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sábado, 6 de junio de 2026

Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios


Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios

2Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Marcos 12, 38-44

¿Seguiremos hoy haciendo gala de nuestros ropajes, aprovechando cualquier oportunidad para hacer gala de nuestra importancia, para hacer a los demás nuestra valía o la capacidad que tenemos de influencias, avasallando con nuestra preponderancia a los que nos rodean porque nos sentimos superiores? No se trata, y creo que lo entendemos, de tocar trompetas o campanillas delante de nosotros como nos denuncia hoy Jesús en el evangelio la actitud de los escribas, pero sí de ciertas actitudes que muchas veces nos rebrotan con las que vamos haciendo nuestras distinciones, vanidades que nos endiosan, o actitudes discriminatorias porque con no todos queremos mezclarnos.

El evangelio de hoy es para escucharlo con atención y meditarlo mucho en nuestro corazón. Porque frente a aquello con lo que Jesús estaba haciendo reflexionar a la gente aparece inmediatamente reflejado en aquellos que van entrando en el templo. Y Jesús nos hace estar atentos, solo El será capaz de percibir el sentido de los gestos que allí se van manifestando. Allí están las arcas de las ofrendas y Jesús observaba como ostentosamente muchos hacían grandes ofrendas, mientras había quien humildemente ofrecía de lo poco que tenía pero nunca buscando la ostentación ni la apariencia de la vanidad.

Es Jesús el que observa la ofrenda de aquella viuda pobre que solo echó dos monedillas, como nos comenta el evangelista, un cuadrante. Y Jesús lo destaca, se lo hace ver a los discípulos que tiene más cercanos. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el que se apoya en la vida no en lo que tiene, sino que pone toda su confianza en Dios. Ha echado todo lo que tenía para vivir, que señala Jesús; se ha quedado sin nada. Es la mujer de la bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielo’, que nos dirá Jesús en el Sermón del Monte. ‘Dichosos los que tienen hambre, porque ellos serán saciados’, seguirá diciendo Jesús.  Ya María había cantado también dando gloria a Dios por las maravillas que realiza en nosotros porque ‘su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

¿Quién salió enaltecido y colmado de bienes ese día del templo? Quienes tacañamente se habían contentado con dar de lo que les sobra, seguramente saldrían con el corazón vacío, quien se había desprendido de todo por la generosidad de su corazón llevaría en sí un gozo y una satisfacción que por nada se podría cambiar. ¿No nos habrá sucedido a nosotros mismos en alguna ocasión en que a regañadientes, porque por algunas circunstancias nos vimos como obligados, tuvimos que desprendernos de alguna cosa que luego nunca sentimos ninguna satisfacción interior sino que más bien seguíamos rechinando por aquello que hicimos a regañadientes? ¡Qué bien nos sentimos cuando somos generosos y desprendidos aunque nos quedemos sin nada!

Aquel fariseo de la parábola que había subido al templo para hacer gala delante de todos de lo bueno que era y de las cosas que hacía, nos dice Jesús que no bajó justificado, pero sí aquel que se había sentido pequeño y humilde poniendo su vida en las manos de Dios. Detrás de nuestras vanidades, de nuestras apariencias, de nuestras aspiraciones a grandezas humanas, como decíamos al principio, ¿qué es lo que nos queda? Un vacío interior. Solo en el amor y en nuestra confianza en Dios es cómo realmente nos sentiremos saciados.

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

 


Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

Daniel 1, 1-6. 8-20; Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Perdona es que no tengo monedas sueltas en el bolsillo, otra vez será, decimos mientras hacemos el amago de estar rebuscando en el fondo del bolsillo y no encontramos nada. Quizás sea la respuesta que más de una vez hemos dado al muchacho que nos ayudó a llevar el carro de la compra a nuestro coche. Pero quizás no hemos mirado las cosas superfluas que llevamos en nuestro carro de compra, pero como fue pagado con VISA sí teníamos dinero.

Esto puede reflejar mucho de nuestro sentido de vida. No se trata ya solamente de lo mezquinos que somos en ocasiones cuando se trata de dar – pensemos también en lo que rebuscamos en nuestros bolsillos cuando en la iglesia nos pasan la bandeja de las ofrendas – sino que puede significar la mezquindad con que andamos también en muchos aspectos de la vida.

Puede significarnos los mezquinos que andamos a la hora de compartir con las personas que nos rodean, y no se trata ya del compartir cosas materiales en las necesidades que puedan pasar las personas de nuestro entorno sino en las reservas que nos ponemos en la hora de la amistad. Tenemos nuestras líneas rojas para saber a quien aceptamos y a quien queremos tener lejos de nosotros; son las desconfianzas y la falta de sinceridad en nuestras relaciones; las barreras que vamos poniendo o los abismos que creamos porque no nos caen bien, porque un día tuvimos un tropiezo, porque… porque… porque y ya sabemos como somos en nuestras mutuas relaciones.

Una mezquindad en no querernos dar, abrir nuestro corazón, saber caminar juntos, ser comprensivos con los demás, no juzgar ni condenar, pero que puede ser señal también de la superficialidad con que vivimos muchas veces solo desde la apariencia; queremos aparecer como buenos, pero dentro de nosotros no hemos borrado aun la malicia para sospechar siempre de los demás.

