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lunes, 20 de mayo de 2024

Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

 


Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

¿A quien no le gustaría tener a la madre siempre junto a sí? Es uno de los dolores y desconsuelos más fuertes que tenemos en la vida, siempre estaremos recordándola, queriéndola hacer presente, y de mil maneras queremos mantener sus recuerdos junto a nosotros. Por el contrario, si somos nosotros los que nos vemos abocados a tener que abandonar su presencia por nuestra propia muerte y estuviera en nuestras manos hacerlo, buscaríamos a quien confiarla para que siga cuidándola y con ella se comporte como el hijo que nosotros quisiéramos ser para siempre. Decir esa palabra ‘madre’ o escuchar sus labios la palabra ‘hijo’ es uno de los gozos más profundos que podemos sentir en el alma.

No nos extrañe, pues, lo que nos narra el evangelio y en este día hemos proclamado. ‘Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… y el discípulo amado’. Y es en esa circunstancia donde se establece ese diálogo que parece más bien testamento y ultima voluntad. Viendo Jesús a su madre y al discípulo amado, a una le dije ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’, mientras al discípulo amado le dice también ‘ahí tienes a tu madre’.

El discípulo amado era en aquel momento algo más que Juan el hijo del Zebedeo. En el discípulo amado estábamos todos, estábamos nosotros, porque también somos los amados del Señor. Por eso aquel confiar que María a partir de aquel momento tuviera un hijo que la cuidara, o un hijo a la que ella como madre cuidara, no se trataba solo de Juan el hijo del Zebedeo, sino que allí estábamos todos los amados del Señor, todos nosotros que por amor nuestro precisamente se estaba entregando en la mayor muestra del amor que se pudiera manifestar.

Somos, sí, ese discípulo amado a quienes desde ese momento María nos toma como hijos; somos ese discípulo amado que a partir de aquel momento tenemos que llevar a nuestra nueva madre a nuestra casa, a nuestra vida, como  hiciera Juan. El evangelio solamente nos dice que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. La hemos contemplado en la víspera de Pentecostés allí reunido en el cenáculo con sus nuevos hijos en la espera del Espíritu; la tradición nos hablará de esa presencia de María junto a Juan de manera que en Efeso nos encontraremos la casa de María como un testimonio de esa presencia de María siempre junto al discípulo amado que en la cruz se le había confiado como hijo.

Por eso hoy, cuando hemos concluido la Pascua con la fiesta del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar y a sentir esa presencia de María junto a nosotros en esta fiesta recientemente instituida con el título con que el papa Pablo VI quiso invocarla al final del concilio Vaticano II, María, Madre de la Iglesia.

¿Qué mejor que llamarla Madre de la Iglesia, cuando eso es lo que ella ha sido a lo largo de los siglos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia? Como madre de Dios fue invocada y proclamada al finalizar el concilio de Nicea que definía a Jesús como verdadero Hijo de Dios en aquella primera espontánea procesión del pueblo de Dios junto a los padre del Concilio; pronto fueron proliferándose templos en su honor a lo largo y a lo ancho de la Iglesia y del mundo, aunque cada uno desde nuestro amor especial la invoquemos con distintos nombres que vienen a significar siempre su presencia de madre junto a nosotros.

María ha estado siempre junto al peregrinar del pueblo cristiano y su amor nos ha ayudado a mantener integra nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Justo es pues que la invoquemos como Madre de la Iglesia como en este día después de celebrar Pentecostés se nos invita a celebrar. Cuidemos nuestro amor y nuestra devoción a Maria que siempre nos conducirá hasta Jesús; sintamos con vivo agradecimiento de hijos ese amor de la Madre que así siempre ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida viva en nosotros la llama del fuego del amor.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

