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lunes, 10 de octubre de 2022

Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

 


Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31 – 5, 1; Sal 112; Lucas 11, 29-32

Dime que me amas, demuéstrame que me amas, le pide una y otra vez el enamorado a su enamorada (al revés, da igual, porque lo que importa son las pruebas que le pide el uno al otro) y no termina de ver cuánto es el amor que siente. Pero si yo estoy aquí, a tu lado, cuantos regalos te he hecho, cuantos signos del amor que te tengo te he manifestado tantas veces. Pero no terminamos de ver, porque ha entrado la desconfianza en el corazón y todo lo corroe, hasta lo más hermoso como es el amor.

Es lo que Jesús les está diciendo en aquella ocasión en que se encuentra rodeado de mucha gente. Habrá quien os lo eche en cara porque no habéis querido ver las señales. Pedían signos, pedían milagros, no eran capaces de darse cuenta de quien estaba ante ellos. Allí estaba su Palabra llena de autoridad, alguna vez lo habían reconocido, ‘nadie habla como él’, se decían algunos. Pero aquella sabiduría de Dios no penetraba en sus corazones, porque los tenían cerrados.

¿Prejuicios? ¿Maldad para mal interpretar? ¿Querer ver segundas intenciones donde todo es clarividente? ¿Incomodo porque aquella palabra era exigente y obligaba a cambiar muchas cosas desde dentro, desde el corazón? Eran más fáciles los cumplimientos, que se les dieran las reglas detalladas, no sabían apreciar la libertad de los hijos de Dios que se les ofrecía. No querían sumergirse en aquel mar de amor.

Los ninivitas habían creído solamente escuchando la palabra de Jonás, supieron descubrir las señales de Dios en aquel profeta que recorría la ciudad, aun cuando tanto le había costado iniciar la tarea pues antes había emprendido la huida; muchas cosas le habían sucedido al profeta que luego se habían convertido en un signo para los habitantes de Nínive y aceptaron su palabra. Ahora les dice Jesús, el Hijo del Hombre será la señal para esta generación. Pero les costará leer las señales. En lo mismo que hicieron con Jesús estaban las señales que no terminaban de ver.

Aunque algunas habían dicho en alguna ocasión que nadie hablaba como Jesús, no terminaron de ver la Sabiduría que venía de Dios. Lo había reconocido un día Nicodemo porque nadie podía hacer ni hablar lo que Jesús hacía y decía si Dios no estaba con El. La reina del Sur había venido de lejos para escuchar y saborear la sabiduría de Salomón, y allí estaba alguien que era más que Salomón, porque era la Palabra que es luz y que es vida, la Palabra de Dios que plantaba su tienda entre nosotros, por no quisieron recibir la luz, las tinieblas la rechazaron, como rechazaban su Sabiduría y seguían sin embargo pidiendo signos.

¿Y nosotros seremos capaces de ver esas señales, saborear esa Sabiduría de Dios que nos ofrece Jesús? preferimos sabidurías humanas, queremos seguir diciendo que Jesús es solamente un hombre, no terminamos de comprender toda la magnitud de la entrega de Jesús. Y oímos pero no escuchamos; y la semilla cae sobre nosotros como tierra endurecida por el paso del caminante o estamos tan llenos de pedregales o de zarzales que no dejamos que germine y crezca de verdad en nuestra vida. Pensemos cuál es la dureza que sigue habiendo en nuestro corazón.


Dejemos regar nuestra tierra por el agua del Espíritu; limpiemos de malezas nuestro corazón quemándolas en el fuego ardiente del Espíritu; abramos los ojos de nuestro corazón para saber leer esas señales de Dios que cada día pone ante nuestros ojos, ante nuestra vida.

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

miércoles, 23 de junio de 2021

El mundo de hoy necesita profetas que llenos de sabiduría abran nuestro corazón a la esperanza de algo nuevo que podemos construir

 


El mundo de hoy necesita profetas que llenos de sabiduría abran nuestro corazón a la esperanza de algo nuevo que podemos construir

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20

Seguramente tendremos la experiencia de habernos encontrado alguna vez con una persona humilde y sencilla, de la que quizás no esperábamos grandes conocimientos, pero que sin embargo cuando la escuchamos hablar nos quedamos maravillados por la sabiduría que destilaban sus palabras. Pareciendo no querer decir nada cada palabra era una sentencia y en cada pensamiento que expresaba encontrábamos un pozo de sabiduría; con una visión clara nos describía los acontecimientos e incluso parecía que casi sin querer nos daba como pistas de futuro con mucho acierto.

Personas de una madurez extraordinaria y que en su sencillez y humildad eran verdaderos pozos de sabiduría que nos daban un buen sentido de las cosas y de la vida y siempre con gran paz y serenidad de espíritu. Personas que nos agradaba escuchar y con las que perderíamos horas y horas para escucharlas y aprender, y para llenarnos de la paz de su corazón.

Por el contrario también más veces de la cuenta nos encontramos con charlatanes que todo se lo sabían pero que muchas veces se convertían en profetas de calamidades, por la negrura con que todo lo veían y las pocas esperanzas que sembraban en el corazón; más bien todo era como querer prevenir una catástrofe que veían inminente y que escuchándoles nuestro corazón se llenaba de desasosiego y de temor. Ante cualquier circunstancia sus palabras parecían amenazantes y anunciadoras de calamidades, como si no hubiera nunca esperanza de que las cosas podemos mejorarlas si ponemos empeño y buena voluntad por nuestra parte y por parte de todos.

Personas en un sentido o en otro, incluso en nuestro ámbito o sentido religioso nos las podemos encontrar fácilmente, aunque muchas veces intentamos hacernos oídos sordos o somos tan cegatos para no descubrir aquellas cosas y aquellas personas de nuestro entorno que podrían poner esperanza en el corazón. En la misma situación en que nos encontramos en esta hora de nuestro mundo necesitamos encontrar esa palabra sabia que ponga paz en el corazón, que nos dé esperanza y nos ayude a encontrar esos caminos y esas salidas que necesitamos para ese agobio que algunas veces sentimos en el corazón.

Hoy nos previene Jesús. ‘Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…’  Hemos de saber estar alertas. Alertas para no dejarnos engañar por esos profetas de calamidades que quizás se nos puedan presentar con bonitas palabras o argumentaciones que nos pueden parecer muy juiciosas, pero que siembran ese desasosiego en el corazón, pero que muchas veces hacen surgir en nosotros actitudes negativas, poco constructivas de algo mejor.

