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jueves, 17 de abril de 2025

Aprendiendo con Jesús a ceñirnos para ponernos a lavar los pies del mundo de los que nos rodean, secándolos con el paño del amor

 




Aprendiendo con Jesús a ceñirnos para ponernos a lavar los pies del mundo de los que nos rodean, secándolos con el paño del amor

Éxodo, 12, 1-8. 11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jun. 13, 1-15

‘No tengo palabras para agradecer, no tengo con que pagarte todo lo que has hecho por mi’, es la expresión agradecido con que alguna vez quizás nos hemos expresado ante lo que alguien ha hecho por nosotros. Recordaremos siempre agradecidos lo que han hecho por nosotros y cuando los traemos a la memoria los revivimos con tal intensidad como si en aquel momento estuvieran sucediendo.

De alguna manera pueden ser los sentimientos con que nosotros hoy nos podemos disponer a celebrar este día del Jueves Santo con el que comenzamos las celebraciones del triduo pascual. ‘¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?, diremos con el salmista en la celebración de este día. ‘Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor’.

Son recuerdo pero es algo tan intenso que lo hacemos de nuevo vida en nosotros. No es como recordar hechos pasados sino que es algo que seguimos viviendo, seguimos sintiéndolo presente en nosotros, haciéndose vida nuestra. Hoy san Pablo en la Palabra de Dios proclamada recuerda aquella tradición recibida del Señor y lo hace de tal manera que la describe con todo detalle, como nosotros haremos hoy, pero como hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía. Algo que no podremos quitar de nuestra vida, ese Cuerpo entregado por nosotros que por nosotros se hace pan y alimento de nuestra vida, esa Sangre derramada que sentimos seguir cayendo sobre nosotros para ser nuestra redención y nuestra salvación.

Será para nosotros ya para siempre el signo de la Alianza de amor de Dios con nosotros. No lo podremos olvidar, lo proclamamos como nuestro misterio de fe, nos hará sentir para siempre esa presencia de Dios con nosotros. Sentiremos para siempre la emoción del momento, nos sentiremos sobrecogidos ante el misterio, pero rebosaremos con la alegría nueva que nace en nosotros  en la seguridad de la presencia del Señor.

Por eso tiene tan emotivo significado la celebración del Jueves Santo para los cristianos, estamos celebrando la Cena del Señor, no estamos haciendo un recuerdo, lo estamos viviendo ahora misteriosamente como si fuéramos alguno de aquellos discípulos del Señor que en aquella noche estuvieron en aquella cena pascual. Es lo bonito de nuestra fe porque nos introducimos en el misterio, dejamos que nos envuelva ese misterio de Dios, dejamos que se inunde nuestro corazón de esa presencia de Dios.

Pero en ese recuerdo y en esa vivencia están los gestos y los signos con los que Jesús quiso comenzar aquella cena y que nosotros también tenemos que estar realizando. Antes de comenzar aquella cena pascual que tanto había deseado Jesús, consciente del momento, consciente de que había llegado la Hora, se despojó de su manto, se ciñó un paño a su cintura y se puso a lavar los pies a cada uno de los presentes, y  nos dice también el evangelista, secándoselos con el paño que se había ceñido.

Es bien significativo. Pedro porfiará que no se dejará lavar los pies porque eso no es tarea del Maestro sino de los servidores. Pero Jesús les lavará los pies a todos y cada uno sin diferencia ni distinción. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le dice a Pedro. Se ciñe el que se dispone a trabajar para que sus vestiduras no le sean un tropiezo en la tarea que va a realizar. Jesús se ciñe que no es solo para ese momento significativo de lavarles los pies sino por lo grande que va a realizar.

Está emprendiendo el camino que le llevará a la cruz, que tendrá que cargar sobre sus hombros hasta el Calvario. Está señalándonos también lo que tiene que ser el camino de nuestra vida y nosotros por la fe sí queremos tener parte con El. Por eso nos dirá que si El, el Maestro y el Señor, se ha ceñido para lavarles los pies, es lo que nosotros también tenemos que hacer. Luego nos dirá que se mandamiento es el del amor. Ahora nos está enseñando a ceñirnos nosotros para cumplir ese mandamiento, porque también tenemos que ir lavando los pies, porque también con ese paño que llevamos ceñido tenemos que irlos secando como lo hizo Jesús.

