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viernes, 12 de agosto de 2011

Damos gracias a Dios por nuestra historia sagrada


Josué, 24, 1-13;

Sal. 135;

Mt. 19, 3-32

Cuando era niño en la escuela o en el colegio había una hora de clase que nos gustaba a todos; era la clase de historia sagrada en la que se nos narraban las historias de los personajes de la Biblia, la historia de Israel, y tanto del Antiguo Testamento como también de los evangelios contados así en forma de historia. Era algo ameno pero que nos dejaba grandes enseñanzas porque de alguna manera se nos estaba contando la historia de nuestra fe.

Es lo que le hemos escuchado hoy a Josué. Han entrado ya en la tierra prometida y él quiere hacer que el pueblo proclame su fe en el Dios que les ha salvado y conducido hasta aquella tierra, queriendo además que sea una respuesta libre pero bien firme, como mañana escucharemos. Lo que hoy se nos ha narrado en el texto es es recuerdo de la historia del pueblo de Israel haciendo resaltar en cada momento la presencia y la intervención de Dios en su propia historia. Es un pueblo creyente que sabe leer su vida y su historia desde su fe y descubre esa presencia del Señor que nunca les ha abandonado.

Desde Abraham y todos los patriarcas, su salida de Egipto, el paso del mar Rojo y su largo camino por el desierto hasta establecerse ahora en la tierra que Dios les había prometido, el Señor ha estado siempre presente, llamando, alentando, conduciendo, enseñando, corrigiendo, castigando incluso sus infidelidades, pero perdonando siempre amándolos sobremanera porque son su pueblo y El es su Dios.

Historia sagrada la llamamos porque desde nuestro sentido creyente vemos siempre esa mano del Dios presente en medio de su pueblo. Pero todos tenemos nuestra historia sagrada. Bueno sería que cada uno la recordáramos. Es nuestra historia personal, aunque enraizada en una familia y también en la pertenencia a un pueblo determinado, o una sociedad en la que hemos hecho y hacemos nuestra vida. Y decimos también historia sagrada la nuestra porque como creyentes hemos de saber leer la historia de nuestra vida a la luz de la fe y descubrir también esa presencia de Dios con nosotros.

Sería un buen ejercicio, por llamarlo de alguna manera, que nos vendría bien hacerlo más de una vez en la vida. Entonces descubriríamos por cuántas cosas tenemos que darle gracias a Dios, porque es tanto lo que el Señor nos ha regalado. Desde nuestro nacimiento y nuestro bautismo, desde la familia en la que nacimos y fuimos educados, desde todo ese proceso de crecimiento y maduración de nuestra vida en todos sus aspectos, nuestra niñez o nuestra juventud, nuestra vida adulta y lo que ahora somos y vivimos. Sepamos descubrir la acción y la presencia de Dios ahí en nuestra vida concreta.

Aunque haya habido momentos en nuestra vida que quizá no contábamos tanto con el Señor porque nuestra fe era muy elemental o quizá se había enfriado en nuestra vida; aunque quizá hayamos vivido momentos de infidelidad y pecado, no olvidemos que todos somos pecadores; aunque haya habido momentos muy difíciles y con muchos problemas que quizá nos volvieron rebeldes o con reacciones como muy especiales. Dios ha estado siempre ahí a nuestro lado, no nos ha abandonado, sino que siempre con lazos de amor ha querido atraernos hacia El para que sintamos su amor y su protección.

Quizá podamos haber tenido momentos especiales, experiencias especiales en que Dios nos habló a nuestro corazón. El nos habla por muchos caminos, en una celebración religiosa, en una lectura especial que hayamos hecho, en un consejo que alguien nos dio, en un momento de reflexión… de muchas formas, pero quizá podemos recordar esa luz especial que iluminó nuestra conciencia, nuestro corazón y nos hizo sentir ese calor del amor de Dios en nosotros.

