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domingo, 23 de agosto de 2026

A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

 




A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

Isaías 22, 19-23; Salmo 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

No siempre es fácil definirnos en la vida, porque las cosas son más complejas que lo que aparentemente se nos pueden ofrecer y nos entran nuestros miedos, nuestras personales consideraciones si lo que vamos a decir cae bien a todos, las influencias que recibimos de lo que nos rodea o de quienes dirigirnos en una dirección determinada según los intereses de cada uno. Decimos, es verdad, que somos libres y que cada uno tiene su opinión y se expresa como quiere, pero quizás no siempre actúa con esa auténtica libertad porque son muchas las presiones que puede también recibir en un sentido o en otro; también está nuestra propia debilidad o nuestra poca madurez para tener ideas claras, para hacer opciones que puedan comprometer nuestra vida. Definirnos sobre algo es bastante complejo en muchas ocasiones.

¿Será eso lo que de alguna manera les está planteando Jesús? Ya llevan un tiempo con él en una cercanía que otros no tienen, un día habían optado por seguir a Jesús, tras la invitación del propio Jesús o desde inquietudes que sentían en su corazón. Algo podían ellos ir sintiendo ya dentro de sí sobre lo que Jesús estaba significando en medio del pueblo y para sus propias vidas; veían también las respuestas diversas que se iban dando al mensaje de Jesús, desde quienes se entusiasmaban con sus palabras o con los signos que realizaba hasta lo que hacían oposición frontal al mensaje de Jesús desde sus distintas posiciones, en algunos casos muy interesadas. Y entonces surge la pregunta de Jesús.

Están ya un poco fuera del territorio palestino porque están en la región de Cesarea de Filipo, muy al norte, en el nacimiento del Jordán y en las fronteras con Fenicia. A Jesús les gustaba llevar a los discípulos más cercanos a lugares apartados donde no hubiera tanta presión de la gente que los seguía y no les daba tiempo ni para comer, como en algún momento se dice, y es ahí donde los cuestiona.

Primero que manifiesten lo que ellos escuchan que la gente piensa de Jesús. Una pregunta más fácil de responder porque se trata de hacer como se dice ahora una lluvia de ideas recogiendo las opiniones que conocían de la gente. ‘¿Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Un profeta como no lo ha habido nunca igual, vienen a decirle, porque recuerdan a los antiguos profetas, o recuerdan a Juan que recientemente había aparecido en las orillas del Jordán, del que algunos de ellos habían sido también discípulos.

Pero Jesús no se quiere quedar en esas generalidades y la pregunta va directa a lo que ellos puedan pensar. ‘Y vosotros, ¿quien pensáis que soy yo?’ La respuesta no surge ahora tan espontánea; podemos imaginar como se miran los unos a los otros a ver quien es el primero que se atreve a hablar. Y será Simón Pedro el que se adelantó tomando la iniciativa y poco menos que la representación del pensamiento de todos. ‘Tú eres el Mesías, el ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Una profunda afirmación de fe que incluso Jesús le dirá que no lo está diciendo por si mismo, sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Una profunda afirmación de fe que va a provocar una promesa de Jesús, porque ahí está la roca sobre la que se va a fundamentar la Iglesia, esa nueva familia de los hijos de Dios que se está constituyendo en la medida en que se va haciendo más presente el Reino de Dios. ‘Eres la roca sobre la que edificaré mi Iglesia y el poder del maligno no podrá contra ella… en tus manos están las llaves del Reino, en torno a esta roca se va a formar, se va a entrelazar una nueva unión, una nueva comunión…’

Son cosas muy importantes las que aquí escuchamos, es el comienzo de algo nuevo como nueva tiene que ser nuestra vida desde ese encuentro vivo con Jesús. Aquí estamos proclamando lo que es nuestra fe, pero también lo que tiene que ser nuestro camino de ahora en adelante. Aquí al proclamar nuestra fe nos estamos manifestando también con humildad porque solo desde la fuerza del Espíritu de Dios en nuestro corazón. podremos proclamarla y podremos vivirla.

Cambien tenemos nuestros miedos y nuestras dudas, también rebrotarán muchas veces nuestras cobardías y nuestros tropiezos, como Pedro a quien vemos hoy haciendo esta hermosa confesión de fe; pero es el Pedro que quería quitarle de la cabeza a Jesús la idea de su subida a Jerusalén con todo lo que allí podría suceder; es el Pedro que se siente pequeño y pecador cuando ve las maravillas de Dios que se realizan en Jesús como cuando la pesca milagrosa; es el Pedro que en un momento querrá utilizar las mismas armas del mundo para defender a Jesús como cuando sacó la espada de la violencia en el Huerto de los Olivos; el Pedro que se había quedado dormido cuando Jesús los invitaba a la vigilancia; el Pedro que se quedaba extasiado en los momentos de gloria, pero que recularía cuando alguien le dijera que él también era de los que estaban con Jesús.

Son también nuestros miedos y nuestras dudas, nuestras debilidades y nuestras tibiezas, pero los que tenemos que tenemos que seguir confiando en Jesús, dejándonos conducir por su Espíritu, poniendo todo nuestro empeño en seguir sembrando en los surcos de la vida esa nueva semilla del amor. Jesús quiere seguir confiando en nosotros, ¿qué respuesta le damos? ¿Llegaremos nosotros a definirnos por Jesús y por el evangelio?


lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?


viernes, 3 de abril de 2026

Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

 


Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Hoy no es un relato más el que escuchamos; no solamente se contenta el evangelista con narrarnos con la mayor fidelidad unos hechos. Más que una historia es una revelación, la gran revelación de lo que es el amor, de donde se es capaz de llegar cuando hay amor, de cómo cuando hay amor no es un apresamiento y te conduzcan a la condena y a la muerte sino que es el testimonio de una entrega, es decirnos quien es ese Jesús que vemos en esta pascua subir hasta el Calvario.

Ya desde el principio de la propia narración se nos hace esa gran revelación aunque turbados por los momentos trágicos que contemplamos al principio no lleguemos a captar todo el sentido de lo que sucede. Jesús está en el huerto de Getsemaní, contemplamos su agonía y su oración, como contemplamos la dejadez de los discípulos que se caen de sueño; allí llegará Judas con aquellos guardias que le acompañan para culminar su traición. Pero hay algo que nos dice el evangelista y no puede pasar desapercibido, al oír el tumulto que llegaba es Jesús el que se adelante y les sale al encuentro. ‘¿A quién buscáis?’ La pregunta es inesperada y se detienen paralizados respondiendo, ‘A Jesús, el de Nazaret, el Nazareno’, le responden. Y allí se escucha la voz firme y serena de Jesús, ‘Yo soy’, y todos reculan ante estas palabras.

