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domingo, 7 de diciembre de 2025

Desde nuestra fe no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida, por eso escuchamos a los profetas

 


Desde nuestra fe no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida, por eso escuchamos a los profetas

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12

¿Estaremos ya también nosotros de vuelta cansados de profetismos y de promesas? Parece que ya no nos queremos creer nada. En la situación en que vivimos hoy en nuestro mundo con tantas calamidades, sufrimientos, miserias, violencias, guerras ya no nos creemos cuando nos anuncian una cercana paz, un término pronto de las guerras, nos hablan de diálogos y conferencias para encontrar soluciones, y ya algunas veces parece que nos quieren dar fechas de la terminación de esos conflictos. Pero no lo vemos porque los tambores de guerra siguen sonando, la gente continúa sufriendo y muriendo y por muchos movimientos de reivindicaciones que hagamos pareciera que todo se queda en espectáculo, pero no vemos ese final feliz.

Tenemos la tentación y el peligro de vivir en la desesperanza. Los nubarrones negros siguen envolviéndonos. ¿Habrá alguna manera de despertar esa esperanza? Los cristianos, seguidores de Jesús podemos dejándonos envolver por ese desencanto. Lo que celebramos y queremos vivir – porque también hay el peligro de hacer celebraciones pero que eso no se convierta en vida – tiene que despertar en nosotros unas nuevas esperanzas. ¿Terminaremos por fiarnos de la Palabra de Dios?

Estamos haciendo este camino de Adviento, aunque desgraciadamente todos no le dan la misma hondura a lo que significa este camino y se quedan en demasiadas superficialidades, este camino, digo, precisamente es una invitación a despertar esa esperanza. Por aquello que nos preparamos para celebrar el nacimiento de Cristo en la próxima navidad queremos empaparnos de aquel espíritu que nos trasmiten los profetas en la preparación de la venida del Mesías para nosotros hacer y sentir que la celebración de la navidad que vamos a tener nos lleva a trabajar y crear ese mundo nuevo que tanto necesitamos.

Una auténtica celebración de lo que queremos vivir en estos días tendría que realizar una transformación profunda de nuestras vidas que tendría que notarse en algo nuevo en nuestras comunidades y en consecuencia en nuestra sociedad. No es solo un recuerdo que ponga aires de fiesta en nuestro ambiente pero que luego pronto se apaga. Nosotros decimos que nuestras celebración no son sólo memoria sino memorial, porque significa hacer vida en el hoy de nuestra vida aquello que estamos celebrando, es sentir que en verdad Jesús viene y está en nosotros y con nosotros para realizar ese mundo nuevo que se nos anuncia.

Si cuando pase la navidad no queda nada de eso nuevo reconozcamos que fue pobre aquella celebración, que en ella no pusimos toda nuestra vida. Y tendrá que notarse en nuestras actitudes y comportamientos, en la manera nueva de afrontar la vida y los problemas que en ella nos van surgiendo, en la manera cómo superamos tristezas y sufrimientos con un nuevo rostro de una alegría esperanzada, en esos gestos nuevos con los que vamos manifestando que estamos queriendo vivir algo nuevo y distinto, en ese ambiente distinto que vamos a tener en nuestras familias y en nuestras comunidades, en ese despertar de nuestra generosidad y nuestro compromiso para salirnos de nuestras rutinas y de esa vida en que parece que vamos arrastrándonos.

Las palabras que escuchamos en la Palabra de Dios, de los profetas o del evangelio no son palabras huecas y vacías, son palabras que nos tienen que impulsar a comenzar a hacer ese camino nuevo. Eso que nos anunciaban los profetas o esas palabras que le escuchamos a Juan Bautista cuando ya inmediatamente está preparando los caminos del Señor tenemos que tomárnoslo muy en serio. No temamos esa hacha que viene para destruir sino para podar y quitar tantas ramas secas de nuestra vida, no temamos ese fuego renovador y purificador del espíritu que nos hace quemar todo eso viejo que aún permanece en nosotros y que es como un renuente que nos impide avanzar, no temamos ese bieldo que levanta el trigo en la era para que el viento se lleve la paja y la parva y quede limpio el grano como fruto que sea verdadero alimento para nuestra vida. Cuántas cosas que podar y quemar, cuantas cosas que tenemos que dejar que se las lleve el viento.

La figura del profeta con su austeridad en el desierto nos hará relativizar muchas cosas que nos parecían primordiales e importantes pero que no lo son tanto; su figura y sus palabras nos invitan a la conversión, a esa transformación de nuestra vida desde esa nueva esperanza que tiene que reinar en nuestros corazones.

Si cada uno de nosotros ponemos nuestro paso en ese camino de renovación al final tendrá que notarse algo nuevo que mejora nuestro mundo y vuelve a despertar la esperanza. Recojamos también el buen sentir de tantos, aunque no siempre sean motivados por la fe, que trabajan comprometidos en sus movilizaciones por ese mundo nuevo y mejor; también a través de ellos nos puede llegar la voz de Dios a nuestros corazones, porque sabemos que en eso bueno que queremos emprender está Dios.

Nosotros, desde nuestra fe, no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida. Por eso escuchamos con atención la palabra profética que llega a nuestra vida.


domingo, 22 de junio de 2025

Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

 


Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

Génesis, 14, 18-20; Salmo 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

No sé si en alguna ocasión se han visto desbordados por una situación en la que tenían que actuar pero que parecía que superaba todas vuestras posibilidades o capacidades de actuación, pero era algo que se esperaba de ustedes, porque formaba parte de las responsabilidades asumidas, de un cargo o responsabilidad que tenían en la vida, o era una situación familiar en la que se veían involucrados muchos de la familia, pero que podía estar en las manos de ustedes la salida de tal conflicto. ¿Cómo se sentían? ¿Qué tenían que hacer? No sabían por donde empezar y el camino parecía bastante escabroso. ¿Podríamos buscarnos alguna disculpa? Seguro que no podíamos escaquearnos porque todos estaban pendientes de nuestra actuación.

