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domingo, 17 de agosto de 2025

Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

 


Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

Jeremías 38,4-6.8-10; Salmo 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Esto parece la guerra, habremos escuchado o habremos dicho en alguna ocasión.  Y no es solamente por esas terribles guerras que asolan en estos momentos nuestro mundo – que también nos hacen pensar, ante las cuales también hemos de buscar la manera de reaccionar porque además estamos viendo el juego de los poderosos como estos mismos días hemos contemplado -, ni pensamos en los desordenes que vemos en nuestra sociedad con tantas ambiciones e incluso hasta con luchas callejeras, pensamos más bien en esas confrontaciones que vemos a diario en nuestra sociedad sobre la distinta manera de ver o de resolver las cosas, pero es también lo que podemos sufrir cuando queremos ser fieles a nuestros principios, a nuestros ideales, a nuestros propios planteamientos y encontramos oposición, surgen enfrentamientos y acosos, se trata de destruir desprestigiando a quien piensa o actúa distinto y se arma, sí, una guerra sorda pero que nos llena de sufrimientos.

Es la reacción que está teniendo Jesús o que encuentra en su entorno mientras va anunciando el Reino de Dios. No todos lo comprendían, en muchos encontraba oposición, también trataban de desprestigiarlo atribuyendo incluso a Satanás los signos y milagros que realizaba. Humanamente, ¿cómo se sentiría Jesús? El Evangelio nos habla de aquellas tentaciones en el monte de la cuarentena antes de comenzar su predicación, muchas veces hasta los mas cercanos a El le querían hacer cambiar de rumbo, se vio envuelto en quienes querían manipularlo y hacerle decir cosas que a ellos les agradara, siendo consciente de lo que iba a ser el final sufre la tentación de la angustia y la soledad – porque hasta los más cercanos se han dormido – en el huerto de Sinaí previo a su prendimiento.

Pero Jesús se mantiene fiel, sube decidido a Jerusalén cuando sabe lo que va a significar aquella Pascua; mantendrá el pulso cuando tiene que convencer una y otras vez a sus discípulos más cercanos que la verdadera grandeza no es a la manera de los poderes de este mundo, sino haciéndose los últimos y los servidores de todos. ‘No se haga mi voluntad, sino la tuya’, será finalmente su oración.

Y nos dirá que por ahí también hemos de pasar nosotros. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro. En otros momentos anunciará persecuciones y tribunales, incluso hasta llegar a la muerte. A Pedro le dice que cuando se recupere después del mal momento que pasará con sus negaciones – todos tenemos momentos oscuros – pero ha de mantenerse firme para confirmar en a fe a sus hermanos.

Son las palabras que escuchamos hoy en el evangelio y que nos pueden resultar demasiado fuertes, porque si no las entendemos bien hasta nos pueden resultar contradictorias con lo que era la misión de Jesús y lo que realmente era su vida. Habla de fuego con que se incendiará nuestro mundo. ¿No decíamos antes esto es la guerra?

Ese es el fuego que va a producir revoltura en nuestro interior, es el ardor y la inquietud cuando estamos convencidos de verdad de algo, es la radicalidad con que hemos de vivir y manifestar nuestra fe porque no nos andamos por las ramas sino que vamos a la más profunda raíz de las cosas, aunque parezca que en esos momentos no convenga – con cuantas diplomacias de falsedad andamos tantas veces -, aunque resulte aparentemente contraproducente porque esa palabra que anunciamos, este testimonio que damos levante sarpullidos en algunos, aunque produzca tensiones incluso entre los más cercanos, aunque resultemos incómodos pero tenemos que ser fieles, porque no podemos andar poniendo algodones que intenten suavizar el impacto que pueda producir la Palabra de Jesús, la Palabra de Dios que proclamamos.

¿Seremos cristianos que auténticamente estemos prendiendo de ese fuego del evangelio a nuestro mundo? ¿Qué nos ha sucedido para que nuestra palabra, nuestro anuncio del evangelio, nuestra vida no sea una llamarada de fuego que prenda en nuestro mundo? El mundo quiere meternos en una cisterna sin agua, como querían hacer con Jeremías como escuchamos en la primera lectura, para que allí nuestra verdad se pudra, la verdad del evangelio quede oculta, no llegue a ser ese puñado de levadura que haga fermentar a nuestro mundo.

¿Nos seguiremos dejando meter en esa cisterna porque seguimos con nuestros complejos y cobardías, con nuestras indecisiones y nuestros miedos? ¿Se despertará ese nuevo ardor en el corazón?

miércoles, 25 de mayo de 2022

Llenemos el corazón de verdadera humildad para abrirnos al misterio de Dios y dejarnos sorprender por la acción del Espíritu que nos lo revela

 


Llenemos el corazón de verdadera humildad para abrirnos al misterio de Dios y dejarnos sorprender por la acción del Espíritu que nos lo revela

Hechos de los apóstoles 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

En una ocasión un niño pequeño, de los primeros años escolares, entró en mi lugar de estudio y se quedó como paralizado con los ojos bien abiertos contemplando todos los libros que yo tenía en sus estantes y me preguntó asombrado ¿Tú te has leído todo esos libros y te los sabes todos?  Asombrado estaba que yo hubiera podido leer todos aquellos libros, pero además sabérmelos todos.

Me viene al recuerdo esta simple anécdota tras el anuncio que le escuchamos hoy a Jesús. ‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir’.

Mucho era lo que Jesús les había ido enseñando, pero mucho eran aun lo que les quedaba por aprender, por conocer. Me recuerda también el final del evangelio de Juan en que termina diciéndonos que allí en aquel evangelio está cuanto necesitamos para creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo y creyendo tengamos vida en su nombre, pero que muchas más cosas hizo y dijo Jesús que si se escribieran todas ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Un lenguaje, es cierto, un poco hiperbólico pero que nos viene a expresar la grandeza del evangelio que nos lleva a nuestra fe en Jesús y a nuestra salvación.

Hoy nos promete Jesús la presencia del Espíritu con su Sabiduría que nos lo enseñará todo, ‘nos guiará hasta la verdad plena’. ¿Cómo podríamos tener nosotros la garantía de que no olvidamos las palabras de Jesús, su buena noticia de salvación? ¿Cómo se nos puede garantizar que no manipulemos las palabras de Jesús para hacerle decir cosas distintas a lo que El nos enseñó?

Podríamos tener la tentación de dudar de la autenticidad del evangelio que hoy enseñamos y trasmitimos, como podríamos tener también la tentación de tergiversar sus palabras. Es quizás la tentación de muchos que todo lo ponen en duda; lo escuchamos muchas veces en el mundo que nos rodea o nos puede pasar a nosotros también por nuestro interior. Son tantos los que se cierran a la fe y en todo ven manipulación.

En un mundo y en una sociedad en la que contemplamos a tantos que ansían el poder, no para servir a esa sociedad sino para tener dominio sobre ella, casi podría parecer normal que haya también quien dude del auténtico sentido de la autoridad dentro de la Iglesia y también pueden ver esas ansias de poder y de dominio en los pastores de la Iglesia.

Cuántas cosas escuchamos decir en este sentido y cuanto se manipula desde los medios de comunicación para ir envenenando la fe de los creyentes. Siembra dudas y crearás división; crea abismos que dividan y separen destruyendo la comunión y desde esa manipulación se irá logrando destruir hasta lo más sagrado, arrancando la fe del corazón de los creyentes.

Quienes en verdad nos dejamos conducir por la fe sentimos que verdaderamente es otra cosa, otro es el sentido de las cosas, porque creemos en la presencia del Espíritu Santo que nos prometió Jesús que es el que verdaderamente inspira la acción de la Iglesia. Esa presencia del Espíritu que nos guiará a la verdad plena, como nos dice hoy Jesús, es la garantía de esa autenticidad de la Verdad proclamada, transmitida y enseñada por la Iglesia.