‘Yo soy’ era lo mismo que decir en hebreo ‘Yahvé’, el nombre de Dios. Y es Jesús el que se entrega y ya se dejará hacer hasta que es conducido hasta el Gólgota para ser crucificado. Es Jesús el que se entrega, porque allí está por amor y ese es el sentido del amor, porque el amor siempre se adelanta, el amor se hace entrega, el amor asume con total libertad hasta las cosas más costosas que no se hacen solamente ni principalmente por obligación o sumisión. Así lo había ido expresando Jesús desde sus primeros anuncios de lo que iba a suceder en Jerusalén y los evangelistas nos dicen que andaba como con prisas cuando subía a Jerusalén, porque el amor no espera a que otros hagan o empiecen, el amor siempre toma la iniciativa.

Es lo que hoy estamos contemplando en la pasión y la muerte de Jesús. Como hombre también había sentido miedo y no quería pasar por esas cosas tan dolorosas, pero Él era el mayor y mejor signo de lo que es el amor de Dios por eso da ese paso adelante en su amor para decir ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’, como lo expresa en la oración de Getsemaní.

Y amando, aunque sea en medio del sufrimiento, tiene aun tiempo y motivación  para mirar a Pedro con una mirada de comprensión y misericordia después de su negación, tendrá serenidad suficiente para detenerse en la calle de la amargura para consolar a aquellas mujeres que lloran a su paso pero dejándoles un mensaje de consuelo y esperanza, declarará ante el sumo pontífice su condición de Hijo de Dios aun sabiendo que pueda ser una razón más para su condena, claramente se presentará ante Pilatos para proclamar que es rey de la verdad y de la vida y que por eso ha venido al mundo, aceptará humildemente la ayuda del Cireneo porque la mecha humeante no hay que apagarla y aquel gesto de amor  que recibe es una respuesta al amor de Dios que allí se está manifestando, tendrá palabras de esperanza para los que están condenados con Él y a quien muestra arrepentimiento le ofrecerá está aquel mismo día en el paraíso. Al final   el evangelista no nos dirá simplemente que Jesús murió sino que nos dirá que Jesús entregó su Espíritu, o como nos dirá otro evangelista poniendo en labios de Jesús ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

¿Qué nos está revelando Jesús? La entereza y la fortaleza del amor que hará que a última hora hasta el centurión romano reconoce que es un justo inocente que ha realizado la mayor de las pruebas del amor. Más que una historia es una revelación, ya decíamos desde el principio. Es la muestra del paso de Dios que siempre es regalo de amor, que siempre es camino que se nos abre para la vida y para la salvación. Es lo que hemos de sentir en este día. No nos quedamos en los detalles, pero en los detalles tenemos que ir contemplando toda esa ofrenda de amor.

Pero como decíamos es una revelación que nos pone en camino, porque no leemos simplemente el evangelio como quien lee un libro porque quiere conocer unos datos históricos; nosotros contemplamos y contemplar es ir a lo más hondo de lo que se nos puede decir en la fachada del relato de unos hechos que nosotros queramos conocer para ir a lo que está en el fondo de cuanto contemplamos; y es lo que podemos descubrir que va a implicar toda nuestra vida porque ya no podemos ir por la vida como si nada hubiéramos contemplado, porque ahora nosotros nos vamos a sentir inundados y empapados por tanto amor, porque quizás nos haga despertar de esas somnolencias con que hemos vivido muchas veces nuestra fe.

Hay un detalle final y es que van a aparecer dos personajes que eran discípulos ocultos de Jesús y ahora van a dar la cara; Nicodemo el que había ido de noche a ver a Jesús y José de Aritmatea del que hasta ahora no sabíamos nada; se atreven a presentarse ante Pilatos, y alguna razón tenían que esgrimir, para pedir el cuerpo de Jesús y darle digna sepultura; tanto es así que José de Aritmatea ofrecerá su propia sepultura excavada en la roca de su huerto para que allí depositan el cuerpo de Jesús. Siempre habrá alguien que tras la primera impresión de un momento duro y de dolor hará aflorar lo mejor de su corazón para dar un paso adelante.

Contemplemos en silencio, rumiemos en nuestro corazón cuanto vamos contemplando, envolvámonos en este viernes santo en esta atmósfera de amor y terminemos confesando nuestra fe que nos abre a un nuevo camino en nuestra vida.


viernes, 26 de septiembre de 2025

Una pregunta fundamental hemos de hacernos sobre si la fe que profesamos define en verdad lo que vivimos marcando diferencias con los que no tienen fe

 


Una pregunta fundamental hemos de hacernos sobre si la fe que profesamos define en verdad lo que vivimos marcando diferencias con los que no tienen fe

Ageo 2, 1-9; Salmo 42; Lucas 9,18-22

Hay personas o personajes, con una cierta cercanía por diversas circunstancias a nosotros o a nuestra vida, que no nos dejan indiferentes. Personajes de la historia, personajes de hoy en un ámbito más universal que se sale de nuestra localización particular, o personas con las que de alguna manera hemos tenido alguna relación; nos ha llamado la atención su forma de vivir y actuar, nos habrán impresionado sus mensajes o sus palabras que han calado en nosotros haciéndonos pensar o haciendo que nos planteemos las cosas de otra manera, habrán sido gestos comprometidos con los que les hemos visto actuar y han dejado huella en nosotros. No sabemos cómo definirlos, pero quizás hayan sido un toque para nuestra conciencia que no podemos olvidar, una invitación a algo nuevo y distinto de lo que hacíamos de siempre. ¿Quién no sigue recordando un determinado profesor que tuvimos en un momento de la vida? ¿Quién olvida aquella palabra que recibimos quizás de nuestro padre que nos abrió los ojos a la vida?

Hoy en el evangelio Jesús nos lanza una pregunta muy importante. De alguna manera nos está preguntando cual es la huella que El nos deja en la vida. En el episodio del evangelio la ocasión viene motivada en unos momentos de especial intimidad de Jesús con sus discípulos más cercanos; el texto paralelo en Mateo nos sitúa el momento casi en las afueras del territorio judío cuando Jesús se había retirado con los discípulos para aquellas charlas tan especiales que Jesús tenía con ellos y en las que dejaba transparentar todo lo que llevaba en su corazón.

