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lunes, 15 de diciembre de 2014

Avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel, viene el Señor con su salvación

Avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel, viene el Señor con su salvación

Núm. 24, 2-7.15-17; Sal. 24; Mt. 21, 23-27
Balaán es llamado por el rey de Moab para que maldiga al pueblo de Israel que avanza hacia la tierra prometida; pero Balaán, inspirado por el Espíritu divino no puede maldecir sino bendecir. Son bellas sus palabras que se convierten en anuncio del futuro Mesías que surgirá en el pueblo de Israel. ‘Lo veo, pero no es ahora; lo contemplo, pero no será pronto; avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel…’
Es el anuncio del Mesías, que no son solo las victorias momentáneas e inmediatas que pueda tener Israel. Un día brillará esa estrella que es Jesús, el Hijo de Dios y nuestro salvador. Entre resplandores de cielo será anunciado su nacimiento a los pastores y los Magos de Oriente verán brillar una estrella en el cielo que es Buena Noticia de Salvación para todos.
Caminamos guiados por la fe en medio de las asechanzas y dificultades que vamos encontrando en este mundo; cuántos peligros vamos teniendo en la vida, cuántas dificultades en el camino y cuántos querrán nuestra perdición; pero la fe nos hace mirar más allá del momento presente para distinguir esa luz que un día brillará sobre nosotros. Mantengamos la esperanza. Ahora lo vivimos intensamente en este camino de Adviento que nos prepara la Navidad. Que llegue esa navidad a nuestra vida porque sintamos en nosotros esa presencia del Señor que nos fortalece.
Busquemos a Jesús, queriendo encontrar en El la vida y salvación. Pongamos en El toda nuestra esperanza y nuestra confianza.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La nobleza del corazón, señal de integridad en la vida, nos hará conocer a Dios


Núm. 24, 2-7.15-17;

Sal. 24;

Mt. 21, 23-27

En la vida tenemos que aprender a actuar siempre desde la rectitud, con sinceridad y autenticidad para saber ser justos y honrados en nuestras mutuas relaciones. Aunque muchos nos quieran decir que es mejor ir con cierta malicia o no destapar las cartas, por asi decirlo, que llevamos en la vida, esas intenciones ocultas, esa doblez del corazón no nos ayudarán en nada. Vale mucho más la nobleza del corazón porque es señal de nuestra integridad. Demasiada malicia observamos muchas veces a nuestro alrededor. Y detrás de esa maldad del corazón podemos observar fácilmente de cuanto sufrimiento se llena nuestro mundo.

Podría ser un mensaje hermoso que recibamos de la Palabra del Señor en este inicio de nuestra tercera semana de Adviento que nos conduce a la Navidad, y tendría que ser al mismo tiempo una oración, una petición que le hagamos al Señor para que actuemos siempre con un corazón recto, con un corazón noble. Es al mismo tiempo la semilla buena que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, cuando estamos deseando, llenos de esperanza, la venida del Señor para que se haga presente de verdad entre nosotros el Reino de Dios.

Eso significará un dejarnos conducir por el Señor, por el Espíritu divino que va actuando en nuestro corazón al que muchas veces quizá nos cuesta escuchar, nos cuesta dejarnos conducir por El, porque es mucha la influencia del mal que recibimos del entorno de nuestro mundo. En esa rectitud, buenas intenciones y buenos deseos hemos de saber valorar también todo lo que bueno que recibamos de los demás, alejando de nosotros todo tipo de prejuicio.

La primera lectura del libro de los Números del Antiguo Testamento nos relata un episodio del pueblo de Israel mientras peregrina por el desierto hacia la tierra prometida. Balaán es un adivino pagano que es enviado por el rey de Madián para que con sus maleficios maldiga a Israel que va atravesando aquellas tierras rumbo a Canaán donde se ha de establecer. Pero en este adivino descubrimos una rectitud en su corazón, que cuando se siente impùlsado por el Espíritu divino para bendecir en lugar de maldecir, es lo que hace sobre el pueblo de Israel convirtiéndose en cierto modo en profeta de Dios que anuncia su reino futuro, en el Rey David con toda su resonancia mesiánica.