Tampoco nos dejaremos seducir por cantos de sirena que todo nos lo presentan bonito y que nos pueden llevar a un conformismo que no es nada bueno. Escuchemos esa palabra que nos pone en camino, que nos impulsa a actuar, que siembra esperanza, con la que nos sentimos fortalecidos para seguir construyendo aunque nos parezca que las cosas no avanzan. Toda buena semilla que sembremos tenemos la esperanza de que un día dará su fruto. Acompañemos ese cultivo de la vida fortalecidos en el Señor pero poniendo nuestro cuidado para quitar las malas hierbas que algunas veces pueden aparecer en nuestro corazón y que podrían ahogar esa buena semilla.

Esas personas buenas y sabias que un día nos dejaron plantada una buena semilla en nuestro corazón, antes ellas lo habían rumiado intensamente en su corazón que es lo que les había hecho llegar a esa profundidad de pensamiento y de vida que tanta admiración producía en nosotros. Rumiemos nosotros en nuestro corazón todo eso bueno que también podemos transmitir; sintiendo la presencia del Señor en nosotros eso se convierte en la mejor oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios para escucharle como tanto lo necesitamos.

Con humildad abramos nuestro corazón a Dios que de muchas maneras se nos manifiesta. Así podremos ser esos profetas de buena nueva que necesita nuestro mundo con una sabiduría nueva que ha brotado en nuestro corazón. El Espíritu del Señor también está con nosotros.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu dejándonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace partícipes de su misma vida

 


Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu dejándonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace partícipes de su misma vida

Hechos de los apóstoles 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

El estudiante comienza con ilusión su carrera, pero a medida en que avanza en sus estudios se va dando cuenta de que aquello es mucho más complejo que lo que había imaginado; quiere conocer y aprender, quiere seguir avanzando, pero hay momentos en que se ve desbordado; como se suele decir hay que dar tiempo al tiempo y todo se irá caminando.

Pongo el ejemplo del estudiante o podemos pensar en otras muchas situaciones de la vida en que también nos sentimos desbordados; la complejidad de los problemas, los nuevos caminos que se abren ante nosotros, la posibilidad de hacer que las cosas cambien, pero exige esfuerzo, dedicación, no perder el entusiasmo, continuar en la tarea a pesar de los pesares como suele decirse.

Los discípulos de Jesús lo habían ido conociendo poco a poco; aquel grupo más íntimo y más particular que constituían los que Jesús había elegido y los había llamado apóstoles iban teniendo cada vez un conocimiento más profundo de Jesús, sin embargo algo nuevo iban descubriendo cada día del misterio de Cristo que algunas veces les costaba entender y aceptar; ahora se encontraban en una encrucijada con los anuncios que había hecho Jesús de lo que iba a suceder; los recuerdos de todo lo que Jesús les había enseñado se iba como acumulando y les costaba asimilarlo.

Y, ¿cuándo Jesús no estuviera, dado los anuncios que estaba haciendo? Les parecía casi imposible recordarlo todo para llegar a vivir aquel nuevo sentido de vida que Jesús les estaba enseñando. Es lo que Jesús les esta anunciando ahora. No han de temer porque el Espíritu será su sabiduría.


‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará’.

El Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Buscamos la verdad, está en el deseo más profundo del hombre. Es una constante que se repite continuamente en el evangelio. Jesús nos dirá que El ha venido para dar testimonio de la verdad, esa es su razón de ser. Será cómo responderá a Pilato cuando éste le pregunta sobre su identidad, aunque ante la respuesta de Jesús el Procurador se preguntará con sorna qué es la verdad. Un hombre que procedía del mundo gentil, de la cultura griega y romana donde habían abundado los filósofos, maestros que enseñan el camino de la sabiduría y de la verdad, al final tiene dudas de lo que es la verdad. Por eso la pregunta-respuesta que se hace Pilatos aunque no espera la respuesta de Jesús. ‘¿Qué es la verdad?’

Pero ya Jesús a lo largo del evangelio nos irá dando testimonio de la verdad, porque nos está descubriendo todo el misterio de Dios que es en fin de cuentas descubrirnos también todo el misterio del hombre. Y ahí está nuestra sabiduría, ahí está la verdad que buscamos y que tenemos que creer. Por eso Jesús terminará afirmándonos que El es la Verdad. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida, nadie va al Padre sino por mí’. Es Jesús mismo la respuesta a esa eterna pregunta de la humanidad.

Y hoy nos dice Jesús que tendremos con nosotros el Espíritu de la Verdad que nos lo revelará todo y nos guiará hasta la verdad en plenitud. Es el Espíritu que nos va a guiar al conocimiento pleno de Jesús. Y ese conocimiento pleno de Jesús va mucho más allá de saber muchas cosas de Jesús. Hay muchos que saben muchas cosas de Jesús, pero les falta algo importante, la fe en Jesús, creer en Jesús.

La fe no nos la da solamente el conocimiento que podamos tener, aunque también lo necesitemos, sino el Espíritu que anida en nuestro corazón y que será quien en verdad despierte la fe en nosotros. Sin dejarnos guiar por el Espíritu Santo no llegaremos al conocimiento pleno de Jesús, no llegaremos a poner toda nuestra fe en Jesús. Porque será el Espíritu el que nos revele en nuestro corazón quién es Jesús, el secreto y el misterio de Jesús para reconocer en El al Hijo de Dios que es nuestra Salvación.

Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu, preparémonos con intensidad para la celebración de la venida del Espíritu, y dejémonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace participes de la vida misma de Jesús para ser también nosotros hijos de Dios.

lunes, 26 de abril de 2021

Algo nos está faltando a los cristianos que no terminamos de ser la sal y la luz de nuestro mundo que Cristo nos pide

 


Algo nos está faltando a los cristianos que no terminamos de ser la sal y la luz de nuestro mundo que Cristo nos pide

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Están claras las imágenes que nos propone hoy Jesús en el evangelio. La sal tiene que dar sabor en su punto y la luz tiene que resplandecer e iluminar; ni escondemos la luz ocultándola ni mal utilizamos la sal porque en lugar de dar el sabor apropiado podemos estropear nuestra comida. En el uso diario que hacemos de ambas todos entendemos su significado.

Pero Jesús nos dice que nosotros tenemos que ser sal, que somos sal y que somos luz. ¿Qué significará eso en referencia a nuestra propia vida? Está hablándoles Jesús a los que creen en El, los que son sus discípulos y le siguen, a aquellos que en ese seguimiento de Jesús ya le han dado un sentido nuevo a sus vidas. Han entendido ya ese sabor que Cristo quiere dar a nuestra existencia y cuando se han encontrado con Jesús sus vidas se han iluminado con nueva luz. Es que por ahí va lo de creer en Jesús.

