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jueves, 12 de diciembre de 2024

Dejémonos empapar por la sabiduría del evangelio, suave brisa para nuestra vida que nos hará disfrutar de lo esencial y lo que crea verdadera humanidad

 


Dejémonos empapar por la sabiduría del evangelio, suave brisa para nuestra vida que nos hará disfrutar de lo esencial y lo que crea verdadera humanidad

Isaías 48, 17-19; Salmo 1; Mateo 11, 16-19

Parece como si siempre estuviéramos a la contra. Es cierto que es bueno que queramos nuestra autonomía, que actuemos con libertad sin dejarnos arrastrar por presiones, que tenemos que formarnos nuestros criterios formando y fortaleciendo nuestra conciencia y actuar en consecuencia, la vida nos va dando una sabiduría y la experiencia es buena maestra y tenemos que aprender bien las lecciones, pero aun así no podemos creernos autosuficientes que nos valemos por nosotros mismos y no necesitamos de nada ni de nadie.

El que tengamos unos criterios no significa que tengamos que mostrarnos como unos rebeldes en la vida que van en contra de todo; podemos, es cierto, hacer nuestra valoración de lo que vemos, de lo que se nos ofrece o de lo que sucede, pero también hemos de tener la suficiente permeabilidad como para escuchar y querer aprender, porque siempre podemos encontrar algo nuevo y mejor que nos haga profundizar en lo que ya son nuestros pensamientos. Por eso es tan importante y nos lo hemos de tomar con gran seriedad y responsabilidad el diálogo que entablamos con los demás, con los que nos enseñan o dirigen para ir creciendo de verdad en esa sabiduría de la vida.

Hay gente que se cierra; es mi punto de vista, nos dicen, y de ahí no quieren salir, ni siquiera abrir una ventana para dejar que entren unos aires nuevos; una cerrazón así es autosuficiencia, es una manifestación de orgullo, y nos hará difícil el camino con los que están a nuestro lado y puedan tener otras opiniones.

El evangelio de Jesús quiere ser esa brisa fresca que nos llega a nuestra vida y nos ayudará a disfrutar de lo que verdaderamente es esencial. Una brisa fresca que nos deja un aire nuevo que nos hará respirar mejor en la vida, porque nos dará una visión nueva, porque nos hace descubrir un sentido nuevo para lo que hacemos y para lo que vivimos, que nos abre caminos para una nueva relación, para una mejor convivencia, para que nos sintamos en verdad a gusto caminando juntos, nos hará crecer más como personas y hará que vivamos con mayor y mejor sentido esa libertad de la que queremos disponer. Como nos dirá Jesús en otra ocasión ‘la verdad nos hará libres’. ¿Qué es la libertad? ¿En qué consiste esa libertad?

La pregunta queda en el aire, como aquella otra que Pilatos se hacia ante Jesús cuando este le hablaba de la verdad, y que El había venido para dar testimonio de la verdad. Y Jesús nos da testimonio de esa libertad con su propia vida porque nunca lo que Jesús nos ofrece va a ser opresión para nadie; ni opresión para los demás porque el amor nunca exigirá de malas maneras, aunque el amor siempre será exigente de nuevas posturas, de mejor trato, de mayor humanidad, ni será opresión para nosotros mismos porque nos va a ayudar a arrancar de los más hondo de nosotros mismos aquellas cosas que nos oprimen o aquellas cosas que crean esclavitudes en nosotros mismos. Como nos anunciará en la sinagoga de Nazaret ha venido ‘para anunciar la liberación a los oprimidos’. Es el perdón que Jesús nos ofrece y que nos enseña a ofrecer siempre a los demás.

Pero ¿escuchamos nosotros el mensaje de Jesús o estaremos como los niños de la plaza en la alegoría que nos ofrece que nunca harán lo que los compañeros de juegos les ofrecen? ‘Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado’. Como les dice a continuación no quisieron escuchar a Juan porque les parecía muy duro y exigente, pero ahora tampoco quieren escuchar a Jesús porque se muestra misericordioso con los pecados y a todos se acerca; lo más que saben hacer es querer descalificarlo diciendo que es un comilón y borracho porque come con los publicanos y los pecadores.

¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros en nuestro camino de Iglesia? Nunca todos estamos de acuerdo o pensamos que es de nuestro gusto ni el Papa sea quien sea, ni el obispo ni el sacerdote de nuestra parroquia. Siempre queremos estar haciendo nuestro juicio y nuestra valoración pero al final no tenemos tampoco las ideas claras de lo que queremos o buscamos. ¿Nos dejaremos empapar algún día de la sabiduría del evangelio?

 

lunes, 21 de octubre de 2024

Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

 


Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Cuando se meten por medio los intereses materiales o económicos pronto todo comienza a ir mal; somos muy amigos hasta que me pides un préstamo porque estas apurado y pronto de olvidas de devolverlo; somos buena familia mientras no llega la hora de las herencias y comienzan los pleitos porque si tuviste la mejor parte, o a ti te tocó lo que yo quería y cosas así; cuando vamos interesados por la vida solo por lo material aparecen las envidias, las ambiciones que te llevan a lo que sea con tal de conseguir lo que querías, las trampas y las zancadillas, etc. etc. etc.

De situaciones así arranca el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio. Uno que le viene a decir a Jesús que intervenga con su hermano para resolver el problema de la herencia de los padres. Es algo que se repite demasiado en la vida. Pero algo que denota en qué ponemos nuestros intereses, cuales son nuestros valores, por qué realmente luchamos y trabajamos. Vivimos ansiosos con lo material, con el dinero, con lo que tenemos o lo que ganamos, y por mucho que tengamos al final ¿en qué o con qué nos quedamos?

Nos propone Jesús una parábola para que aprendamos a liberar el corazón. Son muchos los apegos que se convierten en esclavitudes y aquello por lo que ansiamos tanto al final tampoco nos hace felices. El hombre que cogió una gran cosecha, nos propone Jesús en el evangelio. Tuvo que ampliar sus lagares y bodegas para almacenar todo lo que había conseguido con su buena cosecha. Cuando aquel hombre que ahora le parecía tener todo y ya era feliz con eso, nos dice la parábola, que aquella noche se murió. ¿De quien será todo lo que había acumulado?

Nos volvemos locos con nuestros trabajos porque siempre nos parece poco y queremos ganar más; ya no tenemos tiempo para nada, porque el afán de esas ganancias nos absorbe y ya ni amigos, ni hijos, ni familia, ni descanso, ni buen ambiente en casa y tampoco en el trabajo, ni disfrutar de las cosas que tiene, ni desarrollar aficiones que le darían relajación a su espíritu, ni contemplar el mundo en el que vive. Y al final, ¿qué? Hablamos hoy mucho de tensiones acumuladas en nuestro espíritu a causa del trabajo y del afán de tener más cosas que al final nos rompen por dentro; y nos encontramos gente que podía ser feliz si supiera disfrutar de lo que tiene pero que viven llenos de amarguras; gente que no sabe disfrutar de la vida y no sabe disfrutar con lo que hace; y se pierden los valores, y se pierde el sentido de la vida, y terminamos viviendo como máquinas que algún día se romperán, como zombis como ahora se dice; se nos rompe la vida.

‘Guardaos de toda clase de codicia’, nos dice hoy Jesús. Y hay tantas formas en que la codicia se adueña de nosotros. No son solo las cuentas que podamos tener en el banco, no son solo esos bienes que adquirimos y adquirimos simplemente por tenerlos, son esas ambiciones que nos van acopando nuestro espíritu y nos llenan de tantas ataduras. Cuántas cosas acumulamos de las que no sabemos disfrutar. Y al final lo sufrimos nosotros, pero lo van a sufrir también los que nos rodean, lo va a sufrir la familia, lo van a sufrir los hijos: al final nos vamos cayendo por una tremenda pendiente de la que no sabemos cómo salir. Perdemos el sentido más elevado de ser personas.

