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domingo, 19 de abril de 2026

Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

 


Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Vamos a caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo; expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha acompañado.

Creo que son experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.

A quienes se les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.

Hemos escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se había aparecido a Simón.

Pero no nos quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos o vivíamos antes.

¿No necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de nuestro camino?

El Señor puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal, terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor está con nosotros.

Es la Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.

Vamos a caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?

miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

miércoles, 3 de abril de 2024

Dejémonos encontrar por Jesús que llegará a través de los signos más insospechados, de las personas que menos pensamos, o de esa nueva sensibilidad del corazón

 


Dejémonos encontrar por Jesús que llegará a través de los signos más insospechados, de las personas que menos pensamos, o de esa nueva sensibilidad del corazón

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Pero, ¿de qué están hablando ustedes? Parece que no entienden mucho lo que pasa y de lo que están hablando. De pronto alguien se ha metido en nuestra conversación y con ese poco menos que exabrupto se mete con nosotros y con lo que estamos hablando. Seguramente nos deja perplejos con esa irrupción en nuestra conversación, y habría la posibilidad de que le respondiéramos de mala manera, o si era tal el estado anímico por el que estamos pasando, nos quedamos callados sin saber qué responder o qué hacer.

¿Se sentirían así aquellos dos discípulos que en aquella tarde se marchaban a Emaús dándole vueltas y revueltas a cuando había sucedido aquellos días y para lo que terminaban de encontrar explicación? También se verían sorprendidos con aquel caminante que se une a ellos en el camino y en la conversación. Explicado un poco lo que había sucedido que no comprendían que él no lo supiera, se encuentran que el caminante va dando respuestas a todo aquello que estaba sucediendo en sus corazones.

Para ellos había sido un chasco muy grande el que habían sufrido, con el prendimiento y muerte de Jesús. Aunque recordaran que El lo había anunciado, sin embargo no lo terminaban de entender. Aunque habían venido las mujeres que habían ido al sepulcro aquella mañana diciendo que estaba vacío y unos ángeles les hablaban de que había resucitado, se lo habían tomado como visión de mujeres y no las habían creído. Ahora desalentados se vuelven a sus casas y a sus cosas, tan cegados por el sufrimiento ante todo lo que había pasado que no llegan a reconocer a quien les hablaba, que ahora les explicaba con las Escrituras en las manos el sentido de cuanto había sucedido.

Poco a poco parece que van cambiando sus actitudes y posturas, que van sintiendo algo distinto en sus corazones, algo así como cuando Jesús les hablaba, y ante el deseo de seguir adelante aquel caminante le invitan a quedarse con ellos, porque los caminos en la noche son peligrosos. ‘¡Quédate con nosotros, porque atardece!’


Cuando se sienten a la mesa y al partir el pan para ellos, podíamos decir, como huésped de honor en aquel hogar, se les abren los ojos. Lo reconocieron al partir el pan. Ahora se dan cuenta de quien ha caminado con ellos y les hablaba; les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras. Y aunque ya no lo están viendo con los ojos de la cara saben que ha estado con ellos y que es Jesús que verdad ha resucitado, por eso marchan de nuevo a Jerusalén, ya no hay noche peligrosa para ellos, para anunciar a los demás cuantas cosas les han sucedido.

Es un texto hermoso que habremos meditado y reflexionado muchas veces. Un texto seguramente donde nos hemos visto retratados, en aquellos desánimos y desesperanzas con las que andaban por aquellos caminos que cada vez más se les llenaban de sombras. Cuántas veces andamos así, y también tenemos la tentación de tomar el camino de la huida, de marcharnos de nuevo a nuestras cosas porque quizás queremos olvidar, porque no nos queremos comprometer, porque no queremos hacer el esfuerzo de abrir los ojos y el corazón.

Y Jesús nos va saliendo al encuentro en ese camino oscuro de la vida que vamos recorriendo, y cuanto nos cuesta muchas veces reconocerle. Alguna vez quizás también cuando se han metido con nosotros, y nos han dicho cosas que nos interrogan o quieren abrirnos los ojos para que tengamos una mirada distinta, quizás nos encerramos más, quizás interiormente rechazamos esa posibilidad de ver las cosas de otra manera. Tenemos que despertar la sensibilidad de nuestro corazón, para no encerrarnos en nosotros mismos. Cuando abramos las puertas del corazón para dejar que alguien entre a nuestra vida seguramente todo cambiará, porque las actitudes de amor y de generosidad hacen milagros en la vida. Como les sucedió a aquellos discípulos de Emaús que querían que se quedara con ellos y fue entonces cuando lo reconocieron.

