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domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Dios ha querido encarnarse en nuestra humanidad con su historia de luces y sombras para que aprendamos a sentir cómo en Jesús somos dignificados a una vida nueva

 


Dios ha querido encarnarse en nuestra humanidad con su historia de luces y sombras para que aprendamos a sentir cómo en Jesús somos dignificados a una vida nueva

Génesis 49, 1-2. 8-10; Salmo 71; Mateo 1, 1-17

Seguramente en alguna ocasión hemos querido averiguar quienes son nuestros ascendientes, porque habitualmente lo más que conocemos son nuestros padres y nuestros abuelos y hemos querido saber y hemos acudido a registros civiles o parroquiales para intentar hacer nuestro árbol genealógico en una mayor o menor amplitud viendo de paso también de dónde proceden nuestras familias en las distintas generaciones. Es nuestra historia decimos, guste  o no nos guste, tenga sombras y también por supuesto con sus luces, estando ahí reflejada la vida de nuestros ascendientes donde ahora nosotros pondremos nuestra parte con lo que somos o con lo que dejamos a quienes nos sigan en la vida. Es bonito, para muchos muy importante, es una realidad con la que hemos de contar y que ha hecho lo que ahora y hoy somos.

Cuando comenzamos esta última semana de preparación para la Navidad la liturgia nos ofrece hoy el árbol genealógico de Jesús, en este caso, según el relato del evangelio de san Mateo. Un detalle importante que tuvieron muy en cuenta las primeras comunidades cristianas, y sobre todo en el caso del evangelio de San Mateo que nos quiere plasmar como en Jesús se cumple lo anunciado por los profetas. La elaboración de la genealogía de Jesús no nos la podemos tomar como un hecho histórico construido de manera científica en que uno hubieran más generaciones en el periodo descrito, pero sí quiere manifestarnos ese entronque de Jesús con el pueblo judío y con la historia de la salvación que en Jesús va a tener precisamente su momento culminante. Viene a decirnos cómo en ese pueblo y en esa familia con su historia también con sus luces y con sus sombras vino a encarnarse el Hijo de Dios para nuestra Salvación.

Como nos dirá san Lucas, como ya escucharemos, plantó su tienda entre nosotros, en nuestra humanidad y en nuestra historia, tal como somos y cómo anhelaríamos ser, porque vino a hacerse uno como nosotros para levantarnos con El. Es la maravilla de la Encarnación que vamos a celebrar y en lo que iremos meditando mucho en estos días. Toma nuestra carne, toma nuestra historia, toma nuestra vida y nos redime, nos eleva de los abismos donde nos hemos hundido y nos llena de luz cuando en tantas sombras y tinieblas nos hemos envuelto. Toma nuestra carne, siendo Dios y hombre verdadero, pero para divinizarnos a nosotros porque va a hacernos partícipes de una nueva vida, nos hace participar de su vida, nos hace hijos de Dios.

Es la maravilla de la Encarnación que nosotros nos eleva. Es la maravilla de la Encarnación que nos hace descubrir unos caminos nuevos, un nuevo sentido de nuestro vivir, pero que es una nueva y distinta mirada que hemos de tener desde ahora a ese mundo que nos rodea y a esos hombres y mujeres que con su historia caminan a nuestro lado.

Nos hace mirar nuestra humanidad tan llena de barro a veces por la tierra que vamos pisando pero que desde que Jesús tomó nuestra carne nosotros hemos de aprender a vivir de una manera nueva, porque en Jesús nos sentimos lavados, en Jesús nos sentimos transformados, en Jesús nos sentimos con una nueva vida. Tenemos que ser distintos, tendremos que elevarnos por encima de esas sombras que tantas veces nos envuelven y tenemos que comenzar a reflejar una nueva luz, no podemos ya vivir encerrados en nosotros mismos porque el amor ha abierto una nueva puerta en nuestra vida para ir a los demás, para mirar a los demás, para caminar con los demás.

Lejos de nosotros ya para siempre esas miradas que discriminan, lejos de nosotros ese fijarnos en los demás nada más que para ver sombras; están caminando en mismo barro que nosotros pero en ellos tenemos que contemplar también ese misterio de la Encarnación de Dios, que tomó nuestra carne llena de barro pero para lavarnos y dignificarnos; en lo que tenemos que sentir que en los otros también se está realizando, en lo que nosotros con nuestra aceptación y respeto también tenemos parte porque estar para levantar y no para hundir, estamos para poner luz y no para resaltar oscuridades, estamos para amar y crear comunión y nueva fraternidad no para distinciones o discriminaciones.


miércoles, 28 de mayo de 2025

Damos gracias por la acción del Espíritu que se manifestó y se manifiesta el hoy del camino de la Iglesia y dejémonos enseñar y conducir por El que nos guiará a la Verdad plena

 


Damos gracias por la acción del Espíritu que se manifestó y se manifiesta el hoy del camino de la Iglesia y dejémonos enseñar y conducir por El que nos guiará a la Verdad plena

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

Los conocimientos no los podemos reducir a unas como estancias o espacios estancos que cuando se llenan ya no tienen capacidad para más; el conocimiento en sí mismo está en progresivo conocimiento, no podemos decir hasta aquí he llegado y ya no tengo más a donde ir para aprender algo nuevo; el sabio no lo es porque ya se lo sepa todo, sino porque está cada día queriendo conocer más. Lástima que en la vida algunas veces podamos encerrarlo en aquello de que yo eso ya lo estudié cuando era niño o cuando era joven y no necesita aprender más; es limitar nuestras capacidades, limitar nuestra misma humanidad que siempre ha de estar en crecimiento y siempre podemos dar un paso más y llegar un poco más allá. Tenemos siempre la base de lo aprendido pero sobre ella seguimos construyendo; así tiene que ser la vida.

