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lunes, 30 de junio de 2025

Seguir a Jesús algo más que buena voluntad, una búsqueda de compensaciones, o unos compromisos con condiciones

 


Seguir a Jesús algo más que buena voluntad, una búsqueda de compensaciones, o unos compromisos con condiciones

Génesis, 18, 16-33; Salmo 102; Mateo, 8, 18-22

Hemos oído muchas veces aquello de nadar y guardar la ropa; es una imagen que solemos emplear para manifestarnos algo que si no imposible sí que resulta bien difícil, porque mientras nadamos nos despojamos de la ropa, que se queda abandonada en la orilla a merced de quien quiere adueñarse de ella; pero sin embargo queremos expresar actitudes de cierta doblez con las que actuamos muchas veces en la vida, aparentamos una lealtad que luego interiormente no tenemos, queremos contentar algunas cosas como para prevenir y salvarnos luego cuando las cosas se vuelvan en contra, porque siempre tenemos algo de lo que agarrarnos.

Ya decimos que el juego de la política es ese en cierto modo, porque para sacar nuestros proyectos adelante tenemos que negociar con quien sea para cediendo en algunas cosas poder conseguir aquello que aspiramos; lo que nos sucede con frecuencia es que ese juego se vuelve sucio, muchas veces injusto, y donde se oculta mucho la identidad de lo que realmente nosotros queremos. Así andamos en muchas cosas de la vida con politiqueos.

Pero hay cosas que son mucho más serias y que realmente nos piden una autenticidad verdadera y una congruencia entre palabras y acciones. Nuestro camino de seguimiento de Jesús no puede andar con esos politiqueos. Ya veremos que muchas veces Jesús nos pide radicalidad hasta el punto de que nos arranquemos un ojo o una mano si nos hacen pecar.

En el caso del evangelio de hoy se trata del seguimiento de Jesús, de lo que podíamos llamar vocación a la vida cristiana en todas sus consecuencias. La Palabra que va anunciando Jesús llama la atención y entusiasma a las gentes; ‘nadie ha hablado como El’, se dicen las gentes, ‘habla con autoridad’, lo que da una garantía de veracidad; pero además sus palabras van acompañadas de numerosos signos, como cumplimiento de lo anunciado por los profetas y que Jesús recordó en la sinagoga de Nazaret. ‘los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados…’ Eso hará que muchos quieran seguirlo, o aquellos a los que Jesús va llamando desde esos signos que va realizando quieran en verdad seguirle, aunque muchas veces se sientan inseguros y pongan por así decirlo sus condiciones.

Uno se ofrece a seguirle a donde quiera que vaya con todo el impulso y vehemencia de su buena voluntad. Pero Jesús lo hace pensar, le hace ver que hay unas exigencias, que va a haber un nuevo estilo de vida, que seguirle a El no es para conseguir unos beneficios o privilegios. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’, le dice Jesús.

¿Estaremos dispuestos a esa disponibilidad total? ¿Estaremos a hacernos pobres así, a vivir con esa pobreza de no tener ni siquiera un techo donde cobijarnos cuando llegue la noche? ¿Seguiremos aun hoy en el siglo XXI buscando esos privilegios, esos puestos de honor, esa placa de reconocimiento  porque un día hicimos una cosa buena y trabajos quizás en la Iglesia?

A otro es al que Jesús directamente le invita a seguirle. Parece que al hombre le agrada, le parece bien y estaría dispuesto, pero está pidiendo que le den un tiempo, que tiene que hacer unas cosas en la familia, que tiene que atender porque se le ha muerto un familiar. ‘Tú sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos’, le dice Jesús.

Queremos la luz, pero aún queremos permanecer en las sombras un ratito más por si acaso luego fuera demasiado el calor. Y nuestros arreglos siguen retrasando nuestros pasos, porque tenemos que dejarlo todo atado y bien atado. Y los apegos de los que tenemos que arrancarnos nos duelen, el cambiar nuestras costumbres nos parece imposible y decimos que tenemos que darle tiempo al tiempo, las rutinas van ralentizando nuestros pasos que no nos dejan actuar con la autentica libertad que en Jesús vamos a encontrar. Y tenemos que dejar las cosas bien arregladas en casa, por si acaso no resulte y tener donde volver a refugiarnos. ¿Nos seguirán sucediendo cosas así también hoy?

‘Tú, sígueme’, nos está diciendo Jesús. ¿Qué haremos? ¿También queremos nadar y guardar la ropa?

jueves, 29 de agosto de 2024

Recibimos de manos del martirio de Juan Bautista un testigo para poner rectitud, verdad y justicia en nuestro mundo tan oscurecido por la maldad

 


Recibimos de manos del martirio de Juan Bautista un testigo para poner rectitud, verdad y justicia en nuestro mundo tan oscurecido por la maldad

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Marcos 6, 17-29

Normalmente no nos gusta escuchar verdades, cosas que nos hagan pensar, palabras valientes que nos señalen nuestros errores o denuncien lo malo que hacemos. Salvo que seamos personas de una humildad grande nuestra reacción suele ser fuerte cuando alguien se atreve a decirnos lo que no nos gusta, y si está en nuestra mano trataremos de revertir en esa persona todo aquello que nos dice y nos duele por dentro. No nos gusta vernos en un espejo sino para ver lo que llamamos el lado bonito de la cara. Y todos tenemos algún lado feo, por decirlo de alguna manera, porque todos cometemos errores, o en ocasiones nos dejamos llevar por la maldad y caemos por la pendiente. ¿Alguna vez nos atreveremos a mirarnos en el espejo en toda la crudeza de lo que es nuestra vida?

Es un primer pensamiento que me viene ante el evangelio que hoy se nos propone, sobre todo viendo la actitud y la postura de Herodes. Parece y es contradictoria, porque mientras dice que apreciaba a Juan Bautista y en ocasiones le escuchaba con gusto, sin embargo la pendiente por la que va resbalando termina en tragedia.

Es por una parte la vida disoluta y desordenada que llevaba por la que terminó tomando como mujer a la mujer de su hermano; Juan con la valentía del profeta le reprocha este comportamiento, pero en consecuencia Juan se va a cargar con las iras de esta mujer que convive con Herodes que le conducirá a la cárcel, buscando esta mujer la manera de quitarlo de en medio. Los buenos y los justos estorban, los que nos dicen las verdades que nos producen heridas en nuestro orgullo habrá que quitarlos de en medio.

Pareciera que se enfrentaran la fortaleza y la debilidad produciéndose la confusión de donde está la fortaleza y donde la debilidad. Quien se cree fuerte desde su prepotencia y orgullo acabará dejándose arrastrar por la más terrible debilidad de su espíritu que irá produciendo muerte a su paso; quien nos aparece débil porque incluso han querido quitarle la libertad nos dará testimonio de la fortaleza mayor que podamos encontrar. Por eso podremos decir que quien nos aparece fuerte en su poder se mostrará débil y dominado por sus propias pasiones para no saber distinguir donde está la verdadera dignidad.

Llegó el momento de aprovecharse de las circunstancias para correr por esa pendiente que lleva al crimen y a la muerte. El placer de una fiesta con todo lo que la acompaña mostrará la indignidad de quien desde una pasión es capaz de ofrecer todos los reinos del mundo, pero cuando se da cuenta de la consecuencia de sus palabras y promesas por miedo a la pérdida de sus prestigios no será capaz ya de volver atrás permitiendo la muerte de un justo.