2Tes. 3, 6-10.16-18; Sal. 127; Mt. 23, 27-32
‘Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien’, así fuimos diciendo en el salmo. ‘Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida’. Es la meditación hecha oración y petición al Señor después de escuchar las recomendaciones de san Pablo en su carta a los Tesalonicenses.
Era algo muy vivo en la experiencia religiosa que vivía aquella comunidad la espera de la venida del Señor. Pablo les insistirá incluso que la venida, aunque no sabemos cuando será tal como había señalado Jesús en el Evangelio, no era una venida inminente de manera que por ello dejáramos de cumplir las obligaciones y responsabilidades de cada día, del trabajo de cada día. Ante esa perspectiva que tenían algunos ahora Pablo les corrige y lamenta que algunos lleven una vida ociosa sin hacer nada, ‘una vida desordenada’ les dice.
Por una parte se pone a sí mismo como ejemplo, pues cuando estuvo entre ellos no dejó de ganarse con su trabajo el pan de cada día, porque no quería ser carga para nadie, aunque les dice que como apóstol tendría derecho a ello, porque como yo dijera Jesús en el evangelio el obrero merece su sustento y como obreros de la viña del Señor, a eso tendría derecho. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’ les dice, y les recuerda la sentencia que ya les había dejado, ‘el que no trabaja, que no coma’.
Aquí podríamos recordar otros pasajes de la Escritura en la que se nos recuerda la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida, porque nuestro trabajo no es solo fuente de nuestro sustento, y ya eso nos ennoblece el trabajo, sino que además es nuestra contribución al desarrollo de nuestro mundo. Esos talentos que Dios ha puesto en nuestras manos, y cuando decimos talentos decimos nuestros valores y nuestras cualidades, nuestras habilidades pero también toda la riqueza de nuestra inteligencia, no son para guardárnoslo solo para nosotros mismos, sino que con ello estamos contribuyendo al desarrollo de todo nuestro mundo, al bien también de los demás.
El hecho de vivir una vida espiritual, de darle trascendencia espiritual y de eternidad a nuestra vida, el que con nuestra vida queramos alabar al Señor y santificar su nombre no nos exime, sino todo lo contrario, de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestros trabajos. Es cierto que queremos hacer un mundo mejor, soñamos y esperamos un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva como nos dice el Apocalipsis, pero es nos obliga más a esa contribución que desde nuestra vida, con nuestro trabajo, con nuestra inteligencia y con todas nuestras habilidades hemos de realizar para hacer precisamente mejor el mundo en el que vivimos.
Todo el desarrollo del pensamiento del hombre a través de los siglos, todo el desarrollo de la ciencia en todas sus facetas ha sido esa herencia que hemos recibido de nuestros antepasados, será con lo que ahora nosotros intentemos hacer cada día una vida y un mundo mejor, y el granito de arena que nosotros pongamos con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo será la herencia que dejemos para el futuro.
Así nos enseñaba el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes 39 “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios”.

Qué importante es nuestro trabajo; cuánto ennoblece el espíritu del hombre. Pidamos al Señor para que toda persona pueda tener un trabajo digno con el que ganarse su sustento; que toda persona pueda desarrollar su vida a través de su trabajo para que la ociosidad no lo embrutezca; que con nuestro trabajo seamos conscientes siempre que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor. Que el Señor nos llene de su paz, como pedía san Pablo para los Tesalonicenses, y que las bendiciones del Señor se derramen sobre nosotros en ese fruto de nuestro trabajo y en esa prosperidad que consigamos para todos.

