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sábado, 25 de julio de 2026

Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

 


Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Sueños todos tenemos; y no quiero referirme a esos sueños que a la hora del descanso nuestra mente y nuestra imaginación, como la loca de la casa como alguien la ha llamado, nos hace hacer viajes inimaginables que bien pudieran ser en ocasiones reflejos de recuerdos o de parte de nuestro subconsciente que hace aflorar mil cosas en nuestra imaginación o en los que pudiéramos leer también aspiraciones y deseos que llevamos ocultos y que en una vida de consciencia no nos atrevemos quizás a manifestar.

Pero no me refiero a esos sueños, sino en los que en estado de vigilia vienen también a nuestra mente e imaginación pero quizás como construcciones previas que nos hacemos de nuestro futuro. Nos vemos en situaciones que en el fondo son nuestras aspiraciones, nos hacemos proyectos llenos de imaginación que quizás luego no siempre nos atrevemos a plasmar, aparecen los deseos de cómo nos gustaría que fuese nuestra vida o quizás también la sociedad en la que vivimos, los cambios que nosotros haríamos para hacer que las cosas marchen mejor, o también a aquellas posiciones que nos gustaría alcanzar y por las que quizás nos pusiéramos a trabajar por conseguir.

Sueños, aspiraciones, proyectos, deseos de algo nuevo o que nosotros consideramos mejor que lo que hacemos o tenemos. ¿A donde nos pueden llevar? ¿Aflorará quizás la vanidad? ¿Nos quedaremos ensimismados en los sueños que nos parecen realidad pero que en el fondo no llegamos a realizar? ¿O serán un acicate para comenzar nuestras luchas que algunas veces pueden cegarnos? Pero sueños todos tenemos en nuestra mente porque además son signos de que estamos vivos y queremos vivir.

¿Por qué nos extraña que los hijos de Zebedeo también tuvieran sus sueños? La presencia y la palabra de Jesús había despertado esperanzas en el pueblo, podían estar comenzando a pensar que Jesús bien podía ser el Mesías anunciado por los profetas y que ellos con tantas ansias también esperaban; de Juan sabemos que incluso había sido discípulo del Bautista, aquel profeta que había surgido en el desierto en las orillas del Jordán; conocido era también el ardor con que vivían sus esperanza de manera que incluso les llamaran los ‘hijos del trueno’ y con las esperanzas de una futura restauración de la sobraría de Israel con la llegada del Mesías, siendo además parientes de Jesús es normal que soñaran con alcanzar algún lugar de influencia o de poder en ese Reino que anunciaba Jesús.

Es la petición que a través de su madre le hacen a Jesús. ¿Sabían lo que pedían? Al menos sabían lo que eran sus sueños que esperaban a alcanzar. Por eso ante la pregunta de Jesús no sé si con mucha conciencia del sentido con que Jesús les había la pregunta habían respondido que si y que no les importaba beber de la misma copa de Jesús. No solían haber muchas copas distintas para servir las bebidas en los banquetes donde casi todos bebían de las mismas copas. Claro que su conciencia no iba más allá de sus ambiciones terrenas aunque responden afirmativamente a Jesús.

Pronto surgirán los comentarios desconfiados de los otros que quizás también tenían las misma aspiraciones, pero que Juan y Santiago se les habían adelantado. Pero Jesús tiene la lección por de todo y en todo siempre El nos ofrece su enseñanza. ¿Sentarse a mi derecha o a mi izquierda? No me toca a mi concederlo, en los planes del Reino de Dios que es lo que quiere el Padre otros son los caminos. Por eso ante los reclamos soterrados de los demás El les explica que ser los primeros significa primero hacerse los últimos, que solo por el camino del servicio, de hacerse servidor de todos es por donde se alcanzarán las verdaderas grandeza.

‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo…’ Son los nuevos parámetros que nos ofrece Jesús; no vamos a ir copiando e imitando lo que son los poderes de este mundo, porque sabemos siempre como acaba todo, en la vanidad, en la soberbia, en los pedestales, en no buscar sino los propios intereses; lo estamos viendo continuamente, son noticias que nos salen todos los días en las primeras paginas de los noticiarios, aunque siempre se presentan con mucha sagacidad y disimulo, con bonitas palabras, pero con la doble cara de la falsedad y de la hipocresía.

Nosotros tenemos a quien imitar. ‘Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. No tenemos otro modelo que Jesús. Pasó haciendo el bien, lo definirá más tarde san Pedro. Lo contemplaremos tomando la jarra del agua y ciñéndose la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Y es así como tenemos parte con El, porque el nos lava los pies, pero porque nos dice que si el Maestro y el Señor nos ha lavado los pies, así tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros.

Y aquí sí tenemos que responderle al Señor que sabemos lo que pedimos y lo que queremos, porque bien que nos lo ha explicado y bien que ha ido delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso comenzaremos a amarnos, pero no con un amor cualquiera sino como El nos ha amado y se ha entregado por nosotros.

Cuando hoy celebramos el día del Apóstol Santiago y además lo proclamamos patrono de España porque según la tradición a nuestras tierras del fin de la tierra vino a anunciar el Evangelio, ¿será esa la imagen que nosotros demos ante el mundo que nos rodean? ¿será es nuestra forma de evangelizar? ¿será esa la imagen de la Iglesia que damos ante el mundo que nos rodea? ¿serán esos nuestros sueños de cómo hemos de anunciar el Evangelio?


domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


jueves, 10 de octubre de 2024

Disfrutar y gozarnos de la presencia de Dios es oración, no es atrevimiento sino confianza, porque todo arranca de la fe y del amor y Dios siempre está ahí

 


Disfrutar y gozarnos de la presencia de Dios es oración, no es atrevimiento sino confianza, porque todo arranca de la fe y del amor y Dios siempre está ahí

Gálatas 3, 1-5; Salmo: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

Qué bueno y qué gozo interior se siente cuando sabemos que quien nos ama y a quien nosotros amamos tenemos la certeza de que está ahí a nuestro lado, sean momentos buenos y de felicidad como en los momentos difíciles y oscuros de la vida; saber que podemos contar con él, solo con su presencia nos sentimos felices y fortalecidos para los caminos de la vida.

