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sábado, 30 de mayo de 2026

Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

 


Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

Judas 17.20b-25; Salmo 62; Marcos 11, 27-33

¿Lo que vale en la vida son los títulos que le den vanidad a la posición en la que queremos presentarnos o la autenticidad de una vida noble capaz de poner humanidad en aquello que hacemos?

A veces nos quedamos encandilados cuando llegamos a un lugar, al despacho de un profesional o a su lugar de trabajo y lo primero que nos encontramos en la pared frente a nosotros todo un conjunto de titulaciones expedidas por las más exitosas universidades por ejemplo, o los galardones o premios recibidos en diferentes competiciones a todos los niveles, o los diplomas logrados en mil congresos o como quieran llamarse a los que se haya asistido. ¿Se nos quiere mostrar ahí y así la calidad profesional de esa persona y su preparación? Parece que eso sería lo que le daría prestigio y calidad a ese profesional o a esa institución a la que pertenece. Pero, ¿realmente eso nos está manifestando la calidad profesional y humana de esas personas o esas instituciones? ¿No serían otros parámetros bien alejados de la vanidad los que tendríamos que tener en cuenta? Y todos podemos caer en esa tentación porque así nos hemos ido construyendo la vida y la sociedad.

Hoy en el evangelio le están pidiendo títulos de autoridad a Jesús para hablar como habla en el templo, o para actuar como ha actuado queriendo que el templo del Señor sea en verdad purificado. No nos consta por ningún lugar que Jesús se hubiera formado en alguna escuela rabínica; por eso quizás no le dan autoridad a sus palabras. No pertenecía a ninguna de aquellas familias influyentes de Jerusalén que tenían mucho poder en sus manos manipuladoras, y por eso le niegan autoridad para hacer lo que hace; para algunos solo es un profeta taumaturgo de Galilea, y ya dirán algunos que ningún profeta ha surgido de esa tierra.

Cuando le hacen esta petición Jesús responde con una pregunta a la que han de responder si son capaces con sinceridad y autenticidad. Y Jesús les habla del bautismo de Juan, algo muy reciente que todos habían vivido. ¿De dónde procedía ese bautismo de Juan? Tenían que definirse aquellos que incluso habían enviado embajadas a Juan para preguntarle también por su autoridad. ¿Sería un profeta? ¿Podría ser acaso el Mesías? ¿Podía considerarse incluso tan grande como aquellos profetas antiguos que todos veneraban?

La respuesta les comprometía. ¿Serían capaces de reconocer el profetismo de Juan Bautista? Entonces, ¿por qué no le creyeron? Ahora podían verse entre la espada y la pared; para el pueblo Juan seguía siendo un gran profeta que además había rubricado con su sangre la autenticidad del mensaje que transmitía.  ¿Con esa misma autenticidad ahora los Maestros de la Ley eran fieles al mensaje que trataban de transmitir? ¿No habría también una manipulación hablando de aquellas cosas que a ellos les mantuvieran en una posición de preponderancia sobre la gente sencilla? ¿Eran los que hacían interpretaciones rigoristas para imponer normas y preceptos, mientras ellos no movían un dedo por aplicárselo a sus propias vidas? Muchas cosas así seguimos encontrándonos en los caminos de la vida.

Porque todo esto tenemos que verlo reflejado en nosotros mismos, en lo que hacemos y decimos, en nuestra manera de interpretar las cosas, en lo que quizás recordamos con agrado de la Palabra de Dios pero al mismo tiempo de tantas cosas de las que no queremos hablar porque vemos reflejadas muchas actitudes y posturas que llevamos en nuestro interior y que también manifestamos con nuestras vanidades. No todas las páginas del evangelio las aplicamos de la misma manera a nuestras vidas. Mira cómo estamos buscando siempre esa rendija por la que nos podamos escapar, por donde nos podemos ver libres de cosas más profundas en las que se pone en juego la autenticidad de nuestra fe.

¿Hasta dónde llega nuestra autenticidad?


miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.

martes, 13 de enero de 2026

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

 


Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

1 Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Estamos de palabras que siempre nos dicen lo mismo y nos prometen lo mismo, por eso cuando aparece alguien que no es un simple repetidor, sino que lo que nos dice o nos habla surge de lo más hondo de si mismo y toca lo más hondo de nosotros mismos, nos despertamos, prestamos nueva atención. Claro que siempre estaremos al tanto para ver si es una estrategia que nos embauca o son de verdad esperanzas nuevas que se siembran en nuestros corazones.

Es lo que está sucediendo en estos primeros pasos de Jesús en lo que llamamos su vida pública y que ahora terminado el tiempo de Navidad vamos escuchando en este caso en las primeras páginas del evangelio de san Marcos. Jesús va a la sinagoga, podríamos decir que aprovecha el momento en que la comunidad se reúne para escuchar la ley y los profetas y como iría haciendo por todos aquellos lugares por donde comienza a predicar hace el anuncio de la Buena Noticia de que el Reino de Dios está cerca.

La gente presta atención a sus palabras, porque además habla con autoridad, habla con sabiduría, habla con palabras que despiertan los corazones; no son palabras repetidas, como seguramente estarían acostumbrados a escuchar a los maestros de la ley. Jesús anuncia algo nuevo, algo distinto que despierta la esperanza; anunciar la llegada del Reino de Dios para ellos significaba la cercanía o la presencia del Mesías anunciado y tanto tiempo esperado. Jesús quiere siempre ir a lo más hondo de las personas, por eso ha pedido conversión para poder creer que esa buena noticia que les anuncia se realizará; es necesario una transformación de la vida, un cambio profundo, como salir de la enfermedad para estar con salud, como salir de la muerte para tener otra vez vida y vida de verdad. Las palabras de Jesús van llegando a sus corazones.

Pero es que Jesús acompaña sus palabras con sus actos. Si ofrece liberación porque tenemos que arrancarnos de tantas ataduras como tenemos en la vida, ahora lo van a ver palpable en el signo que va a realizar. Hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, por el espíritu del mal, que ya está ofreciendo un rechazo a Jesús. Las tinieblas que no quieren dejarse iluminar por la luz, como tantas veces nos sentimos incómodos cuando nos dicen la verdad, cuando nos señalan aquellas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida.

Pero bastan dos palabras de Jesús para hacer callar a aquel espíritu maligno. ‘Cállate y sal de él’, fueron las palabras de Jesús. ‘El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’, nos relata el evangelista. Y la gente se quedó asombrada porque hablaba con autoridad.

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio. Algunas veces nos cuesta, nos hacemos oídos sordos, lo damos por sabido, pero siempre el evangelio es buena noticia, algo nuevo que llega a nuestra vida, que nos pone en nuevos caminos, aunque, como decía, algunas veces nos resistimos. Pero Jesús nos pone el dedo en la llaga aunque escueza. De muchas cosas tenemos que liberarnos para vivir esa libertad del hombre nuevo, no podemos seguir pendientes de ataduras, de rutinas, de malas costumbres que hemos ido adquiriendo con el paso de los años.

