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miércoles, 26 de agosto de 2026

Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

 


Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18;Salmo 127; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí… habremos dicho en alguna ocasión cuando vemos desde la distancia alguna situación que no brilla precisamente por la rectitud, por la honradez, por el saber estar y el buen hacer de los que presenciaron aquella situación y quizás no hicieron nada; y venimos nosotros, como redentores por decirlo de alguna manera y decimos que nosotros hubiéramos actuado de otra manera, que no hubiéramos permitido las cosas que sucedieron y mil cosas más; pero nosotros no estuvimos allí, de verdad ¿qué hubiéramos hecho? ¿ir a la contra quizás de lo que todos hacían por inercia? Es fácil mirar desde la distancia y también somos tendenciosos para culpabilizar y quitarnos culpas a nosotros mismos de encima.

Es como cuando hay un accidente y en aquel momento de urgencia los que estaban presentes y pudieron ayudar con buena voluntad hicieron todo lo que estaba de su parte o sabían hacer, pero luego vendrá el sabio de turno para decir lo que no tenían que haber hecho, lo que él hubiera decidido si hubiera estado allí, pero no estaba y los que estaban hicieron lo que les dictó su saber en aquel momento. Otra cosa es decir que tenemos que estar más preparados para situaciones así, que tendríamos que tener claros unos protocolos y demás cosas de preservación.

Jesús sigue hablando fuerte contra los escribas y fariseos, como hemos venido escuchando estos días. Les habla de su hipocresía y doblez de corazón, de la incongruencia con que se actúa tantas veces cuando no hay una concordancia con lo que decimos o con lo que queremos imponer a los demás, mientras nosotros hacemos lo contrario. Hablaba Jesús contra quienes se consideraban dirigentes del pueblo o de quienes considerándose en un estadio superior en que incluso se consideraban más perfectos luego trataban de cargar a la gente sencilla de normas y preceptos que ellos en lo interior de sus corazones lo tenía muy lejos. Hoy les llama sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero bien sabemos lo que hay en su interior, pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de la maldad que ellos llevan en su interior, hipocresía y crueldad, les dice.

Pero volvemos a repetirnos, ‘si hubiéramos estado allí…’ nosotros no hubiéramos sido como ellos, porque nosotros – desde la distancia – nos damos cuenta muy bien de la incongruencia en que vivían. ‘Si hubiéramos estado allí…’ nos decimos; pero más tenemos que plantearnos y nosotros, ahora y aquí, ¿qué es lo que hacemos? ¿No nos podrá suceder que nos parecemos demasiado a aquellos escribas y fariseos contra los que habla Jesús?

Es hora de revisarnos con sinceridad; hora de revisar nuestras actitudes y posturas en muchas cosas; hora de revisar nuestra manera de actuar. ¿No estaremos siendo también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios, con nuestras criticas a todo el que no ve las cosas como nosotros las vemos o quienes tienen unas posturas o unos principios distintos a los nuestros?

Pensemos, por ejemplo, en la crispación en que vive hoy nuestra sociedad y qué mal ejemplo nos dan nuestros dirigentes, sean del color que sean, pero quienes nos decimos cristianos y hemos optado por el seguimiento del Jesús que nos da como único y principal mandamiento el del amor, veamos cómo reaccionamos con quienes tienen otra opinión, otra manera de ver las cosas y unas actuaciones que quizás no nos gusta. ¿Qué epítetos usamos habitualmente para catalogar a esas personas? ¿Cuáles son los deseos que albergamos en nuestro corazón, que no siempre se queda en lo secreto porque muchas veces lo proclamamos bien alto, contra esas personas a las que quisiéramos quitar de en medio y no nos importaría incluso la violencia? ¿Esa tendría que ser la actuación, el lenguaje, los deseos de uno que se dice seguidor de Jesús el que incluso desde la cruz estaba diciendo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’?

El evangelio siempre tiene que ser un interrogante que se abre ante nuestra vida y nuestra manera de actuar; no hemos de tener miedo que nos produzca inquietud y desazón porque puede significar muy bien que nos está tocando nuestras heridas que tenemos que saber curar.


lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

lunes, 23 de marzo de 2026

Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

 


Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

¿Las acusaciones y condenas no podrían estar ocultando malicias y maldades que tenemos dentro de nosotros mismos y de las que no tenemos la sinceridad de reconocer? Es el primer pensamiento que llega a mi mente al escuchar ambos textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. Mucho más es el mensaje que nos quiere transmitir y del que hemos de tomar buena nota, porque nos está hablando de la misericordia entrañable de Dios que se manifiesta en Jesús.

El evangelio es bien conocido y lo habremos meditado multitud de veces, pero para nosotros tiene que seguir siendo una buena nueva que nos hace considerar lo que es la misericordia del Señor pero para que aprendamos también nosotros a actuar con la misma misericordia. No se deja de condenar el mal y Jesús le dirá a la mujer al final que no peque más, pero hemos de saber tener ojos de misericordia con el pecador, como nosotros imploramos también esa misericordia cuando nos vemos en la miseria de nuestros errores y pecados. ¿No es una cosa que continuamente le pedimos al Señor que tenga misericordia con nosotros que somos pecadores? ¿O se quedará solo en palabras pero sin llegar a saborear por nosotros mismos lo que es esa misericordia del Señor?

Muchas veces nos endurecemos tanto que perdemos lo que tiene que ser la ternura de nuestro amor. Somos exigentes con los demás lo que no somos capaces de ser con nosotros mismos porque siempre estaremos buscando disculpas ante lo que hayamos podido hacer mal. Nos cegamos tanto en la exigencia del cumplimiento de la ley, de los mandamientos, que perdemos la ternura de nuestra humanidad. Nos volvemos implacables contra los que hacen mal, como decíamos, quizás queriendo ocultar nuestros propios errores.

