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viernes, 24 de abril de 2026

Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

 


Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En ocasiones hay cosas que nos desconciertan en la vida, se nos vuelven intragables, nos cuesta entender, podemos cruzarnos de brazos, por decirlo de alguna manera, y hacer como si esto no fuera con nosotros, o buscamos razonamientos, justificaciones y explicaciones que muchas veces también nos cuesta hacer, o lo aceptamos sin más, casi como un misterio más de la vida y tratamos de arreglárnosla como podamos. Pero quizás en una experiencia profundamente vital lo vamos haciendo nuestro para llegar no quizás a explicaciones, pero sí a ser algo que va a formar parte de nuestra vida y que al final nos irá haciendo comprender muchas cosas. Y es algo no solo en lo material sino en el sentido más espiritual de la vida con lo que nos podemos encontrar.

Así se encontraban en aquel momento los judíos de Cafarnaún ante la deriva de las palabras de Jesús en aquella búsqueda que iban realizando que les hacia ir tras Jesús por todas partes aun hasta los descampados donde parecía que Jesús quería refugiarse con sus discípulos más cercanos en algunas ocasiones. Así había sucedido cuando ante la carencia de provisiones Jesús les había alimentado milagrosamente allá en aquellos lugares apartados hasta donde le habían seguido. Ahora habían venido a Cafarnaún en su búsqueda y allí lo habían encontrado.

Pero en aquel encuentro Jesús les había hecho pensar en lo que ellos jamás habrían adivinado. Desde plantearles lo que de verdad sentían en su corazón cuando le buscaban, el por qué de sus búsquedas, pero de la necesidad de poner toda su fe en El para poder encontrar caminos de vida. Jesús les hablaba de un pan del cielo que habían de comer y que no era el maná que el desierto Moisés les había dado, porque ahora Jesús les decía que El era ese pan de vida, que era necesario comerle para tener vida para siempre, para alcanzar la vida eterna.

Les costaba entender esa adhesión tan radical que Jesús les estaba pidiendo. En sus visiones confundidas de lo que sería el Mesías no terminaban de entender el mensaje de Jesús de lo que en verdad significaba ese Reino de Dios del que tanto les había hablado. Ese pan de vida se tenía que convertir en el sentido nuevo de todo que les ofrecía Jesús y que tendría que hacerles entrar en un nuevo sentido de comunión con Jesús. Por eso ahora Jesús les habla de comer, de comer su carne y de beber su sangre para poder tener vida eterna; si Jesús les había pedido que había que creer totalmente en el para ser resucitados en el ultimo día, ahora les está diciendo que esa fe tiene que llevarles a una comunión tan grande como que tienen que hacerse una sola cosa con Jesús.

Como el alimento que comemos y que lo asimilamos de tal manera que se hace uno con nosotros, porque es el que va a sostener nuestra vida, nos dará esa energía y fuerza que necesitamos para vivir, no solo para que nuestros órganos vitales puedan funcionar, sino que es la vida que es algo mucho más profundo que hay en nosotros, en nuestro existir. Y Jesús nos dice entonces que tenemos que comerle para que haya esa asimilación profunda de la vida de Dios en nosotros, para que podamos llegar a esa comunión que nos hace uno con Jesús, de manera que nuestro vivir no es el vivir a nuestra manera sino el vivir en el estilo y en el sentido de Jesús.

Y eso nos cuesta expresarlo con nuestras palabras humanas, y tenemos que emplear una terminología que nos acerque a ese sentido de vida que Jesús nos ofrece, por eso Jesús habla de comer su carne y de beber su sangre, alimento de vida eterna, alimento que nos hace vivir no nuestra vida sino la vida de Dios. En aquel momento de las palabras de Jesús no se nos dice como se realizará ese misterio de vida que nosotros llegaremos a comprender muy bien desde la cena pascual.

Pero aquel fue un momento de desconcierto para todos, algunos lo abandonaron porque dura era aquella doctrina, los discípulos más cercanos no son ajenos a ese desconcierto, pero el amor que sienten por Jesús y el querer estar unidos a Jesús para siempre – ¡cómo les costaría su ausencia cuando llegó el momento de la pasión! – les hace ahora estar con Jesús. ‘¿A dónde vamos a acudir si tú tienes palabras de vida eterna?’, confesará Pedro. ¿Será esa la confesión que nosotros también hagamos para comprender lo que significa comer a Jesús? Por algo a ese sacramento de Jesús lo llamamos comunión.

jueves, 2 de abril de 2026

Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

 


Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Hoy estamos invitados a una cena. Y quien nos invita es Jesús. Y quien le da sentido a esa cena es Jesús, con sus signos, con sus gestos, con lo que hace y con lo que nos ofrece. Si nosotros fuéramos los que invitáramos a alguien a comer con nosotros, a una cena, ya nos preocuparíamos de tenerlo todo bien preparado, de tener un lugar agradable y podríamos decir también cómodo para nuestros invitados, igual que prepararíamos las mejores y apetitosas viandas con los mejores vinos o licores. No querríamos defraudar a nuestros invitados.

Pero hoy estamos hablando de que es Jesús el que nos invita. Los discípulos ya desde el día anterior se habían preocupado y preguntado a Jesús dónde quería que preparasen la cena de pascua. Ya escuchábamos sus instrucciones y cómo los discípulos hacían sus preparativos, el cordero que era la comida fundamental y daba sentido a aquella cena, los panes ázimos y el vino para hacer las libaciones y ofrendas. Todo según lo ritualmente previsto estaba preparado.

Pero hay algo muy especial que se siente desde el principio de aquella cena. Por eso el Evangelista nos dice que sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre… y nos expresa el deseo grande que Jesús tenía de celebrar aquella cena pascual con sus discípulos. Era una conmemoración muy especial y tenía mucho de recuerdo, pero como toda cena o toda comida tenía que tener mucho de comunión y de comunicación, pero eso será también el momento de los grandes desahogos y de las últimas recomendaciones que en el recuerdo de los discípulos serían los mandatos del Señor, pero en el ambiente en que estaban viviendo con los anuncios previos que Jesús había hecho y lo que se palpaba en el ambiente aquellos días tenía también los aires tristes de la despedida.

Pero había algo más grande e importante. Habrían de comer con el sentido de pascua aquel cordero pero Jesús nos iba a ofrecer otra comida, como ya había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún; quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre, nos había dicho entonces y aquella noche en aquella cena había de realizarse. Pero Jesús quería decirnos algo más y nos lo va a mostrar con signos surgidos de aquella ley de hospitalidad que en aquellos pueblos con tanta seriedad se vivía.