¿Seremos nosotros débiles en nuestros orgullos, en el cuidado de nuestros prestigios, en promesas sin sentido, en falsos respetos humanos, aunque no nos importen las circunstancias? En muchas ocasiones de la vida no estamos tan lejos de lo que hoy estamos juzgando de las actitudes y posturas de Herodes; cuántas veces callamos, miramos hacia otro lado, queremos mantener nuestra presencia digna porque no queremos avergonzarnos ante los que creemos que son nuestros amigos, aunque sabemos que estamos en un error o se va a cometer una injusticia, o simplemente estamos dejándonos llevar por la pasión. ¿No queremos muchas veces acallar la voz de la verdad y de la conciencia que nos hace encontrarnos con nosotros mismos?

Enfrente tenemos la figura de Juan, pequeño e insignificante porque decía él que no le importaba menguar para que creciera quien venía como salvador, alguien que solo se decía que era la voz que clama en el desierto, porque ni era profeta ni era el Mesías, sino quien venía a preparar caminos, pero cuya voz resonará fuerte para señalarnos los caminos, pero para indicarnos con toda claridad quien era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan tan pequeño que le veremos ahora privado de libertad, pero que su voz sigue resonando aunque incomode a los poderosos porque es fiel a una misión que ha recibido y la verdad no se podrá nunca acallar. Es el que en el silencio y la austeridad del desierto encontró la fortaleza que le venía de Dios para no temer ni la muerte ni el martirio y así se convierte en el gran testimonio que hoy seguimos necesitando.

Necesitamos de ese silencio, de esa austeridad, de ese desierto que como un baño nos purifique para que en verdad podamos abrirnos a Dios y descubrir el testimonio que necesitamos dar hoy en nuestro mundo y aprender a sentir la fuerza de lo alto que nunca nos faltará. Hemos de aprender a escuchar esa voz, aunque nos resulte a veces molesta, que nos hace encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.

Tenemos que preparar caminos, abrir sendas a nuestro paso con el propio testimonio de nuestra vida, pero también con nuestra palabra valiente; tenemos una luz que llevar no solo en nuestras manos sino en nuestra vida al mundo tan a oscuras en medio del cual vivimos; no podemos permitir que las tinieblas de la maldad sigan ensombreciendo nuestro mundo. Tenemos que dar testimonio de la verdadera rectitud y justicia que sean base y fundamento de un mundo mejor.

Es el testigo que de manos del martirio del bautista recibimos.

jueves, 23 de junio de 2022

Juan Bautista hoy nos ayuda a encontrar ese silencio y ese desierto para aprender a rumiar los designios de Dios y la misión que nos quiere confiar hoy en medio de nuestro mundo

 


Juan Bautista hoy nos ayuda a encontrar ese silencio y ese desierto para aprender a rumiar los designios de Dios y la misión que nos quiere confiar hoy en medio de nuestro mundo

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Siempre podemos encontrarnos con personas en la vida a las que realmente tendríamos que llamar personajes porque por su manera de ser y de actuar, por el compromiso con que viven su vida se convierten en algo así como un punto de referencia para la sociedad. Siempre los recordamos, contamos sus hazañas y de alguna manera los convertimos en iconos de nuestros pueblos o de los lugares donde hayan desarrollado su tarea.

Tenían siempre una palabra certera, sus palabras aunque en momentos parecieran duras sin embargo sembraban inquietud en los corazones, por su manera de ser despertaban esperanzas y de alguna manera en la historia de ese pueblo los años de su existencia se convierten en eje de su propia historia con un antes y con un después. Siempre se recordarán aunque quizá para algunos su presencia resultara incómoda por lo que suscitaba y despertaba en el corazón, cosas que no siempre estaríamos dispuestos a aceptar. Si fuéramos capaces de emplear un lenguaje medianamente religioso diríamos que fueron como profetas en medio de nuestros pueblos.

Hoy sí, recordamos y celebramos, a uno de esos grandes personajes de la historia, porque aun al paso no solo de los años sino de los siglos lo seguimos recordando y celebrando. Nos referimos a Juan Bautista, que este año estamos celebrando un día adelantado, por la coincidencia de otra fiesta litúrgica de gran relevancia en la vida de la Iglesia que es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que celebraremos el viernes y por lo que se hace este adelanto de la fiesta de san Juan Bautista.

Ya se preguntaban las gentes de su entorno, allá en las montañas de Judea, por cuanto sucedió en torno a su nacimiento ‘¿Qué va a ser de este niño?’ Porque como nos dirá el evangelista al írnoslo presentando ‘la mano de Dios estaba con él’. Al celebrar su nacimiento estamos recordando todas aquellas circunstancias que lo rodearon, pues sus padres eran mayores y no tenían descendencia, el ángel del Señor que se le manifiesta a Zacarías en el templo a la hora de la presentación del incienso, el haberse quedado mucho hasta el nacimiento del niño por su resistencia a terminar de creer en las palabras del ángel, y ahora el mismo nombre que se le va a imponer, que no entraba en la propia tradición familiar.

Era un elegido del Señor; un elegido del Señor con una misión muy concreta, preparar los caminos del Señor. El venía como el profeta que iba a reunir a las tribus dispersas de Israel, como habían anunciado también los profetas, y se iba a convertir en profeta del Altísimo preparando los caminos del Señor. Un elegido del Señor por cuantas manifestaciones de que la mano del Señor estaba con él, pero que supo asumir su papel y por eso marcha al desierto viviendo en la austeridad más total, para abrir su corazón a Dios y a la misión que le iba a encomendar.


Las horas y los tiempos de desierto son tiempos para rumiar la presencia de Dios, para rumiar y terminar de descubrir lo que es la voluntad de Dios. Algunas veces nos parece como anecdótica esa manera de presentarse con tal austeridad, vestido con una piel de camello, alimentándose de saltamontes y miel silvestre como nos lo describen los evangelistas – ya algunos lo apuntarían para esas modas ecologistas que algunos pretenden vivir o hacer vivir – pero todo ello era un signo de algo profundo que se iba realizando en su corazón en su apertura a Dios y a descifrar la misión que Dios le encomendaba. Si llegaba a tener esa certeza y contundencia en sus palabras, aunque a algunos les parecieran duras, significaban sin embargo una profundidad de vida en el Espíritu para poder anunciar esa Palabra de Dios.

Hoy escuchamos el mensaje del Bautista cuando también en nuestro corazón queremos preparar los caminos del Señor y de manera especial litúrgicamente cuando nos acercamos en el Adviento a la Navidad, al Nacimiento del Señor. Pero la figura del Bautista que hoy también contemplamos sigue siendo en todo tiempo un revulsivo a nuestras conciencias, pero también una lección de esos pasos tan necesarios que tenemos que saber dar en la vida, para encontrar ese silencio, para encontrar ese desierto donde aprendamos a rumiar los designios de Dios para nuestra vida y la misión que el Señor también a nosotros nos quiere confiar hoy en medio de nuestro mundo.