Es sorprendente cómo Jesús nos hace recapacitar. Ante las exigencias implacables de aquellos fariseos que pedían el cumplimiento de la ley de Moisés de apedrear a las adúlteras está la serenidad con que se manifiesta Jesús, para colmo se pone a garabatear en silencio en el suelo mientras escucha aquellos gritos para finalmente decirles que quien no tenga pecado que le tire la primera piedra. Antes de gritar y exigir detente a mirarte por dentro. Un buen criterio que habríamos de tener más presente en los avatares de cada día, en esa violencia que nos envuelve, en esa acritud con que nos tratamos, en esas exigencias con que vamos reclamando a los demás.

¿Tendremos derecho a tirar la primera piedra? Seguramente si hubiera alguien que tuviera ese derecho, que significaría una rectitud en su vida y la vivencia de unos valores que ponen por delante la dignidad de la persona a toda costa, no sería precisamente el que tirara la primera piedra. Sería una persona en verdad comprensiva y con una bondad grande en el corazón para siempre buscar y encontrar una salida antes de la condena inmisericorde.

Qué fácil parece ser el condenar, el juzgar lo que hacen las otras personas, el descalificar y querer echar abajo y hundir cualquier cosa que hagan los otros. No podemos decir que eso son cosas que no nos afectan. Seamos sinceros y miremos la realidad. Parece que eso está a la orden del día como si fuera lo que tiene que predominar. Por eso las distancias y los abismos que vamos poniendo entre unos y otros cada día se ensanchan más. En lugar de ir tendiendo puentes vamos poniendo distancias, vamos levantando murallas, vamos cerrando puertas.

Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social. Y luego decimos que trabajamos por hacer que nuestro mundo sea mejor, y lo que hacemos es fomentar rencores y desenterrar odios. ¿No nos damos cuenta de que cuando somos inmisericordes con el pecador de alguna manera al sentirse abandonado le estamos incitando a dejarse llevar por ese arrastradero en que se encuentra?

Y los cristianos que tenemos como principal mandamiento el amor ¿qué estamos haciendo en este sentido? ¿Cómo estamos promoviendo ese acercamiento de unos y otros? ¿Estaremos siguiendo el juego al mundo cuando quizás entre nosotros seguimos marcando a las personas por errores que hayan cometido alguna vez en su vida? ¿Dónde está de manera efectiva la misericordia de la que hacemos gala? Muchas heridas siguen sin sanarse con las cicatrices muy marcadas. Es hora de curar de verdad el corazón. 


lunes, 23 de junio de 2025

Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

 


Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

Génesis 12,1-9; Salmo 32; Mateo 7,1-5

Parece como si fuera algo innato en nosotros, no hay nada que haga otra persona en que nosotros casi al mismo tiempo estemos haciendo nuestras valoraciones y comparaciones, cómo nosotros haríamos las cosas mejor y de otra manera, y enseguida vemos fallos, intenciones torcidas, y vienen los juicios y condenaciones. ¿Qué sabes tú por qué lo hizo, cual es la intención interior o motivación que esa persona tiene para hacer lo que hace? ¿Es que somos capaces de leer el corazón? Bien que nos molestamos cuando alguien comenta algo de lo que nosotros hacemos, y miremos cuales son nuestras reacciones.

 A esto quiere prevenirnos Jesús y lo que quiere es que todos tengamos una vida digna y seamos capaces de respetarnos los unos a los otros. Fácil es hablar y dictar sentencias, pero qué difícil es realizarlo en nuestra vida. ‘No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

Con lo que nos está diciendo Jesús no es que no seamos constructivos, porque siempre podemos hacer las cosas mejor, siempre podemos darle un nuevo matiz, siempre tenemos que estar en la actitud de crecer. Lo que no quiere Jesús son los juicios condenatorios a los que tan dados somos; como decíamos antes, parece que fuera algo innato en nosotros. Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente, respetarnos en aquello que pueden ser nuestros criterios o nuestras opiniones y en lugar de empujar fuera del camino, lo que tenemos que hacer es tendernos la mano para no salirnos de ese camino ayudándonos mutuamente.

Es el camino que hemos de recorrer y de recorrer juntos. Porque todos tenemos tropiezos, todos podemos cometer errores, todos podemos tener en nuestros ojos algo que merme nuestra buena visión. ¿Por qué, nos dice Jesús, voy a estar fijándome solo en la pajita que puede haber en el ojo del otro, esa pestaña que se le haya introducido, mientras quizás nosotros tenemos una viga tremenda en el nuestro? Antes de mirar a los demás tenemos que mirarnos a nosotros mismos, porque en nosotros puede haber, y de hecho las hay, muchas cosas que tengamos que corregir, mejorar, hacer de otra manera.

‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’.

Son tajantes las palabras de Jesús y pueden dolernos pero es la realidad a la que tenemos que atenernos. Son los pasos de amor y de respeto que tenemos que ir dando, es la bonita sintonía que tenemos que aprender a sintonizar y hacer sonar al unísono, es la bella canción de la vida que tenemos que aprender a cantar. Si alguien vemos en algún momento que desentona, no lo quitemos del coro, ayudémosle a que encuentre esa necesaria armonización que nos da el amor. Será bella la coral que con toda la creación entonemos para gloria del Creador. Jesús nos está marcando los ritmos, señalando los caminos que tenemos que aprender, trazándonos las metas; dejémonos conducir por su Espíritu de Sabiduría y encontraremos la salvación.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta lo pequeño y a saber colaborar desinteresadamente, a escuchar y a comenzar a activar la sintonía del amor

 


Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta lo pequeño y a saber colaborar desinteresadamente, a escuchar y a comenzar a activar la sintonía del amor

1 Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

En nuestra arrogancia cuantas veces nos sucede que minimizamos el valor de cosas o de personas que nos parecen poco importantes en la vida, sobre todo desde nuestros criterios de pensar que solo lo nuestro es lo que vale, que las cosas pequeñas pasan desapercibidas y sin valor y que hay que hacer cosas verdaderamente llamativas o que ser un poco más significativo en la vida para que lo que tengamos en cuenta.

