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miércoles, 12 de marzo de 2025

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

 

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

Jonás, 3, 1-10; Sal.50; Lucas, 11, 39-42

Nuestros caminos y carreteras están llenas de señales que nos indican las direcciones que hemos de tomar, las diferentes opciones que tenemos, pero también nos advierten de los peligros que podemos encontrar, los cuidados y precauciones que hemos de tener y lo que podemos hacer o no hacer en aquel camino. Pero hay ocasiones en que vamos tan absortos en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones o nuestros sueños que nos pasamos de la señal; allí estaba, nos lo decía claramente, nos advertía del peligro o de la dirección que habíamos de tomar para llegar a nuestra meta, pero no fuimos capaces de verla; luego quizás nos quejamos, como sucede tantas veces, que si no estaba bien situada, si podía crearnos confusión y no se cuantas disculpas más que nos buscamos, pero la señal estaba allí y no la vimos.

Y no vamos a hablar de esos problemas de esas señales de carreteras o caminos, pero sí de la señal que hemos de saber descubrir en el camino de la vida; hay llamadas en nuestro interior que no queremos escuchar, suceden cosas a nuestro lado que pueden ser una buena lección para nosotros, palabras que escuchamos y a las que no atendemos o que decimos que no entendemos pero realmente no les prestamos atención, testimonios hermosos en personas de buena voluntad y de gran entrega que tendrían que ser un toque de atención y un estimulo para que nosotros comencemos también a hacer algo distinto. No vemos las señales o no escuchamos las llamadas pero estamos quizás un milagro, algo extraordinario por lo que sí saldríamos corriendo a buscarlo, aunque luego se nos quede en un fuego fatuo.

En el evangelio que hoy se nos ofrece contemplamos cómo Jesús se queja de aquella generación que no hacen sino pedir signos y señales para creer. Lo tienen delante y no quieren creer, no saben leer la señal. Se pasan de largo, podíamos decir con la imagen que antes empleábamos, y no saben descubrir quien está allí delante de ellos. Y le habla del signo de Jonás, o la reina del Sur que vino a conocer la sabiduría de Salomón, o la actitud de las gentes de Nínive que creyeron la palabra del profeta y se convirtieron. Aquí está en medio de ellos el Hijo del Hombre y no lo saben ver, la Sabiduría eterna de Dios que se manifiesta en la Palabra encarnada y no la escuchan aunque se admiran de que la Reina del Sur viniera a escuchar la sabiduría de Salomón.

Jonás es todo un signo que nos hace dirigir nuestra mirada a Jesús. Largo fue el recorrido, el camino de vida de Jonás para aceptar la misión que Dios le había confiado. Muchas cosas tuvieron que sucederle para que él cambiara de actitud y fuera fiel a su misión, que tendría los hermosos frutos de aquel pueblo que creyó en su palabra y se convirtió al Señor. Como una señal que viene a ser tipo del misterio de Jesús en su muerte y resurrección fue aquella zozobra del barco en medio de la tormenta y el ser devorado por el cetáceo que a los tres días lo devolvería vino a la tierra donde había de realizar su misión. Supo ver Jonás las señales que Dios puso en su camino.

Llegaremos a entender el recorrido que nosotros hemos de hacer también que es recorrido pascual, que es de muerte para la vida, de morir a nosotros mismos, nuestros miedos y cobardías como Jonás, nuestros pecados e infidelidades, nuestro tantas veces querer desengancharnos de nuestras responsabilidades o de las misiones que tenemos que desarrollar hasta llegar a comprender el verdadero sentido de nuestra vida que pasa por la entrega y por el amor. Atravesamos nosotros tormentosos mares de la vida, llenos de dudas y de flaquezas, zarandeados por mil cosas que nos atraen de aquí y de allá y que pretenden desviarnos del camino que hemos de recorrer, de la misión que tenemos que cumplir. Pero todo eso tenemos que hacerlo pascua, todo tenemos que transformarlo en vida, todo nos ha de llevar a un nuevo renacer, a resurrección.

