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martes, 8 de septiembre de 2020

Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús


Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Todos celebramos el cumpleaños. Recordamos el día de nuestro nacimiento, de nuestra venida a la vida y normalmente lo hacemos con gratitud, decimos, a la vida misma como ese don maravilloso que se nos ha regalado y del que recordamos tantas experiencias maravillosas que nos ha dado la vida misma.

Ya desde niños estamos ansiosos porque llegue el día de nuestro cumpleaños, es un año más decimos, con lo que nos vamos haciendo mayores como todos deseamos; como niños anhelamos la fiesta que significa ese día en que nuestros padres aún en su pobreza siempre sabían tener un detalle especial para ese día; los mayores recordamos aquellos años de nuestra niñez y nuestras ilusiones, en las que nos contentábamos con el más pequeño detalle que nos parecía el regalo más grande del mundo conscientes de la situación que quizá entonces vivíamos.

Hoy nuestras fiestas de cumpleaños se han ido ampliando en todo el espectro de la familia y celebramos de manera especial el día del padre y como no el día de la madre, pero no en ese aspecto tan consumista y comercial cuando nos lo centran todo en un día, sino en ese día que es el cumpleaños concreto de nuestro padre y sobre todo de nuestra madre. Ahí nos desbordamos los hijos, que quizá hoy contemos con otros medios, pero sobre todo queremos poner amor expresado en mil detalles, que quizá en el día a día olvidamos tener con nuestra madre, o tener con nuestro padre.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que hoy celebramos el cumpleaños de María, la madre del Señor y nuestra madre. Hoy es la fiesta de la Natividad de Maria. Si hace nueve meses, el ocho de diciembre, celebramos su Inmaculada Concepción, hoy estamos celebrando su nacimiento. Hoy nace la aurora de la salvación, como proclama la liturgia. La aurora con sus primeros resplandores en el horizonte ya nos está anunciando el esplendor del sol que pronto surgirá iluminando el mundo. Hoy es la aurora, porque el nacimiento de María en el designio de Dios da pie para que comience a realizarse la salvación del mundo; ella va a ser la mujer con la que Dios quiere contar para encarnarse en su seno y hacerse hombre por nuestra salvación.

Es un día de alegría, como siempre es día de alegría el nacimiento de un niño, como siempre recordaremos ese momento del nacimiento lleno de alegría, y hoy es día en especial de alegría porque nace la que va a ser la madre de Dios, aquella por la que vendrá el Salvador al mundo, y por eso a ella la llamamos también mediadora de la salvación.

Este día 8 de septiembre está salpicado por toda la geografía con fiestas a la Virgen María en diversas advocaciones; advocaciones todas ellas llenas de sentido y que han nacido del calor del amor de los hijos por la madre que buscarán siempre las mejores palabras para los más hermosos piropos, que buscarán los mejores nombres que vengan a dar significado al misterio de María en la obra de nuestra redención. Algunos nombres nacen quizá del lugar donde está ubicada su imagen cuando no la imagen de María ha sido también la que ha dado nombre a aquel lugar; pero nombres que expresan lo que María nos trae, lo que María como madre nos alcanza del Señor para la obra de nuestra redención.

En mi tierra y en concreto en mi isla es muy socorrido el nombre de Virgen del Socorro, de Virgen de la Luz, de Virgen de los Remedios, por señalar algunos con que se celebran fiestas en honor de María en el día de su Natividad. ¿Cómo no sentir que Maria es nuestro Socorro y nuestra ayuda si a ella con tanta confianza acudimos para que nos alcance la gracia del Señor? ¿Cómo no invocarla como madre de la Luz cuando ella nos viene a traer al que es la luz del mundo? ¿Cómo no llamarla igualmente Madre de los Remedios porque ella está como consuelo a nuestro lado en nuestros sufrimientos y problemas abriéndonos caminos en los que encontremos respuesta a nuestras necesidades o a los interrogantes profundos que surgen en nuestra vida? Y María es todo eso y mucho más para nosotros porque siempre hace referencia a Jesús, siempre nos trae a Jesús y siempre nos conduce a que escuchemos a Jesús y hagamos lo que El nos diga.