Cuando hay vacío dentro de nosotros porque no hemos buscado lo que da verdadera profundidad a la vida, ponemos una mascarilla por fuera para disimular y para aparentar. Necesitamos vientos que nos hagan caer esas mascarillas, para que a nosotros mismos nos descubramos cuál es nuestra realidad; decimos que somos buenos porque un día encontramos esa calderilla, pero ni a nosotros mismos nos conocemos.

Nos da mucho que pensar este episodio que parece sencillo e insignificante que nos narra hoy el evangelista. Están a la entrada del templo, aquel espacioso y amplio templo de Jerusalén con muchos pórticos en los que se arremolinaba la gente a la hora de las ofrendas, o escuchaban a los maestros de la ley que enseñaban al pueblo tras la proclamación de la Ley y los Profetas, como era tradicional. Por otros momentos del evangelio conocemos el bullicio que allí se forma con los que venían de distintos lugares a aquel lugar que tenía que ser casa de oración y de encuentro con Dios.

Jesús está observando a los que van entrando. Con mucha solemnidad y aspaviento aquellos que se consideraban los poderosos dejaban caer de manera sonora sus monedas en el arca de las ofrendas. Muchos también silenciosamente dejaban su ofrenda grande o pequeña porque era también una forma de pagar sus diezmos y primicias como estaba regulado en la ley de Moisés. Las ofrendas eran también una muestra del corazón agradecido a Dios de quien todo habían recibido. No es un regalo sino una respuesta, no es una imposición sino una forma de decir gracias. ¿Lo habremos pensado así nosotros de nuestras ofrendas?

Pero Jesús se fija en algo especial porque parece que solo El se ha dado cuenta de la ofrenda de aquella pobre viuda. Y Jesús comentará que aquella mujer aunque solo ha puesto unos cuartos, la moneda más pequeña, ha dado sin embargo mucho más que los habían hecho ofrendas cuantiosas. Como dice Jesús aquella mujer ha dado todo lo que tenía, mientras los otros daban de lo que les sobraba.

Es todo un interrogante para nuestra conciencia, es preguntarnos donde está la generosidad de nuestro corazón, es analizar la profundidad que le damos a nuestra vida y a lo que hacemos, es la manifestación de un corazón agradecido que quiere así cantar la alabanza del Señor. ¿Seremos también mezquinos en eso?

lunes, 25 de noviembre de 2024

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

 


Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Salmo 23; Lucas 21,1-4

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando. Algunos pueden decir, ¿pero un simple grano de arena? Otros granos habrá, podrán argumentarnos. Pero si cada grano de arena, o todos los granos de arena, porque se consideran pequeños y como tal innecesarios se marchan, vamos a decirlo así, a otra parte, ¿qué es lo que quedará para esa construcción?

Jesús está en el templo, en las cercanías de la entrada quizás, pero ciertamente en un lugar desde el que puede observar a quienes van entrando en el templo; cercana está el arca de las ofrendas y según van entrando allí van poniendo sus limosnas o su contribución al servicio del templo, como queramos verlo; algunos quizás con grandes aspavientos, como suele suceder con los fariseos, echan ofrendas ‘generosas’ en el arca, pero Jesús observa a una pobre mujer, una viuda pobre según se ve por sus circunstancias, que también deposita su ofrenda. Ha pasado desapercibida, porque además no han sonado escandalosamente las monedas, porque solo echa unos cuartos.

Y aquí viene el comentario de Jesús, ‘En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Siempre nos hemos quedado en el comentario de la generosidad de aquella mujer que solo tiene unas monedas y ‘ha echado todo lo que tenía para vivir’. Pero creo que hay algo más, aunque ya eso de por sí es enormemente significativo y muchas veces lo hemos comentado. Pero vamos a fijarnos en esas dos monedillas, que podríamos pensar que ni se iban a notar entre todas las otras generosas ofrendas que se realizaran. Pero eran importantes, es su contribución para Dios, es su contribución para el culto, es su contribución a lo que es la organización de aquella sociedad que giraba en torno al  cumplo del templo, es su contribución para las obras sociales o benéficas que se hicieran a partir de las ofrendas del templo.

Y aquello era valioso. Aquella mujer en su pobreza no se desgajaba de su sociedad, de su mundo ponía su pequeño grano de arena tan importante con los otros grandes pedruscos, vamos a seguir con la imagen, con que otros contribuían. Y eso nos puede estar diciendo mucho a nosotros, a la contribución que cada uno desde lo que es y desde lo que tiene está haciendo, tenemos que hacer por el bien de nuestro mundo de nuestra sociedad. Cuantas veces, quizás en nuestra tacañería, nos escudamos en nuestra pobreza; en que yo no valgo, es que yo qué puedo aportar, es que yo tendría que pensar primero en mi mismo, en mis necesidades y problemas… aquella pobre viuda no lo pensó así.

Y recordamos otros episodio bíblico que hemos meditado recientemente acompañando también a este evangelio de la viuda del templo de hoy, aquella cananea que solo le quedaba un poco de aceite y un poco de harina para hacer un pan para ella y su hijo y después esperar la hora de la muerte, pero cuando el profeta se lo pide generosamente lo ofrece y la alcuza de aceite no se consumió ni la orza de harina se vació.