Lo que he dicho lo podemos ver y sentir en lo humano y con ello podemos referirnos a la presencia de la familia que nos quiere, de los amigos que nos aprecian, de esas personas buenas que están a nuestro lado en la vida y sabemos que siempre podamos contar con ellas. Pero podemos hacer una traslación a lo espiritual, para sentirnos fortalecidos por dentro con la presencia de Dios en nuestra vida que sabemos que no nos falla.

Decimos que la sombra no nos deja y va con nosotros allá donde vayamos, pero en este caso tenemos que decir que es una luz que nos envuelve para sentirnos totalmente iluminados y transformados; no es algo que vamos dejando tras nosotros como una sombra, sino que es luz que viene a nuestro encuentro y nos da sentido de vida.

Una presencia que tenemos que saber vivir con fe, no solo como algo de lo que echamos mano cuando estamos necesitados, sino que se hace vida en nosotros en toda situación y circunstancia. Una presencia de la que tenemos que gozarnos, una presencia que tenemos que saber buscar y descubrir, una presencia que es Misterio porque la inmensidad de Dios será algo que no podremos abarcar en toda su plenitud pero que también es gracia porque es Dios mismo el que nos regala su presencia y su presencia siempre será amor presente en nuestra vida. No olvidemos que Dios es amor.

Hoy Jesús vuelve a hablarnos del sentido de la oración y pareciera, porque es en lo que siempre de manera especial nos fijamos, que la oración es solo petición, pero la oración es mucho más. Cuando estamos viviendo y disfrutando de esa presencia, aunque no digamos nada podemos y tenemos que decir que estamos en oración. Por eso Jesús no solo nos habla de pedir sino de buscar, de llamar, que es abrirnos con fe a ese Misterio de Dios que nos regala, que se hace encontrar, que nos responde, que nos habla y nos hace sentir su presencia allá en lo más hondo de nosotros.

Claro que Jesús nos pondrá el ejemplo, como pequeña parábola, del hombre a quien le llega inesperadamente un huésped y al no tener nada que ofrecerle acude al vecina, sea la que sea la hora del día o de la noche, para conseguir lo que ofrecer a su huésped. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué tiene tal atrevimiento de ir incluso en las horas de la noche? Porque tiene la confianza de que el amigo está ahí siempre, a la hora que sea, y siempre a la hora que sea le va a atender. Siempre a la hora que sea sabemos que Dios está ahí y nos escucha y se hace presente en nuestra vida. Es el padre que siempre le dará al hijo lo que necesite y nunca le va a ofrecer algo que pueda hacerle daño.

‘Todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’, viene a decirnos jesus. Por eso, como hemos reflexionado en otro momento, Jesús nos enseña a que lo llamemos Padre. Como nos dirá san Juan en sus cartas, es que somos sus hijos, hijos amados de Dios, porque el amor arranca no del amor que nosotros podamos ofrecer, sino del amor primero que Dios siempre nos ha tenido.

Esa tiene que ser nuestra oración, ese tiene que ser el sentido de nuestra oración. No tenemos que preocuparnos tanto por lo que vamos a decirle o a pedirle, sino por disfrutar y gozarnos de su presencia, porque sabemos que Dios siempre está ahí.

 

jueves, 5 de octubre de 2023

Acuérdate del Señor, tu Dios, que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza y te ha dado el bienestar en que vives

 


Acuérdate del Señor, tu Dios, que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza y te ha dado el bienestar en que vives

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Crón 29, 10-12; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

¿Nos creemos merecedores de todo? Algunas veces parece que damos esa impresión. No es que vayamos buscando pleitesía pero sí pasamos como insensibles ante lo que recibimos y no tenemos palabras ni gestos para mostrar nuestra gratitud a los demás. Es cierto que mascullamos la palabra ‘gracias’ un poco por cortesía cuando nos dan algo, aunque también hemos de reconocer que esos buenos modales de educación también se van perdiendo hoy. Se nos puede quedar en una palabra de cortesía sin que lleguemos a mostrar una actitud interior de gratitud.

Son los pequeños detalles de la vida de cada día, que muchas veces nos faltan, pero también hemos de decir que nos sobra mucha autosuficiencia en que nos creemos que nos valemos por nosotros mismos sin necesitar nunca nada de los demás. Sí, es nuestra relación de los unos con los otros donde fallamos, pero reconozcamos que muchas veces nos envolvemos de una sequedad en la vida que nos hace caminar sin querer mirar a los lados, a los que caminan con nosotros, de los que estamos recibiendo mucho, o de la vida misma que nos regala multitud de ocasiones y oportunidades, que no siempre es que lo hayamos cosechado por nosotros mismos.

No sabemos mirar tampoco el conjunto de la vida, para dar gracias también por lo que por nosotros mismos hemos ido avanzando, pero también de la riqueza que estamos recibiendo de nuestro entorno, que tendríamos que ver con una trascendencia mayor. Quizás cuando pasamos por malos momentos buscamos apoyos y ayudas, no queremos sentirnos solos y queremos que nos arropen en nuestras luchas y esfuerzos, y ahí entra también nuestra dimensión espiritual donde estamos en esos momentos muy prontos para acudir a Dios que nos ayude o nos haga salir vivos de esas situaciones por las que estamos pasando. Pero bien sabemos que cuando pasa la tempestad pronto olvidamos todo aquello que antes habíamos pedido quizás con tanta angustia.

Es necesario detenernos, recapacitar, reconocer, descubrir nuevas actitudes y nuevos valores que tendríamos que tener más en cuenta. Algunas veces no sabemos cómo hacerlo. Pero es necesario. Tenemos que mirarnos menos a nosotros mismos para descubrir la riqueza que tenemos a nuestro alrededor, para apreciar lo que recibimos de los demás, lo que nos viene por la gracia de Dios.