No creemos en Jesús simplemente porque nos maravillemos con las obras que realiza o disfrutemos con la belleza de sus palabras. Es algo más. Llegamos a creer en Jesús desde el encuentro con su persona, un encuentro, podríamos decir, que nos coge por dentro, que impacta nuestra vida para hacerla cambiar, para transformarla. Porque creer en Jesús es sentirnos tan identificados con El en lo que es su vida, en lo que hace o en lo que nos enseña que ya nuestro sentido de vivir no es otro que el de Jesús.

Recordamos lo que nos decía el evangelista que cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, una luz brillante los iluminó, con las palabras del profeta. Nos sentimos impactados por esa luz de manera que ya nosotros para siempre vamos a reflejar esa luz, no la podremos ocultar. Pero encontrarse con la luz significa que nuestras sombras se iluminan y comenzaremos a ver cosas que en las tinieblas no éramos capaces de distinguir. Es ese sentido nuevo que en Cristo encontramos que es luz para nuestra vida, que es sabiduría para nuestra existencia, luz y sabiduría que tenemos que llevar también a nuestro mundo.


Esa sabiduría de Jesús y su evangelio que nos hace saborear la vida y las cosas de una forma distinta, es un nuevo sabor que es mucho más que un nuevo saber; saber podemos saber muchas cosas pero si no las convertimos en sabor de nuestra vida de nada nos valen esos saberes. Es lo que nos está diciendo Jesús con la imagen de la sal, que no puede desvirtuar su sabor.

Por eso un cristiano en medio del mundo tiene que ser un revulsivo. Allí donde esté un cristiano, un seguidor de Jesús tiene que notarse que las cosas son distintas, que hay un nuevo sabor. El cristiano nunca puede ir de brazos cruzados con pasividad y dejando hacer, sino que tiene que moverse para transformar desde lo más hondo aquellas situaciones en las que se encuentra. Un cristiano que se encuentra con un mundo de pasividad y de injusticia, de insolidaridad y de violencia, no puede cruzarse de brazos tiene que ser ese fermento nuevo que haga que todo aquello se transforme y cambie. Por eso nos hablará en otro momento de la levadura que fermenta la masa.

Pero ¿en verdad somos así los cristianos? ¿Habremos quizá llegado a una pasividad y a una atonía en que evitamos el comprometernos, y dejamos que las cosas sigan igual? Nos hace falta que encendamos de nuevo ese fuego del evangelio que incendie nuestro mundo para transformarlo, que seamos en verdad esa sal que dé buen sabor y esa luz que ilumine. Desgraciadamente vamos demasiado apagados los cristianos por la vida. Algo nos está faltando.

martes, 3 de septiembre de 2019

Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás


Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26;  Lucas 4, 31-37
Todos tenemos experiencia de habernos encontrado en la vida con personas que nos merecen toda admiración y respeto a las que escuchamos con gusto porque sus palabras están llenas de sabiduría en su sencillez, pero que nos llegan hondo al corazón. Son personas humildes y sencillas, personas de gran corazón y con una paz en su alma que trasmiten a través de todos los sentidos, y en quienes vemos reflejadas todas aquellas sabias consideraciones que nos hacen. La autoridad de sus palabras está en su porte, en su manera de ser y de estar, en esa ternura con que nos trasmiten sus sabios consejos. Nos quedaríamos para siempre con ellos escuchándoles y bebiéndonos sus palabras.
Hoy nos dice el evangelio cómo las gentes estaban asombradas por la autoridad con que hablaba Jesús y la sabiduría de sus palabras. Allá en la sinagoga de Nazaret al principio se habían visto sorprendidos, aunque luego la cerrazón de su corazón les llevara finalmente a rechazarle. Pero allí con el texto del profeta proclamado y que El decía que aquella Escritura se estaba cumpliendo en el hoy y allí que estaban viviendo, había anunciado que el Espíritu del Señor estaba sobre El que le enviaba a anunciaba la Buena Nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos por el diablo.
De nuevo podía decir ahora en Cafarnaún que aquella Escritura allí se estaba cumpliendo. Les ensañaba como solo podía hacerlo El que era el verdadero maestro para todos, pero además los signos anunciados allí se estaban realizando. En medio de las gentes, ahora en la sinagoga de Cafarnaún, había un hombre poseído por un espíritu inmundo que incluso se pone a gritar interrumpiendo al mismo Jesús y a todos. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.
Era, sí, un reconocimiento de quien era Jesús, aunque las gentes aun no lo habían reconocido como tal. Pero ellos era solamente el Maestro, cuanto más reconocerían que un profeta había aparecido en medio de ellos, pero aquel hombre poseído por el maligno lo estaba reconociendo como el Santo de Dios. Era en cierto modo un reconocimiento de que era el Hijo de Dios.
Pero eran los signos del Reino de Dios que llegaba. ‘Cierra la boca y sal’, fueron las palabras de Jesús. Y aquel hombre quedó liberado del mal. No es extraño que la gente se quedara admirada por la autoridad de las Palabras de Jesús. ‘¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Y es que en Jesús podemos ver esas señales de autoridad de las que antes hablábamos y que nos hacia admirar la sabiduría  de aquellos hombres que decíamos nos agradaba escuchar. Era la liberación del mal, la buena noticia para los pobres y los oprimidos.
Era la obra de Jesús pero que tiene que ser también nuestra obra. Si hemos venido considerando la autoridad de las palabras de Jesús porque a sus palabras acompañaban los signos, quizá tendríamos que estarnos planteando qué autoridad tienen nuestras palabras cuando queremos hacer el anuncio de Jesús.
Cada cristiano tiene que ser un mensajero. Esa misión nos confió Jesús. Y queremos enseñar, queremos trasmitir el evangelio, queremos despertar la fe en el mundo que nos rodea, pero ¿creerán nuestras palabras? ¿No estaremos muchas veces haciendo una enseñanza teórica de Jesús y del evangelio? Nos hace falta algo más, nos hace falta que transmitamos en nuestras palabras esa autoridad del mensaje del evangelio.
No son solo palabras lo que tenemos que trasmitir, lo que tenemos que enseñar. Nos hace falta dar signos de esa liberación del mal. ¿Tenemos que ir haciendo milagros, cosas extraordinarias?
Cosas extraordinarias no hace falta, sino que vayamos dando en las cosas pequeñas de cada día signos de esa liberación del mal. Empezando por nosotros mismos con el estilo y sentido de nuestra vida, con el testimonio que demos a través de nuestras obras, de nuestra manera de vivir de que estamos en verdad liberados del mal. Hay tantos males que nos acechan, que nos dominan, que nos esclavizan y no terminamos de dar esas señales. De la misma manera que tenemos que ser signos en los demás, en lo que luchemos por la liberación del mal en cuantos nos rodean. Son las obras del amor, de un amor comprometido, que tenemos que realizar. Será la autoridad con que podamos presentarnos para hablar de Jesús.

