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jueves, 20 de febrero de 2025

Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

 


Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

Génesis 9,1-13; Salmo 101; Marcos 8,27-33

Seguro que más de una vez o lo hemos hecho o nos ha sucedido, un amigo tenía ganas de hablar con nosotros, o igualmente éramos nosotros los que teníamos ganas de estar con esa persona y charlar y hemos dicho vamos a dar un paseo; una ocasión para una conversación distendida, para compartir cosas que nos suceden, para sacar de nuestros pensamientos lo que quizás no hablamos con todo el mundo, oportunidad para un desahogo, decir algo que teníamos ganas de soltar desde hacía tiempo y no sabíamos como; nos sentamos bajo un árbol, alrededor de un café en una mesa, en una piedra del camino, o simplemente caminamos, pero hablamos.

Es la composición de lugar que me hago al escuchar el pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Jesús se lleva a sus discípulos a ‘un paseo’ bastante largo, porque casi se salen de las fronteras de Palestina llegando a Cesarea de Filipo; ya en otras ocasiones vemos que Jesús hace lo mismo, porque se los lleva a lugares descampados, o sube con algunos a alguna montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea.

Una oportunidad para las confidencias y los desahogos, un poco también para analizar de alguna manera la reacción que la gente está teniendo ante la predicación de Jesús, de ahí las preguntas que surgen, ‘¿qué dice la gente del Hijo del Hombre?’ y los discípulos se van expresando; pero Jesús quiere llegar más hondo en el compartir, no es solo lo que la gente piensa sino lo que ellos piensan. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’.

Preguntas con las que se queda uno callado sin saber qué responder, porque es necesario expresar lo que sentimos, lo que de verdad pensamos. Poniendo imaginación me veo a los discípulos mirándose unos a otros a ver quién es el que comienza a hablar. No se trata ya de lo que dice la gente, sino de lo que dicen ellos. Y vemos que será Pedro el primero que salte con palabras, como le dirá Jesús, que salen de su corazón, pero que es el Padre del cielo el que las ha puesto en su corazón. Pedro está hablando con el corazón en la mano, dejándose llevar por el amor que siente por Jesús, como en otro momento también manifestará, pero dejándose llevar sobre todo por el Espíritu de Dios.

Una hermosa confesión de fe, pero que dará pie para que Jesús les quiera hacer comprender de verdad lo que significan esas palabras que ha pronunciado Pedro; y les habla de cuánto le va a suceder, les está anunciando su pasión aunque ellos no lo quieren comprender y ya Pedro también tratará de convencer a Jesús que eso no le puede suceder a El.

¿No necesitaríamos nosotros también irnos ‘de paseo’ con Jesús? ¿No necesitaremos tener un tiempo para estar a solas con El? Ese tiempo de intimidad y de confidencias, ese tiempo para abrir el corazón y expresar todo lo que llevamos dentro, pero también para escuchar la confidencia de Jesús, lo que Jesús también nos quiere confiar, decir, explicar para abrirnos caminos, para hacernos ver la grandeza de nuestra fe, para que aprendamos a mirar alrededor, para que nos dejemos llenar también por el Espíritu de Dios, para que al final también nosotros digamos como los discípulos de Emaús cómo nos ardía el corazón mientras nos explicaba las Escrituras.

Quizás algunas veces no lleguemos a comprender todo lo que quiere decirnos, nos puede asustar de algún modo las sugerencias que nos hace, estaremos también tentado a replicarle que esas cosas no pueden pasar, como le replicaba Pedro, que solo en la confianza de la intimidad podemos hacer, pero finalmente nos dejaremos llevar por Jesús y su Palabra y aceptaremos también el camino que nos ofrece aunque nos cueste. Tenemos la certeza de que estando con El también nos vibrará nuestro corazón y podremos luego sacar lo mejor de nosotros mismos. Alguna vez habremos pasado por esa experiencia, pero al final hemos sentido su paz en nuestro corazón. Vayamos a estar con Jesús que El también quiere estar con nosotros.

