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martes, 29 de septiembre de 2026

Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

 




Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.

Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.

Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?

Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.

Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.

Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.

Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.

Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.

Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.


lunes, 8 de abril de 2024

Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

 


Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Al leer el evangelio de este día en que de alguna manera hacemos como paréntesis en el tiempo pascual en el que estamos para celebrar el misterio de la Encarnación que hubiera correspondido al pasado lunes santo me he querido fijar en una hermosa expresión con la que el ángel se dirige a María. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios’.

Caer en gracia, es una expresión coloquial con la cual queremos decir mucho. Cae en gracia una persona ante otras cuando destaca por sus valores y cualidades, cuando aparece reluciente su lealtad y su cercanía, cuando se hace merecedora por su forma de ser y de hacer de la atención y del cariño de los demás. Cae en gracia una persona cuando alguien generosa y gratuitamente le regala su amistad o le hace beneficiaron de muchos dones, aunque parezca que la persona quizás no se lo merezca, pera a quien le cae en gracia le hace ese regalo de sus preferencias.

Hoy el ángel del Señor viene a decirle a María que le ha caído en gracia a Dios. Miramos su humildad y su sencillez, miramos la disponibilidad y la generosidad con que manifiesta en la vida ante Dios y ante los demás, miramos la ternura que se derrama de su presencia y podíamos decir que el corazón de Dios se derrite ante María, ‘ha encontrado gracia ante Dios’, y Dios le regala su gracia, le regala sus dones, le regala el don de la maternidad divina, porque la quiere hacer su madre.

Pero yo me atrevo a decir, y lo uno a la celebración de esta festividad, que en María nosotros también nos sentimos agraciados ante Dios. No será por merecimientos propios porque tenemos que reconocer nuestro pecado y la falta de lealtad con que tantas veces vivimos, pero sí podemos decir que en María tenemos el regalo de Dios. Y como nos explicaría san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que Dios nos amó primero. Somos la criatura preferida de toda su creación porque Dios todo lo realizó para nosotros y en nuestras manos ha puesto todas las criaturas – recordemos los textos que nos hablan de la creación de Dios en el Génesis – engrandeciendo al hombre cuando lo ha creado a su imagen y semejanza.

Y Dios sigue pensando en nosotros, Dios sigue amándonos y regalándonos su gracia para hacernos a nosotros también los agraciados de Dios. Contemplar, pues, hoy a María ‘la que ha encontrado gracia ante Dios’, nos hace pensar que lo hace por nosotros. Hemos encontrado también gracia ante Dios. ¿Puede haber regalo más grande que lo que Dios hace por nosotros, que por nuestro amor nos entrega a su Hijo único? Es el misterio que hoy precisamente estamos celebrando, la Encarnación de Dios en el seno de María, en las entrañas virginales de María para estar tan cerca de nosotros que por nosotros se ha hecho hombre.

Es lo que leemos en el evangelio de este día – la anunciación del ángel a María de que iba a ser la Madre de Dios -, lo que nos expresa el profeta cuando nos habla de la Virgen que da a luz un hijo que será para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y es de lo que nos habla la carta del apóstol que nos habla del sacrificio de Cristo por nosotros porque no quiere otra cosa que hacer la voluntad de Dios.

Por puro don de la liberalidad de Dios nos ha tomado en gracia, somos también los que hemos encontrado gracia ante Dios que así nos regala tanto amor. ¿Cuál es la respuesta de lealtad que nosotros hemos de dar a Dios ante tanta generosidad? también tenemos que aprender a decir ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como hemos repetido en el salmo. Así nos llenaremos y rebosaremos de la gracia de Dios.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen maravillas

 


Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen las maravillas del Señor

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Cómo ve voy a atrever a pedir eso? Es quizás la desconfianza de no sentir que merecemos que se nos escuche; el temor ante quien tendríamos que presentarnos para hacer esa petición pero que lo consideramos un ser tan importante, que no pensamos que ni nos pueda atender. Lo necesitaré, pero quien soy yo para atreverme a hacer tal petición.