Me planteo esto, porque por un lado vemos lo que dice el evangelio y el compromiso en que Jesús pone a sus discípulos, cuando ante toda aquella multitud que había venido de lejos para ver y escuchar a Jesús, había que darles de comer; pero es que Jesús les dice: no es cuestión de que les digamos que se marchen sino ‘dadles vosotros de comer’.

Pero esto no es ajeno a lo que al mismo tiempo podemos contemplar en el mundo en que vivimos, problemas, necesidades, hambre, guerras, miseria, desplazados o emigrantes que nos llegan continuamente a nuestras tierras, o se desplazan por el mundo buscando algo mejor y sucede en todos los continentes. Nos sentimos impresionados por las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación, las decisiones que toman los poderosos de nuestro mundo, los problemas que se acumulan muchas veces no tan lejos de nosotros. ¿Y nos quedamos con los brazos cruzados? ¿Y echamos balones fuera porque decimos que esas decisiones están en manos de otros? ¿Nos desentendemos y cerramos los ojos? ¿Decimos que eso no está en nuestras manos y que nada podemos hacer? ¿Comenzamos a decir lo que tienen que hacer los otros? Pero Jesús nos está diciendo ‘dadles vosotros de comer’.

Y esta reflexión nos la hacemos en esta fiesta del Corpus. Quizás en muchos de nuestros pueblos se movilice mucha gente para preparar la fiesta del Corpus, con nuestras procesiones, nuestras alfombras, nuestros descansos, nuestra música, nuestros cantos… todo un fervor popular. Un fervor que nació de nuestra fe en la Eucaristía, del misterio de amor y de entrega que celebramos en la Eucaristía. Estamos recordando y celebrando algo muy grande, pero que algunas veces porque lo vemos tan grande y misterioso casi lo hemos ido alejando de lo que tiene que ser la realidad de nuestra vida cristiana. Es Cristo que se entrega para que tengamos vida.

‘Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida…’ ¿Será esto en verdad lo que estamos celebrando? Cuidado que la pantalla de nuestras fervorosas celebraciones oculte lo que en verdad celebramos y lo que tenemos que manifestar en nuestra vida. Cuando Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida nos dice ‘lo mismo que yo he hecho tenéis que hacerlo los unos con los otros’, y ha sido después de lavarles los pies a los discípulos. Pero es que no solo fue lavando los pies a los discípulos en el cenáculo al principio de aquella cena pascual, sino ha sido lo que ha ido haciendo continuamente en su vida.

Nunca se puso Jesús en una posición en que estuviera lejos de la gente; con ellos se mezclaba, en medio de ellos caminaba, se acercaba a la orilla del lago o se sentaba en la barca con los discípulos cuando iban a la pesca, se detenía ante el ciego en las calles de Jerusalén, o con su mano tocaba a los leprosos o ponía sus dedos en lo oídos de los sordomudos, dejaba que le tocaran el manto en medio de los apretujones de la gente, o camina a casa de Jairo o quería ir también a la casa del centurión, llegaba a la casa de Simón para tomar de la mano a la suegra y levantarla o permitía que le rompieran el techo de la casa para bajar por allí al paralítico… muchos más gestos podemos seguir recordando y contemplando. Y Jesús nos dice que hagamos lo mismo que ha hecho El.

Cuando nos habla de su cuerpo entregado y de su sangre derramada al darnos a comer de aquel pan y beber de aquella copa, nos dirá también que hagamos lo mismo en recuerdo y conmemoración suya para siempre. Pero hacerlo no es solo comer de aquel pan y beber de aquella copa, sino hacer la misma entrega hasta derramar la sangre si fuera necesario para poder dar vida a nuestro alrededor. ¿Estaríamos dispuestos a llevar nuestra actitud de servicio hasta ese extremo?

Esto es lo que hoy queremos celebrar, lo que tenemos que celebrar. Y lo celebramos en medio de ese mundo donde tenemos que poner nuestra mano, nuestro actuar, nuestro compromiso, nuestra entrega. No podemos cruzarnos de brazos, decir que eso les toca a otros. Nosotros tenemos que poner nuestro pan aunque sea de cebada, nosotros tenemos que poner nuestro actuar aunque muchas veces no sepamos como, en nosotros tienen que darse esos gestos de amor, de ternura, de cercanía, de amistad con los que vamos encontrando en los camino de la vida.

Y pondremos nuestra mano, y diremos nuestra palabra, y ofreceremos nuestra mirada, y regalaremos nuestra sonrisa, y ponemos nuestra pobreza, porque si todo hiciéramos un poquito de todo esto muchas esperanzas se despertarían, muchos serían los que se levantaran de su postración o de su desánimo, muchos se sentirían movidos a poner también su parte en lugar de esconderse y haríamos en verdad un mundo nuevo. Es el Reino de Dios por el que Jesús se ha entregado, es lo que hoy estaremos celebrando con todo sentido.

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.


domingo, 14 de junio de 2020

Cada vez que comemos el cuerpo del Señor y bebemos su sangre estamos haciendo memoria del Señor, del paso del Señor en nuestra vida y nuestra historia


Cada vez que comemos el cuerpo del Señor y bebemos su sangre estamos haciendo memoria del Señor, del paso del Señor en nuestra vida y nuestra historia

