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martes, 21 de abril de 2026

Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

 


Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

¿No viste la señal?, nos dice apresurado nuestro compañero de viaje. Íbamos tan a la carrera, con la cabeza metida en nuestras cosas que no vimos la señal de tráfico que estaba allí al lado de la carretera bien clarita; pero metidos en nuestras rutinas, con los agobios que siempre llevamos en la cabeza, aunque nos hicieran miles de señales no vimos nada y con el peligro de causar un accidente, con el peligro de perdernos en el camino, con el peligro de poner en juego nuestra propia vida pero también de los que vayamos encontrando por el camino. Más atención tendríamos que prestar porque se ponen en juego muchas cosas y podemos perder el norte del camino que quisiéramos realizar.

¿Hablamos de señales de tráfico? Nos ha servido como ejemplo para lo que ahora queremos reflexionar en torno al Evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en Cafarnaún al día siguiente de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado, la gente ha venido a buscar a Jesús y Jesús quiere hacerles reflexionar sobre los verdaderos motivos que puedan tener en su búsqueda; el final les ha hablado de que tienen que creer en El.

Pero como en otras ocasiones nos encontraremos también en el evangelio la gente pide pruebas y señales para creer en El. Como nosotros que andamos con nuestras desconfianzas y parece que ya no creemos en nadie; cuando ha llegado alguien con razones convincentes, como se suele decir, pero sobre todo con la rectitud de una vida y que nos invita a algo especial también estamos siempre pidiendo pruebas de credibilidad; no de todo el mundo nos vamos a confiar, ¿qué autoridad tiene esa persona para que confiemos en ella y creamos lo que nos dice? Vamos pidiendo pruebas aunque tengamos bien a las claras delante de nosotros la rectitud de esa persona, porque siempre nosotros tenemos que poner una pega, siempre hay cosas que nos tienen que aclarar por muy claras que estén.

‘¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer’. La eterna pregunta, la eterna prueba que seguimos pidiendo una y otra vez. Nos cegamos para ver las señales porque andamos a lo nuestro. Ya les decía Jesús que le buscaban porque habían comido pan en abundancia en el desierto, pero no porque vieran las señales que estaba realizando.

Le argumentan lo del maná que recibieron sus antepasados en el desierto mientras peregrinaban hacia la tierra prometida, y olvidaban tan pronto la señal que Jesús había realizado cuando había multiplicado los panes y los peces para que todos comieran y comieran en abundancia. Decían que les gustaba escuchar a Jesús y se iban de un lado para otro siguiéndole para escuchar sus enseñanzas; pero quizás su mente andaba obnubilada con la idea que se habían hecho de lo que había de ser el Mesías y por eso no terminaban de comprender las enseñanzas de Jesús.

Y Jesús les habla de un pan bajado del cielo que es verdadero alimento. Alimentando estaba Jesús a aquella gente con el anuncio del Reino de Dios, con el anuncio de la Palabra de Dios, con lo que Jesús les enseñaba que les estaba dando un sentido nuevo a sus vidas. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, había replicado Jesús al tentador allá en el desierto. Y es el alimento que Jesús nos ofrece, el que tenemos que buscar y que solo lo podemos encontrar en El. Por eso nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo y que quien lo come está alimentado para siempre.

Es la Sabiduría del Espíritu de Dios quien nos alimenta; es el hambre entonces que tendríamos que tener de ese alimento, el hambre que tendríamos que tener de Jesús. También tenemos que decirle ‘danos siempre de ese pan’ conscientes de cómo tenemos que alimentarnos de Jesús que el saciará nuestra vida para siempre. Seamos capaces de ver las señales porque en El tenemos todo el sentido de nuestra vida. No pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra.

martes, 6 de mayo de 2025

Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

 


Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

Aun empleando las mismas palabras muchas veces no nos entendemos; pareciera que hablamos lenguajes distintos y de alguna manera así es, porque le damos distinto significado a las palabras, hay quien se queda con la literalidad material de lo que es la palabra pero no nos damos cuenta que en ellas estamos expresando una imagen que nos lleva más allá; según nuestros propios sentimientos o nuestros estados de ánimo, según lo que estemos viviendo en el momento podemos hacernos distintas interpretaciones y eso hará que no nos entendamos. El lenguaje, por otra parte, puede estar muy lleno de imágenes en las que tenemos que saber leer el mensaje que realmente se nos quiere dar.

Jesús empleaba un lenguaje muy lleno de imágenes,  muy propio de aquella cultura oriental, pero empleaba también un lenguaje directo y claro, pero sin embargo no siempre lo entendían quienes hacían una tergiversación de sus palabras. Aquello que solemos decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír le sucedía a quienes escuchaban a Jesús. Y Jesús lo indicaba con aquello del que tenga oídos que oiga lo que voy a decir.

Nos encontramos en estos días con unos textos del evangelio de san Juan que están muy llenos de imágenes pero que quieren expresarnos cosas muy importantes. Partimos de aquel pan que Jesús les había dado allá en el descampado y Jesús les viene a decir que busquen el pan venido del cielo que el Padre les dará. Aquella imagen les recuerda aquel maná que comieron sus padres en el desierto, y decían que Moisés les había dado un pan venido del cielo, pero Jesús les irá aclarando que es otro el Pan que han de comer que les dará vida para siempre. Los que comieron el pan en el desierto murieron, pero el Pan que ahora Jesús nos ofrece nos dará vida para siempre.

Aquí es cuando viene el juego de palabras y las interpretaciones por una parte excesivamente literales que se hacen de las palabras de Jesús y sus propias interpretaciones. Es aquí donde tenemos que comenzar a comprender el mensaje que quiere Jesús trasmitirnos. Es la escucha que hemos de hacer de sus palabras pero con esa apertura no solo de la mente sino del corazón para comprender ese pan del cielo que Jesús nos ofrece.

El pan es un alimento y si no nos alimentamos morimos por inanición. Es lo que viene a significar Jesús para nosotros, ese pan, ese alimento de vida que nos dará vida y vida para siempre. ¿Qué significa esa vida que nos da Jesús y que es para siempre? Con Jesús encontramos la verdadera vida, con Jesús encontramos la luz que da sentido a nuestro camino, con Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, en Jesús tenemos esa sabiduría que nos hará vivir en plenitud.

No es ya solo lo que nos puede entrar por la boca y que llevamos a nuestro estomago para sacar de ese alimento los nutrientes de nuestra vida. Es otro el nutriente, es otra la sabiduría, es otra la vida que se nos dará en plenitud; solo en Jesús podemos encontrarla, solo escuchando a Jesús, viviendo a Jesús es como podemos tener esa vida para siempre. Es de lo que nos va hablando el evangelio en estos días y nos dará para hermosas reflexiones que nos seguiremos haciendo.