Y no me refiero ya a nuestras relaciones humanas con aquellas personas que consideramos importantes y poderosas y ante quienes no sabemos cómo vamos a hacerle una petición tan importante o necesaria; en este caso pienso en lo que pudiera ser nuestra relación con Dios. Sabemos, es cierto, que de alguna manera apabullamos a Dios porque lo único que sabemos hacer es pedir, y nuestra oración no es otra cosa que una lista de peticiones que hacemos a Dios. Sin embargo, algunas veces dudamos, desconfiamos, de alguna manera parece que no nos atrevemos. El respeto al santo Nombre de Dios se puede convertir en un miedo.

‘No lo pido, no quiero tentar al Señor, mi Dios’, le decía Ajaz al profeta cuando este le decía que pidiera una señal en aquellas situaciones difíciles en las que se encontraban. El profeta quería darle señales de que Dios estaba con él, pero no quería tentar al Señor, su Dios, como decía. Pero la señal se le dará, una señal que fue importante en aquel momento, pero que se convierte en señal mesiánica, porque nos hablará de una presencia nueva de Dios en medio de  nosotros.

¿Temor ante la presencia de Dios? Nos parece que eso es cosa solo del Antiguo Testamento, en que Dios se manifestaba también en signos portentosos de la propia naturaleza – recordamos el Sinaí donde Dios se les manifiesta en medio de la tormenta de la montaña -, pero puede ser algo que siga pesando en nuestro corazón.

Hoy tenemos que escuchar las palabras del ángel a María. ‘No temas, porque has encontrado gracia ante Dios’. Y es que María se sentía sobrecogida por la presencia del ángel que le manifestaba la presencia y cercanía de Dios y lo que el ángel le anunciaba. No comprendía el sentido de sus palabras y se puso a rumiar en su corazón para encontrar un significado. Pero María había encontrado gracia ante Dios, y en María íbamos todos a encontrar esa gracia, ese regalo de Dios que era su salvación que se iba a manifestar en Jesús, el hijo que había de nacer de María, el Emmanuel. ‘No temas…’ le ha dicho el ángel.

Dios se nos va a manifestar en una cercanía maravillosa. De ahora en adelante para nosotros va a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y así nos prometerá Jesús al final del evangelio que estará con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Hoy estamos contemplando ese momento maravilloso. Dios se ha acercado a María, que es la agraciada del Señor, para ser gracia salvadora para todos nosotros. María se va a ver inundada por el Espíritu Santo ‘y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra y el santo que va a nacer de ti, le dice el ángel, será llamado Hijo de Dios’.

Se va a realizar la maravilla de la Encarnación. Y Dios quiere contar con María. No es ya que nosotros no nos atrevamos a acercarnos a Dios, sino que será el mismo Dios que se quiere acercar a nosotros y quiere contar con nosotros, quiere contar con María. Y ahí aparece la disponibilidad de María, la generosidad de su corazón, la humildad de quien se siente la sierva del Señor, aunque comenzará a reconocer que el Señor en ella está realizando cosas grandes. María, la que siempre ha estado en las manos de Dios, no puede negarse, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, le dice al ángel.

¿Qué nos queda a nosotros cuando contemplamos esta escena del evangelio? ¿Qué nos queda a nosotros cuando así nos sentimos también agraciados y regalados del Señor que comenzar a caminar con la misma disponibilidad de María, con la misma generosidad en nuestro corazón?

Son los pasos que tenemos que seguir dando en este camino de Adviento cuando ya tenemos tan cercana la Navidad. Reconozcamos que el Señor quiere hacer también obras grandes en nosotros. Pero necesitamos la fe y la humildad de María, la confianza y la disponibilidad de María. No temamos, también nosotros hallamos gracia ante Dios porque el Señor está volviendo su rostro sobre nosotros para inundarnos con su salvación.

 sava

sábado, 21 de noviembre de 2020

María se deja hacer por Dios y el Espíritu santo la envuelve llenándola de Dios y su vida se hace donación total porque su vida es amor


 

María se deja hacer por Dios y el Espíritu santo la envuelve llenándola de Dios y su vida se hace donación total porque su vida es amor

Celebramos hoy una memoria litúrgica de la Virgen que si bien no tiene ninguna sustentación bíblica ha sido una fiesta litúrgica con mucha importancia en la tradición de la Iglesia Oriental y en determinado momento la liturgia romana la acogió también entre sus ritos. Se trata de la Presentación de María en el templo, en claro paralelismo a la presentación de Jesús en el templo que tenía su base en los ritos de la ley de Moisés por la cual todo primogénito varón había de ser consagrado al Señor.