Dejémonos encontrar por Jesús que podrá llegar a nosotros a través de los signos más insospechados, a través de las personas que quizás menos pensamos que pudieran ayudarnos, a través de esa nueva sensibilidad que ponemos en el corazón. Nos daremos cuenta que Jesús está entre nosotros y saldremos también corriendo a anunciarlo a los demás sin temores a noches oscuras ni a peligros en los caminos.

domingo, 23 de abril de 2023

Es el Señor que camina a nuestro lado en nuestras oscuridades y nos alumbra el corazón de nueva vida, despierta nuevos sentimientos de amor y de nuevo nos pone en camino

 


Es el Señor que camina a nuestro lado en nuestras oscuridades y nos alumbra el corazón de nueva vida, despierta nuevos sentimientos de amor y de nuevo nos pone en camino

Hechos 2, 14. 22-33; Sal 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Son duros y difíciles los caminos que hacemos en huida cuando se nos derrumban lo que creíamos que eran fundamentos de la vida. en nuestra carrera con todo tropezamos, nada vemos ni tenemos claro y parece que las oscuridades se aumentan sobre nosotros; si en ese camino nos desgajamos también de los que antes con nosotros intentaban hacer camino, parece que el dolor se aumenta en el corazón porque se sienten soledades que aun nos cierran más los horizontes.

Así caminaban aquellos dos discípulos en aquel primer día de la semana; se marchaban de Jerusalén, querían volver a sus cosas y a sus casas, allá habían dejado a los compañeros que también habían seguido a Jesús como ellos y en quien habían puesto sus esperanzas; lo sucedido aquellos días les había hecho dar un vuelco a sus vidas y al no cumplirse, tal como ellos pensaban, las promesas de resurrección de Jesús, ahora más apesadumbrados marchaban hacia Emaús.

La conversación no podía ser otra sino dar vueltas y vueltas sobre lo mismo una y otra vez, con lo que aumentaba su dolor y su desesperanza y como autómatas hacían el camino de vuelta a casa. Habrían sentido los pasos de quien detrás se les acercaba y que hacía el mismo camino; pronto el caminante va a su paso y aprecia la tristeza de sus ánimos y surge la pregunta que para ellos no tiene comprensión. ‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino y que os tiene con esos pocos ánimo?’ ¿Era el único forastero de Jerusalén, de allí venía también, que no sabía lo que había sucedido en aquellos días?

Y comienzas sus corazones a desparramarse, a hacer salir a flote sus penas y sus angustias, sus esperanzas frustradas y todo el dolor que llevaban en el corazón. Todavía son ellos los que hablan pero están desahogando toda la tristeza que llevan dentro. Y es entonces cuando aquel ‘forastero’ comienza a hablarles y hacerles comprender, les recuerda lo anunciado en las Escrituras y el significado de todo lo que había de suceder como ya había acaecido. La conversación se alarga y ahora son solo las palabras de aquel desconocido caminante las que van poniendo luz que abra caminos.

La conversación se ha prolongado y se acercan a Emaús y cuando aquel desconocido hace ademán de seguir adelante, ellos ya no quieren que siga solo por aquellos caminos; entienden ellos de los peligros de las soledades, porque lo venían viviendo hasta que encontraron este nuevo compañero, al que le habían abierto sus corazón con sus penas, pero ahora le abren las puertas de su casa en generosa hospitalidad.

Será allí, sentados a la mesa, a la hora de bendecir y compartir el pan, cuando sus ojos se les abren y le reconocen. Ahora ya se dan cuenta cómo ardían sus corazones de una forma nueva y distinta cuando les hablaba por el camino. Los que a nadie habían creído sobre que la tumba estaba vacía, lo que contaban las mujeres que les habían dicho los ángeles, ahora se les han abierto sus ojos y han reconocido a Jesús que ha estado con ellos.

Y serán ellos los que ahora se pongan en camino porque hay que ir a anunciar lo que han visto, lo que han sentido, lo que han experimentado con la presencia de Cristo resucitado con ellos. Vuelven a Jerusalén y cuentan a los demás lo que les había sucedido en el camino y como lo habían reconocido al partir el pan.

Todo un recorrido, todo un proceso lo acaecido en el camino de Emaús. Un camino que habían comenzado lleno de sombras y abrumados por las desesperanzas; un camino que en principio parecía una ruptura porque daba la sensación de una derrota; un camino lleno de dolor y de vacíos interiores como nos quedamos cuando perdemos las esperanzas. Un camino que de una forma o de otra nos puede aparecer en la vida, que puede ser que hayamos recorrido o que sigamos recorriendo en la vida.  Hay muchas cosas que nos desalientan, vivimos muchas situaciones difíciles de entender y en el que por muchos motivos nos sentimos en ocasiones frustrados y derrotados.

Pero hay pasos que caminan tras nosotros y que nos andan buscando, aunque muchas veces en nuestras negruras ni sepamos escuchar ni sepamos ver a quien se acerca a nuestro lado y puede ser un rayo de luz.  Detengámonos un poquito y comencemos a prestar atención, a ese gesto, a esa palabra, a esa presencia, o también a ese oído abierto que quiere escucharnos aunque nosotros no queramos hablar nada ni con nadie. De alguna manera Dios se está acercando a nuestra vida, quiere caminar a nuestro lado, hace suyo nuestro pesar, nuestra inquietud, nuestra angustia, nuestro dolor.