Ojalá lleguemos a sentir también que la mano del Señor está con nosotros; ojalá seamos capaces de dejar que el Espíritu del Señor nos dé un revolcón en nuestra vida, como significó la presencia de María que llevaba ya a Dios en su seno cuando la visita a la montaña de Judá y ya el niño saltaba también de alegría en el seno de su madre Isabel, como ella reconoce. Silencios y austeridades penitenciales, pero revolcones a lo divino serán los que en verdad nos motivaran y harán que seamos capaces también hoy como profetas de ayudar a nuestra generación a preparar en verdad los caminos del Señor.

domingo, 21 de febrero de 2021

Llega el momento de que nos tomemos en serio la Buena Nueva que nos anuncia Jesús, nos convirtamos y comencemos a creer en el Reino de Dios

 


Llega el momento de que nos tomemos en serio la Buena Nueva que nos anuncia Jesús, nos convirtamos y comencemos a creer en el Reino de Dios

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

En este primer domingo de cuaresma hay una serie de palabras que nos suenan retumbonas año tras año como martilleando nuestra cabeza y nuestro corazón. Podemos acostumbrar el oído a ese sonido retumbante que nos atruena en el corazón, podemos intentar olvidarlas con la disculpa de que todos los años resuenan las mismas y de la misma manera o podemos prestarle atención e intentar descifrar su sentido y su mensaje en lo que creemos que pueda valer para nuestras vidas.

Desierto y austeridad, ayunos y tentaciones, evangelio y buena noticia, conversión y camino de pascua que nos lleva a vida nueva. Palabras algunas que nos resultan duras y parece que nos hicieran daño frente a la vida de suavidad y comodidad en que queremos vivir alejados de problemas, de esfuerzos y de lucha; nos gustaría que todo fuera suave y fácil y no tener que hacer mayores esfuerzos porque necesitemos hacer cambios en la vida que vivimos. Lo de meternos en un desierto por cuanto signifique una vida dura que en su escasez nos obligue a una austeridad poco menos que impuesta y a muchas renuncias de comodidades a las que nos hemos acostumbrado es algo que nos pensamos mucho.

Cuánto nos ha costado adaptarnos a las circunstancias que llevamos viviendo en el último año y como nos revolvemos en el deseo de zafarnos de todos los protocolos y normas que nos han impuesto en la vida. La imposibilidad de movimientos a la manera en que estábamos acostumbrados, la imposición a tener que confinarnos y hasta tener unos horarios para determinadas cosas, las renuncias a las que nos hemos visto abocados impidiéndonos encuentros, celebraciones, fiestas y hasta acontecimientos deportivos se nos ha vuelto muy duro. Y no hemos tenido que irnos a lugares apartados y difíciles, sino que lo hemos tenido que realizar allí donde ha sido nuestra vida de cada día donde aún se nos han permitido muchas comodidades al estar con nuestras cosas y en nuestro propio hogar. Pero ha sido un desierto que hemos tenido que atravesar y del que aún no hemos salido.

Cuando estamos en el desierto, lejos de las comodidades de cada día y escasos de esos bienes que nos hacen la vida agradable, sin embargo ha podido servir para que aprendamos a buscar lo que es verdaderamente importante, arrancarnos de superficialidades y banalidades, para centrarnos en lo que quizás más necesitamos o para descubrir aspectos de la vida que por la rutina y la costumbre quizá habíamos banalizado o dejado en un segundo plano.

Habrá podido servirnos para encontrarnos más con la familia, con los hijos, con los hermanos, los padres, los esposos entre sí; para añorar a los verdaderos amigos, aquellos que son verdaderos acompañantes a nuestro lado en el camino que vamos haciendo.

O nos habrá podido servir para encontrarnos con nosotros mismos, con el sentido y el valor de nuestra vida, o para abrirnos a la trascendencia elevando nuestro espíritu, buscando los valores más espirituales, yendo también a encontrarnos con Dios y a escucharle en nuestro corazón.

A muchas personas este desierto que llevamos viviendo ya más de un año, con todos los problemas incluso de orden social y económico que nos han acompañado y seguirán acompañándonos, les ha servido para intentar centrarse más en sus vidas y habrá sido también una oportunidad para que se abran caminos nuevos ante ellos, ante nosotros. A eso y a mucho más nos pueden ayudar los momentos de crisis, los momentos de desierto, los momentos en que la vida se nos vuelve dura. Es encontrar un sentido, es darle profundidad a la vida, es también elevarnos por encima de esas carencias que sabemos que no son solo lo material para darnos cuenta de la necesidad de una espiritualidad que ennoblezca nuestra existencia.

Ahora siguiendo el ritmo de la liturgia de la Iglesia y de todo el sentido cristiano de nuestra existencia cuando nos acercamos a la Pascua entramos también en un tiempo de desierto. Nos lo recuerda hoy el evangelio y vemos el actuar de Jesús. Pasó Jesús por un desierto en el que, como nos dice el evangelista, también fue tentado por el diablo. Marcos no es tan expresivo ni tan expansivo como los otros evangelistas y su relato es breve, pero ahí nos deja constancia de ello. Es el tiempo en el que nosotros estamos entrando, como decíamos el pasado miércoles de ceniza, es un tiempo de regalo de Dios, de gracia para nosotros.

Y escuchamos la llamada a la conversión y a la fe. ‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’. Ha llegado, pues, el momento; ha llegado el momento en que nos tomemos en serio el Reino de Dios. En todo ese mundo de desierto, como decíamos antes, en que nos hemos visto envueltos llega el momento de encontrar lo verdaderamente importante. ¿No llegará el momento también de que nos tomemos en serio esta Buena Nueva que nos propone Jesús?

Por el hecho de estar en desierto nos hemos visto obligados a cambiar muchas cosas, pero ¿no tendría que ser algo mucho más profundo lo que tendríamos que hacer? Pero no vamos dando palos de ciego a ver lo que sale de todo esto, nosotros tenemos una meta y un ideal, es la Buena Nueva que nos anuncia Jesús y en la que tenemos que creer, y esa Buena Nueva es el Reino de Dios que tenemos que vivir.

Son muchas las superficialidades que tenemos que dejar atrás para centrarnos en lo que verdaderamente es importante; hemos llenado nuestro corazón de muchos apegos y de muchas cosas de las que nos parece que no nos podemos desprender porque no sabríamos vivir sin ellas.

Es el paso adelante que tenemos que dar que lo estamos resumiendo en esas dos palabras conversión y fe, conversión y creer en la buena noticia que Jesús nos trae, conversión para poder vivir a tope el Reino de Dios, y que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida. Es el camino que estamos emprendiendo, el camino de pascua que nos llevará a una vida nueva que cantaremos con la resurrección.

jueves, 1 de octubre de 2020

En nuestra mochila para hacer el anuncio del Reino llevemos nuestras baterías recargadas de disponibilidad, generosidad y el gran signo de la austeridad de nuestra pobreza

 


En nuestra mochila para hacer el anuncio del Reino llevemos nuestras baterías recargadas de disponibilidad, generosidad y el gran signo de la austeridad de nuestra pobreza

Job 19, 21-27; Sal 26; Lucas 10, 1-12

Creo que todo el que ha tenido la experiencia de viajar, sobre todo en las primeras ocasiones pasa por la misma prueba, vamos a decirlo así. Y es que aunque sean pocos los días en que vamos a estar de viaje, comenzamos a meter cosas en la maleta o la mochila por si acaso lo podemos necesitar que al final llevamos en tremendo equipaje, que a la vuelta traeremos prácticamente sin haberlo utilizado. Porque lo podemos necesitar, porque no sabemos como va a estar el tiempo allí, porque se nos pueden presentar imprevisibles… y vamos poniendo y poniendo cosas que al final nos impedirán llevar con comodidad nuestro equipaje, por decirlo de una manera suave. Hay que ser una persona muy práctica y previsora en lo justo para no haber pasado por esa situación que luego si vamos haciendo más viajes en la vida aprenderemos a llevar lo justo y necesario.

