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sábado, 2 de marzo de 2024

Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

 


Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Que aspiremos a cosas mejores no podemos decir que es malo, pues siempre tendría que haber en nosotros un deseo de superación y de crecimiento, lo que nos haría buscar lo que sea mejor; que mejoren nuestras condiciones de trabajo entra dentro de las normales y justas reivindicaciones en cualquier situación laboral; de entrada no podemos juzgar a quien no se encuentre a gusto en un sitio y quiera cambiar, eso está dentro de nuestras inquietudes humanas que es lo que nos lleva también a una mejora en las relaciones entre unos y otros e incluso a un desarrollo de nuestro mundo y en consecuencia también de nosotros mismos. Siempre andamos inquietos, parece lo normal de la vida.

Hoy se nos presenta una parábola en el evangelio en la que se nos comienza hablando de un hijo que lo tenía todo en casa de su padre, pero que un día decide romper; no se encuentra satisfecho, aspira para su vida otra cosa y parece como que se siente coartado en el hecho de estar bajo la autoridad del padre. Quiere hacer una renuncia a todo, pero comienza con exigencias que le llevan a una ruptura y a hacer que su vida se deslice por una pendiente muy resbaladiza que le lleva finalmente a malgastar cuanto ha recibido de herencia familiar y vivir de mala manera.

No escogió buen camino ni buenas formas para emprender su nueva vida que al final se convirtió en un infierno para él. Las rupturas violentas son muy dañinas porque nos dejan muchas huellas y malos recuerdos en el alma.

Y mientras estaba en aquel infierno de carencias y necesidades, se dio cuenta de la gran carencia de su vida pero no quería reconocerlo. Aunque pueda parecer lo contrario cuando añora los tiempos de trabajo junto a su padre está añorando un cariño que ahora le falta y le parece imposible recuperar.

Cuántas veces cuando nos vemos hundidos nos parece imposible que podamos recuperar aquello que habíamos tenido y que perdimos. Cuántas veces nos cuesta dar el paso para reconocer nuestros vacíos, nuestras soledades, la basura que hemos echado sobre nosotros mismos y nos cuesta sacudirnos de esos miedos para dar un paso adelante. A lo más vamos a ver si hacemos algunos arreglos y con el disimulo de unas cosas queremos comenzar de nuevo.

Pero había un padre que estaba esperando; había quien, a pesar de todo el dolor del corazón, seguía esperando y quería seguir confiando; había un padre que no había perdido la sensibilidad del alma y era capaz de sintonizar la presencia de un hijo que volvía aunque se tratara de disimular. Allí está el padre que ve de lejos, allí el padre que siente la presencia aunque nos parezca que nos queremos introducir por la puerta de atrás pero que sin embargo nos hacemos sentir; allí está el padre que no sabe de resentimientos ni echará nunca en cara porque el que vuelve siempre es el hijo aunque antes le hubiéramos dado por perdido; allí está el padre que no solo está esperando al hijo que viene de lejos sino que sale también en búsqueda del que aparentemente aún está en la casa, pero que sin embargo también en sus resentimientos había puesto grandes abismos de por medio.

Esta parábola que hoy nos propone Jesús cuya primera finalidad es hablarnos del amor de Dios siempre misericordioso que siempre nos busca, no le importa bajar a nuestro lado aunque parezca que puede manchar la blancura intachable de su amor – no le importa a Jesús mezclarse con prostitutas y pecadores porque es el médico que viene a sanar a los que están heridos -, y que siempre estará con los brazos bien abiertos para recibirnos como  hijos a pesar de que seamos tan pecadores porque para nosotros siempre tendrá una túnica nueva pura y blanca con la que revestirnos de nuevo.

Pero esta parábola puede decirnos mucho más. Siempre podemos volver a Dios, siempre podemos reemprender de nuevo del camino que nos haga encontrar la salud para nuestro espíritu, siempre podremos levantarnos de nuestros infiernos y de nuestras postraciones porque podemos tener la esperanza de un padre bueno que nos está esperando con los brazos abiertos. Grande es la misericordia del Señor.

Pero la parábola nos enseña también actitudes nuevas que nosotros hemos de tener con los demás. Ya sabemos que la motivación de la parábola fueron aquellos que criticaban y juzgaban la actitud de Jesús que buscaba a los pecadores.

