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domingo, 15 de marzo de 2015

Todo es un regalo de amor que nos compromete a vivir igualmente en la misericordia y el amor

Todo es un regalo de amor que nos compromete a vivir igualmente en la misericordia y el amor

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21
Todo es un regalo de amor. Claro que no se entiende un regalo de verdad si no es fruto del amor; si fuera desde otro sentido, desde un interés sea cual sea, creo que no lo podríamos llamar regalo. Y además cuando recibimos ese regalo de amor nosotros tenemos que sentirnos movidos a actuar de la misma manera con los demás. Cuando uno recibe un regalo se siente comprometido con ese amor que nos han manifestado y nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.
Ahí tenemos resumido todo el mensaje de hoy, de la Palabra que Dios hoy ha querido dirigirnos. Basta repasar el texto y subrayar las palabras principales. Nos habla de la riqueza de la misericordia, del amor con que nos amó; nos dice que por pura gracia estamos salvados; nos dice que es un don de Dios; nos dice que estamos salvados por la gracia y por la fe. Es lo que nos repite de una forma y otra el apóstol en la carta a los Efesios.
Estamos haciendo mención a la carta a los Efesios, pero igualmente podríamos recordar lo que hemos escuchado en la primera lectura; nos hace un resumen de la infidelidad del pueblo que olvida la ley del Señor, pero por pura gracia aparece la salvación y la liberación para aquel pueblo; ‘en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia’ que dará la libertad al pueblo de Dios para que puedan volver a su tierra y levantar de nuevo el templo del Señor, como era su deseo.
Creo que tendríamos que quedarnos considerando, contemplando desde el corazón todo ese regalo de amor que Dios nos ofrece en Jesús. Porque es lo que nos vuelve a repetir el evangelio; la razón por la que Dios se ha encarnado, ha venido a tomar nuestra carne humana haciéndose hombre como nosotros es su amor. Todo es un proyecto de amor; amor del Dios que nos creó, pero aunque nosotros con nuestro pecado rechazamos ese proyecto de amor, Dios sigue buscándonos, sigue llamándonos, sigue ofreciéndonos su amor.
Contemplaremos a Jesús levantado en alto, como se nos dice hoy en el evangelio - ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’ - pero todo es para la gracia, para ese regalo de amor que nos ofrece el perdón y nos regala la vida eterna. ‘Para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Por eso nos decía san Pablo ‘estáis salvados por su gracia y mediante la fe’; la gracia de Dios nos regala la salvación que nosotros acogemos y aceptamos por la fe.
Hablamos mucho de condena, pero para eso no ha venido Jesús. Siempre en Jesús se está manifestando lo que es la misericordia de Dios. ‘Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. Son verdaderamente consoladoras estas palabras de Jesús; palabras que nos llenan de esperanza porque podemos palpar no el juicio y la condena sino lo que es la misericordia de Dios.
Creo que todos tendríamos que aprender mucho, meditando bien estas palabras del Evangelio. Nos tendrían que llevar a unas actitudes nuevas, a una nueva manera de actuar; somos muy dados al juicio y a la condena, pero somos los hijos de la misericordia porque toda esa gracia de Dios se ha derramado en nosotros por su infinita misericordia y así tendríamos nosotros que mostrarnos con los demás.
Somos la Iglesia de la misericordia que siempre nos está ofreciendo el perdón y el amor del Señor y todos hemos se sentirlo y palparlo en nuestras vidas. Así tiene que manifestarse siempre la Iglesia y si no lo hiciera así no sería fiel al evangelio de Jesús, que siempre es Buena Nueva que anuncia la misericordia de Dios, el año de gracia del Señor, el perdón y la salvación. Es el corazón compasivo y misericordioso con que nosotros también tenemos que acercarnos a los demás cuando nos hemos sentido tan beneficiados del amor de Dios.
Acabamos de escuchar en estos días el anuncio que ha hecho el Papa Francisco para convocar un Año Jubilar de la Misericordia. Una ocasión más para meditar y para vivir esa misericordia de Dios con nosotros que no viene a condenar sino a salvar; de cuántas maneras eso se ha de manifestar en la vida de la Iglesia para que no se quede en bonitas palabras; pero una ocasión propicia para llenar nuestras entrañas de misericordia y compasión, a modelo e imitación de lo que es la misericordia y la compasión del Señor. ‘Sed compasivos, nos dirá, como vuestro Padre es compasivo’.

martes, 28 de octubre de 2014

La celebración de la fiesta de los apóstoles nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

La celebración de la fiesta de los apóstoles, san Simón y san Judas, nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 19-22; Sal.18; Lc. 6, 12-19
‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles’. Así proclamamos en el himno de acción de gracias del ‘Te Deum’, y tomando de ahí estas palabras las hemos proclamado con el aleluya del Evangelio en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
En el evangelio hemos escuchado una vez más el relato de la elección de los Doce. ‘Jesús pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a Doce de ellos, y los nombró Apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los Doce, con relaciones familiares y hasta con los apodos con que eran conocidos. Detalles del Evangelio. ‘Los nombró Apóstoles’; iban a ser sus enviados - que eso significa como sabemos la palabra apóstol -, pero ahora los iba a tener junto a sí, y a ellos de manera especial les iría revelando todo lo referente al Reino de Dios.
 La celebración de la fiesta de los apóstoles que vamos haciendo a lo largo del año litúrgico en fechas determinadas según las tradiciones de las diversas Iglesias tiene un profundo sentido eclesial. Es una característica fundamental de la fe que tenemos en Jesús, que recibimos de la Iglesia y que en la Iglesia vivimos y celebramos, al tiempo que desde la Iglesia la anunciamos y proclamamos al mundo. Una fe eclesial enraizada en los apóstoles, como  nos decía san Pablo en la carta a los Efesios ‘estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra fundamental’, la piedra angular.
San Pablo nos ofrece tres imágenes para hablarnos de esa comunión eclesial. Nos habla de una ciudadanía, ciudadanos del pueblo de Dios; nos habla de una familia, porque somos ‘miembros de la familia de Dios’; y nos habla de un edificio, como ya hemos comentado ‘edificado sobre el cimiento de los apóstoles’. Todo nos habla de unidad y de comunión. Porque todo esto nos está llamando a vivir en esa comunión que crea en nosotros y entre nosotros la fe y el amor cristiano. 
Como nos dice no nos sentimos ni extranjeros ni forasteros, porque todos formamos parte de esa nueva ciudadanía del pueblo de Dios. Ya no somos ni de aquí ni de allá, somos un solo pueblo en el que nadie se ha de sentir distinto ni extraño, porque ese nuevo pueblo no es ajeno a nosotros sino que nosotros formamos parte, somos miembros de pleno derecho de ese pueblo. Cuando uno visita un pueblo que no es el suyo, bien porque vaya a otro lugar, a otra región o vayamos al extranjero, en principio nos sentiríamos extraños, porque no es nuestro pueblo, aquello son otras gentes, allí hay otras costumbres, nos podemos sentir distintos.
Pero en la Iglesia, en el pueblo de Dios nadie se siente extraño, porque todos nos sentimos uno en  la misma fe que profesamos y en el amor mutuo que vivimos. Somos una familia, que es la otra imagen que nos ofrece san Pablo, y en la familia nos sentimos todos iguales porque hay unos lazos de la sangre y del amor que nos hace sentirnos unidos y querernos. Así tiene que ser en la Iglesia.
Sería triste que viviéramos esa experiencia negativa en nuestra Iglesia, porque creáramos distancias y distinciones entre nosotros. No tendría ningún sentido. Por eso tenemos que profundizar en ese sentido de comunión, profundizar en ese amor que entre todos hemos de tenernos, crear esos lazos de amor cristiano entre nosotros, sentirnos ‘ensamblados en el mismo edificio’, empleando palabras del apóstol en la carta a los efesios.
No puede haber barreras entre nosotros porque somos hermanos, porque somos una familia, la familia de los hijos de Dios. Para eso ha venido Cristo derribando el muro que nos separaba, el odio, con su sangre derramada en la cruz. Si siguiéramos con barreras, con esas distinciones y distanciamientos entre nosotros, haríamos infructuosa en nosotros la sangre que Cristo en su pasión derramó por nosotros.
Que la fiesta de los santos Apóstoles nos haga crecer en comunión y en unidad; que nos sintamos verdaderamente Iglesia, una familia, la familia de los hijos de Dios, donde todos nos queremos y nos aceptamos, donde unidos caminamos juntos en la espera de la plenitud del Reino de Dios que un día en el cielo con los ángeles y santos podremos vivir. 

