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lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

jueves, 23 de marzo de 2017

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
Parece que siempre tiene que haber alguien detrás que ande con sospechas, con segundas intenciones, desconfiando de todo, hasta de lo mas bueno que podamos hacer. En ocasiones somos especialistas para las sospechas, no creemos en nada ni en nadie porque siempre estamos viendo intenciones turbias; será quizás por anda turbio nuestro corazón y eso se convierte en un velo o un cristal con muchas manchas oscuras a través del cual miramos.
Desconfiamos de todo, de los vecinos, de los que desarrollan alguna responsabilidad y quizás los vemos actuar con éxito, de los políticos, de los que nos enseñan, o simplemente de los compañeros de camino en la vida, donde siempre estamos viendo unos intereses o unos deseos de ganancias. Pudiera ser cierto que en ocasiones pudiera haber personas que actúan mal y que no es oro todo lo que reluce, porque escondido en sus vidas pueda haber mucha maldad y hasta corrupción, pero eso no nos tiene por que llevar a desconfiar de todo el mundo. Es necesario que demos más votos de confianza en la vida, creyendo en las personas y descubriendo la bondad que hay en sus corazones.
De Jesús también desconfiaban; ya sabemos como andan sembrando cizaña los letrados y los fariseos queriendo crear desconfianza en torno a Jesús, a sus palabras y a las obras que realiza. Es lo que hoy vemos en el evangelio. Jesús había curado a un mudo, liberándolo de sus ataduras para que pudiera hablar. Ya sabemos como consideraban cualquier enfermedad o cualquier limitación como una posesión del maligno; por eso nos dice el evangelio que Jesús echo al demonio de aquel mudo para que pudiera hablar.
Pero allá andan los que siembran las semillas de la discordia y de la desconfianza, los que están viendo siempre dobles intenciones en lo que haga Jesús y no quiere ni reconocer su autoridad y su poder, ni ser capaces de ver la gracia de Dios que se manifiesta en Jesús. Lo que hace, piensan y dicen, es por obra del poder de los demonios. Vemos claro el contrasentido, un reino dividido no puede subsistir y si es por el poder del demonio por el que es arrojado de aquellos poseídos, mal le va a ir.
Una cosa que tenemos que ver clara aquí es la maldad del corazón de aquellas personas. Todas las cosas se ven según el color del cristal con que se mira. Como aquella mujer de la anécdota que criticaba siempre a su vecina porque decía que tendía la ropa a secar dejándole todas las manchas, hasta que un día el marido le dijo que lavara los cristales de la cocina desde donde veía el patio de la vecina, porque estaban muy llenos de suciedad y era la suciedad a través de la cual veía manchada la ropa de su vecina.
La maldad de nuestro corazón no hace mirar con desconfianza, nos impide creer en las personas, porque cree el ladrón que todos son de su condición, como dice el refrán. Limpiemos la suciedad de nuestro espíritu, miremos con mirada clara y limpia porque en nosotros no haya esa malicia y esa mala intención y seremos capaces de ver entonces la bondad de las personas, todo lo bueno que los otros realizan también.
Jesús curo a aquel mudo del evangelio liberándole de su mal; que el Señor nos sane, purifique nuestro corazón y seamos capaces de llenarlo de muchas  virtudes, de muchos valores, de muchas cosas buenas, de mucho amor y veremos entonces el amor de los demás, las cosas buenas que hacen tantos a nuestro alrededor.

