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jueves, 17 de mayo de 2012
viernes, 3 de junio de 2011
Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría
Hechos, 18, 9-18;
Sal. 46;
Jn. 16, 20-23
Una palabra en referencia a lo escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Podríamos decir que en lo que hemos escuchado ayer y hoy hemos contemplado el nacimiento de la comunidad cristiana de Corinto. Habíamos visto a Pablo predicando en Atenas, pero nos decía que ‘dejó Atenas y se fue a Corinto’. Corinto era una ciudad muy importante sobre todo en el aspecto comercial por su puerto que era entrada a todo el comercio que realizaban los griegos con los pueblos vecinos. Si Atenas era la ciudad de la cultura y de las artes, Corinto era la ciudad rica por su comercio.
Va a surgir allí una comunidad muy importante y en referencia a la cual estamos acostumbrados a escuchar en la proclamación de la Palabra de Dios las cartas de San Pablo a los Corintios. La visitará el apóstol en varias ocasiones y estará también al tanto de los problemas que van surgiendo en aquella comunidad. Sus cartas, conservamos dos pero seguro que escribió alguna más, vienen a ser como respuesta a los problemas que iban surgiendo en aquella comunidad y que Pablo quería iluminar y corregir. A través del año litúrgico tenemos ocasión de escuchar en muchísimas ocasiones textos de las cartas de san Pablo a los cristianos de Corinto.
Pero fijémonos en el evangelio que es una continuación exacta del escuchado ayer. Se repiten hoy, incluso, el último versículo leído ayer. Sigue hablando Jesús de la alegría repitiendo esta palabra en los tres escasos versículos leidos en varias ocasiones. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’, vuelve a repetir. Y pone el ejemplo de la madre que da a luz y de su ‘alegria porque al mundo le ha nacido un hombre’.
Nos viene bien esta insistencia de Jesús, porque por nuestra falta de alegría muchas veces parecemos tristes cristianos. Y tenemos los mayores motivos del mundo para vivir alegres. San Pablo también en sus cartas nos insistirá en que vivamos alegres en el Señor. Nos habla Jesús de la alegría que sentiremos al volver a encontrarnos con El. Ya hacíamos ayer referencia a la alegría de la pascua, al contemplar a Cristo vivo y resucitado después de todo el sacrificio y duelo de la pasión y la cruz.
Se ha de sentir alegre el que experimenta un encuentro vivo por la fe en el Señor. Se ha de sentir alegre quien se siente amado por Dios. Se ha de sentir alegre el hombre de fe que pone toda su confianza en el Señor y de El se siente en todo momento protegido y amado. Se ha de sentir alegre el que tiene paz en su corazón, y la más grande paz que nosotros experimentamos es cuando nos sentimos perdonados y salvados por el Señor.
Se ha de sentir alegre el que tiene esperanza en su corazón porque además le ha dado trascendencia a su vida y sabe que camina hacia una vida en plenitud con Dios. Se ha de sentir alegre el que ama y se da por los demás, el que busca la paz para los otros, y el que lucha por todo lo bueno, porque allá en lo hondo de su conciencia se siente satisfecho en el Señor por todo lo bueno que realiza. Se ha de sentir alegre el que busca un mundo nuevo y se compremete por irlo construyendo día a día sembrando semillas de amor, de esperanza, de justicia, de verdad, de ilusión, de paz, que sabe que un día han de fructificar.
Qué dicha siente en su corazón el que es capaz de olvidarse de sí mismo para entregarse por los demás. Qué dicha siente en su corazón el que sabe vivir su vida con rectitud no dejándose embaucar por lo malo, y aunque muchas veces la lucha por superarse sea dura, al final sentirá el gozo más hondo en su corazón.
Decíamos antes que necesitamos aprender a vivir esa alegría en el Señor. No podemos vivir entre amarguras y angustias quienes tenemos esperanza. No podemos dejar que los problemas y dificultades enturbien esa alegría que hemos de sentir en el corazón cuando amamos de verdad al Señor. Lo triste es que muchas veces nos encontramos con personas que se dicen creyentes en Jesús y sin embargo no saben trasmitir alegría y paz a los que los rodean.
