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lunes, 9 de diciembre de 2024

Dejemos que Jesús nos libere desde lo más hondo y nos levante de nuestras camillas para mantener viva nuestra esperanza siendo camilleros de la esperanza para los demás

 


Dejemos que Jesús nos libere desde lo más hondo y nos levante de nuestras camillas para mantener viva nuestra esperanza siendo camilleros de la esperanza para los demás

Isaías 35, 1-10; Salmo 84; Lucas 5, 17-26

Qué terrible es perder la esperanza; cuando parece que todos los problemas se acumulan sobre tu cabeza nos sentimos como paralizados y no hay manera de que seamos capaces de ver un rayo de luz, una salida. Puede parecer exagerado pero nos sucede muchas veces en la vida; no sabemos qué hacer; o nos resignamos o nos llenamos de amargura y arremetemos contra todo y contra todos. Una enfermedad que nos sobreviene y que parece grave nos paraliza y nos hace temer lo peor; no son ya las imposibilidades físicas que nos vayan apareciendo, es que humanamente nos sentimos hundidos y fracasados, espiritualmente perdemos todo norte en la vida. Son los problemas personales o son los problemas que nos van surgiendo en la familia, son tantas cosas… Decimos, son las depresiones que nos sobrevienen, pero es algo muy hondo el no tener esperanza.

Y muchas veces no es porque nos sucedan personalmente cosas graves, sino que nos sucede contemplando los derroteros de la vida, de la sociedad, la pobreza o la miseria que hay a nuestro alrededor mientras al tiempo contemplamos otras cosas escandalosas en quienes tendrían que solucionar problemas en la sociedad. Creo que todos entendemos que muchas veces la gente ande sin esperanzas, sin ilusiones, sin poner ya sus esfuerzos por hacer que las cosas sean de otra manera. ¿No andará un poco así nuestra sociedad, nuestro mundo? ¿Y qué respuesta podemos dar a todo eso? ¿Este camino de adviento que estamos recorriendo podrá ayudarnos?

Os confieso que yo también estoy buscando. Estas reflexiones que me hago y comparto van surgiendo también de lo que llevo en mi interior y de mis búsquedas. Por eso me hago estas reflexiones previas que quieren partir de lo que es el camino de la vida. Quiero encontrar en la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio para mí y para todos hoy esa luz que me ilumine y ayude en ese camino de búsqueda de esperanza, de deseos de despertar esperanzas.

El evangelio nos presenta a Jesús rodeado de gente que le escucha; allí están también fariseos y maestros de la ley venidos de todos los rincones; unos hombres portan en una camilla a un hombre paralítico para que Jesús lo cure. Sentirse paralítico sin poder valerse por sí mismo es algo muy duro; difícilmente hay recuperación, y menos en aquellos tiempos, con lo que las esperanzas tenían que estar por el suelo. Parecía que un rayo de luz se encendía con la buena voluntad de aquellos que lo portaban hasta Jesús porque por sí mismo nunca hubiera podido, pero de nuevo se encuentran con un muro en toda aquella gente que se agolpa a la puerta e impiden el paso pareciendo que de nuevo las sombras se cernían sobre su discapacidad.

El evangelista nos dirá luego que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. Y no era para menos. Se las habían ingeniado para desde el techo, corriendo las tejas, poder descolgarlo hasta los pies de Jesús.

Un mundo de barreras que no son solo las barreras físicas, un mundo de imposibles que no siempre encuentra colaboración en los demás, un mundo de impotencias cuando no sabemos qué hacer o cómo hacer, un mundo de egoísmos e injusticias, un mundo de desigualdades donde no todos tienen la misma oportunidad, un mundo de manipulaciones donde solo nos guiamos por nuestros intereses particulares, un mundo de incomprensiones en que no sabemos ponernos en el lugar del otro… aquel paralítico y su situación puede estar haciéndonos mirar todas esas cosas que en la vida de cada día nos merman o quitan las esperanzas.

Pero creo que ya es buena noticia para nosotros, evangelio la actitud de aquellos hombres que se las ingeniaron para encontrar soluciones. ¿Estarían ellos ya comprendiendo y también viviendo aquellos valores que nos enseña Jesús en el evangelio? ‘Viendo la fe de aquellos hombres’, nos dice el evangelio. Ellos estaban dando ya la señal de que hay que levantarse de esas camillas en que nos postramos y encerramos tantas veces.

Y Jesús viene a decirnos que nos es necesario que nos liberemos desde lo más hondo de nosotros mismos de esas cosas que nos paralizan, que nos acobardan, que nos encierran dentro de nosotros mismos; Jesús viene a decirnos que El quiere liberarnos de lo peor que tengamos dentro de nosotros. ‘Tus pecados son perdonados’, le dice Jesús a aquel paralítico antes incluso de levantarlo de la camilla, porque lo que quiere Jesús es que nos levantemos espiritualmente.

