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domingo, 23 de mayo de 2021

Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

 


Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Cuando hay amor saltan todas las barreras y las diferencias y no necesitamos de ningún idioma para comunicarnos porque el lenguaje del amor está por encima de todos los lenguajes convencionales que nos hayamos dado los hombres para entendernos. Son las miradas aunque no siempre son necesarias, son los gestos aunque parezcan que pasan desapercibidos, será la expresión de nuestros ojos y nuestra mirada, y sin palabras nos escuchamos, sin recursos de lenguajes humanos nos entendemos, porque será la humanidad que en cierto modo nos hace divinos que llevamos en el corazón la que grite y se comunique.

No nos extraña que las puertas cerradas no fueran obstáculo para la llegada de Jesús con la fuerza de su Espíritu ni que se entendieran todos aquellos que estaban aquella mañana en Jerusalén con tan diversos idiomas, pero es que entonces estaba hablando el lenguaje del Espíritu que siempre es lenguaje y espíritu de amor. Estoy haciendo referencia a dos de los textos que hoy se nos proponen, por un lado el de la tarde de aquel primer día de la semana cuando Jesús resucitado se manifiesta a los discípulos reunidos y encerrados en el Cenáculo, de lo que además tenemos más cosas que aprender por una parte, y por otra al episodio de Pentecostés cuando después de haber irrumpido la fuerza y el fuego del Espíritu sobre los Apóstoles  todos comienzan a entenderles como si hablaran el mismo idioma; se habían llenado del espíritu del amor.

Es lo que hoy estamos celebrando y tenemos que esforzarnos también en vivir. No se trata solo de celebrar un recuerdo sino celebrar y vivir lo que ahora mismo tendría que estarse realizando en nosotros a quienes también se nos ha regalado del don del Espíritu Santo. Celebramos Pentecostés y lo hacemos haciéndolo en cierto modo sacramento para nosotros porque no solo recordamos lo sucedido en el Cenáculo cuando vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles allí reunidos sino que eso, como en todo sacramento, se actualiza, se hace presente también ahora en nosotros.


Estamos contemplando cómo se manifiestan los dones y frutos del Espíritu en los Apóstoles que habían recibido el don del Espíritu Santo prometido en aquel fuego nuevo que sentían por dentro para comenzar a hablar de Jesús con total valentía y arrojo. El don del Amor de Dios se había derramado en sus corazones y comenzaba a manifestarse una nueva unidad, una nueva comunión en todos los que comenzaban a creer en Jesús; se enardecían sus corazones por la fuerza del Espíritu y se rompían las barreras y las diferencias para crear una nueva comunidad.

Comenzaban todos a creer en verdad en Jesús como su única salvación y algo nuevo los unía porque ya ni incluso necesitaban aprender idiomas para comunicarse porque era el lenguaje del amor el que los comunicaba y hacía entenderse. Nada ya podía distanciarlos porque esas deudas humanas que tantas veces nos guardamos los unos de los otros se diluían con el perdón porque para eso habían recibido el Espíritu, como les dio Jesús a los Apóstoles en la aparición pascual.

Pero celebramos Pentecostés, como decíamos, no solo en el recuerdo sino porque en nosotros también se ha derramado ese fuego del Espíritu; ese fuego del Espíritu que nos arde por dentro de nuestro corazón cuando ya podemos comenzar a sentir la presencia de Jesús en nosotros aunque nuestros ojos quizá no lo vean, como aquellos discípulos de Emaús, y podamos proclamar en verdad que Jesús es el Señor; ese fuego del Espíritu que nos hace entender con mayor claridad todo lo que ha de significar la comunión de hermanos que hemos de vivir y que nos hace sentirnos en verdad Iglesia de Jesús; ese fuego y esa luz del Espíritu que diluye las barreras que nos separan poniendo el perdón y la reconciliación como algo necesario y fundamental en nuestras vidas para lograr esa nueva humanidad en nuestras relaciones y ese encuentro de amor y de fraternidad que en cierto modo nos hace divinos.

Me pregunto si estaremos en verdad celebrando Pentecostés. Y la prueba de que estamos celebrando Pentecostés es que en nosotros se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu. El quiere actuar en nosotros y algunas veces nos mantenemos en nuestras cobardías y en nuestros miedos y no terminamos de dejar caer esas barreras y esas diferencias que ponemos entre nosotros. Parece como si quisiéramos apagar ese fuego del Espíritu. No hagamos oposición al Espíritu Santo, dejémonosle actuar, dejémosle que se manifieste en nosotros, que aparezcan esas señales nuevas porque nuestra vida y nuestros gestos, los signos y señales que damos con nuestra vida sean en verdad distintos después de vivir Pentecostés.

 

jueves, 22 de octubre de 2020

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación y transformación, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?


 

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación y transformación, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Efesios 3, 14-21; Sal 32; Lucas 12, 49-53

Algunas veces se nos puede crear una imagen distorsionada de determinadas cosas que pueden tener una variedad de significados o de funciones. Me refiero en este caso al fuego, que cuando pensamos en él la imagen que primero se nos aparece son los pavorosos incendios ya sean de índole forestal o incluso localizados más en nuestra cercanía cuando el fuego destruye un edificio o una industria; nos quedamos con esa imagen de destrucción que por supuesto también la tiene, pero también el fuego es un elemento muy importante para nuestra vida.

Con el fuego nos calentamos cuando tenemos frío y buscamos su calor, con el fuego elaboramos nuestra comida o pensemos en la industria la practicidad que tiene también en la elaboración de elementos que utilizaremos de forma positiva en la vida. Claro que tiene también la función purificadora de separar o destruir las escorias para la purificación de determinados elementos.

El ardor del fuego es también imagen de la fuerza interior que llevamos dentro de nosotros que nos impulsa a la acción, a la creatividad, al trabajo y a la corresponsabilidad en tanto bueno como podemos realizar. Y de esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos dice que fuego ha venido a traer a la tierra y lo que quiere es que arda. No es la destrucción lo que Jesús busca, aunque sí que hay muchas cosas en nuestro interior que purificar, pero sí nos está hablando de esa fuerza interior, esa fuerza espiritual que nos impulsa a la bueno, que nos lleva a una transformación de nosotros mismos pero que quiere también una transformación de nuestro mundo.

Fuego necesitamos tantas veces que andamos como apagados, que parece que nos falta vigor, que nos acomodamos a cualquier cosa y no terminamos de sentir ese impulso de la fe que nos lleva a comprometernos, que nos lleva a un anuncio, que nos tiene que conducir a esa transformación para que se realice de verdad el Reino de Dios. Somos tantas veces cristianos apagados que nos falta ese vigor, y si estamos apagados tampoco podremos dar luz, tampoco podremos ser luz para los demás.

Y esto no siempre es fácil. Porque algunas veces esa postura nuestra que nos hace sentir inquietos por dentro también puede importunar a los demás; y podremos encontrar rechazo, podremos encontrarnos que en nuestro entorno vamos a encontrar división de opiniones y habrá quien se oponga a ese fuego que llevamos dentro y querrán acallarlo o nos rechazarán.

De eso nos está hablando Jesús también en el evangelio hoy cuando nos dice que no ha venido a traer paz sino que vamos a encontrar división incluso entre los más cercanos a nosotros. Estas palabras de Jesús siempre nos han dejado como inquietos porque no terminamos de entenderlas.