No perdamos esa visión de la fe; dejémonos conducir por el Espíritu Santo; dejemos que su luz nos llene de su Sabiduría y podremos, aunque nos consideremos los más humildes y los más pequeños y precisamente por eso, conocer el misterio de Dios que en Cristo Jesús se nos manifiesta. Mientras no llenemos nuestro corazón de verdadera humildad difícilmente podremos abrirnos a Dios y a la acción de su Espíritu. Abramos bien los ojos del corazón para dejarnos sorprender por el misterio de Dios que podremos llegar a conocer.

jueves, 24 de marzo de 2022

Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

 


Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

¿Por qué seremos así? Siempre hay alguien que tras cada cosa, por muy buena que sea, siempre estará viendo una segunda intención, siempre andará en desconfianza o queriéndonos poner en desconfianza, siempre tratará de decirnos que hay algo turbio, siempre hay una mala intención, siempre hay una razón oculta. Desconfiados terminamos por destruirnos; desconfiados contagiamos a los demás de nuestra desconfianza, y luego terminaremos sin tener en qué apoyarnos.

Nunca se será capaz de aceptar lo bueno que pueda haber en la actuación de los demás sobre todo si los consideramos adversarios. Parece que siempre tenemos que estar enfrentándonos como enemigos que llevan el odio por bandera. Y esa forma de actuar nos destruye en lo más hondo de nosotros mismos. Lo contemplamos en el día a día de nuestra sociedad, donde siempre se irá echando abajo – hasta en el sentido más material de la palabra – lo que hayan podido hacer otros.

Cuando alguien tiende la mano para el diálogo y para construir unidos, siempre andamos con desconfianza hacia esa mano tendida. Vamos por la vida en un diálogo de sordos porque solo nos oímos y nos queremos ver a nosotros mismos como los únicos salvadores. Y así surge una crispación en la sociedad que termina por llenarnos de violencia. Siento en verdad tristeza en el corazón cuando veo esa manera de actuar sobre todo en quienes tienen la responsabilidad de dirigir nuestra sociedad y ser constructores de una sociedad mejor que tendría que ser contando con la colaboración de todos. Tenemos que tener cuidado de no contagiarnos con esa mala levadura, o diría peor, de esa cizaña sembrada de mala manera en nuestros corazones.

‘Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa’, les responde Jesús cuando andan acusándolo con la incongruencia de que los milagros que realiza los hace con el poder del espíritu del mal. ¿En qué cabeza cabe? Pero esta frase de Jesús no solo hemos de verla en esa apología contra la incongruencia de quienes no aceptan las obras de bien que realiza, sino que además puede ser un toque de atención para esa división que hay entre nosotros cuando no somos capaces de aceptarnos, cuando nos hacemos la guerra entre nosotros mismos.

Nos tendría que dar que pensar para esas relaciones enfrentadas y llenas de violencia que hay entre nosotros en el pan nuestro de cada día, pero que algunas veces descubrimos entre quienes más unidos tendríamos que estar en torno a Jesús. No siempre los creyentes vivimos esa necesaria comunión entre nosotros. Es, sí, la ruptura de la falta de unidad de los cristianos y miramos la iglesia en su globalidad, pero tendríamos que mirar en la cercanía a donde estamos para ver que no siempre resplandece esa comunión entre los mismos que participamos en la misma Eucaristía cada semana, el día del Señor.

Nuestras comunidades muchas veces están rotas, porque ni entre nosotros mismos nos conocemos; no somos capaces de ver y reconocer lo que está haciendo el hermano que está dos bancos más atrás de nosotros en el templo, porque no nos conocemos, porque no hay cercanía entre nosotros. Muchas tendrían que ser las cosas que tendríamos que revisar, muchas las actitudes y posturas nuevas que tenemos que hacer surgir de nuestro corazón, muchas las cosas de las que tendríamos que desprendernos porque a la larga pueden ser sombras que llevamos en nuestra vida.

Mucha tendría que ser la apertura que como cristianos tenemos que hacer a esa sociedad en la que vivimos y donde tendríamos que ser siempre sembradores de paz y de comunión, buscando el encuentro, trabajando para que sepamos encontrar esos caminos de colaboración entre todos y dejemos ya de una vez de ponernos tantas zancadillas.

Es el camino de conversión que vamos realizando en este tiempo cuaresmal buscando que haya verdadera pascua en nosotros.

jueves, 28 de mayo de 2020

Oremos con Jesús para que en verdad seamos uno y el mundo crea y aparquemos para siempre de nuestras comunidades divisiones, desconfianzas y desavenencias



Oremos con Jesús para que en verdad seamos uno y el mundo crea y aparquemos para siempre de nuestras comunidades divisiones, desconfianzas y desavenencias

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
Creo que todos estamos cansados de esas situaciones que vemos tantas veces de gente, por ejemplo, que con gran entusiasmo deciden formar un grupo de tipo social o cultural, de altruismo por los demás o simplemente buscando la unidad y la convivencia entre vecinos allí donde viven, pero que tras ese entusiasmo inicial en que se les veía muy unidos, se realizaban cosas hermosas desde esa unidad y buena convivencia, trabajaban generosamente por causas que quizás algunos veían perdidas pero en su entusiasmo supieron sacar adelante.
Todo parecía idílico, pero pronto observamos como la intensidad de las actividades baja, la buena relacion comienza a resquebrajarse, aparecen los intereses particulares que si no son satisfechos llevan no solo al abandono sino quizá también a campañas destructivas que tiran por la borda todo lo anteriormente conseguido. Cuantos que parecían tan amigos pronto se convirtieron no solo en contrincantes sino en enemigos que buscaban la destrucción mutua.
Los intereses egoístas destruyeron la unidad y la convivencia y aquello se alejó mucho de lo que en principio se pretendía. Cosas así observamos en muchos aspectos de la sociedad, sociales, culturales, políticos, y hasta en los grupos que nos parecían más serios con años de historia detrás vemos que la falta de unidad y concordia lo echa todo a perder. No hace falta poner nombres porque todos tenemos en la mente situaciones así.
He querido comenzar la reflexión trayendo a colación estas situaciones que son demasiado frecuentes en nuestro entorno y en nuestro mundo, por la oración que Jesús hace hoy por los que crean en El. Pide la unidad y la comunión. Si somos hijos del mismo Padre ¿cómo podemos andar divididos? Si Cristo va a derramar su sangre en la pasión y en la pascua para la reconciliación de todos los que andaban divididos ¿cómo es posible que no mantengamos esa querida unidad?
¡Qué mal ejemplo damos los cristianos! ¿Creemos en serio que estamos viviendo aquella unidad que Jesús está pidiendo en su oración sacerdotal en la cena pascual? Pide Jesús en su oración por todos los que crean en su nombre ‘para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. La razón y el modelo de nuestra unión es la unidad que hay entre Jesús y el Padre, ‘como tú Padre en mi y yo en ti’. ¿Nos amamos nosotros con un amor así?
Recordamos que era la admiración que producían los primeros cristianos entre los que los rodeaban. ‘Mira cómo se aman’, se decían entre ellos los gentiles. Y testimonio claro tenemos en las primeras páginas del libro de los Hecho de los Apóstoles en aquella unidad y amor que había entre todos los creyentes que tenían una sola alma y un solo corazón. No es precisamente lo más que reflejamos nosotros los cristianos. No es lo que se vive en nuestras comunidades cristianas.
No hablo ahora de la terrible ruptura entre las Iglesias que creyendo en el mismo Jesús llevamos apellidos distintos, porque somos de aquí o de allá, la rota unidad de los cristianos. Hablo de lo que vivimos en el día a día de nuestras iglesias, de nuestras parroquias, de nuestras comunidades, de nuestros grupos. Cuántos resentimientos, cuantas desconfianzas, cuántos orgullos, cuánta vanidad en tantas ocasiones, cuántas ganas de aparentar lo que realmente no somos, cuánto desamor y desapego entre unos y otros que vivimos ese espíritu del mundo de echarnos la zancadilla a primeras de cambio para quedar por encima, para buscar poder e influencia. En lugar de apoyarnos, de comprendernos, de ser un estímulo los unos para los otros, en lugar incluso de defendernos, nos destruimos, ante la menor sospecha caemos enseguida sobre los otros. ¿Cómo podemos hablarles de misericordia a los demás si nosotros no tenemos misericordia los unos con los otros dentro de nuestros propios grupos o comunidades?
Oremos con Jesús para que en verdad seamos uno y el mundo crea. Porque todo eso que hemos mencionado lo ve la gente, lo ve el mundo que nos rodea y no es precisamente un ejemplo atrayente para nadie. ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’. Es la oración de Jesús por su Iglesia. Y orar con Jesús es aparcar para siempre de nuestro corazón y nuestras comunidades divisiones, desconfianzas y desavenencias.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando ponemos gran empeño en sacar un proyecto adelante, un proyecto que consideramos de gran trascendencia para nosotros y para ese mundo nuevo que queremos construir, lo menos que desearíamos es que desde dentro, desde las personas que realizan ese proyecto se pusieran trabas o maquinásemos para destruirlo. Un encargo y un deseo sería que en verdad lo cuidáramos y no hiciéramos nada que pudiera ser obstáculo para llevarlo adelante. La experiencia de la vida nos dice cómo siempre encontraremos quienes están poniendo palos a las ruedas, desde las envidias, los orgullos, los recelos y en lugar de construir destruimos. Esto lo vemos claro en tantos hechos de la vida.
Son las recomendaciones y la oración que Jesús está haciendo por los discípulos, por el Reino de Dios que se está constituyendo, por la Iglesia que está naciendo. Es la oración por la unidad. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Es importante esa unidad de todos los creyentes para que el mundo crea. Si nos ven divididos ¿cómo van a creer en la Palabra que les anunciamos?  Si nos ven desunidos mala imagen estamos dando del Reino de Dios.
Este tema de la unidad nos puede llevar a variadas consideraciones con muchas consecuencias en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. Ya es un drama grande que a lo largo de los siglos se haya producido tantas rupturas y que teniendo todos una misma fe en Jesús nos etiquetemos con tan diversos nombres y hayamos creado esos abismos inmensos de separación y división. Damos gracias a Dios por los gestos de cercanía que se están dando en los últimos tiempos.
Pero yo quiero pensar ahora en nuestras propias comunidades parroquiales o en las comunidades religiosas. ¿Trabajaremos de verdad para que haya esa verdadera comunión y unidad en el día a día de nuestras comunidades? Bien sabemos de los recelos y desconfianzas que muchas veces aparecen. Mucho daría que pensar, porque lo triste sería que fuéramos nosotros los propios cristianos los que desde dentro estuviéramos frenando el avance de la Iglesia. Nos pide Jesús que vivamos unidos, que no nos destruyamos. Con el corazón en la mano nos lo esta pidiendo Jesús. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande

Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande

Zacarías 8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50

Quién es más… desde chiquillos estaban ya presentes esas luchas; quién es más alto, quien es más fuerte, quien llega más lejos, quien es más, en una palabra, importante. Como se preguntan hoy en el texto del evangelio en el grupo de los discípulos, quién es el más importante.
Y ya sabemos que cuando andamos con esas apetencias surgen las luchas, surgen las zancadillas, surgen los orgullos mal digeridos, surge el descontento y la división. Pasa en todas partes; nos pasa a todos los seres humanos en nuestros mutuos encuentros y relaciones; surgen las luchas políticas o los enfrentamientos en lo social. Al final terminamos yendo cada uno por nuestro lado encerrados en nuestro yo, en nuestro orgullo, en nuestro amor propio y terminamos pisoteándonos, porque no hemos terminado de respetarnos y de valorarnos en lo que cada uno es por sí mismo como persona.
Cuántas luchas y enfrentamientos, cuántos pisotones que nos damos unos a otros, cuántos proyectos que se anulan y vienen abajo como castillos de naipes, cuanta destrucción vamos creando en nuestro entorno con nuestras guerrillas, nuestras desconfianzas y recelos, nuestras apetencias por figurar y estar por encima, nuestras envidias que no solo destruyen el entramado social que nos rodea sino que nos destruyen a nosotros mismos.
Jesús que conocía bien cual es la debilidad del corazón humano no quiere que esto sucede entre los que le siguen, ni sea el estilo de la nueva comunidad. En los discípulos permanecen esas apetencias del corazón, pero Jesús estará continuamente al quite para enseñarles, para hacerles comprender, para que aprendan a llenar sus corazones de humildad y de generosidad. Humildad para reconocer donde están los verdaderos valores, para reconocer nuestras limitaciones, y humildad y generosidad para ser capaces de ponernos siempre disponibles desde lo que somos al servicio de los demás y al bien de la comunidad. Humildad y generosidad que no significa enterrar los talentos, que ya en otro momento nos exigirá que hemos de desarrollarlos, sino disposición generosa para el servicio y para el bien común.
Jesús nos repite hoy una vez donde está nuestra verdadera grandeza y como tenemos que saber acogernos y aceptarnos aunque nos pudiera parecer que el otro es más pequeño o vale menos. Nos quiere señalar Jesús cuales son los verdaderos valores de la persona. Tras las discusiones que le oye a sus discípulos ‘Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante’.
Quién es más, decíamos al principio, que es la pregunta permanente que nos hacemos y que se convierte en lucha muchas veces. Hazte pequeño, no importa que parezcas insignificante, que hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y de todo orgullo, entonces serás grande.

jueves, 24 de octubre de 2013

Fuego, bautismo, paz, división interrogantes que se nos plantean ante el evangelio

Rom. 6, 19-23; Sal. 1; Lc. 12, 49-53
Fuego, bautismo, paz, división, tres o cuatro palabras en el mensaje del evangelio que de alguna manera nos dejan con cierto interrogante dentro de nosotros buscando qué quieren significar. De alguna forma nos desconciertan si no entendemos bien su significado o el sentido de lo que Jesús quería trasmitirnos.
Nos habla de fuego en el mundo y con el deseo de que esté y ardiendo. Hablar de fuego, después de la experiencia de que se nos queman y destruyen nuestros montes y bosques nos podría estar hablando de destrucción. Sin embargo también podemos pensar en un fuego purificador ya sea el que se emplea en ciertas industrias para purificar los metales o ya sea también porque arrojamos al fuego lo que no nos vale o nos sobra por inservible; pero podemos pensar en un fuego renovador y en cierto modo creador porque trabajados a fuego de ciertos metales podemos obtener herramientas u obras de arte.
Jesús nos dice que ha venido a prender fuego en el mundo ‘¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Para comenzar a entender su sentido podemos pensar en la presencia del Espíritu en Pentecostés que se manifiesta en llamaradas como lenguas de fuego que se posan sobre los apóstoles que llenos del Espíritu se lanzarán por el mundo al anuncio del Evangelio, ya aquella misma manera en las propias calles de Jerusalén.
Podemos pensar, pues, en el ardor del Espíritu que nos transforma y nos purifica, como transformó y liberó de sus miedos a los apóstoles, para enviarnos con ese fuego del amor en nuestro corazón para hacer ese anuncio de Jesús. Y con el anuncio de Jesús vendrá, pues, la transformación de nuestros corazones y la transformación de nuestro mundo. Es el deseo de Jesús, que tiene que ser también nuestro deseo de que nuestro mundo se vaya transformando en el Reino de Dios. Es la inquietud que tiene que arder en nuestro corazón y con la que tenemos que prender, contagiar a los demás, como el fuego que se va prendiendo allá por donde va y lo va incendiando todo.
Nos habla de bautismo, también con la angustia o como la prisa para que se cumpla, y pensamos en pascua y pensamos en pasión y muerte. ‘¿Podéis bautizaros en el bautismo con que yo me voy a bautizar? ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ le preguntaba Jesús a aquellos dos hermanos que venían pidiendo primeros puestos. El cáliz lo tenían asegurado, el bautismo en la sangre también habían de padecerlo, pero lo de los primeros puestos había de pasar por hacerse el último y el servidor de todos, como el Hijo del Hombre que no había venido a ser servido sino a servir. Es la Pascua presente en nuestra vida, en esa ofrenda de amor que vamos haciendo de nosotros mismos.
Finalmente nos habla de paz y de división como contraponiéndolas aunque nos cueste entender que nos diga que nos ha venido a traer paz. Es cierto que los ángeles hicieron el anuncio de paz en su nacimiento y será también el saludo pascual de Cristo resucitado cuando se manifiesta a sus discípulos. Es cierto también que nos dirá en las bienaventuranzas que los pacíficos y los constructores de la paz verán a Dios.
¿Cómo entender ahora estas palabras de Jesús que anuncian división en lugar de paz? Ya nos viene diciendo en el Evangelio que ante El hay que hacer una opción radical. O estamos con Cristo o estamos contra Cristo. También el anciano Simeón allá en el templo anunció proféticamente que aquel niño iba a ser signo de contradicción y unos caerán y otros se levantarán.
Efectivamente cuando hacemos opción radical por Jesús nos vamos a encontrar mucha incomprensión en nuestro entorno, muchas veces incluso de aquellas personas más cercanas a nosotros. No todos nos van a entender. Muchos se van a poner en contra nuestra de tal manera que incluso sufriremos persecución; recordemos a los mártires de todos los tiempos. Es lo que ahora nos anuncia Jesús. Y aunque encontremos esa división, esa oposición, sí tenemos que decir, que no nos podrá faltar nunca la paz en nuestro corazón, porque realmente nos sentimos seguros de seguir a Jesús, de estar con El y de darlo todo por El. No tengamos miedo que su Espíritu estará siempre con nosotros.