Que no fue solo de aquella noche, es lo que le hemos venido viendo hacer en cada página del Evangelio. ¿No era Jesús el que se acercaba al paralítico que se sentía abandonado en la piscina, o se detenía junto al camino para poner el barro amasado con su saliva al ciego que mandaba a Siloé a lavarse? ¿No era el que dejaba que le rompieran el techo de la casa para que llegara a sus pies el paralítico o tocaba con su mano al leproso que se acercaba a El para curarse? ¿No era El quien se ponía en camino a casa de Jairo o quería ir a la casa del centurión, o se dejaba tocar la orla del manto por la mujer llena de impureza por sus hemorragias? ¿No era el que sentaba tanto a la mesa de Simón el fariseo como comía también con los publicanos y las prostitutas?

Eso que he hecho con vosotros, para que vosotros también lo hagáis. ‘¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?’ también como Pedro hoy le vamos a decir ‘no solo los pies… lávanos, Señor’, que lo necesitamos porque tantas veces nos cuesta ceñirnos para ponernos en tu camino. No es cualquier cosa lo que hoy Jueves Santo celebramos. Hoy es un día especial del Amor que tenemos que hacer vivo y presente en el día a día de nuestra vida. ‘Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor’.

lunes, 3 de abril de 2023

Una nueva perspectiva que se abre ante nosotros, ceñirnos para postrarnos a los pies del Jesús que encontramos en el hermano para derramar el perfume de nuestro amor

 


Una nueva perspectiva que se abre ante nosotros, ceñirnos para postrarnos a los pies del Jesús que encontramos en el hermano para derramar el perfume de nuestro amor

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11

Un día también en un banquete se había introducido una mujer que también tenía mucho amor. Igualmente había derramado un frasco de perfume sobre los pies de Jesús; no sabemos si entonces eran un perfume de mucho valor, aunque se supone, porque las lágrimas de aquella mujer tienen el valor del amor y del arrepentimiento. Era una mujer pecadora que se había atrevido a meterse en la casa de un fariseo que daba un banquete a Jesús. La incomodidad de este hombre por lo que estaba sucediendo, y además en su casa, era notoria. ¿Cómo se había atrevido aquella mujer a meterse en su casa y llegar a tocar los pies del Maestro? Pero allí estaban los besos y las lagrimas del amor, de mucho valor, que incluso merecerían la alabanza de Jesús porque así tenía asegurado su perdón.

Hoy es otra mujer agradecida la que derrama un caro perfume sobre los pies de Jesús. No era la primera vez que se sentaba a los pies de Jesús, pues esa era su postura preferida cuando Jesús visitaba aquel hogar de Betania. Alguna vez había recibido los reproches de su hermana porque no la ayudaba en la casa en las tareas de la hospitalidad que se debía a los huéspedes, pero Marta afanosa en sus quehaceres y preparativos no había caído en la cuenta que la mejor forma de acogida y hospitalidad no es ofrecer cosas, sino poner el corazón atento para beberse sus palabras de quien era acogido en la casa.

Ahora es Maria, la de Betania, después que Jesús les había devuelto con vida al hermano que se había enfermado y muerto sin que llegara a tiempo Jesús – aún sonaban los reproches, ‘si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano’, que te habíamos avisado – ofrece aquel perfume de nardo purísimo para perfumar los pies de Jesús. Será el interesado Judas Iscariote el que se preocupe de que aquella fortuna se pudiera haber gastado en los pobres, pero Jesús será quien del significado de aquel gesto de María de Betania. ‘Lo tenía guardado para mi sepultura’.

Nosotros estamos a punto de celebrar el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. ¿Andaremos también desorientados en lo que tenemos que hacer como aquellos discípulos que cuando perdieron a Jesús lo abandonaron y huyeron? ¿Andaremos también despistado como las buenas mujeres que en la mañana del primer día de la semana iban al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús sin pensar siquiera quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro? ¿Andaremos con derroches quizás y afanados en muchas preocupaciones porque tenemos que tener bien preparadas todas las cosas de la semana santa para que todo salga bien y esplendoroso?

¿Acaso no tendríamos como estas dos mujeres que hemos mencionado preparar los perfumes con los que ungir y perfumar los pies de Jesús? No tenemos que buscar caros perfumes pero sí el perfume más preciado de nuestro arrepentimiento y de nuestro amor con el que postrarnos a los pies de Jesús. Será otro gesto el que veremos destacar con un especial resplandor en estos días, sobre todo en la tarde del jueves santo. Postrarnos a los pies, para lavar los pies. ¿Con lágrimas de amor como la mujer pecadora? ¿Con perfume carísimo como María de Betania como la mejor expresión de agradecimiento? ¿O será acaso con la cintura ceñida y el agua en la jofaina de nuestro espíritu de servicio como contemplaremos a Jesús?