Ahora les pregunta en primer lugar por lo que ellos captan del sentir de las gentes sobre la presencia de Jesús. ¿Estará en verdad dejando una huella especial en aquel pueblo que le escucha y donde anuncia el Reino de Dios o les dejará indiferentes? ¿Qué piensa la gente de Jesús? ¿Cuáles son sus comentarios? Y los discípulos se explayan, pues son diversos los comentarios, las opiniones que la gente tiene de Jesús. ¿Un gran profeta? ¿Será que Juan Bautista, recientemente decapitado por Herodes, ha vuelto a la vida? ¿Será la vuelta del profeta Elías, como lo habían anunciado los profetas, después de haber sido arrebatado al cielo en un carro de fuego? Nadie ha hablado como este hombre, decían algunos; Dios ha visitado a su pueblo, comentaban otros; es el que viene en el nombre del Señor, le aclamarían un día. Sin embargo no todos lo tenían claro.

Pero Jesús quiere saber algo más y pregunta por lo que ellos sienten ante su presencia, qué significa Jesús para ellos. Si Herodes, como veíamos en el texto anterior, se preguntaba quién era este hombre por todo aquello que escuchaba acerca de Jesús, ahora es Jesús el que pregunta ‘y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta está pronta en los labios de Pedro, ‘el Mesías de Dios’.

Pero las preguntas somos nosotros los que las escuchamos hoy y a lo que tenemos que dar una respuesta, sobre lo que contemplamos en la vida y en el mundo que nos rodea de la percepción que tienen de Jesús, pero también de una forma concreta sobre lo que en verdad es nuestro pensamiento, más aún, nuestra fe. ¿Se estará quedando indiferente el mundo que nos rodea ante la persona y el mensaje de Jesús? Somos conscientes de la mezcolanza de opiniones que podemos percibir en el mundo que nos rodea.

No todos sienten la admiración de la fe, que nosotros podríamos sentir; no todos hacen una valoración igual aunque parezca que el evangelio y el cristianismo han influido en la vida y en la cultura de los hombres a través de los tiempos. Es cierto que hay toda una simbología que envuelve nuestra cultura y ha motivado de alguna manera la historia a lo largo de los siglos, pero ¿habrá quedado sembrada a pesar de todo eso la semilla del evangelio en nuestro mundo? Reconozcamos que se ha diluido mucho en nuestros tiempos ese mensaje de Jesús y lo que pueda significar la presencia de Jesús en la vida de la humanidad. Y nos encontraremos igualmente un desconocimiento muy grande a nuestro alrededor, por una parte por una deficiente formación que ha ido acrecentando ese desconocimiento, pero también por ese abandono de la fe y de todo lo que tenga un significado religioso desde ese materialismo que nos va envolviendo y haciendo caer en un nuevo ateismo en nuestra sociedad de hoy. Es la cruda realidad.

Pero nosotros los que nos llamamos cristianos y no solo porque hayamos sido bautizados de pequeños, ¿qué es lo que encontramos en Jesús? ¿Qué significa para nosotros y como está influyendo en nuestra vida? No nos basta que nos sepamos de memoria el Credo y podamos decir maravillas de nuestra fe como cosas que hemos aprendido bien, sino que se trata de preguntarnos si esa fe está definiendo nuestra vida y marcando diferencias. Jesús no nos está pidiendo palabras sino preguntándonos por el testimonio que seamos capaces de dar a través de nuestra vida.

Jesús después de la confesión de Pedro necesitó hacer unas aclaraciones muy importantes para que todo no se quedara en bonitas palabras. Habló del Hijo del hombre que se entregaría hasta la muerte, significando con ello el amor sublime que El había de vivir y que tiene que ser también el distintivo de nuestra vida. El anuncio que Jesús hace de su pasión y de su pascua no son solo palabras que describan un momento sino puerta que se abre para que nosotros en esa fe que tenemos en Jesús seamos capaces también de vivir esa pascua en nuestra entrega y en nuestro amor. ¿Será esa también nuestra confesión de fe?

jueves, 7 de agosto de 2025

Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

 


Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

Números 20, 1-13; Salmo 94; Mateo 16, 13-23

Tener claro quienes somos y a dónde vamos es algo que consideramos fundamental como persona, pero también como pueblo, como miembro de una comunidad, para manifestar claramente cuál es nuestra identidad, manifiesta nuestra madurez humana y también la grandeza que como pueblo tengamos, pero es algo que poco a poco vamos desarrollando, vamos haciendo crecer en nosotros, de tal manera que marcaremos nuestro sello personal, o como pueblo.

Quien anda por la vida sin saber bien quién es, y no se trata de nombre o identificaciones externas, camina como desorientado y sin rumbo, le faltarán metas en su vida, no encontrará valor a su existir, y así vemos a muchos desencantados, aburridos de la vida, sin saber qué rumbo tomar. Y lo vemos también como pueblo o miembros de una sociedad; hay pueblos que tiene muy clara su identidad, quizás se basan mucho en sus tradiciones que tratan de conservar, pero se nota en ellos una unidad en ese camino que quieren realizar; como también nos encontramos con pueblos que son como un aglomerado de personas, venidas quizás de acá o de allá, o quienes aunque nacidos en ese pueblo por diferencias y distanciamientos entre unos y otros no llegan a tener esa identidad.

Pueden parecer unas reflexiones meramente humanas o sociales, pero me las hago también desde lo que hoy nos aparece en el evangelio. Primero están las preguntas que Jesús les hace a los discípulos. ¿Qué piensa la gente o qué piensan ellos mismos de quién es Jesús? No es que Jesús no tenga clara cuál es su identidad y su misión, como vemos palpablemente a través de todo el evangelio, pero era necesario que quienes querían seguirle también tuvieran clara esa identidad de Jesús. No es lo mismo pensar que Jesús es un personaje histórico que tuvo su importancia y su influencia en un momento determinado, que descubrirlo como verdadero salvador, como Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

Claro que a los seguidores de Jesús, sus discípulos y cuantos se acercaban a Él para escucharle atraído por sus palabras pero también por los signos que manifestaba de algo nuevo, no lo tenían tan claro. Para algunos como Herodes era como una reencarnación de Juan a quien Herodes había mandado matar; mucha gente lo veía como un gran profeta, como aquellos grandes profetas que se mencionaban en las Escrituras, pero aún no habían dado el paso, no habían llegado a reconocer de verdad quién era Jesús.