Deut. 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Cor. 10, 16-17; Juan 6, 51-58
La memoria junto a la inteligencia y la voluntad o capacidad de decidir forman esa trilogía de facultades que hacen al ser humano verdaderamente humano. Y quiero pensar en la memoria no solo como una facultad del individuo que le permite recordar su propia historia personal para con su inteligencia saber discernir lo bueno y lo malo de su vida para también de ello aprender para el camino presente y para la construcción de su propio futuro.
Pero quiero pensar en la memoria no solo como facultad del individuo sino también de la misma sociedad. Y voy a decir algo hoy quizás políticamente incorrecto, una sociedad que no quiere tener memoria es una sociedad que se está mutilando a sí misma, cuando quiere olvidar o cuando quiere borrar retazos de su historia que queramos o no sobre esos retazos construimos el presente, como al tiempo queremos aprender para el futuro. Algo quizá hoy muy manipulado desde ciertos intereses, es cierto, pero que pueden dejar coja la historia de los pueblos.
Lo que ha sido ahí está, aunque nosotros en el momento presente no lo hubiéramos construido así, pero son peligrosos los juicios de la historia con los criterios – a veces interesados – del presente. Lo que estamos viviendo en estos momentos en la sociedad con esta crisis provocada por esta pandemia y las circunstancias que la rodean, será para siempre un hecho que quedará en la memoria y ojalá sepamos también sacar lecciones para lo que tenemos que vivir en el momento presente y también de cara al futuro.
El creyente, aunque su fe tiene que hacerla viva en el momento presente, sin embargo también está haciendo uso de la memoria no solo en su nivel personal, sino también como pueblo, como comunidad creyente; estará siempre haciendo memoria del paso de Dios por su vida y por su historia; y todo para el creyente entonces se convierte en historia de salvación.
Es, por ejemplo, lo que hemos escuchado hoy en el libro del Deuteronomio para el pueblo de Israel. El autor sagrado le hace recordar momentos difíciles de su historia como fue la travesía del desierto, pero antes también su tiempo de esclavitud en Egipto, pero para que recuerden y tengan presente ese paso de Dios por su historia en la liberación de Egipto, pero también en aquel pan llamado maná con que se alimentaron en la dura travesía del desierto. Estarán haciendo memoria siempre de ese paso de Dios, pascua, que les sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo y los condujo por el desierto hasta la Tierra Prometida.
‘Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto… Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná… No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible… te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres…’
No podemos olvidar el paso del Señor por nuestra vida y por nuestra historia. No lo olvidaba el pueblo de Israel que sobre esa fe fue construyendo su libertad y su identidad como pueblo, como pueblo de Dios. Nosotros hoy recordamos eso pero porque nosotros también estamos haciendo memoria, memorial del Señor Jesús que por nosotros se dio y se entregó para que tuviéramos vida y vida para siempre. Y es nuestra vida cristiana y eso es la Eucaristía que celebramos, memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Es lo que hoy estamos celebrando también de forma especial en esta fiesta de la Eucaristía que es la Fiesta del Corpus Christi. De alguna manera litúrgicamente es algo así como repetir la celebración del Jueves Santo, día de la Institución de la Eucaristía. Esta fiesta de hoy nació de la devoción del pueblo de Dios que quiso añadir esta celebración en el calendario litúrgico. Es la memoria del Señor, de su pasión, de su muerte y de resurrección, como siempre es toda celebración de la Eucaristía.
‘Haced esto en memoria mía’, les dijo Jesús a los discípulos cuando instituyó la Eucaristía. Por eso nos dirá san Pablo que cada vez que comemos el cuerpo del Señor y bebemos su sangre estamos haciendo memoria del Señor, haciendo memoria de su pasión y de su entrega, de su muerte y de su resurrección.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio – el texto que escuchamos forma parte de aquel discurso de la sinagoga de Cafarnaún después de la multiplicación de los panes – que si no comemos la Carne del Hijo del Hombre y no bebemos su sangre, no tenemos vida en nosotros porque ‘el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el ultimo día’. 
Y es que los que creemos en Jesús y en su nombre nos reunimos estaremos sintiendo y viviendo esa presencia nueva de Cristo resucitado en medio de nosotros. Nos prometió que estaría para siempre con nosotros y esa presencia por la fuerza del Espíritu se hace vida en nosotros, se convierte para nosotros en nuestro alimento y en nuestra fuerza. Ansiamos y deseamos reunirnos en el nombre del Señor para así sentir su presencia, su fuerza y su vida en nosotros.
Haciendo memoria de nuestra historia y de nuestra historia reciente que aun no ha llegado a su fin, nosotros también hemos estado pasando por un desierto en nuestro confinamiento donde no solo ha sido lo que externamente hayamos vivido en estos momentos difíciles, sino lo que también en nuestro interior, en lo más profundo de nosotros, pero también en el camino de nuestra religiosidad y de nuestra fe nos ha tocado vivir.
En cierto modo hemos pasado hambre de Dios, hambre de Eucaristía, pero aun así no nos ha faltado ese maná espiritual en la fuerza del Espíritu del Señor que ha estado con nosotros. Tenemos deseos ya de poder participar plenamente de la Eucaristía, pero como creyentes hemos sabido ver esa presencia de Dios que ha caminado con nosotros en nuestros silencios y en nuestras soledades.
Un día haremos memoria también de estos momentos y recordaremos y celebraremos cómo también sentimos ese paso de Dios por nuestra vida, porque nunca nos falto su fuerza ni su gracia. Si ya hoy podemos acercarnos a nuestros templos para celebrar esta fiesta de la Eucaristía, aunque no tenga los esplendores de otros años con sus procesiones y aires de fiesta en nuestros pueblos, tenemos sin embargo muchas razones para darle gracias al Señor, para hacer memoria viva de ese paso de Dios.

jueves, 9 de abril de 2020

Jesús se quitó el manto y se ciñó la toalla y nos dice ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’