Nos dejamos impresionar por la presentación pero no vamos al fondo; una persona nos parece muy pequeña y humilde y sin valor, mientras que quizás tenemos más en cuenta al que va avasallando a todo el mundo. Cuántas veces nos desentendemos de personas y no valoramos lo que hacen simplemente porque nos parecen que son insignificantes y nada nos pueden aportar. Cuántas veces decimos también, ¿eso lo dijo fulanito? ¿Qué sabe ése o qué puede opinar de estas cosas si no sabe hacer la o con un canuto de caña? Y esto nos puede suceder en muchos aspectos de la vida. Es lo que viene a denunciarnos hoy Jesús en el evangelio.

Estaba a la entrada del templo, quizás en aquellas explanadas a donde todos, incluso los gentiles, podían tener acceso; había otros lugares más interiores que se acercaban al lugar de los sacrificios, y era donde enseñaban los maestros de la ley o se proclamaban las Escrituras de la Ley y los Profetas. Fuera cual fuera la situación de Jesús, en el atrio de los gentiles o en el lugar más reservado para la oración y la escucha de la Palabra, estaba atento Jesús a cuanto sucedía. Comenta la postura de los que van avasallando con su superioridad llena de vanidad y orgullo, pero está atento a quienes al pasar junto al cepillo de las ofrendas van allí dejando sus limosnas o contribución al culto del templo.

Una viuda anciana ha dejado allí su minúscula ofrenda en comparación con las monedas que hacen resonar los que antes o después han pasado, pero para que todos escuchen y alaben su generosidad. Pero Jesús se ha fijado en aquella mujer y para ella tiene hermosas palabras que comenta con sus discípulos más cercanos. Ha echado unos cuartos pero ha sido de más valor que cuantos en su vanidad hacían sonar sus monedas, pero que era solamente de lo que les sobraba. Aquella pobre mujer ha echado cuanto tenía para vivir.

Podría parecer irrelevante lo que aquella mujer hacía. Quizás nosotros desde la barrera que nos creamos con nuestros juicios previos y todo ese montaje que nos armamos muchas veces en la cabeza y en el corazón, también podríamos ponernos a hacer nuestros juicios. Quizás hubiéramos ido corriendo a decirle a aquella mujer que no tenía por qué hacer esa ofrenda cuando ella estaba pasando tanta necesidad; y nos ponemos a hacer nuestros juicios sobre la religión y sus prácticas, sobre las cosas que hace la gente sencilla que a nosotros nos puede parecer incluso un sin sentido, pero ¿por qué tenemos que juzgar lo que hay en el corazón de la persona que actúa no solo con buena voluntad sino con todo su amor?

¿Qué sabemos lo que hay en el corazón de la otra persona? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y dejar de valorar lo que el otro en la rectitud de su conciencia está haciendo porque está pensando que es lo mejor? ¿Por qué tienen que prevalecer nuestros criterios sobre las decisiones que nacen del corazón entregado de amor de los demás?

Con que facilidad vamos en la vida descalificando, quitándole valor a lo que hacen los demás, condenando cuando no hacen las cosas como a nosotros nos gusta hacerlas, viendo torcidas intencionalidades en lo que hacen los demás, porque como decimos por algo hacen lo que están haciendo, no respetando la buena voluntad del que quiere hacer lo mejor según su conciencia.

Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta el bien que están haciendo las otras personas y a saber colaborar desinteresadamente con todo lo bueno que se pueda hacer por los demás, a escuchar lo que los demás nos puedan ofrecer y a comenzar a sintonizar que para ello es necesaria tener activada la sintonía del amor, a saber acercarnos al que nos parece pequeño e insignificante descubriendo también toda la riqueza y sabiduría que puede llevar en su corazón  y en las cosas que hace. Finalmente pongamos también generosidad en nuestra propia vida; lo podemos hacer cuando nos hemos dejado envolver y empapar por el amor.

viernes, 13 de septiembre de 2024

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

 


El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

1 Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Dicen que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos. Siempre recuerdo el comentario de aquella vecina que siempre andaba criticando a la vecina porque viéndola desde la ventana de la cocina de su casa decía que no sabia lavar la ropa y que la tendía llena de suciedad; pero un día que su marido escuchó su comentario quiso el ver por si mismo lo que decía su mujer observándolo desde la misma ventana; entonces se dio cuenta y le dijo a su mujer que mejor lavara los cristales de su ventana que eran los que estaban llenos de suciedad y lo que desde allí se veía no era la suciedad de las sábanas de la vecina, sino la de sus propios cristales.

Nos pasa con demasiada frecuencia, solo vemos lo que nos parece que le sucede a los demás sin saber cual es la situación de los otros, el momento por el que estén pasando o las luchas personales que están realizando en si mismos. Pero vemos lo de fuera en los otros – porque además no tenemos por qué atrevernos a hacer juicio de sus interioridades – pero no vemos lo que nos sucede en nosotros. Y en nosotros, si no fuéramos tan ciegos, podemos ver también lo que hay dentro de nuestro corazón.

Son los juicios temerarios que están a la orden del día, siempre tenemos algo que opinar, pero lo que es peor juzgar y condenar, son las murmuraciones tema de nuestras conversaciones, son las criticas furibundas con las que pretendemos destruir, nunca construir, porque además queremos que las cosas sean a nuestro gusto, según nuestro parecer u opinión, y cuando son distintas lo más fácil que aparece es el rechazo, porque además suele terminar aun peor.