viernes, 9 de octubre de 2015

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

El hombre maduro es una persona con principios, sabe lo que quiere y a la hora de tomar decisiones lo hace con firmeza y valentía, aunque algunas veces le cueste; intenta que nada le tuerza de su camino y trata de actuar en su vida conforme a esas ideas, esos principios que son como su norte y su guía.
El cristiano todo eso lo ve desde el prisma de la fe y será Jesucristo y su evangelio la fuente de sus principios y el motor de su vida. Un autentico cristiano es el que ha hecho una opción firme y clara en su vida por Jesús y su evangelio. Se siente verdaderamente libre con la mayor de las libertades, pero trata de encauzar su vida desde esos valores del Evangelio porque ahí cifra toda su felicidad y la mayor plenitud de su vida. Y es que Jesús no ha venido a anular al hombre en su libertad, sino precisamente a darle una mayor profundidad que le haga caminar por los caminos de la plenitud más grande en su dignidad.
Sin embargo somos conscientes que son muchos los cantos de sirena, por llamarlos de alguna manera, que nos quieren llamar la atención y distraernos de ese camino que hemos emprendido. Son muchas las cosas de nuestro entorno que pudieran atraernos y arrastrarnos por caminos bien distintos de los del evangelio. Es ahí donde un cristiano siempre ha de andar vigilante, atento, fiel a sus principios y a sus valores para que el mal no se introduzca en el corazón. No podemos bajar la guardia porque de una manera muy subliminal con apariencias de bien la tentación quiere engañarnos.
Muchas veces tenemos la tendencia a aflojar la tensión, o nos decimos, bueno, eso son pequeñeces, cosas de menor importancia y no pasa nada porque un día podamos consentirnos en algo. Pero ya sabemos que es como una pendiente muy resbaladiza que nos hace caer casi sin darnos cuenta y luego nos costará detenernos para enderezar el rumbo de nuestra vida.
Es la reflexión que me hago a partir del evangelio de este día. Todo parte de aquel momento en que Jesús expulsa el demonio de un hombre poseído por un espíritu inmundo y de los comentarios interesados que algunos se hacen. Pero Jesús quiere prevenirnos y recordarnos que no podemos andar con medias tintas, nadando entre dos aguas, como se suele decir. Que nuestra opción por El y por el evangelio tiene que ser total en nuestra vida. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’, nos viene a sentenciar Jesús de forma radical.
Luego nos hablará de cómo siempre el diablo ronda buscando la manera de tentarnos y hacernos caer otra vez. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: Volveré a la casa de donde salí." l volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio’.
Creo que todos habremos pasado alguna vez por la experiencia de que en cosas que pensábamos que teníamos ya superadas en ese camino de ascesis que hemos ido haciendo en nuestra vida, de repente, sin saber cómo, volvimos a tropezar en la misma piedra y volvimos por las andadas. Quizá habíamos aflojado la guardia, como solemos decir, pensábamos que todo estaba superado y no mantuvimos la debida vigilancia y volvimos a tropezar en lo mismo. Cuántas experiencias personales podríamos cada uno contar.
Es el camino de superación que hemos de ir recorriendo siempre, no olvidando nunca nuestros principios y nuestros valores, apoyándonos de verdad en el Señor para mantenernos fieles. Que así se manifieste la madurez de nuestra vida, de nuestro compromiso cristiano cuando de verdad amamos a Jesús y queremos seguirle por los caminos del evangelio.

jueves, 12 de marzo de 2015

No nos ceguemos ante las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en las obras de amor de los demás

No nos ceguemos ante las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en las obras de amor de los demás

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
¿Por qué nos costará tanto aceptar y reconocer lo bueno que hacen los demás? Nos creemos los únicos poseedores de la verdad y del bien, entonces nosotros siempre tenemos la razón, nosotros somos los que sabemos hacer las cosas bien y hasta nos creemos que somos los únicos que hacen las cosas bien.
Pudiera parecer exagero esto que estoy diciendo para comenzar esta reflexión, pero fijémonos en los diálogos de sordos que sostenemos con los demás sobre todo cuando entramos en discusión con quienes no piensan como nosotros, tiene una concepción distinta de la vida y de la sociedad y veremos como surge el enfrentamiento, el rechazo y la condena de todo lo que hace el otro, y nunca, en un adversario político por ejemplo, seremos capaces de reconocer que hace también cosas buenas y totalmente aceptables y valorables. Con qué facilidad tratamos de desprestigiar a los demás para quitarle valor a las cosas buenas que hacen.
Fijémonos en ese aire de crispación en que se vive y como no llegamos a reconocer lo bueno o los pasos para lo bueno que hacen los demás. Creo que es algo de rabiosa actualidad, aunque también he de reconocer que otros pueden pensar de manera distinta. Cómo nos enriqueceríamos mutuamente y trabajaríamos entre todos por el bien de la sociedad en la que vivimos si fuésemos capaces de reconocer y aceptar lo bueno que también hacen los otros.
Me ha venido este pensamiento como una aplicación a lo que es nuestra vida diaria  a partir de lo que hemos escuchado en el evangelio. Jesús hace hablar a un mudo y mientras unos se maravillan por las obras que Jesús realiza, otros sin embargo ya están diciendo que aquello que realiza Jesús lo hace con el poder del maligno y aún le piden que realice algún signo del cielo para poder creer en El. Tratan de desprestigiar a Jesús con esas acusaciones porque ni ellos quieren creer en El ni quieren que la gente lo siga; ya veíamos cómo había mucha gente maravillada por las obras de Jesús.
Sepamos aceptar las obras de Dios que maravillosamente se nos manifiestan quizá en las cosas más sencillas que podamos ver a nuestro alrededor. Seamos capaces de descubrir y valorar lo bueno que vemos en los demás que son semillas también del Reino de Dios y que si somos capaces de mirar la vida con ojos de fe podemos descubrir llamadas de Dios a nuestro corazón.
Hoy en la lectura del profeta se nos habla de esa llamada que Dios hacía por medio de sus profetas; pero se cegaban y no eran capaces de oír esa voz del Señor. ‘Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente’. No nos ceguemos ante las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en la vida, que puede ser también esa obra buena que podamos ver realizar a los demás, incluso aquellos que nos parece que no son de los nuestros o que piensan de manera distinta.
Allí donde está el bien y el amor allí está Dios. Y Dios nos habla y nos llama a través de tantas obras de amor que podemos ver hacer a tantas personas de buena voluntad. Que con ello sepamos dar gloria a Dios.