Perspectivas para una nueva y mejor semana santa tenemos ante nosotros en el evangelio que estamos meditando. Lo importante es que tengamos la valentía de ceñirnos para postrarnos a los pies… con toda la fuerza de nuestro amor y espíritu de servicio.

jueves, 14 de abril de 2022

Se quitó el manto y se ciñó como signo de la entrega y del que se da libremente, es el signo de la Pascua, es el signo del amor

 


Se quitó el manto y se ciñó como signo de la entrega y del que se da libremente, es el signo de la Pascua, es el signo del amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Todo estaba cuidadosamente preparado. Los discípulos que habían preguntado donde quería Jesús que se celebrase la cena pascual, habían seguido las indicaciones del Maestro y lo habían dispuesto todo. Era una cena que tenía mucho de rito, era un recuerdo y una acción de gracias. Aquella comida de pascua que hacían los pastores antes de salir en la primavera en búsqueda de nuevos pastos se había convertido en la comida del cordero pascual como recuerdo y celebración de la salida y liberación de Egipto y del paso salvador del Señor. Todo estaba dispuesto para la celebración de aquella pascua.

Pero otros van a ser los gestos y acciones de Jesús para dar un sentido hondo a lo que iba a ser aquella pascua. Había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre. Era su hora, aparentemente del poder de las tinieblas por cuanto había de suceder, pero que sería hora de luz y de salvación. Como nos relata el evangelista ‘Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’.

El asombro se apodera de los discípulos. Pedro que se niega a que Jesús le lave los pies. ‘Si no te lavo los pies no tendrás parte conmigo’, que le dice Jesús y Pedro que ya está dispuesto no solo a los pies sino al cuerpo todo. ‘Estáis limpios… solo es necesario los pies… aunque no todos estáis limpios’. Se dejan hacer aunque no entienden, cuando eran ellos los que tenían que haberle lavado los pies al maestro como era uso y costumbre. Pero Jesús se había ceñido.

Se quitó el manto y se ciñó. Como el que va a la tarea y al trabajo, como el que va a la batalla, como el que tiene algo que realizar y se quitará todo lo que sea impedimento, pero se ceñirá para ajustar sus ropajes y pueda realizar bien el trabajo.  No se quita la toalla que se ha puesto como ceñidor ni siquiera para limpiarles los pies. Era el signo de la entrega, era el signo del que se da libremente. ‘Nadie me arrebata la vida, sino que yo la entrego libremente’, diría en otro momento. Es el signo de verdad de la Pascua que se va a realizar.

Es la señal del amor más hermoso y más grande, de aquel que es capaz de dar la vida por los que ama. No es ahora solo la humildad del que se abaja, del que es capaz de agacharse delante de los demás para lavar los pies sino que es el camino de la mayor grandeza del amor, como había enseñado a sus discípulos Es el misterio de amor que estamos contemplando en Jesús en los signos y gestos que ahora realizar, pero que son los signos que nos hablan de su muerte en la cruz.

‘Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde’, le decía a Pedro para convencerlo de que se dejara hacer. Y ahora les explica cuando de nuevo vuelve a la mesa. ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’.

Es el sentido de la pascua que nosotros también hemos de vivir. Con Jesús nos hemos sentado también a la mesa. Estamos haciéndonos partícipes de todo su misterio de amor y de entrega. Pero no somos simplemente espectadores, tampoco seres pasivos que solo recibimos sino que nosotros también hemos de poner en el mismo camino de Jesús, de amor, de entrega aunque para ello tengamos que subir también a la cruz. Es que nuestra vida ya no tiene sentido sino desde el amor. Es lo que verdaderamente va a dar valor a nuestra vida.

Este día de Jueves Santo lo llamamos el día del amor, del amor fraterno. Pero es que quien se ha sentado a la mesa con Jesús no puede hacer otra cosa. ‘Lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’, nos decía Jesús. Es ceñirnos nosotros también para ponernos en camino, para realizar la tarea, para vivir nuestra entrega, para comenzar a amarnos de verdad, para hacer del mundo un reino de amor.

No es una tarea fácil, por eso tenemos que ceñirnos para la lucha. Serán muchas las sombras que querrán ahogar la luz; es mucho el mundo de violencia y de odio que nos rodea, brilla demasiado la insensibilidad y el egoísmo en tantos corazones que la insolidaridad reina a sus anchas; es grande la tarea que nos espera, y no podemos ir desde nuestras comodidades, envueltos en nuestros ropajes de suficiencia a esa lucha; tenemos que ceñirnos y arremangarnos para realizar esa lucha del amor. Que no es lucha de violencia, sino señal de entrega y de donación de nosotros mismos.