Me acordé de mis viajes y mis maletas voluminosas cuando escuché el evangelio que hoy se nos propone. Jesús va a enviar a sus discípulos, aquel grupo que se ha ido formando en su entorno y que son más cercanos a hacer un primer anuncio del Reino de Dios por los lugares donde luego va a ir El. Y escuchamos sus recomendaciones. Hay que ir ligero de equipaje, porque el equipaje no es el anuncio y el anuncio es lo importante. Nada de alforjas repletas de cosas, simplemente lo necesario, lo puesto, que ya lo que vaya surgiendo de necesidad en el camino se irá resolviendo. Han de quedarse donde los reciban y simplemente han de ir llevando la palabra de la paz.

Grande, amplio es el campo que ante ellos se abre y pocos son los que van a trabajar en ese campo. Por eso a quien tenemos que rogarle es al dueño de la mies. Más que las que cosas que han de llevar, ha de ser la preparación espiritual que ellos han de hacer, porque lo primero que les pide Jesús al emprender la marcha es la oración al Padre.

Un anuncio de paz en la aceptación del Reino de Dios que anuncian, pero un anuncio que ha de ir expresado en la disponibilidad de sus vidas, en su generosidad para lanzarse a la tarea, pero en la austeridad de los medios, no vayamos a pensar que son los medios los que van a realizar el milagro de la conversión, de la aceptación del Reino de Dios. Y todo eso con la oración. ‘Rogad al dueño de la mies…’

Y nosotros que andamos preocupados con tantos equipajes, que nos volvemos locos con nuestras planificaciones, que nos gastamos lo que tenemos y lo que no tenemos para lograr una serie de medios que decimos que son necesarios para la evangelización, pero de repente al final nos olvidamos del anuncio del evangelio y de donde vamos a encontrar la fuerza para hacer ese anuncio.

Dedicamos más tiempo a planificar cosas que a rezar. Necesitamos cosas prácticas y concretas, nos justificamos. No tenemos tiempo, decimos, para detenernos a rezar con tantas cosas que hay que hacer y ya nos contentamos diciendo que el trabajo es oración, pero no hemos buscado el encuentro en silencio con el Padre para sentir la fuerza de su Espíritu en nosotros. ¿No estará ahí en parte el fracaso de nuestros trabajos pastorales?

Si vamos a hacer el anuncio de la paz, como signo de la llegada del Reino de Dios, pensemos que es lo que tenemos que poner en nuestra mochila para poder mejor hacer ese anuncio empezando por la oración y recargando bien nuestras baterías de disponibilidad, generosidad y el gran signo de la austeridad de nuestra pobreza. Mucho tendríamos que revisarnos en la Iglesia muchas veces muy preocupada por las cosas y medios materiales.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Ser cristiano para seguir a Jesús no es cualquier cosa y no lo podemos hacer motivados por el entusiasmo de un momento sino conociendo bien sus exigencias


Ser cristiano para seguir a Jesús no es cualquier cosa y no lo podemos hacer motivados por el entusiasmo de un momento sino conociendo bien sus exigencias

 Nehemías 2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62

Nos sucede que en ocasiones actuamos movidos por el entusiasmo de un momento. Por supuesto que es bueno poner entusiasmo en lo que hacemos y tener ilusiones y sueños en la vida porque al menos significa que tenemos esperanzas, que ansiamos y deseamos algo mejor por lo que nos gustaría luchar. Pero actuar siempre solo desde esa motivación del entusiasmo momentáneo nos puede conducir a desencantos y desilusiones cuando se nos apague ese flash que en un momento determinado nos hizo ver las cosas demasiado bellas en nuestros sueños.
Seguro que conocemos en nuestro entorno más de uno que parece que se va a comer el mundo en un momento determinado después de alguna grata experiencia, pero que poco a poco se fue desinflando cuando en la realidad de la vida vio que las dificultades no desaparecían sino que más parecía que cada vez eran mayores.
Soñar es bueno y hasta es necesario, pero al mismo tiempo tenemos que poner los pies sobra la tierra que pisamos para ver bien las posibilidades, o estudiar detenidamente si merece la pena entusiasmarnos por aquello porque realmente va a ser algo permanente en la vida. Es necesario ver bien nuestras capacidades, hacer un buen análisis de nuestra vida y nuestras cualidades, ver a lo que nos comprometemos y si vamos a contar con la fuerza para llevarlo adelante con constancia. No nos podemos tomar las cosas a la ligera, o actuar solo desde un ‘pronto’ momentáneo.
Hoy el evangelio nos habla de tres individuos que querían seguir a Jesús o a los que Jesús invitaba a seguirle. Con entusiasmo parece que quieren estar con Jesús y seguirle, pero por una parte Jesús les hace ver la realidad y también sus exigencias. Ni pueden ir a seguir a Jesús buscando seguridades para su vida, porque el seguimiento de Jesús tiene unas exigencias, por ejemplo de austeridad, ni puede ser un querer nada a dos aguas, para seguirle y estar con él cuando les conviene y cuando aparecen en la vida otras cosas que nos atraigan hacer como apartados estancos para seguir por su cuenta su camino.
A uno le habla de la austeridad con que ha de vivir porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. ¿Seremos capaces de ese desprendimiento y de esa pobreza y austeridad de vida? Ni seguridades ni apariencias, ni conatos de poder y ostentación, sino siempre espíritu de desprendimiento y de servicio para saber hacerse el ultimo y el servidor de todos. Y se podrían recordar otros textos del evangelio en este mismo sentido. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a ser el servidor de todos.
Cuando nos disponemos a erguir a Jesús tenemos que hacerlo con toda la radicalidad de nuestra vida. No valen seguimientos a medias. Por eso a los otros les habla de que los muertos entierren a sus muertos y que el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no vale para el Reino de Dios. No podemos seguir apeteciendo las sombras de la muerte, no podemos seguir añorando otros tiempos y otros momentos, no podemos estar mirando atrás con el desconsuelo de lo que dejamos.
No vamos a seguir a Jesús solo por el entusiasmo de un momento de fervor, porque luego nos vienen los cansancios, los recuerdos, la huella que quedo en nuestra alma de aquello que vivíamos y podíamos seguir añorando, la búsqueda de seguridades o de reconocimiento de lo que hacemos. Seguir a Jesús implica y complica mucho nuestra vida, por eso tenemos que estar bien seguros del paso que damos cuando decimos que queremos seguirle y ser sus discípulos. Ser cristiano no es cualquier cosa.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Necesitamos autenticidad para vivir el momento presente con los caminos que Dios ahora nos ofrece y para tener unas buenas relaciones de convivencia con los demás


Necesitamos autenticidad para vivir el momento presente con los caminos que Dios ahora nos ofrece y para tener unas buenas relaciones de convivencia con los demás