Primero será en nosotros mismos, ese fuego nos deja inquietos, ese fuego hará que en ocasiones incluso en nuestro interior nos sintamos divididos; se nos presentan como dos mundos, como dos caminos delante de nosotros, el del compromiso que nace de ese fuego que arde dentro de nuestro corazón, o el de la quietud y la comodidad; ¿para qué nos vamos a complicar?, pensamos tantas veces y sentimos la tentación de quedarnos en nuestras rutinas de siempre, eso que llamamos paz pero que es un estar adormilados en nuestros conformismos, sentiremos un revulsivo que nos deja inquietos.

Y si damos un paso adelante y queremos vivir nuestro compromiso y nuestra entrega de manera radical ya vendrán a decirnos que no es para tanto, que no nos compliquemos, que dejemos las cosas como están, que siempre hemos vivido así. Cuando no nos puedan convencer intentarán pararnos sea de la forma que sea, y ya sabemos como al final terminamos en la persecución. Pero es nuestro camino, es el compromiso de nuestra fe, es el ardor del Espíritu que tenemos en nuestro interior, es el amor de Cristo que nos ha contagiado y prendido ese fuego en nuestro corazón.

Que no se nos apague ese fuego del Espíritu en nuestro corazón, que no temamos la división que vamos a encontrar porque será camino de purificación, será el momento en que todos tenemos que decantarnos por seguir o no seguir a Jesús y su evangelio. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

viernes, 15 de noviembre de 2013

Que se nos abran los ojos de la fe para descubrir el hondo sentido de nuestra vida

Sab. 13, 1-9; Sal. 18; Lc. 17, 26-37
‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del Hombre’. Hemos de reconocer que el texto del evangelio hoy nos deja desconcertados e inquietos. Pudiera parecer que se han cargado todos los tintes negros.
¿De qué nos está hablando Jesús? ¿De la sorpresa y desconcierto que se produce en nosotros cuando nos suceden cosas desagradables? ¿Nos está hablando el momento final de la historia, del final del mundo donde podría parecer que todo acaba en una catástrofe que todo lo destruye?  ¿Nos está hablando del final de nuestros días que bien sabemos, aunque nos lo queramos ocultar o al menos  no pensar en ello, que no sabemos cuando sucederá y nos va a coger desprevenidos? ¿Nos estará hablando el Señor de cómo quiere llegar a nuestra vida en cualquier momento y a la hora que menos lo pensemos y esto es una llamada del Señor a estar preparados?
Muchas preguntas quizá nos podremos hacer ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. Pero bien sabemos que en la vida nos suceden cosas así, de forma imprevista y que también en muchas ocasiones, como se suele decir hoy, nos dejan descolocados, o desconcertados como decíamos al principio. Puede ser la muerte repentina de alguien cerca de nosotros y quizá estaba en la flor de la vida; puede ser un accidente repentino en el que unos mueren y quizá a otros a su lado no les ha pasado nada; puede ser una catástrofe, como vemos muchas veces en las noticias como ahora mismo que se nos habla de lo sucedido en Filipinas, y nos preguntamos por qué suceden allí estas cosas y no suceden aquí; una enfermedad que afecta a una persona a la que nos parecía ver rebosante de salud pero que de la noche a la mañana la vemos consumirse en un terrible cáncer o cualquier otra enfermedad. Y así tantas cosas.
También ante todo eso nos podemos hacer muchas preguntas: por qué le sucedió a él y a mí no; qué nos vale la vida o de qué nos valen esas cosas que quizá con tanto trabajo habíamos acumulado y ahora tenemos que dejarlas atrás porque no nos sirven para nada en el momento presente y con lo que nos sucede. Y quizá podemos darnos cuenta de lo que vale de verdad y lo que es verdaderamente importante en la vida; o quizá pudiera ser que nos angustiáramos y perdiéramos la esperanza. Podríamos reaccionar de muchas maneras.
Nos preguntábamos al principio qué nos quería decir Jesús con sus palabras que hemos escuchado hoy en el texto del evangelio y luego nos hemos seguido haciendo en nuestros desconciertos o nuestra desorientación muchas preguntas. En medio de lo que Jesús recordaba que sucedió en tiempos de Noé con el diluvio o con Lot en Sodoma cuando fueron destruidas aquellas ciudades, aparecía repetido como una muletilla: ‘Así sucederá cuando se manifieste el Hijo del Hombre’. Y nos hablaba de no preocuparnos de las cosas que podríamos dejar en casa, y nos hablaba de perder la vida para ganarla.
¿Será que nos quiere hacer que pensemos en lo que verdaderamente tiene valor en nuestra vida? ¿No nos estará hablando de la esperanza que hemos de tener de ese encuentro con el Señor que viene a nuestra vida y para lo que hemos de estar preparados porque no sabemos cuando será ese momento?
También hemos de contemplar cuanto sucede a nuestro alrededor, y lo que mencionábamos antes era solo una muestra, para saber leer la vida con ojos de fe y descubrir al Dios del amor que está detrás de cuanto sucede porque siempre hay una llamada de amor que el Señor continuamente nos está haciendo y a la que hemos de saber responder. Esa lectura con ojos de fe de cuanto nos sucede ha de ser precisamente lo que nos ha de distinguir como creyentes.
Y no solo porque pensemos en el final de nuestra vida, para lo cual claro que hemos de estar preparados si vivimos con total trascendencia nuestra existencia, sino porque el Señor continuamente nos está haciendo esas llamadas de amor para que seamos fieles, para que pongamos más amor en nuestra vida, para que sepamos encontrar ese sentido profundo de las cosas precisamente desde esa fe que tenemos en El, para que nos dejemos iluminar por el evangelio.
No ceguemos los ojos del alma; despertémonos a esa fe que tiene que animar nuestra vida y darle profundo sentido a cuanto hacemos y vivimos. Seguro que no viviríamos de forma tan materialista como muchas veces vivimos; seguro que le sabremos dar el justo valor a las cosas de las que nos valemos en la vida de cada día y nunca nos dejaríamos esclavizar por apegos del corazón a las cosas que tienen el peligro de convertirse muchas veces en ídolos de nuestra vida.

Que el Señor nos conceda ese Espíritu de Sabiduría que nos haga admirar de verdad las maravillas del amor de Dios que El va realizando en nuestra vida de cada día.

