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miércoles, 8 de septiembre de 2021

María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 


María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Cuando llega el cumpleaños de una persona a la que amamos y apreciamos todos nos afanamos por desearle las mejores cosas, los días de mayor felicidad y quienes hayamos tenido una mayor cercanía en la vida recordamos acontecimientos vividos juntos, o momentos que fueron muy importantes en la vida de esa persona. Todos son felicitaciones, deseos de alegría y de felicidad y nos gustaría estar junto a esa persona en tal celebración para participar de esa fiesta. Más cuando es un ser querido como pueda ser una madre donde ya procuraremos ofrecerle las mejores muestras de nuestro amor.

Pues en este día celebramos un cumpleaños muy especial y en el que todos queremos celebrar fiesta. Hoy es el día del nacimiento de María, la Madre del Señor y nuestra Madre. Nuestros pueblos y la Iglesia toda se hacen fiesta en este día tan hermoso de la Natividad de nuestra Señora, aunque luego lo celebremos con distintas advocaciones según sea la devoción y amor que le tenemos a Maria y lo vinculada que la tengamos a la vida de nuestros pueblos. Podríamos hacer un elenco muy largo de Advocaciones de María con lo que hoy celebramos su fiesta según sean los pueblos y lugares. Pero todos estamos celebrando el cumpleaños de María, la fiesta de la Madre.

Igual que decíamos antes que en la fiesta de un cumpleaños de una persona cercana a nosotros hacemos memoria de esos distintos momentos vividos junto a esa persona, así queremos hacerlo con María recordando y celebrando esos momentos de la vida de María que tan transcendentales fueron en la historia de la salvación. Es cierto que si quisiéramos hacer una biografía de María, nos vemos cortados por tan pocos datos que nos ofrece el evangelio de la vida de María; cuando nos salimos de lo que nos dicen los evangelios y queremos rememorar otros momentos de la vida de la Virgen, muchas veces nos llenamos de imaginación o utilizaremos aquellos datos que nos ofrecen los evangelios apócrifos, que son escritos antiguos, pero que nunca entraron en el canon de la Iglesia reconociéndolos como Palabra de Dios.

Desde esos evangelios apócrifos y desde diversas tradiciones se suele situar el lugar del nacimiento de María en las cercanías de donde estuvo levantado el templo de Jerusalén y donde una hermosa basílica nos recuerda el lugar del nacimiento de María, muy cercana también a la piscina probática mencionada en el evangelio. Esa cercanía del templo nos da pie para entender la profundidad de la fe de María pues en sus aledaños seguramente fue educada, aunque luego el evangelio de san Lucas nos la sitúe siendo aún muy joven en Nazaret, una pequeña aldea de Galilea, donde se realizaría el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas.

Pero creo que más que tratar de bucear en tradiciones o llenarnos de imaginación en torno a la figura de María, hoy es un momento para la acción de gracias a Dios. Ella supo reconocer que el Señor había realizado obras grandes en su pequeñez y en su humildad, por eso nosotros queremos cantar hoy las alabanzas al Señor dando gracias porque nos ha dado a María; damos gracias por María y por su fe, por la disponibilidad de su vida y por la generosidad de su amor; damos gracias por María porque ella se convierte para nosotros en un canto de esperanza, porque su nacimiento lo vislumbramos como la aurora de la salvación como dice la liturgia, y porque de Maria aprendemos nosotros a abrirnos a Dios. Y damos gracias a Dios porque así Jesús quiso regalárnosla como Madre y junto a nosotros sentimos su presencia maternal para caminar a nuestro lado enseñándonos a caminar los caminos de Jesús.

Felicidades María en tu cumpleaños; felicidades María por tu fidelidad y por tu amor; felicidades María – y queremos cantarte con todas las generaciones – porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en ti; felicidades Madre y nos felicitamos nosotros por tenerte siempre a nuestro lado con tu amor y protección maternal.

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús


Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Todos celebramos el cumpleaños. Recordamos el día de nuestro nacimiento, de nuestra venida a la vida y normalmente lo hacemos con gratitud, decimos, a la vida misma como ese don maravilloso que se nos ha regalado y del que recordamos tantas experiencias maravillosas que nos ha dado la vida misma.

Ya desde niños estamos ansiosos porque llegue el día de nuestro cumpleaños, es un año más decimos, con lo que nos vamos haciendo mayores como todos deseamos; como niños anhelamos la fiesta que significa ese día en que nuestros padres aún en su pobreza siempre sabían tener un detalle especial para ese día; los mayores recordamos aquellos años de nuestra niñez y nuestras ilusiones, en las que nos contentábamos con el más pequeño detalle que nos parecía el regalo más grande del mundo conscientes de la situación que quizá entonces vivíamos.

Hoy nuestras fiestas de cumpleaños se han ido ampliando en todo el espectro de la familia y celebramos de manera especial el día del padre y como no el día de la madre, pero no en ese aspecto tan consumista y comercial cuando nos lo centran todo en un día, sino en ese día que es el cumpleaños concreto de nuestro padre y sobre todo de nuestra madre. Ahí nos desbordamos los hijos, que quizá hoy contemos con otros medios, pero sobre todo queremos poner amor expresado en mil detalles, que quizá en el día a día olvidamos tener con nuestra madre, o tener con nuestro padre.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que hoy celebramos el cumpleaños de María, la madre del Señor y nuestra madre. Hoy es la fiesta de la Natividad de Maria. Si hace nueve meses, el ocho de diciembre, celebramos su Inmaculada Concepción, hoy estamos celebrando su nacimiento. Hoy nace la aurora de la salvación, como proclama la liturgia. La aurora con sus primeros resplandores en el horizonte ya nos está anunciando el esplendor del sol que pronto surgirá iluminando el mundo. Hoy es la aurora, porque el nacimiento de María en el designio de Dios da pie para que comience a realizarse la salvación del mundo; ella va a ser la mujer con la que Dios quiere contar para encarnarse en su seno y hacerse hombre por nuestra salvación.