‘Oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, dice el adivino Balaán, avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel’, en clara referencia a la estrella y el reino de David. Recordamos que cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dirá ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre’. Es por eso que estas palabras de Balaán tienen también ese sentido profético y mesiánico.

Por su parte en el evangelio que escuchamos hoy contemplamos cómo vienen a pedirle explicaciones a Jesús de lo que hace y enseña. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ Una referencia a la previa expulsión de los vendedores del templo que había realizado Jesús. Una manifestación también del rechazo que ya Jesús iba recibiendo por parte de algunos.

Pero Jesús responde haciéndoles a ellos una pregunta a la que no saben o no quieren responder. No quieren responder porque sopesan su respuesta que podría manifestar las verdaderas intenciones del corazón. Cuando nos acercamos a Jesús con esa doblez de corazón y con esa falta de sinceridad y de autenticidad no podremos llegar a conocer a Jesús.

Es el mensaje hermoso que podemos deducir hoy en esta reflexión en torno a la Palabra de Dios y a lo que haciamos referencia en el principio de nuestro comentario. Nunca la falsedad nos llevará por buenos caminos. Nunca las intenciones ocultas son buenas consejeras que nos conduzcan a una vida de rectitud. Nunca esa malicia del corazón va a facilitar el encuentro y la convivencia con los que nos rodean. Pidámosle al Señor ese buen corazón.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La autoridad de Jesús, el Hijo de Dios y nuestro verdadero Salvador

La autoridad de Jesús, el Hijo de Dios y nuestro verdadero Salvador

Núm. 24, 2-7.15-17; Sal. 24; Mt. 21, 23-27

En el evangelio vemos continuamente que la gente se preguntaba por Jesús al tiempo que se sentía admirada por los milagros que Jesús hacía o su doctrina. Muchos se entusiasman con El y quieren seguirle por todas partes. Sin embargo hay otros a los que les cuesta aceptar lo que hace Jesús y sus enseñanzas. Ya hemos escuchado en ocasiones su malicia para ver hasta el maligno detrás de las cosas que hace Jesús, sus milagros.

Hoy en el evangelio contemplamos cómo ‘mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: ¿con qué autoridad haces esto?’ Jesús no era un letrado reconocido como Maestro de la Ley por los judíos porque no habría pasado por sus escuelas rabínicas. Sin embargo enseñaba en el templo como en esta ocasión, en las sinagogas como le vemos muchas veces, o al pueblo allí donde se congregara. ‘¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ le preguntan.

Jesús está viendo la malicia de su corazón porque no le aceptan, porque no quieren reconocer su mensaje ni que Dios está actuando en sus obras. Pero Jesús, por decirlo así, les quiere coger en sus propias palabras. De ahí esa pregunta por el sentido del Bautismo de Juan. Sabe Jesús que no le van a responder porque se verían cogidos por un lado o por otro, respondieran una cosa u otra, porque el pueblo admiraba a Juan y lo había tenido como un profeta.

Jesús tampoco les responderá a su pregunta. La autoridad de Jesús está bien por encima de todo lo que ellos pudieran hacer o pensar. Su autoridad no le venía dada por ningun poder humano. El Espíritu del Señor estaba sobre El y lo había ungido y lo había enviado a anuncar la buena noticia de salvación, de liberación porque con El venía la amnistía, el perdón, el año de gracia del Señor.

Nosotros sí reconocemos la autoridad de Jesús porque nosotros sí lo reconocemos como el Hijo de Dios y como nuestro Salvador. Para nosotros su Palabra sí que es una Palabra de vida y de salvación que queremos escuchar, que queremos llevar a lo hondo de nuestra vida para plantarla profundamente en nosotros y que dé fruto.

‘Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad, enséñame porque tu eres mi Dios y mi salvador… tú que enseñas el camino a los pecadores, haces caminar a los humildes con rectitud, enseñas el camino a los humildes’. Así hemos rezado en el salmo; así reconocemos el valor de la Palabra del Señor en nuestra vida; así queremos caminar por sus caminos, no queremos abandonar sus sendas que nos llevan a la vida y a la salvación.

