búsqueda de alimento allá en el descampado cuando milagrosamente Jesús multiplica el pan para que coma toda la multitud, ahora Jesús está queriéndoles hacer comprender que todo aquello era un signo de ese pan nuevo que en El podríamos encontrar. Jesús les habla del pan bajado del cielo, y aunque ellos interpretan aquel maná que sus antepasados comieron en el desierto, Jesús viene a decirles que es mucho más lo que El quiere darles. ‘Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron… el pan que yo les daré es vida para el mundo… yo soy el pan vivo bajado del cielo, y el que me come tendrá vida para siempre’.

Es mucho más que un pan material. Porque es comer a Jesús, es dejarnos alimentar por Jesús, es poner toda nuestra fe en El para poder tener vida para siempre. Cuando ponemos nuestra fe en El, toda nuestra vida se transforma para llenarnos del espíritu de Jesús, y llenos de Jesús tendremos vida y tendremos vida para siempre. No es la materialidad de un pan que alimenta el cuerpo, es Jesús que se hace alimento para darnos esa vida nueva por la fuerza de su espíritu.

Por eso quien cree en Jesús hará que su vida sea distinta, una nueva forma de pensar, una nueva forma de vivir, un sentido nuevo para nuestra existencia, una trascendencia que nos eleva y nos llena de vida eterna. El nos dice que ese pan es su carne, que es una manera de decirnos que es su vida. Será el gran signo de la Eucaristía, del que estas palabras de Jesús que ahora escuchamos son un anuncio. Por eso cuando comemos la Eucaristía no es un pan lo que comemos, sino que es Cristo mismo el que nos alimenta.

domingo, 8 de agosto de 2021

Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

 


Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

Esto sí que es vida, lo habremos escuchado, lo habremos dicho quizás; cuando encontramos algo que nos satisface plenamente, que nos parece que nos da la mejor felicidad, que trata de saciarnos en nuestros apetitos y deseos, cuando nos encontramos satisfechos y felices después de lo que hemos vivido, de la fiesta que hemos celebrado, de la comida que hemos compartido.

Es cierto que tiene ciertas connotaciones demasiado materiales en referencia aparentemente solo a nuestros apetitos y deseos, pero creo que de alguna manera no está diciendo algo más. Queremos vivir, queremos tener la mejor vida, queremos disfrutar de la vida, no queremos que esa felicidad se acabe, deseamos que una vida así dure para siempre.  Y cuando sentimos que eso además se nos da como un regalo, algo así como que más felices nos sentimos. Tenemos hambre y sed de muchas cosas que satisfagan nuestro vivir.

Me vienen a la mente dos peticiones a Jesús que aparecen en distintos momentos en referencia a ese vivir. Dame de esa agua para que no tenga más que tener que venir al pozo a sacar el agua, para que no tenga nunca más sed, le dice la samaritana a Jesús cuando El le dice que es el agua viva y que bebiendo de esa agua no se volverá a tener sed; comprendemos cómo entendía aquella mujer lo de la sed y del agua, pero manifiesta unas ansias que todos llevamos dentro. Y ahora en este pasaje del capitulo 6 de san Juan los judíos le dirán a Jesús que les dé de ese pan; les ha hablado de un pan que da vida y que quien lo come no tendrá más hambre jamás, y para verse así satisfechos, y ya sabemos cómo, le piden ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’.

Pero la felicidad que Jesús nos ofrece, la vida de la que Jesús nos está hablando, ¿se refiere solamente a lo material de la vida? Aquella felicidad de la que hablábamos cuando decíamos que ‘esto sí es vida’ ¿se refiere solo a esa vida humana con todas sus connotaciones materiales? ¿Es solo eso lo que buscamos y deseamos? Poniéndonos a pensar seriamente nos damos cuenta que vivir es algo más, y buscamos un sentido de la vida, buscamos una sabiduría del vivir que nos conduzca por otro camino que nos de una felicidad total. Y es lo que nos está ofreciendo Jesús; por eso nos pide escuchar su Palabra, por eso nos pide creer en El.

