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sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


sábado, 25 de julio de 2026

Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

 


Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Sueños todos tenemos; y no quiero referirme a esos sueños que a la hora del descanso nuestra mente y nuestra imaginación, como la loca de la casa como alguien la ha llamado, nos hace hacer viajes inimaginables que bien pudieran ser en ocasiones reflejos de recuerdos o de parte de nuestro subconsciente que hace aflorar mil cosas en nuestra imaginación o en los que pudiéramos leer también aspiraciones y deseos que llevamos ocultos y que en una vida de consciencia no nos atrevemos quizás a manifestar.

Pero no me refiero a esos sueños, sino en los que en estado de vigilia vienen también a nuestra mente e imaginación pero quizás como construcciones previas que nos hacemos de nuestro futuro. Nos vemos en situaciones que en el fondo son nuestras aspiraciones, nos hacemos proyectos llenos de imaginación que quizás luego no siempre nos atrevemos a plasmar, aparecen los deseos de cómo nos gustaría que fuese nuestra vida o quizás también la sociedad en la que vivimos, los cambios que nosotros haríamos para hacer que las cosas marchen mejor, o también a aquellas posiciones que nos gustaría alcanzar y por las que quizás nos pusiéramos a trabajar por conseguir.

Sueños, aspiraciones, proyectos, deseos de algo nuevo o que nosotros consideramos mejor que lo que hacemos o tenemos. ¿A donde nos pueden llevar? ¿Aflorará quizás la vanidad? ¿Nos quedaremos ensimismados en los sueños que nos parecen realidad pero que en el fondo no llegamos a realizar? ¿O serán un acicate para comenzar nuestras luchas que algunas veces pueden cegarnos? Pero sueños todos tenemos en nuestra mente porque además son signos de que estamos vivos y queremos vivir.

¿Por qué nos extraña que los hijos de Zebedeo también tuvieran sus sueños? La presencia y la palabra de Jesús había despertado esperanzas en el pueblo, podían estar comenzando a pensar que Jesús bien podía ser el Mesías anunciado por los profetas y que ellos con tantas ansias también esperaban; de Juan sabemos que incluso había sido discípulo del Bautista, aquel profeta que había surgido en el desierto en las orillas del Jordán; conocido era también el ardor con que vivían sus esperanza de manera que incluso les llamaran los ‘hijos del trueno’ y con las esperanzas de una futura restauración de la sobraría de Israel con la llegada del Mesías, siendo además parientes de Jesús es normal que soñaran con alcanzar algún lugar de influencia o de poder en ese Reino que anunciaba Jesús.

Es la petición que a través de su madre le hacen a Jesús. ¿Sabían lo que pedían? Al menos sabían lo que eran sus sueños que esperaban a alcanzar. Por eso ante la pregunta de Jesús no sé si con mucha conciencia del sentido con que Jesús les había la pregunta habían respondido que si y que no les importaba beber de la misma copa de Jesús. No solían haber muchas copas distintas para servir las bebidas en los banquetes donde casi todos bebían de las mismas copas. Claro que su conciencia no iba más allá de sus ambiciones terrenas aunque responden afirmativamente a Jesús.

Pronto surgirán los comentarios desconfiados de los otros que quizás también tenían las misma aspiraciones, pero que Juan y Santiago se les habían adelantado. Pero Jesús tiene la lección por de todo y en todo siempre El nos ofrece su enseñanza. ¿Sentarse a mi derecha o a mi izquierda? No me toca a mi concederlo, en los planes del Reino de Dios que es lo que quiere el Padre otros son los caminos. Por eso ante los reclamos soterrados de los demás El les explica que ser los primeros significa primero hacerse los últimos, que solo por el camino del servicio, de hacerse servidor de todos es por donde se alcanzarán las verdaderas grandeza.

‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo…’ Son los nuevos parámetros que nos ofrece Jesús; no vamos a ir copiando e imitando lo que son los poderes de este mundo, porque sabemos siempre como acaba todo, en la vanidad, en la soberbia, en los pedestales, en no buscar sino los propios intereses; lo estamos viendo continuamente, son noticias que nos salen todos los días en las primeras paginas de los noticiarios, aunque siempre se presentan con mucha sagacidad y disimulo, con bonitas palabras, pero con la doble cara de la falsedad y de la hipocresía.

Nosotros tenemos a quien imitar. ‘Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. No tenemos otro modelo que Jesús. Pasó haciendo el bien, lo definirá más tarde san Pedro. Lo contemplaremos tomando la jarra del agua y ciñéndose la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Y es así como tenemos parte con El, porque el nos lava los pies, pero porque nos dice que si el Maestro y el Señor nos ha lavado los pies, así tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros.

Y aquí sí tenemos que responderle al Señor que sabemos lo que pedimos y lo que queremos, porque bien que nos lo ha explicado y bien que ha ido delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso comenzaremos a amarnos, pero no con un amor cualquiera sino como El nos ha amado y se ha entregado por nosotros.

Cuando hoy celebramos el día del Apóstol Santiago y además lo proclamamos patrono de España porque según la tradición a nuestras tierras del fin de la tierra vino a anunciar el Evangelio, ¿será esa la imagen que nosotros demos ante el mundo que nos rodean? ¿será es nuestra forma de evangelizar? ¿será esa la imagen de la Iglesia que damos ante el mundo que nos rodea? ¿serán esos nuestros sueños de cómo hemos de anunciar el Evangelio?


domingo, 22 de septiembre de 2024

No pretendamos quedarnos callados, mirando para otro lado, son querer enterarnos, para hacer ‘nuestro’ camino que estaría muy lejos del camino de Jesús

 


No pretendamos quedarnos callados, mirando para otro lado, son querer enterarnos, para hacer ‘nuestro’ camino que estaría muy lejos del camino de Jesús

Sabiduría 2, 12. 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Mejor no hacer preguntas. Alguna vez lo hemos pensado así. No nos queremos enterar; en ocasiones nos ponemos tan obtusos que se nos cierra la mente y por muy claro que nos expliquen las cosas, parece que no nos entran, no nos enteramos. En ocasiones no queremos preguntar, porque quizás luego nos vemos comprometidos; por eso mejor no saber nada, como tantas veces respondemos también escurriendo el bulto aunque nosotros sabemos como son las cosas, pero no quiero complicarme la vida.

