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martes, 29 de septiembre de 2026

Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

 




Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.

Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.

Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?

Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.

Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.

Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.

Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.

Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.

Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.


sábado, 4 de enero de 2025

Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

 


Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

1Juan 3, 7-10; Salmo 97; Juan 1, 35-42

Me gustaría pasar un día contigo… ¿No habremos expresado algo así alguna vez a un amigo o alguien también nos habrá manifestado ese deseo? Dos amigos que poco a poco se van conociendo y que van entrando en estrecha amistad y que desean estar juntos; alguien que quizás recientemente hemos conocido pero nos ha llamado la atención su forma de ser o de pensar, con quien veíamos que podíamos tener buena comunión y que queremos conocer más porque nos sentimos muy a gusto con él…No ya es solo saber cosas de su historia o de su vida, sino que es algo mucho más hondo lo que sentimos y que sabemos que puede anudar una hermosa amistad. Luego vamos a hablar del amigo que encontramos, vamos a resaltar sus valores, nos sentiremos orgullosos y felices de ser su amigo.

Algo si sucedió en aquella tarde cuando aquellos dos discípulos del Bautista se fueron tras aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Muchos se habían congregado en torno al Bautista para escuchar sus anuncios de lo nuevo que estaba por suceder y escuchando las palabras de Juan se sometían a aquel bautismo en las aguas del Jordán. Aquel que ahora era señalado como el Cordero de Dios también se había puesto en las filas de los que recibían el bautismo y ahora Juan decía que cosas maravillosas y extraordinarias habían sucedido porque había visto bajar al Espíritu de Dios en forma de paloma sobre El al salir de las aguas del Jordán.

Ahora ellos se habían ido tras El porque algo más buscaban tras las indicaciones de Juan el Bautista. ‘¿Qué buscáis?’ había sido la pregunta que les había dirigido, ¿por qué me seguís? ¿Qué es lo que buscan o desean? Pero no eran cosas lo que buscaban, tampoco eran solo palabras ni recomendaciones, querían estar con El, querían conocerle, quería saber cómo era su vida. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Y estuvieron con El y le conocieron, estuvieron con El y algo nuevo de verdad encontraron, estuvieron con El y ya comenzaron a hablar a todos de El; Andrés a su hermano Simón al que convencería de que habían encontrado al Mesías, más tarde sería Felipe el que tendría noticia de Jesús, y también éste comenzaría a pasar la noticia, porque con entusiasmo se la comunicaba a Natanael al que convenció para que también viniera a estar con Jesús a pesar de sus reticencias y desconfianzas.

Es muy importante este detalle que en cierto modo nos puede pasar desapercibido del evangelio que hoy escuchamos. Queremos pasar un día con Jesús, como comenzábamos nuestra reflexión. ¿Será realmente lo que queremos y lo que buscamos cuando nos decimos cristianos y seguidores de Jesús y miembros de su Iglesia? Es cierto que necesitamos de la mediación de alguien que nos anuncie, que nos comunique, que nos dé señales del camino; así la mayoría de nosotros hemos bebido nuestra fe en la familia, de nuestros padres o nuestros mayores, o tantas otras mediaciones que a lo lago de la vida hemos tenido, una catequesis en la infancia, unas celebraciones de las que nos hemos hecho participes en tantos momentos de la vida, unas fiestas religiosas en las que habremos participado, una asistencia a unos lugares determinados de especial devoción en nuestros pueblos, pero preguntémonos seriamente, ¿habremos deseado realmente estar un día con Jesús?

Podríamos decir que de mil manera Dios nos ha abierto sus puertas para que vayamos a El y nos encontremos con El, para que escuchemos su Palabra o nos enriquezcamos con la gracia de sus sacramentos, pero ¿le habremos abierto nuestras puertas, las puertas de nuestra vida a Jesús para que venga a estar con nosotros?

Lo de aquellos dos discípulos no solo fue que Jesús les dijera que fueran con El y vieran donde vivía, sino que de alguna manera aquellos dos discípulos ya tenían también una predisposición – quizás con su curiosidad por saber algo más de aquello que les había hablado el Bautista – para dejar que Jesús entrara en sus vidas. Es conocer donde Jesús vive, o es hacer que Jesús venga a vivir en nosotros, o sea, como decíamos, pasar en día con Jesús.

¿Será algo que nos tendría que hacer pensar?

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

martes, 18 de mayo de 2021

Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

 


Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

Hechos de los apóstoles 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

Conocer es tener vida. El que no conoce, el ignorante tiene los ojos de la mente cerrados, le falta vida. En su ignorancia desconoce todo, está como cegado, para llegar a conocer hasta las posibilidades de su vivir. Por eso es tan importante la tarea de la educación de las personas; y la educación no es simplemente llevar la mente de alguien en una determinada dirección, sino abrir su mente, su razón para que descubra otras cosas, para que amplíe sus horizontes, para que se sacuda de la modorra de su ignorancia y encuentre un sentido para su vivir. Enseñar y educar no es imponer unos conocimientos sino ofrecer ese abanico de posibilidades que tiene en la vida y pueda encontrar ese sentido que le dé plenitud. Cuando llega a conocer llega a vivir y a encontrar lo que le dé esa plenitud a su existir.