En una actitud y postura madura tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos, ser los que nos tracemos un plan de crecimiento y maduración porque nos revisamos y nos corregimos, enderezamos nuestros entuertos y renovamos el camino cuantas veces sean necesario para llegar a vivir con esa dignidad. Y eso entraña al tiempo que exigencia para nosotros mismos, respeto hacia los demás, al menos, en la medida en que queremos que a nosotros nos respeten.

Es valorarnos a nosotros mismos por el esfuerzo que estamos realizando, no sentirnos hundidos por los tropiezos que vayamos teniendo, porque reconocemos nuestra humanidad y nuestra debilidad, pero también hacemos renacer esa fortaleza que necesitamos para reemprender cuantas veces sea necesario ese camino de superación porque es la manera de alcanzar esa plenitud a la que aspiramos. Pero al mismo tiempo valoramos el camino de los demás, seremos estímulo para sus esfuerzos, y tenderemos siempre nuestra mano para levantar y para ayudar a caminar, como también nosotros nos dejamos tomar de la mano para hacer el nuestro.

Qué distinta sería la vida y nuestras mutuas relaciones; cómo desaparecerían las descalificaciones y la envidias; cómo desde el respeto aportamos lo mejor de nosotros mismos para el camino de los demás; cómo seriamos estímulo los unos para los otros logrando que nuestro mundo sea mejor.

Es el camino que nos propone Jesús, es el Reino de Dios que nos anuncia y que se va haciendo realidad en el día a día de nuestra vida porque vamos realizando en nosotros y en nuestro mundo lo que Dios quiere. Que seamos una hermosa humanidad, que resplandezcan esos valores que nos hacen más humanos y que nos hacen querernos los unos a los otros.

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros. Y eso entraña respeto y cercanía, tendernos la mano los unos a los otros y buscar siempre lo mejor para el otro, amarnos de verdad desde lo más hondo del corazón, porque hemos aprendido del amor que Dios nos tiene. Es el camino que Jesús está abriendo ante nosotros; son esas pequeñas cosas de cada día que El nos va señalando para que busquemos siempre la manera de realizarlas de la mejor forma posible.

Miremos con el color de la humanidad.

viernes, 19 de julio de 2024

Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

 


Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11. 12; Mateo 12, 1-8

Navegando por las redes como todos hacemos hoy me encontré un video que para mi fue muy significativo y aleccionador. Se trataba de una escuela en la que la maestra observó que un niño se dormía constantemente en clase y no respondía a las tareas de estudio que se le encomendaban; la reacción de la docente fue violenta expulsando al niño de la clase, pero no se quedó satisfecha con aquello por lo que al salir trató de averiguar por donde andaba o qué hacía aquel niño. Se lo encontró trabajando de limpiabotas en la calle para ganar unos dineros con los que comprar comida para su madre que estaba enferma y a la que cuidaba con toda dedicación. Fue suficiente y no es necesario entrar en los detalles que al día siguiente no solo ella sino todos los niños de la clase tuvieron con aquel muchacho.

¿Por qué juzgamos sin saber? No sabes cual es la situación que está viviendo aquella persona y porque su comportamiento nos parece extraño no solo juzgamos sino que condenamos. De muchas situaciones semejantes podríamos hablar donde tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos. Nos hemos llenado tanto de desconfianzas que siempre estamos, como se suele decir, con la mosca detrás de la oreja, y estamos prontos para juzgar y para condenar sin saber realmente cual es la situación de las personas y por qué han llegado a donde están.

Entran aquí las desconfianzas que nos tenemos los unos con los otros, unos vecinos con otros, la gente que vemos mal encarada como decimos y que siempre estamos viendo como unos malvados, la prevención que los mayores tenemos hacia los jóvenes, es justo que lo reconozcamos, o todo lo que pensamos en referencia a los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas de manera que llamamos ilegal pero a lo que tendríamos que buscar otro nombre por las tragedias con que llegan hasta nosotros.


¿Seremos capaces de ver a alguien que ha dejado atrás lo más que quería en el mundo, que ha sido un drama la travesía para llegar a donde está ahora, pero que está soñando con un mundo de oportunidades que algunas veces parece que se ven truncadas quizás por nuestra insolidaridad? No sé muchas veces qué hacer, pero cuando me cruzo en nuestras calles con esos muchachos que han llegado hasta aquí decimos de forma ilegal pienso en todo lo que puede haber detrás de sus ojos y de su mirada, que aunque los veamos con sus risas juveniles no sabemos las tragedias que se ocultan en sus corazones.

Me ha hecho pensar en todo esto el episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Los discípulos que van con Jesús en su caminar de una lado para otro en el anuncio del Reino, que sintiendo esa fatiga que se nos mete en el estómago al pasar por un sembrado cogen algunas espigas para echarse a la boca unos granos; pero es sábado y allá estarán vigilantes los fariseos para recordarles que segar es un trabajo que no se puede hacer en sábado. ¿Se parecerá a algunas de esas situaciones en las que nosotros juzgamos antes de conocer lo que realmente está pasando?

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. Recuerda distintos episodios de la Escritura, pero los quiere decir que allí está alguien que es más que el sábado. El sábado, podíamos decir, tenía sus normas con la finalidad de que todo se centrará en Dios a quien debían de dar culto, pero el sábado sería siempre un instrumento mientras nos sirviera, pero no para convertirle en algo tan sagrado que pareciera que el culto es para el sábado y no para Dios.

¿De qué nos valen todos esos rigorismos en el cumplimiento de unas normas si no somos capaces de llenar de misericordia y compasión nuestro corazón? Estamos esperando tantas veces leyes bonitas y bien codificadas como si esa fuera la salvación del mundo y nos olvidamos de la compasión que es padecer también con el sufrimiento de los demás, de la misericordia que es poner nuestro corazón en nuestra mirada y en cuanto hagamos por los demás, y la solidaridad para sentirnos uno con aquellos que sufren. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos recuerda hoy el evangelio.

lunes, 26 de febrero de 2024

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas porque nuestro modelo e ideal es el amor compasivo y misericordioso de Dios

 


La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas porque nuestro modelo e ideal es el amor compasivo y misericordioso de Dios

Daniel 9, 4b-10; Salmo 78; Lucas 6, 36-38

Todo tiene un precio, todo tiene una medida, parece que la gratuidad ha perdido la moda.