¿No querían complicarse la vida los discípulos después de los anuncios que Jesús les iba haciendo? Es que se les venía abajo el castillo que se habían montado en su imaginación, con aquello de que Jesús podía ser el Mesías; era un estado posible de poder del que no querían desprenderse, ya sabemos la idea que tenían de lo que podía ser el Mesías y cuales eran los sueños de la mayoría; los discípulos no eran ajenos a aquellas pretensiones, algunos provenían quizás de grupúsculos procedentes de Galilea con sus afanes reivindicativos.

Jesús en esta ocasión se había tomado un aparte con los discípulos más cercanos - ¿aquellos doce que había elegido como apóstoles? – y los iba instruyendo al mismo tiempo que servía como un desahogo para Jesús, porque El era bien consciente de lo que iba a suceder en Jerusalén. Y es lo que les anuncia, preparando terreno, pero parece que el terreno de aquel camino estaba bien endurecido, siguiendo la parábola que un día les propusiera. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará’, les decía claramente pero ellos ‘no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle’.

Por eso mientras iban de camino, en los apartes de sus conversaciones, no paraban de discutir. Y aunque a ellos les pareciera que no, Jesús los iba escuchando, conocía bien cuales eran sus humanas ambiciones y la confusión que en sus mentes y en sus corazones existía. Por eso a la llegada a casa los coge aparte y les pregunta ‘¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’.

Jesús una vez más les hablará de hacerse los últimos y del servicio, aunque sus palabras pareciera que caían una vez más en saco roto. Por eso tomó un niño y los puso en medio para decirles que ‘el que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.

Acoger al pequeño, la imagen quería decir algo más que pensar solamente en un niño aunque también en aquella época eran poco considerados; es acoger al que parece que no vale, al que no es tenido en cuenta o que es rechazado por los demás, al que todo el mundo mira por sobre el hombre y el que es despreciado de todo el mundo, aquellos que no son bien recibidos porque parece que nos van a quitar un puesto en la mesa del banquete, aquellos que todos discriminan porque traen una historia detrás o porque vienen de donde vienen y ahí podemos poner todos los racismos que de nuevo están aflorando en nuestra sociedad, aquellos que nos parecen violentos y que creemos que no caben en nuestra sociedad, aquellos con los que no nos tratamos porque un día hicieron, porque piensan distinto a nosotros, porque tienen otro concepto de la vida…

Son tantos a los que vamos orillando en el camino de la vida. Y Jesús nos está diciendo cómo tenemos que acogerlos, porque cuando los acogemos a ellos es a Jesús a quien acogemos. ¿También nos dará miedo a nosotros preguntar quienes son esos pequeños? ¿También tememos preguntar hasta donde tenemos que ser servidores de los demás? ¿Seguiremos pretendiendo quedarnos callados, mirar hacia otro lado para no enterarnos y no comprometernos, y seguir haciendo ‘nuestro’ camino como si con nosotros nada tuviera que ver todo eso que nos está diciendo hoy Jesús? Quizás nos parezca más cómodo.  Si hacemos así, ¿creeremos que en verdad estamos haciendo el camino de Jesús?

 

martes, 28 de mayo de 2024

No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios, ahí tenemos nuestra ganancia

 


No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios, ahí tenemos nuestra ganancia

1Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

¿Qué gano yo? Es una  pregunta que fácilmente nos hacemos. Siempre andamos al interés. Nos pasa cuando tenemos que hacer esfuerzos extraordinarios, sobre todo cuando lo que estamos haciendo no es tanto por nosotros mismos sino por los demás; nos hacemos la pregunta cuando se nos pide una dedicación especial en una obra o en una empresa que no es tanto personal sino algo comunitario; nos la hacemos cuando quizás se nos pide renunciar a algo que en si mismo es bueno pero que podría ser un camino para algo mejor pero que no vemos tan claro. De una forma o de otra nos hacemos la pregunta, nos preguntamos cual es la ganancia que vamos a tener.

Ronronean dentro de nosotros aspiraciones de grandeza, vanidad del corazón, amor propio que se convierte en orgullo y cuando se nos tocan esas llamemos realidades nos ponemos alerta. Queremos más y buscamos reconocimientos, nos queremos mostrar orgullosos ante los demás de lo que hemos conseguido y nuestro ego parece siempre que quiere crecerse, pero cuando tenemos que hacer las cosas y no tenemos tan palpables esos reconocimientos por parte de los demás, nos sentimos heridos y frustrados; cuando nos podemos mostrar ante los otros las cosas buenas que hacemos, nos preguntamos si merece la pena que eso se mantenga oculto.

¿Qué gano yo nos preguntamos? Tanto sacrificio, tantos momentos de lucha, tantos momentos amargos incluso que a veces podemos pasar, ¿para qué? ¿No tendríamos derecho a un agasajo, a un reconocimiento, a unas palabras de alabanza? Qué mal nos sentimos cuando llega ese momento en que esperábamos que se reconocieran todas las cosas que hemos hecho, a nosotros ni nombrarnos, y quizás los méritos se los dan a otros.

Ahora Jesús, a partir de aquel episodio del hombre rico, les recuerda que aquellos que andan buscando esas grandezas en la vida, al final se van a encontrar vacíos; les recuerda que si no hay desprendimiento en sus vidas todo carece de sentido; les ha venido enseñando que hay que hacerse los últimos, cuando ellos siempre andaban pensando en grandezas y en poder, y ahora les dice Jesús que los que viven apegados a sus riquezas no tienen cabida en el reino de Dios; todo eso de lo que se han inflado en la vida les impedirá entrar por la puerta estrecha.