domingo, 27 de mayo de 2012


Que el fuego del Espíritu incendie nuestro mundo de su amor

Hechos, 2, 1-11;
 Sal. 103;
 1Cor. 12, 3-7.12-13;
 Jn. 20, 19-23
Seguían los discípulos reunidos en el Cenáculo. Aquel primer día de la semana cuando la Pascua aún no había llegado para ellos a su plenitud, ‘estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Había llegado Jesús, había soplado sobre ellos para darles su Espíritu. ‘Y ellos se llenaron de alegría al ver a Jesús’.
Ahora Jesús había ascendido al cielo y les había pedido que permanecieran en Jerusalén. ‘No os alejéis de Jerusalén, les había dicho antes de la Ascensión; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre de la que yo os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’. Allí en el cenáculo se habían quedado y ahora llegaba la plenitud de la Pascua. Era el paso definitivo del Señor, el Espíritu Santo descendía sobre ellos. Las puertas ya no podían quedar cerradas nunca más.
‘Se llenaron de Espíritu Santo’ y ya no había dificultad para que todos pudieran entender la Buena Noticia. Ni puertas cerradas, ni obstáculos de lenguas extranjeras porque todos entendían. ‘Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua’, exclamaban aquellos que estaban en Jerusalén procecentes de tantos lugares y lenguas distintas.
‘Para llevar a plenitud el misterio pascual enviaste hoy al Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo’, proclamaremos hoy en nuestra acción de gracias. Es lo que hoy estamos celebrando, la Pascua del Espíritu. Es también el paso de Dios por nuestra vida. Y llenos del Espíritu participamos ya plenamente del misterio de Cristo; llenos del Espíritu quedamos inundados de vida divina para ser hijos de Dios.
A los discípulos Jesús les había anunciado que en pocos días serían bautizados con Espíritu Santo. En el agua y el Espíritu fuimos nosotros bautizados, como le decía Jesús a Nicodemo, para renacer a una vida nueva, para poder no sólo contemplar y entender sino vivir en plenitud el Reino de Dios; bautizados en el agua y en el Espíritu comenzamos a ser hijos de Dios. En el Sacramento de la Confirmación recibimos ese don del Espíritu en plenitud para ser esos testigos de Cristo y de su evangelio en medio de nuestro mundo.
Inundados del Espíritu ya podemos proclamar para siempre y a los cuatro vientos que Jesús es el Señor. Y cuando llegamos a reconocer que Jesús es el Señor ya nuestro actuar es distinto porque nuevos valores y virtudes comienzan a resplandecer en nuestra vida y porque en Cristo nos sentiremos para siempre liberados de todas las ataduras que nos esclavizan cuando convertimos las cosas o los deseos, las pasiones o las materialidades de la vida en dueños y señores de nuestra vida. Con la fuerza del Espíritu nos sentimos liberados con la libertad de los que nos sabemos hijos de Dios.
Por eso cuando nos sentimos llenos de los dones del Espíritu nuestra vida comienza a florecer con los nuevos y hermosos frutos del amor, de la paz, de la generosidad, de la bondad, de la justicia, de la comprensión, de la misericordia, del respeto, del perdón. Floreciendo los frutos del Espíritu en nuestra vida nos queremos más y nos sentimos más hermanos; floreciendo en nosotros los frutos del Espíritu sentiremos una responsabilidad nueva de cara a nuestra vida y a nuestro mundo y comenzaremos a trabajar con más ahinco por la justicia, por la verdad, por la paz, por hacer un mundo mejor y más justo; floreciendo en nuestro corazón los frutos del Espíritu nos llenaremos de la ternura divina, de la misericordia y de la compasión para saber estar al lado del que sufre, para consolar y limpiar sus lágrimas, para compartir y ayudarle a caminar con nueva dignidad.
Las puertas también se nos abren y ya no habrá barreras que nos impidan acercarnos a los demás con el anuncio de lo que llevamos dentro. La presencia del Espíritu vencerá todas nuestras cobardías y con valentía nos hemos de convertir en misioneros de la Buena Nueva del Evangelio. Allí salió Pedro y los demás apóstoles a la calle para proclamar ante la multitud que expectante se había reunido porque había escuchado unos signos o señales extrañas, que aquel Jesús a quien habían crucificado – hacía poco más de cincuenta días – Dios lo había constituido Mesías y Señor, había resucitado de entre los muertos y era el único nombre en quien podríamos encontrar la salvación.
Aunque nos pudiera parecer un mundo adverso el que nos rodea – ¿no era adverso aquel pueblo que había llevado a Jesús hasta la cruz? – sin embargo también puede estar expectante a nuestro alrededor ante el anuncio que les podamos hacer, o ante las señales que podamos dar con nuestra vida de esa fe que decimos que tenemos en Jesús y en su evangelio. Hemos de tener palabras valientes para hacer ese anuncio de Jesús, de su salvación, de su evangelio, del Dios Padre que nos ama; pero hemos de saber dar señales con nuestra vida de esa fe que profesamos.
Los apóstoles, llenos del Espíritu, eran capaces de hablar a aquel pueblo expectante, aunque las lenguas pudieran parecer extrañas, y todos los entendían. Nosotros podemos hablar con el lenguaje de nuestra vida llena de amor y de compromiso serio por la verdad, la justicia y la paz, y todos podrán entender el mensaje. Muchas veces pudiera parecer que no nos escuchan o no nos entienden porque quizá falten en nuestra vida las obras del amor que confirmen la palabra que tratamos de anunciar.
Ante los problemas y los sufrimientos de nuestros hermanos ya no nos podemos quedar insensibles o indiferentes y con los brazos cruzados; ante la situación difícil que pasa nuestro mundo en sus carencias materiales o en las carencias de valores del espíritu que también son muchas, nosotros tenemos que comprometernos de un modo nuevo porque hemos de saber sembrar esperanza y despertar la ilusión en todos para luchar por hacer un mundo nuevo y mejor que entre todos podemos lograr.
¡Cuánto podemos hacer! ¡Cuánto tenemos que hacer! Cristo en nuestras manos ha puesto el testigo para que no nos desentendamos de nuestro mundo, sino que vayamos a él llevando una buena nueva de salvación. Tenemos que ser esos testigos del mundo nuevo que nosotros llamamos Reino de Dios, el Reino de Dios que Cristo vino a instituir y por el que nosotros hemos de trabajar.
El Espiritu está en nosotros y con nosotros. El Espíritu está de nuestra parte para que tengamos la fuerza y la valentía de dar ese testimonio que el mundo necesita y nos pide. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. No pongamos resistencia a la acción del Espíritu en nosotros. El Señor quiere derramar sus dones sobre nosotros con la fuerza de su Espíritu y tendrán que comenzar a florecer esos nuevos frutos del Espíritu en nuestra vida.
Ven, Espíritu Santo, le pedimos una vez más, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. El Espíritu del Señor ya ha venido inundando nuestros corazones, que ese fuego del amor incendie nuestro mundo de la vida nueva del Espíritu.