miércoles, 17 de julio de 2019

Caminemos con sencillez al encuentro con los demás para sentir el gozo y la ternura de los sencillos y los otros se puedan sentir igualmente a gusto con nuestra presencia


Caminemos con sencillez al encuentro con los demás para sentir el gozo y la ternura de los sencillos y los otros se puedan sentir igualmente a gusto con nuestra presencia

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
Yo no sé ustedes, pero a mi me encanta estar con la gente humilde y sencilla. Se siente uno a gusto, te hacen saborear la cercanía y la ternura de las cosas pequeñas, de las cosas sencillas. Pero también digo que hay que saber tener ojos limpios para descubrir a esas personas que quizá nos pueden pasar desapercibidas, porque no serán nunca personas que busquen las apariencias, que busquen sobresalir, sino que calladamente van por la vida realizando pequeñas gestos, teniendo pequeños detalles que cuando los descubrimos nos daremos cuenta de la grandeza de esas personas e incluso de su sabiduría.
Sencillez y humildad que no está por si misma vinculada a ningún grupo social, sino que es el espíritu con que vivamos la vida cualquiera que sea nuestra condición. No porque tengamos más o menos medios, más o menos conocimientos, no porque estemos en una escala social determinada, sino que depende de nuestro corazón, de nuestras actitudes, de la humildad que pongamos en la vida.
Algunas veces nos cuesta porque nos puede aparecer la tentación al orgullo y creernos que todo nos lo sabemos. Qué sutil es la autosuficiencia que queremos disimular con la autovaloración que podamos hacer de nosotros mismos. El que valoremos nuestra dignidad e incluso reconozcamos los valores que hay en nosotros, no está en contra de ese espíritu de sencillez y de humildad con que hemos de manifestarnos.
Ojalá sepamos descubrir a tantos que con humildad y sencillez caminan a nuestro lado en la vida y sepamos, sí, aprender de su sabiduría siendo nosotros de la misma manera también sencillos y cercanos a los demás, sea quien sea. Es el espíritu con que hemos de saber vivir la vida y así podremos abrirnos mejor a los demás y a Dios. Es la humildad, repito, y humanidad que hemos de saber poner en el corazón.
Es lo que nos hace ver hoy Jesús en el evangelio. En su presencia en medio del pueblo, en su predicación y en la manera de acercase a todos se ha encontrado con gente que le acoge con sencillez, se admira de sus palabras y de los hechos que realiza, pero también ha encontrado oposición entre los que se creen poderosos o que pueden manipular a los demás a su antojo. Ahora como un desahogo que le sale de lo más profundo del corazón da gracias al Padre del cielo porque ha querido manifestarse a los que son pequeños y sencillos mientras los orgullos y se creen autosuficientes no han sido capaces de descubrir el misterio de Dios.
‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es la oración que brota de su corazón. Es la alabanza que también nosotros hemos de saber hacer, reconociendo las maravillas del Señor que cuando somos también nosotros sencillos y humildes se nos manifiesta en lo hondo de nuestro corazón.
María sintió que el Señor había realizado en ella obras maravillosas pero al mismo tiempo supo ser humilde para sentirse la esclava del Señor. Daba gracias a Dios por ello, por las maravillas que en ella realizaba, pero se siguió sintiendo la pequeña, la humilde esclava del Señor. En el reconocimiento de las maravillas de Señor y en su humildad al mismo tiempo le hizo salir con mayor rapidez de si misma para ir al encuentro de los demás, corrió hasta casa de su prima Isabel para servirla. Caminó humilde los caminos del Señor que le llevaban siempre al servicio, al encuentro con los demás.
Ha de ser también nuestro camino para abrirnos a los demás, para sentir el gozo de la presencia y la ternura de los sencillos que están a nuestro lado, pero para manifestarnos de la misma manera con otros haciendo que también se sientan a gusto con nosotros.


lunes, 24 de julio de 2017

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

Éxodo 14,5-18; Sal.: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Qué hermoso es ir por la vida con sinceridad y siendo auténticos. Las hipocresías y las falsedades oscurecen nuestro ser, no nos dejan ser lo que realmente somos sino que tratamos de parapetarnos tras apariencias vanas. Un día se caerán esos cortinajes de vanidad y mentira tras lo que tratamos de ocultarnos y entonces nos sentiremos peor porque nos sentiremos desnudos ante los demás con la mentira como corona de nuestra vida. Por eso, digo, es mucho más hermoso ir con sinceridad.
Desgraciadamente sabemos que esto no es siempre así. Muchos se parapetan tras esas vanidades y orgullos queriendo ocultar lo que realmente son o lo que sienten en su interior. Querrán ocultar quizás esa maldad que han dejado introducir en la vida y al final van a quedar peor. Es una tentación que todos podemos sufrir de una manera o de otra. Muchas veces en la vida no queremos manifestarnos como somos, bien porque queramos ponernos a unas alturas que no son las nuestras, bien porque queramos ocultar esas intenciones sesgadas que aparecen muchas veces en nuestro interior.
Y cuando vamos así por la vida sospechamos enseguida de los demás, vemos malas intenciones en lo que puedan hacer los otros, nos entra la desconfianza y así es difícil mantener una buena relación con los otros. Las desconfianzas rompen los lazos de afecto que puedan unirnos a los demás; con la confianza no sabremos colaborar en lo bueno que los otros hacen; aparece la envidia en nuestro corazón y la malquerencia. Nuestros ojos se vuelven turbios y opacos y no seremos capaces de ver lo más claro de la bondad que hay en los otros.
Es lo que le sucedía a muchos en torno a Jesús como contemplamos en el evangelio. Siempre estaban en la desconfianza, al acecho, viendo dobles intenciones, pidiendo una y otra vez pruebas y signos, sin llegar a ver el amor que Jesús nos mostraba, los signos maravillosos que hacia, la esperanza y la vida que podían encontrar en sus palabras y en sus gestos. No creían en Jesús. No se terminaba de despertar la fe en ellos porque su corazón estaba demasiado agriado, demasiado lleno de cosas turbias, sus ojos estaban cegados.
Una vez más le piden a Jesús un signo para creer en El. No les bastaban todos aquellos milagros que hacia, no les bastaba aquella palabra de vida eterna que Jesús les decía. Y Jesús les habla de las gentes de Nínive que creyeron en Jonás que fue un signo de salvación para ellos con lo que le sucedió en su vida y con su predicación; y les habla de la Sabiduría de Salomón reconocida en su tiempo hasta por la reina del Sur que vino para escucharle.
Ante ellos está quien con su vida, con su entrega hasta la muerte, con su resurrección va a ser ese verdadero signo de salvación para todos los hombres; ante ellos esta la Sabiduría eterna de Dios, la Palabra eterna de Dios que en Dios estaba y que de Dios vino a nosotros plantando su tienda entre nosotros para que quienes creyeran pudieran ser hijos de Dios.
Que nosotros no nos ceguemos para que podamos reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación. Que reconozcamos a Jesús y escuchemos su Palabra para que llenándonos de vida comencemos a vivir esa vida nueva donde todos nos amamos, nos aceptamos, vamos con sinceridad caminando los unos junto a los otros, creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor.

