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domingo, 4 de julio de 2021

Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

 


Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Alguna vez puede sucedernos que tenemos un proyecto preparado con el mayor entusiasmo y dedicación con el que uno piensa que aquello puede ser la gran solución a graves problemas o situaciones para las que hasta entonces no se había encontrado salida o quizás pocos realmente se habían preocupado por resolver dicha situación y nos encontramos con el rechazo de frente, bien porque gente interesada no cree que esa sea la solución que quizás pueda afectar a sus intereses personales, bien por antipatías personales que tratan de desprestigiarnos. Nos sentiremos mal seguramente, podemos reaccionar con un abandono a su suerte de aquellos planes propuestos, heridos por el amor propio nos podremos poner guerreros y llenarnos de violencias, o nos sentiremos fracasados, por mencionar algunas posibles salidas.

¿Creemos de verdad en esos proyectos o en esos planes? ¿Nos sentiremos con la responsabilidad de llevarlos adelante contra todo viento o marea? ¿Nos volveremos algo así como unos quijotes que luchamos algunas veces casi sin saber contra quienes luchamos? ¿Seremos capaces de arriesgarnos a lo que pueda venir y seguir adelante con esos planes que tratan de mejorar alguna situación?

Nos encontramos en la vida con gente luchadora, que no como quijotes, sino como unos auténticos profetas luchan por unos ideales y por unas metas, tienen claros sus objetivos en la vida, buscan la manera de llevar adelante aquello que ellos consideran justo, y eso lo podemos ver en muchos aspectos de la vida. Serán quizás unos incomprendidos y muchas veces se sentirán solos, pero siguen adelante con arrojo y valentía luchando por poner ese grano de arena, que algunos no aceptan, pero que ellos saben que pueden mejorar nuestro mundo, nuestra sociedad.

¿Cómo se sentiría Jesús cuando fue a su pueblo, donde se había criado, Nazaret, y al intentar enseñar en la sinagoga como ya venía haciéndolo en otros lugares se encontró con el rechazo de su gente, de sus convecinos, incluso quizás de algunos familiares? No es extraño esto que digo de los familiares porque ya nos dice el evangelio en otro lugar que en una ocasión su familia pretendió llevárselo con ellos porque decían que no estaba en sus cabales. ¿Sentiría sensación de fracaso? Ya nos dice el evangelista que se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro.

Era el hijo de María y de José el carpintero; por allí andaban sus hermanos y familiares; ellos no habían visto que asistiera a ninguna escuela rabínica para aprender y tener algún título para enseñar. ¿Qué autoridad y qué sabiduría era esa?

Pero ya nos dice el evangelista para cerrar este episodio que siguió enseñando por los pueblos de alrededor. Jesús tenía claro cual era su misión profética. Reconoce con el dicho popular que ningún profeta es bien mirado en su tierra, que solo en su tierra lo rechazan y no lo aceptan. El anuncio del Reino de Dios no podía dejar se realizarse. Como profeta no podía callar, aquello que había recibido del Padre. Y empleamos esta expresión de profeta para referirnos a Jesús sin mermar ni un ápice lo que era el ser y la misión de Jesús.

Como nos dirá en otros momentos del evangelio El no nos trasmite otras cosas sino lo que ha recibido de su Padre, es el enviado del Padre. Como se nos dirá en otro momento tanto fue el amor que Dios nos tenía que nos envió y nos entregó a su Hijo único, nos dio a Jesús. El Verbo de Dios que era la luz de los hombres, aunque los hombres la rechazasen, porque las tinieblas tratan de rechazar, de ahogar la luz. Y la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que hay que ponerla bien alto para que ilumine a todos los de la casa.

Con Jesús nosotros desde nuestro bautismo – para eso fuimos ungidos – hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes, porque así nos configuramos con Cristo para ser como El. Por eso tenemos también que tener muy claro cuál es nuestra misión en medio del mundo. El mundo necesita profetas y es lo que tenemos que ser en verdad los cristianos en medio del mundo. No lo podemos olvidar. Aunque no nos acepten o nos rechacen; aunque seamos unos incomprendidos y hasta perseguidos por realizar esa misión. Pero tenemos que reconocer que tenemos medio abandonada esa misión profética. Como tenemos que saber descubrir y apreciar a esos profetas, aún sin fe, que en medio de nuestro mundo luchan por causas justas, que no son nuestros contrincantes en la lucha por un mundo mejor, sino que en todo lo bueno que haga un mundo más justo hemos de saber colaborar.