Y ellos que lo habían dejado todo; ellos que un día dejaron las redes y la barca varada en la playa; ellos que habían abandonado sus negocios seguros, había dejado atrás familias y antiguos amigos por estar con Jesús, habían abandonado sus garitas y sus puestos de trabajo, ¿qué es lo que iban a recibir si las ganancias materiales parecían que eran tan poco importante en aquel reino de los cielos que Jesús anunciaba? Habían caminado de un lado para otro siguiendo los pasos de Jesús, habían pasado también por momentos de pobreza y de escasez porque realmente vivían de la limosna de unas buenas mujeres que los atendían, ¿merecía la pena tanto sacrificio? ¿Qué es lo que iban a ganar?

Es lo que le plantean directamente a Jesús. Y Jesús, sí, coge el toro por los cuernos, no rehuye la pregunta, pero no dejará de hablarles claro. Es cierto que la promesa de Jesús en este momento puede parecer un tanto extraña, pero algo hondo quiere decirles Jesús con ello. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna’. 

No niega Jesús que van a tener premio, que nada se quedará sin recompensa. Ya lo había dicho en otra ocasión, que un vaso de agua dado en su nombre no quedaría sin recompensa. Habla de recibir cien veces más. Han dejado padre, madre, hijos, hermanos… pero va a nacer para ellos una nueva familia mucho más grande. Serán grandes las satisfacciones que se van a sentir. Será hermoso el amor en el que se van a sentir esponjados. Será un nuevo sentido de vida y de relación con los demás. Será algo nuevo que va a llenar de alegría verdadera el corazón.

Pero no deja de decirles Jesús que también habrá persecuciones, habrá momentos de dificultad, de oscuridad y de sombras, de dudas interiores y de búsquedas que parecen no encontrar respuesta. Pero no importa, eso les llevará a alcanzar la vida eterna. ¿Y no es eso lo más importante? ‘Y en la edad futura, la vida eterna’. Ahí está la maravilla de sentirnos llenos de Dios, porque vida eterna es estar llenos de Dios para tener una vida sin fin, y eso sí que merece la pena, y eso sí que es verdadera ganancia.

Por eso terminará sentenciando Jesús. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios. Ahí tenemos nuestra ganancia.

domingo, 24 de marzo de 2024

Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

 


Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

Marcos, 11, 1-10; Isaías 50, 4-7; Sal. 21;  Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15, 47

El pórtico de esta semana de Pasión viene enmarcado por los hosannas y los ramos de olivo de la entrada de Jesús en Jerusalén y por otra parte la contemplación en la misma celebración de la muerte de Jesús en la Cruz en el relato del evangelista Marcos. No podemos olvidar que es como el sprint final para llegar a la celebración de la Pascua.

Ya es Pascua lo que estamos contemplando y celebrando, porque todo es el paso de Dios que ha de ser también nuestro paso, nuestra Pascua. Si así no lo contemplamos y así no lo vivimos todo podía quedarse en un espectáculo bien dramático que aun nos llenaría de más dolor, angustia y amargura. No en vano estas palabras son de las más repetidas en estos días y que incluso llegan a dar nombre a distintos momentos o a distintas imágenes que vamos a contemplar. Pero nosotros no nos podemos quedar en el dolor, la angustia y la amargura porque nos llena una esperanza y para nosotros estará ya siempre presente la luz final que vamos a contemplar en la resurrección que es la culminación de esta Pascua, de este paso de Dios. Es el sentido hondo que tenemos que darle a estos momentos y a estas celebraciones.

Es cierto que ante nuestros ojos van a ir proyectándose todos esos momentos de la Pasión, que como un adelanto ya en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor – que así es su nombre – en la lectura del evangelio de san Marcos, pero no nos quedamos en una proyección visual, aunque también nos ayude para la meditación, sino que ha de ser algo que hemos de ir proyectando en lo hondo del corazón para poder hacerlo vida en nosotros. Es importante abrir los ojos y los oídos viendo y escuchando todo lo que se nos proyecta y se nos proclama, pero es muy importante que sepamos abrir el corazón para que haya en verdad ese paso de Dios en nosotros, en nuestra vida.

Siempre la Iglesia nos ha invitado a un recogimiento especial en estos días, aunque no lo hemos sabido muchas veces interpretar bien, porque los hemos convertido en días de demasiada tristeza, sino que ese recogimiento significa crear el ambiente adecuado para que esa Palabra cale en nosotros, la podamos rumiar debidamente en nuestro interior, y podemos llegar a saborear toda esa maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta. Cuando el rumiante pasa una y otra vez aquello que ha comido para mejor digerirlo, es para sacar el mejor jugo, vamos a decirlo así, de aquello de lo que se ha alimentado.

No son días de sentirnos agobiados por la tristeza, sino momentos en que tenemos que saborear a fondo toda esa vida que se nos regala, y es un hermoso regalo de amor el que nos hace Dios cuando nos entrega a su Hijo como vamos a contemplar.. Es lo que queremos vivir en estos días. Es lo que verdaderamente nos conducirá a la Pascua. No vamos a vivir con angustias y amarguras estos momentos, aunque mucho sea el dolor que sintamos al vernos tan pecadores, sino que vamos a hacerlo llenos de esperanza, porque sabemos que ese paso de Dios es para la vida y la salvación.

No voy a detenerme al ofreceros esta reflexión en volver a la descripción de estos momentos de la Pasión de Jesús. Sobran las muchas palabras y necesitamos momentos de silencio y reflexión, como hemos venido diciendo. Aclamemos, sí, con mucho entusiasmo y alegría esta entrada de Jesús en Jerusalén,  que hoy de manera especial conmemoramos, porque en nuestra fe sabemos bien quien es el que como Rey y Señor va montado en un humilde borriquito para su entrada en la ciudad Santa. Sí, ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!