¿Será eso lo que nosotros estamos necesitando? Y vaya que El sí puede hacerlo, para eso ha venido, para eso se entregará por nosotros, para eso nos ofrecerá su sangre redentora. ¿Dejaremos que Jesús nos libere desde lo más hondo o pondremos reticencias como aquellos que estaban allí al acecho de lo que hiciera Jesús? ¿Tendremos motivos para hacer despertar la esperanza en nuestra vida? ¿Seremos capaces de ser esos camilleros de la esperanza en un mundo de tantas parálisis?

lunes, 16 de octubre de 2023

Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

 


Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32

Creemos hacer las cosas bien, pero las cosas  no nos salen; nos sucede muchas veces; y tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, nos sentimos cansados en nuestras luchas, no sabemos que hacer. Nos pasa en muchos aspectos de la vida; serán los negocios, los trabajos que emprendemos, nos sucede en la vida familiar que no es todo lo brillante que uno quisiera, nos pasa con los hijos por los que nos hemos dado y gastado sin saber más que hacer, pero ahora nos salen por otros derroteros tan lejos de los sueños que teníamos sobre ellos, nos sucede en nuestra vida personal en la que queremos superarnos cada día más, pero vienen los mismos tropiezos de siempre, no logramos la serenidad que querríamos para nuestra vida. No siempre es así, pero con frecuencia nos sucede. ¿Cómo reaccionamos? Somos humanos y vienen los cansancios; somos humanos y no siempre tenemos la madurez suficiente para afrontar todos esos problemas.

¿Por qué me digo esto? ¿Por qué me hago esta reflexión de entrada? En una primera lectura del texto del evangelio que hoy se nos ofrece, parece que Jesús está al borde de verse en situaciones así. Claro que su anuncio de Buena Nueva es una oferta de salvación a la que el hombre puede responder o no; y Dios siempre respeta la libertad del corazón del hombre, aunque vayamos errados, porque es un don que nos regaló, la libertad.

Veremos a Jesús en distintos momentos del evangelio en que se enfrenta, por así decirlo, a esa realidad. Un día le escuchamos hablar de Corozaín, Betsaida y el mismo Cafarnaún que no daban respuesta al evangelio de Jesús; más tarde le veremos llorar desde las colinas donde contempla la ciudad de Jerusalén, porque ha querido ser como la gallina que acoge bajo sus alas a sus polluelos, pero Jesuralem no se ha convertido; ahora se queja Jesús porque no hacen sino pedir signos y milagros y a pesar de tenerlos ante sus ojos no saben leer lo que esos milagros significan y no serán capaces de ver la acción de Dios con su salvación.

Como les dice el signo que se les dará será el signo de Jonás. Aquel profeta que en principio quiso rechazar la misión que Dios le confiaba de predicar la conversión en la ciudad de Nimbe y quiso huir por mares que le alejaran, pero se vio incluso tragado por un cetáceo que a los tres días lo devolvió sano y salvo para que al final él mismo se convirtiera y realizara la misión que Dios le había confiado. Y los ninivitas creyeron en la Palabra y el signo de Jonás, pero ahora aquella generación no quiere ver las señales de Dios para escuchar su Palabra.

Será también un signo el que la reina del Sur viniera de lejos para escuchar la sabiduría de Salomón, pero ahora tienen en medio de ellos alguien que es más que Salomón y sin embargo no quieren escucharle.

Pero y eso ¿qué nos dice a nosotros hoy? ¿Sabremos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino o nos seguiremos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio?

Buscamos sabidurías por todas partes, nos vamos tras cualquier cosa que nos resulte novedosa porque nos puede venir de sitios extraños o lejanos, nos dejamos encantar por filosofías o por espiritualidades que nos puedan resultar novedosas, pero no somos capaces de ir a las páginas del evangelio que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos para saborear esa sabiduría de Dios que allí se nos ofrece. Hablamos de espiritualidades que nos dicen que nos elevan nuestra mente y nos dan nuevas visiones, y descartamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios al que podemos sentir en lo hondo del corazón y de verdad nos llevará por caminos de plenitud.

Busquemos la sabiduría de Dios, dejémonos inundar de su Espíritu, empapémonos del espíritu del evangelio.

sábado, 23 de septiembre de 2023

Ojalá hoy esta semilla que nos está ofreciendo el evangelio no caiga en tierra estéril sino que sepamos abonarla para que dé buenos frutos

 

 


Ojalá hoy esta semilla que nos está ofreciendo el evangelio no caiga en tierra baldía sino que sepamos abonarla para que dé buenos frutos

1 Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

Se había reunido una gran muchedumbre venida de la ciudad. ¿Estaban en el campo? ¿Estaban en la orilla del lago, como expresa el otro evangelista en este mismo episodio? La gente que le escuchaba, aunque venida de la ciudad, entendían también de las labores del campo; además el episodio se sitúa en Galilea acostumbrados a ver en aquellas llanuras y valles los extensos campos de mieses, tan esencial su cultivo para poder tener la harina con que elaborar el pan.

Y es a ellos a los que Jesús les habla del sembrador que sale a sembrar la semilla. como estaba ahora Jesús en medio de aquel variado campo de personas venidas de diferentes lugares para escucharle. También sembraba la semilla sobre esa variedad de personas, cada una con sus problemas, con sus angustias, con sus pobrezas, con sus sufrimientos, pero también con sueños y ambiciones, con sus esperanzas de algo nuevo, con sus corazones atormentados, también con la indiferencia y la desgana, cansados quizás por tantas frustraciones, o también con su ideas preconcebidas que hacen mantener la distancia. ¿Cómo recibirán la semilla aquellas personas tan diversas?

Jesús habla de esa semilla sembrada a voleo, porque se quiere que llegue a todas partes, pero que va a encontrar la dureza de los caminos trillados con tantas pisadas, de los pedregales que no se han labrado o de los campos llenos de abrojos y malas hierbas; alguna semilla podrá caer en tierra buena y labrada con lo que el fruto sería más factible.

