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martes, 24 de febrero de 2026

Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

 


Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

¿Te has parado alguna vez a contemplar la caída de la lluvia desde detrás de una ventana? Aunque nos parezca una cosa como tan sin importancia y elemental creo que todos hemos de reconocer que lo hemos hecho más de una vez. ¿Y qué es lo que hacemos, pensamos o decimos en situaciones así? Seguramente nos hemos quedado en silencio contemplando, sin palabras, con la mirada que se traspone más allá de la lluvia, con nuestros pensamientos puestos, ¿dónde?, donde más allá de donde estamos, más allá de esa lluvia que cae, nos sentimos transpuestos, no damos respuestas, no intentamos hacer nada, simplemente contemplamos, pero en el fondo parece que nos sentimos con nueva vida, nos sentimos renovados y revitalizados. ¿Es simplemente el contacto y la contemplación de la naturaleza o es algo más? No tenemos palabras.

¿Os habéis fijado en lo que hoy nos dice el profeta Isaías? Nos habla de la lluvia y de la nieve que caen mansamente y que empapan la tierra, y que hacen germinar las semillas y vuelven fecunda a esa tierra así empapada por la lluvia. Pero ya vemos la intención que tiene el profeta, quiere hablarnos de algo más, es una imagen que nos está poniendo para ese venir de Dios a nuestro encuentro, cuando El quiere y como El quiere, nos está dando una imagen de lo que es la oración. ¿Y qué es la oración sino una contemplación de la presencia de Dios que nos inunda y todo lo llena con su gracia haciendo fecunda nuestra vida?

Cuando pensamos en la oración decimos habitualmente que no sabemos orar; un poco nos escudamos en eso para no llegar a lo que tiene que ser una auténtica oración. Y pensamos en palabras que tenemos que decir – nos las hemos aprendido de memoria para tener la comodidad de repetirlas pero sin implicarnos mucho en lo que decimos – pensamos en las cosas que tenemos que pedir o pensamos en aquellos de los que queremos acordarnos para pedirle a Dios algo para ellos. Pero ¿es esa la imagen que nos da el profeta Isaías de lo que tiene que ser nuestra oración o de lo que luego nos enseñará Jesús en el Evangelio?

Ya de entrada nos está diciendo Jesús que no preparemos las palabras que tenemos que decir, porque realmente nosotros en nuestra oración andamos muy preocupados por la lista de la compra. Sí, pareciera que llevamos un montón de expedientes debajo del brazo como cuando vamos a rendir cuentas ante el jefe de nuestra oficina o para no olvidamos de todas aquellas cosas que necesitamos y tenemos que pedirle.

¿En eso tiene que convertirse nuestra oración? Quedémonos contemplando la lluvia, quedémonos saboreando esa presencia de Dios, quedémonos sintiendo el placer del amor que El nos tiene. Y es que el amor no es para decir cosas bonitas sino para disfrutarlo, disfrutar de estar con quien sabemos que nos ama. Y El que nos ama sabe muy bien las cosas que necesitamos y porque nos ama nos regalará mucho más de lo que nosotros apetecemos o creamos merecer.

Es eso también lo que nos está enseñando Jesús cuando nos enseña a orar. Los discípulos le habían pedido que les enseñara a orar porque lo contemplaban a El orando y para Jesús no era una cosa cansada y aburrida sino que era disfrutar de la presencia y del amor del Padre. Es lo que nos enseña a nosotros, es la primera palabra que va a surgir cuando nos disponemos a orar, es lo que nos enseñó Jesús, comenzar diciendo simplemente ¡Padre!

Y desde ahí surgirá todo, el sentir la gloria de Dios y entonces sentirnos transformados, el darnos cuenta que no tenemos otra cosa que hacer sino amar y porque amamos queremos en todo buscar lo que es su voluntad, vivir sintiendo el Reino de Dios en nuestras vidas porque sentimos ya que Dios lo es todo para nosotros. Así se irían desgranando todas esas pautas que Jesús nos ha dejado para hacer más auténtica nuestra oración, así nos sentiremos amados y confiados porque igual que no abandona a los pajarillos a los que proporciona alimento así la providencia de Dios vela por nosotros; nos sentiremos envueltos por su amor gozándonos en la misericordia que nos perdona, pero que nos impulsa a actuar con el mismo corazón y que si Dios está con nosotros no cabe en nuestra vida el mal porque todo se convierte en un torrente tumultuoso de amor.

¿Qué es orar? Contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo para nosotros y para nuestro mundo, sentirnos inundados de amor.

sábado, 9 de marzo de 2024

Nos sentimos humildes acogiéndonos a la misericordia porque somos pecadores pero en nuestra humildad también somos agradecidos porque Dios realiza maravillas en nosotros

 


Nos sentimos humildes acogiéndonos a la misericordia porque somos pecadores pero en nuestra humildad también somos agradecidos porque Dios realiza maravillas en nosotros

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Claro que sí, nos gustaría ser impecables, perfectos, sin cometer ningún error, que todo lo hiciéramos bien siempre, pero no seamos autosuficientes ni orgullosos, que bien sabemos de la pasta que estamos hechos, por decirlo de alguna manera, no somos perfectos, no podemos ir por ahí dándonosla siempre de que somos poco menos que perfectos, que todo lo hemos hecho bien en la vida, y que somos mejores que los demás.

Nos puede suceder a todos, y bien vemos en la vida que nos encontramos con personas así, que siempre se creen perfectos, que consideran que siempre pueden estar dando consejitos a los demás para que sean buenos, porque así se creen que son ellos. Qué mal nos sentimos cuando nos encontramos personas así, autosuficientes y siempre llenas de orgullo. Pero cuidado nosotros de alguna manera queramos presentar muchas veces esa fachada ante los demás y cuánto nos cuesta reconocer nuestros fallos, nuestros errores, los tropiezos que vamos teniendo tantas veces en la vida.