¿Dónde está nuestro compromiso? ¿Dónde guardamos o ponemos nuestro pequeño grano de arena? ¿Dónde habremos enterrado el talento que se nos ha confiado y recordamos más pasajes evangélicos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos? ¡Qué importante es nuestro pequeño grano de arena!

domingo, 10 de noviembre de 2024

Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta lo pequeño y a saber colaborar desinteresadamente, a escuchar y a comenzar a activar la sintonía del amor

 


Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta lo pequeño y a saber colaborar desinteresadamente, a escuchar y a comenzar a activar la sintonía del amor

1 Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

En nuestra arrogancia cuantas veces nos sucede que minimizamos el valor de cosas o de personas que nos parecen poco importantes en la vida, sobre todo desde nuestros criterios de pensar que solo lo nuestro es lo que vale, que las cosas pequeñas pasan desapercibidas y sin valor y que hay que hacer cosas verdaderamente llamativas o que ser un poco más significativo en la vida para que lo que tengamos en cuenta.

Nos dejamos impresionar por la presentación pero no vamos al fondo; una persona nos parece muy pequeña y humilde y sin valor, mientras que quizás tenemos más en cuenta al que va avasallando a todo el mundo. Cuántas veces nos desentendemos de personas y no valoramos lo que hacen simplemente porque nos parecen que son insignificantes y nada nos pueden aportar. Cuántas veces decimos también, ¿eso lo dijo fulanito? ¿Qué sabe ése o qué puede opinar de estas cosas si no sabe hacer la o con un canuto de caña? Y esto nos puede suceder en muchos aspectos de la vida. Es lo que viene a denunciarnos hoy Jesús en el evangelio.

Estaba a la entrada del templo, quizás en aquellas explanadas a donde todos, incluso los gentiles, podían tener acceso; había otros lugares más interiores que se acercaban al lugar de los sacrificios, y era donde enseñaban los maestros de la ley o se proclamaban las Escrituras de la Ley y los Profetas. Fuera cual fuera la situación de Jesús, en el atrio de los gentiles o en el lugar más reservado para la oración y la escucha de la Palabra, estaba atento Jesús a cuanto sucedía. Comenta la postura de los que van avasallando con su superioridad llena de vanidad y orgullo, pero está atento a quienes al pasar junto al cepillo de las ofrendas van allí dejando sus limosnas o contribución al culto del templo.

Una viuda anciana ha dejado allí su minúscula ofrenda en comparación con las monedas que hacen resonar los que antes o después han pasado, pero para que todos escuchen y alaben su generosidad. Pero Jesús se ha fijado en aquella mujer y para ella tiene hermosas palabras que comenta con sus discípulos más cercanos. Ha echado unos cuartos pero ha sido de más valor que cuantos en su vanidad hacían sonar sus monedas, pero que era solamente de lo que les sobraba. Aquella pobre mujer ha echado cuanto tenía para vivir.

Podría parecer irrelevante lo que aquella mujer hacía. Quizás nosotros desde la barrera que nos creamos con nuestros juicios previos y todo ese montaje que nos armamos muchas veces en la cabeza y en el corazón, también podríamos ponernos a hacer nuestros juicios. Quizás hubiéramos ido corriendo a decirle a aquella mujer que no tenía por qué hacer esa ofrenda cuando ella estaba pasando tanta necesidad; y nos ponemos a hacer nuestros juicios sobre la religión y sus prácticas, sobre las cosas que hace la gente sencilla que a nosotros nos puede parecer incluso un sin sentido, pero ¿por qué tenemos que juzgar lo que hay en el corazón de la persona que actúa no solo con buena voluntad sino con todo su amor?

¿Qué sabemos lo que hay en el corazón de la otra persona? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y dejar de valorar lo que el otro en la rectitud de su conciencia está haciendo porque está pensando que es lo mejor? ¿Por qué tienen que prevalecer nuestros criterios sobre las decisiones que nacen del corazón entregado de amor de los demás?

Con que facilidad vamos en la vida descalificando, quitándole valor a lo que hacen los demás, condenando cuando no hacen las cosas como a nosotros nos gusta hacerlas, viendo torcidas intencionalidades en lo que hacen los demás, porque como decimos por algo hacen lo que están haciendo, no respetando la buena voluntad del que quiere hacer lo mejor según su conciencia.

Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta el bien que están haciendo las otras personas y a saber colaborar desinteresadamente con todo lo bueno que se pueda hacer por los demás, a escuchar lo que los demás nos puedan ofrecer y a comenzar a sintonizar que para ello es necesaria tener activada la sintonía del amor, a saber acercarnos al que nos parece pequeño e insignificante descubriendo también toda la riqueza y sabiduría que puede llevar en su corazón  y en las cosas que hace. Finalmente pongamos también generosidad en nuestra propia vida; lo podemos hacer cuando nos hemos dejado envolver y empapar por el amor.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

 


Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn. 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Cuántas vueltas damos cuando tenemos que desprendernos de algo; como se suele decir dar más vueltas que un perro para echarse. Nos lo pensamos una y otra, esto en otra ocasión nos va hacer falta, ya siempre puedo sacarle alguna utilidad y vete a saber qué es lo que van a hacer con ello, mil imaginaciones, mil vueltas, mil preguntas llenas de dudas; somos recelosos, nos volvemos mezquinos. Es como si solamente pudiéramos dar cuando ya nos sobra y no lo necesitamos para nosotros. Y dar de lo que sobra no es generosidad.