domingo, 28 de mayo de 2017

Con la Ascensión recibimos la misión de que el Evangelio sea en verdad Buena Noticia para todos los pueblos con el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida

Con la Ascensión recibimos la misión de que el Evangelio sea en verdad Buena Noticia para todos los pueblos con el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida

Hechos 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20
‘Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios’. Así comienza Lucas el libro de los Hechos de los apóstoles haciendo un resumen en pocas líneas de lo que fue el tiempo pascual. Estaba vivo, había resucitado, les hablaba una vez más del Reino de Dios. Había sido la Buena Noticia a lo largo de su vida pública; era la razón de ser de su vida y de su entrega.
San pablo nos decía que ‘el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros…’
Necesitamos, si, ese espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Sabiduría para comprender todo ese misterio de Dios que se nos revela y manifiesta en Jesús, pero no es una sabiduría que adquiramos por nosotros mismos; por eso nos habla de revelación. Es Dios que se nos revela en Jesús, que nos manifiesta el misterio de su ser. Como ya decía el principio del evangelio de Juan nadie conoce el misterio de Dios, ‘el Hijo único que esta en el seno del padre es quien nos lo ha dado a conocer’. Jesús les hablaba una vez más del Reino de Dios.
Llegaba el momento de la Ascensión. ‘Sali del padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y vuelvo al padre’, había dicho en la ultima cena en la despedida. ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?’ se preguntan y le preguntan los discípulos. Era, si, la hora del Reino de Dios. Expresión de ello era su muerte y su resurrección. El volvía al padre, pero no los dejaba solos. Les insiste que permanezcan en Jerusalén, se ha de cumplir en ellos la promesa del padre.
‘No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo… Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’.
Son sus últimas recomendaciones. Dejaron de verle, como hasta entonces le habían visto. ‘Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista’, nos dice Lucas. Y como confesamos en nuestra fe ‘subio al cielo y esta sentado a la derecha de Dios padre todopoderoso’. O como nos decía hoy san pablo ‘la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro’.
Es lo que hoy estamos celebrando, la Ascensión del Señor al cielo. Vamos culminando la pascua. La obra de Jesús esta realizada y ahora la deja en nuestras manos. Tenemos que ser sus testigos, hemos de ir a todo el mundo a anunciar esa buena noticia. ‘Id y haced discípulos de todos los pueblos…’ nos confía Jesús. Nos da su espíritu, estará para siempre con nosotros. El camino nuevo que emprendemos y que nos lleva por todo el mundo no lo hacemos solos.
Hemos recibido una misión. Ese evangelio tenemos que convertirlo de verdad en buena noticia para todos los hombres. Convencidos del evangelio, convencidos de la salvación que hemos recibido de Jesús porque nos sentimos inundados de su amor, convencidos de la fuerza del Espíritu del Señor en nosotros nos tenemos que lanzar por el mundo, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, nada nos ha de hacer temer.
Se han de acabar las cobardías que nos encierran; el próximo domingo con Pentecostés en verdad nos vamos a sentir hombres nuevos llenos del espíritu del Señor. Como hicieron los discípulos que se fueron al cenáculo porque Jesús les había dicho que permanecieran en Jerusalén, nosotros vamos a quedar también en oración en la espera de la fuerza del espíritu. Lo renovaremos en nosotros cuando celebremos Pentecostés, pero somos conscientes de que en nuestro bautismo y nuestra confirmación hemos recibido ya el don del espíritu.
Vivamos ahora el gozo de esta fiesta grande de la Ascensión del Señor; cantemos también nosotros la gloria de Dios. Como cantamos en el salmo de la celebración de este día ‘Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado’.




miércoles, 5 de abril de 2017

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56; Juan 8, 31-42
Jesús nos habla hoy de verdad y de libertad, como al mismo tiempo nos hace reconocer nuestras esclavitudes y nuestras oscuridades. Creo que nos pueden hacer pensar mucho estas palabras de Jesús.
Verdad, libertad… todos hablan de ellos, todos tienen su opinión, todos quieren expresar su verdad muchas veces de manera subjetiva; no queremos absolutos, queremos hacerlo todo muy relativo, a nuestra conveniencia, a nuestra particular visión, en búsqueda de nuestras satisfacciones. Incluso nos hacemos nuestras muy particulares interpretaciones de las palabras de Jesús; como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, porque nuestra verdad es la única que queremos que prevalezca.
Y en el mismo sentido cuando hablamos de libertad; en nombre de la libertad nos queremos permitir todo, pero claro todo lo que nos favorezca personalmente; en el choque con la libertad del otro, primero esta nuestra propia libertad y ya lo de respetar la libertad del otro lo relativizamos a nuestra conveniencia. ¿Será libertad o será libertinaje? Tendríamos que analizar mucho la manera de entenderlo, la manera de respetar a los demás, porque en nombre de nuestra libertad, de nuestra opinión o de nuestras ideas no tenemos por que molestar ni ofender a nadie. Es que es la verdad, decimos, y que le duela al que le duela, y no nos importa herir, incluso dañar.
Jesús nos invita a que le escuchemos, a que atendamos a sus palabras y seremos sus discípulos y nos dice que conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Es que escuchando a Jesús conoceremos la verdad plena, nos da su Espíritu para llenarnos de esa sabiduría divina que nos haga conocer la verdad. ¿Quién nos puede revelar mejor la verdad del hombre que Aquel que nos ha creado? Así como el artista es el que mejor nos puede explicar el sentido de su obra, como el artesano aquella obra que ha realizado, así nuestro Creador. Y Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que nos descubre la verdad de Dios y la verdad del hombre que Dios ha creado. Es en Jesús donde vamos a encontrar el sentido verdadero de nuestra existencia.
Y conociendo esa verdad de Dios que nos revela la verdad del hombre alcanzaremos, si, la libertad. Conocemos así el camino que nos lleva a la plenitud de nuestro ser; sabemos entonces cuales son aquellas cosas que pueden mermar esa plenitud de vida, que nos pueden entonces esclavizar. Con Jesús, escuchando sus palabras, siguiendo su camino, alcanzaremos esa libertad verdadera. ¿No nos había dicho allá en la sinagoga de Nazaret que venia con el Espíritu del Señor para dar a los oprimidos la libertad?
Escuchemos, si, y desde lo mas hondo del corazón estas palabras que hoy nos dice Jesús: ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. El nos da la sabiduría más divina y la libertad más grandiosa.