No hay en la ley mosaica ninguna prescripción de este tipo en referencia a las niñas, pero ha sido una tradición que se ha mantenido a través de los siglos queriendo dársele un hermoso significado. Por aquello que la tradición también nos trasmite de que María niña vivió en las cercanías del templo de Jerusalén – tenemos la basílica de santa María la Nueva muy cerca incluso de la piscina probática o de las ovejas por donde eran introducidas en el templo para sus sacrificios y que recuerda el lugar del nacimiento de María -, surge el hecho de que María fue también presentada en el templo donde además recibiría educación y formación.

Estas tradiciones que nos pueden pasar como anécdotas sin embargo pueden tener un buen contenido espiritual. María realmente vivía su vida de fe como una auténtica consagración al Señor, pues su corazón estaba siempre abierto a Dios y a lo que era su voluntad. Los breves retazos que nos recoge el evangelio en sus palabras, en su manera de vivir, en la actitud profunda de su corazón manifiesta una espiritualidad muy profunda, que rumiaba continuamente en su corazón lo que el Señor le manifestaba en la Palabra que escuchaba desde lo más hondo de su corazón y en esa humildad para tratar de descubrir en todo momento lo que era la voluntad de Dios.

Cuando recibe la visita del Ángel en Nazaret María se queda rumiando aquellas palabras del saludo angélico. En su pequeñez y humildad se sentía sobrecogida ante el misterio que se le manifestaba y a lo que ella había de dar respuesta. María se turbó ante las palabras del ángel, nos dice el evangelista, luego ella estaba comprendiendo todo el misterio de Dios que se le revelaba pero que le estaba recordando como era una amada de Dios y Dios llenaba e inundaba su corazón.

Un primer paso de espiritualidad, sentir que uno es amado de Dios, experimentar en sí mismo su pequeñez y su pobreza pero la grandiosidad del Dios que nos visita y llena nuestro corazón. El ángel la había llamado la llena de gracia; el ángel le había dicho que Dios estaba con ella; el ángel le estaba revelando como iba a ser, digámoslo así pero entendámoslo bien, como poseída por Dios porque el Espíritu de Dios iba a envolver su vida.

María en su pequeñez y en su humildad – ella se siente pequeña porque es humilde, pero vemos que es grande porque está llena de Dios y qué mayor grandeza – no termina de entender todo aquello que se le viene encima, todo aquello que el ángel le está anunciando de parte de Dios. Pero María sigue manteniendo su fe y su confianza en el Señor porque en su humildad se dejará hacer por Dios.

¿Quién es ella para replicar a Dios o para oponerse a lo que son los designios del Señor? Su vida se hace donación y donación total porque su vida es amor. Su fe, que la hace sentirse pequeña y humilde como una esclava, se transforma en amor y si es amor se olvidará de sí misma y de sus propios planes para acoger en su vida lo que es la voluntad del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’, será la respuesta de María que es la respuesta del amor.

Esta página del evangelio pequeña por la brevedad de sus palabras pero que es grandiosa porque nos está anunciando todo el misterio de la Encarnación de Dios nos está reflejando la profunda espiritualidad de María. Había cultivado su espíritu en las gradas del templo de Jerusalén, podríamos decir haciendo referencia a la memoria litúrgica que estamos celebrando, y allí había aprendido a rumiar el misterio de Dios rumiando aquellos textos sagrados de los profetas y de la ley del Señor. No era una espiritualidad cualquiera la que se reflejaba en María y en ningún mejor sitio podía haberla adquirido sino en ese silencio del templo del Señor para poder escuchar a Dios con toda hondura en su corazón.