Es cierto que nos gusta que nos regalen; pero eso, que nos regalen, recibir nosotros; a lo más tratamos de corresponder con la misma moneda, con la misma medida; estamos viendo hasta donde llegó el otro, para ver hasta donde tenemos que llegar para no quedar mal; andamos con muchos convencionalismos; hasta algunas veces nos invitan a una boda y el convencionalismo exige que yo tenga que llevar un determinado regalo, de lo contrario quedaría mal; y así andamos de cabeza buscando con qué contentar a los demás; o sea que no lo hacemos por nuestra generosidad, sino por esos protocolos que nos hemos impuesto como normas de nuestra sociedad.

Vamos a ver hasta donde llega de generoso el otro, pero a mi que no me midan. Muchas cosas más podríamos decir en este sentido, en cómo nos hemos construido nuestra sociedad, y en el fondo al final lo raquíticos que somos con nuestro amor.

No son esas las medidas de las que nos habla Jesús en el evangelio. El sentido del amor que tiene que dar sentido a nuestra vida y que de ninguna manera puede ser mezquino. Y es que Jesús el modelo que nos propone es la generosidad de Dios. Es lo que nos muestra Jesús con su vida, con su actuar. Por eso decimos que Jesús es el rostro misericordioso de Dios. ¿Hasta dónde llegó con su amor?

Hoy nos dice clara y tajantemente Jesús. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Y desde ahí tenemos que sacar las consecuencias. Y la medida es la misericordia de Dios que es infinita. ¿No decían los salmos que diéramos gracias a Dios porque es eterna su misericordia? Creo que si experimentamos en nuestra vida lo que es la misericordia de Dios con nosotros, realmente otra sería nuestra manera de actuar con los demás. Y entenderíamos todas las cosas que Jesús nos propone en el evangelio de cómo tiene que ser nuestro trato con los otros.  Tenemos que comenzar por aprender a disfrutar de lo que es la misericordia de Dios, poniéndonos con humildad ante El para reconocer nuestro pecado y para reconocer la grandeza de su amor y de su perdón. Ya decía el profeta que ‘nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él’. No lo olvidemos.

Decíamos que de ahí tenemos que sacar todas las consecuencias. Y hoy nos habla Jesús como no podemos ir por la vida juzgando y condenando, nos habla de la autenticidad de nuestro perdón, de la generosidad con que tenemos que darnos y compartir no sólo nuestras cosas sino nosotros mismos con los demás; por eso nos habla de una medida colmada, generosa, rebosante, que se desborda. Y nos asegura que nuestra generosidad va a encontrar generosidad en los demás.

Algunos desconfían y no quieren ser los primeros que comiencen con esa nueva forma de actuar y siempre estarán esperando que sean los otros los que comiencen; pero eso nos está indicando la pobreza de un amor así; diríamos que eso no es amor, sino interés y el amor nunca puede ser interesado. Vayamos, pues, haciendo el bien, como se suele decir sin mirar a quien.

Alto nos pone el listón que hemos de saltar. Pero ese es el estado de superación que tiene que vivir el que aspira a cosas altas, el que quiere llenarse del amor de Dios y amar con un amor igual.


viernes, 6 de octubre de 2023

Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

 


Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Qué fáciles somos para hacer juicio sobre la conducta de los demás y para nuestras condenas. No nos miramos a nosotros mismos. Como nos dice en otro lugar el evangelio somos fáciles para ver la paja en el ojo ajeno pero no nos damos cuenta de la viga que hay en el nuestro. Y esos juicios crean desconfianzas, distanciamientos, marcamos con un sambenito a personas o lugares con mucha facilidad y ya siempre los estaremos viendo desde ese prisma turbio que nos hemos creado; nos encerramos por otra parte en nosotros mismos, porque claro con cualquiera no nos vamos a mezclar.

Y nos sucede hasta en las interpretaciones que nos podamos hacer del texto sagrado de la Palabra de Dios. Además parece más fácil aplicárselo a los demás que aplicárnoslo a nosotros mismos. Es una tentación que podemos tener con el evangelio que hoy se nos ofrece. Son las imprecaciones de Jesús a Corozaín, Betsaida y el propio Cafarnaúm, por la poca respuesta que están dando a la acción de Jesús en aquellos lugares. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotros, ya hay tiempo que se hubieran convertido…’ les dice. Y lo mismo le dice a Cafarnaúm.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos en nuestra reflexión. Parece que nos contentamos con estas imprecaciones que Jesús hace a aquellas ciudades, y de ahí no pasamos. Es donde tenemos que hacernos una lectura de nosotros, de nuestra vida, de nuestra respuesta. Cuando hoy el evangelio nos está narrando este hecho no es solo para que veamos lo malas que eran aquellas ciudades, sino para que nos miremos a nosotros mismos.

Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros, en nuestra vida. Si quisiéramos hacer un listado de las veces que hemos escuchado el Evangelio a lo largo de nuestra vida, y con la escucha del evangelio tantas reflexiones que se nos han ofrecido en homilías, en charlas, en encuentros, la lista sería interminable. Si nos detuviéramos a pensar en cuántas ocasiones hemos visto la acción de Dios en nuestra vida, por ejemplo, que nos ha ayudado cuando hemos acudido con nuestros problemas y necesidades, ¿hasta donde llegaría esa lista? Y así podríamos seguir haciéndonos muchas más consideraciones, de las veces que hemos recibido el perdón en el Sacramento de la Penitencia, de las veces que hemos comulgado al participar en la Eucaristía… tendríamos que preguntarnos ¿y hasta donde llega nuestra respuesta?