Cada uno tenemos nuestra especial historia sagrada por la que tenemos que dar gracias a Dios. En el salmo, como respuesta a la Palabra que se nos iba proclamando, y haciendo precisamente un recuerdo de esa historia sagrada, fuimos dando gracias a Dios ‘porque es eterna su misericordia’. Hágamoslo muchas veces allá desde lo hondo del corazón. Que crezca nuestra fe. Que crezca el amor con que respondemos a Dios.

miércoles, 13 de julio de 2011

Marcha, te envío al Faraón, yo estoy contigo


Ex. 3, 1-6,9-12;

Sal. 102;

Mt. 11, 25-27

Esta semana hemos comenzado a leer en la primera lectura el libro del Éxodo del que aún no hemos hecho ningún comentario. Segundo libro de la Biblia y de tanta trascendencia en la vida e historia del pueblo elegido. El libro de la salida, eso significa Éxodo, que nos va a narrar la liberación de la esclavitud en la que habían caído los israelitas en Egipto bajo el yugo del Faraón.

Como escuchábamos estos días pasados ‘había subido al trono en Egipto un Faraón nuevo que no había conocido a José’, y teme lo que le pueda suceder si aquel pueblo que había crecido entre ellos se rebelase contra Egipto. Por eso los someten a duros y esclavizantes trabajos.

Ha comenzado la historia de Moisés a quien Dios elige con una misión grande para el pueblo de Israel y para la historia de la Salvación. Ya en su nacimiento se suceden cosas que son manifestación de la Providencia de Dios que humanamente incluso lo van a preparar la misión que Dios le va a confiar. Salvado de las aguas – eso significa su nombre – será intensamente educado al ser adoptado por la hija del Faraón, aunque luego tenga que huir porque su espíritu no soportará la esclavitud a que son sometidos sus hermanos y se refugió en el país de Madián, como ayer escuchábamos.

Hoy le vemos pastoreando los rebaños de su suegro Jetró y se sucederán las maravillas del Señor para significar esa llamada de Dios y esa misión que le va a confiar. La zarza ardiente, la voz que se oye desde el cielo llamándole y la disposición de Moisés para escuchar al Señor son unos primeros pasos.

‘Aquí estoy’, es la primera respuesta ante la voz del cielo. ‘La tierra que pisas es santa’, porque allí se estaba manifestando el Señor. ‘El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto como los tiranizan los egipcios’. Dios que escucha el clamor de su pueblo; Dios que, aunque nos pudiera parecer que se desentendiera de nuestros problemas, siempre está atento a cuando nos sucede y está pronto para darnos una respuesta. La respuesta en esta ocasión pasará por el envío de Moisés para liberar a su pueblo. ‘Ahora, marcha, yo te envío al Faraón para que saques a mi pueblo a los israelitas’.

En Moisés se manifiestan las dudas y sentimientos de incapacidad que luego veremos repetidos en los jueces y en los profetas, imagen también de lo que son nuestras dudas y nuestros sentirnos inferiores e incapaces cuando se nos quiere confiar una misión. Pero siente la presencia y la fuerza del Señor. ‘Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, me daréis culto en esta montaña’.

Comienza un largo camino que iremos recorriendo a grandes trazos en la lectura de la Palabra de Dios que iremos escuchando. Pero ya algunos mensajes vamos recibiendo que nos ayuden también en el camino de nuestra fe.

Moisés se abrió al Misterio de Dios. Admirado se acercó a la zarza ardiente preguntándose por su significado. Y como era un hombre de Dios pudo escuchar la voz del Señor que resonaba en sus oídos y en su corazón. Cuántas maravillas suceden a nuestro lado y nos falta capacidad de admirarnos para descubrir el mensaje y la llamada del Señor. No hacen falta que sean cosas extraordinarias o nunca vistas, sin embargo en el día a día de nuestra vida podemos descubrir esas maravillas del Señor que quiere hablarnos a nuestro corazón.

Moisés se dispuso a escuchar a Dios que le llamaba y le hablaba. ‘Aquí estoy’. La disponibilidad de la fe. Cuánto necesitamos decir también ‘aquí estoy’. Creemos en el Señor pero nos queda muchas veces la duda y el miedo. Pero en la fe hemos de saber dar un paso adelante, sin miedos, sin temores, con generosidad, con confianza. Y podremos escuchar a Dios. Y podremos sentir su amor que siempre está pendiente de nosotros aunque nos pudiera costar creerlo. ‘El clamor de los israelitas ha llegado a mí’, le dice Dios a Moisés.

