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jueves, 18 de diciembre de 2025

En medio de las turbulencias por las que pasamos por la vida hoy se nos anuncia el nacimiento de quien viene como Salvador y nos trae la paz

 


En medio de las turbulencias por las que pasamos por la vida hoy se nos anuncia el nacimiento de quien viene como Salvador y nos trae la paz

Jeremías 23, 5-8; Salmo 71; Mateo 1, 18-24

Algunas veces hay que pasar por momentos oscuros para llegar a saber bien lo que significa la luz; después de la tormenta disfrutaremos mejor de lo que es la tranquilidad y la paz. Podrían parecer afirmaciones contradictorias o difíciles de entender. Pero creo que tenemos la experiencia de que desde los momentos más dificultosos o tormentosos, y ya no me refiero a la meteorología, han podido surgir cosas maravillosas y extraordinarias para la vida.

Me hago de entrada esta reflexión ante los textos de la Palabra de Dios que hoy nos ofrece la liturgia. Por una parte eran difíciles los momentos que vivía el pueblo judío en los tiempos de la cautividad de Babilonia tras los momentos tumultuosos que habían tenido en su historia que le habían llevado a la destrucción de Jerusalén y a la cautividad, y es cuando el profeta anuncia unos tiempos nuevos de liberación con la aparición de un vástago de David que será el monarca que dará la salvación a Judá e Israel; palabras escuchadas con el sentido profético que mantienen la esperanza en un Mesías liberador que Dios les concederá. Lo escuchamos nosotros hoy como referencia a Jesús nuestro Salvador en la próxima celebración de su nacimiento en la Navidad.

Pero si nos fijamos en el evangelio veremos una situación semejante; son grandes las turbulencias que pasan por el espíritu de san José ante el conocimiento del embarazo de María; cosas que le llenan de dudas, cosas que le cuesta comprender, pero José es un creyente de una fe profunda y se deja conducir por Dios; aunque no lo entiende algo le está pidiendo Dios; sabrá discernir en aquellos sueños la voz de Dios que le pide aceptar aquel misterio que se está obrando ante sus ojos; ha de poner el nombre de Jesús a aquel niño que va a nacer, lo que significa aceptar una paternidad aunque él no lo haya engendrado, pero son los caminos de Dios, porque aquel niño llamado Jesús va a ser la salvación para todos los hombres.

Recuerda el evangelista lo anunciado por los profetas, porque siempre de todo hemos de saber hacer una lectura de fe. ‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Es el anuncio que a nosotros también nos llena de esperanza y que dará un sentido luminoso a las próximas celebraciones de la Navidad. No luminoso porque adornemos nuestras casas y nuestras calles con muchas luces de colores. Lo de luminoso es como nosotros hemos de sentirlo en nuestra vida; nuestra vida con sus problemas y sus luchas, son sus turbulencias y sus preocupaciones porque son muchas las cosas que nos quitan la paz o nos pueden llenar de dudas en nuestro interior, muchas penitas quizás llevamos en el alma aunque a veces nos cueste reconocerlas, nuestra vida en la situación en que vive hoy nuestra sociedad donde ponemos esperanzas en cosas pero nos olvidamos de una esperanza llena de trascendencia.

Por eso tenemos que darle un verdadero sentido a nuestra navidad, no quedarnos en lo superficial o las luces de colores con todas esas connotaciones sociales en que hemos envuelto estas celebraciones. Para esas preocupaciones, para esas turbulencias de nuestra vida en Jesús encontramos una esperanza de algo nuevo y distinto, de una paz profunda que podamos vivir en nuestro interior a pesar de todos los pesares; para esas dudas e inquietudes que tenemos en nuestro interior encontraremos una respuesta en quien viene a nosotros como Palabra de Salvación.

Como José tenemos que saber discernir para entre todas esas voces que nos chillan a nuestro alrededor escuchemos serenamente esa Palabra de Dios que nos llena de paz, que nos hace sentir nuevos, que pone una esperanza en nuestra vida y nos abre nuevos caminos. Algunas veces no sabemos ni como son ni lo que vamos a encontrar, pero Dios nos tiene reservado algo; tenemos que aprender a entrar en su sintonía.

domingo, 9 de marzo de 2025

Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 


Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 Deuteronomio 26, 4–10; Salmo 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

¿Qué nos sugiere la imagen del desierto? Desolación, soledad, silencio, vida agreste y dura, dificultad, carencias de todo tipo, impotencia, abandono, debilidad… Algo que por tendencia natural rehuimos, no nos gusta, lo evitamos de la forma que sea. No nos gusta vernos impotentes, no chilla en nuestros oídos el silencio, sentimos angustia ante la soledad, lloramos en nuestras dificultades y carencias, no sabemos que hacer con nuestra impotencia, queremos verlo lejano de nuestra vida.

Sin embargo quizás todos habremos pasado por situaciones difíciles donde no sabíamos como salir de ellas, hemos llorando en silencio porque quizás no teníamos un  hombro sobre el que derramar nuestras lágrimas, hemos atravesado momentos oscuros de la vida en que nos sentíamos desorientados sin saber qué camino tomar, los problemas nos han envuelto de tal manera que casi queríamos morir. ¿Qué hacer nos hemos preguntado más de una vez sin encontrar respuesta? Hemos tenido la tentación, como se suele decir, tomar el camino del medio y querer valernos de lo que sea, aunque no siempre fuera bueno, para salir de esas situaciones; hubiéramos deseado tener influencias en quien fuera, pagando lo que fuera, para no seguir en esas situaciones; habríamos estado dispuestos a vender el alma al diablo, como de suele decir.