Pero es una tarea en la que no estamos solos ni la realizamos solo por nuestras fuerzas. Jesús es nuestro alimento y nuestra vida; es el pan de vida que da vida al mundo. Así se nos da hoy cuando se hace Eucaristía, cuando parte el pan para nosotros y nos dice que comamos que es su Cuerpo. En esta cena pascual no vamos a comer un cordero cualquiera, sino al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es a Cristo mismo a quien comemos, que se hace vida y se hace alimento, que se amor por nosotros para alimentar nuestro amor. Hoy es también el día de la Eucaristía, el día de la Institución de la Eucaristía.

jueves, 9 de abril de 2020

Jesús se quitó el manto y se ciñó la toalla y nos dice ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’



Jesús se quitó el manto y se ciñó la toalla y nos dice ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
Alguien escribió en relación a este día que estamos viviendo. ‘El Jueves Santo sabe a testamento. Nos trae gestos y palabras de Jesús que llevan a lo esencial, a una invitación a hacer memoria de lo vivido, pero, sobre todo, a vivir cada día haciendo memoria, realizando cada cristiano la entrega que Jesús hizo por nosotros’.
‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’ les dice a los discípulos cuando termina de lavarles los pies. ‘Haced esto en memoria mía… haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice cuando parte el pan y les reparte la copa. Los gestos de Jesús son su testamento, lo que nosotros hemos de hacer. No otra cosa pueden hacer los que reciben un testamento de su ser amado.
Es lo que hoy contemplamos y celebramos. Es lo que hoy queremos hacer vida en nosotros. La memoria que nosotros hemos de hacer no es simplemente el recuerdo de algo sucedido en el pasado. Hacer memoria para nosotros es hacer presente, en el ahora y hoy de nuestra vida, lo que realizó el Señor. No es solo recordar, sino es hacer, es vivir lo mismo, de la misma manera, y aquí está la maravilla, sintiendo esa presencia viva hoy y ahora del Señor en nosotros y con nosotros.
La cena comenzó con ese gesto que los sorprendió. Es cierto que siempre se ofrecía agua al que llegaba para hacer sus abluciones, pero lo sorprendente y significativo son los gestos de Jesús. Es El quien se adelante quitándose el manto, pero al mismo tiempo ciñéndose la toalla. No es ya solo ofrecer sino ponerse a hacer, porque va poniéndose a los pies de cada uno de los discípulos para lavárselos ante la sorpresa, la reticencia incluso de ellos que les parecía imposible que Jesús realizara aquel gesto. Escuchamos solo a Pedro poner las pegas, por así decirlo, pero seguro que era el pensamiento de todos.
Pero fijémonos en el detalle que nosotros también hemos de saber copiar, saber realizar. No solo se despoja del manto que hubiera sido una dificultad para realizar la acción, sino que se ciñe la toalla. Se ciñe como el que va a trabajar, a realizar algo. Es todo un signo que no nos puede pasar desapercibido. Comenzaba en aquel momento algo nuevo en la vida de Jesús, porque iba a comenzar su pasión, su entrega hasta el final. No era que otros los entregaran, sino era El mismo quien se entregaba, quien se aprestaba a comenzar a subir y culminar aquel camino que le llevaba a la cruz, que le llevaba a la glorificación.