Abramos de verdad nuestro corazón a esa palabra salvadora que nos ofrece Jesús.

martes, 2 de septiembre de 2025

Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

 


Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Salmo 26; Lucas 4, 31-37

¿Quién eres tú para hablarnos así? ¿Quién te ha dado vela en este asunto? Alguna vez reaccionamos así o vemos que alguien tiene una reacción así cuando alguien nos hace pensar, alguien nos señala cosas que no ve justas, o trata de meterse en nuestra conversación o en nuestra vida para decirnos cómo podríamos hacer las cosas de otra manera. No queremos que se metan en nuestros asuntos, que nos dejen tranquilos y no nos estén sermoneando, queremos hacer nuestra vida y que nada ni nadie interfiera; quizás al final nos demos cuenta aunque nos cuesta mucho dar el brazo a torcer y queremos buscar salidas sin quizás reconocer nuestros errores; así son nuestros orgullos y nuestro amor propio. Ha sido el consejo de un amigo, ha sido alguien que tiene una visión distinta, alguien que tiene una mayor amplitud de miras.

Algo así estaba pasando en aquellos comienzos de la predicación de Jesús por los pueblos y ciudades de Galilea. Había gente que le gustaba lo que Jesús estaba diciendo, siempre hay gente ansiosa de algo distinto y está dispuesta a escuchar, pero también quienes se van a ver implicados en algo nuevo que se les está ofreciendo quizás se muestren reacios y no quieran dar el brazo a torcer. Va a ser algo muy repetido a lo largo de la predicación de Jesús, como lo será a lo largo y ancho de nuestro mundo y en todos los tiempos. Cuando quieran sacarnos de nuestras rutinas, nos resistimos, cuando veamos algo de pérdida de influencia comenzamos a entrar en los caminos de la oposición y buscaremos la manera de quitar de en medio a quien nos está haciendo esos nuevos planteamientos.

Hoy, en este casi principio del evangelio de Lucas en su relato de la vida publica de Jesús, la imagen que se nos presenta es la del hombre poseído por el demonio; son los endemoniados que aparecerán muchas veces en el evangelio, y que no hacen solo referencia a los poseídos por enfermedades malignas que en aquel concepto de entonces eran como poseídos por el espíritu del mal, sino será como un signo de esa oposición que siempre encontrará Jesús, que siempre encontrará en todos los tiempos el evangelio de Jesús.

Un endemoniado levanta la voz en la sinagoga donde Jesús está un sábado enseñando. ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? Y Jesús se muestra con autoridad, expulsando como nos dice el evangelio el espíritu inmundo de aquel hombre que se resiste incluso tirándolo por los suelos. Pero la palabra y la autoridad de Jesús son firmes, el hombre se verá liberado del mal, y las gentes reaccionan y se preguntan. ‘¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen’. Todos se sienten sorprendidos y maravillados de manera que la noticia de Jesús se irá extendiendo por todos los pueblos.

¿Cuál sigue siendo nuestra reacción ante la Palabra y los signos de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo? Cuidado que una forma de reaccionar sea no reaccionando, acostumbrándonos, dejándonos de interesar por los signos de Jesús porque les damos mil explicaciones pero los despojamos de todo el misterio sobrenatural que han de tener para nuestras vidas. De alguna manera algunas veces con nuestro desinterés estamos diciendo también ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? No nos dejamos sorprender por los misterios de Dios, cerramos puertas y ventanas a ese caudal de gracia que Dios nos está enviando en tantas cosas maravillosas que nos suceden y que no sabemos ya interpretar.

Pero también cuando nosotros escuchamos el evangelio es para que nos convirtamos en portavoces y signos de ese evangelio para los demás. El mundo que nos rodea también hace preguntas, desde los que no quieren que se metan con ellos, que les dejemos a su aire, que no les hagamos nuevos planteamientos, pero también podemos encontrar con quienes quieren estar en camino de búsqueda, quienes quieren dejarse sorprender por algo nuevo y distinto, pero lo terrible será que no encuentren en nosotros esos signos que tendríamos que darles.

Es una seria responsabilidad la que tenemos, es una seria tarea que tiene que hacer la iglesia; pero no pensemos en otros, no pensemos que eso tiene que venir en la iglesia desde arriba, desde la altura de los que podamos considerar como dirigentes de esa iglesia, hemos de tener en cuenta que iglesia somos todos nosotros y todos nosotros tenemos que ser ese signo, realizar esa curación de nuestro mundo.

¿Cómo estamos siendo ese signo hoy? Será quizá la pregunta que para nosotros tenemos que hacer.

martes, 14 de enero de 2025

Acoger con fe la Palabra de Dios, escuchémosla con respeto y admiración, llenos de gratitud demos gracias porque en ella nos sentimos sanos y salvados

 


Acoger con fe la Palabra de Dios, escuchémosla con respeto y admiración, llenos de gratitud demos gracias porque en ella nos sentimos sanos y salvados

Hebreos 2,5-12; Salmo 8; Marcos 1,21-28

Nos prometieron que aquella conferencia iba a estar muy interesante, que era un elocuente orador y en la publicidad que hacían hablaban de su preparación en prestigiosos centros de estudios, pero cuando fuimos a escucharlo salimos defraudados, ni era tan elocuente orador y nada nos había dicho, nos quedamos con las ganas, nos quedamos vacíos porque nada nuevo pudimos escuchar que nos enriqueciera culturalmente; todo habían sido vaciedades, cosas sabidas y repetidas intentadas decir con bonitas palabras pero que no entusiasmaron al auditorio. Nos damos cuenta cuando solo hay palabras pero no hay nada en el fondo, nada que te impulse a algo nuevo, que te comprometa de alguna manera, que renueve de alguna manera tus ideas o tus ilusiones.

Como nos narra el evangelista ya desde el principio del evangelio aquel profeta que había aparecido por Cafarnaún y por los pueblos y aldeas de Galilea sí había despertado los corazones de sus oyentes. No era solamente la curiosidad innata de los pueblos cuando algo nuevo surge, pero que luego pronto se enfría, sino que estaban comenzando a reconocer que quien les hablaba lo hacia con autoridad, no como los escribas y maestros de la ley que cada semana ocupaban la tribuna de la sinagoga para dirigir la oración.

Y Jesús hablaba con autoridad, porque si estaba anunciando el nuevo Reino de Dios, estaba también dando señales de que ese Reino era posible, ese Reino allí entre ellos ya se estaba realizando; se estaba realizando porque sus corazones se movían a la esperanza, una luz nueva estaba brillando en sus días; las palabras de Jesús encendían sus corazones y cada día querían escucharle más y tras El se irían caminantes y peregrinos por los caminos de Galilea para escucharle.

