Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta escriba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escriba. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de agosto de 2026

Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

 


Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18;Salmo 127; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí… habremos dicho en alguna ocasión cuando vemos desde la distancia alguna situación que no brilla precisamente por la rectitud, por la honradez, por el saber estar y el buen hacer de los que presenciaron aquella situación y quizás no hicieron nada; y venimos nosotros, como redentores por decirlo de alguna manera y decimos que nosotros hubiéramos actuado de otra manera, que no hubiéramos permitido las cosas que sucedieron y mil cosas más; pero nosotros no estuvimos allí, de verdad ¿qué hubiéramos hecho? ¿ir a la contra quizás de lo que todos hacían por inercia? Es fácil mirar desde la distancia y también somos tendenciosos para culpabilizar y quitarnos culpas a nosotros mismos de encima.

Es como cuando hay un accidente y en aquel momento de urgencia los que estaban presentes y pudieron ayudar con buena voluntad hicieron todo lo que estaba de su parte o sabían hacer, pero luego vendrá el sabio de turno para decir lo que no tenían que haber hecho, lo que él hubiera decidido si hubiera estado allí, pero no estaba y los que estaban hicieron lo que les dictó su saber en aquel momento. Otra cosa es decir que tenemos que estar más preparados para situaciones así, que tendríamos que tener claros unos protocolos y demás cosas de preservación.

Jesús sigue hablando fuerte contra los escribas y fariseos, como hemos venido escuchando estos días. Les habla de su hipocresía y doblez de corazón, de la incongruencia con que se actúa tantas veces cuando no hay una concordancia con lo que decimos o con lo que queremos imponer a los demás, mientras nosotros hacemos lo contrario. Hablaba Jesús contra quienes se consideraban dirigentes del pueblo o de quienes considerándose en un estadio superior en que incluso se consideraban más perfectos luego trataban de cargar a la gente sencilla de normas y preceptos que ellos en lo interior de sus corazones lo tenía muy lejos. Hoy les llama sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero bien sabemos lo que hay en su interior, pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de la maldad que ellos llevan en su interior, hipocresía y crueldad, les dice.

Pero volvemos a repetirnos, ‘si hubiéramos estado allí…’ nosotros no hubiéramos sido como ellos, porque nosotros – desde la distancia – nos damos cuenta muy bien de la incongruencia en que vivían. ‘Si hubiéramos estado allí…’ nos decimos; pero más tenemos que plantearnos y nosotros, ahora y aquí, ¿qué es lo que hacemos? ¿No nos podrá suceder que nos parecemos demasiado a aquellos escribas y fariseos contra los que habla Jesús?

Es hora de revisarnos con sinceridad; hora de revisar nuestras actitudes y posturas en muchas cosas; hora de revisar nuestra manera de actuar. ¿No estaremos siendo también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios, con nuestras criticas a todo el que no ve las cosas como nosotros las vemos o quienes tienen unas posturas o unos principios distintos a los nuestros?

Pensemos, por ejemplo, en la crispación en que vive hoy nuestra sociedad y qué mal ejemplo nos dan nuestros dirigentes, sean del color que sean, pero quienes nos decimos cristianos y hemos optado por el seguimiento del Jesús que nos da como único y principal mandamiento el del amor, veamos cómo reaccionamos con quienes tienen otra opinión, otra manera de ver las cosas y unas actuaciones que quizás no nos gusta. ¿Qué epítetos usamos habitualmente para catalogar a esas personas? ¿Cuáles son los deseos que albergamos en nuestro corazón, que no siempre se queda en lo secreto porque muchas veces lo proclamamos bien alto, contra esas personas a las que quisiéramos quitar de en medio y no nos importaría incluso la violencia? ¿Esa tendría que ser la actuación, el lenguaje, los deseos de uno que se dice seguidor de Jesús el que incluso desde la cruz estaba diciendo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’?

El evangelio siempre tiene que ser un interrogante que se abre ante nuestra vida y nuestra manera de actuar; no hemos de tener miedo que nos produzca inquietud y desazón porque puede significar muy bien que nos está tocando nuestras heridas que tenemos que saber curar.


lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

viernes, 28 de marzo de 2025

No es solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a ese amor

 


No es solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a ese amor

 Oseas 14, 2-1; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

¿Estaremos cerca o estaremos lejos del Reino de Dios? Es lo que tenemos que ir revisando en este camino cuaresmal que estamos haciendo, este camino hacia la Pascua. Siempre nos sucede que de entrada cuando comenzamos a pensar en estas cosas, igual que cuando hacemos un examen de conciencia, si no nos detenemos un poco y tratamos de reflexionar con hondura todo nos parece que marcha bien. Pero no podemos andar con superficialidades, no podemos ser ramplones en la vida, donde todo nos parece fácil o todo nos da igual, tenemos que enfrentarnos con sinceridad a lo que verdaderamente es la realidad en nosotros mismos, pero también en la profundidad del mensaje que se nos trata de trasmitir.

Comenzaba haciéndome esa presenta de si estamos cerca o lejos del Reino de Dios, desde lo que escuchamos en el evangelio que Jesús le dice a aquel escriba. Ha venido planteándole cual es el primer y principal mandamiento y en el diálogo entre ambos ha salido la importancia del amor, del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor también con toda intensidad hacia el prójimo; no podría haber uno sin el otro. Y parece que el escriba lo entiende por las afirmaciones que hace, por eso le dice Jesús que está cerca del Reino de Dios. Pero ¿estar cerca significará estar viviendo plenamente el Reino de Dios? Creo que Jesús está dejando la puerta abierta a un crecimiento, a una superación.

No vamos a negar que tengamos fe, no vamos a negar que queremos amar, pero tiene que ser una planta que crece y da frutos que han de madurar para dar verdadero sabor a nuestra vida. ¿Estaremos en verdad dando el sabor de la fe a lo que hacemos? ¿Estaremos dando el sabor del amor en todo lo que es nuestra vida?

