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miércoles, 29 de abril de 2020

Palabras de esperanza y para sentirnos fuertes cuando nos invita a que vayamos a El pero que seamos también ánimo y descanso para los cansados que caminan a nuestro lado



Palabras de esperanza y para sentirnos fuertes cuando nos invita a que vayamos a El pero que seamos también ánimo y descanso para los cansados que caminan a nuestro lado

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
¡Qué cansado estoy! Habremos escuchado decir más de una vez a un familiar, o a un amigo, o acaso nosotros mismos hemos sentido esa sensación de cansancio que casi nos hace tirar la toalla en expresión de querer abandonarlo todo porque no podemos más. muchas veces porque el trabajo se nos acumula, las cosas vienen parece unas sobre otras y no nos dan tiempo ni para respirar; fuertes son las obligaciones y el peso de las responsabilidades que tenemos y mucho es el esfuerzo que tenemos que hacer; vivimos en tensión continua porque tenemos que ir respondiendo en cada momento a la situación que vivimos que es cambiante, que es exigente, que nos pide nuevas cosas cuando ya no sabemos qué es lo que podemos dar o lo que podemos hacer; es quizá el aburrimiento de aquellos que no saben qué hacer, o no tienen qué hacer porque quizá eludan responsabilidades y en esa inacción terminan igualmente casados, pero como decíamos de aburrimiento.
Muchas y diversas son las situaciones en que nos podemos encontrar; son las aflicciones de la vida, los agobios cuando quizá no sabemos buscar una paz interior que nos dé serenidad para afrontar las situaciones, para poder ver con mayor claridad, las problemática de la vida que nos hace sufrir en los que están a nuestro cuidado, en la desorientación que vemos en nuestro mundo, en nuestros dirigentes quizás también tantas veces y que no ayuda a tener la estabilidad que necesitamos; es nuestro interior que anda revuelto porque no sabemos a donde vamos, qué metas podemos tener para nuestra vida, o la misma superficialidad con que vivimos al final nos produce ese vacío y ese desánimo para caminar, para seguir luchando.
Son situaciones que vivimos, de forma personal, que vemos en el ambiente, en el mundo que nos rodea, que se nos mete en lo más hondo de nuestras entrañas, que en ocasiones nos puede hacer perder también la inestabilidad en nuestra fe y todo son dudas, interrogantes, oscuridades que nos impiden incluso ver la luz que nos viene de lo alto y sabemos que nunca nos va a fallar.
Y hoy Jesús nos dice ‘venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados que en mi encontrareis vuestro descanso’. Son palabras de esperanza, que nos levantan el ánimo, que nos hacen sentirnos fuertes por dentro porque sabemos que no estamos solos, que dura puede ser la tormenta pero siempre aparecerá el arco iris de la paz que en el Señor encontramos. Pero tenemos que despertar, porque estamos tan adormilados en ocasiones que ya ni escuchamos ni nos acordamos de esas palabras de Jesús.
Seguramente tenemos la experiencia, aunque fácilmente tantas veces olvidamos, de esa presencia del Señor junto a nosotros en los momentos más difíciles u oscuros que hayamos podido vivir. Tenemos que reavivar en nosotros esas experiencias positivas que hayamos vivido en otros momentos, pero nos serán de gran ayuda para cuando de nuevo nos llegue la tormenta. Momentos de paz que vivimos quizá en medio de una celebración, momentos de paz que sentimos en nuestro interior en un encuentro con los hermanos en una celebración especial, momentos de paz que sentimos cuando alguien llegó a nuestro lado y tuvo para nosotros una palabra de luz, un gesto que en aquel momento nos hizo despertar, una señal a través de algún acontecimiento donde vimos la mano del Señor. Son múltiples las experiencias de este tipo que hayamos podido tener.
Pero hay algo también que no debemos olvidar. Que tú, que yo, que cada uno de nosotros puede ser, tiene que ser ese momento o ese lugar de descanso y de paz para los que caminan a nuestro lado. Esa fe nuestra vivida con dignidad, esa vida íntegra que intentamos vivir, esos gestos nuestros de cercanía y amistad que nosotros podamos tener para los demás, esa palabra buena dicha en momento oportuno pueden ser signos de ese presencia de Dios que a través nuestro se acerca a los hermanos cansado y afligidos que caminan junto a nosotros en ese camino de la vida. Piensa lo bello que puede ser ese gesto de tu vida que va a ayudar a levantarse al hermano y a hacer que sienta esa paz y ese descanso en el Señor.