Un camino maravilloso, así tiene que ser, que hemos de ir realizando en esta cuaresma guiados por la Palabra del Señor, Sabiduría de Dios, que transformará nuestra vida, que nos llevará a la Pascua, que dará sentido a la celebración de la Pascua de la muerte y resurrección del Señor. Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de las que no nos podemos desentender, no podemos andar tan distraídos que no las veamos.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 


Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 Jonás 3, 1-10; Salmo 50;  Lucas 11, 29-32

En la vida casi sin darnos cuenta estamos rodeados de signos y señales que de alguna manera marcan lo que hacemos, a donde vamos, donde no podemos estar y muchas cosas así. ¿Queremos salir de un edificio? Buscamos la señal que nos indique donde está la puerta de salida; ¿queremos buscar una determinada cosa? Nos encontraremos señales que nos indiquen a donde debemos ir, donde debemos preguntar, y así muchísimas cosas más. Vamos por nuestras calles y caminos, y nos entraremos toda una serie de señales que nos dan direcciones, por donde podemos pasar o no, donde hay un peligro. Y vamos atendiendo a esas señales, y obedecemos esas señales que nos dan direcciones, prohibiciones o indicaciones de cómo debemos ir.

Pero ¿esas son las únicas señales o signos que nos vamos a encontrar en la vida? Decimos que tenemos que saber interpretar los signos de los tiempos, como aquellas cosas que podemos descubrir en la naturaleza que nos anuncian un tiempo meteorológico, o nos pueden prevenir incluso de posibles sucesos extraordinarios. Pero creo que pensando en signos de la vida, podemos o tenemos que saber descubrir mucho más. Hay cosas que nos pueden ayudar a descubrir la marcha de la humanidad, de la sociedad en la que vivimos, y por ahí andan los economistas haciéndonos anuncios de lo que nos puede devenir en el futuro, sociólogos que quieren interpretar la marcha de la sociedad, o personas visionarias que quizás unas veces de forma calamitosa, y otras con buen sentido nos hacen pensar en lo que estamos haciendo con la vida.

Pero creo que no nos podemos quedar ahí, ni perder solo en esas cosas. Como creyentes también hemos de tener como un sentido de Dios para descubrir señales que Dios pone en la vida, pone en nuestro mundo, pone en lo que sucede a nuestro alrededor y nos tendrían que hacer descubrir lo que Dios quiere de nosotros, a lo que Dios nos llama, el compromiso que como creyentes y cristianos también tendríamos que asumir en la vida.  Necesitamos tener una sintonía de Dios en nuestro corazón, necesitamos darle una visión profunda a nuestra vida desde una espiritualidad que vayamos construyendo en nuestro corazón.

No es cuestión de buscar milagros, o cosas extraordinarias. Es saber descubrir, quizás desde pequeñas cosas, ese sentido nuevo para nuestra vida. Tenemos que saber afinar, por decirlo así, las antenas del alma para poder entrar en esa sintonía de Dios que nos hablará quizás muchas veces a través de pequeñas cosas. Son esos signos, son esas señales que Dios va poniendo a nuestro lado, en cosas que nos suceden, en personas que nos acompañan, en buenas palabras que escuchamos y pueden hacernos pensar, en testimonios que contemplamos a nuestro lado en personas sencillas y de humilde corazón pero que están llenas de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio la queja de Jesús sobre aquella generación que no hacía sino pedir signos y milagros, pero no sabían sin embargo descubrir el milagro de Dios, el signo de Dios que en Jesús tenían delante de ellos. Jesús les recuerda que los ninivitas supieron comprender el signo de Jonás que apareció predicando en medio de ellos y le escucharon y se pusieron en camino de conversión. Les recuerda aquella reina del Sur que desde lejos vino para conocer a Salomón por su sabiduría, pero ahora les dice que hay alguien delante de ellos que es mucho más que Salomón. Y Jesús les viene a decir que no hay más signo que el Hijo del Hombre, no hay más signo para ellos que Jesús mismo.

