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lunes, 13 de julio de 2026

El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

 


El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Como solemos decir nos gustaría que en la vida todo nos marchara sobre ruedas, un camino de rosas lleno de colorido y buen perfume, pero bien sabemos que los caminos tienen baches y ese vehículo de la vida en muchas ocasiones nos vibrará más de lo que deseamos, y que las rosas, es cierto, tienen su bello colorido y su aroma que todo lo llena de perfume pero también tienen espinas y según como las afrontemos, las tomemos en nuestras manos muchas veces vamos a sentir sus pinchazos en nuestra carne y hasta nos producirán dolor y sangre.

Creo que esto que estoy diciendo nos puede ayudar a encontrar la clave de las palabras de Jesús; lo que hoy hemos escuchado viene a ser conclusión de aquellas recomendaciones que Jesús hacía a los que había escogido para ser apóstoles, para ser sus enviados. Es parte de esa formación y preparación que Jesús va haciendo con ellos ante la misión que van a recibir.

Ser los enviados de Jesús claro que nos produce una gran satisfacción, y sentir que van a hacer la misma obra de Jesús porque eso viene a significar ese poder que les ha dado para curar enfermos, expulsar demonios o resucitar muertos. Podríamos decir que se sienten como niños llenos de gozo porque les han regalado unos zapatos nuevos, así podríamos sentir también lo que es su misión. Pero aparte del desprendimiento y humildad que les ha pedido para que en verdad sean fieles a su misión también les anuncia Jesús, y lo hemos venido escuchando, que el camino no es fácil; lo que antes decíamos de los baches del. camino y de las espinas de las rosas.

Es lo que viene a decirnos hoy. Y nos habla de fuego y nos habla de guerras, nos habla de división cuando el mensaje que tenemos que trasmitir es el del amor y la paz, nos habla de los contratiempos cuando no seamos entendidos incluso por los más cercanos a nosotros, nos habla de la exigencia de un amor radical de manera que ningún otro amor podrá separarnos del amor de Dios, como un día nos reflexionara también san Pablo en sus cartas, nada puede estar por encima de ese amor que será siempre prioritario entre todos los amores humanos que tengamos, pero que será donde encontremos modelo que dé sentido y fuerza para mantenernos en esa fidelidad radical. Nos está pidiendo Jesús una opción radical siendo capaces de entregar la vida, perderla, porque eso es lo que será en verdad ganarla.

Pero nos deja al mismo tiempo el matiz bonito y delicado de saber que quien nos recibe está recibiendo a quien nos ha enviado, descubriendo así esa mediación tan hermosa que nosotros hemos de ser para los demás; pero también nos está enseñando el valor de las cosas pequeñas, porque un simple vaso de agua no quedará sin recompensa.

Gozosos hemos de sentirnos porque nos sentimos amados; gozosos por esa misión que pone en nuestras manos; gozosos porque podamos realizar la misma obra de Jesús; gozosos porque no nos sentimos solos, recordemos que nos ha prometido la asistencia de su Espíritu; gozosos porque también podemos parecernos a El cuando estamos viviendo su misma cruz; gozosos aun en medio de esos contratiempos que podamos encontrar cuando no somos comprendidos o incluso rechazados porque es signo de la autenticidad del mensaje que tratamos de trasmitir; gozosos porque al final tendremos la recompensa de la vida eterna que Jesús nos ha prometido.

jueves, 23 de octubre de 2025

Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

 


Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

Romanos 6, 19-23; Salmo 1; Lucas 12, 49-53

Estas palabras de Jesús hoy en el evangelio que hablan de fuego, de muerte o de división de alguna manera siempre nos han resultado controvertidas y nos ha costado entenderlas, porque habla de un fuego que ha de arrasar, de un bautismo de pasión y muerte y nos habla finalmente de división contraponiéndola a la concordia y la paz.

Confieso que de alguna manera algunas veces me quedo como bloqueado cuando trato de entender estas palabras de Jesús, porque podría que parecer que van a la contra de todo lo que anuncia en el evangelio cuando nos habla del reino de Dios. Pero creo que quiere hacer con ellas una afirmación rotunda de lo que es el Reino de Dios que quiere para nosotros y para nuestro mundo.

Todo lo que se desboca y se sale de control se convierte en destructivo aun en aquellas cosas que consideremos más buenas; lo que perdido control nos domina y termina destruyéndonos porque nos esclaviza; lo podemos pensar de las propias pasiones humanas que en sí mismas son fuerza que nos impulsan en la vida, pero cuando se descontrolan solo nos dejamos guiar por el instinto y no por la razón que tiene que estar por encima y que es la que de la un valor y sentido humano a esa nuestra fuerza interior. ¿Será un instinto incontrolado el que guía hoy nuestras vidas? ¿Qué hay de humano en lo que hacemos?

El fuego, pues, descontrolado siempre nos resulta aterrador por lo destructivo y nos quedamos solo en esa imagen del fuego; un incendio de nuestros bosques que deja tras de sí desolación y destrucción, el incendio de una casa o una propiedad que nos hace perderla totalmente y no vamos más allá de lo que en sí mismo significa el fuego que es uno de los principio fundamentales de la vida y la existencia; porque no todo es destrucción sino que el fuego también es creador y transformador, o tras el fuego veremos renacer de nuevo la vida y la vegetación con nueva fuerza y nuevo brío, pero el descubrimiento del fuego y el control de esa llama fue uno de los pasos fundamentales en la vida del hombre pues también tras ese descubrimiento pudo haber luz en medio de la oscuridad, elaboramos nuestros alimentos, se convierte en motor de nuestros movimientos o de los medios que utilizamos para desplazarnos, como también podemos construir nuevas formas y nuevos elementos fundamentales para la vida del hombre; una llama parpadeante se convierte también en símbolo de vida. Cuántas imágenes de la luz y del fuego nos encontramos en la Biblia. Sería interesante hacer un repaso.

Jesús viene a prender ese fuego de vida en nuestros corazones y en nuestro mundo, como purificación por una parte si lo queremos ver también así, pero como principio de vida que ha de transformar nuestro mundo. La señal de la venida del Espíritu Santo, comienzo de la vida de la Iglesia en el envío de los discípulos por el mundo para anunciar el evangelio, fueron aquellas llamas de fuego que como imagen y signo se posaron sobre la cabeza de los apóstoles. Será ese fuego del corazón que nos hace intrépidos para el anuncio del evangelio que transforme en verdad nuestro mundo. ¿Nos extraña que Jesús nos diga que ha venido a prender fuego en el mundo y lo que quiere es que arda? Cuidado nosotros no apaguemos ese fuego del Espíritu con la frialdad de nuestra vida cristiana.