Algunas veces nosotros somos así también, porque no terminamos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, con nuestros juicios y condenas, con los abismos que vamos creando en la vida con tantos a nuestro alrededor, de las discriminaciones que seguimos haciendo porque aquel no me parece bueno, porque el otro quizás un día hizo algo que no me gusto, porque quizás el que estaba a mi lado se separó de mí y yo no soy capaz de dar un paso para acercarme a él para que no vuelva a haber esa distancia.

Unas actitudes nuevas, una nueva forma de mirar, una nueva prontitud para acercarme al otro sea quien sea. Muchas cosas nuevas también tendrían que haber en mí. Es algo en lo que yo también tengo que aspirar a ser mejor.


martes, 27 de febrero de 2024

Hagamos las cosas como si nada hiciéramos teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás porque es la humildad la que engrandece a la persona

 


Hagamos las cosas como si nada hiciéramos teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás porque es la humildad la que engrandece a la persona

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

No sé si ya me habréis escuchado aquel refrán que dice que una cosa es predicar y otra dar trigo, pero es una cosa que hemos de tener muy en cuenta cuando se trata de dar un consejo, cuando pretendemos enseñar algo a los demás, o cuantas veces vamos por la vida pontificando de hombre buenos, capaces de ir de grandilocuentes por la vida, o queriendo decir cosas bonitas para los demás, pero que luego no nos las aplicamos a nosotros mismos. Y cuando os estoy diciendo todo esto, primero me lo estoy diciendo a mí que como humano puedo tener también esa tentación de vanidad.

Y es que nunca podemos pretender ir diciéndole cosas a los demás que nosotros no somos capaces de hacer. Es cierto que hasta del mayor pecador podemos aprender una lección, tener un buen aprendizaje para nuestra vida, no queriendo hacer lo malo que él hace, pero si somos capaces de tener una buena palabra para los demás con lo que tratamos de ayudar, comencemos por nosotros mismos, para que no nos quedemos en aquello que decíamos al principio de mucho predicar, pero de poco dar trigo, de poco manifestar en el fruto de nuestra vida aquella semilla que pretenderemos plantar en el corazón de los demás.

Es de lo que quiere hablarnos Jesús cuando nos previene de las actitudes y posturas de los fariseos. Ya en otra ocasión dirá que andemos con cuidado de la levadura de los fariseos. Hay levaduras que son buenas y ayudan a hacer fermentar la masa del pan, pero cuando la levadura está maleada lo que hace es estropear la masa. Y es lo que tenemos que cuidar con esas apariencias de vanidad que nos encandilen y nos confundan, esa palabrería vacía porque no es verdadero fruto de una buena semilla sembrada en el corazón y que se nos puede convertir más bien en cizaña. Y así estamos recordando el sentido de las parábolas que nos ofrece Jesús a lo largo del evangelio.

‘No hagáis lo que ellos hacen’, les dice Jesús. Pueden decir incluso cosas buenas y bonitas, gratas quizás de escuchar, pero que no son buena semilla sino que está maleada con las malas intenciones. Y las intenciones se manifiestan en lo que hacen; dicen, pero no hacen; imponen cargas sobre los demás, con pesadas y repetitivas normas, pero no son capaces de poner un dedo para moverlas, para ayudar; por eso no serán semilla buena.

Son otras las actitudes que hemos de tener en el corazón, son otros los valores que tenemos que desarrollar. Y nos habla Jesús de la sencillez con que hemos de obrar en la vida alejando toda sombra de vanidad, y todo el fuego del orgullo. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente’, les dice. Y le menciona la floritura de sus ropajes  y de sus mantos, a los que llenan de orlas con palabras de la ley escritas, que allí parecen florituras, pero que en la práctica de la vida son terrenos estériles y baldíos incapaces de dar buenos frutos.

Búsqueda de reverencias y reconocimientos, búsquedas de títulos que nada dicen o que no merecen. Cuidado no llenemos nuestras paredes de títulos y diplomas que luego desmerecemos por el vacío de lo que hacemos o de lo que pretendemos enseñar. Que son cosas que nos siguen tentando hoy.

Nada de puestos de relumbrón donde nos puedan ver y con los que estamos buscando el halago, sino verdadero espíritu de servicio para saber poner en el último lugar, allí donde mejor podamos prestar una ayuda o tender con más facilidad la mano a los que van renqueando por la vida en sus carencias o en sus debilidades. ¿Es eso realmente lo que pretendemos hacer?