viernes, 25 de octubre de 2013

La inquietud por lo bueno que vemos en los demás es semilla del Reino de Dios

Rom. 7, 18-25; Sal. 118; Lc. 12, 54-59
Confieso que me gusta escuchar a las gentes del campo, sobre todo cuando son mayores, porque fijándose en lo que sucede a su alrededor en la naturaleza muchas veces nos dan hermosas lecciones muy útiles para enfrentarnos a la vida. Suelen ser personas reflexivas y observadoras que se fijan en muchos detalles, e igual que nos predicen los tiempos meteorológicos que van a venir por las señales que ven en las nubes, por lo que han ido aprendiendo en otras muchas cosas nos suelen dar sentencias muy acertadas válidas para la vida.
Jesús en lo que hemos escuchado hoy en el evangelio les dice que así como son observadores de las señales del cielo así también tendrían que descubrir otras señales de los tiempos en lo que va sucediendo en la vida a través de lo cual el Señor también nos puede hablar. Es lo que llamamos los signos de los tiempos. Recordamos cómo con un visión profética el beato Juan XXIII supo discernir esos signos de los tiempos para convocar contra todo pronóstico un concilio para la Iglesia que tanto bien nos ha hecho en la renovación de la Iglesia y de nuestra vida cristiana, como lo fue el Concilio Vaticano II.
Como decía antes en la referencia que hacia de entrada es necesario que aprendamos a ser observadores y reflexivos con todo aquello que nos va sucediendo. Como se suele decir nunca escarmentamos en cabeza ajena, pero de nuestra propia vida, incluso de los errores que muchas veces cometemos, tendríamos que aprender. Pero como se suele decir somos el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y esto nos sucede porque no somos lo suficientemente reflexivos sobre lo que vemos en los demás o lo que nos sucede en nuestra propia vida.
Es lo que nos previene hoy con detalle Jesús en sus palabras en el evangelio. Procura arreglarte con el que te pone pleito, cuando tengas un problema con alguien. Aprendamos la lección de lo que nos sucede tantas veces cuando no somos capaces de dialogar para resolver los problemas, que se van enconando los rencores en el corazón y vamos creando distanciamientos entre unos y otros. Jesús nos habla de cosas muy concretas que nos suceden cada día y tenemos que aprender a escuchar con amor y humildad su palabra, que siempre es palabra de vida para nosotros.
Pero son también las inquietudes que podemos observar en los demás, los mismos movimientos sociales que se van repitiendo en la sociedad lo que tendría que hacernos abrir los ojos y saber hacer una lectura positiva de todo eso además de tener una visión de fe de todo lo que sucede. Algunas veces somos muy pesimistas y lo vemos todo negro, como si todo lo que sucede en la sociedad fuera malo, pero creo que tendríamos que valorar ese despertar de la gente que busca y desea algo mejor; muchas podemos equivocarnos, pero si no arriesgamos a buscar algo nuevo y mejor nunca llegaremos a nada sino que nos quedamos como anquilosados en la rutina de cada día.
Esos buenos deseos que vemos en tantos que luchan por lo bueno son pequeñas semillas de ese Reino de Dios que como creyentes en Jesús estamos obligados a construir. Son inquietudes que tendrían que estar en nuestro corazón y cuando vemos que se despiertan en los demás son llamadas que nos está haciendo el Señor a nosotros también.
Y eso bueno que vemos en los otros tenemos que saberlo aprovechar para iluminarlo con la luz de la fe y la luz del Evangelio y todas esas cosas conduzcan a Dios a los que tienen esos buenos sentimientos en su corazón. Son señales que Dios va poniendo en el camino de nuestra vida para que despertemos de nuestros cansancios y rutinas y sintamos la inquietud en nuestro corazón por el evangelio que hemos de anunciar y ese Reino de Dios que tenemos que construir.

Pidámosle al Señor que sepamos descubrir esas signos de los tiempos, esas señales de su presencia y de su Palabra que podemos descubrir en los demás y que nuestro corazón se despierte y se avive cada vez más nuestra fe y nuestro amor.