Sin embargo qué grande es la satisfacción que sentimos en nuestro interior cuando damos el paso de la generosidad y del desprendimiento; hasta parece que nos hemos quitado un peso de encima; es que nos sentimos cómo más livianos, más ligeros, más libres. El egoísmo nos ata y nos esclaviza, porque nos esclaviza a las cosas, porque parece que sin ellas nada somos y por eso no queremos desprendernos de lo que consideramos nuestro, y nos esclaviza a nuestro propio yo que nos encierra en nosotros mismos. Cuando somos generosos y damos nos sentimos más libres.

Es la lección que Jesús nos da hoy en el evangelio. Y la da fijándose, precisamente, en las actitudes de los demás. Estaba a la entrada del templo, frente al cepillo de las limosnas. Era el lugar de las ofrendas. Algo que cuando se hace de verdad nos hace humildes, lo tenemos que hacer con humildad para que adquiera todo su valor. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Y ya llama la atención de los que poco menos que van tocando campanillas por delante cuando van a hacer algo bueno para que la gente se vuelva hacia ellos y vean lo que hacen. Son distintos momentos del evangelio en los que Jesús nos habla de esto.

Allí iban entrando en el templo los que se consideraban importantes y con mucha ostentación y mucho ruido iban depositando sus monedas en el arca de las ofrendas. El ruido de los que se creen importantes hará que pasan más desapercibidos los que actúan con sencillez y humildad. Es en lo que se fija Jesús. Una pobre viuda deposita también su ofrenda. No hace ruido, nadie sabrá lo que allí ella ha depositado, nadie es consciente del sacrificio que le habrá costado a aquella pobre mujer el depositar religiosamente allí su ofrenda. Es un pobre de Yahvé, de los que habían hablado los profetas. Son las personas humildes que de verdad agradan al corazón de Dios.

Es Jesús el que se ha fijado y resalta ante sus discípulos el valor de lo que hecho aquella mujer. Ha echado todo lo que tenía para vivir. Sus pequeñas monedas sí que son valiosas a los ojos de Dios. Como dice Jesús en su pobreza ha echado más que aquellos que han puesto en el cepillo de lo que les sobra. Aquella mujer nunca se sentirá abandonada de Dios. Podemos recordar ejemplos del antiguo testamento como el caso del profeta Elías con la mujer sunamita, a la que solo le quedaba un poco de harina y unas lágrimas de aceite para hacerse para ella y su hijo y luego esperar la muerte. Pero allí está el profeta que recuerda que la generosidad de Dios es más grande, y no va a mermar el aceite en la alcuza ni la harina en el cajón.

Es lo que ahora nos está enseñando Jesús. No le demos vueltas. No nos lo pensemos tanto. Pongamos generosidad en la vida. Seamos capaces de ser desprendidos. No miremos lo que a nosotros nos puede faltar, sino el regalo de vida que nosotros podemos compartir. Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo.

sábado, 10 de junio de 2023

Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

 


Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra  vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

Tobías 12, 1.5-15.20; Sal.: Tb 13; Marcos 12,38-44

¿Dónde podemos encontrar la verdadera medida del hombre? ¿Cuál es la verdadera altura de la persona? No tenemos que ir dándonos codazos en la vida para hacer aparentar que mido un centímetro más de altura que el otro. No son las medidas de un cuerpo esbelto lo que nos va a dar esa altura; no son los ropajes con que nos revistamos porque al final seremos como fantoches a los que han puesto unas bonitas vestimentas pero realmente están desnudos y vacíos por dentro; no es el sillón más alto y más lujoso que podamos colocar en los lugares que llamamos sitios de honor porque al final la fila no va a comenzar en ese orden que en nuestro interés habíamos predispuesto.

Recordemos que Jesús cambia el orden de los que van a ser llamados porque los últimos serán primeros y los primeros van a quedar para los últimos. Y en ese sentido podríamos seguir recordando muchas recomendaciones de Jesús. Cuando los discípulos discutían por los primeros puestos les decía que habían de hacerse los últimos y los servidores de todos.

Pero quizás seguimos preguntándonos por la verdadera medida del hombre. Y ya sabemos que no está ni en las fantasías ni en las vanidades, ni en el tamaño de nuestro bolsillo, ni en las palabrerías que encandilan y aturrullan pero que al final no dejan ningún mensaje ni ninguna huella que merezca la pena. Cuántas palabras vacías escuchamos a lo largo del día, cuantas promesas que se vuelan como el humo en una mañana de viento, cuantas palabras encantadoras, pero que son eso encantadoras que solo las necesitan los que no quieren escuchar nada con fundamento. La medida tenemos que irla comenzando a buscar por nuestro corazón.

Será el corazón generoso el que nos da la verdadera medida de la persona. Podrá ser alguien que para la mayoría de la gente pase desapercibida porque no hace ruido ni llama la atención. Como aquella anciana del evangelio que tras el bullicioso cortejo de los que van haciendo alarde de sus vanidades, ella calladamente, sin que nadie sea capaz de notar su presencia, pareciera que furtivamente porque ningún ruido se escucha, deja caer sus dos monedas en el arca de las ofrendas.