Cuando hoy nos está diciendo que es el verdadero pan bajado del cielo y el que le come vivirá para siempre, de eso nos está hablando. Es Jesús ese pan que viene del cielo y nos sacia plenamente; es Jesús esa Palabra que nos viene de Dios y que nos revela la sabiduría más excelsa para que podamos llegar a darle un sentido de plenitud a la vida; lo que nos dice de vivir para siempre que es vivir en plenitud total, en una felicidad tal que no se ve mermada por ninguna cosa.

Como hoy nos vuelve a repetir, no se trata de un pan bajado del cielo, como el maná, que Moisés les dio en el desierto; claro que aquel maná tenía un sentido y un significado más grande y más intenso que las interpretaciones ordinarias que se hacían de él. No era solo un alimentar a unos cuerpos hambrientos, lo que Moisés les estaba ofreciendo, sino que con Moisés vino también la ley de Dios, que era todo un sentido de vivir. La ley no solo era una reglamentación de la vida y de la vida de aquel pueblo para saber lo que tenían o no tenían que hacer, sino que era un sentido de vivir desde la fe que tenían en Dios.

Ahora con Jesús vamos a tener no simplemente una ley sino toda una sabiduría que dará sentido de plenitud a todo nuestro vivir. Ya no era un maná que apareciera en las mañanas sobre el campamento, sino que es la misma sabiduría de Dios que Jesús va a sembrar en nuestros corazones para que le podamos dar todo el mejor sentido a nuestra vida. Creer en Jesús no es simplemente aceptar unas reglas o unas normas; creer en Jesús es comer a Jesús que se hace pan de vida y pan de sabiduría para nosotros.

Igual que el pan con que nos alimentamos se hace vida en nosotros porque sentiremos en nuestro cuerpo toda la energía que nos proporciona ese alimento, Jesús nos dice que El es Pan de vida para que le comamos; y comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús. ¿La energía de Dios? Comer a Jesús es impregnarnos de su vida de tal manera que ya no es nuestra vida sino la vida que El derrama y derrocha en nosotros. Y cuando comemos a Jesús de esa manera todo será nuevo para nosotros, todo es una vida nueva y distinta, todo será vivir en Dios para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’, nos dice.

Claro que le pediremos que nos dé ese pan para no volver a tener hambre, para tener la vida en plenitud. Y vivir la vida de Jesús sí que es vida, y de la mejor.

domingo, 1 de agosto de 2021

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

 


También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

‘Se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús… Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’

Habían ido hasta los descampados buscando a Jesús, como tantas veces acudían allí donde estaba, allí donde enseñaba; después de todo lo sucedido, al no encontrarlo a la mañana siguiente se vienen a Cafarnaún en busca de Jesús. Es muy significativo.

¿Será imagen de nuestras búsquedas? Cada uno llevaba sus deseos y sus intereses en su corazón, allá iban con sus enfermedades y sus carencias, allá iban con su curiosidad y con sus vacíos, con el hambre de pan pero también con los interrogantes que se planteaban en su corazón y con sus deseos de algo nuevo y distinto… buscaban, parecía que en Jesús podían encontrar respuestas que llenaran el alma, sus cuerpos eran sanados pero algo nuevo sentían en su interior, muchas veces andaban también en la confusión de falsas esperanzas o querían satisfacer sus deseos más primarios.

Como nosotros, como hoy sigue sucediendo en nuestro mundo; porque podemos pensar en lo que cada uno de nosotros busca en la religión, en la iglesia, o podemos pensar en los deseos de tantos en nuestro entorno que quieren algo distinto, que se cansan siempre de lo mismo, o que solo buscan cosas que les contenten en el momento. Pareciera que vivimos en un mundo de superficialidades, pero detrás de todo eso puede haber interrogantes serios, inquietudes hondas, aunque no se sepan definir claramente.

Porque aunque parezca un mundo indiferente, no lo es tanto; hay muchos interrogantes en el corazón del hombre y de la mujer de hoy; vemos también cómo surgen iniciativas múltiples aunque parezca que la mayor parte de la gente está como dormida; quizás no han encontrado respuesta en la iglesia o no le hemos sabido presentar algo que verdaderamente valga la pena; no siempre quizá hemos presentado de forma auténtica el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús.

