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domingo, 2 de octubre de 2022

Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe

 


Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2Timoteo 1, 6-8. 13-14; Lucas 17, 5-10

Hacer un camino es mucho más que recorrer un trayecto, y si es posible, en el menor tiempo posible, para llegar a una meta. En nuestro mundo de prisas y de carreras, nos valemos de los más medios posibles y hoy se nos ofrecen muchas posibilidades técnicas, corremos de un lado para otro, queremos estar hoy aquí y mañana en cualquier otro lugar pero haciendo muchos recorridos hacemos pocos caminos. Cuántas veces nos sucede que habremos recorrido muchos sitios, pero no hemos saboreado lo mejor de esos sitios –digamos incluso como ejemplo la comida – y pocos recuerdos se mantengan en el alma de esos lugares recorridos.

El que hace camino contempla, el que hace camino se encuentra, el que hace camino de verdad descubre y aprende muchas cosas, el que hace camino saborea el lugar por donde va pasando y la relación con las personas con las que se va encontrando, el que hace camino se va empapando de una nueva sabiduría de la vida porque es capaz de detenerse para contemplar, para encontrarse, para saborear. El que hace camino también, y es importante, se encuentra consigo mismo pero no se encierra sino que se abre a una nueva trascendencia que también le eleva.

No nos quedemos en la imagen de un recorrido que podamos hacer por cualquier lugar de donde al final saboreemos o no las características de ese lugar. Es una imagen del camino de la vida que vamos haciendo cada día, donde en nuestras prisas o nuestras superficialidades no llegamos a saborear lo que es la vida misma; nos vamos muchas veces a lo que más pronto nos llama la atención, o nos quedamos en el disfrute de placeres efímeros que no terminan de darnos honda felicidad.

Como creyentes y cristianos también decimos que nuestra vida ha de ser un camino de fe desde donde tenemos que saber encontrar ese sabor especial que tanto nos eleva que incluso nos sobrenaturaliza. Es esa visión nueva que desde la fe podemos encontrar para el sentido de la vida misma y de cuanto hacemos. Pero entonces la fe no lo podemos entender como si de un sello o marca externa le pongamos a la vida por algunos actos que en algún momento realizamos. Será encontrar ese sentido nuevo, ese sabor nuevo que en cuanto hacemos tenemos que encontrar.

No haremos las cosas como quien quiera ir ganando puntos para poder tener al final una recompensa que nos pueda garantizar un más allá feliz y dichoso. Cuando actuamos solo desde un interés no disfrutaremos de aquello que hacemos o que vivimos, no sabremos encontrarle un sentido a las cosas que tengamos que realizar en nuestra vida de cada día, sino que casi las miramos como una obligación que se convierte en un peso que nos oprime porque nos parece que para conseguir esa recompensa final siempre tendríamos que estar renunciando a otras cosas que de momentos nos podrían parecer más placenteras.

El cumplimiento de nuestras obligaciones y responsabilidades no las tendríamos que mirar como un peso insoportable que no nos queda más remedio que padecer, sino que disfrutaríamos con ello porque le encontramos un sentido que nos enriquece a nosotros y que enriquece también a los que servimos. Aquellos momentos duros por los que tengamos que pasar en esos problemas con los que tengamos que enfrentarnos en la vida, tratamos de vislumbrar siempre una luz, un sentido o una palabra que a través de ello Dios nos estará queriendo decir. Las amarguras no son tan amargas, porque siempre sentiremos la presencia y la gracia de Dios que nos fortalece y pone esperanza en el corazón.

¿Estarían vislumbrando muchas de estas cosas los discípulos cuando escuchaban a Jesús? Se sienten, es cierto, débiles; muchas veces las cosas que Jesús les va enseñando les parecen difíciles de asumir y no terminan de comprender, sienten que hay un choque fuerte en sus vidas desde lo que son sus anhelos más humanos con ese camino nuevo que Jesús les va ofreciendo, por eso le piden a Jesús con toda intensidad. ‘Auméntanos la fe’.

Lo queremos pedir nosotros también, porque nos sentimos tan envueltos y rodeados por tantas cosas que se nos ofrecen de todos los lados, que muchas veces parece que se nos hace difícil hacer ese camino de la fe. No terminamos de saborear la vida desde ese sentido que Jesús nos ofrece. Nos parece muchas veces que nuestra fe es muy débil y tenemos que encontrar la forma de fortalecerla. Jesús nos dice que si fuera al menos como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer maravillas.

Hagamos, pues, crecer, esa semilla de la fe en nuestros corazones, que sea en verdad la sal de nuestra vida, la luz que nos ilumine, para que demos también ese sabor no solo a nuestra vida sino a ese mundo que nos rodea; que seamos capaces de contagiar de ese sabor, de iluminar con esa luz.

Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Lágrimas ante nuestra insensibilidad, nuestras cegueras y la invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida

 


Lágrimas ante nuestra insensibilidad, nuestras cegueras y la invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44

Qué mal nos sentimos en nuestro interior ante la ingratitud de las personas por las que quizás hemos hecho mucho; interiormente sentimos frustración, parece como si dejáramos de creer en las personas y en su buena voluntad, nos sentimos como impotentes ante posturas y gestos desagradecidos y cómo quisiéramos hacer borrón y cuenta nueva, pero dejar de contar con esas personas que no fueron capaces de reconocer lo que hicimos por ellas. Son nuestras reacciones humanas muchas veces llenas de rabia y de impotencia que quizás hacen aflorar a nuestros ojos unas lágrimas que se convierten en amargura para nosotros aunque quizás desde nuestros respetos humanos nos las tenemos que tragar.

¿Cómo se sentía Jesús ante el rechazo que por parte de algunos recibía? ¿Cuál sería la cruz de amargura que quizá tuviera que llevar cuando quizá veía, sí, personas de buena voluntad que en su sencillez le escuchaban pero que luego unos dirigentes interesados hacían tornar las voluntades de aquellas buenas personas? Llegaba ahora a la ciudad de Jerusalén y aunque sabía que habría un domingo de ramos en que niños y gente sencilla le aclamarían, sabía también que por detrás estaban unos dirigentes que no le aceptaban, que llegarían a manipular aquellos corazones sencillos para volverlos en su contra y en lugar de hosannas más tarde pedirían su muerte.

La presencia de Jesús en la ciudad santa muchas veces se hacía difícil y controvertida. Eran tantos los que estaban al acecho; y no era solo la desconfianza de los que porque vivían en Judea y Jerusalén rechazaban todo lo que pudiera venir de los incultos galileos, sino que era la controversia constante de quienes estaban al acecho del más pequeño movimiento o palabra de Jesús para aparecer en su contra buscando siempre el desprestigio y la destrucción. Conocidas son las diatribas constantes entre Jesús y los dirigentes del pueblo, sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos o saduceos a los que se unían también los herodianos, los escribas y los maestros de la ley con sus preguntas capciosas, como tantas veces hemos escuchado en la lectura del evangelio.

