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domingo, 11 de mayo de 2025

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

 


Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

Hechos 13, 14. 43–52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

A veces damos la impresión que nos lo sabemos todo, vamos con nuestros prejuicios por delante, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestras apariencias y empleo esta palabra no solo refiriéndome a nuestras apariencias personales que damos sino que nosotros nos hacemos una apariencia de la otra persona para juzgarla o para condenarla sin conocerla ni escucharla. No, si yo la conozco bien, de toda la vida, decimos, pero quizás nunca nos hemos detenido a hablar con esa persona para saber lo que piensa o por qué hace las cosas.

Necesitamos escuchar para conocer; y nos cuesta escuchar, porque ponemos una presintonía en nuestros oídos y no estamos escuchando a la persona sino escuchándonos a nosotros mismos en las prevenciones que podamos tener hacia esas personas. Escuchando podemos conocer y podemos comenzar a establecer una nueva relación, una relación de amistad, una relación de nueva comunión. Nos aislamos y solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Pero nos sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con las personas que nos rodean, muchas veces comenzando por la propia familia, pero puede sucedernos en las cosas que emprendamos que vayamos solo encuadramos en nuestras propias maneras de ver las cosas, o nos puede suceder en todo lo que es nuestra relación con la sociedad en la que vivimos; desconocemos cual es el sentir de ese mundo cercano a nosotros y luego no sabremos responder a los problemas que se presentan.

¿Nos sucederá también en lo que es nuestra relación con Dios, en nuestra manera de entender lo que significa ser cristiano, en la tarea que como cristianos tenemos que realizar en nuestro mundo, en nuestra relación también con la Iglesia? Quizás tendrían que ser cosas que también nos planteáramos.

Estamos en este ya cuarto domingo de pascua celebrando el domingo llamado del Buen Pastor, por la imagen que se nos ofrece en el evangelio en los tres ciclos litúrgicos. Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.

Nos propone Jesús la imagen tan bucólica de las ovejas y de sus pastores. ‘Mis ovejas escuchan mi voz…’ nos dice, ‘y yo las conozco, y ellas me siguen’. Una imagen muy hermosa. Quizás en nuestra sociedad tan urbana en que vivimos estemos lejos ya de esa experiencia de las ovejas y de los rebaños en el campo, pero si en nuestra cultura de hoy estaremos más acostumbrados a tener nuestras mascotas en casa, unos animalitos que nos hacen compañía, que cuidamos o que ellos también nos siguen y hasta en cierto modo nos cuidan. ¡Cómo conocen nuestra voz! ¡Como sienten nuestra cercanía aunque no nos vean cuando llegamos a casa! Son experiencias que fácilmente muchos podamos tener.

Nos está queriendo hablar Jesús de cómo hemos de escucharle. Nos llamamos cristianos, sin embargo, y muchas veces no hemos sabido escucharle, no nos detenemos lo suficiente ante las páginas del evangelio para conocerle y para aprender a seguirle, no hacemos ese silencio interior para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué hemos convertido muchas veces eso de ser cristiano? ¿Solamente en una tradición porque aquí todos somos cristianos, porque mis padres eran cristianos y me bautizaron y un día quisieron que hiciéramos la primera comunión?

Es cierto que quienes nos acercamos más a las celebraciones litúrgicas tenemos más la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; pero eso tenemos que aprender a hacer, escuchar, escuchar de verdad la Palabra de Dios, que no es solo lo que luego el sacerdote pueda decirnos o comentarnos en la homilía, que forma parte también, es cierto, de esa proclamación de la Palabra de Dios, sino en ese necesario silencio interior que hemos de hacer para escuchar en lo más hondo de nosotros esa Palabra de Dios.

¿Andaremos muchas veces distraídos, entretenidos en nuestros pensamientos, atentos a otras cosas que puedan haber en el entorno de nuestras celebraciones pero no atentos a escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiera decirnos? Nada tendría que distraernos en esa proclamación de la Palabra de Dios, en ninguna otra cosa tendríamos que estar entreteniéndonos. No siempre lo hacemos.