Es un día de alegría, como siempre es día de alegría el nacimiento de un niño, como siempre recordaremos ese momento del nacimiento lleno de alegría, y hoy es día en especial de alegría porque nace la que va a ser la madre de Dios, aquella por la que vendrá el Salvador al mundo, y por eso a ella la llamamos también mediadora de la salvación.

Este día 8 de septiembre está salpicado por toda la geografía con fiestas a la Virgen María en diversas advocaciones; advocaciones todas ellas llenas de sentido y que han nacido del calor del amor de los hijos por la madre que buscarán siempre las mejores palabras para los más hermosos piropos, que buscarán los mejores nombres que vengan a dar significado al misterio de María en la obra de nuestra redención. Algunos nombres nacen quizá del lugar donde está ubicada su imagen cuando no la imagen de María ha sido también la que ha dado nombre a aquel lugar; pero nombres que expresan lo que María nos trae, lo que María como madre nos alcanza del Señor para la obra de nuestra redención.

En mi tierra y en concreto en mi isla es muy socorrido el nombre de Virgen del Socorro, de Virgen de la Luz, de Virgen de los Remedios, por señalar algunos con que se celebran fiestas en honor de María en el día de su Natividad. ¿Cómo no sentir que Maria es nuestro Socorro y nuestra ayuda si a ella con tanta confianza acudimos para que nos alcance la gracia del Señor? ¿Cómo no invocarla como madre de la Luz cuando ella nos viene a traer al que es la luz del mundo? ¿Cómo no llamarla igualmente Madre de los Remedios porque ella está como consuelo a nuestro lado en nuestros sufrimientos y problemas abriéndonos caminos en los que encontremos respuesta a nuestras necesidades o a los interrogantes profundos que surgen en nuestra vida? Y María es todo eso y mucho más para nosotros porque siempre hace referencia a Jesús, siempre nos trae a Jesús y siempre nos conduce a que escuchemos a Jesús y hagamos lo que El nos diga.

Nos felicitamos con María y felicitamos a María en su cumpleaños. Como buenos hijos nos llenamos de alegría y le ofrecemos todo nuestro amor queriendo llevarla siempre en lo más hondo del corazón. Igual que no falta la foto de la madre que llevamos siempre con nosotros impresa en lo más hondo de nosotros mismos, que tampoco nos falte esa imagen de María en esa estampa de nuestra devoción para que así sintamos siempre cómo ella va con nosotros, está a nuestro lado como remedio, como socorro o como luz de nuestra vida porque siempre nos conducirá hasta Jesús. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas


Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

Hoy nos toca felicitar a la Madre; hoy nos toca felicitar a María, la Madre del Señor, nuestra madre también. Es su día, es el día de su nacimiento. Nos alegramos con María, nos felicitamos con María. Como ella decimos también ‘desborda de gozo mi espíritu en Dios mi salvador’, desborda de gozo nuestro corazón con María, la Madre del Señor.
La felicitamos a ella, a la que llamarán dichosa todas las generaciones. Y las madres sienten un regocijo en su alma cuando los hijos tienen un recuerdo para ellas, cuando las felicitamos en su día y queremos obsequiarle lo mejor de nuestro amor. le hacemos regalos, buscamos ramos de flores que ofrecerle, no sabemos qué cosa mejor le podemos ofrecer y todos son cariños para nuestra madre repitiéndole una y otra vez cuanto la queremos, lo dichosos que nos sentimos con ella, porque para nosotros es la mejor mujer del mundo, la que nos dio nuestro ser.
Así queremos hacer con María en el día de su cumpleaños. Y es que no solo la queremos felicitar, sino que queremos decir lo felices que nosotros nos sentimos con una madre así. Nos felicitamos con María, nos regocijamos con María, nos queremos sentir unidos desde lo más hondo de nosotros mismos con María, como lo queremos hacer con nuestra madre, y tanto es lo que queremos unirnos a ella que a ella queremos parecernos, de ella queremos copiar sus mejores virtudes, sus mejores valores, como los hijos hacen siempre con la madre.
Es la mayor dicha que puede sentir una madre el que le digan que su hijo se le parece; es la mayor dicha que nosotros podemos sentir que nos puedan decir también que nos parecemos a nuestra madre. Así queremos hacer con María, nos revestimos de María, nos vestimos de María porque igual que ella es el molde en el que se hizo Jesús como hombre, así nosotros queremos meternos también en ese molde de María no solo ya para parecernos a ella, sino para sentirnos profundamente configurados con Cristo, con la misma figura de Cristo, con sus mismos sentimientos y actitudes, con su mismo amor. Jesús como hombre se configuró en su corazón, pues todo eso que Jesús aprendió de María, nosotros también queremos aprender de ella.
No queremos hacernos ahora hacernos grandes consideraciones y hacer poco menos que unas listas de las virtudes de María, sino que simplemente como hacen todos los hijos con su madre en su día, sentirnos felices y dichosos con ella y hacerla a ella también feliz y dichosa porque le mostramos nuestro amor, porque le queremos decir y repetir, cantar una y otra vez las felicitaciones y cuanto la amamos.
Mostrémosle nuestro amor con la santidad de nuestra vida, pareciéndonos a ella. Gocémonos con María y llevémosla siempre muy presente en nuestro corazón y en nuestra vida. No temamos ni nos de vergüenza decirle piropos a María, cantando asi con la alabanza a María las alabanzas del Señor.

viernes, 8 de septiembre de 2017

‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.

Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Romanos 8, 28-30; Mateo 1, 1-16.18-23
Hoy es un día especial en el que felicitamos a María, un día en que nos felicitamos con María. Como lo hacemos con la madre al celebrar su onomástica o su cumpleaños. No solo la felicitamos sino que nos felicitamos con ella porque es nuestra Madre, nos alegramos con su alegría, nos alegramos por tenerla por madre, nos gozamos y felicitamos a nosotros mismos por su amor. En el día del cumpleaños de la madre cuantos recuerdos afloran no solo a nuestra mente sino también a nuestro corazón; rememoramos su vida pero rememoramos sintiendo una vez más en nosotros su amor, ese amor que se ha derramado desde la madre sobre sus hijos cada uno de los días de su vida.
Y eso es lo que hoy queremos celebrar con María. Durante el año muchas fiestas hacemos en su honor recordando las maravillas que el Señor hizo en ella; celebramos muchas fiestas en su honor porque es recordar el amor que nos tiene y de que de una forma maravillosa va derramando sobre nosotros; cada una de esas fiestas es como un hito en nuestra historia o en la historia de nuestra Iglesia por esa presencia especial de María.
La recordamos y acompañamos en su dolor sintiendo así su amor sobre nosotros al que queremos corresponder, pero queremos caminar con ella en su espíritu de servicio para caminar como ella fue al encuentro de Isabel nosotros ir también al encuentro con los demás; la vemos a nuestro lado como estuvo con los discípulos en el cenáculo y sentimos como ella nos impulsa una y otra vez para que nos abramos al espíritu del Señor. Y así podemos recordar tantos momentos de nuestra vida y de la presencia de María junto a nosotros; por eso la invocamos con tantos nombres que no quieren ser sino la expresión de lo que ella significa para nosotros y como nosotros así la sentimos en nuestra vida y en nuestra historia.
Pero hoy es un día muy especial, es su cumpleaños, es la fecha de su nacimiento, es el momento en que recordamos aquella niña que abrió sus ojos a la luz de este mundo en un día así, y que fue la alegría y la esperanza para sus padres, a quienes invocamos y recordamos como Joaquín y como Ana, aunque el evangelio no nos hable de ellos. Cuando nace un niño cuantas esperanzas se abren en las puertas de la vida. ¿Qué será de este niño? Quizás siempre pensamos en medio de las alegrías de su nacimiento y eso sería también lo que surgió en aquellos corazones en aquella casa perdida en las callejuelas de Jerusalén a las espaldas del templo. Allí hoy un hermoso templo nos recuerda el nacimiento de María y muy cerca de la piscina probática cercana a la puerta por donde entraban las ovejas y animales para los sacrificios del templo, de ahí el hombre de la piscina, probática, de las ovejas. Todo pudiera ser muy significativo.
Quizá la incertidumbre del futuro aunque fuera muy lleno de esperanzas era lo que predominaba en aquel hogar y entre familiares y amigos ante el nacimiento de aquella niña. Pero nosotros bien sabemos que había brotado un renuevo del tronco de Jesé  de donde había de florecer un vástago que nos traería la salvación. Comenzaban a cumplirse los anuncios del profeta. Ya los santos padres desde la antigüedad vieron en el nacimiento de esta niño ese renuevo del tronco de Jesé y el principio de ese vástago de salvación que había de florecer; así lo han expresado incluso los artistas de todos los tiempos en sus imágenes y hasta en los versos llenos de poesía con que se ha querido honrar a María en su nacimiento. ‘Cuando nació la Virgen María el mundo se iluminó, ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, rezamos con las antífonas de la liturgia de este día.
Aquella niña iba a ser la bendecida del Señor porque bendito para nosotros iba a ser el fruto de su vientre que nos traería la salvación. Así nosotros celebramos con alegría su natividad, el nacimiento de María. Nuestros pueblos en este día celebran su fiesta con diversas invocaciones en su honor, siendo nuestro socorro y el remedio de nuestras vida, siendo la luz que nos ilumina por nos anuncia y nos trae la verdadera luz. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.
Felicidades María, es tu cumpleaños. Contigo nos alegramos y nos felicitamos porque a través de ti nos llego la salvación; contigo nos alegramos y felicitamos como Jesús quiso dárnosla como Madre; contigo nos alegramos y felicitamos porque tu nacimiento es la aurora que nos anuncia el gran día de la salvación que nos llegará por tu Hijo Jesús.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

¡Felicidades, María! Sí, felicidades ya te llames Luz o te llames Remedios, ya te llames Pino o te llames Guadalupe, ya el nombre con que te llamen sea Covadonga o sea Victoria, hoy es tu día. ¡Felicidades, Madre! Es tu cumpleaños; hoy fue el día de tu nacimiento. En nuestro amor te damos muchos nombres, que son como piropos con los que queremos embellecer si cabe más tu hermosura; pero tu nombre hermoso es María, como te llamó el ángel, pero eres la agraciada de Dios, la bendecida del Señor, eres su Madre y eres nuestra Madre.
No sabemos cómo mejor bendecirte y alabarte, como mejor manifestar ese amor grande que tenemos, y la alegría que sentimos en tu fiesta; por eso los pueblos a lo largo de la geografía quieren celebrar tu nacimiento y te invocan con distintos nombres, pero todos quieren ser el amor devoto de quienes generación tras generación te hemos visto y llamado dichosa y bienaventurada.
Hoy es un día grande. No es el nacimiento de una niña más, con todo lo que ya en si mismo tiene el nacimiento de una nueva criatura. Es que con tu nacimiento comienza a resplandecer en el horizonte de la historia y de la vida el resplandor de una nueva aurora. La aurora anuncia la salida del sol y comienza a reflejar ya en el horizonte los colores de los que se llena el universo con la salida del sol. En ti, María, estamos viendo esa hermosa aurora que nos anuncia al Sol que viene de lo alto, en ti, María, estamos contemplando la aurora de la salvación, porque de ti ha de nacer el Salvador. Por eso tu nacimiento no puede pasar desapercibido.
Quizá aquel día en aquel humilde hogar de Jerusalén en los alrededores de la piscina de Betesda y en la cercanía del templo cuando se oyó tu primer llanto al venir a la vida, los vecinos de alegraran por el nacimiento de la hija de aquellos venerables y devotos padres, Joaquín y Ana, y se felicitaran con ellos. Pero allí estaba brotando un hermoso renuevo del tronco de Jesé que daría hermosa flor que nos traería el fruto salvífico de la vida y de la salvación. Por eso nuestra alegría quiere ser grande en la fiesta de tu nacimiento y queremos así mostrarte todo nuestro amor, como al tiempo alabar y bendecir al Señor que nos ha dado tan hermosa flor, presagio y anuncio de nuestra salvación.
Queremos ofrecerte nuestro amor con el que queremos copiar en nosotros tu belleza y tu santidad; queremos ofrecerte nuestro amor siguiendo tus mismos pasos, y dejándonos iluminar por la verdadera luz del Sol que nos trae la salvación. Ojalá nosotros podamos reflejar en nuestra vida, como tú, verdadera aurora de la salvación, reflejaste en tu vida la santidad de Dios; que nuestra vida se llene de los colores vivos del amor, que reflejemos en nosotros esa luz de Dios que en ti brilla porque aprendamos de tu solidaridad para salir también al encuentro de los demás, para ponernos en el camino del servicio y de la atención a los necesitados; que brille también nuestro rostro y nuestra vida toda con la luz de la gracia, porque como tú, María, sepamos llenarnos de Dios.
Alcánzanos, Madre, tú que eres la bendecida de Dios y la bendita entre todas las mujeres, la bendición de Dios que nos santifique y nos haga resplandecer, como tú, de amor.
¡Felicidades, María! ¡Felicidades, Madre! en el día de tu nacimiento, aurora y anuncio de nuestra salvación