sábado, 4 de abril de 2020

Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía Caifás, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal del misterio de Cristo



Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía Caifás, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal del misterio de Cristo

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57
‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Es la preocupación que tienen los dirigentes judíos ante el caso de Jesús que se les iba de las manos. Ahora llegan noticias de lo sucedido en Betania donde ha resucitado un muerto y las gentes están entusiasmadas por Jesús. Parece que las cosas se les complican para sus intereses.
Momentos difíciles, momentos propicios para el enfrentamiento entre unos y otros, piensan, aunque ellos no son capaces de calibrar, cegados por sus intereses, lo que Jesús ha enseñado a los que le siguen y no el camino de la violencia por el que Jesús quiere transitar. Pero eso ellos no lo ven. Temen  que en una revuelta intervengan los romanos y la opresión sea más fuerte de lo que ahora están viviendo. La reacción puede ser violenta y ellos quisieran adelantarse a lo que pueda suceder. Sus propios intereses también están en juego, su poder y su influencia que tantos beneficios les proporcionan.
Nos movemos por intereses y cuando podemos tener pérdidas en lo conseguido de la forma que sea la reacción puede ser temeraria. Tratamos de quitar de en medio aquello que pudiera perjudicarnos en nuestras aspiraciones. Lo más noble que llevamos dentro parece que desaparece porque tenemos la ambición de las grandezas humanas y eso es una fuerte tentación para nosotros. Los que tienen afanes de poder ocultarán, manipularán, desinforman de la auténtica realidad poniendo las cosas solo desde el lado de sus intereses. Son cosas que seguimos viendo todos los días.
Y de ahí surgen las luchas y enfrentamientos quizás hasta con los más cercanos a nosotros; son los hilos en que se mueve la política en tantas ocasiones, que ya no es buscar el interés y el bien del pueblo, de todos, sino nuestros particulares intereses, la imposición de nuestra manera de pensar, el dar a entender que los que no piensen como ellos no son buenos, no trabajan por el bien común, y así no sé cuantas cosas que vemos en la vida diaria, en la vida social y política. Tenemos que abrir los ojos, que nos quieren cegar en tantas ocasiones.
Mirando el evangelio y dándonos cuenta de las ambiciones de aquellos dirigentes en la época de Jesús nuestro pensamiento llega hasta las situaciones actuales que nosotros podamos vivir y se convierte en una luz que ilumina y que nos quiere hacer despertar.
Vamos de nuevo a la página del evangelio. En esas disquisiciones andaban sin saber qué hacer, viendo como las cosas se les iban de la manos, como decíamos, será el Sumo Sacerdote de aquel año, Caifás, el que venga a darles una pista de solución. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Ahí estaba la solución, había que acabar de una vez por todas con la presencia de Jesús. Palabras dichas desde sus intereses, pero palabras que el evangelista nos viene a decir que se convierten en palabras proféticas sobre el destino de Jesús. ‘Conviene que uno muera por todo el pueblo’. Y nos dice el evangelista que el sacerdote no hablaba solo por si mismo sino desde la condición del cargo que ejercía como Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén.
Era lo que Jesús había anunciado repetidamente a sus discípulos y los discípulos no habían sabido comprender. Le daban vueltas en su cabeza a las palabras de Jesús y hasta Pedro había intentado quitarle de la cabeza a Jesús aquel pensamiento de que habría de sufrir porque sería entregado en manos de los gentiles para que lo mataran. Pero es lo que ahora va a suceder.
Nos encontramos a las puertas de la Semana Santa en la que vamos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección. Adentrémonos en ese misterio. Es cierto que este año con las circunstancias que vive nuestro mundo ni podremos hacer las celebraciones litúrgicas, ni expresar pública y externamente nuestra fe con las procesiones, pero eso no quita para que vivamos desde lo más profundo de nosotros mismos este misterio pascual.
Puede ser que hasta nos convenga, dejar a un lado esos esplendores externos que muchas veces nos pudieran distraer de lo que es el verdadero misterio que celebramos. Lo tendremos que hacer en silencio, en el recogimiento de nuestros hogares, en estos momentos en que tenemos que vivir con una especial austeridad por las circunstancias que vivimos, pero que quizá nos puede ayudar a darle una mayor interioridad.
Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía el sacerdote, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal. Porque el misterio pascual de Cristo no podemos dejar de vivirlo. Os invito a que pongamos también alguna señal de que en casa, en el corazón de cada uno de nosotros lo estamos viviendo. A través de las redes se nos sugieren muchas cosas que pongamos en nuestras puertas o en nuestras ventanas y balcones como una señal externa de lo que en el interior estamos viendo. No dejemos de vivir el misterio de Cristo.