Bien sabemos, y lo reconocemos, que somos pecadores que hemos vuelto a caer una y otra vez en las mismas cosas de las que nos habíamos arrepentido, bien sabemos cómo nos enfriamos espiritualmente con tanta facilidad y caemos en tibiezas y rutinas una y otra vez, bien sabemos las veces que le hemos dado la espalda y no hemos querido escuchar, hemos querido silenciar nuestra conciencia y buscamos mil justificaciones que de nada nos sirven porque nos falta sinceridad. ¿Quiénes somos para juzgar y para condenar a los demás?

Tenemos que ser más congruentes en la vida, obrar en consecuencia a esa fe que decimos que tenemos, aprender a superarnos de una vez por todas para recomenzar de una vez por todas esos caminos de rectitud y buena conciencia que tendríamos que tener. Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta a esa llamada del Señor, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros.


lunes, 26 de junio de 2023

Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

 


Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5

Con qué facilidad acomodamos las varas de medir, acrecentándolas o disminuyéndolas según sea lo que presuntuosamente pensamos de nosotros o el juicio que queremos hacer de los demás. Siempre nos consideraremos que valemos más o somos más importantes que lo que los demás puedan ver en nosotros, y siempre usaremos una vara raquítica para valorar, y este caso siempre por las mínimas, la importancia o el valor que puedan tener las cosas que hacen los otros. Nos molesta que hablen de nosotros, que valoren o no lo que hacemos, pero no nos importa ser duros en el juicio en contra siempre de los que están a nuestro lado, porque no podemos permitir que nos hagan sombra.

Así es nuestra miseria humana, así es en muchas ocasiones la mezquindad de nuestro corazón, así es nuestro orgullo y amor propio con el que nos endiosamos y nos subimos por encima de todos los pedestales, así son esas malas raíces que parece que todo lo enredan y en todo queremos hacer sombra, así es la soberbia de la vida que terminará por arrasar cuanto de bueno pueda surgir en nuestro entorno, así andamos por la vida revestidos de vanidad para aparentar unos brillos que no tenemos.

Desde que la serpiente maligna inoculó en nosotros el veneno de la maldad, de la desconfianza, del orgullo no seremos capaces de ver nuestros errores, pero entramos a saco en el juicio que nos hacemos de los demás viendo por todos lados defectos e irregularidades.

¿Por qué no seremos capaces de reconocer lo bueno que tienen o que puedan hacer los demás? ¿Por qué andaremos por la vida siempre como contrincantes dándonos la batalla, queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás, queriendo echar nubes de sombras y de cenizas sobre las obras de los otros para dar por inservible todo lo que puedan hacer los otros? Es normal que haya disparidad de criterios y de opiniones en todos los ámbitos y aspectos de la vida, ¿Por qué no podemos ver lo bueno que tiene todo proyecto aunque no sea el nuestro, para sumar y para aunar esfuerzos, ofreciendo cada uno lo bueno que tenemos en nuestras ideas o en nuestra manera de hacer para lograr entre todos algo mejor que a todos a la larga nos beneficie?

En nuestros egoísmos insolidarios, en nuestros orgullos y ambiciones de querer quedar siempre por encima del otro, nos destruimos, no somos capaces de ver las limitaciones y lagunas que puedan tener nuestros proyectos y nuestras ideas, y siempre estaremos echando la culpa a los demás del fracaso de la vida misma porque consideramos incapaces a los otros poder hacer algo bueno.

Y esto lo estamos viendo todos los días en nosotros mismos con nuestros juicios y nuestra falta de respeto a lo que hacen los demás, esto lo estamos viendo en el desarrollo de nuestra vida social en que todo lo convertimos en una lucha parece sin cuartel contra todo lo que no salga de nuestras ideas, esto lo estamos viendo en la construcción y desarrollo de nuestra sociedad donde nunca terminamos de colaborar porque nos parecería que nos quitarían nuestros méritos de ser los únicos y los mejores.

Hoy Jesús nos habla de que cuidemos nuestros juicios, porque esa medida que usamos contra los demás también la usarán contra nosotros. Qué bonito sería un mundo sin prejuicios y sin condenas a los que no piensan como nosotros. Nos dice Jesús que nos miremos a nosotros mismos, que seamos reconocer la realidad de nuestra vida también tan llena de limitaciones, tan llena de lagunas. Que no estemos mirando con terror la pequeña mota que puede haber en el ojo del otro, mientras nuestros ojos están atravesados por tantas vigas de maldad.

Que seamos capaces de tener limpio el cristal de nuestros ojos para tener una mirada luminosa para que podamos disfrutar de la belleza de la vida de los demás; pensemos si cuando estamos viendo tanta maldad en los otros, acaso sea la suciedad y maldad de nuestro corazón la que empaña nuestra vida para estar viendo siempre maldad a nuestro alrededor. ‘Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’. Qué distinta sería nuestra mirada.

 

lunes, 27 de marzo de 2023

Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

 


Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

¿Quiénes somos nosotros para saber y para juzgar lo que sucede tras las puertas en el interior de una casa? La discreción, el respeto a la intimidad de cada hogar y de cada familia ha de marcar nuestra línea de actuación, y no somos nadie para averiguar ni para juzgar lo que se vive en cada familia. Esto que es muy importante y básico en el respeto de nuestras mutuas relaciones lo hemos de referir a la conciencia de cada uno; nada sabemos de lo que hay en el interior de la persona, ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y condenar?