domingo, 9 de marzo de 2014

Jesús en el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado



Jesús en  el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado

Gen. 2, 7-9; 3, 1-7; Sal. 50; Rom. 5, 12-19; Mt. 4, 1-11
Hemos comenzado el camino hacia la Pascua cuando iniciamos el pasado miércoles de ceniza la Cuaresma. Sentíamos la invitación a mirar hacia lo alto porque ya desde un primer momento se nos invitaba a mirar a Cristo y a Cristo crucificado, pero siempre con la certeza de la resurrección. Es el camino que queremos hacer para que en verdad haya pascua en nosotros, para que cuando lleguemos a celebrar la resurrección de Jesús nos sintamos en verdad renacidos, hombre nuevos, hombres pascuales, porque hemos vivido desde lo más profundo el paso salvador de Dios por nuestra vida.
Como diremos hoy en el prefacio de este primer domingo de Cuaresma ‘celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba’. Por eso miramos a Cristo, escucharemos su Palabra de vida que nos va renovando día a día y nos irá transformando si nos dejamos conducir por la gracia del Señor, ‘para avanzar en el misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud’. Así pedíamos en la primera oración.
Como  nos decía san Pablo hoy ‘por un  hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron’, haciendo referencia a lo que hemos escuchado en la primera lectura del Génesis que nos hablaba de la creación del hombre, pero también de su pecado. Pero san Pablo continuaba diciéndonos ‘por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte… por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación… la justicia de uno traerá la justificación y la vida’. Clara referencia al Misterio Pascual que nos disponemos a celebrar.
Es tradicional en la liturgia de la Iglesia, y lo contemplamos en los tres ciclos litúrgicos, que en este primer  domingo de Cuaresma siempre escuchemos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto, según los tres evangelistas sinópticos, uno en cada ciclo. Después del Bautismo de Jesús en el Jordán ‘fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo’, nos dice el evangelista. Allí ayunó cuarenta días y cuarenta noches con lo que ‘al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’, como decimos también en el prefacio.
En el bautismo en el Jordán se había escuchado la voz del cielo señalando a Jesús: ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’. Ahora la tentación viene en el mismo tono, en la misma sintonía. ‘Si eres el Hijo de Dios…’ comienza siempre diciéndole el tentador. Eres el Hijo de Dios y tienes todo el poder de Dios, ¿por qué pasar hambre aquí en el desierto? ‘di que estas piedras se conviertan en panes’.
Eres el Hijo de Dios y así has de manifestarte ante los hombres, porque para eso has venido, podría estarle diciendo el tentador, pues manifiéstate haciendo cosas prodigiosas; ‘le llevó al alero del templo y le dice… tírate abajo, porque está escrito: encargará a sus Ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras’.
Eres el Hijo de Dios que vienes a instaurar el nuevo Reino. ‘Lo llevó a una montaña altísima y mostrándole los reinos del mundo y su gloria’, en poder del maligno por el reino del pecado y de la muerte, ‘y le dijo: todo esto te daré, si te postras y me adoras’.
Ya conocemos las respuestas de Jesús que, por supuesto, tendríamos que escuchar y aprender muy bien porque esas tentaciones reflejan también cuales son nuestras tentaciones. ‘No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios… no tentarás al Señor, tu Dios… al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto’.