Entendemos así que Jesús nos hable de un bautismo por el que ha de pasar que significa muerte pero que significa vida también. Es la entrega del amor que nos hace morir a nosotros mismos pero para poder tener vida de la de verdad. Fue la pregunta que le hacía a aquellos dos que querían ocupar los dos primeros lugares en su reino, uno a la derecha y otro a la izquierda, ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros en el baal timo donde yo me he de bautizar?’

Una pregunta importante a la que no hemos de dar respuesta a la ligera, porque tenemos que calibrar bien las consecuencias a ver si somos capaces de llegar hasta el final. El evangelio no es para los enclenques y los que necesitan continuamente paños calientes; es un camino de exigencia porque es un camino de amor, y cuando queremos amar no lo podemos hacer a medias o con paños calientes, el que ama de verdad se da hasta el final. Se deja incendiar por ese fuego del amor divino, con todas sus consecuencias.

Y unas consecuencias que nos van a surgir es la incomprensión de los demás por esas actitudes radicales que nosotros tomamos en congruencia con nuestra fe. Es la división que nos vamos a encontrar, que es lo que nos está señalando Jesús. Y esa incomprensión nos viene muchas veces de los que están más cerca de nosotros. No quiere hablarnos Jesús de que las familias han de estar divididas, porque eso sería todo lo contrario a lo que pretende el evangelio, pero sí nos hace comprender que no siempre el camino será fácil, y no por los de fuera que pretenderán echarnos sus zancadillas, sino por la incomprensión de los más cercanos a nosotros.

Pero será ese vigor que sentimos dentro de nosotros por el fuego del Espíritu el que nos seguirá impulsando para continuar con nuestra tarea y misión, para ser esos testigos verdaderamente congruentes del evangelio en medio del mundo.


lunes, 14 de julio de 2025

Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

 


Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

Éxodo 1,8-14.22; Salmo 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay momentos en los que tenemos que tomar decisiones que consideramos importantes y seguramente nos vamos a encontrar con el desconcierto o el rechazo de los que nos rodean; no siempre quizás actuamos al gusto de todos pero cuando estamos seguros del camino que hemos de tomar con firmeza quizás tenemos que actuar. Siempre nos podemos encontrar con intereses encontrados entre los que nos rodean y el camino no resulta siempre fácil. ¿Estamos nosotros creando la guerra? De ninguna manera tenemos que decir, pero quizás se va a producir división en nuestro entorno; buscaremos la paz, pondremos todo lo necesario para un acercamiento de posturas, pero tenemos que ser fieles con nosotros mismos y con el rumbo que le hemos querido dar a nuestra vida.

Hoy nos desconciertan las palabras que Jesús nos está diciendo en el evangelio, pero quizás este pensamiento con el que he comenzado mi reflexión podría ayudarnos a entender las palabras de Jesús. El nos pide, es cierto, radicalidad en su seguimiento. En otros momentos nos hablará de estar  con El o contra El, le planteará a quien quiere seguirle una disponibilidad total, nos hablará de unas exigencias que tienen que estar en la vida misma de quien le sigue, nos dirá que no podemos andar con intereses o buscando recompensas o prestigios a la manera del mundo.

Quien opte por seguir a Jesús se va a encontrar la incomprensión de quien está a su lado; no todos comprenderán el sentido del mensaje del evangelio, esa nueva forma de vivir, esos nuevos planteamientos y valores. ¿Qué estaba sucediendo con Jesús mismo? Mientras la gente sencilla se entusiasmaba con Jesús, mientras los que se sentían más oprimidos y hasta sin esperanzas veían como renacía en sus corazones la ilusión y la esperanza de algo nuevo, de un mundo nuevo, aquellas que se sentían muy seguros en sus prestigios, en sus grandezas o en sus vanidades le rechazaban porque no querían dar el paso del desprendimiento y de la humildad para vivir en un nuevo estilo de amor.

Podemos entender así las palabras de Jesús que hablan de fuego que incendia el mundo, pero también de la división que se va a generar en su derredor. Aunque lo diga con palabras que muchas veces nos cuesta asimilar e interpretar no quiere Jesús la división porque siempre querrá la unidad y la comunión, pero va a surgir esa división en su entorno.

Es lo que nosotros vamos a encontrar. Y como nos dice los enemigos los vamos a encontrar en nuestra propia casa, en los que son más cercanos a nosotros. Experiencia creo que todos tenemos de eso, si sabemos interpretar bien lo que nos va sucediendo tantas veces en la vida. Y es que Jesús nos pide su amor sea de verdad central en nuestra vida; no se trata de amar más o menos a unos o a otros, sino que todo el amor que nosotros tenemos que ir repartiendo por el mundo, y ahí está también el amor que tenemos a nuestros padres o a nuestros hijos, a nuestros hermanos o a los seres más cercanos a nosotros, siempre lo vamos a vivir desde el amor de Jesús, desde el estilo de amor que Jesús nos ofrece.

Y porque vivimos la vida en ese amor, hasta lo más pequeño que podamos realizar tendrá un valor grande. Hoy nos habla de un vaso de agua dado en su nombre, algo tan sencillo y tan elemental que no negamos a nadie, pero si en ese vaso de agua estamos poniendo toda nuestra capacidad de amor en el estilo de Jesús, será algo grande, como nos dice, que no quedará sin recompensa.

Así la acogida que nos hacemos los unos a los otros. Siempre brillando el amor, siempre llenándonos de luz, siempre sintiendo la presencia de Jesús en medio de nosotros. Ya nos dirá que cuando hagamos al otro es como si a El se lo hiciéramos, y por eso un día nos invitará a vivir en el Reino de Dios por toda la eternidad.

¿Será en verdad el amor el eje y la fuerza de nuestra vida? Algunos no lo entenderán, pero del fuego de ese amor tenemos que contagiar, prender nuestro mundo

jueves, 27 de marzo de 2025

Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

 


Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

No sé por qué seremos así como nos manifestamos tantas veces, desconfiados, con suspicacias, siempre sospechando, viendo intenciones ocultas cuando no las hay; nuestros orgullos nos hacen desconfiados, nos molesta el bien que puedan hacer o que puedan tener los otros, estamos viendo canales ocultos donde no los hay, nos corroe la envidia y terminamos deseando mal.