Pidamos al Espíritu del Señor que nos inunde con su alegría, con su paz, con su amor y de ello sepamos contagiar a nuestro mundo, para que sepamos todos encontrar la verdadera alegría. Que nada ni nadie nos pueda quitar esa alegría que encontramos en el Señor.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Al despertar me saciaré de tu semblante
‘Al despertar me saciaré de tu semblante’, hemos dicho en el salmo responsorial. Hermosa expresión de esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Si la muerte es como un sueño, al despertar de ese sueño nos vamos a encontrar con la vida verdadera, nos vamos a encontrar con Dios, vamos a saciarnos de esa visión de Dios.
Como nos dice san Juan en sus cartas ‘ahora ya somos hijos de Dios pero no se manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Es hermoso. Es reconfortante. Nos llena de esperanza. Vamos por esa vida luchando por superarnos y mantenernos fieles. Clamamos al Señor para sentir su ayuda y su fuerza. ‘Escucha mi apelación… presta oído a mi súplica… muestra las maravillas de tu misericordia…’ como hemos ido diciendo en el salmo. Pero todo eso lo vivimos en la esperanza de un día poder contemplar, saciarnos del semblante de Dios.
Todo nos habla de resurrección y de vida. Un aspecto importante en el camino de nuestra fe. Forma parte del centro, del meollo de nuestro ser cristiano, como el centro del evangelio es Jesús muerto y resucitado. Como escuchábamos ayer a san Pablo. ‘Este ha sido el evangelio que os trasmití…’ Como le hemos escuchado en otros momentos ‘éste ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas…’ Como nos decía ‘Cristo murió por nuestros pecados… fue sepultado y resucitó al tercer día, según las escrituras’.
Hoy nos viene a decir que ‘si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y lo mismo nuestra fe’. No era fácil esta afirmación de la resurrección en el mundo pagano donde Pablo anunciaba el evangelio. Todavía en el mundo judío que habían escuchado a los profetas Ezequiel, Daniel o el libro de los Macabeos era una afirmación aceptada, aunque bien sabemos que los saduceos negaban la resurrección. En el mundo pagano con sus filosofías era también difícil.
Recordamos el fracaso de Pablo cuando en Atenas, centro del mundo del saber antiguo, quiere anunciar la Resurrección de Jesús, y aquella gente le dice que de eso le escucharán otro día. Pablo se marchó de Atenas y se vino precisamente a Corinto, a quienes dirige ahora esta carta que estamos leyendo. Ahora Pablo quiere reafirmar su fe en la resurrección ‘porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados…’ Por eso afirma categóricamente ‘Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos’.
Cristo es el primogénito de entre los muertos y en Cristo todos resucitaremos. Todos estamos llamados a la vida. Por eso lo que afirmábamos en el salmo. ‘Al despertar me saciaré de tu semblante’. Una fe y una esperanza. Un sentido de nuestro vivir y una salvación que vivimos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Es nuestra fe. Y cuidado con la confusión de términos, porque nosotros hablamos de resurrección, no de reencarnación como ahora escuchamos con demasiada frecuencia. La reencarnación no forma parte de nuestra fe cristiana y no hemos de dejar que nos confundan. Nuestra vida es única, y al final de nuestra vida terrena, tenemos la esperanza de la vida eterna y de la resurrección; una resurrección que nos lleva a la vida eterna en Dios y con Dios, contemplando el semblante, el rostro de Dios. Como recordábamos que nos decía Juan ‘entonces le veremos tal cual es’. Merece la pena las luchas y trabajos en nuestro camino de fidelidad por alcanzar esa felicidad de gozarnos del semblante de Dios, de gozar en Dios por siempre en el cielo.
jueves, 13 de mayo de 2010
Vivir siempre la alegría de la resurrección
Subrayamos varios aspectos de la celebración de hoy en la cercanía de la Ascensión del Señor y celebrando también hoy a la Virgen de Fátima, cuando hemos pedido en la oración litúrgica ‘vivir siempre la alegría de la resurrección’. Algo que nunca nos puede faltar.
Parecen enigmáticas las palabras de Jesús que les cuestan mucho entender los discípulos con eso de ‘todavía un poco y no me veréis, y todavía otro poco y me veréis’. Ha una referencia en primer lugar a lo que va a suceder a partir de ese momento de la cena pascual que han estado celebrando con la entrega, la pasión, la muerte de Jesús y su resurrección.
