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jueves, 27 de marzo de 2014
No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor
jueves, 7 de marzo de 2013
Escucha mi voz y camina por mi camino para que te vaya bien
jueves, 4 de agosto de 2011
Lejos de nosotros divisiones y contradicciones al vivir nuestra fe

Núm. 20, 1-13;
Sal. 94;
Mt. 16, 13-23
Algunas veces en la vida nos comportamos de forma contradictoria, nos contradecimos a nosotros mismos; nos manifestamos con unos principios pero que luego en el día a día de la vida hacemos lo contrario.
Y eso nos pasa también en el orden de la fe; nos decimos creyentes, confesamos nuestra fe o nos manifestamos en determinados momentos como hombres muy religiosos, pero, quizá a causa de nuestra debilidad, no lo llevamos a la totalidad de nuestra vida o en determinadas cosas no obramos en consecuencia. Andamos como divididos en cierta manera en nuestro interior. Qué importante que sepamos darle esa necesaria unidad a nuestro vivir, porque nos hace más auténticos y también nos llena de mayor felicidad.
En muchas cosas podríamos fijarnos en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman que tienen una gran riqueza tanto si contemplamos a Moisés como guía del pueblo de Israel, como si nos detenemos a reflexionar en la hermosa confesión de fe de Pedro ante Jesús. Pero precisamente en uno y otro personaje quería fijarme, en lo que podríamos decir contradicciones de sus vidas. Si nos fijamos en ello es para que nos ayude esta reflexión a esa unidad de nuestro vivir al que hacíamos mención.
Hemos admirado en más de una ocasión la fe de Moisés, aquel hombre elegido por Dios por algo más que un profeta; aquel hombre con Dios hablaba cara a cara como ayer mismo reflexionabamos; el hombre de una fe grande, abierto siempre al Misterio de Dios y que recibe esa misión de ser guía de aquel pueblo en su peregrinar desde la esclavitud hasta la libertad de un pueblo nuevo que se ha de establecer en aquella tierra que Dios les había prometido.
Pero hoy, podríamos decir, se tambalea la fe de Moisés. Y no, porque el no tenga toda su confianza puesta en Dios, sino que la actitud rebelde de aquel pueblo siempre quejándose le hace reaccionar en un momento determinado en cierto modo pensando cómo es que Dios tiene paciencia con aquel pueblo y aún así realiza maravillas con ellos. El pueblo estaba sediento y se rebelan contra Moisés y contra Dios. Moisés acude al Señor, como lo hace siempre, y el Señor le manda sacar agua de la roca para que el pueblo beba y calme su sed. Y aquel que siempre se había fíado de Dios, ahora duda, protesta en cierto modo a la hora de golpear la piedra con el bastón como le ha dicho el Señor.
El agua viva brotará y será para nosotros imagen del agua viva que Cristo nos dará haciendo saltar por la fuerza de su Espíritu surtidores de agua viva de nuestro corazón. Pero allí se ha manifestado la contradicción que sufre en su propio interior Moisés. ‘Esta es la fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor y el les mostró su santidad’, dirá el autor sagrado. Esta imagen de las aguas de Meribá aparecerán repetidamente en el antiguo testamento, sobre todo en los salmos, como una imagen de esa rebeldía del pueblo contra Dios. Por eso hemos dicho en el salmo ‘no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto… ojalá escuchéis hoy la voz del Señor’.
Es la contradicción que contemplamos en Pedro. Hace una hermosa confesión de fe en Jesús: ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Confesión de fe que merecerá incluso la albanza de Jesús haciéndonos comprender cómo es algo que el Padre le ha revelado en su corazón. Pero cuando Jesús habla de que ese Hijo del Hombre ha de padecer, ha de sufrir, que va a ser ejecutado y resucitará al tercer, ya Pedro no lo entiende y querrá quitarle esa idea a Jesús de la cabeza. No entendía que ese Mesías, Hijo de Dios que él había proclamado precisamente pasando por la pasión y la cruz es cómo nos haría llegar la salvación.