Es lo que vino a hacer Jesús con nosotros. La presencia y las palabras de Jesús abrían horizontes; las palabras de Jesús hacen encontrarse al hombre, a la persona consigo mismo; por eso las palabras de Jesús y su presencia despertaban esperanza. Escuchando a Jesús veían que había otras posibilidades en la vida; las palabras y la vida de Jesús les hacían transcenderse a sí mismos para elevar su espíritu de lo que era la rutina de todos los días a algo más grande y espiritual, les abrían su corazón a Dios.

Empleando otros lenguajes y otros conceptos más teológicos hablamos de revelación y que Jesús es la revelación de Dios. El mismo nos lo dice: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’. Por eso decimos de Jesús con el lenguaje del evangelio de Juan que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios que plantó su tienda entre nosotros y a quienes le recibieron, a quienes le aceptaron les dio el poder ser hijos de Dios, que no es obra de la carne o de la sangre sino que es la acción del espíritu en nosotros.

Quienes llegan a tener este conocimiento de Dios que nos revela Jesús se van a sentir transformados desde lo más hondo. Igual que decíamos que aquel que es instruido se le corren esos velos de la ignorancia que le tenían cegado y comienza un nuevo vivir, así se nos dirá en el evangelio que todo será como un nacer de nuevo. Recordamos el diálogo entre Jesús y Nicodemo al que se le habla de un nuevo nacimiento, aunque en principio en su ceguera no lo comprende, un nuevo nacimiento que será por el agua y el espíritu.

Ahora Jesús cuando llega al momento culminante de su vida, su glorificación, y va a hacer su ofrenda de amor al Padre en su entrega pascual podíamos decir que está haciendo con un resumen de lo que ha sido su vida. El es el enviado del Padre y ha venido con una misión que en estos momentos da por cumplida. Por eso hace esta oración sacerdotal – así la llamamos – al final de la cena como esa ofrenda de su amor. El ofertorio de su sacrificio, podríamos llamarlo.

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste’.

‘Todo está cumplido’ dirá en la cruz, momentos antes de su muerte. Ha llevado a cabo la obra que le encomendó el Padre, dar la vida eterna. ¿Y qué es esa vida eterna? ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios nos da la vida eterna. ¿No decíamos al principio que conocer es tener vida?  Conocer a Dios nos llena de vida eterna. Y es que cuando conocemos y reconocemos al único Dios verdadero estamos entrando en el Reino de Dios, el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida.

Y cuando esto lo hacemos de verdad con todas sus consecuencias, qué distinta se hace nuestra vida, que distinta es en primer lugar nuestra relación con Dios, pero también qué distinta es nuestra relación con los demás; cuando lo hacemos de verdad es como tener una nueva mirada a la vida, una nueva mirada a los demás, una nueva mirada a Dios. Es otra vida. Es un nacer de nuevo, como antes decíamos.

domingo, 25 de abril de 2021

La riqueza de la imagen del Buen Pastor nos hace ver a tantos que son signos de ese amor de Dios en nuestras vidas y a serlo nosotros también para los demás

 


La riqueza de la imagen del Buen Pastor nos hace ver a tantos que son signos de ese amor de Dios en nuestras vidas y a serlo nosotros también para los demás

Hechos de los Apóstoles 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

Pudiera sucedernos que en ciertos ambientes sobre todo urbanos cueste entender en todo su sentido las imágenes que nos ofrece hoy el evangelio; quizá en muchos ambientes urbanos, muy diferente a la vida en el campo, todo el contacto que tengamos con los animales sean las mascotas que tengamos en casa, pero pienso que esa experiencia también pudiera ayudarnos.

Hoy nos habla del pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, que incluso las conoce por su nombre, porque es costumbre entre nuestros ganaderos el que le pongan nombre a los animales que están a su cuidado; recuerdo de niño los variopintos nombres con que mi padre llamaba a las vacas sobre todo cuando estaba realizando labores con ellas en el campo. Desde esa experiencia urbana que tenemos con nuestras mascotas, también le ponemos nombre por el que nos responden cuando las llamamos y bien tenemos la experiencia de cómo nos conocen a nuestra llegada a casa y salen gozosos a nuestro encuentro y como nos buscan y se gozan con nuestra presencia. Como solemos decir cómo nos son fieles y leales y cómo nos quieren.