Es la misión de la Iglesia que no puede olvidar, de la que no se puede escaquear. Necesitamos en verdad una Iglesia profética en medio del mundo de hoy para que pueda realizar en verdad la misma obra de Jesús. A alguien le escuché decir en una ocasión hablando de la oración por las vocaciones al Sacerdocio ante la escasez de sacerdotes que más bien tendríamos que pedir al Señor por la abundancia de vocaciones de profetas. Es lo realmente necesitamos en la Iglesia, profetas auténticos que miren con los ojos de Dios nuestro mundo y nuestra sociedad para traernos la Palabra de Dios que nos ilumine y nos transforme. Es lo que hizo Jesús. Es nuestra tarea y nuestra misión.

domingo, 20 de junio de 2021

Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

 


Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

‘Vamos a la otra orilla’. No se lo pensaron. ‘Dejando a la gente se lo llevaron en barca como estaban’. ¿Necesitaban haber sido más previsores antes de meterse a atravesar el lago? Creían conocerlo.

En la vida muchas veces sentimos el impulso o sentimos la invitación a lanzarnos mar adentro. ¿Es la aventura de la vida? ¿Son los riesgos que hemos de asumir? ¿Son los proyectos que se nos pueden presentar que nos obliguen a dejar en lo que estamos para lanzarnos a algo nuevo? Quizás nos lo pensamos, analizamos, queremos ver pro y contra, recibir quizá otra opinión de otras personas, vemos los peligros y los riesgos, ¿nos atreveremos a arriesgarnos?

Quizá queremos tenerlo todo atado y bien atado; no queremos que nada nos falle; cuando se hacen proyectos o se lanzan planes los promotores lo estudian todo al pormenor; quien va a embarcarse en ese proyecto estudiará con todo detalle lo propuesto, viendo posibilidades, viendo capacidades porque no vamos a emprender la tarea de edificar una torre si no tenemos medios para terminarla, para no ser el hazmerreír de la gente. Aunque también los hay osados que se lanzan ciegos porque aquel proyecto le atrajo, porque en él vio la realización de sus sueños, porque aburrido de lo de siempre quería lanzarse a algo nuevo y distinto. Dicen que quien no se arriesga nunca consigue nada.

Es la travesía de la vida en la que todos andamos embarcados; cada uno irá a altura diferente según su capacidad, sus posibilidades o su saber hacer. Quisiéramos que la travesía fuera cómoda y placentera; además nos estamos mal acostumbrando en la vida y algunas veces hasta exigiendo que todo nos lo den hecho y resuelto y que nosotros no tengamos que sacrificarnos tanto. No queremos contratiempos, cosas que nos vengan en contra, pero hay ocasiones en que parece que todo se nos va de las manos, se nos va al traste, que se derrumban nuestros planes y proyectos y no sabemos a quien culpar o cómo rehacernos para salir de esa situación. Nos vemos abrumados y nos parece que estamos hundidos para siempre.

En estos momentos en nuestra sociedad estamos pasando por uno de esos trances en que nos parecía que habíamos conseguido grandes metas pero un simple virus nos ha dado la vuelta a la vida, nos ha trastocado todo y el mundo parece que se nos derrumba. No terminamos de saber cómo reaccionar, no terminamos de darnos cuenta de cuáles son las cosas verdaderamente importantes y esenciales que son las que tendrían que darle un valor más permanente a la vida.

Y podemos y tenemos que hablar también del ámbito de nuestra fe, de la vida de la Iglesia y nuestra pertenencia a la comunidad eclesial. En el horizonte también nos aparecen turbulencias que en determinados momentos se pueden convertir en fuertes tormentas que nos puede parecer que la barca se hace agua y nos hundimos. No todo es tan placentero y tan pacífico, y esto lo podríamos ver desde diferentes frentes; no todo son siempre noticias buenas y hay cosas que suceden que nos cuesta entender y hasta nos pueden escandalizar; hay quien por otra parte se siente desorientado porque o quiere anclarse en meras tradiciones que nos pueden llenar de rutinas o porque algunas veces queremos caminar tan deprisa que podemos perder el norte o perder de vista lo que es el verdadero fundamento.