En una palabra que también nosotros hemos pasado o quizás estemos pasando por esas tentaciones de las que nos habla hoy el evangelio. Es tradicional en nuestra liturgia que el primer domingo de cuaresma escuchemos en el evangelio el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Un buen pórtico, como un encuadre de la vida al iniciar este camino del tiempo cuaresmal. Un tiempo en el que queremos dejar guiar por la Palabra de Dios en ese camino de renovación que tiene que ser nuestra pascua. Si queremos vivir con toda intensidad la Pascua cuando lleguemos a celebrar la Resurrección del Señor, esa pascua hemos de irla haciendo en nosotros este camino de preparación que es la Cuaresma. Buena es, pues, esta composición de lugar que se nos hace en este primer domingo con el desierto y las tentaciones.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto durante cuarenta días, nos dice el evangelio. Un desierto, como veíamos, que estamos muchas veces en nuestra vida sufriendo también esas mismas tentaciones. Un desierto al que hemos de dejarnos conducir por el Espíritu, aunque nos parezca que no nos es agradable, pero sí necesario por una parte para encontrarnos con nosotros mismos, pero sobre todo para encontrarnos con la Palabra de Dios. No temamos ese silencio, esos momentos de soledad, esa aspereza que podamos encontrar en el camino. Como toda Pascua siempre termina en luz.

Ya hemos mencionado algunas de esas tentaciones con que nos podemos encontrar aunque cada uno tenemos que saber ver o descubrir lo que son esas luchas que vamos sosteniendo en nuestra vida; esas ambiciones o esas vanidades, ese orgullo que se nos mete dentro de nosotros y que tantas veces nos hace destructivos o esos sueños de grandeza que nos pueden llevar incluso a la manipulación de lo que sea, incluso las personas, para conseguir aquello que deseamos; esas pasiones que se nos desbordan y nos ciegan y crean ataduras en nosotros de las que no sabemos como liberarnos; esas voces o cantos de sirena que nos llaman de acá o de allá para invitarnos a una vida fácil porque ahí nos dicen que seremos más felices.

¿Qué hacer?, nos preguntamos tantas veces. Pero no solo de pan vive el hombre, no es con esas cosas de las que nos revestimos tantas veces las que nos van a dar un sentido verdadero a nuestra vida; no es endiosándonos a nosotros  como vamos a hacer una vida mejor porque creemos que con lo que hacemos tenemos el aplauso de las gentes; no es dejándonos llevar por los apegos cómo vamos a encontrar la verdadera libertad; no es convirtiéndonos en el ombligo del mundo porque queremos que todo gire en torno nuestro cómo lograremos unas relaciones más humanas o un mundo mejor.

Sólo Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida, cuando tantas veces nos sentimos tentados a adorar las riquezas o los oropeles de este mundo, los honores o los reconocimientos que los demás nos hagan porque nos creemos merecedores de todo o nos parece que son lo más importante para la vida sin lo cual no podríamos vivir.

Aunque se nos presenten como placenteros y se nos ofrezcan como si fueran preciosos jardines son duros esos desiertos que el mundo nos ofrece y del que tenemos que salir victoriosos. Ese desierto en el que tantas veces nos vemos metidos, como hemos dicho desde el principio de esta reflexión, es un desierto del que podemos salir si también nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús. 

Es el camino que queremos hacer en esta Cuaresma en este reencuentro con nosotros mismos, pero lo más importante, en nuestro reencuentro con el Evangelio, en nuestro reencuentro con Dios.

miércoles, 1 de enero de 2025

Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

 


Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Días de bendiciones, de felicitaciones, de regalos, de alegría… son algunas de las características de estos días. Son las palabras y deseos que decimos y repetimos en estos días. Palabras que decimos, porque es navidad; cosas que decimos, porque es año nuevo y expresamos tantos buenos deseos para nosotros mismos y para todos; palabras que decimos, porque todos tenemos ansias de alegría y de fiesta, porque de algunas manera estamos como obstinados por tantas oscuridades que nos van apareciendo en la vida, problemas, violencias, luchas, vacíos… que queremos algo distinto, algo que nos traiga alegría, algo que nos haga disfrutar mejor de la vida, que nos haga olvidar esos momentos oscuros y duros.

¿Serán deseos de trascender nuestra vida más allá de lo caduco que cada día vamos encontrando y no nos llena, nos deja vacíos, para buscar algo más permanente y nos alcance una mayor plenitud?

Seguimos celebrando Navidad y queremos hacerlo con la misma solemnidad y con el mismo fervor. Es la octava de la Navidad. Y la Iglesia nos invita hoy a mirar a María en su maternidad divina; es la madre de Jesús que por eso mismo para nosotros se convierte en la madre de Dios, porque en Jesús estamos viendo, así lo confiesa nuestra fe, al Hijo de Dios que tomando nuestra carne se ha encarnado para hacerse hombre como nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros. Y así, pues, contemplamos a María, la Madre de Dios.

Decíamos que son días de bendiciones y así nos aparece en la primera lectura esa bendición que Moisés propone a Aarón como fórmula con la que bendeciría al pueblo. ¿Y qué es la bendición de Dios sino que Dios vuelva su rostro compasivo sobre nosotros mostrándonos así su amor?  ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nuestro mundo y nos ha dado a Jesús. Es lo que estamos celebrando precisamente en Navidad. Eso es precisamente lo que significa el nombre que le imponen al Niño, como nos dice el evangelista, como lo había llamado el ángel antes de su nacimiento. Dios es mi Salvador, viene a ser su significado.

El nombre de Jesús, pues, viene ya en sí mismo a ser una bendición para nosotros. ¿No decíamos que desde los vacíos de nuestra vida pretendemos trascendernos para encontrar aquello que nos llene en plenitud? En Jesús venimos a encontrarnos con esa paz que nos salva. Es el que viene a traernos la paz, como se nos dice en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura, porque viene a inundarnos del amor de Dios.