Jesús se quitó el manto y se ciñó la toalla y nos dice ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
Alguien escribió en relación a este día que estamos viviendo. ‘El Jueves Santo sabe a testamento. Nos trae gestos y palabras de Jesús que llevan a lo esencial, a una invitación a hacer memoria de lo vivido, pero, sobre todo, a vivir cada día haciendo memoria, realizando cada cristiano la entrega que Jesús hizo por nosotros’.
‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’ les dice a los discípulos cuando termina de lavarles los pies. ‘Haced esto en memoria mía… haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice cuando parte el pan y les reparte la copa. Los gestos de Jesús son su testamento, lo que nosotros hemos de hacer. No otra cosa pueden hacer los que reciben un testamento de su ser amado.
Es lo que hoy contemplamos y celebramos. Es lo que hoy queremos hacer vida en nosotros. La memoria que nosotros hemos de hacer no es simplemente el recuerdo de algo sucedido en el pasado. Hacer memoria para nosotros es hacer presente, en el ahora y hoy de nuestra vida, lo que realizó el Señor. No es solo recordar, sino es hacer, es vivir lo mismo, de la misma manera, y aquí está la maravilla, sintiendo esa presencia viva hoy y ahora del Señor en nosotros y con nosotros.
La cena comenzó con ese gesto que los sorprendió. Es cierto que siempre se ofrecía agua al que llegaba para hacer sus abluciones, pero lo sorprendente y significativo son los gestos de Jesús. Es El quien se adelante quitándose el manto, pero al mismo tiempo ciñéndose la toalla. No es ya solo ofrecer sino ponerse a hacer, porque va poniéndose a los pies de cada uno de los discípulos para lavárselos ante la sorpresa, la reticencia incluso de ellos que les parecía imposible que Jesús realizara aquel gesto. Escuchamos solo a Pedro poner las pegas, por así decirlo, pero seguro que era el pensamiento de todos.
Pero fijémonos en el detalle que nosotros también hemos de saber copiar, saber realizar. No solo se despoja del manto que hubiera sido una dificultad para realizar la acción, sino que se ciñe la toalla. Se ciñe como el que va a trabajar, a realizar algo. Es todo un signo que no nos puede pasar desapercibido. Comenzaba en aquel momento algo nuevo en la vida de Jesús, porque iba a comenzar su pasión, su entrega hasta el final. No era que otros los entregaran, sino era El mismo quien se entregaba, quien se aprestaba a comenzar a subir y culminar aquel camino que le llevaba a la cruz, que le llevaba a la glorificación.
Aquel momento de lavarles los pies a los discípulos era el primer paso de quien les había enseñado que había que hacerse el último y el servidor de todos para ser verdaderamente importante. Era el paso que se continuaba, se prolongaba en su camino bajo el peso de la cruz y que culminaba el amor más generoso y más grande porque era el amor de quien daba su vida por los que amaba. Era el momento de su gloria, de su glorificación como ya había anunciado repetidamente en el evangelio aunque a los discípulos tanto les costaba comprender.
Pero recordemos lo que luego les diría. ‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’ Es su testamento, como antes decíamos, es lo que nos manda hacer, lo que nosotros tenemos que hacer. Tenemos que ceñirnos también para ir a lavar los pies. Qué amplio campo se abre ante nosotros del que no podemos desentendernos. Es de tantas maneras como podemos y tenemos que realizarlo.
Pero no olvidemos ceñirnos, porque tiene que ser la primera predisposición que tiene que haber en nosotros. Ceñirnos es la disponibilidad en que hemos de estar. Ceñirnos en la generosidad que hemos de tener en el corazón. Ceñirnos es la humildad para sabernos agachar, sí, también a la altura de los pies de los demás. Ceñirnos es ponernos a mirar a los ojos del que tenemos enfrente. Ceñirnos es tender la mano mirando a los ojos porque no es simplemente dejar caer una limosna, sino ofrecer nuestro amor. Ceñirnos es abrir los oídos del corazón para escuchar, para sintonizar mejor con los demás y querer enterarnos de cual es su sufrimiento como compartir también sus ilusiones y alegrías aunque nos parezcan pobres.
Ceñirnos… son tantas cosas, piensa en los que tienes a tu lado y que algunas veces te cuesta soportar y amar, piensa en el desconocido que llega a tu vida y tienes la tendencia a recibirle con desconfianza, piensa en esa persona que sabes que está sola y a quien podrías acompañar dándole tu tiempo, piensa en esas personas que vemos marginadas y rechazadas porque la gente pasa indiferente ante ellas o porque quizá no nos caen bien y no nos gusta su facha y trata de detenerte en la orilla del camino donde está, piensa en esa mirada que alguna vez has recibido de alguien pero que has tratado de desviar tu mirada para no darte por enterado… ceñirnos.
Cuando aprendamos a ceñirnos y a ponernos a lavar los pies – y bien sabemos de cuantas maneras podemos lavar los pies – entonces comprenderemos de verdad todo el hondo significado que tiene el otro gesto de Jesús en este día. ‘Esto es mi cuerpo’, y les reparte el pan; ‘esta es mi Sangre derramada’, y les hace compartir la copa. Es la nueva Alianza, es el Nuevo Testamento, es la presencia del Señor que se hace vida nuestra.
Ya entonces vimos al Señor cuando fuimos capaz de ceñirnos, ahora sentimos la fuerza del Señor para poder mantenernos ceñidos y dispuestos generosamente para el amor. Y es que de su amor nos alimentados porque El se hace vida, se hace alimento, se hace comida para estar con nosotros, para que nosotros nos hagamos uno con El. ¿Entenderemos entonces el hondo sentido de la Eucaristía?
Es el testamento del Señor. Es lo que El hizo y quiere que nosotros hagamos. Es la entrega de Jesús que ha de ser también nuestra entrega. Vivámoslo en este jueves santo especial, que si en nuestros templos hoy no se realiza el rito del lavatorio de los pies, cada uno de nosotros tenemos la oportunidad de realizarlo de muchas maneras, aunque por las circunstancias estemos encerrados en nuestras casas. Alguna nueva forma tendremos de ceñirnos como lo hizo Jesús.

domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.