No todos entendemos de la misma manera la evolución de la vida y lo que es el camino de la Iglesia y en consecuencia el camino de los cristianos en este mundo en el que estamos. Y nos encontraremos con reacciones enfrentadas dentro de la misma Iglesia. Nos da la impresión que la barca hace agua porque nuestras Iglesias se nos vacían y nos cuesta ver la asistencia del Espíritu Santo en este camino que hoy vive la Iglesia. ¿Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando?, llegamos a pensar.

Pero el Señor está ahí y su Espíritu está presente en medio de nosotros. No es a Jesús a quien tenemos que despertar sino que somos nosotros los que tenemos que despertar para darnos cuenta de esa presencia del Espíritu de Cristo en la Iglesia y también en medio de nuestro mundo en esta situación que vivimos. Es el Espíritu quien nos inspira, quien nos abre los ojos y el corazón, quien nos hace buscar lo que es verdaderamente fundamental, quien amplía ante nosotros horizontes para despejar todos esos nubarrones que nos parecía que nos podían poner en peligro.

En toda esa travesía de la que hemos venido hablando sabemos bien quién es el que lleva el timón y que nunca nos fallará. A El es a quien tenemos que escuchar allá en lo hondo del corazón y al que tenemos que seguir porque es el que nos puede llevar a alcanzar una vida en plenitud. Con El a nuestro lado no tememos las tormentas, nos sentimos seguros porque El es nuestra verdadera fortaleza y guía de nuestra vida. En la barca con nosotros va siempre Jesús. Y no está dormido.

jueves, 1 de octubre de 2020

En nuestra mochila para hacer el anuncio del Reino llevemos nuestras baterías recargadas de disponibilidad, generosidad y el gran signo de la austeridad de nuestra pobreza

 


En nuestra mochila para hacer el anuncio del Reino llevemos nuestras baterías recargadas de disponibilidad, generosidad y el gran signo de la austeridad de nuestra pobreza

Job 19, 21-27; Sal 26; Lucas 10, 1-12

Creo que todo el que ha tenido la experiencia de viajar, sobre todo en las primeras ocasiones pasa por la misma prueba, vamos a decirlo así. Y es que aunque sean pocos los días en que vamos a estar de viaje, comenzamos a meter cosas en la maleta o la mochila por si acaso lo podemos necesitar que al final llevamos en tremendo equipaje, que a la vuelta traeremos prácticamente sin haberlo utilizado. Porque lo podemos necesitar, porque no sabemos como va a estar el tiempo allí, porque se nos pueden presentar imprevisibles… y vamos poniendo y poniendo cosas que al final nos impedirán llevar con comodidad nuestro equipaje, por decirlo de una manera suave. Hay que ser una persona muy práctica y previsora en lo justo para no haber pasado por esa situación que luego si vamos haciendo más viajes en la vida aprenderemos a llevar lo justo y necesario.

Me acordé de mis viajes y mis maletas voluminosas cuando escuché el evangelio que hoy se nos propone. Jesús va a enviar a sus discípulos, aquel grupo que se ha ido formando en su entorno y que son más cercanos a hacer un primer anuncio del Reino de Dios por los lugares donde luego va a ir El. Y escuchamos sus recomendaciones. Hay que ir ligero de equipaje, porque el equipaje no es el anuncio y el anuncio es lo importante. Nada de alforjas repletas de cosas, simplemente lo necesario, lo puesto, que ya lo que vaya surgiendo de necesidad en el camino se irá resolviendo. Han de quedarse donde los reciban y simplemente han de ir llevando la palabra de la paz.

Grande, amplio es el campo que ante ellos se abre y pocos son los que van a trabajar en ese campo. Por eso a quien tenemos que rogarle es al dueño de la mies. Más que las que cosas que han de llevar, ha de ser la preparación espiritual que ellos han de hacer, porque lo primero que les pide Jesús al emprender la marcha es la oración al Padre.