Con lo bonito que es caminar en la vida sin malas intenciones, con el corazón en la mano, con ojos limpios y llenos de luminosidad para ver lo bueno, para resaltar el bien que puedan hacer los demás sin que por eso nosotros tengamos que sentirnos mal, sin tener malicia en nuestro corazón que tanto daño nos hace a nosotros mismos porque nos sentimos enfermos por dentro sin querer buscar una sanción, y tanto daño hacemos a los demás sembrando odios y resentimientos.

Es una cruda realidad en la que nos vemos envueltos y por la que nosotros resbalamos tantas veces cayendo en un abismo que no nos permitirá ser felices.

Jesús se encontró también con un mundo así al que quería liberar de su mal, pero que no todos quisieron aceptar esa sanción y esa liberación de Jesús. Hoy nos habla el evangelio cómo Jesús había curado a un hombre liberándolo de un espíritu inmundo, en la forma de hablar del evangelio y de aquellos tiempos. Curó a un endemoniado, como se solía decir.

Hay gente sencilla que se admira, se siente feliz con las obras que Jesús realiza, son capaces de ver la mano de Dios que les visita y les cura y les sana. Pero por allí siempre andan los desconfiados, los que tienen lleno de su corazón de maldad, los que no saben reconocer el bien aunque lo tengan delante de los ojos. Si tenemos los ojos turbios es normal que no veamos claridad, que todo lo veamos turbio. Es lo que le sucedía a algunos en torno a Jesús. En su maldad son capaces de decir que Jesús no actúa con el poder de Dios sino con el poder de Satanás. A tanto llegaba su malicia.

Qué difícil es convencer a personas que tienen esa malicia en el corazón. Lo estamos viendo a nuestro alrededor cada día en el mal entendimiento que reina en todos los sectores de la vida y de la sociedad; nunca los que consideramos adversarios de nuestras ideas podrán hacer algo bueno, porque siempre los contrarios vendrán a destruir; nunca se es capaz de continuar edificando sobre lo que otro haya construido, sino que todo lo destruiremos para comenzar de nuevo y no dejar rastro de lo bueno que hayan hecho los otros. Así nos vamos destruyendo en nuestra sociedad, así no lograremos nunca un avance a mejor porque sepamos aprovechar lo bueno que los otros hayan realizado como base de lo que seguiremos construyendo.

Jesús les decía a las gentes de su tiempo que un reino dividido no puede subsistir porque terminará haciéndose la guerra a si mismo y destruyéndose. Jesús quería hacerles comprender que el dedo de Dios estaba en aquello que estaba realizando; Jesús quería que tuviéramos ojos limpios, como decíamos antes, ojos llenos de luz para poder ver con claridad.

Hoy nosotros al escuchar este evangelio nos sentimos admirados como aquellas gentes de la obra de Dios y damos gracias, pero también recibimos la lección para nuestra mirada, para la limpieza de nuestro corazón, para las malicias de las que tenemos que liberarnos, para aprender a valorarnos más los unos a los otros respetando y exaltando lo bueno que realizan, para que logremos ese mundo del que desterremos la malicia, donde tendamos más puentes que nos acerquen, donde aprendamos a caminar juntos y colaborar entre todos para hacer nuestro mundo mejor.

jueves, 26 de octubre de 2023

Entendamos las palabras de Jesús que ha venido a traer fuego y lo que quiere es que se encienda y arda, solo así se transformará nuestro mundo y surgirá un mundo nuevo

 


Entendamos las palabras de Jesús que ha venido a traer fuego y lo que quiere es que se encienda y arda, solo así se transformará nuestro mundo y surgirá un mundo nuevo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53

Nos chocan las palabras de Jesús. Es lo primero que se me ocurre decir. Diera la impresión que está diciendo todo lo contrario de lo que ha venido proclamando continuamente en el evangelio.

Su nacimiento fue anunciado como la paz para todos los hombres de buena voluntad, y ahora se nos habla de guerra. Continuamente nos está hablando de amor y de unidad, de comunión y entendimiento, y ahora nos habla de división y de una forma concreta nos habla de la división y del enfrentamiento incluso entre los miembros de las mismas familias. Nos habla de armonía y de construcción de algo nuevo, y nos habla del fuego destructor que todo lo arruina. ¿Qué nos está queriendo decir Jesús?

No podemos olvidar por una parte que el evangelio se proclama en un pueblo semita, un pueblo oriental en el que están habituados a hablar con muchas imágenes que nos quieren como describir el mensaje que se nos quiere ofrecer; y recordemos también cómo Jesús a lo largo del evangelio emplea parábolas y alegorías para trasmitirnos la buena noticia del Reino de Dios. Es un lenguaje, es una forma de expresarse. Y además contemplaremos a lo largo del evangelio que Jesús nos va sorprendiendo algo nuevo y distinto, por eso es buena nueva, buena noticia, porque es algo nuevo lo que se nos quiere transmitir.

Las posturas de Jesús, la respuesta a las cuestiones que le plantean, la manera de ser y de actuar de Jesús sorprende. Será por lo que algunos no querrán aceptarle; su manera de acercarse y estar con los pecadores, pues hasta se sienta a la mesa con ellos, es sorprendente; sorprendente es la manera como trata a las mujeres y a los niños, que de alguna manera eran los marginados de la sociedad; sorpresa y admiración producen sus milagros y los signos que realiza porque están queriendo trasmitirnos algo nuevo, algo que hasta entonces no se había visto ni se había vivido.

Entendamos, pues, las palabras de Jesús, su mensaje, lo nuevo que quiere trasmitirnos, la revolución que va a significar en la vida de muchos la aceptación del Reino de Dios que nos anuncia. Por eso será exigente con los que quieren seguirle, pues seguirle a El no es buscar prebendas ni beneficios; seguirle a El tiene sus exigencias, porque no podemos volver la vista atrás cuando cogemos el arado para trabajar en su campo; seguirle a El tiene su renuncia y su negación de nosotros mismos, porque ya no será nuestro yo el que va a dictar los caminos, sino que es El quien nos señala la senda; seguirle a El implica que tenemos también que cargar con la cruz, porque solo ese el camino que nos lleva a la vida en plenitud.

Pero quien se siente cogido por el evangelio, siente que su vida se transforma, ya no puede ser el de antes, es como una explosión que surge en su interior y que le lanza de manera irresistible a nuevos caminos y a nuevas tareas. Es, sí, como un fuego que sentimos en el corazón y que no podemos apagar; es ese celo radical que sentimos en nuestro interior y que ya nada nos detendrá en ese camino del seguimiento de Jesús y de anuncio del evangelio.