Jesús quiere que abramos caminos de liberación en nuestra vida. Lo que había dicho el profeta y se recordaba en la sinagoga de Nazaret, el que venía lleno del espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a los que de una manera o de otra nos sentimos esclavos aunque no queramos reconocerlo. Es la liberación que Jesús nos ofrece, que podemos vivir cuando nos dejamos empapar por los valores del evangelio.

domingo, 5 de junio de 2022

Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

 


Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Hay una circunstancia repetida de alguna manera en los dos relatos que nos ofrece hoy san Lucas tanto del evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, previa a la presencia del Espíritu y la nueva presencia de Jesús resucitado. Expresamente se dice en el evangelio que estaban en el cenáculo con las puertas cerradas, y encerrados allí estaban en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviarles su Espíritu.

Puertas cerradas por fuera cuando nos quitan la libertad y nos dejan prisioneros en su interior, puertas cerradas por dentro cuando el miedo nos impide ejercer nuestra libertad. Seguimos viendo muchas puertas cerradas, y no solo es que caminemos por nuestras calles y raro es que nos encontremos una puerta abierta sino que puede ser expresión también de muchas cosas que nos encierran, de muchas distancias que ponemos, de muchas barreras que nos creamos y nos impiden la comunicación o la comunión. Puertas que muchas veces siguen cerradas en nosotros con nuestros miedos o con nuestras cobardías, con nuestros apegos o con nuestras esclavitudes.

Jesús había anunciado en la sinagoga de Nazaret que venía lleno del Espíritu del Señor para dar libertad a los oprimidos, y como un signo vemos en el evangelio con los milagros cómo Jesús nos va liberando de nuestros malos, que no solo son las carencias físicas que la enfermedad nos puede imponer, sino ese mal que desde dentro nos oprime y nos esclaviza.

Llega Jesús resucitado junto a los suyos y no necesitará que nadie les abra las puertas pero con el regalo del Espíritu da poder a los suyos para que vayan llevando esa nueva liberación a todos los que están esclavizados con el pecado, el poder del Espíritu para el perdón de los pecados. Se derrama el Espíritu a los congregados y encerrados en el cenáculo y las puertas se abrirán porque el Espíritu de la salvación ha de expandirse y ha de hacerse llegar a todos los hombres. Llenos del Espíritu saldrán a la calle ante todos aquellos que en su entorno se habían congregado al sentir los signos del cielo para anunciarles la Buena Nueva de la salvación.

Una salvación que significativamente será para todos los pueblos, porque yo no habrá trabas de lenguajes que impidan la comunicación, porque todos escucharán ese mensaje que les están trasmitiendo los apóstoles, cada uno en su propia lengua. No es solo un milagro de glosolalia, sino que es el signo claro de ese anuncio de salvación ha de ser para todos y todos podrán escucharlo, todos han de escucharlo. No hay ya puertas de lenguaje ni cierren la comunicación porque hasta los confines de la tierra han de ir a anunciar el mensaje de Jesús.

Celebramos hoy Pentecostés, la Pascua del Espíritu, el cumplimiento de la promesa de Jesús; el Espíritu que nos congrega en una misma comunión desde nuestra fe en Jesús y el Espíritu que nos va a hacer sentir de una manera nueva esa presencia de Jesús; el Espíritu de la Verdad que Jesús nos había prometido que nos lo revelaría todo, pero es el Espíritu que nos abre las puertas a nuevos horizontes y nos pone en camino porque con su fuerza hemos de ir haciendo el anuncio de la salvación a todos los hombres.

Es el Espíritu que ha construido la Iglesia cuando a todos nos ha congregado en unidad pero es el Espíritu que sigue conduciendo los caminos de la Iglesia y los caminos de todos los que creemos en Jesús para ser testigos en medio del mundo; es el Espíritu de sabiduría y de fortaleza para saber mantener encendida esa lámpara de nuestra fe en nuestros corazones y en medio del mundo; el Espíritu que un día condujo los pasos de María para que llegara hasta las montañas de Judea porque con su presencia todo se llenaba de Dios y es el mismo Espíritu que sigue conduciendo nuestros pasos para llenar también de la presencia de Dios nuestro mundo disipando toda sombra de tiniebla; es el Espíritu que nos libera de todas las ataduras como había anunciado Jesús en la sinagoga de Nazaret, pero que nos envía por el mundo con ese poder de liberación, con ese poder del perdón porque es el camino de la reconciliación para lograr un mundo nuevo.