Jesús nos viene a decir que para comerle a Él necesariamente primero hemos de comer al hermano, que si no somos capaces de comer al hermano nunca podríamos en verdad comerle a El. Es el gesto que va a realizar, levantándose de la mesa se quitó el manto y se ciñó una toalla, como hacían los hombres del servicio, con el manto puesto no podrían trabajar, pero para trabajar había que ir bien ceñidos. Es lo que hace Jesús. Pero cogiendo una jofaina y una jarra de agua de rodillas delante de cada uno va lavándoles los pies y secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Ya sabemos de la sorpresa y de las reticencias como la de Pedro, ‘tú a mi no me lavarás nunca los pies’. Si no te dejas lavar los pies es que tú aún no has entendido lo que significa estar conmigo. Es necesario una cosa y otra, dispuestos para lavar pero aceptando que nos laven también. Lo dirá después, ‘lo que yo he hecho con vosotros, tenéis que hacerlo los unos con los otros’. Ser capaces de ceñirnos para ponernos de rodillas delante del otro para lavarle los pies. Es un vínculo de comunión que nos cuesta entender, como le costaba a Pedro, porque cuesta ponernos de rodillas delante del otro, sea quien sea, esté como esté.

Los que caminaban por aquellos caminos de Palestina o por aquellas calles de Jerusalén no podemos decir que fueran con los pies muy limpios calzados acaso solamente con unas sandalias y bien envueltos por el polvo del camino. Y ante ellos en esas circunstancias se puso Jesús. Como decíamos, sea quien sea y esté como esté. A nosotros que nos volvemos tan repugnantes y vamos haciendo tantas distinciones y discriminaciones; recordemos cuantas palabras decimos o cuantas actitudes negativas mantenemos en nuestros corazones buscando mil justificaciones. Pero Jesús nos está diciendo que tenemos que comer al hermano, entrar en esa comunión con el hermano para que podamos entrar en comunión con Él. ¿No nos dirá en otro momento que lo que hicimos o dejamos de hacer al hermano a Él se lo hicimos o se lo dejamos de hacer? Por eso nos dirá que ese es su mandamiento, el amor, pero no un amor cualquiera, sino como Él nos amó. ¿Queremos buscar más explicaciones? Qué difícil se nos hace.

Luego ya Jesús nos ofrecerá su propia carne, su propia sangre para que le comamos. Pero podemos hacerlo cuando hayamos comprendido todo lo que es el amor. Es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por vosotros y por todos… es la muestra del amor más grande, del que es capaz de dar la vida por aquellos a los que ama. Es lo que hoy se nos revela y lo que celebramos. Es la verdadera señal de la Pascua, porque es en verdad el Paso salvador de Dios en medio de nosotros.

Ya no es aquella liberación de las cadenas de Egipto  que les mantenían oprimidos, ahora es el paso de Dios que nos da la verdadera libertad, la libertad del amor, la hacer que seamos capaces de ponernos de rodillas delante del hermano para lavarle los pies, lo que es entrar en auténtica comunión con el hermano, o lo que es lo mismo, ser capaces de comer al hermano. ¿No llamamos comunión al comer – comulgar decimos también – el Cuerpo de Cristo? Es la comunión, el comulgar con el hermano que Jesús hoy nos está pidiendo. Que lleguemos a entenderlo, que lleguemos a vivirlo es la gran liberación, la gran Pascua que tenemos que vivir.

Estamos invitados a una cena hoy, pero que ha de ser la cena que hagamos todos los días, porque cada día tenemos que despojarnos de nuestros mantos y ceñirnos con esa toalla del servicio para lavar los pies a nuestros hermanos. Es la gran comunión que hoy celebramos en este día del Jueves Santo.

 


domingo, 25 de agosto de 2024

Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

 


Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Hay momentos en la vida en que nos sentimos como en una encrucijada, que es algo más que escoger si vamos para el mar o para el momento, en que tenemos que decantarnos y escoger aunque muchas veces sea costoso o doloroso; pueden ser circunstancias de la vida que nos obligan a tomar estas decisiones, son situaciones en las que nos encontramos quizás revueltos interiormente sin saber lo que nos pasa, son momentos de tensión que nos pueden abocar poco menos que a una crisis existencial porque podríamos estar al borde del estrés que no sabemos a donde nos puede llevar, o son interrogantes profundos sobre la vida, sobre nuestra propia persona, sobre qué es lo que hacemos o pintamos en este estado. Y nos cuesta ver con claridad, todo se nos confunde en nuestro interior, no tenemos claro por donde hemos de decidir, necesitamos quizás una paz interior que no tenemos.

Entre los que seguían a Jesús muchas veces sentían esta incomodidad interior; había cosas en Jesús que les entusiasmaban, que despertaban esperanzas en sus corazones y les hacía soñar, pero también había cosas que no terminaban de entender. Jesús les habla con sencillez, les habla con parábolas, que incluso a los más cercanos se las explica con mayor detalle cuando llegan a casa, pero les habla también con claridad de las exigencias que significaba seguirle y emprender ese camino del Reino de Dios que les estaba anunciando.

Ya sabemos que algunos abiertamente lo rechazaban, algunos quizás porque veían en peligro sus privilegios y los posicionamientos que habían ido adquiriendo en aquella sociedad. Son fuertes las palabras de Jesús en ocasiones, como con aquel signo de purificar el templo de todos aquellos vendedores y negociantes que lo habían convertido en una plaza de mercado. Era todo un signo de la transformación que Jesús quería realizar en el corazón de los hombres para que en verdad naciese una nueva sociedad.

Ahora les ha venido hablando de cómo seguirle es tener una nueva vida, y les habla de comer un pan de vida que será el que les va a dar verdadera plenitud a su existencia, porque quien lo come tendrá vida eterna. Pero les ha costado entenderlo sobre todo cuando les ha dicho que es necesario comerle a El, porque su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida y que quien le come resucitará en el ultimo día. Y su afirmación es rotunda, ‘yo soy el pan de vida y el que me come vivirá por mí’.

Se les hace difícil entender aquellas palabras, porque hacen unas interpretaciones demasiado a lo literal, como literalmente hubieran querido que siempre estuviera alimentándolos con pan milagrosamente como allá en el desierto, sin querer ni saber entender el valor de signo que todo aquello tenía. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’, se dicen unos a otros y a partir de entonces ya muchos no quisieron seguir con Jesús.

‘El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen’, les dice Jesús. Pero creer en Jesús y aceptar sus palabras, que es aceptarle y vivirle a El será algo que no podremos vivir solo por nosotros mismos, entramos en el misterio de algo nuevo, porque estamos entrando en el misterio de Dios. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.