Y Moisés, aun con sus dudas y su tartamudez, se puso en camino, porque sabía que Dios estaba con él. ‘Yo estoy contigo’. El Señor está con nosotros. Nos pone en camino, nos confía una misión, tenemos que ser testigos, pero vamos seguros porque el Señor está con nosotros.

lunes, 7 de marzo de 2011

A nosotros también nos invita a ver la historia de nuestra vida


Tobías, 1, 1-2; 2, 1-9;

Sal. 111;

Mc. 12, 1-12

‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los senadores…’ dice el evangelista. Y bien comprendieron ellos que la parábola iba por ellos por la reacción que tuvieron al final. ‘Intentaron echarle mano,, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente y se marcharon’.

Hermosa parábola que nos propone Jesús. El hombre que preparó con sumo cuidado su viña y la confió a unos labradores para que la trabajaran esperando obtener su fruto. Pero hemos escuchado en el desarrollo de la parábola cómo fueron enviados los criados del amo y rechazados y lo que finalmente hicieron con el hijo que ‘agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña’.

Es la historia del pueblo de Israel, pueblo querido y elegido de Dios en el que se había volcado con su amor a través de la historia haciéndole además depositario de las promesas del Mesías Salvador, pero cuya historia está llena de infidelidades e idolatría, de rechazo de los profetas enviados por Dios y finalmente el rechazo de Jesús, el Hijo de Dios enviado para nuestra salvación. Es la misma historia que en aquellos momentos están viviendo en relación a la presencia de Jesús en medio de ellos.

Pero en la parábola, como en toda la Palabra de Dios, hemos de saber hacer una lectura de nuestra vida, una lectura en la que descubramos lo que a nosotros hoy el Señor quiere decirnos. Si entonces, cuando Jesús pronuncia la parábola, fue dicha haciendo alusión directa de lo que fue la historia del pueblo elegido con sus infidelidades e idolatrías, ahora tenemos que descubrir qué es lo que el Señor a nosotros también nos dice, porque nuestra historia está también llena por una parte del amor de Dios y por otra de infidelidades y pecado. ¿Cuál tendrá que ser nuestra reacción? Es lo que serenamente tenemos que reflexionar, orar ante el Señor.

Primero saber reconocer el amor que el Señor nos tiene y cómo nos ha rodeado de amor a través de toda nuestra vida. Cuántos dones y beneficios hemos recibido del Señor a lo largo de nuestra vida. Lo primero que hemos de hacer es reconocer y alabar al Señor dándole gracias por tanto amor. La viña de nuestra vida, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos ha estado rodeada siempre del amor del Señor. Cada uno tiene su propia historia y cada uno ha de saber hacer ese recuento de esas señales del amor de Dios, en la familia, en los amigos, en los que nos rodean, en cuanto hemos recibido, en la salud de la que hemos disfrutado a lo largo de la vida, en nuestros trabajos y responsabilidades… el listado sería grande.

Cuántas personas ha puesto Dios a nuestro lado y nos han hecho bien. Cuántos consejos y recomendaciones e incluso correcciones que nos han llevado a una vida mejor. Pero también hemos reconocer que no siempre quizá hemos sabido ver esas señales de Dios o hemos rechazado de alguna manera cosas buenas de nuestra vida. Reconocemos también nuestros momentos de debilidad y de infidelidades y pecados, porque así somos pecadores. Pero hemos de reconocer y agradecer cómo Dios ha seguido llamándonos, poniendo señales de su presencia junto a nosotros, hasta estos momentos que ahora vivimos donde también hemos de saber reconocer ese amor del Señor que se manifiesta en los que nos atienden y nos ayudan.

Esta Palabra se convierte, pues, para nosotros en una llamada a la conversión, a un cambiar para mejorar nuestra vida, nuestra relación con Dios y también nuestra relación con los que nos rodean. Siempre la Palabra del Señor que escuchamos es una invitación a más, a mejorar nuestra vida, a mirar a lo alto para seguir poniéndonos metas altas que nos ilusiones y nos empujen en nuestros esfuerzos de superación.

