Un
desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos
conducir por el Espíritu de Dios
Deuteronomio 26, 4–10; Salmo 90;
Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13
¿Qué nos sugiere la imagen del
desierto? Desolación, soledad, silencio, vida agreste y dura, dificultad,
carencias de todo tipo, impotencia, abandono, debilidad… Algo que por tendencia
natural rehuimos, no nos gusta, lo evitamos de la forma que sea. No nos gusta
vernos impotentes, no chilla en nuestros oídos el silencio, sentimos angustia
ante la soledad, lloramos en nuestras dificultades y carencias, no sabemos que
hacer con nuestra impotencia, queremos verlo lejano de nuestra vida.
Sin embargo quizás todos habremos
pasado por situaciones difíciles donde no sabíamos como salir de ellas, hemos
llorando en silencio porque quizás no teníamos un hombro sobre el que derramar nuestras
lágrimas, hemos atravesado momentos oscuros de la vida en que nos sentíamos
desorientados sin saber qué camino tomar, los problemas nos han envuelto de tal
manera que casi queríamos morir. ¿Qué hacer nos hemos preguntado más de una vez
sin encontrar respuesta? Hemos tenido la tentación, como se suele decir, tomar
el camino del medio y querer valernos de lo que sea, aunque no siempre fuera
bueno, para salir de esas situaciones; hubiéramos deseado tener influencias en
quien fuera, pagando lo que fuera, para no seguir en esas situaciones;
habríamos estado dispuestos a vender el alma al diablo, como de suele decir.
En una palabra que también nosotros
hemos pasado o quizás estemos pasando por esas tentaciones de las que nos habla
hoy el evangelio. Es tradicional en nuestra liturgia que el primer domingo de
cuaresma escuchemos en el evangelio el relato de las tentaciones de Jesús en el
desierto. Un buen pórtico, como un encuadre de la vida al iniciar este camino
del tiempo cuaresmal. Un tiempo en el que queremos dejar guiar por la Palabra
de Dios en ese camino de renovación que tiene que ser nuestra pascua. Si
queremos vivir con toda intensidad la Pascua cuando lleguemos a celebrar la
Resurrección del Señor, esa pascua hemos de irla haciendo en nosotros este
camino de preparación que es la Cuaresma. Buena es, pues, esta composición de
lugar que se nos hace en este primer domingo con el desierto y las tentaciones.
Jesús fue llevado por el Espíritu al
desierto durante cuarenta días, nos dice el evangelio. Un desierto, como
veíamos, que estamos muchas veces en nuestra vida sufriendo también esas mismas
tentaciones. Un desierto al que hemos de dejarnos conducir por el Espíritu,
aunque nos parezca que no nos es agradable, pero sí necesario por una parte
para encontrarnos con nosotros mismos, pero sobre todo para encontrarnos con la
Palabra de Dios. No temamos ese silencio, esos momentos de soledad, esa
aspereza que podamos encontrar en el camino. Como toda Pascua siempre termina
en luz.
Ya hemos mencionado algunas de esas
tentaciones con que nos podemos encontrar aunque cada uno tenemos que saber ver
o descubrir lo que son esas luchas que vamos sosteniendo en nuestra vida; esas
ambiciones o esas vanidades, ese orgullo que se nos mete dentro de nosotros y
que tantas veces nos hace destructivos o esos sueños de grandeza que nos pueden
llevar incluso a la manipulación de lo que sea, incluso las personas, para
conseguir aquello que deseamos; esas pasiones que se nos desbordan y nos ciegan
y crean ataduras en nosotros de las que no sabemos como liberarnos; esas voces
o cantos de sirena que nos llaman de acá o de allá para invitarnos a una vida fácil
porque ahí nos dicen que seremos más felices.
¿Qué hacer?, nos preguntamos tantas
veces. Pero no solo de pan vive el hombre, no es con esas cosas de las que nos
revestimos tantas veces las que nos van a dar un sentido verdadero a nuestra
vida; no es endiosándonos a nosotros
como vamos a hacer una vida mejor porque creemos que con lo que hacemos
tenemos el aplauso de las gentes; no es dejándonos llevar por los apegos cómo
vamos a encontrar la verdadera libertad; no es convirtiéndonos en el ombligo
del mundo porque queremos que todo gire en torno nuestro cómo lograremos unas
relaciones más humanas o un mundo mejor.
Sólo Dios tiene que ser el único Señor
de nuestra vida, cuando tantas veces nos sentimos tentados a adorar las
riquezas o los oropeles de este mundo, los honores o los reconocimientos que
los demás nos hagan porque nos creemos merecedores de todo o nos parece que son
lo más importante para la vida sin lo cual no podríamos vivir.
Aunque se nos presenten como placenteros y se nos ofrezcan como si fueran preciosos jardines son duros esos desiertos que el mundo nos ofrece y del que tenemos que salir victoriosos. Ese desierto en el que tantas veces nos vemos metidos, como hemos dicho desde el principio de esta reflexión, es un desierto del que podemos salir si también nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús.
Es el camino que queremos hacer
en esta Cuaresma en este reencuentro con nosotros mismos, pero lo más
importante, en nuestro reencuentro con el Evangelio, en nuestro reencuentro con
Dios.
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