La paz en su sentido más profundo es mucho más que la carencia de violencia o de guerra; la paz nos está hablando de la integridad de nuestra vida, nos está hablando de la mejor realización de nosotros mismos, nos está señalando esa serenidad interior que nos sana por dentro alejando de nosotros todo tipo de malicia y maldad, nos está poniendo por encima de desconfianzas y recelos para encontrar esa armonía en nuestro espíritu pero también en nuestra relación con los demás, nos habla de rectitud y honradez, de lealtad y generosidad de espíritu, de comprensión y misericordia porque quien no sabe perdonar no sabrá nunca lo que es la paz, nos hace caminar sendas de humildad y sencillez para sentirnos siempre cercanos a los demás, nos abre a lo gratuito y desinteresado y al mismo tiempo nos hace agradecidos.

Hoy para nosotros es el día de la paz, la jornada que la Iglesia nos ha propuesto ya hace muchos años para celebrar y para pedir por la paz. Pedimos por ese mundo nuestro tan necesitado de paz, y pensamos en tantas guerras que afligen nuestro mundo en tantos lugares; pero pedimos y queremos construir la paz allí donde estamos, con los más cercanos, porque tenemos que comenzar por nuestras familias y por los que nos rodean en el día a día; cuánto nos cuesta, cuántas barreras nos interponemos, cuántas distancias mantenemos disimuladamente pero muy reales.

Pedimos la paz para nosotros mismos; tenemos que construirla, tenemos que sacar a flote esos valores que nos hacen encontrar la paz, en todo aquello que antes veníamos reflexionando. Una tarea ingente, porque algunas veces ahí dentro de nosotros mismos es donde más nos cuesta conseguir esa paz, que no puede ser una cosa ficticia, que no se puede quedar en apariencias, que tiene que nacer del corazón, que tenemos que vivir allá en lo más hondo de nosotros mismos sanando nuestro corazón de tantas heridas que lo van dañando.

Es una bendición que recibimos y que compartimos. Hoy también de manos de María. Quiero mirar el rostro de María en este momento en que los pastores llegan al portal buscando aquello que les había anunciado Dios por medio del ángel. Ojos de sorpresa, quizás, cuando todo se llenaba de luz con la presencia de los ángeles, con la presencia de aquellos pastores; qué lazos de afecto y gratitud se crearían en aquellos momentos entre María y los pastores, quien había visto cerrarse las puertas de las posadas a su llegada a Belén ahora era acogida por los pobres que poco tenían pero que tanto estaban ofreciendo con su presencia a los pies del niño. ¿Cómo sería entonces la mirada de la madre?

Que esa misma mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios. Su mirada es bendición de Dios para nosotros hoy.

miércoles, 3 de enero de 2024

El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y nos inunda con su Espíritu

 


El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y  nos inunda con su Espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

‘Yo lo he visto, y he dado testimonio, soy testigo, lo que he visto y casi he palpado no lo puedo callar, diré siempre la verdad…’ Pueden parecer las palabras de cualquiera de nuestro entorno, que es recto y empieza por ser leal consigo mismo, que ha contemplado cualquier hecho o cualquier acontecimiento, un suceso que ha acaecido y que ha podido implicar a tantos, pero del que quizás muchos dan testimonios no tan convergentes, pero que quiere proclamar la verdad, dar testimonio de la verdad, de lo que él ha visto.

Lo que estamos diciendo nos sugiere multitud de acontecimientos, de hechos, de testimonios, que escuchamos todos los días, que damos nosotros mismos cuando en verdad queremos actuar con rectitud. Pero en lo dicho anteriormente solamente estoy refiriéndome a lo que es el evangelio en el que creemos, del que incluso estamos tomando palabras textuales, de lo que nos está hablando el evangelio de hoy.

Es el testimonio de Juan Bautista, pero es el testimonio que nos ofrece con lo escrito Juan el evangelista, aquel que estuvo tan cerca de Jesús, que se sentía amado de manera especial por Jesús, al que el resto de los discípulos llamará incluso el discípulo amado.

Por eso esa afirmación final que no parece como salida de los labios de Juan Bautista y que parecen ser mejor lo que Juan el Evangelista nos quiere reflejar con su evangelio. Si hoy casi al final de su primer capítulo nos hace esta afirmación ‘y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’ parece que en labios del Bautista, es lo que nos dirá al final de su evangelio que se ha escrito para que todos crean que Jesús es el Hijo de Dios.

Esta es la afirmación rotunda que se convierte en evangelio para nosotros, que es buena noticia para nosotros. Pero esta breve página del evangelio contiene otras afirmaciones rotundamente hermosas. Comienza señalando Juan el Bautista a Jesús como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. La imagen de san Juan bautista ya normalmente se nos representará con el Cordero de Dios en su mano o a sus pies, como recordarnos esta afirmación tan importante. Es el Cordero inmolado, que nos habían anunciado los profetas que sería llevado al matadero sin proferir balido alguno. Son las palabras que recoge repetidamente la liturgia para que así invoquemos a Jesús y que tenga piedad de nosotros. ‘Tú que quitas el pecado del mundo… tú que estás sentado a la derecha del Padre… ten piedad de nosotros… danos la paz…’

Pero también recordando estas palabras del Bautista así se nos presenta a Jesús a quien tenemos la dicha de comer para que tengamos vida eterna. Se hace comida y alimento por nosotros y nos invita a que con alegría participes de su banquete que es como antesala del cielo. ‘Dichosos los invitados a esta cena’. ¿O acaso seremos como aquellos invitados que rehusaron ir al banquete de bodas al que habían sido invitados? Nos lo tenemos que pensar, cual es la actitud con que nosotros venimos a la Eucaristía.

Pero todavía quiere decirnos algo más de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él’. Reconoce que no lo conocía. ¿Se habrían encontrado, a pesar de ser primos, alguna vez que cuando ambos estaban en el seno de sus respectivas madres, y Juan saltó de alegría con la presencia de Jesús en el seno de María? Ahora lo señala como aquel sobre el que ha visto posarse sobre El al Espíritu Santo. Está haciéndonos referencia a la teofanía del momento del Bautismo de Jesús. Ahora nos anuncia Juan un nuevo bautismo; él ha bautizado con agua ‘para que sea manifestado a Israel’ Era el preparar los caminos del Señor, que era la misión del Bautista, el Precursor de los caminos del Señor. Pero ahora habrá un nuevo Bautismo, en el Espíritu. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Es lo que nos está señalando Juan acerca de Jesús.