Cuesta llevar la fe hasta el final, hasta sus últimas consecuencias. Le pasó a Moisés, la pasó a Pedro, nos pasa también tantas veces a nosotros. Por eso, como deciamos al principio, que esta reflexión nos ayude a esa unidad interna de nuestra vida, a ese ser consecuente en todo momento con la fe que profesamos; que no sólo en momentos fáciles o de fervor, sino también en los momentos duros, en los momentos difíciles, en los momentos en que también nosotros hemos de pasar por la pasión, proclamemos con toda nuestra fe esa fe que profesamos.
jueves, 31 de marzo de 2011
No endurezcáis el corazón
Jer. 7, 23-28;
Sal. 94;
Lc. 11, 14-23
‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Así hemos rezado y repetido en el salmo. Una llamada del Señor y un deseo por nuestra parte. Queremos escuchar la voz del Señor, aunque algunas veces nos cuesta, nos distraemos con otras voces, o cerramos nuestros oídos.
El salmo nos recuerda aquellos momentos difíciles del pueblo peregrino por el desierto. Les costaba hacer el camino y se rebelaban contra el Señor. No tenían agua para calmar su sed, aunque el Señor por medio de Moisés haría saltar agua de la roca. Lo recordamos el pasado domingo. ‘No endurezcáis vuestro corazón como en Masá y Meribá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras…’
Ante nuestros ojos tenemos tantas obras maravillosas que hace el Señor; desde la propia naturaleza con todas sus bellezas que nos puede hablar de la belleza y del poder del Señor; o en tantas otras obras donde sentimos la presencia del Señor que nos guía, que está a nuestro lado, que nos cuida, nos previene de males o nos da fuerzas para el caminar de nuestra vida. Seguro que cada uno de nosotros tiene experiencias de este tipo en su vida. Pero muchas veces cerramos los ojos. No somos capaces o no queremos contemplar las maravillas del Señor cuando tendríamos que irlas contando continuamente a todos los que nos rodean.
En la lectura del profeta está la palabra dolorida del Señor. ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien. Pero no escucharon ni prestaron oido, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado…’ Y les recuerda como les ha enviado profetas que no han escuchado, sino que más bien endurecieron su corazón.
En este mismo sentido es el rechazo de Jesús que vemos en el evangelio de tal manera que atribuyen el poder de Jesús a las obras del maligno. Veían las obras de Jesús, sus milagros, su vida, su palabra y no eran capaces de reconocer las obras de Dios. ‘Si yo echo los demonios con el Dedo (el poder) de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, les dice Jesús.
La palabra de Dios que vamos escuchando cada día es esa llamada que nos va haciendo el Señor una y otra vez. Una palabra que nos tiene que hacer mirar a nosotros mismos, mirar nuestro corazón, mirar la respuesta que le estamos dando al Señor. Muchas cosas tenemos que examinar, porque muchas veces se nos cierra el corazón, se nos endurece, o nos hacemos oídos sordos a la llamada del Señor.
Llamada del Señor que nos llega de muchas manera; nos llega en la voz de la Iglesia, en sus pastores y en la predicación que escuchamos; llamada del Señor que nos llega en este tiempo con la liturgia que nos ayuda con todas sus celebraciones a prepararnos para la pascua; llamada del Señor que nos llega también a través de muchas señales que podemos ver a nuestro alrededor en personas, en acontecimientos, en hechos quizá muchas veces sencillos pero que son una voz del Señor que quiere llegar a nuestro corazón.
También en ocasiones, como decíamos antes, hay tantas cosas que nos distraen con sus ruidos que nos impiden escuchar la voz y la llamada del Señor. O, como decía el profeta, preferimos caminar por nuestros caminos según nuestras ideas. Con sinceridad tenemos que acercarnos al Señor reconociendo nuestros caminos errados tantas veces, pero acogiéndonos una y otra vez a la misericordia del Señor.