Por eso terminará diciéndonos Jesús que el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido. Hagamos las cosas como si nada hiciéramos, pero teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás, aunque tengamos que ponernos de rodillas a sus pies.


miércoles, 9 de agosto de 2023

Aunque haya habido sombras en nuestra vida aún podemos encontrar una auténtica luz que no se apague para poder ayudar en el camino de tantos a nuestro lado

 


Aunque haya habido sombras en nuestra vida aún podemos encontrar una auténtica luz que no se apague para poder ayudar en el camino de tantos a nuestro lado

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Si te vas a presentar para desempeñar una responsabilidad no te vale que en tu curriculun pongas los merecimientos de otros ni que a la hora de presentarte a esa oposición otro a última hora ocupe tu lugar. Ya sé lo que ve vais a decir, que eso es lo que habitualmente se hace en la vida en muchas cosas, nos arrogamos los merecimientos de otros, nos apañamos como sea para pasar un examen, pero en la hora de la verdad serás incapaz de desempeñar esa responsabilidad y quedarán a las claras las trampas, por decirlo de alguna manera, de las que te has aprovechado.

 No es que en la vida tengamos que estar presentando currículo y nos estén pasando examen de lo que hacemos o de lo que sabemos. Quizás si fuera solo por un examen muchos que son muy estudiosos podrían parecer que lo tienen fácil, pero es algo más lo que hemos de mostrar en la vida con lo que hayamos podido dejar una huella en ese camino.

Es ahí donde tienen que manifestarse los verdaderos valores de la persona, es ahí donde va aparecer la auténtica responsabilidad con que nos hemos tomado la vida y lo que en ella teníamos que desempeñar, es donde se va a manifestar la calidad y la madurez de nuestra persona, lo que verdaderamente hemos crecido y  madurado como personas para que todo no se quede en apariencia y en vanidad.

Algunas veces quizás quisiéramos parecernos a ese coro bonito y bien formado con caritas todas sonrisueñas pero que solo unas figuras pintadas en una tela o en un mural, o figurantes que hemos organizado en un cortejo para que quede muy bonito como si fuera un espectáculo de cine, pero donde no hay vida. Cuidado con que detrás de esas apariencias no haya nada. ¿Seremos nosotros como figurantes bien formados para hacer un desfile espectacular?

Es eso lo que nos está denunciando hoy Jesús en el evangelio con esta parábola que nos ha propuesto. Allí estaban en el camino aquel coro de doncellas todas bonitamente formadas con sus lámparas encendidas en sus manos. Podría ser una imagen muy bonita ese coro de luz en medio de una noche oscura y tenebrosos caminos. Pero era solo eso, al menos en parte del grupo, porque cuando la espera se prolongó más de lo esperado algunas luces comenzaron a apagarse sin poder encender de nuevo por falta de combustible.

Llegó entonces la hora del vacío y de las prisas. Se habían preocupado de dar la imagen de un grupo muy luminoso, pero a la hora de la verdad a la mitad le faltó la luz, porque les faltó el aceite. No valía ahora el pedir aceite prestado; había sido necesario ser precavidas para llevar el aceite de repuesto cuando además esas lámparas tenían que estar encendidas en toda la noche de fiesta. Ya no valía el buscarlo a última hora porque ya llegarían tarde a la entrada de la boda y entonces no iban a ser reconocidas.

¿Así serán nuestros vacíos? Miramos atrás y hacemos un recorrido por la vida y ¿qué es lo que podemos observar? ¿Cuál es la hondura espiritual que ahora podemos mantener y presentar? ¿Hemos sabido a lo largo de nuestra vida ir a la fuente, ir allí donde podíamos recargar bien las pilas de nuestro espíritu para que cuando vinieran esos momentos difíciles, esos momentos que quizás no esperábamos, estuviéramos lo suficientemente fuertes para salir adelante?

Quizá nos ponemos a pensar, a repasar un poco lo que ha sido nuestra vida donde no hemos dado todos los frutos que teníamos que haber dado, donde no teníamos la fortaleza suficiente cuando llegó el momento difícil de la debilidad, donde tantas veces nos manifestamos como chiquillos sin madurez para afrontar los problemas que iban surgiendo, porque quizás no habíamos cuidado lo suficiente esa hondura espiritual que necesitamos cultivar en nuestra vida. Teníamos tantas cosas que hacer, andábamos siempre con tantas prisas, que no tuvimos tiempo ni para un encuentro interior con nosotros mismos, ni para un encuentro profundo con el Señor en la oración abriéndonos de verdad a su Palabra y a su Espíritu.