Una página del evangelio de profundo sentido teológico; una página que nos ayuda a conocer a Jesús; una página que nos está señalando que aquel Niño que hemos visto nacer en Belén, como en estos días celebramos, es mucho más, es el Hijo de Dios, es el Cordero de Dios que nos quita el pecado – para eso se ha inmolado como Cordero en la Cruz, y es el que nos va a llenar del Espíritu Santo para inundarnos de una vida nueva. Hoy es el día del santo Nombre de Jesús, por quien invocándolo obtenemos la salvación.

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

 


Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Muchas veces decimos que la vida es complicada porque parece que se cruzan muchas cosas que nos lo pone más difícil, que nos ofrece muchas sorpresas que algunas veces nos cambian todos nuestros planes que nos desestabilizan, nos hacen comenzar de nuevo o nos vemos llenos de fracasos porque no conseguimos lo que anhelamos en el momento que lo deseamos. Le echamos la culpa a la vida, al destino o a no sé qué cosas porque todo parece que se nos hace incomprensible.

Pero quien mira la vida con ojos de creyente tiene otra percepción distinta de cuanto nos sucede. Muchas cosas nos hacen daño quizá porque por medio pueden estar la malicia de los hombres o las ambiciones que nos ciegan y con ello a veces nos perjudicamos. Pero más allá de todo eso queremos tener otra mirada descubriendo lo que son los designios de Dios que nos va hablando, que nos va pidiendo respuesta a través de esos mismos acontecimientos. No es un destino irrevocable al que acudimos, sino que sentimos que hay como una invitación de Dios para que ocupemos nuestro lugar, sepamos reaccionar con madurez y pongamos también de nuestra parte lo que pueda hacer más comprensible ese mundo a veces tan revuelto.

Es necesario tener una fe grande, para saber escuchar a Dios en esos momentos que muchas veces se nos pueden volver duros y que pueden crear en nosotros situaciones que se nos hacen difíciles de resolver. Hay que saber tener una serenidad de espíritu, para en medio de todos esos ruidos de la vida también podamos escuchar esa voz de Dios que nos susurra cosas allá en lo secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Nos cuesta, podemos sentirnos confundidos en nuestro interior, pero sí hemos de poner confianza de nuestra parte en esa voz va a sonar clara para nuestra vida.

Hoy en el evangelio se nos presenta así un hombre de fe grande. El momento era duro para él porque podían estar brotando muchas desconfianzas en su corazón. Su vida podría verse truncada con aquello que estaba sucediendo, pero él siempre quiso obrar bien no queriendo hacer daño a nadie, aunque muchas cosas fueran incomprensibles para él. María, su prometida, su esposa que era una manera de decir por el compromiso que ya había entre ellos, estaba encinta. Algo duro y fuerte desgarraba su corazón. No sabía lo que sucedía ni lo que debía hacer, pero quiere actuar bien sin hacer daño. Cómo nos precipitamos nosotros algunas veces ante cualquier contratiempo y surge pronta la reacción violenta que genera muchos sentimientos adversos.

José supo hacer silencio en su corazón. En sueños, es una manera de hablar propia del evangelio para señalarnos las manifestaciones de Dios, un ángel le dice que no tema acoger en su casa a su mujer porque lo que de ella va a nacer es obra del Espíritu de Dios. Y se le confía una misión, la misión de padre porque ha de ser quien le ponga nombre el niño que va a nacer. ‘Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista recuerda - ¿lo habrá recordado también José? – lo anunciado por el profeta, tal como escuchamos hoy en la primera lectura. ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Se nos presenta este hermoso evangelio en este último domingo de Adviento cuando ya tenemos cercana la Navidad. Es acercarnos al misterio que vamos a celebrar; es disponernos con fe verdadera para vivir hondamente la navidad. Que se despierte en nosotros la fe para poder contemplar y celebrar con hondo sentido el misterio de la Navidad. Ese Niño que contemplaremos nacer en Belén entre las pajas de un establo es el Hijo de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.

No es una costumbre bonita o una hermosa tradición, no son emociones de recuerdos y añoranzas lo que vamos a celebrar en la navidad. Ya escuchamos decir a mucha gente que la navidad es triste para ellos porque les trae muchas añoranzas, ¿estarán en verdad celebrando la navidad, el nacimiento del Dios que se hizo hombre para ser Dios con nosotros? ¿Se estarán quedando en recuerdos y añoranzas de cenas familiares de otros años con las ausencias que normalmente la vida nos va imponiendo?

Ojalá supiéramos tener la visión de José que en medio de todos aquellos contratiempos que no se acabaron con el hecho de recoger a su mujer, sino que vendría la peregrinación a Belén por el capricho de un gobernador que quería hacer un censo, la huida a Egipto porque Herodes tramaba contra la vida de aquel niño, él supo descubrir el designio de Dios.

Los momentos que vive nuestro mundo no son buenos y parece que todo tendría que ser amargura por las guerras que no se acaban, las pandemias que siguen patentes, las desigualdades que siguen existiendo en el mundo, los problemas sociales y políticos que afectan a tantas naciones, y así podría hacernos una lista poco menos que interminable, pero aun así queremos celebrar Navidad, queremos descubrir los designios de Dios, el plan de Dios que quiere la salvación de nuestro mundo y cuenta con nosotros.

¿Has pensado cuál será el plan de Dios para tu vida a partir de la celebración de esta navidad? Algo que tendríamos que pensar. Qué nos está pidiendo Dios, qué nos estará queriendo decir.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

 


Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Más vale caer en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo que nos llena de satisfacción.

En un mundo tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas, el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en palabras.

‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia, la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.

María es la elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo de Dios, es la benevolencia de Dios.