Es la riqueza de la imagen del pastor y de sus ovejas, de su rebaño, que aunque sean muchas él las conoce de la misma manera que ellas le conocen y escuchan su voz para seguirle. Pero es además la imagen del pastor que está con sus ovejas, que las cuida y no las abandona sea cual sea la circunstancia en que se encuentre. Es esa imagen muy bucólica, si os parece, pero donde vemos al pastor rodeado de su rebaño, que camina a su lado, que se deja conducir a la menor señal o silbido, que carga sobre sus hombros la oveja herida o que va a buscar a la perdida alejándola del peligro y ayudándole a caminar junto con todo el rebaño.

Pudiera parecer que nos extendemos mucho en estas descripciones pero que es muy importante tener en cuenta para comprender toda la dimensión que Jesús quiere darnos de su imagen de Buen Pastor. No nos olvida el Señor, no nos deja ni nos abandona aunque nosotros vayamos tantas veces errantes y errando por los caminos de la vida. Quiere hacernos sentir su presencia y la gracia que nos fortalece, nos ofrece el alimento de su Palabra, pero aun más se nos da El mismo como comida y alimento de nuestra vida. Tenemos que saber descubrir esa cercanía de Dios que se hace presente en nuestra vida a través de tantos signos y señales.

En este domingo del Buen Pastor para comprender toda la hondura de esta imagen tenemos que saber descubrir a esas personas que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida y que con su atención y su cercanía, con su escucha caminando a nuestro lado o con el sabio consejo o humilde palabra de orientación, con su servicio desinteresado… nos tienden la mano cuando lo necesitamos o incluso nos sirven de muleta de apoyo en la debilidad de nuestro caminar, y están siendo para nosotros signos de ese Buen Pastor.

Cada uno recuerda agradecido ese momento en que parecía que nos hundíamos en nuestros tropiezos, en las dificultades que encontrábamos en la vida, en la desorientación en que nos encontrábamos en momentos oscuros por los que siempre todos hemos pasado alguna vez, en la torpeza de nuestros errores o en el agobio de los problemas que parecía que no faltaban, y apareció una mano generosa que se tendió hacia nosotros, una voz que era palabra de ánimo, una luz que nos hizo ver con más claridad lo que nos parecía todo oscuro. Seguro que recordamos a esas personas que nos levantaron el ánimo, que nos dieron esperanzas en nuestras luchas, que pusieron de nuevo ilusión en nuestro corazón. Han sido y son señales y signos de Dios, Buen Pastor que nos cuida y que nos ama.

Claro que tenemos que pensar también en aquellos que como pastores del pueblo de Dios, en nombre de Cristo, nuestro Buen Pastor, están en la Iglesia con esa función y con ese ministerio desde una llamada y una consagración especial. Hoy es un día muy especial para pensar en nuestros sacerdotes y cuantos ejercen el ministerio en la Iglesia de Dios porque son esos pastores que Cristo ha puesto a nuestro lado, para que caminen a nuestro lado con nosotros, para que nos ofrezcan la riqueza de la Palabra de Dios, para que nos hagan llegar la gracia del Señor a través de los sacramentos. A ellos tenemos que mirar agradecidos por su ministerio y por ellos hemos de saber elevar nuestra oracion al Señor.

Hoy es un día especial para pedir al Señor que sean muchos los llamados que respondan a la voz del Señor para ejercer el ministerio en bien de la Iglesia y del mundo. Un día especial de oración por las vocaciones.

Pero no me quiero quedar aquí sino que pienso en la respuesta que cada uno de nosotros ha de dar a esta buena nueva del Evangelio. ¿No tendríamos que ser cada uno de nosotros signos del amor de Dios desde las actitudes de escucha, de acogida, de cercanía, de servicio, de luminosidad que tengamos hacia los demás? Una palabra, un gesto, un detalle, una mirada, una sonrisa, una mano sobre el hombro de alguien que se va tambaleando a nuestro lado puede ayudarlo a levantarse y a ver la vida con una nueva ilusión.

No neguemos nunca ese gesto bueno hacia el otro e iremos logrando que todos seamos un poco más felices. Podemos y tenemos que ser signos y señales del amor de Dios en medio de nuestro mundo.

domingo, 21 de marzo de 2021

Tenemos el peligro de que vivamos tan obnubilados por el estado en que nos encontramos que no lleguemos a realizar ese paso de Dios, esa pascua, en nuestra vida

 


Tenemos el peligro de que vivamos tan obnubilados por el estado en que nos encontramos que no lleguemos a realizar ese paso de Dios, esa pascua, en nuestra vida

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Comienza hoy el evangelio con algo que pudiera parecer anecdótico, pero que no lo es tanto y puede tener un hermoso significado para nosotros. Dos gentiles quieren conocer a Jesús. ¿Algún gentil venido de alguna parte a Jerusalén en los días de la fiesta de la pascua porque quizá sentía alguna simpatía por los judíos o por la religión judía? Es una posibilidad, como podemos pensar hoy en alguien que estaba de turismo. Podemos pensarlo y no nos equivocamos tanto porque también en la antigüedad a la gente le gustaba viajar. No sería a la manera que hoy lo hacemos pero está también la posibilidad de alguien que quería conocer la cultura y la idiosincrasia de los judíos y venía también de viaje.