Necesitamos la fuerza del Espíritu para convertirnos de verdad en testigos, testigos de la verdadera liberación, testigos que no queremos puertas cerradas sino que vamos a proclamar que con esa libertad podemos ir, vamos a ir con las puertas abiertas al encuentro de nuestros hermanos y de nuestro mundo. Es la acogida de nuestros corazones, pero son esos nuevos pasos que damos al encuentro de nuestro mundo con todas sus sombras y sufrimientos a los que queremos llevar una nueva luz.

Testigos de esa Iglesia de puertas abiertas porque llevamos un nuevo amor en nuestro corazón y vamos a ir mostrando con ese nuevo amor podemos alcanzar la verdadera liberación que nos ofrece Jesús; no podemos ser nunca una iglesia de puertas cerradas, no podemos encerrarnos los cristianos con ningún miedo que nos acobarde – desterremos para siempre todo miedo y toda cobardía -, tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu que es la fuerza de la verdadera libertad.

jueves, 17 de enero de 2019

Si en verdad creemos  en la Buena Noticia del Reino de Dios un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos hemos de hacer en nosotros


Si en verdad creemos  en la Buena Noticia del Reino de Dios un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos hemos de hacer en nosotros
Hebreos 3,7-14; Sal 94;Marcos 1,40-45
‘Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme…’ Las noticias de Jesus corren como un reguero de pólvora; prontos todos sabrán de sus milagros y signos, de su compasión y misericordia, y como habíamos visto a la gente que se agolpaba a la puerta de la casa de Simón Pedro para que les curara de sus dolencias y enfermedades, ahora por donde quiera que vaya se acercarán a Él los que tienen algún sufrimiento en su vida porque saben que en Él encuentran salud y salvación.
Había decidido seguir recorriendo los caminos de Galilea, porque también a otros sitios había de llevar la Buena Noticia del Reino y hasta en el camino se acercan a Él para que los cure. Ahora es aquel leproso que se atreve a saltar todas las prescripciones que habían de observar los que se consideraban inmundos, como el leproso, y se acerca hasta de Jesús poniéndose de rodillas a sus pies.
Es la humildad del que se siente pobre y pequeño y en su necesidad pide y suplica. Es el gesto de ponerse a sus pies pero también son las palabras; no exige, solo suplica; tiene la certeza de que Jesús puede curarlo, pero lo deja a su voluntad. ‘Si quieres…’ No son reivindicaciones como estamos acostumbrados a escuchar, donde siempre nos creemos con derechos y lo que hacemos es reclamar.
Pero aunque aquel hombre se manifiesta así de humilde - lo que está manifestando su grandeza y también su dignidad aunque está herida por tantos desprecios y discriminaciones - Jesús no lo quiere postrado en el suelo. Si aquel hombre se ha atrevido a saltarse todas las prescripciones como ya mencionamos sobre el lugar donde debían estar los que consideraban impuros para que con su impureza no contagiaran a los demás, Jesús también se salta esas normas porque no puede dejar que aquel hombre siga hundido y postrado porque le han quitado su dignidad. ‘Quiero, queda limpio’, le dice Jesús acercándose y tocándolo con su mano.
El que ha venido a curar a los leprosos y dar libertad a los oprimidos, lo vemos levantando a aquel leproso de su postración y haciéndole recobrar su dignidad. ¡Cuánto nos dice este gesto de Jesús! Cuántos siguen postrados y hundidos por la vida porque han perdido su dignidad o nosotros con nuestra insolidaridad y la maldad de nuestro corazón quizá se las hemos restado. seguimos en la vida haciendo discriminaciones, distinciones; sigue habiendo gente que se llama importante y se creen con todos los derechos a estar por encima de los demás, y seguimos encontrándonos personas a las que ponen siempre en segundo lugar o en la cola de la vida, y a lo sumo les dejamos caer las migajas que nos sobran de nuestras mesas o nuestras vidas opulentas.
Seguimos escuchando las listas que nos hacemos los hombres de quienes pueden convivir con nosotros, que si son legales o son ilegales como hablamos por ejemplo de los inmigrantes que de mil manera llegan a nuestras tierras, o hacemos un apartheid porque son de esta raza o de aquella religión, de aquel lugar o de aquel país o continente, y son violentos y no sé cuántas cosas más con que los catalogamos.
¿No nos estará señalando  hoy Jesús en el evangelio en la curación de este leproso como tenemos que saltarnos esas barreras que  nos hemos impuesto, como no tenemos que dejar hundirse en la falta de dignidad a tantas que de una manera u otra seguimos viendo arrastrándose por la vida?
Si en verdad creemos en Jesús, en la Buena Noticia del Reino de Dios que nos anuncia un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos tenemos que hacer en nuestra vida.