viernes, 26 de octubre de 2012


Conforme a la vocación a la que habéis sido convocados

Ef. 4, 1-6; Sal. 23; Lc. 12, 54-59
Por dos veces en este corto texto de la carta a los Efesios se nos habla de la vocación a la que hemos sido convocados. Sí, efectivamente, somos los convocados. Eso es la Iglesia, lo que la misma palabra Iglesia significa: es la asamblea de los que han sido convocados. Convocados a una fe, llamados por la gracia del Señor que nos ama a vivir una vida de fe, a una vida santa.
Cuando hablamos de vocación normalmente pensamos en esa vocación especial a la que el Señor nos llama y pensamos en la vida sacerdotal o en la vida religiosa. No lo negamos. Pero la vocación es anterior a esa llamada a un servicio o ministerio especial dentro de la Iglesia, porque la vocación, hemos de reconocer, nos viene desde el Bautismo. Hemos sido llamados desde nuestro bautismo a la vida de la gracia, a la vida de la fe, a ser cristianos. Ser cristiano es una vocación, una llamada de gracia por parte del Señor y una respuesta que damos a esa gracia para entrar en la vida cristiana, formando parte de la Iglesia.
Y es a esto a lo que especialmente hoy quiere referirse el apóstol Pablo en lo que le dice a la Iglesia de Éfeso. Por eso nos pide encarecidamente que vivamos ‘como pide la vocación a la que hemos sido convocados’. Si pensamos en aquella comunidad, como ya nos hemos referido, de aquel grupo de cristianos que viven en medio de aquella gran ciudad pagana, podemos darnos cuenta con más facilidad lo que estamos diciendo; allí están los que especialmente han sido llamados por la gracia del Señor y han respondido con su vida cristiana. A ellos les está pidiendo el apóstol que vivan conforme a esa vocación, por lo que han de resplandecer en una serie de virtudes y valores.
Se ha de notar allí en medio de aquella gente quiénes son los que creen en Jesús por el estilo de su vida, por su manera de vivir. Son cristianos, seguidores de Jesús y en algo tendrán que diferenciarse de los que los rodean. El apóstol les insiste en una serie de valores. ‘Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz…’
La fe en el Señor Jesús les ha de hacer vivir de esta forma nueva; el bautismo que han recibido les ha puesto en camino de esa unidad y de esa paz. Han de resplandecer en el amor. Esto nos recuerda lo que decía un autor antiguo en referencia a los cristianos que los paganos que veían su manera de vivir decían: ‘mirad como se aman’.
Todo esto tenemos que aplicárnoslo a nosotros. También se nos pide que andemos ‘como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Y, aunque en nuestra sociedad que llamamos cristiana en su conjunto la mayor parte están bautizados, sin embargo sabemos que no todos viven conforme a esa vocación bautismal. Por eso quienes más conscientes somos de la fe que queremos vivir con mayor intensidad hemos de dar ese ejemplo viviendo ‘como pide la vocación a la que hemos sido convocados’, viviendo conforme a lo que es nuestro ser cristiano. Y esos valores que les señalaba Pablo a los cristianos de Éfeso también en nosotros han de brillar con fuerza.
Nos une una misma fe en el Señor Jesús, sentimos todos que Dios es nuestro Padre, ‘que lo trasciende todo, lo penetra todo y lo invade todo’, hemos recibido el mismo bautismo, hemos sido fortalecidos con la gracia del Señor, que el amor sea en verdad nuestro distintivo, que seamos capaces de ‘mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’, como decía el apóstol.
¿Será así nuestra vida? ¿Será esa nuestra manera de actuar? En la vida de cada día, en nuestra convivencia diaria necesitamos de llenarnos de ese espíritu de humildad, de comprensión, de aceptación mutua, de unidad y comunión. Lejos de nosotros todo lo que pueda entorpecer esos valores y ese estilo de vida. Que la gracia del Señor nos acompañe. No nos faltará. Este es el grupo que busca la presencia del Señor.

jueves, 25 de octubre de 2012


Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios

Ef. 3, 14-21; Sal. 32 Lc. 12, 49-53
El hombre aspira a cosas grandes, tenemos en el fondo del corazón deseos de perfección y de plenitud. Aunque muchas veces en la vida andemos demasiado envueltos en debilidades y flaquezas y no siempre vivamos en la mayor rectitud, sin embargo en el corazón hay deseos de lo bueno, del bien, de lo que consideramos más justo y verdadero. Podemos confundir los caminos o la manera de hacer las cosas porque las pasiones nos dominan y las tentaciones nos arrastran muchas veces por caminos que no quisiéramos recorrer, pero en el fondo tenemos deseos de lo mejor.
El apóstol en el texto de la carta a los Efesios que hoy hemos escuchado recoge de alguna manera esos sentimientos y esos mejores deseos que tengamos en el corazón. Termina diciéndonos hoy: ‘Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
El camino de la fe que los cristianos recorremos a eso  nos lleva, porque por nuestra fe nos sentimos impulsados a lo alto, a lo grande, a lo más hermoso, porque realmente la fe nos lleva a unirnos a Dios de manera que lleguemos a vivir su misma vida. La contemplación de la grandeza y el poder de Dios no nos anula ni nos hunde a pesar de que veamos nuestras limitaciones y nuestro pecado. Porque la maravilla del mensaje cristiano nos hace descubrir el amor de Dios que nos levanta, que restaura nuestra vida destrozada por el pecado y nos pone en caminos de plenitud y perfección.
Contemplar la grandeza del amor de Dios es estar también contemplando ese modelo de perfección y de amor que en Dios tenemos. Por algo Jesús nos repetirá en el evangelio en distintas ocasiones que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto y seamos santos como Dios es santo.
Hoy escuchamos al apóstol haciendo una hermosa oración por aquellos cristianos de Éfeso. ‘Doblo mis rodillas ante el Padre’, nos dice para mostrarnos ese postrarse ante Dios para hacer su oración. Un postrarse ante Dios para adorarle, para reconocer su grandeza y la maravilla de su amor. Pero pide ‘que de los tesoros de su gloria os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo más profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestro corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento…’
Hermosa oración. Una oración en la que está pidiendo por la fe de aquella comunidad, una fe que les hace sentirse fuertes, pero una fe que vivan con la mayor madurez y profundidad. ‘Robusteceros en lo más profundo de vuestro ser’, les dice. Pero a continuación dice algo muy hermoso a lo que de alguna manera ya hemos hecho alusión. ‘Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones’. La fe nos hace habitar en Dios y Dios en nosotros. Nos recuerda lo que Jesús nos anunciaba en la última cena: ‘El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a El y viviremos en él…’ Viviremos por la fe de tal manera nuestra unión con el Señor, que El habitará en nuestros corazones.
‘Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento’, nos dice. Cuando lleguemos a vivir en ese amor estaremos trascendiendo nuestra vida de forma maravillosa. El amor cristiano es la sabiduría de nuestra vida que nos conduce a la mayor plenitud. ‘Así llegaréis a la plenitud según la plenitud total de Dios’, nos dice.
Es el camino de perfección que desde nuestra fe emprendemos en la vida. Desde esa sentiremos deseos hondos en el alma, pero sentiremos también la fuerza del Espíritu de Dios para superarnos, para purificarnos, para crecer y para madurar, para llegar a la mayor plenitud de vida. Caminemos ese camino de fe y de amor que nos lleva a Dios y que nos hace alcanzar la mayor plenitud en Dios. Seremos esa criatura nueva, ese hombre nuevo nacido desde el evangelio salvador de Jesús. 