Las  respuestas de Jesús en estos momentos son lo que luego a lo largo del evangelio vamos a ir viendo reflejados en toda su enseñanza. Por eso, es ahí, a la Palabra del Señor,  a su evangelio al que tenemos que saber acudir para encontrar esa luz que nos ilumine para saber bien la respuesta que tenemos que dar a lo que nos pide el Señor y la forma cómo nosotros hemos de vencer también la tentación con la que nos acosa continuamente al maligno.
¿No pedimos nosotros muchas veces en nuestra oración el milagro fácil de Dios que nos resuelva todos los problemas sin poner ningún esfuerzo por nuestra parte? Tendríamos que dejarnos conducir más en la vida por la Palabra del Señor que sea en verdad el alimento de nuestra vida de cada día, pero no haciéndole decir a la Palabra de Dios lo que a nosotros nos guste, sino dejándonos interpelar y conducir con toda sinceridad por lo que el Señor nos manifiesta.
No busca tampoco Jesús el éxito fácil a la Buena Nueva de salvación que nos va anunciando, porque ya, por ejemplo, le vemos habitualmente cuando realiza un milagro de alguna curación que les dice que no lo digan a nadie. No es Jesús el curandero taumatúrgico que se aprovecha de sus poderes para obtener fama y por así decirlo beneficios, sino que sus milagros serán siempre por una parte signo de su amor y de su compasión misericordiosa, pero al mismo tiempo signo de la transformación que Jesús quiere ir realizando en el corazón del hombre y de nuestro mundo.
En las reflexiones que nos hemos venido haciendo desde los primeros días de la Cuaresma cuando hablamos de conversión decíamos cómo hemos darle en verdad la vuelta a nuestra vida para que esté orientada siempre hacia Dios, para que Dios sea siempre el centro de nuestra vida. Hoy al rechazar Jesús al maligno que le tentaba le dice que ‘al Señor, tu Dios, adorarás y a El solo darás culto’. Que el Señor sea nuestro único Dios, el único Señor de nuestra vida. Que la gracia del Señor nos ayude a ir arrancando de nuestro corazón esos ídolos,  esos falsos dioses que nos creamos, cuando apegamos nuestro corazón a tantas cosas que consideramos tan importantes en nuestra vida, como si no pudiéramos vivir sin ellas.
Tenemos que comenzar por transformar nuestro corazón, muchas veces endurecido como una piedra. Como anunciaban los profetas que se transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Aquí sí que tenemos que pedirle al Señor que transforme esas piedras de nuestro corazón en panes, y no lo hacemos por tentación, sino para vencer nuestras tentaciones.
Que se transforme esa piedra fría de mi indiferencia,  esa piedra dura de mis violencias, esa piedra solitaria de mi individualismo, esa piedra grande de mi orgullo, esa piedra gorda de mi codicia, en panes de ternura y amistad, de ofrenda y de generosidad, de pureza y de bondad. Que frente a esas tentaciones que nos endurecen por dentro tantas veces con nuestras pasiones desordenadas seamos capaces de poner el espíritu de servicio, el dinamismo de la caridad, la fe confiada. Que en nuestras luchas y sufrimientos seamos capaces de ver siempre la presencia del Señor y sean algo así como sacramentos de Dios para nuestra vida, y sean en verdad una oportunidad para un mayor crecimiento humano y espiritual.
El Señor nos enseñó a pedir en el Padrenuestro ‘no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’; y a Pedro y los apóstoles les decía en Getsemaní: ‘vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil’. Que esa sea nuestra oración de verdad para que con la gracia del Señor podamos hacer este camino que estamos iniciando y nos conduzca a la Pascua y al final podamos ser esos hombres nuevos de la Pascua, como decíamos al principio.
Que alimentados del Cuerpo y de la Sangre del Señor, ‘pan del cielo que alimenta nuestra fe, consolida la esperanza y fortalece el amor… tengamos hambre de Cristo, pan vivo y verdadero… y aprendamos a vivir de toda Palabra que sale de la boca del Señor’.