¿Qué es lo que ha hecho cuando ha recorrido el camino del calvario? Caía con los caídos, se ensangrentaba su rostro con los dolores y los sufrimientos de los iban en el camino, se paraba ante las mujeres que lloraban allí en la calle, se sentía acompañado por unos malhechores que también eran llevados al mismo suplicio, pero se dejó ayudar por aquel cireneo que no sé si con mucha voluntad pero obligaron a ayudarle, comprendía también que algunos de los que participaban en la crucifixión por sí mismos no lo hubieran hecho pero tenían que cumplir órdenes, por eso pide perdón para los que no saben lo que hacen, en muchas mas cosas podríamos irnos fijando, iba envuelto en nuestros mismos sufrimientos hasta llegar a la muerte en la cruz.

Hizo el camino del Calvario y ahora ha caminado con los que iban con sus esperanzas frustradas y llenos de dolor como así quiere caminar a nuestro lado. A nosotros también nos escucha y para nosotros va a partir el pan por poco que le dejemos entrar en lo hondo de nosotros mismos. Seamos capaces de reconocerle. Es el Señor que está a nuestro lado y nos inunda de nueva vida, para nosotros también tiene el perdón, a nosotros también nos promete llevarnos al paraíso, en nosotros despierta nuevos sentimientos de amor, de hospitalidad y de solidaridad. Es el Señor que ahora nos pone también a nosotros en camino.

miércoles, 12 de abril de 2023

Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 


Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104; Lucas 24, 13-35

¡Qué ceguera llevaban los discípulos que caminaban aquel día hacia Emaús que no fueron capaces de reconocer al caminante que se unió a su camino! Se puso a caminar con ellos, comenzaron a comentar lo sucedido ante sus preguntas al verlos tan absorbidos en su dolor, pero ni le miraron a la cara. No podemos decir que fuera de noche, porque aun tardaron tiempo en llegar y porque entonces se hacía de noche le invitaron a no seguir el camino y quedarse con ellos.

¿Nos sucederán cosas así? No es que sea normal pero son cosas que de una forma o de otra muchas veces suceden. Hablamos pero no miramos. Y si vamos ensimismados en nuestras preocupaciones más mirándonos a nosotros mismos vamos por la calle. Cuantas veces alguien nos detiene y nos dice que si no miramos por donde vamos que no conocemos a nadie. Tenemos también la tentación de mirar hacia otro lado porque mirando de cara a cara quizás nos sentimos más comprometidos. Hay veces que nos falta esa humanidad, esa comunicación, ese mirarnos porque quizá queremos ocultar nuestra cara o queremos ocultar nuestra mirada.

Pero Jesús si les estaba mirando y hasta lo más hondo. Brotaron casi sin querer las preocupaciones, las esperanzas que se habían visto frustradas, los desencantos y desconfianzas y cómo se habían venido abajo. Aquel camino en cierto modo era una huida, porque no soportaban más todo lo que había pasado y querían alejarse quizás de Jerusalén y cuando las esperanzas empezaban a marchitarse se iban metiendo en un camino muy lleno de oscuridades. Tanta era la oscuridad de sus corazones que no se atrevían a mirar a la cara a aquel compañero de camino.

Jesús con su presencia, aunque no lo reconocieran, y con su palabra iba encendiendo nuevas luces en sus corazones. Les iba explicando las Escrituras, les iba haciendo comprender el sentido de cuanto había sucedido, les iba preparando el corazón para que en verdad se encontraran con el Cristo vivo y resucitado que les haría resucitar a ellos.

Comenzaba a despertarse la vida porque surgieron los sentimientos de solidaridad. Quédate con nosotros, el camino está lleno de oscuridades y es peligroso, bien lo sabían por cuanto habían pasado, abrieron las puertas de su casa y en su hospitalidad le ofrecieron el compartir el pan. Y fue entonces cuando comenzaron a compartir cuando se les abrieron los ojos, cuando comenzaron a mirar cara a cara al compañero de camino, y reconocieron que era Jesús. Lo reconocieron al partir el pan.

Nos hace falta levantar nuestra mirada, no dejar que vague distraída por tantas cosas que no nos fijemos en las personas, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, para que haya verdadera comunicación, verdadera comunión. Cuanto nos falta y así andamos distraídos por la vida y no nos enteramos del sufrimiento de los demás, no captamos qué es lo que puede en verdad dar alegría a los demás. Tenemos que aprender a mirar más a los ojos de las personas.