 

sábado, 19 de febrero de 2022

Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

 


Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

Santiago 3,1-10; Sal 11; Marcos 9,2-13

 ‘Ven conmigo que quiero contarte algo’, y el amigo nos sacó de aquella conversación en la que estábamos, o de aquel grupo de amigos con los que estábamos pasando el rato, y nos llevó en un aparte porque quería contarnos algo. Nos sentimos sorprendidos y halagados seguramente; no lo esperábamos y además estaba mostrando una confianza grande al contarme aquello tan especial. Buena consideración debía de tener de nosotros cuando así mostraba algo que no contaba a los demás.

¿Sería algo así cómo se sentirían aquellos tres discípulos cuando Jesús los llama y se los lleva con él para subir a aquella montaña alta? Ya sabían que a Jesús le gustaba retirarse a lugares apartados para orar; lo verían así en oración hasta noches enteras en distintos momentos, pero habitualmente se retiraba solo. Ahora hay que subir a aquella montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea y Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan. Después sabremos que en algún otro momento los escoge en particular a ellos también para momentos especiales.

No esperaban lo que allí en lo alto iba a suceder. Estando Jesús en oración y seguramente ellos medio adormilados por algún sitio, cansados quizás de la subida a la montaña, Jesús se transforma. Unos resplandores lo envuelven y sus vestiduras se llenan de un brillo especial. Y Jesús no está solo, pues junto a El estarán Moisés y Elías. Despabilándose ante tanto resplandor los tres discípulos están más que asombrados. Pedro se atreve a hablar porque no quiere que aquello se acabe. Se sienten en la gloria del cielo. ‘¡Qué bien se está aquí!’ y como nos narrará otro de los evangelistas ya está pensando en levantar unas chozas para que permanezcan y aquello no se acabe.,

Pero una nube los envuelve y una voz venida del cielo suena como un trueno sobre ellos. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. No soportan tanta emoción y les aturde la revelación que del cielo está viniendo y caen de bruces asustados. Jesús les saca de su aturdimiento y como en un despertar después de tanta emoción, allí está solo Jesús con ellos, que les recomienda mientras bajaban que aquello no lo contaran a nadie hasta después de que resucitara de entre los muertos. No terminan de entender, muchas preguntas siguen estando dentro de ellos. Aunque en los anuncios de la pasión les había hablado siempre de resurrección aun no terminan de entender.

Jesús quiere tener a sus discípulos cerca de sí. Se los llevó con ellos, nos dice en otra ocasión, igual que cuando eligió a los doce era para que estuvieran con El. Jesús nos quiere tener junto a sí. Solo estando con Jesús, solo sintiéndonos muy cerca de El es cómo comenzaremos a conocerlo de verdad. Es ahí en esa cercanía y en esa intimidad donde Jesús se nos da a conocer allá en lo más profundo de nuestro corazón. Como el amigo que nos lleva en un aparte porque quiere revelarnos unos secretos. Tenemos que dejar que Jesús nos tenga junto a sí, nos lleve con El.

Algunas veces parece que se nos complica eso de la fe y lo de ser cristiano. Son tantas las influencias que recibimos de todas partes que un poco parece que ese piso de la fe se nos tambalea debajo de nuestros pies. Hay pasos que nos cuesta dar, cosas que nos cuesta aceptar, valores que nos cuesta vivir, porque aparecen nuestros miedos, porque nos llenamos de dudas, porque las exigencias del camino de Jesús algunas veces nos parecen difíciles.

Parece que nos sentimos solos, parece que no llegamos a vivir esa presencia de Dios en nuestra vida, parece que los caminos se nos hacen demasiado pendientes y nos entran los cansancios. Quizá hay algo que no tenemos muy en cuenta, no le damos tanta importancia y lo abandonamos. Jesús quiere que estemos con El y a nosotros nos cuesta estar con Jesús, porque preferimos otras carreras u otros caminos. 