Los que pasan por el camino en nada se fijan donde pisan porque van a lo propio y la semilla será pisoteada y convertida en inservible, solo valdrá para que los pajarillos que revolotean en aquellos campos se la coman; donde la tierra no está labrada sino llena de pedruscos, no podrá enraizarse para encontrar la conveniente humedad que la haga germinar y crecer; las malas hierbas se la comerán y ahogarán las tiernas plantas que puedan surgir impidiendo que puedan llegar a dar buena cosecha; será necesario una tierra buena.

¿Los problemas en los que se ven envueltos todos aquellos que allí están escuchando a Jesus permitirán que el pensamiento se dirija a esa palabra nueva que se les está anunciando? Quienes andan con sus ambiciones y sus sueños sin poner los pies en la realidad del suelo serán incapaces de concentrar su mente en algo que les tendría que hacer despertar; a quienes les guía simplemente la curiosidad o la novedad de algo con lo que entretenerse en sus vidas aburridas poco serán capaces de escuchar lo que están oyendo, o de ver lo que está claro delante de sus ojos, porque serán quizás otros los intereses que los guían.

Estamos pensando en la situación de aquella gente que allí se había reunido en torno a jesús para escucharle sin quizás oirle de verdad, pero nos damos cuenta que es mucho de lo que sucede en nuestro entorno, o acaso en nuestros propios corazones. También andamos afanados con nuestras preocupaciones o nuestras ambiciones que no nos dejan pensar en otra cosa, prestar atención y ser capaces de llevar esa palabra a nuestra vida. Son otros los intereses que guían nuestra vida, son otras las ambiciones que tenemos en el corazón, es mucha también la superficialidad con la que vivimos pensando solo en cómo vamos a pasarlo mejor. Es fuerte el materialismo en que hemos encerrado nuestra vida que nos impide mirar a lo alto, buscar otros valores, elevar nuestro espíritu para saber encontrar lo que puede llenar de verdad nuestro espíritu y dar plenitud a nuestra vida.

¿Cómo tenemos que hacernos hoy tierra buena? Necesitamos detenernos, comenzar a tener otra vida, ser capaces de escuchar otras sintonías, buscar lo que de más profundidad a nuestra vida, hacer silencio de tantos ruidos que nos aturden en la sociedad en la que vivimos, saber encontrar paz en el corazón a pesar de tantas turbulencias que nos ofrece la vida, labrar la tierra de nuestra vida, para arrancar de nosotros tantos apegos y esclavitudes en las que vamos cayendo, abrir de verdad nuestro espíritu para encontrar esa luz que de verdad nos ilumine por dentro.

Ojalá hoy esta semilla que nos está ofreciendo el evangelio no caiga en tierra estéril sino que sepamos abonar para que dé buenos frutos.


domingo, 23 de abril de 2023

Es el Señor que camina a nuestro lado en nuestras oscuridades y nos alumbra el corazón de nueva vida, despierta nuevos sentimientos de amor y de nuevo nos pone en camino

 


Es el Señor que camina a nuestro lado en nuestras oscuridades y nos alumbra el corazón de nueva vida, despierta nuevos sentimientos de amor y de nuevo nos pone en camino

Hechos 2, 14. 22-33; Sal 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Son duros y difíciles los caminos que hacemos en huida cuando se nos derrumban lo que creíamos que eran fundamentos de la vida. en nuestra carrera con todo tropezamos, nada vemos ni tenemos claro y parece que las oscuridades se aumentan sobre nosotros; si en ese camino nos desgajamos también de los que antes con nosotros intentaban hacer camino, parece que el dolor se aumenta en el corazón porque se sienten soledades que aun nos cierran más los horizontes.

Así caminaban aquellos dos discípulos en aquel primer día de la semana; se marchaban de Jerusalén, querían volver a sus cosas y a sus casas, allá habían dejado a los compañeros que también habían seguido a Jesús como ellos y en quien habían puesto sus esperanzas; lo sucedido aquellos días les había hecho dar un vuelco a sus vidas y al no cumplirse, tal como ellos pensaban, las promesas de resurrección de Jesús, ahora más apesadumbrados marchaban hacia Emaús.

La conversación no podía ser otra sino dar vueltas y vueltas sobre lo mismo una y otra vez, con lo que aumentaba su dolor y su desesperanza y como autómatas hacían el camino de vuelta a casa. Habrían sentido los pasos de quien detrás se les acercaba y que hacía el mismo camino; pronto el caminante va a su paso y aprecia la tristeza de sus ánimos y surge la pregunta que para ellos no tiene comprensión. ‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino y que os tiene con esos pocos ánimo?’ ¿Era el único forastero de Jerusalén, de allí venía también, que no sabía lo que había sucedido en aquellos días?

Y comienzas sus corazones a desparramarse, a hacer salir a flote sus penas y sus angustias, sus esperanzas frustradas y todo el dolor que llevaban en el corazón. Todavía son ellos los que hablan pero están desahogando toda la tristeza que llevan dentro. Y es entonces cuando aquel ‘forastero’ comienza a hablarles y hacerles comprender, les recuerda lo anunciado en las Escrituras y el significado de todo lo que había de suceder como ya había acaecido. La conversación se alarga y ahora son solo las palabras de aquel desconocido caminante las que van poniendo luz que abra caminos.

La conversación se ha prolongado y se acercan a Emaús y cuando aquel desconocido hace ademán de seguir adelante, ellos ya no quieren que siga solo por aquellos caminos; entienden ellos de los peligros de las soledades, porque lo venían viviendo hasta que encontraron este nuevo compañero, al que le habían abierto sus corazón con sus penas, pero ahora le abren las puertas de su casa en generosa hospitalidad.

