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lunes, 23 de junio de 2025

Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

 


Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

Génesis 12,1-9; Salmo 32; Mateo 7,1-5

Parece como si fuera algo innato en nosotros, no hay nada que haga otra persona en que nosotros casi al mismo tiempo estemos haciendo nuestras valoraciones y comparaciones, cómo nosotros haríamos las cosas mejor y de otra manera, y enseguida vemos fallos, intenciones torcidas, y vienen los juicios y condenaciones. ¿Qué sabes tú por qué lo hizo, cual es la intención interior o motivación que esa persona tiene para hacer lo que hace? ¿Es que somos capaces de leer el corazón? Bien que nos molestamos cuando alguien comenta algo de lo que nosotros hacemos, y miremos cuales son nuestras reacciones.

 A esto quiere prevenirnos Jesús y lo que quiere es que todos tengamos una vida digna y seamos capaces de respetarnos los unos a los otros. Fácil es hablar y dictar sentencias, pero qué difícil es realizarlo en nuestra vida. ‘No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

Con lo que nos está diciendo Jesús no es que no seamos constructivos, porque siempre podemos hacer las cosas mejor, siempre podemos darle un nuevo matiz, siempre tenemos que estar en la actitud de crecer. Lo que no quiere Jesús son los juicios condenatorios a los que tan dados somos; como decíamos antes, parece que fuera algo innato en nosotros. Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente, respetarnos en aquello que pueden ser nuestros criterios o nuestras opiniones y en lugar de empujar fuera del camino, lo que tenemos que hacer es tendernos la mano para no salirnos de ese camino ayudándonos mutuamente.

Es el camino que hemos de recorrer y de recorrer juntos. Porque todos tenemos tropiezos, todos podemos cometer errores, todos podemos tener en nuestros ojos algo que merme nuestra buena visión. ¿Por qué, nos dice Jesús, voy a estar fijándome solo en la pajita que puede haber en el ojo del otro, esa pestaña que se le haya introducido, mientras quizás nosotros tenemos una viga tremenda en el nuestro? Antes de mirar a los demás tenemos que mirarnos a nosotros mismos, porque en nosotros puede haber, y de hecho las hay, muchas cosas que tengamos que corregir, mejorar, hacer de otra manera.

‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’.

Son tajantes las palabras de Jesús y pueden dolernos pero es la realidad a la que tenemos que atenernos. Son los pasos de amor y de respeto que tenemos que ir dando, es la bonita sintonía que tenemos que aprender a sintonizar y hacer sonar al unísono, es la bella canción de la vida que tenemos que aprender a cantar. Si alguien vemos en algún momento que desentona, no lo quitemos del coro, ayudémosle a que encuentre esa necesaria armonización que nos da el amor. Será bella la coral que con toda la creación entonemos para gloria del Creador. Jesús nos está marcando los ritmos, señalando los caminos que tenemos que aprender, trazándonos las metas; dejémonos conducir por su Espíritu de Sabiduría y encontraremos la salvación.

jueves, 6 de julio de 2023

Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

 


Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105; Mateo (9,9-13

Me van a permitir que comience con una pregunta que me hago a mi mismo, y que me da vergüenza la respuesta que tendría que dar. Cuando vas por la calle y te encuentras tu mismo camino, por la misma acera, una persona, de esas que tantas veces rechazamos por su apariencia, por lo que sabemos, o algunas veces simplemente sospechamos, de lo que se dedica en su vida, que nos resulta sospechosa y desconfiamos evitando entrar en contacto o en algún tipo de relación, esta es la pregunta, ¿nos habremos detenido alguna vez a mirarle a los ojos?

Es una de las formas de nuestras evasivas, incluso si necesariamente tenemos que detenernos a hablar con esa persona, seguro que nuestra mirada andará perdida, pero probablemente no somos capaces de mirarle a los ojos, porque nos sentiríamos obligados a un tú a tú de conversación directa, de interés por la persona, de tender incluso nuestra mano en un saludo. ¿Cómo nos sentimos con nuestras reacciones? ¿Dónde buscamos argumentos para justificarnos?

Me ha hecho pensar en este hecho concreto lo que nos narra hoy el evangelio. Jesús se ha detenido junto a la garita de un publicano. Ya sabemos cómo era considerados entre los judíos, por decirlo pronto y fácil, llamarlo publicano era decir que era un pecador. En su entorno se olía todo lo que significar usura, por la forma de cobrar los impuestos, pero también todo lo que rodeaba ese mundo de prestamos y finanzas; además para un judío se le consideraba como un colaboracionista con el poder romano que venía avasallando e imponiendo sus impuestos, en detrimento de lo que pudiera ser beneficio para el pueblo de Israel. Era una fama realmente bien ganada.