Por eso decíamos que esta memoria que hoy celebramos tiene un hondo significado que ilumina los caminos de esa espiritualidad cristiana en la que nosotros hemos de hundir las raíces de nuestra vida. Es una invitación que de alguna manera se nos hace para a ejemplo de María cultivarnos nosotros también espiritualmente porque así rumiemos la Palabra del Señor en nuestro corazón porque así también nos vayamos llenando de Dios.

sábado, 4 de junio de 2016

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

Isaías 61, 9-11; Sal: 1Sam 2; Lucas 2, 41-51
Si ayer la liturgia nos ofrecía el celebrar al Sagrado Corazón de Jesús hoy se nos propone el que recordemos y celebremos el Corazón Inmaculado de María.
Cuando hablamos del Corazón de María pensamos en su pureza y en su amor, en la generosidad de su corazón que ponía alas en su vida en su disponibilidad para el servicio y para estar siempre atenta allí donde hubiera una necesidad; podemos pensar en su corazón de Madre, la Madre de Jesús, la Madre de Dios pero también en el que cabemos todos nosotros porque también es nuestra Madre desde que Jesús nos la regalara en la Cruz.
Pero, aunque fuera brevemente, yo quiero pensar en su corazón lleno de Dios y convertido de manera especial en morada de Dios y templo del Espíritu Santo. La llena de gracia la llama el ángel en Nazaret; de ella dice que ha encontrado gracia ante de Dios y Dios está con ella, pero terminará diciéndole que el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra para que lo que nazca de ella sea el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y  verdadero hombre, Jesús.
Dios mora en su corazón y ¡de qué manera! Pensó en ella Dios desde toda la eternidad porque iba a ser la mujer que hiciera posible la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas y la dotó de toda gracia y bendición, la llena de gracia como la llama el ángel. Pero ¿qué es estar lleno de gracia sino que Dios more en nosotros? La gracia no es una cosa, la gracia es la presencia de Dios en nuestra vida, es el regalo de Dios que nos llena de su vida. Y ¿cómo no iba a estar morando Dios en aquel corazón que con amor de madre iba a amar al Hijo de Dios encarnado?
Es el corazón que se desborda de amor para Dios y que Dios en su inmensidad lo llena. Como se expresa en alguna antífona de la liturgia el que con su inmensidad divina rebosa toda la creación sin embargo luego quiere morar de manera especial en el corazón de María. Contemplar el corazón de María es contemplarlo como esa morada de Dios, como ese templo del Espíritu. A ello nos invita la liturgia y es lo que se expresa en la oración litúrgica de este día.
Es lo que hoy queremos contemplar cuando contemplamos el corazón inmaculado y puro de María. Pero es también lo que queremos imitar. También en nuestro corazón y en nuestra vida, por la infinita misericordia del Señor, se derrama y se derrocha la gracia de Dios. También nosotros desde nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos por la gracia, por el regalo de Dios, en morada de Dios y en templos del Espíritu.
Aquí es donde tenemos que imitar a María, copiar de ella su santidad y su amor, aprender de ella a dejar inundar nuestro corazón por ese amor de Dios que nos transforma y que pondrá esa disponibilidad y esa generosidad en nuestra vida. Es aprender de María a tener su mirada, esa mirada nueva con ve con ojos nuevos a nuestros hermanos los hombres, esa mirada atenta para descubrir toda ocasión en la que nosotros también podemos derramar amor. Aprendamos del corazón inmaculado y puro, lleno de gracia y de amor de María.

martes, 31 de mayo de 2016

Como María en su visita a Isabel con nuestro amor estamos llevando a Dios a los demás

Como María en su visita a Isabel con nuestro amor estamos llevando a Dios a los demás