La semilla la podemos tener en nuestro corazón pero no la estamos quizás cultivando lo suficiente; tenemos que cuidar nuestra fe, tenemos que cuidar la intensidad de nuestro amor. No tenemos fe solamente porque digamos que creemos en Dios porque algo tiene que haber; creemos en Dios que se nos revela, en un Dios que nos ama porque es amor, porque es Padre; muchas son las manifestaciones del amor de Dios en nuestra vida, y tenemos la gran revelación de ese amor en Jesús.

No es Dios algo abstracto y que no podemos entender, no es un Dios lejano situado allá en lo alto de los cielos; es el Dios que camina con nosotros, es el Dios presente en nuestra vida, es el Dios que podemos sentir en nuestro corazón, es el Dios a quien podemos amar en aquellos que nos rodean porque para nosotros tienen que ser signos y señales de esa presencia de Dios. Una fe así impregna toda nuestra vida, da sabor, como decíamos, hace que nuestra vida sea distinta.

Y la consecuencia de todo eso está en el amor. Como decíamos, ese amor que igualmente tiene que dar sabor a nuestra vida, porque con él estamos reflejando lo que es el amor de Dios. Es el amor con que amamos a Dios, porque así nos sentimos amados de Dios, pero será el amor con que amemos a cuantos nos rodean que para nosotros ya serán siempre hermanos. Y no es un amor cualquiera; a los demás los amamos no porque ellos nos amen a nosotros, sino porque en ese amor nosotros estamos reflejando el amor que tenemos a Dios. Y eso no es cualquier cosa, no es algo que vivamos a la ligera o cuando estemos de buenas, es lo que en verdad tiene que dar sentido y valor a nuestra vida.

Cuando lleguemos a entenderlo y a vivirlo no solo es que estemos cerca del Reino de Dios, sino que estamos viviendo el Reino de Dios, porque estamos sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y estaremos respondiendo a ese amor con esas nuevas actitudes, con esa nueva manera de relacionarnos con los demás, con ese sentido nuevo que le estamos dando a nuestra vida y a nuestro mundo. Y ese es el Reino de Dios.

jueves, 6 de junio de 2024

Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

 


Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

2Timoteo 2, 8-15; Sal. 24; Marcos 12, 28b-34

Hay preguntas que en ocasiones se hacen y vienen cargadas, como alguna vez hemos reflexionado sobre ello, de malas intenciones, de querer poner en un aprieto al que es preguntado, o también sucede que estamos buscando una respuesta que coincida con nuestros intereses, se va no por conocer la verdad, sino por querer afirmarnos en nuestro orgullo o en nuestras cosas.

Pero hay preguntas, aunque nos parezcan muy sencillas y muy elementales, que están hechas con rectitud y sinceridad; preguntas que nacen del deseo de conocer y de profundizar; preguntas en las que realmente buscamos crecer, porque en la respuesta queremos encontrar una ayuda en ese camino de ascensión que tiene que ser siempre nuestra vida. 

Nos pueden parecer cosas muy elementales y que nosotros damos por sabidas, pero quien hace la pregunta tiene una inquietud y un deseo de dar un paso más, de avanzar, de comprender mejor, de encontrar una luz que pudiera estar faltando a su vida. Tenemos que ser acogedores con esas personas e incluso agradecerles que nos hagan esas preguntas, porque seguramente nos van a ayudar a avanzar también nosotros en ese conocimiento y en esa vida.

Es lo que nos cuenta hoy el evangelio. Cuidado nosotros no vayamos de entrada con nuestros prejuicios, por otros escribas que acudían a Jesús con preguntas pero para ver cómo podían cogerle. En el texto que con toda sencillez nos ofrece hoy el evangelista no encontramos eso, sino una pregunta, sencilla y elemental, pero que en la respuesta de Jesús precisamente nos va a ayudar a ver con toda amplitud lo que significa el amor a Dios.

‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ es la pregunta con la que viene aquel escriba. Ya sé lo que tantas veces hemos dicho que como escriba él tenía que saber muy bien cual era ese primer mandamiento, porque así tenía que enseñarlo al pueblo en su misión de escriba, y en la Escritura estaba bien claro. Pero dejemos que Jesús nos responda y lo haga precisamente recordando lo que nos dice la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’.

Jesús no hace otra cosa que recordarnos lo que estaba en la Escritura Santa y que era algo que todo buen judío sabía y repetía cada día muchas veces porque venía a ser algo así como una oración y como una profesión de fe.

Pero Jesús como vemos no se queda en responder a cual es primer mandamiento, sino que utilizando también la Escritura concluirá. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Nos a poner Jesús en un mismo nivel el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas con el amor que hemos de tener al prójimo. Y nos dice ‘no hay mandamiento mayor que estos’. Ahí lo tenemos, no hay otra forma de expresar lo que es el amor que le tenemos a Dios que amando al prójimo. Y no de cualquier manera. Nos dice ‘como a ti mismo’. Sí, tenemos que amarnos a nosotros mismos, y lo tenemos que hacer porque estamos reconociendo la grandeza que Dios nos da cuando nos ama; y si nos ama Dios, también nosotros tenemos que amarnos, porque desde ese amor de Dios tenemos que cuidar nuestra vida.

Y el escriba en consecuencia se hace una reflexión. Sigue ahondando en todo lo que significa ese amor de Dios y ese amor al prójimo que Jesús le está señalando – ha sido un paso adelante que Jesús está dando y al que está invitando a aquel escriba, como nos está invitando a nosotros también – y el escriba concluirá que ese amor, así como nos lo ha señalado Jesús, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Esto nos daría pie para pensar en muchas más cosas. Y es eso fácil que hacemos muchas veces que es ofrecer cosas pero no ofrecer amor. Nos vale pensarlo en todo lo que significa un auténtico amor que hemos de tener a los demás – hacemos regalos pero no amamos -, pero nos lleva también a lo que es el amor que le tenemos a Dios, hacemos ofrendas, cuantas cosas preciosas y costosas somos capaces de regalar a la Iglesia - ¿será para que quede allí el nombre para siempre en una plaquita? – pero nos olvidamos del amor verdadero.