Esto que nos vale para ese respeto que hemos de tener a toda persona, también nos tiene que hacer pensar en las tragedias de sufrimiento que puede haber tras cada mirada; miradas, es cierto, que algunas veces son gritos a voces, aunque no oigamos los sonidos, desde esas tragedias del interior de cada persona, pero donde no podemos entrar sin que nos abran su corazón. A varias cosas nos puede llevar, pues, esta consideración de lo que hay en el interior de cada persona. Como también ha de hacernos mirar con sinceridad nuestro interior y lo que nosotros encerramos, para actuar en consecuencia con misericordia y compasión con los demás. Dios es quien en verdad puede conocer nuestro corazón, pero también El nos respeta esa sacrosanta libertad que nos ha concedido.

Hoy nos habla el evangelio de que estando Jesús en el templo enseñando, después de venir de Betania donde había ido en la noche a descansar, los fariseos le traen a una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Es cierto que ahí está su pecado, para que el que la ley de Moisés era muy dura, pues la mujer adúltera había de ser apedreada. Pero aquellos dirigentes de Israel que buscaban motivos por todas partes para desprestigiar e incluso condenar a Jesús por lo que hacía y decía, la traen ante con la malicia de sus intenciones.

¿Conocía Jesús el drama que en aquellos momentos estuviera viviendo aquella mujer que así se ve condenada poco menos que irremediablemente? Pero conocía Jesús también las aviesas intenciones de aquellos acusadores y la maldad que pudiera haber en sus corazones. Hay silencios que se hacen dolorosos y producen mucha inquietud. Jesús se ha quedado en silencio y agachado en el suelo, como quien anda distraído se ha puesto a dibujar en la tierra. Será el silencio que está traspasando el corazón de aquella mujer, pero es el silencio que les duele a los acusadores que parece no verse secundados por Jesús en lo que son sus peticiones.

Insisten y reclaman, pero Jesús tiene una sola palabra dirigiéndose a todos. ‘El que esté sin pecado que le arroje la primera piedra’. Querían enfrentar a Jesús con el cumplimiento o no de la ley de Moisés, pero Jesús les hace enfrentarse cada uno a su propia conciencia. ¿Quién con sinceridad puede decir que no tiene pecado? Poco a poco se va despejando el patio, porque uno a uno comienzan a desaparecer de escena comenzando por los mayores. Si miramos con sinceridad nuestra conciencia, nuestra propia vida, ¿cómo es que no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás si somos tan pecadores como ellos?

Por algo Jesús nos había enseñado que teníamos que ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. ¿Cómo podremos decir con sinceridad la oración que Jesús nos enseño si no somos capaces de ser misericordiosos con los demás para ofrecerles generosamente nuestro perdón? ¿Podremos decir en verdad, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’ si guardamos rencor en el corazón y no perdonamos a los que nos han ofendido?

‘¿Nadie te ha condenado, mujer? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Es el final del episodio que está encerrando tantas enseñanzas para nuestra vida. Tendríamos que tenerlo muy en cuenta porque aun seguimos apedreando en la vida, porque seguimos con nuestros juicios y condenas, porque seguimos endureciendo el corazón.

lunes, 20 de junio de 2022

La claridad que necesitan nuestros ojos pasa por parecernos a Jesús que es manso y humilde de corazón porque así nuestra mirada será siempre límpida

 


La claridad que necesitan nuestros ojos pasa por parecernos a Jesús que es manso y humilde de corazón porque así nuestra mirada será siempre límpida

2Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59; Mateo 7, 1-5

Hay ocasiones en que los ojos se nos irritan y la vista se nos nubla; nos cuesta percibir con claridad las cosas, como si una niebla se interpusiera entre nuestros ojos y la realidad que nos rodea; todo nos parece turbio, no llegamos a percibir con claridad y nitidez ni los colores ni los detalles de las cosas; no digamos cuando una catarata ha nublado esa lente de nuestros ojos que permitiría que las imágenes llegasen con claridad a nuestra retina.

Pero creo que todos entendéis que no estoy dando una sesión de oftalmología ni mi interés en este momento sea la higiene y el cuidado de los ojos. Hay otras miradas, hay otros nubarrones que se interponen en la relación de unos y otros, hay cosas que nos irritan el alma y que enturbian nuestra razón y nuestra voluntad. Y no lo vamos a buscar en agentes externos, sino que tenemos que mirarlo y descubrirlo dentro de nosotros mismos que nos llenamos de orgullos, que nos dejamos vencer por el amor propio, que permitimos que malquerencias nos dañen nuestro espíritu y en consecuencia nuestra forma de mirar a los que están a nuestro lado. Cuando nos falta la humildad entre los valores que cultivemos, cuando nos es la sencillez la que nos guía, cuando no es un amor verdadero la pauta de nuestro actuar, aparecen todas cosas que nos enturbian el alma, que nos enturbian nuestra mirada.

Es de lo que quiere prevenirnos hoy esta página del evangelio. Mateo reunió y les dio una visión de conjunto en lo que solemos llamar el sermón del monte, diversas enseñanzas de Jesús que probablemente en la realidad fueron surgiendo en esas diarias conversación de convivencia de Jesús con sus discípulos; en esos momentos se habla de todo, en esos momentos van apareciendo situaciones a las que hay que darle otro sentido y de ahí irían surgiendo esas enseñanzas de Jesús, que ahora Mateo nos reúne en estos discursos al pie de la montaña.

En la liturgia se nos van ofreciendo en pequeños párrafos que nos van sintetizando toda esa enseñanza de Jesús. La pedagogía de la liturgia tiene así una gran riqueza, porque nos hace reflexionar en cada momento en situaciones distintas que nos hacen mirar de una manera muy concreta lo que es nuestra vida. Como nos sucede hoy al hablarnos de alguna manera de esa mirada limpia que siempre hemos de tener de los demás. ¿Quiénes somos nosotros para hacer unos juicios de valor de lo que los otros hacen? ¿Es que acaso estamos en su interior para saber lo que realmente pasa en su corazón? Como nos viene a decir hoy Jesús, mejor nos miráramos a nosotros mismos antes de hacer un juicio de los demás.