viernes, 24 de mayo de 2019

Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción


Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción

Hechos 15,22-31; Sal 56: Juan 15, 12-17
Alguien ha definido la pascua como el tiempo del amor. Es el tiempo en que se derrama el Espíritu sobre nuestros corazones y es Espíritu de amor. Ya en el primer día de la pascua contemplábamos como Jesús derramaba su Espíritu sobre los apóstoles en el cenáculo para el perdón de los pecados y concluiremos el tiempo pascual en la fiesta del Espíritu, Pentecostés, que se derrama como espíritu de amor sobre todo los que creemos en Jesús.
Repetidamente en el evangelio vamos escuchando, como lo hacemos estos días, la invitación y el mandato de Jesús que es el amor que ha de ser de verdad nuestro distintivo, nuestra auténtica señal de identidad, y al mismo tiempo vamos invocando al Espíritu que nos anuncia Jesús para que se derrame sobre nosotros y nos transforme los corazones.
Nos pide Jesús que nos amemos y que nos amemos como El nos ha amado y a continuación nos pone el listón bien alto. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y nos dice que somos sus amigos, que El ha sido quien nos ha elegido y que hemos de dar en consecuencia frutos de amor. Significará entonces la entrega que nosotros hemos de vivir para amar con un amor como el de Jesús. ¿Estaremos nosotros también a dar la vida por nuestros amigos? Es el amor más grande, es el amor que nosotros hemos de vivir.
Pero como nos ha ido señalando a lo largo del evangelio no solo hemos de amar a los que nos aman, saludar a los que nos saludan; como nos dice El mismo, eso lo hace cualquiera. Pero nosotros no somos cualquiera, nosotros somos los que hemos experimentado en nuestra vida el amor del Señor, somos los amados de Dios que hemos de amar con un amor igual. Por eso nos hablará de la comprensión y de la misericordia de las que hemos de llenar nuestro corazón, para amar a todos, para ser comprensivos y misericordiosos con todos, para parecernos al Padre que es compasivo y misericordioso, que ha de ser nuestra meta y que vemos reflejado en el rostro de Cristo.
Pero esto no puede ser una doctrina o una teoría, esto hemos de traducirlo en las obras de cada día de nuestra vida, con aquellos que están a nuestro lado que decimos que amamos pero que tantas veces tienen que soportar nuestros desaires y nuestro mal humor, pero que hemos de traducir en lo que hagamos con cualquiera que nos vayamos encontrando en el camino de la vida.
Quien ama con un amor como el de Jesús no podrá ir por la vida con los ojos cerrados para no ver, para que no nos hieran los sufrimientos de los demás, para desentendernos de los problemas de los otros. Nuestro corazón nunca se podrá cerrar, siempre ha de ser un corazón abierto en el que vayamos poniendo el sufrimiento y las carencias de los hermanos con los que nos vamos encontrando. Claro, se necesita llevar los ojos bien abiertos, con las pupilas bien dilatadas con los colirios de la fe y del amor para que quepan todos en nuestro corazón.
Es el tiempo de la pascua que es el tiempo del amor, como decíamos al principio. Es el paso de Dios por nuestra vida que llega a nosotros en tantos crucificados que nos vamos encontrando en los caminos, pero a los que hemos de conducir a la pascua de una nueva vida de amor, el amor que nosotros seamos capaces de compartir con ellos.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Para nosotros contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida y querer vivir todo el compromiso de nuestro amor


Para nosotros contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida y querer vivir todo el compromiso de nuestro amor