No todos lo comprenderán. Muchos quizá seguirán queriendo hacer sus componendas, cuando El nos dice que no nos valen los remiendos, sino que a vino nuevo serán odres nuevos; muchos querrán quedarse como observadores, como quien ve los toros detrás de la barrera, pero El nos implica y nos compromete o estamos con El o estamos contra El, porque quien no recoge con El, desparrama. No podemos querer quedarnos enterrando muertos, porque hemos optado por la vida y es eso lo que siempre tenemos que construir.

Muchos no lo entenderán, y pueden aparecer las persecuciones, pero no olvidemos que el discípulo no es más que su maestro; y aparecerán los desencuentros entre aquellos donde menos pensamos que los íbamos a tener como pueden ser nuestros seres más cercanos, los mismos amigos o la misma familia. Es de lo que hoy nos está hablando también.

Entendemos, sí, las palabras de Jesús que ha venido a traer fuego y lo que quiere es que se encienda y arda, porque solo así se transformará nuestro mundo para hacer surgir un mundo nuevo. No temió El subir hasta el Calvario y la Cruz; alguien al final, aunque no fuera de los antes habían escuchado el evangelio, reconocerá que ‘este hombre era inocente’. Lo que podría parecer una incongruente derrota de una muerte en cruz se convertiría el signo más glorioso de victoria con la resurrección y la vida. Es nuestro camino.

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


jueves, 20 de octubre de 2022

No echemos agua para apagar el fuego del Espíritu, dejemos que prenda y arda, que nos renueve totalmente nuestra vida, que nos desconcierte, señal de que es buena noticia

 


No echemos agua para apagar el fuego del Espíritu, dejemos que prenda y arda, que nos renueve totalmente nuestra vida, que nos desconcierte, señal de que es buena noticia

Efesios 3, 14-21; Sal 32; Lucas 12, 49-53

Hay cosas que nos sorprenden porque no las esperábamos; y no se trata ya de un suceso, de algo extraordinario que sucede y que nos llama la atención, sino que más bien la sorpresa en ocasiones la recibimos de personas que quizás están en nuestro entorno, pero que no esperábamos de ellas una actuación así, esa manera de hacer las cosas en que parece que ahora todo lo cambian y hasta puede dar la impresión que pudiera ser contrario a lo que siempre ha sostenido, o al menos eso nos parece a nosotros y de ahí nuestra sorpresa.

Pero se me ocurre pensar ahora si acaso el evangelio de Jesús nos causa alguna sorpresa. Quizás nos hemos acostumbrado a oírlo y hacerle siempre las mismas interpretaciones y pudiera ser también que lo edulcoramos tanto que pierde el sabor de ser una buena noticia. Una noticia nueva tendría que sorprendernos, porque de lo contrario dejaría de ser noticia, si es algo que ya nos sabemos desde siempre. Y se me ocurre pensar si acaso el evangelio ha dejado de ser noticia para nosotros, porque nos decimos que nos lo sabemos.

La presencia de Jesús, sus palabras y sus signos no dejaban de ser siempre una buena noticia que recibía la gente de su tiempo que lo escuchaba. Y sorpresa y desconcierto les causaba a algunas por esos nuevos gestos que realizaba Jesús, por esa manera de estar en medio de las gentes y por el mensaje que les trasmitía. Bien que se sentían desconcertados los fariseos y los principales dirigentes de Israel por las actitudes de Jesús. Ya sabemos cómo lo criticaban porque andaba entre publicanos y pecadores e igual dejaba que incluso las prostitutas se acercaran a El e incluso tuviera la valentía de defenderlas, como fue el caso de la mujer adultera. Si lo criticaban era porque se sentían desconcertados, porque era algo nuevo que ellos no podían permitir.

Las palabras y los gestos de Jesús podríamos decir que en cierto modo eran revolucionarias, porque presentaba una nueva manera de ver el acercamiento entre las personas, y cómo todos tenían un valor que siempre había que respetar y valorar. Era, sí, un fuego que Jesús quería encender porque en verdad muchas cosas tendrían que cambiar desde lo más hondo del corazón del hombre, pero que tendría que reflejarse en las posturas, en las actitudes, en los gestos, en la manera de relacionarnos los unos con los otros.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio y que tantas veces suavizamos, haciéndole perder el sentido de esa buena nueva, de esa buena noticia que tiene que ser el evangelio en nuestra vida, que nos tiene que cambiar desde lo más hondo de nosotros mismos. No nos andemos con componendas. De una vez por todas escuchemos a corazón abierto el evangelio, las palabras de Jesús y dejémonos transformar por su Espíritu.

‘He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!’ No echemos agua para apagar ese fuego, dejemos que prenda, que arda, que renueve nuestro mundo, que renueve totalmente nuestra vida y nos desconcierte. Señal de que es en verdad buena noticia para nuestra vida.

domingo, 14 de agosto de 2022

Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

 


Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

Jeremías 38,4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Tenemos que tomarnos en serio las cosas. No nos quedemos en superficialidades. Somos habitualmente fáciles de contentar. Ya una cosa nos marcha medianamente bien y nos creemos en la gloria, nos creemos triunfadores; bueno, es que rehusamos el esfuerzo, lo que signifique sacrificio, aquello en lo que es necesario trabajar con ahínco; si ya con esto nos podemos arreglar, para que seguir trabajando más.

Es en muchos aspectos de la vida que nos sucede; es el estudiante que se contenta con el aprobado cuando podría obtener mejores notas; y no es cuestión de tener unas notas de las que podamos presumir, sino de los mayores conocimientos que podría adquirir, del mayor dominio de la materia, de la sabiduría que vaya adquiriendo, para poder desempeñarme mejor en la vida; pero nos sucede en el desarrollo de responsabilidades, en el trabajo, en los compromisos que pueda adquirir. Vamos planeando por encima de las cosas y no nos queremos meter en profundidades, porque eso significará mayor esfuerzo.

Tenemos que tomarnos en serio de nuestra nos viene a decir hoy la Palabra de Dios. Se nos ofrece el testimonio del profeta Jeremías, que escuchamos en la primera lectura, fiel a su misión aunque esto le costara persecuciones y hasta peligro de muerte. Releamos con detenimiento de nuevo la lectura del profeta.  Es de lo que nos habla la carta a los Hebreos que nos invita ‘a correr con constancia la carrera que nos toca renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia’.