Jesús le dice a aquel escriba porque se ha hecho una reflexión muy sensata, ‘no estás lejos del Reino de Dios’. ¿Podremos escuchar nosotros también esa alabanza de Jesús? ¡Ojalá!

viernes, 17 de marzo de 2023

El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

 


El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34


Recuerdo que nuestras madres cuando éramos pequeños y quizás nos enviaban con un recado ya fuera a la venta o a la casa de un vecino, al escribirnos lo que teníamos que llevar aquel papel nos lo trababan con un imperdible, ya fuera en la ropa o en algún apropiado para que no lo perdiéramos; lo mismo quizás una medalla o un escapulario que querían que llevásemos nos lo trababan así con un imperdible para que no tuviera perdida.

Me ha venido esta imagen a la cabeza reflexionando sobre lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y tomando esa imagen yo me atrevo a decir que el imperdible para que no perdamos a Dios es nuestro prójimo. Sí, podemos perder a Dios y no encontrarlo a pesar de que nos sepamos muy bien eso de que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas.

Le estaba sucediendo a aquel letrado, aquel maestro de la ley que viene con sus preguntas a Jesús. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Cuál es el mandamiento principal? Y Jesús con gran pedagogía responde textualmente con aquellas mismas palabras que todo buen judío sabía de memoria- ¿y como no iba a saberlas el letrado si era un maestro de la ley? – y repetía muchas veces al día. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Esto lo sabían todos, los fariseos incluso lo llevaban escrito en las franjas de sus mantos, en la puerta de cada casa lo tenían escrito también y todo buen judío al salir o al entrar en casa repetía estas palabras.

Hasta aquí no le dice nada nuevo que no supiera Jesús al escriba, pero es que Jesús habla del mandamiento primero, pero habla también del segundo mandamiento que es semejante al primero, que tiene la misma validez que el primero, que no se puede entender el primero si no entendemos y cumplimos con el segundo. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Aquí se siente sorprendido el escriba que no le queda más remedios que dar razón a Jesús. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Vale más que todos los holocaustos y sacrificios, le repite, el amor al prójimo como a uno mismo. Puede haber muchos holocaustos y sacrificios, pero hay algo que vale mucho más, el amor al prójimo. Si no hay amor al prójimo no podremos decir que tenemos verdadero amor a Dios. Es la garantía de que amamos a Dios de verdad. Es la garantía de que nos estamos encontrando con Dios, de que conocemos a Dios.

De ahí la frase que os decía al principio. El imperdible para que no perdamos a Dios es el prójimo. Teniendo presente ante nuestros ojos a nuestro prójimo estamos teniendo presente a Dios. ¿No nos dirá Jesús que todo lo que le hagamos al prójimo es como si se lo hubiéramos hecho a El? Garantía del amor a Dios, garantía de nuestro encuentro con Dios, garantía de que conocemos a Dios, amamos y amamos de verdad, porque ahora se nos está diciendo que amemos como nos amamos a nosotros mismos, pero terminará diciéndonos Jesús que amemos pero como nos ama Dios, ‘como yo os he amado’.

Llevemos ese imperdible bien prendido en nuestra vida. No nos perderemos. O como nos decía un teólogo y escritor del siglo XX ‘El prójimo es nuestro lugar de cita con Dios’ (Cabodevilla).

viernes, 11 de marzo de 2022

Un camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior, que exige nuevas actitudes, nuevos valores, nuevo sentido de nuestro vivir, porque nos sentimos amados de Dios

 


Un camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior, que exige nuevas actitudes, nuevos valores, nuevo sentido de nuestro vivir, porque nos sentimos amados de Dios

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129;  Mateo 5, 20-26

Bueno, yo como todos; ya intento ser bueno, portarme bien con mis amigos, ayudo a los que me ayudan, tampoco es que quiera estar a mal con nadie, pero si me dejan de hablar eso es su problema. Algo así pensamos algunas veces, y vamos intentando llevar la vida sin mayores problemas, pero tampoco complicándome demasiado y comprometiéndome a hacer lo que buenamente se pueda hacer.

¿No será ciertamente una vida ramplona, donde poco esfuerzo hacemos por hacer algo distinto? Nos vamos dejando llevar por las cosas que van saliendo, pero a mí que no me compliquen la vida, nos decimos. Y hablamos las mismas palabras que todos y ni siquiera nos planteamos lo ofensivas que puedan ser esas palabras, y tenemos las mismas actitudes que todos en nuestras relaciones con los demás, con los resentimientos de todos, con el orgullo y el amor propio a flor de piel como todos, con nuestros gestos tan llenos de violencia muchas veces, como todos. Y además hasta nos llegamos a decir que ya con eso somos buenos cristianos. ¿Se parece una vida así con lo que hoy nos propone el evangelio?

Ya Jesús, de entrada, nos dice que algo más tiene que haber en nuestra vida si es que en verdad queremos buscar el reino de los cielos. ‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Era en cierto modo el modelo que se trataba de proponer en aquellos tiempos de Jesús. Los fariseos eran unos personajes de gran influencia en la sociedad de entonces y ellos se decían los cumplidores; los escribas – muchos de ellos de la secta de los fariseos – eran los que impartían las enseñanzas al pueblo explicando la Ley. Y Jesús le dice tajantemente que si no son mejores que los escribas y fariseos, de ellos no eran el Reino de los cielos. Algo nuevo quería ofrecernos Jesús.

Hoy nos señala Jesús cosas muy concretas en nuestras relaciones con los demás, pero bien sabemos que lo que hoy escuchamos está dentro del llamado sermón del monte, donde Jesús nos propone esas actitudes, gestos y posturas nuevas, nueva forma de hacer las cosas, que hemos de tener los que queremos vivir el Reino de Dios.

Yo no mato ni robo, decimos también nosotros tantas veces y ya nos creemos que lo tenemos todo hecho. Pero quizás le quitamos la fama a los demás con nuestras murmuraciones, quizás somos violentos con nuestras palabras que se convierten en ofensivas, discriminatorias, violentas muchas veces con las que humillamos a los que están a nuestro lado y quizá los queremos ver distintos por distintas circunstancias de su vida, quizá nos respetamos la dignidad de toda persona ni la valoramos, quizás mantenemos nuestros resentimientos que no olvidamos porque algo que un día no nos agradó…

Por eso nos dice clara y tajantemente Jesús: ‘Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.