Ahora sí que entendemos aquellas cuatro palabras y deseando ardientemente tendríamos que estar de que esté ardiendo nuestro corazón de amor por Cristo y nuestro mundo transformado por el Evangelio. Aunque tengamos que pasar por la pascua, por el bautismo, pero se llenará de paz nuestro corazón.

jueves, 16 de mayo de 2013


Descienda sobre nosotros el Espíritu de fortaleza y comunión para que el mundo crea

Hechos, 22, 30; 23, 6-11; Sal. 15; Jn. 17, 20-26
‘Para que todos sean uno… para que el mundo crea que Tú me has enviado’. Es la oración que con toda intensidad Jesús hace al Padre en el momento previo a su prendimiento en Getsemaní. La unidad de los que creemos en Jesús que viene a ser motivo fuerte, razón grande para que el mundo crea.
Es una oración que forma parte de alguna manera de su agonía momentos antes de su entrega. Qué importante y necesaria esa unidad. La división de los discípulos provoca incredulidad en quienes nos ven o nos escuchan. Proclamamos un mensaje que perdería credibilidad por el antitestimonio que nosotros daríamos con nuestra desunión. Sigue siendo así hoy. Los que nos ven podrían decir que muy importante no es lo que nosotros les enseñamos o trasmitimos si luego entre nosotros no hay esa verdadera comunión de amor. Porque el evangelio que nosotros les vamos a anunciar, la buena nueva que queremos trasmitirles es el amor de Dios y si nosotros no vivimos en ese amor, será que nosotros le estaríamos dando poca importancia, ¿cómo nos van a creer?
Creo que esto es algo que tendría que preocuparnos seriamente a los que creemos en Jesús. Si de verdad lo seguimos necesariamente tenemos que crear lazos de comunión entre todos; tenemos que amarnos de verdad superando todos los obstáculos que nos puedan aparecer a causa de nuestros egoísmos o nuestros orgullos. Cómo se nos endurece el corazón tantas veces y vamos creando divisiones, enfrentamientos la mayor parte de las veces por cualquier cosilla que si la analizamos sensatamente nos damos cuenta que realmente son minucias; pero son como esas piedrecillas que se nos meten en el calzado y nos molestan y no nos dejan caminar bien. Y claro, los no creyentes que nos ven se preguntarán si de verdad creemos en lo que anunciamos, cuando tan poca importancia le damos luego en la vida a un amor autentico.
Cuando pensamos en esa falta de unidad nos es fácil pensar en las grandes divisiones entre los cristianos en las diferentes Iglesias desde tan diferentes momentos de la historia de la Iglesia pero que se han perpetuado a través de los siglos. Es el gran escándalo de los cristianos y por la unidad de todas las Iglesias tenemos que trabajar y sobre todo tenemos que orar mucho. Pero eso  no puede ser una excusa para no mirar esas otras divisiones, que nos pueden parecen pequeñas, cuando en el seno de nuestras propias comunidades no hay la suficiente unidad y comunión. Es triste que en nuestras pequeñas comunidades cristianas ahí donde hacemos nuestra vida de creyentes de cada día haya esa falta de comunión.
Pero tenemos que aterrizar aún mucho más para darnos cuenta de esa falta de comunión y amor de hermanos que tenemos muchas veces con los que están a nuestro lado, porque no los amamos lo suficiente, porque guardamos nuestras rencillas y rencores en el corazón, o nos movemos muchas veces desde la envidia, la ambición, el orgullo y la insolidaridad.
Estamos en estos días pidiendo con insistencia que venga sobre  nosotros el Espíritu Santo prometido por Jesús que nos enviaría desde el seno del Padre. Es lo que queremos celebrar el próximo domingo con Pentecostés. Pidamos, sí, que descienda sobre nosotros ese espíritu de fortaleza y comunión; y digo fortaleza para que sintamos la fuerza de la gracia del Señor que nos ayuda a superar todas esas cosas que crean división o distanciamiento entre nosotros; con la fuerza del Señor podremos lograr avanzar por esos caminos de comunión, de amor verdadero, de paz, y así seremos un buen testimonio ante el mundo que nos rodea, como nos pide hoy Jesús en el evangelio. Será el Espíritu del Señor quien nos conduzca por caminos de unidad y de comunión. Es uno de los frutos del Espíritu en nuestro corazón que hemos de cultivar.

sábado, 10 de noviembre de 2012


La ambición desmedida, la avaricia, la arrogancia nos crean un mundo dividido y lleno de violencia

Flp. 4, 10-19; Sal. 111; Lc. 19, 9-15
El avaricioso nunca se sentirá satisfecho plenamente. Siempre estará buscando la forma de conseguir más, de tener más, aunque al final ni siquiera termine disfrutándolo. Y además sabemos cómo se destruyen las relaciones entre la s personas cuando lo que nos guía es esa ambición desmedida. Podemos hablar de situaciones especiales por su magnitud que nos lleva la situación de injusticia en que vive nuestro mundo con tantas diferencias y abismos que nos vamos creando, pero esto también tenemos que entenderlo o aplicarlo en el día a día de nuestra convivencia, de las relaciones con los que están más cercanos a nosotros que, cuando la avaricia y la ambición andan por medio, ya sabemos cómo solemos terminar en rupturas y violencias.
Hemos de escuchar muy bien lo que nos dice hoy Jesús en el Evangelio. ‘Ningun siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. El evangelista dice que ‘por allí andaban unos fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de El’. Hay cosas que muchas veces no queremos escuchar, nos hacemos oídos sordos, y a quien nos pueda decir la verdad lo mejor es acallarlo, no hacerle caso o burlarnos de él.
Previamente Jesús nos había hablado de la fidelidad incluso en las cosas pequeños o incluso en el manejo del dinero. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar’, nos dice Jesús. Hemos de saber valorar todas las cosas y no podemos dejar de lado una responsabilidad porque nos pueda parecer pequeña o insignificante.
Todo hay que medirlo en su justo valor. Por eso nos dirá también que hemos de ser fiables también en el uso del dinero. Para nuestras relaciones, para la adquisición de lo que necesitamos, para no carecer de lo necesario para una vida digna necesitamos es cierto el dinero. Pero como nos dirá Jesús no lo convirtamos en un dios de nuestra vida al que adoremos. Dios solamente hay uno y es el Señor al único que tenemos que adorar.
Podríamos pensar - es una tentación -, que la abundancia de bienes es la que nos va a solucionar todas las cosas y la que nos va a llevar por un camino de verdadera felicidad. Si ponemos la felicidad solamente en la posesión de bienes o riquezas materiales en cosas bien caducas  y efímeras nos apoyamos. No son esos los mejores fundamentos para nuestra felicidad. Y cuando no le damos un verdadero cimiento al edificio de nuestra vida sabemos que puede terminar en ruina. A nuestro alrededor vemos tantos corazones rotos, tantas vidas destrozadas desde un actuar de esta manera y sentido. A la vida tenemos que darle hondura con valores más consistentes.
El apóstol, en la carta a los Filipenses que venimos escuchando, nos da un hermoso mensaje en este sentido. La vida del apóstol no era fácil yendo de un lugar para otro en una vida itinerante, y aunque lo vemos en muchas ocasiones trabajando con sus propias manos en lo que habia sido su profesión, tejedor de tiendas, sin embargo le veremos también en momentos por los que pasa mucha dificultad.
Ahora le es la ocasión de darle las gracias a la Iglesia de Filipos por la ayuda que le ha prestado. Y es ahí donde nos deja un hermoso mensaje en el sentido de lo que veníamos reflexionando desde el evangelio. ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y en abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Nos hace falta aplicarnos este hermoso mensaje del apóstol. Si lo hiciéramos de forma distinta nos sabríamos enfrentar a los malos momentos que nos van apareciendo en nuestra vida. Hay valores más importantes por los que tenemos que luchar y que nos darán mayor hondura espiritual y un mejor sentido a nuestra vida. El evangelio nos ayuda a encontrarlos. Un espíritu humilde y de saber compartir, una capacidad de sacrificio para con serenidad arrostrar esos malos momentos, un corazón lleno de amor que nos producirá una paz inmensa cuando desde ese amor seamos capaces de compartir incluso de nuestra pobreza, son perlas preciosas que hemos de cultivar en nuestro corazón y en nuestra vida; serán una dulce medicina que nos cure de nuestras ambiciones egoístas y avariciosas que tanto daño nos hacen.
Aprendamos la lección. Y recordemos las palabras con las que terminaba Jesús hoy: ‘La arrogancia con los hombres, Dios la detesta’.  