Estamos en un día en que la Iglesia con la luz de la Palabra de Dios quiere hacer que nos detengamos un poco. En el lenguaje litúrgico lo llamamos las témporas de acción de gracias, de petición de perdón y de petición y súplica confiada al Señor en todas nuestras necesidades. En ese sentido la Palabra de Dios que hoy escuchamos nos da un toque de atención.

En la primera lectura Moisés, antes de la entrada en la tierra prometida, les recuerda que no olviden las acciones del Señor. Vendrán momentos de paz y de bienestar cuando se establezcan en la tierra prometida cuando ya puedan comer del fruto que les de la tierra en sus cosechas; pero no pueden olvidar el camino recorrido desde que salieron de Egipto, no pueden olvidar cómo el Señor les ha conducido por el desierto, como una nube luminosa que les iluminaba el camino en la noche o como una nube de sombra que suavizaba los ardores del sol durante el día. Lo han de recordar siempre. Han de ser agradecidos al Señor.

Nos insiste Jesús en el evangelio cómo hemos de tener toda nuestra confianza para pedirle al Señor en nuestras necesidades; somos pobres y débiles, humildemente hemos de saber reconocer que solo por nosotros mismos no sabremos salir siempre adelante.

Nos viene bien esa cura de humildad para que alejemos de nosotros esa soberbia y esos orgullos que tanto daño nos hacen, porque nos creemos prepotentes. Nos viene bien reconocer esa pobreza, esa incapacidad, que no se enfríe nuestra fe porque es la pendiente por la que pronto resbalamos cuando nos llenamos de autosuficiencia creyendo que en todo nos valemos por nosotros mismos.


jueves, 6 de octubre de 2022

Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

 


Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

Gálatas 3, 1-5; Sal: LC. 1, 69-70. 71-72. 73-75; Lucas 11, 5-13

Tenemos una instancia que presentar ante un determinado organismo, hay algo que deseamos pero que está en manos de otro el que se nos pueda conseguir, andamos preocupados por la forma cómo vamos a presentar esa instancia, o cómo vamos a hacer esa petición para que nos concedan aquello que tanto deseamos. ¿Cómo hacerlo? ¿A quien acudimos? ¿De quién nos valemos?

Cuando nos vamos haciendo esta reflexión con estos presupuestos que hemos planteado parece como si todo se dirigiera a organismos superiores a nosotros o a personas de gran poder o influencia de quien pueda depender la solución a eso que anhelamos; pero esto sucede también en cosas más cercanas a nosotros, como pueda ser en el ámbito familiar, como pueda ser entre vecinos, compañeros de trabajo o incluso amigos; ¿cómo hacemos para lograr de esa persona, familiar, vecino, compañero o amigo, lo que deseamos? Si es algo que es importante para nosotros seguro que hasta nos pondremos pesados en nuestras peticiones a fin de poderlo lograr.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio pero en referencia lo que es nuestra relación con Dios y lo que ha de ser nuestra oración. Por supuesto que con corazón agradecido cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración tendríamos que comenzar con la alabanza y humildemente las muestras de agradecimiento a Dios por cuanto nos regala comenzando por la vida misma. Pero conociendo el corazón de Dios ¿a quién vamos a acudir en nuestras necesidades?

Somos pobres ante Dios, de nada nos valen las autosuficiencias y los orgullos. Es más con humildad tenemos que saber acercarnos a Dios; con humildad sí, pero no con temor; con humildad pero con confianza; con humildad, es cierto, pero dejándonos contagiar y envolver con su amor para ofrecerle también nosotros nuestro amor aunque sea pequeño y lleno de debilidades; con humildad pero con la certeza de que El nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos, mucho más y mejor incluso que lo que nosotros le vamos a pedir.

Nos habla Jesús del amigo que con confianza porque es amigo, pero con insistencia y perseverancia para hacerlo levantar incluso de la cama donde ya está descansando, va a pedirle aquello que ahora necesita de forma perentoria. Es aquello de la constancia de la viuda que pide justicia con insistencia y perseverancia. Quiere el Señor que le pidamos aquello que necesitemos, pero quiere que aprendamos a hacerlo porque nos dejemos conducir por el Espíritu que, como nos dirá san Pablo, rugirá en nuestros corazones poniendo en nuestros labios lo mejor que podamos pedirle al Señor.

Por eso nos dice hoy Jesús tajantemente: ‘Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’.

No hemos de tener miedo, pues, de pedir, de llamar, de buscar, de insistir en nuestra petición. Seremos escuchamos, se nos dará cuanto necesitamos, encontraremos aquello que buscamos, se nos abrirá la puerta del corazón de Dios para que entremos a morar en El. Es lo que nos enseña Jesús con la formula de oración que nos propone, el padrenuestro. Ahí están nuestras necesidades materiales – el pan de cada día – como estará todo lo que necesitamos para tener paz en el corazón – perdón recibido y otorgado -. Ahí está esa fuerza que necesitamos en el camino que nos hace fuertes para superarnos y para crecer, para liberarnos de todo lo malo – líbranos del todo mal y no nos dejes caer en la tentación - y para dejarnos inundar por su amor – venga a nosotros tu reino -.

