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jueves, 20 de marzo de 2025

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto… prestemos oído a la Palabra de Dios

 

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto… prestemos oído a la Palabra de Dios

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Dicen que cuando tenemos demasiados pucheros al fuego, alguno terminará por quemarse, no los podemos atender. ¿Nos pasará así en la vida? Cuando estamos atendiendo a muchas cosas será difícil por muchos malabarismos que hagamos que podamos darles a todas las cosas la misma importancia, o la importancia que cada cosa necesita. Miramos nuestras casas, miramos nuestra habitación, de cuántas cosas la hemos ido llenando, cuantas cosas vamos acumulando, y ni siquiera la limpieza o para un elemental orden podemos mantener. ¿Habrá que desprenderse de muchas cosas superfluas?

Es lo que nos sucede cuando nos rodeamos de lo material, cuando lo convertimos en el centro de nuestra vida, cuando lo importante para nosotros es ganar para acumular riquezas de las que al final ni sabremos disfrutar, porque estaremos tanto tiempo cuidándolas para no perderlas que no nos valemos de ellas para encontrar lo que verdaderamente dé satisfacción a nuestra vida.

Quien vive así no se dará cuenta de lo que tiene alrededor y que no es solo lo material y no sabrá disfrutarlo; cegado por el brillo de sus tesoros no sabrá admirarse con el resplandor de un amanecer; encerrado en sus cosas que quiere a toca costa conservar y ponerlo a buen recaudo para que no se lo roben no se dará cuenta de las personas que tiene a su alrededor, de lo bueno que puede encontrar en esas personas que le hará disfrutar de la vida, pero tampoco de la necesidades o de los problemas que puedan tener para tender una mano y prestar ayuda cuando tantas cosas tienen.

Creo que a una reflexión ha de llevarnos las parábolas que hoy Jesús nos propone en el evangelio. Habla del rico que vivía esplendorosamente pensando solo en sus fiestas y en sus orgías y no era capaz de darse cuenta, de ver al pobre que estaba a la puerta de su casa con hambre y con necesidad de lo elemental para su vida. Qué abismo más inmenso había puesto entre ambos cuando solo pensaba en si mismo para llegar a un desconocimiento de la realidad de pobreza que tenia a su puerta.

¿Iremos creando nosotros abismos así en nuestro entorno? La realidad es que nuestro mundo está lleno de abismos, ya hasta le damos diferentes nombres a esos mundos en los que habitamos desde las diferencias que hay entre unos y otros; son también los abismos de nuestras discriminaciones tan variadas en las formas en que las manifestamos, de las diferencias sociales que hace que nos desconozcamos los unos de los otros, de las prepotencias con que vamos por la vida tanto a nivel individual con nuestras vanidades como también desde esos orgullos de raza o de la región a la que pertenecemos que crean diferencias o de los diferentes grupos que componen nuestra sociedad.

Y cuando creamos un abismo no somos capaces de ver quien es el que está al otro lado. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto. ¿Qué es lo que nos tendría que despertar? Son cosas que nos adormecen nuestro espíritu; envueltos así en las cosas materiales no somos capaces de levantarnos hacia otra trascendencia; cuando nos encerramos así en nosotros mismos perdemos la sensibilidad para una nueva sintonía espiritual; ya nada escuchamos, todo chirría en los oídos de nuestro corazón, y no nos dejamos iluminar por el evangelio.

Es curioso que aquel rico epulón que tarde se diera cuenta de sus errores, desde su abismo pide milagros y apariciones para que no les suceda lo mismo a sus hermanos que vivían también con el mismo sentido de vida.

¿Estaremos también nosotros esa cosa extraordinaria que nos despierte? Seguimos siendo dados a esas cosas y allá vamos de un lado para otro cuando oímos hablar de sucesos extraordinarios, pero no somos capaces de darnos cuenta de la maravilla de la presencia de Dios cada día en nuestra vida y desoímos su Palabra; estamos más prontos para escuchar una fábula que nos viene de acá o de allá – qué damos somos a esas místicas orientales que se nos ponen de moda – que escuchar el evangelio y la Palabra de Dios que nos trae y nos recuerda lo importante, el amor de Dios en nuestra vida.

‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen… porque ni aunque resucite un muerto van a ser capaces de cambiar sus vidas’.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Nos ponemos en camino como Abrahán, como María, como José, nos dejamos conducir, Dios llega a nosotros y para nosotros quiere ser para siempre Emmanuel

 


Nos ponemos en camino como Abrahán, como María, como José, nos dejamos conducir, Dios llega a nosotros y para nosotros quiere ser para siempre Emmanuel

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Ponernos en camino es algo que hacemos todos los días. Nos levantamos y nos ponemos en camino a la vida de cada día; y no solo son los pasos de nuestros pies, no solo es la tarea diaria que emprendemos y para la que quizás necesitamos unos desplazamientos, es el camino interior que cada uno hace de búsqueda de sentido y de vida, de búsqueda de lo mejor o de búsqueda de los demás con los que convivimos o con los que queremos estar, un camino que queremos hacer para bien.

Es el camino de nuestra fe, de apertura a la trascendencia y búsqueda de lo espiritual, es el camino que nos eleva sobre lo material porque hay algo que sentimos superior, y es el camino que nos lleva al encuentro con Dios, a la escucha de Dios, a la vivencia de Dios. Es la historia del camino de nuestra fe, como lo es la historia de la salvación de toda la humanidad.

Abrahán un día escucha la voz de Dios que le invita a salir de su tierra e ir a la tierra que Dios le va a dar. Y Abrahán se puso en camino. ¿Un camino a lo desconocido? Dios no le dice a donde ha de ir, sino que se ponga en camino. ¿Un camino hacia el misterio y la trascendencia? Abrahán ha de ir más allá, atravesará desiertos y valles, irá abriendo caminos por lugares desconocidos para él, es el camino de Dios, pero Abrahán se deja conducir y nacerá un pueblo nuevo. 