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35

A veces parece que quisiéramos que la gente sea como uno se la imagina, o como uno quiere que sea; nos cuesta aceptar como son las personas, que cada uno tiene su propia personalidad, sus características propias, su manera de pensar y su visión de la vida. Aunque quizá coincidamos en metas e ideales, en un sentido básico de la vida, hemos de respetar la forma de vivir y de expresarse de cada uno. Pero cuando los demás no son como nosotros quisiéramos que fueran, vienen las críticas, los recelos, los intentos de manipulación quizá y cuando no lo conseguimos fácilmente nos distanciamos y comenzamos a poner barreras entre unos y otros.
Cuesta el aceptarnos como somos. Cuesta el llegar a darnos cuenta que desde esa diversidad cada uno hemos de poner de nuestra parte lo que somos y lo que son nuestros valores para lograr esa buena convivencia, para lograr entre todos hacer que nuestro mundo sea mejor. Así crearemos verdadera comunidad porque cada uno aportamos desde lo que somos al bien común, a esa comunión que entre todos, incluso en la diversidad, debe haber.
Las ideas preconcebidas que tengamos los unos de los otros nos impiden ver la realidad y valorar lo bueno que siempre hay en los demás. Esos matices que se dan en la vida nos enriquecen, dan colorido podríamos decir al cuadro de la vida y lograran una belleza mejor en una felicidad para todos.
Hoy Jesús en el evangelio nos hace constatar lo que sucedía entonces también en referencia a El y en referencia a la opinión que tenían de Juan Bautista. Parece que nunca estamos de acuerdo con la realidad del momento y lo que en cada momento quizá necesitamos.
No aceptaban a Juan porque les parecía demasiado austero y demasiado exigente. Era austero en la presentación de su propia vida viviendo en el desierto, alimentándose de lo que buenamente podía conseguir en aquellos terrenos desérticos,  era austero incluso en su vestido con su piel de oveja; exigente consigo mismo les planteaba a los judíos que para recibir al Mesías en su inminente venida también habían de realizar una vida de sacrificio y de conversión; les pedía autenticidad en sus vidas y responsabilidad en sus obligaciones llevada hasta el extremo, les señalaba ese camino de austeridad y sacrificio que había de transformarse en solidaridad con los que nada tenían. Esas exigencias nunca nos gustan porque preferimos seguir nuestros caminos donde no siempre resplandecen esos valores.
Pero tampoco ahora aceptaban a Jesús. Querían verlo como el Mesías esperado, así de alguna manera lo había señalado Juan el Bautista, pero querían que fueran otros los planteamientos de Jesús. Su cercanía, su amor, su misericordia los desconcertaba, queriendo de alguna manera alguna vez volver a la manera de ser del bautista que no habían aceptado antes. Así somos de volubles en la vida. No aceptamos lo que en el momento presente hemos de vivir y para justificarnos de unos nuevos planteamientos que se nos hacen de renovación en nuestra vida, comenzamos con añoranzas de otros tiempos.
¿No nos seguirá sucediendo igual ahora, por ejemplo, en el seno de la Iglesia? Nos ilusionamos en un momento determinado con los nuevos signos de vida nueva que van apareciendo en su seno, pero pronto queremos volver a las andadas soñando con una iglesia de cristiandad, propia quizá de otros tiempos. ¿No nos sucederá incluso en la propia liturgia de la Iglesia donde  nos encontramos a algunos que siguen añorando aquella liturgia de otra época de antes de la reforma conciliar? Hay quienes sueñan con los latines, con las antiguas vestiduras con demasiados oropeles, con muchos signos quizá de poder que distancian al pueblo de Dios de lo que verdaderamente ha de ser nuestra celebración.
Puede parecer un mosaico de ideas diversas y entremezcladas esta reflexión, pero creo que todo debe llevarnos a una interiorización en lo que vivimos, en nuestras relaciones también con los demás, para que haya autenticidad en nuestra vida que alguna vez nos falta.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Desde lo más hondo del corazón y con sinceridad nos enfrentamos al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida

Desde lo más hondo del corazón y con sinceridad nos enfrentamos al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida

Isaías 48,17-19; Sal 1; Mateo 11,16-19

Hay gente que nunca está contenta con nada; pareciera que llevaran el espíritu de la contradicción dentro de ellos; nada le satisface sean las cosas en un sentido o en otro, siempre está a la contra. Y no es el descontento de la superación, del que quiere mejorar en su vida y no aun le pudiera parecer que no ha conseguido sus metas y por eso quiere más, pero para sí, para su superación de cosas que en su vida podrían estar mejor.
Es el que está descontento siempre con los demás, juzgando interiormente, muchas veces hasta queriendo desprestigiar al otro para no reconocer lo bueno que puedan hacer los demás. Y es que muchas veces queremos hacer a los demás a semejanza nuestra, queremos que las cosas sean de mi opinión o de mi gusto, pero quizá al final ni eso quieren porque buscarán como seguir incordiando a los otros.
¿Nos pasará algo así en el camino de la fe, de nuestra vida cristiana? ¿Nos pasará de alguna manera de esa forma en nuestra relación con la Iglesia? También muchas veces decimos este cura me gusta y aquel me cae antipático, voy a esta Iglesia porque aquí sí hacen las cosas bien, porque las hacen a mi gusto, y nos alejamos de otros lugares de culto porque nos pueden parecer fuera de época, por decirlo de una manera suave.
Y juzgamos y hasta condenamos, pero quizá no ponemos nada de nuestra parte para hacer que las cosas mejoren para todos, no expresamos nuestras ideas o  manera de ver las cosas allí donde se puedan aprovechar para mejorar las cosas. Esto nos daría para un extenso comentario, porque muchas veces aunque críticos somos quizá demasiado negativos o demasiado pasivos.
Jesús se encontró con gente así. Ya vemos cómo muchos estaban al acecho a ver cómo lo cogían en sus palabras, cómo muchos estaban observando siempre lo que hacia para buscar por donde condenarle, cómo le hacían preguntas capciosas, no en el afán de querer aprender sino simplemente por llevar la contraria y ver cómo lo podrían atrapar en contradicciones.
Hoy Jesús nos dice en el evangelio que la gente de su generación son como niños que juegan en la plaza, pero llenos de malicia para ver como echar la trampa a los demás. No les gustaba Juan por la austeridad con que se presentaba allá en el desierto invitando a una verdadera conversión del corazón para preparar los caminos del Señor, pero ahora tampoco querían aceptar a Jesús porque sus palabras y sus gestos quizá le hacían plantearse cosas muy serias allá en lo hondo del corazón.
La austeridad de Juan les molestaba porque ellos pretendían seguir en sus comodidades y sus rutinas, pero a Jesús que se acerca a los pecadores y come con ellos lo llaman comilón y borracho. Olvidan que el medico viene para curar a los enfermos y que el pastor ha de buscar siempre la oveja perdida, y que el padre pacientemente está buscando y esperando la vuelta del hijo que había tirado su vida por la borda.
Y nosotros, ¿cómo aceptamos a Jesús y la Buena Nueva del Reino de Dios que nos anuncia? ¿Cómo aceptamos los vientos del Espíritu que van guiando hoy a la Iglesia a través de tantos gestos proféticos de nuestro Papa Francisco? ¿Cómo nos enfrentamos allá desde lo más hondo del corazón y con sinceridad al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida? ¿Estaremos también siempre en espíritu de contradicción para no aceptar, para juzgar y para condenar?