Será allí, sentados a la mesa, a la hora de bendecir y compartir el pan, cuando sus ojos se les abren y le reconocen. Ahora ya se dan cuenta cómo ardían sus corazones de una forma nueva y distinta cuando les hablaba por el camino. Los que a nadie habían creído sobre que la tumba estaba vacía, lo que contaban las mujeres que les habían dicho los ángeles, ahora se les han abierto sus ojos y han reconocido a Jesús que ha estado con ellos.

Y serán ellos los que ahora se pongan en camino porque hay que ir a anunciar lo que han visto, lo que han sentido, lo que han experimentado con la presencia de Cristo resucitado con ellos. Vuelven a Jerusalén y cuentan a los demás lo que les había sucedido en el camino y como lo habían reconocido al partir el pan.

Todo un recorrido, todo un proceso lo acaecido en el camino de Emaús. Un camino que habían comenzado lleno de sombras y abrumados por las desesperanzas; un camino que en principio parecía una ruptura porque daba la sensación de una derrota; un camino lleno de dolor y de vacíos interiores como nos quedamos cuando perdemos las esperanzas. Un camino que de una forma o de otra nos puede aparecer en la vida, que puede ser que hayamos recorrido o que sigamos recorriendo en la vida.  Hay muchas cosas que nos desalientan, vivimos muchas situaciones difíciles de entender y en el que por muchos motivos nos sentimos en ocasiones frustrados y derrotados.

Pero hay pasos que caminan tras nosotros y que nos andan buscando, aunque muchas veces en nuestras negruras ni sepamos escuchar ni sepamos ver a quien se acerca a nuestro lado y puede ser un rayo de luz.  Detengámonos un poquito y comencemos a prestar atención, a ese gesto, a esa palabra, a esa presencia, o también a ese oído abierto que quiere escucharnos aunque nosotros no queramos hablar nada ni con nadie. De alguna manera Dios se está acercando a nuestra vida, quiere caminar a nuestro lado, hace suyo nuestro pesar, nuestra inquietud, nuestra angustia, nuestro dolor.

¿Qué es lo que ha hecho cuando ha recorrido el camino del calvario? Caía con los caídos, se ensangrentaba su rostro con los dolores y los sufrimientos de los iban en el camino, se paraba ante las mujeres que lloraban allí en la calle, se sentía acompañado por unos malhechores que también eran llevados al mismo suplicio, pero se dejó ayudar por aquel cireneo que no sé si con mucha voluntad pero obligaron a ayudarle, comprendía también que algunos de los que participaban en la crucifixión por sí mismos no lo hubieran hecho pero tenían que cumplir órdenes, por eso pide perdón para los que no saben lo que hacen, en muchas mas cosas podríamos irnos fijando, iba envuelto en nuestros mismos sufrimientos hasta llegar a la muerte en la cruz.

Hizo el camino del Calvario y ahora ha caminado con los que iban con sus esperanzas frustradas y llenos de dolor como así quiere caminar a nuestro lado. A nosotros también nos escucha y para nosotros va a partir el pan por poco que le dejemos entrar en lo hondo de nosotros mismos. Seamos capaces de reconocerle. Es el Señor que está a nuestro lado y nos inunda de nueva vida, para nosotros también tiene el perdón, a nosotros también nos promete llevarnos al paraíso, en nosotros despierta nuevos sentimientos de amor, de hospitalidad y de solidaridad. Es el Señor que ahora nos pone también a nosotros en camino.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

 




La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

Números 13, 1-2. 25; 14, 1. 26-29. 34-35; Sal 105; Mateo 15, 21-28

Qué desilusión nos llevamos en ocasiones cuando con mucha confianza queríamos lograr algo que además considerábamos importante para nosotros, pero nos encontramos la negativa por respuesta. Se nos cae el mundo encima, se nos vienen abajo todas nuestras esperanzas, nos sentimos desilusionados y cuando somos personas propensas a sentirnos fácilmente deprimidos nos dan ganas de tirar la toalla en todos nuestros proyectos y nos sentimos como ridiculizados y como unos ineptos porque quizás no suplimos plantearlo debidamente.

Puedo parecer un poco exagerado pero son cosas que nos suceden y siempre nos conviene analizar un poco nuestra vida para ver también cuales son nuestras reacciones, las que tenemos o las que deberíamos de tener. Siempre tenemos que estar aprendiendo de la vida, incluso de aquello negativo que nos puede suceder, y de alguna manera preparándonos para las situaciones en las que nos podamos encontrar.

¿Se sentiría algo así aquella mujer cananea de la que nos habla hoy el evangelio? En este caso no era simplemente un proyecto que podría tener para su vida, sino estaba por medio el sufrimiento de una madre que de alguna manera veía morir a su hija en su grave enfermedad.

Como nos narra el evangelista Jesús anda por las fronteras de Palestina, muy al norte en Galilea en territorios cercanos a los fenicios – actual Líbano – y no eran territorios precisamente donde abundaran los judíos. Vemos a Jesús en ocasiones que se marcha a lugares lejanos y, en cierto modo, apartados porque también quiere ir instruyendo a sus discípulos más cercanos a los que un día va a confiar su propia misión.

Una mujer fenicia, pagana, camina detrás de Jesús gritándole que tenga compasión de ella y de su hija gravemente enferma. Parece como que Jesús se desentiende, de manera que incluso los discípulos interceden para quitarse el tormento de los gritos de aquella mujer. La respuesta de Jesús nos desconcierta aunque él solo emplea el lenguaje habitual de los judíos, que consideraban perros a los paganos.