lunes, 22 de abril de 2013



Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…

Hechos, 11, 1-8; Sal. 41; Jn. 10, 1-10
‘Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…’ La salvación solo la tenemos en Jesús. El es nuestro único Salvador. ¿Buscamos en El de verdad la salvación?
Seguimos con la imagen del pastor, de las ovejas, de los apriscos o rediles donde se guardan las ovejas, como ayer domingo que celebrábamos el domingo del Buen Pastor. Parte Jesús de las imágenes de lo que sucedía entonces y quizá aun en algunos ambientes pastoriles pueden seguir siendo costumbres. Todas las ovejas eran guardadas en un mismo redil; cada pastor iba a buscar a sus ovejas para sacarlas a pastar y llevaría solo sus ovejas, pero cada oveja solo seguiría a su pastor porque es a quien conocían. Al redil solo podrían entrar quienes eran de verdad los pastores de aquellas ovejas y quien quisiera entrar por otro lado, como nos dice, es el ladrón y bandido que va a robar. El pastor entra por la puerta porque le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz y le siguen. Al extraño no lo seguirán sino huirán de él, porque no conocen su voz.
Como antes nos preguntábamos ¿buscamos al que es el verdadero pastor de nuestra vida, el único en quien encontraremos la salvación? ¿Escucharemos y reconoceremos su voz o andaremos algunas veces perdidos buscando la salvación donde en verdad no vamos a encontrarla? Tenemos que reafirmar bien nuestra fe en Jesús creciendo más y más en su conocimiento.
Son los peligros de las confusiones que podemos tener en la vida, porque quizá puedan venir de aquí o de allí diciéndonos cosas que nos confunden y nos alejan del verdadero camino de nuestra salvación que solamente en Jesús vamos a encontrar. Cuando se acercan a nosotros tratando de atraernos a sus caminos algunos nos dicen que lo que enseñan no es malo, y tenemos que escuchar a todos. Pero cuando  no tenemos unos sólidos fundamentos en nuestra fe, terminamos haciendo una mezcla de cosas y de ideas que nos apartan de la verdadera fe católica que nos une a nuestra Iglesia.
Creo que tenemos que sentirnos bien seguros de nuestra fe y formarnos debidamente para que no nos entren esas confusiones. Cuando somos débiles en la fe porque no  nos hemos formado debidamente todo nos puede parecer bueno y al final terminamos abandonando lo que es la fe en Jesús que en la Iglesia recibimos y en la Iglesia hemos de vivir. Y hay muchos que quizá quieran aprovecharse de esa nuestra debilidad.
Estamos celebrando el año de la fe al que nos convocó el Papa durante este año en las diversas conmemoraciones que estamos celebrando tanto del inicio de Concilio Vaticano II como de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica que compendia todo el contenido de nuestra fe.
Precisamente en la convocatoria del Papa para este año se nos hablaba de la puerta de la fe, una buena referencia a lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Y la intención de la celebración de este año es el que ahondemos en nuestra fe, revitalizándola de verdad, para que podamos dar ese testimonio claro y valiente de nuestra condición de cristianos en medio del mundo. Y una forma de revitalizar nuestra fe no es solamente decir que yo si creo, sino el que trate de ahondar, estudiar, repasar todo lo que es el contenido de nuestra fe que se nos recoge en el catecismo para luego con toda firmeza y sin confusión confesar nuestra fe.
Cuando a los mayores se les habla de Catecismo y de esto que ahora estamos diciendo algunos parece como que se sienten ofendidos porque piensan que eso es cosa para niños o cosa de aprendernos unas fórmulas de memoria. De ninguna manera podemos pensar así. En cada etapa de la vida necesitamos esa profundización en nuestra fe, porque no podemos profundizar lo mismo siendo niños que de jóvenes o de mayores.
Lástima esa reacción tan negativa en la mayoría de nuestras gentes a conocer con profundidad su fe. Claro que luego todos quieren hablar y opinar sobre la Iglesia y sobre lo que tendría que enseñar para que se nos hagan rebajas, como se suele decir, porque estos son otros tiempos. Por esa falta de hondura en el conocimiento de lo que es nuestra fe, de lo que nos contiene el catecismo, vienen esas confusiones de las que hablábamos antes y que tanto daño nos hacen en la vivencia de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Tenemos que conocer con más profundidad lo que son los fundamentos de nuestra fe y los principios de la moral cristiana, y en eso andamos con muchas carencias en nuestro pueblo cristiano. Ojalá el Espíritu del Señor mueva nuestros corazones que nos lleven a esa proclamación auténtica de nuestra fe.