Para aquellos discípulos había llegado la luz y ya no importaba el peligro de los caminos, pues corrieron de nuevo a Jerusalén. Tenían que comunicar la alegría que llevaban dentro, porque en verdad Jesús había resucitado. Ellos también habían resucitado con El. ¿Será algo así lo que nos sucederá a nosotros?

miércoles, 15 de abril de 2020

Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón


Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
Hay caminos que tenemos que recorrer por nosotros mismos, porque si no lo hacemos así no tendremos la experiencia del camino  que será cómo deje huella en nosotros. De nada nos vale que nos digan que el camino de Santiago es así o de la otra manera, que vas a tener unas experiencias maravillosas y te cuenten cada uno sus experiencias, si no lo hacemos nos quedaremos viéndolo como desde la barrera, estaremos siempre a distancia y no podremos disfrutar lo que es la maravilla del camino.
Así fue aquel camino de Emaús que aquella tarde hicieron aquellos dos discípulos que se marcharon de Jerusalén. Desaliento, sensación de derrota y fracaso, frustración porque les parecía que las promesas no se cumplían, incredulidad ante lo que otros le habían contado, pero ellos hasta entonces no habían visto al Señor resucitado. Les parecían visiones de mujeres en las que podían fijarse quizá en la debilidad de unas mentes trastocadas por las duras experiencias vividas, pero nada de eso les convencía. Cuántas veces nos pasa en las cosas que otros nos cuentan de su experiencia pero que nosotros nos negamos a creer y nos situamos en la distancia. Es lo que ahora iban haciendo, poniendo tierra por medio.
A ellos se acerca un caminante que al parecer hace el mismo camino, al menos por el mismo sendero iban, pero que se interesa por ellos, por su estado de ánimo cuando los ve tristes y cabizbajos. El interés y la pregunta despertaron sus ánimos entristecidos y comienzan a contarle, admirándose además que fuera el único forastero de Jerusalén que no se había enterado de cuanto había sucedido. ¿Eres tú el único que no sabes todo lo que ha pasado estos días? Y a su manera, desde su tristeza y desánimo, con la visión ahora llena de desesperanza le cuentan lo sucedido.
Pero quien les acompañaba sabe más de lo que aparentaba, porque les iba dando explicaciones y sentido a lo que ellos le habían contado. Les hace recapacitar y recordar las Escrituras, donde todo estaba anunciado. La conversación se vuelve amena, el tiempo vuela y el camino se acaba, pero dentro de ellos estaba sucediendo algo aunque no se sabían explicar lo que les estaba pasando. Luego dirán que les ardía el corazón mientras El les hablaba y les explicaba las Escrituras.
Aquellos hombres que iban encerrados en sí mismos comenzaron a sentirse distintos y ya no solo abrían las ventanas de su alma sino que les estaban abriendo las puertas de su corazón y de sus casas. No sigas caminando, los caminos están llenos de peligros, quédate con nosotros que ya es muy tarde. Cómo hemos repetido nosotros a través de los siglos esa misma súplica y esa misma petición llena de buenos deseos.
Y entró para quedarse con ellos y se sentó a la mesa. La hospitalidad estaba pronta. El pan estaba servido en la mesa y al forastero como huésped le tocó partir el pan. Fue suficiente para que se les abrieran los ojos. Era El. El Señor resucitado estaba en medio de ellos y con ellos había hecho el camino. Ahora lo comprendieron todo. Les había abierto el entendimiento para que entendieran las Escrituras y al partir el pan lo reconocieron. Su mente se había abierto, pero también se había abierto el corazón.
Dispuestos estaban a compartir y esa era la señal de que Jesús estaba con ellos. Cómo les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras por el camino. Ellos habían realizado el camino y Jesús caminaba con ellos. El camino les había interpelado por dentro y comenzaron a ver de manera distinta. Nadie podía hacer el camino por ellos, era algo que tenían que vivir y así podrían reconocer a Cristo resucitado.
La experiencia vivida era única e irrepetible y ahora había que anunciarla. Corren ahora a Jerusalén para contar todo lo que les había sucedido y como lo habían reconocido al partir el pan. Ellos también contaban sus experiencias. Era la vida de Cristo resucitado que estaba entre ellos, donde de nuevo se dejaría sentir su presencia.
¿No tendríamos que ser nosotros también compañero de camino de tantos que tristes y desalentados caminan los caminos de la vida?

domingo, 30 de abril de 2017

Camina Jesús con nosotros y no lo reconoceremos hasta que en verdad nos dispongamos a partir y compartir el pan

Camina Jesús con nosotros y no lo reconoceremos hasta que en verdad nos dispongamos a partir y compartir el pan