Los propios discípulos, los apóstoles que formaban ya su grupo más cercano, se quedan perplejos con la pregunta de Jesús sobre todo cuando es dirigida directamente a ellos. Será Pedro el que se adelante a dar la respuesta. Merecerá incluso la alabanza de Jesús; pero también Jesús les dirá que aquello no es solo fruto de un descubrimiento propio, sino que allí estaba actuando el Espíritu de Dios, era el Padre quien lo había revelado en el corazón de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Vienen luego las promesas de Jesús, la misión que le va a confiar a Pedro. Serás piedra – y está junto con la palabra y el nombre – sobre el que edificaré mi Iglesia. ¿Es solo una persona, por así decirlo, lo que va a ser el fundamento de esa Iglesia que nace?  Todo arranca desde esa fe de Pedro que ha confesado a Jesús como el Hijo de Dios. Nuestra identidad como Iglesia no es pensar en una organización social con sus líderes o sus dirigentes desde unos planes o desde unas organizaciones. Cuando miramos a la Iglesia así, cuando trabajamos solo así desde la Iglesia nos quedamos en un pobre concepto de Iglesia. Es por lo que tantos hoy en nuestro mundo no terminan de entender el sentido y el valor de la Iglesia.

Cuando escuchábamos en meses pasados con motivo de la muerte del Papa y la elección del nuevo Papa los comentarios que se hacían desde muchos medios de comunicación social era para echarse a temblar, era para llorar por el pobre concepto que se tiene de la Iglesia. Claro que tenemos que plantearnos seriamente si es esa la imagen como iglesia damos los cristianos o el actuar de la misma Iglesia.

La Iglesia no la podemos entender sin relación a nuestra fe en Jesús. Esa es la piedra, ese es el fundamento sobre el que está fundada la Iglesia, aquella fe que proclamó tan acertadamente Pedro y que precisamente será luego su misión. ‘Cuando te recobres, le dirá Jesús, va a tener que alentar la fe de tus hermanos’.

Es lo que nos identifica como Iglesia que luego expresaremos en esa comunión que entre nosotros tiene que haber y que tenemos que saber mantener, la manifestaremos con nuestro compromiso por hacer un mundo mejor, la manifestaremos en todos esos gestos que tenemos que ir realizando desde nuestro amor para que el mundo crea. Pero no es solo hacer cosas, no es solo que digamos que tenemos que estar unidos y amarnos, no es solo que trabajemos por la paz y la justicia, es sobre todo la fe en Jesús que profesamos que será el fundamento, que será el motor de todo lo que luego tenemos que vivir.

¿A los que decimos que pertenecemos a la Iglesia, por decirlo de alguna manera, nos reconocerán en el mundo por nuestra fe en Jesús? ¿Es la buena nueva de Jesús que nos lleva a la fe lo que en verdad predica y transmite la Iglesia y los que en ella estamos?


sábado, 22 de febrero de 2025

La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará

 


La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará

1Pedro 5, 1-4; Salmo 22; Mateo 16, 13-19

Cuando nos anuncian  que viene un temporal – ahora nos estamos acostumbrando demasiado a las alertas amarillas o no sé de qué color que al final no les hacemos caso – buscamos refugio seguro, si nos encontramos en descampado buscamos donde guarecernos y algo que nos sirva de apoyo para que no nos arrastren los tormentosos vientos.

Así hacemos y nos prevenimos frente a los fenómenos de la naturaleza, pero no sé si en la vida estaremos atentos a muchas cosas que podían hacer peligrar no quizás nuestra vida física, pero sí la integridad que hemos de tener como personas. Serán corrientes de opinión, ideologías o formas de pensar que no cuidan los valores más humanos que tendríamos que salvaguardar, formas que van apareciendo en la sociedad que sentimos que todo lo destruyen queriendo hacer desaparecer los cimientos sobre los que hemos ido construyendo nuestra vida y nuestro mundo. ¿Estaremos atentos de verdad a los nuevos ritmos que se quieren imponer? ¿Cómo nos protegemos?

Pero igual nos sucede en el ámbito de nuestra fe; también son muchos los peligros que algunas veces tenemos en nosotros mismos porque no sabemos cuidar ni alimentar nuestra fe; estamos envueltos en un mundo convulso, como vemos en todos los aspectos de la vida, pero que también nos afecta; la indiferencia y el materialismo de la vida, la superficialidad con que vivimos o las vanidades que nos cautivan, ese mundo confuso de ideas y pensamientos que también nos afectan en lo religioso, nuestra propia debilidad que hace que perdamos muchas veces y en muchas cosas nuestra estabilidad y nos sentimos inseguros, malos ejemplos que nos arrastran además de la oposición que vamos encontrando en la sociedad misma a todo lo que suene a religioso o a principios cristianos.

La Iglesia, como dijo Benedicto XVI, en algunos momentos: ‘nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes’. Pero es ahora donde tenemos que escuchar las palabras de Jesús que son siempre palabra de vida para nosotros. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. No hace mucho ya hemos hecho algún comentario sobre este texto. Hoy lo escuchamos de nuevo en esta fiesta de la Cátedra de san Pedro.

Está por una parte la respuesta de los discípulos de lo que la gente pensaba de Jesús, pero está también la confesión de fe de Pedro. Algo, es cierto, que tenemos que renovar en nosotros. Que tengamos claro quien es Jesús para nosotros, que tengamos claro cual es el fundamento de nuestra fe. Es necesario fortalecernos y eso ha de pasar también por una verdadera formación en todo lo que es el ámbito de nuestra fe. Algo que realmente nos falta y que es lo que más nos debilita, porque nos hace sentirnos inseguros.

Pero escuchamos las palabras de Jesús. Ya vemos en el evangelio en muchas ocasiones la admiración de Jesús ante la fe de la gente, ante el centurión romano, ante la mujer cananea, ante aquella mujer que se atreve a tocar la orla de su manto, ante la mujer pecadora, ante el paso que da Zaqueo al sentir que ha llegado la salvación a aquella casa… y así podríamos pensar en muchos más momentos.

Es la admiración de Jesús por la fe de Pedro a partir de lo cual es Jesús el que comienza a confiar en Pedro. ‘Tú eres piedra’, le dice; va a ser Pedro fundamento de su Iglesia, ‘y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará’.