En verdad hoy estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey, porque así lo vamos a ver coronado en lo alto de la cruz en estos días. Lo contemplamos humilde, como lo había anunciado el profeta; lo contemplamos el último y el servidor de todos, como El nos había enseñado que teníamos que ser nosotros también. Es el que como el Señor lo veremos con la toalla ceñida a su cintura y la jofaina de agua en sus manos para lavar los pies de los discípulos. Es el que nos ha dicho que nuestra grandeza está en amar hasta las últimas consecuencias, porque el mayor amor es el de quien es capaz de dar la vida por los demás. Será un gentil, el centurión romano, el que al final de todo lo que parecía una terrible tragedia vendrá a proclamarlo como verdadero hijo de Dios.

Es lo que nos da hondo sentido a este momento de la entrada de Jesús en Jerusalén entre las aclamaciones de los niños porque con El queremos entrar también para llegar a la Pascua. Ya sé que nos cuesta, como le costaba entender a Pedro cuando Jesús lo anunciaba en la subida a Jerusalén. A última hora podemos seguir teniendo la tentación de la duda o el miedo que nos hace echarnos atrás, como le sucedió a los discípulos, o que se durmieron en el huerto, o cuando llegaron los momentos difíciles abandonaron y huyeron para esconderse en el Cenáculo, o llegar a la negación como le sucedió al envalentonado Pedro que sin embargo sucumbió ante una pregunta.

Pero podemos levantarnos, despertar, quitar nuestros miedos y cobardías, sentirnos con la fortaleza de la esperanza, porque tenemos la certeza de la luz pascual que iluminará nuestra vida. Crucemos este pórtico y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz. Haremos así en verdad la Pascua del Señor en nuestra vida.

martes, 27 de febrero de 2024

Hagamos las cosas como si nada hiciéramos teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás porque es la humildad la que engrandece a la persona

 


Hagamos las cosas como si nada hiciéramos teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás porque es la humildad la que engrandece a la persona

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

No sé si ya me habréis escuchado aquel refrán que dice que una cosa es predicar y otra dar trigo, pero es una cosa que hemos de tener muy en cuenta cuando se trata de dar un consejo, cuando pretendemos enseñar algo a los demás, o cuantas veces vamos por la vida pontificando de hombre buenos, capaces de ir de grandilocuentes por la vida, o queriendo decir cosas bonitas para los demás, pero que luego no nos las aplicamos a nosotros mismos. Y cuando os estoy diciendo todo esto, primero me lo estoy diciendo a mí que como humano puedo tener también esa tentación de vanidad.

Y es que nunca podemos pretender ir diciéndole cosas a los demás que nosotros no somos capaces de hacer. Es cierto que hasta del mayor pecador podemos aprender una lección, tener un buen aprendizaje para nuestra vida, no queriendo hacer lo malo que él hace, pero si somos capaces de tener una buena palabra para los demás con lo que tratamos de ayudar, comencemos por nosotros mismos, para que no nos quedemos en aquello que decíamos al principio de mucho predicar, pero de poco dar trigo, de poco manifestar en el fruto de nuestra vida aquella semilla que pretenderemos plantar en el corazón de los demás.

Es de lo que quiere hablarnos Jesús cuando nos previene de las actitudes y posturas de los fariseos. Ya en otra ocasión dirá que andemos con cuidado de la levadura de los fariseos. Hay levaduras que son buenas y ayudan a hacer fermentar la masa del pan, pero cuando la levadura está maleada lo que hace es estropear la masa. Y es lo que tenemos que cuidar con esas apariencias de vanidad que nos encandilen y nos confundan, esa palabrería vacía porque no es verdadero fruto de una buena semilla sembrada en el corazón y que se nos puede convertir más bien en cizaña. Y así estamos recordando el sentido de las parábolas que nos ofrece Jesús a lo largo del evangelio.

‘No hagáis lo que ellos hacen’, les dice Jesús. Pueden decir incluso cosas buenas y bonitas, gratas quizás de escuchar, pero que no son buena semilla sino que está maleada con las malas intenciones. Y las intenciones se manifiestan en lo que hacen; dicen, pero no hacen; imponen cargas sobre los demás, con pesadas y repetitivas normas, pero no son capaces de poner un dedo para moverlas, para ayudar; por eso no serán semilla buena.

Son otras las actitudes que hemos de tener en el corazón, son otros los valores que tenemos que desarrollar. Y nos habla Jesús de la sencillez con que hemos de obrar en la vida alejando toda sombra de vanidad, y todo el fuego del orgullo. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente’, les dice. Y le menciona la floritura de sus ropajes  y de sus mantos, a los que llenan de orlas con palabras de la ley escritas, que allí parecen florituras, pero que en la práctica de la vida son terrenos estériles y baldíos incapaces de dar buenos frutos.

Búsqueda de reverencias y reconocimientos, búsquedas de títulos que nada dicen o que no merecen. Cuidado no llenemos nuestras paredes de títulos y diplomas que luego desmerecemos por el vacío de lo que hacemos o de lo que pretendemos enseñar. Que son cosas que nos siguen tentando hoy.

Nada de puestos de relumbrón donde nos puedan ver y con los que estamos buscando el halago, sino verdadero espíritu de servicio para saber poner en el último lugar, allí donde mejor podamos prestar una ayuda o tender con más facilidad la mano a los que van renqueando por la vida en sus carencias o en sus debilidades. ¿Es eso realmente lo que pretendemos hacer?

Por eso terminará diciéndonos Jesús que el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido. Hagamos las cosas como si nada hiciéramos, pero teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás, aunque tengamos que ponernos de rodillas a sus pies.


sábado, 29 de octubre de 2022

Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

 


Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

Todos queremos un buen sitio; creo que eso lo tenemos claro; vayamos a donde vayamos, asistamos a los actos que asistamos, tenemos nuestros preferencias, nuestros lugares, porque allí vemos mejor, porque es el sitio que siempre he escogido, porque allí puedo tener más ventajas, porque estoy cerca de los que me interesa estar, porque un lugar preferente no nos hace daño… veinte mil razones diferentes si queremos contar, pero tenemos nuestros gustos.