Así tiene que ser también nuestra vida cristiana, no solo en cuanto a lo que podemos hacer sino también en cuanto a lo que podemos ser; es el crecimiento de Dios en nuestro corazón, es la comprensión de su Palabra que cada día ha de ser mayor, es el leer lo que es la Palabra eterna de Dios pero en el hoy de nuestra vida para seguir descubriendo la luz que tiene que estar siempre llena de vida y que nos ha de iluminar para comprender también lo que hoy vivimos y lo que hoy somos.

Seguramente los que cada día nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios y reflexionamos sobre ella, nos damos cuenta de la novedad que siempre nos encontramos, de ese paso adelante que cada día podemos dar; aquellos textos que tantas veces hemos escuchado y nos pudiera parecer que ya lo tienen todo dicho para nosotros, nos damos cuenta que en una nueva lectura descubrimos aspectos nuevos, nuevas perspectivas, nuevas formas en como lo vamos aplicando a nuestra vida en nuestro hoy. Nunca la Palabra de Dios, incluso teniendo en cuenta la fidelidad que hemos de tener a esa Palabra, será algo anquilosado que nos frena sino que siempre nos ayudará a crecer un poco más.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el Evangelio. ‘Muchas cosas me quedan por decirnos, nos dice, no podéis cargar con ellas ahora, pero cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la Verdad plena’.

Es el Espíritu de Dios que nos guía, que sigue guiando a la Iglesia a lo largo de los tiempos, es el Espíritu que nos hará comprender la verdad de Dios en cada momento, en cada situación, como lo ha sido a lo largo de la historia. Es la continuidad de la Iglesia, a pesar de sus debilidades porque está compuesta por seres humanos que también tienen sus debilidades, y ahora queramos hacer un juicio de la historia pasada – somos en todos los aspectos muy dados a hacer esos juicios de la historia – tenemos que darnos cuenta que a pesar de las oscuridades que ahora nosotros podamos ver, allí estuvo el Espíritu de Dios guiando a su Iglesia, y si aun permanece es por la permanencia del Espíritu Santo en su Iglesia a través de la historia.

Podemos pensar como Iglesia en lo que hemos vivido en los últimos tiempos y ahora mismo estamos viviendo; en cada momento el Espíritu nos ha dado el Papa que necesitaba la Iglesia, cada uno con sus características, con su visión, con su apertura; no podemos pedir que un Papa, por ejemplo, sea igual al anterior o sea igual a otro, como lo podemos pensar del obispo en nuestras diócesis o de los sacerdotes en nuestras parroquias; cada uno dejará su huella, sembrará su semilla, aportará su iniciativa, sin dejar de ser la Iglesia, la Iglesia querida por Jesús y que va guiada por el Espíritu.

He querido compartir esta reflexión porque frente a todos los comentarios que por un lado y por otro podamos escuchar, hemos de tener la serenidad que nace de la fe, de confiarnos al Espíritu Santo que está inspirando también estos momentos de la Iglesia. Ni podíamos pedir que Francisco fuera una copia del Papa Benedicto XVI, sino que ahora León XIV sea una copia mimética de lo que hizo el Papa Francisco. Damos gracias a Dios por la acción del Espíritu Santo que se manifestó y se manifiesta hoy del camino de la Iglesia.

Sintamos que de la misma manera así también el Espíritu se va manifestando en nuestra vida, en nuestro corazón y en lo que vamos en cada momento realizando. Dejémonos enseñar y conducir por el Espíritu que siempre nos guiará a la Verdad plena.


domingo, 6 de abril de 2025

Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar


Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar

Isaías 43, 16–21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Todos tenemos una historia que contar, aunque nos parezca que nuestra vida es insignificante y no tenemos acontecimientos reseñables que contar, siempre ha habido un momento especial, logros alcanzados, situaciones difíciles que nos hayan podido llenar de dolor, momentos de dicha y felicidad que merecen ser recordados y como creyentes que somos en esos acontecimientos hemos podido ver la mano de Dios, el actuar de Dios en nuestra vida que podemos llamar momentos de gracia para nosotros.

He querido comenzar mi reflexión sobre el evangelio de este quinto domingo de la cuaresma con esta referencia, porque la misma Palabra de Dios nos lo está recordando. La primera lectura que viene a ser como el credo del pueblo de Israel lo que hace es recordar su historia y como en esa historia ellos han sabido ver siempre el actuar de Dios, desde Abraham al que Dios llamó a salir de su tierra y ponerse en camino, la historia de los grandes patriarcas fundamentos de ese pueblo y sobre todo la liberación y salida de Egipto en camino hacia la libertad y la constitución de ese pueblo en la tierra que Dios le iba a dar.

San Pablo en la segunda lectura hará también memoria de su vida que se transformó totalmente a partir del momento del encuentro con Jesús en el camino de Damasco. Sabe reconocer el apóstol ese actuar de Dios en su vida de manera que como dice ‘Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor’. Es su vida y es su historia pero sobre la que se ha construido otra nueva desde su encuentro con Jesús, pero que se hace camino de superación y crecimiento en búsqueda de esa meta que espera alcanzar.