Pero sea una forma u otra, ahí se queda la anécdota aquellas dos personas querían conocer a Jesús. Y se valen de alguien a quien ellos ven cercano a Jesús, por eso acuden a Felipe, que se vale también de Andrés para presentarle a estos gentiles a Jesús. Pero no olvidemos que hay una curiosidad, una búsqueda de alguien que quiere conocer más, quiere conocer directamente a Jesús.

¿Y hoy podemos encontrarnos personas así? No lo dudemos, en lo que tenemos que pensar es la respuesta que nosotros damos a los que sienten también esa curiosidad por conocer a Jesús, por conocer el evangelio, se interesan por la vida cristiana y no siempre se sienten acogidos por nosotros para dar ese paso sincero y concreto de búsqueda de Jesús. Mucho tendría que hacernos pensar, cómo hemos de ser mediaciones para el encuentro con Jesús, pero nuestra mediación es pobre, indecisa, o nosotros mismos aunque sintamos ese deseo realmente no buscamos, ni ofertamos la ayuda de una búsqueda a los demás.

Estamos viendo, pues, que la anécdota era mucho más que una anécdota. Y ese algo tiene que estar muy vivo en nosotros. Ha llegado la hora, nos dice Jesús, en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado. Escucharemos al final incluso, a la manera de una teofanía, la voz del cielo que lo señala aunque no todos entienden el signo de lo que ha sucedido.

En algún momento Jesús había dicho que aún no había llegado la hora. Ahora se muestra palpable esa hora, incluso con las palabras que se escuchan desde el cielo. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Pero al mismo tiempo Jesús habla de un grano de trigo que ha de ser enterrado en tierra para que germine. ¿Cómo será ese ser enterrado en tierra? ¿Cómo ha de germinar el Hijo del Hombre? ¿Cómo va a ser glorificado? Ya nos hablará Jesús a continuación de que el Hijo del Hombre va a ser levantado en alto y entonces atraerá a todos hasta El. Y nos dice el evangelista que con estas expresiones está refiriéndose a su muerte y a su resurrección.

También cuando el diálogo con Nicodemo señala el evangelista que el mundo se mueve bajo sus pies – la gente decía que había sentido como un trueno - y se va a hablar entonces de esa glorificación. El Hijo del Hombre va a ser levantado en alto para atraer a todos hasta El. Porque el que crea en aquel que va a ser levantado en alto va a alcanzar los dones de la salvación, los dones de la pascua, el poder contemplar el rostro de Dios pero también como ese grano de trigo que es enterrado en tierra para que de fruto, para que nosotros obtengamos el fruto de nuestra resurrección, podrá obtener la vida eterna.

No vamos a ser un grano de trigo cualquiera, como no lo fue Jesús. Es el grano de trigo que se siembra en tierra para que germine y para que dé fruto. Pero para germinar tienen que morir. Es lo que pasó con Jesús; es lo que tiene que pasar en nosotros cuando nos unimos a Jesús y vivimos su pascua. Y vivir la pascua es pasar por la muerte para llegar a la vida.

¿Hemos pensado seriamente, con serenidad pero también con cierta profundidad que eso es lo que ahora nosotros vamos a vivir en la celebración de esta Pascua? ¿Cuál será la muerte por la que hemos de pasar para poder renacer, resucitar a nueva vida?

Tenemos el peligro de que vivamos tan obnubilados por el estado en que nos encontramos en medio de la pandemia que no se acaba, que simplemente digamos este año no hay semana santa y no llegues a realizar ese paso de Dios, es pascua, en nuestra vida. Alelados por no poder tener todas esas celebraciones exteriores que solemos tener, aunque el año pasado ya lo pasamos en circunstancias semejantes, dejemos pasar la oportunidad de celebrar de verdad, desde lo más hondo la pascua.

Hay vivencias pascuales que no tenemos por qué dejar de vivir cuando quizá además por otra parte más lo necesitemos. Puede ser el momento en que le demos aún mayor profundidad a lo que hacemos y celebramos integrando todas las circunstancias que vivimos en nuestra celebración pascual.

El Hijo del Hombre va a ser levantado en lo alto para atraernos a todos hacia sí, pero pensemos que al Hijo del Hombre lo podemos ver, lo tenemos que ver en tantos levantados en lo alto del sufrimiento, de su cruz, de su dolor, de sus soledades y traspasado por tantas cosas que lo dejan también desfigurado como los profetas describían al siervo de Yahvé. Y Jesús nos está diciendo que cuando lo veamos así va a ser glorificado, podremos contemplar la Hora del Hijo del Hombre, la Hora de nuestra Salvación.

sábado, 16 de enero de 2021

Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 


Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 Hebreos 4,12-16; Sal 18;  Marcos 2,13-17

Vamos de paso o vamos de paseo, pero  no terminamos de ver, no miramos ni contemplamos. Y se nos pueden pasar las cosas desapercibidas. Pero quizá lo de menos sea que se nos pasen las cosas desapercibidas aunque tendríamos que tener espíritu contemplativo para observan tantas maravillas con las que nos podemos ir encontrando. Lo más grave quizás sea que pasemos de largo y no veamos a las personas, nos pasen desapercibidas.