Pero también aquello que se había anunciado en la sinagoga de Nazaret y se había dicho que ya en el hoy de sus vidas se estaba realizando, ellos lo veían también palpable entre ellos; los oprimidos por el mal eran liberados, como fue este primer endemoniado – como así los llamaban entonces – allí en la propia sinagoga de Cafarnaún donde Jesús les había estado enseñando. Ante la luz que estaba comenzando a brillar en Jesús las tinieblas del mal ya querían comenzar a rechazarle; fijémonos en el sentido del dialogo que se establece con Jesús, pero la autoridad con que Jesús libera a aquel hombre de la opresión del mal; por eso pronto serán muchos los que le traigan a sus enfermos aquejados de toda clase de dolencias para que Jesús les sane.

Las palabras de Jesús no son huecas ni vacías, las palabras de Jesús son vida, nos llenan de vida, nos liberan desde lo más hondo de nosotros mismos. Es la autoridad de Jesús que es la misma Palabra de Dios. No nos ha de extrañar que más tarde un centurión romano venga a decirle a Jesús que no es necesario que vaya a su casa, que basta que lo diga de palabra, porque con la autoridad de su Palabra su criado quedará sano. 'Poderoso en obras y palabras', lo definirían más tarde los discípulos de Emaús.

En aquella gente se estaba despertando la fe verdadera y acogían con corazón generoso la Palabra de Dios y estaban entrando en caminos de salvación. Nos tendría que llevar a nosotros a pensar con qué fe acogemos la Palabra de Dios, con qué respeto y admiración la escuchamos, con qué humildad abrimos nuestro corazón y nos dejamos sanar por esa Palabra, con qué gratitud damos gracias por la riqueza y sabiduría de vida que Jesús en su Palabra nos está trasmitiendo, cómo acogemos la salvación de Dios que nos llega por su Palabra. Dios me dé ese espíritu de Sabiduría para mejor compartirla.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Con la autoridad de nuestra fe y nuestro amor sigamos sembrando la buena semilla para hacer florecer las flores de un mundo nuevo aunque no nos entiendan

 


Con la autoridad de nuestra fe y nuestro amor sigamos sembrando la buena semilla para hacer florecer las flores de un mundo nuevo aunque no nos entiendan

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres? ¿Quién eres tú para meterte en lo que yo hago? ¿Quién te ha dado autoridad? Algo así habremos oído, nos habrán dicho quizá, cuando con nuestra buena voluntad cuando vimos algo que no nos agradaba intervenimos para poner paz quizás en un conflicto, para hacer entrar en razón a alguien, o simplemente para echar una mano y hacer que las cosas marcharan bien.

No nos gusta quizás que se metan en nuestras cosas, vivimos en una rutina conformista y decimos que las cosas tienen que ser así y por qué hay que cambiarlas si a nosotros nos parece bueno o ya nos arreglamos, nos molesta quizás que nos hagan pensar y razonar, nos sentimos heridos en nuestro orgullo cuando nos hacen ver que andamos equivocados… mil razones que nos buscamos, para no aceptar que nos corrijan, o que nos ayuden a ver cómo las cosas han de ir por otro camino. Terminaremos diciendo aquello de ‘siempre ha sido así’.

Era lo que Jesús se estaba encontrando con aquello que estaba establecido, con sus ideas preconcebidas o interesadas de cómo habían de vivir su religiosidad, con la idea que tenían de Dios en contraposición a lo que Jesús les estaba descubriendo. Mientras la gente sencilla se admiraba de lo que Jesús decía y hacía, se sentían liberados de unas formas de entender la vida y la religiosidad que se convertía en algo que les oprimía, o se despertaban sus esperanzas de que algo nuevo y distinto tenía que suceder con lo que tuvieran una nueva ilusión, una nueva visión de la vida, los dirigentes del pueblo en el ámbito religioso y social se resentían y se resistían a lo que Jesús enseñaba, a lo que Jesús les decía que tenía que ser el sentido del Reino de Dios que les anunciaba. ¿Qué tipos de intereses podía haber por medio?

Con preguntas hechas de forma capciosa, con halagos en otras ocasiones, enfrentándose de alguna manera a la forma de actuar de Jesús ya comenzaban a manifestarse. En ocasiones trataban de desprestigiarlo porque comía con pecadores, con publicanos y prostitutas, ahora, después de haber expulsado Jesús a los vendedores del templo – hemos de tener en cuenta que el texto de hoy es continuación de ese texto mencionado – vienen a preguntarle qué derecho tenía Jesús para hacer eso, para expulsar a los vendedores del templo, cuando ‘siempre eso había sido así’. Jesús trataba de purificar el templo para que en verdad fuera casa de oración y de encuentro con Dios como tenía que ser todo templo.

Pero Jesús en su sabiduría ahora no les responde sino más bien les plantea como un dilema que ahora ellos no saben o no quieren responder. ¿No me respondéis? ¿Yo tampoco os hablo de mi autoridad? Eso tenéis que descubrirlo por vosotros mismos. Realmente era algo profético lo que Jesús había realizado, como tantos signos con los que los profetas les habían hablado en otros tiempos y tenían contenidos en la Escritura Santa.

Y no podemos olvidar los cristianos hoy que Jesús a nosotros nos ha confiado la misma misión y nos ha dado la misma autoridad. Y nuestra misión es seguir siendo sembradores de la buena semilla, aunque no siempre caiga sobre la buena tierra que necesita. Pero ahí están esas semillas de bondad y de amor, de paz y de concordia, de autenticidad y de sinceridad, de fraternidad y de comunión que tenemos que seguir sembrando. Es el buen olor que tenemos que dejar a nuestro paso en la vida. Son las flores de vida y colorido que hemos de hacer crecer.

Es cierto que nos sentimos débiles, es cierto que algunas veces tenemos tropiezos o cometemos errores, pero llevamos la verdad de Jesús en el corazón, estamos inundados de su amor, tenemos que resplandecer con su luz. No podemos desistir. Tenemos la autoridad de nuestra fe y de nuestro amor. Es lo que mantiene nuestra esperanza. Es lo que nos fuerzas para seguir adelante aunque seamos cuestionados o rechazados.

No puede pesar en nosotros la historia oscura que podamos tener detrás, pero ahora tenemos la luz de Jesús, ahora nos hemos llenado de su vida y de su Espíritu. El está con nosotros y esa es nuestra autoridad. Es lo que hará que seamos capaces de darle la vuelta a muchas cosas para darle un nuevo sentido, es lo que nos convierte en profetas de algo nuevo que tenemos que hacer brotar, que tenemos que construir.