El bullicio de la vanidad no nos dejará escuchar el murmullo que como el susurro de una suave brisa para junto a nosotros pero que puede ser que el que nos deje profunda huella. No sintió el profeta, como hemos comentado más de una vez, la presencia de Dios en el fragor del terremoto que partía las montañas, ni en el huracán que parecía arrebatar de su sitio árboles y edificaciones; en el susurro de la suave brisa sentirá el paso del Señor compasivo y misericordioso que iba derramando vida con su amor en todos los que sentían su presencia.

Aquella anciana que Jesús estaba observando echar sus monedas en el arca de las ofrendas fue ese susurro de Dios que nos venía a descubrir la grandeza de aquella humilde persona. Será, pues, la generosidad del corazón la que nos dará la verdadera medida de la persona. Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que nos dejará verdadera huella en nosotros, de quienes somos generosos de corazón, pero también de quienes tengamos la suerte de descubrir esa generosidad de tantos a nuestro lado.

Es el camino del Reino que nosotros hemos de vivir; son las señales que tenemos que dar de esa presencia del Reino de Dios en nuestra vida y con lo que lo queremos hacer presente en nuestro mundo.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Detengámonos a mirar con los ojos y a los ojos y veremos lo que hay detrás y surgirá una generosidad nueva en el corazón

 


Detengámonos a mirar con los ojos y a los ojos y veremos lo que hay detrás y surgirá una generosidad nueva en el corazón

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Sal 23; Lucas 21,1-4

No siempre sabemos lo que se oculta tras el rostro de una persona. Y no vamos a ir ahora por el campo de las desconfianzas, porque además es a lo primero que nos sentimos tentados, sino que detrás de aquel rostro hay una vida, con su historia, con sus alegrías y con sus penas, con sus sufrimientos y con sus angustias. Por supuesto, no podemos saber, no podemos ser adivinos, pero sí darle la confianza de creer en la persona, de valorar a la persona, y podremos desde esa confianza ganada llegar a conocer, no por curiosidad, sino para entrar en una empatía distinta qué es lo que hay en esa persona.

Esta actitud podría tener muchas consecuencias, primero es el respeto hacia esa persona alejando desconfianzas y sospechas, ahí está la valoración de la persona, la comprensión ante sus actitudes o sus posturas, ante sus silencios o ante lo que con su mirada quizás nos quiera trasmitir. No comenzaríamos por hacer juicios de valor, como tantas veces hacemos, no tenemos por qué criticar desde nuestros prejuicios; sí tenemos que saber llenar nuestro corazón de amor para entrar en una nueva sintonía. No es fácil, pero sí es posible según el amor que desarrollemos en nuestro corazón y la actitud positiva con que nos acerquemos a esa persona. Qué distintas serían nuestras relaciones, nuestro trato, qué distintos serían los gestos que fuéramos capaces de poner.

Hoy Jesús nos está enseñando una cosa importante con este texto del evangelio que se nos ofrece. Jesús simplemente está a la entrada del templo, allí muy cerca de donde están los cepillos de las ofrendas. Mucha gente desfila por aquel lugar, pero Jesús está siempre con su mirada atenta, porque quiere llegar al corazón de cada persona.

Al entrar al templo muchos van echando sus ofrendas y limosnas en los cepillos allí colocados, unos más otros menos. Entre todas aquellas personas una viuda se acerca también a echar su limosna. Pasaría desapercibida, porque ni iba tocando campanillas para hacerse notar – es una forma de hablar, aunque también podía ser la forma para algunos – ni hacia ningún aspaviento sino que quería pasar desapercibida. ¿A quien iba a importar aquella mujer que como tantos pasaba junto al arca de las ofrendas y ponía su limosna? Muchos, con los ojos abiertos también, ni la verían.

Pero Jesús vio, como solo El puede hacerlo, que allí había una persona pobre, por sus vestiduras todos podían saber que era una viuda, pero Jesús descubrió la pobreza que había detrás. Ya nos dirá el evangelista al contarnos el episodio que era una viuda pobre. ¿Qué había detrás de aquellas vestiduras de luto, de aquel rostro quizá cruzado por las arrugas de sufrimientos y necesidades pasadas? Nadie se había fijado en aquel rostro, nadie había notado nada de extraordinario. ¿Hubiéramos sido nosotros capaces como Jesús?

Es lo primero que nos está queriendo hacer notar el mensaje de este evangelio. Miremos a las personas, pero que nuestra mirada sea distinta. Pasamos demasiado por la vida sin mirar. Alguien quizás más tarde nos hablará de alguien que estaba en la acera por donde pasamos, y quizá tengamos que reconocer que no la vimos. Como no miramos a los ojos de aquel que nos tiende una mano pidiendo una ayuda, como malamente susurramos un saludo si el otro primero tuvo la iniciativa. Aprendamos a mirar, a mirar a los ojos, a hablar con palabra clara, a abrir también los oídos para algo que la vida nos va susurrando cuando nos encontramos con las personas. Habrá algo distinto en nuestro corazón.

Jesús destacará la generosidad de aquella mujer porque puso todo cuanto tenía frente a los que daban quizá simplemente de lo que les sobraba; cuantas veces rebuscamos en nuestros bolsillos para encontrar la moneda más pequeña.  Es otra gran lección, sobre el que normalmente sobreabundamos cuando comentamos este episodio, y que por supuesto también hemos de tener en cuenta.