Escuchemos lo que allá en nuestro corazón el Señor quiere decirnos en esta Palabra que hoy nos ha dirigido.

domingo, 7 de marzo de 2010

Una llamada a transformar nuestro corazón en el amor y la solidaridad

Ex. 3, 1-8.13-15;
Sal. 102;
1Cor. 10, 1-6.10-12;
Lc. 13, 1-9


En tiempo de crisis respiremos esperanza. Me encontré con esta frase en estos días y creo que nos puede valer para iniciar nuestra reflexión de hoy. Es la esperanza una virtud que no puede faltar al cristiano. Y son muchas las razones que tenemos los que creemos y seguimos a Jesús para tener esperanza. Duras pueden ser las situaciones que vivamos por lo que nos va dando la vida, pero en todo ello hemos de saber leer con fe lo que el Señor nos quiere decir o nos pide.
Es necesaria una actitud de fe y de disponibilidad para dejarnos guiar y enseñar por el Señor que nos habla y nos habla también en esos acontecimientos. Porque la palabra de Dios que se nos proclama no es ajena a lo que nos sucede en la vida nuestra de cada día. Nos ilumina para que sepamos comprender el sentido de lo que vivimos y sepamos descubrir también en esos acontecimientos lo que el Señor quiere decirnos. Podíamos decir que hay como una iluminación mutua.
Acudieron a Jesús para contarle algo desagradable que había sucedido en Jerusalén y en el templo. ‘Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios’. Para un judío era algo abominable y ya estaban queriendo ver castigos de Dios o culpabilizaciones por considerarlos quizá unos pecadores merecedores de castigo. Y es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ Y Jesús dejó la lección diciéndonos que eso es una invitación a que nosotros nos convirtamos. Y les recuerda también lo sucedido con los que murieron aplastados por la caída de la torre de Siloé.
Creo que es lo que tenemos que aprender nosotros. Es una invitación a la conversión. Como ya dejamos entrever desde el comienzo de esta reflexión, pero además es cosa que todos palpamos muy bien, los momentos en que vivimos no son fáciles; por una parte la crisis económica que vive nuestra sociedad que está llevando a la pobreza a muchísimas familias que lo están realmente pasando mal, pero también los acontecimientos que suceden en el mundo; llevamos realmente unos días bien duros con terremotos y catástrofes por muchos lugares, Haití, Chile, Taiwan, por no mencionar guerras y atentados en tantos lugares.
Podemos sentir miedo, pensar en castigos de Dios y no sé cuantas cosas más. Pero quizá a través de todas esas cosas, ¿no querrá el Señor despertar nuestro corazón para que en verdad nos comprometamos para hacer un mundo mejor entre todos? Hay sufrimiento por todas partes, pero ¿cuál tendría que ser nuestra reacción? ¿No nos puede servir todo esto como una llamada a mejorar nuestro corazón, a que en verdad nos sintamos más impulsados al amor y a la solidaridad? Realmente contemplamos cómo tras todas estas cosas que se suceden se despierta en muchísimas personas por todas partes la solidaridad y el amor.
En la primera lectura escuchamos el episodio de la zarza ardiendo que fue la llamada de Dios a Moisés para confiarle la misión de ser el liberador de sus hermanos los israelitas de la esclavitud de Egipto. Podemos fijarnos un poquito en este episodio porque podría orientarnos y darnos luz para lo que hemos de hacer de alguna manera.
Ante Moisés está este suceso extraño de una zarza que arde pero que no se consume. Moisés se acerca para ver y averiguar qué es lo que realmente esta sucediendo. En su búsqueda escucha la voz de Dios que le llama. ‘Moisés, Moisés… no te acerques, quítate las sandalias, pues el sitio que pisas es terreno sagrado…’ Una primera actitud que Dios le está pidiendo a Moisés, tiene que despojarse de sus sandalias. Para escuchar a Dios, para sentir y descubrir lo que Dios le dice y le pide, hay que despojarse de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas o de muchos apoyos humanos.
Será entonces cuando Dios se le revele. ‘Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob… he visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas… me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. El Dios que escucha a su pueblo; ‘el Señor compasivo y misericordioso’, como hemos recitado en el salmo; el Dios que nos quiere liberar de toda opresión y sufrimiento para darnos una nueva tierra, una nueva vida.
Surge entonces el compromiso y la disponibilidad de Moisés en lo que el Señor le pide. ‘Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros…’ Pregunta Moisés por el nombre de Dios, pero lo importante será la actitud comprometida de Moisés que se siente enviado por Dios para hacer un nuevo pueblo libre de toda esclavitud.
San Pablo, en la segunda lectura, al recordar un poco la historia de Israel, nos dice que ‘todo esto sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro…’ para nuestra enseñanza. Es lo que tenemos que saber deducir de la Palabra que se nos proclama y en esta situación concreta del mundo en el que vivimos. Nos está pidiendo el Señor una nueva actitud en nuestro corazón, un cambio profundo dentro de nosotros porque en verdad hemos de hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo y mejor.
Pero, ¿cuál es la respuesta que damos a lo que el Señor nos va señalando y pidiendo? Jesús nos ha propuesto una pequeña parábola hoy en el evangelio. La parábola de la higuera a la que vino a buscar fruto, pero al no darlo se iba a arrancar. ‘Llevo tres años viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó. Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto…’
Es la espera del Señor por nuestra conversión y nuestra vuelta a El. Tenemos que dar frutos. Pero hemos de hacer lo necesario para dar esos frutos. Desde el reconocimiento de lo que es nuestra vida infructuosa a veces y otras llena de malos frutos, de malas obras, hasta el cultivo que hemos de hacer de nuestra vida en esa escucha de Dios para descubrir lo que es su voluntad en todo momento; es ése en verdad dejarnos alimentar por su gracia que llega a nosotros en los sacramentos y en la oración; es ése ponernos nosotros en camino seriamente de producir esas buenas obras, de cambiar nuestro corazón, de vivir en un nuevo estilo de amor y de solidaridad; es ése comprometernos por hacer que nuestro mundo, empezando por ese mundo concreto en el que vivimos, sea cada día mejor y todos podamos ser en verdad más felices, porque seamos capaces de mitigar el sufrimiento de los demás y compartir generosamente lo que somos y tenemos con los que están a nuestro lado.
¿Daremos respuesta a lo que Dios nos pide? ¿daremos los frutos de la conversión?