Hechos, 2,14.22-33; Sal 15; 1Pedro 1,17-21; Lucas 24,13-35
Es que no te enteras, le decimos al amigo o al interlocutor con quien estamos hablado tratando de comentar algo que sabe todo el mundo, que es motivo de todas las comidillas en las esquinas y los bares, pero el nos dice que no sabe nada. Parece que hay gente que va por la vida sin querer enterarse, o eso al menos pensamos. Porque lo que nos pudiera suceder es que las tornas se volvieran en contra nuestra y al final fuéramos nosotros los que, como suele decirse, de la misa no sabemos ni la mitad. Viene a suceder que aquel que parecía que no sabia nada nos da las claves para que entendamos las cosas, la razón o el sentido de aquello que había sucedido y que esta en boca de todos pero nadie acierta a saber la verdad de lo que sucede.
¿Seria algo así lo que les sucedía a aquellos dos que se iban camino de Emaús? Un forastero que va de camino se les acerca y comienzan a hablar. Nota la tristeza que llevan en el alma y se interesa por lo que les pasa. Y es cuando surge la pregunta ‘pero ¿eres tu el único que no se ha enterado de lo que ha sucedido en Jerusalén en estos días?’ podrían haber sucedido muchas cosas y aquel forastero estuviera ahora llegando a la ciudad y aun no se ha enterado lo que sucede. Ellos explican, a su manera, desde la experiencia que han vivido, desde la negatividad de su experiencia y desde la tristeza que llevan en el alma. Están desilusionados, han perdido todas las esperanzas, todo parece terminar en un fracaso.
Pero ahora será aquel caminante el que les dice ‘ustedes es que no se enteran ni quieren enterarse’. Todo eso que ha sucedido estaba previsto que había de suceder así. Así estaba anunciado en las Escrituras. Aquí no se trata ahora de la maldad o malicia de las autoridades judías o de la cobardía de las romanas. Hay algo que es mucho mas hondo. Detrás de todo esto esta el designio divino de salvación. ‘Conforme al designio previsto y sancionado por Dios…’ dirá mas tarde Pedro en su discurso ante el pueblo cuando ya el Espíritu les había hecho comprender todas las cosas.
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura…’
Ahora si parecía que comenzaban a entender algo. Por así decirlo, sentían gusto en escuchar a aquel que les hablaba por eso ahora ya saliéndose de si mismos y de sus preocupaciones le invitan a que se quede con ellos. La noche se echa encima, los caminos son peligrosos, le ofrecen hospitalidad. Es algo mas que la preocupación por el peligro de los caminos lo que ellos están sintiendo dentro de si, porque mas tarde comentaran como les ardía el corazón mientras les explicaba las escrituras por el camino.
‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos’. Será la suplica aceptada por aquel que hacia camino con ellos. Si, hacia camino con ellos; a ellos se había acercado, había sintonizado con sus preocupaciones, les había escuchado, y había tenido para ellos palabras de vida. Aquella presencia les hacia sentirse mejores y ellos querían mostrar lo mejor de su corazón con la hospitalidad.
Se sentaron a la mesa y comenzaron a compartir el pan. Y aquí había surgido el gesto que termino de abrirles los ojos. Allí lo reconocieron. Era El, el Señor resucitado que había caminado con ellos aquel camino que había comenzado en la tristeza y terminado en la esperanza. ‘Se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Y se pusieron de nuevo en camino. Ahora el camino era distinto, no importaba la noche porque ellos estaban ya llenos de luz. Había que comunicar la noticia a los hermanos. Y corrieron de nuevo a Jerusalén.
Muchos detalles, muchas cosas se nos van sugiriendo a la medida en que hemos ido comentando el acontecimiento. Muchas cosas que nos retratan, pero muchas cosas que nos abren caminos delante de nosotros.
Desencantos y desilusiones no nos faltan en la vida. Esperanzas de cosas buenas tenemos en el corazón pero cuando nos vamos enfrentando a la vida nos viene la desilusión porque nos aparecen muchos nubarrones de dudas, de cosas que no suceden como nosotros hubiéramos querido, de aparentes fracasos porque no vemos la respuesta tan pronto como deseamos, porque nosotros mismos cojeamos en muchas flojeras y debilidades.
Nos hace falta una clave para entender bien lo que sucede, lo que debemos hacer, la esperanza que no podemos perder. En la misma tarea de querer vivir el evangelio y de ser evangelio para los demás muchas veces parece que nos sentimos fracasados con nuestras caídas y debilidades y con el muro en contra de los que no quieren escucharnos o no quieren aceptar el mensaje del evangelio. Nos parece sentirnos solos y sin fuerzas y el camino se nos hace duro y triste en ocasiones.
¿No necesitaremos descubrir que a pesar de todo el Señor va con nosotros? ¿No tendríamos que aprender a escucharlo en el corazón? ¿No tendríamos que abrirnos más y mejor al sentido de las Escrituras para comprender, para que se nos abran los ojos, para sentir la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón?
También tenemos que aprender a escuchar, a interesarnos por la tristeza que podamos encontrar en los demás; también tendríamos que aprender a saber caminar junto al hermano para escucharle, para hacer su camino, pero para comenzar a iluminar ese camino con esa luz que nosotros en Cristo podemos llevar. Esto nos daría para más amplias reflexiones en ese camino de evangelización en el que tendríamos que estar comprometidos, como nos pide hoy la Iglesia.
Y finalmente tenemos que aprender a ofrecer hospitalidad al que encontramos en los caminos de la vida. Llámese hospitalidad a la acogida que tenemos que hacer a los extraños – emigrantes, por ejemplo – que nos van apareciendo a nuestro lado, pero llámese hospitalidad a la acogida a tantos con los que hemos de aprender a compartir nuestra mesa y lo que nosotros somos. Muchas consecuencias también podríamos sacar de este pensamiento.
‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída’. Las tinieblas y oscuridades nos pueden envolver, pero si esta El con nosotros nada hemos de temer. Vamos de caída, no el día, sino nosotros tantas veces porque fácilmente nos desinflamos, dejamos que nos entren las dudas o las rutinas; necesitamos que se nos encienda de nuevo el corazón porque nos llenemos de su luz y de su amor.