Nos felicitamos con María y felicitamos a María en su cumpleaños. Como buenos hijos nos llenamos de alegría y le ofrecemos todo nuestro amor queriendo llevarla siempre en lo más hondo del corazón. Igual que no falta la foto de la madre que llevamos siempre con nosotros impresa en lo más hondo de nosotros mismos, que tampoco nos falte esa imagen de María en esa estampa de nuestra devoción para que así sintamos siempre cómo ella va con nosotros, está a nuestro lado como remedio, como socorro o como luz de nuestra vida porque siempre nos conducirá hasta Jesús. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas


Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

Hoy nos toca felicitar a la Madre; hoy nos toca felicitar a María, la Madre del Señor, nuestra madre también. Es su día, es el día de su nacimiento. Nos alegramos con María, nos felicitamos con María. Como ella decimos también ‘desborda de gozo mi espíritu en Dios mi salvador’, desborda de gozo nuestro corazón con María, la Madre del Señor.
La felicitamos a ella, a la que llamarán dichosa todas las generaciones. Y las madres sienten un regocijo en su alma cuando los hijos tienen un recuerdo para ellas, cuando las felicitamos en su día y queremos obsequiarle lo mejor de nuestro amor. le hacemos regalos, buscamos ramos de flores que ofrecerle, no sabemos qué cosa mejor le podemos ofrecer y todos son cariños para nuestra madre repitiéndole una y otra vez cuanto la queremos, lo dichosos que nos sentimos con ella, porque para nosotros es la mejor mujer del mundo, la que nos dio nuestro ser.
Así queremos hacer con María en el día de su cumpleaños. Y es que no solo la queremos felicitar, sino que queremos decir lo felices que nosotros nos sentimos con una madre así. Nos felicitamos con María, nos regocijamos con María, nos queremos sentir unidos desde lo más hondo de nosotros mismos con María, como lo queremos hacer con nuestra madre, y tanto es lo que queremos unirnos a ella que a ella queremos parecernos, de ella queremos copiar sus mejores virtudes, sus mejores valores, como los hijos hacen siempre con la madre.
Es la mayor dicha que puede sentir una madre el que le digan que su hijo se le parece; es la mayor dicha que nosotros podemos sentir que nos puedan decir también que nos parecemos a nuestra madre. Así queremos hacer con María, nos revestimos de María, nos vestimos de María porque igual que ella es el molde en el que se hizo Jesús como hombre, así nosotros queremos meternos también en ese molde de María no solo ya para parecernos a ella, sino para sentirnos profundamente configurados con Cristo, con la misma figura de Cristo, con sus mismos sentimientos y actitudes, con su mismo amor. Jesús como hombre se configuró en su corazón, pues todo eso que Jesús aprendió de María, nosotros también queremos aprender de ella.
No queremos hacernos ahora hacernos grandes consideraciones y hacer poco menos que unas listas de las virtudes de María, sino que simplemente como hacen todos los hijos con su madre en su día, sentirnos felices y dichosos con ella y hacerla a ella también feliz y dichosa porque le mostramos nuestro amor, porque le queremos decir y repetir, cantar una y otra vez las felicitaciones y cuanto la amamos.
Mostrémosle nuestro amor con la santidad de nuestra vida, pareciéndonos a ella. Gocémonos con María y llevémosla siempre muy presente en nuestro corazón y en nuestra vida. No temamos ni nos de vergüenza decirle piropos a María, cantando asi con la alabanza a María las alabanzas del Señor.

viernes, 8 de septiembre de 2017

‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.

Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Romanos 8, 28-30; Mateo 1, 1-16.18-23
Hoy es un día especial en el que felicitamos a María, un día en que nos felicitamos con María. Como lo hacemos con la madre al celebrar su onomástica o su cumpleaños. No solo la felicitamos sino que nos felicitamos con ella porque es nuestra Madre, nos alegramos con su alegría, nos alegramos por tenerla por madre, nos gozamos y felicitamos a nosotros mismos por su amor. En el día del cumpleaños de la madre cuantos recuerdos afloran no solo a nuestra mente sino también a nuestro corazón; rememoramos su vida pero rememoramos sintiendo una vez más en nosotros su amor, ese amor que se ha derramado desde la madre sobre sus hijos cada uno de los días de su vida.
Y eso es lo que hoy queremos celebrar con María. Durante el año muchas fiestas hacemos en su honor recordando las maravillas que el Señor hizo en ella; celebramos muchas fiestas en su honor porque es recordar el amor que nos tiene y de que de una forma maravillosa va derramando sobre nosotros; cada una de esas fiestas es como un hito en nuestra historia o en la historia de nuestra Iglesia por esa presencia especial de María.
La recordamos y acompañamos en su dolor sintiendo así su amor sobre nosotros al que queremos corresponder, pero queremos caminar con ella en su espíritu de servicio para caminar como ella fue al encuentro de Isabel nosotros ir también al encuentro con los demás; la vemos a nuestro lado como estuvo con los discípulos en el cenáculo y sentimos como ella nos impulsa una y otra vez para que nos abramos al espíritu del Señor. Y así podemos recordar tantos momentos de nuestra vida y de la presencia de María junto a nosotros; por eso la invocamos con tantos nombres que no quieren ser sino la expresión de lo que ella significa para nosotros y como nosotros así la sentimos en nuestra vida y en nuestra historia.
Pero hoy es un día muy especial, es su cumpleaños, es la fecha de su nacimiento, es el momento en que recordamos aquella niña que abrió sus ojos a la luz de este mundo en un día así, y que fue la alegría y la esperanza para sus padres, a quienes invocamos y recordamos como Joaquín y como Ana, aunque el evangelio no nos hable de ellos. Cuando nace un niño cuantas esperanzas se abren en las puertas de la vida. ¿Qué será de este niño? Quizás siempre pensamos en medio de las alegrías de su nacimiento y eso sería también lo que surgió en aquellos corazones en aquella casa perdida en las callejuelas de Jerusalén a las espaldas del templo. Allí hoy un hermoso templo nos recuerda el nacimiento de María y muy cerca de la piscina probática cercana a la puerta por donde entraban las ovejas y animales para los sacrificios del templo, de ahí el hombre de la piscina, probática, de las ovejas. Todo pudiera ser muy significativo.
Quizá la incertidumbre del futuro aunque fuera muy lleno de esperanzas era lo que predominaba en aquel hogar y entre familiares y amigos ante el nacimiento de aquella niña. Pero nosotros bien sabemos que había brotado un renuevo del tronco de Jesé  de donde había de florecer un vástago que nos traería la salvación. Comenzaban a cumplirse los anuncios del profeta. Ya los santos padres desde la antigüedad vieron en el nacimiento de esta niño ese renuevo del tronco de Jesé y el principio de ese vástago de salvación que había de florecer; así lo han expresado incluso los artistas de todos los tiempos en sus imágenes y hasta en los versos llenos de poesía con que se ha querido honrar a María en su nacimiento. ‘Cuando nació la Virgen María el mundo se iluminó, ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, rezamos con las antífonas de la liturgia de este día.
Aquella niña iba a ser la bendecida del Señor porque bendito para nosotros iba a ser el fruto de su vientre que nos traería la salvación. Así nosotros celebramos con alegría su natividad, el nacimiento de María. Nuestros pueblos en este día celebran su fiesta con diversas invocaciones en su honor, siendo nuestro socorro y el remedio de nuestras vida, siendo la luz que nos ilumina por nos anuncia y nos trae la verdadera luz. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.
Felicidades María, es tu cumpleaños. Contigo nos alegramos y nos felicitamos porque a través de ti nos llego la salvación; contigo nos alegramos y felicitamos como Jesús quiso dárnosla como Madre; contigo nos alegramos y felicitamos porque tu nacimiento es la aurora que nos anuncia el gran día de la salvación que nos llegará por tu Hijo Jesús.