María de Nazaret también escuchará a Dios a través de la voz del ángel, y también se pone en camino. No es solo, como nos dice el evangelio, que se pondrá en camino a las montañas de Judea para atender a su prima Isabel, sino que María se pone en camino a algo más grande. También María se deja cautivar por la voz de Dios y se pone en camino, como ella dice, para ser la humilde esclava del Señor, pero su disponibilidad para caminar al ritmo de Dios le lleva a algo más grande, va a ser la Madre de Dios; lo que de ella ha de nacer será el Hijo del Altísimo, será el camino por el que Dios llegará a nuestra tierra encarnándose en sus entrañas para ser Dios con nosotros.

Hoy nos aparece en el evangelio la figura de José. Se encuentra ante un misterio y algo totalmente nuevo para él, que no termina de comprender. Pero el corazón de José está disponible para la bondad y para la generosidad. Quiere descifrar el misterio de Dios que se le está manifestando y se deja conducir. Cuando el ángel le aclara que son las cosas de Dios que además quiere contar con él, también se pondrá en camino. Como nos dice el evangelista haciendo lo que le había mandado el ángel acogió a María, su mujer, en su casa.

Lo que parecía un misterio indescifrable ahora se convierte en revelación del amor de Dios que se quiere hacer presente en medio de la humanidad, será para siempre Emmanuel, Dios con nosotros. Es lo que vamos a celebrar y vivir en los próximos días; emprendemos también esta ultima etapa del camino del Adviento que desemboca en la Navidad, un camino que nos lleva al encuentro con Dios, un camino donde tenemos que dejarnos conducir por su Espíritu, un camino de escucha de la Palabra y de contemplación, un camino que nos lleva a sentir a Dios en nuestro corazón, un camino que nos lleva a vivir en Dios.

Como Abrahán cerramos los ojos y nos ponemos en camino que es también hacer camino para los demás; como María humildes abrimos nuestro corazón para que Dios plante su tienda entre nosotros; como José abrimos las puertas para que Dios venga a vivir con nosotros, pero sabiendo que Dios nos llega por muchos caminos, en distintas personas, en los acontecimientos que van sucediendo a nuestro alrededor. Nos preguntamos cómo, pero sabemos que tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

domingo, 17 de julio de 2022

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

 


No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

‘No te pases de generoso’ algo así habremos escuchado en alguna ocasión cuando una persona sensible ante las carencias de los demás y generoso de corazón trata ayudar con generosidad a aquel que ve necesitado delante de sus ojos. Nos darán recomendaciones, nos señalarán protocolos de hasta dónde podemos llegar, querrán poner límites a la generosidad del corazón. Y es que quien ha aprendido de Jesús su corazón siempre estará en sintonía con el otro y muy lleno de sensibilidad para acoger y para servir, para ayudar y para ofrecer lo mejor de si mismo. ¿Cómo podremos llegar a unas actitudes y posturas tan valientes y tan generosas?

Alguien podría estar pensando, al hilo de esta reflexión, ¿y a donde se nos quiere llevar? El evangelio hoy nos ofrece el testimonio de unas personas que así supieron abrir puertas, así supieron estar disponibles, pero así, sobre todo, supieron abrir el corazón de manera que su hogar se nos presentara como ejemplo de hospitalidad y de acogida generosa, sin poner trabas ni medidas a la generosidad de su corazón.

Ha sido proverbial que cuando se nos hable de hospitalidad se nos ponga como ejemplo a los orientales, pero sobre todo a las gentes del desierto o que viven una vida trashumante buscando por lomas y desiertos el pasto y el agua para sus ganados. Quizá porque saben lo que es la soledad y lo que son las carencias de la vida, superando desconfianzas y recelos, las gentes del desierto siempre serán acogedores a los que llegan a su tienda a los que ofrecerán el pan y la sal, el agua y el ungüento como signo y señal de acogida desinteresada y generosa.

Hoy se nos habla en el evangelio de un hogar que está junto a un camino; el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que viene del desierto y lleva al encuentro de la ciudad santa, el camino también que hacían los que bajando por el valle del Jordán venían desde la lejana Galilea peregrinaban a Jerusalén y al templo en especial para la fiesta de la pascua. Un lugar propicio para tener un patio acogedor y con el cántaro siempre al borde de la cisterna para ofrecer agua fresca y descanso a los que agotados por el camino y el calor del desierto hacían camino hacia Jerusalén.

¿Sería ese el principio de las paradas de Jesús y sus discípulos en aquel hogar de Betania? El hecho está en que vemos a Jesús acogido en aquel hogar, no una sino varias veces, de manera que a Lázaro, un miembro de la familia, ya se le llamará el amigo de Jesús. La escena que nos ofrece hoy el evangelio es enormemente bella y enriquecedora. La mujer mayor de la casa se desvive por atender a sus huéspedes con todos los preparativos de la cocina, mientras que la otra hermana se ha quedado sentada a los pies de Jesús escuchando sus palabras y ofreciéndole también con su presencia el signo de esa acogida generosa en aquel hogar.

Las quejas de Marta porque María parece que nada hace y la respuesta de Jesús ha dado pie en muchas ocasiones a interpretaciones que se nos quedan cortas para valorar lo que el gesto de aquellas mujeres podía significar.

María ha escogido la parte mejor, le responde Jesús a la atareada Marta, pero no le dice que no ha de hacer lo que está haciendo, pues también es necesario para la acogida que aquel hogar viene a significar. Hay una buena noticia de salvación que llega con la presencia de Jesús a aquel hogar de Betania, y ambas, cada una a su manera y según su función, serán igualmente acogedoras ofreciendo su amistad, en el silencio de la escucha y en el servicio de ofrecer lo mejor, al Jesús que llega a sus vidas.


Cuando un caminante llegara de otros lugares a alguna de aquellas tiendas del desierto, pronto estarían con oídos atentos para escuchar las historias y noticias que aquel personaje les pudiera traer; se entablaba una mutua relación e intercambio porque a aquel caminante se le ofrecerían también las mejores viandas que en el desierto pudieran tener. Hemos escuchado en la primera lectura que Abrahán ofrece a los tres caminantes que llegan a la puerta de su tienda el mejor pan y la mejor carne de sus vacadas para que no pasaran de largo alcanzando así el favor de aquellos caminantes. Son un signo de la presencia de Dios que llega junto a Abrahán y le dejará la buena noticia de un hijo y heredero que le ha de nacer.