Y allí se detiene Jesús y le habla directamente a quien allí está ejerciendo su oficio. No va a ser una conversación cualquiera, sino que era una invitación. Y una invitación no la podemos hacer si no miramos a la cara a quien vamos a invitar. Por eso en lo que hoy quiero fijarme es en esa mirada de Jesús a Mateo, de tal manera que se sintiera interpelado por la palabra de Jesús y cogido en su corazón para dar la respuesta de seguir a Jesús.

Jesús mira más allá de lo que puedan ser las apariencias externa, lo que sea la consideración que los demás puedan tener de esa persona, incluso de lo que haya sido esa persona en su vida, pero la mirada de Jesús es un querer contar con la persona, la mirada de Jesús no es una mirada de reproches sino de confianza, la mirada de Jesús es una invitación que llega al corazón. Y Mateo, que sostuvo aquella mirada, dio respuesta.

Por allá andarían los desconfiados de siempre pensando en sus cavilaciones de siempre donde se da por sentado la condena de la persona, y no terminarán de entender la decisión de Jesús. ¿Cómo iba a contar Jesús entre sus amigos a un recaudador de impuestos con toda la fama que traía consigo? Para más escándalo Jesús se sienta en la mesa de aquel hombre donde estarán también todos los considerados publicanos y pecadores.

¿No tendremos que ir aprendiendo nosotros a mirar a los ojos de los demás, también de esos que tantas veces descartamos y de una forma o de otra vamos marginando en la vida? ¿Seremos capaces de entrar en esa onda de la confianza desterrando de nuestro pensamiento sospechas y prejuicios, siendo capaces de creer siempre en la persona por encima de todo?

viernes, 9 de octubre de 2020

Cuidemos palabras, pensamientos, juicios que pueden ir sembrando sospechas y desconfianzas que nos dividen y nos destrozan por dentro

Cuidemos palabras, pensamientos, juicios que pueden ir sembrando sospechas y desconfianzas que nos dividen y nos destrozan por dentro

Gálatas 3, 7-14; Sal 110; Lucas 11, 15-26

¿Por qué tenemos que empañar o enturbiar las obras que hacen los demás? Parece que hay gente que es especialista en esa mirada turbia, para buscar siempre un ‘pero’ a lo que hacen los otros; llenamos de malicia el corazón y todos son desconfianzas, y viene el comentario burlesco, y surge el sembrar la duda, y nos vienen las sospechas que ya no nos guardamos para nosotros de las intenciones que puedan tener los otros en lo que hacen.

Es cierto que no todos somos así, no vamos a ser tan negativos, pero sí observamos que entre vecinos, entre familiares incluso, entre compañeros de trabajo siempre hay alguien que está sembrando la duda y la sospecha. Siembra dudas y tendrás a la gente revuelta, siembra dudas y aparecen las violencias de palabras y de obras, siembra dudas y harás que la gente se aleje unos de otros y terminemos enfrentándonos, siembra dudas y te convertirás en un destructor de lo que hacen los demás.

Y eso lo vemos en movimientos sociales que dicen que quieren revolucionar el mundo, eso lo vemos en tantos aspectos y en tantos grupos que van surgiendo en la sociedad. No se trata de ir mansitos tragándonos todo lo que hagan los demás, pero tampoco echemos tierra que enturbie lo bueno que hacen los otros.

Me gusta cuando leo el evangelio y vemos las situaciones y reacciones que se suceden en los distintos personajes del evangelio tratar de verlo reflejado en situaciones de algún modo semejantes que de una forma o de otra aparecen entre nosotros también. Unas veces quizá con mayor acierto otras veces quizás no tanto, pero siempre con el buen deseo de dejarnos iluminar. Si el evangelio fue luz para aquellos momentos y trataba de clarificar entonces lo que iba sucediendo porque allí estaba la Palabra de Jesús que iluminaba y abría caminos, de la misma manera la Palabra de Dios que hoy escuchamos tiene que iluminar lo que nosotros vivimos y también abrirnos caminos nuevos para nuestra vida. La Palabra tiene que ser vida, tiene que ser palabra de vida, tiene que iluminar nuestro corazón y nuestra sociedad.

Es lo que vemos hoy en el evangelio,  ‘habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios’. Algunos entre la multitud dice el evangelista; por allí habían estado siempre al acecho los fariseos, los maestros de la ley que tanto les costaba aceptar a Jesús y sus enseñanzas; no pudiendo hacer otra cosa, aunque un día lo llevarán hasta la cruz, tratan ahora de desprestigiar, manipulando, tergiversando las palabras y los hecho de Jesús. Siempre habrá gente que se deja engañar y es de lo que se aprovechan. ¿No vemos que algo así sigue sucediendo hoy?