Pero nuestra mirada no puede ser superficial ni solamente externa; tendríamos que ahondar más, se capaces de mirar a los ojos y a través de los ojos llegar al alma, llegar a contemplar y comprender lo que hay en el corazón de cada persona con la que nos vamos cruzando. Es difícil pero nos llevaríamos grandes sorpresas, porque podríamos encontrar cosas bellas, podríamos encontrarnos maravillosos valores en esas personas, que sí se nos han pasado desapercibidos.

Hoy el evangelio nos habla de que Jesús iba de paso para la orilla del lago; allí se detuvo a charlar con la gente, a hacer el anuncio del Reino; era su constante en aquellos momentos, pues aún estaba haciendo el primer anuncio invitando a seguirle, invitando a convertirse, a cambiar los corazones, que exigiría quizá también otros cambios más profundos en la vida de las personas.

Pero Jesús estaba atento a todo; El no pasaba simplemente de largo. Por eso nos dice el evangelista que al pasar se fijo en Leví, el recaudador de impuestos, que estaría allí en su garita o detrás de su mesa, o sentado en un banco de la plaza, pero que estaba en su oficio. Pero Jesús se fijó en él y lo invitó a seguirle. Era una interpelación directa que pareciera que no permitía ninguna otra respuesta. ‘Sígueme’, y aquel hombre lo siguió, se levantó y se fue con Jesús y llevó a Jesús a su casa.

Son esas miradas de Jesús y esas palabras que interpelan y que parece que exigen pero que son una invitación al amor, a ser capaces de despojarse de muchas cosas. Leví estaba en su oficio, en su negocio; porque la tarea de recaudador de impuestos era un negocio, tenía sus ganancias, porque probablemente el hecho de manejar muchos dineros hiciera que también se convirtiera en prestamista; lo podemos deducir de otros momentos del evangelio. Tenía su negocio montado y su vida asegurada.

Y ahora Jesús le invita a algo nuevo que es una incertidumbre porque no sabemos a qué derroteros nos puede llevar el seguimiento de Jesús. Pero con en un buen negocio, aunque se desprendiera de todo, él se arriesgó y se fue con Jesús. Y vaya si acertó. Se le veía contento porque ofreció un banquete a Jesús y sus discípulos y también a sus amigos de profesión. Jesús había mirado el corazón de Leví y en contra de todo lo que otros pudieran pensar sabía cuales eran sus valores y a lo que estaba dispuesto.

¿Seríamos nosotros capaces de poner nuestra vida en un riesgo ante una invitación semejante a la que recibió Leví en aquella mañana? Claro que tendríamos que dejarnos mirar por Jesús y El llegue al fondo de nuestro corazón. Como nosotros tenemos que aprender a mirar a los demás para saber llegar al fondo del alma de los demás y comenzar a creer en los otros. Perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas. No nos atrevemos muchas veces a mirar porque vamos ya llenos de prejuicios, nos hacemos nuestra idea y no confiamos en los demás. Por eso no miramos, pero tampoco nos dejamos mirar. Nos contentamos con ir de paso pero sin contemplar las grandezas del alma de todos aquellos con los que nos vamos encontrando.

En aquella ocasión había algunos que desconfiaban. Por allá andaban diciendo los fariseos y los letrados cómo se atrevía Jesús a comer con aquella gente si eran unos pecadores. Habían hecho su juicio y su condena de antemano. Cosa que Jesús nunca hará, porque siempre está presente la misericordia del Señor y aunque haya enfermedad, aunque haya pecado, siempre se puede alcanzar la curación porque siempre se puede alcanzar el perdón. Jesús es el médico que viene a curar y viene a salvar.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

 


Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

‘Es un sabio’, quizás es todo lo que se nos ocurre decir ante aquella persona que tuvo la palabra oportuna, la respuesta acertada, que nos hizo detenernos a reflexionar tras el pensamiento que nos ofrecía, o ante la actitud o la postura que veíamos que con toda serenidad ponía ante la vida sin dejarse alterar por los malos momentos, por las violencias que brotaban en otros a su alrededor, o las reacciones airadas y llenas de impotencia de muchos.

No decíamos que era sabio porque viniera haciendo alarde de bastos conocimientos técnicos, enciclopédicos o filosóficos, sino por eso otro que en lo hondo intuíamos en el interior de la persona para saber responder a tiempo y en el momento oportuno ante las circunstancias. Algunos piensan en el sabio solamente como la persona que ha adquirido grandes conocimientos técnicos o porque lleva poco menos que una enciclopedia en la cabeza queriendo saber de todo y responder de todo.