El mundo se iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio, la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo, así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en María.

Hoy es un día cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de su respuesta.

Es la correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’

Claro que el Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.

Nos gozamos con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre. Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’. Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.

viernes, 27 de marzo de 2020

Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua


Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En los días que nos restan de la cuaresma el evangelio que vamos a ir escuchando nos irá presentando aquella situación de tensión que sobre todo en Jerusalén se vivía en torno a Jesús. Los evangelistas sinópticos nos han ido presentando repetidamente los anuncios que Jesús hacía de cuanto le iba a suceder en su subida a Jerusalén, cosa que tanto los costaba comprender y aceptar por parte de los discípulos sobre del grupo más cercano a Jesús.
El evangelio de Juan, que es el que ahora principalmente iremos siguiendo nos presenta esa tensión entre los judíos – y con esa expresión quiere referirse sobre todo a los dirigentes de Jerusalén, sanedrín, sacerdotes, escribas, fariseos… - y Jesús. Ya repetidamente había ido apareciendo ese descontento de los dirigentes del pueblo contra Jesús y como lo acechaban para ver si podían cogerle en algo o cómo examinaban con lupa – es un decir – cuánto Jesús hacía para encontrar de qué acusarlo. Ahora ya serán diatribas y enfrentamientos directos, pero serán también las palabras firmes y con autoridad de Jesús que nos presenta su misión como enviado del Padre.
Hoy nos dice el evangelista que Jesús se había quedado en Galilea y no había subido con todos a Jerusalén para la fiesta de las Tiendas. Ya nos apunta que en Judea los judíos trataban de matarlo. Pero luego sube a Jerusalén sin dejarse ver mucho en principio por la gente. Pero siempre hay alguien que aun en el barullo de la fiesta reconoce a Jesús. Y ya algunos comienzan a hacer sus comentarios. ‘¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?’
Grande era la confusión entre la gente sencilla que reconocía en Jesús el poder de Dios. ‘Nadie hace las cosas que El hace si Dios no está con él’ se decían unos otros; ‘nadie ha hablado con la autoridad con El habla’, comentaba la gente sencilla; ‘un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo’, reconocían cuando veían sus signos y milagros. Y no les cabía en la cabeza que los sumos sacerdotes y los principales del pueblo no lo reconocieran. Ahora se preguntan que si está en Jerusalén y está hablando públicamente, cuando incluso ya habían dejado correr la noticia de que lo prenderían, ahora no hicieran nada. ‘¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?
Imagen de las confusiones que nosotros también en muchos momentos podemos sentir. Quizá muchas veces nuestra religiosidad ha estado marcada excesivamente por un tradicionalismo de aquello de decir ‘es que esto se ha hecho siempre así’, y cuando la Iglesia quiere hacernos salir de nuestras rutinas para darle una mayor autenticidad a lo que hacemos, o mejor, a lo que tenemos que vivir, quizá dentro de nosotros también se nos crea como una confusión.
Muchas veces esa confusión nacida de una comodidad con que nos tomamos la vida, donde no queremos esforzarnos, donde nos cuesta aceptar una renovación que nos hace pensar y que nos hace cuestionarnos cosas, donde hablamos fácilmente de unas tradiciones que se pueden quedar en costumbres y rutinas que quizá hemos rodeado de cosas superfluas y que cuando se nos dice que hemos de buscar más autenticidad y una mayor vivencia un poco nos rebelamos por dentro como si nos estuvieran cambiando la religión. Cuántas cosas en este sentido escuchamos en muchos sectores, cuánto quizá nosotros lo pensamos por dentro aunque no nos atrevamos a decirlo, pero en que tampoco damos ningún paso por cambiar y mejorar.
Pensemos, por ejemplo, en este sentido de cuanto boato hemos rodeado la semana santa que fácilmente se nos puede quedar en cosas externas, pero que interiormente no terminamos de vivir el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Por aquello que decimos que lo mejor es para el Señor, pensamos quizá que lo mejor es la ostentación de ricos ropajes y joyas, el adorno de unas flores o el boato de unas procesiones, olvidando que lo mejor es lo que en verdad tiene que salir de un corazón convertido al Señor.
Nos inquietan quizá estos pensamientos y reflexiones, pero con sinceridad tratemos de ver cómo ese evangelio que nos narra la pasión y muerte de Jesús lo trasladamos a nuestra vida para poder llevar de verdad a la renovación pascual de nuestras vidas en la celebración de la resurrección. ¿Llegaremos en verdad a reconocer que Jesús es el Mesías de Dios y nuestro Salvador que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua?