Por allá andan revolviéndose también en sus dudas los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que un día había llamado y escogido de modo especial porque iban a ser el cimiento de aquella Iglesia naciente. Y es a ellos a quienes ahora se dirige directamente: ‘También vosotros, ¿queréis marcharos?’ Una pregunta que quizás también les sobrecoge porque se han visto sorprendidos en sus dudas y también en sus miedos. ¿Hasta dónde llegará su valentía?

Será Pedro el que se adelante, como tantas veces. También él andaba revuelto en su interior en muchas ocasiones, recordamos que le había querido quitar de la cabeza a Jesús el que tuviera que subir a Jerusalén donde habían de prenderle y juzgarle. Pero ahora parece que siente una fuerza interior, como cuando fue capaz de hacer aquella confesión de fe en Cesarea de Filipo que Jesús le diría que no había sido por si mismo por lo que había pronunciado aquellas palabras sino porque el Padre se las había revelado en el corazón. Ahora se adelante también. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Seremos nosotros capaces de reconocer que Jesús lo es todo para nosotros, que queremos comer también de ese Pan de Vida porque en El queremos vivir? Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, unas señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él. ¿Nos encontraremos también en una encrucijada cada vez que comulgamos?

Pensemos, pues, lo que significa ir a comulgar, ir a comer a Cristo. Es comulgar a Cristo porque es hacer que en nosotros no haya otra vida que la de Cristo; es comulgar con su evangelio, con todo su evangelio, con su entrega, con su morir con Cristo para poder en verdad renacer en El. Es comenzar a ver la vida, el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado con una nueva mirada, con una nueva comprensión de las cosas y del camino que tenemos que realizar; es comenzar a subir a Jerusalén con El aunque sepamos que haya calvario, pero con la certeza de la vida nueva de la resurrección.

 

viernes, 19 de abril de 2024

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

 


Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En la vida escuchamos todo tipo de mensajes o contemplamos en los demás o en lo que nos rodea cosas que nos llaman la atención, cosas que nos pueden parecer interesantes y que en cierto modo nos gustaría a nosotros hacer algo semejante, mientras yo siga mi vida sin complicaciones en mis costumbres, en mis rutinas, en las cosas que hago de siempre porque así quizás me lo enseñaron y aprendí. 

Pero quizás dar otros pasos, donde nos comprometemos y complicamos nuestra vida con nuevas cosas que nos harían cambiar mucho de lo que hacemos, o quizás llegar hasta tal punto que tenemos que renunciar a mucho de lo que tenemos o  hemos conseguido, ya es como para pensárselo; querer ser amigo de una persona, porque me parece interesante, está bien, pero dar el paso a entrar en una comunión de vida que además me exige algo muy diferente, ya nos lo pensamos más. Son pasos que cuestan.

Por eso ante el evangelio de Jesús con todo lo que radicalmente nos plantea para nuestra vida, muchas veces queremos andar con tantos pies de tiento, que no terminamos de comprometernos por el evangelio. Y es que el evangelio nos pide una nueva y vital comunión con Jesús que nos hace entrar en un nuevo sentido y estilo de vida. Y por mucho que digamos que amamos y queremos amar, nos pesa mucho en nuestro interior nuestro individualismo que nos lleva por un lado a una autosuficiencia de querer bastarnos siempre por nosotros mismos, y a una insolidaridad que nos impide lazos de auténtica comunión.

De eso nos está hablando Jesús, lo hemos venido escuchando estos días pasados en todo este capítulo seis del evangelio de Juan, cuando nos ha hablado del pan de vida, de comerle para tener vida para siempre, y cuando termina diciéndonos que hemos de comer su carne y beber su sangre para tener vida en nosotros. Ante estas palabras de Jesús nos cabe una interpretación tan literal de lo de comer su carne que nos parece que no queremos ser o parecer antropófagos; pero si entendemos lo de comer a Cristo como una señal de la comunión en la que hemos de entrar con El, nos vienen también nuestras pegas desde esa tentación que decíamos que tenemos al individualismo.

Por eso vemos el rechazo con que se manifiesta aquella gente de Cafarnaún al escuchar las palabras de Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Y dice que discutían entre ellos, porque no todos lo entenderían de la misma manera, y porque las exigencias de Jesús les pareciera que eran difíciles de cumplir. Como veremos, muchos ya no quisieron seguir con Jesús.

Pero Jesús sigue insistiéndonos en lo mismo. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. Habitar en Jesús, entrar en comunión con El, dejar que Cristo en verdad sea mi vida. Es algo que no se puede hacer de cualquier manera. Algo que tenemos que pensarlo bien antes de decidirnos a seguirle, a estar con El y hacernos uno con El. Porque además desde esa unión con Jesús vamos tener que entrar en comunión también con todos los que están en comunión con Jesús.

Y el campo entonces se amplía y se hace más universal. Y esta es una de las cosas que nos cuesta aceptar en nuestra vida cristiana. Porque bueno, como decimos, comulgar eso está bien, sentirme unido a Cristo porque me siento amado es algo que es cierto nos llena de dicha, sentirme unido a Dios y rezar está bien porque necesitamos de Dios, pero salirnos de ahí, para entrar en comunión con los demás, nos lo pensamos. 

Somos tan raquíticos en nuestras miradas que siempre estaremos viendo defectos en los otros, claro que los nuestros nunca los vemos, siempre sentiremos que aquel o aquella se nos atraviesan y no los podemos tragar pero no pensamos en lo antipáticos que nosotros nos ponemos a veces con los demás, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas.

‘El que me come vivirá por mi’, nos dice Jesús. O sea que ya no es nuestra vida, sino la de Jesús, pero también tenemos que decir, ya no es solo con nuestras fuerzas sino con la vida de Jesús. ‘El que come de este pan vivirá para siempre’. ¿Queremos tener para siempre esa vida de Jesús?

miércoles, 17 de abril de 2024

Somos lo que comemos y si comemos el Pan de vida que nos ofrece y que es Jesús, nuestra vida no puede menos que reflejar su evangelio

 


Somos lo que comemos y si comemos el Pan de vida que nos ofrece y que es Jesús, nuestra vida no puede menos que reflejar su evangelio

Hechos de los apóstoles 8, 1b-8; Salmo 65; Juan 6, 35-40

Alguna vez he escuchado decir algo así como que ‘somos lo que comemos’. Una referencia a nuestro modo de alimentación y bien sabemos que según de donde seamos, por ejemplo, será la alimentación que tenemos; según la cultura y formación de las personas buscarán más o menos una alimentación adecuada donde tengamos los nutrientes necesarios para desarrollar nuestra vida; muchas veces también según nuestra manera de pensar elegimos un tipo de alimentación u otra, quienes rechazan las carnes, quienes se decantan por una alimentación más naturista, quienes quizás por razones de salud pueden o no pueden comer determinados alimentos. Pero no vamos a hacer un tratado sobre la nutrición y la alimentación que podemos o debemos tomar.