¿Estaremos pidiendo también nosotros milagros y cosas extraordinarias en nuestro tiempo? Bien sabemos que somos muy crédulos y somos capaces de ir de aquí  para allá porque nos dicen que aquel lugar es muy milagroso, que allí están sucediendo cosas extraordinarias, milagros y curaciones, pero no sabemos descubrir el signo de Dios que tenemos delante de los ojos, no sabemos apreciar todo lo que en la Iglesia podemos recibir, no sabemos apreciar la riqueza de la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece, no sabemos apreciar la riqueza de gracia que son los Sacramentos donde Dios mismo se hace presente en nuestra vida.

Pero como decíamos, descubramos con ojos de fe esos signos sencillos pero maravillosos que de mil maneras Dios va poniendo en nuestro camino. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios y dejémonos conducir por su Espíritu que de tantas maneras llega a nuestra vida. Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida.

lunes, 16 de octubre de 2023

Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

 


Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32

Creemos hacer las cosas bien, pero las cosas  no nos salen; nos sucede muchas veces; y tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, nos sentimos cansados en nuestras luchas, no sabemos que hacer. Nos pasa en muchos aspectos de la vida; serán los negocios, los trabajos que emprendemos, nos sucede en la vida familiar que no es todo lo brillante que uno quisiera, nos pasa con los hijos por los que nos hemos dado y gastado sin saber más que hacer, pero ahora nos salen por otros derroteros tan lejos de los sueños que teníamos sobre ellos, nos sucede en nuestra vida personal en la que queremos superarnos cada día más, pero vienen los mismos tropiezos de siempre, no logramos la serenidad que querríamos para nuestra vida. No siempre es así, pero con frecuencia nos sucede. ¿Cómo reaccionamos? Somos humanos y vienen los cansancios; somos humanos y no siempre tenemos la madurez suficiente para afrontar todos esos problemas.

¿Por qué me digo esto? ¿Por qué me hago esta reflexión de entrada? En una primera lectura del texto del evangelio que hoy se nos ofrece, parece que Jesús está al borde de verse en situaciones así. Claro que su anuncio de Buena Nueva es una oferta de salvación a la que el hombre puede responder o no; y Dios siempre respeta la libertad del corazón del hombre, aunque vayamos errados, porque es un don que nos regaló, la libertad.

Veremos a Jesús en distintos momentos del evangelio en que se enfrenta, por así decirlo, a esa realidad. Un día le escuchamos hablar de Corozaín, Betsaida y el mismo Cafarnaún que no daban respuesta al evangelio de Jesús; más tarde le veremos llorar desde las colinas donde contempla la ciudad de Jerusalén, porque ha querido ser como la gallina que acoge bajo sus alas a sus polluelos, pero Jesuralem no se ha convertido; ahora se queja Jesús porque no hacen sino pedir signos y milagros y a pesar de tenerlos ante sus ojos no saben leer lo que esos milagros significan y no serán capaces de ver la acción de Dios con su salvación.

Como les dice el signo que se les dará será el signo de Jonás. Aquel profeta que en principio quiso rechazar la misión que Dios le confiaba de predicar la conversión en la ciudad de Nimbe y quiso huir por mares que le alejaran, pero se vio incluso tragado por un cetáceo que a los tres días lo devolvió sano y salvo para que al final él mismo se convirtiera y realizara la misión que Dios le había confiado. Y los ninivitas creyeron en la Palabra y el signo de Jonás, pero ahora aquella generación no quiere ver las señales de Dios para escuchar su Palabra.

Será también un signo el que la reina del Sur viniera de lejos para escuchar la sabiduría de Salomón, pero ahora tienen en medio de ellos alguien que es más que Salomón y sin embargo no quieren escucharle.

Pero y eso ¿qué nos dice a nosotros hoy? ¿Sabremos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino o nos seguiremos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio?