lunes, 10 de febrero de 2020

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56
Nos sentimos mal cuando el cuerpo está enfermo, cuando alguno de sus órganos no funcionan debidamente, cuando nuestros miembros se ven atrofiados o limitados de alguna manera, cuando aparece el dolor que lacera nuestro cuerpo, cuando nuestras posibilidades de vida plena se ven limitadas y mermadas y así podíamos seguir haciendo referencia a todo lo que conlleva que la enfermedad aparezca en nuestro cuerpo.
Y por supuesto todo esto es causa de sufrimiento que ya no es solo el dolor físico de aquel miembro u órgano enfermo sino que eso nos afecta también a nuestro yo, a nuestro ser persona, a lo que es la vida que queremos vivir de la forma más plena posible. Cuando llegamos a este punto nos damos cuenta que hay dolor y que hay enfermedad mucho más allá de esas limitaciones corporales que podamos sufrir.
Nos sentimos mal con muchas mas cosas que nos hacen sufrir cuando nos sentimos insatisfechos en la vida, cuando nos duele el dolor de los demás sin que nosotros físicamente lo estemos padeciendo, cuando hemos perdido la paz interior, cuando nos sentimos heridos en nuestras relaciones con los demás, cuando sentimos frustración en aquello que no hemos conseguido, cuando quizá nos falten ideales altos y nobles y nos demos cuenta que lo que hacemos es ir arrastrándonos por superficialidades o por tantas cosas que nos crean dependencia y esclavitud, y así muchas cosas. Enfermedades del alma, enfermedades del espíritu, enfermedades y sufrimientos que nos afectan en lo más profundo de nuestro yo y nos producen desequilibrios y frustraciones, como ya antes decíamos.
Hoy nos habla el evangelio de aquellas multitudes de enfermos que salían al encuentro de Jesús en su caminar por los pueblos y aldeas de Galilea. Normalmente al hablarnos de ello, bien porque en ocasiones se nos hagan listas en este sentido o porque nos parece más cómodo y fácil pensarlo así, recordamos a ciegos y sordomudos, a leprosos y a paralíticos, pero también en ocasiones se nos habla de endemoniados y de poseídos por espíritus inmundos.
Creo, sin embargo, que en esas multitudes de enfermos que acudían a Jesús podemos englobar no solo los que padecían esas limitaciones somáticas sino también los que se veían envueltos en esa otra multitud de limitaciones y sufrimientos a los que someramente antes hacíamos referencia. El sufrimiento de aquella gente estaba en su pobreza pero también en su falta de esperanza, en las frustraciones que sufrían en su vida cuando se veían manipulados y tratados injustamente, cuando sentían que quizá no pudieran ofrecerle a sus hijos un futuro mejor pero que es ahora quizá muchas veces ni una alimentación suficiente, en los que se sentían vejados y maltratados por la vida pero sobre todo por aquellos que de una forma o de otra los esclavizaban o les imponían excesivas cargas para la vida.
Qué lista más inmensa podríamos hacer recogiendo todos esos sufrimientos que vivían entonces aquellos que se acercaban a Jesús, pero que tendríamos que pensar también en los sufrimientos diversos que sufren hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo y acaso nosotros mismos también. Ahí podemos englobar los sufrimientos y las tristezas de todos los hombres, sus desesperanzas y su falta de ilusión, las angustias de tantos corazones y la lagrimas muchas veces reprimidas de tantos rostros.
Y en medio de todos ellos caminaba Jesús cuando recorría las aldeas y pueblos de Galilea y de todo Israel curando a los enfermos, como sigue queriendo llegar hoy en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu.
Sintamos esa presencia salvadora de Jesús. El sana nuestra vida. Pongamos en su presencia nuestros sufrimientos, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, nuestras preocupaciones y nuestras angustias, nuestras esperanzas tantas veces frustradas y esos deseos de vida que llevamos en lo más hondo. En Jesús nos sentiremos con nueva vida.

martes, 18 de diciembre de 2018

Despertemos en nosotros esa esperanza de salvación para que cobre todo su sentido la navidad


Despertemos en nosotros esa esperanza de salvación para que cobre todo su sentido la navidad

Jeremías 23,5-8; Sal 71; Mateo 1,18-24

¿Se olvidan las esperanzas? Si son verdaderas no tendrían por qué olvidarse. Y es que la esperanza en la vida da fuerzas para luchar; aun no hemos conseguido lo que anhelamos, pero tenemos esperanza de conseguirlo, y eso nos da fuerza para nuestra lucha, para nuestra perseverancia. Sin embargo sabemos muy bien que se nos debilitan y cuando son fuertes las cosas que tenemos en contra parece que se apagan en nuestra debilidad.
Pero en la vida nos puede suceder a nosotros, pero lo vemos en tantos a nuestro lado parece que caminamos sin esperanza, perdemos las ilusiones, nos falta alegría, entramos en una monotonía descorazonadora, parece que vamos sin rumbo. Es necesario avivar las esperanzas, porque podemos hacer las cosas mejor, podemos hacer que nuestro mundo sea distinto, nos ponemos metas y por ellas luchamos. Aunque haya contratiempos, las cosas o los acontecimientos se nos vuelvan adversos, nos cueste entender lo que sucede y por qué terminamos por ir por esos derroteros que no era lo que nosotros queríamos. La esperanza en cierto modo nos hace soñar, pero tenemos que hacer esos sueños realidad.
Es lo que en este tiempo de Adviento tendríamos que saber cultivar con todo sentido. Mucha esperanza necesitamos en la vida que muchas veces nos parece tenebrosa. Mucha esperanza necesitamos para salir adelante con nuestros problemas. Mucha esperanza de vida, de gracia, de salvación, porque nos sentimos necesitados de gracia y de perdón, de fuerza para amar, de ilusión para vivir una vida nueva. Y todo esto lo podemos alentar y recibir en Jesús que viene a nosotros.
La palabra del Señor que vamos escuchando en estos días nos ayuda a mantener viva esa esperanza preparándonos bien para la Navidad que se acerca. Hoy se nos recuerda aquel anuncio del profeta que nos hablaba del nacimiento del Emmanuel. ‘Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.
El evangelio nos cuenta las dudas y sombras que se le habían metido en el alma a José, el esposo de María. Pero era un hombre bueno, un creyente que buscaba discernir lo que era la voluntad de Dios. En forma de sueño un ángel de Dios se le manifiesta y le da explicación a todas sus dudas. Se recuerda entonces lo anunciado por el profeta. Se le confía la misión de padre porque ha de poner el nombre al niño que nazca – eso era función del padre – y el nombre va a ser significativo.
El ángel le dice: ‘Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Es el cumplimiento y realización de todas las promesas antiguas y de nuestras esperanzas. Buscamos y esperamos la salvación. Viene Jesús a traernos esa salvación, bien significado en su nombre. Pero quizá tengamos que preguntarnos si en nuestras esperanzas tiene cabida esa esperanza de salvación. Porque podemos esperar muchas cosas, pero no sea precisamente la salvación que nos ofrece Jesús. Entonces perdería sentido la navidad, porque la navidad no es otra cosa que el nacimiento del Salvador.
Pero quizás muchos, y nos puede suceder a nosotros también, ese aspecto sea el menos que tengamos en cuenta en nuestras celebraciones. Mucha alegría, mucho ruido, mucha cosa externa, pero quizá en lo hondo nos quedamos vacíos, porque no hay ese encuentro de salvación. Despertemos en nosotros esa esperanza de salvación para que cobre todo su sentido la navidad.