martes, 8 de septiembre de 2015

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

‘Celebremos con devoción en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias’. Así proclama una de las antífonas de la liturgia en este día de Natividad de la Virgen María.
Con María se derramaron todas las bendiciones de Dios para toda la humanidad. Con María nos llegó Jesús. Ella es como la aurora que anuncia la llegada de la salvación. María es bendita de Dios, la bendecida del Señor con todas las gracias. ‘Llena eres de gracia porque el Señor está contigo’, le dijo el ángel en la Anunciación. El Señor se fijó en María, la escogió y predestinó desde toda la eternidad para que fuese la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. En sus purísimas entrañas habría de encarnarse el Hijo de Dios y así nos llegaría el Salvador, así llegaría la salvación para toda la humanidad.  
Justo es que nos alegremos en su nacimiento por todo lo que iba a significar para la humanidad. Si en la vida nuestra de cada día recordamos y celebramos el día de nuestro nacimiento y festejamos el cumpleaños de aquellos seres cercanos y queridos de nosotros, con razón nosotros tenemos que festejar el cumpleaños de María, celebrar su nacimiento como hoy lo hacemos.
Muchas son las advocaciones con que la invocamos en este día en nuestras Iglesias. Por mencionar advocaciones cercanas en mi geografía particular la llamamos Virgen de la Luz y Virgen de los Remedios, aunque también se celebran otras fiestas de la Virgen en su patronazgo sobre pueblos y regiones en nuestro entorno, como es la Virgen del Pino en nuestra diócesis hermana de Canarias. Da igual el nombre con que la invoquemos, porque quiere expresar un vínculo de especial devoción o queremos resaltar de alguna manera lo que María puede significar en el camino de nuestra vida. Lo importante es el amor que le tenemos porque es la madre, la Madre del Señor y también nuestra madre.
Y como los buenos hijos que quiere alegrar el corazón de la madre al ofrecerle las flores de nuestro amor y nuestro cariño lo queremos expresar también sintiéndola cercana a nosotros, pero queriendo acercarnos nosotros a ella no solo para manifestarle nuestras cuitas y deseos sino también para escucharla y sentirla cerca de nuestro corazón como los hijos hacen siempre con las madres.
Escuchamos a María que siempre nos está mostrando a Jesús y señalando el camino que nos lleva a Jesús. Con ella siempre encontraremos a Jesús y en El nuestra vida y nuestra salvación. Así nos lo muestra el evangelio cuando los pastores, los magos de oriente o las gentes de Belén o los ancianos del templo hasta ella se acercan; encontrarán siempre a Jesús. Pero a ella la contemplamos también siguiendo los pasos de Jesús para plantar la Palabra de Dios en su corazón igual que un día el Verbo de Dios se había encarnado en sus entrañas. Y a ella la contemplaremos también al lado de Jesús en el momento supremo de la entrega, del sacrificio; allí junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre.
¿No serán esos los caminos que María nos está señalando ya desde el día de su nacimiento? seguir esos caminos que ella nos señala será, pues, la mejor forma de presentarle nuestra felicitación en su nacimiento, hacerle la más hermosa ofrenda de amor filial. Amemos así a María, sintamos amor tan cercano, tan dentro de nuestro corazón, y escuchemos y sigamos el camino que nos señala que nos llevará siempre hasta Jesús.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Miqueas, 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16. 18-23
‘Celebremos con devoción, en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustre da esplendor a todas las Iglesias’. Esta es una de las antífonas con que la liturgia de este día canta a María en la celebración de su nacimiento.
Es muy significativo que en el conjunto de la liturgia de este día algo que se repite en sus antífonas es la mención a que el nacimiento de María fue como una aurora, un anuncio de una nueva luz que nos iba a iluminar, que ya comenzaba a resplandecer para el mundo con su nacimiento. ‘Cuando nació la santísima Virgen, el mundo se iluminó; ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, canta otra de las antífonas. Su nacimiento,  se nos dice en una de las oraciones, fue ‘esperanza y aurora de salvación’.
Nos gozamos hoy nosotros en esta fiesta de María, con la que la invocamos en numerosas y diversas advocaciones en este día: Virgen de la Luz la celebramos en muchos de nuestros pueblos, Virgen de los Remedios como lo hacemos en nuestra propia catedral y en otros lugares, Virgen del Pino que se celebra en la diócesis hermana de Canarias, y así tantas y tantas advocaciones, que muestran el fervor y el amor que le tenemos a María y como nos alegramos y festejamos su nacimiento.
En el designio amoroso de Dios El la había escogido desde toda la eternidad para ser su Madre y la hizo Inmaculada y Purísima desde el primer instante de su Concepción. Pudo y quiso Dios hacerlo porque ¿cómo no la iba a hacer llena de toda gracia si en sus entrañas iba a encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre y ser Dios con nosotros?
María es ese primer sagrario de Dios porque a Dios mismo llevó en su seno; no podía menos que llamarla ‘la llena de gracia’ el ángel que venía a traerle la Buena Nueva, el anuncio divino de que había sido escogida para ser la madre de Dios. Con razón le decía el ángel que el Señor estaba con ella cuando el hijo que de ella iba a nacer sería para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y que llevando el nombre de Jesús venia a expresar cómo Dios nos salva y a nosotros también nos llena de gracia.
Si contemplamos la grandeza de María y consideramos lo suficiente lo que era el designio de Dios es lógico y normal que ahora en su nacimiento toda la humanidad cante a María, porque con su nacimiento estamos viendo como en un amanecer llegar para nosotros los resplandores del Sol que viene de lo alto y nos trae la salvación. ‘Han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación’ que dice la liturgia bizantina de esta fiesta del nacimiento de María.
Ella como en primicia está siendo participe de los frutos de la redención porque cuanto en virtud de los méritos de Cristo fue preservada de todo pecado desde el primer instante de su Concepción. Pero en ella vemos también una primicia de la salvación, porque ella es una de los nuestros por así decirlo y con ella estamos viendo cómo toda la humanidad va a alcanzar esa gracia y esa salvación.
Festejamos, celebramos y felicitamos a María en su nacimiento. ¿No recordamos cada año la fecha del nacimiento de aquellos seres a los que apreciamos y los felicitamos en su día deseándole toda clase de parabienes? Así queremos felicitar hoy a María. Pero es que cuando festejamos y celebramos su nacimiento somos nosotros los que tenemos que felicitarnos por el regalo tan maravilloso que nos hizo Dios al darnos a María.
Y festejarnos y alegrarnos con María es querer gozarnos con sus alegrías, es cultivar en nosotros sus mismas esperanzas manteniendo viva nuestra fe a la manera como fue la fe de María, es queremos llenarnos e inundarnos de su mismo amor porque es lo que en María vemos de manera especial resplandecer y en lo que nosotros, copiando a María, hemos de resplandecer también en nuestra vida. Es la mejor felicitación que podemos ofrecer a María en el día de su nacimiento. Es en lo que ha de gozarse la Iglesia toda cuando siente esa protección maternal de María y hoy quiere celebrarla con inmensa alegría.