Y el evangelio nos ofrece un texto que en una primera lectura superficial nos podría resultar contradictorio. Si Jesús es el príncipe de la paz, ¿cómo nos dice que ha venido a traer guerra? Si Jesús lo que quiere es que nos amemos, ¿cómo ve tan natural que haya divisiones incluso en el ámbito familiar? ¿Cómo entender lo del fuego que quiere prender y nos habla de un bautismo de muerte? Pero cuando nos hacemos estas preguntas ¿no tendríamos que recordar lo que había anunciado el anciano Simeón de que aquel niño que tenía en sus brazos había sido puesto como signo de contradicción?

La palabra de Jesús, y tenemos que decir su vida, no nos puede dejar adormilados y pasivos sino que siempre va a producir una inquietud grande en quien la escucha con sinceridad. Ya nos dice Jesús en otra ocasión que no viene a poner remiendos sino que es necesario un traje nuevo, una nueva vestidura, unos odres nuevos para el vino nuevo que nos ofrece. No es que Jesús venga producir fundamentalismos y fanatismos en quienes lo escuchan, pero sí ha de producirse una profunda transformación del corazón y de la vida de manera que las cosas no pueden seguir de la misma manera. ¿No nos ha pedido conversión para aceptar la buena nueva que nos anuncia, para poder aceptar y vivir el Reino de Dios?

Cuando nos ponemos en la órbita de Jesús ya las cosas no pueden ser de la misma manera, no podemos andar con componendas, nos exige tomarnos en serio las cosas, como decíamos al principio. O caminamos por el camino del amor hasta sus últimas consecuencias o no nos digamos discípulos de Jesús. En la medida en que voy escuchando el evangelio de Jesús tengo que ir tomando opciones en mi vida emprendiendo ese camino nuevo que nos ofrece. Cuando nos sentimos cogidos por Jesús en lo más hondo de nosotros mismos tiene que brotar ese fuego en nosotros para de una manera ardiente transformar nuestra vida y luchar por ir transformando también nuestro mundo. ‘Fuego he venido a traer sobre la tierra…’ nos dice hoy Jesús. Y ese fuego tiene que comenzar ardiendo dentro de nosotros para sentirnos purificados y transformados. De ese fuego queremos contagiar a los demás.

Claro que no todos lo entenderán. Vamos a nadar contracorriente. Porque en nuestra inquietud no podemos permitir que las cosas sigan siendo de la misma manera; porque queremos transmitir a los demás esa inquietud que nosotros llevamos dentro. No queremos arrasar, no queremos imponer, no queremos obligar a nadie, pero aquello en lo que creemos, aquello que son nuestras convicciones nadie me las podrá arrebatar. Claro que eso me va a hacer chocar quizás con los más cercanos a nosotros. Es lo que nos dice hoy en el evangelio de la división que se va a producir incluso entre los seres más queridos de la familia.

¿Será así como lo vivimos? ¿Será esa la imagen que damos los cristianos? ¿Será esa la radicalidad con la que nos expresamos y vivimos nuestros compromisos hasta el final? Qué lástima que los que creemos en Jesús en lugar de dejarnos contagiar por El, sigamos dejándonos contagiar por el espíritu del mundo; y tenemos miedo de expresar nuestras convicciones porque decimos que no nos entienden, y vamos acomodándonos a lo que hay en el ambiente, y no queremos ‘molestar’ a nadie expresando libremente lo que es nuestra fe y tiene que ser nuestra vida, y porque queremos contentar a todos vivimos tan superficialmente nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Tomémonos en serio las cosas, decíamos al principio, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas.

jueves, 2 de junio de 2022

Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

 


Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Dolor sentimos en el alma cuando vemos que una cosa, una tarea, una obra que con mucho cariño habíamos emprendido luchando y trabajando por conseguir lo mejor, por culpa de la división o el enfrentamiento de aquellos por los que trabajamos o que serían sus beneficiarios o de aquellos que tenían la misión de continuar dicha tarea, aquello se destruye y se viene abajo.

¿Por qué tienen que surgir esas ambiciones que nos enfrentan y que nos hacen estar como a la rapiña? ¿Por qué no somos capaces de con el mismo mimo y cuidado seguir haciendo que aquello se mantenga en pie, pues con tanto bien puede a la larga beneficiarlos a todos?

Pero mira cómo somos, qué pronto lo que comenzamos a hacer es buscar nuestro beneficio, o como nos sentimos mal cuando vemos que otros son felices y las cosas le marchan bien. Envidias, recelos, desconfianzas, ambiciones, orgullos tantas cosas que se nos meten por medio y son causa de destrucción en lugar de mantener la unidad.

Nos sucede tantas veces en todos los ámbitos de la vida social. Pareciera que siempre nos gusta estar jugando a la guerra; pero no es un juego, es una cruel realidad en nuestras comunidades, en nuestros grupos y desgraciadamente lo vemos también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestra Iglesia. Queremos que sobresalga nuestro grupo y no nos importa destruir lo que hagan los demás; en nuestros orgullos y vanidades lo que pretendemos es sobresalir porque a la larga lo que queremos es humillar a los que no son de nuestra cuerda.

Es doloroso, pero es la realidad. Es doloroso y no nos podemos cruzar de brazos. Es doloroso y tenemos que escuchar hoy la oración de Jesús al Padre pidiendo por la unidad de todos los que creemos en El. El sabía bien lo que nos iba a suceder. Cuántas guerras nos hacemos también dentro de la Iglesia. Cuánto nos falta de la misericordia, pero de la de verdad. Cuánto nos falta del amor verdadero que hace verdadera comunión.

Cuando hablamos de la unidad de la Iglesia nos refugiamos enseguida en ese gran drama de la Iglesia de Jesús que es la falta de la unidad de los cristianos que ha creado tan diversidad de Iglesias en que todos se quieren considerar la verdadera y tanto nos cuesta ese diálogo y entendimiento pero lo que llamamos la unidad de los cristianos. Claro los cristianos de pie nos parece que casi tenemos que desentendernos de eso por va por otras alturas y ahí poco podríamos hacer.