Números 21, 4b-9; Sal 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

A las personas se nos conoce y se nos distingue por una serie de signos externos ya sea en nuestros vestidos o aditamentos que nos pongamos, ya sea en expresiones o gestos de nuestro rostro o de nuestro cuerpo, o ya sea en nuestra manera de ser o de actuar. Así nos distinguimos, expresamos lo que somos o quienes somos. Por otra parte en las reglas y normas de la sociedad en la que vivimos portamos con nosotros un documento de identidad que contiene unos datos básicos sobre nuestra persona y que oficialmente, por así decirlo, nos identifica.
Pero ¿esa es toda nuestra identificación en la vida? ¿No habrá algo más profundo en nosotros que identifique nuestra persona por el sentido que le hemos dado a nuestra vida? Creo que podemos entender que nos estamos refiriendo a lo que da sentido a nuestra vida desde nuestra fe. ¿Qué nos identifica como cristianos? ¿Qué signos llevamos en nuestra vida que señale claramente qué es lo que somos y quienes somos?
El signo no lo podemos reducir a algo material que llevemos impuesto sobre nosotros como si fuera solamente un vestido, un adorno o un aditamento externo. El signo sabemos bien que tiene que ser nuestra vida impregnada de amor, porque eso es lo que verdaderamente nos distingue como discípulos de Jesús. ‘En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice Jesús.
Pero eso no impide que llevemos en nosotros una marca, también una señal externa de lo que es nuestra fe en la salvación que recibimos de Jesús y de lo que es el amor que vivimos con los hermanos. ¿Qué mejor señal que la cruz? Con ella fuimos ya marcados desde nuestro bautismo. Pero repito no es un aditamento externo sino una señal de nuestro compromiso, el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor.
Por esa señal de la cruz confesamos nuestra fe. Así lo hacemos cuando trazamos la señal de la cruz sobre nosotros ‘en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Con ello estamos haciendo una profesión de fe, una proclamación de la fe que tenemos. Y lo hacemos con la Cruz salvadora de Jesús, puesto que en la entrega de Jesús en su muerte en la cruz obtuvimos la salvación, la redención de nuestros pecados, el nacimiento a una vida nueva. Con qué respeto y veneración tendríamos que hacer la señal de la cruz, no como algo mágico sino como una auténtica confesión de fe en nuestro Salvador.
Llevamos también sobre nosotros el signo de la cruz, pero que nunca sea como un adorno o una ostentación. La cruz significa sacrificio, significa entrega, significa amor. Con esa gallardía entonces hemos de llevarla, porque así queremos expresar nuestro amor, nuestra entrega, la capacidad que tenemos de darnos y de sacrificarnos por los demás. La cruz es despojo y es pobreza porque también es lugar de muerte, pero cuando llevemos nosotros la cruz como un signo sobre nosotros signifique cómo somos capaces de despojarnos de nosotros mismos, de nuestro yo, de nuestro orgullo, de nuestros caprichos para vivir para los demás, para vivir en ese sentido y estilo de vida nueva que Jesús nos ofrece y que en la cruz de Jesús aprendemos. Será así cómo vamos manifestando de verdad nuestro distintivo de cristianos.
Hoy, 14 de septiembre, estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Fiesta que en muchos lugares se transforma en una fiesta de Cristo crucificado, como lo es en nuestra tierra las fiestas del Cristo de La Laguna que hoy se celebran. En mi ciudad de Tacoronte celebraremos en los próximos domingos, como una prolongación de este día, la fiesta de Cristo abrazado a la Cruz y mostrándonos la cruz como la señal y el testigo de su amor; son las fiestas del Cristo de los Dolores, de Tacoronte. Y así en otros muchos pueblos a lo largo de toda la geografía.
Y es que no podemos separar la exaltación de la Santa Cruz de Cristo en ella crucificado. Así surgen en este día todas estas fiestas de la devoción del pueblo cristiano. No miramos nunca a la Cruz separada de Cristo, porque es en Cristo en ella crucificado donde encuentro todo su sentido de amor. Para nosotros, pues, contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida; celebrar la cruz de Cristo es querer vivir todo el compromiso de nuestro amor. Por eso con orgullo llevamos la cruz como un signo vivo grabado en nuestra vida. 