Celebramos, pues, con la liturgia y con inmensa alegría el nacimiento de María, la Virgen, de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. Con razón la llamamos Madre, Reina y Señora de la Luz, porque es la Madre de Jesús, por citar algunas de las adovaciones de la fiesta de este día. Con María desbordamos de gozo en el Señor.

sábado, 8 de septiembre de 2012


Desbordo de gozo con el Señor en el nacimiento de María
Miq. 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16.18-23

‘Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios’. Dichosa, feliz, te decimos María en el día en que celebramos tu nacimiento. Te felicitamos y nos felicitamos contigo. Te felicitamos y contigo nos alegramos en tu natividad porque tu nacimiento es la aurora que anuncia el día de la salvación, tu nacimiento nos anuncia la llegada de la salvación. Felicidades, madre; felicidades, María. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo sol nace de ella’, que dice la liturgia en este día en uno de sus himnos.

Claro que sí, tenemos que felicitar a María. ‘Desbordo de gozo con el Señor, cantaré al Señor todo el bien que me ha hecho’, repetíamos en el salmo. Así nos llenamos de gozo en esta fiesta de la Natividad de María. 
Si a cualquiera de los seres de este mundo que conocemos y amamos los felicitamos en el día de su cumpleaños, así también tenemos que felicitar a la madre, tenemos que felicitar a María. Es nuestra madre; es la madre del Señor; por ella nos llegó la salvación. Así nos lo repite de mil maneras la liturgia en este día. Y como dice uno de los himnos litúrgicos de esta fiesta celebrar la natividad de María es como ensayar o entrenarnos para cuando celebremos la Natividad del Señor. ‘Canten hoy, pues nacéis vos, los ángeles, gran Señora, y ensáyense, desde ahora, para cuando nazca Dios’.

Así hoy por todos los lugares celebramos una fiesta en honor de María en sus distintas advocaciones. Y la llamamos la Madre de la Luz, y la Madre de los Remedios en muchos pueblos de nuestras islas, y otras muchas advocaciones más locales como la Virgen del Pino en Gran Canaria y con otros nombres en otros lugares.

Pero la mejor felicitación que le podemos hacer a María, el mayor amor que le podemos mostrar es querer parecernos a ella en su fe, en su amor, en su santidad. Contemplamos a María en la grandeza a la que Dios quiso llamarla para que ocupara un lugar importante en la historia de nuestra salvación siendo la madre del Salvador. Pero es que el Señor se había complacido en ella por su fe grande y por su amor, por su humildad y por la santidad con que quería resplandecer en su vida. 

Es cierto que ya el Señor la hizo grande y la llenó de todas las gracias cuando incluso la preservó de la mancha del pecado original, pues santa había de ser la que llevara en su seno al Hijo de Dios en su encarnación. Pero si el Señor la llenó de gracia no le restó para nada su libertad, libertad con la que ella día a día respondía al Señor sintiéndose pequeña y humilde, pero grande en su fe y en su amor. María es el mejor ejemplo de respuesta a la gracia del Señor. El sí que en Nazaret dio como respuesta al anuncio del ángel de parte del Señor era el sí que cada día ella daba a Dios en su fe y en su amor. 