Y Jesús les habla de un reino dividido que no podría subsistir si a si mismo unos a otros se hacen la guerra, pero no querrán entender las palabras de Jesús. Pero Jesús previene a sus discípulos. Digamos que este texto de hoy está compuesto como de diversas sentencias, diversos consejos y apreciaciones que Jesús hace a los que le siguen para que no se dejen cautivar por las redes del mal, sino todo lo contrario siempre estemos preparados porque el enemigo ataca fuerte.

No podemos bajar la guardia, viene a decirnos Jesús. Nos sucede muchas veces, nos creemos que ya superamos ciertas cosas, que en esto o lo otro ya no me van a cautivar, pero vemos como nos aflojamos y vuelve la tentación, y volvemos tantas veces a las andadas. Hemos de mantenernos fuertes, hemos de darle verdadera profundidad a nuestra vida, hemos de fundamentarnos en una profunda espiritualidad que será las que nos mantenga a flote cuando vengan de nuevo las tentaciones.

Cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos nuestras palabras, cuidemos nuestros juicios, cuidemos de no querer ir siempre sembrando sospechas, cuidado con todo aquello que puede dividirnos y destrozarnos desde lo más hondo de nosotros mismos.

martes, 16 de octubre de 2018

Convertimos en absolutos cosas que solo tienen una importancia relativa


Convertimos en absolutos cosas que solo tienen una importancia relativa

Gálatas 5,1-6; Sal 118; Lucas 11,37-41

‘El fariseo se sorprendió al ver que Jesús no se lavaba las manos antes de comer’. Convertimos en absolutos cosas que solo tienen una importancia relativa. Lo de lavarse o no lavarse las manos es cuestión de higiene. Es cierto que cuando estamos educando a los pequeños les imponemos y algunas veces con cierta exigencia lo de lavarse las manos antes de comer; los niños juegan con todas las cosas y tocan todo lo que esté a su alcance, y con la misma espontaneidad cuando van a comer en lo que menos piensan es que las manos no estén limpias para coger la comida; en la tarea de la educación hay que acostumbrarlos, poco menos que se exigentes con su higiene, pero eso es suficiente.
Así se había impuesto esa norma higiénica a un pueblo errante por desiertos y por campos y donde quizá el agua no fuera tan fácil de tener, pero que con una falta de higiene se podían provocar enfermedades y hasta epidemias. Pero eso lo habían convertido en ley absoluta, de manera que incluso hasta la pureza espiritual podía depender del cumplimiento de esa norma higiénica. Y los fariseos eran especialmente escrupulosos con estas normas y preceptos.
Es lo que Jesús ahora quiere hacerles comprender. La pureza del corazón, nos dirá en otro momento, no depende de lo que entre por la boca, porque hay maldades que llevamos dentro del corazón y eso si que hace daño no solo a si mismo sino también a los demás. De dentro del corazón del hombre salen las maldades, odios, envidias, malquerencias, etc… por eso lo que hemos de tener puro y limpio de maldad es el corazón, no importa lo exterior y la apariencia.
‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo’. En otros momentos del evangelio Jesús será aun más duro con los fariseos a los que llama sepulcros blanqueados. Por fuera con el blanco de la cal, pero ya sabemos la podredumbre que hay dentro de un sepulcro. Así les dice que es su corazón que es el que tienen que purificar para que luego puedan resplandecer de verdad las buenas obras.
Cuantas apariencias fantasiosas ofrecemos tantas veces en la vida. Queremos siempre aparentar de buenos, que como tales nos tengan siempre los demás, pero miremos la pureza de nuestro corazón. Y tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, porque bien sabemos cómo fácilmente aparecen en nuestra mente y en nuestro corazón las sospechas y desconfianzas, cómo la envidia nos corroe por dentro cuando vemos lo bueno que hay en los demás, cómo se enciende en nosotros el amor propio y el orgullo cuando nos dicen algo que no nos gusta, cómo se nos suben a la cabeza las cosas buenas que podamos hacer y enseguida nos subimos a pedestales buscando reconocimientos y cuando no los encontramos nos sentimos heridos por dentro. Pero aunque hierven esas cosas en nuestro interior procuramos mantener la fachada, la apariencia, que nos tengan siempre por buenos.
Purifiquemos nuestro corazón. Pongamos humildad, amor, sencillez, generosidad, buenos deseos en nuestro corazón. Desterremos suspicacias y desconfianzas, nunca juzguemos a los demás porque no sabemos lo que de verdad hay en su corazón. Un corazón generoso y humilde nos hace agradables a aquellos con los que convivimos y es lo que nos dará la más honda y sana satisfacción.