miércoles, 8 de abril de 2015

Un itinerario de acogida, de miradas hondas, de manos tendidas para encontrarnos con Jesús

Un itinerario de acogida, de miradas hondas, de manos tendidas para encontrarnos con Jesús

Hechos  3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35
Una mirada, una mano tendida, un caminar juntos aunque fuera con desconocidos, una escucha, unas señales que nos hablan a las claras de la presencia de Jesús resucitado. De eso nos ha hablado la Palabra de Dios que hoy se nos proclama.
‘Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo: Míranos.’ Es el primer gesto que nos ha presentado el texto de los Hechos de los Apóstoles. Unas miradas que se cruzan; cuánto se puede decir con una mirada; es un prestar atención, en este caso, no a algo sino a alguien.
Luego Pedro ofrecerá lo que tiene; le tiende la mano en el nombre de Jesús. ‘Agarrándolo de la mano derecha lo incorporó’. No le va a ofrecer cosas, ni siquiera las monedas que aquel hombre en su indigencia está esperando. ‘En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. Aquel hombre terminará danzando en el templo y alabando a Dios.
‘Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día… Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos… aunque sus ojos no eran capaces de reconocerlo’. Era un extraño que se había acercado a ellos mientras iban caminando y lo admitieron en su compañía. No siempre admitimos quizá en nuestra compañía a un extraño aunque vayamos haciendo el mismo camino. Ahí está el detalle. Pero caminaron juntos y mientras se camina al mismo paso cuántas cosas se comparten; como sucedió entonces.
Primero Jesús les escucha, sus preocupaciones, sus tristezas, sus esperanzas frustradas, su desilusión. Luego ellos escucharán a Jesús; y lo harán con gusto tanto que cuando llegan a Emaús no querrán que siga adelante porque los caminos de noche son peligrosos y le ofrecen su hospitalidad, y también porque luego recordarán cómo ardía su corazón mientras El les hablaba y les explicaba las Escrituras.
Todo fue un camino para reencontrarse con Jesús. Con Jesús que viene hacia ellos como siempre quiere hacer con nosotros cuando andamos hundidos en nuestras preocupaciones y angustias, en nuestras desilusiones y desesperanzas; pero también en la buena disposición de ellos para acoger y para escuchar; sus corazones se abrieron al amor; en el amor del compartir una cena se encontraron finalmente de pleno con Jesús y lo reconocieron. ‘A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron… al partir el pan’.
Qué hermoso itinerario para nuestra vida. Para aprender a ir al encuentro con los demás mirando cara a cara, aunque tengamos mucho sufrimiento en el alma o aunque vayamos a ver mucho sufrimiento en los ojos de los demás, pero también para ir tendiendo la mano, abriendo el corazón, levantando al caído, dejándonos acompañar por los van a nuestro alrededor en el camino, para escuchar con el corazón abierto.
Nos encontraremos con Jesús; aprenderemos a llevar a Jesús a los demás. Nos sentiremos en verdad renovados por dentro y no nos faltará la alegría de sentir la presencia de Cristo resucitado en nuestro corazón pero también en ese encuentro con los demás.

domingo, 9 de febrero de 2014

SAL PARA DAR SABOR, LUZ PARA ILIMINAR Y PAN PARA COMPARTIR, TODA UNA AURORA LUMINOSA



Sal para dar sabor, luz para iluminar y pan para compartir, toda una aurora luminosa