Es la gracia con la que el Señor quiere fortalecernos también a nosotros en cada día y en cada instante de nuestra vida. De María hemos de aprender a responder a la gracia del Señor. Ella estaba llena de Dios y por eso sabía decir sí en cada momento; nosotros en la debilidad de nuestro pecado muchas veces en lugar de llenarnos de Dios nos llenamos de nuestro yo, de nuestros orgullos o de nuestros saberes, olvidándonos de Dios. Es lo que tenemos que aprender a hacer como lo hizo María. Pongamos humildad en nuestro corazón para dejarnos conducir por el Señor, como lo hizo María. 

Hoy en la oración hemos pedido que ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su nacimiento’. Que nos llenemos, sí, de esa paz cuando el corazón lo tenemos lleno de Dios. Por eso quiero terminar esta reflexión con el final de uno de aquellos himnos litúrgicos de la fiesta de la Virgen que antes mencionábamos. ‘Vete sembrando, Señora, de paz nuestro corazón, y ensayemos, desde ahora, para cuando nazca Dios’.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La aurora de la salvación que nos anuncia la llegada de la luz verdadera


Miqueas, 5, 2-5;

Sal. 12;

Mt. 1, 18-23

En esta fiesta de la Natividad de la Virgen María toda la liturgia rebosa de alegría y de gozo. Es el nacimiento de la que iba a ser la Madre de Dios, la escogida por el Señor y desbordante de gracia para en sus purísimas entrañas encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre.

Una fiesta de la Virgen muy arraigada en la devoción popular aunque sean diversas las advocaciones con que la invocamos en muchas parroquias y pueblos de nuestras islas en este día, Virgen de la Luz, Señora de los Remedios, Virgen del Socorro, entre otras por citar algunas, además de Virgen del Pino, como se celebra en la diócesis hermana de Canarias.

‘Aurora de la salvación’ llama la liturgia a este día y María es para nosotros ‘esperanza y aurora de la salvación’. La aurora nos anuncia la luz del sol que llega, el nacimiento de María nos está adelantando ese momento grande en que Dios va a derrochar su amor por nosotros y querrá hacerse hombre en las entrañas de María para venir como verdadera y única luz de nuestra vida y del mundo. Con razón, pues, a María la llamamos Madre de la Luz porque va a hacer posible con Sí incondicional a Dios que llegue la luz para iluminarnos, que venga Cristo con su salvación.

Qué ricas de hondo significado tantas imágenes de María – como vemos en la imagen de la Virgen de la Luz, en la del Socorro, o en la nuestra tan querida de Candelaria - que al mismo tiempo que nos están mostrando a Jesús en sus brazos llevan también en su mano una luz como signo de que hemos de aprender a buscar la verdadera luz que es Jesús. María siempre nos estará llevando hasta Jesús y su salvación. ‘Haced lo que El os diga’, nos repite una y otra vez en nuestro corazón como le escuchamos decir a los sirvientes allá en las bodas de Caná de Galilea.

Por eso, ya desde el comienzo de la celebración la liturgia nos invitaba a que ‘celebremos con alegría el nacimiento de María, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios’. Y alabamos, bendecimos y proclamamos ‘la gloria del Señor en la Natividad de santa María, siempre virgen. Porque ella concibió a tu único Hijo por obra del Espíritu Santo, y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro’.

Siempre en las fiestas de la Virgen nos alegramos, nos gozamos con ella y la festejamos. ¿Cómo no íbamos a hacerlo en la fiesta de la Madre? Es la Madre del Señor, porque ella nos vino el autor de la vida de la salvación, y celebrar su nacimiento es como estar celebrando las primicias de la salvación que nos llega a través de la Maternidad de la Virgen María. Por eso cuando celebramos una fiesta de María hemos de sentir más fuertemente en nuestro corazón esos deseos de llenarnos de Dios, de llenarnos de su gracia y santidad, de copiar a María para aprender a ser santos y puros de corazón.

Celebramos a María, la Madre del Señor, pero celebramos a María que es también nuestra Madre. Así nos la quiso dejar Jesús cuando el momento supremo del sacrificio y de la entrega se la confia a Juan para que la ame como la madre más amada. En Juan estábamos todos representados, por eso amamos a sí a María, nos confiamos a ella como a la madre más amada y a ella continuamente pedimos su socorro, su intercesión, que nos alcance el divino remedio de la gracia.

Como decíamos en la oración litúrgica ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en esta fiesta de su nacimiento’. Aumento de paz, le pedimos. Que nos llenemos de su luz. Pero que seamos al mismo tiempo mensajeros de luz para los demás. La luz no es para que nos la quedemos nosotros sino para que nosotros también iluminemos con esa luz de Jesús al mundo que nos rodea y que tanto necesita encontrar esa luz. Nuestras vidas siempre tendrían que estar anunciando la luz, tendrían que ser auroras de salvación para los demás, como lo fue María, porque por el testimonio de nuestra vida estemos anunciando donde está la luz verdadera, estemos anunciando el Sol de justicia que nos trae la salvación. En nuestras manos, en nuestra vida siempre tendría que estar encendida esa luz de la gracia con la que no sólo nosotros nos sintamos iluminados sino que iluminemos como María también a los demás.