martes, 23 de octubre de 2012


La dicha de la fe que nos llena de paz y de la vida de Dios

Ef. 2, 12-22; Sal. 84; Lc. 12, 35-38
¡Qué dicha más grande que podamos tener iluminada nuestra vida por la luz de la fe! Tenemos que valorar mucho la fe que tenemos en Jesús que tanto sentido y valor da a nuestra vida. No es un adorno que podamos quitar o poner en nuestra vida sino que es algo fundamental que dé sentido a nuestro existir. Tenemos que considerar mucho la importancia de la fe, la importancia y la alegría que hemos de sentir por tener fe.
Hoy el apóstol en la carta a los Efesios les hace estas consideraciones, recordándoles cómo vivían cuando aún no tenían fe porque aun no habían descubierto a Cristo, no se les había anunciado para que creyesen en El. La comunidad de Éfeso partía principalmente desde un mundo pagano. Aunque Pablo cuando iba anunciando el evangelio normalmente comenzaba predicando en la sinagoga a los judíos, pronto este anuncio del Evangelio lo había también a los gentiles y la comunidad de Éfeso estaba formada por creyentes en Jesús que en su mayoría provenían del mundo pagano.
Por eso les dice ‘entonces no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios’. Vivían en un mundo sin la luz de la fe en el Dios verdadero. ‘Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús’, les dice. Han abrazado la fe en Cristo y se han derribado todos los muros que nos separan porque en Cristo, por la sangre derramada por  nosotros en la cruz alcanzamos la paz y la salvación.
Con Jesús ha de desaparecer para siempre el odio que nos divide y nos separa; con Jesús seremos ya un hombre nuevo, el hombre nuevo de la gracia, de la vida, de la santidad. ‘Reconcilió con Dios a los pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en El al odio. Vino y trajo la noticia de la paz... a los de lejos… a los de cerca…’ a todos porque ahora todos podemos acercarnos a Dios de un modo nuevo.
Nos está hablando el apóstol de esa vida nueva que hemos de vivir desde nuestra fe en Jesús; una vida nueva en la que ya no cabe el odio, sino todo tiene que ser amor y paz; una vida nueva en la que nos sentimos para siempre reconciliados y ya nada nos puede separar a unos de otros, porque para siempre tenemos que sentirnos hermanos; una vida nueva que nos acerca a Dios porque nos llena de la vida de Dios al que ya podemos llamar Padre.
¡Qué dicha la fe que tenemos en Jesús! Qué felices tendríamos que sentirnos porque con Jesús todo tiene que ser distinto, con Jesús siempre en todo y con todos hemos de sentirnos en paz. Qué dichosos somos cuando sentimos que en Jesús somos amados de Dios, tan amados que El es para nosotros nuestro Padre, somos sus hijos, y ya no nos faltará nunca su presencia, su gracia, su amor. Qué dicha sentirnos amados de Dios. Para eso derramó Cristo su Sangre en la cruz, para que podamos sentir para siempre esa dicha. Por eso, como decíamos al principio, qué dicha más grande sentir nuestra vida iluminada por la luz de la fe.
Qué dicha esa comunión nueva que entre los que creemos en Jesús se ha establecido para ser como una familia, para formar una comunidad, para ser ese pueblo de Dios. Como nos dice el apóstol ‘sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios… sois templo consagrado al Señor… para ser morada de Dios por el Espíritu’. Cimentamos nuestra vida en Jesús por la fe que tenemos en El. Cristo Jesús es la piedra angular de ese edificio que formamos todos los que creemos en El, ese templo consagrado al Señor.
Que crezca más y más nuestra fe en Jesús. Que la reafirmemos bien en Cristo y que con alegría y valentía también la proclamemos a los demás para que todos puedan tener también esa dicha, para que todos puedan glorificar para siempre así al Señor.

viernes, 19 de octubre de 2012


La dicha y el gozo de estar marcados para Cristo y ser cristianos

Ef. 1, 11-14; Sal. 32; Lc. 12, 1-7
‘Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad’, decimos con el salmo. Dichosos porque somos elegidos y amados. Triste se siente quien no es amado, a quien nadie tiene en cuenta. Es una dicha poder sentirnos amados y de eso podemos estar muy seguros en el Señor. Somos el pueblo elegido y amado del Señor. Pero somos amados de Dios con nuestro nombre, podríamos decir para expresar ese amor personal que el Señor nos tiene a cada uno de nosotros.
El salmo y el responsorio que vamos repitiendo en la celebración de la Eucaristía es oración, la oración con que nos hacemos eco y queremos responder a lo que el Señor nos ha manifestado en su Palabra, sobre todo en la primera lectura. Hoy en la primera lectura hemos escuchado a san Pablo en la carta a los Efesios, que ayer se comenzaba a leer, aunque por la festividad de san Lucas tuvimos otras especiales lecturas.
En el comienzo de esta carta de san Pablo a los Efesios el apóstol comienza bendiciendo y dando gracias a Dios que desde toda la eternidad nos ha amado y nos ha llegado de toda clase de bendiciones en la persona de Jesús. Así nos decía que ‘nos eligió en la persona de Cristo - antes de crear el mundo - para que fuéramos santos e irreprochables en el amor y nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos…’ Y todo esto se manifiesta en la redención con que Cristo nos ha redimido ‘por su sangre’ para alcanzar el perdón de los pecados.
Hoy en la continuación nos dice que ‘a esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad’. Y esto nos llena de esperanza, nos hace querer alabar y bendecir al Señor en todo momento. Y nos dice más, que ‘a los que hemos sido salvados y hemos puesto  nuestra fe en El, nos ha marcado por Cristo con el Espíritu Santo prometido’.
Es hermoso. Estamos marcados por el Espíritu para ser de Cristo. ¿No nos llamamos cristianos? Cristiano es el que es de Cristo, el que está marcado para Cristo. Somos obra suya. Nos ha comprado con su sangre y para siempre hemos de ser de Cristo. Dichosos nosotros a los que El eligió, como decíamos con el salmo. Es un gozo grande, una dicha y un orgullo llevar para siempre esa marca de Cristo, que nos podamos manifestar siempre ante todos como de Cristo.
Podríamos recordar aquí los signos que acompañaron nuestro bautismo. Primero que nada fuimos marcados con la señal de la Cruz; el sacerdote, nuestros padres y padrinos nos hicieron al comienzo de la celebración ese signo sobre nuestra frente. Era un marcarnos para Cristo, íbamos a ser para siempre propiedad de Cristo. Pero luego, una vez que salimos de la fuente bautismal, fuimos ungidos con el crisma santo, para significar esa marca profunda que llevamos en nuestra vida. Es una marca indeleble, por mucho que nosotros queramos no se puede borrar, para siempre somos ya cristianos, para siempre hemos sido hechos hijos de Dios.
Con qué orgullo hemos de llevar esa marca de Cristo en nuestra vida. Con qué gozo y orgullo hemos de hacer la señal de la cruz allá por donde vayamos manifestando que somos cristianos, que somos de Cristo. Y como aquella unción fue hecha con el crisma, que es aceite perfumado, aceite mezclado con un ungüento lleno de perfume, así por donde vayamos hemos de ir dando siempre ese buen olor de Cristo. Y quien va perfumado no lo puede disimular porque el perfume lo delata; así tendría que ser en nuestra vida, siempre hemos de reflejar en nuestra vida, en nuestros actos, en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos que somos seguidores de Cristo, que somos cristianos.
Una de las cosas que nos ha dicho el Papa a la hora de convocar este año de la fe es que los cristianos manifestemos ante el mundo la alegría de nuestra fe. Un cristiano triste, que parece que oculta en su vida el gozo que tiene que llevar en el alma por creer, no sería un cristiano atractivo, que con su vida fuera un referente atrayente para el mundo de increencia que nos rodea. Que manifestemos siempre esa alegría de nuestra fe, porque nos sentimos dichosos de ser unos seguidores de Cristo, de que Cristo  nos haya llamado y elegido y haya derramado su amor sobre nosotros.