domingo, 18 de junio de 2017

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

Deut. 8,2-3.14b-16ª; Sal. 147; 1Cor. 10,16-17; Jn. 6,51-58
Los recuerdos nos acompañan. Nos hacen revivir cosas que para nosotros han sido importantes, en ocasiones nos hacen recobrar la ilusión y la esperanza porque en el recuerdo de lo que vivimos nos sentimos motivados para mantener nuestras luchas, nuestros esfuerzos, seguir haciendo el camino de la vida; también el recuerdo quizá de momentos que no fueron tan agradables o de cosas que nos pudieron causar problemas y sufrimientos, ahora nos sirven de lección en ese magisterio de la vida misma para no tener quizás esos mismos tropiezos o para aprender a reaccionar de forma distinta ante lo que ahora se nos va presentando.
Es bueno recordar esos acontecimientos que han sido importantes en nuestra vida. Cada uno tenemos nuestros propios recuerdos y experiencias. Aunque caminamos en el momento presente vislumbrando un futuro que siempre queremos que sea mejor estamos rodeados de recuerdos; que no son simplemente objetos físicos, imágenes o cosas de orden material que quizás acumulamos en nuestro entorno, sino que es algo que llevamos muy dentro, muy grabado en nosotros y se convierten en emociones, sentimientos, certezas, deseos e impulsos que nos siguen dando vida desde lo más hondo de nosotros. Esos recuerdos nos hacen sentirnos fuertes e impulsan nuestra voluntad a seguir soñando con cosas grandes y haciendo esos sueños realidad.
A raíz de estas consideraciones que me estoy haciendo sobre lo importantes que son para nosotros los recuerdos de lo vivido, se me ocurre hacerme una pregunta: ¿Cómo serían los recuerdos que los discípulos conservaban de Jesús? De entrada decir que lo que nos narran los evangelistas es esa recopilación, por decirle de alguna manera, que en los primeros momentos hicieron de todo cuanto recordaban de Jesús. Es cierto que Jesús les mandó hablar de todo ello a todas las gentes en su envío misionero, pero de algunas cosas en especial les dijo claramente que habrían de hacer lo mismo, y que habrían de hacerlo en memoria suya.
Y aquí quiero pensar de manea especial en todo lo acaecido en la ultima cena, pues si primero les lavó los pies a los discípulos que con El estaban sentados a la mesa, les diría que ellos habrían de hacer lo mismo lavándose los pies los unos a los otros. Pero es que además el signo de aquella comida pascual que allí estaban celebrando habría de hacerlo hasta el final de los tiempos.
Allí estaba el pan como signo de su Cuerpo entregado y estaba la copa llena de vino que habría de ser signo para siempre de su Sangre derramada para la salvación de todos los hombres. Serían para siempre el signo de su pascua, de su entrega, de su amor en la expresión más suprema del amor que era entregar su vida. Y esto habrían de hacerlo para siempre en memoria suya, por eso como más tarde nos explicaría san Pablo cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos haciendo memoria de la muerte de Señor hasta que vuelva.
Es el memorial del Señor, así llamamos para siempre nuestra celebración de la pascua de Jesús, porque será algo más que memoria, algo más que revivir, porque es hacer presente, es vivir de nuevo su pascua, es sentir su presencia, es llenarnos para siempre de su vida.
Nos preguntábamos como seria la memoria, el recuerdo que los discípulos hacían de Jesús. Ahí lo tenemos bien reflejado para siempre en lo que para siempre será para nosotros la Eucaristía. No es un rito que hacemos en memoria, es mucho más. Es comenzar de nuevo a vivir en nosotros todo lo que significa la entrega de Jesús, la pascua de Jesús; y recordamos sus palabras, hacemos memoria de todo aquello que Jesús fue haciendo y diciendo en su caminar en medio de los judíos.
Pero no es el recuerdo de algo lejano, es mucho más. Es mucho más porque estamos metiendo en nuestro corazón aquellas cosas que Jesús hacia y decía, estamos sintiendo como se va haciendo vida en nosotros, como nos sentimos de nuevo impulsados a caminar siguiendo los pasos de Jesús, escuchando sus palabras, realizando sus mismos gestos y acciones.
Y entonces sentimos la urgencia de realizar aquello que de manera especial nos mando el Señor, lavarnos los pies los unos a los otros. Ahí tiene que estar expresado todo lo que va a ser nuestro amor, nuestro compromiso por los demás, nuestro compartir y nuestra solidaridad, nuestro trabajo por la justicia y la búsqueda de todo lo bueno que continuamente tenemos que hacer por el hermano.
Celebramos el memorial del Señor cada vez que celebramos la Eucaristía y de Cristo nos alimentamos; nos alimentamos porque le comemos, le comemos en la Eucaristía y le comemos en la Palabra que plantamos hondo en nosotros; nos alimentamos porque el nos ofrece el pan de vida que nos dará vida para siempre y a partir de cada eucaristía y llenos de esa vida que El nos da comenzaremos a repartir vida, a llenar de vida a los demás desde nuestro compromiso de amor. Nunca la Eucaristía que celebramos va a estar lejos de nuestra vida ni de la vida de los demás.
En el recuerdo del Señor, en el memorial del Señor que celebramos, estaremos sintiendo una vez mas todo lo que ha hecho en nosotros a lo largo de nuestra vida y nos sentiremos impulsados con una nueva fuerza, con una nueva vitalidad para seguir viviendo el camino de Jesús, haciendo memoria del paso del Señor por nosotros y para la vida del mundo, celebrando así la pascua del Señor.
Haced vosotros lo mismo, haced esto en memoria mía, nos dice el Señor. Eso hoy en esta fiesta grande de la Eucaristía que es la fiesta del Corpus lo queremos celebrar, lo queremos proclamar cuando llevemos a Cristo mismo en la Eucaristía por nuestras calles y plazas, pero es que eso significa y es compromiso de cómo tenemos que ir al encuentro de Cristo en los demás, en los que sufren, en todos los hombres y mujeres que son nuestros hermanos.