¿No tendría historia que contar aquella mujer que porque fue sorprendida en adulterio había tirado a los pies de Jesús esperando su condena? Hemos comentado muchas veces la escena del evangelio que todos conocemos bien. La implacable ley mosaica que condenaba a ser apedreada la mujer que fuera sorprendida en adulterio. Aunque fuera ley en Israel esos no eran los caminos de Dios. Si Jesús estaba presente entre los hombres, como signo de la presencia y de la misericordia de Dios, lo que venía a ofrecernos no era condenación sino salvación. Misericordia quiero y no sacrificios, recordaría precisamente con textos de los profetas. 

Tensos tuvieron que ser aquellos momentos para la mujer tirada en el suelo y condenada de antemano esperando ejecución de la sentencia, por así decirlo. Pero tensos fueron los momentos de silencio de Jesús antes de darnos la verdadera sentencia. ¿Quién no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Era la nueva historia que se estaba labrando de misericordia y de perdón. ¿No pediría perdón Jesús al ser crucificado por aquellos que le clavaban al madero, ‘porque no sabían lo que hacían’? ¿No sería también la voz que se escucharía desde lo alto de la cruz prometiendo el paraíso aquel mismo día al ladrón arrepentido?

¿Quién podría tirar la primera piedra? El que no tenía pecado allí lo que estaba ofreciéndonos un regalo de amor. Sería la historia que aquella mujer recordaría para siempre. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Una nueva historia de vida se estaba comenzando a escribir a partir sí de una realidad pero sobre todo a partir del regalo de amor y de misericordia que Jesús estaba ofreciendo.

Es lo que ahora nos disponemos a celebrar, estamos ya a las puertas de la Semana que llamamos santa porque tiene su culminación en la Pascua del Señor. Es el memorial de su pasión y de su muerte y también de su resurrección lo que vamos a revivir y a celebrar; es para lo que nos hemos venido preparando en este camino cuaresmal donde hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que día a día ha ido enriqueciendo e iluminando nuestra vida.

Nuestra vida con nuestra historia, que todos tenemos nuestra historia, que tiene que convertirse para nosotros también en historia de salvación. Tenemos la tendencia al recordar nuestra historia en hacer hincapié en nuestros momentos de sombra, ya sea por las situaciones de dificultad por las que hemos pasado o por los tropiezos que hemos tenido en la vida que nos llenan de culpabilidades.

Es necesario tener otra mirada, descubrir el lado de luz, sentir que no nos ha faltado la presencia y la gracia de Dios en nosotros que nos llama y nos ofrece continuamente su amor; si nos detenemos un poco podemos encontrar ese momento, esa llamada que ha convertido nuestra vida en historia de salvación, porque es la historia del amor que Dios nos ha tenido, es la historia que podemos relatar en muchos momentos, detalles, gestos, acontecimientos, personas a nuestro lado donde podemos y tenemos que descubrir ese amor de Dios, que llega a nosotros, como llegó a aquella mujer de la que nos habla hoy el evangelio.

No se trata de rescribir nuestra historia sino hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios. Tendremos muchas cosas que recordar y que celebrar. Vamos a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar este año.

 

miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

viernes, 14 de febrero de 2025

No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

 


No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

Decimos de primeras que el conferenciante es ameno y entretenido si nos cuenta muchas anécdotas como historias que nos entretienen más allá del mensaje que nos quiere trasmitir. Pero no son historias contadas como anécdotas amenas o cuentos entretenidos los que nos dicen la verdad del mensaje, tenemos que ir a algo más hondo para ver si sus palabras nos convencen, sus palabras siembran en nosotros nuevas esperanzas o nos abren camino de algo mejor. Tendrá que hacerlo de manera que suene agradable quizás a nuestros oídos o a la sensación que vayamos sintiendo, pero tenemos que ver la hondura de lo que se nos quiere trasmitir. Podemos encontrarnos palabras amenas pero palabras vacías que nada nos dicen.

Hoy nos habla el evangelio de aquel envío que Jesús hace de los setenta y dos discípulos para que vayan haciendo un anuncio de la Buena Noticia de Jesús por aquellos pueblos y ciudades de Galilea; no hace pocos días hemos escuchado también el envío de los doce apóstoles que Jesús había elegido también con la misma misión. ¿Qué han de anunciar? No van a contar historias, no van a hablar de cosas aprendidas que hayan leído previamente en algún libro, no van simplemente a contar a las gentes que Jesús hace milagros, cura enfermos o da la vista a los ciegos.

Ellos van a despertar esperanzas de que algo nuevo está llegando, que el Reino de Dios está cerca, y van como testigos de quien es realmente esa buena noticia para todos. Van a estar con las gentes allí donde están y donde viven, por eso habitarán en sus casas cuando les den hospedaje y recorrerán los caminos de aquellos pueblos. Y han de ir dejando señales de su paso, señales de que el Reino de Dios es posible, porque es posible un mundo nuevo; por eso irán con la autoridad de curar enfermos, porque el mal hay que irlo arrancando de los más hondo de ellos mismos. ‘Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, en ella y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Hoy se nos ofrece este evangelio porque estamos celebrando la fiesta de dos grandes misioneros de Europa en su tiempo, como fueron san Cirilo y san Metodio, patronos también de Europa. Y esta celebración viene a recordarnos esa vocación misionera que tiene todo cristiano. Todos estamos llamados a anunciar el Evangelio. Y cuando hablamos de esa misión no es solo para pensar en que tenemos que llegar a tierras lejanas, que también, sino cómo tenemos que ser misioneros en el día a día de nuestra vida allí donde estamos.