Ojalá escuchemos la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón, sino que abramos nuestra vida a la gracia.
jueves, 11 de marzo de 2010
Escuchemos la voz del Señor no endurezcamos el corazón
‘Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón’. Hermoso responsorio del salmo que nos invita una vez más a escuchar la voz del Señor.
Un salmo que nos recuerda un momento duro en la historia de Israel. Digo duro, no sólo por la dificultad del camino del desierto, sino sobre todo por la crisis y rebelión que pasaba por el corazón de los israelitas. Les costaba ver las acciones de Dios, aún recorriendo aquel camino hacia la libertad de un pueblo nuevo donde tantas obras maravillosas iba realizando el Señor que los había sacado de la esclavitud de Egipto y les había hecho atravesar el mar Rojo.
Pero el camino del desierto era duro, como decíamos, y se rebelaron contra el Señor. Es la situación a la que hace referencia el salmo. ‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras’.
Es lo que nos repite el profeta Jeremías. Habían hecho Alianza con el Señor para que El fuera el único Dios y ellos su pueblo, ‘pero no escucharon ni prestaron oído; caminan según sus ideas, según la maldad de su corazón… Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor su Dios y no quiso escarmentar’.
Como siempre nos preguntamos al escuchar la Palabra del Señor y reflexionar y orar con ella. ¿Y nosotros? ¿seremos también sordos a la voz del Señor? ¿endureceremos también nuestro corazón?
Creo que con sinceridad y humildad hemos de venir a ponernos delante del Señor para que nos sane y nos salve. El evangelio hoy nos habla de un hombre poseído por un espíritu maligno que era mudo. Y Jesús le curó. Y a aquel hombre se le soltó la lengua, se le abrieron los sentidos para oír y para hablar. ¿Seremos sordos y mudos nosotros también?
Algo de eso puede haber en nuestra vida. ¿Seremos sordos o nos haremos los sordos? ¿Estaremos tan aturdidos por las cosas de la vida que, como aquellos que andan siempre en el fragor de ruidos fuertes y estridentes, habremos perdido la capacidad de escuchar un suave murmullo o un sonido delicado? No somos capaces de escuchar ese suave susurro con el que el Señor quiere llegar hasta nosotros y hablarnos.
Lo mismo nos hemos acostumbrado tanto a la superficialidad de las palabras huecas y vanas, o de palabras estridentes y llenas de maldad o de violencias, de maldiciones o improperios, que ya no somos capaces de pronunciar una palabra buena de bendición y de alabanza. Ni bendecimos y alabamos al Señor, ni tenemos palabras buenas y bellas, llenas de ternura y delicadeza para los que están a nuestro lado. Hablaremos de todas las materialidades y sensualidades posibles, pero no seremos capaces de pronunciar santamente el nombre de Dios, o de llevar una palabra o un gesto de amor verdadero a los demás.
Vamos a dejarnos sanar y salvar por el Señor. Que toque nuestros labios, que toque nuestro corazón, que nos llene de vida, de luz, de amor, de gracia, de paz. El nos ofrece vida y salvación pero nosotros hemos de responder. Por eso vamos a cuidarnos también como nos dice el final del texto del evangelio de hoy. Hemos de estar atentos, vigilantes, bien fortalecidos con la gracia del Señor, para cuando nos llegue el momento malo de la tentación, que podrá venir muy fuerte y hacernos caer de nuevo.
‘Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín’. No nos creamos seguros que podemos caer. Eso nos pasa muchas veces en nuestra vida espiritual y en nuestro lucha contra el pecado. No abandonemos la vigilancia que puede volver la tentación. Llenémonos de la gracia del Señor que nos fortalece y así podremos vencer siempre al maligno. Escuchemos la voz del Señor para no endurecer nuestro corazón, sino para que siempre resplandezca la gracia y la santidad de nuestra vida.