Es lo que nos hace decir una palabra buena y en el momento oportuno, es lo que nos impulsa a ese gesto valiente de generosidad, es por lo que iremos transformándonos nosotros para poder transformar nuestro mundo.

sábado, 1 de junio de 2024

Que la luz del Espíritu sea quien nos ilumine y con nosotros estará, como en Jesús, la autoridad del Espíritu de Dios

 


Que la luz del Espíritu sea quien nos ilumine y con nosotros estará, como en Jesús, la autoridad del Espíritu de Dios

Judas 17.20b-25; Salmo 62; Marcos 11, 27-33

¿Quién te crees que eres tú? Algunas veces hemos reaccionado algo así con alguien que de repente lo vemos que se va metiendo en todas las cosas, se va involucrando de tal manera en cosas que nos afectan a todos, porque quizás tiene un inquietud interior que le hace que no se pueda quedar quieto ante las cosas que suceden y siempre está buscando soluciones, siempre está quizás incluso queriendo involucrar a los demás o a nosotros mismos y quizás por no sé qué razones de lo que nos sucede en nuestro interior incluso nos sentimos molestos con las cosas que realiza y que no somos capaces de hacer nosotros.

Surgen desconfianzas, surgen incluso enfrentamientos por la distinta manera de ver las cosas, y terminamos teniendo reacciones que no terminamos de entender, porque quizás es que no nos entendemos ni a nosotros mismos. Una solución que nos parece fácil, quitarle autoridad diciéndole que quien le ha dado permiso para meterse en esas cosas que no le corresponden.

¿Se sentían así los judíos ante la actuación de Jesús? Al menos algunos sectores no veían con buenos ojos lo que Jesús hacía. Y terminó habiendo una abierta oposición, aunque no siempre se enfrentaban a las caras, porque sabían que el conjunto de la gente, por así decirlo, estaba con Jesús. Admiraban sus milagros, les gustaba la autoridad con que hablaba y enseñaba, las palabras que escuchaban a Jesús les llegaban al corazón y aunque surgieran muchos interrogantes en el interior sin embargo sentían admiración por Jesús. No así los sectores más influyentes de aquellos momentos en la sociedad judía, porque de alguna manera se sentían denunciados por las palabras que Jesús decía, pero sobre todo por la manera de actuar de Jesús.

Ahora vienen pidiéndole a Jesús cartas de autoridad. Jesús se había atrevido incluso a tratar de purificar el templo arrojando del lugar sagrado a vendedores y cambistas porque habían convertido en un mercado la casa de oración. Como sucede siempre detrás de todo ese movimiento social y económico que se movía en el entorno del templo había también sus intereses, y cuando nos tocan nuestros ‘intereses’ todos reaccionamos. Era la que estaba sucediendo con Jesús. Como sucede tantas veces en muchas actividades del tejido social, como sucede también, por qué no decirlo incluso en el entorno de nuestras iglesias y comunidades. Muchos enemigos se han ganado muchos sacerdotes en muchas comunidades por tratar de poner orden en estas cosas. No es un tema fácil.

Creo que todo esto que estamos viendo en el entorno de Jesús en aquel momento con aquellas reacciones tan diversas entre los que le escuchaban o le seguían tenemos que descubrirlo también en nuestros entornos. Siguen las desconfianzas, siguen incluso las zancadillas en ocasiones cuando encontramos a alguien con quien no terminamos de comulgar en sus planteamientos. Sigue ese señalar con el dedo a aquel que no me agrada queriendo dejar alguna mancha con la que quitarle autoridad en lo que está haciendo. Sigue la cerrazón de tantos corazones que no terminan de dejarse conducir por el Espíritu del Señor, y que se mueven quizás desde otros intereses. Siguen los dobles juegos, las apariencias y las vanidades que todo quieren hacerlo relucir con oropeles figurativos, pero que no llegamos a hacer brillas el corazón como tendríamos que hacerlo.

Es hora de hacer un Aarón; cono Jesús cuando expulso a aquellos vendedores del templo, aunque supiera que a todos no iba a gustar. Pero la autoridad de Jesús estaba por encima de todas esas cosas y no se quería dejar manipular. Que hay muchos que nos quieren manipular, que hay muchos que quieren arrimar el ascua a su sardina porque tienen sus intereses.

Dejemos que la luz del Espíritu sea la que nos ilumine y con nosotros estará, como en Jesús, la autoridad del Espíritu de Dios.

viernes, 19 de enero de 2024

Dios sigue contando hoy contigo y conmigo, y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, cuenta con nosotros y quiere que estemos con El

 


Dios sigue contando hoy contigo y conmigo, y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, cuenta con nosotros y quiere que estemos con El

1Samuel 24, 3-21; Sal 56;  Marcos 3, 13-19

Todos queremos realizar nuestro trabajo y de la mejor manera posible; ponemos nuestro empeño, nuestro esfuerzo, nuestras capacidades para ir sacando adelante aquel trabajo de nuestras manos, o de nuestras capacidades y posibilidades. Pero todo comprendemos hoy que nada vamos a hacer en su totalidad por nosotros mismos, que necesitamos contar con tareas que otros hayan realizado, o con personas que trabajen a nuestro lado, cada uno según sus ‘saberes’ y sus capacidades para poder realizar un trabajo en conjunto que llegue a lo mejor. Buscamos para trabajar con nosotros los mejores colaboradores, las mejores cualidades y valores, queriendo rodearnos de lo mejor. Es, podríamos decir, la sabiduría de la vida que también hemos ido aprendiendo.

Es como Dios nos ha creado, pensamos y decimos desde nuestra antropología cristiana. El mundo no lo puso en las manos de un solo hombre, sino de toda la humanidad, y somos todos, sabiendo trabajar juntos en armónica colaboración, los que tenemos la tarea de continuar esa obra creadora de Dios puesta en nuestras manos. Si llegáramos a comprenderlo bien se acabarían tantos egoísmos y orgullos, tanto individualismos y tantas guerras que nos hacemos los unos a los otros, porque siempre queremos sobresalir individualmente y nos olvidamos de la belleza que entre todos tenemos que saber crear.

Es lo que contemplamos que va haciendo Jesús en el evangelio. Comienza haciendo el anuncio del Reino de Dios y le veremos ir de un lado a otro en esa proclamación de la Palabra. Pronto va llamando a aquellos que le van a seguir de mas cerca; invitará a los pescadores del mar de Galilea a ser pescadores de una pesca más amplia cuando les habla de ser pescadores de hombres; llamará a Mateo desde su garita de cobrador de impuestos, o invitará a Felipe a seguirle, aceptará a Natanael que viene hasta El aun con sus reticencias, y serán muchos los que le van siguiendo de cerca formando un grupo más compacto junto a El. En un momento a ese grupo grande de discípulos los envía de dos en dos por donde ha de ir El para que vayan por delante haciendo el anuncio del Reino.

Hoy en el evangelio contemplamos como, ‘mientras subía al monte, de entre todos los discípulos, llamó a doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar con la autoridad de curar enfermos y expulsar demonios’, su misma autoridad. Y a continuación el evangelista nos da nominalmente quienes forman ese grupo con sus propios nombres.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El’, dice el evangelista. ¿Y a quienes llamó? En nuestros criterios humanos nos hubiéramos puestos a escoger muy bien, trazándonos unos perfiles muy concisos y exigentes, porque hubiéramos querido escoger a los mejores según nuestros criterios. Pero llamó a unos pescadores, llamó a una gente sencilla, la mayoría de ellos sin nombre y sin que hubieran destacado por otros lados, incluso alguno de los que más despreciados eran por los que se consideraban importantes, porque era un publicano, un recaudador de impuestos, algunos zelotes de aquellos grupos medio exaltados y revolucionarios que estaban en contra de la situación que vivía Israel en aquellos momentos. Pero fueron los que escogió Jesús para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar con su misma autoridad.