Cristo es la puerta por la que tenemos que entrar para alcanzar la salvación porque El es nuestro único salvador. Y todo ese depósito de la Salvación lo dejó confiado a su Iglesia. No  nos apartemos nunca de lo que es la fe auténtica de la Iglesia.

viernes, 14 de diciembre de 2012


Necesitamos ojos luminosos para ver la acción de Dios en nuestra historia

Is. 48, 17-19; Sal. 1; Mt. 11, 16-19
Se encuentra uno con personas que dan la impresión de que son incapaces de apreciar lo bueno que hay en los demás, siempre están con desconfianza, haciendo sus propias interpretaciones de lo que ven o lo que hacen las otras personas, como si su corazón estuviera lleno de malicia e incapacitado para ver lo bueno. Parece como si siempre fueran a la contra, si yo veo esto blanco, ellos lo ven negro. Es una forma muy negativa de ir por la vida.
Sucede ahora y ha sucedido siempre. Ojalá fuéramos capaces de tener los ojos llenos de luz para ver con claridad y con buena intención cuanto sucede a nuestro alrededor. Seríamos capaces de ver cuánto de bueno hay también a nuestro lado. Quitaríamos pesimismos y negruras de nuestra vida y nos daría ilusión para luchar con más ganas por lo bueno y por hacer que nuestro mundo sea mejor.
Pienso que sería una actitud muy positiva que tendríamos que cultivar en este camino de adviento que estamos haciendo y teniendo siempre esperanza de que con la fuerza y la gracia del Señor en verdad podemos hacer que nuestro mundo sea mejor. Tendría que ser un fruto importante que obtuviéramos en esta navidad en nuestro encuentro con el Señor, mirar con ojos claros, con ojos distintos, llenos de luz, llenos de amor y de vida a los demás. Nuestro trato, nuestras relaciones serían mejores, nos llevarían a un mundo más feliz, con una felicidad auténtica.
Me ilumina esta reflexión las palabras de Jesús en el evangelio que hemos proclamado. En cierto modo Jesús se queja de esa mala interpretación que hace mucha gente tanto de lo que significó Juan Bautista, como también de su presencia en medio de ellos. ‘Os parecéis a los niños que juegan en la plaza’, les viene a decir; esos niños que siempre en sus juegos le están llevando la contraria a sus amigos y compañeros.
‘Vino Juan, que ni comía ni bebía, y dice que tiene un demonio; viene el Hijo del Hombre que come y bebe, que está ahí en medio de los gentes haciendo su misma vida (qué hermoso la cercanía de Dios, y decís que es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’.
Cuánto  nos cuesta aceptar y acoger en nuestra vida todo el misterio de Jesús, todo su mensaje de salvación. Es necesario dejarse conducir. Es necesario sentir que el Espíritu Santo está con nosotros guiando nuestra vida, inspirándonos lo bueno, conduciendo con su sabiduría divina los caminos de la Iglesia. Hemos de saber tener ojos de fe para descubrir ese actuar del Espíritu de Dios que actúa en nuestra historia, cómo ha conducido a la Iglesia en todos los tiempos, pero en la época histórica que nos ha tocado vivir podemos ver clara esa acción divina en la Iglesia.
Aquella intuición del Papa Juan XXIII convocando un concilio ecuménico fue realmente algo profético. Todo el movimiento que surgió en la Iglesia a partir de ese momento fue en verdad renovador de nuestra vida por la inspiración del Espíritu. Bien sabemos que siempre hubo personas que no supieron ver esa acción del Espíritu sino más bien lo mal interpretaron y ha provocado al paso de los años muchas reticencias, pero es lo que antes decíamos. Necesitamos abrir los ojos a la acción del Espíritu y dejarnos conducir por El.
Como  nos decía el Señor por el profeta ‘yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues’. Dejémonos conducir por el Señor, porque ‘al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, como decíamos con el salmo. Sigamos este camino emprendido ahora en este tiempo del Adviento para llegar a ver la salvación de Dios, para que lleguemos a tener ese encuentro vivo con el Señor que es nuestro Salvador.