viernes, 11 de octubre de 2013

Atentos a descubrir la voz del Señor que nos llama y nos fortalece con su gracia

Joel, 1, 13-15; 2, 1-2; Sal. 9; Lc. 11, 15-26
‘Pasó por el mundo haciendo el bien’. Así decía Pedro de Jesús en uno de sus predicaciones que nos trae el libro de los Hechos de los Apóstoles. En Jesús estaba el amor; Jesús era el Amor, porque Dios es amor y El es la manifestación del amor que Dios le tiene al hombre. Y su amor nos llena de vida, nos trae la salvación nos libera del mal.
Es lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret; lleno del Espíritu divino, ungido por el Espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a anunciarnos el año de gracia del Señor. Es lo que le vemos hacer cuando anuncia el Reino, cuando realiza milagros y cura a los enfermos, cuando resucita a los muertos para darles vida, cuando expulsa a los demonios de aquellos que estaban poseídos por el espíritu del mal.
Y ante Jesús hay que decantarse, hay que decidirse. ¿Le seguiremos? ¿estaremos a su lado? ¿queremos seguir sus mismos pasos? ¿estaremos en disposición de vivir el mismo amor? ¿nos dejaremos liberar del mal? Hoy nos dirá que ‘el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama’.
Y bien que El aceptaba a todo el que hacia el bien, fuera quien fuera. Recordamos cuando Santiago y Juan vinieron contando que uno echaba demonios en su nombre y ellos habían querido prohibírselo y El les había dicho que no, porque quien en su nombre expulsaba demonios, hacia el bien, no podía estar contra Jesús.
Sin embargo vamos viendo que no todos están con Jesús, no todos quieren interpretar de la misma manera las obras de Jesús. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. ‘Habiendo Jesús echado un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Si echa los demonios, es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios. Y otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo’. No les valían los milagros que Jesús hacía que aún pedían otros signos; en su malicia no eran capaces de interpretar con recto sentido lo que Jesús hacía y lo bueno de expulsar los demonios, signo que era del Reinado de Dios, sin embargo lo atribuían al espíritu del mal.
Que el Espíritu del Señor nos abra a nosotros los ojos para descubrir las acciones de Dios. Los caminos de Dios muchas veces podrían parecernos incomprensibles porque son más sencillos de lo que nosotros quizá queremos imaginarlos y nos cuesta en muchas ocasiones interpretar los signos que El nos va dejando de su llamada.
Dios nos va hablando en el corazón; nos ha dejado su Palabra, sus sacramentos, la Iglesia como señales claras de su presencia y de su gracia. Veamos ahí la acción de Dios. Pero algunas veces el Señor nos llama por otros caminos, con otras voces, que hemos de saber interpretar bien allá en lo hondo de nuestra conciencia, y podemos descubrir cómo podemos ir a Dios en tantas cosas buenas que nos suceden o que suceden a nuestro alrededor, o que podemos descubrir en las personas que están a nuestro lado. El Señor nos va llamando y va derramando su gracia. Hemos de estar atentos a esas llamadas del Señor y no malinterpretarlas sino dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos va moviendo el corazón.
Pero quiere decirnos algo más hoy la Palabra del Señor. Es la vigilancia permanente que hemos de mantener en nuestra vida cuando nos hemos decidido a seguir los caminos del Señor. Porque el maligno nos acecha. Muchas veces nos sucede que dimos unos pasos para acercarnos al Señor y estábamos felices porque nos parecía que todo iba bien, que éramos fieles y nos manteníamos en la gracia del Señor; pero  nos descuidamos y cuando menos lo pensamos volvimos a tropezar quizá con la misma tentación, en las mismas cosas que pensábamos que ya teníamos superadas.

Como se suele decir, habíamos bajado la guardia, no estábamos tan vigilantes, quizá nos debilitamos en nuestra oración, no mantuvimos con la misma intensidad ese camino de ascesis y superación que nos habíamos trazado y vino y la tentación y sucumbimos otra vez. Es a lo que hoy nos quiere prevenir el Señor. Que la petición que hacemos cada día en el padrenuestro la hagamos de verdad y con todo sentido e intensidad: ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Como  nos dice Jesús hoy: ‘El final de aquel hombre resulta peor que el principio’. Que así nos mantengamos siempre vigilantes. Que sepamos descubrir siempre esa presencia del Señor a nuestro lado que nos llama y al mismo tiempo nos llena de la fortaleza de su gracia.