Pero luego en la loca carrera de la vida, vienen los codazos porque por medio están los prestigios, los reconocimientos, los lugares que consideramos que nos toca por nuestros méritos, aquellos sitios donde podemos ejercer cierta influencia, o donde podemos estar más cerca del poder, de la manipulación, del relumbrón, de la vanidad que todo lo envuelve, en una palabra.

Claro que detrás de todo esto está el concepto que tengamos de la vida, los valores a los que le demos más o menos importancia, que es lo que voy buscando en la vida. Y es aquí donde Jesús quiere hacernos pensar. Parte el evangelio de algo tan corriente como el coger buen sitio en la mesa del banquete; buen sitio para ser mejor servido, buen sitio para estar cerca de las personas importantes y que también a mi me consideren importante, carreras diversas por diversos motivos para buscar un buen sitio en la mesa del banquete. Es lo que observa Jesús un día en que es invitado a una comida por un hombre principal, y al que estaban también invitados los que parecían ser los hombres importantes de la ciudad. Y es cuando Jesús nos deja la sentencia.

‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales…’

Parece la cosa más elemental, el consejo más elemental, para no quedar avergonzado en un momento así. Pero lo que nos está diciendo Jesús es algo más que unos protocolos que hay que seguir para no quedar mal ante nadie. Jesús nos está proponiendo un estilo, un sentido para nuestro actuar en la vida. Nunca podrá ser la apariencia; siempre ha de estar presente el espíritu de servicio y la humildad. No es el buscar pérdidas que nos den luego ganancias, es un estilo de vida de humildad, de servicio, de cercanía, de trato amigable en que no importan los lugares, sino el sitio que verdaderamente ocupemos en el corazón de las personas. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.

Ya nos dirá Jesús en otros momentos donde está la verdadera grandeza de la persona; nunca en la vanidad ni la apariencia, siempre en el servicio para ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Recordamos cuando sus discípulos más cercanos andaban a la greña discutiendo por el camino por los primeros puestos y les dice que será grande el que sea capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Recordamos a María la humilde esclava del Señor, pero en quien el Poderoso realiza obras grandes.

domingo, 28 de agosto de 2022

La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

 


La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

Hoy los protocolos de los que hemos llenado nuestra vida social y de relaciones entre unos y otros ya no hace que cuando vayamos a una boda, por ejemplo, vayamos como locos a buscar la mesa mejor, donde más pronto nos puedan servir, o donde podamos relucir nuestro ‘palmito’, sino que tendremos que irnos a buscar en unas listas qué mesa nos corresponde y con quien tenemos que compartir mesa, porque todo está muy reglamentado. Siempre nos quedará tiempo para murmurar y quejarnos del sitio que nos asignaron y la gente con la que hemos de compartir si no son de nuestro agrado, a pesar de la buena voluntad de los anfitriones. Siempre nos queda en el fondo aquel deseo de buscar el sitio de relumbrón donde podamos ‘mostrar’ nuestras vanidades.

Es lo que Jesús contempló en aquella ocasión cuando fue invitado por aquel fariseo principal a comer y el mensaje que Jesús nos dejará a invitados y a anfitriones. Nos está señalando que nuestros estilos tienen que ser diferentes, porque ni hemos de estar buscando sitios preferentes, primeros puestos, ni hemos de buscar rodearnos solamente de aquellos que consideramos ‘importantes’ sino que nuestro espíritu tiene que estar siempre abierto a todos. Es el estilo nuevo de los valores nuevos que Jesús nos está enseñando.

Qué importante que todos nos sintamos como hermanos, que todos nos sintamos iguales, que seamos acercarnos con sencillez y humildad a los demás, que nunca vayamos por la vida apabullando a los demás porque los consideremos inferiores, que si hay en nosotros unas cualidades o unos valores seamos capaces de desarrollarnos no para ponernos en un estadio superior sino que precisamente esa riqueza de nuestros dones enriquezca también a los demás. Es cierto que no todos tenemos las mismas responsabilidades ni tenemos las mismas capacidades o cualidades, pero esa responsabilidad y esa capacidad la tenemos que contemplar como un servicio que yo puedo y tengo que prestar a los demás.

La humildad que nos está pidiendo Jesús en nuestras relaciones entre unos y otros no significa por un lado ocultar aquellos dones de los que estoy dotado, ni haciendo alarde de mis valores servirme de ello para humillar a los demás. Por eso el corazón humilde, reconociendo incluso la riqueza de dones de su vida, tiene sin embargo una capacidad ilimitada de generosidad y de espíritu de servicio. El hombre humilde está pronto para despojarse siempre de sus vanidades y ceñirse la toalla del servicio asumiendo generosamente las responsabilidades de la vida que será también sentir como propio las necesidades de los demás.

Hoy nos habla de no pelearnos por primeros puestos ni lugares de honor y nos habla de compartir no con aquel que un día te va a pagar ese mismo servicio que ahora tu le prestas, sino con aquellos que nada tienen y que quizá no podrán corresponderte más allá de una buena palabra de agradecimiento.

No invites a tus amigos y a quienes un día también pueden invitarte a ti; eso lo hace cualquiera, como nos dirá en otro momento del evangelio cuando nos habla del amor, de la generosidad y del perdón. No hagas alarde de lo que haces o de lo que tienes, sino que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, nos dirá en otra ocasión.

No esperes nunca a que el otro sea el que dé el primer paso, sino que tus pies siempre estén dispuestos para ser los primeros que se pongan en marcha para encontrar al que está herido y caído en el camino.

sábado, 30 de octubre de 2021

No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

 


No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Quizás hoy cuando vamos a una comida con ciertas formalidades, por ejemplo un banquete de bodas, todo está preparado de antemano y ya nos tienen reservados los sitios situándonos según la familiaridad que haya entre los comensales para que nadie se sienta aislado en medio de gente que no conoce o no tiene mayor relación.