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas. Es la prontitud de Abrahán para ofrecer lo mejor de sí mismo en su hospitalidad, pero ha de ser también el silencio de la escucha y la disponibilidad para el servicio que encontramos en el hogar de Betania. Así no dejaremos que Dios pase de largo por nuestras vidas, así podremos sentirnos inundados por la presencia y el amor de Dios que se derramará en nuestros corazones, así podremos llegar a sentirnos transformados en hombre nuevos llenos de generosidad que no pondremos nunca límites a la generosidad de nuestro amor.

Nos está hablando, sí, de la escucha de la Palabra de Dios; nos está hablando del corazón abierto con que hemos de venir a la oración y a nuestras celebraciones; pero nos está señalando algo más, porque Dios llega a nuestras vidas de muchas maneras y una muy importante es en el hermano que pasa a nuestro lado, las personas con las que convivimos en familia o con las que vamos compartiendo el camino de cada día; en ese extraño con quien quizá inesperadamente nos encontramos un día o en ese que por su presencia, por lo que hace o por la manera de presentarse no nos cae tan bien; en ese niño que un día levanta su mirada hacia nosotros, en ese joven que quizás nos parece que nos está mirando de lado pero que en el fondo está tendiendo su mano en búsqueda de algo, o en ese anciano que solo se sienta a la puerta de su casa a contar sus historias.

¿Cómo es nuestra acogida y escucha? ¿Cómo es la manera de prestarles atención? ¿Cómo pacientemente nos sentamos a su lado para escuchar sus lamentos o sus tristezas?  ¿Cómo somos capaces de ponernos a hacer camino junto a él aunque sea un desconocido para nosotros?  No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas.

jueves, 7 de abril de 2022

Creemos en la Palabra de Jesús plantándola en nuestra vida y tendremos vida para siempre que es mucho más que esas ansias de plenitud que lleva todo ser humano en su corazón

 


Creemos en la Palabra de Jesús plantándola en nuestra vida y tendremos vida para siempre que es mucho más que esas ansias de plenitud que lleva todo ser humano en su corazón

Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59

¿Queremos vivir? ¿Queremos morir? Así directamente preguntado, damos por supuesta la respuesta. Nadie quiere morir, todos queremos vivir, aunque bien sabemos la realidad, que un día hemos de morir. ¿Le tenemos miedo a la muerte? ¿Le tenemos miedo a la vida? Es algo complejo, porque aunque muchas veces se nos hace difícil, queremos vivir, no queremos que nos llegue la hora de la muerte. Aunque quizás algunos la deseen, por los problemas que tienen, ¿por cobardía quizá por temor a tener que enfrentarse a los problemas de la vida? Es complejo todo lo que estamos diciendo, y al final amamos la vida, no queremos desprendernos de ella, aunque ¿Cuál sería esa vida de la que no queremos desprendernos para seguir viviendo?

En el fondo del corazón del hombre hay deseos de plenitud; ansiamos que todo eso bueno que vivimos lo podamos vivir en una plenitud para siempre, aunque algunas veces no sabemos ni cómo es eso, y nos llenamos de imaginaciones, como si ese vivir fuera seguir viviendo lo mismo que ahora vivimos. Y tenemos, entonces, que caminar guiados por la fe, en esto y en todo lo que es nuestro vivir. Porque esa plenitud no la vamos a tener por nosotros mismos, porque hay una esperanza en el corazón que nos da un sentido y un valor. Y aunque casi se nos presente como un misterio como seguidores de Jesús queremos creer en su palabra, aunque algunas veces también nos deje un tanto perplejos y desconcertados.

Es lo que le pasaba también a los contemporáneos de Jesús. Se sienten desconcertados con las palabras y las promesas de Jesús. No habían descubierto aún todo el misterio de Jesús, y por eso muchas veces sus palabras las tomaban solamente en un sentido muy humano, muy de tejas abajo. Cuando hoy les habla Jesús de vivir para siempre no lo entienden; como tampoco terminaron de entenderlo allá en la sinagoga de Cafarnaún cuando también les hablaba de que comiéndole a El tendrían vida para siempre. Ahora les habla de confiar en El, de creer en su Palabra, para alcanzar esa vida que dura para siempre.

‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’, les dice. No terminan de entenderlo. Eso de no ver la muerte no les podía caber en sus cabezas. Son palabras, es cierto, difíciles, porque cuando hablamos de vida o de muerte pensamos en la realidad de la experiencia de lo que es nuestro vivir de cada día, comemos, dormimos, trabajamos, disfrutamos de las realidades materiales de la vida, vivimos en contacto con los demás, pero un día este cuerpo se enferma, este corazón se para, y ya parece que todo se acabó. Cogiendo al pie de la letra las palabras de Jesús, ¿por guardar su palabra este cuerpo no se va a enfermar y consumir, este corazón no se va a detener?

Tenemos que darnos cuenta de que Jesús nos está hablando de otro vivir, de algo más profundo que esa vida corporal, de algo que es lo que da verdadero valor a todo eso que material a corporalmente realizamos, de todo eso que más allá de nuestro cuerpo en nuestra mente llevamos y que es realmente lo que nos eleva, nos hace ser espirituales.

No vale entrar ahora aquí en aquellas discusiones que mantenían con Jesús con todas aquellas comparaciones con Abrahán o con los profetas que un día murieron. Jesús les está revelando el misterio de sí mismo, pero no terminan de comprender. ‘En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy’.

Está haciéndoles una revelación del misterio de la divinidad de Jesús, algo que ellos no podían aceptar. Por eso le rechazan, de alguna manera lo están considerando como un blasfemo cuando cogen piedras para apedrearlo. No lo harán ahora, porque Jesús se les escabulle entre las manos – aun no había llegado su hora – pero no tardarán en llevarlo a la cruz y al calvario. Será la Pascua de Jesús, que levantado en lo alto nos va a manifestar todo el misterio de Dios, porque nos va a manifestar ese amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo, como hemos venido reflexionando y como nos estamos queriendo preparar para la celebración de esa Pascua.

Pongamos toda nuestra fe en la Palabra de Jesús y tendremos vida. El ha venido y se ha entregado por nosotros y por todos para que tengamos vida en abundancia, para que tengamos vida eterna, para que no sepamos lo que es el morir, como hoy nos dice. Creemos en la Palabra de Jesús, plantándola en nuestro corazón y en nuestra vida, y tendremos vida para siempre. El se nos da, y como recordábamos, nos ha prometido que quien le come vivirá para siempre, El nos resucitará en el último día, nos hace partícipes de su misma vida.