Los judíos de Cafarnaún aunque aun no terminaban de entender claramente las palabras de Jesús, vislumbran que algo hay distinto en lo que Jesús les dice, en ese pan que Jesús les ofrece y le piden que les dé siempre de ese pan. Como la mujer samaritana que le pedía a Jesús el agua que calmaría para siempre su sed, aunque ella solo estaba pensando en el agua que tenia que venir todos los días a sacar del pozo de Jacob.

Pidamos esa agua viva, pidamos ese pan que nos alimenta para siempre. Aunque nos cueste entender queramos escuchar estas palabras de Jesús que son Palabras de vida eterna, como terminará confesando Pedro.

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.


jueves, 27 de abril de 2023

Jesús es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, verdadera plenitud a mi existencia, de El tenemos que alimentarnos para tener vida para siempre

 


Jesús es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, verdadera plenitud a mi existencia, de El tenemos que alimentarnos para tener vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

En la lógica de nuestros razonamientos humanos hay cosas que nos parecen imposibles y aunque en nuestros sueños y deseos aspiremos a otra cosa, lo desechamos como irrealizable y no queremos pensar en ello. Aparte de lo que disfrutemos con la comida, sin embargo quien alguna vez no habrá pensado ojalá comiéramos algo que ya no nos diera hambre nunca más, porque es una lata eso de tener que estar buscando o preparando comida cada día. Pero nos razonamos y nos decimos es imposible ese sueño, porque cada día el organismo necesita alimentarse para poder recuperar sus fuerzas vitales y tener vida y no nos queda más remedio que repetir ese acto de ingerir alimento cada día y a cada determinado tiempo del día.

Pero mira por donde hoy nos habla Jesús de un alimento que El nos ofrece y que nos dará vida para siempre. Les ha hablado del pan bajado del cielo, y los judíos han recordado el maná, pan bajado del cielo también lo llamaban, que les dio Moisés mientras caminaban por el desierto rumbo a la tierra prometida. Pero ya Jesús les dice que comieron el maná, aquel pan bajado del cielo, y sin embargo murieron. ‘Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron…’

Jesús ahora quiere hablarles del verdadero pan bajado del cielo. ‘Yo soy el pan de la vida… este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera’. Y nos está diciendo que ese pan de la vida es El mismo. A los judíos les costaba entender por la literalidad con la que interpretaban las palabras de Jesús. Pero hemos de reconocer que a nosotros, a pesar de ser algo que hemos escuchado muchas veces y en principio parece que aceptamos con facilidad, en la realidad realmente también nos cuesta entender. Y lo digo desde la experiencia de la importancia que luego le damos a esto en la vida de cada día.

Es un alimento que va más allá de un pan material, pero igual que representamos en esa imagen del pan todo lo que es alimento que nutre nuestro cuerpo, también tenemos que pensar no solo en lo que nutre nuestro cuerpo sino lo que nos alimenta como personas, lo que nos hace encontrar un profundo sentido para nuestro vivir.

Sí, queremos tener un sentido de vida, nos preguntamos por qué y para qué, nos preguntamos por el sentido de nuestra vida, nos preguntamos por el valor de lo que hacemos y también de lo que vivimos, no queremos una vida vacía, una vida sin sentido, queremos una profundidad, una razón profunda para nuestro vivir. Esa es la buena nueva de Jesús, ese es su evangelio, eso es lo que nos ofrece Jesús.

Cuando decimos que creemos en Jesús es mucho más que decir que conocemos sus milagros, conocemos su vida, sus andanzas, lo que fue su pasión y su muerte, que sabemos porque lo hemos escuchado muchas veces lo que nos enseña, y digo mucho más porque no son solo conocimientos que iríamos acumulando en nuestra memoria como quien acumula libros en una biblioteca. De nada nos valdrían todos esos libros acumulados en una biblioteca si no nos han enseñado a vivir. Y eso es lo que viene a significar Jesús en nosotros, en nuestra vida; nos enseña a vivir, nos abre un camino, una senda, nos da un sentido y un valor, nos engrandece dándonos la mayor dignidad a nuestra persona, encontramos nuestro verdadero valor.

Ese es el alimento que Jesús nos da. Por eso nos dice que El es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, que da verdadera plenitud a mi existencia. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Tenemos que alimentarnos de ese pan, tenemos que alimentarnos de Jesús, tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Podría salirse de todas nuestras lógicas humanas, como decíamos al principio, pero nos lleva a la más honda sabiduría que solo podemos beber en Jesús.

 

domingo, 22 de agosto de 2021

Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

 


Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Llega el momento de tomar una decisión. Algunas veces lo vemos claro; otras veces nos encontramos en una encrucijada y no sabemos que camino tomar. Hay cosas que nos gustan, que nos llaman la atención, que nos pueden atraer por su novedad y son llamativas, pero puede aparecer esa sombra de conservadurismo que todos llevamos dentro porque nos cuesta eso de cambiar y no sabemos qué decisión tomar.

Nos pasa tantas veces en la vida cuando se abren caminos nuevos delante de nosotros de los que muchas veces desconfiamos; será un negocio que podemos emprender, será unas decisiones que pueden afectar a nuestra familia, serán cosas que vemos con mucho riesgo y nos llenamos de miedo, serán unos estudios que se nos ofrecen pero al mismo tiempo valoramos las exigencias. Vienen las indecisiones, viene quizá el echarnos atrás por temor al riesgo, será el abandonar algo que quizá en un momento nos llenaba mucho de ilusión.

Estamos pensando en esas múltiples situaciones humanas en las que nos podemos encontrar en la vida, a la que algunas veces nos cuesta cogerle el ritmo porque todo nos parece tan vertiginoso, pero puede tocarnos a principios que consideramos fundamentales para nuestro sentido de vida o que pueden afectar nuestro camino de fe. Cuántas veces cuando el evangelio se va convirtiendo en una exigencia cada vez mayor en nuestra vida, porque en su novedad descubrimos caminos que pueden descolocarnos de lo que siempre estábamos acostumbrados en nuestra vida religiosa o en lo que llamamos nuestra vida cristiana, también nos echamos para atrás, fácilmente buscamos primero a ver si podemos encontrar arreglos y componendas o al final abandonamos y lo dejamos.