Pero ante la negativa de Jesús la mujer no se viene abajo, sino que insiste y aprovechando incluso las palabras de Jesús buscará argumentos para seguir haciendo su petición. ‘También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’, le responde dando a entender en su humildad que no le importan incluso los desprecios con tal de comer esas migajas del amor de Dios. Pero Jesús para ella no tiene migajas sino que está todo su amor, para alabar la fe de aquella mujer y para conceder lo que tanto está deseando aquella mujer.

Ya hemos visto en el evangelio que en muchas ocasiones se queja de la falta de fe de los que le escuchan; se extrañó de la falta de fe incluso en su pueblo de Nazaret, de manera que como dice el evangelista allí no hizo ningún milagro; a los mismos discípulos los llama torpes y tardos de corazón para creer.

Pero hay dos momentos en que Jesús alaba la fe de alguien, y en estos casos se tratará precisamente de dos personas que no son judías. Alaba la fe del centurión, como alaba ahora la fe de esta mujer fenicia. Y como nos dirá en otras ocasiones basta que tengamos fe, que la fe es la que nos ha curado. Tendría que hacernos pensar.

Pero por medio está la consideración con la que comenzábamos esta reflexión. Las negativas nos desalientan, cuando las cosas se nos ponen difíciles nos llenamos de dudas y de temores; la frustración que muchas veces sentimos nos lleva a querer abandonar y no insistir en aquello bueno que deseamos o tendríamos que realizar.

La mujer cananea nos sirve hoy de ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor, que siempre será para nosotros presencia de luz y de amor, a pesar de todas las oscuridades en las que nos encontremos.

martes, 8 de diciembre de 2020

El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

 


El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Celebramos un misterioso y milagroso evento, para nuestra salvación en Cristo, que pasa de forma desapercibida: la actuación extraordinaria de Dios desde el primer momento de la vida de María. Así lo recordaremos en el prefacio de la eucaristía al expresar: «Porque preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo, imagen y comienzo de la Iglesia, que es la esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura». La Inmaculada Concepción, decimos simplificando.

Es un misterio de amor. Primero que nada el amor de Dios, porque todo está en orden al misterio de la salvación. Pero es un misterio de amor porque estamos contemplando también lo que es el amor de María. Pensemos hasta donde llegó su donación de amor. Se olvida de sí misma para dejarse conducir por Dios; ya no son sus planes sino que todo será aceptar y asumir el plan de Dios, por eso a sí misma se llama la esclava del Señor.

Todos en la vida nos trazamos nuestros planes, nos hemos trazado un camino, tenemos unos deseos de realizarnos de una manera determinada, un proyecto de vida, que decimos. De una forma consciente y clara y otras veces sin puntualizarlo quizá demasiado vamos realizando nuestra vida según eso que queremos. Cuanto nos molesta cuando se frustran esos planes, cuando no los podemos realizar, cuando van surgiendo circunstancias en la vida que nos hacen tomar otros rumbos, un fracaso, un accidente, una enfermedad, algo inesperado y parece que todo se viene abajo. Hay quien se amarga, se siente frustrado o fracasado, se siente como un derrotado cuando quizá las cosas marchaban con normalidad pero ahora todo se trastoca y no sabemos realmente lo que nos espera.


María de Nazaret también tenía su plan de vida. Como toda joven en su edad aspiraba al matrimonio y así estaba desposada con José, o sea era su prometida en la espera de los esponsales y la boda. Pero de repente todo cambia en su vida. Siente que de pronto Dios irrumpe en su vida – es la aparición del ángel – para anunciarle que su vida sería distinta. El hijo que un día nacería de sus entrañas no era un cualquiera, un simple muchacho de Nazaret sino que iba a ser llamado Hijo de Dios, era el Hijo del Altísimo.

María, no entiende, porque ella como dice no conoce a un hombre – no ha tenido relaciones con ningún hombre – y de pronto le dicen que va a ser madre. Parece que sus planes se derrumban, se vienen abajo, pero Maria es una mujer creyente, María es la mujer que sabe descubrir a Dios y sus planes y está dispuesta a ponerse en las manos de Dios. María en su fe es capaz de hacer la mayor y mejor ofrenda, el sacrificio de si misma, de su yo para dejarse conducir por Dios en aquellos nuevos caminos para los que se le está pidiendo colaboración. Fiat, hágase, cúmplase, realícese en mí según tu palabra que me traes de parte de Dios.

Porque hay esa fe y esa disponibilidad en el corazón de María el ángel ha podido decirle que es la llena de gracia porque está llena de Dios. El ángel que goza de la visión de Dios está viendo y descubriendo esa presencia de Dios en el corazón de María, como en ninguna otra criatura ha podido contemplar. Algunas veces los artistas cuando reflejan en sus cuadros esta escena de la Anunciación nos presentan al ángel de rodillas delante de María; es un hermoso sentido del misterio que quieren reflejar, porque si el ángel está en perpetua adoración en la presencia de Dios, cómo no iba a ponerse de rodillas delante de María que está llena de la presencia de Dios. La ha llamado la llena de gracia y la he dicho ‘el Señor está contigo’.

Hoy nosotros celebramos que María estuvo siempre llena de Dios, inundada por la presencia de Dios porque en su alma nunca hubo mancha de pecado. Como recordamos antes en lo que se dice en el prefacio de la Eucaristía de esta fiesta ‘preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo… llena de juventud y de limpia hermosura’. Porque ‘Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad’.