jueves, 21 de octubre de 2010

Necesitamos ser maduros y adultos en la fe

Ef. 3, 14-21;
Sal. 32;
Lc. 12, 49-53

Toda persona aspira a la madurez. No nos queremos quedar como niños siendo infantiles e inmaduros toda la vida. La vida es crecimiento que nos conduce a la madurez. Ese crecimiento interior que nos ayuda a tener convicciones profundas que nos lleven a un actuar con responsabilidad sabiendo lo que hacemos y a lo que nos comprometemos son señales de esa madurez que vamos teniendo en la vida.
Nuestro crecimiento no está sólo en lo físico o corporal como todos comprendemos. Tendemos a un crecimiento humano pero que tendría que ser total abarcando la totalidad de la vida. Eso entraña un crecimiento y una madurez espiritual y, en consecuencia, un crecimiento y una maduración también como cristianos. Aspectos estos que muchas veces se quedan relegados a un segundo plano pero que son importantes y esenciales para un creyente y para un cristiano.
Es lo que desde lo más profundo de su oración – ‘doblo mi rodillas ante el Padre’ - pide Pablo en la carta que escuchamos para los cristianos de la comunidad de Éfeso. Es hermoso. ‘Pidiéndole, dice, que os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento… así llegaréis a vuestra plenitud según la Plenitud total de Dios’.
Sentirnos fuertes desde lo más profundo de nuestra vida y nuestra fe. Fortaleza de la fe, fortaleza nacida de la escucha de la Palabra de Dios, fortaleza en la profundización y maduración del conocimiento de Cristo. ¿Conocemos de verdad a Cristo? ¿conocemos de verdad nuestra fe y podemos dar razones de ella? ¿conocemos con hondura, por ejemplo, la Biblia, los evangelios…? No podemos ser infantiles e inmaduros en nuestra fe; necesitamos ser adultos en la fe y para ello hemos de saber buscar cauces de formación en esa fe. Es precisamente el objetivo pastoral en el que está empeñada nuestra iglesia diocesano en estos momentos.
Que Cristo habite en lo más hondo de nosotros. No sólo un conocimiento sino una vida. Conocer es vivir, se suele decir. Conocer, sí, para hacerlo vida en nosotros. Dejar que Cristo se meta en lo más hondo de nuestra vida, para dejarme conducir y guiar por su Espíritu. Ya no es mi vida, sino la vida de Cristo; ya no van a ser mis sentimientos, sino los sentimientos de Cristo; ya no será mi amor, sino el amor de Cristo.
Entonces, como nos dice el apóstol, el amor será nuestra raíz y nuestro cimiento, la fundamentación de mi vida. Un amor hondo, un amor puro, un amor entregado, un amor generoso, un amor comprometido, un amor en el sentido de Cristo, un amor que refleja lo que es el amor de Dios.
Entonces nos sentiremos fuertes ante las dificultades; fuertes para el testimonio; fuertes para el anuncio valiente del mensaje del evangelio; fuertes para sentirnos siempre misioneros de nuestra fe.
Sentiremos el ardor del Espíritu de Jesús en nuestro corazón. Como nos dice hoy en el evangelio ‘he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, y ¡qué angustia hasta que se cumpla!’ Si nos llenamos de Cristo, de su amor, de la fuerza de su Espíritu en verdad que encenderemos esa hoguera de la fe y del amor en nuestro mundo. Tiene que ser nuestro maduro compromiso.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 12-22;
Sal. 84;
Lc. 12, 35-38

‘Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Confieso que cualquiera de los párrafos o renglones de este texto de la carta de los Efesios podría valernos para iniciar nuestro comentario y reflexión porque por sí mismo nos da un hermoso mensaje.
Pablo está dirigiendo su carta a la comunidad de Efeso que en gran parte provenía del mundo pagano y que han aceptado a Jesús como su salvador. Hay en la comunidad también creyentes provenientes del judaísmo, y es por lo que les dice que ya nadie se puede considera ni extranjero ni forastero. Todos son ciudadanos ya del nuevo pueblo que ha nacido desde la salvación de Jesús, todos forman parte de esa nueva familia de los hijos de Dios.
‘Ahora estáis en Cristo Jesús. Por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos… El ha hecho de los dos pueblos una sola cosa… reconcilió con Dios a los pueblos reuniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz…’
Es hermoso. La Sangre de Cristo nos une, la sangre de Cristo nos reconcilia con Dios, la sangre de Cristo nos hace sentirnos un solo cuerpo. Cristo ha venido a traernos la paz. La paz que es el perdón y la gracia que nos concede. La paz que es nuestra unión con Dios. La paz que nos reconcilia entre nosotros, hace que nos reencontremos de verdad. Cristo ha derribado el muro que nos separaba y dividía, el pecado que nos rompía por dentro, nos apartaba de Dios, pero que también nos separaba de los demás. Por eso como nos dice ‘unos y otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Pero el mensaje no es sólo para los efesios que tienen que llenarse de gozo en su corazón y alabar a Dios por esa vida nueva que en Cristo ahora tienen. El mensaje es también para nosotros que igualmente tenemos que llenarnos de gozo cuando nos sentimos redimidos por la Sangre de Cristo. También tenemos que alabar a Dios por las maravillas que hace en nosotros. Pero todo esto nos tiene que llevar a considera cómo es nuestra vida, si todo esto es algo que vivimos nosotros, si todo esto nos lleva a ese encuentro profundo con los demás.
Ese pensamiento con el que comenzábamos de que ahora somos miembros de la familia de Dios tendría que hacer reflexionar y revisar el nivel de comunión, de cercanía, de verdadero amor fraterno que vivimos entre nosotros en el día a día de nuestra vida. Mal podemos sentir que somos esa familia de Dios si aún no hemos desterrado de nosotros esas cosas que nos enfrentan y nos dividen, nos alejan unos de otros o crean tensiones en nuestra relación.
El apóstol nos decía que Cristo con su sangre ha derribado el muro que nos separaba, el odio, pero quizá todavía no hemos puesto en nuestro corazón todo ese amor que tiene que acercarnos a los demás; quizá quedan dentro de nosotros resentimientos, envidias y no sé cuantas cosas que nos distancias; quizá puedan quedar dentro de nuestro corazón las desconfianzas que no nos hacen ser sinceros unos con otros. Todo eso tendría que cambiar. Como nos dice el apóstol Cristo ha venido ‘para hacer las paces y para crear un hombre nuevo’.
Es la tarea que nos queda ir realizando día a día, porque sabemos que nos cuesta. Pesa en nosotros como una rémora que nos arrastra hacia atrás nuestro egoísmo y nuestro amor propio. Pero con Cristo tenemos que saber de una vez por todas amar y perdonar.
Pidamos que nos inunde el Espíritu de la unidad y de la concordia.