En esa tesitura se encontraban los discípulos aquella mañana en Cafarnaún y también todos aquellos que habían venido buscándole después de lo sucedido la tarde anterior en los descampados. Muy temprano se habían encontrado con Jesús de nuevo en Cafarnaún y allí estaban preguntando cómo había venido, cómo había llegado. Pero Jesús ha comenzado a hacerles reflexionar para que se pregunten por qué en verdad le buscan.

¿Sólo porque les había dado abundantemente pan en el desierto milagrosamente multiplicado? ¿Querían siempre un pan así porque así no tendrían que andar buscando el pan de cada día en sus afanes y trabajos, como la mujer samaritana que quería del agua que Jesús le ofrecía porque así no tenía que ir al pozo todos los días a sacarla? ¿Sólo porque curaba sus enfermos? Es cierto que también ellos buscaban algo más, algo que llenara de esperanzas sus corazones, pero al final no sabían bien lo que buscaban.

Jesús ha ido hablándoles de un nuevo alimento y de un nuevo sentido de vida, una nueva sabiduría. Les hablaba del pan del cielo que solo el Padre puede darles, y les decía que ese pan era El. Les insistía en que había que comerle, que su carne y que su sangre eran verdaderamente el pan de vida y la bebida de la salvación. Era un nuevo vivir, porque era vivir la vida de Jesús. Y eso era algo nuevo para ellos y les costaba comprender.

¿Se quedaban en el comer a Jesús solamente como algo material, como un alimento que hay que masticar o era algo más lo que Jesús les estaba ofreciendo? Algunas veces nos quedamos en la imagen y en el signo, pero no llegamos a comprender lo que esa imagen nos dice o ese signo significa. Comer a alguien para tener un nuevo sentido de vivir era algo que les costaba entender. Cuando comemos a Cristo, tal como El nos lo ofrece, tenemos que estar entendiendo bien cómo desde lo más hondo tenemos que cambiar porque significa asumir en nuestra vida todo lo que Cristo significa, todo lo que Cristo nos plantea y nos ofrece en el evangelio.

Comer a Cristo significa entonces ponernos en camino de una vida nueva; serán unos nuevos valores, será una nueva forma de enfocar nuestra relación con Dios y con los demás. Comemos a Cristo para vivir, luego tenemos que dejar atrás todo lo que nos pueda envenenar, todo lo que nos pueda dañar allá en lo más hondo de nosotros mismos. Cuántas pasiones que nos envenenan, cuántas posturas que tomamos en la vida en nuestra relación con los demás que nos llenan de muerte; cuántos odios que tenemos entonces que arrancar de nuestro corazón, cuántos orgullos y vanidades de las que tenemos que desprendernos; cuántas ambiciones de grandezas tenemos que desconectar de nuestros pensamientos y deseos; cuántas envidias, rencores y resentimientos de los que tenemos que despojarnos; cuánto perdón tenemos que saber ofrecer con corazón generoso; cuántas cosas tenemos que aprender a compartir.

Muchas cosas que había que desmontar en la vida. ¿Estarían dispuestos? Muchos se echaron atrás y no volvieron a seguir a Jesús. Por eso pregunta a los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’ Pedro siempre con sus impulsos llenos de amor por el Maestro salva la situación. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Responderemos nosotros así con todo sentido? ¿En verdad queremos comer a Cristo porque estamos dispuestos a ese nuevo sentido de vivir que nos ofrece el Evangelio? Porque ante algunas cosas reconozcamos que dudamos y también nos echaríamos atrás.

martes, 20 de abril de 2021

Cristo se deja comer por nosotros para que tengamos vida para siempre encontrando el sentido de nuestro vivir

 


Cristo se deja comer por nosotros para que tengamos vida para siempre encontrando el sentido de nuestro vivir

Hechos de los apóstoles 7, 51 — 8, 1ª; Sal 30; Juan 6, 30-35

Alimentar a alguien es mucho más que dar un trozo de pan para comer o hacer que cada día tenga el alimento que necesita su cuerpo. Pienso en la vida de familia, en unos padres con sus hijos el alimento que les dan es algo más que ese sustento material que alimenta sus cuerpos cada día, sino que la función del padre o madre de familia es el estar al lado de sus hijos viéndoles crecer, ayudándoles a crecer y son entonces todos esos valores que se transmiten para el conocimiento de la vida, todo eso que llamamos educación o formación para el desarrollo personal de cada uno, para esa maduración que como personas van adquiriendo en el día a día y que beben de las palabras pero también del ejemplo que les dan sus padres.

Los padres dan lo mejor de si mismos por sus hijos, podíamos decir que se dejan comer por ellos. El orgullo de unos padres es que les puedan decir cuánto se parece tu hijo a tí, porque ha asumido su vida y sus valores creciendo y madurando como personas. Y aunque tendrán su propia personalidad reflejan en la madurez de sus vidas cuanto han recibido de sus padres.

Creo que es necesario tener bien claro estos conceptos, porque nos ayudarán a comprender mejor las palabras de Jesús, lo que Jesús quiere transmitirnos. Nos quedamos muchas veces en la literalidad de las palabras de Jesús y no terminamos de llegar a la hondura que tiene lo que hoy en concreto quiere transmitirnos.

De alguna manera las gentes de Cafarnaún retan a Jesús que les ofrezca obras o signos por los que merezca en verdad poner la fe en El. Como les ha hablado de un pan bajado del cielo, ellos se quedan en la materialidad del alimento que les dio Moisés mientras caminaban por el desierto y parece que lo único que recuerdan de Moisés es el Maná. Es cierto que milagrosamente aparecía aquel alimento que ellos llamaban Maná (en la traducción de la palabra está el preguntarse qué era aquello que Moisés les daba) pero parece que ahora no recordarán todo lo que Moisés les ofreció para su crecimiento como pueblo en su peregrinar por el desierto.

Pero Jesús cogiendo el reto que le plantean del Maná, pan bajado del cielo como ellos decían, que les había dado Moisés, les hace ver que el verdadero pan bajado del cielo no era solo aquel Maná sino lo que ahora podían recibir de El. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo’, les dice, ‘porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Algo más que un maná que les alimentara en el desierto o un pan que nos ayude a mantener vivo nuestro cuerpo. Es otra la vida que Dios quiere ofrecernos con Jesús. Ya estaban pidiendo, quedándose en la materialidad de las palabras y de los deseos que les diera siempre de ese pan.