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder llenarnos de Dios, escuchar para descubrir por donde tiene que ir la respuesta de nuestra vida, nuestro compromiso cristiano, escuchar sin prevenciones o con ideas preconcebidas, escuchar para poder ser luego misioneros en medio de nuestro mundo. ¿Si no hemos escuchado qué es lo que luego podemos trasmitir?

domingo, 21 de abril de 2024

Tenemos que ir hasta Jesús, encontrarnos con Jesús, alimentarnos de El y dejarnos conducir por su Espíritu, es la Puerta y es el Camino, El es el Pastor de nuestras vidas

 


Tenemos que ir hasta Jesús, encontrarnos con Jesús, alimentarnos de El y dejarnos conducir por su Espíritu, es la Puerta y es el Camino, El es el Pastor de nuestras vidas

Hechos de los Apóstoles 4, 8-12; Sal. 117; 1 Juan 3, 1-2; 10, 11-18

Cuando queremos construir un edificio que sea seguro y en el que podamos edificar todas las plantas que queramos tenemos que tener unos sólidos cimientos sobre el que se va a asentar y nos da va a dar seguridad de que no se nos venga abajo; si queremos una buena dirección para nuestra sociedad para que se puedan afrontar y resolver todos los problemas que se puedan presentar ya sea en la convivencia de los miembros de esa sociedad y para lograr las mejores formas de vida, hemos de tener unos líderes, unos dirigentes capaces y entregados al servicio de esa comunidad; si queremos entrar en un lugar y no tengamos problemas para su acceso o se nos pueda rechazar hemos de buscar la puerta porque no nos vale estar asaltando murallas o violentando sus limites o fronteras.

Son cosas necesarias de la vida, en nuestro nivel personal pero también como esa sociedad o comunidad que constituimos donde estamos mutuamente interrelacionados y dependemos en cierto modo los unos de los otros. Y he pensado en ese cimiento que tiene que ser profundo y con fuertes garantías frente a tanta superficialidad con que andamos por la vida, que al final no sabemos ni a donde vamos, ni de donde venimos ni tampoco lo que queremos, porque simplemente vamos a lo que salte. Es lo que realmente da sentido a nuestra existencia, nos hace descubrir lo que somos y lo que verdaderamente nos engrandece, lo que nos hará mantenernos con serenidad incluso en los más duros embates que podamos tener. Qué bueno es sentir a alguien seguro así a nuestro lado.

Y de todo esto nos está hablando el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Este cuarto domingo de Pascua que normalmente llamamos del Buen Pastor, por las imágenes con que se nos presenta Jesús en el evangelio. Nos habla del pastor que guía a su rebaño llevándolo con seguridad por caminos, valles y montañas, que lo defiende de peligros, del lobo que acecha o del ladrón que salta por encima de la puerta para robar y que entrega por sus ovejas curando los heridas o buscándolas donde se hayan perdido, que lo conduce con seguridad por los caminos de la vida, que lo resguarda en el redil desde el que lo sacará para conducirlo a los mejores pastos. 

¿Qué es lo que contemplamos de Jesús en el evangelio? No se queda en el templo o sentado en su cátedra, digamos de la sinagoga, sino que saldrá a los caminos para ir al encuentro de aquellos que le necesitan de una forma o de otra; saldrá a sembrar la semilla en los campos de la vida, enseñando ya sea desde la barca a las orillas del lago, o encontrándose con las multitudes hasta en los lugares descampados para enseñar y para curar y sanar cuerpos y corazones heridos, pero para alimentar sus cuerpos extenuados o sus espíritus ansiosos de esperanza.

Por eso esas dos imágenes que nos aparecen hoy también en la Palabra de Dios. Nos dirá Pedro que Cristo es la piedra fundamental que habían desechado los arquitectos, pero en quien encontramos esa fortaleza para nuestra vida, ese cimiento de nuestra existencia, esa luz y ese sentido de nuestro caminar y de nuestro vivir. En ningún otro nombre podremos encontrar la salvación, esa luz nueva que dará sentido a nuestra vida y que nos hará a nosotros también repartidores de luz en medio de un mundo tan ensombrecido. ¡Qué seguridad tenemos cuando lo  hacemos al paso de Jesús! Por eso en otro momento se nos presentará como el Camino, y la Verdad, y la vida, porque nadie va al Padre sino por Jesús.