martes, 8 de septiembre de 2015

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

‘Celebremos con devoción en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias’. Así proclama una de las antífonas de la liturgia en este día de Natividad de la Virgen María.
Con María se derramaron todas las bendiciones de Dios para toda la humanidad. Con María nos llegó Jesús. Ella es como la aurora que anuncia la llegada de la salvación. María es bendita de Dios, la bendecida del Señor con todas las gracias. ‘Llena eres de gracia porque el Señor está contigo’, le dijo el ángel en la Anunciación. El Señor se fijó en María, la escogió y predestinó desde toda la eternidad para que fuese la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. En sus purísimas entrañas habría de encarnarse el Hijo de Dios y así nos llegaría el Salvador, así llegaría la salvación para toda la humanidad.  
Justo es que nos alegremos en su nacimiento por todo lo que iba a significar para la humanidad. Si en la vida nuestra de cada día recordamos y celebramos el día de nuestro nacimiento y festejamos el cumpleaños de aquellos seres cercanos y queridos de nosotros, con razón nosotros tenemos que festejar el cumpleaños de María, celebrar su nacimiento como hoy lo hacemos.
Muchas son las advocaciones con que la invocamos en este día en nuestras Iglesias. Por mencionar advocaciones cercanas en mi geografía particular la llamamos Virgen de la Luz y Virgen de los Remedios, aunque también se celebran otras fiestas de la Virgen en su patronazgo sobre pueblos y regiones en nuestro entorno, como es la Virgen del Pino en nuestra diócesis hermana de Canarias. Da igual el nombre con que la invoquemos, porque quiere expresar un vínculo de especial devoción o queremos resaltar de alguna manera lo que María puede significar en el camino de nuestra vida. Lo importante es el amor que le tenemos porque es la madre, la Madre del Señor y también nuestra madre.
Y como los buenos hijos que quiere alegrar el corazón de la madre al ofrecerle las flores de nuestro amor y nuestro cariño lo queremos expresar también sintiéndola cercana a nosotros, pero queriendo acercarnos nosotros a ella no solo para manifestarle nuestras cuitas y deseos sino también para escucharla y sentirla cerca de nuestro corazón como los hijos hacen siempre con las madres.
Escuchamos a María que siempre nos está mostrando a Jesús y señalando el camino que nos lleva a Jesús. Con ella siempre encontraremos a Jesús y en El nuestra vida y nuestra salvación. Así nos lo muestra el evangelio cuando los pastores, los magos de oriente o las gentes de Belén o los ancianos del templo hasta ella se acercan; encontrarán siempre a Jesús. Pero a ella la contemplamos también siguiendo los pasos de Jesús para plantar la Palabra de Dios en su corazón igual que un día el Verbo de Dios se había encarnado en sus entrañas. Y a ella la contemplaremos también al lado de Jesús en el momento supremo de la entrega, del sacrificio; allí junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre.
¿No serán esos los caminos que María nos está señalando ya desde el día de su nacimiento? seguir esos caminos que ella nos señala será, pues, la mejor forma de presentarle nuestra felicitación en su nacimiento, hacerle la más hermosa ofrenda de amor filial. Amemos así a María, sintamos amor tan cercano, tan dentro de nuestro corazón, y escuchemos y sigamos el camino que nos señala que nos llevará siempre hasta Jesús.

sábado, 8 de septiembre de 2012


Desbordo de gozo con el Señor en el nacimiento de María
Miq. 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16.18-23

‘Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios’. Dichosa, feliz, te decimos María en el día en que celebramos tu nacimiento. Te felicitamos y nos felicitamos contigo. Te felicitamos y contigo nos alegramos en tu natividad porque tu nacimiento es la aurora que anuncia el día de la salvación, tu nacimiento nos anuncia la llegada de la salvación. Felicidades, madre; felicidades, María. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo sol nace de ella’, que dice la liturgia en este día en uno de sus himnos.

Claro que sí, tenemos que felicitar a María. ‘Desbordo de gozo con el Señor, cantaré al Señor todo el bien que me ha hecho’, repetíamos en el salmo. Así nos llenamos de gozo en esta fiesta de la Natividad de María. 
Si a cualquiera de los seres de este mundo que conocemos y amamos los felicitamos en el día de su cumpleaños, así también tenemos que felicitar a la madre, tenemos que felicitar a María. Es nuestra madre; es la madre del Señor; por ella nos llegó la salvación. Así nos lo repite de mil maneras la liturgia en este día. Y como dice uno de los himnos litúrgicos de esta fiesta celebrar la natividad de María es como ensayar o entrenarnos para cuando celebremos la Natividad del Señor. ‘Canten hoy, pues nacéis vos, los ángeles, gran Señora, y ensáyense, desde ahora, para cuando nazca Dios’.