Ya les había dicho que lo que Dios quiere es que creyeran en el que el Padre les había enviado, o sea, que creyeran en Jesús. Ahora les dice algo más. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. Claramente se los está diciendo Jesús. El es el Pan de vida. ¿Queremos tener vida? Comamos a Jesús. ¿Recordáis lo que decíamos antes de que los padres se dejan comer por sus hijos porque les dan lo mejor de sí mismos? Es lo que Jesús quiere hacer para nosotros. Recibimos lo mejor de Jesús, su vida misma.

¿Qué significa eso? Ponemos en El toda nuestra fe, pero poner toda nuestra fe en Jesús es porque queremos vivir como El, queremos vivir unidos a El, queremos hacer que su vida, sus valores, el sentido de su existir sea nuestro sentido, sea nuestro vivir. Queremos identificarnos totalmente con El. Comer a Cristo es algo grandioso, algo maravilloso, que no terminamos de saborear debidamente.

Comer a Cristo no es simplemente que vayamos y comamos el signo del pan eucarístico pero nuestra vida siga igual. Comer a Cristo nos compromete. Comer a Cristo nos obliga a algo nuevo en nuestra vida. De la misma manera que cuando comemos el alimento lo asimilamos de tal manera que se hace algo nuestro, por así decirlo, como la energía de nuestro vivir, comer a Cristo es asimilarlo de tal manera que se hace uno con nosotros, nos hacemos uno con El porque ya nuestro vivir es el de Cristo.

Comiendo a Cristo ya no necesitamos de otro alimento, de ninguna otra cosa que dé sentido a nuestro vivir porque en El obtendremos toda plenitud de vida. ‘No tendrá ya más hambre… no tendrá sed jamás’. Por eso no podemos comulgar de cualquier manera, si no estamos dispuestos a ponernos en ese camino y en ese vivir de Cristo. ¿Será ese el sentido que le damos habitualmente a comulgar, a nuestra comunión con Cristo?

martes, 28 de abril de 2020

Comer a Cristo es algo más que un rito porque es entrar en profunda comunión con El, su vida es nuestra vida, sus valores del Reino son nuestros valores


Comer a Cristo es algo más que un rito porque es entrar en profunda comunión con El, su vida es nuestra vida, sus valores del Reino son nuestros valores

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Sal 30; Juan 6, 30-35
Yo no comulgo con ruedas de molino es una expresión que solemos emplear cuando queremos decir que no nos tragamos lo que nos están diciendo. Fijémonos que empleamos esa expresión de comulgar en el sentido de comer pero no en referencia a comidas sino más en referencia a ideas. No tragamos a alguien decimos cuando una persona no nos gusta, se nos hace insoportable, la rechazamos por su manera de ser o de actuar; no queremos tener parte con esa persona, no queremos incluso que ni nos vean en su compañía tan rechazable se nos hace esa persona.
Algunas veces tenemos expresiones en la vida, en nuestras palabras o nuestra manera de pensar que las utilizamos para unas cosas pero cuando de manera similar se nos presentan para decirnos otra cosa ya no solemos emplearlas o les damos otro sentido. Creo que esto que venimos diciendo nos puede ayudar a comprender en todo su sentido lo que Jesús quiere hoy trasmitirnos.
Ha comenzado Jesús haciéndoles recapacitar sobre el por qué le buscan y ahora quiere dar un paso más y nos dice que El es el pan venido del cielo y que el que le coma tendrá vida para siempre. Al oír hablar del pan bajado del cielo los judíos recuerdan episodios de su historia como fue su peregrinar por el desierto y aquel maná, pan del cielo, que Moisés les ofrecía para alimentarse en el duro camino que iban haciendo. En contraposición a lo que Jesús les está diciendo ellos le recuerdan que fue Moisés el que les dio pan del cielo en el desierto, el maná. Pero Jesús les dice que no, que es Dios el que les da el verdadero pan del cielo cuando ha enviado a su Hijo y que hemos de comerle para que tengamos vida para siempre.
Así como de inmediato pensamos en la Eucaristía, y es cierto que todo este discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún es un anuncio de la Eucaristía. Pero ahora Jesús quiere decirles algo distinto, algo más. Tenemos que comerle a El, ¿y qué significa que tenemos que comerle a El si queremos tener vida? Pues pensémoslo en el sentido de lo que hemos dicho cuando hemos comenzado esta reflexión.
Comerle a El es aceptarle, es decirle Sí con toda la vida, es sentirnos en comunión con El porque sus palabras, su vida queremos hacerla vida nuestra. No es solo, pues, la materialidad de ir a la comunión, a comer el pan eucarístico para decir que estamos unidos a El, sino que antes hemos de aceptarle, hacer de su palabra y de su vida nuestra vida, es comerle a El.
Para nosotros no tiene que haber otro criterio que el sentido y los valores de Jesús; para nosotros no hay otro vivir sino tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús como nos dirá el apóstol en sus cartas; para nosotros no hay otra forma de vivir si no es en el mismo amor, en el mismo sentido de entrega que vivió Jesús; para nosotros no hay otra forma de vivir con los demás sino viendo en ellos a Jesús, por aquello que nos dice de que cuando hagamos al hermano se lo estamos haciendo a El.
Es así como tenemos que comer a Cristo. Y esto no es simplemente un rito. Comer a Cristo es una postura, una exigencia, un nuevo estilo y sentido de vivir. Comer a Cristo es meternos en lo más hondo de Cristo y de su evangelio para hacerlo vida nuestra. Comer a Cristo es hacernos nosotros otro Cristo que para eso hemos sido ungidos para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes.
Esa es la verdadera comunión que luego la expresaremos de forma sacramental cuando comiendo el pan Eucarístico decimos que es el mismo Cristo el que comemos, que es su Cuerpo y que es su Sangre. Pero esta comunión eucarística no tendría verdadero sentido si no hay antes esa otra comunión profunda con Cristo comiendo a Cristo en nuestra vida. Eso es comulgar, comer a Cristo.


martes, 7 de mayo de 2019

Jesús es el Pan de vida porque estando con El encontraremos ese por qué, esa razón de nuestra existencia, ese sentido hondo de nuestro vivir que nos lleva a plenitud


Jesús es el Pan de vida porque estando con El encontraremos ese por qué, esa razón de nuestra existencia, ese sentido hondo de nuestro vivir que nos lleva a plenitud