‘Estáis preocupados por mis palabras… yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho…’ les dice Jesús. Fue el impacto que casi les hacía tambalearse en su fe con la pasión y la muerte de Jesús. Aquello podía suponer un triunfo para quienes habían llevado a la Cruz y a la muerte a Jesús. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo’, termina diciéndoles Jesús. Fue la alegría de los discípulos al contemplarle resucitado y verdaderamente victorioso. Sí, que sigamos viviendo nosotros siempre la alegría de la resurrección, como decíamos. Es lo que verdaderamente nos ayudará a comprender todo el misterio de Cristo y en especial su pasión y su muerte.
Lo mismo puede suceder con la Ascensión de Jesús al cielo que podría parecer que dejaba huérfanos a los discípulos. Pero ya hemos escuchado a Jesús en estos últimos días; ‘si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu enviado por el Padre… si me voy os lo enviaré’. Con la promesa de Jesús precisamente vamos a escuchar en el día de la Ascensión como nos cuenta san Lucas que tras la Ascensión de Jesús al cielo en el camino de Betania ‘los discípulos se volvieron a Jerusalén llenos de alegría y bendiciendo a Dios’.
Nos vale todo esto que estamos reflexionando para que no perdamos todo ese sentido pascual de nuestra vida; sintiendo la fuerza y la gracia del Espíritu Santo en nosotros mantengámonos firmes en nuestra fe aún en los peores momentos que podamos pasar. Nunca nos sentiremos solos si ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza total en el Señor.
Los Hechos de los Apóstoles siguen narrándonos la predicación de Pablo, ahora en Corinto y no sólo ya a los judíos que algunos no quieren aceptar, sino también a los gentiles. ‘Los sábados disputa en la Sinagoga persuadiendo a los judíos y a los gentiles’, nos dice.
Y finalmente una palabra en este 13 de Mayo, festividad de la Virgen de Fátima en este aniversario de las apariciones y con la visita estos días a aquel lugar mariano. Resaltar el mensaje de la Virgen que tanto invitaba a los tres pastorcitos a orar y a rezar por los pecadores y por la conversión del mundo. Que María sea poderosa intercesora, como Madre nuestra que es y Madre de Dios.
Que María nos abra los ojos del corazón para que descubramos y encontremos los caminos de la santidad convirtiendo nuestro corazón al Señor y apartándonos de todo pecado. Que escuchemos esa invitación de María a nuestra propia conversión porque somos pecadores y a pedir también insistentemente por la conversión de los pecadores y por la conversión de nuestro mundo. cuánto podemos hacer con nuestra oración y el ofrecimiento con amor de nuestra vida por la conversión del mundo.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Desde nuestra pequeñez cantemos la alabanza del Señor que se nos manifiesta
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos repetido en el salmo. En verdad en todo momento hemos de alabar y bendecir al Señor. ‘Alaben el nombre del Señor… reyes y pueblos, príncipes y jefes, jóvenes y mayores, niños y también los ancianos… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Como nos dice hay san Pablo ‘el Dios que hizo el mundo y lo que contiene… el Señor del cielo y tierra… que a todos da la vida y el aliento y todo…’ que nos creó y puso en el corazón del hombre el deseo de buscarle y de encontrarle… ‘que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ el que viene en busca nuestra y nos pide que nos volvamos a El, el que se nos manifiesta en Cristo Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
El discurso de Pablo en el Areópago de Atenas es toda una invitación a una confesión de fe, porque nos hace un hermoso resumen de la revelación de Dios que tiene su culminación en Cristo Jesús. Así tenemos, pues, que confesar nuestra fe.
En el recorrido que Pablo va haciendo en el anuncio del Evangelio después de salir de Filipos llega a Atenas, centro y capital de la cultura y de la sabiduría del mundo antiguo. De allí han surgido los grandes filósofos y sabios de la antigüedad y la cultura griega se ha extendido por toda la cuenca del Mediterráneo. La lengua común que utilizaba entonces era precisamente el griego hasta que posteriormente con la expansión del imperio romano se introduzca el latín.
Recorriendo el Areópago que algo así como el centro de la ciudad donde estaban todos los edificios públicos de la vida social de los ciudadanos, va encontrándose también los numerosos templos edificados a los múltiples dioses del mundo pagano. Pero se encuentra con uno ‘al Dios desconocido’, que le dará pie a Pablo a hacer ese anuncio de Jesús y su salvación. De ese Dios que se revela en Jesús muerto y resucitado quiere hablarles, pero aquellos sabios y entendidos se dan media vuelta marchándose. ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’, le dicen. No estaban aquellos corazones preparados en la humildad y sencillez para escuchar el mensaje del evangelio.