miércoles, 23 de mayo de 2012


Santifícalos en la verdad con la fuerza del Espíritu

Hechos, 20, 28-38; Sal. 67; Jn. 17, 11-19
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como  nosotros… santifícalos en la verdad… por ellos me consagro yo para que también ellos se consagren en la verdad…’
El corazón se llena de gozo, de ánimo, de esperanza escuchando esta oración de Jesús al Padre. ‘Mientras yo estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba…’ Jesús vuelve al Padre pero quiere que quienes creemos en El nos sintamos seguros en nuestro camino de fidelidad y de amor. Ora al Padre por nosotros. Tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por  nosotros sentado a la derecha de Dios. Lo hemos visto subir al cielo, cuando hemos celebrado la Ascensión, pero sabemos que no nos deja solos ni abandonados a nuestra suerte. ‘Santifícalos en la verdad’, pide al Padre.
Jesús nos ha prometido que nos enviaría el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad y de la santificación. Es lo que vamos a celebrar el domingo y para lo que queremos prepararnos bien, para recibir los dones del Espíritu que nos llenen de vida y de santidad. Como ya recordábamos con el Catecismo los dones del Espíritu vienen a mover nuestros corazones para que seamos dóciles a las inspiraciones divinas que nos conduzcan por caminos de santidad y nos aparten de todo mal y de todo peligro.
Hemos sido consagrados con el Espíritu Santo en nuestro Bautismo – un signo de ellos fue la unción con el Crisma santo – para llenarnos de la gracia santificante que nos hacía hijos de Dios. Ya por nuestra condición de bautizados somos unos consagrados, somos ungidos, y como consagrados tenemos que ser santos. Una y otra palabra, consagrado y santo, vienen a significar de manera semejante como hemos sido separados del mal para que nuestra vida y nuestras obras sean siempre las del bien. Consagrados, separados del  mal, arrancados del mal, para que seamos santos.
Pero a lo largo de la vida la gracia del Espíritu que vamos recibiendo en cada  momento nos va disponiendo para el bien; son las gracias actuales que van moviendo continuamente nuestro corazón y nuestra vida para preservar aquella gracia santificante que nos consagró y podamos vivir siempre santamente.
Son esas inspiraciones del Espíritu que sentimos tantas veces en nuestro interior para que hagamos el bien, para que venzamos la tentación, para que superemos el pecado y el mal que continuamente nos acechan. Si nos acecha así el tentador atrayéndonos al pecado, al mismo tiempo no nos faltará la gracia del Espíritu para que podamos vencer esa tentación. Es la gracia del Espíritu que nos hace santos en cada momento de nuestra vida.
Cuando estamos hablando de los dones del Espíritu podemos decir son esos regalos que nos da el Espíritu para ayudarnos a vivir la gracia de Dios. Ya hemos hablado muchas veces del don de la sabiduría, pero podemos hablar también del don de la fortaleza que nos ayuda en la perseverancia, que es como una fuerza sobrenatural que nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades y tentaciones que sin duda encontraremos en nuestro caminar hacia Dios.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo sobre nosotros y nos llene de sus dones; que nos conceda también el don de la piedad y del temor de de Dios, para que seamos constantes en nuestra oración pidiendo la gracia del Señor, pero que también infunda en nuestro corazón ese horror al pecado para que no ofendamos nunca al Señor que tanto nos ama.
Ven, Espíritu divino… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento… Ven, Espíritu divino y fortalece nuestra vida con tu gracia que nos santifique en la verdad.

martes, 22 de mayo de 2012


Que venga sobre nosotros el Espíritu divino que nos ayude a alcanzar la vida eterna

Hechos, 20, 17-27; Sal. 67; Jn. 17, 1-11
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique…’ comienza así la oración sacerdotal de Jesús con la que concluye la última cena en vísperas de comenzar la pasión de Jesús, su glorificación.
Hemos venido escuchando cómo Jesús va desnudando su corazón y el corazón del Padre en la larga conversación con sus discípulos al terminar la última cena. Toda esa ternura de Dios que se manifiesta en Jesús para con nosotros se hace oración en labios de Jesús pidiendo por sus discípulos. Y todo para la gloria de Dios, porque siempre Jesús lo que quiere es hacer la voluntad del Padre.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra y he coronado la obra que me encomendaste… he manifestado tu Nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti… han conocido verdaderamente que yo salí de ti y han creído que tú me has enviado…’
Así se manifiesta lo que es la vida eterna que quiere darnos: ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo’. Así confesando nuestra fe en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Es lo que quiere para nosotros. Es lo que nos ofrece. Es lo que podemos alcanzar por nuestra fe en Jesús. Y es lo que nosotros hemos de anunciar, comunicar al mundo que nos rodea.
Siguen resonando en nuestros oídos las palabras de Jesús antes de la Ascensión con la misión que nos confió. ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará’. Y nos envía con la fuerza de su Espíritu a ser testigos de esa vida eterna, a anunciar el nombre de Jesús para que creyendo alcancemos todos la vida eterna. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra’.
Y la misión de ser testigos es para que anunciemos lo que nosotros creemos y vivimos, para que todos puedan alcanzar esa vida eterna, creyendo en Dios, reconociendo el nombre de Jesús como el enviado de Dios y nuestro único salvador. No hay otro nombre en el que podamos alcanzar la salvación.
Los hechos de los apóstoles nos cuentan cómo después que Jesús subió al cielo los apóstoles se reunieron en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús, y algunas otras mujeres esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús. Ese cuadro de los discípulos reunidos, y reunidos con María, en oración aguardando y pidiendo la venida del Espíritu Santo es el cuadro que nosotros hemos de repetir con la misma fe y con el mismo ardor.
Es lo que con intensidad hemos de querer vivir esta semana de espera hasta Pentecostés. Avivando nuestra fe, llenando de esperanza nuestro corazón, deseando ardientemente llenarnos del Espíritu de Dios, que queme en nuestros corazones para purificarlos todo lo que quede de maldad en nuestra vida, iluminándonos con la luz de Dios.
‘Ven, Espíritu Santo, rezamos con las oraciones de la liturgia, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo’. Que se repartan sobre nuestra vida los dones del Espíritu que nos hagan saborear todo el misterio de Dios, que nos llene de la sabiduría de Dios, que nos haga conocer a Dios para alcanzar así la vida eterna.
Como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica  ‘La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo… Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.’.
Es la súplica, la oración confiada e insistente que hacemos al Señor en estos días previos a Pentecostés y ha de ser siempre la oración del cristiano.

jueves, 6 de octubre de 2011

Nuestro Padre nos dará el Espíritu Santo si se lo pedimos


Mal. 3, 13-18; 4, 2;

Sal. 1;

Lc. 11, 5-13

‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor’, repetimos en el salmo. ¿En quién mejor podemos poner nuestra confianza?

Confiamos porque nos sentimos seguros; confiamos porque nos sentimos apreciados y amados; confiamos y nos dejamos guiar; confiamos y no tememos; confiamos y nos sentimos en paz. La confianza en la vida, también como un valor humano necesario en nuestras relaciones entre unos y otros, nos hace crecer y madurar y hará que nos sintamos más libres y hasta seamos capaces de desarrollar mejor todas nuestras capacidades. La confianza verdadera no nos hace dependientes ni inseguros sino todo lo contrario. Porque si una de las cosas que nos da confianza es el sentirnos apreciados y valorados, aprenderemos también a valorarnos a nosotros mismos, a ser más nosotros mismos y a desarrollar mejor todo nuestro ser.

Esto que decimos como un valor humano lo podemos vivir profundamente en nuestra relación con el Señor, con Dios. Decimos que ponemos nuestra confianza en el Señor, pero es que es el Señor el que pone también su confianza en nosotros cuando nos ama. Somos lo más hermoso que ha salido de sus manos creadores, pues como nos dice la Biblia hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y Dios sigue confiando en nosotros a pesar de que no siempre seamos fieles, y sigue amándonos a pesar de nuestro pecado. Es esa la maravilla del amor de Dios, que nos ama y nos entrega su Hijo no porque nosotros seamos buenos, sino incluso siendo nosotros pecadores.

Con esa confianza de amor acudimos a El en nuestra oración. Es lo que nos enseña hoy en el evangelio. A orar con la confianza de los hijos. A orar porque nos sentimos amados y porque también nosotros queremos amarle. Y oramos y le pedimos desde nuestra pobreza y necesidad, y oramos y le buscamos porque El lo es todo para nosotros; y oramos y lo llamamos porque siempre queremos sentirle a nuestro lado. Que orar no es sólo pedir, sino buscarle, sentir su presencia que llena e inunda nuestra vida.