Sofonías 3, 14-18; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Cuando el corazón rebosa de amor no hay obstáculo que impida su camino. Es el corazón de María que la pone en camino hasta la montaña, a la casa de su prima Isabel. Corrió presurosa, dice el evangelio. Pero es que el corazón de María estaba inundado de Dios.
La llena de gracia, le había dicho el ángel, porque había encontrado gracia ante Dios y Dios estaba con ella. Ahora estaba inundada del Espíritu de Dios que le hacia concebir un hijo, el Hijo del Altísimo, y nada podía ya impedir aquel camino que había emprendido. El mismo ángel que le había anunciado que iba a ser la Madre de Dios, porque estaba llena de la gracia de Dios, le había comunicado la buena nueva de que su prima Isabel estaba encinta esperando un hijo. No había tiempo que perder. Cuando el corazón rebosa de amor siempre nos ponemos en camino. Es lo que hizo María.
Es el camino del amor, es el camino del servicio. Allí estaba la Madre de Dios, como reconocería Isabel al saludarla, que con la presencia de María también se llenó del Espíritu Santo, pero María iba realizando en su vida lo que era la Buena Nueva de Jesús. La grandeza está en el servicio. Si el Hijo del Hombre no había venido – ella ahora lo llevaba en sus entrañas – para ser servido sino para servir, ¿qué es lo que podía hacer María al enterarse de la buena noticia que le había comunicado el ángel?
Reconoce María las maravillas que el Señor hace en ella que se siente la humilde esclava del Señor como reconocerá que todas las generaciones a lo largo de los siglos cantarán alabanzas en su nombre. Pero en María no hay orgullo, en María todo es para la gloria del Señor. Por eso le canta agradecida, proclama su alma las grandezas del Señor. Y lo hace desde el amor, desde el servicio.
Cantamos nosotros hoy también a María cuando celebramos su visita a su prima Isabel. Cantamos a María y alabamos al Señor que nos la ha dado como Madre. Cantamos a María y nuestra alabanza es querer imitar en nosotros su amor. Que llenemos nuestro corazón de amor a imitación de María, pero que como María nos dejemos inundar de Dios; que la gracia del Señor llene nuestro corazón para que así rebosemos de amor y hagamos de nuestra vida siempre una vida de servicio a los demás.
No temamos ponernos en camino como María; la fortaleza de la gracia del Señor abrirá nuestros ojos y nuestro corazón para descubrir allí donde tenemos que prestar ese servicio de amor. Pensemos que, como María, con nuestro servicio de amor estamos llevando a Dios a los demás.