Así hoy por todos los lugares celebramos una fiesta en honor de María en sus distintas advocaciones. Y la llamamos la Madre de la Luz, y la Madre de los Remedios en muchos pueblos de nuestras islas, y otras muchas advocaciones más locales como la Virgen del Pino en Gran Canaria y con otros nombres en otros lugares.

Pero la mejor felicitación que le podemos hacer a María, el mayor amor que le podemos mostrar es querer parecernos a ella en su fe, en su amor, en su santidad. Contemplamos a María en la grandeza a la que Dios quiso llamarla para que ocupara un lugar importante en la historia de nuestra salvación siendo la madre del Salvador. Pero es que el Señor se había complacido en ella por su fe grande y por su amor, por su humildad y por la santidad con que quería resplandecer en su vida. 

Es cierto que ya el Señor la hizo grande y la llenó de todas las gracias cuando incluso la preservó de la mancha del pecado original, pues santa había de ser la que llevara en su seno al Hijo de Dios en su encarnación. Pero si el Señor la llenó de gracia no le restó para nada su libertad, libertad con la que ella día a día respondía al Señor sintiéndose pequeña y humilde, pero grande en su fe y en su amor. María es el mejor ejemplo de respuesta a la gracia del Señor. El sí que en Nazaret dio como respuesta al anuncio del ángel de parte del Señor era el sí que cada día ella daba a Dios en su fe y en su amor. 

Es la gracia con la que el Señor quiere fortalecernos también a nosotros en cada día y en cada instante de nuestra vida. De María hemos de aprender a responder a la gracia del Señor. Ella estaba llena de Dios y por eso sabía decir sí en cada momento; nosotros en la debilidad de nuestro pecado muchas veces en lugar de llenarnos de Dios nos llenamos de nuestro yo, de nuestros orgullos o de nuestros saberes, olvidándonos de Dios. Es lo que tenemos que aprender a hacer como lo hizo María. Pongamos humildad en nuestro corazón para dejarnos conducir por el Señor, como lo hizo María. 

Hoy en la oración hemos pedido que ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su nacimiento’. Que nos llenemos, sí, de esa paz cuando el corazón lo tenemos lleno de Dios. Por eso quiero terminar esta reflexión con el final de uno de aquellos himnos litúrgicos de la fiesta de la Virgen que antes mencionábamos. ‘Vete sembrando, Señora, de paz nuestro corazón, y ensayemos, desde ahora, para cuando nazca Dios’.

viernes, 24 de junio de 2011

Juan Bautista, su nacimiento un testimonio de luz para el mundo


Is. 49, 1-6;

Sal. 138;

Hechos, 18, 22-26;

Lc. 1, 57-66.80

En diversas ocasiones a través del año la liturgia nos presenta la figura de Juan Bautista. De forma intensa en el Adviento por cuanto fue el que venía a preparar los caminos del Señor y con la voz de los profetas y la voz y figura del Bautista nos preparamos nosotros entonces a la celebración del nacimiento del Señor. Pero en el entorno de las mismas fiestas navideñas seguirá apareciendo en la celebración del Bautismo del Señor e incluso al principio del tiempo Ordinario porque nos señalará al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, sobre el que él vió bajar al Espíritu en forma de paloma, escuchando también la voz del Padre del cielo.

Pero la celebración de este día tiene un especial significado y es celebrada con muchas muestras de alegría en medio del pueblo cristiano. Seis meses antes de la Navidad del Señor celebramos esta navidad, natividad del Bautista, como nueve meses después de la Inmaculada Concepción de María celebraremos su Natividad, la Natividad de María el 8 de setiembre.