jueves, 11 de octubre de 2012


Comienzo del Año de la Fe

Esta fecha del 11 de octubre este año tiene un especial significado. Para esta fecha nos ha convocado el Papa Benedicto XVI para iniciar el Año de la fe con motivo del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Comienza el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013.  El santo padre señaló el domingo en la homilia del inicio del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización que, a partir del Concilio Vaticano II, se produjo un nuevo dinamismo de evangelización al que diversos papas llamaron "nueva".
Como nos señala el Papa en la convocatoria de este año de la fe, ‘las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»’.
Es necesario recorrer y reactualizar la historia de la fe. Por eso nos convoca a este Año de la fe. Así nos dice que ‘A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.
Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación’.
Os ofrezco estos textos entresacados del Motu Propio del papa convocando el Año de la fe, sin más comentarios, pues estos días no puedo hacerme presente con otras reflexiones sobre la semilla de la Palabra de cada día. 

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia

1Tim. 3, 14-16
Sal. 110
Lc. 7, 31-35


‘Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Probablemente sea un juego de niños de la época . la cuestión era hacer la cosa contraria de lo que se pedía hacer, entre cantos, bromas y fiestas, propias de los niños o de la juventud.
¿Por qué saca a colación Jesús este canto o juego infantil de los niños en la plaza? Se ha preguntado antes: ‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Está haciendo referencia a las distintas reacciones que los judíos están teniendo ante su presencia y su actuar. No habían terminado de aceptar la vida de austeridad en la que vivía el Bautista en el desierto junto al Jordán, pues conocido era el rechazo de ciertos sectores de la sociedad religiosa y dirigente de Jerusalén por ejemplo al grupo de los esenios que vivían en algo parecido a un eremitorio junto al mar Muerto. Pero ahora les costaba aceptar a Jesús, que a todos se acercaba, con todos convivía porque lo que quería era anunciar el Reino de Dios a todos.
‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores. Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón’. Ni aceptaban a Juan ni aceptaban a Jesús. Pareciera que lo importante era estar a la contra de todo lo que pudiera surgir como algo nuevo.
¿Nos preguntará Jesús a nosotros, ‘¿a quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Algunas veces parece que estuviéramos también nosotros desorientado y sin saber a qué quedarnos. Nos vemos confundidos, pueden surgir añoranzas de tiempos pasados que nos parecen mejores y no somos capaces de descubrir lo bueno que el Espíritu va haciendo surgir en nosotros y en lo que nos rodea.
Hace cuarenta años con qué ilusión vivíamos aquel momento de renovación en la vida de la Iglesia suscitado por el reciente Concilio Vaticano II. Fueron tiempos intensos de muchas esperanzas, pero también con los riesgos de la crisis que se produce en todo ser vivo y en crecimiento. Los tiempos han ido cambiando en nuestra sociedad y en la concepción de la vida y del mundo y algunas veces nos llenamos de pesimismo porque nos pareciera que brilla más la negrura de la oscuridad que la propia luz. Por eso surgen en ciertos sectores añoranzas de pasado.
Ante esa frase que decimos que los tiempos pasados fueron mejores, yo digo que ni mejores ni peores que los actuales. Cada tiempo tiene sus dificultades y sus problemas. En cada tiempo surgen las crisis propias de donde hay vida en crecimiento. También en otros tiempos se tuvieron que enfrentar a problemas y dificultades como tenemos que enfrentarnos nosotros ahora. Pero en cada tiempo el creyente tiene que saber descubrir la acción del Espíritu que está actuando y que es quien de verdad conduce a la Iglesia y le inspira todo lo bueno.
Hoy nos toca vivir en este tiempo. Estamos en el siglo XXI que tendrá sus luces y sus sombras como todos los tiempos. Pero este es nuestro tiempo. Y es ahí donde tenemos primero que vivir como cristianos y donde tenemos que dar el testimonio de nuestra fe y el anuncio del evangelio. El Evangelio es el mismo, porque ese no cambia pero los métodos, por así decirlo, de su anuncio tienen que estar en consonancia con los tiempos en que vivimos porque tenemos que responder a las expectativas y a los problemas de los hombres de esta época, ni mejores ni peores que los de otros tiempos, pero que tienen sus propios problemas y expectativas.
No vamos a anunciarle el evangelio el evangelio a los hombres de hoy con un lenguaje arcaico o unas formas propias de siglos pasados, porque ni siquiera nos entenderían. El Espíritu que suscita todo lo bueno en nuestro interior también nos dará el lenguaje apropiado y la forma más conveniente para poder hacerlo hoy al hombre de hoy. En esa actitud abierta desde el fondo del corazón tenemos que estar.
Y como adelantábamos antes, no nos dejemos vencer por las negruras del pesimismo que nos pudiera envolver. No todo es negro en este mundo y en esta Iglesia concreta que vivimos en el momento de hoy. Hay muchas luces, porque hay muchas cosas buenas, porque hay mucha gente con una vivencia de fe muy intensa, porque hay mucha gente comprometida que no vive su vida cristiana desde la rutina sino con una entrega admirable. Nos hace falta abrir los ojos para descubrirlo porque eso está a nuestro lado. Porque no podemos negar que el Espíritu del Señor sigue actuando hoy en su Iglesia y sigue suscitando mucha generosidad en los corazones de los hombres de hoy.
Igual que tú o yo sentimos inquietud por la fe y por el anuncio del evangelio a nuestro lado hay muchos que sienten y viven intensamente esa inquietud. Sepamos descubrirlos porque eso además nos servirá de ánimo y estímulo en nuestra tarea y nuestro compromiso. Y no olvidemos que vivimos en pleno siglo XXI que tiene sus características propias y es a ese hombre y mujer de hoy en el que tenemos que sembrar la semilla del evangelio.
Ni carreras alocadas y sin sentido que no nos llevan a nada, ni paso de cangrejo o de tortuga que nos hagan volver para detrás. Solamente dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia.

sábado, 4 de julio de 2009

¿Odres viejos u odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio?