jueves, 23 de marzo de 2017

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
Parece que siempre tiene que haber alguien detrás que ande con sospechas, con segundas intenciones, desconfiando de todo, hasta de lo mas bueno que podamos hacer. En ocasiones somos especialistas para las sospechas, no creemos en nada ni en nadie porque siempre estamos viendo intenciones turbias; será quizás por anda turbio nuestro corazón y eso se convierte en un velo o un cristal con muchas manchas oscuras a través del cual miramos.
Desconfiamos de todo, de los vecinos, de los que desarrollan alguna responsabilidad y quizás los vemos actuar con éxito, de los políticos, de los que nos enseñan, o simplemente de los compañeros de camino en la vida, donde siempre estamos viendo unos intereses o unos deseos de ganancias. Pudiera ser cierto que en ocasiones pudiera haber personas que actúan mal y que no es oro todo lo que reluce, porque escondido en sus vidas pueda haber mucha maldad y hasta corrupción, pero eso no nos tiene por que llevar a desconfiar de todo el mundo. Es necesario que demos más votos de confianza en la vida, creyendo en las personas y descubriendo la bondad que hay en sus corazones.
De Jesús también desconfiaban; ya sabemos como andan sembrando cizaña los letrados y los fariseos queriendo crear desconfianza en torno a Jesús, a sus palabras y a las obras que realiza. Es lo que hoy vemos en el evangelio. Jesús había curado a un mudo, liberándolo de sus ataduras para que pudiera hablar. Ya sabemos como consideraban cualquier enfermedad o cualquier limitación como una posesión del maligno; por eso nos dice el evangelio que Jesús echo al demonio de aquel mudo para que pudiera hablar.
Pero allá andan los que siembran las semillas de la discordia y de la desconfianza, los que están viendo siempre dobles intenciones en lo que haga Jesús y no quiere ni reconocer su autoridad y su poder, ni ser capaces de ver la gracia de Dios que se manifiesta en Jesús. Lo que hace, piensan y dicen, es por obra del poder de los demonios. Vemos claro el contrasentido, un reino dividido no puede subsistir y si es por el poder del demonio por el que es arrojado de aquellos poseídos, mal le va a ir.
Una cosa que tenemos que ver clara aquí es la maldad del corazón de aquellas personas. Todas las cosas se ven según el color del cristal con que se mira. Como aquella mujer de la anécdota que criticaba siempre a su vecina porque decía que tendía la ropa a secar dejándole todas las manchas, hasta que un día el marido le dijo que lavara los cristales de la cocina desde donde veía el patio de la vecina, porque estaban muy llenos de suciedad y era la suciedad a través de la cual veía manchada la ropa de su vecina.
La maldad de nuestro corazón no hace mirar con desconfianza, nos impide creer en las personas, porque cree el ladrón que todos son de su condición, como dice el refrán. Limpiemos la suciedad de nuestro espíritu, miremos con mirada clara y limpia porque en nosotros no haya esa malicia y esa mala intención y seremos capaces de ver entonces la bondad de las personas, todo lo bueno que los otros realizan también.
Jesús curo a aquel mudo del evangelio liberándole de su mal; que el Señor nos sane, purifique nuestro corazón y seamos capaces de llenarlo de muchas  virtudes, de muchos valores, de muchas cosas buenas, de mucho amor y veremos entonces el amor de los demás, las cosas buenas que hacen tantos a nuestro alrededor.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Nunca seamos barrera que impida a los demás acercarse a la luz de la salvación sino que carguemos con la camilla de los demás para llevarlos a Jesús

Nunca seamos barrera que impida a los demás acercarse a la luz de la salvación sino que carguemos con la camilla de los demás para llevarlos a Jesús