Is. 58, 7-10; Sal. 111; 1Cor. 2, 1-5; Mt. 5, 13-16
Nos habla Jesús de sal para dar sabor, de luz que ilumine y, completándolo con el profeta, se nos habla de pan para compartir que es lo mismo que luz que hace amanecer como una aurora luminosa o sentido de sabor nuevo para una vida nueva.
Son las distintas imágenes que nos aparecen en el texto sagrado; son imágenes a la manera de comparaciones o parábolas que nos propone Jesús para ayudarnos a comprender el sentido de nuestra vida,  pero también el sentido nuevo que hemos de dar a nuestro mundo. Unas imágenes, hemos de reconocer, de gran sabiduría y significado.
La primera imagen que nos propone Jesús es la de la sal. ¿Para que sirve la sal? Mezclándola con nuestros alimentos los sazonamos, le damos sabor, pero además la sal puede ser conservante y pues hasta ser medicina. Un alimento sin sal no tiene sabor, es insípido, decimos; pero como decíamos también lo utilizamos como conservante para preservar de la corrupción; era también una señal de amistad y de acogida porque a quien llegaba como una bienvenida se le ofrecía el pan y la sal, que a nadie se debería negar.
Y Jesús nos dice que tenemos que ser sal del mundo. ¿Cuál es el sabor que nosotros podemos ofrecer? Si nos llamamos cristianos es porque el sabor que hemos de ofrecer es el de Cristo; El es el sentido profundo de nuestra vida. Cristo tiene que ser ese sentido profundo de la vida del hombre, ese sentido que hemos de darle a nuestro mundo. No hay otro nombre en quien podamos encontrar la salvación. Es lo que tenemos que ofrecer. Es el Evangelio que tenemos que transmitir.
Pero además, cuánto mal haríamos desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo si de verdad nos dejáramos impregnar por esa sal de Cristo, empapar del sentido de Cristo. Todo mal y toda corrupción tendrían que desaparecer. Por eso el cristiano, como la sal que se diluye en el alimento desapareciendo incluso aparentemente, así hemos de diluirnos en nuestro mundo para darle ese nuevo sabor de Cristo y de su evangelio. Porque no nos vamos a anunciar a nosotros, sino a quien vamos a anunciar es a Jesús; porque quien tiene que darle sabor a la vida es Jesús y su evangelio, nosotros solo somos instrumentos, aunque instrumentos bien importantes por la misión. Por eso no podemos perder el sabor de Cristo en nuestra vida de ninguna manera.
La otra imagen que Jesús nos propone es la luz. La luz que hay que ponerla en el lugar oportuno para que ilumine. De nada nos sirve una luz escondida, que no esté en el lugar adecuado para que nos libere de tinieblas, para que nos señale claramente el camino, para que descubramos el verdadero color de las cosas y su belleza, para que podamos ver y conocer donde estamos, con quien vivimos y caminamos por la vida, para  que descubramos el camino que hemos de recorrer e incluso las cosas que tenemos que hacer. En la oscuridad todo es negro y no tiene color y en consecuencia no podremos apreciar su belleza, perdemos el rumbo del camino y no podemos ver y conocer realmente lo que nos rodea o los que nos rodean con lo que la comunicación se nos hace más difícil.
Pero nos dice Jesús también que tenemos que ser luz. Una luz que no se puede ocultar, sino que hay que ponerla bien en alto para que pueda iluminar con el brillo de su resplandor a todos. Claro que no es nuestra luz la que ha de brillar en nosotros sino que nosotros vamos a trasmitir al que es la verdadera luz; de su luz nosotros participamos, con su luz es como nosotros tendremos que brillar y resplandecer, y desde esa luz que nosotros reflejamos podremos ayudar a los demás a que se encuentren con la verdadera luz. Es Jesús la verdadera luz que nos ilumina y nosotros iluminados y llenos de su luz podremos ser para los demás caminos que conduzcan a esa luz, conduzcan hasta Jesús.
¿En qué se ha de notar que nosotros estamos iluminados por esa luz? ¿en que se ha de notar que nosotros somos esa sal que sazone de nuevo sabor a nuestro mundo? Es la gran pregunta  y es nuestra principal tarea. Ya nos lo dice Jesús hoy en el evangelio, aunque tendremos que fijarnos también en lo que nos señala el profeta. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro  Padre que está en el cielo’. Vean vuestras buenas obras, nos dice.
¿Qué nos decía el profeta? Nos hablaba de partir el pan con el hambriento, de hospedar a los pobres sin techo y de vestir al que ves desnudo. Nos está hablando el profeta con un lenguaje bien directo y claro. Nos está hablando del compartir, pero también quitar de nuestra vida todo lo que pueda ofender u oprimir al hermano; nos dice que ni podemos desear el mal a nadie, ni siquiera hablar mal de nadie; pero nos dice también que nunca podemos hacernos sordos al clamor de los que sufren a nuestro lado. Cuando hagamos todo esto bueno, nos dice, ‘entonces romperá tu luz como la aurora… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’, porque será así como manifestarás la gloria del Señor.
Esas son las buenas obras que tienen que resplandecer en nuestra vida para que todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo. Ahí y así se manifestará la gloria del Señor. Ahí y actuando así nos estaremos en verdad nosotros manifestando como esa sal que da un sentido y sabor nuevo no solo a nuestra vida sino también a nuestro mundo. Ahí y así seremos luz y podremos hacer que todos alcancen esa luz y todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo.
No podemos guardar la sal en el salero porque entonces no cumpliría su función; no podemos esconder la luz debajo de la cama, porque entonces no podrá iluminar los caminos de nadie; no podemos guardarnos el pan solo para nosotros mismos porque lo endureceríamos y lo echaríamos a perder; no podemos cerrar nuestro corazón siendo insensibles al dolor humano porque realmente nosotros estaríamos perdiendo humanidad y nos embruteceríamos y nos envileceríamos.
Quien ha saboreado la sal de Cristo para darle nuevo sabor a su vida y quien se ha dejado iluminar realmente por su luz, comenzará a dejar de pensar solo en si mismo para mirar con una mirada nueva y luminosa a los que están a su lado porque ya para siempre irá repartiendo amor. Sí, quien ha entendido lo que es el sentido de Cristo y se esfuerza por vivirlo aunque muchas sean las tinieblas que le rodean o muchos sean los contratiempos que le puedan turbar, siempre tendrá una luz brillante en sus ojos para mirar directamente con una mirada de amor, con muchos gestos de amor a los que le rodean.
¿Habremos aprendido a mirar con esa mirada luminosa a los hermanos con los que vamos compartiendo nuestro amor? ¿Habremos aprendido a ponernos a la altura del hermano con el que queremos compartir, al que queremos ofrecerle los gestos de nuestro amor? El que ama de verdad y quiere realizar auténticos gestos de amor siempre se pondrá a la altura del hermano, o más aun será capaz de ponerse de rodillas delante del hermano como lo hizo Jesús en la última cena delante de los apóstoles cuando les lavaba los pies, para mirarle a los ojos, para contagiarle de su amor, porque siempre el amor que irá repartiendo será el amor de Jesús, amando como amó Jesús.
‘Vosotros sois la luz del mundo’, nos dice Jesús. Y es que la luz siempre está relacionada con lo bello, con lo bueno y lo verdadero. La luz es claridad y belleza, la luz es bondad y santidad, la luz es verdad y autenticidad, pura transparencia. Porque la luz que nosotros queremos trasmitir es siempre la luz del amor de Jesús.