Gen. 27. 1-5.15-29
Sal. 134
Mt. 9, 14-17


‘Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y en cambio tus discípulos no ayunan?’
El Bautista había venido a preparar los caminos del Señor; en torno a él se reunieron muchos que lo escuchaban y querían seguir sus enseñanzas para prepararse debidamente como Juan proclamaba. El bautismo, sumergiéndose en las aguas del Jordán, era un signo de esa preparación que iba acompañada de una austera como la de su maestro. Seguidores quizá de los esenios establecidos por aquellos lugares – recordemos Qumrán a orillas del mar Muerto – vivían una vida semejante de austeridad y penitencia.
Lo mismo los fariseos, caracterizados por la escrupulosidad con que seguían multitud de normas y preceptos, ritualismos y rezos delante de todos, a los que Jesús vemos cómo criticará en muchas ocasiones. Capaces de pagar el diezmo por el comino y la hierbabuena se quedaban muchas veces en esas minuciosidades y no dándole importancia a lo que verdaderamente era importante.
Pero el Mesías había llegado. Jesús estaba en medio de ellos. Con El todo era distinto. Y para responder a la pregunta Jesús les pone unos ejemplos. ‘¿Pueden estar tristes los amigos del novio en la celebración de la boda de su amigo?’ La presencia de Jesús era como un banquete de bodas. Así lo había anunciado el profeta. Recordemos a Isaías cuando habla del festín de manjares suculentos y enjundiosos preparado en el monte del Señor donde ya no cabía ni luto, ni llanto ni dolor. Y Jesús mismo muchas veces había comparado en sus parábolas al Reino de los cielo con un banquete de bodas.
Por eso Jesús les habla de esa vida nueva y distinta cuando se está con El. Había venido a hacer un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva, un hombre nuevo. Todo había de renovarse. Y renovarse es hacerse nuevo. Renovar no es poner remiendos, hacer arreglitos. Es el ejemplo que Jesús les pone. Una vestidura nueva con un paño nuevo y no remendado.
Les habla también de los odres nuevos y viejos y del vino nuevo. Un odre nuevo ya sea un pellejo curtido para ser convertido en recipiente, o ya fuera un odre o recipiente hecho de barro, porque el odre viejo tiende a reventarse cuando se le pone el vino nuevo con toda su fuerza al fermentar. ‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice Jesús. Así tiene que nuestra vida, ese odre nuevo en el que quepa el vino nuevo del evangelio, la vida nueva que Cristo nos da. No podemos andar ni con remiendos y con cosas del hombre viejo.
Pero, ¿no andaremos en nuestra vida cristiana muchas veces contentarnos con remiendos y arreglitos o siendo aún un hombre viejo, como un odre viejo? Andamos muchas veces con añoranzas de cosas de otro tiempo, que pudieron ser muy válidas en su momento, pero que hoy el Espíritu que guía a la Iglesia de Dios nos va haciendo surgir algo nuevo en nuestra vida y en la vida de nuestra Iglesia.
Dejemos actuar al Espíritu divino que nos renueva, que nos hace hombres nuevos. Recuerdo aquello que decía el Beato Juan XXIII de abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrara el viento nuevo del Espíritu. Y convocó el concilio Vaticano II. Y sopló en la Iglesia ese aire renovador del Espíritu. Y todos vivimos con ilusión y esperanza aquellos momentos primaverales de la Iglesia. Pero para algunos hoy parece que el Concilio Vaticano II no se hubiera celebrado. Y no quiero ni imaginar que en su interior estén pensando que aquello fuera un error en la Iglesia. Esa impresión dan algunas veces con la involución que se ve en ciertos sectores.
Mucho se podría hablar de esto. Vuelta a latines y ritos antiguos, devociones piadosas más propias del siglo XIX que del siglo XXI en que vivimos, conservadurismos a ultranza, vuelta a encerrarnos en nuestras iglesias sin un compromiso serio en la vida social de nuestros pueblos por parte de muchos incluso pastores del pueblo de Dios. Y claro al hombre de hoy hay cosas que no le dicen nada. Y es al hombre de hoy al que tenemos que anunciar el Evangelio y en es en el mundo de hoy donde tenemos que vivirlo y mostrarnos como cristianos. ¡Qué poco vamos a profundizar en el evangelio dejándonos conducir e iluminar por el Espíritu Santo!
¿Queremos ser de nuevo odres viejos? ¿Queremos apagar el fuego del Espíritu que ha ido guiando a la Iglesia a una renovación grande? ¿Queremos seguir con remiendos y componendas? El Evangelio tiene que ser siempre y en todo momento Buena Noticia; luego tenemos que sentirlo como algo nuevo en la vida de cada día. No es noticia hoy que nos digan que Colón descubrió América para Europa a finales del siglo XV, porque eso ya todos lo sabemos. Noticia es lo nuevo que sucede ahora y que nos comunican. Pues eso tiene que ser el Evangelio, Buena Noticia que es su significado, en el hoy de nuestra vida. Y esa Buena Noticia nos está pidiendo renovación, vida nueva en este momento en que vivimos, de ninguna manera simples remiendos.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Vivamos con radicalidad esa vida nueva del Evangelio. Seamos ese hombre nuevo del Reino de Dios.