domingo, 4 de diciembre de 2016

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Isaías 11,1-10; Sal 71; Romanos 15,4-9; Mateo 3,1-12
¿Necesitaremos profetas en el mundo de hoy? ¿Hará falta que surja un profeta en medio de nosotros que con sus signos y palabras trate de despertar a los hombres y mujeres de Dios? Alguno podrá pensar que eso de los profetas son cosas de otros tiempos. Hoy con nuestro mundo tan tecnológico, tan informatizado, tan globalizado como en el que vivimos no podemos pensar en profetas porque no necesitaríamos de esas cosas, o personajes, que nos suenan a cosas y personajes de otros tiempos.
Pero creo que a pesar de todo ello en la experiencia de la vida sí podemos recordar sucesos, acontecimientos, personas que nos llaman la atención por lo que nos dicen, por su manera de actuar, o porque quizá nos parezca que van a contracorriente del ritmo de vida que vivimos y quizá pronto los dejamos caer en el olvido y entretenidos en otros juegos, vamos a decirlo así, no les prestamos atención pero seguramente nos estarán diciendo con sus hechos o con sus palabras muchas cosas importantes. Pareciera que nada nos sorprende ni nos llama la atención en la loca carrera que vivimos.
En un mundo de tan rápidas comunicaciones, por ejemplo, donde podemos estar en contacto al instante con personas del otro lado del planeta o recibir noticias en el mismo momento que están sucediendo por muy sorpresivas que fueran, o recibir comunicación de satélites o sondas espaciales que están ya casi perdidos en el espacio, sin embargo podemos tener el peligro de vivir en una tremenda soledad y no ser capaces de comunicarnos con el que está a nuestro lado.
Tantos medios, tantas cosas que tenemos a nuestra mano y sin embargo tenemos el peligro de endurecernos dentro de nosotros mismos poniendo costras que impidan la comunicación, la relación con quien está a nuestro lado y necesita que le prestemos atención en su soledad o en sus necesidades básicas, de subsistencia quizá. ¿Quién podrá despertarnos, hacernos ver esa realidad que tenemos quizá tan cercana y hacer que pongamos más humanidad en nuestras relaciones con quienes tenemos cercanos y quizá ya ni nos damos cuenta de sus sufrimientos? ¿Habrá algún profeta que nos llame la atención y nos despierte?
En este segundo domingo de Adviento la liturgia desde el evangelio nos presenta la figura de Juan Bautista. Alguien que apareció allá en el desierto en la orilla del Jordán y que nos llamó la atención y trató de despertar a aquel pueblo en un momento que iba a ser el punto culminante de la historia cumpliéndose lo que eran todas sus esperanzas. Profeta y más que profeta, diría más tarde Jesús de él.
El profetismo era algo muy presente a lo largo de toda la historia del pueblo de Dios. Grandes profetas habían aparecido continuamente en medio del pueblo como los que recordamos porque conservamos sus profecías en el libro sagrado, pero era, repito, algo muy presente siempre en la historia de la salvación.
Aquellos hombres que Dios iba suscitando en medio del pueblo, en las diferentes circunstancias en que iban viviendo y por una parte les recordaban la Alianza de Dios con su pueblo y por otra parte mantenían despierta la esperanza en el Mesías que iba a venir. Hombres surgidos en medio del pueblo que se convertían con sus signos y con su palabra en voceros de Dios normalmente en torno al templo de Jerusalén o los otros santuarios repartidos por toda su geografía aunque no fueran sacerdotes o incomodaran a las autoridades religiosas constituidas ya fuera en el reino del norte, Israel, o en el reino de Judá.
Ahora había aparecido Juan en el desierto con grandes signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión. Su figura y sus palabras les recordaban lo ya habían anunciado los profetas como Isaías de la voz que iba a surgir en el desierto para preparar los caminos del Señor. ‘Convertíos, les decía, porque está cerca el Reino de los cielos’. Y aunque habían de realizar el signo purificatorio y penitencial de sumergirse en las aguas del Jordán la invitación radical era a la conversión, al cambio de vida, a enderezar los caminos, allanar los valles, preparar las calzadas para el Señor que venía y estaba cerca. Su bautismo era solo un signo de esa conversión del corazón, porque habría de venir el que bautizara con Espíritu Santo y fuego, anunciando así ya un nuevo bautismo. 
Acudían de todas partes. Su palabra, sus gestos, su manera de vivir eran las señales del profeta que llamaban la atención y todos se llegaban hasta el Jordán. ¿Será un profeta? Se preguntaban y le preguntaban. ¿Será el Mesías que ha de venir? ¿Quién eres tú? Le vinieron a preguntar incluso de parte de las autoridades religiosas de Jerusalén como vemos en otros pasajes del evangelio. Y la gente estaba alerta, estaba atenta, y muchos querían en verdad prepararse y se convirtieron en discípulos de Juan.
Como nos preguntábamos al principio, ¿necesitaremos nosotros un profeta como Juan Bautista? Si queremos abrir los ojos de la fe no solo responderemos que sí lo necesitamos, sino que además también podríamos descubrir muchos signos y llamadas de parte del Señor en este momento de la historia que vivimos.
Tenemos, sí, la Palabra de Dios que se nos proclama cada día y con especial intensidad en este tiempo de Adviento, tenemos acontecimientos que se suceden en nuestro mundo en estos mismos tiempos que tendríamos que saber leer con ojos de fe, podemos descubrir figuras con voz profética que nos están llamando en las puertas de nuestras conciencias y a las que tendríamos que prestar más atención, está quizá también en nosotros, los que quizá estamos más cerca de la Iglesia, esa responsabilidad que tenemos de hacer el anuncio con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestra solidaridad abriendo en verdad nuestro corazón a ese mundo que nos rodea y necesita una voz, una luz, alguien que haga el anuncio del evangelio.
Ahí está, si queremos escuchar, esa llamada continua del Señor que nosotros tenemos que escuchar y de la que tenemos que hacernos eco para los demás. Creo que este puede ser el gran mensaje que escuchemos en este segundo domingo de adviento mientras caminamos con esperanza al encuentro con el Señor en la cercana Navidad para poder vivirla con todo sentido.


jueves, 4 de febrero de 2016

Creemos en la fuerza de la gracia ‘gratuita’ de Dios y nos presentamos en pobreza y austeridad a hacer el anuncio del Reino

Creemos en la fuerza de la gracia ‘gratuita’ de Dios y nos presentamos en pobreza y austeridad a hacer el anuncio del Reino