Pero tenemos que preguntarnos qué significa hoy para nosotros celebrar esta fiesta de María. Contemplamos su grandeza, la grandeza de una madre y contemplamos las maravillas que Dios quiso realizar en ella. Damos gracia porque la tenemos como madre, porque la podemos llamar madre. Pero es también todo lo que todos los hijos han de hacer para honrar a una madre, para corresponder a su amor. Parecernos a Ella, aprender de Ella, copiar de Ella su santidad porque no nos falta una fe como la de María, porque haya disponibilidad en nuestro corazón para seguir los pasos de santidad de María.

¿Seremos capaces, como María, de tener los ojos de la fe bien abiertos para descubrir los planes de Dios? Escuchar a Dios en lo hondo del corazón, rumiar en nuestro interior como la hacía María la Palabra que le venía de parte del Señor. Nuestra vida en ocasiones se llena de dudas y de incertidumbres, también tantas veces nos sentimos frustrados porque se nos derrumban nuestros planes, hay ocasiones en que nos sentimos agobiados por las distintas situaciones por las que pasamos pero no hemos de perder esa serenidad de nuestro espíritu, ese ser capaces de detenernos en medio de las tormentas para sentir que no estamos solos y que de la mano del ángel del Señor también podremos salir de esas noches oscuras.

Ahora mismo por la situación que se vive hay muchas cosas que se nos derrumban empezando porque este año no podremos celebrar la navidad tal como estábamos acostumbrados y tendrán que ser otras las formas que tengamos que afrontar. ¿Por qué no tratamos de descubrir ahí una voz que nos está llamando de parte de Dios para que de una vez por todas seamos capaces de ir a lo principal y no nos quedemos en tantas superficialidades con que habíamos envuelto las fiestas de navidad? Mucho papel de celofán pero no habíamos descubierto el regalo, ahora que se nos caen esas cosas externas, ¿seremos capaces de descubrir el verdadero regalo de Navidad?

Fiémonos de María que ella nos ayudará. Si decíamos que el ángel se postró delante de María porque en ella estaba Dios, ¿Dónde tendremos que postrarnos de verdad para ver a Dios en esta navidad?

 

lunes, 10 de febrero de 2020

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56
Nos sentimos mal cuando el cuerpo está enfermo, cuando alguno de sus órganos no funcionan debidamente, cuando nuestros miembros se ven atrofiados o limitados de alguna manera, cuando aparece el dolor que lacera nuestro cuerpo, cuando nuestras posibilidades de vida plena se ven limitadas y mermadas y así podíamos seguir haciendo referencia a todo lo que conlleva que la enfermedad aparezca en nuestro cuerpo.
Y por supuesto todo esto es causa de sufrimiento que ya no es solo el dolor físico de aquel miembro u órgano enfermo sino que eso nos afecta también a nuestro yo, a nuestro ser persona, a lo que es la vida que queremos vivir de la forma más plena posible. Cuando llegamos a este punto nos damos cuenta que hay dolor y que hay enfermedad mucho más allá de esas limitaciones corporales que podamos sufrir.
Nos sentimos mal con muchas mas cosas que nos hacen sufrir cuando nos sentimos insatisfechos en la vida, cuando nos duele el dolor de los demás sin que nosotros físicamente lo estemos padeciendo, cuando hemos perdido la paz interior, cuando nos sentimos heridos en nuestras relaciones con los demás, cuando sentimos frustración en aquello que no hemos conseguido, cuando quizá nos falten ideales altos y nobles y nos demos cuenta que lo que hacemos es ir arrastrándonos por superficialidades o por tantas cosas que nos crean dependencia y esclavitud, y así muchas cosas. Enfermedades del alma, enfermedades del espíritu, enfermedades y sufrimientos que nos afectan en lo más profundo de nuestro yo y nos producen desequilibrios y frustraciones, como ya antes decíamos.
Hoy nos habla el evangelio de aquellas multitudes de enfermos que salían al encuentro de Jesús en su caminar por los pueblos y aldeas de Galilea. Normalmente al hablarnos de ello, bien porque en ocasiones se nos hagan listas en este sentido o porque nos parece más cómodo y fácil pensarlo así, recordamos a ciegos y sordomudos, a leprosos y a paralíticos, pero también en ocasiones se nos habla de endemoniados y de poseídos por espíritus inmundos.
Creo, sin embargo, que en esas multitudes de enfermos que acudían a Jesús podemos englobar no solo los que padecían esas limitaciones somáticas sino también los que se veían envueltos en esa otra multitud de limitaciones y sufrimientos a los que someramente antes hacíamos referencia. El sufrimiento de aquella gente estaba en su pobreza pero también en su falta de esperanza, en las frustraciones que sufrían en su vida cuando se veían manipulados y tratados injustamente, cuando sentían que quizá no pudieran ofrecerle a sus hijos un futuro mejor pero que es ahora quizá muchas veces ni una alimentación suficiente, en los que se sentían vejados y maltratados por la vida pero sobre todo por aquellos que de una forma o de otra los esclavizaban o les imponían excesivas cargas para la vida.
Qué lista más inmensa podríamos hacer recogiendo todos esos sufrimientos que vivían entonces aquellos que se acercaban a Jesús, pero que tendríamos que pensar también en los sufrimientos diversos que sufren hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo y acaso nosotros mismos también. Ahí podemos englobar los sufrimientos y las tristezas de todos los hombres, sus desesperanzas y su falta de ilusión, las angustias de tantos corazones y la lagrimas muchas veces reprimidas de tantos rostros.
Y en medio de todos ellos caminaba Jesús cuando recorría las aldeas y pueblos de Galilea y de todo Israel curando a los enfermos, como sigue queriendo llegar hoy en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu.
Sintamos esa presencia salvadora de Jesús. El sana nuestra vida. Pongamos en su presencia nuestros sufrimientos, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, nuestras preocupaciones y nuestras angustias, nuestras esperanzas tantas veces frustradas y esos deseos de vida que llevamos en lo más hondo. En Jesús nos sentiremos con nueva vida.