Aunque haya habido sombras en nuestra vida que aun quizás permanecen no nos podemos llenar de pesimismo ni de amargura. El Señor sigue esperando nuestra respuesta; busquemos ahora todavía la manera de fortalecernos interiormente, de crecer en espiritualidad, de llenarnos de Dios, para que haya una auténtica luz que no se apague con que podamos ayudar en el camino de tantos a nuestro lado. Mucho aun podemos hacer.

jueves, 20 de abril de 2023

Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

 


Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Se supone que hablamos de lo que sabemos; lo que sale por nuestros labios, y estamos haciendo referencia a nuestras palabras, es lo que llevamos dentro, lo que son nuestros pensamientos, que pueden ser nuestros deseos, que pueden ser nuestras experiencias, que puede ser la reflexión que nos hacemos sobre la vida, que puede ser lo que hondamente hayamos rumiado, pensado y reflexionado en nuestro interior; podemos incluso equivocarnos, pero es la sinceridad, o debe ser, de nuestro pensamiento; no hemos incluso de tener miedo de equivocarnos mientras haya una búsqueda sincera, que nos lleve a aceptar la verdad que podamos encontrar en lo que nos ofrecen.

Ya sabemos que hay personas que hablan y hablan y no saben de lo que hablan, están vacíos, pero de todo quieren saber; no reflexionan  hondamente pero de todo quieren opinar y en muchas ocasiones incluso pontificar dándoselas de sabios, pero donde se nota pronto el vacío que llevan dentro. Algo que tenemos que cuidar, algo de lo que también hemos de precavernos para no caer en esas redes ilusorias que nada dicen, nada nos pueden ofrecer.

¿A quien escuchamos? ¿Qué es lo que muchas veces se nos ofrece en nuestro entorno? Da gusto escuchar palabras sabias, palabras que te hacen pensar y reflexionar, palabras que te enriquecen, palabras quizás que te plantean interrogantes no para desorientarte sino para ayudarte a encontrar la verdad, palabras que se te ofrecen con sencillez, pero que van dando lustre a tu espíritu porque le dan hondura a tu vida. No es fácil en ocasiones encontrarlas, porque muchas veces encontramos vacío.

 Palabras que también tenemos que discernir para en medio de la arena encontrar la piedra preciosa. Sin confundirnos, con paciencia y con humildad, poniendo en juego toda nuestra inteligencia para dejar a un lado la escoria. Y eso cuesta, nos exige también esfuerzo, voluntad, constancia, perseverancia.

En Jesús encontramos esa fuente de sabiduría. Cuando decimos que creemos en El es porque en El hemos encontrado esa verdad que nos da vida, nos pone en camino de verdadera plenitud, nos llena de la sabiduría de Dios. Como nos dice hoy en el Evangelio ‘el que viene de lo alto está por encima de todos, el que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra el que viene del cielo está por encima de todos, de lo que ha visto y ha oído da testimonio…’

Ya nos lo repite muchas veces que El viene de Dios y nos viene a trasmitir la sabiduría de Dios. Por algo desde el principio del evangelio de san Juan se nos dice que es la Palabra, que estaba en Dios, que viene de Dios, y que viene como luz y como vida para el mundo. Es la Palabra que ha plantado su tienda entre nosotros. Es la Palabra que tenemos que escuchar y plantar en nuestro corazón. Es la Palabra que nos da vida y nos llena de salvación. Aunque a veces no queremos escucharla, a veces nos cuesta escucharla, porque son muchos los ecos de palabras vacías que resuenan a nuestro alrededor y nos ensordecen.

Hoy nos dice que ‘el que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida’. Y concluye diciéndonos que ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’. 

Escuchemos pues a Jesús, dejémonos empapar por su Evangelio. Es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios. Es quien va a dar verdadero hondura a nuestra vida, verdadero sentido y valor a nuestra existencia.

domingo, 31 de julio de 2022

Buscamos seguridades, acumulamos y nos llenamos de cosas, nuestras alforjas tan pesadas nos impiden caminar, miremos con mirada distinta lo que somos para un sentido nuevo

 


Buscamos seguridades, acumulamos y nos llenamos de cosas, nuestras alforjas tan pesadas nos impiden caminar, miremos con mirada distinta lo que somos para un sentido nuevo

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

¿Buscamos seguridades en la vida? Pues, sí. Nos queremos construir un futuro y nos preparamos. Queremos tener una seguridad para nuestra vida y para nuestra salud en el futuro, y por un lado nos cuidamos, pero también hacemos nuestras previsiones para que tengamos de donde echar mano cuando lo necesitemos, cuando la salud se nos resquebraje, o cuando ya no seamos capaces de conseguir unos medios por nosotros mismos. Es lógico, es normal, que busquemos esa seguridad, busquemos esos apoyos en los que sustentar nuestra vida.