jueves, 15 de marzo de 2012


No hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor

Jer. 7, 23-28; Sal. 94; Lc. 11, 14-23
‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Nos ofrece la liturgia este responsorio para repetir con el salmo. Y tenemos que decir que nos lo ofrece sabiamente. Necesitamos abrir nuestro corazón, no encerrarnos, no endurecer el corazón, sino abrirlo a la Palabra de Dios y dejar que penetre en nosotros, deje huella en nuestra vida, mueva nuestro corazón.
Se nos ofrece como respuesta hecha oración a la misma Palabra de Dios que se nos ha proclamado en la que vemos por una parte esa cerrazón del pueblo en tiempo de los profetas y también el rechazo de muchos a Jesús, como nos describe el evangelio.
Jeremías nos recuerda: ‘Esto dice el Señor: esta fue la orden que di a mi pueblo: escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien’. Está en perfecta continuidad con los textos que nos ofrecía la liturgia ayer en los que escuchábamos también la invitación a escuchar y cumplir lo que era la voluntad del Señor para llenarnos de vida. El camino cuaresmal que vamos haciendo es como un proceso continuado que vamos realizando hacia esa purificación interior y renovación profunda que hemos de ir haciendo en nuestra vida.
Pero hoy el profeta denuncia cómo se hicieron sordos a la voz del Señor con un corazón obstinado dándole la espalda a Dios, no escuchado a los profetas que el Señor iba suscitando. ‘Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor y no quiso escarmentar’.
Es el sentido también de lo que nos ofrece hoy el evangelio. Jesús había realizado incluso un milagro expulsando un demonio para que aquel hombre que era mudo recobrara el habla, y sin embargo por allá hay quienes quieren atribuir de forma blasfema el poder de Jesús al poder de Satanás. Cierran los ojos y los oídos del corazón para no sólo no escuchar la llamada del Señor, sino incluso atribuir la acción de Jesús al príncipe de los demonios.
‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón’ es la respuesta que nos ofrece la liturgia con el salmo ante este mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor. No es sólo constatar la cerrazón de aquellos corazones, ya sea en tiempo del profeta o en tiempos de Jesús a la llamada e invitación del Señor, sino tratar de contemplar nuestra vida para analizar cuál respuesta estamos dando a tantas llamadas e invitaciones a la conversión que nos va haciendo el Señor ahora de manera especial en este tiempo de Cuaresma.
Pidámosle al Señor que no se nos endurezca nuestro corazón. Abramos nuestros oídos, los ojos de la fe, los sentimientos del corazón a tanto amor con que el Señor nos está llamando cada día. Es tiempo favorable, es tiempo de salvación, como hemos venido escuchando desde el primer día de la Cuaresma.
Nos cuesta muchas veces; pueden ser muchos los apegos que haya en nuestro corazón; o nos habremos endurecido demasiado con el pecado que dejamos meter dentro de nosotros, pero la gracia del Señor es poderosa; dejemos actuar la gracia de Dios en nuestra vida; dejémonos conducir por la fuerza del Espíritu que va moviendo nuestra vida, nuestro corazón a las cosas buenas, a los caminos de la gracia.
Mucho tenemos que orar, reflexionar, revisar nuestra vida; mucho tenemos que ir confrontando lo que hacemos, nuestras actitudes y posturas con lo que nos va pidiendo el evangelio cada día. No podemos hacer oídos sordos, sino escuchar con sinceridad y apertura grande del corazón lo que el Señor nos va diciendo, nos va manifestando, nos va pidiendo. Nada imposible nos va a pedir el Señor y si nos cuesta sabemos que la gracia del Señor siempre nos llena de fortaleza.