viernes, 5 de septiembre de 2008

A vino nuevo, odres nuevos

1Cor. 4, 1-5
Sal.36
Lc. 5, 33-39

‘A vino nuevo, odres nuevos’. Así nos dice Jesús en el Evangelio. ¿Qué querrá decirnos?
Podemos recordar otro pasaje del Evangelio que nos habla también de vinbo nuevo, en este caso del evangelio de san Juan. Lo recordamos. Las Bodas de Caná de Galilea. Allí ofrece Jesús un vino nuevo en aquella boda. El evangelista no habla de milagro sino de signo, queriendo decirnos que las acciones maravillosas que hace Jesús son señales de algo más que Jesús quiere realizar. Ese vino nuevo de las bodas de Caná fue un signo por el que muchos discípulos creyeron en él; el inicio, podíamos decir, de algo nuevo que Jesús quería ofrecernos.
El inicio de la predicación evangélica fue una invitación a la conversión, tanto en la predicación de Juan como preparación para la venida del Mesías, como los primeros pasos de Jesús en Galilea. ‘Convertíos y creed en el Evangelio’. Convertíos porque el anuncio de algo nuevo se está realizando. Evangelio es Buena Noticia. Con Jesús llegaba esa Buena Noticia. Con Jesús se estaba haciendo el anuncio de algo nuevo y para creer en ello había que darle la vuelta a la vida, convertirse.
Vino nuevo que necesita unos odres nuevos; vida nueva que necesita un cambio total y radical en la vida anterior; nacer de nuevo que dice Jesús a Nicodemo; levadura nueva, porque hemos de quitar la levadura vieja, que le decía Jesús a los discípulos; hombres nuevos, que nos dirá luego san Pablo, arrancando de nosotros el hombre viejo.
Es que es eso lo que significa creer en Jesús. Eso es lo que tiene que realizarse en nuestra vida. Conversión, porque no podemos andar con componendas ni paños calientes. Hoy Jesús nos dirá que no podemos andar con remiendos. ‘Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea lo nuevo, y la pieza no le pega a lo viejo’.
Esto tendría muchas consecuencias en nuestra vida. En ese camino de santidad que queremos recorrer, no podemos andar con arreglos con el pecado. ‘Seréis santos, como vuestro Padre del cielo es Santo’, nos dice Jesús en el Evangelio. Cuando viene la tentación no podemos andar haciendo arreglitos. Como Jesús en el monte de la Cuarentena tenemos que saber decir no. Es la radicalidad del amor. Es la radicalidad con que hemos de vivir la santidad.
Jesús anuncia el Reino de Dios, por el que hemos de optar con toda nuestra radicalidad. Jesús nos está proponiendo un nuevo estilo de vivir, que es el Reino de Dios. Ese Cielo nuevo y esa Tierra nueva de la que nos habla el Apocalipsis, porque el primer mundo ha pasado. Pero ¿qué hacemos nosotros? ¿Somos en verdad en nuestra Iglesia testigos de ese mundo nuevo, de ese estilo nuevo del Evangelio? ¿De verdad el Reino de Dios es la opción radical de nuestra vida? ¿En nuestras actitudes y en nuestro comportamiento somos testigos de ese estilo nuevo del Reino de Dios? ¿Vivimos la libertad gloriosa de los hijos de Dios, porque Cristo nos ha liberado?
Cuando Jesús les habla a los discípulos del vino nuevo y de los odres nuevos, de la levadura vieja de los fariseos que hay que quitar, está diciéndoles que sus actitudes, su estilo de vivir con la llegada del Reino de Dios tiene que ser totalmente nuevo.
Pero pareciera que los cristianos volvemos muchas veces a los viejos rituales, a cargarnos de normas y preceptos como Jesús denunciaba en los fariseos y en los maestros de la ley. Algunas veces en algunas instituciones y en la misma Iglesia pareciera que le damos más importancia a todas esas normas y preceptos de los que hemos llenado la vida de nuestras instituciones que del estilo libre del Evangelio. Tenemos el peligro y la tentación de volver a actitudes farisaicas donde lo más importante es lo externo, porque no se tiene en cuenta como se debiera la pureza del corazón.
Hace unos años entró en la Iglesia el aire nuevo del Espíritu con el Concilio Vaticano II, y confieso que algunas veces parece como si volviéramos en muchas cosas a antiguos ritos y antiguas costumbres, ahogando el espíritu de renovación que resplandeció en la Iglesia en los tiempos del Concilio. Por el miedo a equivocarnos, a que se cometan errores o se tengan tropiezos se coarta la libertad en muchas ocasiones de nuevas iniciativas renovadoras que nos harían caminar impulsados por esa fuerza siempre nuevo y joven del Espíritu. Pareciera que nos hiciéramos viejos y timoratos en ese miedo a lo nuevo que el Espíritu pudiera seguir sugiriendo a la Iglesia de tantas maneras.
Como nos decía san Pablo en la carta a los Corintios ‘el Espíritu iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón’. Que el Espíritu nos ilumine, con su fuego queme esa vieja levadura que muchas veces dejamos escondida en muchos rincones del corazón, y nos haga encontrar esos nuevos odres que contengan ese vino nuevo del Evangelio impulsor de vida nueva para nosotros y para nuestra Iglesia.