Por otra parte en Europa estamos necesitando de una nueva Evangelización porque en la Europa cristiana que fue misionera de nuevos mundos estamos viendo cómo se van perdiendo esos valores del evangelio y estamos llegando a una descristianización de nuestras costumbres y nuestra manera de vivir; no solo estamos sufriendo una atonía espiritual invadidos por el materialismo de la vida, sino que cada vez estamos más lejos de esos valores que nos proclama el evangelio, hay el peligro de que incluso la Iglesia pierda ese sentido de signo del Reino de Dios que tiene que ser en medio del mundo, y es necesario un nuevo anuncio del Evangelio.

No es solo cuestión de que contemos historias y la nueva evangelización no es solo contarnos los milagros que Jesús hizo y se nos cuentan en el evangelio, sino que la palabra y el testimonio que demos tiene que ser en verdad signo de ese Reino de Dios que queremos anunciar y construir en nuestro mundo. Es algo que tenemos que trasmitir no solo con nuestras palabras sino con la manera cómo nosotros nos acercamos a ese mundo que nos rodea para despertar esa nueva esperanza que el mundo necesita.

Hoy nos hablan las palabras de Jesús de esa nueva manera de estar en medio de nuestro mundo, no haciendo alarde de grandes cosas sino que a través de lo pequeño y lo humilde, incluso con una pobreza de medios, hagamos despertar esa nueva esperanza, esa nueva alegría de la vida. ¿En qué busca la gente que nos rodea y como esa alegría de la vida? Muchos sucedáneos buscan en las cosas de las que se valen y que puedan darle placer o puedan hacerlos sentirse en fiesta, pero que les llevan muchas veces a un vacío existencial.

No es ese el camino por donde nosotros queremos llegar, porque eso Jesús nos habla de nuestra disponibilidad y de nuestra generosidad, que no busquemos bastones o apoyos humanos sino que busquemos esa fuerza que el Espíritu pone en nuestro interior para poder dar ese testimonio que nuestro mundo necesita. No podemos entretenernos en el anuncio del evangelio en cosas efímeras y que pronto se diluyen y puedan dejar un vacío en nosotros sino en lo que verdaderamente da profundidad, da auténtica alegría a nuestras vidas.

No olvidemos nunca el verdadero mensaje del evangelio que tenemos que trasmitir. No buscamos entretener con bonitas historias, sino dar un mensaje de vida y de esperanza para hacer un mundo nuevo.

martes, 17 de diciembre de 2024

En el hoy de nuestra vida y nuestra historia, con sus luces y sombras, hemos de descubrir la presencia del Dios que hace historia de salvación para nosotros

 


En el hoy de nuestra vida y nuestra historia, con sus luces y sombras, hemos de descubrir la presencia del Dios que hace historia de salvación para nosotros

Génesis 49, 1-2. 8-10; Salmo 71; Mateo 1, 1-17

Todos tenemos nuestra historia. Y si tuviéramos ahora que comenzar a contar nuestra historia de entrada seguramente nos quedaríamos con la duda de cómo comenzar, como hacernos el planteamiento de esa nuestra historia que queremos contar. Mirando hacia atrás podríamos comenzar contando nuestros orígenes, nuestros antepasados, aquellos que con la historia de su vida fueron poniendo el fundamento de lo que es nuestra historia. Ahí donde estamos enraizados, y podemos pensar en personajes como podemos pensar en lugares, podemos pensar en acontecimientos o como podemos quedarnos en hechos concretos que casi como anécdotas vienen a redondear la historia que queremos contar.

¿Sólo ahí, en esas cosas del pasado, nos vamos a quedar a la hora de contar nuestra historia? No son solo hechos o personajes lo que queremos recordar, porque nuestra historia está construida a partir de vivencias, vivencias de nosotros mismos o de quien han ido antes que nosotros; vivencias que nos van a trasmitir un pensamiento, una manera de comprender la vida, algo que va a dejar traslucir lo más profundo de nuestro yo. Es la razón o motivo de nuestra historia, lo que además la va a definir, donde vamos a encontrar su profundidad, lo que va a ser la base de un futuro porque esa es una historia inacabada e inacabable, porque la seguimos construyendo, porque la seguimos escribiendo, porque va a ser la vida que nos defina.

Hoy, en este día en que con intensidad nos adentramos en la preparación de la próxima navidad, la Iglesia en la Palabra de Dios que nos ofrece nos habla de esa historia de Jesús. ‘Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán…’ se nos dice en este comienzo del evangelio de san Mateo. Se nos presenta el libro de la historia de Jesús, el Cristo, el hijo de David, el hijo de Abrahán, se nos dice.

No es simplemente la relación de unos personajes, es algo más lo que se nos quiere presentar. Es hablarnos de una historia que está enraizada en un pueblo, el pueblo de Israel, por eso se nos dirá el Hijo de David, el Hijo de Abrahán. Y cuando se nos van desgranando esos diversos nombres de la historia de Israel se nos está describiendo una historia de salvación. Es la historia de un pueblo que se siente amado y elegido de Dios, lo cual nos está describiendo y definiendo el verdadero sentido de la historia y de la vida de Jesús.