 

miércoles, 6 de abril de 2022

Sabemos bien de quien nos fiamos, por eso creemos en su palabra para ser sus discípulos y vivir la plenitud de la libertad de los hijos de Dios

 


Sabemos bien de quien nos fiamos, por eso creemos en su palabra para ser sus discípulos y vivir la plenitud de la libertad de los hijos de Dios

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal. Dn 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56ª; Juan 8, 31-42

¿Promesas que engatusan? ¿Promesas que estimulan? Seguramente preferimos las segundas. Estamos cansados de promesas. Es la cantinela continua de nuestros dirigentes, pero eso no solo ahora, sino en todos los tiempos. Promesas llenas de engaños, manipulando palabras y sentimientos, haciéndonos creer lo imposible, distorsionando la realidad. Y al final nos sentimos engañados cuando abrimos los ojos de verdad. Por eso nos hemos vuelto desconfiados; pero ya no es solo que no creamos en nosotros, o lo que nos dicen los que están a nuestro lado, sino que esa desconfianza nos puede llevar a temas y asuntos que son verdaderamente trascendentes para nuestra vida, como sería incluso el ámbito de la fe.

Tenemos que saber de quién nos fiamos. Y ya no nos quedamos en las palabras, sino que tratamos de ver la autenticidad de quienes las pronuncian, si hay verdadera congruencia entre lo que nos dicen y lo que es la realidad de la vida. y aquí sí tenemos que decir que sí, que creemos, que nos fiamos, que aceptamos la Palabra de Jesús porque  miramos su vida, porque estuvo dispuesto a dar su vida por esa verdad que proclamaba y al final terminó muriendo en una cruz. De quien da la vida por nosotros nos podemos fiar. Es lo que queremos hacer con el evangelio de Jesús, con la buena noticia que nos proclama Jesús.

Hoy ha comenzado el evangelio diciéndonos: ‘Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Fijémonos que está hablando a aquellos que habían creído en El. Y es como una invitación a la confianza, a permanecer en la certeza de esa Palabra que habían escuchado y en la que creían; y quienes creen en Jesús y le siguen son sus discípulos, y el discípulo va a conocer toda la verdad que le enseña su Maestro; el discípulo de Jesús, el que cree y sigue a Jesús, va descubrir la verdadera sabiduría de su vida, va a encontrar la plenitud de su ser, ‘la verdad os hará libres’.

Claro que a continuación de estas palabras de Jesús se va a armar una discusión y un rechazo; pero no serán los que le aceptan y creen en él los que le discutan las palabras de Jesús y los que le rechacen, son aquellos que no quieren creer en Jesús ni en su palabra. Vendrá lo de que si son hijos de Abrahán, que no son hijos de una prostituta, que ellos se sienten libres y Jesús les hará comprender como están cegados y es la mentira la que envuelve su vida, por eso están llenos de pecado.

Jesús ha venido para arrancarnos de ese pecado; Jesús ha venido para quitarnos esa venda de los ojos que nos ciega; Jesús es el que viene en verdad a liberarnos de toda esclavitud; Jesús es el que viene en verdad a engrandecer nuestra vida, no hace grandes porque nos hace hijos de Dios. Pero tenemos que creer en El, fiarnos de su Palabra, dejarnos conducir por su Espíritu, llenarnos de su verdad y de su vida. No tenemos otro camino que Jesús. En El tenemos que creer. Nos sentimos en verdad estimulados con sus palabras para emprender con decisión ese camino de la fe.

Momento, pues, de reafirmar nuestra fe en Jesús. No solo como unas palabras que decimos o que repetimos; es con el convencimiento de nuestra vida, con lo que hemos de dar autenticidad a las palabras que pronunciamos para proclamar nuestra fe. Si antes pedíamos autenticidad en las palabras que nos dicen para creer en ellas, en consecuencia expresemos nosotros esa congruencia de nuestras palabras con nuestra vida para que sea auténtica nuestra fe. Que las palabras con las que proclamamos una fe no vayan por un lado mientras en la realidad de la vida vamos por otros derroteros, bien lejanos de esa fe. Es la sinceridad también con la que nos acercamos a la Pascua.

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

jueves, 17 de diciembre de 2020

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

 


El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

‘Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo’. Alguien podría decir que si estamos empezando la casa por el tejado. Si estamos en Adviento e iniciando esta última semana que tiene unas características especiales como preparación inmediata para la celebración de la Navidad el que ahora aparezca este versículo haciendo referencia al nacimiento de Jesús pudiera parecer como un contrasentido.

Pero no lo es. Es la meta hacia la que vamos. Y bien que necesitamos recordarlo y más en este mundo en que vivimos en que ya ni siquiera algunos quieren mencionar la palabra Navidad contentándose con aquello tan genérico de ‘felices fiestas’. Ya sabemos como estamos terminando en esta sociedad nuestra tan especial en una navidad sin Jesús y si podemos evitar esas palabras, las evitamos.  Alguien me hacía referencia estos días en que ya incluso las iluminaciones ‘navideñas’ de nuestras calles y plazas en la Navidad poco tienen que ver con el sentido de la navidad; muchas veces unas luces y cuantas más mejor para quedar por encima de otros lugares, pero apenas sin referencia a lo que en realidad celebramos.

El versículo que hemos citado al comienzo de esta reflexión viene a ser como el broche final de la genealogía de Jesús que nos propone el evangelista al iniciar el evangelio, la buena nueva de Jesús. ‘Origen (genealogía) de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham’, nos dice en su primer versículo. Jesús tiene una historia, pertenece a un pueblo y a una familia, tiene su origen en una raza y en la historia de ese pueblo. Eso nos viene a enseñar la genealogía. Por eso nos dice hijo de David – de la tribu de Judá lo que viene a ser cumplimiento de la bendición y promesa profética de Jacob – e hijo de Abraham para señalar su pertenencia al pueblo de la Alianza que tiene su origen en el patriarca Abraham.