Ya cuando nos enseña a orar nos enseña a que si nosotros le pedimos perdón a Dios, es porque hemos aprendido ese camino de misericordia y somos capaces de perdonar de corazón a nuestro hermano. Por eso tenemos que ser capaces de perdonar, pero también de pedir perdón para ser perdonados. Tenemos que ser siempre ministros de reconciliación.

No es cuestión solo de que intentemos ser buenos; no es cuestión de que seamos como todos. Es un camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior, que nos exige nuevas actitudes, nuevos valores, nuevo sentido de nuestro vivir. Todo, porque nos sentimos amados de Dios.

 

lunes, 24 de enero de 2022

Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

 



Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Qué terrible es sembrar dudas en el corazón de los otros. Dudas, por supuesto, podemos tener y de hecho tenemos; las dudas nos hacen interrogarnos a nosotros mismos y ponernos en camino de búsqueda; la duda no puede ser destrucción sino un interrogante abierto a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una mayor profundización en la vida.

Pero cuando hablaba de esas dudas que se siembran en el corazón de los otros normalmente suelen ir llenas de malicia, y el afán es muchas veces destructivo; dudas que siembran sobre aspectos de la fe o de la religiosidad de las personas, pero con el afán de destruir los verdaderos cimientos de esa fe; como dudas que sembramos acerca de los demás, insinuando pero no atreviéndose quizás a acusar, desconfiando y manifestando esa desconfianza que tengamos de los otros sin ningún fundamento, sino solo, como decíamos, con el afán de destruir. Ayuda a abrir caminos pero no destruyas lo ya caminado, o el sentido con el que los otros quieren caminar. Las dudas tendrían que ser, no para desconfiar, sino para hacernos crecer, para descubrirnos caminos positivos y para hacer que haya un verdadero progreso en la vida.

Hay gentes que parece que están especializadas en destruir, en crear desconfianza, en poner en duda todas las cosas para arrasar desde los fundamentos, desde las mejores raíces que tengamos en la vida y que nos sustentan. Qué dañinas son esas personas, cuántas confusiones crean, a cuánta gente dejan como desnudas sin verdaderos valores y sin nada en que apoyarse en la vida. Terrible pecado tendríamos que decir.

Esos sembradores de dudas y de cizaña cuanto daño van haciendo. Es una guerra de guerrillas que crea confusión y desconfianza; es algo que vemos en la vida mucho más de lo que quisiéramos; es algo que contemplamos en los diversos ámbitos de la vida; es algo de lo que se aprovechan muy astutamente quienes tienen a la religión como su enemigo al que hay que destruir y que aprovecharan cualquier circunstancia para sembrar esa duda, para desestabilizar el pensamiento y el fundamento muchas veces de los más débiles.

Hoy en el evangelio vemos cómo se meten con Jesús. Incluso nos hablará de escribas que han bajado de Jerusalén a Galilea para tratar de destruir la obra de Jesús. Se les iba de las manos en sus planteamientos y lo mejor era destruir, destruir creando esa desconfianza en la gente, esas dudas nunca constructivas en el interior de las personas. Jesús con su presencia va destruyendo por así decirlo las bases del mal; nos habla el evangelio de endemoniados a los que Jesús libera de sus ataduras, pero que ahora aquellos que han venido vendrán acusando a Jesús que si expulsa los demonios es por el poder del mismo Belcebú. Una incongruencia tan grande que Jesús se las desbarata porque estarían hablando de un reino dividido y que lucha contra sí mismo.

Es negar el poder de Dios que se manifiesta en Jesús. Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando puertas en su vida que le puedan llevar a ese encuentro de misericordia con Dios. Por eso les dice Jesús que no podrán encontrar el perdón. Si niegan el origen de la misericordia y el perdón que es Dios mismo en su amor, cierran las puertas de la misericordia para ellos, porque no creen en esa misericordia, en ese amor de Dios por todos nosotros.

Cuidado con las intenciones perversas que se nos pueden meter en el corazón. Cuidemos de no hacer daño a nadie creando esas dudas y desconfianzas que destruyen. Busquemos siempre camino de amor y de bondad que nos acercarán a Dios; llevemos la pureza de nuestro corazón al encuentro con los demás.

domingo, 31 de octubre de 2021

No es un tatuaje que llevemos en alguna parte del cuerpo, es algo que llevamos grabado en el corazón, que el amor al prójimo dará credibilidad al amor que tenemos a Dios

 


No es un tatuaje que llevemos en alguna parte del cuerpo, es algo que llevamos grabado en el corazón, que el amor al prójimo dará credibilidad al amor que tenemos a Dios

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

No es raro que a cada paso que demos nos encontremos con un joven – o no tan joven muchas veces hay que decirlo también – que lleva tatuajes grabados en su cuerpo, brazos, pecho, espaldas, piernas de su personajes favoritos, de lemas o frases que le han llamado la atención y poco menos que ponen como metas de su vida, o de las cosas más insólitas. A los más mayores nos llama la atención, pensamos en cosas o locuras de jóvenes, pero son modas que se van extendiendo más y más. ¿Nos tienen que llamar la atención? ¿Pasamos de esas cosas que consideramos pasajeras porque otras modas vendrán? Pero ahí están y a la larga no son cosas tan modernas, que en otras épocas había costumbres con un significado bastante parecido.

Bueno, si prestamos atención a lo que hemos escuchado en el libro del Deuteronomio Moisés le dice al pueblo de parte del Señor que las palabras que ha escuchado – se refiere a los mandamientos – los lleve grabados en el corazón. Pero si cogemos el testo en su contexto les dirá que estas palabras estén siempre presentes en su frente, presentes ante sus ojos y bien sabemos de la costumbre de las filacterias que eran aquellas franjas de tela que ceñían su frente o colgaban de sus brazos donde estaban escritas las palabras de la ley del Señor, para dar así cumplimiento (¿?) a las palabras de Moisés.