martes, 8 de diciembre de 2015

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
‘Alégrate, Dios te salve, la llena de gracia’ la saludó el ángel en Nazaret. ‘Alégrate’ y María se quedó rumiando aquellas palabras. ¿Qué saludo era aquel? ¿Qué significaba aquella invitación a la alegría? ¿Qué quería decirle el ángel del Señor? María se turbó, dice el evangelista.
‘Alégrate…’ llegan en verdad días de alegría; alégrate porque se ha cumplido el tiempo; alégrate porque se comienzan a realizar las promesas hechas desde antiguo; alégrate porque llegan los días de la salvación. Lo que repetidamente habían ido anunciando los profetas ahora tenía su cumplimiento. Llegaba el tiempo de la salvación; llegaba el que escacharía la cabeza de la serpiente, el que venía a vencer al maligno.
¿Qué estaba queriendo anunciarle el ángel? ¿Qué buena noticia se le estaba dando que era motivo de alegría para ella? Más tarde esos mismos ángeles van repetir ese anuncio de alegría, porque será  alegría para todos, para vosotros y para todo el pueblo. ¿Por qué a ella le llegaba ahora ese anuncio y esa invitación a la alegría?
‘Alégrate, llena de gracia’, le había dicho el ángel. Allí estaba la agraciada del Señor, aquella sobre la que el Señor desde siempre la había llenado de gracia porque iba a tener una misión especial. Era, sí, un motivo de alegría. Por eso le dice el ángel, ‘alégrate… no temas, has encontrado gracia ante Dios’, se ha querido fijar en ti, ha vuelto su rostro sobre ti y te ha llenado de gracia. ‘Has encontrado gracia ante Dios’ porque Dios para ti tiene una misión; vas a ser Madre, ‘concebirás en tu vientre’, aunque ahora tu no lo entiendas, ‘y darás a luz un hijo’, que no es un hijo cualquiera, es un hombre como todos los hombres pero es ‘el Hijo del Altísimo… le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
María se sentía sorprendida y al mismo tiempo agradecida; era la llena de gracia, en la que Dios se había fijado, vuelto su mirada, a la que Dios había elegido ‘desde antes de la creación del mundo’ la había elegido y la había predestinado. María es la bendecida de Dios y la que hará posible que esa bendición llegue también a toda la humanidad. El Sí con que iba a responder María iba a convertirse en el Sí de la bendición de Dios para todos los hombres.
‘Alégrate…’ le decía el ángel y continuaba anunciándole cosas que ella no entendía. ‘¿Cómo será eso pues no conozco varón?’ replicaba María, pero el ángel le da la solución de todo. Eres la llena de gracia porque ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Espíritu te cubrirá con su sombra; el Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios’.
Se alegraba María aunque se sentía sobrecogida por lo que Dios le estaba confiando. Lo que habían esperado durante siglos ahora se estaba comenzando a realizar. No era un profeta, no era simplemente un hombre de Dios quien de sus entrañas iba a nacer, era el Hijo de Dios, era el que había sido anunciado como el Mesías Salvador, el que venía a restaurar los corazones, el que nos devolvía la dignidad, el que nos engrandecía haciéndonos a nosotros hijos, el que venía como Redentor del mundo y Juan lo señalaría allá junto al Jordán como el ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
‘Alégrate, María, eres la llena de gracia’ y su corazón iba a cantar las glorias del Señor porque su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador que se había fijado en su pequeñez, en la humildad de quien ahora se proclamaba la esclava del Señor. ‘Alégrate, María…, porque todas las generaciones te van a felicitar’, porque Dios hace cosas grandes en ti, pero porque eres el tipo y el modelo de cuantos han de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón y Jesús mismo proclamará la bienaventuranza sobre ti.
‘Alégrate, María…’  porque todo va a comenzar siendo nuevo, porque se derrama la misericordia del Señor que El había prometido desde antiguo, porque los humildes y los pequeños serán ensalzados, mientras los soberbios y poderosos serán derribados de sus tronos.
Se alegra María y nos alegramos nosotros hoy en su fiesta. Nos alegramos porque María es aurora que nos anuncia la salvación. En María estamos intuyendo ya los resplandores de luz y de gracia que con Cristo nos van a llegar. En este camino de Adviento, mientras esperamos al Salvador, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, miramos a María la llena de gracia, la rebosante de la alegría de Dios y nos llenamos de esperanza, y queremos hacer el camino siguiendo los pasos de María; y como María queremos estar rebosantes también de esa alegría de Dios y abrir nuestro corazón a Dios para que se desborde también su gracia sobre nosotros.
Celebramos a María y vemos cómo ella hace posible que se abran las puertas de la misericordia para nosotros porque nos llega el Salvador. ‘Su nombre es santo y su misericordia llega nosotros de generación en generación’  cantaría María. Por eso a ella la llamamos nuestra Madre, la Madre de Dios, pero la madre y reina de la misericordia.
En este día en Roma el Papa ha querido abrir la puerta santa del perdón en el año de la misericordia que hoy se inicia para toda la Iglesia. No podía buscarse otro día mejor que en el que contemplamos a María, la aurora de la misericordia y el perdón, que al aceptar el plan de Dios para su vida, se convierte en plan de salvación para todos los hombres. De mano de María queremos acudir confiados ante Dios porque si sabemos ir como María con humildad y con amor, en Dios siempre vamos a encontrar esa misericordia y ese perdón.
Pero yendo de manos de María aprendamos de su corazón generoso y lleno de amor copiando en nosotros esos sentimientos de misericordia con los que hemos de presentarnos ante nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que nuestras vidas reconciliadas con Dios e inundadas de esa gracia misericordiosa del Señor se conviertan en signos para los demás que les hablen de ese amor misericordioso de Dios.