Muchos pueden tener esos grandes conocimientos y hasta ser poco menos que unos artistas en su profesión, en su trabajo o en todas esas cosas que han acumulado, vamos a decir, en su cabeza, pero luego quizá no saben enfrentarse a la vida, no saben reaccionar ante un contratiempo, por ejemplo, o algo que trastorne todos sus planes preconcebidos pero su vacío interior les lleva quizá algunas veces a una vida sin sentido que termina por destrozar.

¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué es lo que nos llena de las satisfacciones más hondas? ¿Habremos sabido encontrar esa paz en nuestro espíritu que nos hace reflexivos para ir rumiando una y otra vez las cosas o los acontecimientos y así extraerle toda esa sabiduría que podemos ir encontrando o saboreando en la vida? El rumiante no mastica una sola vez los alimentos que come, sino precisamente se llama rumiante por esa como repetición de la digestión para sacarle todo el provecho. Así tenemos que ser en la vida para no quedarnos en la superficialidad, para encontrar esa hondura de las cosas, esa sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en la parábola del evangelio nos está hablando – lo seguiremos escuchando en los próximos días y domingos – de que hemos de estar preparados; nos habla de una esperanza, pero que no es una esperanza pasiva sino que significa estar atento y como previsor ante lo que viene o nos sucede para saber ver, para saber descubrir el momento o la riqueza que se nos ofrece; esa palabra previsor tiene en cierto modo ese sentido, ese saber ver antes.

Podemos pensar en el momento final de la vida o de la historia, pero Jesús nos está invitando a esa espera para cada momento de la vida; el Señor llega a nosotros y atentos hemos de saber descubrirle; el Señor nos habla y nos pide a través de los acontecimientos en que nos vemos envueltos en la vida, pero una mirada superficial no nos hará escuchar de verdad esa palabra.

Es el silencio reflexivo del sabio, como antes de alguna manera hemos venido mencionando, es ese saber mirar y descubrir y leer todas esas señales que nos van apareciendo en la vida. Es esa sabiduría que tenemos que saber ir adquiriendo, y tendríamos que decir que el sabio nunca tiene prisa porque pausadamente medita y reflexiona, pasa las cosas de la vida una y otra vez por ese filtro divino que Dios ha puesto en nosotros y es cómo llegará a entender, es cómo llegará a responder, es cómo llegará a estar preparado con todo lo necesario para el momento.


        Nos habla hoy el evangelio en la parábola de las vírgenes que salieron a esperar la llegada del esposo para la boda y que necesitaban tener una lámpara encendida, pero para mantener esa lámpara encendida necesitaban un aceite. A algunas se les apagaron las lámparas, a algunas les faltó el aceite y luego ya llegaron tarde. ¿Cuál será esa luz y cuál será ese aceite que necesitamos? ¿No nos estará hablando de esa sabiduría que necesitamos en la vida?

Claro que nosotros los creyentes y los que seguimos a Jesús sabemos dónde podemos encontrar ese aceite y cómo mantener encendida esa luz. Sabemos a dónde o mejor a quién tenemos que acudir. Conocemos a quien nos ha dicho que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Sabemos a dónde acudir, qué camino hacer, de qué sabiduría tenemos que llenarnos, sabemos cómo podemos encontrar esa plenitud de vida. Lo sabemos, pero parece que algunas veces lo olvidamos, o lo relegamos a un lado, o nos vamos a buscar otros caminos u otras sabidurías, o vivimos con tanta superficialidad que ya ni apetecemos esa plenitud de vida.

Sabemos dónde y cómo llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos sale al encuentro, como nos decía la primera lectura, está sentada a nuestra puerta esperándonos, pero pasamos tantas veces de largo.