Y detenernos, hacer silencio dentro de nosotros, abrir bien los oídos del alma, entrar en esa sintonía de Dios para escucharle, para sentirle, para vivirle, es algo que nos cuesta y tantas veces lo dejamos para otro momento, o lo queremos hacer a la carrera. Veamos el tiempo que le damos a nuestra oración, veamos si creamos ese silencio interior para sentir a Dios en nuestra vida; en medio de los ruidos no lo podemos escuchar.

Dejemos que Jesús nos lleve con El, a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración. Aunque los ojos se nos cierren por el sueño intentemos mantener esa sintonía de Dios abierta. Y Jesús se nos revela, Jesús se nos da a conocer, Jesús nos hará vivir su presencia dentro de nosotros. Y bajaremos de la montaña también transfigurados, transformados, con nuevos bríos e impulsos, con nuevas ganas de seguir con toda intensidad el camino de Jesús.

jueves, 17 de febrero de 2022

Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias confesando nuestra fe en El pero aceptando lo que ese camino tiene de Pascua

 


Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias confesando nuestra fe en El pero aceptando lo que ese camino tiene de Pascua

Santiago 2, 1-9; Sal 33; Marcos 8, 27-33

Hacer un camino juntos es mucho más que recorrer unos kilómetros para ir de un lado a otro; el caminar juntos en un esfuerzo compartido para hacer un recorrido nos da pie a hondas conversaciones, a confidencias porque parece que se nos escapan del corazón aquellas cosas que hemos vivido y llevamos dentro; creo que todos de una forma u otra tenemos esa experiencia, cómo llegamos a hondas conversaciones, a una comunicación con aquella persona que va con nosotros que quizás en otros momentos no hubiéramos sospechado.

Afloran los recuerdos, se reviven sentimientos, compartimos ilusiones y sueños, compartimos lo que son metas o ideales, expresamos lo que son nuestros gustos o deseos igual que aquello que no nos agrada, sale lo mejor que llevamos dentro de nosotros aunque también podamos hacer confidencias de sombras que nos pueden nublar el corazón por cualquier motivo. Hacer un camino es algo más que recorrer unos pasos, porque al final es el camino de nuestra vida el que vamos compartiendo.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús iba de camino con sus discípulos. Quiere decirnos algo más de que se estaban trasladando de un lugar ahora como solían ir de pueblo en pueblo predicando. Vemos que en ocasiones Jesús se va por lugares que no era habitual, y no se ve una razón, por así decirla apostólica, para ir a esos sitios. Ahora andan casi en las fronteras de Palestina, por la región de Cesarea de Filipo. Momentos de intimidad, momentos de preguntarse por el camino que están haciendo, momentos de preguntarse por el sentido de cuanto está sucediendo, momentos en que van a salir a flote cosas hermosas, aunque pudieran aparecer sombras y dudas.

La pregunta de Jesús es directa. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ ¿A qué venía esa pregunta? Es Jesús que quiere saber – aunque El bien lo sabe – lo que hay en su corazón, aunque pudiera parecer una pregunta indirecta. Muchas veces el evangelista lo ha ido expresando, de la admiración que sentía la gente por Jesús. Lo miraban como un profeta, como alguien venido de Dios o que tiene a Dios consigo, como diría un día Nicodemo. Y los discípulos van soltando las opiniones de la gente. ‘Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’.

Pero la pregunta de Jesús quiere ir más allá, más a lo hondo de ellos mismos. Están siempre con Jesús, lo ven más de cerca por decirlo de alguna manera, escuchan sus palabras y tienen momentos intensos de mayor intimidad como el que ahora están teniendo. Por eso la pregunta es directa. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy?’

Podemos imaginar el silencio que reinaría en esos momentos, como suele suceder cuando nos hacen una pregunta directa en la que tenemos que implicarnos en la respuesta. Se cruzarían las miradas. Pero allá saltará Pedro enseguida. ‘Tú eres el Mesías’.

Continúan los intercambios desde el corazón. Jesús no quiere que difundan esa respuesta. Ya sabemos, las interpretaciones que se podría hacer la gente. Pero a ellos Jesús quiere decirles algo más. Acepta la respuesta de Pedro pero viene a decir algo muy importante Jesús. ‘Y empezó a instruirlos: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad’. 