¿Cuál era la reacción de Jesús? ¿Aparecían también aquellos sentimientos tan humanos a los que antes hacíamos referencia ante las ingratitudes? Dolor había en el corazón de Cristo pero nunca en El podía aparecer la amargura, es cierto. Ese sentimiento de frustración ante lo que parecía inutilidad de todo lo hecho aparecería también en su corazón y grande era el dolor de su espíritu, por aquella negación constante. Son las lágrimas que hoy le vemos derramar cuando contempla la ciudad santa – en espectáculo maravilloso como desde el Monte de los Olivos se vislumbra – desde aquel lugar que para siempre recordaría las lágrimas de Jesús.

Es llanto ante la ingratitud, ante la insensibilidad, ante la cerrazón del corazón que no se abre a la palabra de vida que en Jesús llega a ellos para su salvación. Todo aquel esplendor que desde allí se contempla Jesús proféticamente lo ve arrasado; aquella ciudad y templo una de las maravillas del mundo quedará arrasado y no quedará piedra sobre piedra, y aquellos habitantes tan orgullosos de su ciudad como todo buen judío serán arrasados.

Pocos años más tarde Jerusalén será destruida y los autores antiguos nos narrarán con todo detalle su destrucción. Con lo que amaba Jesús aquella ciudad ¿no iban a brotar lágrimas abundantes de sus ojos y de su corazón? Sus lágrimas son como una última llamada, aunque para Dios no hay nunca una última llamada porque El siempre estará esperándonos.

Porque a eso es a donde tenemos que llegar. El hecho de las lágrimas de Jesús, el esplendor de Jerusalén y la respuesta negativa de sus gentes y su posterior destrucción ahí están, son un hecho incuestionable, pero en eso no podemos quedarnos. Porque somos nosotros los que tenemos que vernos a nosotros mismos y nuestras respuestas.

¿Serán las lágrimas de Jesús por nosotros? ¿Seremos nosotros los que hemos de derramar lágrimas al ver la insensibilidad en que tan fácilmente caemos en nuestra vida, la ceguera de nuestro espíritu o esa invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida?

martes, 23 de junio de 2020

Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un camino de exigencia y superación que nos hace crecer espiritualmente cada día más


Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un camino de exigencia y superación que nos hace crecer espiritualmente cada día más

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14
A nadie le gusta que lo traten mal. Eso está claro. Nos gusta ser bien tratados, que nos hablen con amabilidad, que no sean violentos con nosotros, que nadie quiera aprovecharse de nosotros y quizá de nuestra buena voluntad; no nos gusta que nos critiquen y menos que digan contra nosotros cosas que no son verdad; nos agrada la gente sincera y amable y que nos hagan sentir bien. Así podríamos seguir diciendo un montón de cosas que queremos en el trato que tengan con nosotros.
Pero es cierto también que aunque tenemos buena voluntad y desearíamos ser buenos con todo el mundo – bueno, algunos dicen que son buenos con sus amigos si sus amigos son buenos con ellos, lo cual significa estar poniendo una condición – pero reconocemos que algunas veces nos supera nuestro malhumor o nuestro mal carácter, que en ocasiones juzgamos a los demás y está el peligro que vaya por delante la condena antes que la comprensión, que nos volvemos exigentes y quizá les exigimos a los demás lo que no nos exigimos a nosotros mismos, y aquí también podríamos poner un montón de cosas en las que no sabemos tratar con la amabilidad debida a los que nos rodean.
Nos volvemos desconfiados y no somos sinceros, nos aparecen vientos de violencia en nuestras palabras o en nuestros gestos, hacemos desplantes a los demás y no los tratamos como queremos que ellos nos traten a nosotros. O sea, que para nosotros si, pero para los otros no sabemos superarnos lo suficiente para controlarnos y poner un poco de más amabilidad en la vida.
No nos está pidiendo Jesús nada extraordinario sino lo que en un trato verdaderamente humanitario tendría que ser nuestra relación habitual con los demás. Claro que no es una motivación egoísta la que nos tiene que llevar a este buen trato a los demás, sino que siempre nosotros vamos motivados por el amor, que es verdaderamente nuestro distintivo cristiano.
Claro que este camino de amor que hemos de vivir en nuestras mutuas relaciones para nosotros los seguidores de Jesús se convierte en una exigencia fuerte. Es una vigilancia continua de nuestras relaciones con los otros, de nuestros gestos y de nuestras palabras, de nuestras actitudes ante los otros y de la delicadeza que hemos de poner. Es un camino de superación y de esfuerzo; es un camino de crecimiento humano y de crecimiento espiritual; es un camino donde la vamos dando cada día una mayor profundidad a nuestra vida. Es un camino que algunas veces nos cuesta, porque por mucho amor que queramos poner pueden aparecer esas sombras de los demás que nos confunden, como pueden aparecer esas aristas en nuestra vida con la que podemos dañar a los demás.
Hoy nos habla Jesús de un camino estrecho que hemos de tomar porque es el que nos lleva a la vida. ¿Significa esto que es un camino que hacemos con amargura? De ninguna manera, es un camino en que nos sentimos los seres más felices del mundo aunque en cada momento tengamos que superarnos en muchas cosas, porque en nuestro amor nos sentimos felices cuando hacemos más felices a los demás.
Muchas veces se han malinterpretado estas palabras de Jesús como si el camino de Jesús fuera un camino de sacrificio duro y lleno de amarguras, un camino de negación constante como si todo fuera negativo. Es cierto que exige esfuerzo, pero es un camino que vivimos con amor y el amor nos hace sentirnos en paz, una paz interior muy grande.