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35
‘¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?’ Es la réplica de los judios a la petición que Jesús les hace. Solamente les está pidiendo fe. Es lo que Jesús quiere provocar en ellos como en nosotros. Pero querían pruebas, querían signos como nosotros también estamos buscando siempre pruebas que nos convenzan. Es cierto que en el ser humano está la capacidad de razonar, para eso estamos dotados de inteligencia y voluntad, pero demasiado queremos ajustar nuestros razonamientos en nuestras medidas.
Ahora le piden a Jesús signos, pruebas aquellos mismos que en la tarde anterior allá en el desierto comieron pan hasta saciarse sin saber de donde provenía, pues a todos se les habían acabado las provisiones y a partir de solo cinco panes y dos peces habían comido hasta saciarse una multitud grande. Como se suele decir no hay peor ceguera que la del que no quiere ver.
Ahora están invocando lo que había sucedido a sus antepasados en el desierto en su peregrinar desde Egipto hasta aquella tierra que ahora habitaban y que llamaban tierra prometida. Había aparecido el maná al que llamaban pan del cielo y ahora les están diciendo a Jesús que Moisés les dio en el desierto un pan bajado del cielo. Era para ellos como el gran milagro de su historia pasada. Y ahora hacen comparación entre Moisés y Jesús.
Pero Jesús les está haciendo comprender que no fue Moisés – era solo un hombre y el poder de hacer milagros es de Dios – sino que fue el Padre el que les dio el verdadero pan del cielo. Que no era simplemente una cosa material como podía ser aquella comida milagrosa llamada maná. Dios les está ofreciendo un pan del cielo que da vida para siempre. ‘El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’, les dice Jesús.
Como un día sucediera con la mujer de samaria a la que Jesús habla de un agua que calma la sed para siempre y le pedía a Jesús que le diera de esa agua para no tener que venir al pozo todos los días, ahora también le piden a Jesús que les dé ese pan que da vida al mundo. ¿No tendrían ya que preocuparse de trabajar para ganarse el pan de cada día? Eso quisiéramos nosotros también quizá para escaquearnos de nuestras responsabilidades.
Pero no nos quedemos en lo superficial. Jesús no nos está hablando de ese pan, podríamos decir, que nos entra por la boca y llena nuestro estómago. Jesús hace una afirmación verdaderamente importante. Y ahora sí que tenemos que poner toda nuestra fe en sus palabras porque nos da el sentido de algo nuevo para nuestro vivir. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’.
Nos hemos acostumbrado a esta afirmación y no acabamos de calibrar todo el sentido de estas palabras. Es lo malo de lo que oímos muchas veces de manera que nos acostumbramos y ya hasta las decimos sin sentido. Nos alimentamos, es cierto, para tener vida pero la vida es algo más que unas funciones orgánicas de nuestro cuerpo, una energía que haga funcionar nuestro corazón, correr la sangre por las venas y la renovación de células que continuamente se está realizando. Es la vida vegetativa, meramente corporal, somática, pero sabemos que vivir es algo más. Está nuestra mente, sin embargo, nuestra voluntad para hacer las cosas, las ideas de nuestro pensamiento, todo lo que provoca unos sentimientos o unas emociones. No es solo algo físico o somático, sino que va mucho mas allá, porque nos produce felicidad y alegría o nos hace sufrir en los sentimientos más hondos que puedan haber en nosotros.
Y ahí entra entonces un sentido de nuestro vivir, ahí entran los deseos de nuestro corazón o de nuestra mente porque parece que en alguna parte hemos de situarlos, pero que es algo que va más allá en ese vivir. Es entonces la fuerza para nuestro amar y desear como la fuerza que nos eleva más allá de nuestro cuerpo porque eleva nuestro espíritu y pone metas en la vida. Son los por qué de nuestra existencia y las razones de nuestro vivir.
Y Jesús nos dice que El es el Pan de vida y que si vamos a El no pasaremos hambre, no tendremos sed jamás. Porque estando con Jesús encontraremos ese por qué, esa razón de nuestra existencia, ese sentido hondo de nuestro vivir que nos lleva a plenitud. Es esa sabiduría de Dios que en El encontramos, que por algo nos dirá en otro momento que El es la Verdad, y la verdad que nos hará libres de verdad.  Y por ese camino nos seguirá hablando Jesús.
¿Le pediremos, entonces, también nosotros a Jesús que nos dé de ese Pan de vida?