viernes, 20 de enero de 2012


Llamó a los que quiso y se fueron con El…

1Samuel, 24, 3-21; Sal. 56; Mc. 3, 13-19
‘Llamó a los que quiso y se fueron con El… a doce los hizo sus compañeros…’ Las gentes escuchaban a Jesús y veían sus obras y se iban con El. Querían escucharle, estar con El, le traían a los enfermos para que los curara, pero a algunos los llamaba de manera especial.
Había llamado a los pescadores que estaban allá junto al lago en sus tareas y con sus redes y los habían invitado a seguirle para hacerlos pescadores de hombres – lo vamos a escuchar de nuevo el domingo -. Pero ahora nos dice el evangelista Marcos que subió a la montaña. En los lugares paralelos de los otros evangelistas se nos dice que había pasado la noche en oración. Y ahora hay una llamada especial. Quiere hacer el grupo de los doce. Los va a llamar apóstoles. El Colegio Apostólico. Quiere que estén con El y serán sus compañeros. Para ellos tiene una misión especial: ‘enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios’. Y el evangelista nos da el listado de los Doce.
Quiere que estén con El y serán sus compañeros. Así los veremos a lo largo del evangelio. Siempre al lado de Jesús, caminando con El, escuchándole a El que de manera especial a ellos le explica, a ellos les enseña todo lo referente al Reino de Dios. Veremos como se los lleva a lugares apartados para estar con ellos, cómo les instruye de manera especial cuando van de camino, les responde a sus preguntas cuando llegan a casa, tiene especiales exigencias para ellos para que entiendan bien todo el sentido del Reino de Dios. Muchas páginas del evangelio vemos en ese sentido.
Un número significativo como las doce tribus de Israel. Un grupo que quiere conjuntar muy bien porque a ellos de manera especial les va a explicar con mayor detalle. Van a ser los doce apóstoles enviados, que eso viene a significar la palabra apóstol, y que van a ser fundamento de la nueva comunidad que en Cristo se va a constituir.
Van a recibir la misma misión de Jesús, el anuncio del Reino. Los llamó para enviarlos a predicar. Y el envío se hará dándoles el mismo poder de Jesús, ‘expulsar demonios’, porque con el anuncio del evangelio se ha de vencer el mal, se ha de hacer un mundo nuevo, se ha de constituir de verdad el Reino de Dios. Es lo que Cristo realizó y consumó de manera plena con su muerte redentora en la Cruz y lo que confía a sus apóstoles que han de ir haciendo por el mundo. Es la misión de los Apóstoles que es la misión de la Iglesia, que  no es otra que la misma misión de Jesús.
Será a los que al final, antes de la Ascensión, enviará por todo el mundo con la misión de anunciar la Buena Nueva, el Evangelio a todos los hombres. Serán los que aguardarán en el Cenáculo el cumplimiento de la promesa de Jesús y recibirán el Espíritu Santo como comienzo de la Iglesia. Con Pedro como cabeza de aquel Colegio Apostólico van a ser el fundamento de la Iglesia y se van a repartir por el mundo anunciando el Evangelio, bautizando a los que crean y constituyendo la Iglesia. En torno a ellos y a sus sucesores se van a constituir las comunidades que van a nacer del anuncio del Evangelio. Los Obispos serán los sucesores de los Apóstoles en cada Iglesia local.
Démosle gracias al Señor por la elección de los apóstoles, los doce elegidos entonces y los que a lo largo de los siglos ha ido llamando el Señor con esa su misma misión. Una característica de la Iglesia es ser apostólica, porque en los apóstoles fundamentamos nuestra fe en Cristo porque ellos son los primeros testigos de la resurrección de Jesús que nos han trasmitido el mensaje del Evangelio.
Damos gracias y pedimos al Señor por los constituidos apóstoles hoy en su Iglesia; y pensamos en el Papa, y pensamos en los Obispos, verdaderos sucesores de los Apóstoles, pero pensamos también en todos los que participan de esa misión apostólica en la Iglesia. Que no falte nunca la asistencia del Espíritu Santo que es el que guía a la Iglesia y sostiene a sus pastores. Que con la luz, la fuerza y la gracia del Espíritu Santo se pueda conducir al pueblo de Dios, al Rebaño de Cristo por los caminos que conducen a la vida eterna.
Que la Iglesia no deje de anunciar el Evangelio de Jesús pero que su predicación vaya acompañada por las obras de la justicia y del amor. La Iglesia como los apóstoles está enviada a predicar la Buena Nueva de Jesús y con el poder de expulsar el mal; obra que la Iglesia realiza en tantas obras de amor, en tantas obras que son signos de ese amor salvador de Cristo que renueva al hombre.

jueves, 31 de marzo de 2011

No endurezcáis el corazón


Jer. 7, 23-28;

Sal. 94;

Lc. 11, 14-23

‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Así hemos rezado y repetido en el salmo. Una llamada del Señor y un deseo por nuestra parte. Queremos escuchar la voz del Señor, aunque algunas veces nos cuesta, nos distraemos con otras voces, o cerramos nuestros oídos.

El salmo nos recuerda aquellos momentos difíciles del pueblo peregrino por el desierto. Les costaba hacer el camino y se rebelaban contra el Señor. No tenían agua para calmar su sed, aunque el Señor por medio de Moisés haría saltar agua de la roca. Lo recordamos el pasado domingo. ‘No endurezcáis vuestro corazón como en Masá y Meribá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras…’

Ante nuestros ojos tenemos tantas obras maravillosas que hace el Señor; desde la propia naturaleza con todas sus bellezas que nos puede hablar de la belleza y del poder del Señor; o en tantas otras obras donde sentimos la presencia del Señor que nos guía, que está a nuestro lado, que nos cuida, nos previene de males o nos da fuerzas para el caminar de nuestra vida. Seguro que cada uno de nosotros tiene experiencias de este tipo en su vida. Pero muchas veces cerramos los ojos. No somos capaces o no queremos contemplar las maravillas del Señor cuando tendríamos que irlas contando continuamente a todos los que nos rodean.

En la lectura del profeta está la palabra dolorida del Señor. ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien. Pero no escucharon ni prestaron oido, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado…’ Y les recuerda como les ha enviado profetas que no han escuchado, sino que más bien endurecieron su corazón.

En este mismo sentido es el rechazo de Jesús que vemos en el evangelio de tal manera que atribuyen el poder de Jesús a las obras del maligno. Veían las obras de Jesús, sus milagros, su vida, su palabra y no eran capaces de reconocer las obras de Dios. ‘Si yo echo los demonios con el Dedo (el poder) de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, les dice Jesús.