Aquel momento de lavarles los pies a los discípulos era el primer paso de quien les había enseñado que había que hacerse el último y el servidor de todos para ser verdaderamente importante. Era el paso que se continuaba, se prolongaba en su camino bajo el peso de la cruz y que culminaba el amor más generoso y más grande porque era el amor de quien daba su vida por los que amaba. Era el momento de su gloria, de su glorificación como ya había anunciado repetidamente en el evangelio aunque a los discípulos tanto les costaba comprender.
Pero recordemos lo que luego les diría. ‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’ Es su testamento, como antes decíamos, es lo que nos manda hacer, lo que nosotros tenemos que hacer. Tenemos que ceñirnos también para ir a lavar los pies. Qué amplio campo se abre ante nosotros del que no podemos desentendernos. Es de tantas maneras como podemos y tenemos que realizarlo.
Pero no olvidemos ceñirnos, porque tiene que ser la primera predisposición que tiene que haber en nosotros. Ceñirnos es la disponibilidad en que hemos de estar. Ceñirnos en la generosidad que hemos de tener en el corazón. Ceñirnos es la humildad para sabernos agachar, sí, también a la altura de los pies de los demás. Ceñirnos es ponernos a mirar a los ojos del que tenemos enfrente. Ceñirnos es tender la mano mirando a los ojos porque no es simplemente dejar caer una limosna, sino ofrecer nuestro amor. Ceñirnos es abrir los oídos del corazón para escuchar, para sintonizar mejor con los demás y querer enterarnos de cual es su sufrimiento como compartir también sus ilusiones y alegrías aunque nos parezcan pobres.
Ceñirnos… son tantas cosas, piensa en los que tienes a tu lado y que algunas veces te cuesta soportar y amar, piensa en el desconocido que llega a tu vida y tienes la tendencia a recibirle con desconfianza, piensa en esa persona que sabes que está sola y a quien podrías acompañar dándole tu tiempo, piensa en esas personas que vemos marginadas y rechazadas porque la gente pasa indiferente ante ellas o porque quizá no nos caen bien y no nos gusta su facha y trata de detenerte en la orilla del camino donde está, piensa en esa mirada que alguna vez has recibido de alguien pero que has tratado de desviar tu mirada para no darte por enterado… ceñirnos.
Cuando aprendamos a ceñirnos y a ponernos a lavar los pies – y bien sabemos de cuantas maneras podemos lavar los pies – entonces comprenderemos de verdad todo el hondo significado que tiene el otro gesto de Jesús en este día. ‘Esto es mi cuerpo’, y les reparte el pan; ‘esta es mi Sangre derramada’, y les hace compartir la copa. Es la nueva Alianza, es el Nuevo Testamento, es la presencia del Señor que se hace vida nuestra.
Ya entonces vimos al Señor cuando fuimos capaz de ceñirnos, ahora sentimos la fuerza del Señor para poder mantenernos ceñidos y dispuestos generosamente para el amor. Y es que de su amor nos alimentados porque El se hace vida, se hace alimento, se hace comida para estar con nosotros, para que nosotros nos hagamos uno con El. ¿Entenderemos entonces el hondo sentido de la Eucaristía?
Es el testamento del Señor. Es lo que El hizo y quiere que nosotros hagamos. Es la entrega de Jesús que ha de ser también nuestra entrega. Vivámoslo en este jueves santo especial, que si en nuestros templos hoy no se realiza el rito del lavatorio de los pies, cada uno de nosotros tenemos la oportunidad de realizarlo de muchas maneras, aunque por las circunstancias estemos encerrados en nuestras casas. Alguna nueva forma tendremos de ceñirnos como lo hizo Jesús.