Pero ya sabemos que el Señor no se fija en las apariencias, que Jesús mira el corazón, que Jesús descubre en nosotros otros valores que quizás los que están a nuestro lado no son capaces de ver, ni nosotros mismos de reconocer. Porque Dios sigue contando hoy contigo y conmigo; y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, muchas veces lleno de sombras, que nosotros hemos hecho. Y Dios cuenta con nosotros. Y quiere que estemos con El. Y también nos dará esa autoridad para que sigamos haciendo el anuncio del Reino hoy.

¿Tendríamos que aprender a ver y reconocer los auténticos valores que llevamos por dentro, que tienen las personas que están cerca de nosotros? ¿Tendríamos que aprender a reconocer y agradecer ese querer contar Dios con nosotros a pesar de nuestras limitaciones o de las sombras que haya en nuestra vida? ¿Por qué andamos con tantos prejuicios, con tantas apreciaciones que nos hacemos de los demás, con tantos sambenitos que seguimos colgando sobre los hombros de los otros simplemente porque no nos caen bien? A muchas consideraciones tendría que llevarnos este evangelio que hoy estamos contemplando.

martes, 9 de enero de 2024

Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

 


Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1 Sam 2, 1-8;  Marcos 1, 21-28

Supongamos un profesor que es un gran intelectual, tiene un currículo maravilloso por los estudios que ha realizado y por los conocimientos que tiene pero cuando dicta una conferencia o da una clase es la persona más aburrida del mundo, la gente no le entiende, la gente se deja dormir escuchándole o terminan marchándose del lugar donde él quiera estar enseñando, no lo logra.

Mientras podemos pensar en otro profesor que es muy ameno, tiene muchos recursos a la hora de hablar, la gente lo pasa entretenida cuando lo escucha, pero quizás al final sus enseñanzas se quedan en las anécdotas que nos contado, los trucos - vamos a llamarlos así – pedagógicos que empleado, pero al final la gente se queda sin saber qué es lo que realmente les ha venido a decir, aunque no le negamos sus conocimientos ni inteligencia.

Pero podemos pensar en alguien más, que quizás no emplea muchas palabras a la hora de enseñar, aunque por supuesto siempre tiene un mensaje que transmitir, pero que junto a lo que enseña lo va realizando en la vida, porque no se queda su enseñanza ni en bonitas ni en profundas palabras, sino que sencillamente hace y en consecuencia convence, llega al corazón de las personas porque no son promesas sino realidades que se manifiestan en multitud de signos en lo que va realizando. Aquí sí que se manifiesta la autoridad del que enseña, porque lo hace con sus obras, con lo que va realizando que sí va llegando a la vida y al corazón de las personas.

Jesús, es cierto, es la verdad de Dios, nos muestra toda la Sabiduría de Dios, pero a Jesús lo vamos a contemplar a lo largo del Evangelio como el que se hace vida para nosotros porque en verdad va a llegar a nuestra vida para transformarnos. Jesús no es solamente el que nos señala caminos, sino que El mismo es el Camino, porque no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus pasos, o más aun realizar lo que El realizó con sus pasos. A Jesús lo contemplamos con verdadera autoridad, como manifiestan hoy en el evangelio los que lo escuchan y los que lo contemplan.

‘Este enseñar es nuevo’, vienen a decir las gentes, lo hace con autoridad. Había recogido Jesús en la Sinagoga de Nazaret, como lo escuchamos en el evangelio de Lucas, que venia a dar libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos, a ser buena noticia para los pobres que así serían evangelizados. Es lo que le vemos realizar hoy. Está en la Sinagoga adonde ha ido a enseñar, tras la proclamación de la Palabra de Dios. Su anuncio es la llegada del Reino de Dios, pero nos va a mostrar que esa llegada es real porque las señales anunciadas allí se van a ver realizadas.

Había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que incluso se rebela contra Jesús al que de alguna manera no quiere ni dejar hablar. Pero ‘Jesús lo increpó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’. Aquello anunciado por los profetas allí se estaba realizando. Lo que Jesús anunciaba, la llegada del Reino de Dios, allí se estaba haciendo presente. En verdad Dios es el único Señor de la vida y del hombre, nos viene a decir Jesús con el signo que realiza cuando cura a aquel hombre, cuando lo libera del espíritu maligno.

Es la liberación profunda que Jesús quiere que se realice en la persona, en nosotros, en nuestro corazón. No son ya solamente las enfermedades de las que quiere curar, las cegueras que quiere quitar de nuestros ojos, o poner en movimiento nuestros miembros paralizados. Es que eso quiere realizarlo en nuestra vida, es lo que va a realizar en nuestra vida.

‘¿Qué es esto?’, se pregunta la gente. ‘Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.

¿Serán esos también los signos que nosotros damos desde la fe que tenemos en Jesús en medio del mundo? ¿Son estas las señales del Reino de Dios que la Iglesia manifiesta hoy a cuantos nos rodean? Son preguntas que nos tenemos que hacer, pero son preguntas que nos comprometen. ¿No nos estaremos quedando en enseñanzas muy bonitas, en doctrinas muy sublimes, en ortodoxias muy cuidadas para no caer en el error,  pero en pocas realidades concretas de hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo de hoy?

miércoles, 3 de enero de 2024

El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y nos inunda con su Espíritu

 


El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y  nos inunda con su Espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

‘Yo lo he visto, y he dado testimonio, soy testigo, lo que he visto y casi he palpado no lo puedo callar, diré siempre la verdad…’ Pueden parecer las palabras de cualquiera de nuestro entorno, que es recto y empieza por ser leal consigo mismo, que ha contemplado cualquier hecho o cualquier acontecimiento, un suceso que ha acaecido y que ha podido implicar a tantos, pero del que quizás muchos dan testimonios no tan convergentes, pero que quiere proclamar la verdad, dar testimonio de la verdad, de lo que él ha visto.

Lo que estamos diciendo nos sugiere multitud de acontecimientos, de hechos, de testimonios, que escuchamos todos los días, que damos nosotros mismos cuando en verdad queremos actuar con rectitud. Pero en lo dicho anteriormente solamente estoy refiriéndome a lo que es el evangelio en el que creemos, del que incluso estamos tomando palabras textuales, de lo que nos está hablando el evangelio de hoy.

Es el testimonio de Juan Bautista, pero es el testimonio que nos ofrece con lo escrito Juan el evangelista, aquel que estuvo tan cerca de Jesús, que se sentía amado de manera especial por Jesús, al que el resto de los discípulos llamará incluso el discípulo amado.