miércoles, 22 de abril de 2020

Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús


Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
Esto no hay quien lo arregle, esto no tiene solución,  decimos con cierta amargura en el alma pero también con una fuerte carga de pesimismo en muchas ocasiones cuando los problemas se nos acumulan, el agobio en la búsqueda de soluciones nos ciega, o nos vemos desbordados por la situación que no sabemos encarrilar. Es una reacción como muy humana que nos brota, pero tendría que ser algo para un creyente que le tendría que hacer pensar con un poco de más detenimiento.
La misma situación social con todas sus ramificaciones que ahora estamos viviendo en nuestra sociedad nos puede llevar también por esos derroteros. Pero ¿es que no podemos encontrar esperanza? ¿Pensamos acaso que todo es como un caos donde no llegamos a encontrar el hilo del que tirar para que todo pueda volver a su orden? ¿O es acaso que lo que queremos es volver a lo mismo, que se soluciones las cosas más urgentes, para que podamos volver a vivir como vivíamos antes? ¿No encontraremos una luz que nos ayude a descubrir un sentido nuevo a las cosas, a la vida, a los problemas, a nuestro mundo con sus problemas?
Pero los que creemos en Jesús no tendríamos que caminar por esos caminos de pesimismo y de amargura. La fe en Jesús tendría que sembrar en nosotros esperanza y desde esa esperanza con la fuerza del Espíritu del Señor encontrar esos caminos de salida, esos caminos de salvación que nos hagan pensar en esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros.
Creo que lo que nos dice hoy el evangelio tendría que hacernos dar un parón, un detenernos en seco para descubrir todo el sentido de vida nueva que tiene que tener nuestra fe en Jesús. La frase que escuchamos en el evangelio es mucho más que una frase lapidaria, una frase para grabar en una piedra y nadie la olvide. Es mucho más porque es algo que da sentido a nuestra vida, y donde en verdad tenemos que grabarla es en nuestro corazón.
‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. O sea, que el amor de Dios nos está entregando a Jesús para que en El encontremos la salvación. Así de sencillo, pero también de hermoso. Así con esa hondura y con esa alegría también en el alma. No quiere Dios que perezcamos, no quiere Dios la muerte ni la condena. Dios quiere y nos ofrece la vida, nos ofrece a Jesús. Y es claro pensamos en la entrega de Jesús en su cruz, en su pasión y en su muerte. ¿Por qué no pensamos en Jesús, el Emmanuel, el Dios con nosotros, el que se encarnó y tomó nuestra condición humana para viviendo nuestra misma vida estar a nuestro lado y enseñarnos cómo si es posible la salvación?
La cruz fue su entrega suprema, la mayor ofrenda de amor, el amor de quien nos ama y entrega su vida por nosotros. pero es toda la vida de Jesús, caminando a nuestro lado, viviendo también nuestras penurias y nuestros sufrimientos, al lago de nuestras penas y de nuestras angustias El nos va dando el sentido nuevo de nuestra vida, El nos va poniendo en el camino que no libera de nuestro mal y de nuestro sufrimiento, El haciéndose solidario en todo con nosotros nos está diciendo cómo nosotros tenemos que vivir, el amor que hemos de poner en la vida, la solidaridad con la que hemos de envolver todo nuestro quehacer.
Se nos tienen que abrir los ojos para descubrir el valor auténtico de tantas cosas, se no tienen que abrir los ojos para descubrir el valor de la persona y qué es lo que la hace grande, se nos tienen que abrir los ojos para que no sigamos andando con nuestras individualidades insolidarias, para aprendamos a mirar a nuestro lado y descubrir a las personas que caminan junto a nosotros que quizá alguna vez hasta ni en la misma casa habíamos llegado a descubrir, se nos tienen que abrir los ojos para que veamos el valor de lo importante y no nos quedemos en banalidades ni en superficialidades. Y todo eso lo veremos cuando sentimos de verdad que Jesús camina a nuestro lado, que nos está señalando y ofreciendo todo el amor de Dios que se hace entrega en su vida.
Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios.


lunes, 20 de enero de 2020

Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús


Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22
Claro que uno no sabe lo que se esconde detrás de un semblante, porque como se suele decir la cara es el espejo del alma, y quizás detrás de ese semblante que contemplamos hoy muchos problemas y preocupaciones que pudieran quitarnos la paz y que se expresa y manifiesta a través de ese rostro serio y adusto.
Pero también podríamos decir que lo que expresamos con nuestro rostro es una manera de entender la vida, una filosofía de la vida y hay personas que pareciera que disfrutaran con sombras y amarguras porque por donde quiera que vayan eso es lo que anuncian y barruntan no teniendo una mirada positiva y de luz a ese mundo que contemplamos. También es verdad que lo que contemplamos muchas veces no nos agrada y todo son tonos grises o sombríos, pero desde nuestra manera de entender las cosas podemos llenarlos de luz y color para darle una variación más de vida.
Como decimos lo que expresamos muchas veces es esa manera de entender la vida, ese sentido que le hemos querido dar, y demasiadas veces encorsetamos la vida llenándola de tantas reglas o de tantas aristas que parece que no nos queda más remedio que ir con ese semblante sombrío porque lo único que vamos son sombras.
Jesús con su evangelio quiere darle otra tonalidad a la vida, quiere llenarla de luz y que la miremos con optimismo, aunque seamos realistas y veamos cuánto tenemos que transformar en nosotros o en la vida misma. Cargaban demasiado los judíos de su época, sobre todo ciertos sectores que se presentaban como más cumplidores o puritanos, de cargas a cumplir o a llevar y como no siempre somos perfectos para llevar al limite esas normas que nos imponemos, al final terminamos con culpas y con lutos, con lagrimas porque nos sentimos incapaces de hacerlo todo perfecto y se llenaba la vida de cierta tristeza y desesperanza.
Habla Jesús de un sentido de fiesta y de boda que tendría que acompañar nuestra existencia, sobre todo en el gozo de sentir que Jesús está con nosotros en nuestro caminar y que El es nuestro sentido y nuestra fuerza. Habla del novio que está con los amigos y mientras el novio esté en medio de ellos no puede faltar ese sentido de alegría, de fiesta y de esperanza. ¿Cómo si estamos en la fiesta de una boda van a caber aires sombríos en nuestra vida y en nuestro actuar?
Es el rostro animoso y lleno de esperanza que hemos de llevar siempre en nosotros, porque aunque tengamos problemas o nos cueste muchas cosas en la vida tenemos con nosotros quien es nuestro sentido y nuestra esperanza, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, y sabemos que con Cristo a nuestro lado nada nos faltará. Siento lástima cuando contemplo en personas además que se tienen por muy religiosas y muy piadosas esos rostros compungidos que parece que son más madres de angustias que madres de vida y esperanza.
Odres nuevos para vino nuevo, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús. Es el sentido nuevo del evangelio, es el sentido nuevo de quien tiene al novio a su lado, de quien tiene a Jesús con él.