lunes, 8 de septiembre de 2014

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Miqueas, 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16. 18-23
‘Celebremos con devoción, en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustre da esplendor a todas las Iglesias’. Esta es una de las antífonas con que la liturgia de este día canta a María en la celebración de su nacimiento.
Es muy significativo que en el conjunto de la liturgia de este día algo que se repite en sus antífonas es la mención a que el nacimiento de María fue como una aurora, un anuncio de una nueva luz que nos iba a iluminar, que ya comenzaba a resplandecer para el mundo con su nacimiento. ‘Cuando nació la santísima Virgen, el mundo se iluminó; ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, canta otra de las antífonas. Su nacimiento,  se nos dice en una de las oraciones, fue ‘esperanza y aurora de salvación’.
Nos gozamos hoy nosotros en esta fiesta de María, con la que la invocamos en numerosas y diversas advocaciones en este día: Virgen de la Luz la celebramos en muchos de nuestros pueblos, Virgen de los Remedios como lo hacemos en nuestra propia catedral y en otros lugares, Virgen del Pino que se celebra en la diócesis hermana de Canarias, y así tantas y tantas advocaciones, que muestran el fervor y el amor que le tenemos a María y como nos alegramos y festejamos su nacimiento.
En el designio amoroso de Dios El la había escogido desde toda la eternidad para ser su Madre y la hizo Inmaculada y Purísima desde el primer instante de su Concepción. Pudo y quiso Dios hacerlo porque ¿cómo no la iba a hacer llena de toda gracia si en sus entrañas iba a encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre y ser Dios con nosotros?
María es ese primer sagrario de Dios porque a Dios mismo llevó en su seno; no podía menos que llamarla ‘la llena de gracia’ el ángel que venía a traerle la Buena Nueva, el anuncio divino de que había sido escogida para ser la madre de Dios. Con razón le decía el ángel que el Señor estaba con ella cuando el hijo que de ella iba a nacer sería para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y que llevando el nombre de Jesús venia a expresar cómo Dios nos salva y a nosotros también nos llena de gracia.
Si contemplamos la grandeza de María y consideramos lo suficiente lo que era el designio de Dios es lógico y normal que ahora en su nacimiento toda la humanidad cante a María, porque con su nacimiento estamos viendo como en un amanecer llegar para nosotros los resplandores del Sol que viene de lo alto y nos trae la salvación. ‘Han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación’ que dice la liturgia bizantina de esta fiesta del nacimiento de María.
Ella como en primicia está siendo participe de los frutos de la redención porque cuanto en virtud de los méritos de Cristo fue preservada de todo pecado desde el primer instante de su Concepción. Pero en ella vemos también una primicia de la salvación, porque ella es una de los nuestros por así decirlo y con ella estamos viendo cómo toda la humanidad va a alcanzar esa gracia y esa salvación.
Festejamos, celebramos y felicitamos a María en su nacimiento. ¿No recordamos cada año la fecha del nacimiento de aquellos seres a los que apreciamos y los felicitamos en su día deseándole toda clase de parabienes? Así queremos felicitar hoy a María. Pero es que cuando festejamos y celebramos su nacimiento somos nosotros los que tenemos que felicitarnos por el regalo tan maravilloso que nos hizo Dios al darnos a María.
Y festejarnos y alegrarnos con María es querer gozarnos con sus alegrías, es cultivar en nosotros sus mismas esperanzas manteniendo viva nuestra fe a la manera como fue la fe de María, es queremos llenarnos e inundarnos de su mismo amor porque es lo que en María vemos de manera especial resplandecer y en lo que nosotros, copiando a María, hemos de resplandecer también en nuestra vida. Es la mejor felicitación que podemos ofrecer a María en el día de su nacimiento. Es en lo que ha de gozarse la Iglesia toda cuando siente esa protección maternal de María y hoy quiere celebrarla con inmensa alegría.