jueves, 20 de octubre de 2011

He venido a prender fuego en el mundo…


Rom. 6, 19-23;

Sal. 1;

Lc. 12, 49-53

Cuando esperamos algun acontecimiento o sabemos que algo importante va a suceder y que puede tener influencia en algun sentido en nuestra vida, en nosotros o en otras personas, andamos inquietos y ansiosos quizá en la incertidumbre del momento que no sabemos cuando, o por las repercusiones que eso que está por suceder va a tener para nosotros o para los demás. Inquietos y con preocupación están estos días nuestros vecinos de la isla del Hierro ante los acontecimientos vulcanológicos que allí se están sucediendo, por poner un ejemplo. O es la inquietud del niño en la víspera del día de Reyes por los regalos que le puedan o no traer los Reyes Magos. O es la ansiedad del enamorado/a cuando va a declarar su amor y no está muy seguro de la respuesta que va a obtener de su amado/a.

Las palabras que hemos escuchado a Jesús hoy en el evangelio son palabras que siempre nos desconciertan en una primera escucha. Pero tendríamos que reconocer que nos están expresando el ansia del corazón de Cristo consciente de la misión a la que ha venido y de todo lo que está por suceder.

‘He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’, comienza diciéndonos. Es algo grande y maravilloso lo que Jesús nos ofrece. Es el Hijo de Dios que se ha encarnado entre nosotros para hacernos llegar la salvación de Dios, para que en verdad se instaure el Reino de Dios en la vida de los hombres. Fuego que quiere Jesús prender en el mundo y que quiere en verdad que arda porque todos alcancemos esa salvación, porque en verdad se realice esa transformación del corazón de los hombres y de todo nuestro mundo.

Consciente del camino que está haciendo, de la Buena Nueva que nos está proclamando está viendo también la respuesta de los hombres. No arde el corazón de todos los hombres de la misma manera y sabe que eso le lleva a un camino de pasión y muerte. ‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’, exclama Jesús.

Sabemos bien cuál es el sentido de esta palabra, bautismo. Se había sometido al bautismo de Juan pero aquello sólo era una señal y anuncio, porque el verdadero bautismo era su pascua, era su pasión y muerte, con la que en verdad nos traería el perdón de los pecados.

El es el Cordero que se ha de inmolar para quitar el pecado del mundo. Juan así lo había señalado pero ahora vendría la pasión y la muerte redentora. Cuando llegase ese momento exclamaría también, ‘triste está mi alma hasta la muerte… Padre, si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Es lo que ahora está expresando Jesús también en el ansia y ardor de su corazón.

Pero sabe también que es un signo de contradicción. Así lo había señalado el anciano Simeón a su madre allá en el templo cuando la presentación. ‘Este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será bandera discutida, signo de contradicción, y a ti misma, le dirá a María, una espada te atravesará el alma; así quedarán al descubierto las intenciones de todos’. Es lo que ahora está Jesús diciendo: ‘¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante una familia estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos…’

Ante Jesús hay que decantarse y muchos lo harán. No todos van a seguirle de la misma manera. A lo largo del evangelio lo vemos, cómo mientras unos lo aclaman otras tramarán para quitarle la vida. Unos exclamarán ‘Hosanna al Hijo de David’, en la entrada en Jerusalén y otros gritarán ‘fuera, fuera, crucificale’, ante el pretorio de Pilatos. Pero eso sigue sucediendo en el día a día de los discípulos de Jesús, ha sido el camino de la Iglesia y el camino de la historia desde que Jesús se ha convertido en verdad en el centro de la historia y del mundo. Historias de persecusiones, de enfrentamientos, de muerte incluso entre hermanos a causa de Jesús.

¿Significa eso que Jesús no ha venido a traer la paz? Fue lo que anunciaron los ángeles en su nacimiento para los hombres de buena voluntad que son amados del Señor. Y será el regalo de pascua que nos haga Jesús cuando en verdad nos sintamos redimidos y salvados. Pero antes también nosotros hemos de pasar por un bautismo como Jesús. Y vienen los tiempos de la pasión, de la incomprensión y de la muerte. Pero sabemos que la victoria final de la paz de Cristo está asegurada. ‘No temáis, yo he vencido al mundo’, nos dirá.

domingo, 23 de enero de 2011

Con Jesús llega la luz y se disipan las tinieblas


Is. 8, 23-9, 3;

Sal. 26;

Mt. 4, 12-23

En la navidad escuchamos que ‘la Palabra era la Luz y que la Luz vino a las tinieblas…’ Ese ha sido un mensaje repetido desde entonces muchas veces de una forma o de otra en la Palabra que hemos ido escuchando y podríamos decir que de alguna manera es el mensaje que hoy escuchamos.

Vuelve a hablársenos de tinieblas y de luz, de manera que incluso la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, es la misma que escuchamos en la noche del nacimiento del Señor. Y Mateo en el evangelio para hablarnos de lo que significó la aparición de Jesús anunciando el Reino de Dios en Galilea viene a citarnos también ese mismo texto. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló’. Y continúa el evangelista diciéndonos: ‘Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos’.

Ha aparecido la luz que viene a disipar todas las tinieblas. Ha aparecido la vida que viene a arrancarnos de las sombras de la muerte. Comienza Jesús su predicación, los signos y las llamadas. ‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Pero había pasado también por la orilla del lago y había invitado a los primeros discípulos. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’.

Es todo un signo de gran significado que Jesús comience por Galilea y en concreto por Cafarnaún. Podía haber ido directamente al templo y hablar con los sacerdotes y los maestros de la ley donde se enseñaban las Escrituras; podría haber comenzado por buscar a personajes influyentes que le hicieran caso y así atrajera a mucha gente para el Reino de Dios que anunciaba. Sin embargo comienza por ‘la Galilea de los gentiles’, por Cafarnaún una zona en cierto modo históricamente muy paganizada. Allí estaban las tinieblas, y allí tenía que comenzar a brillar la luz.

Era el que se había desprendido de su categoría de Dios, no hacía alarde de su categoría de Dios, sino que se había hecho el último pasando por uno de tantos; había nacido entre los pobres como un desplazado que no tenía ni sitio en la posada para su nacimiento, y un día diría que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar la cabeza; era el que se había escondido en la pequeña aldea de Nazaret perdida entre los valles de Galilea, y ahora se había venido a estar con los pequeños, los pobres, los que sufren, los pobres y sencillos pescadores del mar de Galilea.

Así brillaría la luz de Dios; la luz que un día había envuelto con su resplandor a los sencillos pastores de Belén en su nacimiento; la luz que comenzaría ahora brillar en la Galilea de los gentiles pero no desde la fuerza del poder o de las grandezas, sino desde la misericordia y el amor de quien se compadecía de los que andaban como ovejas sin pastor y de quien ofrecía ese amor y misericordia hecho salud, hecho perdón y hecho vida a quienes quisieran escucharle y seguirle.