Pero no olvidemos que el escándalo de la falta de unidad está en nuestras pequeñas comunidades, en esa misma Iglesia a lo que nosotros pertenecemos y en la que vivimos que vive tantas veces rota por dentro. Y ahí sí tenemos mucho que hacer, ahí tenemos que comenzar a poner esa unidad y esa necesaria comunión; entre los más cercanos, entre los que nos encontramos todos los domingos cuando entramos o salimos de nuestras celebraciones pero que ni nos conocemos aunque seamos del mismo pueblo. En esas pequeñas comunidades en las que muchas veces destruimos tanto con nuestras críticas, con nuestro despego y no participación, con nuestra dejadez y despreocupación. Qué imagen tan desastrosa damos tantas veces ante el mundo que nos rodea.

Escuchemos las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’.

lunes, 24 de enero de 2022

Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

 



Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Qué terrible es sembrar dudas en el corazón de los otros. Dudas, por supuesto, podemos tener y de hecho tenemos; las dudas nos hacen interrogarnos a nosotros mismos y ponernos en camino de búsqueda; la duda no puede ser destrucción sino un interrogante abierto a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una mayor profundización en la vida.

Pero cuando hablaba de esas dudas que se siembran en el corazón de los otros normalmente suelen ir llenas de malicia, y el afán es muchas veces destructivo; dudas que siembran sobre aspectos de la fe o de la religiosidad de las personas, pero con el afán de destruir los verdaderos cimientos de esa fe; como dudas que sembramos acerca de los demás, insinuando pero no atreviéndose quizás a acusar, desconfiando y manifestando esa desconfianza que tengamos de los otros sin ningún fundamento, sino solo, como decíamos, con el afán de destruir. Ayuda a abrir caminos pero no destruyas lo ya caminado, o el sentido con el que los otros quieren caminar. Las dudas tendrían que ser, no para desconfiar, sino para hacernos crecer, para descubrirnos caminos positivos y para hacer que haya un verdadero progreso en la vida.

Hay gentes que parece que están especializadas en destruir, en crear desconfianza, en poner en duda todas las cosas para arrasar desde los fundamentos, desde las mejores raíces que tengamos en la vida y que nos sustentan. Qué dañinas son esas personas, cuántas confusiones crean, a cuánta gente dejan como desnudas sin verdaderos valores y sin nada en que apoyarse en la vida. Terrible pecado tendríamos que decir.

Esos sembradores de dudas y de cizaña cuanto daño van haciendo. Es una guerra de guerrillas que crea confusión y desconfianza; es algo que vemos en la vida mucho más de lo que quisiéramos; es algo que contemplamos en los diversos ámbitos de la vida; es algo de lo que se aprovechan muy astutamente quienes tienen a la religión como su enemigo al que hay que destruir y que aprovecharan cualquier circunstancia para sembrar esa duda, para desestabilizar el pensamiento y el fundamento muchas veces de los más débiles.

Hoy en el evangelio vemos cómo se meten con Jesús. Incluso nos hablará de escribas que han bajado de Jerusalén a Galilea para tratar de destruir la obra de Jesús. Se les iba de las manos en sus planteamientos y lo mejor era destruir, destruir creando esa desconfianza en la gente, esas dudas nunca constructivas en el interior de las personas. Jesús con su presencia va destruyendo por así decirlo las bases del mal; nos habla el evangelio de endemoniados a los que Jesús libera de sus ataduras, pero que ahora aquellos que han venido vendrán acusando a Jesús que si expulsa los demonios es por el poder del mismo Belcebú. Una incongruencia tan grande que Jesús se las desbarata porque estarían hablando de un reino dividido y que lucha contra sí mismo.

Es negar el poder de Dios que se manifiesta en Jesús. Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando puertas en su vida que le puedan llevar a ese encuentro de misericordia con Dios. Por eso les dice Jesús que no podrán encontrar el perdón. Si niegan el origen de la misericordia y el perdón que es Dios mismo en su amor, cierran las puertas de la misericordia para ellos, porque no creen en esa misericordia, en ese amor de Dios por todos nosotros.

Cuidado con las intenciones perversas que se nos pueden meter en el corazón. Cuidemos de no hacer daño a nadie creando esas dudas y desconfianzas que destruyen. Busquemos siempre camino de amor y de bondad que nos acercarán a Dios; llevemos la pureza de nuestro corazón al encuentro con los demás.

jueves, 21 de octubre de 2021

Necesitamos dejarnos abrasar por ese fuego del amor divino que transformará nuestra vida, transformará nuestro mundo, en un hombre nuevo, en una tierra nueva

 


Necesitamos dejarnos abrasar por ese fuego del amor divino que transformará nuestra vida, transformará nuestro mundo, en un hombre nuevo, en una tierra nueva

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53

Como que hablar de fuego ahora en estos momentos en nuestras islas cuando la lava del volcán se está devorando el territorio de una isla con la consiguiente destrucción que se está produciendo y las angustias que se están generando no parece que sea lo más agradable. Pero es la realidad que estamos viviendo y que tenemos que afrontar y nos puede servir de punto de apoyo para entender lo que Jesús nos está queriendo decir hoy en el evangelio.

Además de ese aspecto destructivo que ahora contemplamos, en la vida sin embargo utilizamos muchas veces la imagen del fuego para querer expresar significativamente también muchas cosas que pueden ser hermosas para nosotros. El fuego tiene también ese sentido purificador cuando echamos en él lo inservible para indicar también como tenemos que desprendernos de cosas que nos atan y nos impiden vivir en total libertad. Pero es el fuego también lo que expresa la pasión que podemos llevar en nuestro corazón y que se transforma en amor, y expresa también el ardor y la intensidad que ponemos en la vida que amamos o cuando queremos alcanzar algo que consideramos importante para nosotros.

Aquella imagen de la lava ardiente y de destrucción que todo lo va transformando a su paso sin embargo en esa misma isla en otros tiempos no tan lejanos fue crecimiento de su propia superficie que trabajada con tesón transformó aquel terrenos inhóspitos en riqueza de una floreciente agricultura. En el fuego del crisol tenemos que pensar también se purifican los más hermosos metales y con su ayuda se elaboran las más hermosas joyas.

Y Jesús nos dice hoy que ha venido a traer fuego a la tierra y lo que quiere es que arda. Una imagen que tiene todo su sentido cuando comenzamos a entender todo lo que significa el mensaje de Jesús. Encontrarnos con Jesús y escuchar su mensaje dejando que llegue a nuestro corazón es lo más grande que nos puede suceder. Ya nos hablará en otros momentos del tesoro escondido y la joya preciosa por la que merece la pena venderlo todo para adquirirlos. Y eso en verdad significa nuestro encuentro con Jesús, que se convierte como en un volcán en nuestro corazón que ya no podremos detener, porque quien se ha encontrado de verdad con Cristo ya su vida no es igual, corre como ese fuego impetuoso al encuentro de los demás para llevar esa Buena Noticia, corre al encuentro con su mundo para transformarlo según esos nuevos valores que descubrimos en el evangelio.