¿No nos sirven de consuelo y estímulo estas palabras de Jesús? Tenemos el apoyo frente a los fuertes vientos que parece asolar la Iglesia, asolar nuestra fe; tenemos el refugio que nos da seguridad y fortaleza frente a esas tempestades de la vida, frente a ese mar embravecido. La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará.

Es la Palabra de Jesús que nos ha asegurado que estará con nosotros hasta el final de los tiempos. Y certeza de esa presencia de Jesús la tenemos en la Iglesia que nos trasmite la Palabra de Jesús; es en la Iglesia donde podemos sentirnos seguros porque allí sentiremos siempre la presencia de Jesús. La tenemos en la Palabra que nos llega a través del magisterio de la Iglesia, la tenemos en los sacramentos donde nos llenamos de la gracia de Dios, nos alimentamos o curamos nuestras heridas, porque tenemos la certeza de la misericordia y del perdón; la tenemos en la misma comunidad de hermanos que formamos todos los que somos Iglesia, porque allí donde dos o tres se reúnan en mi nombre allí estaré yo, que nos dice Jesús.

¿Queremos mejor refugio frente a esos vendavales? ¿Queremos mayor seguridad frente a esos vientos impetuosos? La barca de la Iglesia no se hundirá, nos lo ha dicho el Señor. ¡Qué seguridad de gracia podemos tener!

 

jueves, 20 de febrero de 2025

Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

 


Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

Génesis 9,1-13; Salmo 101; Marcos 8,27-33

Seguro que más de una vez o lo hemos hecho o nos ha sucedido, un amigo tenía ganas de hablar con nosotros, o igualmente éramos nosotros los que teníamos ganas de estar con esa persona y charlar y hemos dicho vamos a dar un paseo; una ocasión para una conversación distendida, para compartir cosas que nos suceden, para sacar de nuestros pensamientos lo que quizás no hablamos con todo el mundo, oportunidad para un desahogo, decir algo que teníamos ganas de soltar desde hacía tiempo y no sabíamos como; nos sentamos bajo un árbol, alrededor de un café en una mesa, en una piedra del camino, o simplemente caminamos, pero hablamos.

Es la composición de lugar que me hago al escuchar el pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Jesús se lleva a sus discípulos a ‘un paseo’ bastante largo, porque casi se salen de las fronteras de Palestina llegando a Cesarea de Filipo; ya en otras ocasiones vemos que Jesús hace lo mismo, porque se los lleva a lugares descampados, o sube con algunos a alguna montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea.

Una oportunidad para las confidencias y los desahogos, un poco también para analizar de alguna manera la reacción que la gente está teniendo ante la predicación de Jesús, de ahí las preguntas que surgen, ‘¿qué dice la gente del Hijo del Hombre?’ y los discípulos se van expresando; pero Jesús quiere llegar más hondo en el compartir, no es solo lo que la gente piensa sino lo que ellos piensan. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’.

Preguntas con las que se queda uno callado sin saber qué responder, porque es necesario expresar lo que sentimos, lo que de verdad pensamos. Poniendo imaginación me veo a los discípulos mirándose unos a otros a ver quién es el que comienza a hablar. No se trata ya de lo que dice la gente, sino de lo que dicen ellos. Y vemos que será Pedro el primero que salte con palabras, como le dirá Jesús, que salen de su corazón, pero que es el Padre del cielo el que las ha puesto en su corazón. Pedro está hablando con el corazón en la mano, dejándose llevar por el amor que siente por Jesús, como en otro momento también manifestará, pero dejándose llevar sobre todo por el Espíritu de Dios.

Una hermosa confesión de fe, pero que dará pie para que Jesús les quiera hacer comprender de verdad lo que significan esas palabras que ha pronunciado Pedro; y les habla de cuánto le va a suceder, les está anunciando su pasión aunque ellos no lo quieren comprender y ya Pedro también tratará de convencer a Jesús que eso no le puede suceder a El.

¿No necesitaríamos nosotros también irnos ‘de paseo’ con Jesús? ¿No necesitaremos tener un tiempo para estar a solas con El? Ese tiempo de intimidad y de confidencias, ese tiempo para abrir el corazón y expresar todo lo que llevamos dentro, pero también para escuchar la confidencia de Jesús, lo que Jesús también nos quiere confiar, decir, explicar para abrirnos caminos, para hacernos ver la grandeza de nuestra fe, para que aprendamos a mirar alrededor, para que nos dejemos llenar también por el Espíritu de Dios, para que al final también nosotros digamos como los discípulos de Emaús cómo nos ardía el corazón mientras nos explicaba las Escrituras.

Quizás algunas veces no lleguemos a comprender todo lo que quiere decirnos, nos puede asustar de algún modo las sugerencias que nos hace, estaremos también tentado a replicarle que esas cosas no pueden pasar, como le replicaba Pedro, que solo en la confianza de la intimidad podemos hacer, pero finalmente nos dejaremos llevar por Jesús y su Palabra y aceptaremos también el camino que nos ofrece aunque nos cueste. Tenemos la certeza de que estando con El también nos vibrará nuestro corazón y podremos luego sacar lo mejor de nosotros mismos. Alguna vez habremos pasado por esa experiencia, pero al final hemos sentido su paz en nuestro corazón. Vayamos a estar con Jesús que El también quiere estar con nosotros.

 

domingo, 25 de agosto de 2024

Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

 


Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Hay momentos en la vida en que nos sentimos como en una encrucijada, que es algo más que escoger si vamos para el mar o para el momento, en que tenemos que decantarnos y escoger aunque muchas veces sea costoso o doloroso; pueden ser circunstancias de la vida que nos obligan a tomar estas decisiones, son situaciones en las que nos encontramos quizás revueltos interiormente sin saber lo que nos pasa, son momentos de tensión que nos pueden abocar poco menos que a una crisis existencial porque podríamos estar al borde del estrés que no sabemos a donde nos puede llevar, o son interrogantes profundos sobre la vida, sobre nuestra propia persona, sobre qué es lo que hacemos o pintamos en este estado. Y nos cuesta ver con claridad, todo se nos confunde en nuestro interior, no tenemos claro por donde hemos de decidir, necesitamos quizás una paz interior que no tenemos.

Entre los que seguían a Jesús muchas veces sentían esta incomodidad interior; había cosas en Jesús que les entusiasmaban, que despertaban esperanzas en sus corazones y les hacía soñar, pero también había cosas que no terminaban de entender. Jesús les habla con sencillez, les habla con parábolas, que incluso a los más cercanos se las explica con mayor detalle cuando llegan a casa, pero les habla también con claridad de las exigencias que significaba seguirle y emprender ese camino del Reino de Dios que les estaba anunciando.