domingo, 3 de enero de 2010

Plantó su tienda entre nosotros y nos da el poder ser hijos de Dios


Sab. 24, 1-2.8-12:

Sal. 147;

Ef. 1, 3-6.15-18:

Jn. 1, 1-18


No puedo menos que comenzar haciendo mía la súplica de san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’.
Sólo con la luz de su Espíritu podemos conocerle. El es quien nos lo revela. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás…’ Es el deseo de todo hombre, ver a Dios conocer a Dios. Pero en todo el Antiguo Testamento está la Tradición de que no se puede ver a Dios y quedar con vida. Se nos habla de Abrahán que hablaba con Dios como con un amigo, y que se le manifestaba en el caminante que llegaba a su tienda, o el ángel del Señor que le hablaba. Moisés en lo alto de la montaña primero escuchó la voz de Dios que le hablaba y le confiaba una misión y cuando lo vio bajó de la montaña con el rostro resplandeciente.
Pero ahora se nos dirá que ‘el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer’. Y es que Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros, la Palabra que nos revela a Dios y nos da a conocer su misterio de amor. ‘La Palabra que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Plantó su tienda, como el beduino que allá en el desierto planta su tienda para acampar, como el caminante que lo hace para descansar en el camino, ‘la Palabra plantó su tienda entre nosotros’. Es presencia y es descanso. Es luz y es vida. Será alimento y será viático para nuestro caminar. Quiere estar entre nosotros porque es el Dios con nosotros. Se acerca de la forma más humilde y entre los humildes, porque al no encontrar posada lo vemos nacer en un establo y ser reclinado en un pesebre entre pajas.
Misterios y maravillas de Dios que nos hacen contemplar su gloria. No como nosotros nos lo habríamos imaginado, sino en la humildad y sencillez. Pero ‘hemos visto su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así se manifiesta la gloria del Señor.
En la noche de Belén ‘un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad’. Así brilla la gloria de Dios, así es el resplandor de su luz. Pero maravilla del amor de Dios que así quiere acercarse a nosotros en la humildad y la pobreza. Lo hizo entonces y lo sigue haciendo hoy porque es ahí en los pobres y los humildes donde quiere que le encontremos, y que lo que a ellos le hagamos a El se lo estaremos haciendo.
Significa, pues, el amor y la cercanía de Dios, el que planta su tienda entre nosotros. Y se quedará para siempre con nosotros, porque, aunque nos parezca que se vaya o no le sepamos ver, El ha prometido que estará con nosotros para siempre, hasta el final de los tiempos. Y estará para siempre la presencia de su Espíritu y la presencia maravillosa en los sacramentos sobre todo en la Eucaristía. Y luego, tras ese final de este mundo, ya estaremos para siempre con El en la gloria eterna del cielo.
Hoy Juan nos ha dicho que ‘la Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre… en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella y el mundo no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron…’
Paradojas del misterio que estamos celebrando. La luz viene para iluminar. Dios planta su tienda entre nosotros. No es que nosotros tengamos que hacer grandes recorridos para ir hasta Dios, sino que es Dios quien viene a nosotros, y nos trae luz, y nos trae vida, pero ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’
Drama del hombre que no recibe a Dios, que rechaza la luz, que prefiere a las tinieblas. Ceguera inexplicable que rechaza la luz, como si le molestara y prefiriera a las tinieblas. Misteriosa maldad del hombre que en nombre de la libertad que Dios mismo le ha concedido y con la que le ha engrandecido, se decide por el ‘no’ a la luz y a la vida prefiriendo las tinieblas y la muerte.
Pero tras ese drama del hombre seguiremos contemplando el amor y la espera de Dios. El sigue esperándonos y buscándonos. Y ‘a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre’, nacidos no de la carne o amor humano, sino de Dios. ‘En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres’. Esa luz y es vida de la que nos hace partícipes para que para siempre seamos hijos. ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia’.
Como nos decía san Pablo ‘nos ha elegido… y nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos…’ Por pura iniciativa, por puro amor de Dios que así nos ama. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios,, pues ¡lo somos!’, que exclamaba san Juan.
‘Bendito sea Dios’, tenemos que reconocer y lo hacemos de manera especial cuando estamos contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad, ‘que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales’. Démosle gracias a Dios.