Buscamos sabidurías por todas partes, nos vamos tras cualquier cosa que nos resulte novedosa porque nos puede venir de sitios extraños o lejanos, nos dejamos encantar por filosofías o por espiritualidades que nos puedan resultar novedosas, pero no somos capaces de ir a las páginas del evangelio que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos para saborear esa sabiduría de Dios que allí se nos ofrece. Hablamos de espiritualidades que nos dicen que nos elevan nuestra mente y nos dan nuevas visiones, y descartamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios al que podemos sentir en lo hondo del corazón y de verdad nos llevará por caminos de plenitud.

Busquemos la sabiduría de Dios, dejémonos inundar de su Espíritu, empapémonos del espíritu del evangelio.

lunes, 10 de octubre de 2022

Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

 


Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31 – 5, 1; Sal 112; Lucas 11, 29-32

Dime que me amas, demuéstrame que me amas, le pide una y otra vez el enamorado a su enamorada (al revés, da igual, porque lo que importa son las pruebas que le pide el uno al otro) y no termina de ver cuánto es el amor que siente. Pero si yo estoy aquí, a tu lado, cuantos regalos te he hecho, cuantos signos del amor que te tengo te he manifestado tantas veces. Pero no terminamos de ver, porque ha entrado la desconfianza en el corazón y todo lo corroe, hasta lo más hermoso como es el amor.

Es lo que Jesús les está diciendo en aquella ocasión en que se encuentra rodeado de mucha gente. Habrá quien os lo eche en cara porque no habéis querido ver las señales. Pedían signos, pedían milagros, no eran capaces de darse cuenta de quien estaba ante ellos. Allí estaba su Palabra llena de autoridad, alguna vez lo habían reconocido, ‘nadie habla como él’, se decían algunos. Pero aquella sabiduría de Dios no penetraba en sus corazones, porque los tenían cerrados.

¿Prejuicios? ¿Maldad para mal interpretar? ¿Querer ver segundas intenciones donde todo es clarividente? ¿Incomodo porque aquella palabra era exigente y obligaba a cambiar muchas cosas desde dentro, desde el corazón? Eran más fáciles los cumplimientos, que se les dieran las reglas detalladas, no sabían apreciar la libertad de los hijos de Dios que se les ofrecía. No querían sumergirse en aquel mar de amor.

Los ninivitas habían creído solamente escuchando la palabra de Jonás, supieron descubrir las señales de Dios en aquel profeta que recorría la ciudad, aun cuando tanto le había costado iniciar la tarea pues antes había emprendido la huida; muchas cosas le habían sucedido al profeta que luego se habían convertido en un signo para los habitantes de Nínive y aceptaron su palabra. Ahora les dice Jesús, el Hijo del Hombre será la señal para esta generación. Pero les costará leer las señales. En lo mismo que hicieron con Jesús estaban las señales que no terminaban de ver.

Aunque algunas habían dicho en alguna ocasión que nadie hablaba como Jesús, no terminaron de ver la Sabiduría que venía de Dios. Lo había reconocido un día Nicodemo porque nadie podía hacer ni hablar lo que Jesús hacía y decía si Dios no estaba con El. La reina del Sur había venido de lejos para escuchar y saborear la sabiduría de Salomón, y allí estaba alguien que era más que Salomón, porque era la Palabra que es luz y que es vida, la Palabra de Dios que plantaba su tienda entre nosotros, por no quisieron recibir la luz, las tinieblas la rechazaron, como rechazaban su Sabiduría y seguían sin embargo pidiendo signos.

¿Y nosotros seremos capaces de ver esas señales, saborear esa Sabiduría de Dios que nos ofrece Jesús? preferimos sabidurías humanas, queremos seguir diciendo que Jesús es solamente un hombre, no terminamos de comprender toda la magnitud de la entrega de Jesús. Y oímos pero no escuchamos; y la semilla cae sobre nosotros como tierra endurecida por el paso del caminante o estamos tan llenos de pedregales o de zarzales que no dejamos que germine y crezca de verdad en nuestra vida. Pensemos cuál es la dureza que sigue habiendo en nuestro corazón.