Se nos está describiendo el camino de Dios que se acerca al hombre y se va haciendo presente en su historia. Pero no será ya solo el pasado sino que será mirar el presente. Y es entonces la historia de la presencia de Dios en el hoy de nuestra historia. Como aparecieron en el relato de Mateo diversos personajes con sus luces y con sus sombras así Dios quiere seguir haciendo presente en nuestra historia que también tiene sus luces y sus sombras.

Pero ahí está Dios, ahí se hará presente Jesús como lo vemos en el evangelio en todas las circunstancias de su historia pero también de los personajes que irán apareciendo en el entorno de Jesús, como se quiere seguir haciendo presente en nuestra vida, en lo que somos y vivimos también con nuestras luces y con nuestras sombras.

Porque es historia de salvación en el hoy de nuestra vida, donde vamos a sentir ese amor de Dios, su misericordia y su compasión, en tantas sombras que seguimos viendo en nuestro mundo, en nuestra historia de hoy; miremos sin miedo el panorama que nos rodea con tantas cosas que no es necesario ahora volver a relatar aquí pero que sabemos que ahí están y donde Dios hoy quiere hacerse presente. Por ese hombre y ese mundo Jesús quiere transformarlo, hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. Y nosotros tenemos que dejarnos hacer por ese hacer de Dios, para que sea en verdad historia de salvación para nosotros y nuestro mundo hoy.

¿Será ahí cómo vamos a afrontar estos últimos pasos del Adviento para llegar a una auténtica navidad donde en el hoy de nuestra vida y nuestra historia descubramos la presencia del Dios que es nuestra salvación?

viernes, 25 de octubre de 2024

Necesitamos aprender a discernir las señales que Dios hoy va poniendo en nuestro camino para desde nuestra fe dar respuesta a los problemas de la vida

 


Necesitamos aprender a discernir las señales que Dios hoy va poniendo en nuestro camino para desde nuestra fe dar respuesta a los problemas de la vida

Efesios 4, 1-6; Salmo 23; Lucas 12, 54-59

Cuando hoy queremos emprender una tarea, realizar una obra, sacar adelante una empresa o simplemente construir una casa no lo hacemos ‘a lo loco’, podríamos decir, sino que previamente hay que planificar bien lo que queremos hacer, hacemos un proyecto decimos, pero estudiamos sus posibilidades, las salidas que pueda tener lo que emprendemos; todo un trabajo técnico, si queremos llamarlo así, pero diríamos que es algo que hemos de llevar a cabo con todo cuidado. Hoy tenemos estudios y posibilidades de analizar todas las circunstancias que van a rodear aquello que emprendemos y a través de señales, podemos decir así, que nos da la misma sociedad en que vivimos, lo que sucede, lo que son las apetencias de la gente, las nuevas costumbres que van surgiendo, las necesidades, con todas esas circunstancias podemos conocer bien aquello en lo que nos metemos, hacia donde vamos y lo que podemos hacer.

¿Por qué seremos tan cuidadosos en la vida de nuestros negocios para ver las ganancias que podemos obtener pero no somos igualmente cuidadosos con nuestra vida para encontrarle el sentido profundo que tendríamos que darle? Es la tarea humana en la que de verdad tenemos que embarcarnos para que realmente vayamos creciendo más y más como personas, para desarrollar nuestras capacidades y valores, para darle verdadera profundidad a lo que hacemos.

Y lo decimos en ese plano humano, que va más allá de unos rendimientos económicos que podamos obtener y de lo que tanto nos preocupamos, pero también tenemos que hablarlo del sentido espiritual de nuestra existencia. Somos algo más que un cuerpo que come y que crece, que pueda encontrar unas satisfacciones físicas o pasionales, hay algo dentro de nosotros que nos tiene que hacernos elevar en la vida porque sería lo que nos daría verdadera profundidad.

Lo tenemos que mirar también en el camino de nuestra fe y de lo que tiene que ser nuestra vida cristiana. No lo podemos reducir a unas buenas costumbres o al seguimiento o cumplimiento de unas tradiciones. Algo más tiene que ser la fe y el evangelio en nuestra vida, porque no es solo un barniz que ponemos por fuera para que brille en unos determinados momentos; ya sabemos que los barnices al final se hacen opacos y ya no nos valen para mantener el autentico brillo; necesitamos renovarnos, como necesitamos renovarnos nosotros mismos, pero no desde el exterior, sino desde lo más hondo de nuestra vida.

Y es que con nuestra fe tenemos que responder a lo que es la vida que hoy vivimos; es ahí donde tenemos que vivirla y expresarla y con lo que tenemos que darle un sentido a todo cuanto hacemos. Necesitamos una profundidad espiritual. Necesitamos aprender a dar esa respuesta allí donde estamos. Pero para ello hemos de saber tener una sabia mirada a lo que es nuestra vida, pero también a ese mundo en el que estamos. Y esa renovación que surge será verdadera transformación, será verdadera levadura para ese mundo en el que vivimos.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que Jesús les decía a la gente de su tiempo que sabían leer los signos del tiempo, si había nubes o si venía el bochorno y el viento del mar o del desierto, para saber qué tiempo tendrían, pero les echaba en cara que no habían sabido leer los signos de los tiempos. Sí, en aquello que estaba sucediendo, en la propia historia que estaba viviendo tenían que saber leer las señales que Dios iba poniendo en todo aquello. Así discernimos lo que es la voluntad de Dios, así discernimos lo que es plan de Dios, así ellos entonces tenían que descubrir esas señales de Dios en lo que Jesús les decía o lo que Jesús hacía. Pero no habían sabido hacerlo.