lunes, 12 de marzo de 2018

Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir


Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54

‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.
En la vida continuamente tenemos que estar enfrentándonos a una multitud de problemas. Y no el menor de ellos el dolor y la enfermedad. No solo cuando personalmente nos vemos afectados por alguna enfermedad, por el dolor de algún miembro de nuestro cuerpo del que nos cuesta liberarnos, o cuando nos vemos sometidos a la invalidez y la discusión de algún miembro del cuerpo como consecuencia de un accidente que hayamos sufrido o alguna enfermedad grave que hayamos padecido, sino cuando esto tenemos que sufrirlo en un ser querido que está a nuestro cuidado ya sea por el paso de los años o los sufrimientos de la vida. ¿Cómo nos enfrentamos a ello? ¿Cuál es nuestra manera de reaccionar?
Tenemos el peligro de refugiarnos en la pasividad o como dicen algunos el destino porque esto me tocó a mi y pacientemente lo sufrimos aguantándonos como podamos; aparece en muchas ocasiones la desesperación, la pérdida de la esperanza que nos llena de amargura nuestro corazón y que no solo nos hará sufrir a nosotros sino que hará sufrir mucho más a los que están a nuestro lado. O tratamos de ser positivos en la vida para luchar y buscar por todos los medios la solución de esos problemas encontrando remedio de la forma que sea para nuestro dolor, nuestra enfermedad o nuestras discapacidad.
Siempre buscamos un sentido aunque algunas veces se nos haga tan oscuro que no seamos capaces de encontrarlo. Queremos no perder la esperanza y al mismo tiempo reconociendo la limitación que de alguna manera se nos impone tratamos de encontrar una fuerza, aunque también con humildad seremos capaces de pedir ayuda para lo que no podemos hacer por nosotros mismos. En esa misma debilidad podremos ser capaces de sentirnos fuertes o encontrar la fuerza para mantener el ánimo y darle un valor y sentido a lo que tenemos que vivir.
No es fácil todo esto que estamos diciendo. Aparece muchas veces la depresión y nos sentimos tentados a tirar la toalla. Necesitamos también encontrar a nuestro lado ejemplos que nos estimulen, palabras que nos den ánimos, metas por las que cada día luchar un poco para ir subiendo peldaños en ese camino de la vida que por el sufrimiento se nos puede hacer muy duro.
Allá en lo más profundo de nosotros mismos queremos mantenernos firmes, no perder la esperanza, y encontrar un sentido desde esa fe que tenemos.  Fe, es cierto, en nosotros mismos que somos capaces de levantar vuelo aunque sea difícil, pero también una fe sobrenatural que nos haga mirar a lo alto o a lo mas hondo de nosotros donde podemos encontrarnos con Dios. Tenemos que intentar buscarle y escucharle, sentir su presencia que nos da fuerza, pero al mismo tiempo mirar a su Hijo en la cruz también en medio de sufrimientos como nosotros que lo convirtieron en Redentor.
Hoy hemos visto en el evangelio a un hombre, que además era pagano, era un funcionario real, pero que en el problema de enfermedad que tiene en su casa, ha oído hablar de Jesús y acude a Jesús. Básicamente va pidiendo la curación del enfermo, pero en su encuentro con Jesús encontró algo más, porque su fe se vio fortalecida para confiar en la palabra de Jesús. No bajó Jesús a su casa para curar al enfermo, pero estuvo al lado de aquel hombre que sufría y le hizo creer y no perder la esperanza iluminando su vida a un sentido nuevo y a un valor nuevo. Su hijo se vería curado, pero quien realmente se curó fue él y toda su familia porque comenzaron a creer y confiar plenamente en Jesús.
¿No será algo así lo que nosotros necesitemos cuando nos veamos enfrentados al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad o a la discapacidad de nuestros miembros? Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir.




sábado, 30 de diciembre de 2017

Que con la valentía de la anciana Ana seamos capaces de hablar también nosotros de Jesús al menos a los que están a nuestro lado

Que con la valentía de la anciana Ana seamos capaces de hablar también nosotros de Jesús al menos a los que están a nuestro lado