lunes, 12 de octubre de 2015

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

1Crónicas 15,3-4. 15-16;16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

El pilar es un signo y una señal. Fundamentamos los edificios sobre fuertes pilares que van a sostener la trabazón de todo el edificio y nos hablan de la fortaleza de lo que edificamos; pero también podemos decir que es una señal porque un pilar colocado en un sitio determinado nos puede estar señalando lo importante que allí podemos encontrar, pero también puede ser una señal que nos indique una dirección a seguir para no perder el norte o la dirección de nuestro camino.
He querido comenzar mi reflexión con estas imágenes porque hoy estamos celebrando a la Santísima Virgen María en su advocación y título del Pilar por la representatividad de su imagen sobre una columna o un pilar. Nos recuerda una hermosa tradición que nos habla de la presencia de María ya desde los orígenes de la fe cristiana en nuestras tierras hispanas con la predicación del Apóstol Santiago, a quien se le manifestó la Virgen María como fortaleza de Dios en la difícil tarea del anuncio del Evangelio en nuestra tierra.
Da igual que tengan o no tengan fundamento histórico estas piadosas tradiciones - no vamos a entrar en discusiones de tipo histórico que pienso son lo menos importante en este caso -, porque lo importante es el signo de María presente en el caminar de nuestra fe en nuestra tierra hispana a lo largo de los siglos, en los que María ha sido siempre un faro seguro que nos ha conducido a la fortaleza de nuestra fe en Jesús. Ella siempre nos conduce a Cristo y nos enseña a dejarnos iluminar por su luz.
María así es para nosotros ese pilar, esa columna que nos ayuda a mantener firme nuestra fe frente a todas las acechanzas y peligros. Con María a nuestro lado, en ese lugar preciso y precioso en que Dios quiso colocarla en la historia de la salvación, nos sentimos seguros en el camino de nuestra fe, nos sentimos fortalecidos con la gracia del Señor de la que ella es intercesora en favor nuestro. María en su imagen del Pilar se convierte así en signo de esa presencia y de esa gracia del Señor que con la mediación de la madre llega a todos sus hijos; es el signo que nos habla de esa firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, pero es el signo también de lo que tiene que ser nuestro amor del que María nos enseña a amar como nos amó Jesús.
Estando al lado de María nos sentimos seguros en la orientación y en la dirección que le damos a María. Con ella nunca nos sentiremos engañados; si escuchamos de verdad a María en nuestro corazón - cómo tendríamos que aprender a hacer silencios en nuestro corazón cuando vamos al encuentro de María para no solo atiborrarla con nuestras peticiones sino también sobre todo para escuchar sus inspiraciones en lo secreto de nuestro corazón - ella nos llevará siempre hasta Jesús. Siempre María es esa señal que nos dirige hasta Jesús y nos dice ‘haced lo que El os diga’.
‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, escuchábamos a la mujer anónima del evangelio prorrumpiendo en cánticos de alabanza a María, pero también escuchábamos a Jesús que completaba ese cántico diciéndonos que seremos en verdad dichosos como María si como ella escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón. Así María es ese pilar, ese signo de fortaleza, esa señal que se hace camino que nos conduce a Jesús, ese ejemplo que hemos de seguir y ese amor que hemos de vivir.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Es Cristo en verdad la salvación que todos esperamos?

Is. 35, 1-6.10;

Sal. 145;

Sant. 5, 7-10;

Mt. 11, 2-11

‘Estas viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo’, decíamos en la oración de este tercer domingo de Adviento.

Y ya se nos va adelantando la alegría de la Navidad que llega. No pienso sólo en ese ambiente consumista y demasiado comercial que nos rodea a pesar de los momentos difíciles por los que pasa nuestra sociedad, sino pienso en la alegría honda de los cristianos que llenos de esperanza nos preparamos a celebrar con el mejor sentido el nacimiento del Señor.

Este tercer domingo tiene ya esos aires se alegría que se nos manifiestan en las antífonas y los diferentes textos de la liturgia. Una alegría nacida de la esperanza de salvación que nos anima y una alegría en los pasos de conversión y purificación que vamos dando.

La liturgia vuelve a presentarnos al Bautista. Pero en esta ocasión, escuchamos en el evangelio, está encarcelado por Herodes y desde allí envía a sus discípulos a preguntar a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ Por muchas razones podemos entender esta pregunta de Juan, quien lo había señalado allá en el Jordán como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ porque había visto la gloria del Señor manifestarse sobre El después del Bautismo.

Quizá para que sus discípulos entendieran también que Jesús era el Mesias esperando porque en El se cumplían las Escrituras, como un día lo habían entendido Andrés y Juan que sí se habían ido con Jesús. Quizá porque a él mismo le entraban dudas al ver la forma distinta de actuar de Jesús de lo que había pensado e incluso anunciado. En la respuesta de Jesús, más que con palabras con signos, podemos entenderlo. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído?’, les responde Jesús.