Pero cuando las cosas son más informales ya nos preocupamos de procurarnos sitios según nuestros intereses y buscamos lo que consideramos para nosotros el mejor sitio; pero también nos encontramos en situaciones en que hay poco menos que una lucha sorda por conseguir determinados sitios según algunos intereses que incluso intentamos camuflar; lugares de importancias, lugares donde aparezcamos que estamos bien situados, lugares donde nos parece que vamos a ser mejor servidos; hay intereses, vanidades disimuladas o en ocasiones intereses bien manifiestos de la importancia que nos queremos dar.

Algunas veces incluso llegamos a la desazón y a la queja porque nos puede parecer que fuimos relegados a un lugar que nosotros creíamos que no merecíamos, porque quizás pensamos que nos rebajaron de categoría o importancia.

No nos extraña lo que nos relata hoy el evangelio y en lo que se fijó Jesús nada más entrar. Poco menos que se peleaban por los primeros puestos, por los lugares de mayor importancia. Y esto le da ocasión a Jesús para hacernos reflexionar. Es, podríamos decir, la matraquilla de Jesús continuamente a lo largo del evangelio de que nuestro lugar está en el lugar del servicio, porque esa es nuestra verdadera grandeza.

‘Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola…’  y les habla claramente Jesús de que no vayas a los primeros puestos, sino que no te importe colocarte en un lugar cualquiera aunque fuera apartado que si el que te convidó considera que debes estar en otro lugar, ya él te llevará, porque la vergüenza peor que pudieras pasar es que te echarán para atrás. No es que vayamos buscando intencionadamente que nos exalten, pero el camino mejor que puedes llevar en la vida es el de la humildad y sencillez. Es ahí donde puede aparecer toda la grandeza de la persona.

El hablar aquí de un banquete es como un ejemplo o una parábola. Esto conecta con lo que hemos escuchado en otras ocasiones de las discusiones que había entre los discípulos cercanos a Jesús por los primeros puestos. Por eso nos dirá que será grande el que se haga el último y el servidor de todos. Es la actitud tan preciosa del servicio pero es también la actitud maravillosa de la sencillez y de la humildad. Frente a este mundo donde se vive tanto de las apariencias brillan como piedras preciosas las personas humildes y sencillas, los que nos buscan el figurar, los que hacen las cosas sin que nadie se entere, los que calladamente pasan por la vida haciendo el bien que al final dejará mejores huellas que los que van desde la apariencia y el orgullo. Por eso, aquello que nos dirá en otra ocasión que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

Y es lo que tenemos que aprender a valorar en los demás. Fácilmente nos sentimos encandilados por esos personajes llenos de vanidad que van figurando de relumbrón y se manifiestan muchas veces avasalladores de todo lo que encuentren a su alrededor, y no sabemos destacar a esas personas sencillas que calladamente van haciendo maravillas en su espíritu de servicio y en su humildad. Son las perlas preciosas en las que tenemos que fijarnos, a las que tenemos que valorar, las que tenemos que resaltar porque son el verdadero ejemplo para una sociedad que queremos hacer mejor.

 


domingo, 19 de septiembre de 2021

Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, de esa vida que tenemos que afrontar de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor

 


Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, de esa vida que tenemos que afrontar de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor

Sabiduría 2, 12. 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Nos sucede a veces; tenemos la intuición de que algo va a suceder, pero casi evitamos pensarlo, intentamos distraernos con otras cosas, aunque aquello no nos lo podamos quitar de la mente. Será un problema que se nos presenta y nos machaca allá en nuestro interior, serán quizás malos momentos que hemos pasado en nosotros mismos o con alguien, pero nos cuesta afrontar la realidad; nos cuesta, como se suele decir, coger el toro por los cuernos. Podríamos preguntar a alguien, podría pedir ayuda o consejo a quien nos lo puede ofrecer, pero nos da miedo, nos da vergüenza, y tratamos de convencernos de que eso no va a suceder.

Así andaban los apóstoles y poco menos que para pensar en otra cosa hacían aflorar sus sueños y sus ambiciones. Ahora no era intuición, habían sido las palabras de Jesús que por segunda vez les había repetido lo mismo, el sentido de aquella subida a Jerusalén, pero no entendían o no querían entender, porque quizá todo aquello les echaba abajo los sueños que se habían ido construyendo; ellos no eran distintos a la gente del común, y muchos cuando pensaban en el Mesías, pensaban en un caudillos triunfador y liberador del pueblo de las opresiones de pueblos extranjeros, devolviéndole a Israel las glorias de tiempos pasados. Por eso en el camino habían aflorado de nuevo sus sueños de grandezas, de lugares de poder, de primeros puestos, aunque no querían que se enterara el maestro de lo que ellos iban cavilando por su cuenta.

Atravesando Galilea, dice el evangelista, iban instruyendo a sus discípulos, a aquellos que había escogido como apóstoles, y más cercanos a El estaban. No quería Jesús incluso mientras atravesaban Galilea que la gente se enterara de su paso, porque quería aprovechar la ocasión. Les hablaba claramente: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará’. Pero nos dice el evangelista que ni se enteraban ni entendían lo que Jesús les decía ni se atrevían a preguntarle. ¿Intuían quizá que se les venían abajo sus sueños, los castillos en el aire que se habían creado?

Claro que hablar de muerte, de sufrimientos, de prendimientos y posibles cárceles, cuando ahora parecía que todo iba tan bien, no era pensamiento de gusto agradable. Siempre lo que sea sufrimiento lo rehuimos, y cuantas veces en la vida nos lo queremos incluso ocultar. Se le oculta al enfermo la gravedad de su situación, se lo oculta a los niños la realidad de la enfermedad o de la muerte, no queremos dar una noticia triste a una persona mayor porque eso le puede afectar tanto; pero es que en nosotros mismos nos cuesta aceptar lo que nos sucede, nos vemos con problemas en ocasiones y le quitamos la importancia, nos vemos enfermos y no queremos aceptar la realidad de que podemos enfermarnos y se pueda poner la vida en peligro. Cuántos miedos tenemos en la vida y nos los queremos ocultar a nosotros mismos, nos ponemos a pensar en otras cosas.