lunes, 14 de diciembre de 2009

El Espíritu del Señor nos lleve siempre a pronunciar bendiciones sobre los demás

Núm. 24, 2-7.15-17
Sal. 24
Mt. 21, 23-27


Dos comentarios breves a los textos de este lunes de la tercera semana de adviento. La primera lectura es de un libro del Pentateuco que nos habla del camino del pueblo de Israel por el desierto rumbo a la tierra prometida.
El rey de Moab, lugar por donde han de pasar los israelitas para llegar a la tierra prometida habiendo oído las maravillas que Dios obraba en aquel pueblo y temiendo lo que podría sucederle al paso de los israelitas intenta a través del mago – adivino – Balaán que las maldiciones caigan sobre los israelitas. Para eso envía a Balaán para que los maldiga.
Tras varios sucesos que no nos vamos a entretener en repetir ahora Balaán en lugar de maldiciones lo que pronuncia sobre el pueblo de Israel son bendiciones. Balaán se deja conducir por el Espíritu del Señor como ya nos apunta el texto sagrado. ‘Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El Espíritu del Señor vino sobre él’.
Parte de ellas son las que hemos escuchado hoy en el texto proclamado en ese lenguaje tan rico en imágenes propio de los orientales. ‘¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río… sale un héroe de su descendencia, domina sobre pueblos numerosos… lo veo, pero no es ahora; lo contemplo pero no será pronto, avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel…’
Siguiendo el libro del Apocalipsis que llama a Jesucristo 'el Lucero de la mañana' la tradición cristiana ha entendido esta profecía como un vaticinio de la aparición de Cristo, verdadera estrella de la mañana para el mundo, luz que ilumina las tinieblas de nuestro espíritu como pedíamos en la oración litúrgica del día.
Caminamos en búsqueda de esa luz. En la noche de la navidad escucharemos que el pueblo que caminaba en tinieblas contempló una luz. Y cuando contemplamos el nacimiento de Cristo todo se llenó de resplandor y de nueva luz. Que así Cristo nos ilumine. Que así nos dejemos nosotros iluminar por Jesús, verdadera luz del mundo, como se proclama a sí mismo en el Evangelio.
Otro mensaje que podríamos deducir para nosotros es primero, que nuestras palabras nunca sean para maldición, para decir mal contra nadie, sino para bendición, para decir siempre bien, para desear siempre lo bueno para los demás y sobre todos vengan las bendiciones del Señor. Y por otra parte que nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor que siempre nos inspirará para lo bueno, para la bendición.
Finalmente una palabra del evangelio. Como ya hemos hecho referencia en días anteriores de una forma o de otra estará apareciendo continuamente la figura del Bautista en este nuestro camino de Adviento. Hoy aparece a partir de una pregunta que le hacen a Jesús sobre su autoridad para hacer lo que hace – a lo que se refiere el texto ha sido la expulsión de los vendedores del templo por Jesús -; pero la pregunta a Jesús es devuelta con la contra-pregunta de Jesús. ‘El Bautismo de Juan, ¿de dónde venía del cielo, o de los hombres?’
En la respuesta más bien el silencio o el no querer responder de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo hay implícito un reconocimiento de la figura de Juan como profeta - ‘todos tienen a Juan por profeta’, confiesan en su interior – y como quien hace las obras de Dios. ‘Profeta y más que profeta’ dirá Jesús del Bautista en otra ocasión.