Quien se ha encontrado con la verdad del evangelio, quien tiene la experiencia de encontrarse con Cristo allá en lo más hondo de sí mismo se siente impulsado a algo nuevo, siente ese fuego dentro de si para con coraje y energía meterse de lleno en la transformación de la vida, en la transformación de nuestro mundo.

Claro, que habrá quien no lo entenderá y llamará loco al que así actúa; el loco de Dios fue san Juan de Dios cuando escuchó la Palabra de Dios en su corazón y se lanzó por las calles como un loco a comunicar esa buena noticia de que Dios nos ama. Por eso Jesús ya nos anuncia que su presencia y su Palabra pueden producir división, porque unos se decantarán a favor pero habrá, incluso entre los mismos más cercanos a nosotros, quienes se pongan en contra.

Necesitamos una cosa, dejarnos abrasar por ese fuego del amor divino. Transformará nuestra vida, transformará nuestro mundo.

 

lunes, 12 de julio de 2021

Seguir a Jesús aunque nos haga entrar en caminos que parecen de contradicción no es una carga pesada sino el mayor gozo que podamos sentir en nuestra vida

 


Seguir a Jesús aunque nos haga entrar en caminos que parecen de contradicción no es una carga pesada sino el mayor gozo que podamos sentir en nuestra vida

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Seguir a Jesús significa en muchos casos entrar en un camino de contradicción frente al mundo que nos rodea. Me gusta recordar muchas veces, sobre todo cuando nos encontramos con pasajes como éste de hoy en el evangelio, la profecía del anciano Simeón cuando fue presentado Jesús en el templo. Se alegraba el anciano porque sus ojos habían podido ver finalmente al que era la luz y la gloria de su pueblo, pero recordamos también las palabras que le dirigiría a María, la madre, hablándole de una espada que le atravesaría el alma y de que Jesús estaba puesto como signo de contradicción y frente a Jesús muchos caerán y otros se levantarán.

 Cuando nos sentimos cogidos desde nuestro corazón por la persona de Jesús todo en nuestra vida cambia, será otra la mirada con que miremos las cosas, la vida, el mundo así como la relacion con los demás y unos nuevos valores tendrán que comenzar a brillar en nuestra vida. Ya nuestra vida no es igual, nos sentimos cogidos de su amor y en ese amor lo vamos a dar todo. Por eso el seguimiento de Jesús, vivir su vida lo será todo para nosotros.

Cuando hacemos esa opción nos vamos a encontrar que hay quien no nos entienda. ¿Por qué tenemos que cambiar? Nos sentimos tan bien con lo que tenemos a pesar de que quizá haya cosas que no nos gusten, pero, como solemos decir, qué vamos a hacer, es la vida y hay que seguir la corriente. Pues bien, quien opta por Jesús no se deja arrastrar por la corriente, será fiel a un nuevo vivir aunque no nos entiendan; y ese no entendernos puede venirnos desde los más cercanos a nosotros como puede ser la misma familia.

Por eso nos dirá Jesús que su presencia puede convertirse en división, que su presencia es como un fuego renovador, pero no todos querrán dejarse quemar por ese fuego que les purifica, y entonces nos vamos a encontrar enfrente incluso a aquellos que más queremos. Y nuestra opción es por Jesús.  Y quien no está dispuesto a poner de verdad a Jesús en el centro de su corazón, como nos dice El mismo hoy, no es digno de El. Es que quien no es capaz de esa opción es que no ha terminado de descubrir la alegría y plenitud que encuentra para su vida en el seguimiento de Jesús.

Jesús está dando instrucciones a sus discípulos cuando los ha enviado a anunciar el Reino de Dios, como hemos venido escuchando estos días, y nos habla entonces de esa radicalidad con que hemos de seguirle. Pero no es una carga pesada, es un gozo, porque en todo aquello que vamos realizando estaremos encontrándonos con El; en aquellas personas con que nos encontremos que nos acojan o a los que nosotros por nuestra parte también acojamos, se está haciendo presente El. Y si así es de grande nuestro amor por El, grande tiene que ser la alegría que vivamos toda esa experiencia de encuentro con El.

Eso significará también que hasta el mínimo detalle que nosotros podamos tener con los demás o los demás tengan con nosotros tiene un valor de gracia, como nos dice hoy Jesús no quedará sin recompensa. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

jueves, 22 de octubre de 2020

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación y transformación, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?


 

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación y transformación, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Efesios 3, 14-21; Sal 32; Lucas 12, 49-53

Algunas veces se nos puede crear una imagen distorsionada de determinadas cosas que pueden tener una variedad de significados o de funciones. Me refiero en este caso al fuego, que cuando pensamos en él la imagen que primero se nos aparece son los pavorosos incendios ya sean de índole forestal o incluso localizados más en nuestra cercanía cuando el fuego destruye un edificio o una industria; nos quedamos con esa imagen de destrucción que por supuesto también la tiene, pero también el fuego es un elemento muy importante para nuestra vida.

Con el fuego nos calentamos cuando tenemos frío y buscamos su calor, con el fuego elaboramos nuestra comida o pensemos en la industria la practicidad que tiene también en la elaboración de elementos que utilizaremos de forma positiva en la vida. Claro que tiene también la función purificadora de separar o destruir las escorias para la purificación de determinados elementos.

El ardor del fuego es también imagen de la fuerza interior que llevamos dentro de nosotros que nos impulsa a la acción, a la creatividad, al trabajo y a la corresponsabilidad en tanto bueno como podemos realizar. Y de esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos dice que fuego ha venido a traer a la tierra y lo que quiere es que arda. No es la destrucción lo que Jesús busca, aunque sí que hay muchas cosas en nuestro interior que purificar, pero sí nos está hablando de esa fuerza interior, esa fuerza espiritual que nos impulsa a la bueno, que nos lleva a una transformación de nosotros mismos pero que quiere también una transformación de nuestro mundo.