domingo, 2 de abril de 2017

Un mensaje de vida y que nos llena de vida, que nos arranca de la oscuridad y de la muerte y hace crecer nuestra fe y nuestra esperanza

Un mensaje de vida y que nos llena de vida, que nos arranca de la oscuridad y de la muerte y hace crecer nuestra fe y nuestra esperanza

Ezequiel 37,12-14; Sal 129; Romanos 8,8-11; Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45
De todo lo que nos sucede siempre podemos aprender algo; es la sabiduría de la vida, lo que vamos aprendiendo en la vida; por eso hemos de estar atentos a lo que nos sucede, a lo que vivimos, a lo que podemos contemplar alrededor, lo que podemos escuchar, siempre hay una lección que aprender. Es una sabiduría el saber tener los ojos bien abiertos, más aun nuestra mente, para ver y aprender de cuanto nos sucede.
En nuestra actitud de creyentes, siempre abiertos a Dios, ya bien comprendemos como Dios nos habla a través de los acontecimientos de la vida; un creyente saber tener una mirada de fe en lo que le sucede y en consecuencia sabe hacer una lectura creyente de los hechos de la vida.
En este quinto domingo de cuaresma es tradicional, y sobre todo en el ciclo C, el escuchar el evangelio de la resurrección de Lázaro; domingo de pasión en la liturgia preconciliar, pero que en ciertos ambientes incluso es conocido como domingo de Lázaro, por el hecho que nos narra el evangelio.
Es bueno detenerse a leer con calma todo el texto del evangelio desde el momento en que las hermanas le anuncian a Jesús la enfermedad de Lázaro. Quiero destacar algunos aspectos porque en la brevedad de esta reflexión no podemos entrar en todos los detalles del mensaje. En referencia a lo que nos ha servido de punto de partida destacar como el evangelista en las palabras de Jesús nos va dando la motivación, por así decirlo, de este pasaje haciéndonos comprender lo que la catequesis de este evangelio puede y ha de significar para nuestra vida.
Cuando le anuncian a Jesús la enfermedad de Lázaro y con las palabras que en principio los discípulos no entienden nos viene finalmente a decir que aquello que sucede 'servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo del Hombre sea glorificado por ello'. Luego cuando ya se decida ir a Betania diciendo claramente que Lázaro ha muerto vuelve a decirnos Jesús: 'Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis'.
Será también la respuesta que dará a Marta cuando de alguna manera se resista a abrir la tumba, pues lleva cuatro días enterrado y ya huele mal, '¿no te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?' Finalmente en la oración de acción de gracias que eleva al Padre antes de hacer que Lázaro salga vivo de la tumba será lo que exprese también: 'Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado'.
Como conclusión final el evangelista comentará que 'muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en El'. Todo ha de servirnos para nuestra fe; es nuestro alimento, lo que da sentido y orienta nuestra vida; lo que nos abre al misterio de Dios y de la vida; lo que nos hace trascender nuestra existencia para darle un valor profundo a cuanto vivimos; lo que nos hace buscar la verdadera vida, la que nos llena de plenitud porque da un valor eterno y sobrenatural a cuanto hacemos; la que nos llena de luz a pesar de cuantas oscuridades encontremos en la vida; la que nos hace comprender y superar nuestra propia muerte terrena, la muerte de nuestro cuerpo porque nos hace pensar en lo que nos llena de vida sin fin.
Es un mensaje de vida el que hoy escuchamos. Hay sufrimiento, dolor, muerte pero Jesús nos habla de vida y de vida para siempre si creemos en El. Ahí está la fe de los discípulos que va creciendo más y más; ahí está la fe de aquellas mujeres con su dolor y con su angustia, pero seguían confiando en Jesús.
Es la queja del amor y de la fe. 'Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano', es como el saludo de ambas mujeres cuando se acercan a Jesús, o mejor, cuando Jesús llega hasta ellas. Pero aunque ahora todo eran lágrimas y oscuridades en su corazón atormentado allí estaba la fe que tenían en Jesús. Primero Marta, la que primero se encuentra con Jesús. Aunque su corazón está apenado y dolorido, sufre el duelo por la muerte de su hermano, sigue esperando, sigue confiando, sigue queriendo darle trascendencia a su vida. 'Sé que resucitará en la resurrección del ultimo día'. Pero Jesús no solo habla de futuro, sino habla de presente. Ahora hay vida si hay fe. 'El que cree en mi no morirá... yo lo resucitaré'.
Luego será la otra hermana, la que un día derramara perfume de nardo puro sobre los pies de Jesús, la que corre al encuentro con Jesús cuando le anuncian que 'el Maestro está ahí y te llama'. Los que no tienen la fe y el amor de María seguirán pensando en la muerte y piensan en el sepulcro. Pero Maria sabía sentarse a los pies de Jesús para escucharle aunque no hiciera otra cosa y recibiera las quejas de su hermana. Ahora quiere estar con Jesús, con sus reproches llenos de amor y de esperanza, con el deseo de que en Jesús encontrará la paz que ahora necesita su corazón.
En la vida caminamos muchas veces rodeados de muerte, en los dolores, en los sufrimientos, en las enfermedades, en la pobreza, en las injusticias que sufren nuestros hermanos o nosotros mismos acaso suframos también, pero tenemos que ir a Jesús. Aunque algunas veces lo hayamos sentido lejos porque no le hemos visto, pero sabemos que Jesús siempre está ahí, siempre se hace presente en nuestra vida, nos dará su paz, nos llenará de su vida.
Corramos, sí, al encuentro con Jesús con nuestras penas o con nuestras oscuridades, en El encontraremos la paz, la luz, la vida. Pongamos esperanza en nuestra vida incluso cuando nos pueda parecer por las negruras que suframos que ya no puede haber esperanza. La Palabra de Jesús es fiel. Y nos ha dicho que si ponemos nuestra fe en El tendremos vida para siempre. Que así crezca nuestra fe. Que así sintamos que nuestra vida se ilumina.