Decir por otra parte que este texto del evangelio hace referencia al bautismo de Juan, a su figura y a su misión; propio de este tiempo del Adviento donde tenemos como referencia la figura del Bautista como Precursor del Mesías y como aquel que venía a preparar los caminos del Señor. Nosotros también queremos escuchar el mensaje de Juan mientras nos preparamos para la celebración de la navidad.

Los oráculos de Balaán que hemos escuchado en la primera lectura son también un anuncio mesiánico en la referencia a la estrella de Jacob y al cetro de Israel, signos del Reino de David, de cuya descendencia había de nacer el Mesías. Recordemos las palabras del anuncio del ángel a María. ‘El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Quien había sido llamado para que maldijera al pueblo peregrino por el desierto, impulsado por el Espíritu del Señor profetizará anunciando el nacimiento del Mesías precisamente en aquel pueblo que ahora peregrinaba hacia la tierra prometida.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El Espíritu del Señor nos lleve siempre a pronunciar bendiciones sobre los demás

Núm. 24, 2-7.15-17
Sal. 24
Mt. 21, 23-27


Dos comentarios breves a los textos de este lunes de la tercera semana de adviento. La primera lectura es de un libro del Pentateuco que nos habla del camino del pueblo de Israel por el desierto rumbo a la tierra prometida.
El rey de Moab, lugar por donde han de pasar los israelitas para llegar a la tierra prometida habiendo oído las maravillas que Dios obraba en aquel pueblo y temiendo lo que podría sucederle al paso de los israelitas intenta a través del mago – adivino – Balaán que las maldiciones caigan sobre los israelitas. Para eso envía a Balaán para que los maldiga.
Tras varios sucesos que no nos vamos a entretener en repetir ahora Balaán en lugar de maldiciones lo que pronuncia sobre el pueblo de Israel son bendiciones. Balaán se deja conducir por el Espíritu del Señor como ya nos apunta el texto sagrado. ‘Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El Espíritu del Señor vino sobre él’.
Parte de ellas son las que hemos escuchado hoy en el texto proclamado en ese lenguaje tan rico en imágenes propio de los orientales. ‘¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río… sale un héroe de su descendencia, domina sobre pueblos numerosos… lo veo, pero no es ahora; lo contemplo pero no será pronto, avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel…’
Siguiendo el libro del Apocalipsis que llama a Jesucristo 'el Lucero de la mañana' la tradición cristiana ha entendido esta profecía como un vaticinio de la aparición de Cristo, verdadera estrella de la mañana para el mundo, luz que ilumina las tinieblas de nuestro espíritu como pedíamos en la oración litúrgica del día.
Caminamos en búsqueda de esa luz. En la noche de la navidad escucharemos que el pueblo que caminaba en tinieblas contempló una luz. Y cuando contemplamos el nacimiento de Cristo todo se llenó de resplandor y de nueva luz. Que así Cristo nos ilumine. Que así nos dejemos nosotros iluminar por Jesús, verdadera luz del mundo, como se proclama a sí mismo en el Evangelio.
Otro mensaje que podríamos deducir para nosotros es primero, que nuestras palabras nunca sean para maldición, para decir mal contra nadie, sino para bendición, para decir siempre bien, para desear siempre lo bueno para los demás y sobre todos vengan las bendiciones del Señor. Y por otra parte que nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor que siempre nos inspirará para lo bueno, para la bendición.
Finalmente una palabra del evangelio. Como ya hemos hecho referencia en días anteriores de una forma o de otra estará apareciendo continuamente la figura del Bautista en este nuestro camino de Adviento. Hoy aparece a partir de una pregunta que le hacen a Jesús sobre su autoridad para hacer lo que hace – a lo que se refiere el texto ha sido la expulsión de los vendedores del templo por Jesús -; pero la pregunta a Jesús es devuelta con la contra-pregunta de Jesús. ‘El Bautismo de Juan, ¿de dónde venía del cielo, o de los hombres?’
En la respuesta más bien el silencio o el no querer responder de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo hay implícito un reconocimiento de la figura de Juan como profeta - ‘todos tienen a Juan por profeta’, confiesan en su interior – y como quien hace las obras de Dios. ‘Profeta y más que profeta’ dirá Jesús del Bautista en otra ocasión.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Sinceridad y lealtad para conocer a Dios y dejarnos conducir por El