Pero, ¿en qué sustentamos nuestra vida? Aquí viene una pregunta importante, porque según sea nuestra respuesta o nuestro planteamiento veremos de qué seguridades estamos hablando. ¿Solo es cuestión de unos bienes materiales? ¿Y donde está nuestra relacion con las personas? ¿Cuál es el valor que le damos a la persona? ¿Cuál es el valor que le damos a las personas con las que convivimos y hacemos camino?

Vienen los peligros en los planteamientos; vienen las vanidades que se convierten en oropeles de los que nos rodeamos pero que nada valen; vienen esas otras apetencias y ambiciones que nos pueden hacer soñar en pedestales, que no tienen base; viene el que estemos más atentos a nuestras cuentas del banco que del valor de la persona que somos o del valor de esas personas que nos rodean y con las que caminamos.

Nos podemos cegar, podemos perder el rumbo, podemos encontrarnos arenas movedizas bajo nuestros pies y perder todas aquellas seguridades donde habíamos apoyado nuestra vida. ¿Qué es lo que buscamos que pueda hacernos realmente grandes? Podríamos pensar en el prestigio o en el poder; ese relumbrón que nos hace famosos porque un día quizás hicimos algo que parecía que salía de lo normal, esa buena consideración que los demás puedan tener de nosotros, o las apariencias tras las que ocultamos la realidad de nuestra vida muchas veces vacía. ¿Cuáles son los verdaderos valores por los que luchamos y nos esforzamos? ¿Qué es lo que realmente va a hacer grande a la persona? ¿Por qué seguimos en la vida dándonos codazos y traspiés los unos a los otros por estar un punto más alto que el que está a nuestro lado?

El evangelio que hoy escuchamos parte de unas peticiones que un buen hombre vino a hacerle a Jesús; los problemas de las herencias que tantas familias rompen. ‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia’. La respuesta de Jesús no tiene desperdicio. ‘¿Quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?... Guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. ¿De qué hacemos depender la vida? ¿Cuáles son nuestras seguridades? Nos hemos venido preguntando a lo largo de nuestra reflexión.

Y nos propone Jesús la parábola de aquel hombre rico que obtiene una buena cosecha que le hace engrandecer sus graneros y bodegas de manera que ya parece que se siente satisfecho para siempre porque ya no tendrá que trabajar. En otra ocasión nos dirá Jesús que de qué nos vale ganar todos los tesoros y poderes del mundo, si perdemos la vida. En el caso de la parábola aquel hombre que se pensaba que ya iba a vivir bien para siempre, aquella noche le llegó la hora de la muerte. ¿De quien será todo aquello que había acumulado?

Sí, ¿de qué nos valen tantas cosas que vamos acumulando en la vida? Miremos nuestras alforjas tan pesadas que ya no nos dejan ni caminar. Miremos lo que tenemos y cuan preocupados andamos por guardarlo y que nadie nos lo pueda quitar o robar. Miremos lo que vamos guardando y ni siquiera sabemos disfrutarlo, pero que vendrá un día que ya no lo podamos usar y se va a quedar para trapo de limpieza. Miremos todas esas vanidades de las que hemos llenado la vida y démonos cuenta del vacío que sin embargo sentimos por dentro porque nada nos satisface ni nos llena. Y así cuantas preguntas tendríamos que irnos haciendo.

Miramos las cosas que tenemos, los adornos que nos llenan de vanidad, aquellos poderes o sabidurías que decimos poseer, pero ¿nos fijamos en las personas que están a nuestro lado? ¿Seremos capaces de detenernos para saludar y para escuchar? ¿Cómo es nuestra vida? pasamos al lado de los demás y no sabemos cual es el color de sus ojos, porque nunca les miramos cara a cara. Seguimos de largo con nuestras prisas por los caminos de la vida porque vamos a entretenernos no se con cuantas cosas tenemos a mano, pero no somos capaces de distinguir la lágrima que rodaba por la mejilla de esa persona que está a tu lado. Estamos pendientes de no sé cuantos ecos de sociedad y comidillas de esos personajes que se dicen famosos y cuya vida con todas sus trampas está en boca de todos, pero no somos conscientes de los dramas que pudiera haber tras la puerta de al lado.