Y Jesús que quería instruirlos, los dejó; dejó que hicieran el camino y no intervino más en la conversación. Como sería normal en el camino ellos irían en corrillos y allí comenzaron las discusiones entre ellos. Pero cuidado que el Maestro no se entere y seguro que trataban de disimular su acaloramiento.

Pero como nos sucede en la vida, cuando andamos dándole vueltas y más vueltas en nuestra mente a las cosas y tratamos de disimular para que nadie se entere de lo que nos pasa, de lo que nos preocupa, siempre viene alguien que nota algo en nosotros y nos preguntará que nos pasa y hasta dará en el clavo señalándonos en concreto lo que nos pasa por dentro y nosotros tanto tratábamos de disimular.

Es lo que les pasó a los discípulos; habían ocultado sus miedos y trataban de disimular las ambiciones que hasta podrían convertirse en enfrentamientos. Cuando llegan a casa lo primero que les pregunta Jesús es ¿de qué hablabais por el camino? ¿De que estaban discutiendo? Y vaya si Jesús sabía. Habían venido discutiendo quién entre ellos iba a ser el primero y principal. Y Jesús los llamó y les dijo: ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’.

Y continúa diciéndonos el evangelista: ‘Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Acoger a un niño es acoger a Jesús, acoger a un niño es acoger al que ha enviado a Jesús.

El niño que no he considerado para nada en aquella sociedad. Hoy hablamos de los derechos del niño o de los derechos humanos, que nos afectan a todos, pero en aquella sociedad eso no era así. El niño no contaba, no se le tenía en cuenta, y ahora Jesús lo pone en medio. Es algo nuevo, es una actitud nueva ante las personas, es una actitud nueva que tiene que haber en mi corazón; había hablado de ser el último de todos y el servidor de todos, y ahora en ese todo incluye a quien nada valía, a un niño, pero que es una imagen de cómo nadie puede ser discriminado; como de todos tenemos que ser servidores.

Y esto lo escuchamos en el contexto de los anuncios que ha venido haciendo Jesús que tanto les cuesta aceptar. Es que nos está hablando Jesús del sentido de su vida, el Hijo del Hombre que no ha venido para ser servido, sino para servir. Y ese es el sentido de todo lo que le va a suceder a Jesús, de su pasión y de su muerte, de su pascua, que por supuesto no va a ser una derrota porque al mismo tiempo les está anunciando Jesús su resurrección.

¿Nos valdrá algo todo esto para nuestra vida? Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, nos está hablando de esa vida que tenemos que afrontar que tiene que ser de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor, nos está hablando también de que muchas veces ese camino se nos puede volver duro, se nos puede hacer difícil, pero es la entrega que hemos de vivir porque ese es el sentido de nuestro ser cristiano.

sábado, 21 de agosto de 2021

Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior

 


Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12

Creo que con una cierta sensibilidad podemos darnos cuenta fácilmente quien lleva algo en el corazón y quien va vacío por dentro. Cuando buscamos solamente las apariencias, los halagos, las alabanzas de los demás denotamos la superficialidad con que vivimos la vida y que realmente no tenemos nada que ofrecer desde dentro de nosotros mismos.  Podemos encontrar mucha gente así. Quieren vivir al día, a lo que salga, queriendo probar todo para disfrutar de todo, lo que significa que aun no han encontrado los verdaderos valores que den sentido a su vida, que le den grandeza a su existencia.

Quizás querrán manifestarse más cumplidores de los demás y con vanidad van enseñando las cosas que hacen para encontrar los elogios que alimenten su ego, pero lo que hay es un vacío interior. Para mantener su llamémosle prestigio hasta se volverán exigentes con los demás, porque se sienten imbuidos de una autoridad ficticia que no tienen, porque realmente no tienen nada que ofrecer de su propia vida vacía. Se querrán mostrar como maestros cuando realmente su vida insulsa no nos da ninguna lección.

De estos nos previene hoy Jesús en el evangelio. Son palabras fuertes las que escuchamos a Jesús contra los maestros de la ley y contra los fariseos. Nos dirá Jesús que aprendamos la lección pero que no los imitemos, porque caeríamos nosotros también esa vida vacía y hasta sin sentido.

Y nos enseña la actitud que hemos de tener hacia los demás. Por eso nos dice que no nos dejemos llamar ni padres ni maestros. La expresión padre no era solo una referencia al progenitor, sino a esa forma paternalista con que se presentaban los maestros de la ley y los fariseos, que siempre consideraban a los demás en una escala inferior y se mostraban como redentores que les enseñaban el verdadero camino. No es esa la actitud que nosotros hemos de tener, porque en fin de cuentas todos somos discípulos que tenemos que estar aprendiendo y nuestra manera de actuar es saber caminar al lado y a la altura de los demás en una actitud humilde y generosa de servicio.

Por eso nos habla Jesús que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos. Porque no vamos a engrandecernos vanidosamente poniéndonos por encima de los demás sino siempre con la actitud de servicio de quien ofrece lo mejor para los demás. Y aquello que llevo en el corazón es lo que mejor puedo ofrecer a los otros. Será esa disponibilidad y esa generosidad las que nos harán ricos de verdad por dentro, y desde ese amor que llevamos en el corazón es cuando podemos ofrecer lo mejor a los demás.


Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior; cuanto más generosos seamos en nuestro compartir más riqueza espiritual se acumula en nuestro corazón con la que podemos en verdad enriquecer a los que están a nuestro lado. No será nunca camino de prepotencias ni vanidades, sino siempre de disponibilidad generosa que no nos importa vaciarnos de nosotros mismos con tal de engrandecer a los demás. Es maravilloso el camino que nos señala Jesús en el evangelio. Haciéndonos pequeños nos haremos verdaderamente grandes.

sábado, 25 de julio de 2020

Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo



Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28
Un día había escuchado la llamada de Jesús. Estaba con su hermano Juan en la barca de su padre, Zebedeo, junto a otros jornaleros que tenían para el trabajo arreglando las redes para cuando de nuevo tocara salir a pescar. Había pasado Jesús y los había invitado a seguirle. Lo habían dejado todo, las redes, la barca, a su padre y se habían ido con Jesús. También su hermano Juan había escuchado la misma llamada y otros pescadores más allá también habían escuchado la invitación de Jesús, Simón y Andrés.
Por supuesto no podemos pensar que fue el primer encuentro con Jesús. Llevaba días rondando aquellas orillas del mar de Galilea, se había levantado en la sinagoga a hacer el comentario a la Ley y los profetas, en cualquier rincón se reunía con la gente para hablarles del Reino de Dios. Ellos también estarían en la Sinagoga, como formarían parte del grupo de la gente sencilla que se acercaba a escuchar a aquel nuevo profeta.  Además, estaban en la familia, eran parientes, su madre probablemente era hermana de María, la madre de Jesús. Algo conocían ya de la Buena Nueva que Jesús andaba anunciando.
Habría otro momento más adelante, que tratando de ayudar a Pedro porque a la Palabra de Jesús había cogido una redada tan grande que se reventaban las redes, también se había sorprendido por el poder de Jesús y las maravillas que realizaba y había escuchado de nuevo la misma invitación. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’.
Y con Jesús andaban ahora por todas partes, con El se reunían como amigos para escucharle aquellas palabras nuevas que Jesús decía y se sentían ya entusiasmados por Jesús; cuando partían de un lugar para otro, de aldea en aldea, ellos eran ya del grupo de los inseparables que iban siempre con Jesús. Para ellos tenía Jesús palabras aparte donde les explicaba con todo detalle aquellas parábolas que le ponía a la gente. Ellos estaban siendo esa tierra buena donde era sembrada la semilla y prometía que un día podría dar fruto.
Las gentes decían que nadie hablaba como El, y que un gran profeta había aparecido en medio del pueblo; las esperanzas de la venida del Mesías se avivaban y ya había algunos que pensaban si acaso Jesús no sería el Mesías. Claro que los sueños que ellos tenían sobre el Mesías que esperaban no se parecían mucho al estilo de vida que Jesús les enseñaba. Pero es normal que los sueños se despierten y comiencen también las aspiraciones. Si era el Mesías un día habría de manifestarse con mucho poder, y claro ellos que estaban cerca participarían de ese poder y de esa gloria. Normal que runrunearan en sus corazones esas aspiraciones.
¿Se atrevían ellos a presentárselas al Maestro? Entre ellos muchas veces hablaban de estas cosas y también soñaban con quien iba a ser el primero que tuviera más poder. Son cosas que brotan casi espontáneamente en el corazón de los hombres, porque a cualquiera le amarga un dulce. ¿Y si alguno se adelantaba? Se valen de madre, aquí los parentescos aparecen con sus propias influencias. Y allí se presenta la madre que tiene una petición que hacerle al Maestro, aunque ella ya de alguna manera lo estaba mirando como el Mesías anunciado. Tengo una petición que hacerte. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Jesús se les quedaría mirando. ¿Sabían ellos bien lo que estaban pidiendo? ¿Habrían terminado de entender lo que era su misión y cuál era la salvación que El ofrecía? ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Ellos parece que están dispuestos a todo y con prontitud responden aunque no sé si conscientes de lo que significaban las palabras de Jesús. Pero su cáliz lo beberán, pero los primeros puestos no se reparten de esa manera. En el Reino nuevo que Jesús anuncia el camino es el del amor y el del servicio. Solo el que sabe amar hasta el final, hasta ser capaz de dar la vida, al que no le importa hacerse el ultimo y el servidor de todos, es el que va a ser en verdad grande. Su Reino no es la manera de los reinos de este mundo, su poder no es como el poder de los poderosos de este mundo. Otro ha de ser el camino y el sentido de la vida.
Nos quedamos aquí contemplando esta escena del evangelio y tratando de verla reflejada en lo que ha de ser la vida de los cristianos de hoy y en lo que ha de ser el estilo de la Iglesia. Cuando hoy celebramos al apóstol Santiago y nosotros los españoles lo miramos como nuestro especial protector y como el primero que nos trajo el anuncio del evangelio de Jesús, nos quedamos rumiando esta escena, nos quedamos rumiando las palabras de Jesús a ver si convencemos de verdad que nuestra vida ha de ser el servicio.
Sentimos en nuestros corazones – o habríamos de sentirlo – el ardor misionero del apóstol que llegó a nuestras tierras y recogemos de su mano el testigo porque es lo que nosotros hemos de seguir haciendo. En esa España nuestra que con tanto orgullo decimos tantas veces católica tenemos que darnos cuenta que es necesario un nuevo anuncio del evangelio, una reenvangelización porque ya no todos conocen a Jesús, ya no todos viven esos valores del evangelio. Nuestra ‘católica’ España medio se ha descristianizado y otra vez hemos de sembrar con ardor la semilla del evangelio. Lo anunciamos y proclamamos como queremos proclamar bien alto nuestra fe, pero no olvidemos del testimonio que tenemos que dar.
No nos importe que no contemos entre fuerzas y poderes, pero sí que tenemos que sentir que haciéndonos los últimos y los servidores de todos es como mejor haremos ese anuncio. Despojémonos – despójese la Iglesia también en sus dirigentes y llamadas jerarquías – de esos boatos del poder para arremangarnos la toalla a la cintura para ir a lavarle los pies a nuestros hermanos. Muchos ropajes de apariencias de poder no nos valen para poder arrodillarnos junto al hermano que sufre y es por ahí donde tenemos que comenzar a limpiar y curar sus heridas. Bajémonos de ese caballo donde nos hemos subido, como subimos también al apóstol santiago, para utilizar como mucho el humilde borrico que utilizó Jesús en su entrada en Jerusalén.