Dejemos regar nuestra tierra por el agua del Espíritu; limpiemos de malezas nuestro corazón quemándolas en el fuego ardiente del Espíritu; abramos los ojos de nuestro corazón para saber leer esas señales de Dios que cada día pone ante nuestros ojos, ante nuestra vida.

lunes, 19 de julio de 2021

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

 


Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Cuando nos obstinamos en nuestras ideas, por muchas pruebas o razonamientos que nos hagan, si no queremos verlo, nunca lo llegaremos a ver; y decimos que somos razonables, que lo que queremos son pruebas, todo lo queremos pasar por el tamiz de nuestros razonamientos, pero hay algo que se nos pone delante de los ojos como una sombra y no hay manera de que veamos claro. Queremos pruebas, todo lo queremos pasar por lo que decimos nuestras lógicas humanas.

Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas lógicas y de esos razonamientos, porque son cosas que tenemos que ser capaces de sentir en nosotros. Cuando andamos en esos caminos de la fe andamos muchas veces como en una lucha entre nuestros razonamientos, nuestras visiones, y algo que es mucho más hondo y que de alguna manera se convierte en inexplicable, pero que podemos llegar a vivir.

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, tenemos que ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual, tenemos que abrirnos a algo distinto y que nos trasciende de nuestra vida, tenemos que ser capaces de palpar algo que no lo podemos hacer con las manos, pero que si lo podemos hacer cuando le damos posibilidades a la fe. Por eso decimos que entramos en una sintonía espiritual, por eso hablamos de un don sobrenatural que nos viene concedido de lo alto, por eso llegamos a apreciar otros sabores y otras sabidurías que le llegan a dar a nuestro espíritu un toque distinto. Algo que muchas veces no tenemos palabras para expresar ni para explicar, pero algo que nos eleva por dentro y nos hace aspirar a cosas más altas y más elevadas por decirlo de alguna manera.

Aquellos mismos que habían visto cómo Jesús liberaba al hombre poseído por el espíritu del mal y que comienzan a atribuírselo a Jesús a otras fuerzas malignas, ahora le piden signos para creer. Han tenido el signo ante los ojos y los han cerrado para no querer creer en el signo, pero que es lo que ahora piden. Y Jesús les dice que no se les dará signos a la manera que ellos piden.

Y les habla de Jonás aquel profeta que un día desoyó la voz de Dios que le llamaba a una misión y más quiso irse en dirección contraria. Sería engullido por el cetáceo del mar pero había sido devuelto vivo y sano para que cumpliera su misión; y aquellos a los que invitó a la conversión, cambiaron sus vidas para escuchar la voz del profeta. Y les dice Jesús que los ninivitas que creyeron la palabra de Jonás un día se levantarán con aquella generación que ni quisieron creer a quien era mucho más que un simple profeta.

Y les habla de la Reina del Sur que vino de tierras lejanas para disfrutar de la sabiduría de Salomón, pero ahora hay alguien que tiene una sabiduría mayor que la de Salomón y la generación contemporánea no lo escucha.

¿No serán signos para nosotros para que en verdad descubramos la obra salvadora de Jesús y la sabiduría de sus palabras? Cerramos nuestros ojos a las obras de Dios, cerramos nuestros oídos y nuestro corazón a la sabiduría del Evangelio de Jesús. ¿Hay algo mayor o mejor que el evangelio que nos lleve a una mayor plenitud de vida y por caminos de mayor felicidad?

Algunas veces tenemos a nuestro alcance las mejores comidas con los mejores sabores, pero nos hemos acostumbrado de tal manera que ya no sabemos apreciar eso tan rico y sabroso que se nos ofrece. Nos puede pasar con el evangelio de Jesús que de tal forma nos acostumbremos que hayamos perdido el sabor de su sabiduría.

lunes, 16 de octubre de 2017

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Romanos (1,1-7); Sal 97; Lucas (11,29-32)