lunes, 5 de octubre de 2015

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

El creyente no es solo el que recita una fórmula de profesión de fe, sino el que hace de esa fe el sentido de su vivir. Ser creyente no es solo un acto intelectual donde proclamamos unas verdades que son fundamentales sobre la existencia de Dios, sino que el creyente ha de sentir y vivir en si mismo, en su propia vida esa existencia de Dios, esa presencia de Dios. Lo formularemos con un credo donde se contengan esas verdades, pero lo hemos de expresar en el sentido de nuestra vida y de nuestra existencia.
Creemos, sí, en el Dios infinito, todopoderoso y creador pero vivimos a ese Dios que es amor y que se hace sentir en la vida y en la historia del hombre. No somos creyentes solo cuando recitamos la fórmula de un credo en una celebración religiosa, sino cuando en la experiencia de la vida, en el caminar de la vida vamos sintiendo la presencia llena de amor de un Dios que es nuestro Padre y nos ama y que nos salva.
El verdadero creyente lo es en todo momento de su vida, no solo cuando nos encerramos tras las paredes de un templo o cuando hagamos nuestras oraciones personales en el silencio de nuestro corazón. En todo momento, en todo lo que hace y en todo lo que sucede el creyente ve la mano de Dios, escucha la voz de Dios que le dice en su corazón que le ama y va respondiendo en todo momento con la propia ofrenda de amor de su vida.
En este día la liturgia de la Iglesia nos ofrece una especial celebración - las témporas - que dentro del ritmo de año y de la vida nos viene a recordar cómo siempre hemos de tener viva esa presencia del Señor en nosotros y en nuestra historia. Témporas de acción de gracias y de petición es el título que se da a esta conmemoración. Y es que la primera respuesta de amor que hacemos a esa inmensidad del amor de Dios sobre nosotros que se manifiesta en nuestra historia y en los acontecimientos de cada día es la acción de gracias.
El creyente ha de ser hombre de memoria para recordar continuamente esa acción de Dios en su vida y en su historia. Esa memoria agradecida de esa acción de Dios es algo que ha de estar siempre presente en nosotros. Es bueno recordar la historia de la salvación no solo en los grandes pasos en los que Dios se nos manifestó en Cristo Jesús para redimirnos, sino en esa historia de la salvación, diríamos personal, en la que cada uno recuerda esos momentos de su vida donde ha sentido de manera especial esa acción de Dios. Y claro, ha de surgir la acción de gracias.
Pero llamamos a las témporas también días de petición, porque somos concientes de nuestra debilidad e impotencia por nosotros mismos y en ese camino de la vida necesitamos de la protección de Dios, de la gracia de Dios que nos acompañe y nos fortalezca. Así surge nuestra oración, en este caso, de petición por nosotros y nuestras necesidades, pero por nuestro mundo, por toda la humanidad con sus problemas, y por la Iglesia.
Una oración de petición que se haría casi interminable porque son tantas las necesidades y los problemas que no acabaríamos nunca de presentarlos al Señor. Pero dediquemos tiempo para ir repasando esos problemas de nuestro mundo con sus injusticias, sus miserias, sus violencias, sus guerras, sus discriminaciones y con tantos odios con que los hombres una y otra vez nos enfrentamos. Dediquemos un tiempo a hacer memoria de la Iglesia y de sus necesidades para presentarla delante del Señor, y no podemos olvidar este momento eclesial que estamos viviendo con la renovación promovida por el Papa Francisco ni a los Obispos reunidos hoy mismo en Sínodo en Roma para tratar de los problemas de la familia y ofrecernos la luz que necesitamos.
Pero en esa petición hay algo que no puede faltar que es la petición de perdón. Nos sentimos débiles y pecadores. Al lado de toda la historia de gracia de la salvación de Dios en nuestra vida, está nuestra historia de debilidades y pecados. Pero la misericordia de Dios es más poderosa que todas nuestras miserias. Nos presentamos ante el Señor sintiéndonos pecadores y queriendo llenarnos hasta rebosar de la misericordia del Señor.
Es el camino del creyente va haciendo día a día con sus limitaciones y con sus esperanzas, pero sintiéndose en todo momento regalado por el amor del Señor. A todo esto nos ayuda la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece y que invito a leer y meditar de nuevo.

jueves, 2 de abril de 2015

Su Cuerpo entregado, su Sangre derramada formará parte para siempre de nuestra vida desde nuestra entrega y nuestro amor