Por eso esa afirmación final que no parece como salida de los labios de Juan Bautista y que parecen ser mejor lo que Juan el Evangelista nos quiere reflejar con su evangelio. Si hoy casi al final de su primer capítulo nos hace esta afirmación ‘y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’ parece que en labios del Bautista, es lo que nos dirá al final de su evangelio que se ha escrito para que todos crean que Jesús es el Hijo de Dios.

Esta es la afirmación rotunda que se convierte en evangelio para nosotros, que es buena noticia para nosotros. Pero esta breve página del evangelio contiene otras afirmaciones rotundamente hermosas. Comienza señalando Juan el Bautista a Jesús como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. La imagen de san Juan bautista ya normalmente se nos representará con el Cordero de Dios en su mano o a sus pies, como recordarnos esta afirmación tan importante. Es el Cordero inmolado, que nos habían anunciado los profetas que sería llevado al matadero sin proferir balido alguno. Son las palabras que recoge repetidamente la liturgia para que así invoquemos a Jesús y que tenga piedad de nosotros. ‘Tú que quitas el pecado del mundo… tú que estás sentado a la derecha del Padre… ten piedad de nosotros… danos la paz…’

Pero también recordando estas palabras del Bautista así se nos presenta a Jesús a quien tenemos la dicha de comer para que tengamos vida eterna. Se hace comida y alimento por nosotros y nos invita a que con alegría participes de su banquete que es como antesala del cielo. ‘Dichosos los invitados a esta cena’. ¿O acaso seremos como aquellos invitados que rehusaron ir al banquete de bodas al que habían sido invitados? Nos lo tenemos que pensar, cual es la actitud con que nosotros venimos a la Eucaristía.

Pero todavía quiere decirnos algo más de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él’. Reconoce que no lo conocía. ¿Se habrían encontrado, a pesar de ser primos, alguna vez que cuando ambos estaban en el seno de sus respectivas madres, y Juan saltó de alegría con la presencia de Jesús en el seno de María? Ahora lo señala como aquel sobre el que ha visto posarse sobre El al Espíritu Santo. Está haciéndonos referencia a la teofanía del momento del Bautismo de Jesús. Ahora nos anuncia Juan un nuevo bautismo; él ha bautizado con agua ‘para que sea manifestado a Israel’ Era el preparar los caminos del Señor, que era la misión del Bautista, el Precursor de los caminos del Señor. Pero ahora habrá un nuevo Bautismo, en el Espíritu. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Es lo que nos está señalando Juan acerca de Jesús.

Una página del evangelio de profundo sentido teológico; una página que nos ayuda a conocer a Jesús; una página que nos está señalando que aquel Niño que hemos visto nacer en Belén, como en estos días celebramos, es mucho más, es el Hijo de Dios, es el Cordero de Dios que nos quita el pecado – para eso se ha inmolado como Cordero en la Cruz, y es el que nos va a llenar del Espíritu Santo para inundarnos de una vida nueva. Hoy es el día del santo Nombre de Jesús, por quien invocándolo obtenemos la salvación.

martes, 5 de septiembre de 2023

Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción



 Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Estamos cansados de palabras y más palabras; todo el mundo tiene algo que decir, algo que proponer, promesas que hacer; pero muchas veces palabras que se lleva el viento; palabras que son como cantinelas repetidas en labios de uno y en labios de otro; palabras muchas veces huecas, vacías, que parecen como repetidoras de algo que está mandado decir y que se dice porque está mandado así, pero que notamos que están vacías de contenido, que no tienen alma; aunque a veces veamos que se pone mucho énfasis, sin embargo notamos que en el fondo son palabras como repetidas de memoria y sin contenido que salga del corazón de quienes las pronuncian; palabras, por otra parte, que podrían decir algo, pero que son dichas con tan poca fuerza de vida que al final tampoco nos convencen.

Nos cuesta encontrar palabras hondas, palabras que de verdad salgan del corazón, que tengan autoridad en sí mismas, que nos planteen un interrogante o que nos den una respuesta, palabras que ayuden a vivir y palabras que estén llenas de vida. Pasa hoy y ha pasado en todos los tiempos y lugares. Encontrar quien nos diga una palabra clara que nos llegue al corazón es como encontrar un tesoro.

Cuando Jesús comenzó a hablar a las gentes sentían que había algo distinto. Sus palabras llegaban al corazón y llegaban a la vida, aunque no todos las recibieran de la misma manera. Pero había quien entraba en sintonía con la palabra de Jesús, quienes poco a poco iban abriendo su corazón a aquellas palabras y sentían que algo se iba renovando en su interior. Eran palabras dichas con autoridad. Así comienzan a reconocerlo algunos, muchos, aunque también porque tenían su corazón muy encerrado en una coraza reaccionaban también de forma negativa diciéndole a Jesús qué tenía que ver con ellos.

Pero sí tenía que ver con ellos, sí tiene que ver con nosotros; El no quiere desentenderse de nosotros, quiere estar a nuestro lado allí donde estamos con nuestros problemas, y allí siempre tiene para nosotros una palabra de vida, una palabra de salvación. Nosotros le interesamos a Jesus y nos manifiesta su cercanía, su caminar a nuestro lado, el tendernos la mano una y otra vez allí donde estamos, aunque nos parezca que estamos hundidos, para levantarnos, para ponernos en camino de nueva vida.

Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. La gente reconoce que Jesús habla con autoridad. Su palabra no es una dulce melodía que nos adormezca sino que será un grito fuerte en el corazón que nos despierte, que nos ponga en camino de liberación, de poder comenzar una senda nueva. Nos cuesta a veces escucharle y también le ofrecemos nuestras resistencias como aquel poseído del espíritu maligno del que nos habla el evangelio; no queremos en ocasiones que esa palabra de Jesús nos inquiete, preferimos una dulzaina que nos adormezca, por no hacer el esfuerzo de levantarnos y cambiar. Abramos sin temor nuestro corazón a la palabra de Jesús.

Pero esto nos enseña también cómo nosotros hemos de transmitir esa palabra, cómo nosotros también tenemos que hacer el anuncio. Tenemos que saber ir con la autoridad de Jesús, con el convencimiento claro de nuestro corazón, con la firmeza al tiempo que con la seguridad y la alegría de quien ha experimentado en sí mismo esa salvación que nos ofrece Jesús y que nosotros queremos transmitir a los demás.

Qué lástima que muchas veces no parecemos convencidos, no damos la impresión de que lo que queremos transmitir es lo que lo nosotros ya experimentamos y ahora vivimos. Es la firmeza y la autoridad con que tiene que mostrarse la Iglesia, pero no una autoridad de imposición, que eso sería muy fácil, sino la autoridad de lo que es su vida. Es un cuidado muy meticuloso que tenemos que mostrar quienes de una manera o de otra hacemos anuncio de la Palabra de Dios, ya porque seamos los lectores que la proclamamos en la celebración, ya porque sean los que con la autoridad de la Iglesia tratan de hacerla llegar al pueblo de Dios y al mundo que nos rodea. Cuidado con los recitativos de nuestra entonación a la hora de la proclamación que se pueden convertir en música cansina que al final no interese ni llame la atención.