¿Cuáles son las cosas importantes a las que tenemos que prestarle atención en la vida? ¿Cuáles son las cosas que nos darán verdadero valor a nuestra existencia?

jueves, 20 de enero de 2022

Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

 


Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Los entusiasmos a veces nos pueden llevar a confusiones. Y por otra parte qué fáciles de manipular son unas multitudes enfervorizadas o entusiasmadas por algo. Basta que surja una voz que diga por aquí, para que todos a una corran en aquella dirección. Las manifestaciones tienen a veces consecuencias que no somos capaces de prevenir muy bien, cuando una multitud entusiasmada se ciega ante unas consignas no sabemos en lo que puede terminar; fijémonos en las violencias que provocan en ocasiones incluso en personas que nos parecía que eran muy pacíficas.

Pero esto puede hacer referencia a muchas cosas en la vida. Un entusiasmo por la amistad con alguien algunas veces puede llevar a confusiones donde no sabemos qué es realmente la verdadera amistad o las pasiones que se pueden desbocar. Nos podemos cegar en nuestro entusiasmo y realmente no lleguemos a captar lo verdadero y mejor de un mensaje, y en el aspecto religioso – que también en otros aspectos de la vida social – pueden desembocar en fanatismos, que no llevan en si mismos la verdadera paz del espíritu.

No quería Jesús que fuese ese el camino de los que le seguían y se convertían en sus discípulos. En el evangelio vemos con frecuencia esas multitudes que acuden de todas partes a Jesús porque quieren escucharle en las nuevas esperanzas que se suscitan en sus corazones, pero muchas veces solo buscando al taumaturgo que milagrosamente nos libere de todos los males, pero no dejando que se liberen de verdad los corazones. De ello nos está hablando hoy el evangelio. ‘Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón…Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Al principio hay unas previsiones que podríamos llamar de orden público o de protección civil empleando lenguajes de nuestro tiempo, ‘porque encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío’. Pero pronto vemos que Jesús quiere hacerles reflexionar en algo más. No dejaba que los que habían sido curados de los espíritus inmundos divulgaran lo que Jesús hacía o lo que ellos decían que era Jesús. ‘Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer’. No busca Jesús que su seguimiento sea simplemente por esos entusiasmos milagreros. El ha venido a anunciar la llegada del Reino de Dios y todo ha de comenzar por la conversión de los corazones. Mientras no haya esa conversión del corazón no habrá un verdadero seguimiento de Jesús.

¿Cuál es nuestra manera de seguimiento de Jesús? ¿Partiremos en verdad de esa conversión de los corazones? Bien conocemos nuestra realidad que en cierto modo es tan variada. Somos dados a movernos solamente desde cosas extraordinarias y fácilmente nos entusiasmamos con hechos milagrosos. Ha seguido siendo así a pesar del cambio de los tiempos. Sin quitarle el valor que esos lugares pudieran tener y ser también un signo que nos llame a la conversión, pero qué fáciles somos para correr de acá para allá buscando esos santuarios y lugares que encontramos más milagrosos. Seguimos buscando ese milagro que, decimos, fortalezca nuestra fe.

Nos entusiasmamos con manifestaciones multitudinarias en torno a una imagen sagrada, pero quizá no somos capaces de abrir con el mismo entusiasmo los oídos del corazón para escuchar la llamada del Señor a una vida mejor y una vida más santa. Cuidado no caigamos en la pendiente de los fanatismos religiosos por los que fácilmente podemos resbalar y cuando pase ese momento de verdad todo se pueda quedar en un vacío.

Creo que tenemos que ir haciendo paradas en la carrera de nuestra vida para entrar en momentos de mayor reflexión y de mayor interiorización, de un crecimiento de una verdadera espiritualidad que interiormente nos haga crecer y que se manifieste luego en ese compromiso de una vida cristiana auténtica, de una vida de un verdadero seguimiento de Jesús.

 

miércoles, 25 de agosto de 2021

El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

 


El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

1Tesalonicenses 2, 9-13; Sal 138; Mateo 23, 27-32

Todos queremos conservar intacta nuestra imagen; bueno, la imagen que nos hemos creado de nosotros mismos, donde siempre queremos presentar el lado bonito, pero que no se vean los claroscuros que pudiera haber. Como anécdota recuerdo siempre a un hombre, que no era muy agraciado en su cara hay que reconocerlo, pero que él decía de sí mismo que era bonito y cuando se hacía una fotografía se ponía de perfil de tal forma que no se vieran las partes de su rostro que no eran tan agraciadas.