Quizá también, es posible, porque esa pregunta es de alguna manera una pregunta que nosotros hoy, nuestro mundo hoy se pueda seguir haciendo. ¿Tenemos que seguir esperando hoy un salvador o ya no lo necesitamos? Una pregunta o interrogante muy serio y yo diría importante. ¿Qué salvación espera el mundo de hoy, esperan los hombres de hoy? En la confusión de las gentes en los tiempos de Jesús quizá esperaban caudillos que le dieron libertad e independencia al pueblo de Israel frente a pueblos extranjeros. Es posible que en nuestro mundo tan materializado en el que vivimos lo que esperamos – al menos para muchos - es simplemente solución a esos problemas económicos o sociales que nos afectan.

Pero ¿cuál sería esa salvación? Porque a pesar de todo hay otras ansias más hondas en el corazón del hombre que muchas veces se ven acalladas y silenciadas en nuestros temores o en nuestros agobios. Quizá se buscan señales de algo nuevo y distinto que nos dé hondura a la vida, que sacie aspiraciones hondas, o que eleve nuestro espíritu en búsqueda de algo más alto o más espiritual. En el fondo pudiera ser que el hombre tuviera hambre de Dios sin saberlo reconocer y necesite unos signos o unos testigos que nos eleven o que nos hagan soñar en algo mucho más hermoso.

Creo que en lo que dice Jesús a los enviados de Juan podemos vislumbrar una respuesta. Jesús se había puesto a curar a los enfermos, a dar vista a los ciegos, a hacer caminar a los inválidos, a limpiar a los leprosos, había dado la vida a los muertos y se les anunciaba una buena noticia a los pobres. ‘Id y decir a Juan lo que habéis visto y oído’, les dice Jesús a los enviados.

A la pregunta sobre la vida y la felicidad, que en fin de cuentas es la pregunta por una salvación que se espera, Jesús había respondido ofreciéndonos la posibilidad de hacer un mundo distinto: un mundo de amor donde nos sentiríamos hermanos, un mundo de perdón y de vida donde predomina la misericordia y la compasión, un mundo donde aprendiéramos a valorar lo que es verdaderamente importante para el hombre, un mundo de vida y no de muerte, un mundo que construiríamos en la paz verdadera alejando toda violencia, un mundo de acogida y de generosidad, un mundo de esperanza porque nos sentimos amados y seremos capaces de amar de verdad, un mundo en que nos sentiríamos también perdonados, un mundo que llamaríamos Reino de Dios porque en verdad tuviéramos a Dios como centro, como Rey y como Señor verdadero de nuestra vida. Por ahí camina la verdadera salvación que hemos de buscar y que Jesús nos ofrece.

Los discípulos de Juan podrían comprender la respuesta que habían de llevar al Bautista porque habían visto los signos de esa salvación en lo que Jesús hacía. Pues, os digo una cosa, el mundo que nos rodea podrá llegar a comprender la respuesta de esa salvación si ve en nosotros los cristianos esos signos reflejados en nuestra vida y en nuestras actitudes, en lo que hacemos y en lo que vivimos. Decíamos antes que el mundo busca señales y testigos. Nosotros con nuestro actuar, con nuestra forma de vivir nuestra fe, con la forma con que le vamos a dar sentido hondo a nuestra navidad, tenemos que ser esas señales, esos signos, estos testigos para el mundo que nos rodea.

Esas imágenes que nos ofrecía el profeta Isaías en la primera lectura son una hermosa descripción de ese mundo nuevo que en Cristo podemos construir. Todo se siente transformado. Y nos habla de la naturaleza que se transforma, pero nos habla también de esa transformación que se produce en el corazón del hombre; una fortaleza nueva y una alegría profunda llenan la vida del hombre porque viene el Señor, se manifiesta la gloria del Señor. Saltan todas las limitaciones que pueden mermar la vida del hombre, y todo sufrimiento se ha de mitigar. ‘Vendrán al Señor con cánticos, en cabeza, alegría perpetua, siguiéndolos gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán’.

Y dos cosas, por una parte en nuestro camino de Adviento y preparación para la navidad es por ahí por donde tenemos que caminar. Y si ponemos cada día un poquito más de vida en nuestro mundo porque nos amamos más, porque somos capaces de perdonarnos y ser misericordiosos los unos con los otros, porque compartimos más lo que tenemos para que nadie sufre a nuestro lado, si buscamos el bien y la verdad con la autenticidad de nuestra vida, podremos llegar a vivir una honda navidad.