Ya a lo largo del Evangelio en los diferentes evangelistas se nos darán otras connotaciones históricas para situarnos a Jesús en un tiempo concreto de la historia. No es un mito ni una invención, es un personaje de la historia pero que la trasciende, porque ese hijo de David y de Abraham es el Hijo de Dios que ha venido a encarnarse, a hacerse hombre y será en un momento y en una familia concreta, como nos señala a ‘José, el hijo de Jacob y el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado Cristo’.

Y ahora, en nuestra historia concreta, en las circunstancias concretas en las que vivimos en el momento presente nosotros vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. Algo que no podemos olvidar; algo, por supuesto, que no podemos disimular ni ocultar. Por eso en este momento presente nosotros queremos hacer presente a Jesús. Si en aquel momento histórico en que nació Jesús en Belén fue un rayo de luz que llenó de esperanza la humanidad, hoy necesitamos también ese rayo de luz, porque necesitamos resucitar la esperanza de la humanidad. Otros años quizás nos habíamos sentido como aturdidos por tanto jolgorio y tantas celebraciones externas, este año tenemos el peligro y tentación de dejarnos aturdir por la situación que vivimos y todo lo llenemos de la oscuridad de la desesperanza.

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, más que algo tendríamos que decir, a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy. El Evangelio de Jesús sigue teniendo mucho que decir al mundo en el que vivimos aunque algunas veces se nos oculte o incluso lo disimulemos. Esa Buena Noticia que es Jesús sigue siendo Buena Noticia hoy y tenemos que proclamarla.

Las mismas circunstancias que vivimos nos pueden hacer recapacitar para darnos cuenta de que son muchas las cosas que tienen que cambiar en nuestro estilo de vida y en nuestro mundo. Es la renovación que nos trae Jesús. Tenemos que dejarnos iluminar por su luz; tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle; tenemos que abrir todos los sentidos de nuestra vida para que se haga presente en nosotros y a través de nosotros llegue también a iluminar a nuestro mundo.

Miremos cómo lo vamos a hacer; dejémonos inspirar y conducir por su Espíritu que allá en lo  hondo de nosotros nos irá dando pautas y señalando caminos. Pero Jesús es nuestra única salvación.

jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

domingo, 8 de marzo de 2020

Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios


Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2imoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9
Hay momentos en que la vida parece que da un volantazo, porque nos damos cuenta que no podemos seguir por donde íbamos, que quizá todo parecía fácil y entraba en una normalidad, pero de pronto los cosas se pusieron difíciles, íbamos como por una llanura y ahora nos encontramos subiendo una pendiente. ¿Por qué? nos preguntamos. ¿Por qué ahora tenemos que tomar este otro camino? Como cuando vamos haciendo un camino para llegar a algún sitio y de pronto el camino cambió, lo que era llano y suave se hizo subida, lo que parecía que no costaba, ahora nos exige un esfuerzo distinto. Nos habíamos acostumbrado y ahora el cambio cuesta. ¿Qué es lo que hay detrás que merezca este cambio?
¿Por qué tenemos que subir ahora esta montaña? Quizá se estaban preguntando aquellos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a quienes Jesús se había llevado aparte y se había dispuesto a subir con ellos a aquella montaña. Iba a orar en lo alto ¿era necesario? Si Jesús oraba en cualquier sitio, en la noche solamente se apartaba un poco del resto y allí se ponía a orar. Pero ahora estaban subiendo y con no poco esfuerzo a lo alto de aquella montaña. La identificamos como el Tabor, que se alza en medios de las llanuras y valles de Galilea y es de costosa subida.
Cansados llegaron a lo alto y Jesús se dispuso para la oracion invitándoles a ellos a hacer lo mismo. Seguramente preferirían un descanso para entrar en un sopor que les hiciera recuperar las fuerzas, pero Jesús les estaba pidiendo con su propio ejemplo que se dispusieran a orar. Y comienza lo extraordinario y lo no esperado porque en la oración Jesús comienza a transfigurarse en su presencia. Su rostro resplandecía, sus vestiduras eran de un blanco deslumbrador, aparecía como nimbado por la gloria del Señor y allí estaban también Moisés y Elías junto a Jesús. Aquella presencia también iba a significar algo. Se quedaron ciegos de emoción y no querían que aquello se acabase.
Ya Pedro estaba disponiendo el levantar tres tiendas para que aquella visión continuase. ‘¡Qué bien se está aquí!’ fue su grito de exclamación y su deseo. La gloria de Dios los envolvía a ellos también. Una nube lo envolvía todo. La voz desde el cielo proclamaba que Jesús era el Hijo de Dios. ‘Este es mi Hijo amado. Escuchadle’, era la voz del Padre. Al escuchar la voz cayeron por tierra. ‘No temáis’, les dice Jesús y allí están solos con Jesús. ‘No habléis de esto a nadie hasta después de la resurrección de entre los muertos’, era el encargo que Jesús les hacia, pero había que bajar de nuevo de la montaña para seguir el camino. Había merecido la pena el esfuerzo y sacrificio de la subida.
Es tradición en la liturgia de la Iglesia que este segundo domingo de Cuaresma se nos presente este evangelio de la Transfiguración. Es una invitación, casi al principio de este camino cuaresmal, a que nos tomemos en serio del camino de la Pascua. Vamos subiendo con Jesús a Jerusalén. Un camino y una subida cuaresmal que no siempre es fácil, que exige su esfuerzo. Un camino que nos invita a seguir. Ni nos podemos quedar al pie de la montaña aplatanados por es fuerte el esfuerzo que se nos pide, pero tampoco nos podremos luego quedar en lo alto por muy bien que se esté allí, como se sentía Pedro.
El cristiano tiene que estar siempre en camino, caminos de superación y esfuerzo, camino de búsqueda de la presencia del Señor, caminos que se abren delante de nosotros bajando de la montaña o abriéndonos paso por los valles de la vida porque siempre tenemos que ir al encuentro del otro, al encuentro del mundo porque tenemos un anuncio que hacer. ¿Nos costará a nosotros también ese cambio que supone ponernos en camino en los caminos nuevos que se abren ante nosotros? ¿Hay algo que nos da certeza y seguridad?
A Abrahán Dios le pide, lo escuchamos en la primera lectura que se ponga en camino para ir a la tierra que el Señor le va a dar. Un camino de cierta incertidumbre porque no sabe hasta donde tiene que llegar, solo sabe que tiene que salir de su tierra y de la casa de su padre. Los apóstoles tras la visión de la gloria de Dios también han de seguir en camino, bajar de la montaña llevando con ellos un secreto que ahora no pueden revelar pero que es preanuncio para ellos de que en la pascua tras la pasión y la muerte va a haber resurrección. Luego tendrán que seguir haciendo camino porque será entonces cuando han de salir a hacer ese anuncio al mundo. ‘Id al mundo entero a proclamar esa buena noticia’, les dirá Jesús antes de la Ascensión. Serán testigos no solo en Jerusalén sino hasta los confines de la tierra.
La contemplación que hoy hacemos de la transfiguración es una invitación a ponernos en camino, a salir de nuestra casa, de la casa de nuestras comodidades y rutinas, para entrar en ese camino nuevo que se abre ante nosotros para que también hagamos el anuncio. Llevaremos con nosotros el secreto de la Pascua pero que hemos de transmitir a los demás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios y es nuestra salvación y la salvación del mundo que tenemos que anunciar.
No nos asusta la pascua porque aunque haya pasión y muerte tenemos la certeza de la vida y de la resurrección. Merece la pena el sacrificio de la pasión, como les mereció la pena el sacrificio y esfuerzo de la ascensión del Tabor para los tres discípulos que acompañaban a Jesús.
Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración también nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión – nos podemos sentir tentados como los discípulos en la pasión a abandonar y huir como salieron huyendo del huerto, o a encerrarse donde se sintieran seguros como estuvieron encerrados en el Cenáculo -, porque sabemos bien lo que hay detrás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios. Así hemos escuchado hoy la voz del Padre que nos lo certifica desde el cielo. Así podremos superar la tentación de la huida o del encerrarnos llenos de miedo en lugar cómodo donde nada nos pueda pasar.
Subimos hoy al Tabor de la Transfiguración porque queremos subir también con Jesús a su Pascua; nos gozamos  hoy con la gloria del Señor transfigurado como sentiremos la alegría de la resurrección para sentirnos enviados a llevar la Buena Nueva de la salvación al mundo que nos rodea.  Queremos vivir el compromiso de la Transfiguración y de la Pascua.