Ya sabemos que algunos abiertamente lo rechazaban, algunos quizás porque veían en peligro sus privilegios y los posicionamientos que habían ido adquiriendo en aquella sociedad. Son fuertes las palabras de Jesús en ocasiones, como con aquel signo de purificar el templo de todos aquellos vendedores y negociantes que lo habían convertido en una plaza de mercado. Era todo un signo de la transformación que Jesús quería realizar en el corazón de los hombres para que en verdad naciese una nueva sociedad.

Ahora les ha venido hablando de cómo seguirle es tener una nueva vida, y les habla de comer un pan de vida que será el que les va a dar verdadera plenitud a su existencia, porque quien lo come tendrá vida eterna. Pero les ha costado entenderlo sobre todo cuando les ha dicho que es necesario comerle a El, porque su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida y que quien le come resucitará en el ultimo día. Y su afirmación es rotunda, ‘yo soy el pan de vida y el que me come vivirá por mí’.

Se les hace difícil entender aquellas palabras, porque hacen unas interpretaciones demasiado a lo literal, como literalmente hubieran querido que siempre estuviera alimentándolos con pan milagrosamente como allá en el desierto, sin querer ni saber entender el valor de signo que todo aquello tenía. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’, se dicen unos a otros y a partir de entonces ya muchos no quisieron seguir con Jesús.

‘El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen’, les dice Jesús. Pero creer en Jesús y aceptar sus palabras, que es aceptarle y vivirle a El será algo que no podremos vivir solo por nosotros mismos, entramos en el misterio de algo nuevo, porque estamos entrando en el misterio de Dios. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.

Por allá andan revolviéndose también en sus dudas los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que un día había llamado y escogido de modo especial porque iban a ser el cimiento de aquella Iglesia naciente. Y es a ellos a quienes ahora se dirige directamente: ‘También vosotros, ¿queréis marcharos?’ Una pregunta que quizás también les sobrecoge porque se han visto sorprendidos en sus dudas y también en sus miedos. ¿Hasta dónde llegará su valentía?

Será Pedro el que se adelante, como tantas veces. También él andaba revuelto en su interior en muchas ocasiones, recordamos que le había querido quitar de la cabeza a Jesús el que tuviera que subir a Jerusalén donde habían de prenderle y juzgarle. Pero ahora parece que siente una fuerza interior, como cuando fue capaz de hacer aquella confesión de fe en Cesarea de Filipo que Jesús le diría que no había sido por si mismo por lo que había pronunciado aquellas palabras sino porque el Padre se las había revelado en el corazón. Ahora se adelante también. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Seremos nosotros capaces de reconocer que Jesús lo es todo para nosotros, que queremos comer también de ese Pan de Vida porque en El queremos vivir? Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, unas señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él. ¿Nos encontraremos también en una encrucijada cada vez que comulgamos?

Pensemos, pues, lo que significa ir a comulgar, ir a comer a Cristo. Es comulgar a Cristo porque es hacer que en nosotros no haya otra vida que la de Cristo; es comulgar con su evangelio, con todo su evangelio, con su entrega, con su morir con Cristo para poder en verdad renacer en El. Es comenzar a ver la vida, el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado con una nueva mirada, con una nueva comprensión de las cosas y del camino que tenemos que realizar; es comenzar a subir a Jerusalén con El aunque sepamos que haya calvario, pero con la certeza de la vida nueva de la resurrección.

 

jueves, 8 de agosto de 2024

En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

 


En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

Jer, 31, 31-34; Sal. 94; Mt. 16, 13-23

Hay momentos en que parece que las emociones que se nos suceden están como enfrentadas porque igual pasamos del entusiasmo y la euforia a momentos en que sentimos que las palabras caen como una loza pesada sobre nosotros y no terminamos de entender lo que nos sucede. Todos hemos tenido esos momentos de entusiasmo y hasta de alegría loca, mientras al momento se nos suceden momentos en que todo se nos vuelve oscuro sin encontrar comprensión para lo que sucede.

El pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece pareciera que va por ese camino. El grupo de los discípulos más cercanos a Jesús se encuentran a solas con El en aquellos momentos en que de alguna manera se sienten alejados de los entusiasmos de las multitudes que siguen a Jesús, pero es que son momentos de intimidad, de ir abriendo el corazón, de sentirse a gusto con Jesús, de ir manifestando incluso lo que piensan o lo que sienten, como sucede cuando tenemos esos momentos de mayor cercanía e intimidad.

Es ahí cuando surge la pregunta, o mejor las preguntas de Jesús sobre algo que les obligará a abrir más aun sus corazones aunque no sepan incluso como hacerlo. De alguna manera era preguntar por el cariño que sentían por Jesús aunque esas no sean las palabras que se emplean; pero es preguntar por lo que sienten la gente por Jesús y por lo que sienten ellos por Jesús. Por eso digo, no fue una sola pregunta sino que a la primera de lo que pensaba la gente se sucede la que va más directa a lo que ellos piensan.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Es la primera pregunta en la que se va a ir recogiendo lo que pensaba la gente, por lo que ellos escuchaban; pero era también una forma de expresarse ellos que también podían tener en su mente pensamientos semejantes. Lo llamaban el Maestro, era algo así como reconocer en él lo que también decía la gente de que con su Palabra y su presencia se palpaba un mensaje de Dios como hacían los profetas; esto sí que es nuevo, se decían cuando lo escuchaban, nadie ha hablado como El, con su autoridad. Algo de eso ellos sentían también en sus corazones, pero que muchas veces no sabían como expresarlo y por eso lo habían dejado todo y le seguían.

Aunque ya se van manifestando Jesús quiere algo más, que expresen libremente y con toda confianza lo que ellos verdaderamente sentían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Es la pregunta más directa que también es más difícil de responder. Pedro se convierte en portavoz. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Ahí están las palabras de Pedro, directas y con rotundidad; un día dirá que está dispuesto a todo por El, hasta dar su vida. Ahora deja que salga lo que brota de su corazón. Aunque Jesús le dirá que no lo dice por si mismo, que eso es algo que le ha sido revelado del cielo, que el Padre le ha puesto en su corazón.