miércoles, 11 de abril de 2012


Sentemos a Jesús en la mesa de nuestro corazón desde la acogida y el amor

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
‘Dos discípulos iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…’
Cuando nos llenamos de dudas por dentro y de desconfianza qué oscuridad se nos pone en los ojos que hasta nos impide ver y comprender lo más conocido. No estaban muy seguros en lo que habían de creer. La muerte de Jesús había sido algo muy duro de asimilar. Costaba entender y aceptar las palabras de Jesús. Aunque venga alguien que nos trate de ayudar y nos ilumine con respuestas, seguimos en la duda y la desconfianza y no terminamos de creer por mucho que les digan.
Algo así les pasaba a aquellos dos discípulos que desalentados marchaban a Emaús. No les servía que las mujeres hubieran ido al sepulcro y lo encontraran vacío y vinieron diciendoles que unos ángeles les habian anunciado que Jesús había resucitado. ‘Nosotros esperábamos que el fuera el futuro libertador de Israel’, comentan, pero como si ya se les hubieran agotado todas las esperanzas. Esperábamos, dicen, pero parece que ya no esperan.
Y Jesús estaba con ellos. Y les explicaba todo lo que había sucedido porque así estaba anunciado en las Escrituras. ‘Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. Allí estaban corroborando todo lo sucedido la ley y los profetas, los dos pilares de la fe judía. Y seguían con los ojos cerrados para reconocerle. Aunque luego reconozcan que el corazón comenzaba a ardeles por dentro seguían con las esperanzas perdidas y la fe bien lejos de sus corazones.
Les sirvió que de lo que habían aprendido del Maestro quedaban las buenas costumbres de la hospitalidad. No querían que siguiera adelante porque comenzaba a anochecer y los caminos no eran seguros. ‘Le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’.
Sería cuando se sentó a la mesa y partió el pan… entonces ‘se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Correrían de nuevo a Jerusalén aunque ahora no importaba que fuera tarde y el camino se hiciese en la noche. Ellos llevaban ya luz suficiente en sus corazones. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor…’ En Jerusalén ya contaban lo mismo porque Jesús se había aparecido ya a Simón. ‘Ellos contaron lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
El Señor está haciendo el camino también a nuestro lado y muchas veces no lo reconocemos. Serán las dudas y las desconfianzas que se nos meten por dentro, o será en ocasiones que nos cerramos al amor y a la gracia. De tantas maneras el Señor nos va hablando una y otra vez. Su Palabra es proclamada continuamente a nuestro lado y son muchas las señales que el Señor va dejando de su presencia a nuestro lado.
Pero tenemos cerrados los ojos. Estamos entretenidos en nuestras cosas. Pareciera que hubiera cosas más importantes para nosotros que Jesús y su Palabra. Nos cuesta desprendernos de nosotros mismos, de nuestras ideas, de nuestros prejuicios contra los otros, de esos orgullos que se nos meten por dentro, superar esas pasiones que nos dominan, poner voluntad para arrancarnos de nuestro pecado, y no dejamos sitio en nuestro corazón para el Señor.
Abramos las puertas de nuestro corazón. Comencemos a iluminarlo poniendo un poquito de más amor en lo que hacemos o en nuestro trato y relación con los demás. Abramos las puertas de la hospitalidad sabiendo acoger con sencillez, con humildad y con amor a los que pasan a nuestro lado. Cuando sepamos escuchar al otro, ser comprensivo con él, poniendo amabilidad en nuestra vida estaremos sentando a Jesús en la mesa de nuestro corazón.
Ojalá sepamos reconocerle. El está ahora mismo dispuesto a explicarnos las Escrituras y a partir el pan para nosotros. Ahora mismo se nos está dando en la Eucaristía.