Que sintamos la gracia renovadora del Señor en nuestro corazón para que nos llenemos de alegría en el amor. Sí, porque cuando amemos de verdad, aprendemos de María lo que es el verdadero amor, sentiremos un gozo hondo en nuestras almas. Aunque el amor nos haga pasar por el sacrificio o la cruz, nuestras vidas siempre tienen que estar llenas de alegría, porque darse por los demás es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

Que busquemos con todo ahinco vivir la gracia del Señor que nos haga cada día más santos. A María la saludó el ángel como la llena de gracia porque el Señor derramaba sus gracias sobre ella que iba a ser su madre. Pero en virtud de los méritos de Cristo también se derrama en nuestros corazones la gracia del Señor, también tendríamos que ser los que estamos llenos de la gracia del Señor. Que lo valoremos, que no perdamos esa gracia porque dejemos penetrar el pecado en nuestros corazones. Que nuestra vida se sienta transformada por el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones.

martes, 7 de septiembre de 2010

Celebramos con gozo el nacimiento de María


Miq. 5, 2-5;
Sal. 12;
Mt. 1, 1-16.18-32

Múltiples expresiones de júbilo y alegría nos recoge la liturgia en los diferentes textos, antífonas, ya sea en la Eucaristía, ya sea en la Liturgia de las Horas, en esta fiesta de la Natividad de María.
Muchas fiestas en honor de María se celebran en nuestros pueblos en diferentes advocaciones que manifiestan la piedad popular y la devoción llena de amor de los hijos para con su madre en el día de su nacimiento. Son los hijos que celebran, llenos de fervor y amor, el cumpleaños de la madre. ¿No lo hacemos así con esa madre que nos dio el ser? ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?
Celebramos, pues, con gozo el nacimiento de María, aurora y esperanza de salvación, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal que el mismo Sol nace de ella’, como se canta en un himno litúrgico, aunque las otras expresiones que hemos ido diciendo se recogen también en la liturgia como ya dijimos.
El nacimiento de María anunció la alegría a todo el mundo; es el principio de la salvación, porque de ella nace Cristo que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna. La maldición cayó sobre el hombre con el pecado allá en el paraíso terrenal, pero se nos anunció una bendición, porque la estirpe de la mujer vencería sobre la muerte y nos llegaría la vida. María nos da a Jesús, el vencedor sobre la muerte que nos da la vida eterna.
Es María, la primera morada de Dios entre los hombres, el primer templo de Dios porque en ella por obra del Espíritu habría de encarnarse el Hijo de Dios, en su seno, como en el más hermoso templo, María lo portaría para hacernos llegar al Emmanuel, al Dios con nosotros. María sí recibió la luz, María sí recibió la vida. En María no habrá tinieblas porque nunca la sombras del mal entenebrecerían su vida porque fue incluso preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.
Dios miró su humildad y por el anuncio del ángel concibió al Redentor del mundo. María, pequeña, la última, la esclava del Señor como a sí misma quiso llamarse, sin embargo se deja conducir por Dios, se deja conducir por el Espíritu Santo y por ella nos llegó la salvación. Por algo con la liturgia la llamamos aurora y esperanza de salvación.
En esta fiesta del nacimiento de María nos sentimos tentados de no cansarnos nunca de decir cosas hermosas de María. Así la ha cantado siempre la Iglesia, así los santos Padres cantaban las alabanzas de María. Es el fervor y el amor de los hijos que tan maravillosamente se sienten amados por tal madre. Todos tenemos experiencias en nuestro corazón que nos recuerdan ese amor de Madre de María, esa protección maternal que de tantas formas se ha manifestado en nosotros. Como hijos enamorados de la madre no queremos sino decirle piropos, cantarle cantos de amor y de alabanza, y repetirle una y otra vez cuánto la queremos , como lo hacemos también sin cansarnos a nuestra madre de la tierra.
Pero ya sabemos que la mejor alabanza que podemos hacer a la madre es ser dignos hijos de tal madre. Y lo expresamos queriendo parecernos a ella, hacer cuánto ella nos enseña, queriendo copiar en nosotros sus virtudes, su humildad, su amor, en una palabra su santidad.
La vemos hoy pura y resplandeciente de luz – así la llamamos también en este día, Madre de la Luz -; la contemplamos llena de la vida de Dios y con la pureza y la santidad de una vida sin pecado. Que brille en nosotros esa luz, que apartemos igualmente de nosotros el pecado, que vivamos como ella con espíritu humilde, que sepamos como ella abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra y que nos llenemos de su amor, que resplandezca la santidad en nuestra vida.

martes, 8 de septiembre de 2009

El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día




Miqueas, 8, 2-5
Sal. 12
Mt. 1, 1-16.18-23




Los textos bíblicos que nos ofrece hoy la liturgia hacen más bien referencia al nacimiento de Jesús aun cuando estemos celebrando el nacimiento de María. Creo que podemos comprenderlo fácilmente porque en primer lugar celebrar el misterio de María no podemos hacer sin referencia a Jesús su Hijo. Y por otra parte nada hay en la Biblia que directamente nos cuente el nacimiento de María. Y es que además nunca podemos quedarnos en María sino que siempre ella nos llevará a que nos centremos en Jesús.
Nos llenamos de gozo en esta fiesta del nacimiento de María que es como un anticipo o como un ensayo general para lo que será la alegría del Nacimiento de Jesús. Hay un Himno en la Liturgia de las Horas, tomado probablemente del tesoro inagotable y riquísimo de nuestros poetas místicos de la Edad de Oro del Misticismo, que así precisamente la canta como una invitación a los ángeles a la alegría y a la fiesta en el nacimiento de María como un ensayo para los cantos y las aclamaciones de los coros celestiales en el nacimiento de Jesús.



‘Canten hoy, pues nacéis vos,


los ángeles, gran Señora,


y ensáyense desde ahora,


para cuando nazca Dios.


Canten hoy, pues a ver vienen


nacida su Reina bella,


que el fruto que esperan de ella


es por quien la gracia tienen.


Digan, Señora, de voz,


que habéis de ser su Señora,


y ensáyense, desde ahora,


para cuando nazca Dios’.