Tenemos que aprender a darle profundidad, hondura a nuestra oración. Tenemos que aprender a gustar la presencia del Señor en nosotros cuando oramos. Si la oración es ese encuentro amoroso del hijo con su Padre nunca tendríamos que cansarnos de nuestra oración ni tendría que ser aburrido para nosotros ese momento en que nos encontramos con El. Es más, tendría que ser algo que estuviéramos deseando siempre, como el sediento que busca con ahinco la fuente de aguas frescas y vivas. Sin embargo, reconocemos, que muchas veces nos cuesta la oración, porque quizá no estamos en lo que estamos.

A eso nos invita hoy Jesús; a esa confianza, a ese encuentro de amor y de vida. Y nos dice que si entre nosotros los hombres, que no somos tan buenos, sin embargo escuchamos al que nos pide algo y lo atendemos, aunque solo fuera por la importunidad e insistencia del que pide, cuánto más no hará Dios que es Padre bondadoso y lleno de amor con nosotros. Dios nos escucha no porque lo dejemos en paz, sino porque es el Padre bueno que siempre está pendiente de sus hijos para darle lo mejor.

‘Así os digo a vosotros: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre…’ Pero fijémonos en lo que nos dice, ‘si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espiritu Santo a los que se lo piden?’

Pero, ¿le pediremos nosotros que nos dé su Espíritu Santo? Sí, pedir el Espíritu divino que sea nuestra fortaleza en nuestras luchas, que sea nuestra luz en las oscuridades de los caminos de la vida, que nos dé la luz de su sabiduría en todo momento para saber hacer el bien, discernir lo bueno que tenemos que hacer. No es que Dios nos resuelva milagrosamente los problemas que tenemos, sino que nos dé su luz para que sepamos discernir lo bueno, y escoger el mejor camino o la mejor solución. Y es el Espíritu divino que nos hará conocer más a Dios; el Espíritu que clama en nuestro interior para que llamemos Padre a Dios.

sábado, 11 de junio de 2011

Bernabé, hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe



Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Sal. 97; Mt. 10, 7-13


‘Era un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe’. Así nos describe o define el autor de los Hechos de los Apóstoles a Bernabé. Su nombre era ‘José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa el hijo de la consolación, levita y natural de Chipre’.


El primer momento en que aparece en los Hechos es cuando en aquel compartir de los primeros cristianos vendió el campo que tenía y ‘llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles’. No formó parte nunca del grupo de los doce, pues su conversión sucedería después de Pentecostés, sin embargo la Iglesia también lo considera un apóstol.


Lo veremos ahora enviado a la comunidad de Antioquía que se abría también a los gentiles en nombre de los Apóstoles y la Iglesia de Jerusalén. Es el hombre que sabe descubrir donde hay un tesoro escondido y va en busca de Saulo a Tarso, que aunque tenían ciertos recelos hacia él a pesar de su conversión por su anterior vida en la que perseguía a los cristiano, supo descubrir en él al que sería el gran apóstol de los gentiles.


Escogido de manera especial por el Espíritu junto con Saulo emprenderá el largo recorrido de lo que se suele llamar el primer viaje de san Pablo, pero en el que ambos apóstoles tenían igual protagonismo en el anuncio del Evangelio. Lo veremos en distintos momentos, como el concilio de Jerusalén, pero ya en sucesivos viajes de san Pablo, Bernabé marchará por su lado y se dirigirá a Chipre de donde era natural.


Es el cumplimiento fiel de lo que hemos escuchado en el evangelio hoy: ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’. Es el anuncio de Cristo resucitado que los apóstoles van haciendo por todas partes construyendo así el Reino de Dios. Es el anuncio de la paz y del amor, dones también del Espíritu Santo, que van realizando y ¿cómo no? Bernabé, ‘hijo de la consolación’, como significaba su nombre, sembrando esa paz y armonía en aquellas comunidades, superando obstáculos y dificultades y logrando que ‘una multitud considerable se adhiriera el Señor’, como nos dicen los Hechos de los Apóstoles.


¿Cuál es el mensaje para nuestra vida? Volvemos a fijarnos en esa como definición que de él hace Lucas, ‘un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe’. Es de notar como se resalta en el relato de los Hechos de los Apóstoles la presencia y la acción del Espíritu. Un hombre lleno del Espíritu Santo y escogido para el Espíritu para grandes misiones dentro de la Iglesia.


El Espíritu que había movido su corazón a la generosidad y al compartir; el Espíritu que ahora le conducía en el anuncio del Evangelio como misionero por todas partes; el Espíritu que le llenaba de sabiduría y prudencia en los distintos problemas de la Iglesia naciente donde le vemos actuando, unas veces enviado por los apóstoles, u otras interviniendo directamente como le vemos en el encuentro de de los anciones y apóstoles de la Iglesia de jerusalén.


Bien nos vienen estas consideraciones en el momento concreto en que tenemos la fiesta de este apóstol precisamente en la víspera de la celebración de Pentecostés. Con el ejemplo y testimonio de Bernabé también hemos de saber abrir nuestro corazón al Señor para dejar que el Espíritu nos inunda también con su gracia, con su sabiduría con todos su dones. Es lo que hemos venido pidiendo intensamente a lo largo de esta semana que nos ha servido como preparación para esta gran fiesta de Pentecostés.


Hemos pedido en las oraciones de la liturgia de hoy que ‘como Bernabé, varón lleno de fe y de Espíritu Santo fue designado para llevar a las naciones el mensaje de la salvación, así nosotros proclamemos con la misma firmeza el evangelio de Cristo con fidelidad de palabra y de obra’. Que sintamos en nuestro corazón el mismo ardiente de san Bernabé para ‘llevar a las naciones la luz del evangelio’.

lunes, 6 de junio de 2011

¿Recibísteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?


Hechos, 19, 1-8;

Sal. 67;

Jn. 16, 29-33

‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, es la respuesta de los discípulos de Efeso. En otro de los viajes de Pablo llega a Éfeso, otra gran y rica ciudad del Asia Menor, hoy Turquía. Será una comunidad a la que tomará Pablo mucho afecto y estará mucho tiempo allí predicando el evangelio. Le dirigirá una importante carta que escuchamos con frecuencia en nuestras celebraciones, y estos días volveremos a oír hablar de Éfeso en el relato de los Hechos de los Apóstoles; ya haremos mención a ello en su momento.

Al llegar y encontrarse con algunos discípulos les pregunta ‘¿recibísteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?’; y ya escuchamos la respuesta. No habían sido suficientemente evangelizados. Sólo habían recibido el bautismo de Juan. Pablo los evangeliza, les explica con detenimiento y les impone las manos. ‘Bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’. Daban las señales de la acción del Espíritu Santo en ellos.

‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, una respuesta que sería muy triste si eso sucediera entre nosotros. Pero hemos de reconocer que en una inmensa mayoría de nuestros cristianos sucede algo semejante. Por el Bautismo todos nos hemos convertido en templos del Espíritu, y al recibir el Sacramento de la Confirmación se ha recibido como don especial al Espíritu Santo que confirma nuestra fe, completa nuestra iniciación cristiana y nos convierte en testigos y apóstoles de Cristo, de su santo nombre.

Pero quizá muchos no son realmente conscientes de lo que significa el Espíritu Santo en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia. Algunas veces por lo que uno ve por ahí pareciera que se convierte en una devoción más para nuestra vida, como le podamos tener devoción a este santo o a cualquier otro. No puede ser una simple devoción. Es Dios mismo, es la tercera persona de la Santisima Trinidad, Dios con el Padre y con el Hijo, que habita en nosotros y nos llena de la gracia y de la vida divina.