1Juan 2,12-17; Sal 95; Lucas 2,36-40

Es el mismo episodio que se nos presentaba ayer. Con motivo de la presentación de Jesús en el templo para cumplir con lo previsto en la ley de Moisés – todo primogénito varón había de ser consagrado al Señor – había surgido la figura de aquel anciano que alababa y bendecía a Dios porque sus ojos habían podido contemplar ya al que venia como Salvador del mundo.
Estamos en el templo y aunque la presentación había de hacerse ante los sacerdotes lo que el evangelista nos narra no hace referencia a ningún sacerdote. Simeón era un hombre justo y piadoso ante los ojos de Dios y ante los ojos de todos que lo respetaban. Pero el episodio nos habla también de una mujer, una anciana que viuda desde muy jovencita había consagrado su vida al servicio del templo alabando y bendiciendo a Dios con sus ayunos y oraciones manteniendo igualmente la esperanza en la pronta llegada del Mesías Salvador. Se acerca también aquella mujer al pequeño grupo que se había formado y también se une al canto de alabanzas y bendiciones al Señor.
Pero no se queda ahí lo que realiza aquella buena mujer. ‘Hablaba del Niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel’. Evangelizadora y misionera podemos decir de aquella mujer. Se convierte en portavoz de buenas nuevas, anunciadora de Evangelio, misionera de Jesús. Aquello tan hermoso que está allí viviendo no lo puede callar. Simeón ha cantado bendiciendo a Dios porque sus ojos han contemplado al futuro liberador de Israel, al que va a ser la luz de las naciones, al que es la gloria del pueblo de Israel. Ana lo anuncia a todo el que lo quiere oír. Muchos eran los que Vivian en esa esperanza y ahora su esperanza se puede ver colmada. Ana trasmite esa buena nueva, habla del niño, habla de Jesús.
¿Y nosotros? ¿Hablamos de Jesús? Todos estamos celebrando la Navidad en estos días, pero ¿todos en verdad estaremos celebrando el nacimiento de Jesús? Son muchos los parabienes, las cosas buenas que nos deseamos en estos días; nos alegramos porque los amigos nos podemos volver a encontrar o al menos tenemos un recuerdo para ellos, las familias se pueden reunir, aunque para muchos aparece la nostalgia de los que no están.
Pero ¿solo eso es navidad? ¿Dónde está Jesús? muchos ya nos preocupamos de muchos adornos festivos en nuestras casas, quizá hacemos un hermoso árbol de navidad, pero ¿Dónde hemos puesto el pesebre? ¿Dónde aparece Jesús? Demasiado lo estamos sustituyendo por el papá Noel.
Este es un aspecto que merece muchas reflexiones y muchas revisiones. Pero no nos quedemos ahí. Somos cristianos y decimos que creemos en Jesús, eso al menos tendría que significar el decir que somos cristianos. Pero, ¿cuándo nosotros los cristianos hablamos de nuestra fe? ¿Cuándo somos capaces de trasmitir a los demás, por ejemplo, lo que hemos vivido y celebrado cuando los domingos venimos a Misa? ¿Cuándo hablamos a los demás de lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos ha proclamado en la celebración? Quizá ni siquiera con los nuestros, con nuestra familia, con el esposo o la esposa, con nuestros hijos o con nuestros hermanos, con nuestros padres o nuestros amigos somos capaces de hablar de Jesús.
Pidamos al Espíritu divino que nos dé su fuerza y su sabiduría, que nos sintamos fortalecidos con su gracia y que tengamos la valentía de anunciar el evangelio de Jesús a nuestro mundo. La luz no tendría que ocultarse. Muchos nuevos propósitos tendríamos que hacer a partir de esta navidad.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Que la fe de María nos ayude a vivir el amor de una autentica navidad yendo de verdad al encuentro de los demás

Que la fe de María nos ayude a vivir el amor de una autentica navidad yendo de verdad al encuentro de los demás

Cantar de los Cantares 2,8-14; Sal 32; Lucas 1,39-45

‘Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Fue la alabanza de Isabel a María. Había venido desde la lejana Galilea al enterarse que su prima esperaba un hijo. Todo fueron parabienes y alegría a la llegada a la casa de Zacarías e Isabel en la Montaña. La sorpresa de un visita inesperada, la llegada de una ayuda en momentos importantes en la vida de aquella familia de ancianos en una cercana maternidad, pero era algo más grande lo que sentía en su corazón Isabel. Quien llegaba a ella no era solamente la prima que venia de la lejana Galilea sino que allí ella estaba reconociendo a la madre de Dios.
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ En cuanto el saludo llegó a sus oídos con la presencia de María todo fueron saltos de alegría. Alegría de Isabel por la llegada de María, pero la alegría se sentía también en su seno donde la criatura daba saltos de alegría. Isabel se llenó del Espíritu Santo, por eso podía reconocer lo que también sucedía en María; era la madre de su Señor porque María portaba ya en su seno al Hijo del Altísimo.
E Isabel alaba la fe de María. ‘¡Dichosa!’, le dice. María había creído en el Misterio que se desarrollaba en ella. Dichosa se sentía Isabel por poder participar también de aquella misma fe y de aquella misma alegría, porque era la alegría para todo el mundo.
Es importante la fe en estos momentos. Tenemos que testimoniarla. Y no podemos perder de vista la fe en estas celebraciones que vivimos en estos días; no podemos perder de vista el misterio que celebramos. Muchos lo olvidan, tratan incluso de disimularlo, transforman estas fiestas que tienen su razón de ser en el nacimiento del Hijo de Dios en Belén en otra cosa. Algunos se refugian tras muchos artilugios que disimulen u oculten la navidad cuando en estos días se cruzan felicitaciones. Hoy mismo ha aparecido la noticia de quien felicita la navidad y en las imágenes del video que ha hecho público en lugar de aparecer el signo de la navidad, simplemente ha puesto una plantita. ¿Qué es lo que está ese personaje felicitando?
Nos decimos muchas cosas hermosas estos días, deseamos la paz y la felicidad y no sé cuantas cosas más. Es cierto que tenemos que desear la paz y que todos seamos felices, pero eso todos los días del año, no solo en estas fechas. Quizá haya mucha solidaridad estos días y repartimos abrazos, compartimos con los que no tienen, nos acordamos de los que no están, hacemos muchos encuentros familiares, pero a alguien le escuchaba preguntarse que quedará de todo eso después del seis de enero. ¿Al día siguiente ya no nos deseamos la paz, nos olvidamos de ser solidarios, no nos acordamos de los que no tienen donde cobijarse o qué comer, ya no necesitamos de ese calor familiar?
Todo eso, es cierto son valores muy importantes y son valores que nos enseña Jesús en el evangelio. Pero ¿qué lugar está ocupando Jesús de verdad en nuestra vida en estos días que celebramos navidad y en todos esos buenos deseos? No nos suceda que queramos hacer todas esas cosas sin Jesús.
Por eso decía que es importante que tengamos en cuenta nuestra fe en todo esto que celebramos estos días. No olvidemos que celebramos que Dios viene a nosotros, quiere ser nuestro Emmanuel, y en El es donde podremos encontrar todo el sentido y toda la fuerza que necesitamos para construir esa paz, para vivir una autentica solidaridad, para que los lazos familiares se anuden fuertemente y no se vuelvan a romper. Que sea en verdad Jesús el centro de toda nuestra vida, de todo lo que hacemos, y de nuestras celebraciones de Navidad para que haya una verdadera Navidad.