Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta dignificar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dignificar. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de junio de 2026

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor

 

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor 

2 Reyes 25, 1-12; Salmo 136;  Mateo 8, 1-4

Excluimos, somos excluidos o nos excluimos a nosotros mismos, resumo con ellos posturas, actitudes, maneras de actuar que tenemos muchas veces con nosotros mismos o con los que nos rodean, creando unas diferencias o exclusivismos que nos distancian y que nos dividen. Algunas veces de una manera muy sutil, otras de forma descarada en actitudes, comportamientos o gestos que tenemos hacia los que nos parecen distintos, otras veces bajo una capa de aparente humildad que encierra realmente un orgullo mal curado dentro de nosotros mismos.

Me hago esta reflexión desde el relato de aquel leproso que se atrevió a acercarse a Jesus que nos cuenta hoy el evangelio. Partimos es cierto de una situación de discriminacion incluso considerada legal por aquello en principio de evitar los peligrosos contagios de una enfermedad que con la higiene y medios de la época se consideraba hasta una maldición; el leproso era excluido no sólo de la vida familiar sino de su presencia en medio de la comunidad, habían de vivir apartados para siempre de todo contacto humano.

Pero aquel hombre tuvo la valentía de reconocer, es cierto con humildad, su enfermedad, pero de romper también todas aquellas barreras para acercarse a Jesus, incluso en medio de la gente. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús. Se sabe no limpio, se sabe impuro como lo ha condenado su sociedad, pero sabe quién puede limpiarle, quien puede de nuevo devolverle su dignidad. ¿Qué va a hacer Jesús? ‘Quiero, queda limpio’, es su respuesta.

Cuántas veces hemos reflexionado sobre este hecho con muchas conclusiones para nuestra vida. Pero no lo hemos de dar ya por todo hecho y reflexionado. Es Palabra de vida para nosotros hoy, en este mundo concreto en el que estamos, pero también para nuestra vida tan llena de lepras, cuando nos creemos buenos y hasta mejores que los que están a nuestro lado, o cuando seguimos con nuestras cobardías para camuflar tantas debilidades que hay en nosotros, cuando no damos el paso para salir de esas situaciones en las que nos hemos metido o arrancar de nosotros tantas amarguras que seguimos guardando en el corazón, cuando por orgullo no nos dejamos sanar esas viejas heridas y por el contrario vamos con las púas de nuestros resentimientos y recelos hiriendo a quien se interponga en nuestro camino.

¿Seremos capaces de tener la humildad de reconocer que no estamos tan limpios como queremos aparecer y pedirle a Jesus que nos sane y que nos limpie?

Pero hay algo más de lo que tenemos que ser capaces, tomar las actitudes y las posturas de Jesús para ir rompiendo muros y barreras para que nadie se sienta apartado, poniendo el bálsamo de nuestro amor en nuestros gestos y palabras para ir sanando también a cuantos encontremos en esa situación en los caminos de la vida, tendiendo la mano como oferta de confianza y amor a quien sea que encontremos sin importarnos ni el color de su piel ni su apariencia.

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, para ofrecer también ese mismo amor a los demás.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Dios ha querido encarnarse en nuestra humanidad con su historia de luces y sombras para que aprendamos a sentir cómo en Jesús somos dignificados a una vida nueva

 


Dios ha querido encarnarse en nuestra humanidad con su historia de luces y sombras para que aprendamos a sentir cómo en Jesús somos dignificados a una vida nueva

Génesis 49, 1-2. 8-10; Salmo 71; Mateo 1, 1-17

Seguramente en alguna ocasión hemos querido averiguar quienes son nuestros ascendientes, porque habitualmente lo más que conocemos son nuestros padres y nuestros abuelos y hemos querido saber y hemos acudido a registros civiles o parroquiales para intentar hacer nuestro árbol genealógico en una mayor o menor amplitud viendo de paso también de dónde proceden nuestras familias en las distintas generaciones. Es nuestra historia decimos, guste  o no nos guste, tenga sombras y también por supuesto con sus luces, estando ahí reflejada la vida de nuestros ascendientes donde ahora nosotros pondremos nuestra parte con lo que somos o con lo que dejamos a quienes nos sigan en la vida. Es bonito, para muchos muy importante, es una realidad con la que hemos de contar y que ha hecho lo que ahora y hoy somos.

Cuando comenzamos esta última semana de preparación para la Navidad la liturgia nos ofrece hoy el árbol genealógico de Jesús, en este caso, según el relato del evangelio de san Mateo. Un detalle importante que tuvieron muy en cuenta las primeras comunidades cristianas, y sobre todo en el caso del evangelio de San Mateo que nos quiere plasmar como en Jesús se cumple lo anunciado por los profetas. La elaboración de la genealogía de Jesús no nos la podemos tomar como un hecho histórico construido de manera científica en que uno hubieran más generaciones en el periodo descrito, pero sí quiere manifestarnos ese entronque de Jesús con el pueblo judío y con la historia de la salvación que en Jesús va a tener precisamente su momento culminante. Viene a decirnos cómo en ese pueblo y en esa familia con su historia también con sus luces y con sus sombras vino a encarnarse el Hijo de Dios para nuestra Salvación.

Como nos dirá san Lucas, como ya escucharemos, plantó su tienda entre nosotros, en nuestra humanidad y en nuestra historia, tal como somos y cómo anhelaríamos ser, porque vino a hacerse uno como nosotros para levantarnos con El. Es la maravilla de la Encarnación que vamos a celebrar y en lo que iremos meditando mucho en estos días. Toma nuestra carne, toma nuestra historia, toma nuestra vida y nos redime, nos eleva de los abismos donde nos hemos hundido y nos llena de luz cuando en tantas sombras y tinieblas nos hemos envuelto. Toma nuestra carne, siendo Dios y hombre verdadero, pero para divinizarnos a nosotros porque va a hacernos partícipes de una nueva vida, nos hace participar de su vida, nos hace hijos de Dios.

Es la maravilla de la Encarnación que nosotros nos eleva. Es la maravilla de la Encarnación que nos hace descubrir unos caminos nuevos, un nuevo sentido de nuestro vivir, pero que es una nueva y distinta mirada que hemos de tener desde ahora a ese mundo que nos rodea y a esos hombres y mujeres que con su historia caminan a nuestro lado.

Nos hace mirar nuestra humanidad tan llena de barro a veces por la tierra que vamos pisando pero que desde que Jesús tomó nuestra carne nosotros hemos de aprender a vivir de una manera nueva, porque en Jesús nos sentimos lavados, en Jesús nos sentimos transformados, en Jesús nos sentimos con una nueva vida. Tenemos que ser distintos, tendremos que elevarnos por encima de esas sombras que tantas veces nos envuelven y tenemos que comenzar a reflejar una nueva luz, no podemos ya vivir encerrados en nosotros mismos porque el amor ha abierto una nueva puerta en nuestra vida para ir a los demás, para mirar a los demás, para caminar con los demás.

Lejos de nosotros ya para siempre esas miradas que discriminan, lejos de nosotros ese fijarnos en los demás nada más que para ver sombras; están caminando en mismo barro que nosotros pero en ellos tenemos que contemplar también ese misterio de la Encarnación de Dios, que tomó nuestra carne llena de barro pero para lavarnos y dignificarnos; en lo que tenemos que sentir que en los otros también se está realizando, en lo que nosotros con nuestra aceptación y respeto también tenemos parte porque estar para levantar y no para hundir, estamos para poner luz y no para resaltar oscuridades, estamos para amar y crear comunión y nueva fraternidad no para distinciones o discriminaciones.