Seguro que lo habremos experimentado muchas veces – tenemos que recordarlo saber dar gracias por ello - la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en la manos de Dios. Habrá una paz dentro de nosotros que en ningún otro sitio podremos encontrar. No necesitamos otras influencias porque sabemos que quien nos escucha es nuestro Padre.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Humildes y agradecidos reconozcamos la mano del Señor en nuestra vida aunque no seamos siempre fieles, pero fiel es el amor de Dios que siempre nos escucha

 


Humildes y agradecidos reconozcamos la mano del Señor en nuestra vida aunque no seamos siempre fieles, pero fiel es el amor de Dios que siempre nos escucha

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Aunque sentenciamos muy bien diciendo que es de corazón noble el ser agradecido, sin embargo hemos de reconocer que somos bien olvidadizos en la cuestión de agradecimientos. Nos llega el momento de la prosperidad, cuando nos van todas las cosas bien, y pronto olvidamos los momentos amargos que pasamos en la escasez. No terminamos de aprender lecciones de la vida, porque esos momentos difíciles por los que en algunas etapas de la vida tendrían que ser buenas lecciones para que seamos humildes, pero también para que sepamos recordar y agradecer esa mano que alguien nos echó para que pudiéramos salir adelante.

Y la vida bien sabemos que en cierto modo es ondulante, que ahora podemos estar en lo alto de la ola, o al menos podemos estar o vivir con cierta calma, pero ha habido momentos en que la ola estaba sobre nosotros y andábamos hundidos tratando de salir a flote; y esas cosas muchas veces se repiten. Tendríamos que aprender de esos momentos de flaqueza y debilidad, porque somos limitados porque ni somos perfectos ni todo nos sale siempre a la perfección.

Eso además nos enseñaría a valorar más a las otras personas siendo también comprensivas de sus situaciones como también tendría que movernos a que nos bajemos de los pedestales en que muchas veces nos subimos para ponernos en verdad en la altura de los demás para ayudarlos también a superar esas olas por las que puedan estar pasando. Qué distintas serían nuestras relaciones, qué grado de humanidad le daríamos a la vida, qué grandeza de espíritu entonces podríamos estar manifestando.

¿Y donde ponemos a Dios en todo esto? Porque no se trata de que ese lado humano de la vida, con sus luchas y sus esfuerzos, con sus limitaciones y con nuestros deseos de superación vaya realizándolo solo por nosotros mismos con la autosuficiencia de todo lo podemos lograr por nosotros mismos sin contar con ninguna ayuda. El verdadero creyente va a sentir junto a si, en toda esa tarea, la presencia de Dios que camina a su lado y es su verdadera fuerza, cómo Dios eleva espiritualmente para encontrar el más hondo sentido de nuestra existencia. ¿Sabremos descubrir esa presencia de Dios en ese camino nuestro de cada día?

La liturgia quiere hacernos como un parón en este tiempo cuando, sobre todo en nuestro hemisferio, estamos reiniciando de nuevo la diversas actividades de la vida, siguiendo también el ritmo de la propia naturaleza con sus diversas estaciones para que sepamos contar con esa presencia del Señor, sepamos darle gracia sobre todo cuando en nuestras zonas es final de la recolección de la cosechas, o se recomienza la actividad escolar y de muchas instituciones.

Son lo que litúrgicamente se llaman las témporas de acción de gracias, de petición de perdón y de oración para invocar y pedir esa gracia de Dios que necesitamos. Son hermosos los textos de la Palabra que nos ofrece la liturgia desde recordarnos lo que le día Moisés al pueblo judío para cuando se establecieran definitivamente en la tierra prometida, que los momentos de fecundidad y prosperidad que iban a vivir no les hiciera olvidar el camino del desierto que habían recorrido, donde tanto le habían pedido a Dios su ayuda para hacer el camino.

Bien nos vale recordarlo, para que seamos humildes y agradecidos, para que sepamos reconocer los errores e infidelidades en que hayamos podido caer invocando la misericordia del Señor, y para que sepamos pedir siempre con toda confianza, sabiendo que el Señor está a nuestro lado y siempre nos escucha.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen maravillas

 


Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen las maravillas del Señor

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Cómo ve voy a atrever a pedir eso? Es quizás la desconfianza de no sentir que merecemos que se nos escuche; el temor ante quien tendríamos que presentarnos para hacer esa petición pero que lo consideramos un ser tan importante, que no pensamos que ni nos pueda atender. Lo necesitaré, pero quien soy yo para atreverme a hacer tal petición.

Y no me refiero ya a nuestras relaciones humanas con aquellas personas que consideramos importantes y poderosas y ante quienes no sabemos cómo vamos a hacerle una petición tan importante o necesaria; en este caso pienso en lo que pudiera ser nuestra relación con Dios. Sabemos, es cierto, que de alguna manera apabullamos a Dios porque lo único que sabemos hacer es pedir, y nuestra oración no es otra cosa que una lista de peticiones que hacemos a Dios. Sin embargo, algunas veces dudamos, desconfiamos, de alguna manera parece que no nos atrevemos. El respeto al santo Nombre de Dios se puede convertir en un miedo.

‘No lo pido, no quiero tentar al Señor, mi Dios’, le decía Ajaz al profeta cuando este le decía que pidiera una señal en aquellas situaciones difíciles en las que se encontraban. El profeta quería darle señales de que Dios estaba con él, pero no quería tentar al Señor, su Dios, como decía. Pero la señal se le dará, una señal que fue importante en aquel momento, pero que se convierte en señal mesiánica, porque nos hablará de una presencia nueva de Dios en medio de  nosotros.

¿Temor ante la presencia de Dios? Nos parece que eso es cosa solo del Antiguo Testamento, en que Dios se manifestaba también en signos portentosos de la propia naturaleza – recordamos el Sinaí donde Dios se les manifiesta en medio de la tormenta de la montaña -, pero puede ser algo que siga pesando en nuestro corazón.

Hoy tenemos que escuchar las palabras del ángel a María. ‘No temas, porque has encontrado gracia ante Dios’. Y es que María se sentía sobrecogida por la presencia del ángel que le manifestaba la presencia y cercanía de Dios y lo que el ángel le anunciaba. No comprendía el sentido de sus palabras y se puso a rumiar en su corazón para encontrar un significado. Pero María había encontrado gracia ante Dios, y en María íbamos todos a encontrar esa gracia, ese regalo de Dios que era su salvación que se iba a manifestar en Jesús, el hijo que había de nacer de María, el Emmanuel. ‘No temas…’ le ha dicho el ángel.