martes, 8 de diciembre de 2009

Con María bendecimos a Dios en su Inmaculada Concepción


Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lc. 1, 26-38


‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Sí, bendecimos a Dios que es el que merece toda alabanza y bendición. Para Dios siempre nuestra primera bendición y alabanza. Y lo bendecimos en esta fiesta de María, de su Inmaculada Concepción.
Podría parecer que hoy todas las bendiciones sean para María. No dejamos de bendecirla y alabarla. La felicitamos en este día, en esta fiesta tan hermosa de su Inmaculada Concepción. Queremos, es cierto, mostrarle todo nuestro amor. Es la Madre del Señor, es nuestra Madre, porque así quiso el Señor regalárnosla. Pero nuestra bendición más grande, por decirlo de alguna manera, es para Dios que nos ha regalado a María y nos la ha dado como madre, pero en primer lugar porque ha escogido a María para que ocupara un lugar tan importante en la obra de nuestra redención, de nuestra salvación.
María inmaculada, toda pura y limpia de pecado, preservada del pecado original y nunca manchada con ninguna mácula de pecado; ‘en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado’, como decimos en la oración litúrgica. ‘la preservaste de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como diremos en el prefacio.
La Palabra proclamada en esta solemnidad nos ayuda a hacer el recorrido en el misterio de la salvación y a contemplar el lugar de María. El Génesis nos recuerda nuestro pecado, nuestra condición pecadora, con nuestra desobediencia, nuestras sombras y nuestros miedos, con la muerte que dejamos introducir tantas veces en nuestra vida.
Pero esa primera página no es sólo la de nuestro pecado sino también la página de la esperanza, la de la promesa de la salvación. El proyecto de amor de Dios se realizará a pesar de la negación y del pecado del hombre, porque el amor de Dios está por encima de todo. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tu la hieras en el talón’. La victoria final será de quien aplaste la cabeza del mal, aunque el mal tantas veces quiera herir de muerte al hombre. Está anunciada la victoria de la gracia y de la vida, la salvación. Tendremos un Salvador. Por eso llamamos a esta página el proto-evangelio. Es un primer anuncio de Buena Nueva. Y ahí está también la mujer, la madre, de cuya estirpe saldrá el que sea vencedor del pecado y de la muerte. Es ya un primer anuncio también de María.
Y Dios quiso contar con María porque en su designio eterno de amor, un día El quería encarnarse, ser Emmanuel, ser Dios con nosotros. Sería en el seno de María donde se realizase tan maravilloso misterio. Y María, la llena de gracia, la que se ha dejado inundar por Dios, dice Sí. Aquí estoy, hágase en mí, estoy en tus manos, sólo soy tu esclava porque sólo quiero hacer tu voluntad, por ti quiero dejarme hacer, como barro en tus manos me pongo para ser sólo instrumento de tu amor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, fue la respuesta de María al ángel. Y Dios viene con su salvación. Y Dios realiza maravillas en aquella que se llama a sí misma la humilde esclava del Señor. Y viene Dios para realizar una nueva creación, una nueva criatura que lleno de su vida divina será hijo de Dios.
Las maravillas que Dios está realizando en María son las maravillas que Dios realiza también en nosotros cuando nos otorga su salvación, cuando nos inunda con su amor y su gracia. Decíamos antes con el prefacio que María es ‘comienzo e imagen de la Iglesia’. Es que en María está toda la humanidad que recibe a Dios, toda la humanidad que dice Sí a Dios. Es el comienzo y la imagen de esa humanidad nueva.
En María nos vemos representados, porque ella es una de los nuestros aunque Dios la dotara de tan radiante hermosura; no podía ser menos cuando iba a ser su Madre, cuando iba a ser esa morada especial de Dios entre nosotros donde se encarnara y naciera el Hijo de Dios. Ella es una de los nuestros que va delante de nosotros enseñándonos a decir Sí a Dios; ella es el mejor modelo y ejemplo del nuevo creyente.
Como en María, Dios quiere hacer también maravillas en nosotros, aunque indignos y llenos de pecado. Nosotros tendríamos también que cantar el canto de María sintiendo que en nosotros se están realizando también esas maravillas de Dios. ‘El Señor hizo obras grandes en mí, su nombre es santo’, cantaba María. Ya san Pablo cantaba y bendecía a Dios, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, por todas esas maravillas que Dios realiza en nosotros.
‘Bendito sea Dios… que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales…’ En Cristo hemos sido ‘elegidos para ser santos e irreprochables ante El por el amor’. ¿No nos recuerda el ‘llena de gracia’ con que el ángel saludó a María? Nos llena de su gracia, de sus bendiciones para que así seamos santos. Lo podemos ser porque así Dios nos ha bendecido.
En Cristo, en la persona de Cristo, hemos sido ‘destinados a ser sus hijos’. Si a María el ángel le dice ‘el Señor está contigo’, a nosotros nos está diciendo que nos llena de la vida de Dios por la fuerza del Espíritu para en Cristo hacernos hijos de Dios. Maravillas del Señor en nosotros por las que tenemos que bendecir a Dios, darle gracias, alabarle una y otra vez.
Es el destino de Dios, el designio eterno de amor de Dios para con nosotros. María nos abrió el camino cuando ella le dijo Sí a Dios. A ese designio de amor de Dios nosotros tenemos también que decir Sí, como María. Contemplándola a ella, tan hermosa como hoy la contemplamos, nos sentimos impulsados a dar también ese generoso Sí de nuestro amor a Dios.
Contemplar la santidad de María es siempre para sus hijos una llamada a la santidad. Ella es ‘abogada de gracia y ejemplo de santidad’. Con la intercesión de María podemos alcanzarlo porque ella nos hará llegar la gracia del Señor. ‘Concédenos por su intercesión, pedíamos en la oración litúrgica, llegar a ti limpios de nuestras culpas’.
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Con ella sentimos todo el amor de Dios en nosotros y con ella queremos hacerle también la ofrenda hermosa de nuestro amor y santidad.

domingo, 9 de agosto de 2009

Yo le resucitaré en el último día


1Rey. 19, 4-8;

Sal. 33;

Ef. 4, 30-5, 2;

Jn. 6, 41-52



¿Queremos morir o queremos vivir? Una angustia permanente del hombre de todos los tiempos es la muerte. No nos queremos morir ni queremos que se nos mueran los seres queridos. ¿Cómo reaccionamos nosotros? ¿Cómo reacciona la gente de nuestro entorno ante el hecho de la muerte? Hay quien tiene una reacción fatalista y estoica, como hay quien se desespera, pero unos y otros pueden terminar viviendo en la práctica una negación de la trascendencia y de la posibilidad de una vida más allá de la muerte corporal, y hasta una negación de la vida eterna. Aunque nos parezca que lo tenemos claro, muchos a nuestro alrededor no lo tienen tan claro.
Y Jesús hoy nos habla de resurrección, de no morir o de vivir para siempre. Pero para ello nos habla de creer en El, nos exige creer en El, porque el que cree en El, nos dice, tiene vida eterna. ¿Cómo entender todo esto? ¿Qué tiene que ver esta vida que nos ofrece Jesús con esas ansias de vida que tenemos nosotros que no queremos morir?
Veámoslo. Hemos visto en el evangelio que los judíos le critican porque les dice que El ha bajado del cielo. Ellos le conocen, saben que es de Nazaret, conocen a su familia, saben que es el hijo del carpintero. ¿cómo es que les dice ahora que El ha bajado del cielo?
Jesús les responde hablándoles de ir a El, pero les dice ‘Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que le ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día’. Hay que ir a Jesús para creer en El y ser por El resucitados y llenos de vida eterna. No es cuestión de nuestro voluntarismo, simplemente de que nosotros queramos o no.
Es cuestión de gracia Dios que nos atrae y a la que nosotros hemos de dar respuesta. Escuchar al Padre en nuestro corazón para llegar hasta Jesús; como en otra ocasión que nos dirá que es necesario escucharle y conocer a Jesús para conocer al Padre, e ir hasta el Padre. ‘Todo el que escucha lo que dice el Padre, viene a Mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios. Ese ha visto al Padre’. Cuestión de gracia, de sentirlo en nuestro interior, de dejarnos conducir por El. Cuestión de fe. Porque ‘el que cree tiene vida eterna’.
Decíamos al principio que queremos vivir, no queremos morir, pero quizá no tenemos trascendencia en la vida y no creemos en la vida eterna. Prueba de ello es la manera cómo se vive la vida. Vivimos pensando sólo en el momento presente. Algunos dicen, y no sé si lo dirán con seriedad, que nadie ha venido para contarnos del más allá. Si lo que queremos es palpar con nuestras manos para poder estar convencidos, lo tenemos difícil, pero diríamos que no sólo en esta cuestión de la vida eterna, sino en todo lo que sea creer o aceptar lo que otro nos dice. Algunos pretenden ponerlo en duda todo. ¿Cómo no van a poner en duda también la vida eterna de la que nos habla Jesús? Es cuestión de fe y cuestión de creer en Jesús.
Fe que no es una quimera o un sueño. El que tiene fe de verdad tiene de hecho una experiencia interior tan profunda o más que todas las otras razones que puedan darnos en la vida para otro tipo de cosas. Si te abres a la fe de verdad y te dejas conducir por Dios vas a tener una experiencia de Dios muy profunda en la vida. Ahí encontraremos todas las razones, todas las motivaciones para esa fe. Encontraremos la fuerza para creer y para vivir.
La primera lectura nos ha hablado en parte de esa experiencia de Dios que tuvo el profeta Elías. ¿Dudas en su interior? ¿cansancio en sus luchas? ¿angustia interior por lo difícil que le resultaba el cumplimiento de su misión? Por todo eso y mucho más estaba pasando el profeta. Quería morirse. ‘Caminó por el desierto una jornada de camino y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte diciendo: Basta ya, Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres…’
Allí estaba el primer paso de esa experiencia de Dios, porque realmente él no había dejado de creer. El ángel de Dios, el pan, la jarra de agua a su lado… escuchamos en el texto. ‘Levánte y come…’ le dice el ángel por dos veces, ‘que el camino es superior a tus fuerzas… Y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios’. Allí se completaría la experiencia de Dios que le hizo volver para terminar de cumplir su misión profética.
Un pan de Dios que le dio fuerza, que le dio vida. Como pan de Dios era el maná que Dios dio a los israelitas en el desierto para llegar a la tierra prometida. Pero con aquel maná murieron los israelitas. Ahora Cristo promete un pan que el que lo coma no morirá, vivirá para siempre. ‘Este es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera… yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre’.
Ya nos lo había dicho: ‘El que viene a mi… yo lo resucitaré el último día… el que come de este pan tiene vida eterna…’ Ya Jesús nos está diciendo nuevas cosas en esta progresión del discurso del Pan de vida. Creer en El – como escuchamos el domingo pasado -, comerle porque es el Pan de vida. Su carne es el pan de vida que El nos da para la vida del mundo. Pero ya sabemos cómo tenemos que alimentarnos de El. Es nuestro alimento. Comiéndole a El tendremos vida.
El camino es superior a nuestras fuerzas. Cuánto tenemos que hacer, o de cuánto tenemos que despojarnos. Recordemos brevemente lo que nos decía la carta a los Efesios. Nos señala cuál es el verdadero vivir, cuál es la verdadera vida. Marcados por el Espíritu del Señor lejos de nosotros las amarguras, la ira, los enfados e insultos, toda maldad. Eso es muerte. Tenemos que revestirnos de bondad, de comprensión, siendo capaces de perdonarnos siempre unos a otros. ‘Como Dios os perdonó en Cristo… vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y todo eso lo podemos hacer si nos llenamos de Cristo, si nos alimentamos con ese Pan de Vida que Cristo nos da, que es El mismo. Así tendremos vida y vida para siempre.