Pero igual hay otras cosas que alimentan nuestra vida, que son las ideas y los pensamientos, que tomamos de aquí o de allá y que nos van forjando nuestra manera de pensar y de vivir; podemos pensar en las filosofías de la vida, podemos pensar en las ideologías, podemos pensar en las corrientes de opinión que en cada momento van surgiendo en la sociedad y que marcarán nuestras posturas, nuestro estilo de vida, o el sentido que le damos a nuestra existencia. 

Es también una comida, una alimentación, en lo que ya no nos referimos a lo que entra por la boca y discurre por nuestro sistema digestivo, sino que es lo que llevamos en la cabeza o en el corazón. Y aquí podemos decir también aquello de que ‘somos lo que comemos’, aquello de lo que alimentamos nuestra existencia, nuestra manera de vivir.

Ante nosotros, contemplando a Jesús y escuchándolo, se ha ido desarrollando todo el mensaje del evangelio, esa buena nueva que nos ofrece Jesús cuando nos anuncia el Reino de Dios. Hemos dicho ya muchas veces como se despierta la esperanza de algo nuevo en aquellos que escuchan o contemplan a Jesús, cómo aquellos signos que Jesús va realizando nos van manifestando ese sentido nuevo de nuestra vida cuando nos decidimos a seguirle, a optar por El. Con Jesús nos veremos siempre saciados plenamente. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’.

Escuchar el evangelio, la buena nueva que Jesús nos ofrece, no nos puede dejar insensibles, no nos podemos quedar en una posición de estacionamiento sin que nos decidamos a tomar una opción, a tomar un camino. Ya nos dirá El en algún momento que o con El o contra El, que quien no recoge con El desparrama, que tenemos que decidirnos de manera seria por seguirle porque no podemos estar siempre mirando para detrás, porque no seríamos dignos de El.

Por eso El nos habla hoy de comerle, de que El es el Pan de vida, y que comiéndole a El es como tendríamos vida para siempre. Y comerle a El es mucho más que dejar que nos entre un alimento por la boca, aunque como signo tengamos también que hacerlo; comerle a El es dejarnos transformar por El – somos lo que comemos, decíamos antes – porque entonces su manera de pensar, lo que El nos está diciendo que es el Reino de Dios, tendrá que ser algo que hagamos vida nuestra. No podemos decir que nos alimentamos de Cristo, que le comemos, en una palabra que comulgamos, y luego actuamos en nuestra vida de manera diferente a lo que nos propone El, nos enseña El.

Aquí tendríamos que preguntarnos por tantas incongruencias de nuestra vida cuando decimos que tenemos fe, que creemos en El pero luego no vivimos el espíritu y el sentido del evangelio, porque, por ejemplo, no hemos convertido el amor en el verdadero motor de nuestra vida, porque seguimos sin perdonar y nunca queremos compartir con los demás, porque no hacemos que las obras de la justicia en todos los sentidos y en todas las cosas las que tienen que resplandecer en nuestra vida. 

¿Cómo puedes comulgar y no perdonar al hermano? Ya nos dirá que antes de poner nuestra ofrenda ante el altar vayamos primero a reconciliarnos con el hermano que pueda tener algo contra nosotros.

Es algo serio lo que hoy Jesús nos está planteando. Algo que tiene que en verdad interrogar nuestra vida y nuestra manera de actuar. Lo que quiere Jesús para nosotros en que tengamos vida eterna. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Y eso nos lo ofrece Jesús cuando nos dice que le comamos porque El es el Pan de vida.


viernes, 28 de abril de 2023

Nos sentimos tan unidos a Jesús que ya nuestro deseo es tener su misma vida, vivirle a El, y con El no puede haber muerte porque hay plenitud de amor

 


Nos sentimos tan unidos a Jesús que ya nuestro deseo es tener su misma vida, vivirle a El, y con El no puede haber muerte porque hay plenitud de amor

Hechos 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

Decimos que el don más preciado en la vida; de nada podríamos disfrutar si no tenemos vida, está claro; no queremos morir, daríamos lo que fuese por conseguir el no morir; incluso cuando algunas veces parece la vida nos castiga, se nos hace dura, queremos vivir, tenemos ansias de salir adelante, no nos resignamos ante la muerte, aunque nos parezca irremediable. ¿Cómo conseguir que la vida no se nos acabe? ¿Cómo hacer para que la muerte no tenga la ultima palabra? Todos queremos vivir.

Abrían puertas de esperanza las palabras de Jesús, porque tocaban la fibra más hondo que todos llevamos dentro en ese amor a la vida, pero al mismo tiempo les costaba a los judíos terminar de entender las palabras de Jesús. Hablaba Jesús un lenguaje humano, un lenguaje que trataba de conectar con nuestros deseos más profundos, nos estaba hablando de lo que todos deseamos, pero no llegaban a comprender del todo el significado de las imágenes que Jesús nos proponía para hacerse entender. Como siempre nos sucede nos quedamos en la ‘palabrita’, en su interpretación literal, no terminamos de alcanzar el significado que nos llevaba más allá de lo que incluso escuchamos. Nos sigue sucediendo.

Todo el mensaje del evangelio es una invitación a la vida, pero a darle un sentido nuevo a la vida, a darle profundidad a la vida. Y eso cuesta a veces, nos podemos quedar en lo superficial. Pero Jesús dice tajantemente y no se desdice que hay que comerle a El para tener vida para siempre.

Se me ocurre pensar, cuando amamos profundamente parece que nos queremos comer aquello que amamos, o a aquel a quien amamos. Pensemos en las expresiones de los enamorados cuando se manifiestan su amor, pensemos en la ternura de una madre con su niño pequeño que parece que se lo quiere comer, y el beso es como una expresión sensible de ese deseo.

Cuando Jesús nos dice que tenemos que comerle para tener vida para siempre, ¿no nos estará diciendo que así tenemos que amarle, así tenemos que sentirle, así tenemos que asimilar sus palabras y su vida? A Jesús nos sentimos tan unidos que ya nuestro deseo es tener su misma vida, vivirle a El, y con El no puede haber muerte porque hay amor. Cuando le amamos y entonces le vivimos a El entonces ya seremos distintos, ya lo que hacemos tendrá otra amplitud, otro sentido, otro valor, otra plenitud.