sábado, 11 de agosto de 2018

No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor



No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor

Habacuc 1,12–2,4; Sal 9; Mateo 17,14-20

‘Se lo he traído a tus discípulos y ellos no han podido curarlo’. Allí estaba aquel padre angustiado con la enfermedad de su hijo; era algo muy fuerte que ponía a cada rato en peligro la vida del niño; como a una tabla de salvación acude a Jesús, pero Jesús no está; allí están los discípulos, aquellos a los que Jesús había enviado un día con el poder de curar a los enfermos y expulsar demonios, pero ellos ahora no habían podido hacer nada.
Insisto en este aspecto; ¿cómo se sentirían los discípulos? Impotentes porque le habían pedido aquel para lo que un día Jesús les había dado poder y ahora no habían podido hacer nada. ¿Podrían ellos embarcarse de verdad en aquella ‘aventura’ del Reino de Dios en la que se sentían comprometidos con Jesús?
Sensaciones así tenemos también muchas veces. Queríamos hacer algo bueno, querríamos ayudar a alguien, queríamos quizá estar al lado de alguien en el proceso de su vida y no habíamos sido capaces de ayudarles de verdad, como si las cosas se volviesen en nuestra contra. Como tantas veces nos sucede en muchas cosas de la vida, lo sabemos hacer, pero no fuimos capaces; ahora pensamos quizás que podíamos haberlo hecho de otra manera, pero en aquel momento no nos vino la idea y las cosas se quedaron a la mitad o quizás fueron un fracaso. Sí, sensación de fracaso podemos sentir cuando no avanzamos en la vida como nosotros quisiéramos, porque no somos capaces de superar ciertos escollos, porque nos aparece una y otra vez el mismo peligro y la misma tentación y volvimos a tropezar en la misma piedra. Y así no se cuantas cosas más.
Nos quedamos chafados, frustrados, con sensación de fracaso, desanimados. Pero el ser humano ha de saber buscar y encontrar recursos para levantarse de ese desánimo. No podemos perder la fe ni la esperanza. Humanamente hemos de creer en nosotros mismos, con esa capacidad de superreacción que siempre ha de haber en la vida; por otra parte hemos de aprender de nuestros propios errores y fracasos para no tropezar en la misma piedra, pero también hemos de saber dejarnos conducir. No es que estemos pendientes del juicio de los demás, de lo que más o menos le agrade a los otros. Es distinto. Siempre abr alguna persona buena que nos hace una oportuna indicación, siempre habrá una palabra de animo que nos ayude a sacar fuerzas, siempre abr una mano que se pose sobre nuestro hombro para levantarnos del desánimo.
Pero todo esto tenemos que verlo con ojos de fe también. La fe no es una cosa que tengamos guardada en un rincón como un libro que tenemos amontonado en nuestra biblioteca. La fe tiene que ser algo vivido, algo que sea motor en nuestro interior, luz en nuestro camino, fuerza en nuestras luchas.
Una fe que nos abre caminos; una fe que nos eleva desde el ras del suelo de nuestro materialismo; una fe que nos hace mirar a lo alto, no solo porque nuestras metas han de ser siempre altas, sino porque miramos y nos apoyamos en aquel que nunca nos fallará.
Es la fe que nos irá haciendo sortear tantos baches o tantos tropiezos que nos van apareciendo en la vida; es la fe que nos hace sentir paz en nuestro interior; es la fe que nos abre al amor de Dios queriendo amar nosotros de la misma manera; es la fe que nos hace constantes en nuestro espíritu de servicio buscando siempre la mejor manera de ayudar, de amar a cuantos están a nuestro lado.
Hoy termina Jesús diciéndonos que si tuviéramos fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza, pero es una fe viva, seremos capaces de mover montañas. No vamos a ir haciendo obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor. ‘Señor, aumenta mi fe’, tenemos que pedirle.

sábado, 28 de julio de 2018

Sin desalientos ni cansancios tenemos que seguir construyendo con esperanza un mundo mejor queriendo en verdad cambiar el corazón de los hombres


Sin desalientos ni cansancios tenemos que seguir construyendo con esperanza un mundo mejor queriendo en verdad cambiar el corazón de los hombres