Dios se nos va a manifestar en una cercanía maravillosa. De ahora en adelante para nosotros va a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y así nos prometerá Jesús al final del evangelio que estará con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Hoy estamos contemplando ese momento maravilloso. Dios se ha acercado a María, que es la agraciada del Señor, para ser gracia salvadora para todos nosotros. María se va a ver inundada por el Espíritu Santo ‘y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra y el santo que va a nacer de ti, le dice el ángel, será llamado Hijo de Dios’.

Se va a realizar la maravilla de la Encarnación. Y Dios quiere contar con María. No es ya que nosotros no nos atrevamos a acercarnos a Dios, sino que será el mismo Dios que se quiere acercar a nosotros y quiere contar con nosotros, quiere contar con María. Y ahí aparece la disponibilidad de María, la generosidad de su corazón, la humildad de quien se siente la sierva del Señor, aunque comenzará a reconocer que el Señor en ella está realizando cosas grandes. María, la que siempre ha estado en las manos de Dios, no puede negarse, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, le dice al ángel.

¿Qué nos queda a nosotros cuando contemplamos esta escena del evangelio? ¿Qué nos queda a nosotros cuando así nos sentimos también agraciados y regalados del Señor que comenzar a caminar con la misma disponibilidad de María, con la misma generosidad en nuestro corazón?

Son los pasos que tenemos que seguir dando en este camino de Adviento cuando ya tenemos tan cercana la Navidad. Reconozcamos que el Señor quiere hacer también obras grandes en nosotros. Pero necesitamos la fe y la humildad de María, la confianza y la disponibilidad de María. No temamos, también nosotros hallamos gracia ante Dios porque el Señor está volviendo su rostro sobre nosotros para inundarnos con su salvación.

 sava

lunes, 15 de noviembre de 2021

Ojalá lo tuviéramos tan claro como el ciego del camino de Jericó cuando Jesús nos está planteando también a nosotros ¿qué quieres que haga por ti?

 


Ojalá lo tuviéramos tan claro como el ciego del camino de Jericó cuando Jesús nos está planteando también a nosotros ¿qué quieres que haga por ti?

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Supongamos que ahora mismo se presenta alguien a la puerta de tu casa y te dice que le pidas lo que tú quieras que te lo dará. La sorpresa nos embotará o nos hará reaccionar, miraremos quizá con detalle a esa persona que llega delante de nosotros y trataremos de analizar la veracidad de sus palabras; ¿qué es lo que vemos en esa persona que nos la haga creíble en sus palabras? ¿Podrá en verdad hacer lo que dice y nos concederá así gratuitamente lo que le pidamos, sea lo que sea? ¿Le volveremos la espalda porque no nos queremos dejar engañar o probaremos a ver si es cierto, porque total de perdidos al río? ¿Creeremos o no creeremos?

Cuidado, que algo así nos puede pasar. Hemos hecho un supuesto, pero si miramos con atención la vida y cuanto nos rodea muchas veces andaremos en ese mar de dudas, de si creer o no creer, sin saber si encontramos verdaderos fundamentos. Así podemos andar en nuestros caminos de fe. ¿No decimos un poco filosóficamente en alguna cosa habrá que creer? ¿Y si de verdad hay algo más allá, por qué no probamos? Porque también decimos aquello de que nadie ha venido a decirnos cómo es ese más allá, aunque tendríamos que pensarnos esta aseveración. Pero parece que nuestras certezas y seguridades hacen agua.

Hoy el evangelio nos presenta un cuadro bien hermoso. Las afueras de Jericó con los caminos que bajan del valle del Jordán y los que suben a Jerusalén. Es un lugar de paso bastante importante, porque muchos son los peregrinos que suben a Jerusalén y muchas pueden ser también las caravanas de mercancías que desde el valle del Jordán o desde la más lejana Galilea por allí pasan con sus suministros para llegar a la ciudad santa. Un lugar propicio para situarse un pobre mendicante o un ciego para ver si alcanza alguna limosna.

Y allí estaba aquel ciego que oye tumulto de gente y que cuando logra adivinar quienes son esos peregrinos se pone a gritar ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Lo quieren hacer callar porque sus gritos molestan o molesta quizás la manifiesta necesidad de aquel hombre por el que sentirán compasión y pena, pero que se quite de en medio porque ellos van haciendo su camino. Pero quien va en medio de aquel grupo es Jesús y sus discípulos y de aquellos que quieren escuchar sus palabras. Será entonces Jesús el que lo manda llamar.

Y es aquí cuando surge la pregunta de Jesús cuando ya lo tiene cerca. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ La respuesta del ciego no se hace esperar. ‘Señor, que recobre la vista’. ¿Qué otra cosa iba a pedir? Si allí estaba al borde del camino pidiendo limosna era a causa de su ceguera. Ante él estaba quien podía dárselo todo y no se iba a quedar en pedir migajas. Pedir ahora una limosna y seguir con su ceguera era pan para hoy y hambre para mañana. ‘Señor, que recobre la vista’, fue su petición. Si antes había gritado con tal entusiasmo llamando a Jesús hijo de David para que tuviera compasión de su miseria, la fe que le había hecho reconocer a Jesús se mantenía firme y allí estaba su petición. Mejor, allí estaba su curación. ‘Recobra la vista, tu te ha salvado’. No solo llegaba a él la recuperación de la vista sino que llegaba la salvación.

Pero no nos quedemos ahí. Pongámonos en aquel camino, pongámonos en su lugar. Y es Jesús el que ahora se está dirigiendo a ti, a mí, a nosotros y también nos está planteando la misma pregunta. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’  Sí, es una pregunta que nos interpela profundamente. Quizás no nos la esperamos. Quizás a nosotros también nos sorprende. ¿Qué responderíamos? ¿Cuál sería nuestra petición? Quizás como en una ráfaga interminable puedan pasar muchas cosas por nuestra cabeza.