Pero esto es como un jarro de agua fría. Se habían ido entusiasmando con la conversación, se sentían satisfechos con la respuesta de Pedro. Era lo que todos intuían, porque de alguna manera el Espíritu se los iba revelando en su corazón. Pero ahora no entienden lo que Jesús quiere decirles. De alguna manera parece que eso defrauda sus esperanzas, las ilusiones de lo que ellos pensaban que sería el Mesías.

Y de nuevo será Pedro el que tome la iniciativa y se lleve a Jesús aparte para quitarle eso de la cabeza. Pero Jesús le rechaza. Es una tentación para El. Son palabras fuertes las que le dice a Pedro. Cuanto cuesta aceptar la pasión, el dolor, la muerte. Aunque Jesús les habla también de resurrección. Es el camino que tienen que seguir haciendo con Jesús, aunque les duela, aunque les cueste, pero el proceso será largo y solo verán la luz después de la resurrección y se llenen del Espíritu de Jesús.

Hagamos nosotros camino. También hay momentos de entusiasmo, como los habrá de sombras y de dudas. Tiene que haber momentos de intimidad con Jesús para impregnarnos de su presencia y de su Palabra; aflorarán nuestras dudas, nuestros interrogantes internos, nuestras oscuridades, nuestros miedos. También nos costará aceptar el camino que Jesús nos propone, pero tenemos que estar dispuestos a seguirle; tenemos que andar con cuidado para que las tentaciones que nos vienen del mundo que nos rodea no nos afecten, no nos aparten del camino, para que sepamos comprender lo que hay siempre de pascua en nuestra vida.

Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias.

 

lunes, 30 de abril de 2018

El Espíritu del Señor nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios


El Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios

Hechos de los apóstoles 14,5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Alguna vez nos sucede que cuando alguien tiene una confidencia especial con nosotros nos sentimos en cierto modo, además de agradecidos, abrumados por la confianza que han tenido con nosotros de la que no nos sentimos merecedores. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Nos preguntamos y preguntamos quizá a aquel que ha tenido esa confianza con nosotros.
De la confianza tenemos que hacernos dignos aunque no nos sintamos merecedores, pero a ello hemos de corresponder nosotros de alguna manera mostrándonos con confianza y agradecimiento a quien tiene esos detalles con nosotros.
Es cierto que no a todos ni siempre abrimos de la misma manera el corazón a los demás, pero sí tenemos que aprender a crear niveles de cercanía con los que nos rodean para que haciendo el camino de la vida juntos, al mismo tiempo sepamos apoyarnos mutuamente los unos en los otros. Así el camino, sobre todo cuando vengan momentos difíciles o dolorosos, se nos hace más fácil y llevadero al sentir ese apoyo del que va a nuestro lado. El contemplar la intima inquietud del otro nos sirve de estímulo en nuestro esfuerzo y nos impulsa a mantenernos en ese camino resto aunque sea costoso.
Me fue surgiendo esta reflexión a partir de la reacción que Judas – como dice muy el evangelista, no el Iscariote – tuvo ante las confidencias que Jesús les estaba haciendo aquella noche de la cena pascual. ¿Por qué has tenido esta confianza con nosotros y así te manifiestas?  ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’ Y es que como hemos venido comentando Jesús les estaba abriendo su corazón. Pero aun nos dirá más, porque nos anuncia la presencia y la sabiduría de su Espíritu para que podamos comprender todas las cosas. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Ellos podían tener la sintonía con el Señor, porque aun cuando se sentían débiles e incluso aquella debilidad se iba a manifestar de forma escandalosa aquella misma noche cuando todos le abandonarían e huirían, sin embargo habían entrado en una sintonía de amor con Jesús. Y el Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios, vivamos en su presencia y realicemos las obras del amor.
Somos débiles también y de muchas maneras se manifiesta esa debilidad en nuestra vida en tantos momentos que se nos vuelven negros porque no sabemos ser siempre fieles, pero tendríamos que saber mantenernos en esa sintonía de amor. Le amamos y nos queremos esforzar en cumplir su mandamiento para que así sintamos ese amor del Padre también sobre nosotros. ‘Y yo también lo amaré y me revelaré a él’, nos dice Jesús. Pero sigue diciéndonos algo muy hermoso. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere morar en nuestro corazón. Es el Dios que planta su tienda entre nosotros, pero aun más quiere habitar en nosotros si en verdad le amamos y guardamos su palabra.
Es una dicha grande, es un gozo grande para nuestro corazón. Se nos manifiesta, se nos revela, y nos llena de su amor y de su vida. ¿Cómo correspondemos a tanto amor? Le damos gracias pero queremos mantenernos siempre en ese amor siendo por nuestras obras de amor signo de Dios para los demás.   