¿Quiénes iban a ser sus primeros seguidores y compañeros de camino? Unos humildes pescadores que se entregaban con todo afán a sus tareas de la pesca, pero en cuyo corazón había comenzado a arder la esperanza cuando le escuchaban anunciar el Reino Nuevo que estaba llegando, y en quienes surgiría el fuego de la generosidad y de la entrega para dejarlo todo y seguirle porque comprendían que era algo grande lo que les anunciaba y a lo que les invitaba.

‘Pasando junto a la orilla del lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón al que llaman Pedro y a Andrés su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores… y más adelante, vio a otros dos hermanos; a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre… venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres…’

Las tinieblas comenzaron a disiparse en sus corazones porque en ellos nacía la generosidad y la disponibilidad. ‘Inmediatamente dejaron las redes y la barca y lo siguieron’. Comenzaba una tarea nueva para ellos, pero era algo luminoso porque era estar con Jesús. Tenía que haber una alegría nueva en sus corazones como decía el profeta: ‘Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar…’

¿Será esa nuestra alegría también? ¿Sentiremos en verdad que Jesús es esa luz para nuestra vida que nos arranca de las tinieblas? Creo que al escuchar hoy esta Palabra del Señor a eso tendría que conducirnos. A encontrarnos con esa luz, a llenarnos de esa alegría; a disipar todo lo que sea tinieblas en nuestra vida desde el encuentro con Jesús. Y es que encontrarnos con Jesús y tener la disposición de seguirle es la alegría más grande que podamos alcanzar. Que sintamos de verdad la alegría de la fe, la alegría de seguir a Jesús.

Ojalá tuviéramos nosotros el ardor de la generosidad y de la disponibilidad que tuvieron aquellos primeros discípulos. No es fácil como no les fue a ellos, porque muchas veces los veremos a lo largo del evangelio aún con resabios de tinieblas en su vida cuando pensaban quizá en primeros puestos o estaban midiendo hasta donde llegaba su entrega y los beneficios que pudieran alcanzar. ‘Y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué nos va a alcanzar, qué vamos a ganar?’, se preguntaban alguna vez. Y es que la tentación de las tinieblas siempre nos está acechando.

Pueden aparecernos muchas tinieblas que nos llenen de tristeza, pero sabemos que Jesús es nuestra luz y nuestra alegría. También como les sucedería a los discípulos en el largo camino que hicieron con Jesús a nosotros nos pueden aparecer las tinieblas de la duda, de la envidia, del orgullo, de las discordias, de las aspiraciones egoístas, del individualismo y hasta de las divisiones. San Pablo llama la atención de la Iglesia de Corinto en la que iban apareciendo cosas así. Pero que prevalezca la luz sobre la oscuridad en nuestra vida; que no abandonemos nuestra fe en Jesús y desde ahí encontremos fuerzas para mantenernos siempre en su luz.

Pero, bueno, intentemos ponernos en marcha tras Jesús para conocerle y seguirle, para aprender de su amor y amar con un amor como el de El, para llenar de verdad nuestro corazón de esperanza desde la Buena Nueva del Evangelio que escuchamos, para que lleguemos a comprender el camino de cruz que quizá tengamos que tomar. Pero aunque nos puedan aparecer las tinieblas de la duda, que al final nos reafirmemos en nuestro deseo de estar con Jesús, porque seamos capaces de decir como diría un día Pedro ‘Señor, ¿adónde vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna?’

‘El Señor es mi luz y mi salvación'. ¿A quién temeré?... ¿qué me hará temblar?’ fuimos diciendo el salmo responsorial. Que gocemos en verdad de la dicha de su luz, de su presencia, de su vida.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sin comunión no podemos celebrar la Cena del Señor

1Cor. 11, 17-26;
Sal. 39;
Lc. 7, 1-10

En la lectura de la Carta a los Corintios que hemos escuchado nos encontramos con el texto probablemente más antiguo del relato de la cena del Señor. Sin embargo, como nos dice el apóstol, es ‘una tradición, que procede del Señor y que a mi vez yo os he trasmitido’. El relato, el hecho podemos decir, que centraba las asambleas de los cristianos ya desde el principio, en el que cada encuentro significaba un celebrar el memorial del Señor, celebrando la Cena del Señor tal como el Señor les había prescrito: ‘Haced esto en memoria mía’.
Es precisamente lo que motiva que el apóstol se los recuerde a los cristianos de Corinto en esta carta, y que bien nos viene a nosotros recordar bien lo que significa celebrar el memorial del Señor, la Cena del Señor, celebrar la Eucaristía para que lo hagamos con hondo sentido y evitemos aquellas cosas que podrían desvirtuar la maravilla de la Eucaristía.
Eucaristía que es vivir y celebrar la presencia viva del Señor; que tiene que ser siempre punto de encuentro y nexo de unión de los que creemos en Jesús porque es entrar en comunión con Cristo, pero con el Cristo total; comunión con Cristo, con su Cuerpo y con su Sangre, con lo cual estamos haciendo presente en nosotros todo el misterio pascual – ‘cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’ -, pero que tiene que ser necesariamente ese entrar en comunión con el hermano.
Allí donde no hay unidad y comunión no puede haber Eucaristía verdadera; perdería sentido para nosotros. Es lo que el apóstol quiere corregir en aquella comunidad, hasta llegar a decirles: ‘Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor’. ¿Por qué les dice esto el apóstol? Habían surgido en el ceno de la comunidad divergencias, divisiones, distanciamiento entre los miembros de la comunidad.
Era normal que en los encuentros compartieran la comida, como un signo de unidad y de comunión entre ellos; y en medio de ese ambiente fraternal terminaban celebrando la cena del Señor. Pero ¿qué había sucedido? ‘En vuestra asamblea os dividís en bandos… cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho…’ Lo que está describiendo es que entre ellos no había la necesaria unidad y comunión, no había un verdadero compartir. Así no cabía, no tenía sentido celebrar la Cena del Señor.
Un mensaje para nosotros invitándonos a una verdadera unidad y comunión entre los que creemos en Jesús, entre los que estamos compartiendo la misma Eucaristía. No caben los individualismos, el que cada uno andemos por un lado mientras estamos celebrando juntos. Y eso en la actitudes y en la manera incluso de expresarnos y manifestarnos en la misma celebración. Pero eso también en las actitudes y en la comunión efectiva que tendría que haber entre todos nosotros en todo momento. Nos une Jesús; nos une la misma Eucaristía del Señor que celebramos juntos y compartimos.
Recogiendo la hermosa súplica que vemos en labios del centurión hoy en el evangelio, esa tiene que ser también nuestra oración. Ya ritualmente la liturgia nos la pone en nuestros labios momentos antes de comulgar: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa…’ Pero que no sea solamente con nuestros labios, que surja desde lo más hondo del corazón.
No somos dignos, le decimos, porque no siempre tenemos la comunión total entre nosotros, pero que el Señor venga a nuestra vida, que su Palabra llegue hasta nosotros para que nos sane, nos sane de nuestros individualismos y de nuestra falta de comunión, nos sane de esas cosas que dejamos meter en nuestra vida y en nuestro corazón que muchas veces nos impiden de verdad estar cerca los unos de los otros, nos sane de esas actitudes negativas que nos aíslan, nos distancian porque son barreras que nos impiden una auténtica comunión. Que el Señor nos sane, nos ayude a vivir con todo sentido nuestra Eucaristía, que en verdad estemos proclamando la muerte del Señor y su resurrección, que en verdad nos llenemos de su vida y de su gracia.

