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lunes, 27 de enero de 2020
Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad
Descubramos
en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos
hace ver la maravilla de su bondad
jueves, 23 de marzo de 2017
Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor
Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor
viernes, 9 de octubre de 2015
La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio
La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio
Joel
1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26
jueves, 12 de marzo de 2015
No nos ceguemos ante las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en las obras de amor de los demás
No nos ceguemos ante las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en las obras de amor de los demás
domingo, 9 de marzo de 2014
Jesús en el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado
Jesús en el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado
viernes, 11 de octubre de 2013
Atentos a descubrir la voz del Señor que nos llama y nos fortalece con su gracia
jueves, 15 de marzo de 2012
No hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor
viernes, 20 de enero de 2012
Llamó a los que quiso y se fueron con El…
jueves, 31 de marzo de 2011
No endurezcáis el corazón
Jer. 7, 23-28;
Sal. 94;
Lc. 11, 14-23
‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Así hemos rezado y repetido en el salmo. Una llamada del Señor y un deseo por nuestra parte. Queremos escuchar la voz del Señor, aunque algunas veces nos cuesta, nos distraemos con otras voces, o cerramos nuestros oídos.
El salmo nos recuerda aquellos momentos difíciles del pueblo peregrino por el desierto. Les costaba hacer el camino y se rebelaban contra el Señor. No tenían agua para calmar su sed, aunque el Señor por medio de Moisés haría saltar agua de la roca. Lo recordamos el pasado domingo. ‘No endurezcáis vuestro corazón como en Masá y Meribá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras…’
Ante nuestros ojos tenemos tantas obras maravillosas que hace el Señor; desde la propia naturaleza con todas sus bellezas que nos puede hablar de la belleza y del poder del Señor; o en tantas otras obras donde sentimos la presencia del Señor que nos guía, que está a nuestro lado, que nos cuida, nos previene de males o nos da fuerzas para el caminar de nuestra vida. Seguro que cada uno de nosotros tiene experiencias de este tipo en su vida. Pero muchas veces cerramos los ojos. No somos capaces o no queremos contemplar las maravillas del Señor cuando tendríamos que irlas contando continuamente a todos los que nos rodean.
En la lectura del profeta está la palabra dolorida del Señor. ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien. Pero no escucharon ni prestaron oido, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado…’ Y les recuerda como les ha enviado profetas que no han escuchado, sino que más bien endurecieron su corazón.
En este mismo sentido es el rechazo de Jesús que vemos en el evangelio de tal manera que atribuyen el poder de Jesús a las obras del maligno. Veían las obras de Jesús, sus milagros, su vida, su palabra y no eran capaces de reconocer las obras de Dios. ‘Si yo echo los demonios con el Dedo (el poder) de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, les dice Jesús.
La palabra de Dios que vamos escuchando cada día es esa llamada que nos va haciendo el Señor una y otra vez. Una palabra que nos tiene que hacer mirar a nosotros mismos, mirar nuestro corazón, mirar la respuesta que le estamos dando al Señor. Muchas cosas tenemos que examinar, porque muchas veces se nos cierra el corazón, se nos endurece, o nos hacemos oídos sordos a la llamada del Señor.
Llamada del Señor que nos llega de muchas manera; nos llega en la voz de la Iglesia, en sus pastores y en la predicación que escuchamos; llamada del Señor que nos llega en este tiempo con la liturgia que nos ayuda con todas sus celebraciones a prepararnos para la pascua; llamada del Señor que nos llega también a través de muchas señales que podemos ver a nuestro alrededor en personas, en acontecimientos, en hechos quizá muchas veces sencillos pero que son una voz del Señor que quiere llegar a nuestro corazón.
También en ocasiones, como decíamos antes, hay tantas cosas que nos distraen con sus ruidos que nos impiden escuchar la voz y la llamada del Señor. O, como decía el profeta, preferimos caminar por nuestros caminos según nuestras ideas. Con sinceridad tenemos que acercarnos al Señor reconociendo nuestros caminos errados tantas veces, pero acogiéndonos una y otra vez a la misericordia del Señor.
Ojalá escuchemos la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón, sino que abramos nuestra vida a la gracia.
miércoles, 14 de enero de 2009
Predicando en las sinagogas y expulsando demonios…
Hebreos, 2, 14-18
Sal. 104
Mc. 1, 29-39
‘Recorría Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios’. El texto que nos ofrece hoy el evangelio nos presenta lo que era la actividad diaria de Jesús y lo que era el día a día de obra y predicación. Había comenzado anunciando que ‘El Reino de Dios está cerca’ y había que convertirse y creen en la Buena Noticia, en el Evangelio que anunciaba.
Aprovecha cualquier oportunidad: será en la sinagoga los sábados cuando se reúne la comunidad, pero será a la orilla del lago desde la barca, en lo alto de la montaña o a lo largo de los caminos, visitará las casas donde le inviten o será en la propia plaza. Como diría san Pablo en sus recomendaciones a Timoteo, ‘insiste a tiempo y a destiempo’, en todo momento y lugar.
Predica la Buena Noticia y expulsa los demonios. Llega el Reino de Dios y el reino del mal tiene que desaparecer. Dios tiene que ser el único Señor del hombre y de toda la creación, y ningún mal tiene que impedir ese Reinado y Señorío de Dios.
Con la expresión ‘expulsando los demonios’ el evangelista quiere darnos una visión muy amplia. Expulsa los demonios sí de aquellos que están poseídos por el espíritu del maligno, pero en el sentido del evangelio es mucho más amplio su significado. Cristo quiere apartarnos de todo mal. ‘aniquiló el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos’, que nos decía la carta a los Hebreos.
Ha venido a redimirnos y a transformar entonces nuestro corazón. Los milagros que hace con la curación de los enfermos son señales que nos hablan de esa salud honda, de la salvación que El nos ofrece. No podemos permitir que el pecado reine en nuestra vida.
Todo lo que sea maldad, odio o desamor, egoísmo o insolidaridad, injusticia o mentira, violencia o malos deseos, rencores o envidias, todo lo que sea mal Cristo quiere desterrarlo de nuestro corazón. Quiere liberarnos de ese mal, transformar nuestro corazón.
Pero hay algo más en lo que quiero fijarme. En medio de toda esa actividad, rodeado como estaba continuamente por todos los que venían hasta El con sus dolencias y con sus enfermedades – ‘todo el mundo te busca’, le dijeron – ‘se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. Necesitaba de ese encuentro íntimo y total con el Padre. Podríamos pensar cómo sería era oración de Jesús con el Padre.
Tenemos que pensar cuánto lo necesitamos nosotros. Ese marcharnos al descampado del silencio interior para sentir y escuchar a Dios. Es nuestro Padre. Con El no necesitamos muchas palabras, sino sentir el gozo de su presencia, que es llenarnos de su vida y de su amor. Vamos muchas veces preocupados de decirle muchas cosas o rezar muchas oraciones y lo que necesitamos de verdad es ese encuentro hondo y profundo del alma que se pone en la manos del Padre.
Seguro que cuando salgamos de la oración nos sentiremos transformados. Habremos experimentado que El es el único Señor de nuestra vida y en ese sentiremos la fuerza de su gracia para no irnos tras otros señores, para dejar el meter el mal en nuestro corazón.
Aprendamos a ir a la oración. Dejémonos inundar por la presencia de Dios. Y así toda nuestra vida, todo lo que hagamos será siempre para la gloria de Dios.