Y Jesús le hablará de la misión que le tiene reservada. Ya un día le había cambiado el nombre como adelantando lo que va a ser su misión. Es lo que ahora le dice claramente. Es Pedro, será piedra y piedra que será cimiento, que será fundamento sobre el que se va a edificar la Iglesia. No sé si estarán entiendo todo el significado de las palabras de Jesús porque ahora cuando nos las trasmiten ha pasado ya la resurrección donde llegarán a comprender todo el misterio de Jesús. Pero las palabras de Jesús son también de confianza, ‘el poder del infierno no la derrotará’.

Momentos sí de emoción en aquella conversación de tan gran intimidad; momentos que ponen entusiasmo en sus corazón que se llenan de esperanza porque están vislumbrando algo nuevo que va a surgir, que aquel seguir a Jesús como ellos han hecho por los caminos de Galilea y de Palestina, sí han merecido la pena. Aunque todavía no terminan de entender del todo lo que significa ser el Mesías, ellos parece que están comenzando a ver realizados sus sueños, que eran los sueños del pueblo de Dios que esperaba la salvación.

Pero todo no se queda ahí y es cuando viene el desconcierto. Porque ahora les anuncia que ese Hijo del Hombre al que ellos han proclamado ya como Hijo de Dios, ha de subir a Jerusalén para pasar por una pascua de dolor y de sufrimiento. Porque allí en Jerusalén tendrá que padecer mucho por parte de los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, que iba a ser incluso crucificado, aunque al tercer día resucitaría.

Es como un jarro de agua fría. Y aquel Pedro tan entusiasmado por Jesús y sus promesas le dice que eso no puede pasar, que se lo quite de la cabeza. Y Jesús lo apartará a un lado, porque es una tentación para El, porque piensa como los hombres y no piensa como Dios.

¿No serán las dudas que muchas veces también se nos meten en la cabeza? ¿No serán esos altibajos que tantas veces tenemos en nuestro seguimiento de Jesús que parece que pronto nos cansamos de seguirle y más cuando las cosas se nos pueden poner difíciles? 

En toda esa problemática que nos ofrece la vida, en toda esa problemática que vemos también en medio de la Iglesia, en nuestras comunidades, en toda esa problemática en que tantas veces nos vemos envueltos y que quizás nos hace sufrir, ¿cómo pensamos nosotros y cómo actuamos? ¿A la manera de los hombres, a la manera del mundo, en la forma de solucionar las cosas que tienen las gentes del mundo, o actuaremos según el pensar de Dios y desde otros valores?

jueves, 22 de febrero de 2024

La fe, un regalo de Dios que nos eleva y que nos trasciende, que nos introduce en el misterio de Dios y que nos descubre el verdadero misterio del hombre

 


La fe, un regalo de Dios que nos eleva y que nos trasciende, que nos introduce en el misterio de Dios y que nos descubre el verdadero misterio del hombre

1Pedro 5, 1-4; Salmo 22; Mateo 16, 13-19

Para todo nos buscamos razonamientos, a todo queremos darle una explicación, queremos que todo entre dentro de nuestras razones y es así cómo queremos llegar a convencimientos que luego serán como normas o criterios para nuestra vida. Es bueno que utilicemos nuestra razón, que seamos capaces de dar razón de lo que pensamos o de lo que es el plan de nuestra vida; es el desarrollo de nuestra inteligencia y que tenemos que saber utilizar. Así se ha ido desarrollando el pensamiento del nombre, el pensamiento de la humanidad, y surgirán filosofías o ideologías, surgirán planteamientos de cómo queremos la vida y cómo queremos construir nuestra sociedad. Y entramos en diálogo con los otros y con sus maneras de ver la vida, y así también nos iremos mutuamente enriqueciendo. Ahí está el desarrollo de la persona, el desarrollo de la humanidad.

Pero hay cosas que hemos de reconocer que muchas veces nos superan, aunque parezca que eso nos pueda humillar porque no podemos llegar a comprender. En el fondo queda el misterio de la vida y el misterio de la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida. Entramos en una órbita espiritual y podemos decir también, por qué no, sobrenatural, porque está por encima de lo que cada día caminamos; pero eso nos eleva, eleva nuestro pensamiento, le da también una trascendencia distinta a nuestra vida, y también podemos encontrar así una hondura que le pueda dar un valor y un sentido nuevo a la vida.

Estoy queriendo referirme al ámbito de la fe, donde ya no es solo los pasos que nosotros podamos dar, la profundidad que por nosotros mismos podamos darle a la vida, sino que es algo que se nos revela en nuestro corazón y a lo que hacemos el obsequio de nuestra fe, de nuestro decir sí aunque sea algo que nos supera y que va más allá. En la autosuficiencia que hemos ido adquiriendo con el desarrollo de nuestra razón, algunas veces nos cuesta aceptar ese misterio que hay en nuestra vida y que nos eleva hasta Dios. Por eso a muchos se les atraganta la fe y quieren vivir su vida apartados de esa sobrenaturalidad de nuestra existencia.

Ahí tendríamos que descubrir el regalo de Dios que es nuestra fe. Desde Dios es desde donde podemos encontrar esa dimensión, y para eso también necesitamos humildad para dejarnos conducir. Es en esa humildad, sin dejar de reconocer la grandeza de nuestra razón, de nuestra inteligencia con todo lo que podemos alcanzar, desde donde podemos abrirnos a ese misterio de Dios que se nos revela allá en lo hondo del corazón.

Me ha surgido esta reflexión desde lo que hoy he escuchado en el evangelio. Jesús les hace una doble pregunta a los discípulos más cercanos, a aquellos que siempre están con El, sobre lo que piensa la gente del  Hijo del Hombre y lo que piensan ellos. Recogen, es cierto, el sentir de las gentes que escuchan y siguen a Jesús, pero cuando tienen que mojarse con lo que ellos han descubierto será Pedro el que se adelantará a hacer una confesión de fe en Jesús.

‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’, es la respuesta de Pedro. ¿Desde donde Pedro ha podido llegar a esas hermosas conclusiones, a esa hermosa confesión de fe? Es cierto que todos estaban en la expectativa de la llegada del Mesías y contemplar las obras de Jesús, contemplar lo que Jesús iba suscitando en sus corazones podía despertar esas expectativas como para llegar a pensar que Jesús era algo más que un profeta, como la gente le tenía, y que realmente podía ser el Mesías. Pero Pedro de alguna manera se está adelantando a lo que un día descubrirán después de la muerte y resurrección de Jesús para confesarlo como ‘el Hijo del Dios vivo’.