Pensamos en nuestras necesidades y carencias quienes estamos siempre quejándonos; pensamos en nuestros dolores, en nuestras enfermedades, en esos sufrimientos por los problemas que nos agobian; pensamos quizás en el mundo que nos rodea y los problemas que ahora afectan a nuestra sociedad; pensamos y pensamos en tantas cosas que van desfilando por nuestra mente que ahora no sabemos en qué nos vamos a quedar. Si son tantas las cosas que yo le he pedido al Señor a lo largo de mi vida, podemos pensar. O puede surgir entonces la duda en nuestro interior, ¿será verdad que nos va a dar lo que le vamos a pedir? Ya sabemos cómo tantas veces incluso cuando vamos con nuestras listas de peticiones al Señor vamos con la duda metida por dentro que no nos hace tenerlas todas con nosotros y nos faltan seguridades y confianzas.

En esta reflexión ante este evangelio lo voy a dejar aquí, porque la respuesta tenemos que darla cada uno personalmente. No olvidemos que el Señor nos está diciendo ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Tendremos la fe de aquel ciego del camino de Jericó?

miércoles, 6 de octubre de 2021

Ponte en la presencia de Dios, siente el calor de su amor en tu vida y deja que fluyan las palabras y los sentimientos, te sentirás en lo más profundo lleno de Dios y de su amor

 


Ponte en la presencia de Dios, siente el calor de su amor en tu vida y deja que fluyan las palabras y los sentimientos, te sentirás en lo más profundo lleno de Dios y de su amor

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

Lo habremos escuchado a muchos y hasta nosotros mismos lo habremos pensado. ‘No sé rezar’. Y lo piensa aquella persona que olvidó las oraciones aprendidas de niño o aquel que nunca ha tenido ninguna inquietud religiosa, no recibió quizá en su entorno ninguna educación religiosa en la que al menos aprendiera unas oraciones, o lo decimos nosotros mismos a pesar de que siempre hemos rezado, pero quizá se nos ha convertido en una rutina y hasta lo hacemos para poder dejarnos dormir.

Pero lo decimos cuando sentimos un vacío interior a pesar de nuestras oraciones; o lo decimos porque no le encontramos ninguna efectividad, porque decimos que Dios no escucha nuestras oraciones porque no sabemos rezar; o lo decimos porque no nos satisface una oración de repetición de unas fórmulas aprendidas de memoria y que muchas veces repetimos casi sin ser conscientes de lo que dicen nuestros labios. No sabemos rezar, decimos, porque no encontramos palabras con las que dirigirnos a Dios a pesar de todo lo que rebusquemos; no sabemos rezar… y tenemos quizá muchos motivos para decirlo por la frialdad con que vivimos esos momentos que llamamos de oración y que sabemos que tienen que ser algo mucho más allá de unos rezos.

Jesús les hablaba de la oración a los discípulos, pero sobre todo ellos lo veían rezar. No era solo cuando iban los sábados a la sinagoga o cuando subían al templo de Jerusalén, sino que veían como Jesús se retiraba a solas, en descampados, muchas veces en la noche o al amanecer, algunas veces los invitaba o llevaba a algunos con Él en ocasiones especiales. Surge entonces la petición: ‘Enséñanos a orar’.

San Basilio nos ofrece un consejo para hacerlo bien: ‘Siempre que ores no empieces desde luego pidiendo; porque entonces harás aparecer tu afecto como culpable, acudiendo a Dios como obligado por la necesidad. Así, cuando empieces a orar, prescinde de toda criatura visible e invisible, y empieza por alabar a Aquel que ha creado todas las cosas. Por esto añade: "Y Jesús les respondió: Cuando os pongáis a orar, habéis de decir: Padre…’

Pero no nos sucederá a nosotros de lo que nos quiere prevenir San Basilio. Empezamos pidiendo, nos ponemos a rezar porque tenemos muchas cosas que pedirle a Dios. Tan pendiente vamos de todas esas cosas que queremos pedirle a Dios que ni hacemos un acto de fe consciente de la presencia de Dios ante quien estamos. ‘Empieza por alabar a Aquel que ha creado todas las cosas…’ nos dice.

Es lo que nos ha enseñado Jesús. Cuando oréis no estéis pensando en todas las cosas que tenéis que pedir, viene a decirnos Jesús, ‘no oréis con muchas palabras que el Padre del cielo conoce bien vuestra necesidad’. Por eso Jesús nos enseña a que comencemos llamándole Padre. ¿Puede haber algo más hermoso? Papá, le dice el niño a su padre como diciéndole, mira que estoy aquí. Papá, mamá, llegamos nosotros ante la presencia de nuestros padres y es la primera palabra que también nos sale de nuestro corazón. Que esa sea también la primera palabra que surja de nuestro corazón cuando nos ponemos en la presencia del Señor. Será mucho lo que digamos, será mucho lo que reconozcamos, será mucho el amor que sintamos, será mucho también el amor que nosotros estaremos poniendo por delante.

Hoy Jesús nos dice cómo tiene que ser nuestra oración. El texto que nos ofrece san Lucas es más esquemático que el que nos ofrece san Mateo, aunque realmente vienen a enseñarnos lo mismo. Una palabra de amor y un compromiso de amor por nuestra parte. Le decimos Padre y queremos que todo sea bendición para Dios, santificado sea tu nombre; le decimos Padre y nos ponemos en el camino de hacer su voluntad; le decimos Padre y es cierto nos sentimos necesitados porque queremos que no nos falte el pan de cada día, pero es que además nos sentimos necesitamos porque estamos queriendo vivir en su misericordia y su perdón queriendo nosotros hacerlo con los demás; le decimos Padre y tenemos la confianza que con Dios a nuestro lado nos veremos siempre libres de todos los peligros.