miércoles, 5 de abril de 2017

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56; Juan 8, 31-42
Jesús nos habla hoy de verdad y de libertad, como al mismo tiempo nos hace reconocer nuestras esclavitudes y nuestras oscuridades. Creo que nos pueden hacer pensar mucho estas palabras de Jesús.
Verdad, libertad… todos hablan de ellos, todos tienen su opinión, todos quieren expresar su verdad muchas veces de manera subjetiva; no queremos absolutos, queremos hacerlo todo muy relativo, a nuestra conveniencia, a nuestra particular visión, en búsqueda de nuestras satisfacciones. Incluso nos hacemos nuestras muy particulares interpretaciones de las palabras de Jesús; como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, porque nuestra verdad es la única que queremos que prevalezca.
Y en el mismo sentido cuando hablamos de libertad; en nombre de la libertad nos queremos permitir todo, pero claro todo lo que nos favorezca personalmente; en el choque con la libertad del otro, primero esta nuestra propia libertad y ya lo de respetar la libertad del otro lo relativizamos a nuestra conveniencia. ¿Será libertad o será libertinaje? Tendríamos que analizar mucho la manera de entenderlo, la manera de respetar a los demás, porque en nombre de nuestra libertad, de nuestra opinión o de nuestras ideas no tenemos por que molestar ni ofender a nadie. Es que es la verdad, decimos, y que le duela al que le duela, y no nos importa herir, incluso dañar.
Jesús nos invita a que le escuchemos, a que atendamos a sus palabras y seremos sus discípulos y nos dice que conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Es que escuchando a Jesús conoceremos la verdad plena, nos da su Espíritu para llenarnos de esa sabiduría divina que nos haga conocer la verdad. ¿Quién nos puede revelar mejor la verdad del hombre que Aquel que nos ha creado? Así como el artista es el que mejor nos puede explicar el sentido de su obra, como el artesano aquella obra que ha realizado, así nuestro Creador. Y Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que nos descubre la verdad de Dios y la verdad del hombre que Dios ha creado. Es en Jesús donde vamos a encontrar el sentido verdadero de nuestra existencia.
Y conociendo esa verdad de Dios que nos revela la verdad del hombre alcanzaremos, si, la libertad. Conocemos así el camino que nos lleva a la plenitud de nuestro ser; sabemos entonces cuales son aquellas cosas que pueden mermar esa plenitud de vida, que nos pueden entonces esclavizar. Con Jesús, escuchando sus palabras, siguiendo su camino, alcanzaremos esa libertad verdadera. ¿No nos había dicho allá en la sinagoga de Nazaret que venia con el Espíritu del Señor para dar a los oprimidos la libertad?
Escuchemos, si, y desde lo mas hondo del corazón estas palabras que hoy nos dice Jesús: ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. El nos da la sabiduría más divina y la libertad más grandiosa.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.