domingo, 24 de marzo de 2019

Todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor



Todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9
¿Por qué? ¿Por qué esto? ¿Por qué a mí? Es una pregunta muchas veces llena de amargura que nos hacemos ante un acontecimiento trágico que contemplamos, ante una enfermedad que nos sobreviene, una tragedia que se cierne sobre nosotros, ante la maldad de algunos que nos hacen daño, ante los problemas que nos vamos encontrando y que a veces se nos hacen insolubles y nos atormentan…
¿Por qué? Y dirigimos la mirada hacia lo alto, o nos miramos a nosotros mismos y nos decimos por qué ese castigo, o ese destino caprichoso que nos envuelve en sufrimientos. ¿Es que soy tan pecador? ¿Es que esas personas que están sufriendo esas calamidades, terremotos, huracanes, inundaciones, catástrofes que se llevan miles de vidas por delante eran tan pecadoras?
Es una pregunta repetida que el hombre se ha hecho siempre a lo largo de la historia y aun nos seguimos haciendo. Y vemos castigos divinos, venganzas del mas allá, situaciones que nos amargan por dentro y cuyo peso se nos vuelve insoportable. Todos podemos conocer en nuestro entorno situaciones así, unos padres que pierden a un hijo en un accidente o en una rápida e incomprensible enfermedad y que no levantan cabeza en sus angustias y lo ven todo negro, y se rebelan interiormente contra todo, contra la vida, contra si mismos, contra Dios llenándose de mil culpabilidades. Y se hace difícil encontrar respuestas, hacer que se renueve la paz en sus corazones.
Algo así le vienen planteando a Jesús hoy en el relato del evangelio. Le cuentan de un sacrílego y abominable crimen que ha cometido Pilatos cuando ha matado a unos galileos que estaban ofreciendo un sacrificio en el templo. Algo que conmocionó a la gentes y que les llevaban a hacerse preguntas como las que antes nos veníamos comentando. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ les pregunta Jesús para hacerlos reflexionar. Una reacción espontánea de las gentes era decir que si les había pasado eso tan horrible algo malo habrían hecho en sus vidas, pecadores tenían que ser.
Y Jesús les recuerda otro episodio que también había conmocionado a Jerusalén. En algunas obras que se estaban realizando en la piscina de Siloé muchos habían muerto muchos aplastados porque se había derrumbado una torre. Un accidente en este caso, como tantas calamidades que vemos de ese tipo, o la consecuencia de la maldad de un gobernador habían llevado a la muerte a algunos. ¿Eran culpables? ¿Murieron porque eran pecadores? Ya escuchamos la respuesta de Jesús. No eran más culpables que otros, les dice; y aprovecha Jesús para invitarnos a estar preparados en la vida, el primer paso es nuestra conversión.
El Dios del que nos habla Jesús no es un Dios vengador y que busca la muerte; es el Dios de la vida y que quiere para nosotros la vida y para eso nos ofrece su amor. Aunque algunas veces nos hagamos algunas interpretaciones por lo tremendo y hasta diríamos a la ligera, el Dios que nos presenta la Biblia es el Dios que se acuerda de su pueblo, que viene en su ayuda para liberarlo, que quiere caminar junto a nosotros.
Es de lo que nos habla la primera lectura. Dios se le manifiesta a Moisés en el Orbe en medio de algo portentoso, es cierto, en la zarza ardiendo que no se consumía, pero fijémonos en lo que Dios le dice a Moisés. Ha visto el sufrimiento de su pueblo que sufre la esclavitud en Egipto y quiere hacerse presente para liberarlo.
‘He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. Y para eso ha escogido a Moisés y lo envía con esa misión. Es el Dios de sus padres, de Abraham, de Isaac y de Jacob, es el Dios que vive y que da la vida, es el Dios que quiere la vida para su pueblo y quiere liberarlo de la muerte, quiere liberarlo de la esclavitud. Es la misión que le está confiando a Moisés.
No es el Dios ajeno a nuestras miserias, no es el Dios que nos abandona, es el Dios que viene a nosotros con su salvación, es el Dios que quiere estar junto a su pueblo, y por eso lo terminaremos llamando Emmanuel, Dios con nosotros. No es el Dios del temor, sino del amor. Es el Dios que nos llama y nos invita a vivir su vida, que quiere estar con nosotros y que llegaré el momento culminante, el momento de la plenitud en que tanto nos ama que nos envía a su Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Es el Dios paciente que nos espera, como el agricultor que espera que la higuera dé fruto. El dueño de la higuera que ha venido a buscar fruto tres años y no lo encuentra quiere arrancarla y arrojarla al fuego; pero allí está el agricultor que pide paciencia, que ofrece nuevos abonos y nuevos cuidado esperando que al final de fruto. Es lo que Dios está haciendo continuamente con nosotros. Pensemos cada uno en nuestra vida.
Este tercer domingo de Cuaresma nos invita a hacer una parada en nuestra vida para que reflexionemos sobre la vida misma y cuanto nos sucede, para que le encontremos un sentido de vida incluso a aquellas calamidades por las que podamos pasar, para que sintamos como todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor que siempre nos está ofreciendo su amor.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Un día de esperanza que nos da un nuevo sentido a nuestro vivir y que aleja de nosotros la tristeza y la amargura porque tras la muerte tenemos la vida eterna en Dios



Un día de esperanza que nos da un nuevo sentido a nuestro vivir y que aleja de nosotros la tristeza y la amargura porque tras la muerte tenemos la vida eterna en Dios