Si fuéramos más conscientes de cómo a partir de nuestro bautismo nos hemos convertido en templos del Espíritu Santo, es decir, en verdadera morada de Dios que habita en nosotros, nuestra vida sería más santa. ¿Cómo podríamos compaginar una vida de pecado con la presencia de Dios en nosotros?

Conscientes de la fuerza del Espíritu Santo sentimos su fortaleza en nuestra lucha contra el mal y contra el pecado. Con la fuerza del Espíritu divino en nuestro corazón tendríamos la valentía y el coraje de ser verdaderos testigos de Cristo para anunciarlo con nuestra palabra y nuestra vida. Con la luz y la fuerza del Espíritu de Dios podremos llegar a un conocimiento más hondo y más profundo de Dios para amarle más, para reconocer y sentir a Jesús presente en nuestra vida en tantas señales que nos da de su presencia, para ser más auténticos discípulos de Jesús, para descubrir también por donde ha de discurrir nuestra vida cristiana.

El texto que hemos escuchado de ese encuentro de Pablo con aquellos discípulos de Efeso nos ha hecho pensar en todo esto que estamos reflexionando. Ayer celebrábamos la Ascensión del Señor y recordamos cómo el Señor les pedía a los discípulos que no se apartaran de jerusalén hasta que se cumpliera la promesa que Jesús les había hecho de enviarles el Espíritu Santo.

Como los discípulos que se quedaron en el Cenáculo esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús así nosotros estamos también en oración esta semana invocando, pidiendo que se derrrame intensamente el Espíritu Santo sobre nosotros. Lo hemos recibido en los sacramentos, como antes mencionábamos, pero lo vamos a celebrar de forma intensa el próximo domingo en Pentecostés. Por eso a la luz de la Palabra del Señor que vamos escuchando esta semana vamos queriendo conocer más al Espíritu Santo, ver los frutos de gracia que produce en nosotros y prepararnos debidamente para la celebración de Pentecostés.

viernes, 3 de junio de 2011

Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría


Hechos, 18, 9-18;

Sal. 46;

Jn. 16, 20-23

Una palabra en referencia a lo escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Podríamos decir que en lo que hemos escuchado ayer y hoy hemos contemplado el nacimiento de la comunidad cristiana de Corinto. Habíamos visto a Pablo predicando en Atenas, pero nos decía que ‘dejó Atenas y se fue a Corinto’. Corinto era una ciudad muy importante sobre todo en el aspecto comercial por su puerto que era entrada a todo el comercio que realizaban los griegos con los pueblos vecinos. Si Atenas era la ciudad de la cultura y de las artes, Corinto era la ciudad rica por su comercio.

Va a surgir allí una comunidad muy importante y en referencia a la cual estamos acostumbrados a escuchar en la proclamación de la Palabra de Dios las cartas de San Pablo a los Corintios. La visitará el apóstol en varias ocasiones y estará también al tanto de los problemas que van surgiendo en aquella comunidad. Sus cartas, conservamos dos pero seguro que escribió alguna más, vienen a ser como respuesta a los problemas que iban surgiendo en aquella comunidad y que Pablo quería iluminar y corregir. A través del año litúrgico tenemos ocasión de escuchar en muchísimas ocasiones textos de las cartas de san Pablo a los cristianos de Corinto.

Pero fijémonos en el evangelio que es una continuación exacta del escuchado ayer. Se repiten hoy, incluso, el último versículo leído ayer. Sigue hablando Jesús de la alegría repitiendo esta palabra en los tres escasos versículos leidos en varias ocasiones. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’, vuelve a repetir. Y pone el ejemplo de la madre que da a luz y de su ‘alegria porque al mundo le ha nacido un hombre’.

Nos viene bien esta insistencia de Jesús, porque por nuestra falta de alegría muchas veces parecemos tristes cristianos. Y tenemos los mayores motivos del mundo para vivir alegres. San Pablo también en sus cartas nos insistirá en que vivamos alegres en el Señor. Nos habla Jesús de la alegría que sentiremos al volver a encontrarnos con El. Ya hacíamos ayer referencia a la alegría de la pascua, al contemplar a Cristo vivo y resucitado después de todo el sacrificio y duelo de la pasión y la cruz.

Se ha de sentir alegre el que experimenta un encuentro vivo por la fe en el Señor. Se ha de sentir alegre quien se siente amado por Dios. Se ha de sentir alegre el hombre de fe que pone toda su confianza en el Señor y de El se siente en todo momento protegido y amado. Se ha de sentir alegre el que tiene paz en su corazón, y la más grande paz que nosotros experimentamos es cuando nos sentimos perdonados y salvados por el Señor.

Se ha de sentir alegre el que tiene esperanza en su corazón porque además le ha dado trascendencia a su vida y sabe que camina hacia una vida en plenitud con Dios. Se ha de sentir alegre el que ama y se da por los demás, el que busca la paz para los otros, y el que lucha por todo lo bueno, porque allá en lo hondo de su conciencia se siente satisfecho en el Señor por todo lo bueno que realiza. Se ha de sentir alegre el que busca un mundo nuevo y se compremete por irlo construyendo día a día sembrando semillas de amor, de esperanza, de justicia, de verdad, de ilusión, de paz, que sabe que un día han de fructificar.

Qué dicha siente en su corazón el que es capaz de olvidarse de sí mismo para entregarse por los demás. Qué dicha siente en su corazón el que sabe vivir su vida con rectitud no dejándose embaucar por lo malo, y aunque muchas veces la lucha por superarse sea dura, al final sentirá el gozo más hondo en su corazón.

Decíamos antes que necesitamos aprender a vivir esa alegría en el Señor. No podemos vivir entre amarguras y angustias quienes tenemos esperanza. No podemos dejar que los problemas y dificultades enturbien esa alegría que hemos de sentir en el corazón cuando amamos de verdad al Señor. Lo triste es que muchas veces nos encontramos con personas que se dicen creyentes en Jesús y sin embargo no saben trasmitir alegría y paz a los que los rodean.

Pidamos al Espíritu del Señor que nos inunde con su alegría, con su paz, con su amor y de ello sepamos contagiar a nuestro mundo, para que sepamos todos encontrar la verdadera alegría. Que nada ni nadie nos pueda quitar esa alegría que encontramos en el Señor.

viernes, 27 de mayo de 2011

El mundo no me verá pero vosotros me veréis y viviréis


Hechos, 8, 5-8.14-17;

Sal. 65;

1Pd. 3, 15-18;

Jn. 14, 15-21

‘Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ A eso nos invita la Palabra del Señor con palabras de la carta de Pedro. Dar razón de nuestra esperanza. ¿Dónde está nuestra esperanza? ¿dónde tenemos puesta nuestra esperanza? Sólo podemos dar una respuesta: Cristo, el Señor. Y tendríamos que decir, por eso estamos aquí; la razón de nuestra celebración y la razón de nuestra vida.

Una de las cosas quizá que más nos hace sufrir cuando tenemos que despedirnos de alguien por mucho tiempo, por ejemplo, por un viaje o un cambio de domicilio, y más aún si la separación es por la muerte, es el que no podamos ver ni estar con aquel ser querido. Esa ausencia que sabemos que se avecina nos hace sufrir y sentir tristeza en nuestro corazón.