Hay muchas reacciones en general en la gente ante actitudes así. Y es que nos hacemos insoportables con nuestros orgullos y vanidades, aunque nos creamos que vamos deslumbrando a los demás. Pero también nos encontramos con los que no soportan que a su lado haya personas buenas, no perfectas porque ya decíamos que nadie es perfecto, pero a quien no siempre lucha lo suficiente por superarse, sabe quizás que no está haciendo bien pero no pone mucho de sí mismo para salir de ese estado, su propia impotencia les lleva a la desconfianza y a la descalificación de los demás.

No sé por qué, bueno la raíz en cierto modo está en esto que estamos diciendo, se ataca con tanta fiereza a los que intentan hacer el bien, son asiduos de la Iglesia e intentan vivir con la mejor rectitud su vida cristiana. Bien sabemos cómo hay siempre quien trata de descalificar todo lo bueno, echar cenizas allí donde puede brillar alguna luz, porque en cierto modo a los que viven en tinieblas les molesta la luz. También es cierto que a quienes intentan hacer las cosas bien no les falta la tentación también de la vanidad y del orgullo.

Hoy nos propone Jesús en el evangelio una pequeña parábola. Habla de los dos que subieron al templo a orar, y mientras uno no hacía sino vanagloriarse poco menos que a voz en grito delante de todos diciendo lo bueno y la justo que era por algunas de las cosas que hacía, el otro desde un rincón del templo casi no se atrevía a levantar su rostro porque se sentía pecador y no hacía sino pedir la compasión de Dios. Y nos termina diciendo Jesús en la parábola que éste bajó a su casa justificado, por la humildad de sentirse pecador, mientras el otro no.

Creo que el mensaje está claro. No podemos andar por la vida con esas vanidades y menos podemos presentarnos delante de Dios queriendo auto justificarnos siempre de lo que hacemos. No es con una lista de méritos en las manos como tenemos que presentarnos ante de Dios. Es desde la humildad desde donde nuestro corazón será agradable a Dios, como también nos hacemos más agradables ante los que nos rodean.

Nos sentimos pecadores y nos acogemos a la misericordia de Dios, con la certeza y la garantía de que el Señor es siempre compasivo y misericordioso. Pero en esa actitud humilde ante de Dios también tenemos que saber reconocer la obra de gracia que Dios realiza en nosotros.

¿No lo hizo María, como canta en el Magnificat, que el Señor se fijo en la pequeñez de su esclava e hizo obras grandes y maravillosas en ella? también la gratitud es una forma de mostrar nuestra humildad; porque somos verdaderamente humildes somos agradecidos, porque reconocemos la acción de Dios en nuestra vida. Y no es que vayamos con una lista de méritos delante del Señor, pero si hemos de saber reconocer los pasos que vamos dando viendo en ellos una obra de Dios que nos ha dado fuerza, que nos ha regalado su gracia y así podemos ir avanzando en la vida.


miércoles, 11 de octubre de 2023

Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

 


Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

¿Rezamos? ¿Oramos? No son preguntas retóricas. Son preguntas para definirnos. Porque rezar puede ser que lo hagamos; nos sabemos muchas oraciones de memoria que aprendimos de pequeños. Y puede ser que mantengamos la costumbre de hacer nuestras oraciones cada noche y rezamos todo lo que sabemos, o quizás también cuando despertamos por la mañana lo primero que hacemos es rezar nuestras oraciones. Momentos en los pasamos nuestros apuros, nuestras dificultades o nuestros problemas, rezamos todo lo que sabemos a ver cómo salimos de aquella situación. Y recitamos padrenuestros, y repetimos una y mil veces el avemaría, o rezamos todas las novenas del mundo para lograr la intercesión de los santos y toda la corte celestial por aquella enfermedad, por aquel problema, por aquello que le ha sucedido a un ser querido.

No me interpreten mal, y no tomen todo esto que estoy diciendo como una crítica a algo que hacemos que pueda o no tener sentido. Quiero hacer reflexionar. Sí, que pensemos. ¿En todos esos rezos en verdad hemos entrado en unión con Dios? ¿Ha sido en verdad un hablar a Dios de corazón a corazón, como habla un hijo con su padre? Por eso nos preguntamos si en verdad oramos. Y esto lo estoy expresando mirándome a mí mismo y mi forma de orar.

Hoy nos dice el evangelista que viendo los discípulos a Jesús a orar, vinieron pedirle que les enseñara a orar como Juan había hecho con sus discípulos. Y ya conocemos la respuesta de Jesús, ya sea en esta versión más breve de san Lucas, o la otra un poco más extensa del evangelio de san Mateo. Los discípulos le pidieron que les enseñase a orar. No lo olvidemos. Por eso Jesús no enseña oraciones para rezar, sino que Jesús nos da la pauta de cómo hemos de hablar con Dios nuestro Padre. Por eso, es la primera palabra, Padre. Una palabra para saborear, para gustarla en el corazón, una palabra para disfrutarla mientras la decimos, una palabra que sabe a miel, porque sabe a amor; es reconocernos hijos, es decir, amados.

Y desde ahí nuestro corazón comienza a hablar, nuestro corazón comienza a cantar. ¿Qué es lo que hacen los hijos cuando se sienten queridos por sus padres? Amar, en una palabra; decirle que los amamos, y ya nos buscaremos palabras bonitas para expresarlo o tendremos los más hermosos y gozosos gestos de ternura, pero sobre todo lo vamos a expresar manifestando el gozo de ser hijos; y cuando un hijo y su padre se aman de verdad, sienten unidos sus corazones y sienten que es una misma su voluntad. Queremos que nuestro padre se sienta feliz con nosotros. ¿No son las cosas que Jesús a continuación nos dice que tiene que ser nuestra oración?

Y surgirá el corazón el poner en el corazón del padre aquellas cosas que preocupan a los hijos, sus necesidades, sus luchas, sus deseos de caminar y de avanzar sintiéndose seguros. ¿En quien vamos a confiar sino en aquel que sabemos que nos ama? ¿A quién vamos a expresar entonces lo que son nuestras preocupaciones, nuestros sueños o nuestros deseos?

Es la oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amor, correspondiendo a ese amor. Es lo que hacía Jesús, es lo que nos enseña a hacer nosotros. Es lo que en verdad tiene que ser nuestra oración, ese diálogo de amor, ese diálogo de quienes se sienten enamorados, cogidos por el amor.


martes, 5 de julio de 2022

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 


Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38

Los signos del Reino de Dios se van prodigando en la medida en que avanzamos por las páginas del evangelio. Aquellas señales anunciadas por los profetas y que Jesús mismo nos recuerda cuando proclama la profecía de Isaías en la Sinagoga de Nazaret se van cumpliendo. Escuchamos el relato de la resurrección de la hija de Jairo, como la curación de la hemorroísa que se había acercado con fe a Jesús queriendo tocarle al menos la orla de su manto; se van sucediendo relatos de curaciones de ciegos a los que se les devuelve la vista o como es el caso que escuchamos hoy en el evangelio será un hombre atenazado por el espíritu del maligno y que no podía hablar el que ahora es curado por Jesús para que pueda manifestarse y expresarse con entera libertad.

Son los signos que nos liberan, y no solo de enfermedades o limitaciones físicas, sino de ese mal que más hondo mora en nosotros y del que Jesús quiere liberarnos. Son muchos los que acercan hasta Jesús para ver la liberación y la salvación en sus vidas. Es el signo y señal de que algo nuevo está comenzando, que una nueva primavera de vida va brotando con el paso y la presencia de Jesús. Será clara la liberación que Jesús quiere hacer en nosotros y van brotando semillas nuevas de ese Reino de Dios que abre horizontes, en encamina para un mundo nuevo.

La gente decía admirada que nunca había visto cosas igual, aunque por otra parte haya algunos que quieren negar lo evidente y lo que quieren es socavar los cimientos de la confianza que la gente sencilla y humilde ha puesto en Jesús. Siempre estarán al acecho los fariseos y maestros de la ley para hacernos su interpretación, que lo que Jesús hace no es con el dedo de Dios, con el poder de Dios, sino con el poder del príncipe de los demonios. Como Jesús les hará ver en alguna ocasión, todo reino dividido se destruye a sí mismo, luego son incomprensibles y sin sentido las palabras de los que quiere enturbiar la acción de Jesús que va así realizando el Reino de Dios.

Hoy le contemplamos recorriendo las ciudades y las aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios y realizando esos signos que nos manifiesta que ya el Reino de Dios está entre nosotros. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Pero realizaba los signos, curaba de toda clase de enfermedad, iba transformando el corazón de los hombres y mujeres que le rodeaban y le escuchaban, porque algo nuevo, una vida nueva iba brotando en ellos.

¿Cómo estamos haciendo presente el Reino de Dios hoy en este mundo concreto que nos ha tocado vivir? ¿Estaremos haciendo resplandecer de verdad esos signos del Reino de Dios que se han de ir manifestando en nuestra vida? Tenemos que ser un signo bien palpable en medio de nuestro mundo, donde también muchos se sienten extenuados, desorientados, abandonados. Es nuestra tarea.

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo, como Jesús caminaba en medio de aquellos pueblos de Galilea y toda Palestina, realizando de la misma manera esos signos del Reino de Dios para que el mundo alcance esa luz, para que tantos se dejen iluminar y renovar por esa luz y encuentren de nuevo el sabor del evangelio. Por eso nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. No lo podemos olvidar. Un amplio campo que se abre ante nosotros y por el que también debemos orar, como nos está pidiendo hoy Jesús. ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Estemos atentos a esto que nos dice Jesús hoy en el evangelio. También tenemos que orar, por la abundancia de trabajadores, pero también por la realidad de ese mundo en medio del cual estamos. Será nuestra oración lo que lo vivificará porque hará que se derrame el Espíritu del Señor sobre él.

sábado, 20 de febrero de 2016

Que nos sintamos orgullosos de ser buenos hijos del Padre del cielo porque amamos a todos, incluso a los enemigos, con un amor como el suyo

Que nos sintamos orgullosos de ser buenos hijos del Padre del cielo porque amamos a todos, incluso a los enemigos, con un amor como el suyo

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Qué orgullosa se siente una madre, y lo mismo podemos decir de un padre, al que le dicen que si hijo se parece a él; y no solo por los parecidos físicos, que si la nariz, que si el corte de cara o cosas por el estilo en que siempre estamos sacando los parecidos, sino por la forma de actuar, por la forma de pensar, por la forma de hacer las cosas o de enfrentarse a la vida. Y lo mismo podemos decir del hijo al que le dicen ‘eres igualito que tu padre’ porque reflejamos en nuestro actuar lo que de los padres hemos aprendido.
Pues eso es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Nuestro ideal y nuestra meta la tenemos en Dios. Como nos dice textualmente hoy ‘así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’, o como a continuación terminará diciéndonos ‘por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.
¿Y qué nos ha dicho que hemos de hacer para expresarnos y manifestarnos verdaderamente como hijos de nuestro Padre del cielo? ¿En qué ha de consistir esa perfección en la que hemos de imitar a Dios? En una palabra lo resumimos, en el amor.
Pero no es un amor cualquiera, no es un amor a medias, no puede ser un amor raquítico, no nos podemos quedar en amar a los que nos aman. Tenemos la tendencia a la ley del mínimo esfuerzo; somos tan rutinarios que nos contentamos con poco; hacemos muchas veces las cosas a medias porque lo poquito que nos sale como espontáneo ya nos parece suficiente; porque eso de esforzarnos para vencer nuestro amor propio y nuestro orgullo pareciera que no está muchas veces en nuestros planes; porque nos dejamos caer por esa pendiente cómoda de que ya es suficiente lo que hacemos comparando con lo que recibimos. Así nos ponemos tantas disculpas.
Hoy Jesús nos traza las metas del amor, nos señala los limites que nunca podemos poner. Nos habla del amor a los enemigos, a los que nos hayan podido hacer mal. ¿En qué nos vamos a diferenciar en nuestro amor? Seremos hijos de nuestro Padre del cielo si intentamos amar con un amor semejante al que El nos tiene. ‘Siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros’ nos recordará más tarde san Pablo en sus cartas. Y, como nos dice hoy Jesús, ‘si amamos solo a los que nos aman, ¿qué merito tenemos?’ Eso lo hace cualquiera.
Porque sabemos que es difícil porque pesan demasiado en nuestro corazón los orgullos y nuestro amor propio Jesús nos dice que recemos por aquellos que no nos aman, por aquellos que incluso nos han hecho mal. ‘Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Estoy seguro que si llegamos a ser capaces de hacer esto que nos dice Jesús, comenzaremos a amar también nuestros enemigos. Esa oración nos va a ayudar a ir realizando ese cambio profundo en nuestra actitud, en nuestra manera de ver al otro, en esa comunión nueva que se va creando, precisamente desde esa oración. ¿No pedía Jesús en la cruz por aquellos que le estaban crucificando al pedirle al Padre que los perdonara, incluso disculpándonos?
No lo olvidemos, seamos hijos de nuestro Padre del cielo por esa nueva forma de amar que plantamos en nuestro corazón; imitemos esa perfección del Padre del cielo en el amor, porque no olvidemos aquello que nos dirá san Juan ‘Dios es amor’.

martes, 16 de junio de 2015

Si soy solo amigo de mis amigos no hago nada especial y vivir el Reino me pide otro sentido de amor

2Corintios, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
Hay quien se define en su perfil como amigo de sus amigos. Hoy parece normal que lo digamos así porque de alguna manera estamos expresando cómo nos movemos habitualmente en el circulo de aquellas personas afines, más cercanas a nosotros que conocemos de siempre y a los que consideramos amigos; y si una persona se comporta conmigo como un amigo, pues yo seré también amigo y así me comportaré; soy amigo de mis amigos. Pero, ¿sería suficiente eso? ¿qué estamos haciendo de especial?
Responder a esta pregunta es lo que nos plantea Jesús en el evangelio. No hacemos nada especial si nos comportamos como amigo con aquellos que así se comportan con nosotros. Pero ¿seríamos capaces de romper ese círculo para comenzar a amar como amigo también al que no se comporta como amigo con nosotros? Es lo que nos está planteando Jesús cuando nos invita a pertenecer al Reino de Dios.
La pertenencia al Reino de Dios no se queda en un plano tan espiritual que lo elevemos por encima de lo que es nuestra vida ordinaria y no seamos capaces de integrar en su vivencia todo lo que son nuestras relaciones con los demás. Cuando decimos que entramos en la órbita del Reino de Dios o queremos entrar en ella significa que entonces tenemos que comenzar a mirar a los demás con la misma mirada de Dios. Y Dios no quiere excluir a nada de su amor, a nadie podemos excluir nosotros de nuestro amor porque esa es la señal de nuestra pertenencia al Reino.
Entramos en una órbita de amor donde todos hemos de amarnos como todos nos sentimos amados de Dios y al sentirnos todos hijos de Dios hemos de sentirnos hermanos entre nosotros. No es solo, pues, amar al que me ama; no es solo amar a quien me cae bien; no es solo amar a los que me hacen bien o son mis amigos; es amar a todos, y en ese todo entran también los que no me son simpáticos e incluso los que me hayan podido hacer mal. Aquí está lo distinto, lo que no hacen todos, lo que tendrá que diferenciarnos a nosotros los que nos decimos seguidores de Jesús y pertenecientes al Reino.
‘Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’, nos está diciendo Jesús. Por eso antes nos ha dicho que tenemos que amar también a los que se consideren nuestros enemigos y más aun rezar por ellos.
Cuando seamos capaces de rezar por aquel que nos haya hecho mal, o simplemente por aquel que no es mi amigo o no me cae bien, estás comenzando a amarlo. Y es que Dios pone su gracia en nuestro corazón y siendo capaces de superar esa repulsión natural que podamos sentir, ya estaremos poniéndolos en el lado bueno de nuestro corazón.
Es difícil, es cierto, pero si llegamos a comenzar a hacerlo, comenzaremos a sentir una nueva paz en nuestro corazón porque estaremos alejando de nosotros todo tipo de maldad, de deseos de venganza, de sentimientos de repulsa o de odio. Y qué bueno es sentir esa paz en nuestro corazón. Porque cuando deseamos el mal a alguien o no somos capaces de perdonar a quien nos estamos haciendo daño es a nosotros mismos, porque no podremos sentir paz en el corazón mientras tengamos esos malos sentimientos en nosotros.
Además Jesús nos dice: ‘Por tanto, sed perfectos, compasivos, como vuestro Padre celestial es perfecto, compasivo’. Ahí tenemos la gran razón y motivo además de la gracia que nos acompañará.

sábado, 23 de febrero de 2013


Comienza a rezar por los demás y comenzarás a amarlos

Deut. 26, 16-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
Mala cosa es cuando nos contentamos con ser uno de tantos y perdemos los deseos y los ánimos que nos estimulen a querer ser mejor cada día, superándonos para tener cada vez metas mas altas y que nos llenen de ilusión y de vigor. Es dejar que se nos envejezca el alma y eso nunca tenemos que permitírnoslo. Eso en todos los aspectos de la vida, que los años pueden pasar por nosotros, pero precisamente hemos de tener esa sabiduría de querer siempre lo mejor, de saber buscar siempre lo mejor y lo que es más importante.
En el camino del seguimiento de Jesús esto es algo muy importante. Porque seguir a Jesús no es simplemente hacer lo que todos hacen. Seguir a Jesús es querer escucharle en esas metas que nos propone para nuestra vida cuando nos anuncia el Reino de Dios tratando de que cada vez nuestro amor sea más sublime, porque siempre la meta y el modelo es el amor que El nos tiene. Por eso hoy le hemos escuchado decir ‘sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’.
El texto que hemos escuchado forma parte, y parte muy central, del llamado sermón del monte donde nos va describiendo Jesús esas actitudes que han de adornar nuestra vida y todo eso que hemos de ir realizando para ir viviendo cada vez con mayor intensidad el estilo del Reino de Dios que nos propone.
Hoy nos habla del amor; un amor que no se puede reducir a amar simplemente a los que nos aman, de hacer el bien a los que nos hacen el bien. El estilo del amor que nos propone Jesús es un amor abierto a todos, un amor universal, un amor que no es simplemente amar a los otros porque los otros me aman y me hacen el bien.
Nos dice Jesús: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian’. Es sublime y maravilloso lo que Jesús nos propone, pero también hemos de reconocer que no está exento de dificultades. Un amor así, reconocemos, nos cuesta. Nos es más fácil decir que amamos a los que nos aman, a nuestros amigos y de los otros nos desentendemos. Pero Jesús quiere más para nosotros. Jesús nos propone metas más altas.
Como nos dirá a continuación ¿en que nos vamos a diferenciar de los gentiles o de los pecadores? Eso así lo hace cualquiera. Pero quien se dice seguidor de Jesús porque ha puesto toda su fe en El, ha de comprender cómo el amor tiene que ser como el caldo de cultivo de toda su vida, su razón de ser y de vivir. Quienes creemos en Jesús porque aceptamos su Reino entendemos que ya todos hemos de ser hermanos y como hermanos hemos de amarnos.
Ahí está, como decíamos antes, ese deseo de superar y de crecer que tiene que haber en nuestra vida; ese compromiso de hacer las cosas cada vez mejor y dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús. El nos dirá que hemos de amar al hermano, y nos dirá que ese es su único mandamiento, tal como El nos ama a nosotros. Y si consideráramos bien esto, del amor que Jesús nos tiene que hemos de reconocer que no lo merecemos, nos daríamos cuenta cómo de esa manera hemos de amar a los demás. Los amamos no por sus merecimientos sino porque son unos hermanos y que son también amados de Dios.
Ya decíamos no es fácil, nos cuesta, pero con nosotros está la gracia del Señor. Es el camino que hemos de emprender, pero emprenderlo de verdad, comenzar a dar pasos de superación en esas actitudes y posturas de amor, en esos gestos de amor, en esas cosas positivas de amor que cada día hemos de tener para con los demás. En esa tarea no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia y la fuerza del Señor. Para eso nos concede el don del Espíritu Santo que es espíritu de amor, de comunión, de perdón. Que vaya así creciendo cada día más y más nuestro amor. Comienza a rezar por los demás y comenzarás a amarlos.

martes, 19 de junio de 2012


Una motivación grande para nuestro amor a todos, somos hijos del Padre del cielo
1Reyes, 21, 17-29; Sal. 50; Mt. 5, 43-48
‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo… por tanto sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto…’
Es necesario tener motivaciones profundas para poder vivir con intensidad. No se trata simplemente de cumplir porque haya que cumplir o porque esté mandado, sino encontrar esa razón profunda que vamos a descubrir en el amor que el Señor nos tiene. Sentirnos hijos amados de Dios puede ser, tiene que ser esa motivación profunda para vivir nosotros en el amor; amor no solo con el que respondemos a Dios amándole sobre todas las cosas, sino amor que hemos de tener a todos tal como nos pide Jesús.
Hoy nos habla Jesús del amor que hemos de tener incluso a aquellos que podríamos considerar nuestros enemigos; amor que nos llevaría a hacerles el bien y hasta a rezar por ellos. ¿Cómo no lo vamos a hacer si nosotros nos sentimos amados profundamente por Dios del que nos consideramos sus hijos? Y es que nos dice Jesús que cuando lleguemos a amar a los que nos hayan hecho mal, haciéndoles el bien y rezando por ellos, estaremos comportándonos como verdaderos hijos de Dios., ‘Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo’. 
Nosotros nos hacemos nuestras distinciones y decimos unos son buenos, otros son malos; nos parece que con los buenos sería justo que nosotros fuéramos buenos. Pero nos dice Jesús, es que ‘Dios Padre hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Es que Dios nos ama a todos a pesar de que seamos malos e injustos; y nos protege, y nos ayuda, y nos da continuamente su gracia. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios?
Y además nos dice que si amamos sólo a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Y, como hemos repetido mucho estos días, en algo tenemos que diferenciarnos nosotros. Y el amor es nuestro distintivo; un amor a todos, que es capaz de perdonar, de hacer el bien a quien te haya hecho mal y hasta de rezar por aquellos que nos hayan hecho mal.
Muchas veces lo hemos reflexionado. Es algo que cuesta mucho esto que nos está pidiendo Jesús, perdonar, hacer el bien a quien te haya hecho mal. Y además nos dice: ‘rezad por los que os persiguen y calumnian’. Cuando seamos capaces de rezar por esas personas estarás dando un paso muy importante para amar a esas personas. Eso mostrará la generosidad de tu corazón, la verdadera grandeza que hay dentro de ti. Rezo por el otro simplemente poniéndolo en las manos del Señor, sintiendo esa generosidad del amor en mi corazón y yo me sentiré más en paz conmigo mismo.
Y es como recordábamos al principio, la meta que Jesús nos propone es bien alta, bien grande, porque se trata de querer parecernos a Dios. Es con el amor de Dios con el que queremos amar. Es mirando hacia arriba porque queremos levantarnos de nuestros raquitismos y miserias como queremos superarnos, crecer espiritualmente. Por eso nos dice Jesús: ‘por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. ¿Una meta imposible de alcanzar? Es el camino de santidad que un cristiano quiere recorrer. 
Lo podremos realizar porque contamos con la gracia del Señor, con su ayuda, con su presencia. A sentir su presencia y a llenarnos de su gracia venimos cada día a la Eucaristía; a dejarnos iluminar por su Palabra que es la que nos va trazando metas, nos va descubriendo todo el misterio de Dios, nos va haciendo conocer sus caminos. Por eso oramos con insistencia, con humildad y con confianza, comemos a Cristo en la Eucaristía para así llenarnos de su vida y de su gracia. Quien come a Cristo en la Eucaristía no puede menos que aspirar a esa santidad que Jesús nos propone como meta; quien come a Cristo en la Eucaristía está llenándose de su amor para amar con ese amor a los demás.  

domingo, 20 de febrero de 2011

La sublimidad del amor para perdonar, para amar e, incluso, orar por todos



Lev. 19, 1-2.17-18;

Sal. 102;

1Cor. 3, 16-23;

Mt. 5, 38-48

‘Yo soy amigo de mis amigos’ es una frase que escuchamos decir en muchas ocasiones a quienes quieren expresarnos su bondad o buena voluntad. ‘Yo ayudo al que me ayuda… soy bueno con los que son buenos conmigo…’ solemos decir también. Está bien quizá para definirnos en los perfiles de las redes sociales cibernéticas, pero si lo tratamos de entender a la luz del evangelio que hoy hemos escuchado nos damos cuenta de que nos quedamos pobres.

Con ser ya algo bueno todo eso que expresamos el amor cristiano es algo mucho más sublime. Como nos dirá Jesús ‘si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?’ Eso lo hace cualquiera. La meta y el ideal que nos propone Jesús es bien alto. Ya nos había dicho el Levítico ‘Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo’. Ahora nos dice Jesús: ‘sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Lucas en su evangelio por su parte nos dice: ‘Sed misericordiosos, compasivos como vuestro Padre es compasivo’.

Y ¿qué es lo que hemos dicho en el salmo? ‘El Señor es compasivo y misericordioso’. El Dios del amor y de la misericordia es nuestro modelo. El Dios que siempre nos está manifestando su amor y su misericordia es el que llenará también nuestro corazón de amor y de misericordia.

Claro que en la cabeza quizá podemos tenerlo muy claro, pero en el día a día de nuestra vida cuando nos vamos encontrando y conviviendo con los que nos rodean, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, gente con la que nos vamos tropezando por la calle o en nuestra vida social, ya nos costará más. Cuando le ponemos rostro a ese amor, cuando le ponemos nombre y apellidos a las personas a las que tenemos que amar, cuando las contemplamos con sus luces o con sus sombras hay que hacer un esfuerzo para vivir un amor como el que nos enseña Jesús.

Nos habla Jesús de quienes nos ofenden o hacen daño, de aquellos que quizá nos caen mal o son exigentes con nosotros y nos reclaman, o de aquellos a los que podríamos considerar enemigos y nos pone la antítesis de lo que habitualmente hacemos y de lo que quiere El que aprendamos a hacer. ‘Habéis oído que se dijo… yo, en cambio, os digo…’ ¡Con qué autoridad nos habla Jesús! Puede hacerlo. Es nuestro Maestro. Es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Es una nueva manera de hacer las cosas. Es la respuesta del amor a la violencia. Es la respuesta de la generosidad frente a la exigencia y al egoísmo. Es la respuesta de la concordia frente al que quiere dividir o enfrentar. Es la respuesta del amor y del perdón a la venganza o al resentimiento. Desarmemos las armas de la violencia, del egoismo, de la división o de la venganza con el bálsamo del amor, de la generosidad y del perdón.

Rompe Jesús la ley del talión para sembrar en nosotros unas actitudes nuevas de amor, generosidad, misericordia y compasión. Aunque solemos considerar la ley del talión como una concesión a una venganza sin límites que aparentemente me diera derecho en la venganza a hacer todo el daño posible a quien me haya tratado mal, realmente la ley del talión, entendámoslo bien, ya era en sí una limitación a esa venganza ilimitada, porque en justicia sólo se podría hacer daño al otro en la misma medida en que me haya hecho daño a mí. De ahí lo del ‘ojo por ojo y diente por diente’. Pero Jesús quiere romper totalmente esa espiral de venganza justiciera y de violencia, poniéndonos en camino de otras actitudes de misericordia, compasión y perdón, nacidas de un amor verdadero.

‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ No cabe en el camino del Reino el odio y el rechazo del otro porque no sea del grupo de los amigos o de los que piensen o actúen como yo. El amor ha de tener una categoría universal y nadie puede quedar excluído. Y si aún te cuesta amar al otro cuando le has puesto nombre y puede resultar ser un enemigo o contrincante, reza por él. Cuando se sea capaz de rezar por el otro aunque no sea de mis amigos, o incluso de mis enemigos, ya estaré comenzando a ponerle en mi corazón y al final terminaré amándole. Claro que cuando entramos en estas categorías del amor se están comenzando a desaparecer las listas de los considerados como enemigos, porque a quien se ama nunca se le podrá ya considerar como un enemigo.

Y es que hay una razón muy poderosa. Esas personas están en el corazón de Dios, son amados de Dios, porque Dios ama a todos, ¿por qué no les voy a amar yo también? Intentemos, pues, irlos poniendo en nuestro corazón, en nuestras entrañas, siendo capaces de ponerles en nuestra oración, y así llegaremos amar también entrañablemente como nos ama Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Son las sublimidades del amor cristiano, de un amor al estilo del amor de Jesús. Es así el amor que Dios nos tiene. Es así la ternura de Dios, de un Dios que nos ama desde lo más hondo de sus entrañas, nos ama entrañablemente. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas… como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles’. Así hemos rezado en el salmo. Que no sean solo unas palabras que hayamos dicho, sino que sea algo que tengamos bien anclado en nuestra vida.

Es lo que recordamos al principio y nos decía Jesús. ‘¿Qué hacéis de extraordinario? ¿Qué premio tendréis si solo amáis a los que os aman…’ De ahí esa invitación de Jesús que nos hace entrar en un camino de mayor perfección y santidad, que es entrar en un camino de mayor amor, de más misericordia y compasión. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, soy santo… y no odiarás sino amarás, no guardarás rencor sino que al menos amarás a tu hermano como a ti mismo’, como decía el Levítico.

Aunque Jesús, cuando nos propone ese camino de perfección como la del Padre del cielo, nos llegará a decir que tenemos que amar como El nos ha amado. Y entonces sí entenderemos toda esa sublimidad del amor que nos pide Jesús. Es que no vamos a hacer otra cosa que amar con su amor. Será su Espíritu en nosotros quien nos dé fuerza y haga posible en nosotros un amor así

miércoles, 13 de enero de 2010

Aquí estoy, habla que tu siervo escucha

1Sam. 3, 1-10.19-20
Sal. 39
Mc. 1, 29-39


Podemos comenzar manifestando que el texto del evangelio de hoy, continuación del escuchado ayer, sigue presentándonos el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea. Proclama el evangelio del Reino de Dios, y ahora le vemos ‘recorrer toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando demonios’, y con su Palabra y presencia salvadora va liberando del mal a quienes están poseídos por el espíritu maligno dándonos así las señales del Reino de Dios que llega.
Es intensa la actividad de Jesús porque incluso ‘la población entera se agolpaba a la puerta’, llevándole ‘muchos enfermos y poseídos… curando a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.
Hay un aspecto muy importante en medio de este texto aunque esté resumido en un solo renglón. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. La necesaria unión con el Padre. Hermoso ejemplo para nuestra vida, que además podemos conectar hoy con lo que nos decía la lectura del libro de Samuel. Cuánto nos enseña.
Si ayer escuchábamos la súplica insistente de Ana pidiéndole un hijo al Señor y prometiendo consagrarlo a Dios, hoy ya contemplamos al niño Samuel en las estancias del templo junto al sacerdote Elí. ‘El pequeño Samuel servía en el templo del Señor bajo la vigilancia de Elí’, nos dice el texto sagrado. Más adelante apunta que ‘aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor’.
Ya hemos escuchado el texto. El Señor en medio de la noche llama al niño Samuel que acude presuroso a los pies del anciano sacerdote: ‘Aquí estoy; vengo porque me has llamado’. Pero no era el anciano sacerdote quien llamaba a Samuel y la llamada se repite varias veces hasta que Elí comprende que es el Señor quien llama a Samuel. ‘Comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha’.
‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que dejarnos enseñar para escuchar a Dios que nos habla. ¡Qué importante esa disponibilidad y generosidad de corazón que vemos en el muchacho Samuel! Pero qué importante es que sepamos abrir los oídos de nuestro corazón para escuchar al Señor.
Hemos contemplado hoy a Jesús en medio de su frenética actividad haciendo un parón, aunque sea en la madrugada, para orar. Pero estamos aprendiendo también cómo tenemos que orar, cómo ha de ser nuestra oración en la oración que aprendió a hacer el pequeño Samuel. Jesús busca la soledad de la madrugada y al niño se le enseña a hacer silencio en su interior para escuchar a Dios.
Escuchar a Dios, qué importante. Escuchar a Dios, hacer silencio en nuestro interior para poder oír claramente su voz y conocer todo el misterio de Dios que se nos revela y viene a nosotros.
Andamos quizá muy preocupados de contarle a Dios nuestras necesidades, de hacer la lista de aquellas cosas o personas que queremos recordar en su presencia. Es cierto que Jesús nos enseña a pedir y llamar al Señor que siempre nos escucha. Eso está bien, pero nuestra oración tiene que ser un diálogo en el que no sólo nosotros digamos o pidamos cosas al Señor, sino en el que también escuchemos lo que Dios quiere decirnos, la revelación que de sí mismo El quiere hacernos allá en lo más hondo de nuestro corazón. Sólo después de haberle dicho ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’, podremos decir con todo sentido ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
No temamos el silencio en nuestra oración. Silencio que nosotros hemos de hacer, aunque nos cueste, para poder escucharle. Silencio para sentir esa paz de Dios en nosotros, para que su luz nos ilumine, para que nuestro corazón se caldee con su amor, para que su Palabra penetre hasta lo más hondo de nosotros mismos y plantada en nuestra vida luego fructifique en esas obras de amor que tenemos que vivir.
‘Aquí estoy, Señor… habla que tu siervo escucha’.

miércoles, 8 de julio de 2009

La misión y la obra de Cristo, de los Apóstoles y nuestro compromiso

Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24
Sal. 32
Mt. 10, 1-7


Ayer contemplábamos y reflexionábamos sobre la obra y la misión de Jesús: proclamar el anuncio del Reino de Dios y a través de signos y señales hacerlo presente en la vida de los hombres. ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Escuchábamos también la invitación que nos hacía a ‘rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies… porque la mies es abundante y los trabajadores pocos’. Y es que Jesús ‘se compadecía de la gentes porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’.
Hoy en el evangelio contemplamos cómo Jesús nos confía esa misión. Muchos eran los discípulos que le seguían, pero quiere tener un círculo más íntimo y cercano que van a ser como el fundamento de esa nueva comunidad que se forma en torno a Jesús y a los que va a confiar su misma misión. ‘Llamó a sus doce discípulos…’ y el evangelista nos da la relación concreta, incluso con detalles de sobrenombres o actuaciones, como en el caso de Judas. Son los obreros, los trabajadores de la mies del Señor, del campo de nuestro mundo.
Los elige y los envía ya a realizar una misión. Aún no los enviará por todo el mundo, como hará momentos antes de su Ascensión al cielo, no quiere incluso que vayan ‘a tierra de paganos ni a las ciudades de Samaria, sino a las ovejas descarriadas de Israel’. Podríamos llamar a esto una primera experiencia apostólica. A mi me recuerda mis tiempos de seminario, que en verano éramos enviados a lugares concretos a realizar lo que llamábamos ‘experiencias apostólicas’.
Les confía una misión y les da un poder y autoridad para que puedan realizarlo en su nombre. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos – ayer contemplábamos a Jesús curando a un endemoniado que era mudo – y curar toda enfermedad y dolencia’, como Jesús hacia cuando recorría las ciudades y aldeas. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’. Es el anuncio de la Buena Noticia, el Evangelio del Reino, en el que había que creer y al que había que convertirse.
Es la misión y la obra de Jesús que se prolonga en los apóstoles, que se prolonga en la Iglesia. No es otra nuestra misión. La proclamación del Evangelio, de la Buena Noticia de la Salvación y hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo también por medio de señales y signos, por las señales de nuestro amor y compromiso.
Es la obra que sigue realizando la Iglesia con su predicación pero también a través de la acción de tantas instituciones y de tantos cristianos comprometidos en el amor y la justicia. Creo que puede ser un motivo este evangelio que estamos reflexionando para reconocer y valorar la obra de la Iglesia. Reconocer que comience por conocer porque muchas veces tenemos un desconocimiento grande los cristianos de lo que la Iglesia realiza.
Pero también puede ser una ocasión para que nosotros seamos conscientes también de la misión que como cristianos hemos recibido, de la obra que tenemos que realizar. Porque esa obra de la Iglesia es nuestra obra, la que nosotros cada día tenemos que hacer, tenemos que asumir, en la que tenemos que responsabilizarnos.
Tenemos que rezar para que haya trabajadores para su mies, como Jesús nos pide en el evangelio; rezar para que descubramos nuestro lugar y asumamos esa misión recibida del Señor; rezar para que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu del Señor, el Espíritu que ungió a Jesús y a nosotros nos ha ungido también, para que seamos testigos de su evangelio, testigos del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

martes, 16 de junio de 2009

La plenitud en un nuevo estilo de amor

2Cor. 8, 1-9
Sal. 145
Mt. 5, 43-48

Ya hemos escuchado que no vino a abolir la ley sino a dar plenitud. ‘No penséis, nos decía, que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Hoy nos viene dar la altura de esa plenitud, la altura, la meta, el ideal a imitar está en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. El listón está colocado bien alto, donde está la mayor plenitud, que es en Dios. No nos extrañe, entonces, lo que anteriormente nos había propuesto. Lo que ayer escuchábamos de romper la espiral de la violencia, como reflexionábamos. Y no nos extrañe lo que hoy nos propone.
Es que Jesús nos está hablando del amor donde encuentra plenitud la ley; del amor donde está la plenitud del hombre y de la persona; del amor en ese estilo nuevo que es el estilo de Jesús, es el estilo que nos propondrá en el evangelio.
Hoy nos habla del amor a todos y en concreto del amor a los enemigos. Porque ya no es amor a los amigos, a los que nos aman o nos caen bien; no es el amor al otro como simple correspondencia al amor que el otro nos pueda tener. Es el amor al otro aunque no se sea correspondido, e incluso, aunque no sea amado sino mas bien odiado, porque sea mi enemigo. Bueno, tendríamos que decir, que ya entre los que seguimos a Jesús a nadie podremos considerar enemigos, porque todo hombre, sea quien sea, es mi hermano.
‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian…’
Fijémonos en lo que nos dice: amar a los enemigos… hacer el bien a los que nos aborrecen… y rezar por los que nos persiguen y calumnian… Esto último tendría que ser algo a tener muy en cuenta, lo de ser capaces de rezar por aquellos que nos hacen daño. Quizá el autor sagrado cuando nos trasmite el evangelio y lo redacta estaban viviendo en la Iglesia tiempos difíciles de persecución, y por eso insiste en la referencia a los que son perseguidos y calumniados. Pero es algo que nos viene bien recordar siempre porque son situaciones por las que en unos momentos u otros pasamos o podemos pasar.
No es fácil en esas situaciones hacer esto que nos pide Jesús en el evangelio, tenemos que reconocer, y puede resultar hasta heroico el hacerlo, pero, ¿quién nos dijo que nosotros, los cristianos, tenemos que hacer sólo lo que todos hacen o lo que hace cualquiera?
Jesús a continuación nos lo dice. Si hacemos lo que todos hacen, ¿qué mérito tenemos? ‘Así, nos dice, seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Como recordamos antes, nos propondrá al final que seamos perfectos como nuestro Padre del cielo. Pero nos dice más: ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos… los gentiles? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?’
Es la ley del amor que nos dará la mayor plenitud. Es el amor que envolverá nuestra vida y nos hará verdaderamente grandes. Pero será un amor que sólo podremos vivir con su fuerza, con la fuerza de su Espíritu. Será algo por lo que tenemos que orar mucho. Para que nunca nos falte esa fuerza del Señor.