Celebramos, pues, con la liturgia y con inmensa alegría el nacimiento de María, la Virgen, de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. Con razón la llamamos Madre, Reina y Señora de la Luz, porque es la Madre de Jesús, por citar algunas de las adovaciones de la fiesta de este día. Con María desbordamos de gozo en el Señor.

miércoles, 16 de julio de 2014

Vistiéndonos de María llegaremos a Dios, nos llenaremos de Dios

Vistiéndonos de María llegaremos a Dios, nos llenaremos de Dios

Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 25-27
La advocación de la Virgen del Carmen es quizá una de las más repetidas y que evoca una intenso devoción del pueblo cristiano a la Virgen María, la madre del Señor que también nos la ha dejado como madre. Serán los marinos y todos los que realizan sus tareas en el mar los que la invoquen con devoción sintiendo que María es el ancla segura de su salvación, porque apoyados en María sienten seguras sus vidas en la duras tareas de la vida.
Pero no será solo en los pueblos marinos o a las orillas del mar los que la invoquen con tan dulce nombre porque también queremos sentir la protección de la Virgen del Carmen en la hora de nuestra muerte para que quienes vistamos su santo Escapulario nos veamos pronto liberados de las penas del purgatorio para gozar con María de la gloria del cielo. Es muy habitual en nuestras parroquias que el altar de la Virgen del Carmen vaya adornado con el cuadro de las almas del Purgatorio que con la poderosa intercesión de María son liberadas de sus penas.
Pero además, al menos en nuestra tierra, pocos serán los pueblos que no tengan dedicada alguna iglesia o santuario a la Virgen del Carmen o en nuestros templos parroquiales haya también un retablo dedicado en su honor. De la misma manera que son muchas las personas que llevan este nombre de la Virgen.
Y es que desde que Jesús nos la dejó como madre desde la cruz como hermoso testamento de amor, siempre queremos sentir esa presencia de María a nuestro lado. En ella todos los hijos sentimos el amor y la protección de la Madre; en ella encontramos el ejemplo y el estímulo para nuestro caminar cristiano, porque sus virtudes están diáfanas ante nuestros ojos para que la imitemos y las copiemos en nuestra vida.
Precisamente la devoción del Escapulario del Carmen eso de alguna manera viene a enseñarnos, porque querer vestir el escapulario es querer vestirnos de María, es querer copiar en nuestra vida todas sus virtudes y todo su amor, porque además María es ese molde perfecto que nos configura totalmente con Cristo; es como meternos en María para que María nos envuelva con sus virtudes, pero no de una forma exterior, sino transformando desde lo más hondo nuestro corazón.
Qué mejor modelo podemos tener que María para hacernos ese hombre nuevo de la gracia. Ella fue la llena de gracia porque se dejó inundar de la presencia de Dios en su vida. Son las palabras con las que la saluda el ángel de la anunciación, ‘la llena de gracia por el Señor está contigo’, pero que además va a ser luego cubierta y envuelta por el Espíritu Santo para que el Hijo de Dios se hiciera hombre en sus entrañas.
El texto del evangelio que hoy hemos escuchado, y que repetidamente hemos escuchado en estas ultimas semanas, nos está señalando también el camino de María para ir a Dios, para conocer el misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, dice Jesús,. Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla’.
¿No nos estará hablando Jesús en cierto modo de cómo en María se ha revelado el misterio de Dios? Ella es la que se llama a si misma la humilde esclava del Señor dispuesta siempre al sí, a la disponibilidad, al servicio, a la fe y al amor. En María Dios se manifiesta y se revela de manera especial. Si antes decíamos que tenemos que imitar a María, que tenemos que vestirnos de María, miremos de su humildad y sencillez, miremos de su pequeñez pero de la grandeza de su amor, y haciendo como ella abramos nuestro corazón a Dios que también a nosotros se nos manifestará y nos llenará de su gracia.

Siguiendo siempre los caminos de María estamos seguros que llegaremos a Dios, que nos llenaremos de Dios.