Pues un poco así somos aunque no lo queramos decir en voz alta. Quizás lo que más nos duele de algún error que hayamos cometido en la vida, no es el error en sí, sino lo que los otros podrán pensar de él cuando se enteren, la desilusión que se van a llevar porque siempre nos tuvieron por buenos y nosotros nos aprovechamos de ello presentando solo ese lado bueno y de evitar esos otros lados oscuros de la propia vida. Es lo que llamamos el prestigio que tenemos que salvar, el buen nombre que podríamos tener y por eso quizás damos una apariencia que no refleja lo que en verdad somos.

Así vamos por la vida llenos de vanidades, con muchas apariencias que no reflejan la auténtica realidad. Nos manifestamos grandilocuentes cuando no sabemos decir dos palabras seguidas, por decirlo de alguna manera; nos queremos presentar fuertes y poderosos, cuando sentimos tanta debilidad en nuestro interior y tantos miedos que en el fondo vamos acobardados; ocultamos la timidez que llevamos dentro dando apariencias de seguridades que no tenemos pero con nuestra prepotencia y con nuestra autosuficiencia tratamos de disimularlo; queremos presentarnos como personas muy religiosas y haciendo muchas recomendaciones a los demás de cómo tiene que ser su religiosidad, cuando nosotros estamos vacíos por dentro y sin ninguna espiritualidad que merezca la pena.

Y de esto nos encontramos en todas las facetas de la vida y de la sociedad; y es triste reconocerlo, pero muchas veces nos encontramos así entre gentes de iglesia y hasta en quienes tienen que ser dirigentes o formadores de la comunidad cristiana. Cuanto vacío nos encontramos tantas veces, cuanta palabrería, cuanta fanfarria, cuantas suntuosidades, pero donde falta algo profundo. Y no nos queremos dar cuenta o tratamos de buscar disimulos o disculpas.

Hoy Jesús llama sepulcros blanqueados a aquellos fariseos y maestros de la ley que se quedaban en las apariencias y en la hipocresía y nada tenían en su interior. Cuando leemos este evangelio nos damos gusto cargando contra aquellos y hasta nos frotamos las manos, pero no somos valientes para hacer una lectura donde nosotros nos veamos reflejados en aquellos personajes y aquellas actitudes que Jesús denuncia en el evangelio. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos que nos vemos bien reflejados en esas páginas del evangelio y en esas palabras de Jesús.

Tenemos que examinar la autenticidad de nuestras vidas y la sinceridad de nuestro vivir. No nos cueste reconocer nuestras debilidades, nuestras inseguridades, nuestra superficialidad, porque puede ser el punto de arranque para que siendo conscientes de nuestra condición nos pongamos en serio a cambiar, a buscar la manera de encontrar esa espiritualidad profunda que dé sentido a nuestras vidas.

El evangelio tiene que ser un interrogante para nosotros al que no hemos de tenerle miedo. Con la sinceridad reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nuestra vida nos haremos más creíbles para los demás, seremos más auténticos.

martes, 12 de enero de 2021

Con qué autoridad hacemos el anuncio del evangelio en cuanto nos sentimos liberados por la Palabra de Jesús y somos signo de liberación para los demás

 


Con qué autoridad hacemos el anuncio del evangelio en cuanto nos sentimos liberados por la Palabra de Jesús y somos signo de liberación para los demás

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

Es cierto aquello de que una imagen vale más que mil palabras, pero bien sabemos que vivimos en un mundo de palabras. Es la manera de expresarnos y de comunicarnos; lo que son nuestros pensamientos, lo que llevamos dentro, incluso aquello que queremos hacer tenemos que transformarnos en palabras con las que nos comuniquemos mutuamente esos deseos, esas ideas, esos proyectos. Es cierto que empleamos el lenguaje de los signos y de las imágenes y con ellas también hablamos  y nos expresamos, pero al final en nuestra conversación terminamos por transformarlo en palabras, para dialogarlo y discutirlo, para poder realizarlo sobre todo cuando es una tarea – como lo es la vida misma – que realizamos en común o en comunión.