Ponte en la presencia de Dios, siente el calor de su amor en tu vida y deja que fluyan las palabras y los sentimientos, porque te sentirás en lo más profundo de tí siempre lleno de Dios y de su amor.


martes, 5 de octubre de 2021

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

 


Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

Deut. 8, 7-18; Sal.: 1Crón 29, 10bc-12ª; 2 Cor. 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Decimos que vivimos en medio de un pueblo creyente; aunque cada día más vamos escuchando a personas que se manifiestan como que no creen en Dios ni creen en nada, sin embargo en la mayoría de los que nos rodean, o eso al menos nos creemos, se llaman cristianos y mantienen vivas algunas prácticas religiosas como el bautismo de los niños, el entierro en sagrado de sus difuntos o las misas que se hacen decir por sus muertos, por no decir una serie de fiestas religiosas muy acompañadas de actos civiles en honor de sus vírgenes, de sus Cristos o de los santos de su devoción. Por esos signos seguimos pensando que vivimos en un pueblo de creyentes o en un pueblo que se dice cristiano.

Pero creo que tenemos que ser conscientes de que incluso aquellos que nos llamamos cristianos o nos decimos más religiosos en el conjunto de la vida vivimos como paganos, como si no hubiera un Dios en quien creer. Nos reducimos a una serie de prácticas religiosas o de algunas fiestas, quizás a hacer algunas oraciones sobre todo cuando nos vemos la vida más complicada o nos aparecen problemas que no sabemos cómo resolver, pero en el conjunto de nuestra vida tendríamos que preguntarnos qué lugar ocupa Dios.

Tenemos el peligro de ir viviendo la vida en el día a día con sus luchas y con sus problemas, con momentos de alegría y de felicidad, con contratiempos que vamos sorteando como podemos y como nos sentimos como muy autosuficientes no creemos necesitar de Dios ni de mantener una relacion viva con Dios.

Es necesario que al menos de vez en cuando nos detengamos un poquito y nos planteemos el sentido de nuestra vida, reflexionemos hondamente sobre el rumbo que le damos a nuestra existencia y tratemos también de darla una trascendencia superior y espiritual a cuanto hacemos o  cuanto vivimos. Y no es solo el que nos detengamos porque se nos viene el volcán encima, ya sea en estas circunstancias que ahora vivimos en nuestras islas, sino que la vida se nos pueda convertir en un momento en un volcán tenebroso por sus problemas y cuando nos sabemos por donde salir como último recurso acudamos a Dios. Ser creyente es mucho más que todo eso, porque el ser creyente ha de darle una tonalidad nueva a nuestra vida.

En este día la Iglesia nos invita a entrar en un momento litúrgico, que llamamos las temperas, que tendría que ser algo así como ese parón que tanto necesitamos para que reencontremos ese lugar que Dios ha de tener en nuestra vida y sepamos centrar nuestra existencia en esa fe que decimos que tenemos en Dios. En su origen se tenían estos momentos en el inicio o algo así de las cuatro estaciones del año, que venía a ser algo así como poner en las manos de Dios aquellas tareas que íbamos a emprender en cada una de esas estaciones, que en un mundo más rural que se vivía en otros momentos tenía mucho que ver con las tareas que se realizaban en el campo. Ahora en nuestro hemisferio al menos se celebran una vez al año en este día como un final de las recolecciones de los trabajos realizados enmarcados en cursos y el comienzo de una nueva etapa.

Los textos de la Palabra de Dios que se nos ofrecen en la liturgia de este día cuando se celebran en un solo día o de los tres días seguidos cuando se celebra de una forma más amplia, con bien significativos. Un reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra vida, un reencuentro con los hermanos por lo que se nos hablará de reconciliación, y una súplica al Señor porque sabemos que solo en El encontramos la fuerza para toda nuestra tarea.

El primero de los textos nos viene a recordar que no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida. ‘Acuérdate del Señor, tu Dios…’ nos viene a decir. Y nos ofrece un texto del Deuteronomio en el que Moisés previene al pueblo que va a entrar en la tierra prometida para que cuando posean la tierra y vengas tiempos de prosperidad no se olviden del Señor, su Dios, que los sacó de Egipto.

Y es lo que nos suele pasar, es lo que nos va pasando de tal manera que aunque nos decimos creyentes como la vida circula diríamos por sus carriles normales, aunque como todo camino tenga sus baches y sus curvas, nos acostumbramos a vivir por nosotros mismos que nos olvidamos de Dios. Aquellos diez leprosos desde la pobreza y la soledad de su enfermedad suplicaron a Jesús desde la distancia para verse libres de su enfermedad, cuando se vieron curados corrieron a cumplir con las normas prescritas para poder encontrarse con sus familias, pero solo uno volvió para dar gracias a quien les había curado. Lo que nos pasa a nosotros tantas veces, prontos para pedir pero tardos para agradecer.

Esta jornada, como ya mencionamos, tiene también ese sentido del reencuentro y de la reconciliación, con los demás y con Dios, porque es una manera de reconocer nuestra debilidad y nuestras carencias. Por eso es también momento de súplica y de oración, cuando sabemos ponernos de verdad en la manos de Dios.

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias al Señor en quien tenemos la vida y la salvación.