Palabras grabadas en el corazón, es algo más hondo que un tatuaje externo, porque es tatuar en nuestro corazón la ley del Señor, los mandamientos de Dios. y bien sabemos que estas palabras que hoy escuchamos en el Deuteronomio eran palabras aprendidas de memoria por todo buen judío que repetía al entrar o salir de casa, al ponerse en camino o al emprender cualquier tarea como si fuera una oracion al Señor. Ahí en la puerta estaban grabadas esas palabras o escritas en un pequeño rollo que pendía de la puerta de entrada de toda casa judía.

¿Llevamos nosotros grabadas en el corazón las Palabras del Señor, el mandamiento del Señor? De más pequeños aprendimos en la catequesis los mandamientos que recitábamos de memoria y que sería incluso exigencia básica para poder acceder a los sacramentos de la inacción cristiana; pero quizás se nos hayan quedado en la lejanía de nuestra niñez y de la catequesis que entonces recibimos y ya no solo no los tengamos en la memoria – todo lo olvidamos, al menos lo que nos interesa menos – pero peor aun que no los tengamos grabados en el corazón.

Nos sorprende quizá en el evangelio que un escriba, que era un experto en la ley del Señor, venga a preguntarle a Jesús por el primer mandamiento. Sabemos que en ocasiones vendrán algunos a poner a prueba a Jesús, a hacerle pasar un examen para ver si lo que Jesús está enseñando está conforme con la ley de Moisés. Pero no vamos a pensar hoy así de este escriba que quizás lo que quiera es entrar en diálogo con Jesús y que nos puede ayudar a nosotros también a profundizar en lo que es el verdadero mandamiento del Señor.

Quizás sea también la pregunta que nosotros tengamos que hacernos. A nosotros mismos y a Jesús, ¿por qué no? ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ ¿Cuál es el primer mandamiento? Quizás podamos responder todos a uno conforme aquello que un día aprendimos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’. Es lo que recuerda Jesús que estaba escrito en el libro del Deuteronomio: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús viene a decirnos, a recordarnos algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

‘No hay mandamiento mayor que estos’, concluye Jesús. El amor de Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser… pero nos está diciendo Jesús que no podemos amar a Dios de esta manera si no llenamos de verdad de amor nuestro corazón para con todos. El amor a Dios tiene que ser también amor a los hermanos, porque entonces no habría amor verdadero. ¿Cómo amamos al padre y no amamos a los hijos?

Es el mandamiento que nos ha dejado Jesús, que con el mismo amor que El nos ama, amemos a los demás; que con el mismo amor que le amamos a El, amemos a los demás; que no podremos decir que le amamos a El si no amamos a nuestro prójimo. El amor que le tenemos al prójimo será el criterio de credibilidad del amor que le tenemos a Dios. ‘Amar al prójimo como uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’, concluye aquel escriba a las palabras de Jesús. Por eso Jesús le dirá que ‘no estás lejos del Reino de Dios’.

¿Será eso en verdad lo que llevamos grabado en el corazón? Hablábamos al principio de cómo los jóvenes visualizan sus preferencias y sus gustos en los tatuajes que se hacen en las diferentes partes del cuerpo, ¿cómo estaremos nosotros visualizando el amor que le tenemos a Dios?

 

viernes, 29 de octubre de 2021

Dejemos que nuestra vida se impregne de los valores del evangelio y nuestra manera de actuar sea en el estilo de Jesús si en verdad nos decimos cristianos

 


Dejemos que nuestra vida se impregne de los valores del evangelio y nuestra manera de actuar sea en el estilo de Jesús si en verdad nos decimos cristianos

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay momentos en que nos encontramos con situaciones en que no tenemos muy claro cuál es nuestra forma de actuar; quizás nos sentimos presionados por el ambiente que nos rodea, quizá la costumbre o la rutina de que esto siempre se ha hecho así, el actuar de la mayoría como criterio que tienen algunos de encontrarse con la verdad, nos hace dudar cuando nosotros en nuestro interior vemos quizás otra posibilidad, o pensamos que desde un verdadero sentido de la caridad y el amor cristiano nuestra forma de actuar tiene que ser otro. Pero sentimos quizás que la gente no lo va a entender, que vamos a estar nadando a contracorriente y nos dirán que queremos estar cambiando todo, que nos van a tener por radicales y hasta de alguna manera extremistas, y todo eso nos puede llenar de dudas.

Hemos de tener nuestra propia personalidad, tener claros cuáles son nuestros criterios y qué es lo que en verdad tiene que predominar en la vida. ¿Dónde fundamentar esos criterios de autenticidad? ¿Cuál es verdaderamente el sentido que le queremos dar a nuestra vida? Pudiera ser que nos encontráramos envueltos en un mar de dudas. Pero cuando el sentido de nuestra vida parte del Evangelio, cuando en verdad centramos nuestra vida en la fe que tenemos en Jesús nuestras dudas tendrían que irse disipando y no podríamos dejarnos influir por quienes han hecho de su vida una rutina.

Por eso es tan importante que fundamentemos nuestra vida de verdad en el evangelio y en los valores del Reino de Dios. Esto nos obliga a una búsqueda constante, a un analizar nuestra vida contrastándola continuamente con la verdad del Evangelio, con lo que descubrimos en Jesús. Esto nos tiene que hacer valientes de verdad para no dejarnos seducir, para no dejarnos influir por un ambiente que incluso algunas veces se dice religioso y hasta cristiano pero que puede estar lejos de los auténticos valores del evangelio.

Es la profundización que tenemos que darle a nuestra vida. Que no siempre será fácil, porque muchas veces predomina la superficialidad y el dejarse arrastrar evitando todo lo que signifique esfuerzo y superación. Los cristianos necesitamos leer más el evangelio, pero una lectura sosegada, una lectura meditada y hecho oración, una lectura que sea en verdad abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra. Leemos muy deprisa el evangelio y eso cuando lo leemos; no le damos tiempo para que repose en nuestros corazones y vaya así transformándonos por dentro.