domingo, 12 de agosto de 2018

Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida


Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-52
Tengo un amigo que de repente un día desaparece y no sabemos de él durante todo el día y cuando lo volvemos a encontrar le preguntamos qué le ha pasado, dónde ha estado y simplemente nos dice ‘me fui a caminar’. Busca estar solo, poner en orden quizá sus cosas en su interior, una válvula de escape tras alguna tensión que ha vivido por el trabajo o por sus problemas, pero quizás a la vuelta lo encontramos mas relajado, no asoman por ningún lado los signos de tensión que haya podido estar viviendo, o tiene más claras sus ideas. Ese salirse de su rutina, de la tensión del día a día le hace quizá encontrar fuerzas para volver a empezar o para continuar con la tarea que había emprendido.
Nos puede pasar a todos en muchas ocasiones, los agobios de la vida nos hacen estar en tensión y nos sentimos cansados, no tanto físicamente pero que algunas veces aparece también, sino emocionalmente necesitando una fuerza interior que nos haga encontrar de nuevo serenidad y paz para la tarea de cada día. Nos encontramos como sin fuerzas para seguir luchando y necesitamos encontrar un apoyo, una energía interior, algo que nos haga reaccionar para poder enfrentarnos mejor a los problemas y las luchas que continuamente tenemos que sostener. Es un desconectar pero no para olvidarlo todo sino para recargar baterías y poder sentirnos luego como nuevos.
Son experiencias que tenemos en la vida de las que tenemos que sacar siempre lecciones provechosas. Es la experiencia de la que se nos habla en lo sucedido con el profeta Elías. Se puso en camino, quería morir, se fue al desierto donde no esperaba ningún alimento que le diera fuerza para seguir el camino. Era difícil su misión en medio del pueblo de Israel que idolatraba a los baales, pero donde El tenía que anunciar al Dios único y verdadero que había sido siempre el que le había liberado. Echado bajo una retama esperaba la muerte pero allí el ángel del Señor le dejaba pan y agua para que prosiguiese el camino; así una y otra vez, hasta que finalmente tuvo la experiencia de la presencia de Dios en la que encontró fuerzas para seguir con su misión. Aquel pan del desierto fue todo un signo profético de lo que Jesús luego nos dará en el evangelio.
Tras la experiencia del pan multiplicado milagrosamente allá en el desierto donde todos habían comido hasta saciarse, vinieron en búsqueda de Jesús pero El quiere hacerles comprender qué es lo que realmente han de buscar en El. No es el Jesús taumatúrgico que con sus milagros les resuelva los problemas. Ya en el mismo hecho del milagro Jesús había querido contar con la colaboración de los discípulos y de todos; quiere siempre Jesús contar con nosotros. El milagro no se realizó sin la colaboración de los discípulos y de quien puso a disposición los cinco panes y dos peces. Nos dice mucho.
Pero ya en la sinagoga de Cafarnaún cuando de nuevo se han encontrado con El les pide fe. Es el enviado de Dios en quien han de creer. Como ya había aparecido en lo alto del Tabor es Jesús el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar y a quien hemos de seguir. El es la Palabra de vida que nos llena de la Sabiduría de Dios. Es en El en quien hemos de poner toda nuestra confianza porque en El siempre vamos a encontrar la verdad de Dios y la verdad del hombre. De qué forma más hermosa nos lo decía san Juan Pablo II. En Jesús encontramos la revelación del misterio de la vida.
Igual que en la vida necesitamos esa luz que nos ilumine para que podamos descubrir el camino – ya nos repetirá que El es la luz del mundo y que quien le sigue no camina en tinieblas –, necesitamos quien nos ge y nos conduzca para que encontremos ese alimento de vida – y nos dirá que el Padre es el que mueve nuestro corazón para que vayamos hasta El -, igualmente necesitamos también esa fuerza, esa energía interior para realizar el camino. En el desierto Moisés les había dado un pan del cielo, pero ahora es Jesús quien nos dice que El es el verdadero pan del cielo y que quien lo coma vivirá para siempre.
Es la gran revelación que nos hace Jesús hoy. Andamos desorientados, desalentados y sin fuerzas tantas veces, nos echamos el camino sin saber bien a donde vamos porque queremos encontrarnos con nosotros mismos y con la verdad y el sentido de nuestra existencia, estamos buscando esa fuerza que nos dé seguridad y paz interior, pero bien sabemos a donde tenemos que ir, con quien tenemos que encontrarnos, quien va a ser esa luz y esa fuerza para nuestro caminar.
Dios puede valerse de muchas cosas para llevarnos de la mano a ese camino bueno que hemos de emprender; serán esos silencios con esos interrogantes interiores, serán esos caminos que nos parece que se hacen sin rumbo ni destino, serán momentos de soledad y de silencio interior, como también pueda ser la palabra amiga de alguien que quiere caminar a nuestro lado o el testimonio que descubramos en otras personas. Pero ahí están también los caminos de Dios que nos atrae hacia sí. No nos ceguemos ni nos hagamos oídos sordos; esté nuestro espíritu abierto a esa novedad que puede llegar a nuestra vida que puede ser para nosotros buena nueva de Salvación, evangelio de salvación.
Jesús nos dice que El es ese pan de vida y que comiéndole tendremos vida para siempre. Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida.

jueves, 19 de abril de 2018

Comiendo a Cristo en la Eucaristía entraremos en la sintonía de Dios que es una sintonía de amor para una relación más estrecha con Dios mismo y con los hermanos



Comiendo a Cristo en la Eucaristía entraremos en la sintonía de Dios que es una sintonía de amor para una relación más estrecha con Dios mismo y con los hermanos

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51

A veces sentimos dentro de nosotros como un impulso interior que nos impele a realizar algo bueno, parece como que nos sugiere una cosa buena que nunca quizás habíamos pensado que podíamos hacer, y es como una fuerza que no nos deja tranquilos hasta que nos dejamos llevar por ese impulso y lo realizamos. Saludar a alguien a quien nunca habíamos saludado, prestar un servicio que no se nos había ocurrido que podríamos realizar, comprometernos con algo que sentimos que con ello podemos ayudar a otras personas, cosas que nos hacen salir de nosotros mismos y nos llevan a lo bueno, nos llevan a un nuevo encuentro con los demás, nos llevan quizás a un compromiso.
Nos damos muchas explicaciones para todo eso que sentimos, pensamos que es una intuición o una sintonía que establecemos con esa persona a la que vamos a ayudar. Pero como creyentes que somos por qué no pensamos en una inspiración de lo alto, una inspiración que nos viene de Dios que de alguna manera nos está llamando a ser más generosos con nuestra vida, a un compromiso por los demás o por el entorno en el que vivimos.
Nos dirán que son sueños que tenemos, que es el inconsciente que nos habla, o muchas otras cosas, pero yo como creyente pienso en la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, que  nos inspira, que nos llama y que nos conduce por caminos buenos que nos acerquen mas a Dios. Yo, como creyente creo en la fuerza del Espíritu de Dios que Jesús nos prometió que estaría con nosotros.
Hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio ‘nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día… Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí…’ Es por la fuerza del Espíritu de Dios por lo que en verdad podemos confesar que Jesús es el Hijo de Dios. Y creemos en su Palabra, que es Palabra de vida eterna para nosotros. Como  nos dice Jesús ‘yo lo resucitaré en el último día’, y estamos participando de esa resurrección en la medida en que nos llenamos de vida porque nos llenamos de amor, un amor que un día podremos vivir en plenitud total junto a Dios.
Dejémonos conducir por el Espíritu divino y pongamos toda nuestra fe en Jesús. Hoy nos dice Jesús que El es el Pan de vida. Es el verdadero pan bajado del cielo. Y les recuerda que si los padres comieron el mana en el desierto al que ellos llamaban pan bajado del cielo, los que comieron de aquel pan murieron, pero quien como ahora de este verdadero Pan de Vida que es Jesús tendrán vida para siempre.
‘Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Ya nos está hablando Jesús de la Eucaristía, en la que El mismo será nuestra comida, nuestro alimento, nuestra vida. ‘El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’, nos ha dicho.
Comiéndole a El entraremos en esa nueva sintonía de Dios, porque comiendo a Cristo entramos necesariamente en la sintonía del amor. Comer a Cristo es hacernos una misma cosa con El. Si somos una misma cosa con El nuestra vida no puede estar en otra sintonía que la del amor.  Sintonía del amor que nos hace entrar en una nueva relación cada vez más intensa con Dios, pero que también nos abrirá a una relación cada vez más intensa de amor con los demás. El Espíritu del Señor que habita en nuestros corazones nos conduce por esos caminos.