I Reyes 2,1-4.10-12; Marcos 6,7-13

Queremos siempre ver la pronta eficacia de todo lo que hacemos y para ello intentamos poner todos los medios que están a nuestro alcance, desde la inteligencia con la que estamos dotados, nuestros conocimientos y también todos los medios técnicos que la ciencia en el desarrollo humano que hemos ido realizando ha puesto en nuestras manos. Podríamos decir que es justo que hagamos así y ese desarrollo de ciencias y técnicas tendríamos que decir que las tenemos en bien del hombre y de la humanidad.
Pero también hemos de reconocer que no todo es eficacia, ni es fruto de unas técnicas que más o menos hayamos adquirido. Hay algo mas hondo en el ser humano, que ha de nacer de nuestro corazón y ha de trascender de alguna manera nuestra vida. No todo lo que hacemos es siempre buscando una eficacia o una ganancia humana.
Hay algo que podemos hacer saliendo de lo más hondo de nosotros mismos que no busque unas ganancias, sino que se hacen en nombre de la gratuidad. Pareciera que lo gratuito no está de moda, pero es algo que ennoblece el corazón del hombre. Y el valor de las cosas también hemos de reconocer no está en la riqueza de medios que podamos poner en conseguirlo.
Hoy Jesús al hacer el envío de sus discípulos a anunciar el Reino nos está sugiriendo ese principio y ese valor de la gratuidad, pero también el de la austeridad. El valor del anuncio del Reino no está en los medios que podamos emplear, sino que con generosidad de corazón hemos de descubrir la fuerza y el valor que tienen en si mismos la Palabra de Dios que anunciamos. No son nuestras fuerzas o saberes humanos sino que es el fruto de la gracia de Dios que se siembra en el corazón del hombre y a lo que el hombre ha de responder con su libertad.
Por eso Jesús al enviar a sus discípulos las recomendaciones que les hace son las de la austeridad y la gratuidad. Lo que gratis habéis recibido, darlo gratis. Y no es en la fuerza de los medios humanos, sino que es la fuerza de la gracia de Dios. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto’.  Fijémonos en las palabras de Jesús que reclaman esa austeridad de medios. Pero también en la gratuidad con que hemos de marchar. ‘Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio’. Y como nos dirá en otro momento, ‘comed lo que os pongan’. Vamos a compartir, y compartimos el mensaje que llevamos y compartimos lo que allí puedan o quieran ofrecernos.  
           Podríamos decir que el único bagaje que tenemos que llevar es el del amor. ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Por eso curaban a los enfermos, expulsaban los demonios, iban repartiendo amor. Son las mejores señales del Reino de Dios que habían de anunciar con sus palabras y con su vida.
Todo esto nos tendría que hacer reflexionar mucho también en nuestra tarea pastoral que muchas veces se nos puede quedar en programaciones o en los medios más modernos que podemos utilizar. Están bien una cosa y otra, pero confiemos en lo que es la fuerza de la gracia; anunciemos con la gratuidad total de nuestra vida; no temamos presentarnos con escasez de medios preocupados excesivamente porque no los tenemos, porque esto podrían ser síntomas de una riqueza que llevamos apegada al corazón.
Confiémonos a la gracia de Dios. Presentémonos pobres porque así entenderemos el lenguaje de los pobres y los pobres entenderán nuestro lenguaje.

domingo, 22 de febrero de 2015

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15
‘El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días...’ Es tradicional en la liturgia de este primer domingo de Cuaresma que se nos proclame el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Escuchamos este año a san Marcos que es el más breve de los sinópticos en su relato, mientras Mateo y Lucas nos dan más detalles haciéndonos una descripción más amplia de las tres tentaciones. Marcos simplemente nos dice: ‘Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían’.
Jesús fue empujado por el Espíritu al desierto. Es el Espíritu divino que todo lo guía, que conduce la vida de Jesús para que su alimento sea siempre hacer la voluntad del Padre. Es el Espíritu divino que fecundó el seno de María para que de ella nos naciera Jesús, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, que en todo se hizo semejante al hombre, menos en el pecado. Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que baja al desierto de nuestra vida, allí donde nosotros estamos viviendo nuestra propia vida.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de desierto, donde vivía entre alimañas, como nos ha hablado la primera lectura de diluvio, signo de violencia y destrucción a causa del mal de la humanidad, aunque ya nos hable del momento final en que Dios hace Alianza de misericordia con Noé.
En muchas cosas podemos pensar tanto con una imagen como con la otra; hablar de desierto nos puede hablar de vida difícil y dura, como nos puede hablar de austeridad y de carencias; nos puede hablar de silencio y de soledad, como nos puede hablar de todo eso que quizá en nuestro interior sentimos y nos hace estar inquietos buscando otras cosas que nos satisfagan porque encontremos que nuestra vida está vacía. Nos puede hablar de una inquietud que sintamos dentro de nosotros porque nos falta paz al vernos quizá envueltos en violencias y cosas que consideramos injustas. La dificultad de un desierto nos hará desear soluciones prontas y fáciles que nos hagan salir de esas situaciones que pueden ser dolorosas en nuestra vida y quizá en el fondo deseemos un milagro que nos lo solucione todo.
Son muchas las cosas que nos puede sugerir la imagen del desierto, del que queremos salir de la forma que sea y puede ser ahí donde nos aparezcan muchas tentaciones en nuestra vida buscando lo que no es esencial ni lo que nos pueda llevar por verdaderos caminos de plenitud.
Cuando leemos y meditamos en este pasaje del evangelio en este primer domingo de cuaresma lo hacemos quizá teniendo en cuenta los tres textos que nos ofrecen los distintos evangelistas viéndolo todo en su conjunto con lo que recordamos también las diferentes respuestas que Jesús le fue dando al tentador en la montaña de la cuarentena. ‘Los ángeles le servían’ nos dice simplemente el evangelista Marcos que es el que hoy hemos escuchado. Pero a continuación ya nos dice que ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios’. ¿Cuál es esa Buena Noticia de Dios que Jesús comienza a proclamar? ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’.
No nos podemos dejar seducir por todas esas cosas que en nuestra mente o en nuestra imaginación nos van apareciendo como soluciones fáciles a ese momento difícil de desierto que vamos viviendo. Jesús vino y lo vivió con nosotros, pero nos anuncia, sí, que hay una solución; nos da una buena noticia: el Reino de Dios está cerca, tenemos que creer en esa Buena Noticia; convertimos nuestro corazón a Dios para dejarnos conducir por El y vamos a empaparnos de su Evangelio, de su Palabra de Salvación.
Porque la salvación la encontramos en el Señor; la salvación no nos viene por otros caminos, sino por los caminos de Jesús. Sentiremos su presencia y su vida, con nosotros estará la fuerza de su Espíritu que nos ayudará a caminar en medio de ese desierto de nuestro mundo, pero con esa fuerza del Espíritu lo iremos transformando todo. Es la tarea que nos confía, es la tarea de los que creemos en El, es la conversión, la vuelta que tenemos que darle a nuestra vida porque será la manera de darle de verdad la vuelta a nuestro mundo para que se convierta en el Reino de Dios.
Es lo que ahora en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua tenemos que escuchar en nuestro corazón y meditar. Es el camino de pascua que tenemos que ir realizando en nuestro corazón; habrá desierto de silencio y austeridad, habrá diluvio de purificación, habrá espíritu penitencial en nuestra vida para convertir nuestro corazón, pero llegaremos a la Pascua, llegaremos a la vida, llegaremos a la resurrección de un corazón y un mundo renovado en Cristo resucitado.