Un anuncio de paz en la aceptación del Reino de Dios que anuncian, pero un anuncio que ha de ir expresado en la disponibilidad de sus vidas, en su generosidad para lanzarse a la tarea, pero en la austeridad de los medios, no vayamos a pensar que son los medios los que van a realizar el milagro de la conversión, de la aceptación del Reino de Dios. Y todo eso con la oración. ‘Rogad al dueño de la mies…’

Y nosotros que andamos preocupados con tantos equipajes, que nos volvemos locos con nuestras planificaciones, que nos gastamos lo que tenemos y lo que no tenemos para lograr una serie de medios que decimos que son necesarios para la evangelización, pero de repente al final nos olvidamos del anuncio del evangelio y de donde vamos a encontrar la fuerza para hacer ese anuncio.

Dedicamos más tiempo a planificar cosas que a rezar. Necesitamos cosas prácticas y concretas, nos justificamos. No tenemos tiempo, decimos, para detenernos a rezar con tantas cosas que hay que hacer y ya nos contentamos diciendo que el trabajo es oración, pero no hemos buscado el encuentro en silencio con el Padre para sentir la fuerza de su Espíritu en nosotros. ¿No estará ahí en parte el fracaso de nuestros trabajos pastorales?

Si vamos a hacer el anuncio de la paz, como signo de la llegada del Reino de Dios, pensemos que es lo que tenemos que poner en nuestra mochila para poder mejor hacer ese anuncio empezando por la oración y recargando bien nuestras baterías de disponibilidad, generosidad y el gran signo de la austeridad de nuestra pobreza. Mucho tendríamos que revisarnos en la Iglesia muchas veces muy preocupada por las cosas y medios materiales.

sábado, 8 de febrero de 2020

Sensibilidad para saber ver más allá de lo que tenemos más cercano y en esas periferias descubrir donde tenemos que derramar también nuestro amor

Sensibilidad para saber ver más allá de lo que tenemos más cercano y en esas periferias descubrir donde tenemos que derramar también nuestro amor

1Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34
Hay ocasiones en que lo tenemos todo planificado, todo bien pensado, sobre lo que vamos a hacer, a lo que vamos a dedicar nuestro tiempo, pero en un momento determinado se nos tuercen las cosas; surge un imprevisto, surge una enfermedad o un accidente, nos llega alguien a nuestra casa o nos llaman pidiéndonos ayuda y vete a ver cómo reaccionamos.
Si con madurez y con responsabilidad vamos viviendo la vida ese imprevisto no nos va a hacer perder la paz, pero bien sabemos que en ocasiones no es así, nos podemos poner de mal humor porque todo aquello que habíamos planificado se nos vino abajo, o a regañadientes tratamos de combinar el imprevisto que nos ha surgido con aquello que habíamos planeado.
Sabemos que no siempre respondemos con serenidad y madurez humana. ¿Qué es lo que tendríamos que hacer? ¿Tirar por la borda quizá todo aquello que habíamos planificado? ¿O disculparnos por no poder atender aquello que nos surge sobre todo cuando es en relacion con otras personas y nosotros seguimos a lo nuestro? ¿Qué será lo verdaderamente importante en ese momento? Algunas veces nos cuesta encajar esas situaciones.
Jesús lo había planificado con sus discípulos. Habían regresado de aquella misión a la que les había enviado y realmente necesitaban un momento de serenidad, de descanso, de paz, de recapitular quizá todo aquello que habían vivido, de compartirlo con el Maestro. Jesús se los había querido llevar a un sitio apartado para estar a solas con ellos.
Pero, ¿qué había sucedido? Lo planificado se vino abajo. Al llegar se encontraron a una multitud que esperaba a Jesús. Como solía suceder corrían las noticias de boca en boca y la gente se le adelantaba allí donde pensaba ir El. Es lo que ahora había sucedido.
¿Qué iba a hacer Jesús? ¿Seguir con sus planes porque importante parecía ser también ese hecho de estar a solas con sus discípulos? Pero sintió compasión por toda aquella gente; ya habría otro momento para estar a solas con los discípulos. Aquellos que allí estaban parecían ovejas sin pastor, y una oveja sin pastor anda perdida, no sabe donde encontrar los pastos o se verá en peligro de ser atacada por las alimañas. Y allí está Jesús acogiendo a toda aquella gente, curando a sus enfermos y alimentándolos con su Palabra. La sensibilidad del amor no podía desentenderse de aquella gente. Jesús andaba siempre atento allí donde hubiera una necesidad.
Siguiendo con las consideraciones previas al encuentro con este evangelio tendríamos que preguntarnos dónde está la sensibilidad de nuestro corazón, dónde está esa mirada como la de Jesús para saber detectar allí donde hay una necesidad, allí donde tenemos que poner nuestro amor.
Es cierto que es muy humano y que es necesario que nos planifiquemos también la vida para saberle dar a cada momento su valor y porque bien sabemos que el orden que pongamos en nuestra vida le dará también una riqueza y un sentido grande a lo que hacemos. Y lo hacemos en nuestra vida personal, lo hacemos en la organización de nuestro trabajo y de nuestras responsabilidades, y lo hacemos también en toda la tarea pastoral que realizamos como un compromiso de nuestra fe. Y hay algo que no nos puede faltar, el tiempo para la intimidad con el Señor.
Pero cuidado que no encorsetemos la vida, la convirtamos demasiado en una cuadrícula que tenemos que ir rellenando y perdamos esa otra sensibilidad de nuestro corazón que nos tiene que hacer estar con esa apertura de nuestro corazón, de nuestras actitudes y posturas para saber llegar allí donde haya una necesidad. Pensemos que las personas están primero y allí donde hay un corazón que sufre nosotros tenemos que saber poner el bálsamo de nuestro amor.
Tengamos sensibilidad suficiente para saber ver más allá de aquello que tenemos más cercano porque en la periferia de lo que es lo habitual de nuestro entorno podemos encontrar mucho lugar donde poner nuestro amor, muchas personas sobre las que derramar nuestro amor.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo


Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24
Alguna vez en la vida nos habremos encontrado en una situación embarazosa en que teníamos que tomar una decisión importante, que era casi un dilema, decisión en la que podían verse afectadas otras personas, y nos encontramos sin saber qué hacer. Son momentos duros, de zozobra, de inquietud, de no poder dormir quizás, porque no queremos hacer daño, queremos tomar la decisión más correcta, quizás lo que decidamos no sea del agrado de todos y podamos llevarnos algunas críticas. Lo sopesamos detenidamente y como creyentes queremos invocar a Dios en esos momentos para sentir su luz sobre nuestra vida que además nos dé fuerzas para afrontar las consecuencias de nuestras decisiones. Se nos pueden dar en diferentes y múltiples situaciones y momentos.
Algo así se encontraba José cuando se enteró, porque las señales eran ya evidentes, porque quizás habían comenzado a circular los comentarios, de que la mujer con quien estaba desposado, aun sin vivir juntos según las costumbres y ritos de la época, estaba esperando un hijo. ¿Qué hacer? No quería hacer daño, su reputación también podía quedar mal parada, la situación de María era también bien difícil. ¿A quien acudir? ¿Qué decisión tomar?
Me viene a la mente una situación que se ha repetido y se repetirá muchas veces a lo largo de la historia de tantas familias y que sigue siendo hoy muy actual. Un embarazo no deseado y comienzan las cavilaciones para que decisión tomar. El tema de la despenalización del aborto ha llevado a muchos a pensar que por una parte es una solución fácil para evitar complicaciones pero también hay quien lo mira hasta como un derecho. No es un derecho, porque nadie tiene derecho a tomar decisiones sobre una vida, aunque las leyes permisivas de nuestra sociedad moderna lo haya llevado a una despenalización. En las angustias de José, que hoy contemplamos en el evangelio, me ha venido a la mente esta situación en que hoy muchos se pueden encontrar, aunque ahora no entremos demasiado a fondo en el tema, pero que da mucho que pensar.
Como decíamos antes con la situación de José que, como nos dice el evangelista, era bueno y justo y no quería hacer daño a nadie, ¿A quien acudir? ¿Con quien contar? José era un hombre justo y profundamente creyente, porque eso supo escuchar a Dios en su corazón aunque le hablara en sueños. Dios se nos manifiesta de muchas maneras y de muchas maneras nos hace ver cuál es su voluntad, aunque luego las decisiones sobre nuestra vida o que afectan a nuestra vida las deja en nuestras manos.
Dios respeta la voluntad del hombre. El creyente sabe buscar lo que es la voluntad de Dios y trata de conformar su vida a los planes de Dios. No siempre es fácil, no siempre vemos las cosas con claridad, pero tenemos que sabernos dirigir por la fuerza del Espíritu de Dios y es lo que hizo José. El evangelio  nos habla de unos sueños y de un ángel que se le manifiesta en esos sueños. Allá en lo más profundo de si mismo ha sabido descubrir José lo que eran los planes de Dios para su vida y él también dijo Sí, como un día lo hiciera María. Si Maria dijo aquí está la esclava del Señor, José fue capaz, frente a todo lo que podría parecer en contra y no ser una decisión fácil, de sentirse un instrumento en las manos de Dios para los planes de la salvación y se llevó a María, su mujer, a su casa.
Que seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Gracias, María, porque dijiste Sí, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe

Gracias, María, porque dijiste Sí, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe

 Isaías 7,10-14; Sal 23; Lucas 1,26-38

Gracias, María, porque dijiste Sí. Es lo primero que surge en mi corazón al escuchar el relato de Nazaret. Gracias, madre, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe. Y el Señor hizo obras maravillosas en ti; y la humanidad entera, gracias a tu Sí, pudo comenzar a sentir que Dios hacia maravillas en todos nosotros.
Gracias, María, porque te convertiste en la aurora de la salvación, hiciste posible que el Sol de la salvación comenzará a brillar para toda la humanidad. Es el Señor el que nos salva, pero tu Sí hizo posible que la humanidad se levantara llena de esperanza porque nos llegaba la salvación tan ansiada.
Gracias, porque aunque aparentemente se desbarataban tus planes, fuiste generosa para abrirte a Dios y dejar actuar a Dios en tu vida. Gracias, Madre, por tu disponibilidad y por tu generosidad aunque te sentías pequeña, pero eres grande, no con las grandezas efímeras de este mundo, sino con la grandeza del amor de tu corazón. Cuánto tenemos que aprender de tu amor, de tu generosidad, de tu disponibilidad, de tu fe.
En la vida nos hacemos planes y estamos ansiosos soñando ver cómo podemos realizarlos; ponemos nuestro empeño, nuestros esfuerzos, y hacia la consecución de esos planes dirigimos todo el actuar de nuestra vida. Sin embargo, en muchas ocasiones, nuestros planes se desbaratan, porque surgen imponderables, circunstancias que trastocan nuestra vida y nos hacen quizás comenzar caminos nuevos o distintos.
Suelen producirnos estas circunstancias que nos parecen adversas incomodidad y desasosiego, sin terminar de ver hacia donde vamos ahora a dirigir nuestra mirada y nuestra vida. En muchas ocasiones surge algo que es mejor, que nos hace tener otra mirada y quizá elevar la meta de nuestras ilusiones. Pero el hombre luchador y el hombre de fe intenta descubrir detrás de todo eso que sucede qué puede haber de la voluntad de Dios, del designio divino para nuestra vida que nos hace tener una mirada y unas metas distintas. Son los momentos de reflexión para repensarnos las cosas y para saber encontrar el sosiego que necesitamos. Una luz nueva y espiritual puede comenzar a brillar en nuestra vida. Seremos luego felices como María.
María se vio sorprendida con la visita celestial y con las palabras de saludo del ángel que eran principio de un anuncio de algo nuevo y distinto. Ya nos dice el evangelio que María comenzó a reflexionar que podía significar aquel saludo. María era una mujer profundamente creyente. Ella había querido ofrecer lo mejor de su vida a Dios, y ahora Dios le presentaba un plan nuevo. ‘Yo no conozco varón’, decía para expresar la determinación de su vida, pero ahora era el Espíritu del Señor el que iba a inundar su vida para que de ella naciera algo nuevo, tan nuevo, que era el Hijo del Altísimo.
Y allí estaba María en toda su grandeza, aunque ella solo se considerara la humilde esclava del Señor. Era su disponibilidad, la apertura de su corazón a Dios, la generosidad de su amor. Y Dios hizo cosas grandes en ella, la hizo su Madre, nos la dio como madre. Su maternidad era divina, su maternidad era ahora universal. La grandeza de su corazón era así. Gracias, Madre.
Nos enseñas a ser generosos, nos enseñas a descubrir los planes de Dios, nos enseñas que Dios está por encima de todo y siempre nos propondrá cosas grandes, aunque nos parezca que se trastocan nuestros planes. Nos enseñas a decir Si a Dios, que es abrirnos a los hermanos, para que todos seamos hermanos, como tú eres Madre de todos. Gracias, María.