lunes, 13 de mayo de 2019

Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente


Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
Ayer en el comentario que hacia el sacerdote al evangelio del día contaba la experiencia que tuvo de niño que ahora transcribo aunque sea con mis palabras por la relación que tiene también con el texto que hoy nos ofrece el evangelio.
Vivía en el mundo rural y en su entorno había un pastor con sus rebaños de ovejas, contaba que de pequeño cuando los niños salían de la escuela les gustar ir a dar con el pastor y su rebaño; ellos le insistían que les enseñara cómo él llamaba a las ovejas que obedientes acudían a su voz; ellos querían aprender a hacerlo también y aunque trataban de imitar al pastor con sus silbos y llamadas, las ovejas sin embargo no se inmutaban y seguían olisqueando la hierba. Le preguntaban por qué no les hacían caso si ellos hacían lo mismo, y el pastor se sonreía para sus adentros; luego con un solo silbo las ovejas levantaban cabeza y acudían presurosas hasta donde estaba el pastor. ¿Qué sucedía? Las ovejas solo reconocían la voz de su pastor, y a nadie que quisiera imitar o remedar su llamada hacían caso.
Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños’.
Atienden a su voz y lo siguen… las llama por su nombre… al extraño no lo seguirán, sino que huirán de él… no reconocen la voz de los extraños.  ¿Seremos en verdad así nosotros en nuestra relación con Jesús? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, por cuanto cuantas veces nos hacemos sordos a su voz y a su llamada, cuántas veces nos dejamos encantar por la voz de los extraños.
Esos cantos de sirena, esa voz de los extraños que pueden ser tantas influencias que recibimos del mundo que nos rodea – cuántos tratan de influir en nosotros haciéndonos dudar, enseñándonos otras cantinelas de otros sentidos y otros valores – pero que esa voz extraña la sentimos desde dentro de nosotros cuando nos dejamos llevar de nuestros caprichos y autosuficiencias, de nuestro orgullo que no nos deja bajar la cabeza o abrir el corazón a lo que verdaderamente es importante, de nuestras superficiales o de nuestra huida del compromiso.
Jesús es el pastor y Jesús es la puerta. A El escuchamos y seguimos. Por El entramos porque el que le ve a El ve al Padre, como nos dirá en otra ocasión. En El vivimos, porque viene para que tengamos vida y vida en abundancia. Nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama. Conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente.
‘Quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’. No nos dejemos confundir. Escuchamos la llamada del Señor y tendremos vida en abundancia.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Deseamos conocer a Jesús pero no con un conocimiento superficial sino de manera que transforme totalmente sentimientos, actitudes y comportamientos


Deseamos conocer a Jesús pero no con un conocimiento superficial sino de manera que transforme totalmente sentimientos, actitudes y comportamientos

Eclesiastés 1,2-11; Sal 89; Lucas 9,7-9

‘A mi me gustaría conocer a esa persona…’ pensamos en alguna ocasión e incluso lo manifestamos cuando vemos a alguien que nos llama la atención por sus valores, sus cualidades, la manera de actuar en su vida. Quisiéramos conocer porque quisiéramos quizá entrar en una relación de amistad, porque queremos aprender de esa persona, porque la admiramos y nos parece que sea un honor para nosotros entrar en su círculo de amistad, porque nos agrada su presencia y con ella nos sentiríamos a gusto. Claro que puede estar una simple curiosidad, o en nuestras malicias pudiera haber segundas intenciones no siempre quizá muy buenas.
La gente quería conocer con Jesús, le agradaba estar con Jesús, escucharle, seguirle; por eso vemos como se arremolinan en torno a El como dice el evangelista que en ocasiones no le dejaban tiempo ni para comer, o se agolpaban para escucharle a la puerta de su casa y dentro de ella, que nadie más podía acercarse a Jesús, o se apretujan tanto que todo el mundo lo toca y le da ocasión a aquella mujer para tocar con fe la orla de su manto, o son tantos los que acuden a escucharle que tiene que subirse en una barca para más fácilmente hablar a la multitud; multitudes le seguían cuando escuchan el sermón del monte, o cuando le siguen hasta el desierto olvidándose incluso de llevar suficientes provisiones y ya se encargará Jesús de darles milagrosamente de comer.
En ocasiones el evangelio nos hablará de alguien que va de noche a la casa de Jesús para en la tranquilidad de noche y sin que nadie moleste poder hablar con El, como es el caso de Nicodemo. Buscaba a Jesús porque quería conocerlo, pero no era un conocimiento externo, por así decirlo, sino era algo más hondo porque estaba interesado por lo que enseñaba Jesús y cómo se manifestaba, descubriendo que algo de Dios había en El.
El evangelio nos habla hoy de un personaje que tenía ganas de conocer a Jesús. Se trata de Herodes. ¿Por qué quería conocer a Jesús? conocemos de sus andanzas por decirlo de alguna manera y de su estilo de vida; sabemos bien lo que había pasado con Juan Bautista que proféticamente había denunciado su estilo de vida y eso le había llevado por las instigaciones de Herodías a la cárcel y finalmente a ser decapitado. Sin embargo en esos momentos nos dice también que a Herodes le agradaba escuchar a Juan, pero había sido más fuerte la pasión que le dominaba y al final Juan había perdido la vida.
¿Serían remordimientos por lo que había hecho? Alguna vez pensaba en sus delirios si acaso Jesús no era Juan que había vuelto a la vida, como también algunos comparaban a Jesús con Juan. Incluso en ocasiones a Jesús le habían llegado rumores de que Herodes buscaba a Jesús, ante lo que Jesús se había manifestado valiente y sin miedo, aunque algunos le decían que tuviera cuidado con Herodes.
Herodes no sabía a qué atenerse, nos dice el evangelista, pero ahí nos deja la constancia de esos sus deseos, que nos valgan para nuestra reflexión personal y plantearnos seriamente si nosotros queremos conocer a Jesús. Nos pudiera parecer baladí esto que he expresado, pero hay algo en lo que hemos de caer en la cuenta. Somos cristianos, pero no siempre terminamos de conocer a Jesús; somos cristianos y nuestro conocimiento de Jesús se nos puede quedar en algo superficial que no trasciende totalmente a nuestra vida, que no se manifiesta en nuestra vida y comportamientos.
El conocimiento que necesitamos tener de Jesús tiene que ser algo hondo, algo que nos llegue muy dentro y motive y transforme nuestra vida. Es el conocimiento que nos ayuda a llegar a una fe autentica y comprometida; es el conocimiento que envuelva totalmente nuestra vida para nuestros sentimientos sean como lo de Jesús, nuestras actitudes sean las de Jesús, el sentido de nuestra vida se vea transformado desde Jesús.
¿Queremos también conocer a Jesús? Que no sea simple curiosidad.