Pero si hemos mirado, y mirado a los ojos, si nos hemos fijado y hemos sabido pensar en lo que pudiera haber detrás, seguro que nuestra generosidad surgirá como por encanto. Se ha movido el corazón.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

 


Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Don… sí que es generoso, escuchamos decir, mira cuanto ha hecho por la Iglesia. A nuestra parroquia no le falta nada porque el atiende cualquier necesidad que tenga la parroquia… Puede ser el pensamiento que tengamos o lo que escuchemos decir a personas de buena voluntad, y es cierto que esa persona se gasta sus dineros en comprar lo que haga falta. Pero quizá al mismo tiempo vamos mirando de reojo porque a la hora de hacer una recaudación alguna persona no dio sino unas monedillas.

¿Qué sabes tú de la situación de esa persona? Cuidado no nos quedemos en las apariencias y en nuestros juicios tanto laudatorios como de minusvaloración de lo que los otros hacen. Es un peligro y una tentación. Aquel que está dando mucho tendrá quizás unas buenas finanzas y si aporta todo eso nunca le faltará para seguir con sus ganancias o sus negocios. Aquel que ha dado poco tenemos que quedarnos en silencio ante su secreto que no tenemos por qué ni desvelar ni juzgar.

Es la lección que nos da Jesús hoy en el evangelio. No hace muchos días ya lo hemos leído y comentado. Jesús se había fijado en quienes entraban al templo y en este caso ostentosamente hacían alarde de sus posibilidades con sonadas limosnas en el arca de las ofrendas. Sonadas, porque como dirá Jesús en otra ocasión algunos van tocando trompetas por las esquinas cuando van a hacer alguna limosna para que todos vean su generosidad. En esta ocasión Jesús se ha fijado en aquella mujer que además era viuda y pobre y con gran generosidad de corazón en aquellos dos reales que depositó en el arca estaba poniendo cuanto necesitaba para vivir.

Pero aquella mujer pasó desapercibida. Para todos menos para Jesús. El conoce el corazón del hombre. ¿Quién se iba a fijar en aquella mujer? Era mujer, era viuda, y además pobre lo que en aquella sociedad agravaba más la situación. Una serie de circunstancias concomitantes además propicias para que nadie se fijara en ella. Eran más sonadas y aplaudidas las generosidades aparentes de aquellos que se las daban de generosos.

Siempre este pasaje del evangelio nos ha servido de punto de examen para ver nuestra generosidad. Y tenemos que decir también nuestra forma de dar. Aquí nos recuerda lo que nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Quien tiene que ver lo que llevas en el corazón es Dios, y El bien que nos conoce. Todavía nos quedan en muchos lugares placas de agasajo y reconocimiento, repartos de diplomas. No significa que no tengamos que ser agradecidos con quienes son generosos, pero la gratitud y valoración verdadera no está en una placa o un diploma que amontonamos en un rincón llenos de polvo y el tiempo envejecerá o el viento se llevará.

Es lo que nos dirá Jesús en otro momento de que guardemos nuestros tesoros en el cielo. Allí no habrá ladrón que nos los robe; allí no hay polilla ni carcoma que lo eche a perder. Lo estaremos haciendo cuando aprendamos a compartir con generosidad; cuando seamos capaces de desprendernos incluso de nosotros mismos. No es cuestión solo de desprendernos de unas monedas o unas riquezas, sino lo importante es el desprendimiento interior que vence todo orgullo y todo amor propio. Eso cuesta muchas veces mucho más que desprendernos de unas monedas.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

 


Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

Siempre lo recuerdo como el regalo más hermoso que he recibido. Me habían hablado de una mujer mayor y muy pobre que estaba enferma, atendida en la medida que podía por un hijo ya en cierto modo mayor también y que vivía muy lejos entre los montes de aquel pueblo donde entonces estaba como párroco; me dispuse a ir a visitarla y tras la sorpresa de mi llegada, la dificultad para entendernos por su casi ceguera y sordera, al final me reconoció y con emoción recuerdo aún la alegría con que me recibió; no sabía como agradecérmelo y en su pobreza quería hacerme algún presente; abrió uno de aquellos cajones de tea que entonces se usaban para guardar sus pertenencias y allí tenía prensados unos higos pasados, que de alguna manera guardaba para su propia alimentación; como pudo trató de sacar un puñado grande de aquellos higos como un regalo que desde su pobreza pero en su alegría y generosidad quería compartir conmigo.

Podemos estar seguros que de la casa de un pobre si a ellos nos acercamos con generosidad de corazón nunca saldremos con las manos vacías. Allí leí aquel día plasmado en aquella mujer una página del evangelio. Un gran regalo recibí yo aquel día a través de aquel puñado de higos pasados.

Es lo que vemos hoy en el evangelio. Jesús estaba a la entrada del templo sentado enfrente del arca de las ofrendas y desde allí enseñaba a los discípulos reunidos en torno a El. Pero sus ojos estaban atentos para captar donde se desarrollaba un gesto maravilloso de generosidad y de desprendimiento. Mientras los que entraban echaban sus ofrendas en el arca, algunos quizá con pomposidad manifiesta para que se notara lo generosos que querían aparentar en lo que allí depositaban, una anciana viuda silenciosamente y sin que nadie se percatara dejó caer su humilde ofrenda de dos monedillas que era todo lo que tenía para vivir. Sólo los ojos de Jesús supieron percatarse de lo que allí sucedía y de la grandeza del corazón de aquella anciana.