Su Cuerpo entregado, su Sangre derramada formará parte para siempre de nuestra vida desde nuestra entrega y nuestro amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Es la Pascua, es el paso del Señor…’ así les decía Moisés a los israelitas en Egipto. ‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’. Cada año habían de celebrarlo. Por eso, aquella noche estaban reunidos los Jesús y los discípulos en aquella sala que les habían facilitado para celebrar la pascua y comer el cordero pascual.
Pero ahora Jesús les dirá: ‘Haced esto en memoria mía… pues cada vez coméis de este pan y bebéis de esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’. Y es que en aquella cena pascual habían sucedido muchas cosas. Una nueva pascua, una nueva alianza se había celebrado y se había constituido. Ya no era aquel cordero pascual el que habían comido, sino que allí estaba el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que se entregaba, que se inmolaba, que se sacrificaba en el sacrificio de la Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega… esta es mi sangre…el cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre…’
Es lo que hoy estamos celebrando en esta tarde del Jueves Santo. Litúrgicamente iniciamos el triduo pascual. Estamos celebrando la pascua, el paso del Señor, pero no ya de cualquiera manera ni recordando hechos antiguos, sino sintiendo algo nuevo que está ahora sucediendo, que se está haciendo presente en nuestra vida. Es el paso del Señor, la pascua, que tenemos que vivir en nuestra vida. No es un recuerdo. Es una vida. Somos nosotros que nos estamos uniendo con el Señor, viviendo su misma pascua, disponiéndonos para su misma pasión, preparándonos para su misma entrega, queriendo vivir su mismo amor. No es una cosa cualquiera.
Tenemos que poner toda nuestra fe a tope. Como ya hemos expresado tantas veces no es algo ajeno o al margen de nosotros lo que está sucediendo sino que ahí en nuestra vida concreta, la que vivimos cada día con sus problemas y con sus alegrías, con sus miedos y con sus angustias, con sus luchas y con sus esperanzas estamos viendo, viviendo, sintiendo en lo más hondo de nosotros ese paso de gracia del Señor, que nos libera, que nos perdona, que nos llena de gracia, que nos pone en camino de una vida nueva, que nos levanta y nos llena de vida y de esperanza, que nos hace darle un sentido nuevo a todo aquello que es nuestra vida de cada día. Con Cristo nos sentimos renovados para siempre.
Es lo que significó su entrega. Es lo que significa que eso mismo que El hizo nosotros tenemos que seguirlo haciendo. Su Cuerpo entregado, su Sangre derramada es algo que formará parte para siempre de nuestra vida. Lo celebramos, lo vivimos con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía en la que siempre estamos anunciando su muerte y proclamando su resurrección, estamos celebrando su Pascua.
Pero lo celebramos, lo vivimos en el día a día de nuestra vida, cuando nosotros nos entregamos, nos inmolamos, nos damos, somos esa pequeña semilla que se entierra y se oculta, somos capaces de negarnos a nosotros mismos, ofrecemos lo que es nuestra vida también en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus preocupaciones, en los deseos que tenemos de ser mejores, en el espíritu de amor y de servicio a los demás en que queremos vivir. No separamos la Eucaristía de la vida; no separamos la pascua de Jesús de la vida; siempre hacemos que nuestra vida forme parte también de la pascua de Jesús.
En la cena habían sucedido muchas cosas que nos están hablando de todo esto. El evangelista Juan no nos habla de la institución de la Eucaristía, pero sí nos habla de un gesto muy profético de Jesús que nos abre caminos para lo que ha de ser nuestra vida. Se despojó de su manto, se ciñó una toalla, tomó el lugar de los sirvientes y se puso a lavarles los pies a los discípulos. Y ya vemos lo que nos dice al final. ‘Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Ahí tenemos el camino, no es necesario decir muchas cosas ni dar muchas explicaciones, sino hacer lo mismo que hizo el Señor. Cada vez que celebramos la Pascua, cada vez que celebramos la Eucaristía a esto nos estamos comprometiendo, esto que hemos de hacer cada día por los demás es lo que estamos trayendo a la Eucaristía.
Por eso decimos que hoy es el día del amor. Y no solo porque hoy nos dijera cual era su mandamiento nuevo, sino porque hoy estamos contemplando, estamos queriendo llevar de verdad a nuestra vida todo ese amor que vivió Jesús para entregar su Cuerpo, para derramar su Sangre, para que nosotros siguiéramos haciendo lo mismo.
A Pedro y los apóstoles les costaba entender aquello que estaba haciendo Jesús. Todos estaban sorprendidos y Pedro siempre el más decidido a hablar estaba dispuesto a no dejarse lavar los pies por Jesús. ‘No tendrás parte conmigo si no te lavo los pies’, le dice Jesús. ‘Esto que hago ahora lo entenderás más tarde’. Lo mismo que allá en la sinagoga de Cafarnaún no habían terminado de entender las palabras de Jesús que les hablaba de comer su carne y beber su sangre y la fe y el amor les había impulsado a decir que creían en Jesús porque El tenía palabras de vida eterna, ahora era necesario que también se dejaran conducir por esa misma fe y ese mismo amor, porque más tarde lo comprenderían.
Tenían que pasar por la cruz y que llegara la resurrección para que comprendieran todas aquellas cosas y se llenaran de verdad del Espíritu de Jesús. Pasemos nosotros también por la Cruz, vivamos la pascua con toda intensidad y que el Espíritu de Jesús nos ayude a comprenderlo todo, a vivirlo todo, a vivir con toda intensidad la pascua del Señor.
‘Es la Pascua, es el paso del Señor… haced esto en memoria mía…’


sábado, 28 de marzo de 2015

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Salmo Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, es la pregunta que se hacen los fariseos y los príncipes de los sacerdotes ante todo lo que había venido sucediendo. Muchos habían ido a casa de Marta y María tras la resurrección de Lázaro y creían en Jesús; otros acudieron a los fariseos y a los sumos sacerdotes para contarles todo lo que había pasado. ‘¿Qué hacemos?’ se preguntan.
Ya escuchamos lo que proclama el sumo sacerdote, que como nos dice el evangelista habla proféticamente. ‘Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’. La sentencia, en cierto modo, estaba dictada.
‘¿Qué hacemos?’, nos preguntaremos nosotros también. Estamos en las vísperas de la semana de pasión que culminará con la celebración del Triduo Pascual. ¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que vamos a vivir? Mejor, ¿cómo lo vamos  a vivir?
Creo que este sábado es un momento muy importante para prepararnos. No podemos entrar de cualquiera manera en esta semana. No vamos a ser meros espectadores, sino que la pasión y la pascua tiene que ser algo que vivamos con intensidad. No nos quedamos en el recuerdo. Nosotros decimos que hacemos memorial, como lo expresamos en la liturgia cada vez que celebramos la Eucaristía, porque la pascua, la pasión del Señor tiene que ser algo que esté muy presente en nuestra vida.
Cuando ya se acercaban los días de la pascua, nos dice el evangelista que la gente se preguntaba si Jesús iba también a subir a Jerusalén. Ya escuchábamos en el evangelio que se había retirado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, porque aun no había llegado su hora. Por eso somos nosotros los que nos preguntamos si vamos a subir a la Pascua, si vamos de verdad a meternos de lleno en la celebración del misterio pascual de Cristo. No lo miramos desde fuera.
Contemplamos y celebramos la entrega de Jesús, pero que tiene que ser también el camino de nuestra entrega. También tenemos que hacer nuestra ofrenda. También tenemos que sentir esa gracia de la salvación en nuestra vida. Por eso  nos abrimos a la Palabra de Dios y seguiremos cada día impregnándonos de ella, sembrándola de verdad en nuestro corazón. La gracia del Señor llegue a nuestra vida en la celebración de los sacramentos.
Que el Misterio pascual de Cristo nos transforme. Subamos con Cristo hasta la Pascua. No temamos porque caminamos hacia la vida y aunque nos cueste vamos de la mano del Señor.

domingo, 29 de enero de 2012


La victoria jubilosa de Jesús sobre el mal que también nosotros hemos de comunicar a los demás