viernes, 5 de octubre de 2018

Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor


Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21 Mateo 7, 7-11

Es algo que nos suele suceder. Somos muy prontos para pedir ayuda en nuestras necesidades o problemas, pero tenemos el peligro de que pronto olvidemos a quien nos socorrió, quien estuvo a nuestro lado, quien nos prestó su ayuda y su apoyo cuando más lo necesitábamos. Es de corazón noble el ser agradecidos, pero tenemos el peligro de hacernos unos engreídos y pensar que todo lo conseguimos por nuestras fuerzas y capacidades o por nuestro valor y olvidamos pronto cuando éramos débiles y necesitados y pedimos ayuda.
Son cosas que nos pueden pasar y que observamos en muchas ocasiones en nuestro entorno o pasivamente lo hemos sufrido, cuando hemos ayudado a alguien y no ha sido agradecido con nosotros, sino que más bien se ha mostrado arrogante y engreído creyéndose que se valía solo por si mismo.
Esto que sucede con demasiada frecuencia – y no digo que todos sean o seamos así – en nuestras relaciones humanas nos sucede también en nuestra relación con Dios. Aquí podríamos recordar aquel episodio del evangelio de los diez leprosos que fueron curados en el camino, pero que solo uno volvió hasta Jesús para darle gracias.
Hoy la liturgia nos ofrece en este principio de temporada una jornada de petición, de reconciliación y de acción de gracias. Hemos recomenzado al menos en nuestro hemisferio después de las vacaciones de verano las diversas tareas de nuestra vida ordinaria, como puede ser la vuelta al curso escolar o el recomienzo después de terminar la recolección de las cosechas de muchas de las actividades de la agricultura, y la iglesia nos ofrece esta jornada de oración especial, como hemos mencionado.
Los textos que nos ofrece la liturgia son bellos. Desde aquel recordatorio de Moisés al pueblo para que cuando se establecieran en la tierra que Dios les había prometido y comenzaran a prosperar en sus trabajos y tareas y en el bienestar de su vida no olvidaran que fueron esclavos en Egipto y peregrinos por el desierto de lo que el Señor les liberó y no se olvidaran del Señor su Dios. Como decíamos antes, nos sucede igual. Cuando llegan días y tiempos de prosperidad qué pronto nos olvidamos de Dios, qué pronto nos volvemos autosuficientes y engreídos para pensar que solo por nosotros mismos nos valemos y no necesitamos de la mano poderosa y llena de amor de Dios que nos protege y está con nosotros.
Nos hablan también los textos de hoy de la necesidad de la oración pero de la confianza con que hemos de orar en todo momento a Dios nuestro Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis…’ y nos recuerda Jesús que Dios es nuestro Padre y un padre siempre dará lo mejor a sus hijos.
Y bueno es también que reconozcamos nuestras debilidades que nos llevan al desencuentro con Dios y con los hermanos en tantas ocasiones que llenamos nuestro corazón de orgullo, de egoísmo y de insolidaridad. Nos pide san Pablo que nos reconciliemos los unos con los otros porque sepamos aceptarnos y perdonarnos para acogernos mutuamente en el amor, pero que también nos dejemos reconciliar con Dios, que nos ofrece siempre su amor y su perdón.
Una buena ocasión para detenernos un poco, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios para emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor en nuestra vida que como cantaba María el Poderoso hace cosas maravillosas en nuestra pequeñez.

jueves, 5 de octubre de 2017

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Deum. 8, 7-18; Sal.: 1Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’. Este versículo tomado del salmo 89 podría expresar muy bien el sentido de la feria que en este día se celebra en la Iglesia. Son las témporas de acción de gracias y petición.
En cierto modo la vida del hombre y el ritmo de sus actividades van girando en torno al devenir de la naturaleza que cada año tiene sus ciclos y sus ritmos que nosotros llamamos estaciones, estaciones meteorológicas.
Sobre todo en nuestro hemisferio norte hemos concluido con los rigores de los calores del verano y hemos entrado en nuevo ciclo que es el otoño. Pero de alguna manera las actividades de la vida giran en torno a esto. Por una parte en las actividades agrícolas se acaba un ciclo con la finalización de la recolección de las cosechas entrando la tierra en una época de cierto reposo y de pronta preparación para un nuevo ritmo de siembras y de diversas actividades.
Pero también en nuestra vida laboral y social ha habido un cambio pues el verano ha servido para una gran parte de nuestras gentes tener su tiempo de descanso y de vacaciones, incrementadote incluso en esa época los tiempos de fiestas y de jolgorio; ha vuelto la actividad normal para la mayoría y los dedicados al estudio, también nuestros niños y adolescentes reinician sus cursos escolares y su actividad.
Un final y un principio, unos frutos recogidos y un descanso merecido y un reinicio de actividad en todos los ámbitos y sentidos. Y es en este momento en el que la liturgia nos ofrece estas temperas de acción de gracias y de petición.
El creyente centra su vida en Dios. De Dios espera su bendición y su gracia. Siente que este mundo es una creación del poder de Dios y Dios sigue siendo el alma de toda la existencia. Sentimos que la vida nos viene de Dios y como salidos de sus manos recibimos todos los frutos que en la vida podemos cosechar. Es quien ha puesto en el hombre esa capacidad de su inteligencia y de su trabajo y ese mundo por el creado ha sido puesto en nuestra manos para que nosotros con nuestro esfuerzo continuemos su obra.
Por eso tenemos que ser agradecidos de ese don de Dios y de cuanto recibimos de sus manos igual que de la misión que nos ha confiado para que desarrollemos ese mundo que sea para el bien de todos, de toda la humanidad. Hemos de cuidar ese mundo, esa naturaleza, esa vida que en él encontramos porque sabemos además que no solo es para nuestro bien personal sino que tiene que redundar en el bien de todos los hombres. De ahí la responsabilidad que hemos de tomarnos la vida, con que hemos de tratar ese mundo, de cómo hemos de desarrollarlo desde nuestra inteligencia y nuestras capacidades con las que nos hacemos semejantes a Dios, tal como El quiso crearnos.
Damos gracias en este final de ciclo por cuanto en el año y en toda nuestra vida hemos recibido reflejado también en esos frutos de nuestros trabajos, pero al mismo tiempo pedimos su bendición para ese trabajo que ahora reiniciamos. Queremos hacerlo siempre para su gloria, queremos realizarlo contando siempre con su gracia, queremos hacer que nuestro mundo sea mejor, queremos poner verdadera humanidad en cuanto hacemos y para ello pedimos la gracia del Señor, queremos contar con la gracia del Señor. Así sentiremos el gozo de Dios en nuestro corazón.
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’, decíamos al principio. Que sea nuestra oración y que sea nuestra acción de gracias. ‘Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga y nos conceda su paz’.