La palabra de Dios que vamos escuchando cada día es esa llamada que nos va haciendo el Señor una y otra vez. Una palabra que nos tiene que hacer mirar a nosotros mismos, mirar nuestro corazón, mirar la respuesta que le estamos dando al Señor. Muchas cosas tenemos que examinar, porque muchas veces se nos cierra el corazón, se nos endurece, o nos hacemos oídos sordos a la llamada del Señor.

Llamada del Señor que nos llega de muchas manera; nos llega en la voz de la Iglesia, en sus pastores y en la predicación que escuchamos; llamada del Señor que nos llega en este tiempo con la liturgia que nos ayuda con todas sus celebraciones a prepararnos para la pascua; llamada del Señor que nos llega también a través de muchas señales que podemos ver a nuestro alrededor en personas, en acontecimientos, en hechos quizá muchas veces sencillos pero que son una voz del Señor que quiere llegar a nuestro corazón.

También en ocasiones, como decíamos antes, hay tantas cosas que nos distraen con sus ruidos que nos impiden escuchar la voz y la llamada del Señor. O, como decía el profeta, preferimos caminar por nuestros caminos según nuestras ideas. Con sinceridad tenemos que acercarnos al Señor reconociendo nuestros caminos errados tantas veces, pero acogiéndonos una y otra vez a la misericordia del Señor.

Ojalá escuchemos la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón, sino que abramos nuestra vida a la gracia.

miércoles, 14 de enero de 2009

Predicando en las sinagogas y expulsando demonios…

Hebreos, 2, 14-18

Sal. 104

Mc. 1, 29-39

‘Recorría Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios’. El texto que nos ofrece hoy el evangelio nos presenta lo que era la actividad diaria de Jesús y lo que era el día a día de obra y predicación. Había comenzado anunciando que ‘El Reino de Dios está cerca’ y había que convertirse y creen en la Buena Noticia, en el Evangelio que anunciaba.

Aprovecha cualquier oportunidad: será en la sinagoga los sábados cuando se reúne la comunidad, pero será a la orilla del lago desde la barca, en lo alto de la montaña o a lo largo de los caminos, visitará las casas donde le inviten o será en la propia plaza. Como diría san Pablo en sus recomendaciones a Timoteo, ‘insiste a tiempo y a destiempo’, en todo momento y lugar.

Predica la Buena Noticia y expulsa los demonios. Llega el Reino de Dios y el reino del mal tiene que desaparecer. Dios tiene que ser el único Señor del hombre y de toda la creación, y ningún mal tiene que impedir ese Reinado y Señorío de Dios.

Con la expresión ‘expulsando los demonios’ el evangelista quiere darnos una visión muy amplia. Expulsa los demonios sí de aquellos que están poseídos por el espíritu del maligno, pero en el sentido del evangelio es mucho más amplio su significado. Cristo quiere apartarnos de todo mal. ‘aniquiló el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos’, que nos decía la carta a los Hebreos.

Ha venido a redimirnos y a transformar entonces nuestro corazón. Los milagros que hace con la curación de los enfermos son señales que nos hablan de esa salud honda, de la salvación que El nos ofrece. No podemos permitir que el pecado reine en nuestra vida.

Todo lo que sea maldad, odio o desamor, egoísmo o insolidaridad, injusticia o mentira, violencia o malos deseos, rencores o envidias, todo lo que sea mal Cristo quiere desterrarlo de nuestro corazón. Quiere liberarnos de ese mal, transformar nuestro corazón.

Pero hay algo más en lo que quiero fijarme. En medio de toda esa actividad, rodeado como estaba continuamente por todos los que venían hasta El con sus dolencias y con sus enfermedades – ‘todo el mundo te busca’, le dijeron – ‘se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. Necesitaba de ese encuentro íntimo y total con el Padre. Podríamos pensar cómo sería era oración de Jesús con el Padre.

Tenemos que pensar cuánto lo necesitamos nosotros. Ese marcharnos al descampado del silencio interior para sentir y escuchar a Dios. Es nuestro Padre. Con El no necesitamos muchas palabras, sino sentir el gozo de su presencia, que es llenarnos de su vida y de su amor. Vamos muchas veces preocupados de decirle muchas cosas o rezar muchas oraciones y lo que necesitamos de verdad es ese encuentro hondo y profundo del alma que se pone en la manos del Padre.

Seguro que cuando salgamos de la oración nos sentiremos transformados. Habremos experimentado que El es el único Señor de nuestra vida y en ese sentiremos la fuerza de su gracia para no irnos tras otros señores, para dejar el meter el mal en nuestro corazón.

Aprendamos a ir a la oración. Dejémonos inundar por la presencia de Dios. Y así toda nuestra vida, todo lo que hagamos será siempre para la gloria de Dios.