Jeremías 7,1-11; Sal 83; Mateo 13,24-30

En ocasiones podemos sentir la frustración o el cansancio en nuestras luchas y esfuerzos por hacer el bien, por querer ser mejores nosotros mismos, pero también por ofertar algo bueno a nuestra sociedad para hacerla mejor, pero seguimos viendo la presencia del mal, ya sea porque en nosotros mismos se mantiene la tentación y muchas veces tropezamos, sino también en ese mal que nos rodea, esa corrupción de todo tipo que amenaza y va corroyendo nuestra sociedad.
¿Por qué, pensamos en tantas ocasiones, tiene que haber tanta gente con malicia, tanta gente interesada que solo va a lo suyo, tantas ambiciones que lo que hacen es destruirnos, tantos afanes de poder y de grandezas que se quedan al final en fuegos fatuos, en vanidades, en la búsqueda de nuestros propios halagos?
Es la existencia del mal que está a nuestro lado y que muchas veces trata de envenenarnos porque caemos seducidos por esos mismas ambiciones o vanidades. Vemos casos de flagrante injusticia y cómo querríamos destruir a quienes actúan de esa manera porque pensamos que así arrancaríamos el mal de raíz de nuestra sociedad. ¿Pero no estaríamos cayendo en los mismos errores, no nos estaríamos cegando por esas maldades para actuar nosotros también con esa misma violencia?
Es como los que se preguntan ante situaciones catastróficas que se suceden en nuestro mundo, unas veces motivadas por causas, errores, o maldades humanas, otras quizá por la fuerza de la misma naturaleza, y ante las consecuencias de muertes o de damnificados se preguntan, digo, donde está Dios. Por supuesto, comprendo que en nuestro interior surgen muchos interrogantes y mucho dolor, pero también tendríamos que preguntarnos donde está el hombre; el hombre que está en la causa con su malicia o con el mal uso de la naturaleza de todos esos males, o el hombre que insolidariamente mira hacia otro lado y no despierta la solidaridad de su corazón. Nos es fácil echarle la culpa a Dios a quien queremos ver así como un solucionador de todos nuestros entuertos, pero no hemos sido capaces de escuchar en nuestro corazón la llamada de ese Dios que nos ha puesto en ese mundo para construir y no destruir, y que quiere poner en nuestro corazón amor y capacidad para responder a esas situaciones de mal buscando verdadero remedio al dolor de la humanidad.
Por ahí va el sentido de la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. La parábola del trigo y de la cizaña que crecen juntas en el campo, porque hubo un hombre malo que sembró la cizaña donde antes se había sembrado buena semilla. En la parábola se nos dice que tenemos que dejar que crezcan juntos, que al final se decantará el buen trigo de la mala cizaña. Una imagen de la esperanza de Dios en el corazón del hombre; No podremos cambiar la cizaña ni la mala planta que nos será difícil arrancar sin que arranquemos la buena, pero si podemos cambiar el corazón del hombre, para que transformado pueda dar al final bueno frutos de conversión que se transformen en obras de amor.
Es lo que Dios espera de nosotros. Porque esa cizaña la llevamos muchas veces demasiado metida en nuestro corazón, pero tenemos que aprender a cambiar el corazón. No es imposible con la gracia del Señor. Es lo que tenemos que hacer, contando con la gracia y la fuerza del Señor. Así no nos desalentaremos, así seguiremos construyendo con ilusión y esperanza ese mundo mejor, donde vayamos haciendo desaparecer el mal.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Hay ocasiones en que por muy claras que nos digan las cosas no logramos entender; también nos sucede que en ocasiones es porque no queremos entender. Lo mismo que cuando una persona nos dice que no la entendemos porque nos está explicando sus problemas y sus puntos de vista, pero nosotros quizá le aconsejamos lo contrario o cosa distinta a la solución que aquella persona busca para su problema; quizá lo que aquella persona quiere es que nosotros le demos la razón donde nosotros vemos que no la tiene o que la solución no es lo que ella propone, y entonces nos dice que no la entendemos.
De una forma o de otra, en situaciones parecidas de cerrazón de la mente por nuestra parte que no queremos escuchar o de cerrazón de la mente de la otra persona que no acepta que nosotros opinemos distinto nos encontramos muchas veces. Tenemos que aprender a abrir nuestra mente, escuchar y aceptar aquello que incluso no nos gusta o pudiera ir en contra de los sueños o ilusiones que nos habíamos trazado. Con una apertura de la mente así muchas frustraciones nos ahorraríamos y aceptando la realidad, escuchando lo que nos dicen podremos hacer que la vida para todos sea mejor.
Hoy nos dice el evangelio cómo a los discípulos en ocasiones les costaba entender las palabras de Jesús. Sobre todo cuando lo que Jesús les proponía o anunciaba no estaba en línea con falsas e ilusorias expectativas que se habían creado en su mente. Entusiasmados estaban por Jesús, por aquel nuevo estilo de vida que Jesús les proponía, por las esperanzas que se abrían en sus corazones, por ese mundo nuevo y distinto que vislumbraban, tanto era que comenzaban a verlo como el cumplimiento de todas las promesas de los profetas y ya estaban comenzando a creer que era el Mesías anunciado y prometido.
Pero ellos se habían forjado por otra parte, por un mal entendimiento de las palabras de los profetas, unas expectativas del Mesías que lo convertían más en un guerrero y en un libertador político que lo que realmente era la misión del Mesías y que Jesús quería trasmitirles. Por eso no entraba en sus cabezas que el Hijo del Hombre hubiera de padecer. Por eso les costaba entender las palabras de Jesús.
Si nos hacemos esta reflexión no es solo para conocer o juzgar lo que le sucedía a los discípulos en torno a la figura de Jesús, sino para ver como esas cosas reflejan también lo que nos puede suceder a nosotros. No siempre sabemos entender el evangelio de Jesús, no siempre llegamos a escuchar con toda sinceridad sus palabras en nuestro corazón. Nos hacemos una idea de religión, nos planteamos desde nuestros intereses o ilusiones lo que es la vida cristiana, vamos poniendo pegas a lo que Jesús nos dice para aceptar aquellas cosas que nos convengan pero no dejamos siempre que se transforme nuestra vida por el espíritu del evangelio.
Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón, nuestra mente, nuestro entendimiento, los oídos del alma para escucharle y para aceptarle de verdad. No tengamos miedo ni de plantearle nuestras dudas o nuestras quejas allá en la interioridad y la intimidad de nuestra oración, pero no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Que esa apertura a las palabras de Jesús nos conduzca a una apertura también de nuestra vida y de nuestro corazón a cuantos nos rodean para saber hacer un camino juntos en la vida.