Pero no es la recriminación de Jesús solo para aquellas gentes sino que esas palabras de Jesús nos valen para nosotros hoy. Tenemos que aprender a hacer esa lectura de la vida, de lo que sucede en el hoy de nuestra historia, de aquello también de lo que somos herederos, es cierto, pero del momento presente, porque Dios también va poniendo señales en nuestro camino para que nos encontremos con El, para que descubramos de verdad el sentido que desde nuestra fe tenemos que darle al mundo de hoy, a la vida que vivimos en ese mundo concreto en el que estamos.

Necesitamos esa sabiduría del Espíritu que nos ilumine y que nos guíe. Pero tenemos que dejarnos conducir. Muchas son las señales que en la Iglesia podemos encontrar, muchos son los signos que en las necesidades y problemas de nuestro tiempo hemos de saber encontrar. Ahí tenemos una llamada de Dios. No cerremos los ojos; no nos hagamos oídos sordos; sintonicemos con esa Sabiduría de Dios para leer los signos de nuestro tiempo. Si somos tan listos para las cosas de la vida, seamos listos para discernir las señales de Dios.

lunes, 20 de mayo de 2024

Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

 


Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

¿A quien no le gustaría tener a la madre siempre junto a sí? Es uno de los dolores y desconsuelos más fuertes que tenemos en la vida, siempre estaremos recordándola, queriéndola hacer presente, y de mil maneras queremos mantener sus recuerdos junto a nosotros. Por el contrario, si somos nosotros los que nos vemos abocados a tener que abandonar su presencia por nuestra propia muerte y estuviera en nuestras manos hacerlo, buscaríamos a quien confiarla para que siga cuidándola y con ella se comporte como el hijo que nosotros quisiéramos ser para siempre. Decir esa palabra ‘madre’ o escuchar sus labios la palabra ‘hijo’ es uno de los gozos más profundos que podemos sentir en el alma.

No nos extrañe, pues, lo que nos narra el evangelio y en este día hemos proclamado. ‘Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… y el discípulo amado’. Y es en esa circunstancia donde se establece ese diálogo que parece más bien testamento y ultima voluntad. Viendo Jesús a su madre y al discípulo amado, a una le dije ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’, mientras al discípulo amado le dice también ‘ahí tienes a tu madre’.

El discípulo amado era en aquel momento algo más que Juan el hijo del Zebedeo. En el discípulo amado estábamos todos, estábamos nosotros, porque también somos los amados del Señor. Por eso aquel confiar que María a partir de aquel momento tuviera un hijo que la cuidara, o un hijo a la que ella como madre cuidara, no se trataba solo de Juan el hijo del Zebedeo, sino que allí estábamos todos los amados del Señor, todos nosotros que por amor nuestro precisamente se estaba entregando en la mayor muestra del amor que se pudiera manifestar.

Somos, sí, ese discípulo amado a quienes desde ese momento María nos toma como hijos; somos ese discípulo amado que a partir de aquel momento tenemos que llevar a nuestra nueva madre a nuestra casa, a nuestra vida, como  hiciera Juan. El evangelio solamente nos dice que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. La hemos contemplado en la víspera de Pentecostés allí reunido en el cenáculo con sus nuevos hijos en la espera del Espíritu; la tradición nos hablará de esa presencia de María junto a Juan de manera que en Efeso nos encontraremos la casa de María como un testimonio de esa presencia de María siempre junto al discípulo amado que en la cruz se le había confiado como hijo.

Por eso hoy, cuando hemos concluido la Pascua con la fiesta del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar y a sentir esa presencia de María junto a nosotros en esta fiesta recientemente instituida con el título con que el papa Pablo VI quiso invocarla al final del concilio Vaticano II, María, Madre de la Iglesia.

¿Qué mejor que llamarla Madre de la Iglesia, cuando eso es lo que ella ha sido a lo largo de los siglos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia? Como madre de Dios fue invocada y proclamada al finalizar el concilio de Nicea que definía a Jesús como verdadero Hijo de Dios en aquella primera espontánea procesión del pueblo de Dios junto a los padre del Concilio; pronto fueron proliferándose templos en su honor a lo largo y a lo ancho de la Iglesia y del mundo, aunque cada uno desde nuestro amor especial la invoquemos con distintos nombres que vienen a significar siempre su presencia de madre junto a nosotros.

María ha estado siempre junto al peregrinar del pueblo cristiano y su amor nos ha ayudado a mantener integra nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Justo es pues que la invoquemos como Madre de la Iglesia como en este día después de celebrar Pentecostés se nos invita a celebrar. Cuidemos nuestro amor y nuestra devoción a Maria que siempre nos conducirá hasta Jesús; sintamos con vivo agradecimiento de hijos ese amor de la Madre que así siempre ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida viva en nosotros la llama del fuego del amor.

martes, 14 de mayo de 2024

Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

 


Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Salmo 112; Juan 15, 9-17

Ser elegido para desempeñar una función, para una responsabilidad importante es considerado todo un honor; más aún cuando no ha sido algo deseado o buscado por nuestra parte sino que aparece como un don gratuito hacia nosotros de aquel que nos ha elegido; con qué empeño y responsabilidad asumiremos ese honor queriendo hacernos dignos de esa confianza que han tenido con nosotros. No se trata en este caso de una elecciones que llamamos democráticas en las que nos presentamos como candidatos ofreciendo de nuestra parte nuestro curriculun para hacernos merecedores de tal elección. Hablamos, en este caso, de la generosidad de quien ha pensado en nosotros y nos ha elegido para desempeñar tales funciones.