jueves, 29 de marzo de 2018

Es la hora en que encontremos un sentido para la vida en la entrega de Jesús y aprendamos a ceñirnos la toalla para amar y entregarnos como Jesús



Es la hora en que encontremos un sentido para la vida en la entrega de Jesús y aprendamos a ceñirnos la toalla para amar y entregarnos como Jesús

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo… Estaban cenando, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido…’
Es la hora. Había llegado su hora. Es la hora del amor, de la entrega, del dar la vida. Ahora todo son signos; mañana lo veremos en la más hermosa entrega, ‘los amó hasta el extremo’.
No son unos signos cualesquiera. Cada detalle tiene un profundo significado. Ya es hermoso que todo se realice en medio de una cena, una comida. Es fraternidad y comunión de los que se sientan a una misma mesa. Es memoria y es celebración porque era la cena pascual que recordaba el paso de Dios por su historia, por la historia del pueblo de Israel, por la historia de cada uno. Es celebración porque tiene el sabor del encuentro y de la despedida; es la última cena, así la llamamos siempre.
Pero es celebración porque es mucho más, aquella cena ha de prolongarse para siempre y cada vez que se celebre será celebrar su presencia y su vida, su amor y su entrega. Pero es celebración que es anuncio de futuro, tiene la trascendencia de la eternidad, de las bodas eternas, de la pascua eterna junto a Dios para siempre.
Y es importante este primer signo de la cena. Jesús se despojó de su manto pero se ciñó. El manto puede ser abrigo y adorno, pero cuando se va a realizar algo grande no necesitamos el manto, nos liberamos de él. Pero Jesús se ciñó, y en este caso una toalla. Se ciñe el que se dispone a salir, el que va a comenzar un trabajo, el que va a emprender algo grande. Por eso en otro momento nos dirá que estemos con la cintura ceñida como los servidores que esperan a que su señor llegue para servirle. Si están ceñidos es porque están despiertos, están vigilantes para el servicio y para la entrega.
Y Jesús se ciño porque iba a realizar algo inaudito. Inaudito era que quien era el señor se pusiera a servir. Lavar los pies a los invitados era tarea de otros, de los servidores. ‘Me llamáis el Maestro y el Señor y decís bien’, le dice Jesús. Pues si El que es el Maestro y el Señor se ha puesto de servidor a lavar los pies nos está diciendo lo que hemos de hacer.
Por eso ese gesto de Jesús significa mucho, significa su entrega. Era inaudito lo que iba a pasar, que Jesús fuera entregado a la muerte y una muerte de cruz. Pero es que no era que otros lo entregaran, era El mismo el que se estaba entregando y eso sí que era inaudito. Por eso es tan grande, tan importante este signo que realiza Jesús.
Se ciñó porque estaba dispuesto, preparado para la entrega. ‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, ya nos había dicho el evangelista como prólogo a este episodio. Todo lo que viene a continuación es una consecuencia. Juan no nos hablará de la Eucaristía en la cena pascual, como lo hacen los otros evangelistas, porque de alguna manera estaba ya incluido en este signo con el que Jesús comienza la cena. Será como una continuidad. Quien así se entregaba era para que nosotros tuviéramos vida. Cuando vamos a comer a Jesús en la Eucaristía estamos comiéndole en su entrega, porque así queremos entrar en comunión con El, con su amor para vivir en su mismo amor.
Más adelante en la cena nos dirá que nos deja un solo mandamiento. Nos dirá que tenemos que amar con un amor como el que El nos amó. Ese será nuestro distintivo. Pero el distintivo está en lo profundo; no es cuestión de palabras bonitas que nos digamos los unos a los otros; no es solo unos gestos esporádicos que hagamos en un momento de entusiasmo o de fervor. Tiene que ser el sentido de la vida, tiene que ser nuestro vivir. Y nuestro vivir es en la misma entrega de Jesús.
Tenemos que aprender a ceñirnos como Jesús para estar siempre dispuestos; siempre vigilantes para ir allí donde se necesita que pongamos amor. Y aunque hoy en nuestro mundo es quizá la palabra mas repetida, sin embargo bien sabemos que es el ansia mas profundo que sienten los hombres y mujeres a nuestro lado. Habrá muchas palabras de amor pero hay muchas ansias de amor, porque no siempre todos se sienten queridos, acompañados. Muchas soledades con hambre de amor podemos descubrir en nuestro entorno.
Vivimos en un mundo de muchas comunicaciones, pero también de muchas soledades. Buscamos y no sabemos como ni donde. Y entonces queremos satisfacernos con superficialidades, con muchas banalidades de la vida, con amores efímeros que no son el verdadero amor. Recorramos las redes sociales y si nos fijamos bien detrás de muchas cosas que se dicen o se comunican hay muchas soledades que no han encontrado un verdadero sentido para sus vidas. Y porque no hay una comunicación profunda los encuentros son efímeros, las amistades pronto se acaban, aparecen las huidas por miedo al compromiso, las soledades perviven, las angustias siguen ensombreciendo los corazones.
Nosotros los que creemos en Jesús y en este día del Jueves Santo le vemos ceñirse para darse y entregarse hemos de aprender de Jesús lo que es el amor verdadero y el amor que tenemos entonces que comunicar a los demás. Hoy queremos entrar en comunión con Cristo y por eso con tanta intensidad queremos vivir la Eucaristía para así llenarnos de ese amor que nos lleve a los demás, que nos lleve a hacer un mundo donde de verdad nos encontremos para ser más felices.
Comulgando a Cristo y entrando en comunión con El rompamos los círculos cerrados para ir a un encuentro verdadero con los demás. En Cristo tenemos el ejemplo, el estimulo y la fuerza para realizar esa reconstrucción del amor en nuestro mundo. Encontremos ese sentido en la entrega de Jesús y aprendamos a ceñirnos la toalla para amar y entregarnos como Jesús.



jueves, 11 de mayo de 2017

Que las cosas pequeñas de cada día sepamos hacerlas impregnadas de amor y espíritu de servicio con la sencillez de los gestos pequeños y humildes

Que las cosas pequeñas de cada día sepamos hacerlas impregnadas de amor y espíritu de servicio con la sencillez de los gestos pequeños y humildes