Hoy en el evangelio vemos que han invitado a Jesús a comer en casa de unos de los principales de la ciudad; allí hay muchos invitados de los maestros de la ley y del grupo de los fariseos que siempre estarán al acecho de lo que hace o dice Jesús. Y al entrar Jesús se encuentra con un hombre enfermo. Pero es sábado y ya sabemos lo que sucede y lo que son los criterios que predominaban precisamente entre aquellos que en aquel momento rodeaban a Jesús y están al acecho a ver qué es lo que va a hacer.

Jesús, como se suele decir, coge el toro por los cuernos y dirige directamente la pregunta a aquellos que le rodeaban. ‘¿Es lícito curar los sábados, o no?’ No espera respuesta Jesús porque además se han visto sorprendidos por sus palabras que se adelantan a las turbias intenciones que tuvieran en aquel momento. Jesús curó a aquel hombre sin importarle lo que pudieran responderle en su conservadurismo y en la rigidez con que se tomaban las Palabras de la Ley. No le importó a Jesús que lo estuvieran acechando ni la condena que hicieran de El y de su actuación. Es más les comenta.  ‘¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado?’ No tenían nada que decir.

Creo que este pasaje del evangelio y este actuar de Jesús nos iluminan sobre todo aquello con lo que comenzamos nuestra reflexión. ¿Qué es lo que en verdad tiene que predominar en nuestra vida? busquemos siempre los criterios del evangelio.


lunes, 23 de agosto de 2021

Cuidemos de dar con nuestra vida, nuestras actitudes y comportamientos la imagen del Dios compasivo y misericordioso que nos muestra Jesús en el evangelio

 


Cuidemos de dar con nuestra vida, nuestras actitudes y comportamientos la imagen del Dios compasivo y misericordioso que nos muestra Jesús en el evangelio

1Tesalonicenses 1, 1-5. 8b-10; Sal 149; Mateo 23, 13-22

La palabra y la presencia de Jesús son siempre una palabra y una muestra de lo que es la misericordia, la comprensión y el perdón. Es la Buena Nueva que Jesús viene a anunciarnos, al año de gracia del Señor. Todos sus gestos y palabras nos muestran lo que es la misericordia de Dios que inunda nuestra vida y nos llena de gracia cuando nos ofrece su amor y su perdón.

Pero al mismo tiempo la Palabra de Jesús nos denuncia y nos señala el camino equivocado que hemos de enmendar, y no quiere Jesús que con nuestros errores arrastremos al mal a los demás. Nos quiere arrancar de ese camino de error que puede llenar de malicia nuestro corazón aunque siempre le vemos respetar los ritmos y los pasos de las personas en su respuesta a su llamada. Es fuerte, duro y exigente, sin embargo, con quien hace daño a los demás siendo mal ejemplo con sus comportamientos.

Por eso no soporta que los dirigentes religiosos de Israel fueran tan reticentes a la Buena Nueva del Evangelio que Jesús nos traía, pero que además habían ido tergiversando la ley del Señor a base de normas y reglamentos que venían como a encorsetar el cumplimiento de lo que era en verdad la ley del Señor. Terminaban quedándose en el cumplimiento de la letra pero no en el dejarse envolver por el espíritu de lo que realmente era la ley del Señor.

Por eso esas palabras fuertes que hoy le escuchamos en el evangelio llamando a los escribas y a los fariseos hipócritas. Nos hemos acostumbrado a esa palabra que ya ha entrado en nuestro vocabulario ordinario olvidando quizá el origen de esa misma palabra que es lo que nos viene a explicar su sentido.

En el teatro griego los actores cubrían sus caras con una máscara, que servía por una parte para amplificar el sonido de las palabras que pronunciaban, pero que también por lo que representaba aquella máscara se conocía al personaje. Y ese era su nombre, hipócrita, esa doble cara, que no representaba en si al actor sino al personaje, una cara que solo era una apariencia para representar algo.

Y eso les viene a decir Jesús a los escribas y fariseos, hipócritas, por esa doble cara de exigencia para los demás, pero de poco cumplimiento interior en ellos mismos. Solamente desde la apariencia de lo que hacían ya se consideraban que cumplían aunque su corazón estuviera muy lejos de lo que era realmente la voluntad del Señor.

Muchas preguntas para nuestra vida nos provoca este texto del evangelio. ¿También nosotros nos estaremos revistiendo de esas apariencias que se quedan en lo superficial y en lo externo y no cuidaremos debidamente nuestro interior? Pensemos cómo tantas veces estamos preguntándonos qué tenemos que hacer, hasta dónde podemos llegar, cuál es la medida que tenemos que usar nuestros gestos o en nuestro compartir con los demás. Hasta aquí cumplo y desde esa raya no me puedo pasar, pensamos y actuamos tantas veces. Y buscamos nuestras disculpas y nuestros disimulos, nuestras justificaciones y nuestros raquitismos por falta de generosidad.

Por otra parte también tendríamos que preguntar qué imagen de Dios damos con nuestra vida, con nuestras actitudes y nuestros comportamientos con los otros. La imagen que daban aquellos escribas y fariseos de Dios y de la religión estaba bien distante de lo que Jesús nos proponía en el Evangelio. ¿Seremos nosotros acaso así?

Más de una vez hemos escuchado o hasta nosotros mismos lo hemos dicho refiriéndonos a otra persona, tanto ir a la Iglesia, tan religioso que se cree pero mira cómo se comporta con los demás, qué déspota y exigente se comparta con los otros sin expresar la más mínima misericordia en su corazón. Mala imagen de la religión, mala imagen de Dios, mala imagen de cristiano da una persona así. ¿Qué imagen estaremos dando nosotros?

miércoles, 14 de julio de 2021

No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

 


No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27

Todos nos hemos encontrado más de una vez en la vida con el ‘sabelotodo’, gente que va de sobrado en la vida, todo se lo saben, nada pueden aprender nunca de los demás y siempre se considerarán en un estadio superior. Habrán tenido ‘estudios’, como suele decirse, o quizás no, pero ellos se lo saben todo. Todo lo juzgan, todo lo critican, siempre están como en la distancia observando lo que hacen o lo que dicen los demás para poner sus ‘peros’, para sacar a relucir lo que ellos dicen sus sabiduría, su saber, nunca podrán reconocer que otro sabe más o puede hacer las cosas mejor.