Me estoy haciendo esta consideración en la fiesta del Apóstol que hoy nos propone la liturgia de la Iglesia, san Matías, elegido como se nos relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles en sustitución de Judas que había traicionado al Señor. Y es también el texto que en esta liturgia hoy se nos ofrece en la que Jesús, recogiendo palabras de la cena pascual, que hemos venido considerando en días pasados, nos llama sus elegidos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

‘Soy yo quien os he elegido’, nos dice Jesús. Y no hay otra razón que su amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Como hemos considerado tantas veces recordamos aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó’  y nos eligió para regalarnos con su amor. Por eso no nos queda otra que responder nosotros con el mismo amor. ‘Permaneced en mi amor’.

Creo que es algo que no hemos considerado lo suficiente. Tenemos que dejarnos sorprender por el amor del Señor. No son nuestros merecimientos cuando nuestra vida está llena de debilidades y pecados. Y Dios sigue amándonos, sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos su amor para que al final nosotros aprendamos también a amar y amemos con su mismo amor, a su medida. Por eso nos dice que nos ha destinado para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.

Ha sido Dios ese buen viñador que ha cuidado de su viña, ha cuidado de nosotros. La historia de nuestra vida es una historia de lo que es el amor de Dios para con nosotros. Alguna vez tenemos que detenernos a pensarlo, a considerarlo bien. Cada uno tenemos nuestra historia personal, que no es solo lo que nosotros hayamos podido construir, también tenemos que considerarlo y reconocerlo, pero por encima de todo eso están todas esas señales del amor que Dios ha ido poniendo a la vera del camino de nuestra vida. Sería bueno que alguna vez nos detuviéramos a pensarlo y reconocerlo, porque es reconocer el amor de Dios, dar gracias por ese amor que Dios nos ha tenido.

Cuántas veces en la historia de nuestra vida nos hemos visto envueltos en mil turbulencias y como personas de fe hemos acudido al Señor para que nos ayude a atravesar esos malos momentos y podamos salir de esas situaciones; pero qué pronto lo olvidamos cuando volvemos de nuevo a la calma o a la vida rutinaria de cada día. Nos pasa muchas veces como aquellos leprosos del evangelio que se vieron curados y corrieron para buscar los papeles que les permitieran ir al encuentro de los suyos; solo uno volvió sobre sus pasos para llegar a los pies de Jesús y dar gracias. Tenemos que hacerlo.

jueves, 11 de abril de 2024

Cuando pensamos en la vida eterna es querer en Dios vivir para siempre, pero es en el aquí y ahora cuando también tenemos que vivir esa vida de Dios

 


Cuando pensamos en la vida eterna es querer en Dios vivir para siempre, pero es en el aquí y ahora cuando también tenemos que vivir esa vida de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Leemos un libro porque alguien nos lo ha recomendado, porque conocemos su autor y lo consideramos bueno, porque nos gusta su literatura que es amena y agradable y trata de decirnos o enseñarnos cosas, buscamos un pensamiento que nos ayude en la vida, o nos sirve de entretenimiento con las cosas que nos cuenta, porque queremos aprender de lo que otro nos trasmite o queremos conocer nuestra historia, muchos y variados pueden ser los motivo por los que cojamos un libro en nuestras manos y dediquemos nuestro tiempo a su lectura. Cada uno tenemos nuestros gustos, tenemos nuestros sueños, buscamos algo para nuestra vida de una forma o de otra.

Cuando nosotros nos acercamos a la Biblia, ¿qué es lo que realmente vamos buscando? Es cierto que podemos encontrar muchas de todas esas cosas que hemos expresado previamente porque encontramos historias bellas, porque encontramos una bonita narración de sucesos y también bella literatura, porque podemos encontrar orientaciones que nos puedan valer para nuestra vida, pero la Biblia no se queda ahí.

Muchos buscan historia y tratan de compaginar o comparar conocimientos sobre hechos históricos con otros datos que pueden llegarnos por otros medios, pero la Biblia no se queda simplemente en un libro histórico; podemos buscar bonitos pensamientos que nos pueden hacer pensar sobre muchos aspectos de la vida, y es cierto que encierra una gran sabiduría en sus páginas, pero la Biblia no es simplemente un libro de consejos; podemos hacer comparación con movimientos filosóficos aparecidos en la historia y habrá cosas que se nos reflejen en sus páginas, pero la Biblia no es un simple libro de filosofía aunque mucho nos enseña sobre el sentido de la vida.

Muchos incluso tratarán de decirnos que en las cosas que se nos narran la Biblia tenía razón (y recuerdo un libro que incluso llevaba ese nombre), pero no nos podemos quedar ahí, porque sería muy parcial nuestro encuentro con la Biblia. Nosotros los cristianos decimos que la Biblia es la Palabra de Dios, porque eso es lo que realmente tenemos que ir a buscar en ella, ¿qué nos dice Dios? ¿Cómo se nos revela Dios? Y cuando decimos que es la palabra de Dios no podemos entrar en radicalismos de tomarnos al pie de la letra cada una de sus paginas, sino descubrir que es lo que hoy quiere seguir diciéndonos Dios a través de aquellos hechos, de aquellos acontecimientos, de aquellas palabras o incluso leyes con las que se relacionaba con un pueblo concreto en unas circunstancias concretas.