Hechos de los apóstoles 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
No queremos que nadie nos haga sombra. Queremos sobresalir, estar por encima de todos y podemos tener la sensación de que algunas cosas que tuviéramos que hacer son humillantes. Como bonitas palabras eso del servicio, de ser servidores de los demás queda muy bien, pero algunas veces da la impresión de que nos sentimos humillados y como que quisiéramos que no nos vieran.
Son tentaciones que fácilmente nos afloran desde nuestro orgullo y nuestro amor propio y eso crea tensiones en nuestro interior y también de alguna manera con aquellos que nos rodean. En unos mas y en otros menos, pero nos suceden cosas así en nuestro interior que luego se manifiestan en gestos y en actitudes, en desconfianzas, en ocultamiento de nuestra verdadera personalidad. Con lo bonita que seria la vida si viviéramos en actitudes sencillas y de humildad en nuestras relaciones con los demás; quitaríamos amarguras que se nos meten por dentro con nuestros miedos y sabríamos ser felices haciendo felices a los demás.
El texto del evangelio que hoy se nos ofrece es una continuación del momento en que en la cena pascual lava los pies a los discípulos. Ya sabemos como les impresiono aquel gesto de Jesús y hasta les resulto incomprensible; ya sabemos que Pedro no quería dejarse lavar los pies. Por el texto complementario ya sabemos como Jesús les dice que si El, el Maestro y el Señor, les ha lavado los pies así tienen que hacerlo los unos con los otros. Hoy le escuchamos en la continuación de las palabras de Jesús que les dice que ‘el discípulo no es más que su maestro ni el enviado mayor que el que lo envía’.
Son las actitudes nuevas que Jesús quiere que adornen nuestra vida, mas bien, nos envolvamos en ellas haciéndolas como nuestra piel. Ya nos dirá que nuestro distintivo ha de ser el amor, el servicio humilde, el ser capaces de darnos por los demás, y como modelo nos pone su amor. ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’, terminara diciéndonos. No es una medida cualquiera, porque bien sabemos cual es la medida del amor de Jesús, el amor más supremo, el amor de quien es capaz de dar la vida por los que ama.
Como decíamos antes son palabras bonitas fáciles de decir, pero lo importante es que sepamos traducirlas al día a día de nuestra vida. No se trata de hacer grandes cosas, sino que esas cosas pequeñas que cada día hagamos las realicemos impregnadas de ese amor, con esa sencillez de los gestos pequeños y humildes. Esa buena palabra dicha con suavidad en el momento en que pudiera surgir en nosotros la ira y la violencia, ese pequeño gesto de acercarnos a quien esta solo, ese saludo amable y con una sonrisa a aquel con quien nos encontramos, ese interesarnos con delicadeza por la salud y el bienestar de quienes están a nuestro lado, esos oídos atentos para escuchar en silencio el dolor o la preocupación que el amigo o el vecino quizás quiere compartir con nosotros.
Eso es, en cosas sencillas así, el lavarles los pies a los demás que Jesús nos dice que nosotros tenemos que hacer como El hizo. Esa es la acogida que tenemos que saber hacer al que llega a nuestro lado. Eso es saber descubrir al Señor en aquel con quien nos encontramos y que camina con nosotros en la vida.

jueves, 2 de abril de 2015

Su Cuerpo entregado, su Sangre derramada formará parte para siempre de nuestra vida desde nuestra entrega y nuestro amor