Es lo que Jesús quiere destacar. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el interrogante que se plantea en nuestro corazón. ¿Hasta donde llega nuestra generosidad? ¿Hasta donde somos capaces de desprendernos de lo que tenemos? ¿Si solo damos cuando nos sobra qué valor tiene eso? Nosotros, hemos de reconocerlo, que siempre estamos haciendo nuestros cálculos, hasta dónde puedo llegar, cuáles son los imprevistos que se me pueden presentar, cuánto va a quedar para mí. La generosidad y la gratuidad están en merma en nuestros corazones.

Una generosidad y una gratuidad que tiene que aprender a mirar a los ojos de la persona a la que vamos a ayudar, una generosidad que tiene que saber tender la mano con humildad pero con la ternura del amor para acercarse a aquel con quien compartimos; pero una generosidad y una gratuidad que no tiene que mirar colores de piel ni procedencias, que no tiene que hacer juicio de la vida de aquellos a los que damos, ni buscar preferencias en aquellos que nos pudieran parecer más merecedores.

Una generosidad y una gratuidad en la que no es tan importante lo que se puedan vaciar nuestros bolsillos, sino ser capaces de vaciarnos de vanidades y de orgullos, de búsquedas de reconocimientos o de gratitudes, de actitudes egoístas o posturas de comodidad. Si faltan estas condiciones aunque quizás demos mucho está mermada en nuestro corazón la generosidad.

Jesús les decía los discípulos que tuvieran cuidado de no contagiarse de las actitudes de los escribas y de los fariseos con sus vanidades y con sus orgullos, buscando primeros puestos o lugares de honor, buscando reconocimientos y gratitudes, a costa quizás de la manipulación que hacen de los demás. Cuidado que esas vanidades no se nos metan también en el alma a nosotros buscando también halagos y gratitudes por aquello que con generosidad de corazón tendríamos que hacer, cuidado con esas disimuladas posturas que ocultan la pobreza de nuestro corazón.

Seamos además capaces también de saber apreciar el altruismo, la generosidad, la gratuidad y el desprendimiento de muchas personas nuestro alrededor. Hay personas así, como aquella viuda del evangelio o como aquella mujer de Sarepta de Sidón de la que nos habla la primera lectura; hay personas que no destacan, que parece que no levantan un palmo del suelo por la humildad con que van por la vida, pero que van con un corazón generoso y desprendido y tienen un alma grande.

Nos quejamos con demasiada frecuencia de las oscuridades de la vida, pero es que quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de esa generosidad de corazón de tantos a nuestro lado. Será la viejita que te da el puñado de higos pasados, o será la persona sencilla que te ofrece el vaso de agua fresca de su sonrisa, será la persona que silenciosamente pone su humilde ofrenda en el templo, o será quien se acerca a casa del vecino para compartir el perejil de su pobreza. Pero muchas personas hay con generoso corazón y no siempre somos capaces de verlo.

No vamos a hacerles homenajes porque ellos tampoco los quieren, pero si desde lo más hondo de nosotros mismos hemos de saber hacer ese reconocimiento y aprender esa lección.

sábado, 5 de junio de 2021

No volvamos la cara para hacernos los distraídos sino miremos cara a cara a la viuda del evangelio que puso cuanto tenía en el arca de la generosidad

 


No volvamos la cara para hacernos los distraídos sino miremos cara a cara a la viuda del evangelio que puso cuanto tenía en el arca de la generosidad

Tobías 12, 1.5-15.20; Sal.: Tb 13; Marcos 12,38-44

Cuántas veces habremos dicho cuando nos salía al paso alguien pidiéndonos algo, es que no llevo nada suelto ahora aquí. Una forma de querer escabullirnos, una disculpa de que no llevamos nada suelto como si lo que tuviéramos que dar fuera esa mínima moneda que se nos pierde en el bolsillo. Bueno, yo si quiero ayudar, nos disculpamos pero es que ahora las cosas no andan bien y cuando tengo algo ya ayudaré. ¿Qué estaremos expresando con estas respuestas y con estas actitudes? De entrada tendríamos que decir la pobreza de nuestra vida, pero no refiriéndonos a pobreza porque no tengamos medios materiales o económicos, sino por la pobreza de nuestro corazón.

No sé cómo se sentirán ustedes ante el episodio que hoy nos narra el evangelio, pero confieso que me siento muy interpelado y tengo la tentación de huir de este pasaje que en contraste me retrata tan duramente. Me retrata, no porque me parezca en algo a aquella pobre viuda sino precisamente por todo lo contrario, porque hace un contraste muy fuerte con las actitudes que muchas veces llevo en el corazón.

Estaba Jesús en las cercanías de la entrada del templo, allí por donde estaba colocada el arca de las ofrendas. Enseñaba a la gente y quería contrastar las actitudes nuevas que habíamos de tener con las posturas y arrogancias de los fariseos. ‘¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, y aparentan hacer largas oraciones. Éstos recibirán una condenación más rigurosa’.