Sabiduría 4, 7-15; Sal 26; Romanos 5, 5-11;  Juan 14, 1-6

‘La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado’. Estas palabras de san Pablo pueden ser un buen comienzo para nuestra reflexión en este día de la conmemoración de todos los difuntos que la Iglesia hoy nos propone.
Aunque por razones perfectamente comprensibles por razones de trabajo en este día ayer fue el día en que principalmente visitamos nuestros Cementerios para honrar a nuestros seres queridos difuntos, litúrgicamente es hoy cuando celebramos esta memoria de todos los difuntos. Bueno es que nos paremos un poco a reflexionar sobre el sentido que le damos tanto a este día como esa visita que hicimos al lugar donde reposan los restos de nuestros seres queridos.
Para muchos es un día triste, de muchas lágrimas y recuerdos, donde afloran todos esos sentimientos y recuerdos en nuestro corazón. Pesa en el corazón ese desgarro de la separación de nuestro lado de nuestros seres queridos y para muchos sigue siendo un día de mucha amargura y tristeza. Algunos se quedan pensando en solo ese final y tratan de superar estoicamente esas amarguras y surge esa frase tan socorrida ‘la vida es así’.lo miran como un destino al que tratan de acostumbrarse y algunos quizás tratan de olvidar para siempre todo lo pasado.
Sin embargo el verdadero creyente, el discípulo de Jesús ha de mirar todo eso con un sentido nuevo y distinto. Queda siempre, es cierto, la tristeza del recuerdo de los que ya físicamente no están a nuestro lado, pero sin embargo para el cristiano es un día de esperanza. Y quien tiene esperanza nunca llenará su corazón de amargura.
Es día de esperanza porque tenemos puesta nuestra fe en Jesús y en su palabra. Y Jesús nos habla de vida eterna, nos habla de llevarnos con El, porque donde está El quiere que estemos nosotros, que va antes que nosotros para prepararnos sitios. La vida del cristiano es un unirse a Jesús para vivir su misma vida, por eso nos llenamos de trascendencia en lo que hacemos y en lo que vivimos ahora porque sabemos que un día lo mejor de nosotros mismos lo podemos vivirlo en plenitud junto a Dios.
Por eso la muerte no es un final irremediable que nos llene de amargura. Sabemos que vamos a vivir una vida mejor donde ya no hay dolor ni sufrimiento, donde ya no hay luto ni tristeza porque vamos a vivir en Dios para siempre.
Ayer cuando celebrábamos a todos los santos contemplábamos el destino final de nuestras vidas y nos sentíamos estimulados para alcanzar esa gloria en Dios como los santos y lo habían alcanzado. Hoy miramos el hecho de la muerte y la contemplamos como esa puerta que se abre a la eternidad, a la vida en Dios para siempre. Por eso es un día de esperanza. Y además nos da la confianza de que Jesús se ha hecho nuestro alimento para el camino, porque quien le come tendrá vida para siempre y a quien pone toda su esperanza en El le resucitará en el ultimo día.
Un mensaje para nuestro vivir, ha de ser un nuevo vivir, un nuevo sentido de la vida, y un mensaje para ese recuerdo que hacemos de nuestros seres queridos difuntos. No puede ser ya un recuerdo lleno de tristeza y amargura, porque hay una esperanza en nosotros. Queremos que vivan en Dios y nuestro mejor recuerdo no es solo honrar aquel lugar donde reposan sus restos con una flor quizás, sin orar al Señor por ellos para que hayan alcanzado el perdón y la vida y así puedan vivir para siempre en Dios, desde donde ellos se convertirán en intercesores ante Dios de nosotros para alcanzarnos esa gracia y esa ayuda divina que mientras caminamos en nuestro mundo necesitamos.
Y como recordábamos con san Pablo, la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios se ha derramado sobreabundantemente en nuestra vida.

sábado, 31 de marzo de 2018

Hoy es día de silencio junto al sepulcro en la espera de la resurrección que queremos vivir con María, la Madre, a nuestro lado y con su misma fe y esperanza



Hoy es día de silencio junto al sepulcro en la espera de la resurrección que queremos vivir con María, la Madre, a nuestro lado y con su misma fe y esperanza


Hoy es día de silencio. Tras el grito de Jesús en la cruz en la tarde del viernes entregando su espíritu al Padre, tras rasgarse el velo del templo y al temblar la tierra resquebrajarse las piedras, la tierra quedó en silencio. La Iglesia quedó en silencio. Nosotros quedamos también en silencio, en contemplación, en oración.
Es el tiempo del silencio y de la espera. Es el tiempo, sí, del dolor y del duelo, pero no lo es el de la amargura sin esperanza porque creemos en la Palabra de Jesús. en los momentos de duelo no queremos que nadie nos hable, preferimos el silencio; en silencio queremos rumiar muchas cosas, muchos recuerdos, las palabras que escuchamos, el amor que vivimos, la vida que compartimos, las luchas y sufrimientos que pasamos junto al ser querido, pero también revivimos los momentos de paz, de amor, de alegría, de convivencia. No hagamos ruido, no convirtamos este día de duelo en lo que muchas veces convertimos los duelos de nuestros tanatorios llenos de demasiado bullicio, demasiadas palabras y demasiados ruidos.
Lo queremos hacer en este día de duelo que hoy vive la Iglesia, pero con la esperanza puesta en las palabras de Jesús. Recordamos lo más inmediato como la pasión y muerte que vivimos en la tarde de ayer, pero seguimos ahondando en la vida y serán muchos los recuerdos, las experiencias profundas, los gozos del alma que nos ha dado nuestra fe en Jesús y que hemos revivido y compartido en tantas celebraciones, las más inmediatas en el tiempo o las que han sido en los años o tiempos pasados. Hay tantas experiencias que revivir, cada uno ha de tener su recuerdo, hacer memoria.
Y junto a nosotros hoy tenemos a María. Ya estaba en silencio al pie de la cruz, solo escuchamos las palabras que le dirigió Jesús confiándole nuevos hijos. En silencio caminaría hasta el sepulcro y volvería con los discípulos al cenáculo o donde ella habitaría en esos días. En silencio la sentimos nosotros en este día de soledad, pero que no, repito, de amargura, aunque tantas veces la hayamos mencionado a ella con ese calificativo.
En María no faltó nunca ni el amor ni la esperanza. Ella había plantado la Palabra en su corazón y sabía hacer para hacerla fructificar. Aunque el evangelio no nos diga nada, allí estaría con los discípulos cuando además Jesús se la había confiado a Juan. Así está María hoy con la Iglesia en este día de silencio, pero en este día de espera. Con nosotros quiere llegar a la mañana gloriosa de la resurrección; ella nos enseñará a recorrer ese camino.
No decimos mas, no queremos ahora sino pensar y reflexionar y cada uno tiene que hacerlo en su propio interior. En silencio, con fe, con confianza, con esperanza ya nos preparamos el momento de gozo de la resurrección. La Iglesia espera en silencio, pero no dejamos que el dolor nos abrume. Tenemos la certeza de que Cristo resucitará. Así lo cantaremos esta noche. Así lo proclamaremos mañana en esa alborada gozosa del día de la Resurrección. Va tener culminación la Pascua.

martes, 27 de marzo de 2018

Queremos poner amor, aunque sabemos que nuestro amor tantas veces está viciado con nuestro pecado, pero ahí queremos decirle nosotros a Jesús que iremos con El


Queremos poner amor, aunque sabemos que nuestro amor tantas veces está viciado con nuestro pecado, pero ahí queremos decirle nosotros a Jesús que iremos con El