Parece que algo así eran los sentimientos que afloraban en el corazón de los discípulos en la noche de la última cena con las palabras de Jesús que les sonaban a despedida porque les hablaba de su vuelta al Padre. Sin embargo las palabras de Jesús quieren sembrar esperanza en su corazón porque su ida o su despedida no significa que no le puedan ver o no le puedan sentir a su lado.

‘No os dejaré huérfanos, les dice, no os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. ¿Qué les estaba queriendo decir Jesús? ¿Cómo podía entenderse ese verle y vivir del que les habla Jesús? Será en verdad algo nuevo y distinto. Tendremos que reconocer que es algo maravilloso.

Quizá nosotros mismos algunas veces en nuestro amor por el Señor deseamos el haber estado en los tiempos de Jesús allá en Palestina para haber podido ver a Jesús, escucharle, y hasta tocarle, manifestándole nuestro amor. En el fondo deseamos allá en lo más hondo de nosotros mismos poder ver a Jesús, poder ver a Dios. Es de alguna manera el deseo de todo creyente. Pero ¿tendremos que resignarnos a que eso no puede ser?

Escuchemos con atención todas las palabras de Jesús. Hoy Jesús ha hecho una promesa muy importante, que repetirá varias veces, hasta cinco, a lo largo de todo el discurso de la cena. ‘Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis porque vive en vosotros y está con vosotros’.

Es la promesa del envío del Espíritu Santo, que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que como Defensor está siempre con nosotros. El Paráclito en expresión griega que es algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe.

El Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo y nos lo recordará todo, como nos dirá Jesús en otro momento. El Espíritu que nos fortalece y nos da vida. El Espíritu que clama en nuestro interior para que podamos llamar a Dios Padre porque nos da la vida divina que nos hace hijos. El Espíritu que guía nuestra oración y ora en nuestro interior.

Es el Espíritu que nos va a hacer sentir presente a Jesús en medio de nosotros. Hará que arda nuestro corazón, como a aquellos discípulos de Emaús para que terminemos descubriendo la presencia de Jesús.

Es el Espíritu que nos hará descubrir a Jesús en los demás, en el hermano, en el que sufre, en el extranjero o en el enfermo, en el que pasa nuestro lado o quizá está alejado de nosotros. ¿No nos dice Jesús que en cada uno de esos humildes hermanos tenemos que verle a El? Eso será posible con los ojos de la fe, eso será posible con la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón.

Es el Espíritu Santo que congrega a la Iglesia para que en ella veamos y descubramos a Jesús. Es el Espíritu Santo que hará posible que en los sacramentos podamos sentir la presencia y la vida de Jesús. En cada uno de los sacramentos invocamos la fuerza del Espíritu para que sea posible ese sacramento, para que el agua del Bautismo nos llene de la vida de Dios haciéndonos hijos de Dios, o para que con las palabras del Sacerdote recibamos el perdón de los pecados. ¿No les dijo Jesús en la tarde de Pascua ‘recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’? Pues ahí está Jesús y con los ojos del Espíritu podemos verle y descubrirle. Es el Espíritu que pedimos que descienda sobre los dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

‘El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’, nos decía Jesús. Ahora podemos comprenderlo. Podemos ver a Jesús, podemos ver a Dios de forma bien maravillosa. El mundo no lo entiende, como no entiende el sentido de la Iglesia o lo que nos mueve a amar como nosotros queremos amar. Si no hay fe no se puede comprender. Si falta la fe en la presencia del Espíritu no se podrá entender esa presencia de Jesús y no se será capaz de verla.

‘Vosotros me veréis y viviréis…’ Con nosotros está la fuerza y la presencia del Espíritu que es el que nos hace ver y sentir a Jesús en nosotros, y llenarnos de vida. No será con los ojos de la cara, pero para mirar no necesitamos solamente los ojos de la cara porque como se dice en una frase muy conocida ‘lo esencial es invisible a los ojos’. Nosotros vemos con los ojos del alma, con los ojos de la fe, con los ojos del Espíritu Santo que está en nosotros y podremos descubrir a Jesús en todo lo que decíamos antes y mucho más. Algo tan esencial como es la presencia de Jesús y la fuerza de su Espíritu nosotros sí podemos verlo con los ojos de la fe.

Esa es la razón de nuestra esperanza, como decíamos al principio que tenemos que dar y manifestar a cuantos nos rodean. Jesús está con nosotros. Jesús es nuestra vida. El nos da la fuerza de su Espíritu para que creamos en El, para que tengamos esperanza cierta en nuestra vida, para que podamos amar con un amor como el de Jesús.

Y amando como Jesús, veremos a Jesús. Amando como Jesús sentiremos a Dios en nuestra vida. Amando como Jesús desde un amor que nace de nuestra fe en El podremos sentir la fuerza y la presencia del Espíritu en nosotros, y tendremos fuerza para amar aún más.

Glorifiquemos en nuestros corazones a Cristo el Señor.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Espíritu guía y sostiene a la Iglesia y le concede el don de sus carismas


Hechos, 12, 24-13, 5;

Sal. 66;

Jn. 12, 44-50

De una cosa podemos estar seguros, que además nos llena de fortaleza y esperanza, y es que la Iglesia es conducida y sostenida por el Espíritu Santo. Frente a las tentaciones de desánimo que podamos tener cuando vemos nuestra propia debilidad, o frente a los criterios excesivamente terrenos que podamos contemplar en algunos al considerar la obra de la Iglesia, y frente a los malos momentos por los que algunas veces podamos pasar por situaciones que no nos sean agradables, hemos de tener la certeza de la asistencia del Espíritu que nos congrega en el amor, que guía y santifica a la Iglesia y hace surgir en ellas los carismas que tanta riqueza espiritual nos producen.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles lo vemos palpable. Será el Espíritu Santo el que marca el inicio de la vida de la Iglesia en Pentecostés con lo que casi se inicia el relato de este libro del Nuevo Testamento. Pero veremos la acción del Espíritu de manera muy intensa en momentos muy puntuales de la vida y de la expansión de la Iglesia.

Cuando la comunidad se abre a los gentiles, como hemos escuchado hace pocos días, en casa de Cornelio el Espíritu se hará sentir sobre aquellos gentiles que lo recibirán incluso antes del Bautismo. Ahora lo vemos palpable en la comunidad de Antioquía, por una parte porque vemos ese resurgir de los diferentes carismas que enriquecen a la comunidad y por otra con el inicio de la mision de Bernabé y Saulo que comenzarán lo que se llama el primer viaje apostólico de Pablo.

‘En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros…’ nos dice el texto sagrado dándonos una lista de los mismos. Será ese grupo de profetas y maestros que llenos del Espíritu ejercen ese servicio ministerial de la comunidad y que manifiestan la riqueza de su vida.

Luego veremos que estando en oración sienten la inspiración del Espíritu - ¿a través quizá de la voz de algunos de esos profetas que menciona el texto? – para separar a Bernabé y Saulo para una misión y una tarea que se les va a confiar. ‘Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre’.

Es una comunidad, una iglesia que se siente llena del Espíritu Santo y se deja conducir por el Espíritu. Una comunidad con una riqueza espiritual grande. Ayunan, oran en común, escuchan la Palabra, sienten la voz de Dios en su corazón, se sienten misioneros para enviar a miembros de su propia comunidad por el mundo para que sigan anunciando el Evangelio. Podrían haber pensado que quizá los necesitaran allí para fortalecer la vida de la comunidad, sin embargo se desprenden de ellos para que cumplan la tarea que el Espíritu les encarga, para que cumplan el mandato de Jesús de anunciar el evangelio por todo el mundo.