martes, 17 de abril de 2018

Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud


Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud

Hechos de los apóstoles 7, 51-59; Sal 30;  Juan 6, 30-35

Todo ser viviente necesita alimentarse cada día. Ese alimento que da la energía que necesita nuestro cuerpo para vivir, para que podamos realizar nuestros trabajos, para que funcione todo nuestro ser. Cada día renovamos nuestras energías con un alimento equilibrado que pueda sostener toda nuestra vitalidad. Es nuestra lucha y nuestro trabajo para la supervivencia y es el desarrollo de nuestras capacidades y nuestras responsabilidades.
Pero sabemos bien que no es solo el mantenimiento de la actividad por así decirlo mecánica de nuestro cuerpo y entonces no es solo el alimento material lo que necesitamos. Nuestro vivir va más allá de esa materialidad y corporeidad y hay algo mas que alimenta nuestra vida, nuestra mente, nuestro ser más profundo. Es alimento de ese vivir lo compartimos de nosotros mismos, lo que podemos aprender de los demás, lo que puede enriquecer nuestra mente y nuestras ideas, lo que eleva nuestro espíritu, lo que trasciende eso material de cada día. Podemos llamarlo alimento espiritual o démosle el nombre que queramos, pero algo más que ese alimento que nos pueda entrar por la boca y vaya a nuestro aparato digestivo.
Hoy en el evangelio vemos a la gente que busca a Jesús y entrando en diálogo con El le piden que les dé siempre de ese pan del que ahora Jesús les está hablando. Le han pedido signos y señales para creer en El quienes en la tarde anterior habían comido aquel pan milagrosamente multiplicado por Jesús. Pronto olvidan las señales y siguen pidiendo más.
Le dicen a Jesús que creyeron en Moisés porque les dio un pan del cielo, el maná, con el que se alimentaron hasta llegar a la tierra prometida. Pero Jesús les dice que no es Moisés quien les da el verdadero pan del cielo y que quien coma de él tendrá vida para siempre. Si pueden comer un pan que les de vida para siempre y no tengan cada día necesidad de buscarse ese pan que llevarse a la boca, pues que Jesús les dé ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’, le piden.
No terminan de comprender que ya Jesús les está alimentando y no porque en la tarde anterior hayan comido aquel pan milagrosamente multiplicado. Jesús con su Palabra les está dando un alimento de vida eterna, pero no terminan de comprenderlo. Por eso Jesús les dirá que es El mismo ese pan bajado del cielo. Jesús se nos da, es vida para nosotros, su Palabra es alimento de vida, porque nos conducirá a la vida en plenitud. Es el que sacia lo más hondo que hay en nosotros.
‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Así nos dice Jesús de si mismo. En El tenemos todas las respuestas a los interrogantes más hondos de nuestra vida. El responde a nuestras inquietudes y deseos; El viene a elevar nuestro espíritu poniendo en nosotros los más altos ideales y haciendo posible que los podamos realizar.
No es solo es pan material que entra por la boca. No es solo el alimento de nuestro cuerpo que también necesitamos. Es ese alimento de vida que nos llena de plenitud, que nos da vida eterna.  Creemos en Jesús y queremos llenarnos de El; creemos en Jesús y con El vamos a tener vida para siempre; creemos en Jesús y nos pone en camino de vida, no solo para nosotros sino también para los demás, porque quien tiene a Jesús  no podrá olvidarse jamás de los demás, del hermano, del que pasa necesidad, del que busca algo grande en su vida. Busquemos, pues, a Jesús y alimentémonos de El para tener vida para siempre.

martes, 2 de mayo de 2017

Quienes comemos el pan de vida que Cristo nos ofrece estamos llamados a quitar interferencias que nos alejen y poner sintonías que creen lazos de verdadera fraternidad

Quienes comemos el pan de vida que Cristo nos ofrece estamos llamados a quitar interferencias que nos alejen y poner sintonías que creen lazos de verdadera fraternidad

Hechos de los apóstoles 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35
¿Por qué tengo que creerte? Alguna vez nos encontramos con una reacciona así, ya que alguien nos interpele por lo que le digamos, o ya nosotros mismos reacciones de esa manera ante alguien que nos quiere hacer creer una cosa que nosotros no vemos clara ni nos convencen sus argumentos. Queremos pruebas y pruebas que nos convenzan, no solamente palabras; hay cosas que nos pueden parecer inverosímiles y no las aceptamos así porque así. Y para creer en una persona y aceptarla tenemos que ver clara su vida, aunque muchas veces también sabemos dar un margen de confianza. En fin de cuentas creer en alguien es poner nuestra confianza en esa persona.
‘¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?’ Es la reacción de los judíos, y en este caso los de Cafarnaún, ante las palabras de Jesús, a pesar de la experiencia que con El habían tenido en la tarde anterior. Ahora Jesús les ha hablado tras sus interpelaciones diciéndoles que ‘la obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’, que pongan toda su fe en El.  
Una vez mas piden señales, ponen como comparación lo que Moisés había hecho por ellos en el desierto cuando les dio el mana para que comieran. ‘Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo’.
Jesús quiere hacerles comprender cual es el verdadero pan que viene del cielo y que les dará vida para siempre. ‘No fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.
Habrán entendido o no habrán entendido las palabras de Jesús pero ellos ahora quieren comer de ese pan. ¿Será como la mujer samaritana que cuando Jesús le ofrecía un agua viva que calmaría su sed le pedía esa agua para no tener que venir todos los días al pozo a buscarla? ¿Querrán ese pan porque así se evitaran el tener todos los que amasar el pan?
Jesús afirmara rotundamente: ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Es importante creer en las palabras de Jesús; es importante creer en Jesús. Sin esa fe lo del pan de vida no se entenderá. Sin esa fe en Jesús nos estaremos quedando siempre solamente en el pan material, pero Jesús quiere darnos algo más. El significado de las palabras de Jesús va mas allá de pan material con el que alimentamos cada día nuestro cuerpo. Comiendo a Jesús, creyendo en Jesús se saciara plenamente nuestra vida, porque alcanzaremos la vida que no se acaba, que nos llena de plenitud.
¿Buscamos razones para creer en Jesús? Su vida y su amor es la razón más profunda. Su vida es la manifestación más maravillosa de lo que es el amor que Dios nos tiene. Abramos de verdad los ojos de la fe que es algo más que ver cosas u obras materiales. Pongamos toda nuestra confianza en El, que nos dio su vida, que nos regalo su amor, que verdaderamente nos llena de plenitud.
Igual que en la vida tenemos que ir aprendiendo a confiar en los demás, vayamos poniendo nuestra confianza en Dios. Pero aprendamos, si, a confiar en los otros, a abrir nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos recibir de los demás, a quitar desconfianzas e interferencias, a poner buena sintonía en nuestro espíritu para captar todos los mensajes de vida que de los otros podamos recibir. Los que creemos en Jesús estamos llamados a crear redes de sintonía entre unos y otros para que al final lleguemos a esos lazos de hermandad que a todos nos harán más felices. 