Su Cuerpo entregado, su Sangre derramada formará parte para siempre de nuestra vida desde nuestra entrega y nuestro amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Es la Pascua, es el paso del Señor…’ así les decía Moisés a los israelitas en Egipto. ‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’. Cada año habían de celebrarlo. Por eso, aquella noche estaban reunidos los Jesús y los discípulos en aquella sala que les habían facilitado para celebrar la pascua y comer el cordero pascual.
Pero ahora Jesús les dirá: ‘Haced esto en memoria mía… pues cada vez coméis de este pan y bebéis de esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’. Y es que en aquella cena pascual habían sucedido muchas cosas. Una nueva pascua, una nueva alianza se había celebrado y se había constituido. Ya no era aquel cordero pascual el que habían comido, sino que allí estaba el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que se entregaba, que se inmolaba, que se sacrificaba en el sacrificio de la Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega… esta es mi sangre…el cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre…’
Es lo que hoy estamos celebrando en esta tarde del Jueves Santo. Litúrgicamente iniciamos el triduo pascual. Estamos celebrando la pascua, el paso del Señor, pero no ya de cualquiera manera ni recordando hechos antiguos, sino sintiendo algo nuevo que está ahora sucediendo, que se está haciendo presente en nuestra vida. Es el paso del Señor, la pascua, que tenemos que vivir en nuestra vida. No es un recuerdo. Es una vida. Somos nosotros que nos estamos uniendo con el Señor, viviendo su misma pascua, disponiéndonos para su misma pasión, preparándonos para su misma entrega, queriendo vivir su mismo amor. No es una cosa cualquiera.
Tenemos que poner toda nuestra fe a tope. Como ya hemos expresado tantas veces no es algo ajeno o al margen de nosotros lo que está sucediendo sino que ahí en nuestra vida concreta, la que vivimos cada día con sus problemas y con sus alegrías, con sus miedos y con sus angustias, con sus luchas y con sus esperanzas estamos viendo, viviendo, sintiendo en lo más hondo de nosotros ese paso de gracia del Señor, que nos libera, que nos perdona, que nos llena de gracia, que nos pone en camino de una vida nueva, que nos levanta y nos llena de vida y de esperanza, que nos hace darle un sentido nuevo a todo aquello que es nuestra vida de cada día. Con Cristo nos sentimos renovados para siempre.
Es lo que significó su entrega. Es lo que significa que eso mismo que El hizo nosotros tenemos que seguirlo haciendo. Su Cuerpo entregado, su Sangre derramada es algo que formará parte para siempre de nuestra vida. Lo celebramos, lo vivimos con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía en la que siempre estamos anunciando su muerte y proclamando su resurrección, estamos celebrando su Pascua.
Pero lo celebramos, lo vivimos en el día a día de nuestra vida, cuando nosotros nos entregamos, nos inmolamos, nos damos, somos esa pequeña semilla que se entierra y se oculta, somos capaces de negarnos a nosotros mismos, ofrecemos lo que es nuestra vida también en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus preocupaciones, en los deseos que tenemos de ser mejores, en el espíritu de amor y de servicio a los demás en que queremos vivir. No separamos la Eucaristía de la vida; no separamos la pascua de Jesús de la vida; siempre hacemos que nuestra vida forme parte también de la pascua de Jesús.
En la cena habían sucedido muchas cosas que nos están hablando de todo esto. El evangelista Juan no nos habla de la institución de la Eucaristía, pero sí nos habla de un gesto muy profético de Jesús que nos abre caminos para lo que ha de ser nuestra vida. Se despojó de su manto, se ciñó una toalla, tomó el lugar de los sirvientes y se puso a lavarles los pies a los discípulos. Y ya vemos lo que nos dice al final. ‘Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Ahí tenemos el camino, no es necesario decir muchas cosas ni dar muchas explicaciones, sino hacer lo mismo que hizo el Señor. Cada vez que celebramos la Pascua, cada vez que celebramos la Eucaristía a esto nos estamos comprometiendo, esto que hemos de hacer cada día por los demás es lo que estamos trayendo a la Eucaristía.
Por eso decimos que hoy es el día del amor. Y no solo porque hoy nos dijera cual era su mandamiento nuevo, sino porque hoy estamos contemplando, estamos queriendo llevar de verdad a nuestra vida todo ese amor que vivió Jesús para entregar su Cuerpo, para derramar su Sangre, para que nosotros siguiéramos haciendo lo mismo.
A Pedro y los apóstoles les costaba entender aquello que estaba haciendo Jesús. Todos estaban sorprendidos y Pedro siempre el más decidido a hablar estaba dispuesto a no dejarse lavar los pies por Jesús. ‘No tendrás parte conmigo si no te lavo los pies’, le dice Jesús. ‘Esto que hago ahora lo entenderás más tarde’. Lo mismo que allá en la sinagoga de Cafarnaún no habían terminado de entender las palabras de Jesús que les hablaba de comer su carne y beber su sangre y la fe y el amor les había impulsado a decir que creían en Jesús porque El tenía palabras de vida eterna, ahora era necesario que también se dejaran conducir por esa misma fe y ese mismo amor, porque más tarde lo comprenderían.
Tenían que pasar por la cruz y que llegara la resurrección para que comprendieran todas aquellas cosas y se llenaran de verdad del Espíritu de Jesús. Pasemos nosotros también por la Cruz, vivamos la pascua con toda intensidad y que el Espíritu de Jesús nos ayude a comprenderlo todo, a vivirlo todo, a vivir con toda intensidad la pascua del Señor.
‘Es la Pascua, es el paso del Señor… haced esto en memoria mía…’