Qué importante que nos sintamos unidos a Jesús. Es lo que de verdad nos hace cristianos, porque ya no es nuestra vida sino la vida de Jesús que está en nosotros. Nos sentimos plenamente unidos a Jesús y de nosotros tienen que desaparecer todos los signos de muerte, estamos venciendo a la muerte, estamos aprendiendo a vivir para siempre. Quien vive a Jesús no permitirá jamás que el odio se apodere de su vida; quien vive a Jesús no podrá vestirse de falsedad, de mentira, de hipocresía; quien vive a Jesús jamás se encerrará en si mismo sino todo en él será donación de su mismo, será generosidad, será compartir, será hacer que reine la paz y la armonía. Pero tenemos que vivir unidos a Jesús.

Eso es comer a Jesús, vivir en la plenitud de su amor. Lo expresaremos con signos, y tenemos la Eucaristía que entonces decimos que es Cristo mismo que con su Cuerpo y con su Sangre nos alimenta; la Eucaristía es entonces para nosotros presencia viva de Jesús, presencia real de Jesús en nosotros, en nuestra vida, para nuestro mundo. Por eso quien ama de verdad a Jesús y quiere permanecer unido a Jesús no podrá vivir sin Eucaristía. Qué importante es para nosotros.

domingo, 19 de junio de 2022

La fiesta del Corpus ha de ser un signo de que algo nuevo se puede realizar, de un pan nuevo para nuestro mundo, cuando Cristo nos dice que le demos de comer

 


La fiesta del Corpus ha de ser un signo de que algo nuevo se puede realizar, de un pan nuevo para nuestro mundo, cuando Cristo nos dice que le demos de comer

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

De camino cada cual para sus actividades se encuentran dos personas conocidas, que, vamos a pensar así, hace tiempo que no se habían encontrado por las circunstancias que sean, lo normal es que se detengan en su camino, se saluden, charlen, como se suele decir, de los aconteceres de la vida, y pronto cada uno siga con su camino. Pero allá se va una con cierto resentimiento en el corazón ‘porque ni por mi madre me preguntó que está delicada de salud’ y bien que lo sabía.

Y es que en ese encuentro y en ese intercambio de saludos en una buena acogida mutua se interesen los unos por los otros, salgan a relucir las preocupaciones que llevamos dentro y, en esa referencia que hemos hecho, nos interesemos por la salud de los familiares. En ese interés mutuo, aunque muchas veces no nos resuelvan nuestros problemas, nuestra acogida mutua pasa por ese interesarnos por lo que son las preocupaciones que llevamos dentro. Ya en el hecho de sentirnos acogidos en esas preocupaciones salimos como con una fuerza nueva, con una luz distinta para seguir el rumbo de nuestra vida.

Jesús llegó a aquel descampado, donde en principio pensaba estar a solas con los discípulos, a los que había invitado a ir para descansar un poco en ese encuentro amigable que Jesús pretendía con ellos – será algo que de una forma o de otra le veremos hacer en distintos momentos – se encontró con una multitud que le esperaba y que hasta allí habían acudido porque querían estar con el Maestro, porque llevaban en su corazón también muchos sufrimientos y muchos desalientos por lo duro del camino de la vida, y a donde habían acudido también con sus enfermos y discapacitados.

¿Qué hace Jesús? ¿Se desentiende porque otra era la programación que llevaba en mente? Jesús se queda con la gente, escucha sus llantos y sus sufrimientos, para todos tendrá una palabra que ponga una nueva esperanza en sus corazones; dice el evangelista que se puso a curar a los enfermos y a hablarles del Reino de Dios. Es el corazón lleno de misericordia que siempre será acogedor, es el corazón que se abre para regalarles su amor.


Y aquella muchedumbre está hambrienta porque largo ha sido el camino para llegar allí y en sus prisas por seguir a Jesús de pocas cosas se proveyeron para el camino. Los discípulos se preocupan y le dicen al Maestro que los despida para que vaya a los pueblos cercanos a buscar comida, pero Jesús les dice que le den ellos de comer. Entre la espada y la pared se encuentran porque todavía no han terminado de aprender la lección de Jesús. Y ya conocemos el conjunto del evangelio con aquellos pocos panes y peces que se ofrecen pero que Jesús repartirá para todos puedan comer en abundancia.

¿Será eso mismo lo que Jesús sigue ofreciéndonos hoy, sigue ofreciendo a los hombres y mujeres de todos los tiempos? ¿Será eso, por otra parte, lo que Jesús nos está enseñando a la Iglesia qué es lo que tiene que hacer con los hombres de nuestro tiempo? ¿Será ese el signo en el que hemos de convertirnos nosotros en medio de nuestro mundo para vivir esas mismas actitudes, ese mismo actuar, esos mismos valores de Jesús? ¿Dónde y cómo podremos encontrar esa imagen en la vida de la Iglesia?

Cierto es que es un evangelio que nos interpela, un evangelio en el que tenemos que convertirnos para anunciar también esa buena noticia. Tenemos algo que ha de ser imagen verdadera de lo que ahora estamos contemplando en este evangelio. Y estoy hablando de la Eucaristía, precisamente en esta fiesta tan especial que celebramos en este domingo del Corpus.

Es lo que Jesús ha querido dejarnos en la Eucaristía, lo que tiene que ser en verdad nuestra celebración. Ese momento en que nos encontramos y nos acogemos, ese momento que nos sentimos acogidos por Cristo a quien acudimos con lo que es nuestra vida, con sus luces y con sus sombras, con sus preocupaciones y con sus esperanzas, con sus sufrimientos y sus angustias, pero que nos vamos a sentir acogidos por Cristo, que nos recibe, nos escucha, nos ofrece algo nuevo y distinto para nuestra vida, El mismo se hace nuestro alimento y nuestra fuerza.

Son los pasos de toda celebración eucarística, que es mucho más que un rito que repetimos, que tiene que ser un verdadero encuentro con el Señor y con los hermanos desde lo que es nuestra vida. Es Cristo el que nos sale al encuentro, nos escucha, nos habla, nos regala no un pan milagrosamente multiplicado sino el verdadero Pan del Cielo que es su Cuerpo y su Sangre para llenarnos de vida, para regalarnos su salvación.

Es lo que tenemos que vivir con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía. Cristo está aquí en medio de nosotros y se hace alimento y vida nuestra. Ese Cristo que también nos envía – ‘darle vosotros de comer’, que le dijo a los discípulos – para que vayamos a llevarle a ese mundo hambriento de algo nuevo y distinto, aunque muchas veces no sepa bien qué es lo que busca. Es la misión que pone en nuestras manos, es la tarea que nos encomienda. ¿Seremos así acogedores con nuestro mundo como lo hizo Jesús en aquella ocasión?