viernes, 6 de julio de 2018

Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros


Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

¿A quien sentamos a nuestra mesa? Lo normal es que sea alguien con quien sintonizamos, nuestra familia, nuestros amigos, las personas más cercanas a nosotros. Así lo vamos haciendo en la vida desde siempre con toda naturalidad y nadie nos puede decir nada porque escojamos a aquellas personas con las que compartimos mesa. Hacemos fiesta en casa porque celebramos algún acontecimiento personal o familiar, y allí estamos rodeados de nuestra familia, de nuestros amigos; un día nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no veíamos, un antiguo compañero de estudios, alguien que vivió a nuestro lado pero que las circunstancias de la vida quizás haya llevado lejos y entre las muestras de afecto que manifestamos nos decimos que vamos a tomar algo juntos. Invitamos a nuestros amigos y ellos nos invitan a nosotros y así entramos en un círculo del que parece difícil salir.
Pero ¿nos atreveríamos a romper ese círculo? Compartir una mesa es algo más que tomar un necesario alimento que nutra nuestro cuerpo. Sentarnos juntos alrededor de una mesa y compartiendo una comida es también dejar que se nutra nuestro espíritu; compartimos amistad y afectos, compartimos ilusiones y esperanzas, pero compartimos también nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestras angustias. Es compartir una vida.
Pero ¿no habrá alguien cerca de nosotros que esté hambriento de tener con quien compartir? Vamos por la vida encerrados en nosotros mismos o solamente en los nuestros, esos que por afecto tenemos más cercanos, que se desenfoca nuestra visión para no ser capaz de ver quienes están cerca de nuestro camino y con quien también podríamos compartir. Nuestra insensibilidad parte algunas veces de ese ensimismamiento en que vamos por la vida quizá pensando solo en nuestras cosas, pero también hemos de reconocer que muchas veces hacemos consciente o inconscientemente discriminaciones con los que nos rodean.
Hay quien no nos cae bien y ya para siempre lo apartamos; alguien un día nos molestó por algo, y ya para nosotros como si no existiera; personas que por su aspecto o apariencia, porque son distintos o porque son quizá de otro lugar o color de piel, y con ellos no nos queremos mezclar. Y vamos haciendo prevenciones en nuestro interior con quien queremos andar y a quienes queremos dejar a un lado en la vida. Nos llenamos de prejuicios, aceptamos cualquier cosa que nos digan en contra de los demás y así vamos andando por la vida.
Pero ¿nos hemos parado a hablar alguna vez con esas personas? ¿Sabemos realmente lo que piensan o como son? ¿Qué conocemos de sus aspiraciones o de sus inquietudes? No los conocemos y los juzgamos y quizás tengan más nobleza en su corazón que nosotros. Decíamos antes que tenemos que romper el círculo que nos encierra para saber abrirnos a los demás y poder llegar a compartir con más gente no solo nuestra mesa sino nuestra amistad.
Alguien podría decirme quizá que a qué viene esta reflexión que no parece que tenga que ver con el evangelio que hoy se nos propone. Es cierto que habla de la vocación de Mateo, un publicano. Pero ya hemos visto que por allí había quien se preguntaba cómo era posible que Jesús metiera en el círculo de sus amigos a un publicano y se sentara a la mesa a comer con ellos. Es de lo que venimos hablando. Jesús rompe el círculo, y lleva consigo a un publicano, que tan despreciado era por la gente de su tiempo. Y aquel publicano de entonces es el que nos ha trasmitido el evangelio de Jesús, ‘el evangelio según san Mateo’.
Jesús viene a buscar a todos y a contar con todos. Jesús busca el corazón de las personas para que se dejen transformar por el amor. Es el medico que viene a curar a los enfermos, que viene a curar nuestros corazones. Y Jesús quiere contar también con nosotros, que también somos pecadores, enseñándonos como nosotros debemos saber contar con todos y ser capaces de sentar a nuestra mesa, a la mesa de nuestra vida, a muchos más que nuestros amigos o personas cercanas a nosotros.