En la vida tenemos que aprender a fiarnos; no podemos andar continuamente en la desconfianza y en el estar pidiendo pruebas para todo. Es normal que queramos estar seguros en lo que hacemos, en los pasos que damos, en lo que nos dicen, pero no todo podemos comprobarlo por nosotros mismos. Vivimos en un mundo de relación y nos vamos intercambiando muchas cosas en la vida y ya tenemos que dar por supuesto que aceptamos y creemos aquello que recibimos de los demás, serán noticias o conocimientos, será la personal experiencia de cada uno que puede enriquecer a los demás, es el devenir de la vida misma.
Eso significa también que no podemos estar viendo malicia siempre en lo que los otros hacen o nos dicen, porque nos haría la vida insoportable y eso puede ir creando un poso de amargura en nuestro interior que ni nos deja ser felices ni ayudamos a la felicidad de los demás.
Es cierto que hay gente que actúa con esa malicia, pero no podemos caer en las redes de nosotros actuar de la misma manera; nos hace falta una limpieza de intenciones en nosotros mismos, una carga grande de sinceridad como al mismo tiempo una gran comprensión en nuestro corazón ante los desaires que vayamos recibiendo en la vida. No podemos perder la estabilidad de nuestra vida, hemos de saber caminar con paz en el corazón y los recelos a eso no ayudan, hemos de intentar poner por delante la carta de la confianza que nos facilite las relaciones entre unos y otros. Cuando andamos con desconfianzas y recelos es que no creemos en las personas y eso rompe la armonía de la convivencia.
Hoy en el evangelio vemos que hay gente que no termina de creer en Jesús. Son muchos los milagros y signos que realiza, claramente habla del Reino de Dios y de las actitudes que hemos de tener en nosotros para poder vivirlo, su Palabra es un arroyo de luz inmensa sobre las vidas de aquellas gentes atormentadas por tantos sufrimientos, muchos le siguen entusiasmados y hay momentos en que multitudes se congregan en su entorno.
Sin embargo hay gente que no termina de entender el mensaje de Jesús, se ciegan y no son capaces de ver las obras de Dios que en Jesús se manifiestan. Están pidiendo signos y pruebas continuamente. Hay desconfianza en su corazón quizá porque vislumbran que aceptar a Jesús significará para ellos que muchos cambios de mente, de actitudes, de manera de obras tienen que realizarse en sus vidas.
Y Jesús les habla del signo del profeta Jonás. Que no fue solo el que fuera devorado por el cetáceo y luego pudiera volver con vida para hacer el anuncio que le pedía el Señor en la ciudad de Nínive, que tanto temía él. El signo de Jonás en este caso es su predicación con la llamada a la conversión y la respuesta que dio aquella gente a la palabra de profeta. Creyeron, se convirtieron al Señor y no cayó sobre aquella ciudad todos aquellos males el que el profeta anunciaba. Y como les dice aquí hay uno que es más que Jonás, o más que Salomón a quien vino a ver la reina del Sur entusiasmada por las noticias de la sabiduría del Rey.
¿Que tenemos que hacer nosotros ante Jesús? creer en su Palabra y dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu. Es la actitud humilde y de corazón abierto de María de Betania que se sentaba a los pies de Jesús para escuchar sus palabras; se confiaba a Jesús, abría su corazón a su palabra, se bebía sus palabras para descubrir lo que era la voluntad de Dios.
Y con esa misma confianza y apertura de corazón tenemos que aprender a ir también a los demás. Cuanto de bueno podemos hacer si nos amamos, si confiamos los unos en los otros, si sabemos sentirnos en comunión, si nos disponemos seriamente a trabajar codo con codo con los demás por hacer un mundo mejor.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