¿Será por eso por lo que el mundo de nuestro tiempo no muestra ningun interés por el anuncio del Evangelio? ¿Nos estarán diciendo también como aquel hombre del evangelio y eso qué tiene que ver conmigo y con mi vida? Y el mundo nos da la espalda y se va a sus cosas, y no termina de mostrar algun interés por la Palabra que proclamamos. Es algo muy serio que los cristianos tendriamos que plantearnos.


sábado, 3 de junio de 2023

Cuidado con las pantallas en que nos envolvemos en lo que decimos religión que ocultan nuestro temor a escuchar con sinceridad la Palabra de Dios

 


Cuidado con las pantallas en que nos envolvemos en lo que decimos religión que ocultan nuestro temor a escuchar con sinceridad la Palabra de Dios

Eclesiástico 51, 12-20; Sal 18; Marcos 11,27-33

Cuando hay algo que nos puede producir desazón porque puede convertirse en una llamada de atención a una actitud o postura que tomamos en la vida tratamos de desviar la atención con otras cosas aunque sean nimiedades, pero que impedirán quizás que queden claras esas posturas erróneas nuestras, esos comportamientos que no son tan buenos, esas cosas que estamos haciendo que en el fondo sabemos que son incorrectas o incluso injustas.

Siempre recuerdo aquella anécdota del niño pequeño que estaba en peligro de caer a una aljibe pues se había subido a su brocal y cuando una vecina que lo vio comenzó a llamar a la madre para advertirle del peligro, el chiquillo con sus medias palabras le dijo a la mujer que se metiera para dentro de su casa y se fuera a fregar la loza. ¿No tienes nada que hacer? Déjame tranquilo y vete a hacer tus cosas, poco menos le quería decir el chiquillo.

Ese distraer la atención con otras cosas para no sentirnos aludidos por lo que estamos haciendo, poniendo como pantallas que oculten o distraigan para que no se hable, por ejemplo, de aquello que nos molesta, es un ejercicio que vemos con demasiada frecuencia en la sociedad que vivimos. Falta verdadera autenticidad en la vida y sinceridad con nosotros mismos y con la sociedad que nos rodea; queremos mantener las apariencias, si pudiéramos quitaríamos de en medio a quien de alguna manera se opone a nuestras posturas y presenta otros planteamientos; quizás tendríamos mucho que perder, nos da miedo perder nuestros prestigios, como no queremos ser abajados de aquellos lugares de honor o de poder en que nos hemos subido.

Llegar a reconocer que tenemos que cambiar en muchas cosas porque lo que hacemos no hace bien o no es correcto es algo que nos cuesta mucho. Ya buscaremos la forma de distraer, ya buscaremos la forma de desprestigiar, ya buscaremos la forma de cubrir esa nueva luz que ilumina, pero que como nos descubre cuales son las sombras que tenemos en la vida, tanto nos molesta y trataremos de velarla.

Ya en algunos sectores se manifestaba cierta oposición a Jesús. Aquel Reino de Dios que Jesús anunciaba no se compaginaba con la imagen que ellos se habían creado de lo que había de ser en verdad la misión del Mesías. Jesús les iba enfrentando consigo mismos porque les pedía una vida de mayor autenticidad de donde habían de descabalgar todas aquellas vanidades en que habían envuelto sus vidas. El sentido de relación con Dios cambiaba y lo importante era la ofrenda del corazón, más que todos aquellos sacrificios y penitencias que se habían impuestos con sus reglas y protocolos. Conversión del corazón poder entrar en esa sintonía de Dios. Y con su amor y su misericordia mostraba los signos y señales de lo que había de ser ese Reino nuevo de Dios.

Mientras aquellos que se sentían oprimidos y sin esperanzas en sus miserias y en sus pobrezas veían una luz nueva que comenzaba a brillar, a quienes quizá perdieran sus puestos de honor que les llenaban de cuotas de poder con lo que podían manipular mejor a los sencillos y pequeños poco menos que para tenerlos a su servicio no les agradaban para nada los anuncios que Jesús hacía. De alguna manera había que desprestigiarlo para que la gente ni lo escuchara ni lo siguiera. Había que buscar oportunidades para poder hacerlo.

La oportunidad llegó con aquel gesto, con aquel signo de purificación del templo que Jesús había realizado expulsando a los vendedores y cambistas de los pórticos del templo para que en verdad fuera casa de oración. Y es ahora cuando vienen a pedirle a Jesús con qué autoridad está realizando aquellas cosas. Era algo más que pedirle con qué autoridad había expulsado a aquellos vendedores del templo – eso era como una pantalla – lo que realmente le estaban pidiendo era con qué autoridad hablaba y enseñaba a las gentes, cuando El no era un maestro salido de las escuelas rabínicas de Jerusalén.

Jesús, por así decirlo, no entra al trapo con aquella trampa que le están tendiendo, como tantas veces veremos que intentan hacer con preguntas capciosas.  Mas bien les pregunta Jesús por su propia autoridad cuando ellos no  han querido escuchar a un profeta que recientemente han tenido en medio de ellos; se estaba refiriendo a Juan, el Bautista, que ellos tampoco habían querido aceptar; recordemos las embajadas que enviaban al desierto y al Jordán para vigilar a Juan y para preguntarle también por su autoridad. Ellos ahora no pueden responder al planteamiento de Jesús, porque entonces serían ellos los que se llevaran la oposición del pueblo, si rechazaban el profetismo del Bautista.

Pero la pregunta tenemos que hacérnosla nosotros. ¿No estaremos poniendo pantallas con muchas de nuestras devociones, con la manera de vivir nuestra piedad, con la cantidad de aditamentos que hemos añadido a nuestra vida religiosa, a nuestro sentido de la religión, porque miedo a encontrarnos de verdad cara a cara con la Palabra de Dios que nos interpela? También nos hemos llenado de ritos, procesiones, romerías, promesas, velas encendidas, pero ¿nos habremos preocupado de verdad por ir al fondo del evangelio que nos pide una renovación del corazón?

viernes, 20 de enero de 2023

Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

 


Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19

Es cierto que cuando nos sentimos atraídos por una persona, nos agrada su manera de ser, sintonizamos de alguna manera con su pensamiento y con su ideales, no solo vemos en esa persona un modelo para nuestra vida, sino que además sentimos un deseo profundo de estar con esa persona, de no apartarnos de ella, se seguirle a donde quiera que vaya. Nace una comunión profunda en el corazón que en fin de cuentas son deseos y expresiones del amor.