Cuando la gente llega a Cafarnaún y se encuentra de nuevo con Jesús parece que han superado la frustración de que ayer no pudieran hacerle rey, porque El desapareció en la montaña. Se sienten contentos de encontrarse de nuevo con Jesús porque algunas esperanzas se han ido abriendo paso en sus corazones. Pero ahora Jesús quiere hacerles pensar. ¿Por qué lo buscan? ¿Porque ayer comieron pan hasta saciarse en el desierto? ¿Es que sólo buscan saciar sus estómagos hambrientos o tendrán que buscar algo más? Es la reflexión a la que les quiere llevar Jesús.

No entienden o les cuesta entender lo que Jesús les está diciendo y piden señales y pruebas. Comieron pan hasta saciarse allá en el descampado cuando nada tenían y estaban desfallecidos por el camino y eso les recuerda el maná que Moisés les dio a sus padres en el camino del desierto.

Y es la imagen de la que quiere valerse Jesús para hacerles comprender. No es Moisés – y hablar de Moisés es hablar también de la Ley que era la guía y el sentido del pueblo de Israel – sino que es Dios el que les va a dar el verdadero pan del cielo, les viene a decir Jesús. Algo nuevo les está anunciando Jesús y una apertura nueva tiene que haber en sus corazones, porque ese Reino de Dios que Jesús les está anunciando es todo un sentido nuevo que ha de impregnar sus vidas.

‘¿Qué tenemos que hacer?’ se preguntan como nos preguntamos nosotros también tantas veces cuando se nos hacen planteamientos nuevos. Parece como que estemos pidiendo una lista de cosas que tenemos que hacer y que cuando las cumplimos ya está todo realizado. Estaban acostumbrados a que la ley de Dios que recibieron a través de Moisés, por eso se llama ley mosaica, se desmembrara en numerosas normas, ritos, reglamentos, obligaciones, que parece que ahora le están pidiendo a Jesús cuáles son esas nuevas normas que El quiere establecer con el Reino de Dios. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Pero Jesús les dice solo una cosa. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’.

Creer en Jesús. Así había comenzado la predicación del evangelio. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’. Creer en Jesús, en la Buena Noticia que nos anuncia Jesús nos exige esa transformación del corazón. Si no cambiamos el corazón de nada nos sirve que comencemos a cumplir normas, reglamentos, leyes y nuevos ritos. Y es que creer en Jesús significa aceptar algo nuevo y algo distinto y con los apegos del corazón de siempre no podremos aceptar eso nuevo que nos ofrece Jesús.

Y esto seguimos necesitando hacerlo hoy. Hemos entrado en la pendiente de muchas rutinas en la vida. Todo se convierte en costumbres y tradiciones. Esto siempre ha sido así, decimos y no queremos cambiarlo. Y leemos el evangelio y en cierto modo nos lo pasamos por alto porque ya nos lo sabemos. Fijémonos con la rapidez que hacemos nuestras lecturas incluso hasta cuando se hace la proclamación solemne de la Palabra de Dios en la Eucaristía. No damos tiempo a saborearla, a rumiarla en nuestro corazón, a preguntarnos y respondernos que es lo que ahora esto me está diciendo a mí, a mi vida.

Al final aquella gente, como Jesús les está hablando de un pan bajado del cielo, le piden que les de a comer ese pan. ‘Señor, danos siempre de este pan’. ¿En qué estarían pensando? ¿Todavía en aquel pan que cocinaban al rescoldo de sus hogares o se darían cuenta de que era algo nuevo y distinto lo que tenían que saborear, de lo que tenían que alimentar sus vidas y que solo en Jesús podrían encontrar?

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan sabiendo que en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida. ‘Yo soy el pan de vida, nos dice. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’.

 

martes, 20 de abril de 2021

Cristo se deja comer por nosotros para que tengamos vida para siempre encontrando el sentido de nuestro vivir

 


Cristo se deja comer por nosotros para que tengamos vida para siempre encontrando el sentido de nuestro vivir

Hechos de los apóstoles 7, 51 — 8, 1ª; Sal 30; Juan 6, 30-35

Alimentar a alguien es mucho más que dar un trozo de pan para comer o hacer que cada día tenga el alimento que necesita su cuerpo. Pienso en la vida de familia, en unos padres con sus hijos el alimento que les dan es algo más que ese sustento material que alimenta sus cuerpos cada día, sino que la función del padre o madre de familia es el estar al lado de sus hijos viéndoles crecer, ayudándoles a crecer y son entonces todos esos valores que se transmiten para el conocimiento de la vida, todo eso que llamamos educación o formación para el desarrollo personal de cada uno, para esa maduración que como personas van adquiriendo en el día a día y que beben de las palabras pero también del ejemplo que les dan sus padres.