sábado, 8 de agosto de 2009

Cuidado, no te olvides del Señor que te sacó de Egipto

Deut. 6, 4-13
Sal. 17
Mt. 17, 14-19


Cómo nos acordamos de Dios, le suplicamos, le rogamos, le prometemos no sé cuantas cosas cuando tenemos problemas, cuando las cosas nos van mal o no salen como nosotros quisiéramos, cuando nos aparece la enfermedad. Como se suele decir, nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Pero qué pronto olvidamos todas esas súplicas y promesas, qué pronto prescindimos de Dios cuando las cosas nos van bien, nos llega la prosperidad y el bienestar. Eso lo estamos viendo cada día en nosotros y en la sociedad que nos rodea. Las sociedades en las que se llega una situación de bienestar vemos cómo lo religioso se deja a un lado, la gente se vuelve indiferente en lo religioso y cada uno va a vivir su vida cómo puede o como quiere.
De todo eso quería prevenir Moisés al pueblo de Israel para cuando llegasen a la prosperidad de la tierra prometida. Se los dice claramente. ‘Cuando el Señor, tu dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres, que te había de dar, con ciudades grandes y ricas… casas rebosantes de riquezas… viñas y olivares... cuidado, no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud…’
Les dice que tienen que recordarlo siempre, no lo pueden olvidar. Por eso como quien pone una señal allí donde la vea para no olvidar lo que tiene que hacer, emplea unas imágenes de cómo ha de ser ese recuerdo. Muchas veces nosotros buscamos la manera de no olvidar algo, y pones una marca en algún lugar, utilizamos algún truco en las cosas que tenemos a mano. Pero no es la señal lo importante sino aquello que tenemos que recordar.
Moisés les dice. ‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas entrando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Se tomaron muy al pie de la letra estas palabras.
Todos hemos visto las imágenes de judíos ultraortodoxos, con sus vestiduras y sombreros negros, con unas cintas que cuelgan de los tirabuzones de sus cabellos… Es el querer tener presente al pie de la letra estas palabras del Deuteronomio. Bien sabemos cómo Jesús les echa en cara a los fariseos que alargan las filacterias o las franjas de sus mantos. Es que ahí copiaban este texto del Deuteronomio para no olvidarlo y aún hoy podemos ver en las puertas de las casas de los judíos más cumplidores esas señales en sus puertas donde escriben estas palabras de la ley. Pero, como decíamos, lo importante no son las señales sino el recuerdo hecho vida de la Palabra del Señor.
‘Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,, con toda el alma, con todas las fuerzas’. Recordamos cómo en el evangelio los letrados que querían poner a prueba a Jesús le preguntaban por el primer y principal mandamiento y el Señor les respondía con estas palabras. ‘¿Qué lees en la ley?’ Era algo que todo judío se sabía de memoria y repetía muchas veces al día. Algo que hay que recordar bien, pues el monoteísmo es algo fundamental para el judío como para nosotros, algo que lo identificaba frente a los pueblos vecinos idólatras y politeístas. Moisés se los recuerda bien,
Y a ese Dios único hay que amar sobre todas las cosas como nosotros resumimos en los mandamientos. Porque Dios es el único Señor, el único que se merece todo nuestro amor. El único al que tenemos que adorar. El único que es el centro de nuestra vida.
Es también nuestra fe y lo que tiene que ser nuestro amor y nuestra vida. Algo que tampoco nosotros podemos olvidar. Algo que tenemos que repetir pero en la práctica de nuestra vida y es lo que tenemos que enseñar a los demás no sólo con nuestras palabras sino con muchos signos de que toda nuestra vida es para el Señor. No serán recuerdos ni signos meramente externos, pero también externamente, públicamente tenemos que manifestarlo. Algo que vivimos no sólo en los momentos en que nos vemos con problemas, sino en todo momento de nuestra vida, cuidando que el bienestar y la prosperidad nunca nos alejen de Dios. Cuidado, no te olvides del Señor que te ha amado y te ha salvado.