domingo, 12 de marzo de 2017

Desde la contemplación de la Transfiguración del Señor aprendemos a ponernos en camino para ir al encuentro con el mundo al que tenemos que anunciar la luz del Evangelio

Desde la contemplación de la Transfiguración del Señor aprendemos a ponernos en camino para ir al encuentro con el mundo al que tenemos que anunciar la luz del Evangelio

Génesis 12,1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1,8b-10; Mateo 17,1-9
Unos verbos que nos marcan un itinerario y una invitación que nos hace mirar hacia cosas sublimes. En la vida hemos de saber estar siempre en camino, un camino que nos haga salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y rutinas y que haciéndonos descubrir cosas nuevas nos esté llevando a crecer en la vida, a descubrir lo nuevo que nos pueda conducir a vivir la vida con mayor plenitud.
No hay cosa peor que quedarse estancado; las aguas estancadas se vuelven putrefactas y se pueden infectar de gérmenes malignos que dañen todo a su alrededor. Así nos puede pasar en la vida cuando nos acostumbramos a las cosas y todo se puede convertir en rutina.
Algunos prefieren, es cierto, la inmovilidad, lo que no les obligue a hacer nuevos y extraordinarios esfuerzos, viven como cansados en la vida y se tiene el peligro de perder la ilusión y en consecuencia la vitalidad. Cuando hay esa ilusión por vivir, por caminar, por buscar algo nuevo se promueve y renueva la creatividad y pueden surgir iniciativas de cosas maravillosas.
Así tenemos que ser también en nuestra vida cristiana, en la vida del seguimiento de Jesús. Siempre tenemos que ser hombres nuevos, lo que implica una renovación continua de nuestra vida para no quedarnos anquilosados y volver a ser hombre viejo. De ahí lo que sugería al principio de la reflexión, esos verbos que aparecen hoy en la Palabra de Dios y que, como decíamos, nos marcan un itinerario.
Ponerse en camino, el primero que se nos sugiere. Dios llamó a Abrán y le dijo que saliera de su tierra, que se pusiera en camino. No le dice, incluso, a donde ha de ir, sino que se ponga en camino a una tierra nueva que el Señor le va a dar. Salir de Ur de Caldea – hoy los territorios del Golfo Pérsico – y llegar a la tierra de Canaán no era un camino fácil, porque habría que atravesar muchos territorios y también desiertos. Pero Abrahán se puso en camino. Se desprendió de muchas cosas, dejó atrás su tierra y su familia, era el creyente verdadero que se fiaba de Dios.
‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. Subir a la montaña. Jesús se llevo consigo a aquellos tres discípulos. Una ascensión, con dificultad, con esfuerzo para ir hacia arriba. Los llevaba a la oración. Los llevaba a que descubrieran algo nuevo conociéndole a El. Es necesario subir, no quedarnos para siempre de tejas abajo, en la llanura donde no se necesitan tantos esfuerzos, pero merece la pena.
‘Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él’. Y tanto mereció la pena que ya Pedro estaba pensando en quedarse allí para siempre. Harían tres tiendas, para Jesús, para Elías, para Moisés; aunque en su deseo en parte egoísta de quedarse allí para siempre sin embargo ya no estaba pensando en si mismo.
Pero ahí no terminaba todo porque ‘todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo’. Se llenaron de temor, se cayeron de bruces, una nube luminosa los había envuelto, era la gloria de Dios que se manifestaba y creían incluso que iban a morir según el concepto que tenían de que quien viera a Dios moriría. Pero ante ellos se estaban abriendo nuevos caminos. Contemplaban la gloria del Señor y ahora tendrían que iniciar un nuevo camino. Como Moisés cuando contempló la gloria de Dios en la zarza ardiendo y sintió que Dios le llamaba para ser el liberador de su pueblo.
Será necesario bajar de nuevo de la montaña porque hay que ir allí donde está la vida de cada día; aquella experiencia había de quedar guardada en sus corazones hasta que Jesús resucitara de entre los muertos. Pero habían vivido una experiencia de Dios que señalaba muchas cosas nuevas para su vida.
El itinerario estaba trazado y es el itinerario que nosotros también hemos de aprender. Tenemos que aprender a despojarnos de muchas cosas porque de lo contrario no podremos hacer el camino. Cargar con muchas cosas en la mochila de nuestra vida nos resta libertad; son tantos apegos de los que hemos de desprendernos.
Empezando por nuestro yo que tantas veces nos encierra porque nos creemos el ombligo del mundo y creemos que todo tiene que girar en nuestro derredor y nuestros intereses o ambiciones egoístas. No podemos pensar por otra parte que ya tenemos todo el camino recorrido o que ya nos lo sabemos; Dios nos va llamando y aunque muchas veces no comprendamos del por qué nos suceden tantas cosas son caminos que el Señor va abriendo delante de nosotros.
Problemas que nos han surgido en un momento determinado, un rumbo nuevo que le hemos tenido que dar a nuestra vida, una palabra nueva que nos ha llegado al corazón, hechos y circunstancias que suceden en nuestro mundo que es tan cambiante, ahí hemos de saber descubrir esos caminos del Señor y aunque nos cueste ponernos a caminar, ponernos a hacer ascensión en nuestra vida, dejarnos envolver por esa nube que nos puede parecer oscura pero que si la miramos con ojos de fe puede ser muy luminosa para nuestra vida.
Hemos de aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, hemos de aprender a escuchar para conocer a Jesús, para descubrir a Jesús tal como El hoy quiere manifestársenos. Ya no podemos quedarnos estancados ni estáticos porque una vida nueva sentimos que llena nuestro corazón. San Pablo nos decía hoy que ‘tomaramos parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza de Dios’. La Iglesia hoy nos está invitando a ponernos en salida porque hemos de ser discípulos y misioneros en medio de nuestro mundo. Un amplio camino se abre ante nosotros.