Jesús alaba la confesión de Pedro, pero también le dice que si ha llegado a ello no ha sido porque eso haya nacido de sí mismo, sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Como se nos dice al principio del evangelio de san Juan, llegamos a ser hijos, no por la sangre ni por ningún amor humano, sino por el Espíritu que está en nosotros y nos hace hijos de Dios. ‘Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’, le dice Jesús. Pedro se había dejado conducir allá en lo  hondo de su corazón por el Espíritu Santo.

En este camino de cuaresma que estamos haciendo hoy la liturgia hace como un paréntesis para celebrar lo que se llama ‘la cátedra de san Pedro’. Es como una afirmación de nuestra pertenencia a la Iglesia, esa Iglesia que Jesús aposentó, por decirlo de alguna manera, sobre la fe de Pedro, al que le confió la misión de ser ese Maestro de la Iglesia Universal como Vicario de Cristo.

Una ocasión para hacer una reafirmación de nuestra fe y de nuestra pertenencia a la Iglesia. Una ocasión, como hemos venido reflexionando, para considerar y agradecer ese regalo de la fe que tanto hemos de cuidar. Para vivir con humildad nuestra fe sintiendo que es ese don de Dios que nos trasciende y nos eleva, que nos hace mirar a lo alto pero que al tiempo va a darle una nueva profundidad a nuestra vida. Esa fe que no está reñida con nuestra razón sino que hemos de saber fundamentar debidamente para que el testimonio de nuestra fe sea luz en medio de nuestro mundo que nos eleve a la verdadera sabiduría.


viernes, 5 de enero de 2024

Destruyamos las barreras de los prejuicios comenzando a tener palabras de valoración y podremos llegar a conocer a Dios desde el encuentro que tengamos con los demás

 


Destruyamos las barreras de los prejuicios comenzando a tener palabras de valoración y podremos llegar a conocer a Dios desde el encuentro que tengamos con los demás

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Los prejuicios lo que hacen es levantar muros infranqueables que nos impiden ver lo que hay detrás y por eso mismo andamos en cavilaciones y sospechas de lo que puede haber detrás y que nos conducirá a hacernos nuestros juicios muy particulares sin ningún tipo de fundamento. El prejuicio nos lleva al juicio temerario que hasta podría convertirse en calumnia cuando llegamos a aseverar algo de lo que no tenemos fundamente y que solo puede haber salido de nuestra imaginación.

Por el contrario, una palabra amable y favorable, un buen aprecio por lo que los otros hacen con un buen juicio de valor incluso por lo que es la persona a la que nos referimos, rompe moldes y tabiques de separación, abre puertas y corazones, estimula a la confianza y al cultivo de una bonita amistad y también de un amor verdadero, hace renacer la confianza en sí mismo para quien recibe la alabanza y mueve a estar disponible para comenzar nuevos caminos.

Este doble pensamiento me ha surgido en la contemplación de la escena que nos relata el evangelio que puede ir más allá incluso de esas llamadas que el Señor hace a los quiere para que vayan con El porque puede incluso darnos pautas para posturas y gestos que nosotros podemos tomar en la vida en nuestras mutuas relaciones y en el camino que queremos hacer con los demás.

Es el relato de una doble llamada del Señor a seguirle, en el testimonio de aquellos primeros discípulos que comenzaron a hacer su mismo camino. Primero Felipe a quien es suficiente una palabra de Jesús para irse con El. ‘Sígueme’, le dice Jesús y allí está pronto no solo para seguirle sino para comenzar a ser pescador de hombres, como en otro momento Jesús nos dirá cuando estemos dispuestos a seguirle. Tal es la radicalidad de la respuesta, que pronto se encuentra un amigo al que ya le estará hablando de Jesús desde el primer momento. ¿Será así nuestra respuesta a la llamada que Jesús nos hace para ser trabajadores de su viña, o pescadores de hombres en el mar de la vida?

Y es en este momento, donde primero nos encontraremos con alguien que tiene muchos prejuicios en el corazón. De Nazaret no puede salir nada bueno, y habla desde la rivalidad de pueblos vecinos que siempre andarán con sus grescas de quien es el mejor o quien tiene mejor agua. Ese prejuicio va a ser una barrera difícil de sortear cuando le ha dicho que han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras y señala a Jesús el hijo del carpintero de Nazaret. Sin embargo Felipe empleará una hermosa pedagogía, ‘Ven y verás’.

Aunque sea en muchas ocasiones difícil el sortear esas barreras que nos vamos interponiendo, algunas veces incluso maliciosamente, en el camino, tendrá que llegar el momento de dejarse conducir, para palpar con sus propias manos, escuchar con sus oídos, o sentir en lo más hondo del corazón algo que le lleve a saltar esas barreras y a encontrarse con la luz.

No podemos dejar de pensar que Natanael aun así iba renuente a conocer a aquel de quien Felipe le ha hablado. Se llevará en cambio la sorpresa que Jesús comienza hablando bien de él. Si hubiéramos sido nosotros los que estuviéramos en el lugar de Jesús seguro que tendríamos nuestras resistencias. ¿Cómo va a recibirle si incluso ha hablado mal de su pueblo, si se ve que realmente en el fondo el no quiere aceptar lo que le han dicho y al final ha venido algo así como por compromiso con su amigo? Pero Jesús comienza hablando bien de él, porque lo presentará como un israelita cabal, en quien no hay engaño.

Sorprendido Natanael deja caer las espadas del combate, porque ya sólo se preguntará de qué le conoce para hablar así de él. ‘Antes de que Felipe te llamara te vi, cuando estabas debajo de la higuera’, fue la respuesta de Jesús. No sabemos qué había sucedido entonces, pero ciertamente era algo que llevaba en secreto bien guardado en el corazón. Y ahora se ha descubierto todo, quien le hablaba no podía ser un cualquiera, por medio tenía que estar Dios. Y viene su hermosa confesión. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

No es necesario en este momento que hagamos más comentarios. Primero que nada dejémonos sorprender e interpelar también nosotros por el Señor que conoce muy bien lo que hay tras las hojas de la higuera con las que escondemos nuestro corazón y sin embargo sigue creyendo en nosotros, porque sigue amándonos y queriendo contar con nosotros.

Solamente una pregunta para terminar. ¿Por qué no rompemos esas barreras de prejuicios con las que tantas veces nos acercamos a los demás y comenzamos a tener palabras amables de valoración hacia los otros? Nos puede hacer llegar al encuentro con el Señor a través de esos nuevos encuentros con los que nos rodean.