Deut. 18, 15-20;
 Sal. 94;
 1Cor. 7, 32-35;
 Mc. 1, 21-28
Jesús había comenzado a recorrer Galilea anunciando la Buena Noticia de que llegaba el Reino de Dios. Los primeros discípulos habían comenzado a seguirle y a la invitación de que todo había de cambiar y era necesario creer en Jesús y en la Buena Nueva que anunciaba algunos ya habían comenzado a dejarlo todo para seguirle. Recordamos el pasado domingo a Simón Pedro y Andrés, a Santiago y a Juan que habían dejado redes y barcas para hacerse seguidores de Jesús y pescadores de hombres.
Llega el sábado y la oportunidad está en la asamblea de la Sinagoga donde se escucha y comenta la Palabra de Dios antes de la oración en común. Y allí está Jesús. Y su manera de hablar es nueva. Lo hacía con una autoridad nueva y distinta; no era un maestro de la ley más que repitiera cosas aprendidas sino que lo hacía con autoridad. ‘Se quedaron asombrados de su doctrina porque no enseñaba como los escribas sino con autoridad’, comentaban los oyentes.
¿Cómo no iba a hacerlo así si allí estaba la verdadera Palabra de Dios que se había encarnado, que había plantado su tienda entre nosotros? No eran sólo palabras lo que Jesús ofrecía. Allí había vida y con su Palabra sus vidas se llenaban de luz. Los corazones se sentían enardecidos ante aquella palabra llena de vida y todo se comenzaba a ver con un nuevo resplandor. Era un gozo poder escucharle, y estar con El, y hacer nacer la esperanza en el corazón con su Palabra.
Pero la autoridad de Jesús no solo se iba a manifestar en las palabras que pronunciara sino en la vida nueva que ofrecía. Una vida que no era sólo promesas y anuncios de algo nuevo, sino que lo nuevo se estaba comenzando ya a realizar allí. Anunciaba el Reino de Dios, y reinando Dios el mal tenía que desaparecer del corazón de los hombres, y allí se comenzaría a manifestar esa transformación, para que sólo Dios reinara entre los hombres haciendo desaparecer el mal.
‘Estaba precisamente en la Sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo…’ Alguien dominado por el maligno a quien había que liberar del mal. ‘Se puso a gritar’, dice el evangelista. Aquel hombre poseído por el maligno reconocía que quien estaba allí ante él era quien viniera a destruir y a vencer el mal. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres, el Santo de Dios’.
Se va a manifestar la victoria de Jesús. El maligno se resiste, pero Jesús es el vencedor. Para eso habría de morir en una cruz y resucitado se presentaría como el Señor de la Victoria, el vencedor del mal y de la muerte para siempre. Allí se iba a manifestar esa victoria de Jesús. Allí se iba a manifestar la gloria del Señor liberando a aquel hombre de todo mal.
‘¡Cállate y sal de él!’, le increpa Jesús. ‘Y el espíritu inmundo lo retorció y dando un grito muy fuerte salió de él’. Todos se asombran. Jesús actúa con una autoridad nunca vista. ‘Este enseñar con autoridad es nuevo’, exclama la gente. Allí está la Palabra victoriosa de Jesús.  ‘Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’. Ya escucharemos en los próximos domingos como pronto van a venir de todas partes hasta Jesús buscando vida y salvación.
Ya seguiremos en las próximas semanas todo ese camino, todo ese recorrido de Jesús. Hoy también nosotros venimos hasta El, porque queremos escucharle y porque queremos seguirle también. Como aquella gente que se reunía en la sinagoga de Cafarnaún aquel sábado, día sagrado para los judíos, nosotros venimos en el día del Señor, en el día en que cada semana de manera especial e intensa celebramos su victoria sobre la muerte y el pecado.
Es el domingo, el día del Señor, el día que recordamos y celebramos la resurrección del Señor. Es lo que aquí venimos a anunciar y a celebrar. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos su resurrección’, gritaremos con todo el ardor de nuestra fe confesándole victorioso. Y una vez más diremos ‘¡ven, señor Jesús!’ Que venga el Señor, que llegue a nuestra vida y así nos sintamos iluminados por su luz, transformados por su gracia salvadora, resucitados a una vida nueva.
Aquí estamos como familia reunida en el nombre del Señor para celebrar su victoria en su muerte y resurrección. Escuchamos su Palabra y nos alimentamos también del Pan único y partido de la Eucaristía. Aquí estamos ‘celebrando el memorial del Señor resucitado, mientras esperamos el domingo sin ocaso’, como decimos en uno de los prefacios, ‘en el que la humanidad entera entrará en tu descanso’. Es lo que celebramos de manera especial cada domingo, en el día del Señor. Es lo que proclamamos con nuestra fe alabando por siempre la misericordia del Señor que nos manifiesta así su autoridad siendo vencedor para siempre de la muerte y del pecado.
Jesús actúa con autoridad también en nosotros dándonos su gracia, haciéndonos partícipes de su victoria. Mucho mal se he metido en nuestro corazón cuando hemos dejado entrar el pecado en nosotros, pero sabemos y confesamos en verdad quien es Jesús, el Santo de Dios que nos santifica; el Santo de Dios que nos redime y nos arranca del mal; el Santo de Dios que nos transforma con su gracia para que liberados de toda atadura de pecado vivamos ya santamente. Y por todo ello queremos dar gracias a Dios y cantar para siempre su alabanza.
El evangelio dice que su fama se extendió enseguida por toda la comarca, porque corría la noticia de boca en boca y todos se admiraban de las maravillas del Señor. ¿Nos faltará a nosotros hacer algo así? Es la Buena Noticia que nosotros también hemos de trasmitir. Toda esa salvación del Señor que sentimos en nuestra vida tenemos que saber llevarla a los demás, anunciarla a nuestros hermanos para que ellos descubran también lo que es la misericordia del Señor.
Hemos de confesar que muchas veces nos falta esa alegría y ese entusiasmo nacido de una fe profundamente vivida. Es necesario que contagiemos a los demás de esa alegría de la fe, de esa alegría del encuentro con el Señor resucitado que nos hace partícipes de su victoria sobre el mal, que nos llena con su salvación.
Esa proclamación solemne de nuestra fe que hacemos aquí en medio de la Eucaristía no se puede quedar reducida a proclamarla solo en medio de estas cuatro paredes, sino que tiene que ser una proclamación pública en que a todos alcance y a todos llegue el grito jubiloso de nuestra fe.