domingo, 24 de julio de 2016

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

 Génesis 18, 20-32; Sal 137;  Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
‘Jesus estaba orando en cierto lugar, nos dice el evangelista, y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos…’ La oración de Jesús hace surgir el deseo de aprender a orar como El; no es solo, aunque eso pudiera parecer, que igual que otros grupos de creyentes tenían su propia forma de orar - y aquí se menciona al Bautista y sus discípulos como serían los grupos de los fariseos o de los esenios del desierto del Mar Muerto – sino que en el fondo es el deseo de imitar a Jesús.
El evangelio nos presenta distintos momentos de esa oración personal de Jesús que se retira al descampado en la noche, o sube a la montaña como cuando fue con aquellos tres discípulos en el Tabor, o más tarde le contemplaremos en Getsemaní que se ve que era un lugar frecuentado por Jesús en los alrededores de Jerusalén, por mencionar algunos momentos.
¿Será también nuestro deseo? ¿Será nuestra petición de la misma manera? Muchas veces quizá pensamos también que no sabemos orar, que no sabemos hacer nuestras oraciones. Quizá nos contentamos de repetir las oraciones aprendidas de memoria, o valernos ritualmente de unas oraciones prescritas por la liturgia; quizá lo que hacemos es presentar nuestras listas de peticiones o de lamentos esperando el milagro de que se nos resuelvan nuestros problemas, o quizá buscamos algo más y allá en lo más hondo de nosotros mismos nos detenemos para sentir a Dios, para escuchar a Dios.
La oración es el abrazo de Dios, escuché decir a alguien. Nos gozamos en Aquel que sabemos bien que nos ama; nos gozamos en el amor porque también nosotros queremos amar y queremos sentirnos profundamente unidos en un abrazo de amor con quien sabemos que nos ama. Como el niño que se siente seguro en los brazos de su padre y no se cansa de llamarlo su papá nos gozamos en la ternura de Dios, nos sentimos abrazados por el amor de Dios. Por eso es la primera palabra que Jesús nos enseña a decirle a Dios, Padre, ‘Abba’ que en el propio lenguaje arameo de Jesús expresaba una gran ternura.
La oración sin dejar de ser comunicación es comunión, comunión de amor. Es comunicación porque es el dialogo entre la Palabra y nuestra palabra, pero es el diálogo que brota del amor del corazón de Dios y que nos hace entrar en comunión desde nuestro amor, desde lo más hondo de nuestro corazón.  ¿No sienten deseos de un abrazo de amor aquellos que se aman de verdad? Y no querrán que se abrazo se termine, ansiamos un abrazo eterno de amor. Cuando nos sentimos en una comunión tan hermosa de amor con Dios entonces no nos cansaremos, nuestra oración no podrá ser aburrida ni nada que nos canse ni nos desanime en ningún momento.
Jesús nos ofrece el modelo de oración que hemos de vivir gozándonos en su amor y queriendo repetirle una y otra vez lo gozosos que nos encontramos con El; por eso nuestra oración es alabanza al nombre de Dios – ‘santificado sea tu nombre’, decimos -, nuestra oración es deseo de permanecer unidos a El para siempre viviendo su reino, buscando su voluntad, apartándonos de todo mal, viviendo en la misericordia que en El encontramos y que a todos siempre manifestaremos, viviendo, en una palabra, todo el sentido del Evangelio del Reino que Jesús nos ha anunciado y enseñado.
Nuestra oración verdadera estará siempre impregnada del evangelio porque si no fuera así no seríamos capaces de hacerla con verdadero sentido, pero al mismo tiempo nos enseña y nos da fuerza para vivir ese espíritu del Evangelio. Quien no ha llegado a entender y querer vivir el evangelio de Jesús no podrá hacer con todo sentido la oración de Jesús. Por eso quizá muchas veces nos cuesta hacer nuestra oración.
Hoy Jesús nos hablará de nuestra perseverancia en la oración con la confianza de los amigos que saben acudir el uno al otro a cualquier hora y en cualquier momento, con la confianza de los hijos que saben que están confiando en un padre que siempre les dará lo bueno, les dará lo mejor. Es hermoso el texto que se nos ofrece por otra parte en la primera lectura, cómo Abrahán insiste y porfía en sus peticiones al Señor. ‘Me he atrevido a hablar a mi Señor… que no se enfade mi Señor si hablo una vez más…’ le dice. Es la insistencia de la amistad, es la insistencia del amor.
Santa Teresa del Niño Jesús decía que la oración e realidad es algo tan sencillo como ‘un impulso del corazón, una sencilla mirada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría’. Y ya sabemos lo que la gran maestra de oración, santa Teresa de Ávila, explicaba: ‘oración es hablar de amistad con quien sabemos nos ama’.
‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros hoy, enséñanos a gustar de la oración, haznos sentir ese abrazo de amor.