Cómo tenemos nosotros que aprender a sentir esa presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en nuestras comunidades. Cómo tenemos que dejar actuar al Espíritu en nosotros y estar abiertos a que surjan esos carismas para el bien de la comunidad. Descubrir esos carismas, descubrir lo que cada uno de nosotros también podemos hacer por los demás y por la Iglesia.

Seguimos aún en esta semana que iniciamos con la Jornada de oración por las vocaciones el pasado domingo, y aquí tenemos un motivo más para orar, para pedir al Señor que cada uno descubra esos valores que Dios le ha dado, y puedan surgir asi personas que sintiendo ese impulso del Espíritu en su corazón vivan una entrega generosa a favor de la comunidad, de la Iglesia. Esas vocaciones, esos distintos carismas dentro de la comunidad que son una riqueza grande para la Iglesia.

domingo, 23 de mayo de 2010

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida


Hechos, 2, 12-11;
Sal. 103;
1Cor. 12, 3-7.12-13;
Jn. 20, 19-23


En aquella sala alta y aderezada que Jesús había solicitado - ¿a un pariente quizá? – para celebrar la Pascua con sus discípulos, y que ya desde entonces nosotros llamaríamos el Cenáculo, sucedieron muchas cosas. Con todo detalle les había señalado Jesús a los enviados cómo habían de encontrarla siguiendo a un hombre que entraba en la ciudad con un cántaro de agua.
Se había comenzado con la señal más honda y más significativa de lo que iba a ser el amor más grande cuando Jesús lave los pies de los discípulos. Luego durante la cena fue el lugar también de la institución de la Eucaristía como signo permanente y eterno de la Pascua más plena, de manera que a partir de entonces cada vez que comemos ese pan y bebemos de esa copa anunciaríamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Pero iba a ser también el lugar de la efusión del Espíritu para el nacimiento de un hombre nuevo y de una humanidad nueva en el perdón y en el amor. Lo fue en la primera aparición de Cristo resucitado, como nos narra Juan en el Evangelio y hoy hemos escuchado, o cincuenta días después en Pentecostés como Lucas en los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo el Espíritu prometido por Jesús se derramaría sobre la Iglesia naciente en aquel grupo de los Apóstoles y los discípulos que allí estaban reunidos también con la madre de Jesús.
Es lo que hoy estamos celebrando. Pentecostés, no como fiesta judía de la Ley y de las ofrendas de las primicias de los frutos de la tierra, sino como la gran fiesta del Espíritu que se derramó entonces sobre los apóstoles y se sigue derramando en nosotros y en la Iglesia a través de los siglos.
Con muchos signos y prodigios se manifestó entonces la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles para que así pudieran captar mejor las maravillas que el Señor obraba en ellos y para que se expresara también que a partir de entonces todo tenía que ser nuevo y distinto porque una comunidad nueva comenzaba.
Ya podían proclamar con todo sentido que Jesús es el Señor, como Pedro proclamaría con toda valentía a las gentes que se congregaron a las puertas del Cenáculo atraídas por las señales que escucharon de que algo extraordinario había sucedido en aquellos ruidos como vientos recios que hicieron temblar el lugar. ‘Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción el Espíritu Santo’ diría más tarde Pablo como hoy hemos escuchado en su carta.
Como un signo de lo que en verdad significa la acción del Espíritu en la Iglesia las gentes dispersas por la ciudad ahora se han congregado allí en la confesión de una misma fe a los que antes el pecado había dividido. Es el Espíritu que nos llama y nos congrega en un nuevo pueblo y en una nueva humanidad donde todos formamos un solo cuerpo y nos sentimos movidos por el amor.
Sucede ahora lo contrario que en Babel donde la confusión de las lenguas los había dispersado, porque ahora, aunque hablaran distintas lenguas según el lugar de donde procedía cada uno, todos sin embargo los oían hablar de las maravillas de Dios como si hablaran en su propia lengua. El Espíritu hace hablar el lenguaje del amor porque es el Espíritu del amor, y ese lenguaje sí que lo podemos todos entender.
El Cenáculo había sido hasta entonces un lugar cerrado porque los temores y las desconfianzas allí los habían encerrado; estaban con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos cuando Cristo resucitado se les aparece en aquel primer día de la semana, y aún más, hasta se habían llenado de temor en el momento de la aparición de Jesús. Ahora, por la fuerza y la presencia del Espíritu, las puertas quedan abiertas y ya no pueden cerrarse más, porque allí había irrumpido el Espíritu y de allí había que salir con su fuerza y con su gracia a hacer el anuncio y dar el testimonio de la Buena Nueva de la Salvación para todos los hombres hasta los confines del mundo.
Se acabaron las dudas y los temores, han de disiparse para siempre los miedos y las desesperanzas, una valentía y un coraje nuevo tienen que arder en el corazón, y el fuego del Espíritu ya no podrá apagarse, sino más bien incendiar el mundo con el fuego del amor. ‘Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda’, había dicho un día Jesús. Ahora comienza a propagarse el incendio de la fe y del amor.
Es el Espíritu que se sigue derramando en nuestros corazones y nos hace comprender la realidad misteriosa que celebramos en los sacramentos; que infunde en nosotros el conocimiento pleno de la verdad revelada; que nos congrega en la confesión de una misma fe a los que andábamos divididos y confusos a causa del pecado.
El Espíritu que ha hecho de la Iglesia sacramento de unidad para todos los pueblos. El Espíritu que ha sido enviado como primicia a los creyentes a fin de santificar todas las cosas y llevar a plenitud su obra en el mundo. El Espíritu que nos santifica y nos llena de gracia y de vida, porque donde está el Espíritu ya no puede haber pecado ni muerte. El Espíritu Santo, dador de vida, fuente de vida inagotable y creciente que nos llena de santidad y de gracia. El Espíritu Santo que nos llena con sus dones y suscita en medio de la Iglesia los carismas y servicios que enriquecen al pueblo de Dios.
Muchas más cosas podríamos seguir diciendo de la acción de gracia del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Muchas veces ha sido el gran desconocido para muchos cristianos, pero sin embargo ha ido actuando siempre en nuestros corazones, porque aún sin reconocerlo nosotros, ha sido el Espíritu Santo quien nos impulsa a lo bueno y a lo santo y el que ha ido guiando a la Iglesia a través de la historia; es el que nos ha llevado al conocimiento pleno de los misterios de Dios, que ‘nos ha hablado por los profetas’, como decimos en el Credo, y nos sigue hablando en el actuar de la Iglesia a través de los tiempos.
‘Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria’, decimos en el Credo. Hoy queremos expresar nuestra fe, cantar nuestra alabanza y bendición al Señor, porque en la unidad del Espíritu, por Cristo, con Cristo y en Cristo queremos tributar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso. Somos conscientes que si queremos cantar esta alabanza y dirigir nuestra oración y acción de gracias a Dios, lo hacemos porque el Espíritu está en lo más hondo de nuestros corazones inspirándonos El ese misma cántico de alabanza y esa oración.
Que en el Espíritu nos sintamos congregados en unidad los que participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.