Normalmente esas personas resultan incómodas, salvo que quieras entrar en su círculo de adulaciones y lisonjas y entonces sí que te aceptarán pero como el pobrecito que nada sabe y se fía totalmente de él, con lo que al final logran su manipulación que les lleva a querer subirse a pedestales. Y eso es cosa de todos los tiempos y lugares, en todos los aspectos de la vida. Siempre quieren ir de maestros.

En el evangelio nos encontramos aquellos maestros de la ley que nada perdonaban a los demás, aquellos grupos que querían ser dominantes en la sociedad de su tiempo y ya andaban a la greña entre unos y otros, pero también desde todos esos grupos siempre andaban al acecho de quien consideraran ellos que se podía desviar de la ley y los profetas, pero conforme a la interpretación que ellos se hacían.

Son los fariseos y saduceos que rodeaban a Jesús no porque quisieran recibir aquel mensaje, aquella buena nueva que Jesús anunciaba, sino para estar al acecho porque el prestigio de Jesús, sus enseñanzas y luego sus seguidores podían poner en peligro el lugar preponderante que ellos querían ocupar en la sociedad de su tiempo. Eran también los maestros de la ley que venían con preguntas interesadas a Jesús porque no aceptaban que no siendo Jesús de sus escuelas rabínicas se atreviera a enseñar al pueblo.

Unos y otros estaban poniendo una barrera en sus vidas, y por mucho que ellos fueran a escuchar a Jesús nada de aquel mensaje recibían para sus vidas. Ellos eran los sabios y Jesús era aquel pobre profeta venido de la Galilea de los gentiles que poco podría enseñarles. Su prepotencia, su autocomplacencia y autosuficiencia, su orgullo era esa barrera que no dejaba entrar la semilla de la Buena Nueva del Reino de los cielos que Jesús anunciaba.

Claro que por allá andaban los que en verdad tenían hambre de Dios y venían de verdad a escuchar a Jesús. Eran los sencillos, eran los pobres, eran los que no tenían seguridades humanas, eran los que no estaban satisfechos de si mismos y siempre andaban en la búsqueda de algo mejor, los que eran capaces de sentir admiración por las cosas maravillosas que sucedían, eran los que mejor olfato de Dios tenían, porque eran humildes y reconocían su pequeñez y su nada, eran los que sabían discernir donde estaba la verdadera esperanza para sus vidas y entonces se dejaban conducir por el Espíritu, eran los que de verdad podían conocer a Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien’. Así exclama Jesús en esta oración de acción de gracias al Padre. La semilla podía encontrar tierra buena para germinar en el corazón de los pequeños y los sencillos. Allí se revelaba Dios.

La conclusión de toda esta reflexión que nos venimos haciendo es preguntar cual es la actitud con que nos ponemos ante el evangelio. No queremos decir que seamos como aquellos fariseos, saduceos o maestros de la ley del tiempo de Jesús pero acaso el hecho de que seamos ‘cristianos viejos’, nos decimos que venimos de una tradición cristiana porque cristianos han sido nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados y nosotros también cristianos de toda la vida, de alguna manera pongamos también algunas de aquellas barreras de los que ya todo se lo saben, porque qué me van a enseñar a mí ahora que yo ya no sepa.

¿Tendremos la curiosidad de los inteligentes ante el mensaje del evangelio, ante el mensaje de Jesús? El que es verdaderamente inteligente sabe que siempre puede descubrir algo nuevo, de que siempre podemos sentir admiración por lo grandioso que sucede ante nosotros porque no nos acostumbramos a ello. No nos parapetemos detrás del acostumbrarnos a las cosas porque es una forma de hacernos los engreídos y orgullosos que todo lo saben. Qué malo es acostumbrarse a las cosas, perdemos la riqueza y sabiduría de la novedad, y la vida tiene que ser siempre novedad, cuánto más el evangelio.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

 


Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

La malicia que en muchas ocasiones se nos mete en el corazón transforma de tal manera nuestros sentimientos, nuestros valores y nuestra manera de ver las cosas que nos puede llegar a hacer decir que es malo aquello que sabemos muy bien que es totalmente bueno.  Son tales los filtros que ponemos en nuestros ojos que hasta lo más luminoso lo enturbiamos.

Quizá la desconfianza que mutuamente nos tenemos hacen que surjan los recelos para ver intenciones ocultas en aquello que hacen los demás; la rivalidad que nos creamos entre unos y otros quizá por nuestra diferente manera de pensar, nuestros diferentes planteamientos nos impide la cordura suficiente para reconocer lo bueno que hacen también aquellos que piensan distinto a nosotros; los resentimientos que mantenemos en nuestro corazón por viejas cosas que un día sucedieron y que crearon barreras entre nosotros nos hará que nunca podamos ver un puente que nos lleve a un nuevo encuentro y siempre estaremos con esos viejos rencores en nuestro corazón que a la larga nos destruyen por dentro.

No es que todos seamos malos y mantengamos esas malicias que así nos destruyen, pero todos nos podemos sentir tentados a actuar de esa manera en algún momento, y por supuesto tenemos que reconocer que hay muchas personas de limpio corazón que actúan siempre sin ningún tipo de maldad. Pero es bueno constatar esas realidades que nos sirvan para precavernos y si en algún momento nos llegan tentaciones semejantes seamos capaces de superarlas.