jueves, 22 de octubre de 2009

He venido a prender fuego en el mundo…

Rom. 6, 19-23
Sal. 1
Lc. 12, 49-53

En una primera impresión quedándonos sólo en la literalidad del texto las palabras de Jesús nos pueden resultar desconcertantes. Parecieran excesivamente violentas y hasta aparentemente contradictorias con otros textos del evangelio.
Pero precisamente vamos a hacer una lectura en este comentario en paralelo con otros textos y situaciones del Evangelio. ‘He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Recordemos lo que fueron las primeras palabras de Jesús al comienzo de la cena pascual. San Lucas nos relata: ‘Cuando llegó la hora se puso a la mesa, y los apóstoles con El. Y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer…’ Y por su parte Juan en su evangelio nos dice: ‘Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’.
Ahí contemplar arder el corazón de Cristo en amor, un amor hasta el final. Un amor hasta la muerte, tal era el deseo de Cristo. Sabía Jesús lo que significaba aquella pascua cuya celebración se estaba iniciando. Ya era cruento, podíamos decir, comer aquel cordero pascual, que era un signo del paso de Dios en medio de su pueblo liberándolos de Egipto; pero ahora era el verdadero Cordero Pascual el que se inmolaba, ‘el Cordero que quita el pecado del mundo’.
No nos extrañan, pues, las palabras ‘tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Entendemos bien que el bautismo al que se refiere es precisamente su pasión y su muerte, su entrega. Recordamos que cuando los hermanos Zebedeos le piden los primeros puestos, Él les pregunta: ‘¿Estáis dispuestos a beber el cáliz que yo he de beber, a bautizaros en el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Ese bautismo del que les habla es precisamente su pasión. Lo que ahora escuchamos de nuevo.
Optar por seguir a Jesús exige radicalidad en los planteamientos, en su seguimiento. Con Jesús no podemos andar a medias tintas, aunque nos cueste la incomprensión e incluso la persecución de los que nos rodean. Unos optarán por seguir a Jesús, otros por ponerse en contra. Cuando la presentación de Jesús niño en el templo el anciano Simeón anuncia que aquel niño va a ser un signo de contradicción. ‘Está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten. Será una bandera discutida’.
Ahora nos ha dicho: ‘¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división’. Y nos habla de división en las familias. El anuncio y vivencia del Evangelio no va a ser comprendido ni aceptado por todos de la misma manera. Y habrá quienes nos hagan frente. Ya lo anunció Jesús cuando envía a sus discípulos a predicar. Les anuncia incluso persecuciones. ‘Os entregarán a los sanedrines y en las sinagogas seréis azotados, y compareceréis ante los gobernadores y reyes por amor de mí para dar testimonio….El hermano entregará a muerte al hermano, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán muerte, y seréis aborrecidos de todos por mi nombre. El que perseverare hasta el fin, se salvará’. Pero ya promete la asistencia y fuerza del Espíritu Santo que pondrá palabras en nuestros labios. Es de lo que ahora nos ha hablado en el texto hoy proclamado.
Es lo que sigue sucediendo, porque muchas veces hasta de los más cercanos a nosotros vamos a encontrar oposición. Es la historia de los mártires de la Iglesia a través de todos los tiempos. Mártires que hoy siguen dando testimonio de Jesús y del evangelio en medio de nuestro mundo. No suelen ser noticias de las que nos hablen los medios de comunicación habituales, pero en distintos lugares del mundo sigue habiendo mártires que derraman su sangre, dan su vida por su condición de cristianos.
Pero sin llegar a eso también en nuestro propio entorno muchas veces y de maneras algunas veces bien sutiles se siguen sufriendo descalificaciones, burlas, desprecios, oposición y hasta una larvada persecución cuando se quiere dar un testimonio auténtico de la fe, o se quiere proclamar la verdad del evangelio.
En nombre de ese laicismo que va imperando en nuestra sociedad contemplamos como se quiere acallar la voz de la iglesia, el testimonio del evangelio. Cualquiera puede expresar su opinión o su manera de concebir la vida o la sociedad, pero cuando habla la Iglesia, cuando un cristiano habla en nombre de su fe, vemos cómo se le quiere acallar, se manipulan sus palabras o se le ridiculiza, porque la verdad del evangelio y los valores cristianos a muchos le molestan.
Que el Señor nos ponga ese fuego divino en nuestro corazón para que con coraje y ardor proclamemos su nombre. Que nos contagiemos con el fuego de su amor y con él prendamos nuestro mundo para en verdad hacerlo mejor. Que el fuego de su Espíritu nos inunde – pensemos que una imagen precisamente que nos habla del Espíritu Santo son las llamaradas de fuego que aparecieron sobre las cabezas de los apóstoles en Pentecostés – y que incendiemos nuestro mundo con una vida nueva de amor y de gracia.

domingo, 19 de julio de 2009

Muros que nos dividen y separan… Cristo vino a traernos la paz


Jer. 23, 1-6;

Sal. 22;

Ef. 2, 13-18;

Mc. 6, 30-34


A la Palabra de Dios tenemos que acercarnos siempre con sinceridad y corazón abierto para poder escuchar mejor lo que el Señor quiere decir a cada uno en particular para iluminar su vida; pero también somos una comunidad peregrina y orante, una comunidad creyente reunida en asamblea a la que como tal comunidad el Señor quiere dirigir una Palabra viva que aliente y dé ánimos al pueblo creyente y peregrino.
Cada uno escucha en su interior esa Palabra que el Señor nos dirige. Y el sacerdote con su comentario y reflexión quiere ayudar a que todos nos podamos acercar, entender y llevar a la vida esa Palabra proclamada en la celebración litúrgica. El sacerdote quiere ser ese pastor bueno, del que nos habla el profeta, al que el Señor ha confiado esta parte de su rebaño y al que tiene que llevar por buenas sendas y alimentar con el mejor alimento de la Palabra. Quiero ahora fijarme en algunos aspectos que a mi me sugiere la Palabra hoy proclamada.
Nos habla el profeta Jeremías de ovejas dispersas por todas partes. Nos habla el evangelio de una multitud que corre en búsqueda de Jesús desde todas partes y que andaban como ovejas sin pastor. Y nos describe tras el mensaje que quiere trasmitirnos una situación que Cristo viene a remediar con su sangre y con su muerte en la cruz; nos habla de gentes y de pueblos divididos por el odio y por la falta de paz.
Contraponiéndolo a esa descripción el profeta, por ejemplo, anuncia que el Señor reunirá a las ovejas dispersas y, como nos dice Pablo, Cristo viene a derribar ese muro que nos separa para que tengamos paz. Y en el evangelio descubrimos que, aunque se habían ido a un lugar tranquilo y apartado a descansar, Jesús al ver la multitud sintió lástima de aquellas gentes hambrientas de Dios y de su Palabra y se puso a enseñarles pacientemente.
Jesús nos sale al encuentro y viene a nosotros con su Palabra, con su gracia, con su vida. ¿Estaremos nosotros desorientados también como ovejas sin pastor? ¿Seremos como aquellas ovejas dispersas por todas partes de las que nos habla el profeta? Miremos la realidad de nuestra vida y nuestro mundo y sabremos dar respuesta. ¿Hay hambre de Dios? ¿Hay dispersión, desorientación o falta de paz en los corazones y en nuestro mundo? ¿Hay muros que nos dividen y separan? Quiero recoger simplemente las imágenes que nos ofrecen los textos de la Palabra de Dios hoy proclamada.
¡Cuánta gente acude en ocasiones fervorosa ante una imagen de la Virgen, un santuario de devoción especial o en la fiesta que celebremos al patrono de nuestro pueblo y sólo quizá se quedan en eso! Pero ¡cuántos pasan indiferentes ante ese hecho religioso y viven con una vida al margen de la fe y de toda experiencia religiosa! Pero ¡cuántos también, tenemos que reconocer, que luego no llegan hasta un compromiso de la vida con la fe, viven situaciones en su vida, en su trabajo, en sus relaciones familiares o con los demás difíciles de compaginar con una fe cristiana comprometida, o cuántos viven con el corazón roto por el rencor, el odio, la envidia, los resentimientos y actitudes negativas semejantes! ¿No es eso una manifestación de esa desorientación y dispersión?
Sí, conocemos la realidad de ese mundo dividido y roto, de la falta de unidad para saber caminar juntos en la vida – ¡cuánto cuesta a veces un sentido de comunidad! -; no sabemos a veces colaborar juntos para luchar unidos por una sociedad mejor, o nos cuesta ser solidarios en momentos de crisis o de las malas situaciones por las que pasemos.
A la gente le cuesta entenderse y arrimar el hombro para cada uno poner su granito de arena en la solución de los problemas comunes. Y suceden estas cosas a nivel político o social y a veces nos sucede también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas y de nuestra Iglesia, aunque sea duro hay que reconocerlo. Somos desconfiados de los demás, nos encerramos en nuestras ideas o ideologías, nos enfrentamos por cualquier cosa, nos volvemos insolidarios y egoístas.
No quiero cargar las tintas en negruras, porque sabemos que no todos son así, pero si echo esta mirada cruda a la realidad en esta reflexión es porque pienso que Cristo viene con su Palabra a iluminar todas las situaciones de nuestra vida. No podemos espiritualizar tanto la salvación que Jesús nos ofrece que nos olvidemos del hombre en su situación y problemática humana concreta al que Cristo quiere salvar, para el que Cristo quiere ser su Salvador. Es el Salvador de todos los hombres y de todo hombre en todos y cada uno de los diferentes aspectos de su vida.
Como escuchamos en el Evangelio a Cristo le dio lástima aquellas personas concretas que estaban ante El con la problemática concreta que tuvieran en su vida. Y san Pablo nos habla de que Cristo vino a derribar los muros que nos separaban, vino a derribar el odio y vino a traer la paz. Y esas actitudes de las que hemos hablado anteriormente, ¿no serán muros que nos dividen y separan? Cristo quiere derribarlos, para eso ha derramado su Sangre.
Cristo vino para que ‘hiciéramos las paces, nos dice san Pablo, para hacer en El un solo hombre nuevo’. Ese hombre nuevo del entendimiento, de la unión y la colaboración; ese hombre nuevo comprometido por hacer un mundo mejor; ese hombre nuevo del amor y de la paz. ‘Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Todo eso tenemos que vivirlo ahí en ese mundo, en ese lugar concreto donde estamos: en la familia, con nuestros vecinos, con la gente con la que convivimos a diario, con aquellos con los que compartimos un mismo trabajo. Ahí, el que cree en Cristo, tiene que dar su testimonio. Ahí el creyente en Jesús tiene que llevar esa Buena Noticia de la paz.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Congregados en un solo cuerpo por el Espíritu