Nos habla todo aquel que tiene algo que decirnos, nos habla el que quiere instruirnos y enseñarnos porque incluso con las palabras nos hará comprender aquello que ha llegado a nosotros por signos e imágenes, nos habla el maestro o el poeta, pero nos habla también quien tiene proyectos para la vida y la sociedad en la que vivimos, ya sea el filósofo o ya sea el político.

Pero nos cansamos a veces de las palabras, porque nos suenan huecas y vacías, porque realmente no nos trasmiten un contenido que nos entusiasme, o porque tras esas palabras descubrimos la mentira, la falsedad, la apariencia, la hipocresía o la búsqueda de unos intereses previamente creados y valga la redundancia excesivamente interesados. Algunas veces quisiéramos hacernos oídos sordos a esas palabras vacías, pero son tales los gritos y violencias con que quieren trasmitírnoslas que no nos queda más remedio que oírlas, pero quizás no escucharlas.

Pero no pensemos que esto es cosa solo de nuestro tiempo. En todo momento de  la historia ha habido charlatanes, personas que juegan con las palabras y nos pueden presentar la imagen de cosas maravillosas pero que han sido discursos sin contenido y sin fundamento y se quedan igualmente en el vacío. Todos nos podemos engañar, todos nos podemos dejar seducir por esas banalidades de la vida que se nos quieren presentar profundas pero que sabemos bien que no tienen ningún contenido. Son palabras sin autoridad, porque no van acompañadas de la vida de quien las pronuncia quedándose entonces sin ninguna autoridad.

‘Este sí que habla con autoridad, no como los escribas y maestros de la ley’, exclaman en la Sinagoga de Cafarnaún cuando aquel día les ha enseñado. ¿De qué les hablaría Jesús? porque el evangelista en esta ocasión no hace ninguna mención. Pero contemplando lo que fue el inicio de su predicación y lo que sería la constante de su enseñanza, tuvo que hablarles de la llegada del Reino de Dios. Había que convertirse y creer en él, había que dejarse transformar para convertir a Dios en el único Señor de la vida, había que creer aquella Palabra de Jesús porque allí no estaba la palabra de un hombre cualquiera, sino del que era en verdad la Palabra de Dios venida a este mundo para ser luz y para ser salvación.

La reacción no se hace esperar por parte de aquellos que están reacios a aceptar ese Reinado de Dios; a cuántos les cuesta aceptar esa palabra nueva y esa palabra de vida que nos invita a dejarnos transformar para ser unos hombres nuevos. Nos viene bien y cómodo quizá quedarnos como estamos. La reacción en aquella ocasión vino de un hombre poseído por un espíritu inmundo. ‘¿Qué quieres de nosotros? ¿Quieres acabar con nosotros? Sé quien eres: el santo de Dios’.

El espíritu del mal que se había adueñado del corazón del hombre no podía permitir ser arrojado fuera, para que Dios fuera el único Señor del hombre y de la historia. Es normal esa reacción de los endemoniados, como dice el evangelio, de los que están poseídos por el espíritu del mal. ¿No lo seguiremos viendo en el hoy de nuestra vida? Todo son dificultades y oposición a aquel que quiere llevar adelante una obra buena, una obra en la que muchos se verán liberados de muchas esclavitudes.

Porque seguimos encadenados a muchas cosas, son muchos los apegos del corazón y de la vida, son muchos los vicios que contaminan nuestro espíritu y qué difícil se nos hace liberarnos de ello, son muchos los intereses creados en algunas personas que quieren tener un cierto poder de manipulación sobre los otros en su afán de dominio o de ganancias que cuando alguien quiere liberarse de esas esclavitudes va a encontrar muchas cosas o personas que quieren influir sobre él y arrastrarle a ese mismo camino de perdición.

Jesús hablaba con autoridad porque liberó a aquel hombre de su mal, de la esclavitud que le oprimía. La gente estaba asombrada. A Jesús bien merecía la pena escucharle porque sus palabras eran palabras de vida y daban vida. Le veremos luego curando a tantos enfermos, como un signo de esa liberación que quiere realizar en nosotros.

Claro que en nuestra reflexión nos queda una pregunta sobre la autoridad con que nos presentamos nosotros haciendo el anuncio del mensaje de Jesús, o la autoridad de la misma Iglesia. Puede parecer fuerte. Pero seriamente tenemos que ver en qué medida nos sentimos liberados desde la Palabra de Jesús y en qué medida somos nosotros liberación para los demás. Porque esas señales tenemos que darlas y de una manera clara. El evangelio seguirá ayudándonos a comprenderlo y a realizarlo.