domingo, 19 de julio de 2009

Muros que nos dividen y separan… Cristo vino a traernos la paz


Jer. 23, 1-6;

Sal. 22;

Ef. 2, 13-18;

Mc. 6, 30-34


A la Palabra de Dios tenemos que acercarnos siempre con sinceridad y corazón abierto para poder escuchar mejor lo que el Señor quiere decir a cada uno en particular para iluminar su vida; pero también somos una comunidad peregrina y orante, una comunidad creyente reunida en asamblea a la que como tal comunidad el Señor quiere dirigir una Palabra viva que aliente y dé ánimos al pueblo creyente y peregrino.
Cada uno escucha en su interior esa Palabra que el Señor nos dirige. Y el sacerdote con su comentario y reflexión quiere ayudar a que todos nos podamos acercar, entender y llevar a la vida esa Palabra proclamada en la celebración litúrgica. El sacerdote quiere ser ese pastor bueno, del que nos habla el profeta, al que el Señor ha confiado esta parte de su rebaño y al que tiene que llevar por buenas sendas y alimentar con el mejor alimento de la Palabra. Quiero ahora fijarme en algunos aspectos que a mi me sugiere la Palabra hoy proclamada.
Nos habla el profeta Jeremías de ovejas dispersas por todas partes. Nos habla el evangelio de una multitud que corre en búsqueda de Jesús desde todas partes y que andaban como ovejas sin pastor. Y nos describe tras el mensaje que quiere trasmitirnos una situación que Cristo viene a remediar con su sangre y con su muerte en la cruz; nos habla de gentes y de pueblos divididos por el odio y por la falta de paz.
Contraponiéndolo a esa descripción el profeta, por ejemplo, anuncia que el Señor reunirá a las ovejas dispersas y, como nos dice Pablo, Cristo viene a derribar ese muro que nos separa para que tengamos paz. Y en el evangelio descubrimos que, aunque se habían ido a un lugar tranquilo y apartado a descansar, Jesús al ver la multitud sintió lástima de aquellas gentes hambrientas de Dios y de su Palabra y se puso a enseñarles pacientemente.
Jesús nos sale al encuentro y viene a nosotros con su Palabra, con su gracia, con su vida. ¿Estaremos nosotros desorientados también como ovejas sin pastor? ¿Seremos como aquellas ovejas dispersas por todas partes de las que nos habla el profeta? Miremos la realidad de nuestra vida y nuestro mundo y sabremos dar respuesta. ¿Hay hambre de Dios? ¿Hay dispersión, desorientación o falta de paz en los corazones y en nuestro mundo? ¿Hay muros que nos dividen y separan? Quiero recoger simplemente las imágenes que nos ofrecen los textos de la Palabra de Dios hoy proclamada.
¡Cuánta gente acude en ocasiones fervorosa ante una imagen de la Virgen, un santuario de devoción especial o en la fiesta que celebremos al patrono de nuestro pueblo y sólo quizá se quedan en eso! Pero ¡cuántos pasan indiferentes ante ese hecho religioso y viven con una vida al margen de la fe y de toda experiencia religiosa! Pero ¡cuántos también, tenemos que reconocer, que luego no llegan hasta un compromiso de la vida con la fe, viven situaciones en su vida, en su trabajo, en sus relaciones familiares o con los demás difíciles de compaginar con una fe cristiana comprometida, o cuántos viven con el corazón roto por el rencor, el odio, la envidia, los resentimientos y actitudes negativas semejantes! ¿No es eso una manifestación de esa desorientación y dispersión?
Sí, conocemos la realidad de ese mundo dividido y roto, de la falta de unidad para saber caminar juntos en la vida – ¡cuánto cuesta a veces un sentido de comunidad! -; no sabemos a veces colaborar juntos para luchar unidos por una sociedad mejor, o nos cuesta ser solidarios en momentos de crisis o de las malas situaciones por las que pasemos.
A la gente le cuesta entenderse y arrimar el hombro para cada uno poner su granito de arena en la solución de los problemas comunes. Y suceden estas cosas a nivel político o social y a veces nos sucede también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas y de nuestra Iglesia, aunque sea duro hay que reconocerlo. Somos desconfiados de los demás, nos encerramos en nuestras ideas o ideologías, nos enfrentamos por cualquier cosa, nos volvemos insolidarios y egoístas.
No quiero cargar las tintas en negruras, porque sabemos que no todos son así, pero si echo esta mirada cruda a la realidad en esta reflexión es porque pienso que Cristo viene con su Palabra a iluminar todas las situaciones de nuestra vida. No podemos espiritualizar tanto la salvación que Jesús nos ofrece que nos olvidemos del hombre en su situación y problemática humana concreta al que Cristo quiere salvar, para el que Cristo quiere ser su Salvador. Es el Salvador de todos los hombres y de todo hombre en todos y cada uno de los diferentes aspectos de su vida.
Como escuchamos en el Evangelio a Cristo le dio lástima aquellas personas concretas que estaban ante El con la problemática concreta que tuvieran en su vida. Y san Pablo nos habla de que Cristo vino a derribar los muros que nos separaban, vino a derribar el odio y vino a traer la paz. Y esas actitudes de las que hemos hablado anteriormente, ¿no serán muros que nos dividen y separan? Cristo quiere derribarlos, para eso ha derramado su Sangre.
Cristo vino para que ‘hiciéramos las paces, nos dice san Pablo, para hacer en El un solo hombre nuevo’. Ese hombre nuevo del entendimiento, de la unión y la colaboración; ese hombre nuevo comprometido por hacer un mundo mejor; ese hombre nuevo del amor y de la paz. ‘Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Todo eso tenemos que vivirlo ahí en ese mundo, en ese lugar concreto donde estamos: en la familia, con nuestros vecinos, con la gente con la que convivimos a diario, con aquellos con los que compartimos un mismo trabajo. Ahí, el que cree en Cristo, tiene que dar su testimonio. Ahí el creyente en Jesús tiene que llevar esa Buena Noticia de la paz.