Hoy nos habla el evangelio de hechos semejantes. Jesús va a la sinagoga, era sábado y allá estaban escribas y fariseos al acecho para ver qué hacía Jesús. Había un hombre enfermo, con una mano paralizada. ¿Lo curaría Jesús siendo sábado en que estaba prohibido todo tipo de trabajo? Y es Jesús el que le pide que se ponga en medio. Y es cuando interpela a aquellos que le estaban acechando. ‘Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

¿Es que podemos dejar de hacer cosas buenas simplemente porque haya unas normas, puestas quizá con buena intención, pero que con nuestras interpretaciones manipulamos? Es lo que estaba sucediendo con el descanso sabático. El sábado era para el Señor y todo el día tenía que estar dedicado a Dios y a su culto y alabanza. Pero hemos de reconocer que encerraba también otra cosa buena con la obligación del descanso; no se podía convertir el trabajo en una esclavitud, y si no hubiera normas que impusiesen el descanso también podría haber gente que se aprovechara de los pobres para obligarles a trabajar y suprimirles el descanso. Pero llegar a convertir esa norma en algo que nos impidiera incluso hacer el bien no tendría sentido ninguno.

Muchas lecciones podemos, pues, deducir de este texto evangélico donde seamos capaces de ver la valoración de la persona que en todo momento hemos de saber hacer. Nada ni nadie puede esclavizar a la persona, pero en nuestras manipulaciones humanas los que se creen poderosos también con el trabajo pueden manipular y esclavizar a los que nada tienen. Y esto es algo que hoy podemos seguirnos encontrando en nuestras sociedades que decimos tan avanzadas y en que tanto se ha progresado, por ejemplo, en el derecho y respeto de los trabajadores.

Pero está la otra lección desde los aspectos con que comenzamos nuestra reflexión y que vemos reflejados en la actitud de aquellos escribas y fariseos que estaban con la malicia en el corazón al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Purifiquemos nuestro corazón de todo tipo de malicia; tengamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea luz, todo lo que sea bueno de cualquier parte que venga; aprendamos a valorar el bien y eliminemos toda clase de prejuicios que llenan de malicia el corazón.

viernes, 20 de marzo de 2020

Nos tenemos que sentir inquietos e insatisfechos si no llegamos a hacer que nuestro amor a Dios sobre todo se traduce en el amor al prójimo como a nosotros mismos


Nos tenemos que sentir inquietos e insatisfechos si no llegamos a hacer que nuestro amor a Dios sobre todo se traduce en el amor al prójimo como a nosotros mismos



Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
Nos dice el evangelista que ‘un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’
Siempre nos preguntamos por qué aquel escriba le hace esta pregunta a Jesús. Nos decimos que si era un escriba, un maestro de la ley, era algo que tenia que saber muy bien. ¿Por qué, entonces, la pregunta? Muchas veces decimos, así aparece en algún otro momento en el evangelio, que era como un poner a prueba a Jesús, un tenderle una trampa, un juicio en cierto modo que quería hacer de la enseñanza de Jesús a ver si se conformaba con los expresado en la Ley y los Profetas.
Pero, ¿por qué no podemos pensar que de alguna manera era como una inquietud que había en su corazón, una insatisfacción que le interrogaba por dentro? Nos puede pasar a nosotros que en ocasiones preguntamos no porque no sepamos las cosas sino que de alguna manera queremos confrontar lo que llevamos dentro que nos puede producir inquietud, insatisfacción, una búsqueda que llevamos en nuestro interior en la que no sabemos donde vamos a encontrar la luz.
No importa que nos surjan dudas en nuestro interior, que nos interroguemos a nosotros mismos buscando la respuesta, buscando la verdad. Hay ocasiones en que lo que hemos estado haciendo desde siempre ahora parece que no nos satisface, que quizá le falta algo que lo podía hacer mejor, que quizá se haya podido convertir en una rutina de nuestra vida y ahora parece como un sin sentido. Siempre tenemos que estar en esas ansias de búsqueda de algo mejor, o de hacer lo que hacemos con una mayor autenticidad; hay frialdades que se nos meten por dentro que nos van produciendo una tibieza en lo que hacemos o en lo que vivimos y no podemos dejarnos ir por esa pendiente.
Tendremos que tener la valentía de planteárnoslo o de ir a buscar quien nos saque de dudas, que nos ayude a reflexionar, que nos haga ver una cara distinta, que nos eleve de esa tibieza para darle más calor espiritual a nuestra vida. Pero tenemos que saber bien a quien vamos a acudir, hemos de saber oler donde hay verdadera sabiduría y verdadera altura espiritual, no nos podemos contentar con ir a cualquier charlatán, y lo digo así, charlatán porque es lo que nos podemos encontrar a veces.
Aquel escriba acudió a Jesús. No era tentarlo o ponerlo a prueba, sino que se estaba probando a si mismo. Jesús le responde textualmente con lo que estaba escrito en el libro de la ley y lo que realmente todo judío se sabia hasta de memoria. Es el amor a Dios sobre todas las cosas lo que es la ley y el mandato principal; pero un amor auténtico, un amor que no son solo palabras, un amor que se traduce en una vida, porque nos hará ver a los demás también de manera distinta. Por eso Jesús une en su respuesta dos textos del antiguo testamento. Amarás a Dios sobre todas las cosas, pero el segundo es semejante a este. Quiere decir que tiene la misma importancia; quiere decir que no podemos decir que cumplimos con el primero si no tenemos en cuenta el segundo, como decíamos, es la visión nueva que hemos de tener de los demás. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. ‘No hay mandamiento mayor que estos’.
Pero es importante que nos fijemos en la respuesta del escriba que viene a repetir las mismas palabras de Jesús, pero terminará diciendo que quien viva este amor está haciendo algo que vale más que todos los holocaustos y sacrificios. No es con los holocaustos y sacrificios ofrecidos ritualmente allá en el altar del templo donde estamos manifestando todo lo que es ese amor que decimos le tenemos a Dios, es en ese amor que se convierte también en amor al prójimo.
Está manifestando aquí y de esta manera seguro la inquietud que llevaba dentro y que no se atrevía a terminar de pronunciar, porque quizá le podría parecer que traicionaba lo que habitualmente se enseñaba en las sinagogas y en las escuelas rabínicas. Pero ahora ante Jesús lo expresa porque en las palabras de Jesús está viendo reflejada, está viendo la respuesta a todo lo que lleva dentro. Por eso Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. Su corazón está dando pasos, su vida va tomando un nuevo sentido, está comenzando a entender lo que es ese Reino de Dios que Jesús les anuncia. No estás lejos del Reino de Dios.