domingo, 21 de febrero de 2016

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1; Lucas 9, 28b-36
‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar…’ Así escuchamos hoy al principio del Evangelio. Los había invitado un día a seguirle y ellos lo habían dejado todo. Van haciendo camino con Jesús. No es solo que recorran los pueblos y las aldeas de Galilea o se acerquen a otros lugares, atravesando el lago, yendo más allá de lo que era la tierra de los judíos o marchasen a Jerusalén como pronto les vamos a ver hacer. El camino era algo más eso. Y en ese camino que van haciendo ahora les invita a subir a la montaña alta que allí se yergue en medio de las llanuras y valles de Galilea.
Subir a la montaña es una etapa más del camino de seguir a Jesús. Bíblicamente es una imagen que se repite. Al monte Moria sube Abrahán a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide. En la montaña primero en medio de una zarza ardiendo en el Horeb y más tarde en el Sinaí Dios se le manifiesta a Moisés confiándole una misión de liberar a su pueblo y estableciendo las cláusulas de la Alianza en un segundo momento. Elías igual que Abrahán en la montaña buscará ver el rostro de Dios y sentirá lleno de su fuerza para continuar su misión profética.
Ahora suben con Jesús a la montaña, porque Jesús va allí a orar. Aceptan la invitación con sus dificultades y sus exigencias, aunque aun no saben cuánto en lo alto de la montaña va a suceder. Pero como toda subida a una montaña exige esfuerzo y superación, constancia para llegar a lo alto a pesar de la dificultad y desprendimiento para dejar a un lado lo que sea una rémora que estorbe en la ascensión.
Es todo muy significativo para el camino de cada día de nuestra vida donde tantas veces parece que nos vemos superados por el cansancio o tenemos el peligro de que nos pueda la comodidad. Solo cuando nos esforzamos y luchamos teniendo claras cuales son nuestras metas seremos capaces de vencer las dificultades y lograr aquello que anhelamos y ponemos como objetivos de nuestra vida. Si nos sentimos derrotados a la primera dificultad nunca conseguiremos algo que merezca la pena y nuestra vida se convierte en insulsa y sin valor.
Van con Jesús a subir a la montaña porque va allí Jesús a orar, como tantas veces se retiraba a lugares apartados para vivir la intimidad del encuentro con el Padre. Ellos también van invitados a lo mismo y ya fuera por el cansancio del esfuerzo o por las modorras que se nos meten en la vida, se caían de sueño nos dice el evangelista. Qué curioso cómo nos entra sueño cuando nos ponemos a rezar, pero quizá no estamos viviendo la intensidad del encuentro de amor que tendría que ser siempre nuestra oración. Algunos rezan para dormirse cuando en la noche no les entra sueño.
Pero ya hemos escuchado el relato del evangelio y en lo alto de la montaña suceden cosas extraordinarias porque Jesús se transfiguró en su presencia. Se manifestaba la gloria del Señor en los resplandores del rostro de Jesús y en la blancura tan especial de sus vestiduras. Allá aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús de la muerte cercana que iba a sufrir en su subida a Jerusalén – aparece de nuevo la subida que culminará en lo alto del Calvario -.
‘¡Qué bien se está aquí!’ Esto es un éxtasis contemplando la gloria de Dios. Será el que se adelanta con sus proyectos de levantar tres tiendas para quedarse en ese éxtasis para siempre. Pero se ven envueltos en una nube, signo de la presencia misteriosa de Dios, y la voz del Padre va a señalarnos quien es Jesús y lo que tenemos que hacer. ‘Una voz desde la nube decía: –Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Luego ya estará Jesús solo y aunque no terminaban de comprender bajaron en silencio de la montaña. El camino había de continuar pero ellos habían vislumbrado la gloria del Señor que verían más claramente en Jesús para reconocerle como el Señor después de la resurrección. Habían oído hablar una vez más de muerte, de la muerte que había de pasar Jesús, pero habían escuchado la voz del cielo que les aclaraba suficientemente quien era Jesús. Era un anticipo de la Pascua que habían de vivir.
Como nosotros, en este camino de la vida, en este camino de Cuaresma que vamos haciendo estamos pregustando las mieles de la Pascua. Sabemos que tenemos que seguir haciendo el camino, subiendo a la montaña, superándonos cada día más para ser más fieles, desprendiéndonos de todos esos apegos que nos tientan y nos impiden hacer el verdadero camino; y sabemos que tenemos que subir al monte de la oración, del encuentro vivo con el Señor, porque allí le encontraremos con todo su amor, allí encontraremos esa fuerza y esa gracia para seguir haciendo el camino, allí nos llenaremos de la gracia de la presencia del Señor y podremos entonces vivir la Pascua que nos transforma, que nos llena de luz y de vida, que nos hace gustar el ser y vivir como hijos de Dios.
Vamos pues a buscar ese rostro de Dios misericordioso. Lo tenemos en Jesús. Lo encontramos en Jesús, que ya nos dice que quien le ve a El, ve al Padre. Así además nos lo ha señalado el Padre. Es mi Hijo, es mi amor, es mi amado y es en quien os amo, es la prueba infinita del amor porque nadie ama más que quien da la vida por el amado, es la manifestación de mi amor. Escuchadle, contempladle, abrid vuestros ojos y vuestros oídos, abrid vuestro corazón, abrid vuestra vida a su presencia a su amor; El lleva la misericordia de Dios para con los hombres, por se va a entregar, porque lleva el perdón, porque lleva la paz, porque se manifiesta así la ternura de Dios, el corazón compasivo de Dios.
Pero nos confía una misión como siempre tras toda manifestación de Dios, la de ser en medio del mundo signos de la misericordia de Dios con nuestra vida de amor.