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Algunas veces la cerrazón de nuestra mente se convierte en obstáculo y dificultad para el bien de los demás. Nos encerramos en nuestras ideas, en nuestra manera de pensar o de ver las cosas y podríamos decir que en todo vemos fantasmas, no creemos en los demás, andamos con desconfianza y a la defensiva, todo lo que hacen los otros filtrado por los ojos de nuestra malicia lo vemos siempre mal o un peligro. Y hacemos daño a los demás; como decíamos al principio nos podemos convertir en obstáculo para que otros se acerquen a la verdad o realicen el bien.
Es un primer pensamiento que me surge al escuchar el evangelio de este día. Jesús estaba enseñando y alrededor estaban los escribas y fariseos. Y ya vemos a lo largo de este episodio y por lo que conocemos de otros momentos del evangelio cuál era su actitud. Estaban siempre al acecho de lo que Jesús dijera o hiciera. En este episodio les veremos saltar enseguida ante lo que Jesús dice y hace.
Pero fijémonos en ese primer momento, porque llegan unos hombres de buena voluntad que traen en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure; pero no pueden entrar porque estaba todo lleno; pero, ¿quiénes eran precisamente los que en ese momento rodeaban a Jesús? aquellos escribas y fariseos que sentados - como a la distancia en sus actitudes - rodeaban a Jesús. Había mucha gente hasta la puerta, pero había obstáculos para poder llegar hasta Jesús. El obstáculo se mostrará también luego en sus juicios y murmuraciones que siempre trataban de desprestigiar a Jesús.
Cosas así siguen sucediendo, y suceden también en nuestro tiempo. Podíamos pensar en muchas cosas; podríamos pensar en todos aquellos que siempre están haciendo un juicio malicioso contra la Iglesia; podríamos pensar también en quienes dentro de la misma iglesia siempre están a la defensiva de lo que hacen sus pastores, de las buenas iniciativas pastorales que puedan tomar y que siempre quieren echar abajo; podríamos pensar, incluso, en ciertas resistencias que el mismo Papa Francisco está encontrando en su entorno para la renovación que quiere realizar en la Iglesia.
Aquellos buenos hombres que vienen con fe hasta Jesús para que el paralítico sea curado no se arredran sino que tomarán la audaz iniciativa de abrir un boquete por la azotea para que el enfermo llegue a los pies de Jesús. Tendríamos que tomar nota que tantas veces nos acobardamos con las dificultades o nos falta iniciativa para encontrar caminos con los que hacer el bien a los demás. Son tantas las camillas de nuestros hermanos que sufren que tendríamos que aprender a cargar. Decimos que no sabemos que hacer muchas veces. Dejemos arder el fuego del amor en el corazón y encontraremos esos caminos; el Espíritu del Señor nos irá inspirando y dando la fuerza que necesitamos.
Mucho más podríamos seguir reflexionando sobre este evangelio. En él vemos realmente la salvación que Jesús quiere ofrecernos. ‘Tus pecados están perdonados’, le dirá al paralítico y luego le mandará que se levante y cargue con su camilla para regresar a casa. Jesús llega a nuestra vida, nos trae el perdón que nos renueva, que nos levanta de esa camilla de tantas limitaciones que tenemos en nuestra vida y que nos atan. Quiere en nosotros una nueva vida. Dejemos que su salvación llegue a nosotros y nunca seamos obstáculo para que llegue a los demás. Es más, hagamos como aquellos buenos hombres, llevemos a los demás hasta Jesús que en El encontraremos siempre la salvación.