El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día. María es la Madre de la luz, con una de las hermosas advocaciones con las que el pueblo cristiano la celebra en muchos lugares en este día, porque es la Madre de Cristo, la verdadera luz del mundo. La luz que brilla y resplandece en la santidad de María es el reflejo de la santidad de Dios, de la que ella bien supo llenarse. Porque ella es la llena de gracia, la que está inundada de Dios, ‘el Señor está contigo’, le dice el ángel de la anunciación.
Pero es que Dios la había llamado y escogido de manera especial para ser su Madre. La había adornado de toda gracia. En el conocimiento de Dios, para quien no hay tiempo, El sabía del sí de María al proyecto de Dios, que no sólo era para su vida, sino para la salvación de la humanidad. Por eso la hizo toda pura, toda santa desde el primer instante de su concepción. Porque si hoy nos alegramos y hacemos fiesta en el nacimiento de María, hace nueves meses exactamente, el 8 de diciembre, la proclamábamos Inmaculada, sin pecado, purísima desde el primer instante de su concepción.
Nos alegramos y cantamos las alabanzas de María en su fiesta. La felicitamos en su cumpleaños, podemos decir con toda razón. ¿No nos felicitamos unos a otros en nuestros cumpleaños, en la coincidencia con el día de nuestro nacimiento? ¡Cómo no hacerlo y hacerlo de manera especial con la Madre, la Madre de Dios pero también nuestra Madre!
Pero ya sabemos cuál es la mejor alabanza y felicitación que podemos hacer a nuestra madre. No son regalos de flores o de joyas lo que ella quiere de nosotros. Esos regalos tendríamos que hacérselos a ella en nuestros hermanos, sus hijos, más pobres. El mejor regalo que podemos hacerle es copiar de ella en nuestra vida sus virtudes y su santidad.
Que aprendamos de María a decir Sí al proyecto de Dios para nuestra vida. Y el proyecto de Dios es un proyecto de salvación. Llenándonos y viviendo su salvación es como estaremos diciendo sí a ese proyecto divino para nosotros. Ese sí pasa por una vida santa, una vida sin pecado, una vida llena de gracia, como la de María. A su lado nos sentimos pequeños y pobres con nuestra vida tan llena de pecado.
Lo que agradaría a María es nuestro propósito y nuestro compromiso de mejorar y cambiar nuestra vida. Ser cada día más santos. si tan prontos somos desgraciadamente para caer en las redes de la tentación y del maligno que nos lleva al pecado, que prontos seamos para levantarnos de nuestro pecado. Sabemos que la Madre está siempre rogando por nosotros que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte como le decimos en el Avemaría, y que con su ayuda seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Te felicitamos, María, es tu cumpleaños

Cuando celebramos el cumpleaños de alguien lo felicitamos y le deseamos los mejores parabienes. Nos alegramos con la alegría de su celebración y participamos con alegría de su fiesta ofreciéndole los obsequios de nuestro amor y amistad que se traduce muchas veces en los regalos que le hacemos.
Hoy es el cumpleaños de María. Es la fiesta de la Natividad, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra. También queremos felicitarla con nuestro más sincero amor y ofrecerle el ramos de rosas de nuestro corazón. Hoy es una fiesta muy importante de María, en la que queremos participar con mucha alegría. Una fiesta que en la devoción popular de nuestros pueblos se traduce en numerosas advocaciones en torno al misterio de María. Virgen de la Luz, Virgen del Socorro, Virgen de los Remedios, Virgen de Abona, Virgen del Pino... por mencionar algunas de las que se celebran en esta tierra canaria en sus diferentes pueblos e islas.
La liturgia toda de este día es un canto de felicitación, de alabanza y de alegría en el Nacimiento de María. Cuando digo la liturgia no me refiero sólo a la celebración de la Eucaristía, sino también a la Liturgia de las Horas a través de los diferentes momentos del día. Recogemos algunas de las expresiones que aparecen en la liturgia y que pueden ayudarnos a vivir el sentido de esta fiesta.
‘Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anuncia la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna’, que decimos en la antífona del Benedictus en Laúdes. Así nos habla también de ‘las primicias de la salvación’ que hemos recibido por el nacimiento de María en la oración litúrgica de esta fiesta. Por eso, ‘celebramos con alegría el nacimiento de María, la Virgen: porque de ella nació el Sol de justicia, Cristo el Señor’.
Y si nos habla del nacimiento del ‘sol de justicia, Cristo, el Señor’, el nacimiento de María se convierte para nosotros en la aurora. Ese resplandor que anuncia el día, que anuncia el nacimiento del sol. María es esa Aurora de la salvación porque de ella va a nacer Jesús. Así lo expresamos en la oración después de la comunión en la Misa. ‘Nacimiento de la Virgen María que fue para todo el mundo esperanza y aurora de la salvación’.
Por eso la liturgia nos habla de gozo y alegría a todo momento, gozo y alegría que podemos decir que es también el gozo y la alegría de Dios en el nacimiento de María. Dios la había escogido, la había predestinado para ser su madre, y por eso derramó sobre ella toda gracia y toda bendición. La preservó de todo pecado desde el primer instante de su Concepción en previsión de los méritos de su Hijo. Así lo celebramos hace nueve meses cuando celebrábamos su Concepción y la llamábamos Inmaculada, Purísima. Y Dios se gozó en María, en su belleza y en su santidad. ‘Hoy es el nacimiento de Santa María Virgen, que nos dice una de las antífonas de su fiesta, en cuya bella y humildad Dios se ha complacido’.
Nos felicitamos con María y felicitamos a María en la fiesta de su nacimiento. Cantamos a María y con ella queremos cantar a Dios la mejor de las alabanzas. Le ofrecemos el mejor regalo de nuestro amor que es querer copiar en nosotros su propia santidad. Por eso, con algunas de las advocaciones con que en este día la festejamos, queremos sentirla como Madre que remedia nuestros males, y la llamamos Virgen de los Remedios. Es la madre intercesora a quien acudimos y que sabemos que nos protege. Es la madre a la que confiamos todas las cuitas y deseos de nuestro corazón.
Virgen de la Luz también la llamamos, porque es la aurora que nos anuncia la Luz del Sol, Cristo el Señor, que viene a iluminar nuestras vidas. Queremos llenarnos de su luz. Queremos seguir el rastro de luz que se desprende de María, porque sabemos que si lo seguimos vamos a encontrar la Luz verdadera, Cristo el Señor.