jueves, 8 de diciembre de 2016

En María Inmaculada aprendemos lo que es la sabiduría del amor realizando en nuestra vida y para nuestro mundo el proyecto del amor de Dios

En María Inmaculada aprendemos lo que es la sabiduría del amor realizando en nuestra vida y para nuestro mundo el proyecto del amor de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
El proyecto de Dios es un proyecto de amor.  No puede ser de otra manera porque Dios es amor. Es lo que ha querido desde toda la eternidad para el hombre. Y a pesar de tantos rechazos por parte del hombre que en su orgullo se cree Dios cuando lo que hace es encerrarse en si mismo en su egoísmo – lo más lejano de Dios – sigue buscándonos y sigue ofreciéndonos su proyecto de amor. Y el amor es el que hace feliz al hombre. Es en ese amor de Dios donde podremos alcanzar la mayor felicidad y la más hermosa sabiduría.
Esta fiesta de María que hoy celebramos, su Inmaculada Concepción, es lo que nos viene a expresar de manera contundente. María es aquella mujer anunciada ya en los albores de la humanidad, en las primeras páginas del Génesis, cuya descendencia iba a vencer el mal a fuerza de bien, a fuerza de amor.
El texto que hemos escuchado del Génesis viene a describirnos ese rechazo del hombre a lo que es el proyecto de amor de Dios. Decimos es el relato del pecado del primer hombre, pero es el relato del pecado de todo hombre, de toda la humanidad pecadora que tantas veces va a la contra del proyecto de Dios. Siempre aparece nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia que cree sabérselo todo pero que nos encierra en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, en no pensar sino en nosotros mismos rompiendo así el proyecto de Dios.
Pero el amor de Dios es perseverante, es un amor eterno que no se cansa nunca de amarnos a pesar de nuestros rechazos y desamores. Nos ofrece una salvación. Hoy el Génesis nos habla de esa descendencia de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. Llegaba el momento culminante de la historia, la plenitud de los tiempos que nos dice san Pablo, y Dios había de elegir a una mujer que fuera la madre de quien nos trajera la salvación.
Si la redención significaba limpiarnos de toda culpa para hacer un hombre nuevo de vida pura e inmaculada inundada por el amor, aquella mujer que habría de ser la madre del Redentor tendría que ser pura e inmaculada inundada también de ese amor. Dios podía hacerlo y quiso hacerlo y a María la preservo de toda culpa de pecado en virtud de los méritos de su Hijo, y es por eso que ella es ya Inmaculada desde su Concepción. Y es la fiesta que hoy celebramos. Por eso la llamamos también tiernamente la Purísima.
Entra en juego toda la intensidad del amor de Dios cuyo proyecto se ha de realizar en plenitud en el hijo de la mujer, en el Hijo de María que seria al mismo tiempo el Hijo del Altísimo, como le diría el ángel allá en la anunciación en Nazaret. Y es María la ‘llena de gracia’ – es de alguna manera el nombre que le da el ángel -, la que está inundada de Dios – ‘has encontrado gracia ante Dios’ -, de su vida y santidad, y de su amor, la que está abierta desde lo más hondo de si misma al proyecto de Dios, a lo que es la voluntad de Dios. ‘Hagase en mí según tu palabra’, que le responde María al Ángel de la Anunciación.
Es el proyecto de amor de Dios que se ha de seguir realizando en el hombre y en el mundo. Tanto nos amó Dios que nos dio a su Hijo único y Jesús en la plenitud de su amor por nosotros se ha entregado para redimirnos, para limpiarnos y hacernos resplandecientes por la gracia, para hacernos caminar en una vida nueva que es la vida de la plenitud en el amor.
Es el proyecto de amor que nosotros ahora hemos de vivir amando con un amor como el de Dios. El amor verdadero siempre tendrá un toque de Dios, siempre tendrá una resonancia divina en nuestra vida. Por eso cuando amamos de verdad, porque nos entregamos sin reservas y somos capaces de hacerlo en las características que Jesús nos enseña en el Evangelio estaremos siendo signos de ese amor de Dios en medio del mundo y de alguna manera estaremos como divinizándonos porque ese amor nos hace disfrutar de la vida de Dios. Entrando en la órbita de ese amor, y lo hacemos cuando creemos de verdad en Jesús y queremos vivir su misma vida, el Espíritu nos hace hijos, nos convertimos en verdad en hijos amados de Dios.
Sería la mejor ofrenda que le haríamos a María, que le haríamos a la Madre en este día de su fiesta, como tendría que ser el compromiso que de esta celebración surgiera en nosotros para vivir siempre según ese proyecto de amor de Dios. ¿No decimos que queremos hacer un mundo mejor? ¿No es ese nuestro empeño? Es el amor verdadero, decíamos antes, el que verdaderamente nos hace felices. Vivamos en ese amor y no solo sentiremos dentro de nosotros la dicha de ser capaces de amar, sino que estaremos contribuyendo a la dicha y a la felicidad de cuantos nos rodean. Si amamos así seguro que iremos quitando de nuestra vida y de nuestro mundo todos los signos de muerte con que tantas veces llenamos nuestra existencia desde nuestros orgullos y falsas sabidurías.
Aprendamos de verdad lo que es la sabiduría del amor, estaremos aprendiendo lo que es la sabiduría de Dios, y estaremos realizando su proyecto de amor como lo hizo María, la que se vació de si misma para llenarse de Dios.

jueves, 31 de marzo de 2016

Tenemos que ir a las Escrituras para impregnarnos del mensaje de la Palabra que nos ilumina y llena de vida, que nos hará confesar a Cristo resucitado

Tenemos que ir a las Escrituras para impregnarnos del mensaje de la Palabra que nos ilumina y llena de vida, que nos hará confesar a Cristo resucitado