Fuego necesitamos tantas veces que andamos como apagados, que parece que nos falta vigor, que nos acomodamos a cualquier cosa y no terminamos de sentir ese impulso de la fe que nos lleva a comprometernos, que nos lleva a un anuncio, que nos tiene que conducir a esa transformación para que se realice de verdad el Reino de Dios. Somos tantas veces cristianos apagados que nos falta ese vigor, y si estamos apagados tampoco podremos dar luz, tampoco podremos ser luz para los demás.

Y esto no siempre es fácil. Porque algunas veces esa postura nuestra que nos hace sentir inquietos por dentro también puede importunar a los demás; y podremos encontrar rechazo, podremos encontrarnos que en nuestro entorno vamos a encontrar división de opiniones y habrá quien se oponga a ese fuego que llevamos dentro y querrán acallarlo o nos rechazarán.

De eso nos está hablando Jesús también en el evangelio hoy cuando nos dice que no ha venido a traer paz sino que vamos a encontrar división incluso entre los más cercanos a nosotros. Estas palabras de Jesús siempre nos han dejado como inquietos porque no terminamos de entenderlas.

Primero será en nosotros mismos, ese fuego nos deja inquietos, ese fuego hará que en ocasiones incluso en nuestro interior nos sintamos divididos; se nos presentan como dos mundos, como dos caminos delante de nosotros, el del compromiso que nace de ese fuego que arde dentro de nuestro corazón, o el de la quietud y la comodidad; ¿para qué nos vamos a complicar?, pensamos tantas veces y sentimos la tentación de quedarnos en nuestras rutinas de siempre, eso que llamamos paz pero que es un estar adormilados en nuestros conformismos, sentiremos un revulsivo que nos deja inquietos.

Y si damos un paso adelante y queremos vivir nuestro compromiso y nuestra entrega de manera radical ya vendrán a decirnos que no es para tanto, que no nos compliquemos, que dejemos las cosas como están, que siempre hemos vivido así. Cuando no nos puedan convencer intentarán pararnos sea de la forma que sea, y ya sabemos como al final terminamos en la persecución. Pero es nuestro camino, es el compromiso de nuestra fe, es el ardor del Espíritu que tenemos en nuestro interior, es el amor de Cristo que nos ha contagiado y prendido ese fuego en nuestro corazón.

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación, será el momento en que todos tenemos que decantarnos por seguir o no seguir a Jesús y su evangelio. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

viernes, 9 de octubre de 2020

Cuidemos palabras, pensamientos, juicios que pueden ir sembrando sospechas y desconfianzas que nos dividen y nos destrozan por dentro

Cuidemos palabras, pensamientos, juicios que pueden ir sembrando sospechas y desconfianzas que nos dividen y nos destrozan por dentro

Gálatas 3, 7-14; Sal 110; Lucas 11, 15-26

¿Por qué tenemos que empañar o enturbiar las obras que hacen los demás? Parece que hay gente que es especialista en esa mirada turbia, para buscar siempre un ‘pero’ a lo que hacen los otros; llenamos de malicia el corazón y todos son desconfianzas, y viene el comentario burlesco, y surge el sembrar la duda, y nos vienen las sospechas que ya no nos guardamos para nosotros de las intenciones que puedan tener los otros en lo que hacen.

Es cierto que no todos somos así, no vamos a ser tan negativos, pero sí observamos que entre vecinos, entre familiares incluso, entre compañeros de trabajo siempre hay alguien que está sembrando la duda y la sospecha. Siembra dudas y tendrás a la gente revuelta, siembra dudas y aparecen las violencias de palabras y de obras, siembra dudas y harás que la gente se aleje unos de otros y terminemos enfrentándonos, siembra dudas y te convertirás en un destructor de lo que hacen los demás.

Y eso lo vemos en movimientos sociales que dicen que quieren revolucionar el mundo, eso lo vemos en tantos aspectos y en tantos grupos que van surgiendo en la sociedad. No se trata de ir mansitos tragándonos todo lo que hagan los demás, pero tampoco echemos tierra que enturbie lo bueno que hacen los otros.

Me gusta cuando leo el evangelio y vemos las situaciones y reacciones que se suceden en los distintos personajes del evangelio tratar de verlo reflejado en situaciones de algún modo semejantes que de una forma o de otra aparecen entre nosotros también. Unas veces quizá con mayor acierto otras veces quizás no tanto, pero siempre con el buen deseo de dejarnos iluminar. Si el evangelio fue luz para aquellos momentos y trataba de clarificar entonces lo que iba sucediendo porque allí estaba la Palabra de Jesús que iluminaba y abría caminos, de la misma manera la Palabra de Dios que hoy escuchamos tiene que iluminar lo que nosotros vivimos y también abrirnos caminos nuevos para nuestra vida. La Palabra tiene que ser vida, tiene que ser palabra de vida, tiene que iluminar nuestro corazón y nuestra sociedad.

Es lo que vemos hoy en el evangelio,  ‘habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios’. Algunos entre la multitud dice el evangelista; por allí habían estado siempre al acecho los fariseos, los maestros de la ley que tanto les costaba aceptar a Jesús y sus enseñanzas; no pudiendo hacer otra cosa, aunque un día lo llevarán hasta la cruz, tratan ahora de desprestigiar, manipulando, tergiversando las palabras y los hecho de Jesús. Siempre habrá gente que se deja engañar y es de lo que se aprovechan. ¿No vemos que algo así sigue sucediendo hoy?

Y Jesús les habla de un reino dividido que no podría subsistir si a si mismo unos a otros se hacen la guerra, pero no querrán entender las palabras de Jesús. Pero Jesús previene a sus discípulos. Digamos que este texto de hoy está compuesto como de diversas sentencias, diversos consejos y apreciaciones que Jesús hace a los que le siguen para que no se dejen cautivar por las redes del mal, sino todo lo contrario siempre estemos preparados porque el enemigo ataca fuerte.

No podemos bajar la guardia, viene a decirnos Jesús. Nos sucede muchas veces, nos creemos que ya superamos ciertas cosas, que en esto o lo otro ya no me van a cautivar, pero vemos como nos aflojamos y vuelve la tentación, y volvemos tantas veces a las andadas. Hemos de mantenernos fuertes, hemos de darle verdadera profundidad a nuestra vida, hemos de fundamentarnos en una profunda espiritualidad que será las que nos mantenga a flote cuando vengan de nuevo las tentaciones.

Cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos nuestras palabras, cuidemos nuestros juicios, cuidemos de no querer ir siempre sembrando sospechas, cuidado con todo aquello que puede dividirnos y destrozarnos desde lo más hondo de nosotros mismos.