‘No juzguéis, para que no seáis juzgados…’ nos dice Jesús. Y nos enseña a mirarnos primero a nosotros mismos antes de hacer un juicio de los demás. Suele suceder con mucha frecuencia que eso mismo que criticamos de los otros son situaciones por las que nosotros pasamos y de las que no sabemos cómo salir, aunque bien lo disimulamos. Y nos dice Jesús que la medida que usamos con los demás será la medida que usarán con nosotros, o contra nosotros.

Y terminará diciéndonos Jesús: ‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ Mirémonos a nosotros mismos y démonos cuenta de que no somos tan perfectos como queremos aparentar, o como queremos restregarle en las narices a los demás. Es nuestro orgullo que nos sube en pedestales; el amor propio y la soberbia que no nos deja reconocer lo que realmente somos, lo que hay en nosotros. Qué importante es la humildad, la sencillez de corazón; por eso nos dirá en otro momento que aprendamos de El que es manso y humilde de corazón. La claridad que necesitan nuestros ojos.

domingo, 27 de febrero de 2022

Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

 


Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Cuánto nos gastamos en guardar las apariencias… ahora tenemos hasta asesor de imagen; hay sus protocolos de cómo hay que presentarse, lo que podemos o no podemos decir, la imagen que tenemos que dar para ser más atrayentes. Falsos oropeles, palabras vacías, gestos que nada dicen y que ocultan mucho, apariencias que tratan de engañar para dar una presentación, aunque por dentro estemos vacíos u ocultemos las intenciones torcidas que tengamos.

Al hablar de esto podemos pensar en personajes públicos o gente que consideramos importantes y que se envuelven en estas vanidades, pero hemos de reconocer que es algo que nos puede pasar a todos; como me decía un amigo medio en broma ‘cuando me hago una fotografía pongo el lado bonito de la cara’, y ocultaba el lado que no tenía buena apariencia. Todos podemos tener esa tentación de la apariencia. Nos falta autenticidad, nos faltan valores que verdaderamente podamos presentar como auténtica riqueza de nuestra vida. Pero bien sabemos que el que está vacío por dentro pronto saldrá a relucir la falsedad de su vida a pesar de todos los oropeles y vanidades de las que se quiera rodear.

Es de lo que nos está previniendo hoy el evangelio y podemos decir que todo el conjunto de la Palabra de Dios que en este domingo se nos proclama. Si somos ciegos poco podremos convertirnos en guías del camino de los demás; si nuestros ojos están turbios poco podemos hablar de claridad, porque esa claridad no existe en nuestros ojos. Sin embargo en nuestra ceguera con qué facilidad juzgamos y condenamos a los demás. Quizás muchas veces aquellas cosas que criticamos de los demás y por las que los juzgamos o los condenamos son carencias que llevamos en nosotros mismos. Dime de lo que hablas y sabré lo que verdaderamente llevas en el corazón.

Limpiemos los cristales por los que miramos a los demás, porque si los tenemos llenos de suciedad estaremos viendo suciedad en los otros, pero donde está es en nuestros ojos. Siempre recuerdo lo de aquella mujer que criticaba a su vecina porque decía que lavaba mal la ropa y la tendía al sol llena de suciedad; no se daba cuenta que la suciedad estaba en los cristales de su ventana y era lo que le hacía creer que veía suciedad en la ropa de su vecina.

Hoy nos habla Jesús de quitar la viga que llevamos en nuestros ojos antes de querer quitar la pequeña mota que pudiera haber en los ojos del hermano. Por eso, tenemos que mirarnos primero a nosotros mismos para limpiar la suciedad que llevamos en el corazón. Como nos decía Jesús en otro momento, es de dentro del corazón de donde salen las malicias y toda clase de males. Como tantas veces habremos reflexionado es el camino de superación, de crecimiento interior que tenemos que realizar en nuestra propia vida.

Somos discípulos que seguimos el camino de nuestro Maestro y de El tenemos que aprender. Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar en nuestra vida, porque vayamos plantando esa buena semilla en nuestro interior. Porque de lo que llevamos en el corazón hablará nuestra boca, se reflejará en nuestras obras. Por eso tenemos que cuidar con mucho esmero esas actitudes que llevamos dentro. No se trata solamente de que hagamos muchas obras de caridad y con ello parece que quedamos bien, si no hay verdadera caridad en nuestro corazón.

Quizá en un momento podemos ser capaces de desprendernos incluso de algo nuestro que nos puede costar, pero si lo hacemos a regañadientes, poco nos vale y se queda en apariencia; si mientras damos esa limosna al necesitado no somos capaces de tener una mirada de amor para con esa persona que atendemos, algo nos está fallando en nuestro interior, algo nos está fallando para que sea un amor verdadero lo que estemos manifestando.

Es necesario un corazón fraterno y abierto, un corazón lleno de misericordia porque hemos experimentado en nosotros la misericordia de Dios que se manifestará verdaderamente compasivo y cercano con los demás, un corazón lleno de delicadeza y de humildad porque nunca con nuestras obras vamos a avasallar a los demás considerándonos superiores.

El amor nunca humilla, siempre levanta; el amor no crea distancias, sino que busca la ternura y la cercanía; el amor nunca se impone ni lo realizamos como un cumplimiento, sino que será algo que siempre se contagia creando unos vasos de comunicación con los demás; el amor nunca puede ser apariencia sino que tiene que manifestarse con la autenticidad de nuestra vida; el amor no es un protocolo que nos traza cómo hemos de hacer las cosas para dar una buena imagen, sino que siempre partirá de la generosidad que llevemos en el corazón que nos hará creativos en gestos y acciones concretas; el amor cuando hay entrega sin limites nunca mermará ni se consumirá sino que crecerá agrandando nuestro corazón pero también contagiando a los demás; los gestos y actitudes de amor serán siempre el fruto del árbol bueno que llevamos en el corazón y define nuestra vida.