Los padres dan lo mejor de si mismos por sus hijos, podíamos decir que se dejan comer por ellos. El orgullo de unos padres es que les puedan decir cuánto se parece tu hijo a tí, porque ha asumido su vida y sus valores creciendo y madurando como personas. Y aunque tendrán su propia personalidad reflejan en la madurez de sus vidas cuanto han recibido de sus padres.

Creo que es necesario tener bien claro estos conceptos, porque nos ayudarán a comprender mejor las palabras de Jesús, lo que Jesús quiere transmitirnos. Nos quedamos muchas veces en la literalidad de las palabras de Jesús y no terminamos de llegar a la hondura que tiene lo que hoy en concreto quiere transmitirnos.

De alguna manera las gentes de Cafarnaún retan a Jesús que les ofrezca obras o signos por los que merezca en verdad poner la fe en El. Como les ha hablado de un pan bajado del cielo, ellos se quedan en la materialidad del alimento que les dio Moisés mientras caminaban por el desierto y parece que lo único que recuerdan de Moisés es el Maná. Es cierto que milagrosamente aparecía aquel alimento que ellos llamaban Maná (en la traducción de la palabra está el preguntarse qué era aquello que Moisés les daba) pero parece que ahora no recordarán todo lo que Moisés les ofreció para su crecimiento como pueblo en su peregrinar por el desierto.

Pero Jesús cogiendo el reto que le plantean del Maná, pan bajado del cielo como ellos decían, que les había dado Moisés, les hace ver que el verdadero pan bajado del cielo no era solo aquel Maná sino lo que ahora podían recibir de El. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo’, les dice, ‘porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Algo más que un maná que les alimentara en el desierto o un pan que nos ayude a mantener vivo nuestro cuerpo. Es otra la vida que Dios quiere ofrecernos con Jesús. Ya estaban pidiendo, quedándose en la materialidad de las palabras y de los deseos que les diera siempre de ese pan.

Ya les había dicho que lo que Dios quiere es que creyeran en el que el Padre les había enviado, o sea, que creyeran en Jesús. Ahora les dice algo más. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. Claramente se los está diciendo Jesús. El es el Pan de vida. ¿Queremos tener vida? Comamos a Jesús. ¿Recordáis lo que decíamos antes de que los padres se dejan comer por sus hijos porque les dan lo mejor de sí mismos? Es lo que Jesús quiere hacer para nosotros. Recibimos lo mejor de Jesús, su vida misma.

¿Qué significa eso? Ponemos en El toda nuestra fe, pero poner toda nuestra fe en Jesús es porque queremos vivir como El, queremos vivir unidos a El, queremos hacer que su vida, sus valores, el sentido de su existir sea nuestro sentido, sea nuestro vivir. Queremos identificarnos totalmente con El. Comer a Cristo es algo grandioso, algo maravilloso, que no terminamos de saborear debidamente.

Comer a Cristo no es simplemente que vayamos y comamos el signo del pan eucarístico pero nuestra vida siga igual. Comer a Cristo nos compromete. Comer a Cristo nos obliga a algo nuevo en nuestra vida. De la misma manera que cuando comemos el alimento lo asimilamos de tal manera que se hace algo nuestro, por así decirlo, como la energía de nuestro vivir, comer a Cristo es asimilarlo de tal manera que se hace uno con nosotros, nos hacemos uno con El porque ya nuestro vivir es el de Cristo.

Comiendo a Cristo ya no necesitamos de otro alimento, de ninguna otra cosa que dé sentido a nuestro vivir porque en El obtendremos toda plenitud de vida. ‘No tendrá ya más hambre… no tendrá sed jamás’. Por eso no podemos comulgar de cualquier manera, si no estamos dispuestos a ponernos en ese camino y en ese vivir de Cristo. ¿Será ese el sentido que le damos habitualmente a comulgar, a nuestra comunión con Cristo?