Y por otra parte pidamos al Señor que se nos abran los ojos a nosotros y se abran los ojos a los que nos rodean, para que sean capaces de ver esas señales, esos signos que se dan de muchas maneras a nuestro alrededor, en tantas personas entregadas, en toda la acción que por el amor y la justicia realiza la Iglesia – cuantos cristianos comprometidos por los demás trabajando en tantas acciones como cáritas, los enfermos, los necesitados o los que sufren de alguna manera -. La gente se fija más en un mal ejemplo o en un mal testimonio que pueda surgir por aquí o por allá, pero no son capaces de ver cuánta gente sacrificada y llena de amor hay en la Iglesia trabajando por los demás.

Que en verdad nos sigamos preparando en este camino que estamos haciendo; y nos preparamos dando nosotros señales con nuestra vida de ese mundo nuevo que en Jesús podemos realizar para poder responder a esa pregunta de nuestro mundo que con Jesús viene en verdad la salvación y la vida nueva; y nos preparamos también purificándonos de todo pecado, como pedimos en las oraciones litúrgicas, para que lleguemos a celebrar la navidad , fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante.

sábado, 8 de agosto de 2009

Cuidado, no te olvides del Señor que te sacó de Egipto

Deut. 6, 4-13
Sal. 17
Mt. 17, 14-19


Cómo nos acordamos de Dios, le suplicamos, le rogamos, le prometemos no sé cuantas cosas cuando tenemos problemas, cuando las cosas nos van mal o no salen como nosotros quisiéramos, cuando nos aparece la enfermedad. Como se suele decir, nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Pero qué pronto olvidamos todas esas súplicas y promesas, qué pronto prescindimos de Dios cuando las cosas nos van bien, nos llega la prosperidad y el bienestar. Eso lo estamos viendo cada día en nosotros y en la sociedad que nos rodea. Las sociedades en las que se llega una situación de bienestar vemos cómo lo religioso se deja a un lado, la gente se vuelve indiferente en lo religioso y cada uno va a vivir su vida cómo puede o como quiere.
De todo eso quería prevenir Moisés al pueblo de Israel para cuando llegasen a la prosperidad de la tierra prometida. Se los dice claramente. ‘Cuando el Señor, tu dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres, que te había de dar, con ciudades grandes y ricas… casas rebosantes de riquezas… viñas y olivares... cuidado, no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud…’
Les dice que tienen que recordarlo siempre, no lo pueden olvidar. Por eso como quien pone una señal allí donde la vea para no olvidar lo que tiene que hacer, emplea unas imágenes de cómo ha de ser ese recuerdo. Muchas veces nosotros buscamos la manera de no olvidar algo, y pones una marca en algún lugar, utilizamos algún truco en las cosas que tenemos a mano. Pero no es la señal lo importante sino aquello que tenemos que recordar.
Moisés les dice. ‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas entrando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Se tomaron muy al pie de la letra estas palabras.
Todos hemos visto las imágenes de judíos ultraortodoxos, con sus vestiduras y sombreros negros, con unas cintas que cuelgan de los tirabuzones de sus cabellos… Es el querer tener presente al pie de la letra estas palabras del Deuteronomio. Bien sabemos cómo Jesús les echa en cara a los fariseos que alargan las filacterias o las franjas de sus mantos. Es que ahí copiaban este texto del Deuteronomio para no olvidarlo y aún hoy podemos ver en las puertas de las casas de los judíos más cumplidores esas señales en sus puertas donde escriben estas palabras de la ley. Pero, como decíamos, lo importante no son las señales sino el recuerdo hecho vida de la Palabra del Señor.
‘Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,, con toda el alma, con todas las fuerzas’. Recordamos cómo en el evangelio los letrados que querían poner a prueba a Jesús le preguntaban por el primer y principal mandamiento y el Señor les respondía con estas palabras. ‘¿Qué lees en la ley?’ Era algo que todo judío se sabía de memoria y repetía muchas veces al día. Algo que hay que recordar bien, pues el monoteísmo es algo fundamental para el judío como para nosotros, algo que lo identificaba frente a los pueblos vecinos idólatras y politeístas. Moisés se los recuerda bien,
Y a ese Dios único hay que amar sobre todas las cosas como nosotros resumimos en los mandamientos. Porque Dios es el único Señor, el único que se merece todo nuestro amor. El único al que tenemos que adorar. El único que es el centro de nuestra vida.
Es también nuestra fe y lo que tiene que ser nuestro amor y nuestra vida. Algo que tampoco nosotros podemos olvidar. Algo que tenemos que repetir pero en la práctica de nuestra vida y es lo que tenemos que enseñar a los demás no sólo con nuestras palabras sino con muchos signos de que toda nuestra vida es para el Señor. No serán recuerdos ni signos meramente externos, pero también externamente, públicamente tenemos que manifestarlo. Algo que vivimos no sólo en los momentos en que nos vemos con problemas, sino en todo momento de nuestra vida, cuidando que el bienestar y la prosperidad nunca nos alejen de Dios. Cuidado, no te olvides del Señor que te ha amado y te ha salvado.