martes, 28 de octubre de 2008

Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor (Santos Simón y Judas Tadeo)

Ef. 2, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19

Nos recuerda el evangelio hoy proclamado la elección de los Apóstoles. ‘Jesús subió a la montaña a orar. Y pasó la noche orando a Dios... llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró a Apóstoles’. A continuación nos da el evangelista la lista de los doce escogidos y enviados.
Escogidos y enviados. Nombrados Apóstoles, que eso significa, los enviados. Nos dirá Jesús en otra ocasión ‘como el Padre me envió, así os envió yo a vosotros’. Cristo que viene a hacer la voluntad del Padre. Los Apóstoles que son enviados con la misma misión de Jesús.
¿Cuál es esa misión? Podemos recordar el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. O podemos recordar el envío final antes de la Ascensión al cielo. ‘Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado...’
Pero fijémonos en lo que hemos escuchado hoy de la carta de San Pablo a los Efesios. Ya hemos venido comentando este mismo texto en su lectura continuada en días pasados, pero eso mismo nos puede ayudar ahora. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular...’ Con Cristo, piedra angular, los apóstoles forman el cimiento de la Iglesia.
Con la misión de Cristo y su predicación edifican el edificio de la Iglesia, como templo consagrado al Señor. ‘Por El, por Cristo, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’, que nos decía san Pablo. Los apóstoles tienen la misión de anunciar la Palabra de salvación, que es palabra de conversión y de vida.
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor. En torno a los apóstoles y sus sucesores, los obispos, se congrega la Iglesia (Iglesia local e Iglesia universal) por el anuncio de la Palabra, la profesión de la fe y por la oración y la celebración de los sacramentos. Con ellos nos convertimos también nosotros en testigos de la resurrección, porque de ellos hemos recibido su testimonio. Con ellos profesamos nuestra fe, la fe apostólica que es una de las características precisamente de la verdadera Iglesia de Cristo.
Así se formaron aquellas primeras comunidades cristianas en torno a los apóstoles por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo. Así sigue creciendo la Iglesia en cada una de las Iglesias locales en comunión con toda la Iglesia universal. Así tendrá que resplandecer ese amor y esa unidad para que el mundo crea – Jesús ruega al Padre para que seamos uno y el mundo crea -, y para que el mundo se transforme por el amor.
Por eso es tan importante para la Iglesia la celebración de la fiesta de los apóstoles. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo, aunque poco más sepamos de ellos que la referencia que nos hacen los evangelistas en las listas, son sin embargo unos apóstoles de Jesús, enviados por Jesús, y que se convierten para nosotros en transmisores de esa fe en Cristo resucitado.
Que como pedimos en la oraciones litúrgicas de este día, que ‘este memorial de la pasión de Jesús que estamos celebrando en honor de los santos apóstoles, nos ayude a perseverar en tu amor... y a celebrar dignamente estos santos misterios.... y así la iglesia siga creciendo con la conversión incesante de los pueblos’.

lunes, 27 de octubre de 2008

Sed imitadores de Dios como hijos queridos

Ef. 4, 32 – 5, 1-8
Sal. 1
Lc. 13, 10-17
‘Antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como hijos de la luz’. Cuando estamos lejos de Cristo, estamos en las tinieblas. Cristo es nuestra luz. Y como hijos de la luz tenemos que caminar, tenemos que vivir, nos dice el apóstol. Lejos entonces de nosotros todo lo que sean las obras de las tinieblas. Podemos apreciar cómo Pablo pone toda la ternura de su corazón cuando les habla a los efesios. Como un padre bueno que aconseja a sus hijos a caminar por los caminos del bien, sus palabras parecen salidas del corazón.
Estas palabras las decía Pablo a aquella comunidad de Éfeso. Una comunidad formada por cristianos ahora, pero provenían del paganismo y también del mundo judío. No habían conocido a Cristo, luego no habían conocido la luz, estaban en las tinieblas. A ellos había llegado la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús y había creído. Ahora eran hijos de la luz.
Pero podríamos pensar, bueno, Pablo escribió esto para aquellos cristianos que tenían esa situación concreta y especial, pero nosotros somos cristianos de toda la vida. A nosotros no nos valen esas palabras, porque no provenimos de las tinieblas. Fuimos bautizados de pequeños, hemos sido cristianos siempre... Vano error. Aunque nuestra situación es distinta a la de los efesios, ¿acaso podemos decir que siempre hemos estado en la luz de Cristo?
Sí, tenemos que preguntárnoslo y razonar. ¿Es que acaso nunca nos hemos alejado de Cristo por el pecado? Entonces cada vez que caímos en el pecado, volvimos a las tinieblas. Pero aún más, ¿no nos habrá podido suceder que a lo largo de nuestra vida hayamos vivido lejos de la religión y de la vida cristiana, contentándonos con cumplimientos o sólo nos acercábamos a la Iglesia en contadas ocasiones?
Hemos de reconocer que a muchos ha podido suceder así. Y en un momento determinado ha habido una llamada especial del Señor, hemos sentido que Dios nos tocaba el corazón en algunas determinadas circunstancias, o por el camino que haya sido ahora nos ha llevado a estar más cerca de la Iglesia, de Cristo, de la vida sacramental. Hemos de reconocer, pues, que ha habido momentos en nuestra vida que hemos estado lejos de la luz, metidos en las tinieblas, y ahora hemos vuelto a un encuentro con Cristo que nos ha llenado de luz. Cada uno tenemos nuestra historia personal de salvación.
Por eso cuando escuchamos la Palabra hemos de sentir que es una Palabra que el Señor nos dirige a nosotros, en nuestra vida concreta. Y hoy nos está pidiendo que vivamos en verdad como hijos de la luz. ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y nos pide con esa ternura, con un amor especial. ‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo’. Por eso nos pide que nos alejemos de todo aquello que es indigno de nuestra condición de cristianos, de un pueblo de santos. ‘La inmoralidad, indecencia, afán de dinero – que es una idolatría -... las chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido... todo esto está fuera de sitio’.
E insiste: ‘Meteos esto en la cabeza... lo vuestro es alabar a Dios’. Nos llama un pueblo santo. Así comienza muchas veces sus cartas dirigiéndose a los santos de la Iglesia de... Santos porque hemos sido elegidos, convocados y llamados a la santidad. Santos porque hemos sido ya consagrados en el bautismo. Es nuestra condición y lo que tenemos que ser.
Que vivamos, pues, como hijos de la luz, como pueblo santo, alejando de nosotros todo lo que es indigno de nuestro nombre y condición de cristianos. Que en todo siempre sepamos alabar al Señor, bendecir su nombre, hacer todo siempre para su gloria.