Así iremos viendo en el evangelio que muchas gentes se sienten atraída por Jesús, quieren estar con El. En algún momento se nos dirá que por irse con Jesús muchos de ellos llevan hasta varios días sin comer. Jesús ha despertado en sus corazones, metas, ideales, sueños, esperanzas, deseos de algo mejor y que tienen la sensación que si no se apartan de Jesús podrán alcanzar todos esos sueños y esas metas. Muchos merodean alrededor de Jesús.

Pero en estos asuntos del Reino de Dios hay cosas que en cierto modo nos desconciertan porque parece que van a la contra de lo que uno buenamente desea, pero al tiempo nos encontraremos que los caminos de Jesús son bien distintos. No es cuestión solo de que quieran estar con Jesús; es necesario algo más y algo distinto, es necesario ser llamados por Jesús. Algo misterioso que en ocasiones se manifestará de una forma sencilla, pero quien siente la llamada en el corazón se siente al mismo tiempo sorprendido, porque se da cuenta de que hay una elección especial entre otros, que hay un amor especial. Vocación es llamada de amor, desde el amor y que solo podrá responderse queriendo vivir ese amor más profundo.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. Son muchos ya los que están siguiendo a Jesús. Hablando de tácticas humanas, pero las divinas están muy por encima, podríamos decir que Jesús quiere ir formando su equipo. Pero bien sabemos que es algo más. Van a tener su misma misión, realizar su misma obra, tendrán que aprender a llenarse de Jesús.

Nos dice el evangelio que ‘Jesús subió al monte y llamó a los que El quiso’. Es bueno irse fijando en estos detalles, una llamada y que es solamente desde lo que es la voluntad del Señor. Y de entre todos ‘instituyó a Doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar – ya va saliendo el misterio de la misión – y para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

El mal había de ser destruido para que reinara el amor, para que sea en verdad el Reino de Dios. Y Jesús va realizando signos de esa victoria sobre el mal. En el corto tramo del evangelio de Marcos que hemos ido escuchando, hemos visto ya a Jesús en dos ocasiones expulsando demonios, pero lo hemos visto trayéndonos el perdón. Ahora nos resalta el evangelista que los tuvo con él ‘para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

La misión de la transformación de nuestro mundo que tenemos que realizar. Es nuestra tarea cuando queremos poner la paz, cuando queremos que reine el amor, cuando queremos que brille la justicia, cuando queremos un mundo de fraternidad para todos, cuando queremos construir el Reino de Dios. Son las señales que nosotros también hemos de dar.

La obra de Jesús y nuestra obra. A nosotros también nos llama, y lo hace por nuestro nombre, a nosotros también nos quiere con El. No es ya que nosotros queramos estar con El sino que quiere tenernos con El, a su lado. Es algo que tenemos que considerar muy bien; descubrir lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial. Aprendamos a gustar el estar con El; que no es solo que nos guste, sino que lo saboreemos, lo disfrutemos, porque será el camino para que nos mantengamos en fidelidad, aunque nos cueste en tantas ocasiones.

martes, 10 de enero de 2023

Todo lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación y sus signos son las obras del amor

 


Todo lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación y sus signos son las obras del amor

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

‘Esto se hace así porque lo digo yo y no hay más que hablar’. Así queremos manifestar nuestra autoridad, no hay más palabras ni razonamientos. Es la imposición. Así nos mostramos en muchas ocasiones. Todavía quedan estilos de estos en la sociedad en la que vivimos.

Pero hoy contemplamos en el evangelio cómo Jesús ya desde el comienzo de su predicación se muestra con autoridad. Es otra la autoridad de Jesús. Así lo reconocen. Es un modo nuevo de hablar. Estaban acostumbrados a los maestros de la ley que solo hablaban como de cosas aprendidas de memoria; no era algo que les saliera de su vida, que les saliera del corazón. Y con quien Jesús muestra con más firmeza su autoridad es el mal, con el espíritu maligno.

A eso ha venido. Anuncia el Reino de Dios con la gran noticia que todos han de creer. Pero no son solo palabras, da señales de ese Reino de Dios. Serán sus signos y milagros, pero es más bien lo que nos quiere mostrar con esos signos. La gente dirá de El que nadie ha hablado igual, con esa autoridad. Los signos que realiza son las señales de que ese reino de Dios ha llegado, porque todo ha de irse transformando, porque el mal hay que irlo arrancando como mala hierba que no queremos dejar en nuestros campos, en nuestra vida. Es la autoridad de Jesús.

Lo hace Jesús con autoridad porque su palabra es clara; lo hace Jesús con autoridad por los signos y señales que se van manifestando. Lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación. Y así se manifiesta. Así lo muestra con las señales que se van produciendo alrededor de El. Es la autoridad de quien es la luz verdadera; es la autoridad que nos manifiesta el verdadero rostro de Dios en el amor y en la misericordia. Son los signos del amor.

Allí hay un hombre poseído del espíritu del mal, y que incluso reconoce la presencia salvadora de Jesús, pues le grita como oponiéndose. Jesús simplemente le dice: Sal de él. Quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros mismos. Es su misión de salvación. Es la acción que tenemos que dejar que Jesús realice en nosotros. Aquel hombre de la sinagoga poseído del espíritu inmundo parece que lo rechaza, pero Jesús con su autoridad liberará a aquel hombre de la posesión del maligno.

Decimos nosotros que no rechazamos, si se diera el caso. Primero que no queremos reconocer el mal que hay en nosotros y nos domina, no queremos acogernos a la salvación que Jesús nos ofrece. No decimos que rechazamos, pero sí rehuimos, porque no queremos reconocer ese mal. Esa es para otros, nos decimos tantas veces. Y aunque incluso nos acercamos al sacramento de la Penitencia donde Jesús quiere liberarnos de todo mal, sin embargo ignoramos ese mal que hay en nosotros y la presencia de Jesús que viene a liberarnos. Nos contentamos con decir que nos ha perdonado, pero no damos señales de nueva vida.

¿No nos estará sucediendo que no queremos escuchar con todas sus consecuencias la primera buena nueva que Jesús nos ha anunciado? Había creer en esa buena noticia de Jesús, pero teníamos que reconocer que somos pecadores y necesitamos de conversión y de perdón. Sin ese paso del reconocimiento de nuestra condición de pecadores no habrá nada para nosotros.

Jesús nos ofrece, somos nosotros los que hemos de darnos cuenta de que necesitamos eso que nos ofrece Jesús. Ponernos a tiro de la salvación. Alguien puede estar en un precipicio donde todo se derrumba bajo sus pies, pero él puede estar diciendo que no pasa nada, que eso a él no le afecta, pero se derrumba y él terminará perdiéndose en medio de aquellos escombros.

Dejémonos mirar por Cristo, dejémonos que nos sane y que nos salve, dejemos que se meta en nuestro interior y nos transforme, dejemos que su sombra de vida caiga sobre nosotros para llenarnos de luz, dejemos que ponga su mano sobre nosotros y nos levante de nuestra debilidad, dejémonos perdonar por Jesús para que tengamos vida para siempre.