lunes, 20 de julio de 2009

No endurezcamos nuestro corazón sino contemplemos la gran señal que es Cristo resucitado

Ex. 14, 5-18
Cántico Ex. 15, 1-6
Mt. 12, 38-42

‘No endurezcáis hoy el corazón, sino escuchad la voz del Señor’. Ha sido la antífona del aleluya antes del Evangelio tomada de un salmo. Una invitación muy importante que nos hace el Señor ante la Palabra que se nos proclama. No endurecer el corazón. Un corazón duro se hace impenetrable a la gracia del Señor. Ya tendríamos que recordar lo que no dicen los profetas de cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne.
Lo endurecemos y se crea como una costra a su alrededor que impide que penetre esa gracia del Señor. Esa corteza de nuestro pecado que nos endurece e insensibiliza. Tantas cosas que nos insensibilizan y nos impiden escuchar la voz del Señor, cosas que nos distraen tanto que aunque oigamos no escuchamos.
Tantas veces nos sucede a nuestro oído llegan los sonidos pero a nuestro corazón no llega ninguna voz, porque no escuchamos. La imaginación – la loca de la casa, que decía santa Teresa - llena de imágenes nuestra mente que nos distraen y nos impiden escuchar. Perdemos esa sensibilidad de la escucha cuando nos dejamos llevar por la desgana, por la rutina, cuando no le damos profundidad a aquello en lo que estamos. Cuantas veces nos sucede que hemos venido a la celebración, se proclama la Palabra, pero al final ni recordamos lo que se ha dicho, ni hemos escuchado nada en nuestro interior.
Esta antífona tiene una relación muy fuerte con el evangelio que se nos ha proclamado. ‘Un grupo de letrados y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un signo tuyo, para que creamos en ti’. Le piden un signo a Jesús. ¿No han visto los milagros que ha hecho? Los leprosos curados, los paralíticos que andan, lo ciegos a los que se les han abierto los ojos, los sordomudos que oyen y hablan… Quieren ver un signo de Jesús. ¿No han escuchado su Palabra, esa Palabra salvadora y llena de vida que Jesús pronuncia?
‘Jesús les contestó: esta generación perversa y adúltera quiere ver una señal…’ Y les habla de Jonás, por cuya predicación la ciudad entera de Nínive se convirtió. Y les habla de la reina del sur, que conociendo la sabiduría de Salomón vino desde lejos solamente para escucharle. ‘Aquí hay uno que es más que Jonás… aquí hay uno que es más que Salomón’.
Pero la gran señal, el gran signo que Jesús quiere proponerles es Jonás, pero no sólo por la predicación en Nínive, sino por lo que fue y sucedió en su vida. Cuando Jonás recibió la Palabra del Señor que le enviaba a Nínive, en lugar de ponerse en camino tierra adentro para llegar hasta la gran ciudad, quiso poner mar por medio y se embarco en dirección contraria; a España por lo menos quería llegar. Suceden muchas cosas: la tempestad que casi hace zozobrar el barco, el ser arrojado al mar en medio de la tormenta porque comprende su culpa y piensa que así se vería liberado de ella, el ser tragado por aquel gran cetáceo que a los tres días lo vomitó sano y vivo en la playa.
Ese es el gran signo que Jesús les quiere proponer. ‘No se les dará más signo que Jonás’. El signo de Jonás nos está hablando de la resurrección. Porque Jesús está hablándoles de su propia resurrección. Murió, fue sepultado y al tercer día resucitó. Es la gran señal que Jesús nos da; es el signo de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado. Es el gran signo porque es el triunfo de Cristo y es lo que centra toda nuestra fe, porque sin creer en Cristo muerto y resucitado nuestra fe no tendría pleno sentido.
Escuchemos la voz del Señor, contemplemos a Cristo muerto y resucitado, no endurezcamos nuestro corazón, plantemos la palabra de gracia que nos salva en lo más hondo de nuestra vida. No huyamos de esa gracia salvadora de Jesús ni de la invitación que nos hace a seguirle y a convertirnos a El.