Hechos, 20, 28-38
Sal.67
Jn. 17, 11-19

El texto de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece la segunda parte de la despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso que había llamado a Mileto, mientras el evangelio nos ofrece también la segunda parte, en este caso, de la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena.
Las palabras de Pablo, que son como una despedida y testamento, vienen a ser unas recomendaciones a aquellos presbíteros para que cuiden del rebaño a ellos confiado. ‘Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con la sangre de su Hijo’. Y les invita a estar vigilantes porque se puede meter la mala cizaña de la división y de los enfrentamientos en medio de la comunidad, así como falsas y erróneas doctrinas. ‘Se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros que deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos’.
Una recomendación y un deseo de cuidar la unidad de la Iglesia, de la comunidad, de los creyentes. Lo mismo que Jesús pide en la oración sacerdotal. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros…’ Una oración la de Jesús por la unidad de la Iglesia, de toda la Iglesia, de la comunidad, de cada uno de los cristianos que tienen que sentirse siempre en comunión con los hermanos. ¿Dónde está la fuerza para esa unidad? La fuerza la tenemos en el Espíritu del Señor, el Espíritu Santo, que El nos envía. Porque es el Espíritu el que nos congrega en la unidad.
Así lo expresamos en la liturgia. Esa es la petición que en este miércoles de la última semana de pascua hemos hecho al Señor en la Eucaristía. ‘Concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad’.
Pero quisiera fijarme cómo se resalta esta petición en la Plegaria Eucarística. En toda Plegaria Eucarística hay dos epíklesis, dos invocaciones al Espíritu Santo. Una invocando al Espíritu Santo para que vengan sobre aquellos dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero la otra invocación del Espíritu es pidiendo precisamente esa unidad de la Iglesia, de la comunidad que está participando del mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
Así en la plegaria que más utilizamos, la segunda, se invoca ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la sangre de Cristo’.
Y en la plegaria tercera, en dos ocasiones se invoca al Espíritu pidiendo esa unidad. Alabamos al Señor porque ‘por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar…’ Luego se volverá a pedir ‘para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
En la cuarta se dirá. ‘Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza’.
El Espíritu que nos congrega, que nos hace unos, que nos lleva a la unidad y a la comunión. Que venga sobre nosotros. Que arranque de nuestro corazón todo aquello que pueda romper esa unidad. El es el Espíritu del amor y de la paz, que desaparezcan de nuestro corazón el odio y el desamor. Que nos llenemos de su fuerza y de su gracia. Así lo queremos invocar con toda intensidad en este camino que nos conduce a Pentecostés, pero que tiene que ser el camino de la Iglesia de cada día.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

La Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad

1Cor. 3, 1-9
Sal. 32
Lc. 4, 38-44

‘El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad’. Lo hemos escuchado hace pocos días y hoy nos ha servido para proclamar el Aleluya antes del Evangelio. Podíamos decir que es la clave de lo que se nos ha ido proclamando y hemos ido escuchando estos días en el Evangelio: proclamar la Buena Nueva a los pobres y la libertad a los cautivos.
En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha proclamado la Palabra y al salir lo llevan primero a casa de Pedro donde está la suegra con fiebre; Jesús ‘de pie a su lado, increpó la fiebre, y se le pasó; ella levantándose en seguida, se puso a servirles’. A continuación le traen enfermos ‘y poniendo las manos sobre cada uno los iba curando’. Los signos de esa libertad para los cautivos. Jesús que nos sana, nos cura, nos salva, nos levanta de nuestras esclavitudes y postraciones y nos da vida. Sigue tendiéndonos su mano para levantarnos. Sigue iluminándonos con la Buena Noticia de su Palabra.
Pero Jesús no se queda en Cafarnaún. ‘Intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús no se deja acaparar. Jesús tiene que llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. ‘También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado’. Y comenta el evangelista que se fue a las sinagogas de Judea. Estaba en Galilea y se va también a Judea. A todos ha de anunciarse el Reino de Dios. Su misión es universal.
En la primera lectura, en la carta a los Corintios, se nos señalan situaciones vividas por aquella comunidad, pero que podemos trasladarnos a nuestras situaciones personales o de nuestras comunidades cristianas, en las que Jesús ha de llegar hasta nosotros igualmente para tomarnos de la mano y levantarnos, sanarnos y salvarnos.
Había problemas en la comunidad de Corinto. Andaban divididos y llenos de conflictos. Pablo les dice que son como niños que andan con envidias y rencillas. Pablo había allí anunciado el primero el evangelio; luego habían venido otros misioneros de la Palabra de Dios y se crearon divisiones. Ahora andaban que si de Pablo o que si Apolo. ‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera?’ ¿No sois como niños? ‘Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales y procedéis como gente cualquiera’, les dice Pablo. Lo importante no es Pablo ni Apolo, sino Dios, el Reino de Dios que se anuncia. ‘Nosotros – Pablo, Apolo, o cualquier misionero - somos colaboradores de Dios, y vosotros el campo de Dios... el edificio de Dios... lo que cuenta es el que hace crecer, Dios, no el que planta o el que riega’.
Así andamos también nosotros con nuestras divisiones, envidias, contiendas... En un nivel personal, pero también en nuestras comunidades, muchas veces en nuestra Iglesia. Es la división grande de la Iglesia, católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, y mil ramas más. Pero es también lo que sucede en nuestras pequeñas comunidades muchas veces. Que si yo soy mejor, que si tú lo haces de otra manera, que si mi grupo, mi comunidad, los que trabajan en esto o en lo otro, que si aquella persona, que si el cura de aquella parroquia, que si tal movimiento... Muchos orgullos, mucho amor propio, muchos resentimientos, muchas envidias... pero ¿qué es lo que importa? ¿qué yo o los míos sobresalgamos porque hacemos las cosas mejor, o el Reino de Dios?
Pidamos al Espíritu que nos dé el don de la humildad, del amor, de la aceptación mutua, de la valoración de los otros, del respeto mutuo, de la colaboración para tendernos las manos, para caminar juntos, cada uno según sus cualidades y su carisma, pero todos construyendo la misma Iglesia de Dios, el mismo Reino de Dios.
Que el Señor nos sane de nuestras enfermedades, de la parálisis del espíritu, de nuestra ceguera espiritual; que el Señor nos libere de tantas ataduras y esclavitudes nacidas de nuestro amor propio y orgullos heridos; que sintamos en nuestra vida esa Buena Nueva de Salvación que nos hace hombres nuevos; que vivamos con madurez cristiana todas esas situaciones difíciles con las que nos vamos encontrando.