Hoy nuestra celebración salta las barreras de nuestros templos porque queremos salir con Cristo Eucaristía por nuestras calles y plazas en una proclamación de nuestra fe, de su presencia real y verdadera entre nosotros. Pero esa proclamación de nuestra fe no se puede quedar en los signos y ritos que realicemos durante la procesión que celebramos, sino que tiene que ser signo de algo más.


Con Cristo queremos salir nosotros también al encuentro de nuestro mundo; a ese mundo vamos a darle la señal de que Cristo está con nosotros, de que Cristo está también en medio de ese mundo con sus problemas, con sus guerras, con sus ambiciones, con sus vanidades, con sus sombras, con sus esperanzas muchas veces frustradas, pero que sin embargo no ha perdido la ilusión de que algo nuevo se puede realizar.

Pues sí, hemos de ser signos de que algo nuevo se puede realizar, de que hay un pan nuevo para ese mundo que nos rodea, de que nos dejemos iluminar por esa luz de Cristo y veremos que nuestro mundo será mejor. Es nuestro compromiso y nuestra tarea. Es lo que queremos manifestar hondamente con la procesión del Corpus que celebramos. Esas alfombras y esos arcos y colgaduras que con tanta ilusión realizamos para adornar nuestras calles al paso del Santísimo Sacramento sean un signo de que podemos unirnos para realizar cosas hermosas para hacer nuestro mundo mejor.

viernes, 6 de mayo de 2022

Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

 


Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

Algunas veces nos cuesta entender. No sabemos interpretar el sentido de las palabras o estamos tan ofuscados con nuestros pensamientos que somos incapaces de abrirnos a algo nuevo que se nos quiere decir. Nos refugiamos quizá en lo que siempre se ha hecho, un recurso fácil en muchas ocasiones para encerrarnos en nuestro inmovilismo o el tener que enfrentarnos a algo nuevo que nos podría comprometer más, o con ideas preconcebidas pretendemos hacer nuestras interpretaciones que conllevan quizá ciertas rebajas a la hora de un compromiso. No sabemos interpretar las imágenes que con un lenguaje más poético quizás se nos ofrecen para que nos trascendamos de esa como rutina en la que vivimos.

Las palabras de Jesús nos ofrecen una realidad nueva, se nos llenan de imágenes como sucede tantas veces en las parábolas para que a través de esas realidades de la vida seamos capaces de ir más allá para entender un mensaje que nos eleva o que nos pone en nuevo camino. No nos quedamos en la parábola del sembrador en una semilla que el sembrador echó a voleo y al que podríamos criticar por no saber bien en qué campos echar la semilla, y todos entendemos de esa Palabra que quiere trasmitirnos Jesús y que tendrá que dar fruto en nuestros corazones.

Así lo que hoy Jesús nos está diciendo. Nos habla de pan de vida, de pan bajado del cielo, nos habla de no morir para siempre y nos habla de comer su carne. Todo un montón de imágenes en las que no nos podemos quedar en la materialidad de las palabras. Si habla de pan bajado del cielo no es para pensar en el maná que comieron sus padres en el peregrinar del desierto, porque ya aquello entonces tenía también su significado en la presencia y en la fuerza de Dios para hacer aquel peregrinaje por el desierto.

Hoy nos habla Jesús de comer su carne y de beber su sangre y ya los judíos de Cafarnaún se estaban viendo como antropófagos que comían y bebían carne y sangre humanas. No podía aceptarlo con interpretaciones así, no podrían aceptarlo si no se abrían a algo nuevo que Jesús les estaba diciendo. ¿Cómo podrían aceptarlo sin hacer una buena interpretación de las palabras de Jesús si ya incluso la Biblia les impedía – quizás por razones incluso higiénicas y de salud – el beber la sangre de los animales o comer lo que con la sangre se pudiera elaborar?

Cuando Jesús les ha venido hablado de ese pan vivo bajado del cielo que había que comer, ya tenían que estar entendiendo cómo había de ser ese alimentarse de lo que Jesús nos estaba ofreciendo. No era simplemente un alimento material que llenara nuestros estómagos, sino que estaba hablándonos de algo que podía darnos vida, que podía darnos un sentido de vida cuando aceptábamos las palabras de Jesús. Por eso nos insiste en el creer en El.

Creemos en Jesús y en su Palabra para dejarnos transformar por El. Hoy emplea la imagen de que quien le come se siente como habitado por Jesús lo que viene a significar toda esa transformación de nuestra vida cuando creemos en Jesús y su Palabra la hacemos vida de nuestra vida. No somos ya nosotros, es Cristo que vive en mi, es que yo desde esa fe tendré que reflejar en mi vida lo que es la vida de Jesús; es algo nuevo que tengo que vivir, algo nuevo que yo tengo que ser; es ese llenarme de Jesús, de su Palabra para ser un hombre nuevo. No nos reflejamos a nosotros mismos sino que tenemos que reflejar a Jesús. El habita en nosotros y nosotros habitaremos en El.

Dejemos que el Espíritu de Jesús nos abra el corazón. Ahora en el tiempo pascual repetidas veces hemos escuchado cómo Jesús abrió el corazón de sus discípulos para que entendieran las Escrituras donde estaba anunciado que El había de resucitar. Es lo que tenemos que hacer para poder escuchar bien y entender su Palabra, vivir su vida nueva, ser esos hombres nuevos porque nos hemos dejado transformar por el Espíritu de Jesús.

 

domingo, 22 de agosto de 2021

Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

 


Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Llega el momento de tomar una decisión. Algunas veces lo vemos claro; otras veces nos encontramos en una encrucijada y no sabemos que camino tomar. Hay cosas que nos gustan, que nos llaman la atención, que nos pueden atraer por su novedad y son llamativas, pero puede aparecer esa sombra de conservadurismo que todos llevamos dentro porque nos cuesta eso de cambiar y no sabemos qué decisión tomar.

Nos pasa tantas veces en la vida cuando se abren caminos nuevos delante de nosotros de los que muchas veces desconfiamos; será un negocio que podemos emprender, será unas decisiones que pueden afectar a nuestra familia, serán cosas que vemos con mucho riesgo y nos llenamos de miedo, serán unos estudios que se nos ofrecen pero al mismo tiempo valoramos las exigencias. Vienen las indecisiones, viene quizá el echarnos atrás por temor al riesgo, será el abandonar algo que quizá en un momento nos llenaba mucho de ilusión.

Estamos pensando en esas múltiples situaciones humanas en las que nos podemos encontrar en la vida, a la que algunas veces nos cuesta cogerle el ritmo porque todo nos parece tan vertiginoso, pero puede tocarnos a principios que consideramos fundamentales para nuestro sentido de vida o que pueden afectar nuestro camino de fe. Cuántas veces cuando el evangelio se va convirtiendo en una exigencia cada vez mayor en nuestra vida, porque en su novedad descubrimos caminos que pueden descolocarnos de lo que siempre estábamos acostumbrados en nuestra vida religiosa o en lo que llamamos nuestra vida cristiana, también nos echamos para atrás, fácilmente buscamos primero a ver si podemos encontrar arreglos y componendas o al final abandonamos y lo dejamos.