miércoles, 23 de enero de 2013


Echando en torno una mirada dolido de su obstinación

Hebreos, 7, 1-3.15-17; Sal. 109; Mc. 3, 1-6
‘Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación…’ Jesús se siente dolido por la obstinación y la ceguera con que muchos lo reciben. ‘Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo’, dice el evangelista. No es sólo el aceptar o no aceptar el mensaje de Jesús. ‘Estaban al acecho’. Hay malicia en el corazón de aquella gente cuando Jesús llegaba con todo su amor buscando el bien del hombre, su salvación. Ya lo reflexionábamos ayer.
Es el dolor del corazón de Cristo cuando no se ve correspondido en su amor. Pero Jesús no nos deja de amar por eso. El amor de Cristo es un amor fiel. No nos ama porque nosotros seamos buenos y le amemos a El, sino para que seamos buenos y seamos capaces de experimentar su amor. Como más tarde nos dirá el apóstol en sus cartas, ‘nos ama aún siendo nosotros pecadores’. Esa es la grandeza del amor de Dios, del que nosotros también tenemos que aprender para amar de la misma manera. El amor de Dios es siempre un amor primero, porque antes de que nosotros le amemos ya El nos está mostrando su amor ya desde toda la eternidad que ha pensado en nosotros.
Esto que estamos viendo en ese dolor del corazón de Cristo ante esas posturas negativas que tantos tenían ante su mensaje y su actuar, nos sirve también para que nosotros analicemos nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Podemos ser sufridores de esas posturas de los otros, o podemos ser nosotros actores que de alguna manera actuemos también así. Por eso esta reflexión que nos hacemos desde lo que vemos en la Palabra de Dios tiene que ayudarnos para nuestra vida concreta.
Esa experiencia dolorosa de no ser correspondido en el amor es una experiencia por la que pasamos también en muchas ocasiones en la vida. Personas que no nos comprenden ni nos quieren comprender. Personas cuya mirada no es limpia y siempre enturbian todo lo que miran con la malicia que llevan en el corazón. Personas que no abren su corazón y no saben tener confianza en los demás sino que siempre estarán con la sospecha. Personas que tienen el corazón lleno de maldad y no serán capaces de ver lo bueno de los demás, no sabrán apreciar lo bueno que hay en los otros y siempre estarán poniendo la pega de los intereses torcidos o de la mala voluntad que ven siempre en lo que hace el otro. ‘Estaban al acecho’, que dice el evangelista. Las personas que se ponen a la distancia para observar siempre prontos al juicio, a la crítica dañina, a la murmuración.
Estamos constatando esa experiencia dolorosa por la que podemos pasar cuando nos encontramos personas en la vida con esas posturas negativas, pero también tenemos que examinarnos nosotros porque de una forma o de otra se nos pueden pegar al corazón esas desconfianzas y esos prejuicios en nuestra relación con los demás. Nos sería fácil fijarnos en los demás y condenar, pero estaríamos cayendo por la misma pendiente y cometiendo los mismos errores; por eso, todo esto ha de servirnos para nosotros examinarnos, para que no lleguemos a tener esas actitudes tan negativas en nuestra vida en la relación que mantenemos con los demás. Son tentaciones fáciles que nosotros también podemos tener.
Pero volviendo a la respuesta que nosotros hemos de dar al amor de Dios y viendo ese dolor que Jesús siente en su corazón ante la obstinación de aquellos que no le aceptaban cuando tantas pruebas nos estaba dando de su amor, tendríamos que preguntarnos si acaso Jesús también pudiera estar dolido por nuestra insuficiente respuesta. Esto es algo para pensarlo con serenidad siendo capaces de reconocer cuántos dones y cuántas gracias ha derramado el Señor en nuestra vida. Cada uno podría repensar lo que ha sido su historia personal con momentos de fidelidad y de amor, pero también con tantos momentos en que no hemos sabido ser fieles, o le hemos la vuelta la espalda a ese amor de Dios con nuestro pecado.
También en ocasiones nos ponemos a querer masticar el mensaje de Jesús que nos llega a través de la Iglesia y nos hacemos nuestros distingos, nuestras muy personales valoraciones y ponemos un filtro en lo que aceptamos o no aceptamos del mensaje y de la gracia de Jesús. Estamos también al acecho, como aquellos del evangelio. Vayamos a Jesús con un corazón abierto y sincero, con un corazón limpio de maldad, dejándonos conducir por su Espíritu, que sea quien nos ilumine interiormente y nos haga saborear la gracia del Señor. Que El sea nuestra fuerza y nuestra luz.

lunes, 23 de enero de 2012


Necesitamos aprender a no ser intolerantes y saber descubrir lo bueno de los demás

2Samuel, 5, 1-7.10; Sal.88; Mc. 3, 22-30
En los días pasados eran los fariseos, ahora son los escribas o letrados los que se oponen a Jesús. Les costaba aceptar las enseñanzas de Jesús y rechazaban todo lo bueno que hacía; ahora de forma incluso blasfema incluso atribuyen el poder de Jesús y las cosas buenas que hace al poder del maligno.  ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’, le dicen.
Jesús quiere hacerlos recapacitar en lo que se atreven a decir porque en una pura lógica humana es algo que no se puede sostener. ‘Un reino en guerra civil no se puede sostener… Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’, trata de explicarles Jesús.
Esta actitud tan negativa de aquellos letrados podría ayudarnos a reflexionar también en nuestras actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Podría enseñarnos hermosas lecciones. Pero cuando nos ofuscamos en nuestras ideas y pensamientos, sobre todo cuando hacemos daño a los demás, nos resulta casi imposible razonar y ver las cosas de manera buena. Es algo blasfemo querer atribuir a Dios las obras del maligno, como decir que son hechas con el poder del maligno las obras buenas de Dios. Es el mal que se mete dentro de nosotros y nos ciega.
Cuántas veces nos cegamos en nuestro trato y relación con los demás y en el juicio que podemos hacer de las obras de los otros. Cuando se nos mete por dentro la envidia, el orgullo la pasión no somos capaces de ver las cosas buenas de los demás, y todo lo miramos detrás del cristal turbio de nuestros malos pensamientos o de nuestras malas ideas. Nos llenamos de pasión y solo vemos lo malo. Cuando nos dejamos encender por la ira que fácil brota la violencia de nuestro corazón y qué fácil se manifestará en las obras de nuestra vida. Cuando nos subimos al pedestal del orgullo no sabemos ver con buenos ojos a los demás y terminamos humillando y haciendo daño a los otros.
Nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones mutuas y que hará mermar una buena convivencia de los unos con los otros. El fanatismo en la defensa de nuestras ideas o maneras de pensar nos hace intolerantes y nos puede llevar hasta los odios, resentimientos y rencores. Cuántas personas ni se hablan porque les ciega el fanatismo de sus ideas en lo político, en los social o cultural. Y, repito, qué difícil es la convivencia con personas fanáticas de esta manera. Un fanático de esta manera nunca será capaz de ver lo bueno que pueda haber en el otro, aunque sea distinto, y siempre lo verá todo bajo ese prisma de la sospecha para pensar que todo lo que hace, piensa o dice el otro siempre es malo.
Qué importante y necesario es que sepamos respetarnos aunque opinemos distinto. Qué importante es que sepamos actuar con serenidad en la vida para mirar con ojos distintos a los demás y lo que hacen, para saber descubrir lo bueno que hay en los otros y saber aprovechar cada granito de arena bueno que cada uno podamos poner para conjuntamente hacer que nuestro mundo, nuestra sociedad sea mejor.
El amor cristiano que viene a enseñarnos Jesús nos enseñará a suavizar y mejorar esas actitudes negativas que se  nos pueden meter en el corazón. Nos enseña a ser humildes y sencillos, a respetar y valorar a los demás, a alejar de nosotros envidias, resentimientos, malos deseos hacia los demás, no nos permitirá ser orgullosos sino que llenará siempre nuestro corazón de humildad. Nos convendría leer y meditar una y otra vez el himno del amor cristianos que nos ofrece san Pablo en la carta a los Corintios.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un camino de superación, desprendimiento y fidelidad a la verdadera fe