Núm. 24, 2-7.15-17

Sal. 24

Mt. 21, 23-27

Sólo desde la sinceridad, la autenticidad de vida y de pensamiento, sin doblez en nuestro corazón es como podemos llegar a Dios y conocerle. Y por otra parte es necesario que con la misma sinceridad nos dejemos conducir por Dios que nos llevará siempre a lo mejor y lo más digno.

Es el mensaje que podemos encontrar hoy en la Palabra proclamada. Hemos visto que ‘mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos para preguntarle: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ Vienen a pedirle razón por su predicación y por su actuar. Como en otra ocasión vienen a pedirle un signo, una señal para creer en El, cuando tantos signos y señales les estaba dando con sus milagros y con su actuar.

No era una solicitud muy sincera la que hacían. Jesús conoce las intenciones de su corazón y por eso asimismo les plantea una cuestión para él responder. ‘Os voy a hacer yo también una pregunta.. el bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?’

Aquí tenían que decantarse, pero es cuando se manifiesta su intención y la doblez de su corazón. No habían aceptado a Juan ni su mensaje, luego no podían decir del cielo; no podían decir que de los hombres, porque la gente que tenía a Juan por profeta se les echaría encima. De ahí su respuesta como en huída: ‘no sabemos’. No eran sinceros. No se atrevían a decir lo que realmente pensaban en su corazón. Su falta de sinceridad les impediría también conocer de verdad el misterio de Jesús. Al final también lo rechazarían.

Otra cosa es lo que se nos plantea en la primera lectura. Balaán era un adivino del pueblo de los moabitas. Balac, rey de Moab, temiendo el avance de los judíos que venían por el desierto camino de la tierra prometida, y sabiendo lo que les había pasado a otros reyes, envía a Balaán para que maldiga al pueblo de Israel y así frenar su avance.

Eso se dispone a hacer el adivino, pero tras diversos signos que le suceden, en lo que ahora no vamos a entrar, en lugar de maldecir al pueblo de Israel, como le mandaba su rey, se deja llevar por el Espíritu que actúa en su interior y todo son bendiciones para los israelitas y además hace un anuncio profético que siempre la Iglesia lo ha interpretado en clave de anuncio mesiánico. Varios son los oráculos que pronuncia y dos de ellos tenemos en la lectura proclamada.

‘Oráculo del hombre de ojos perfectos. Oráculo del que escucha palabras de Dios, que contempla visiones del todopoderoso en éxtasis…’ Y todas esas descripciones que hace en un lenguaje poético y profético son signo de esa bendición que Dios derramará sobre su pueblo. Finalmente anunciará no sólo el triunfo de israel en su avance por el desierto y la conquista de la tierra prometida, sino que su anuncio se convertirá en anuncio mesiánico. ‘Lo veo, pero no es ahora; lo contemplo, pero no será pronto; avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel…’

El Mesías anunciado y prometido sería Hijo de David, del linaje de Judá, de la constelación de Jacob. Es lo que escucharemos cuando el ángel anuncia a María que el hijo que le va a nacer ‘heredará el trono de David, su padre’. Y toda la ascendencia de Jesús, el Mesías, entroncará con Judá y con Jacob para cumplimiento de las promesas de Dios.

Balaán se deja conducir por el Espíritu del Señor. Actúa con sinceridad y lealtad a Dios en su vida, no dejándose engañar por lo que pueda pedirle su rey, porque por encima está Dios. ‘Señor, enséñame tus caminos, hemos pedido en el salmo, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame que tu eres mi Dios y Salvador’.

Que esa sea nuestra petición y nuestro camino. Que llenemos de sinceridad y verdad nuestra vida en la búsqueda de Dios, porque sólo así el Señor se nos va a revelar y sólo así podremos llegar a conocerle.