‘Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’, recordamos que un día dijera también Jesús. Así ahora en esta ocasión. Sólo unos pocos se quedan con Pablo para seguirlo escuchando y aceptar el mensaje del evangelio. Pablo marchará luego a Corinto.
Que tengamos un corazón abierto desde la pequeñez, la pobreza, la humildad para acoger la revelación de Dios. Con humildad tenemos que acercarnos a Dios porque sólo así se nos revelará y podremos conocerle. El orgullo y la autosuficiente son mal camino para ir hasta Dios, porque sólo querrán centrarnos en nosotros mismos. Lo que sucedió en Atenas entonces con Pablo sigue sucediendo a través de todos los tiempos porque los que se creen sabios y entendidos no podrán llegar a conocer el misterio de Dios.
Que así podamos nosotros cantar la alabanza del Señor. Que el Espíritu del Señor venga a nosotros y nos revele todo el misterio de Dios.
viernes, 22 de mayo de 2009
La fuerza del Apóstol en la presencia del Espíritu del Señor
Sal. 46
Jn. 16, 20-23
¡Dónde encuentra su fuerza el apóstol para anunciar con constancia y sin cansancio la Palabra de Dios una y otra vez a pesar de las dificultades, los contratiempos, y hasta la oposición que pueda encontrar? Si nos fijamos el recorrido apostólico del apóstol Pablo a quien hemos seguido en las últimas semanas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos que su tarea no fue fácil, no sólo por las distancias que tuvo que recorrer de un lado para otro, sino también por la oposición que en muchos lugares se encontraba, y hasta las persecuciones, cárceles y vituperios de todo tipo que tuvo que sufrir.
Hoy lo contemplamos en Corinto, a donde había llegado procedente de Atenas y donde estaría largo tiempo. Y como nos dice el texto sagrado ‘estando Pablo en Corinto, durante la noche le dijo el Señor en una visión: No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte daño; muchos de esta ciudad son pueblo mío’.
Ahí está su fuerza, en el Señor. Ya nos prometió que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos. Pero además como hemos venido escuchando el promete que nos enviará al Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo, el Espíritu que pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en nuestro corazón para ser testigos, para dar testimonio de nuestra fe.
Lo que siente el Apóstol y le impulsa al anuncio del evangelio es lo que hemos de sentir cada uno de nosotros en esa lucha de superación de cada día, en ese testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento, en ese trabajo que hacemos por los demás, en ese cumplimiento fiel de nuestras responsabilidades vividas además desde la óptica de la y desde el compromiso que tenemos con Jesús. Ahí, en nuestra vida y con nuestra vida, hemos de dar nuestro testimonio, hemos de manifestarnos siempre como testigos.
Nos costará, tendremos dificultades y hasta encontraremos oposición cuando no incluso que nos puedan vituperar a causa de nuestra fe. Pero sabemos quien está con nosotros y estando la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón, ¿quién podrá contra nosotros? Y aún en esos momentos hemos de manifestar la alegría de nuestra fe, la alegría de ser unos seguidores de Jesús y que incluso podamos padecer por su nombre. Los apóstoles salían contentos de la presencia del Sanedrín a pesar de los castigos que sufrían o de las prohibiciones que trataban de imponerles.
De esa alegría nos habla Jesús en el Evangelio. Sabemos las circunstancias en que fueron pronunciadas estas palabras. Era la última cena y se avecinaba toda la pasión del Señor, y los discípulos vislumbraban que algo iba a pasar. Jesús les habla de su marcha junto al Padre, lo cual aumentaba la tristeza de la separación. Pero Jesús les invita a la alegría que nace de la fe y de la esperanza. Porque cuando esperamos algo bueno no nos importa pasar lo que sea con tal de llegar a esa alegría y plenitud final.
‘Vosotros estaréis tristes pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría…’ Jesús viene a estar con nosotros. Los discípulos lo experimentaron después de la resurrección, de manera que incluso ya no era necesario ni preguntarle quien era porque ellos sabían muy bien que era El, como se nos dice cuando ser manifiesta junto al lago de Galilea. Nosotros por la fe lo podemos sentir siempre en nuestra corazón y nuestra vida y El nunca nos fallará.
Vivamos esa alegría de la fe. Recordamos que los mártires incluso cuando eran conducidos al martirio, a las fieras o a las tormentos iban cantando la gloria de Dios. Que así cantemos nosotros esa gloria del Señor con nuestra vida en todo momento cualquiera que sea nuestra situación