lunes, 20 de enero de 2014



Seguir a Jesús no es hacer remiendos sino comenzar a vivir una vida nueva

1Sam. 15, 16-23; Sal. 49; Mc. 2, 18-22
La  presencia de Jesús, su mensaje, sus obras y palabras van provocando diversas reacciones en aquellos que le contemplan y le escuchan. Ya vemos por una parte el entusiasmo de quienes le siguen llevando sus enfermos para que los cure o queriendo estar cerca de El para no perderse ni una palabra  de su mensaje que les va enardeciendo por dentro, sembrando esperanza de algo nuevo que anuncia y por ese mundo nuevo del que va hablando cuando anuncia la llegada del Reino de Dios.
Pero también vamos viendo que en otros se produce un desconcierto ante lo nuevo que va proponiendo y que va realizando, incluso por la manera cómo se va presentando. El que haya llegado a tocar con su mano a un leproso, que haya ofrecido primero que nada el perdón de los pecados al paralítico que le llevaron para curar atribuyéndose poderes divinos o se siente a la mesa rodeado de publicanos y pecadores serán cosas que muchos no entenderán y les hará surgir dudas e interrogantes en su interior.
Acostumbrados a oír hablar quizá de la vida extremadamente rigurosa  de los esenios que vivían entre penitencias y ayunos allá en el desierto en las orillas del mar Muerto, o recordando la figura del Bautista que había surgido allá junto al Jordán también con una vida austera y penitencial, y estando por otra parte la vida exigente en normas y preceptos y en ayunos rigurosos de los fariseos allí mismo en Jerusalén o a través de toda Palestina el estilo nuevo que Jesús va impregnando en aquellos que le siguen más de cerca, sus discípulos, hará que vengan hasta Jesús preguntando, como hoy hemos escuchado, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan o lo hacen los discípulos de los fariseos.
‘¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?’ Es una referencia que pone como ejemplo a lo que eran las fiestas de las bodas en la que el novio estaba rodeado de todos sus amigos en días felices para él y en los que precisamente lo que tenía que predominar era la fiesta y la alegría. Eso significa la presencia de Jesús. Con Jesús a nuestro lado nuestro corazón se tiene que llenar de fiesta y de alegría. Es la alegría de la fe, de la que tantas veces hemos hablado.
Es el gozo que sentimos en nuestro corazón cuando nuestra vida está impregnada por la fe y sentimos tan de cerca la presencia del Señor. El cristiano, el verdadero creyente en Jesús, tiene que tener siempre cara de fiesta. La fe que tenemos en Jesús es una riqueza grande para nuestra vida y nos hace mirar las cosas y la vida misma con un sentido nuevo del que tiene que estar alejada para siempre la tristeza y la amargura. No sé si esto lo habremos entendido bien muchos cristianos que parece que vamos por la vida siempre con cara de funeral.
Es por lo que a continuación Jesús nos habla de que no podemos andar con remiendos en la vida ni usando recipientes o estilos viejos, que no nos valdrían para nada. Es un vestido nuevo el que tenemos que vestir cuando nos revestimos de Cristo. Porque es un sentido nuevo de la vida lo que tenemos con El. Demasiadas veces vamos queriendo hacer componendas,  arreglitos por aquí y por allá, pero no llegamos a ser ese hombre nuevo de la gracia que tendríamos que ser a partir de nuestro Bautismo. Por algo Jesús le hablará a Nicodemo de nacer de nuevo, aunque a Nicodemo le cueste entender.
Nos habla hoy Jesús de vestido nuevo, no de remiendos, y de odres nuevos para el vino nuevo de la gracia que recibimos en nuestra vida. Si el vino nuevo lo queremos poner en odres viejos, estos se reventarán y de nada nos servirá el vino nuevo porque se  perderá. Es lo que muchas veces nos sucede en nuestra vida  cristiana, en nuestra vida de fe. No terminamos de entender y aceptar el mensaje de Jesús. Por algo ha comenzado su predicación invitándonos a la conversión; y la conversión no son unos arreglitos que tenemos que hacer en nuestra vida, sino un darle la vuelta al completo a nuestra vida, para vivir la vida nueva de la gracia. ‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice el Señor.

jueves, 2 de enero de 2014

Escuchemos la voz pero descubramos la Palabra para reconocer a Jesús

1Jn. 2,22-28; Sal. 97; Jn. 1, 19-28
El evangelista Juan había dicho en versículos anteriores  Es la primera presentación que se hace del Bautista en el evangelio de Juan. ‘surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz’.
Las noticias han llegado a Jerusalén y desde allí envían sacerdotes y levitas a que le preguntaran: ‘Tú, ¿quién eres?’ La austeridad de Juan en el desierto, su manera de predicar, los anuncios de la inminencia de la llegada del que había de venir, el bautismo en que hacía sumergirse a los pecadores que querían arrepentirse de sus pecados, suscitaron dudas en los círculos de Jerusalén. Se crean expectativas e interrogantes. ¿Será un profeta? ¿Será el Mesías? ¿Será Elías que ha vuelto? Por eso envían esa embajada.
‘No lo soy’ es la respuesta del Bautista a todas las preguntas. Ni es el Mesías, ni se considera un profeta, ni es Elías que ha vuelto de nuevo. El sólo es la voz. Lo que habían anunciado los profetas. Es la voz que se va a dejar oír en los desiertos porque hay que preparar caminos; es la voz que anuncia la inminente llegada del esperado de todos los tiempos. El no es nadie, tan poca cosa se siente que ni siquiera se considera digno de desatar la correa de su sandalia y eso que era trabajo de los esclavos y sirvientes. Solo la voz, porque la Palabra está por llegar. Por eso bautiza con agua, el que viene bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Es más, está ya en medio de ellos,  aunque no lo conozcan. Pronto le escucharemos señalarlo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El es solo la voz que señala donde está esa Palabra, quien es ese Cordero. La Palabra eterna de Dios, que existe desde siempre, por quien todo fue hecho; la Palabra que es Vida y es Luz que ilumina a todo hombre, aunque los hombres no la quieran reconocer, planta su tienda en medio de ellos. No lo reconocerán; no habrá sitio para ellos en las posadas de Belén, ni los corazones siempre se abrirán a esa Palabra queriendo permanecer sin vida y sin luz. Pero, ‘entre vosotros hay uno que no conocéis y al que no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias’.
Nosotros escuchamos este texto del Evangelio que nos habla de Juan el que venía a preparar los caminos del Señor y en esta lectura continuada que vamos haciendo lo estamos leyendo y meditando cuando ya hemos celebrado la navidad que estamos prolongando aun en las celebraciones de estos días hasta la Epifanía. Pero también tendría que hacernos pensar.
Por una parte está la figura de Juan con su austeridad y su espíritu de penitencia, pero está también su humildad. Jesús más tarde dirá de él que es grande, ‘el mayor de los nacidos de mujer’, pero él se considera el último, indigno de hacer las cosas más humildes. Así es su humildad de la que tendríamos que aprender.
Como también tenemos que aprender a escuchar la voz, pero a reconocer la Palabra, reconocer a Jesús en medio nuestro. De cuántas maneras Jesús quiere hacerse presente en medio nuestro, ser nuestro Emmanuel. Le contemplamos niño y pobre en Belén, recostado entre las pajas de un pesebre. En cuantos hermanos con su pobreza y con su dolor que pasan a nuestro lado en el camino de la vida tenemos que aprender a reconocerle.
Cuántos que se sienten desplazados en la vida, como en algún otro momento hemos reflexionado; cuántos que nadie considera y todo el mundo desprecia porque sus apariencias o su presencia no nos son agradables. ‘Todo lo que a uno de estos hicisteis a mí me lo hicisteis’, nos dirá luego a lo largo del evangelio. Por eso tenemos que tener los ojos bien abiertos para no pasar de largo, para no ser insensibles al dolor y el sufrimiento de los hermanos.

Escuchemos la voz pero descubramos la Palabra para reconocer a Jesús.