jueves, 14 de abril de 2016

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51

Todos queremos la vida; todos queremos vivir, y vivir de la mejor forma, y que no se nos acabe la vida. ¿No es cierto que de algún modo temamos la muerte? ¿No es cierto que todos deseamos una vida plena y feliz y que no se acabe? Aunque luego muchas veces no seamos capaces de buscar lo que da verdadera plenitud y felicidad; son las tentaciones que tenemos, y quizá nos apegamos a lo que no es tan importante, lo que realmente no nos da una felicidad plena. Pero deseamos en el fondo darle una verdadera trascendencia a nuestra vida, tenemos ansias de algo que en verdad nos llene para siempre, cuando andamos en medio de tantas cosas efímeras y caducas tras las que se nos va el corazón aunque al final nos demos cuenta que eso no merecía la pena.
La fe levanta nuestro espíritu; la fe nos hace vislumbrar eso que da verdadera plenitud al hombre; la fe le da alas al espíritu y nos hace soñar con cosas grandes; la fe nos ayuda a descubrir que esos sueños son posibles, porque pone metas altas en nuestra vida, nos hace encontrar los verdaderos valores que en verdad nos llenen por dentro. No podemos ver la fe como algo que coarte nuestra libertad, ponga límites a nuestra vida, sino todo lo contrario, porque la fe nos abre a cosas grandes. La fe no son limitaciones, sino apertura a la verdadera y más grandiosa libertad.
Es lo que nos ofrece Jesús. Pero tenemos que escucharle, saber escucharle con un corazón liberado, con un corazón que sea capaz de soñar y de abrirse a cosas grandes. Escucharle sin predisposiciones previas – valga la redundancia – con una apertura grande a esa novedad que quiere ofrecernos Jesús para nuestra vida. Muchas veces tenemos el peligro o la tentación de escuchar a Jesús con ideas preconcebidas. Tenemos que abrirnos a lo nuevo y descubriremos por qué caminos más hermosos nos hace transitar Jesús cuando en verdad ponemos fe en El y en su palabra.
Una necesaria apertura y sabernos dejar guiar. Hoy nos ha dicho ‘Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado’. Es el Espíritu divino el que nos conducirá a Jesús y nos hará comprender bien las palabras de Jesús. Y nos promete que cuando ponemos nuestra fe en El nos dará vida para siempre. ‘Y yo lo resucitaré el último día’. 
Nos promete Jesús un alimento que nos haga tener esa vida para siempre. No es un alimento cualquiera. Siguiendo con la comparación de lo que antes los judíos le habían dicho que Moisés les había dado un pan del cielo allá en el desierto, ahora les explica Jesús cual es ese verdadero pan del cielo.  ‘Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’.
El nos va a ofrecer ese pan de vida y de vida eterna. El nos va a ofrecer el verdadero pan bajado del cielo que es El mismo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo para que el hombre coma de él y no muera…’ les dice.  ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Comer a Jesús que es llenarnos de su vida; comer a Jesús que es encontrar todo eso que verdaderamente nos va a dar plenitud; comer a Jesús que es vivir esos valores que El nos enseña que constituyen el Reino de Dios; comer a Jesús que es vivir su evangelio, esa Buena Nueva de salvación que nos anuncia y nos regala; comer a Jesús nos llena de la vida que dura para siempre.
Cuando sacramentalmente comemos a Jesús, comulgamos, es todo esto lo que estamos comiendo, comulgando, para llenarnos de su vida, para vivir para siempre. Tendremos vida nosotros y estaremos así también dando vida al mundo.


martes, 12 de abril de 2016

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35

¿Y por qué vamos a creer en ti? Algo así es lo que le responden a Jesús los judíos allá en Cafarnaún. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones. Alguien quiere convencernos de algo de lo que nosotros no estamos muy seguros o no vemos claro, y de alguna manera así respondemos también. Queremos razones que nos convenzan sobre todo cuando se nos presentan ideas que parece que pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, o cuando estamos muy aferrados a lo que siempre hemos pensado o es nuestra propia tradición.
Jesús venía proponiéndoles muchas cosas en las que tendrían que cambiar sus maneras de pensar y de actuar. Desde la misma presentación de si mismo o desde lo que eran las expectativas de lo que les habían trasmitido que habría de ser el Mesías. Jesús había sido claro desde el principio porque les decía que para aceptar la Buena Noticia que El los ofrecía del Reino de Dios había que realizar un cambio profundo en sus vidas; les hablaba de conversión. Y dejar atrás nuestras maneras de pensar o la manera como hasta entonces hacíamos las cosas no era cosa fácil.
Ahora les dice que tienen que poner toda su fe en El. Les había dicho que lo que Dios quería era que creyeran en su enviado, que creyeran en El. Por eso reaccionan, ¿por qué hemos de creer en ti? Y ellos le recuerdan que si habían creído en Moisés es porque Moisés les había dado de comer en el desierto un pan bajado del cielo. Claro que eso era además reducir mucho las cosas, porque Moisés había sido líder del pueblo judío desde toda su lucha por liberarlos de Egipto y hacerlos atravesar el Mar Rojo, como el Señor le había confiado en aquella misión. Pero, diríamos que ahora van por lo fácil en su discusión con Jesús.
‘Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Hemos de saber descubrir la acción de Dios. Igual que aquel pan multiplicado que en el día anterior habían comido en el descampado, no se podía quedar en el milagro de saciar momentáneamente el hambre que entonces podían comer. Habían de descubrir el signo, la señal que Dios les estaba dando. Aquel pan multiplicado milagrosamente era un signo de lo nuevo que en Jesús habían de encontrar.
En Jesús habían de saber descubrir ese sentido nuevo de la vida y de las cosas, ese sentido del nuevo Reino de Dios que Jesús anunciaba. Era, pues, necesario creer en Jesús. Jesús viene a revelarles la plenitud de la verdad, Jesús viene a ofrecerles la verdadera sabiduría que viene de Dios, Jesús nos quiere regalar su vida y para eso se hace pan. Es la gran revelación que Jesús les está haciendo. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. En Jesús vamos a encontrar esa verdad que nos va a saciar plenamente desde lo más hondo de nosotros mismos.
Aquellos judíos, no sé si muy conscientemente de lo que decían, le pedían a Jesús: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Quizá pensaban solo en el pan material que saciara sus estómagos, porque aun no habían terminado de comprender el signo. Nosotros sí podemos de una forma más consciente pedirle a Jesús que nos dé siempre de ese pan, porque así deseamos alcanzar esa sabiduría de Dios.