Y es el momento en que entra calladamente aquella pobre viuda que se acerca al arca de las ofrendas y echa aquella pequeña moneda. Nadie se hubiera percatado. Una persona más que depositaba su ofrenda, cada uno según sus posibilidades y su generosidad. Pero Jesús está más atento que nadie y es quien se percata de la situación de pobreza que presentaba aquella mujer y la moneda que depositó en las ofrendas. Y es Jesús quien nos resalta la generosidad de aquella mujer. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es lo que nos impacta. ‘Ha echado todo lo que tenía para vivir’. Y nosotros siempre andamos guardándonos las espaldas. Andamos buscando la más pequeña moneda de nuestro bolso, no porque no tengamos más, sino porque estamos pensando más en nosotros mismos que en la generosidad con que tendría que actuar nuestro corazón. Nosotros con nuestras precauciones, pensando en lo que mañana podríamos necesitar y por eso no nos vamos a desprender de todo, o pensando en lo que nos ha costado ganar aquello que tenemos que no vamos a despilfarrar.

¿Dónde está nuestra confianza en el Señor que tanto proclamamos con bonitas palabras? ¿Dónde está el desprendimiento de quien sabe que lo que tiene es un don que ha recibido y que se hará más hermoso cuando generosamente sabemos desprendernos y compartir? ¿Nos da miedo quedarnos pobres porque todo lo damos generosamente y sabe confiar en la providencia del Padre Dios? ¿No estaremos volviendo la cara para otro lado ante páginas del evangelio como ésta?

lunes, 23 de noviembre de 2020

Necesitamos los ojos de Jesús para apreciar a esas personas que nos parecen pequeñas pero que en su servicio son una grande riqueza espiritual para el pueblo de Dios

 


Necesitamos los ojos de Jesús para apreciar a esas personas que nos parecen pequeñas pero que en su servicio son una grande riqueza espiritual para el pueblo de Dios

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Sal 23;  Lucas 21,1-4

No tengo ahora nada suelto en el bolsillo, decimos y nos tentamos los bolsillos como prueba – así nos lo creemos – de que no llevamos nada suelto, y eso significa rebuscar entre los pliegues del bolsillo a ver si aún queda alguna pequeña moneda con la que contentar a aquel que nos pide. Lo habremos visto hacer, ¿lo habremos hecho quizás?, pero así de tacaños vamos por la vida cuando no queremos compartir. Y si la pobre viuda echó una moneda en el cepillo porque era todo lo que tenía como nos resaltará Jesús tendríamos que fijarnos en la cesta de recogida de las colectas para ver cuántas monedas de las más pequeñas vamos a encontrar.

¿Será esto lo que nos quiere resaltar hoy Jesús? Allí está situado en aquellos pórticos del templo, cercano al cepillo de las ofrendas por donde ha ido entrando la gente que se consideraba principal y entre grandes aspavientos han ido depositando sus limosnas, que no dice Jesús no fueran generosas; pero se ha fijado Jesús en aquella pobre mujer que casi sin que nadie lo note pasa también por el cepillo y echa aquellos cuartos que en su pobreza era lo que tenía para comer. Y es lo que Jesús quiere resaltarnos, aquella mujer echó mucho más que los otros que quizá habían echado cantidades grandes, pero ellos habían echado de lo que no necesitaban, pero aquella mujer lo dio todo.

A muchas consideraciones nos puede llevar este pasaje si miramos también a nuestras comunidades y parroquias, a lo que es la vida de la iglesia. Podíamos decir que la escena se repite y ya no se trata solamente de la generosidad o no con que demos nuestros dineros. Es el servicio realizado en medio de la comunidad y a favor de los demás.

Encontraremos, es cierto, de todo. También nos encontraremos con gente generosa y dispuesta, que ofrece su tiempo, sus posibilidades, sus valores y cualidades y los vemos comprometidos en muchas acciones de nuestras parroquias. Tenemos que aprender a valorar a esas personas; tenemos que poner también de nuestra parte porque, ya sabemos, nos escudamos en tantas cosas para rehuir un compromiso, que si no tenemos tiempo, que si yo no valgo nada y ya habrá otros que sepan mejor y podrán participar, y la lista de disculpas seguramente será larga.

Pero creo que tendríamos que destacar y valorar a muchas personas que pasan desapercibidas, que se nos pueden parecer a la pobre viuda del evangelio, que nos parece que no valen para gran cosa, pero que calladamente sin embargo están haciendo una gran labor.

Y hay muchas personas así en nuestras comunidades, que quizá no se sienten preparadas para ser catequistas, por ejemplo, pero que visitan al anciano y lo acompañan, avisan al sacerdote discretamente donde ellas ven una necesidad o hay un enfermo que atender, que cuidan de la limpieza o de la ornamentación del templo y sin que nadie se lo valore o lo tenga en cuenta, siempre tendrán una flor fresca que poner junto al sagrario, que colocan una silla en su sitio o son capaces de recoger un papel que alguien descuidadamente dejó caer en el suelo, y así cuántos y cuántos servicios humildes, sencillos, desapercibidos pero que nos están señalando a personas que aunque parecen pequeñas son de un corazón muy grande.

Son las pequeñas y pobres viudas, vamos a llamarlas así, que ante cualquier llamada del sacerdote allí están ofreciendo su servicio y su presencia o sencillamente desde su rincón ofreciendo su sacrificio y oración al Señor por la comunidad. Reconozco que he conocido muchas personas así en las diferentes comunidades por donde he pasado, aunque no siempre hayamos sabido valorarlas en su justa dimensión. Necesitamos los ojos de Jesús para apreciarlas y para valorar a esas personas porque grande es la riqueza espiritual que manifiestan que a su vez enriquece al pueblo de Dios.