Hechos 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

¿Será él? ¿No será? Se le parece, pero nos sentimos confundidos. Es la sorpresa al encontrarnos con alguien al que quizá no esperábamos, hace tiempo que no veíamos, no sospechábamos que lo podríamos encontrar aquí porque pensábamos que esta en otro sitio. Y en la confusión le miramos y quizá no nos atrevemos a acercarnos, porque pensamos quizá que nos equivocamos y solamente es alguien parecido. Son cosas que suceden muchas veces.
Ahora los discípulos andan confundidos. Algunos vienen con noticias de que lo han encontrado en el camino y lo reconocieron después de mucho rato cuando se sentaron a la mesa a comer. Pero aun siguen desconfiando y con miedos. Están con las puertas cerradas. De cuántas maneras cerramos las puertas tantas veces por nuestros miedos, que no son solamente por lo que nos pueda pasar o los ladrones que nos pudieran entrar a robar. Tenemos miedo quizá de que entren en nuestro interior, en que nos conozcan como somos también con nuestras dudas y debilidades, cuando aparentamos tanta fortaleza, pero quizá nos falta sinceridad para reconocerlo.
Así andan entre miedos, desconfianzas, incredulidades los discípulos cuando Jesús se presenta en medio. Era el tercer día ya después de su muerte y aunque había anunciado su resurrección, habían venido las mujeres en la mañana con la historia de la tumba vacía y las apariciones de Ángeles, aunque habían llegado los discípulos que se habían marchado a Emaús y contaban lo que les había pasado por el camino, terminaban sin creer que Jesús realmente resucitaría. Por eso ante la presencia de Jesús se sienten sorprendidos y aun no se les termina el miedo, en este caso el miedo a creer.
Jesús trata de darles pruebas, con las llagas de sus manos y el costado, comiendo lo que le ofrecen, un poco de pescado asado, pero querrá abrirles el entendimiento y el corazón para que entiendan las Escrituras y lo que en ellas estaba anunciado.
‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: - Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Tenían que ser testigos de todo esto, pero tenían que comenzar por creer. Ahí está Jesús insuflándoles la sabiduría del Espíritu para que entiendan las Escrituras. No serán solo pruebas físicas que luego otros podrán manipular o hacer sus interpretaciones. ¿No había intentado los fariseos y sumos sacerdotes sobornar a los guardias que habían sido testigos de lo sucedido en la tumba en la mañana de la resurrección para que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús? Allá andaba también Maria Magdalena averiguando quien se había llevado el cuerpo de Jesús.
Nosotros también tenemos que ser testigos de la resurrección. Recogemos el testigo de los apóstoles y de lo que ha sido la fe de la Iglesia a través de los siglos. Pero ¿dónde realmente vamos a alimentar esa fe? También nosotros tenemos que ir a las Escrituras, tenemos que dejarnos impregnar por el mensaje de las Escrituras.
Será la Palabra de Dios, palabra siempre fiel, palabra siempre de verdad, palabra que es sabiduría divina la que tiene que ser nuestro alimento. Es la Palabra que tenemos que rumiar una y otra vez en nuestro corazón. Es la Palabra que ilumina nuestra vida y nos saca de nuestras dudas y oscuridades. Es la Palabra que nos hace crecer por dentro porque nos dará una verdadera y profunda espiritualidad. Es la Palabra que nos alcanza la Sabiduría de Dios. Es la Palabra que nos llena de vida y nos hace alcanzar la Salvación.

jueves, 18 de febrero de 2016

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

¿Por qué andaremos siempre en la duda de que no vamos a ser escuchados en nuestra oración? Tendríamos que recordar aquello del salmo ‘si el afligido invoca al Señor, El lo escucha y lo libra de sus angustias’. Lo habremos rezado muchas veces, sin embargo en el fondo parece que andamos en esa desconfianza.
Pudiera ser por una parte la humildad de no sabernos merecedores, porque en el fondo estamos reconociendo nuestra indignidad y nuestro pecado. Son tantas las veces en que somos nosotros los que le hemos fallado al Señor, nos ha fallado nuestra fidelidad, somos tan pecadores. Pero hemos de tener la certeza de que el Señor nos escucha si con humildad acudimos a El.
Tener confianza en el Señor es ponernos en sus manos, dejarnos conducir por su sabiduría sabiendo que el Señor nos va a dar siempre lo mejor para nuestra vida. Nos podemos ver probados, zarandeados por mil dificultades, por muchos momentos oscuros, pero sabemos que la luz está, como suele decirse, al final del túnel; pero más aún, la luz está guiándonos aunque nos parezca que vamos a oscuras, porque si algún paso vamos damos es siempre de la mano del Señor.
En medio de este camino cuaresmal que casi aun estamos comenzando la Palabra del Señor que nos ofrece la liturgia de cada día va llenando de luz nuestra vida en esas dudas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior. Hoy una vez más nos insiste en el tema de la oración, porque el camino que vamos haciendo no es un camino que hagamos por nosotros mismos, sino que hemos de sentirnos fortalecidos en el Señor. Es necesario vivir su presencia, sentir su amor cada día en nuestra vida; es necesario que aprendamos a acudir a El desde nuestras necesidades, desde ese camino que muchas veces se nos puede hacer duro. Es necesario ese espíritu de oración, esa confianza que ponemos totalmente en el Señor. Es lo que hoy nos ofrece la Palabra.
Nos insiste Jesús en pedir, llamar, invocar al Señor con absoluta confianza. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.  Y nos da las razones, porque es el Padre bueno que siempre escucha a sus hijos. Hace un par de días escuchábamos el modelo y el estilo de oración que Jesús nos enseñaba cuando nos ofrecía el padrenuestro. Hoy está la insistencia de orar siempre y orar con confianza. Es el Padre bueno que nos escucha porque nos ama y a quien le ofrecemos nuestro amor.
La liturgia nos ha ofrecido como primera lectura el ejemplo de la oración de Esther. Era un momento trascendental y decisivo para su pueblo, ella ha de convertirse en intercesora ante el Rey pero no quiere hacerlo por si misma; por eso pide al pueblo que ayune y que ore con ella como ella misma se pone en la presencia del Señor para pedir su fuerza y su sabiduría. Muchas cosas podríamos destacar, pero fijémonos en lo que pide: ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’. Pide tener la sabiduría de Dios que sea la que la guíe en su actuar. Un buen modelo para nuestra oración.
Sí, digamos con todo sentido y agradecidos desde lo más hondo del corazón: ‘Cuando te invoqué me escuchaste, Señor’