En esa tesitura se encontraban los discípulos aquella mañana en Cafarnaún y también todos aquellos que habían venido buscándole después de lo sucedido la tarde anterior en los descampados. Muy temprano se habían encontrado con Jesús de nuevo en Cafarnaún y allí estaban preguntando cómo había venido, cómo había llegado. Pero Jesús ha comenzado a hacerles reflexionar para que se pregunten por qué en verdad le buscan.

¿Sólo porque les había dado abundantemente pan en el desierto milagrosamente multiplicado? ¿Querían siempre un pan así porque así no tendrían que andar buscando el pan de cada día en sus afanes y trabajos, como la mujer samaritana que quería del agua que Jesús le ofrecía porque así no tenía que ir al pozo todos los días a sacarla? ¿Sólo porque curaba sus enfermos? Es cierto que también ellos buscaban algo más, algo que llenara de esperanzas sus corazones, pero al final no sabían bien lo que buscaban.

Jesús ha ido hablándoles de un nuevo alimento y de un nuevo sentido de vida, una nueva sabiduría. Les hablaba del pan del cielo que solo el Padre puede darles, y les decía que ese pan era El. Les insistía en que había que comerle, que su carne y que su sangre eran verdaderamente el pan de vida y la bebida de la salvación. Era un nuevo vivir, porque era vivir la vida de Jesús. Y eso era algo nuevo para ellos y les costaba comprender.

¿Se quedaban en el comer a Jesús solamente como algo material, como un alimento que hay que masticar o era algo más lo que Jesús les estaba ofreciendo? Algunas veces nos quedamos en la imagen y en el signo, pero no llegamos a comprender lo que esa imagen nos dice o ese signo significa. Comer a alguien para tener un nuevo sentido de vivir era algo que les costaba entender. Cuando comemos a Cristo, tal como El nos lo ofrece, tenemos que estar entendiendo bien cómo desde lo más hondo tenemos que cambiar porque significa asumir en nuestra vida todo lo que Cristo significa, todo lo que Cristo nos plantea y nos ofrece en el evangelio.

Comer a Cristo significa entonces ponernos en camino de una vida nueva; serán unos nuevos valores, será una nueva forma de enfocar nuestra relación con Dios y con los demás. Comemos a Cristo para vivir, luego tenemos que dejar atrás todo lo que nos pueda envenenar, todo lo que nos pueda dañar allá en lo más hondo de nosotros mismos. Cuántas pasiones que nos envenenan, cuántas posturas que tomamos en la vida en nuestra relación con los demás que nos llenan de muerte; cuántos odios que tenemos entonces que arrancar de nuestro corazón, cuántos orgullos y vanidades de las que tenemos que desprendernos; cuántas ambiciones de grandezas tenemos que desconectar de nuestros pensamientos y deseos; cuántas envidias, rencores y resentimientos de los que tenemos que despojarnos; cuánto perdón tenemos que saber ofrecer con corazón generoso; cuántas cosas tenemos que aprender a compartir.

Muchas cosas que había que desmontar en la vida. ¿Estarían dispuestos? Muchos se echaron atrás y no volvieron a seguir a Jesús. Por eso pregunta a los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’ Pedro siempre con sus impulsos llenos de amor por el Maestro salva la situación. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Responderemos nosotros así con todo sentido? ¿En verdad queremos comer a Cristo porque estamos dispuestos a ese nuevo sentido de vivir que nos ofrece el Evangelio? Porque ante algunas cosas reconozcamos que dudamos y también nos echaríamos atrás.

martes, 20 de abril de 2021

Cristo se deja comer por nosotros para que tengamos vida para siempre encontrando el sentido de nuestro vivir

 


Cristo se deja comer por nosotros para que tengamos vida para siempre encontrando el sentido de nuestro vivir

Hechos de los apóstoles 7, 51 — 8, 1ª; Sal 30; Juan 6, 30-35

Alimentar a alguien es mucho más que dar un trozo de pan para comer o hacer que cada día tenga el alimento que necesita su cuerpo. Pienso en la vida de familia, en unos padres con sus hijos el alimento que les dan es algo más que ese sustento material que alimenta sus cuerpos cada día, sino que la función del padre o madre de familia es el estar al lado de sus hijos viéndoles crecer, ayudándoles a crecer y son entonces todos esos valores que se transmiten para el conocimiento de la vida, todo eso que llamamos educación o formación para el desarrollo personal de cada uno, para esa maduración que como personas van adquiriendo en el día a día y que beben de las palabras pero también del ejemplo que les dan sus padres.

Los padres dan lo mejor de si mismos por sus hijos, podíamos decir que se dejan comer por ellos. El orgullo de unos padres es que les puedan decir cuánto se parece tu hijo a tí, porque ha asumido su vida y sus valores creciendo y madurando como personas. Y aunque tendrán su propia personalidad reflejan en la madurez de sus vidas cuanto han recibido de sus padres.

Creo que es necesario tener bien claro estos conceptos, porque nos ayudarán a comprender mejor las palabras de Jesús, lo que Jesús quiere transmitirnos. Nos quedamos muchas veces en la literalidad de las palabras de Jesús y no terminamos de llegar a la hondura que tiene lo que hoy en concreto quiere transmitirnos.

De alguna manera las gentes de Cafarnaún retan a Jesús que les ofrezca obras o signos por los que merezca en verdad poner la fe en El. Como les ha hablado de un pan bajado del cielo, ellos se quedan en la materialidad del alimento que les dio Moisés mientras caminaban por el desierto y parece que lo único que recuerdan de Moisés es el Maná. Es cierto que milagrosamente aparecía aquel alimento que ellos llamaban Maná (en la traducción de la palabra está el preguntarse qué era aquello que Moisés les daba) pero parece que ahora no recordarán todo lo que Moisés les ofreció para su crecimiento como pueblo en su peregrinar por el desierto.

Pero Jesús cogiendo el reto que le plantean del Maná, pan bajado del cielo como ellos decían, que les había dado Moisés, les hace ver que el verdadero pan bajado del cielo no era solo aquel Maná sino lo que ahora podían recibir de El. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo’, les dice, ‘porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Algo más que un maná que les alimentara en el desierto o un pan que nos ayude a mantener vivo nuestro cuerpo. Es otra la vida que Dios quiere ofrecernos con Jesús. Ya estaban pidiendo, quedándose en la materialidad de las palabras y de los deseos que les diera siempre de ese pan.