Isaías 49, 1-6; Sal 70;  Juan 13, 21-33. 36-38

Comienzo  hoy haciéndome una reflexión de cómo se sienten aquellos que se ven traicionados quizá por sus mas cercanos o por aquellos en los que se había puesto mucha confianza. tiene que ser una experiencia dura y amarga; habías puesto amor y confianza y ahora ves que aquellos por los que quizá hiciste mucho bien sin embargo te dan la espalda o peor te apuñalan por la espalda haciéndote daño con sus actuaciones o sus criticas. Se siente uno como impotente y quizá puedan ocurrírsele muchas reacciones incluso violentas si no se tiene la suficiente serenidad y madurez para afrontarlo.
En estos momentos previos a la pascua y sabiendo Jesús todo lo iba a suceder comienza a desvelarles a sus discípulos más cercanos la tragedia que se acerca. ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. Aquellas palabras surtirían el efecto de un jarro de agua fría echada sobre sus vidas cuando tanto le querían aunque no terminaran de entender todo su misterio. Sutilmente Jesús señala quien es el traidor con las palabras que Jesús le dirige a Judas Iscariote, pero aun ellos siguen sin sospechar todo lo que habría de pasar.
Pero Jesús les habla de su glorificación; palabras que podrían ser confusas para ellos dado las esperanzas que habían puesto en su futuro Mesías que sospechaban que era Jesús y según la manera que tenían de entender lo que significaba el Mesías. Pero bien entendemos nosotros que Jesús se estaba refiriendo a su muerte. Ahí en la cruz se iba a manifestar la gloria de Dios. No era a la manera del Tabor, o de la experiencia que alguno habría vivido allá con el Bautista en el desierto cuando el Bautismo de Jesús.
La gloria del Señor se iba a manifestar en su entrega, en su dolor y en su sufrimiento de una muerte en Cruz que era el signo del mayor amor. Jesús era consciente de ello y para eso  había subido a Jerusalén sabiendo que había llegado su hora. Ahora en la cena pascual todo eran signos que anticipaban ese momento de gloria, aunque la tristeza comenzaba a abrumarles en lo que estaban presintiendo que iba a suceder.
Pero los discípulos están dispuestos a todo. Allí está Pedro prometiendo lo que no iba a ser capaz de cumplir en aquel momento. `Aunque todos, yo’, decía. ‘Daré mi vida por ti’, protesta Pedro. Pero Jesús le anuncia que él también va a fallar; habrá un traidor que lo entregará por treinta monedad, pero él lo negará por el miedo y la cobardía de ser descubierto como discípulo de aquel que estarían juzgando y condenando entonces ante el Sanedrín. ‘¿Con que darás tu vida por mí?, le dice Jesús. Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’.
Traiciones, negaciones, abandonos todo se va a ir sucediendo. Es la tragedia que comienza. Pero es el momento grande de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: "Donde yo voy, vosotros no podéis ir’.
Y aquí estamos nosotros ante el comienzo de la pasión. Aquí estamos  nosotros también con nuestro lado oscuro muy lleno de negaciones, de miedos, de cobardía, de traiciones, de abandonos. Aquí estamos nosotros con nuestras sombras, las sombras de nuestros pecados, pero que estamos buscando la luz, la vida, el perdón, la gracia, el amor de Dios que se derrocha sobre nosotros.
Queremos poner amor, aunque sabemos que nuestro amor tantas veces está viciado con nuestro pecado, pero ahí queremos decirle nosotros a Jesús que iremos con El, que estaremos con El, que queremos dejarnos lavar por su sangre, por su gracia, que queremos llenarnos de su vida, que queremos vivir intentadamente su pascua que tiene que ser nuestra pascua, el paso salvador de Dios por nuestra vida.
 

jueves, 11 de mayo de 2017

Que las cosas pequeñas de cada día sepamos hacerlas impregnadas de amor y espíritu de servicio con la sencillez de los gestos pequeños y humildes

Que las cosas pequeñas de cada día sepamos hacerlas impregnadas de amor y espíritu de servicio con la sencillez de los gestos pequeños y humildes

Hechos de los apóstoles 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
No queremos que nadie nos haga sombra. Queremos sobresalir, estar por encima de todos y podemos tener la sensación de que algunas cosas que tuviéramos que hacer son humillantes. Como bonitas palabras eso del servicio, de ser servidores de los demás queda muy bien, pero algunas veces da la impresión de que nos sentimos humillados y como que quisiéramos que no nos vieran.
Son tentaciones que fácilmente nos afloran desde nuestro orgullo y nuestro amor propio y eso crea tensiones en nuestro interior y también de alguna manera con aquellos que nos rodean. En unos mas y en otros menos, pero nos suceden cosas así en nuestro interior que luego se manifiestan en gestos y en actitudes, en desconfianzas, en ocultamiento de nuestra verdadera personalidad. Con lo bonita que seria la vida si viviéramos en actitudes sencillas y de humildad en nuestras relaciones con los demás; quitaríamos amarguras que se nos meten por dentro con nuestros miedos y sabríamos ser felices haciendo felices a los demás.
El texto del evangelio que hoy se nos ofrece es una continuación del momento en que en la cena pascual lava los pies a los discípulos. Ya sabemos como les impresiono aquel gesto de Jesús y hasta les resulto incomprensible; ya sabemos que Pedro no quería dejarse lavar los pies. Por el texto complementario ya sabemos como Jesús les dice que si El, el Maestro y el Señor, les ha lavado los pies así tienen que hacerlo los unos con los otros. Hoy le escuchamos en la continuación de las palabras de Jesús que les dice que ‘el discípulo no es más que su maestro ni el enviado mayor que el que lo envía’.
Son las actitudes nuevas que Jesús quiere que adornen nuestra vida, mas bien, nos envolvamos en ellas haciéndolas como nuestra piel. Ya nos dirá que nuestro distintivo ha de ser el amor, el servicio humilde, el ser capaces de darnos por los demás, y como modelo nos pone su amor. ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’, terminara diciéndonos. No es una medida cualquiera, porque bien sabemos cual es la medida del amor de Jesús, el amor más supremo, el amor de quien es capaz de dar la vida por los que ama.
Como decíamos antes son palabras bonitas fáciles de decir, pero lo importante es que sepamos traducirlas al día a día de nuestra vida. No se trata de hacer grandes cosas, sino que esas cosas pequeñas que cada día hagamos las realicemos impregnadas de ese amor, con esa sencillez de los gestos pequeños y humildes. Esa buena palabra dicha con suavidad en el momento en que pudiera surgir en nosotros la ira y la violencia, ese pequeño gesto de acercarnos a quien esta solo, ese saludo amable y con una sonrisa a aquel con quien nos encontramos, ese interesarnos con delicadeza por la salud y el bienestar de quienes están a nuestro lado, esos oídos atentos para escuchar en silencio el dolor o la preocupación que el amigo o el vecino quizás quiere compartir con nosotros.
Eso es, en cosas sencillas así, el lavarles los pies a los demás que Jesús nos dice que nosotros tenemos que hacer como El hizo. Esa es la acogida que tenemos que saber hacer al que llega a nuestro lado. Eso es saber descubrir al Señor en aquel con quien nos encontramos y que camina con nosotros en la vida.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Qué reconfortante es encontrar un hombro amigo sobre el que descansar y desahogar todas nuestras preocupaciones y agobios… Jesús no nos falla nunca

Qué reconfortante es encontrar un hombro amigo sobre el que descansar y desahogar todas nuestras preocupaciones y agobios… Jesús no nos falla nunca

Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

¡Qué reconfortante es encontrar un hombro amigo sobre el que descansar y desahogar todas nuestras preocupaciones y agobios! Es algo que necesitamos en la vida, ese amigo, esa persona que nos aprecia y nos escucha, que está a nuestro lado y que quizá sabe guardar silencio hasta que nosotros rompamos en nuestro desahogo, esa persona que tiene la buena palabra de ánimo para que sigamos adelante, para que no desfallezcamos en nuestras luchas, para que no tiremos la toalla cansado por nuestros agobios. Quien tiene un amigo así puede decir que ha encontrado un bello tesoro.
Vamos muchas veces por la vida demasiado solos, a pesar de que tengamos muchos amigos y conocidos, de que utilicemos los modernos medios de las redes sociales para entrar en contacto con todo el mundo, aun cuando aparentemos que las cosas nos van bien y que vamos irradiando felicidad, tras esa fachada nos podemos encontrar cosas solitarios, llenos de amarguras, que se encierran en si mismos, que no han encontrado aun ese amigo del alma en quien confiar y en quien confiarse, porque hay muchas cosas que nos guardamos dentro de nosotros y las sabemos quizá disimular muy bien para mantener quizá una apariencia.
En el camino de la vida, aunque nos creamos muy autosuficientes, necesitamos sin embargo un punto de apoyo que nos dé ánimo y nos impulse a seguir caminando siempre con ilusión, con fuerza, con esperanza. El camino, es cierto, lo tiene que hacer uno, pero esa palabra de amigo, ese hombre en el que nos apoyamos y quizá derramamos nuestras lágrimas, ese oído que nos escucha una y otra vez, esa mirada que nos llega al alma, es como ese bastón que nos sirve de apoyo para evitar peligros y caídas pero que también nos sirve de impulso cuando la pendiente se nos puede hacer cuesta arriba llena de durezas y dificultades. Humanamente es algo que nos gratifica.
Hay alguien en quien siempre podemos confiar y que siempre no solo está a la espera de que vayamos confiados a él, sino que además se adelanta hasta nosotros para tendernos su mano, decirnos su palabra, darnos su fuerza, ser nuestro descanso. Hoy lo escuchamos en el evangelio. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso…’ Nuestro alivio, nuestra fuerza, nuestro modelo, nuestro descanso. Ahí está Jesús siempre a nuestro lado, ofreciéndonos su vida, ofreciéndonos su descanso.
Casi no es necesario decir nada más, sino sentir su presencia, dejarnos inundar por su gracia y por su amor. El nunca nos fallará. Ha prometido que estará con nosotros siempre, y siempre podamos contar con El. Es más, El quiere habitar en nosotros si lo amamos y guardamos su camino.
Y una última palabra en esta reflexión. Piensa como puedes ser tú también para los que están a tu lado ese punto de apoyo, ese hombro en el que descansar, ese oído que siempre escuche, esos labios que siempre tengan una palabra de ánimo para los demás.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.

sábado, 1 de octubre de 2016

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118;  Lucas 10, 17,24:

¿Mostraremos en verdad los cristianos con nuestro semblante que somos portadores de la alegría más honda y gozosa que un ser humano pueda disfrutar? Y cuando digo semblante, sí, me estoy refiriendo al semblante de nuestro rostro, pero es que el semblante de nuestro rostro no es solo la luz de una sonrisa sino que se va a expresar también en actitudes, en posturas, en maneras de acercarme a los demás, en la forma cómo afronto los problemas de la vida, etc.… Algunas veces los rostros de los cristianos no es eso lo que manifiestan, porque incluso en medio de celebraciones más hermosas pareciera que van llenos de amargura.
Y es que, como decíamos, tenemos todos los mejores motivos para ser las personas más alegres del mundo. Simplemente el hecho de sentirse amado de Dios tenía que hacer que estuviéramos dando saltos de alegría continuamente por donde vayamos. Aquellos saltos que daba la criatura en el seno de Isabel con la visita de María, que en el fondo era la visita de Dios en la presencia de María tendrían que ser los saltos de alegría que viviéramos continuamente los cristianos.
Ya es hora que desterremos esos rostros afligidos que parecen que esas personas fueran portadoras de corazones sin esperanza en tantos que incluso se dicen muy religiosos que parecieran que fueran repartiendo sequedad y amargura allá por donde van. Son cosas incompatibles con nuestra fe, una verdadera religiosidad y una profunda espiritualidad cristiana.
El evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es toda una invitación a la alegría. Alegría vemos en los apóstoles que regresan de su misión contentos porque habían podido realizar aquellas mismas señales y signos del Reino que Jesús realizaba mientras hacían el anuncio de la Buena Nueva. Alegría a la que les invita a Jesús sobre todo porque sus nombres van a estar inscritos en el cielo. ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’, les dice Jesús.
Pero es la alegría del Espíritu que siente Jesús y por lo que da gracias al Padre. Está contemplando Jesús, y un signo está también en lo que cuentan los apóstoles a la vuelta del cumplimiento de su misión, como la Buena Nueva de la Salvación, todos los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón, y saben ponerse en las manos de Dios. ¿Será la alegría que nosotros sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro con el Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios?
Finalmente Jesús llama dichosos a sus discípulos por lo que pueden ver y contemplar, por todo ese misterio de Dios que se revela y del que ellos pueden dar testimonio. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Tienen la dicha de estar con Jesús, escucharle, palparle por así decirle, estar a su lado, ser testigo de sus signos de amor. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!’, les dice. Motivo de alegría, de dicha, de felicidad. Son testigos del amor de Dios que se manifiesta en Jesús.
Pero nosotros somos testigos también, por la fe seremos capaces de ver lo que quizá nuestros ojos de la cara no pueden contemplar, pero sí podemos sentir allá en lo hondo del corazón esa cercanía y ese amor de Dios; con las obras de nuestro amor nosotros también nos convertimos en testigos, pero además haremos posible que otros puedan llegar a conocer y contemplar a Dios. Es lo que hemos de expresar con las obras de nuestra vida, con la alegría de nuestra fe.


domingo, 2 de noviembre de 2014

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Oramos por los difuntos con la esperanza de que su morir ha sido pasar a sentir y a vivir el amor y la ternura de Dios para siempre