miércoles, 8 de julio de 2009

La misión y la obra de Cristo, de los Apóstoles y nuestro compromiso

Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24
Sal. 32
Mt. 10, 1-7


Ayer contemplábamos y reflexionábamos sobre la obra y la misión de Jesús: proclamar el anuncio del Reino de Dios y a través de signos y señales hacerlo presente en la vida de los hombres. ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Escuchábamos también la invitación que nos hacía a ‘rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies… porque la mies es abundante y los trabajadores pocos’. Y es que Jesús ‘se compadecía de la gentes porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’.
Hoy en el evangelio contemplamos cómo Jesús nos confía esa misión. Muchos eran los discípulos que le seguían, pero quiere tener un círculo más íntimo y cercano que van a ser como el fundamento de esa nueva comunidad que se forma en torno a Jesús y a los que va a confiar su misma misión. ‘Llamó a sus doce discípulos…’ y el evangelista nos da la relación concreta, incluso con detalles de sobrenombres o actuaciones, como en el caso de Judas. Son los obreros, los trabajadores de la mies del Señor, del campo de nuestro mundo.
Los elige y los envía ya a realizar una misión. Aún no los enviará por todo el mundo, como hará momentos antes de su Ascensión al cielo, no quiere incluso que vayan ‘a tierra de paganos ni a las ciudades de Samaria, sino a las ovejas descarriadas de Israel’. Podríamos llamar a esto una primera experiencia apostólica. A mi me recuerda mis tiempos de seminario, que en verano éramos enviados a lugares concretos a realizar lo que llamábamos ‘experiencias apostólicas’.
Les confía una misión y les da un poder y autoridad para que puedan realizarlo en su nombre. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos – ayer contemplábamos a Jesús curando a un endemoniado que era mudo – y curar toda enfermedad y dolencia’, como Jesús hacia cuando recorría las ciudades y aldeas. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’. Es el anuncio de la Buena Noticia, el Evangelio del Reino, en el que había que creer y al que había que convertirse.
Es la misión y la obra de Jesús que se prolonga en los apóstoles, que se prolonga en la Iglesia. No es otra nuestra misión. La proclamación del Evangelio, de la Buena Noticia de la Salvación y hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo también por medio de señales y signos, por las señales de nuestro amor y compromiso.
Es la obra que sigue realizando la Iglesia con su predicación pero también a través de la acción de tantas instituciones y de tantos cristianos comprometidos en el amor y la justicia. Creo que puede ser un motivo este evangelio que estamos reflexionando para reconocer y valorar la obra de la Iglesia. Reconocer que comience por conocer porque muchas veces tenemos un desconocimiento grande los cristianos de lo que la Iglesia realiza.
Pero también puede ser una ocasión para que nosotros seamos conscientes también de la misión que como cristianos hemos recibido, de la obra que tenemos que realizar. Porque esa obra de la Iglesia es nuestra obra, la que nosotros cada día tenemos que hacer, tenemos que asumir, en la que tenemos que responsabilizarnos.
Tenemos que rezar para que haya trabajadores para su mies, como Jesús nos pide en el evangelio; rezar para que descubramos nuestro lugar y asumamos esa misión recibida del Señor; rezar para que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu del Señor, el Espíritu que ungió a Jesús y a nosotros nos ha ungido también, para que seamos testigos de su evangelio, testigos del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.