lunes, 13 de octubre de 2014

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1;  Sal 112; Lucas 11,29-32
Piden signos, piden milagros; pedimos milagros, necesitamos signos; ¿qué es lo que necesitará nuestro mundo para creer? ¿Cómo será que tengamos que hacer el anuncio de Jesús para que el mundo crea? Preguntas, interrogantes que se hace la gente para creer, cuando llegan a hacérselas;  quizá podemos haber caído en una situación en que a muchos ya ni les interese el hecho religioso, no se pregunten por Dios, porque vivan muy cómodamente sin Dios.
Permítanme todo esto que voy diciendo porque son interrogantes que se me plantean por dentro, porque de todo eso podemos encontrar en nuestro entorno; ¿qué es lo que hacemos los cristianos para despertar la fe en los que nos rodean? ¿seremos signos con nuestra vida que atraigamos a los demás a la fe en Jesús? Muchas cosas que me van surgiendo en el interior.
En el evangelio hemos escuchado que Jesús se queja porque la gente de su tiempo no hacía sino pedir signos y milagros. No eran capaces de ver todas las acciones de Jesús. No llegaban a descubrir quien era realmente Jesús. Podían quizá sentir admiración; había cosas que decía y anunciaba Jesús que podían llamarles la atención. Quizá buscaban el milagro fácil que les resolviera las cosas sin poner de su parte demasiado esfuerzo. O quizá la petición de milagros era como una disculpa para no llegar a creer, para no comprometerse con una fe en Jesús.
Jesús les recuerda momentos de su historia, lo que ha sido parte de la historia de la salvación. Lo sucedido con Jonás que había sido enviado a Nínive a predicar la conversión de aquel pueblo para que no mereciera el castigo, tuvo miedo, quiso embarcarse en sentido contrario y se fueron sucediendo una serie de hechos, que tras haber sido devorado por un cetáceo se había decidido a cumplir su misión. Y la Palabra que anunciaba en Nínive, aquella gran ciudad, convirtió los corazones de los ninivitas. Lo que le había sucedido a Jonás se convirtió en un signo para aquellas gentes y se convirtieron. Ahora les dice Jesús que el signo de Jonás es también para ellos, pero no quieren aceptarlo. El haber sido devorado por aquel cetáceo y su vuelta vivo a la playa a los tres días se convertirá en un signo de la Pascua de Jesús. Pero no todos lo aceptarán.
Les habla también de la sabiduría de Salomón por quien la reina del sur había hecho largo viaje para escucharlo.  Ante ellos estaba la sabiduría divina porque Jesús es la Palabra viva de Dios y no lo creen. Se levantarán los ninivitas contra aquella generación; se levantará también la reina del sur contra ellos porque no supieron descubrir la Sabiduría de Dios que se manifestaba en Jesús.
Pero tenemos que hacer referencia a lo que ahora nos sucede en este mismo sentido. Es cierto que mucha gente sigue buscando milagros y parece que si no los tienen no llegarán a creer. Es el correr de las gentes adonde se enteran que sucedes cosas extraordinarias, o el acudir muchas veces a los santuarios de su devoción buscando aquel lugar donde se realicen más milagros. Pero aun así, ¿terminarán por creer de verdad?
¿Serán realmente milagros lo que necesite la gente o necesitará testigos? Creo que por ahí es por donde tendrían que ir las cosas, pero para que nosotros los creyentes nos interroguemos si en verdad somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean. Venimos a la Iglesia, participamos en muchas celebraciones, nos decimos que somos personas muy religiosas, pero realmente nuestra manera de actuar, nuestra manera de vivir nuestra fe y nuestros actos religiosos y hasta la participación en las celebraciones, ¿nos convierte en testigos de esa fe ante el mundo que nos rodea, ese mundo que decimos que está pidiendo milagros?
Creo que ese tendría que ser nuestro verdadero interrogante para los que estamos más cerca de la Iglesia o más comprometidos. Tenemos que ser testigos, nuestras vidas, nuestra manera de actuar, nuestro compromiso tiene que ser signo de salvación para los que nos rodean. Es importante que nos hagamos ese planteamiento y esa sea la respuesta que nos está pidiendo la Palabra del Señor que estamos escuchando. La rectitud de nuestra vida, el amor con que vivimos,  el compromiso por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor, el complicarnos la vida en cosas buenas y justas, tienen que ser esos signos  de nuestra fe, para que los demás se interroguen por su vida, por su fe, y vayan en verdad en búsqueda de Jesús.

Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca.