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martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

 


Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

¿Será posible que después de lo que sabemos o de lo que hemos vivido, de la experiencia de la misma realidad sigamos dejándonos convencer por la misma mentira?

Es múltiple la experiencia en este sentido que vamos teniendo de la vida misma, de lo que somos y de lo que hacemos, de las cosas que cada día nos suceden que tantas veces nos han hecho tropezar y a pesar de tantas promesas nos han llevado a tantos vacíos, de lo que palpamos en la misma sociedad en la que vivimos tan llena de mentiras y de engaños que al final terminan engatusándonos y seguimos confundiéndonos en las opciones que tendríamos que hacer para que las cosas sean mejor, o lo que es en la interioridad de nosotros mismos con nuestras ansiedades y con nuestras ambiciones, con nuestros sueños de grandeza o de poder, con lo que es la verdad de nosotros mismos y el sentido que le hemos de dar a nuestra vida en el que al final lo que queremos es endiosarnos. Y volvemos a reincidir una y otra vez, parece que nos hemos cegado. Es la realidad que estamos viviendo con sus amagos y sus tentaciones.

Necesitamos sabernos detener, necesitamos hacer desierto en nuestra vida para despojarnos de esas vanidades en las que nos dejamos envolver y paso a paso nos vayamos haciendo planteamientos serios de nuestra vida. Es lo que la Iglesia nos está ofreciendo en este tiempo de Cuaresma. Decimos que la cuaresma es prepararnos para la semana santa y la pascua, pero cuidado nos dejemos arrastrar por un ambiente no siempre muy evangélico y nos estamos preocupando de preparar muchas cosas materiales. ¿Solo toca preparar tronos procesionales o celebraciones muy solemnes, o toda la suntuosidad material, digámoslo así, con muchas profusión de objetos valiosos y suntuosidades? Lo que podría ser una ayuda si lo hacemos bien al final nos damos cuenta de que nos ha desenfocado de lo que realmente es importante; llegará la Pascua, porque será el tiempo pascual, pero no ha habido verdadera pascua en nosotros.

En este primer domingo toda la liturgia de la Palabra nos está hablando de tentaciones, nos recuerda la primera lectura la tentación de Adán y Eva en el paraíso y nos recordará el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero no las miremos como quien contempla un cuadro muy hermoso que nos describe algo pasado en el tiempo. Nosotros tenemos que meternos en ese cuadro; ya lo estamos haciendo con lo que previamente hemos reflexionado en lo que hemos convertido nuestra preparación y nuestro camino cuaresmal.

¿En qué ponemos el valor de la vida, de lo que tenemos que ser y de lo que tenemos que hacer? Lo material nos absorbe, las cosas que tenemos que hacer nos absorben y nos olvidamos de donde está su sentido; y de ahí nos surge un activismo del hacer por hacer, claro que detrás está todo aquello que queremos obtener para lograr una vida mejor, como solemos decir; pero ¿de qué estamos disfrutando de la vida? No sabemos saborearla de verdad porque vivimos nuestros agobios por nuestras ganancias, decimos porque necesitamos un pan para comer.

Pero ¿el disfrute de la vida está solamente en que llenemos nuestro estómago? ¿No habrá algo más que hemos de buscar en ese vivir que nos lleve a una plenitud de nuestro ser? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Qué es lo que nos ciega?

Por ese camino tendríamos que seguir preguntándonos por muchas cosas. Cuidado que nos queramos convertir en el centro de todo. Nos desconsuela estar encima del pedestal para ser reconocidos. No es que se nos tengan en cuenta nos valores o nuestras capacidades para contribuir con los demás a la mejora de ese mundo en el que vivimos.

No es el espíritu de servicio al que queremos darle importancia. Para nosotros muchas veces el que nos valoren es que nos pongan por encima de todo y los únicos, queremos sobresalir y queremos imponernos porque ya al final nos parece que lo único válido es lo nuestro, queremos ser admirados porque poco menos que nos hemos convertido en los salvadores de la humanidad, que nuestro poder y prestigio nos ponga por encima de todos. Nos endiosamos haciéndonos al mismo tiempo esclavos y adoradores de tantas vanidades de la vida.

¿Dónde hemos puesto a Dios en todos estos planteamientos de la vida? Jesús tuvo su momento, por así decirlo crítico, en el comienzo de la realización de su misión. Es este momento del que nos habla el evangelio de que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El relato de los evangelistas nos lo sitúan en este comienzo de su actividad apostólica aunque si nos fijamos bien en el evangelio aparecen otros momentos de tentación para Jesús. Hoy nos centramos en este momento de desierto y veremos al Jesús que conducido por el Espíritu va respondiendo a esa triple tentación.

¿Es solo de pan de lo que vive el hombre?, también nos preguntábamos nosotros. Y tenemos que dejarnos envolver por el Espíritu nosotros también para sentir cómo Dios es el que guía nuestra vida, cómo solo en El vamos a encontrar el valor y el sentido no solo de lo que hacemos sino de nuestro ser. No nos dejaremos, pues, seducir por ninguna propuesta que nos parezca que nos da la mejor solución. Descubramos el engaño, la mentira, la vanidad, el orgullo que nos quiere envolver, tras lo cual nos vamos a sentir vacíos. Dios nos llevará sobre las palmas de sus manos para que no caigamos en la tentación y la mentira del orgullo, Dios es el único Señor de nuestra vida que nos da el verdadero sentido de nuestro ser y a quien hemos de adorar.

sábado, 24 de enero de 2026

Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, de ahí nuestra disponibilidad para el seguimiento de Jesús

 


Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, de ahí nuestra disponibilidad para el seguimiento de Jesús

2 Samuel, 1, 1-27; Sal. 79; Marcos, 3, 20-21

No siempre nos entiende en lo que hacemos, muchas veces la incomprensión lo podemos encontrar hasta en las personas más cercanas a nosotros; están por supuesto también aquellos que no están de acuerdo con lo de nosotros hacemos o con la manera de hacer nosotros las cosas y crearán una oposición y puede llegar incluso hasta un enfrentamiento; siempre hay personas que pueden ponernos trabas en nuestras ruedas, por así decirlo, para evitar que aquello que nosotros estamos queriendo realizar buscando lo mejor pues no se pueda hacer realidad; sabemos que no siempre vamos a encontrar acuerdo sobre todo cuando caminamos desde una meta, unos ideales que de alguna manera pueden romper molde de lo que habitualmente se suele hacer y quienes se sienten beneficiado por esa rutina de la vida van a realizar su oposición; tienen su poder podríamos decir y si van a haber recortado por así decirlo sus beneficios dura va a ser la oposición.

Pero como decíamos antes en ese esfuerzo que realizamos por llevar adelante nuestras metas, por seguir con nuestros principios, por hacer ese bien y ese trabajo que queremos realizar lo que están a nuestro lado quizás lo vean la efectividad o la razón de ser de lo que nosotros hacemos, les parezca que es demasiado el esfuerzo que estamos realizando, y que si encima ahí esa oposición alrededor ven que eso puede hacernos daño, ponernos en peligro y tratarán de aconsejarnos, de decirnos que no hace falta tanto, que no es necesario enfrentarse con todo el mundo, que las cosas se pueden hacer de otra manera, dirán incluso que medio nos estamos volviendo locos; ya digo la oposición la podemos encontrar muy cercana a nosotros. 

Algo así le estaba pasando a Jesús, anunciaba el Reino de Dios y realizaba todos esos signos y señales de ese nuevo sentido de la vida si queríamos vivir el reino de Dios y a su alrededor quizás algunos podían ver en peligro sus privilegios, el dominio que podían realizar sobre los demás, porque Jesús enseñaba una vida nueva, una libertad del espíritu, un sentido nuevo y por eso vemos que incluso tratan de quitarlo del medio; lo veremos a lo largo del Evangelio. La tarea de Jesús no era fácil, se estaba gastando y desgastando por el reino de Dios en ese querer estar cercano a todos, en ese anuncio del Reino que iba realizando por todas partes, en esa tarea con sus discípulos más cercanos. Jesús sabía cual era su misión, cuál era su camino, qué es lo que tenía que realizar.

Y la gente lo escuchaba, lo buscaba, le traían enfermos, lo acompañaban en su caminos de un lado para otro, se entusiasmaban con las esperanzas que se iban suscitando en su corazón, veían una luz nueva que estaba comenzando a iluminar de verdad sus vidas. Era el anuncio del Evangelio del Reino de Dios que Jesús estaba realizando. 

Pero, como vemos hoy en el Evangelio, su familia no terminaba de entenderlo, le parecía quizás que era mucho lo que estaba haciendo, conociendo también la oposición que había en cierto sectores a la tarea de Jesús, al anuncio del Evangelio que realizaba contemplaban cómo se enfrentaban verbalmente incluso con Jesús poniendo dificultades, poniendo trabas; diríamos que en un sentido como muy humano, muy familiar, quieren como convencer a Jesús de que no es necesario tanto, como solemos decir, que mejor sería retirarse para evitar problemas, qué necesidad había de enfrentarse a los dirigentes del pueblo judío, querían llevárselo para casa porque decían que no estaba en sus cabales; así nos dice el evangelista. 

Siempre hablamos de las tentaciones de Jesús y recordamos aquel tiempo del desierto pero luego a lo largo del Evangelio veremos que también serán muchos los momentos en que de alguna manera surgirán como nuevas tentaciones, tientan a Jesús para que las cosas no sean tal como las ven venir o tal como él está presentando el anuncio del Evangelio; recordamos incluso cómo Pedro quería quitarle de la cabeza cuando subían a Jerusalén y anunciaba Jesús lo que allí había de pasarle ese pensamiento; poco menos estaba como queriendo decirle que no subiera a Jerusalén. Ahora es la familia la que de alguna manera es también como una tentación para Jesús queriendo apartarlo de su camino, pero era quien había dicho al entrar en el mundo ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’,  quien había dicho ‘mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre’ un día a los discípulos allá junto al pozo de Jacob en Samaria, o sentiría Jesús también la tentación en Getsemaní antes de comenzar la pasión y por eso pedía al Padre que apartase de él aquel cáliz que sabía que había de beber, pero aunque hace esa petición al mismo tiempo dirá ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’;  ‘aquí estoy yo padre para hacer tu voluntad’. 

Es lo que estamos contemplando hoy en este corto pasaje del Evangelio que nos ofrece la liturgia de este día, pero donde nos vemos nosotros también que muchas veces podemos sentir los cansancios, las ganas de tirar la toalla, de volvernos para atrás, de pensar que no es necesario tanto, porqué me voy a meter en estos líos, pero en el fondo de nuestro corazón está nuestra fe, está nuestro querer seguir a Jesús, está la vivencia que queremos hacer del Evangelio, está esa fe en el Reino de Dios que tenemos que ir construyendo día a día aunque nos cueste y seremos capaces de seguir adelante hasta el final.

 

domingo, 17 de agosto de 2025

Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

 


Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

Jeremías 38,4-6.8-10; Salmo 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Esto parece la guerra, habremos escuchado o habremos dicho en alguna ocasión.  Y no es solamente por esas terribles guerras que asolan en estos momentos nuestro mundo – que también nos hacen pensar, ante las cuales también hemos de buscar la manera de reaccionar porque además estamos viendo el juego de los poderosos como estos mismos días hemos contemplado -, ni pensamos en los desordenes que vemos en nuestra sociedad con tantas ambiciones e incluso hasta con luchas callejeras, pensamos más bien en esas confrontaciones que vemos a diario en nuestra sociedad sobre la distinta manera de ver o de resolver las cosas, pero es también lo que podemos sufrir cuando queremos ser fieles a nuestros principios, a nuestros ideales, a nuestros propios planteamientos y encontramos oposición, surgen enfrentamientos y acosos, se trata de destruir desprestigiando a quien piensa o actúa distinto y se arma, sí, una guerra sorda pero que nos llena de sufrimientos.

Es la reacción que está teniendo Jesús o que encuentra en su entorno mientras va anunciando el Reino de Dios. No todos lo comprendían, en muchos encontraba oposición, también trataban de desprestigiarlo atribuyendo incluso a Satanás los signos y milagros que realizaba. Humanamente, ¿cómo se sentiría Jesús? El Evangelio nos habla de aquellas tentaciones en el monte de la cuarentena antes de comenzar su predicación, muchas veces hasta los mas cercanos a El le querían hacer cambiar de rumbo, se vio envuelto en quienes querían manipularlo y hacerle decir cosas que a ellos les agradara, siendo consciente de lo que iba a ser el final sufre la tentación de la angustia y la soledad – porque hasta los más cercanos se han dormido – en el huerto de Sinaí previo a su prendimiento.

Pero Jesús se mantiene fiel, sube decidido a Jerusalén cuando sabe lo que va a significar aquella Pascua; mantendrá el pulso cuando tiene que convencer una y otras vez a sus discípulos más cercanos que la verdadera grandeza no es a la manera de los poderes de este mundo, sino haciéndose los últimos y los servidores de todos. ‘No se haga mi voluntad, sino la tuya’, será finalmente su oración.

Y nos dirá que por ahí también hemos de pasar nosotros. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro. En otros momentos anunciará persecuciones y tribunales, incluso hasta llegar a la muerte. A Pedro le dice que cuando se recupere después del mal momento que pasará con sus negaciones – todos tenemos momentos oscuros – pero ha de mantenerse firme para confirmar en a fe a sus hermanos.

Son las palabras que escuchamos hoy en el evangelio y que nos pueden resultar demasiado fuertes, porque si no las entendemos bien hasta nos pueden resultar contradictorias con lo que era la misión de Jesús y lo que realmente era su vida. Habla de fuego con que se incendiará nuestro mundo. ¿No decíamos antes esto es la guerra?

Ese es el fuego que va a producir revoltura en nuestro interior, es el ardor y la inquietud cuando estamos convencidos de verdad de algo, es la radicalidad con que hemos de vivir y manifestar nuestra fe porque no nos andamos por las ramas sino que vamos a la más profunda raíz de las cosas, aunque parezca que en esos momentos no convenga – con cuantas diplomacias de falsedad andamos tantas veces -, aunque resulte aparentemente contraproducente porque esa palabra que anunciamos, este testimonio que damos levante sarpullidos en algunos, aunque produzca tensiones incluso entre los más cercanos, aunque resultemos incómodos pero tenemos que ser fieles, porque no podemos andar poniendo algodones que intenten suavizar el impacto que pueda producir la Palabra de Jesús, la Palabra de Dios que proclamamos.

¿Seremos cristianos que auténticamente estemos prendiendo de ese fuego del evangelio a nuestro mundo? ¿Qué nos ha sucedido para que nuestra palabra, nuestro anuncio del evangelio, nuestra vida no sea una llamarada de fuego que prenda en nuestro mundo? El mundo quiere meternos en una cisterna sin agua, como querían hacer con Jeremías como escuchamos en la primera lectura, para que allí nuestra verdad se pudra, la verdad del evangelio quede oculta, no llegue a ser ese puñado de levadura que haga fermentar a nuestro mundo.

¿Nos seguiremos dejando meter en esa cisterna porque seguimos con nuestros complejos y cobardías, con nuestras indecisiones y nuestros miedos? ¿Se despertará ese nuevo ardor en el corazón?

lunes, 2 de junio de 2025

Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

 


Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

‘Tengan paciencia’, habremos escuchado a alguien con sabiduría en su vida decirnos en alguna ocasión, ‘algun día van a entenderlo’, nos dice. Hay situaciones en la vida que nos cuesta entender. Hacemos quizás las cosas con buena voluntad y buenos deseos, y no nos entienden nuestras decisiones, como quizás a nosotros nos ha pasado también con alguien que tiene alguna responsabilidad, que está al frente de alguna tarea, y que sabe cosas que nosotros no sabemos, que tiene una visión de futuro que a nosotros nos cuesta tener, que ve una complejidad en las relaciones entre unos y otros, entre unas cosas y otras que nosotros no alcanzamos a ver. Y nos sentimos desconcertados, y nos parece que aquel no es nuestro lugar, y nos entra el desánimo porque no vemos las cosas claras. Y nos dicen, ten paciencia, un día lo entenderás.

Nos pasa en nuestras relaciones entre unos y otros, nos pasa en nuestros trabajos y responsabilidades, nos pasa en el compromiso que queremos vivir por los demás o por la sociedad en la que estamos, nos pasa hasta en nuestro propio interior, en los principios que tenemos para nuestra vida, en la ética con que queremos vivir la vida, en nuestra fe y en nuestra relación con Dios. Parece que no siempre están las cosas claras, que nos salen como nosotros desearíamos; el camino de nuestra vida cristiana algunas veces se nos hace costoso y cuesta arriba, porque nos encontramos con muchas cosas que nos frenan. ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo ser constantes en nuestra lucha? ¿Cómo permanecer en nuestros principios de forma inalterable?

En el texto del evangelio de hoy pareciera que los discípulos comienzan a comprender algo. Le dicen a Jesús que ahora sí que les habla claro a ellos, que no siempre lo han entendido, y comprenden también que haya mucha gente que no lo entiende. ‘¿Ahora creéis?’, les dice Jesús. Pero de alguna manera les está diciendo que aun no lo entienden del todo, que va a llegar un momento en que van a tomar el camino de la huida y de la dispersión, porque les puede parecer que todo se ha acabado. No olvidemos que en estas palabras que hoy escuchamos Jesús les está hablando al final de aquella cena pascual, la última cena como solemos llamarla. Y a partir casi de unos momentos, cuando estén en el huerto de los Olivos comenzarán los momentos del escándalo y de la huída.

Y Jesús les dice que les está diciendo todo esto para prepararlos para ese momento difícil que van a pasar. Serán momentos duros. Ya los veremos más tarde encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. Pero Jesús les invita a que no pierdan la confianza, a que a pesar de todas las negruras que pudieran aparecer, sigan creyendo en El. ¿No necesitamos también nosotros escuchar estas palabras de Jesús en medio de tantas turbulencias en que nos vemos envueltos en la vida?

Pensemos que hoy cuando nosotros escuchamos estas palabras de Jesús no las escuchamos solamente como unas palabras dichas a los discípulos o a los apóstoles en aquellas circunstancias, sino que nos están dichas a nosotros, en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras luchas. ‘En el mundo tendréis luchas, les dice, nos dice; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Es la certeza de la victoria de Cristo, es la certeza que nos da ánimos para nuestras luchas, para nuestra tarea, para el camino de nuestra vida cristiana. Los apóstoles lo comprenderían a partir de la resurrección y cuando se vieron llenos del Espíritu Santo. Sigamos ese camino, hemos venido celebrando la Pascua, ayer contemplábamos a Cristo glorioso sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo de nuestra fe. Con Cristo nos sentimos elevados, en Cristo vivimos en su gloria, en el Espíritu de Cristo podemos sentirnos también vencedores, aunque dura sea la lucha y la batalla. Es la fuerza que sentimos para nuestra perseverancia, aunque nos cueste creer, aunque nos cueste comprender, es la confianza total que desde nuestra fe ponemos en Jesús y por la que queremos vivir su evangelio.

domingo, 9 de marzo de 2025

Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 


Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 Deuteronomio 26, 4–10; Salmo 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

¿Qué nos sugiere la imagen del desierto? Desolación, soledad, silencio, vida agreste y dura, dificultad, carencias de todo tipo, impotencia, abandono, debilidad… Algo que por tendencia natural rehuimos, no nos gusta, lo evitamos de la forma que sea. No nos gusta vernos impotentes, no chilla en nuestros oídos el silencio, sentimos angustia ante la soledad, lloramos en nuestras dificultades y carencias, no sabemos que hacer con nuestra impotencia, queremos verlo lejano de nuestra vida.

Sin embargo quizás todos habremos pasado por situaciones difíciles donde no sabíamos como salir de ellas, hemos llorando en silencio porque quizás no teníamos un  hombro sobre el que derramar nuestras lágrimas, hemos atravesado momentos oscuros de la vida en que nos sentíamos desorientados sin saber qué camino tomar, los problemas nos han envuelto de tal manera que casi queríamos morir. ¿Qué hacer nos hemos preguntado más de una vez sin encontrar respuesta? Hemos tenido la tentación, como se suele decir, tomar el camino del medio y querer valernos de lo que sea, aunque no siempre fuera bueno, para salir de esas situaciones; hubiéramos deseado tener influencias en quien fuera, pagando lo que fuera, para no seguir en esas situaciones; habríamos estado dispuestos a vender el alma al diablo, como de suele decir.

En una palabra que también nosotros hemos pasado o quizás estemos pasando por esas tentaciones de las que nos habla hoy el evangelio. Es tradicional en nuestra liturgia que el primer domingo de cuaresma escuchemos en el evangelio el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Un buen pórtico, como un encuadre de la vida al iniciar este camino del tiempo cuaresmal. Un tiempo en el que queremos dejar guiar por la Palabra de Dios en ese camino de renovación que tiene que ser nuestra pascua. Si queremos vivir con toda intensidad la Pascua cuando lleguemos a celebrar la Resurrección del Señor, esa pascua hemos de irla haciendo en nosotros este camino de preparación que es la Cuaresma. Buena es, pues, esta composición de lugar que se nos hace en este primer domingo con el desierto y las tentaciones.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto durante cuarenta días, nos dice el evangelio. Un desierto, como veíamos, que estamos muchas veces en nuestra vida sufriendo también esas mismas tentaciones. Un desierto al que hemos de dejarnos conducir por el Espíritu, aunque nos parezca que no nos es agradable, pero sí necesario por una parte para encontrarnos con nosotros mismos, pero sobre todo para encontrarnos con la Palabra de Dios. No temamos ese silencio, esos momentos de soledad, esa aspereza que podamos encontrar en el camino. Como toda Pascua siempre termina en luz.

Ya hemos mencionado algunas de esas tentaciones con que nos podemos encontrar aunque cada uno tenemos que saber ver o descubrir lo que son esas luchas que vamos sosteniendo en nuestra vida; esas ambiciones o esas vanidades, ese orgullo que se nos mete dentro de nosotros y que tantas veces nos hace destructivos o esos sueños de grandeza que nos pueden llevar incluso a la manipulación de lo que sea, incluso las personas, para conseguir aquello que deseamos; esas pasiones que se nos desbordan y nos ciegan y crean ataduras en nosotros de las que no sabemos como liberarnos; esas voces o cantos de sirena que nos llaman de acá o de allá para invitarnos a una vida fácil porque ahí nos dicen que seremos más felices.

¿Qué hacer?, nos preguntamos tantas veces. Pero no solo de pan vive el hombre, no es con esas cosas de las que nos revestimos tantas veces las que nos van a dar un sentido verdadero a nuestra vida; no es endiosándonos a nosotros  como vamos a hacer una vida mejor porque creemos que con lo que hacemos tenemos el aplauso de las gentes; no es dejándonos llevar por los apegos cómo vamos a encontrar la verdadera libertad; no es convirtiéndonos en el ombligo del mundo porque queremos que todo gire en torno nuestro cómo lograremos unas relaciones más humanas o un mundo mejor.

Sólo Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida, cuando tantas veces nos sentimos tentados a adorar las riquezas o los oropeles de este mundo, los honores o los reconocimientos que los demás nos hagan porque nos creemos merecedores de todo o nos parece que son lo más importante para la vida sin lo cual no podríamos vivir.

Aunque se nos presenten como placenteros y se nos ofrezcan como si fueran preciosos jardines son duros esos desiertos que el mundo nos ofrece y del que tenemos que salir victoriosos. Ese desierto en el que tantas veces nos vemos metidos, como hemos dicho desde el principio de esta reflexión, es un desierto del que podemos salir si también nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús. 

Es el camino que queremos hacer en esta Cuaresma en este reencuentro con nosotros mismos, pero lo más importante, en nuestro reencuentro con el Evangelio, en nuestro reencuentro con Dios.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

 


Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando nos sentimos con seguridad allí donde estamos parece que comenzamos a saborear las mieles de la paz; desde esa seguridad no tenemos miedo a los ataques que podamos recibir porque nos sentimos protegidos por aquello o por quien nos da esa seguridad; cuando procuramos por todos los medios mantener esa serenidad de nuestro espíritu nos sentimos fortalecidos para afrontar todos los embates y peligros y nada nos va a perturbar en nuestro corazón. Tarea difícil sin embargo tenemos que reconocer cuando nos falta la confianza, tarea difícil porque quizás en momentos determinados buscamos apoyos allí donde no vamos a encontrarlos, o porque dejamos que la confusión se meta dentro de nuestro espíritu que como vientre de caballo de Troya nos va a hacer perder esa estabilidad. Mantener la calma y la serenidad, pero conocer bien la roca sobre la que hemos edificado nuestra vida.

Espiritualmente es un camino de fe el que hemos de realizar, pero un camino que hemos de cimentar bien para que no haya errores ni confusiones, para que no se tambalee nuestra fe cuando aparezcan las oscuridades, para que no andemos zarandeados de una lado para otro dejándonos arrastrar por el más fuerte o novedoso canto de sirena que pueda sonar en nuestros oídos.

El profeta hoy nos ha hablado de una ciudad fuerte con sus murallas y baluartes, fundamentado en la lealtad que le da ánimos para mantenerse firme y conseguir la paz. ¿De donde saca esos ánimos que le ponen en camino de lealtad? Porque sabe que el Señor es la Roca perpetua que nunca fallará.

Ser leales, qué importante. Aunque nos veamos zarandeados por muchas cosas de la vida que parece que nos quieren hacer perder el equilibrio. Tenemos que apoyar bien fuertes nuestros pies en el suelo, sobre esa roca que no nos falla y que nada podrá hacer resquebrajar. Muchas veces en la vida andamos como veletas dejándonos llevar de aquí para allá según el viento que nos sople. Nuestro anclaje tiene que ser fuerte, nuestros principios tienen que ser inamovibles, nuestros valores no pueden ser hoy unos y mañana cambiamos según las conveniencias.

Que importante que sigamos el camino que hemos emprendido porque tenemos claras las metas que tenemos en la vida. Es una madurez humana y espiritual que tiene que ir creciendo continuamente en nosotros. No es fácil, porque son muchas las influencias que recibimos; no es fácil, porque nos acecha la tentación de tantas ofertas que estamos recibiendo continuamente. Cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina, como nos dice el refranero popular.

Por eso hoy Jesús nos habla de los buenos cimientos que tenemos que darle a nuestra vida; no nos podemos quedar en apariencias ni en palabras bonitas, hemos de saber enraizar bien nuestra vida. El árbol que tiene raíces superficiales ante el menos viento es derribado. La casa edificada sobre arena, nos dirá Jesús en sus alegorías y comparaciones, es derribada cuando viene la tormenta y el huracán; la que está bien cimentada sobre roca y en el lugar más oportuno permanece.

Algunas veces somos atrevidos desde falsas seguridades cuando queremos apoyarnos solo en nosotros mismos, nos metemos en la boca del lobo, vamos donde sabemos que nos vamos a encontrar en peligro; tenemos que tener fuerza de voluntad pero sobre todo claridad de espíritu para ver donde tenemos que estar y lo que tenemos que hacer.

Hoy nos dice Jesús que no nos basta decir ‘¡Señor! ¡Señor!’, sino que es necesario algo más. Y nos habla de la Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y plantar en nuestro corazón. ‘El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’, nos dice.

Ya en otro momento nos hablará de la semilla que no siempre sembramos en buena tierra; eso tenemos que ser, buena tierra, donde plantemos esa semilla de la Palabra de Dios para que pueda dar fruto, para que sea esa sabiduría de nuestra vida, para que sea esa fortaleza que nos mantiene firmes frente a las tentaciones del mal, esa luz que nos ilumine, ese sentido de nuestra vida que nos ayude a caminar por caminos de lealtad. Podremos alcanzar la paz, podemos sentirnos seguros en el Señor.

martes, 30 de julio de 2024

Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

 


Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’, termina diciéndonos hoy Jesús al concluir la explicación de la parábola, tal como le piden sus discípulos. ¿Qué nos quiere decir? Puede parecer una frase innecesaria o una frase enigmática y a la larga nos puede parecer hasta contradictoria. Claro que el que tiene oídos es para oír. Pero no siempre oímos, no siempre escuchamos, no siempre comprendemos.

Cuanto nos cuesta muchas veces entender; y no es siempre porque no esté claro lo que se nos trata de trasmitir; todos habremos tenido la experiencia de estar en un sitio escuchando algo, o en medio de una conversación, y de pronto alguien nos pregunta ¿qué es lo que dijeron?, y no podemos contestar porque aunque allí estábamos nuestra mente en ese momento estaba, por así decirlo, a kilómetros de distancia absortos en nuestros pensamientos o nuestras elucubraciones.

No cuesta entender porque no prestamos atención, escuchamos lo que nos interesa, andamos por las superficialidades de la vida y vamos cogiendo aquí y allá lo que nos gusta o apetece pero sin que nos signifique mucho esfuerzo, nos molesta lo que nos están diciendo, recibimos tantas influencias externas como cantos de sirena que quieren llevarnos por sus caminos o quieren apartarnos de nuestros valores… tantas distracciones, tantas disculpas que nos ponemos, tanta cerrazón de nuestra mente que nos oscurece la vida.

Por eso nos dice hoy Jesús que el que tiene oídos, que oiga, que estemos atentos, que prestemos atención, que confrontemos nuestra vida, que nos dejemos iluminar por la verdadera luz, que no nos confundan luces efímeras, que abramos bien los oídos de nuestro corazón.

Había propuesto Jesús una parábola que hablaba de buena semilla sembrada en el campo, pero en el que también el enemigo sembró cizaña; ahora la cosecha se veía malograda, ¿cómo salir adelante?

Un retrato de la realidad de la vida, un retrato de la inmensa tarea que la Iglesia tiene en medio de nuestro mundo, un retrato de nuestra tarea y nuestro compromiso. ¡Qué bello sería el campo donde vemos florecer la buena cosecha! ¡Qué bellos nuestros campos en el reverdecer de la primavera cuando todo se llena de colorido, contemplamos nuestros árboles frutales florecidos como anuncio de una buena cosecha de frutos en el verano! Pero es triste cruzar en medio de campos mal cultivados, en los que las yerbas y matorrales lo inundan todo mermando la capacidad de producir de aquello que allí hemos sembrado y queremos cultivar.

Pero ese es el campo de la vida. Queremos sembrar y sembramos de hecho buenas semillas, pero contemplamos al mismo tiempo que no prosperan esas plantas, esos valores que queremos cultivar. Hay una continua confrontación que muchas veces nos puede llevar a todos a la confusión. Pero es donde tiene que florecer la firmeza y la madurez que tiene que haber en nuestra vida para no dejarnos confundir, para no dejarnos arrastrar por otros planteamientos que pudieran hacernos, para dar un testimonio claro de esos valores del Reino de Dios por el que nosotros hemos optado.

No se trata de arrasar nosotros a los contrarios como tantas veces vemos que sucede donde todo el que no piense como nosotros es un adversario peligroso al que tenemos que hacer desaparecer; es un estilo que se está imponiendo en nuestra sociedad donde cada vez nos cuesta más dialogar para aunar esfuerzos en lo bueno. Dice aquel buen hombre de la parábola que habrá que dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, que solo al final se decantarán por lo que es bueno. Es el camino que hemos de hacer en la vida, pero sin dejar que la maldad nos malee.

Es una invitación a la esperanza y al compromiso lo que nos está haciendo Jesús con esta parábola. No todo está perdido por mucha cizaña que veamos en nuestro mundo, porque es ahí donde tenemos que dar nuestro testimonio. Y los corazones si los podemos transformar, sí podemos hacer que se dejen iluminar, si podemos lograr ese mundo nuevo empapado de los valores del Reino de Dios. ‘El que tenga oídos, que oiga’.

domingo, 18 de febrero de 2024

Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

 


Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

Génesis 9, 8-15; Salmo 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Muchos ‘arcoiris’ necesitamos que se levanten sobre nuestras cabezas en el camino de la vida y en el mundo de hoy. Esa señal luminosa que se forma sobre el horizonte como predicción de fecundas lluvias para nuestros campos, como anuncio de tormentas borrascosas que se alejan de nuestro entorno; una luminosidad llena de colorido cuya aparición siempre se convierte en anuncio gozoso al que quisiéramos alcanzar como un deseo de esa misma armonía que aparece en sus colores pero que tendría que llenar nuestros corazones.

¿Será algo que hoy necesitamos? Tentados nos sentimos demasiado en el mundo que vivimos a rupturas y desencuentros, porque son demasiados los tintes negros que nos rodean en la misma situación de nuestro mundo, muchos desencantos vamos sufriendo en la vida tanto en nuestras mutuas relaciones, como en esa espiral de tensión y de violencia que cada día parece que nos envuelve más.

Sentimos inquietud en nuestro corazón; desearíamos que esos no fueran los derroteros por los que circule nuestra vida; queremos hacer algo desde nuestra voluntad y algunas veces nos sentimos impotentes; muchos con su vida loca e insensata parece que nos están gritando que dejemos a un lado esas preocupaciones y que vivamos la vida que total son dos días; algunas veces parece que queremos meternos también en esa riada de la vida queriendo aprovecharnos de todo, buscando placeres o buscando poderes, dejándonos influenciar por las vanidades de la vida, o por ese estilo de vida de los viven despreocupados por todo y que nos parecen más felices. ¿Qué hacer? ¿Nos dejamos arrastrar por esa vorágine de la vida que contemplamos a nuestro lado o buscamos que nos dé otro sentido y otra profundidad a la vida?

Necesitamos detenernos en esa loca carrera; necesitamos un tiempo que nos haga encontrarnos con algo distinto a lo que nos está ofreciendo la locura del mundo; necesitamos mirarnos a lo más profundo de nosotros mismos, pero también elevar nuestra vida bien a lo alto, más allá de las estrellas para encontrar lo que eleve nuestra vida y lo que nos de otra trascendencia. Necesitamos quizás irnos al desierto, hacer desierto y hacer silencio, porque hay sonidos de los que en medio de esos ruidos no podemos disfrutar.

En este primer domingo de cuaresma, mientras en el ambiente externo se sigue con un ruido ensordecedor – en nuestra tierra sigue y seguirá sonando el bullicio de los carnavales – el evangelio sin embargo nos habla de desierto. Se nos puede hacer difícil escuchar esta Palabra. Pero es una Palabra que de parte de Dios quiere llegar a nuestro corazón y a nuestra vida. El evangelio nos dice que ‘el Espíritu empujó a Jesús al desierto y se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás, vivía con las fieras y los ángeles le servían’.

¿Tendremos que sentir eso mismo en el hoy de nuestra vida? El Espíritu también quiere guiarnos, también quiere hoy conducirnos al desierto, pero no sé si nos dejaremos guiar, nos dejaremos conducir. ¿Acaso le tendremos miedo al desierto? ¿Acaso le tendremos miedo al silencio que allí vamos a encontrar? ¿Acaso no es que estaremos viviendo lo mismo porque también nosotros vivimos entre tentaciones de muchas cosas que nos quieren arrastrar? ¿En qué mundo vivimos? ‘Vivía con las fieras’ decía el evangelio de Jesús en el desierto. ¿Y nosotros? ¿No recordamos lo que antes decíamos de ese mundo que nos envuelve?

‘Los ángeles le servían’, dice el evangelista. ¿No habrá también un ángel del Señor que nos sirve, que nos inspira, que nos acompaña, con el que sentimos que no nos falta la fuerza del Señor? ¿No llegaremos a descubrir esa luz nueva que nos ilumina y esa fuerza que nos alimenta?

Emprendamos este camino de desierto, este camino de Cuaresma que hemos iniciado el pasado miércoles de ceniza. Dejémonos envolver por ese silencio, busquemos ese silencio, encontremos esos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios para escucharle, para escuchar su Palabra que sea nuestro alimento y nuestra vida, que sea esa luz que necesitamos. Es ese ‘arcoiris’ anuncio de algo nuevo, prefiguración de victoria, senda de armonía y de paz. Lo anunciaba el Señor a Noé después del Diluvio porque era anuncio de que el amor de Dios no nos faltaría nunca, porque nunca Dios quiere la muerte sino la vida. Ese ‘arcoiris’ que veremos brillar sobre la cruz del calvario porque nos llega la luz de la Pascua. Es para lo que ahora en la cuaresma nos vamos preparando, es el camino que queremos ir haciendo.

‘Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’. Es la Buena Noticia que seguimos escuchando, es el Evangelio que con el testimonio de nuestra vida nosotros tendremos también que anunciar.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

 


Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn. 3,82-87; Lucas 21, 34-36

¿Qué es lo que realmente queremos hacer de nuestra vida? Si nos ponemos un poco razonables seguramente que todos reconoceremos que no queremos destrozar nuestra vida, que queremos buscar lo mejor, que en la vida estamos para ser felices y que por supuesto no queremos hacer daño a nadie. Claro que el tema de fondo está en qué es lo que creemos que es lo mejor, donde podemos encontrar esa felicidad que deseamos y que claro en la vida nos vamos rozando los unos con los otros y no es que queremos dañar a nadie, pero en esos roces siempre alguien saldrá dañado, y claro no queremos ser nosotros.

Aquí hay muchas cuestiones de fondo, porque es plantearnos que es lo que verdaderamente me satisface, o como puedo encontrar prontamente esos momentos de felicidad. Y nos encontramos en nuestro derredor muchas cosas que nos atraen, que nos confunden, que nos ofrecen momentos prontos de placer que confundimos con la felicidad verdadera, y poco a poco podemos irnos cegando, confundiendo, y terminamos por derroteros que no hubiéramos querido recorrer. A cualquier persona llena de vicios y de ataduras en su vida le preguntamos si querían llegar a ese estado y nos dirán que no, pero que en la pendiente de la vida las cosas fueron rodando y rodando y terminaron como terminaron. No justificamos, pero si entendemos. Porque todos estamos sometidos a esa tentación.

Hoy nos dice que Jesús que tengamos cuidado con que no se nos embote la mente; que no nos ceguemos; que no nos encerremos en esas cosas de placer pronto pero que no nos harán totalmente felices. Cuando caemos en esas redes luego terminamos queriendo más y más, y todo es como una espiral que se va agrandando y que parece que no puede tener fin. Pero hemos de romper esa espiral; tener la fuerza de voluntad suficiente para decir hasta aquí he llegado y no doy un paso más por esa pendiente, porque mucho que sea lo que me arrastre. Y sabemos que cuesta, que es difícil.

En la vida tenemos que estar atentos para no caer por esas pendientes. Son unos oropeles muy brillantes que nos atraen y nos confunden. Tenemos que saber discernir en cada momento lo que se nos ofrece y lo que hacemos. No puede ser una espiral irremediable, aunque tanto nos cueste arrancarnos de ella. Es la vigilancia de la que continuamente Jesús nos está hablando; hemos escuchado hablar del criado que está pendiente de la puerta para abrir apenas llegue su señor, del administrador a quien se le han confiado unas responsabilidades del cuidado de la casa y de todos los que en ella habitan y tiene que cumplir fielmente con su tarea, como del centinela que está de guardia en la muralla para evitar ser atacado. Muchas imágenes que nos propone Jesús para hablarnos de esa atención y vigilancia con que hemos de vivir.

Y es aquí cuando tenemos que ir a lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué o en quien hemos puesto el sentido de nuestra vida? ¿Estaremos siendo fieles a esa trayectoria que nos hemos trazado para no apartarnos ni lo más mínimo del camino? Si nos llamamos cristianos es porque nuestra fe la hemos puesto en Jesús; es El el sentido de nuestra vida, por algo nos dice que es el Camino y la Verdad y la Vida.

Es por lo que hemos optado en nuestra existencia, por ese camino, esa verdad y esa vida que es Jesús. Es lo que queremos vivir. Es lo que nos va a dar verdadera plenitud. Es de lo que no nos podemos alejar. Pero ahí están esas pendientes resbaladizas que nos rodean, que, como decíamos, nos ofrecen otras cosas que nos parecen más fáciles. Es la meta por la que tenemos que lugar, es esa vida eterna que Jesús nos ofrece para que vivamos para siempre con El.

Nos lo tenemos que pensar muy bien, con mucha seriedad. Para que no se nos embote la mente, como antes nos decía Jesús, para que sigamos el camino recto que nos lleva a la plenitud y nos hará alcanzar la verdadera felicidad.

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


domingo, 26 de febrero de 2023

Necesitamos desierto para descubrir lo más profundo, soledad para sentir la presencia de Dios que nunca nos falla, silencio para poder caminar sumergidos solo en Dios

 


Necesitamos desierto para descubrir lo más profundo, soledad para sentir la presencia de Dios que nunca nos falla, silencio para poder caminar sumergidos solo en Dios

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

De entrada reconocemos que no nos gustan los desiertos, como rehuimos lo que sea soledad, y aunque pudiera parecernos lo contrario los silencios nos aturden. Desierto implica vernos sin nada, o al menos, sin lo que consideramos más necesario para una vida digna, es carencia y es vacío cuando tan acostumbrados a tanta comodidad, entraña también soledad y también silencio.

¿Nos da miedo? Nada hay, nada podemos escuchar, o quizá en ese susurro del viento, sin que nada veamos, podemos comenzar a escuchar más cosas que quizás no queremos escuchar; no nos podemos entretener con sonidos estrepitosos que en la vida ordinaria nos buscamos para huir del silencio, porque solo es el leve susurro de la brisa lo que comenzará quizás a hablar en el interior aunque nos parezcan espejismos.

Pues hoy el Espíritu nos quiere llevar a nosotros también al desierto. Eso significa este comienzo de la Cuaresma y esa es la primera llamada que sentimos desde el evangelio. Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto. En la vida hay ocasiones en que nos parece estar también en un desierto. ¿No nos habremos visto en alguna ocasión envueltos en nuestras dudas o atormentados interiormente por nuestros problemas sintiendo también ese vacío y esa soledad? ¿Cómo lo hemos afrontado?

Algunos tan desestabilizados se encuentran que les parece volverse locos. Son las preguntas que surgen en el interior, son los interrogantes sobre el futuro con tantas inseguridades que como fantasmas nos persiguen, son las miradas angustiosas y quizás apesadumbradas hacia el pasado, son los momentos en que nos parece encontrarnos solos, porque aunque haya mucha gente alrededor, parece que todos están lejos, nadie sabe lo que nos pasa por dentro y con nadie queremos compartirlo, o nos sentimos incomprendidos y cuando no ignorados; algunos lo llaman depresión, crisis, momentos de nuevos planteamientos, momentos de desierto, momentos también de los que podemos salir más fortalecidos.

Desiertos que nos impone la vida, que surgen de situaciones o circunstancias que hayamos vivido, pero también, ¿por qué no? desiertos que hemos de saber buscar y aprender a navegar por él. Nos está invitando el Espíritu en este comienzo de cuaresma que vayamos al desierto, que nos metamos en nuestro interior, que buceemos dentro de nosotros mismos, que sepamos hacer silencio para escuchar, para clarificar la mirada y aprender a tener una mirada nueva, a sentir que aunque nos parezca que vayamos a la soledad, en la soledad no vamos a estar porque con nosotros está el Espíritu del Señor que nos guía y que nos alienta.

Nos preguntamos por nosotros mismos, como revisamos el sentido de vida por el que caminamos; nos preguntamos por la presencia de Dios y tenemos que descubrir el verdadero lugar que ha de ocupar en nuestra vida. Hoy el evangelio al relatarnos que Jesús fue conducido al desierto y allí lo vivió en la austeridad y en el ayuno nos habla de las tentaciones de Jesús en aquel momento en que iba a comenzar lo que llamamos su vida pública. Era el comienzo de su misión, para la que había sido enviado por el Padre como El sentía fuertemente en su interior.

Cuando estamos en el momento previo al inicio de una misión que nos han confiado, o de una tarea por la que hemos optado en la vida, es normal que nos surjan muchos cuestionamientos sobre la misma misión o sobre cómo hemos de desarrollarla. Es el momento que está viviendo Jesús. Es el planteamiento de cual es su identidad, podríamos decir.

Será lo fácil del milagro que todo lo soluciona, será ese momento de esplendor que nos envuelve quizás de vanidad y nos hace creer que es así el camino fácil del triunfo, será el momento donde damos lo que sea para sentirnos con poder o con influencia porque así es como podríamos pensar que conseguimos las metas que anhelamos. Nos lo refleja muy bien el relato evangélico con esas tres tentaciones con que quiere el diablo someter a Jesús. Como nos está reflejando ese camino de soluciones fáciles que muchas veces nos buscamos en la vida para conseguir nuestras metas o realizar nuestra misión.

¿Dónde ponemos a Dios en toda esa problemática que se nos plantea? No podemos manipular a Dios utilizándolo para nuestro servicio como tantas veces pretendemos con la manera que tenemos de orar a Dios. ¿Qué se haga mi voluntad o que se haga la voluntad de Dios? Para que no nos confundamos, como tantas veces nos sucede, tenemos que aprender a escuchar a Dios, como tenemos que sentir a Dios que camina a nuestro lado aunque a veces nos cueste descubrirlo en cualquier situación o en cualquier momento de nuestra vida. No podemos tentar al Señor nuestro Dios, sino que tenemos que saber adorar y escuchar a Dios.

Necesitamos desierto para aprenderlo, necesitamos soledad para descubrir la presencia de Dios que nunca nos falla, necesitamos silencio para poder caminar sumergidos e impregnados de verdad del Espíritu de Dios. Aprenderemos a valorarnos a nosotros mismos, porque Dios confía en nosotros; aprenderemos a comprometernos con la vida, porque así Dios la ha puesto en nuestras manos; pero aprenderemos no a confiar solo en nuestra propia fuerza, sino a poner toda nuestra confianza en Dios.

sábado, 11 de febrero de 2023

Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

 


Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

‘Siento compasión de esta gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino…’

El camino se hace largo, han venido de lejos. El camino se nos hace largo tantas veces que lo emprendemos con mucha ilusión. Pero desfallecemos, nos cansamos, perdemos la orientación del camino de la vida y nos encontramos sin saber qué hacer, por donde caminar, buscamos y buscamos y parece que las respuestas se alejan. Cuántas veces en la vida desfallecemos y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla,  de no seguir adelante. En ocasiones nos parece sentirnos fracasados por los tropiezos que vamos teniendo en el camino, porque hay cosas que no nos satisfacen, porque nos sentimos tentados por todas partes, tantos cantos de sirena de cosas que la vida nos ofrece para que vayamos por otros caminos. Necesitamos algo nuevo, algo que nos renueve, algo que nos haga entrar de nuevo en ilusión.

Es cierto que aquella multitud que seguía a Jesús habían salido de sus casas e incluso habían dejado de lado sus cosas, porque estamos ilusionados y llenos de esperanza con las palabras de Jesús y con lo que le veían realizar. Muchos habían acudido con sus enfermos y Jesús los había curado; muchos, por qué no pensarlo, cuando se acercaban a Jesús iban con sus penas en el corazón y se sentían como nuevos al lado de Jesús, escuchando a Jesús. Pero a todos nos pueden entrar los cansancios, nos podemos sentir tentados por la desilusión, se les podían morir las ganas de vivir mientras iban por el camino.

Pero allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, allí está Jesús el que se pusiera en camino con Jairo para ir a su casa a curar a la niña que estaba en las últimas cuando les avisan que no hay nada que hacer y Jesús solo pide fe a Jairo para seguir caminando; allí está Jesús el que llamará al ciego del camino o el que se acercará hasta la piscina donde hay alguien a quien nadie ayuda. Y está la compasión de Jesús, y está el amor de Jesús, y está la vida que Jesús quiere regalarnos.

Hoy le vemos que siente compasión por aquella gente, porque está sintiendo, es cierto, los sufrimientos y las angustias de aquellas personas como algo que le afectan a El también; pero la compasión de Jesús no se queda en lamentos, en bonitos sentimientos que se pudieran quedar en una lágrima y todo sigue igual; allí está el Jesús que pregunta por los panes que tienen, el Jesús que se pone mano a la obra y bendice los panes y los peces y pone en camino a los discípulos para que se los repartan. Es la compasión de Jesús que está a nuestro lado y nos tiende la mano, y nos levanta, y pone luz en los ojos, y despierta el amor en el corazón, y nos hace sentir nueva vida.

En medio de nuestros desalientos y cansancios, en medio de esos desiertos que nos llevan o nos tienen lejos, tenemos que darnos cuenta de que con nosotros está Jesús y está su amor, está su compasión y está la vida nueva que nos regala, está Jesús que nos pone en camino pero camina a nuestro lado, está Jesús que nos sana desde lo más profundo para que seamos ya nosotros los que carguemos con nuestras camillas, está Jesús el que nos regala el perdón y nos regala la vida.

Aquel día se repartieron los panes y todos comieron hasta saciarse de manera que incluso sobraron panes. Con Jesús ahora con nosotros también comemos de ese pan que El nos da que es El mismo, porque es el pan bajado del cielo para que tengamos vida y vida en abundancia. Con Jesús ahora a nuestro lado no podemos desfallecer, podremos y tenemos que seguir el camino, y superaremos los cansancios y con su fuerza, la fuerza de su Espíritu comenzaremos a hacer un mundo nuevo.