Ya les había dicho que lo que Dios quiere es que creyeran en el que el Padre les había enviado, o sea, que creyeran en Jesús. Ahora les dice algo más. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. Claramente se los está diciendo Jesús. El es el Pan de vida. ¿Queremos tener vida? Comamos a Jesús. ¿Recordáis lo que decíamos antes de que los padres se dejan comer por sus hijos porque les dan lo mejor de sí mismos? Es lo que Jesús quiere hacer para nosotros. Recibimos lo mejor de Jesús, su vida misma.

¿Qué significa eso? Ponemos en El toda nuestra fe, pero poner toda nuestra fe en Jesús es porque queremos vivir como El, queremos vivir unidos a El, queremos hacer que su vida, sus valores, el sentido de su existir sea nuestro sentido, sea nuestro vivir. Queremos identificarnos totalmente con El. Comer a Cristo es algo grandioso, algo maravilloso, que no terminamos de saborear debidamente.

Comer a Cristo no es simplemente que vayamos y comamos el signo del pan eucarístico pero nuestra vida siga igual. Comer a Cristo nos compromete. Comer a Cristo nos obliga a algo nuevo en nuestra vida. De la misma manera que cuando comemos el alimento lo asimilamos de tal manera que se hace algo nuestro, por así decirlo, como la energía de nuestro vivir, comer a Cristo es asimilarlo de tal manera que se hace uno con nosotros, nos hacemos uno con El porque ya nuestro vivir es el de Cristo.

Comiendo a Cristo ya no necesitamos de otro alimento, de ninguna otra cosa que dé sentido a nuestro vivir porque en El obtendremos toda plenitud de vida. ‘No tendrá ya más hambre… no tendrá sed jamás’. Por eso no podemos comulgar de cualquier manera, si no estamos dispuestos a ponernos en ese camino y en ese vivir de Cristo. ¿Será ese el sentido que le damos habitualmente a comulgar, a nuestra comunión con Cristo?

sábado, 2 de mayo de 2020

Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje


Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje

 Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
A veces oímos solo lo que queremos oír. Pudiera parecernos algo incongruente, pero si nos analizamos bien es lo que nos es más fácil hacer. Nos gusta lo que nos resulte agradable, y no son solo palabras bonitas de un momento, sino que de alguna manera nos gusta escuchar promesas de futuro mejor, de algo que nos haga la vida fácil y cómoda, y que las exigencias sean mínimas. Si nos paramos a pensar un poco es lo que nos hacen los populistas que se quieren ganar al pueblo con vanas palabras e ilusiones, encantando los oídos de los que escuchan con promesas de algo mejor, pero que cuando esos dirigentes tienen el poder en su mano los que realmente van a tener una vida mejor son ellos mismos, porque de las promesas al pueblo se olvidan pronto y harán totalmente lo contrario. Estamos cansados de cosas así, aunque algunas veces no aprendemos y seguimos entusiasmándonos con esos sueños que trataran de alentar y fomentar para que al final no lleguemos a ninguna parte. 
Por eso a veces no escuchamos sino lo que queremos oír, como decíamos, pero cuando se presenta alguien que es cierto que despierta esperanzas por su cercanía o su manera de actuar, porque las palabras en verdad tienen profundidad que abre a caminos nuevos, pero que no oculta las exigencias, la respuesta responsable que hemos de dar, el cambio que tendríamos que dar en lo más hondo de nosotros mismos porque no nos podemos quedar ni con remiendos ni con apariencias, eso ya no nos gusta tanto y fácilmente nos vamos quedando en el camino, porque nos puede parecer un camino exigente.
Tendríamos que revisar nuestra manera de dar respuesta a lo que nos pide el evangelio y ver si en verdad llegamos a comprender el mensaje nuevo que nos ofrece y si llegamos a tener la apertura suficiente en nuestro corazón para acoger esa palabra radical del evangelio y somos capaces de poner en camino sin temores ni desconfianzas. Y es que muchas veces nos hacemos nuestros acomodos, nuestros arreglos e interpretaciones, para matizar, para suavizar porque nos decimos que con exigencias lo que vamos a hacer es espantar la gente. Pero nuestros acomodos y arreglos a la larga son un engaño que nos hacemos y con lo que podemos también dañar a los demás.
Hemos venido escuchando esta semana en el evangelio lo que solemos llamar el discurso del pan de vida de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. En la tarde anterior habían querido hacer rey a Jesús cuando milagrosamente multiplicó el pan para que todos comieran. En la mañana se habían venido hasta Cafarnaún buscando a Jesús que les plantea el por qué le siguen. En el fondo por el milagro del pan comido en el desierto, que les recuerda el maná que habían comido sus padres y que le había dado Moisés en el camino hacia la tierra prometida. Jesús les habla ahora del verdadero pan bajado del cielo que les dará vida para siempre. Aunque le piden que les dé siempre de ese pan, cuando Jesús les dice que El mismo es ese pan y que hay que comerle a El, con lo que eso significa y representa, y que su carne es verdadera comida y quien la coma resucitará el ultimo día, las palabras se les vuelven duras para sus oídos y sus corazones y comienzan a desfilar abandonando a Jesús.
‘Dura es esta doctrina’, se dicen unos a otros. Y es algo más que el hecho de comer la carne de Jesús y beber su sangre lo que realmente se les atraganta. Comer a Jesús significa aceptarle en todas sus consecuencias; comer a Jesús es recoger todo aquello que Jesús les dice del amor y del perdón, de la verdadera paz y del autentico culto al Señor y convertirlo en ser de su vida. Mucho tendrían que cambiar sus corazones, y esos cambios cuestan. Arreglitos y remiendos nos podemos hacer, pero darle la vuelta a la vida en su totalidad y en su radicalidad es algo mucho más exigente.
¡Ojo! Que eso nos sucede a nosotros también. Veamos, si no, la superficialidad con que vivimos el seguimiento de Jesús, los arreglitos y componendas que nos queremos hacer tantas veces. Y cuando se nos presenta el evangelio en toda su radicalidad ya estamos diciendo que no son necesarias tantas exigencias, que total siempre hemos vivido así, para qué vamos a cambiar, y pensemos cuantas cosas en este estilo nos decimos o pensamos tantas veces. La exigencia y radicalidad del evangelio no nos gusta, queremos un cristianismo cómodo de cumplir unas cuantas normas que no nos compliquen la vida y así queremos seguir viviendo.
¿Seremos capaces de decir con verdad como Pedro respondió hoy a Jesús cuando les dijo que si ellos querían marcharse también? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Pero, ¡ojo!, que esto tiene que ser algo más que palabras.