Lam. 3,17 - 26; Sal. 129; Rm. 6, 3-9; Jn. 14, 1-6
Ayer celebrábamos la fiesta de todos los Santos, de todos aquellos que gozan ya para siempre de la visión de Dios cantando eternamente las alabanzas del Señor; celebrábamos a aquellos que por su vida santa y de fidelidad son para nosotros ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar por este mundo con la esperanza puesta en el cielo y que nos confiábamos a si intercesión para que alcanzáramos de Dios esa gracia que nos haga pregustar ya aquí en la tierra ese amor gratuito de Dios sintiéndonos así impulsados a vivir en santidad, en fidelidad.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a hacer esta conmemoración de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección, de todos los que han muerto en la misericordia del Señor pidiendo que sean admitidos  por esa benevolencia y misericordia divina a contemplar la luz del rostro de Dios.
Siempre la oración de la Iglesia por los difuntos está marcada por la esperanza, nunca desde un dolor lleno de amargura y desesperación, porque por encima de todo confiamos en la misericordia del Señor. Creo que esto tenemos que subrayarlo mucho, porque aun en personas muy religiosas nos encontramos muchas veces amargura y desesperación a la hora de la muerte de los seres queridos, como si en verdad no se tuviera esperanza, como si no pusiéramos toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Y esa amargura que sentimos en el dolor de la muerte de los seres queridos, se convierte en miedo y desesperación muchas veces ante lo que puede significar nuestra propia muerte.
En la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en el texto de las Lamentaciones se nos comenzaba describiendo esa zozobra que se pasa en el alma en el dolor y sufrimiento y ante la muerte, aunque el profeta quería describir la situación por la que había pasado el pueblo de Israel al verse destruido y llevado al exilio. Hoy escuchamos este texto como una luz desde la Palabra de Dios ante la situación de dolor y sufrimiento, como decíamos, ante la muerte. ‘Me han arrancado la paz… se me acabaron las fuerzas… fíjate en mi pesar, en la amarga hiel que me envenena… me invade el abatimiento…’
Pero todo no se queda ahí, porque a pesar del dolor fuerte por el que se está pasando hay una esperanza que dulcifica ese dolor y nos da un sentido nuevo a nuestro vivir y morir. ‘Pero, apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ El amor, la ternura de Dios, la compasión y la misericordia no se acaban. Es lo que nos da sentido y nos da fuerza. Hemos de saber experimentar que Dios nos ama y es tierno como una madre.
Amor y ternura de Dios que hemos de saber saborear ahora mientras caminamos en esta vida peregrinos en el mundo, pero amor y ternura de Dios que podemos experimentar y saborear para siempre después de la muerte en la vida eterna. Alguien ha dicho que morir es pasar a sentir y a vivir para siempre el amor y la ternura de Dios. Siendo esto así, ¿caben amarguras y desesperanzas ante la muerte? ¿caben miedos y temores ante el hecho de la misma muerte que un día nos ha de llegar? Vamos a disfrutar de ese amor y ternura de Dios para siempre.
¿No hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús que nos hablaba de que iba a prepararnos sitio? ‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’. Por eso ponemos toda nuestra fe en El y nuestro corazón se llena de esperanza. Quiere el Señor que donde esté El, estemos también nosotros. Y como nos iba diciendo en el Evangelio El se volvía al Padre; así nos quiere llevar con El, que estemos con El, que estemos entonces gozando de la visión de Dios. ¿Y qué es disfrutar de la visión de Dios sino sentirnos inundados de su luz, de su amor, de su ternura para siempre? ¿Qué más podemos pedir?
Recordemos también lo que nos decía ayer la carta de san Juan cuando nos hablaba de la gracia de ser y sentirnos hijos de Dios. ‘Ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Cuando se nos descorra ese velo en la hora de nuestra muerte nos haremos en su ternura y amor semejantes a El, porque le veremos tal cual es, porque podremos disfrutar para siempre de esa visión de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando llena de sentido nuestra vida, no solo de cara a ese momento de la muerte, aunque ya es muy importante que descubramos esa trascendencia de nuestra vida y lo que nos espera detrás del umbral de la muerte, sino también para vivir el momento presente de nuestra vida. Quien tiene esta fe en el Señor no puede vivir de cualquier manera; un sentido nuevo tiene su vivir, el camino que ahora vamos haciendo. No es solo ya que no miremos la muerte como un destino final detrás del cual no hay nada, sino que hemos de aprender a vivir este camino desde lo que Jesús nos revela para saborear y disfrutar del amor de Dios ahora en el momento presente y luego en plenitud de eternidad  unidos a Dios para siempre.
‘A donde yo voy, ya sabéis el camino’, les dice Jesús. Pero ya vemos que por allá sale uno de los discípulos replicándole: ‘Señor, no sabemos adonde va, ¿cómo podemos saber el camino?’ Pueden ser las dudas que también permanezcan en nuestro interior cuando no escuchamos con toda atención las palabras de Jesús.  Pueden ser las dudas de tantos que no terminan de empaparse del evangelio y que no han descubierto todavía toda la verdad de Jesús.
Ya vemos cómo responde Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Qué importante que descubramos esto. Es Jesús nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida. Lo es todo para nosotros. Cuanto nos cuesta descubrirle y seguirle; cuánto nos cuesta hacerle el sentido y la razón de nuestra vida; cuanto nos cuesta vivirle. Serán las tentaciones; serán nuestras debilidades; será el mundo de increencia que nos rodea y que nos contagia; será la falta de esperanza. Conozcamos a Jesús, amemos a Jesús, vivamos a Jesús.
Ayer decíamos que contemplábamos a los santos que son para nosotros estímulo y ejemplo. Fijémonos cuánto amaban a Jesús y la fidelidad con que vivían su vida. Por eso lo contemplábamos ya disfrutando de esa visión de Dios, viviendo ese amor y esa ternura de Dios cantando su alabanza por toda la eternidad. Es lo que tenemos que aprender a hacer ahora aquí mientras caminamos. Es a lo que nos impulsa la esperanza que nace en nuestro corazón desde toda la verdad que Jesús nos trasmite sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Hoy nos estamos haciendo estas consideraciones en esta conmemoración que hacemos de todos los difuntos,  y por supuesto, recordamos de manera especial a nuestros difuntos, a nuestros seres queridos que murieron en el Señor, en la esperanza de la vida eterna. Esperamos y deseamos que vivan ya para siempre en ese amor y esa ternura de Dios, como decíamos antes.
Pero hoy nosotros tenemos que convertirnos en Iglesia suplicante, en Iglesia que intercede por sus difuntos ante Dios para que alcancen esa misericordia del Señor encontrando la paz, la luz, la vida de Dios para siempre. Es lo que ha de significar para el cristiano esta conmemoración de los difuntos que hacemos en este día. No son solo recuerdos que tengamos de ellos; es bueno recordarlos, sí, y recordar y dar gracias a Dios por todo lo bueno que con ellos vivimos y de ellos aprendimos.
Pero sabemos que somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios, por eso no es solo un recuerdo, un regalo de unas flores que pongamos en su memoria, sino la oración que por ellos hacemos. Nunca, como decíamos al principio, desde la amargura y desesperanza, sino siempre desde nuestra fe y la esperanza que hemos puesto en el Señor. ‘Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza’, que decía el autor de las lamentaciones. Porque ‘La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ Con esa esperanza elevamos nuestra oración al Señor por todos nuestros difuntos.