1Tim. 6, 2-12;

Sal. 48;

Lc. 8, 1-3

Lo que escuchamos hoy en la carta de san Pablo a Timoteo son recomendaciones que le hace para la misión que se le ha confiado de obispo de aquella comunidad de Efeso y respondiendo quizá a problemas o cuestiones muy concretas. Sin embargo el mensaje que nos deja es muy hermoso y nos vale para todos en ese camino de superación personal que toda persona ha de realizar en su vida, y sobre todo un cristiano que quiere en verdad ser fiel a su fe, y no sólo en sí mismo como individuo sino también en su relación con los demás y en el ámbito de la comunidad cristiana donde vivimos nuestra fe.

Había algunos problemas en que incluso se trataban de infiltrar doctrinas no muy acordes con la fe en Jesús. Pero sobre todo en lo que podemos fijarnos en cómo previene frente a los orgullos y actitudes negativas para nuestra mutua relación que se nos pueden meter en el corazón y hacer tanto daño. ‘Todo esto provoca, le dice, envidias, polémicas, difamaciones, sospechas maliciosas, controversias… sin el sentido de la verdad…’ y un querer incluso aprovecharse de la piedad o de lo religioso para sus ganancias personales.

Como nos damos cuenta fácilmente todas esas cosas nos hacen mucho daño, rompen la armonía, merman el amor y la caridad cristiana, dificultan la convivencia, ahuyentan la paz en nuestro corazón y en el trato con los demás. Es, como decíamos, algo que tenemos que esforzarnos siempre en superar. Porque además unas personas sembradoras de esas discordias, tampoco podrán tener paz en sí mismas, en su corazón. Y eso no es lo que quiere el Señor.

Nos da a continuación un ejemplo de pobreza, de disponibilidad generosa y de austeridad que ya quisiéramos para nosotros. Como dice el apóstol ‘es verdad que la religión es una ganancia, cuando uno se contenta con poco. Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él. Teniendo qué comer y qué vestir nos basta. En cambio los que buscan riquezas, se enredan en mil tentaciones, se crean necesidades absurdas y nocivas, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina…’ Entendemos lo de la ganancia de que nos habla en referencia a la religión no como ganancias materiales o económicas, sino esa otra riqueza espiritual y de valores de la que podemos llenar nuestra vida.

Parece como que el apóstol está hablándonos a los hombres de hoy con nuestros agobios y nuestras luchas absurdas, con las ambiciones y deseos de riquezas con las que andamos a veces que al final nos han llevado a peores crisis de nuestra vida y de nuestra sociedad, como estamos viviendo hoy.

Y nos previene porque la codicia es un pecado capital que nos hace daño muy profundamente, como nos dice, poniendo en peligro incluso nuestra fe. ‘Porque la codicia es la raiz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos’. Nos recuerda muchas palabras de Jesús en el evangelio. Nos recuerda aquello de que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero. Nos recuerda parábolas de Jesús como la de aquel rico que obtuvo grande cosecha, hizo acrecentar sus bodegas y graneros para vivir una buena vida, pero aquella noche murió, ¿de qué le servía todo aquello?

