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miércoles, 9 de julio de 2025

Las credenciales para un anuncio autentico del evangelio del Reino de Dios tienen que ser nuestras obras de amor

 

Las credenciales para un anuncio autentico del evangelio del Reino de Dios tienen que ser nuestras obras de amor

Génesis 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Salmo 32; Mateo 10,1-7

Cuando se le confía una misión a alguien que ha de realizarla en nombre de quien lo envía, al enviado se le da unas credenciales, un salvoconducto, una especie de certificado o carta de recomendación, un poder para que pueda actuar en nombre de quien lo envía o de quien representa – muchos nombres se le puede dar al asunto según sea la misión y el lugar donde tenga lugar esa representación. Eso, podríamos decir, que forma parte de los protocolos de la vida, algo muy presente en la sociedad regulada con sus leyes y con sus normas.

Aquí viene la pregunta, quienes actúan en nombre de Dios, porque se sienten llamados a una misión, porque adquieren unos compromisos concretos, porque habiendo descubierto la maravilla del mensaje evangélico se sienten, por así decirlo, obligados a trasmitirlo, a comunicarlo, ¿Cuáles son las cartas de presentación con que se presentan? ¿Cuáles van a ser las credenciales que acrediten la misión a la que se sienten llamados? ¿Cuáles son los poderes que les acompañan?

No son preguntas ociosas, no son preguntas que no tengan sentido. No es solo que nos revistamos de unos ornamentos de lo sagrado para decir que somos unos consagrados; no es solo la facilidad de palabra que tengamos o incluso si queremos ponerlo así de crudo los estudios que hayamos realizado, lo que nos va a garantizar la verdad que queremos proclamar, no es solo porque nos tengamos bien estudiado y programado lo que podemos hacer, lo que nos da la veracidad necesaria a la Palabra que vamos a proclamar en nombre de Dios.

Podíamos decir que hay una garantía que lo viene a resumir y fundamentar todo, el amor. Es el amor que vivimos y que reflejamos en nuestras vidas, es el amor que se hace testimonio en las obras que realizamos, es el amor que va a ser la verdadera levadura que va a hacer fermentar la masa del mundo.

Y eso lo estamos encontrando en las mismas palabras con la que Jesús hace el envío de sus discípulos, de sus apóstoles en este caso. Ha elegido Jesús a doce entre todos los discípulos que le siguen, el evangelista con todo detalle nos da incluso sus nombres. Y son los que ahora Jesús envía en medio de aquellas multitudes que le rodeaban a través de aquellos pueblos y aldeas de Galilea que Jesús iba especialmente recorriendo, multitudes, como nos dice, que andaban desorientadas, que daba la impresión que eran ovejas que corrían de un lado para otro porque les faltaba un pastor.

Y es a esos a donde Jesús envía a los doce pero con la posibilidad de que dieron los signos del amor. Algo tenía que ser luz para todas aquellas gentes y la luz vendría de las obras del amor que tenían que ir realizando. Tenían que ir transformando aquel mundo y esa transformación solo se podía hacer desde el amor. El amor que sanaba y daba vida, el amor que caldearía los corazones para arrojar de sus vidas todo lo que no fuera amor. Les dio poder, nos dice el evangelista, para curar enfermos y para arrojar demonios.

Ahí lo dice todo. Esos signos que irían realizando son la garantía de la autenticidad del Reino de Dios que sería anunciado. ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Es el anuncio. Pero para hacer ese anuncio  ‘llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Era lo que tenían que ir realizando, era la autentica carta credencial de la misión que se les había confiado.

Es lo que la Iglesia ha querido ser siempre a través de todos los tiempos; en todas partes ha querido resplandecer por el amor. ¿Con qué obras estaremos dando señales de esa garantía hoy los cristianos de este siglo y en medio del mundo en que vivimos? Muchas son las obras en las que brilla la Iglesia en este sentido hoy, pero ¿nosotros, cada uno como individuo, qué más podríamos o tendríamos que hacer hoy?

viernes, 17 de marzo de 2023

El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

 


El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34


Recuerdo que nuestras madres cuando éramos pequeños y quizás nos enviaban con un recado ya fuera a la venta o a la casa de un vecino, al escribirnos lo que teníamos que llevar aquel papel nos lo trababan con un imperdible, ya fuera en la ropa o en algún apropiado para que no lo perdiéramos; lo mismo quizás una medalla o un escapulario que querían que llevásemos nos lo trababan así con un imperdible para que no tuviera perdida.

Me ha venido esta imagen a la cabeza reflexionando sobre lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y tomando esa imagen yo me atrevo a decir que el imperdible para que no perdamos a Dios es nuestro prójimo. Sí, podemos perder a Dios y no encontrarlo a pesar de que nos sepamos muy bien eso de que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas.

Le estaba sucediendo a aquel letrado, aquel maestro de la ley que viene con sus preguntas a Jesús. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Cuál es el mandamiento principal? Y Jesús con gran pedagogía responde textualmente con aquellas mismas palabras que todo buen judío sabía de memoria- ¿y como no iba a saberlas el letrado si era un maestro de la ley? – y repetía muchas veces al día. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Esto lo sabían todos, los fariseos incluso lo llevaban escrito en las franjas de sus mantos, en la puerta de cada casa lo tenían escrito también y todo buen judío al salir o al entrar en casa repetía estas palabras.

Hasta aquí no le dice nada nuevo que no supiera Jesús al escriba, pero es que Jesús habla del mandamiento primero, pero habla también del segundo mandamiento que es semejante al primero, que tiene la misma validez que el primero, que no se puede entender el primero si no entendemos y cumplimos con el segundo. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Aquí se siente sorprendido el escriba que no le queda más remedios que dar razón a Jesús. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Vale más que todos los holocaustos y sacrificios, le repite, el amor al prójimo como a uno mismo. Puede haber muchos holocaustos y sacrificios, pero hay algo que vale mucho más, el amor al prójimo. Si no hay amor al prójimo no podremos decir que tenemos verdadero amor a Dios. Es la garantía de que amamos a Dios de verdad. Es la garantía de que nos estamos encontrando con Dios, de que conocemos a Dios.

De ahí la frase que os decía al principio. El imperdible para que no perdamos a Dios es el prójimo. Teniendo presente ante nuestros ojos a nuestro prójimo estamos teniendo presente a Dios. ¿No nos dirá Jesús que todo lo que le hagamos al prójimo es como si se lo hubiéramos hecho a El? Garantía del amor a Dios, garantía de nuestro encuentro con Dios, garantía de que conocemos a Dios, amamos y amamos de verdad, porque ahora se nos está diciendo que amemos como nos amamos a nosotros mismos, pero terminará diciéndonos Jesús que amemos pero como nos ama Dios, ‘como yo os he amado’.

Llevemos ese imperdible bien prendido en nuestra vida. No nos perderemos. O como nos decía un teólogo y escritor del siglo XX ‘El prójimo es nuestro lugar de cita con Dios’ (Cabodevilla).