La Palabra de Dios tiene que ser algo vivo, algo que en verdad nos llegue a la vida, que nos pueda interrogar, o que nos pueda abrir caminos, que nos haga plantearnos las cosas desde lo más hondo de nosotros mismos y podamos en verdad sentirnos transformados por esa Palabra de vida que llega a nosotros. Es necesario un espíritu de discernimiento y de reflexión interior, pero es necesario dejarnos conducir por el espíritu de Dios que hoy a través de la Biblia sigue hablándonos al corazón.

Fijémonos en lo que hoy nos ha dicho el evangelio. Es toda una reflexión que el evangelista nos va ofreciendo a partir de aquel encuentro de Nicodemo con Jesús. ‘El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’.

Nos habla palabras de vida para que creyendo en Jesús tengamos vida eterna. Ahí está lo importante. Lo que va a transformar nuestro corazón, porque nos da vida eterna. Ha venido Jesús para que tengamos vida y tengamos vida en abundancia, como se nos dirá en otro lugar. Y eso es lo que tenemos que buscar cuando vamos a Jesús, cuando escuchamos a Jesús, cuando creemos en El para llenarnos de vida eterna.

Como hemos venido reflexionando es la manifestación del amor que Dios nos tiene, y por eso nos entrega a su Hijo, y Jesús viene para que tengamos vida para siempre.  Y pensamos en la vida más allá de la muerte, porque en Dios queremos vivir para siempre, pero esa vida eterna es la que ahora y aquí también tenemos que vivir cuando nos llenamos de Dios. No es simplemente que seamos buenos e intentemos hacer cosas buenas, sino que vivamos a Dios en lo que somos y en lo que hacemos, en todo nuestro ser porque así será como participamos de su amor, pero con el mismo amor con que lo amamos, con todo nuestro ser, con toda nuestra vida. Es lo que buscamos y nos trasmite la Palabra de Dios.

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.


miércoles, 3 de mayo de 2023

A los pies de la cruz de ese calvario habrá siempre una tumba vacía, porque quien murió en esa cruz vive, ha resucitado, y para todos ha llegado con El la victoria del amor y de la vida

 


A los pies de la cruz de ese calvario habrá siempre una tumba vacía, porque quien murió en esa cruz vive, ha resucitado, y para todos ha llegado con El la victoria del amor y de la vida

 

Hay una tradición en mi tierra en torno al tres de mayo se sigue celebrando con gran fervor por parte del pueblo la festividad de la Cruz. Todos sabemos que la gran fiesta de la exaltación de la Cruz es el 14 de Setiembre, que en precisamente en torno a cuya fiesta se celebran las fiestas de ‘los Cristos’ por diferentes lugares de nuestra geografía. 

Pero el tres de mayo ha calado hondo en nuestras gentes, que fue en su momento la celebración del encuentro de la Cruz – se le decía la invención de la cruz desde el sentido de la palabra latina – que por otra parte en nuestra tierra está en cierto modo unido a los primeros años de las conquistas castellanas de nuestra tierra con la fundación de algunas ciudades que llevan el nombre de la Cruz en esa misma fecha.

Hondo sentido religioso cuando los caminos de nuestros pueblos están tachonados de cruces que al mismo tiempo pueden ser recuerdo de parte de nuestra historia.  Capillas de cruz que incluso se ponían como centro de muchas de las fincas o haciendas que de alguna manera daban vida a los pueblos, o cruces como recuerdos perennes y permanente de momentos de la historia, en muchos casos duros por accidentes o por muertes violentas o no acaecidas en esos lugares. 

No podemos borrar por otra parte de un plumazo, como algunos pretenden con otros muchos momentos de nuestra historia, esos recuerdos que han permanecido ahí permanentes en la memoria histórica de nuestros pueblos.

Estos días se adornan las cruces de nuestros caminos y muchas casas abren las puertas de sus hogares para mostrarnos aquella cruz celosamente guardada y que este día merecen un especial aguinaldo. Aunque las memorias y recuerdos sean duros sin embargo se hacen siempre en son de fiesta y alegría, porque en el fondo aunque muchas veces no nos demos cuenta estamos dándole el verdadero significado pascual que la cruz ha de tener en nuestra vida.

Es la celebración de la vida misma, podríamos decir, que siempre está unida a la cruz, porque nunca en la vida falta el dolor y el sufrimiento. Así nació la localización de esas cruces en nuestros pueblos, así queremos expresar lo que es la vida misma con sus tintes negros de dolor, pero desde un sentido pascual lo hacemos entre sones de fiesta y alegría. Es de alguna manera reconocer que esos momentos de la vida, en todos los momentos de la vida, también en esos momentos duros de la vida hay un paso de Dios que siempre es paso salvador.

El cristiano tiene que manifestarse siempre como hombre de esperanza, porque detrás siempre estaremos viendo brillar la luz. Y cuando contemplamos la cruz, aunque en estos días de su celebración y su fiesta normalmente está despojada del cuerpo de Cristo en ella crucificado, nunca olvidamos el sentido de esa cruz para nosotros, porque significa un paso de Dios, un paso de salvación, un paso de vida, porque siempre detrás veremos los resplandores de la resurrección. A los pies de la cruz de ese calvario habrá siempre una tumba vacía, porque quien murió en esa cruz vive, ha resucitado, y para todos ha llegado con El la victoria de la vida.

Ojalá no olvidemos nunca ese sentido pascual de la cruz y que ahí nuestra fiesta de la cruz tenga hondo sentido.