En el evangelio que hoy hemos escuchado contemplamos a Jesús caminando los caminos de Palestina en toda su pobreza dependiendo de la ayuda o las limosnas que le pudieran ofrecer los demás. ‘Otras mujeres que le ayudaban con sus bienes’, que dice el evangelista.

Termina con una hermosa recomendación el apóstol. ‘Tú huye de todo esto, practica la justicia, la religión, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna…’ Vivamos en ese amor y en esa fe. Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida. Y lo importante es seguir el camino de Jesús que nos conduce a la vida eterna que es la mayor riqueza que podamos alcanzar.

lunes, 24 de enero de 2011

La malicia del corazón nos impide el perdón


Hebreos, 9, 15.24-28;

Sal. 97;

Mc. 3, 22-30

Hay que ver cómo nos cegamos cuando dejamos meter la malicia en nuestro corazón. Malicia que es maldad, inclinación a hacer el mal, perversidad, intención malévola e disimulada, propensión a pensar mal. Al contemplar la malicia con que actúan los letrados contra Jesús en el texto que hemos escuchado, se me ocurrió ir al diccionario para buscar más exactamente el significado de esa palabra y esas son algunas de las acepciones que he encontrado. Por eso comenzaba diciendo cómo nos cegamos cuando dejamos llenar de malicia nuestro corazón. Y un corazón ciego y lleno de maldad cuánto daño puede hacer, a sí mismo y a los demás.

Hemos encontrado rechazo de Jesús, no entender las cosas que Jesús hacía e incluso llamarle blasfemo, pero ahora en su malicia vemos algo más. Intención malévola porque llegar a querer señalar que todo aquello bueno que Jesús hacía era obra del maligno. Quien no es capaz de ver la obra salvadora de Dios en Jesús, atribuyéndolo más bien al espíritu del mal, se está cerrando a esa salvación que Jesús nos ofrece, es un pecado muy fuerte contra el Espíritu Santo, como nos dice Jesús que no va a encontrar perdón, porque en esa maldad se está cerrando frente a ese perdón. La malicia en el corazón nos impide el perdón, porque no seremos incluso de ser capaces de reconocer ese mal en nosotros por el que pedir perdón.

Es dura la actitud de aquellos letrados contra Jesús. Por demás incomprensible en un corazón que quiere obrar con rectitud, porque además, como Jesús les hace ver, carecería de toda lógica y sentido. ‘Cómo va a echar Satanás a Satanás?’, se pregunta Jesús. Sería un reino en guerra civil, nos viene a decir Jesús, una familia dividida, es hacerse la guerra a sí mismo.

Pidámosle al Señor que no dejemos meter una maldad así en nuestro corazón. Que llenemos nuestros ojos de luz para saber apreciar y valorar cuanto de bueno hace el Señor con nosotros. Que nuestra fe nos ayude a descubrir las maravillas del Señor. Sepamos apreciar y valorar pero sepamos también darle gracias a Dios en todo momento que está junto a nosotros con ese regalo de su amor, con ese regalo de su salvación.

Pero creo, además, que esto puede enseñarnos mucho para las actitudes que hemos de tener en nuestra vida en relación a los demás. Primero para tener esos ojos luminosos para ver siempre primero lo bueno que hay en los otros. Claro, para no dejar meter esa malicia en nuestro corazón, porque es una tentación a la que nos vemos sometidos con demasiada frecuencia.

Cuando las personas no nos caen bien, o nos sentimos molestos por alguna cosa, que fáciles somos para ver lo negro y negativo, qué propensos a la sospecha y a la desconfianza, qué fácil ver malas intenciones o intenciones ocultas en lo que hacen los demás, qué malévolos nos volvemos, cómo podemos caer fácilmente por la pendiente de la perversidad. Cuánto daño hacemos a los demás, pero cuánto daño, tenemos que reconocer, nos hacemos a nosotros mismos.

No dejemos meter nunca esa malicia en nuestro corazón. Seamos siempre de relaciones limpias y de trato sincero y lleno de amor. No dejemos nunca introducir en nuestra mente la sospecha que nos hace desconfiar. Seamos siempre capaces de disculpar, de disimular, de perdonar, de amar, en una palabra.

Bien podríamos recordar aquí aquello que nos dice san Pablo en la carta a los corintios cuando nos habla de las cualidades del amor. ‘Es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia. No es grosero, ni egoísta, no se irrita y no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Ojalá esas cualidades brillaran siempre en nuestra vida.