viernes, 27 de abril de 2018

No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El


No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

Los momentos de las despedidas suelen ser muy emotivos y fácilmente afloran todos los sentimientos y se convierten en lugar propicio para confidencias, para manifestaciones de afectos, para promesas de futuro en un recuerdo que no va a borrarse y en donde surge y resplandece lo más hermoso que llevamos en nuestro interior sobre todo hacia aquellos seres a los que más amamos.
Será en la partida hacia un viaje en que las distancias pondrán tentarnos por otra parte al olvido que no deseamos; será el momento en que nos desprendemos de los seres que amamos, como los hijos, porque van a emprender su propio camino; será el momento doloroso de la despedida final porque la vida del ser amado se acaba y quisiéramos expresarle ahora como en un torrente todo aquello que a lo largo de la vida no supimos o no tuvimos la ocasión de expresar.
Es lo que palpamos en lo que solemos llamar la última cena como nombre de lo que significo aquel momento de despedida de Jesús antes de su pasión, antes de su pascua. Era la cena pascual, pero que se estaba convirtiendo en anticipo de lo que sería la pascua definitiva. Los discípulos por su parte están perturbados porque presienten lo que todo aquello puede significa y porque tampoco terminan de entender los signos y gestos que Jesús está realizando.
Pero es el momento en que Jesús derrama sobre sus discípulos amados todo lo que se está desbordando de su corazón. Jesús marcha, pero les dice que seguirá con ellos; Jesús marcha pero les anuncia que quiere tenerlos para siempre junto a El; Jesús les habla de que les prepara sitio, aunque también les hace comprender que ellos también han de prepararse para todo lo nuevo que va a comenzar.
Es la ternura de un corazón que quiere quedarse junto a los suyos y que en la inventiva del amor sabrá encontrar modo para que le siga sintiendo para siempre junto a ellos. Es despertar en ellos también el deseo de emprender un camino que será camino de vida en plenitud; un camino donde hallarán la verdadera sabiduría de la vida, un camino que no puede ser sino vivir su misma vida, seguir sus mismos pasos, hacer su mismo camino, alimentarse de su verdad que les llenara de vida porque les llevará siempre a la plenitud de Dios.
Por eso les invita a poner toda su confianza en Dios, a creer plenamente en su Palabra. Se los asegura, Dios no les fallará. ‘Os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’, les dice. Y cuando le preguntan y se interrogan como hacerlo, les dice ‘yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre sino por mi’ No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama. Y les está señalando como ellos no han de desprenderse nunca de El, sino a El siempre han de permanecer unidos.
Se han de acabar para siempre los temores. La esperanza siempre tendrá que resplandecer en la vida, a pesar de tantas sombras que podamos encontrar. No nos faltará su luz, no nos faltará su vida, no nos faltará su gracia y su presencia. ¿Será así cómo verdaderamente nos encontramos y nos sentimos quienes creemos en Jesús y queremos seguir su camino? Nos podrán entrar tentaciones de duda y hasta alguna vez de desconfianza, porque somos así.
 Pero hemos de aprender a poner toda nuestra confianza en Jesús. Nos está descorriendo los velos que podrían ocultar todo el amor que encierra en su corazón. Su ternura de amor se está derramando sobre nosotros. Fundamentemos ahí toda la espiritualidad de nuestra vida.