La liturgia mantiene en sus fechas los ritmos naturales del ser humano, aunque no signifique eso que las fechas escogidas en la tradición de la Iglesia quiera decirnos que fue en esta fecha concreta cuando sucedieron los acontecimientos. Fechas que se fueron señalando en la medida que el sentido cristiano de la vida iba impregnando también la sociedad y aquellas fiestas paganas eran sustituidas por los misterios cristianos.

Hoy querrían algunos en nuestra sociedad secularizada hacer un camino inverso como si se quisiera volver a un neopaganismo, pero que los cristianos tenemos que saber conservar el sentido cristiano de nuestras celebraciones que también han influido en el caminar de la historia. Hay muchas cosas que tenemos que cuidar en nuestra sociedad y los signos y las fechas religiosas y cristianas no podemos dejar que nos las pisen o quieran anularlas.

Pero centrémonos en la festividad del nacimiento de san Juan Bautista que hoy estamos celebrando. Decíamos que tiene un especial significado. Muchas obras maravillosas realizó el Señor en torno a su nacimiento para señalarnos la misión profética especial, como precursor del Mesías, que tenía el hijo de Zacarías e Isabel. Si el profeta Isaías había dicho ‘el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre… y el Señor que desde el vientre me formó siervo suyo para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel…’ en Juan mucho más podemos ver ese designio de Dios en la misión que le encomendaría.

El ángel del Señor le había anunciado a Zacarías allá en el templo a la hora de la presentación de la ofrenda del incienso que ‘su mujer Isabel le daría un hijo al que llamaría Juan… será grande a los ojos del Señor… se llenará de Espíritu santo ya en el vientre materno y convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios, porque irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías… te llenarás de alegría y muchos se alegrarán en su nacimiento’. Parece que se repitieran las palabras del profeta cumpliéndose en el nacimiento de Juan, y que había sido santificado en el seno de su madre con la presencia de María en la visita a su prima Isabel donde se nos habla de cómo la criatura saltaba en el seno materno al oir las palabras de María y sentir aquella especial presencia de Dios que se encarnaba en el seno de la Virgen.

Así fue la alegría en la montaña y en su nacimiento ‘cuando se enteraron los vecinos y familiares felicitaban a Isabel de que el Señor le había hecho gran misericordia’. Alegría que se ha desbordado por los siglos en que el pueblo cristiano sigue celebrando con gran regocijo el nacimiento del Bautista.

Creo que cuando en esta fiesta nos estamos haciendo esta reflexión meditando todos aquellos acontecimientos que rodearon el nacimiento del Bautista hemos de saber descubrir también la Palabra que el Señor tiene para nosotros y que hemos de saber escuchar en nuestro corazón y plantar en nuestra vida. No nos podemos quedar en alegrías externas ni en costumbres ancestrales que repitamos en este día luminoso.

Y digo día luminoso no sólo en el sentido material de la luminmosidad propia de estas días que son los más largos del año con mayor horas de sol, sino por la luz que el nacimiento del Bautista tiene que proyectar sobre nuestra vida para que sigamos los caminos de la salvación y de la paz que el Señor nos ofrece.

El profeta lo había anunciado como ‘la luz de las naciones para que la salvación alcance hasta el confin de la tierra’. Y Jesús diría de él que ‘él era la lámpara que ardía y brillaba’, por lo que ya el principio del evangelio de Juan nos habla de él diciendo que venía a dar testimonio de la luz. ‘Venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.

Recojamos, pues, ese testimonio; miremos hacia donde nos señala Juan para que vayamos siempre tras Jesús como aquellos primeros discípulos. A Juan no le importaba menguar con tal que creciera Jesús. Por eso claramente nos lo señalará: ‘He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre El. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’.

Es el fruto que hemos de dar nosotros en esta fiesta que hoy estamos celebrando. Que con el testimonio de Juan crezca nuestra fe en Jesús. Pero tendríamos que decir más. Nosotros estamos llamados también a dar testimonio. Que por nuestro testimonio, el que demos con nuestras palabras y demos con nuestra vida, otros muchos también puedan ir tras Jesús, comiencen a conocer a Jesús y a seguir a Jesús. Es testimonio de luz que nosotros hemos de dar. Es anuncio del evangelio el que nosotros hemos de hacer.