Pero hoy cuando se nos está hablando del Pastor también se nos hablará de la puerta por la que hemos de entrar. El ladrón que va a robar y hacer estragos entrará por cualquier parte, saltando la tapia o rompiendo lo que encuentre a su paso y le impida la entrada. Pero Jesús nos dice que El es la puerta de las ovejas por las que entran y salen del redil guiadas por su pastor. Es Jesús por quien nosotros hemos de entrar porque solo por El conoceremos al Padre – ‘quien me ha visto a mi ha visto al Padre’, nos dirá en otro momento – y El es el único camino que nos lleva a Dios – ya recordábamos que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida – porque es la Palabra que se hizo vida y da luz a los hombres. Así tenemos que ir a Jesús, encontrarnos con Jesús, alimentarnos de El y dejarnos conducir por su Espíritu. 

Pero en este domingo y desde estas consideraciones que nos hacemos contemplando a Jesús, Buen Pastor, nuestra mente y nuestro corazón se vuelve a quienes en nombre de Jesús están siendo pastores de nuestra vida en medio de la Iglesia. Con sus limitaciones humanas están queriendo realizar esa misión de Jesús desde la llamada que también un día sintieron con Jesús tocó sus corazones llamándolos también por su nombre. No es tarea fácil y no siempre somos conscientes de los dramas y sufrimientos que puede haber en sus corazones, pero que los cristianos tenemos que saber valorar y apoyar, estando al lado de nuestros pastores y sobre todo con nuestra oración.

Y es también el momento de orar al dueño de la mies, porque mucha es la mies y pocos los obreros, para que el Señor siga llamando y moviendo los corazones para que nunca falten a nuestra Iglesia esos pastores que en nombre de Jesús sigan alimentando nuestra vida y nuestra fe. Que sean muchos los llamados, y que sean muchos también los que con generosidad de corazón respondan a esa llamada del Señor. La Iglesia necesita muchos sacerdotes, el mundo necesita muchos pastores y testigos del evangelio de Jesús.

domingo, 30 de abril de 2023

Sepamos agradecer el amor que Dios nos tiene y nos pone los signos y las señales del Buen Pastor para que sepamos encontrar los pastos de vida eterna que El nos ofrece

 


Sepamos agradecer el amor que Dios nos tiene y nos pone los signos y las señales del Buen Pastor para que sepamos encontrar los pastos de vida eterna que El nos ofrece

 Hechos 2, 14a. 36-41; Sal 22; 1Pedro 2, 20-25; Juan 10, 1-10

La imagen del pastor que cuida su rebaño, que camina con sus ovejas en búsqueda de pastos, que las conoce por su nombre porque a cada una le ha puesto un nombre, que se desvive por la oveja perdida o enferma, que las guarda en su redil por la noche precaviéndolas de todo peligro, a los que hoy somos más urbanos que vivimos en las ciudades alejados de la vida campestre, nos puede parecer algo bucólico, muy hermoso y muy poético, casi como una novela pastoril, pero sin embargo no todos somos tan ajenos a esta realidad, porque ya viene siendo frecuente que aun en un ambiente urbano queramos tener un animalito aunque sea de compañía; y ya sabemos los lazos que se crean entre unos y otros, y no vamos a entrar en muchos detalles, y cómo se llega al sufrimiento incluso en la enfermedad de la mascota preferida y no digamos si nos llega a faltar.

De una forma o de otra en nuestro recuerdo o imaginación nos vale para comprender el sentido de este domingo pascual en el que Jesús vendrá a decirnos que El es el Buen Pastor, pero también nos habla de la puerta por donde se entra y se sale del redil. Terminará diciéndonos que lo que El quiere para nosotros es vida y vida en abundancia.

Como el pastor que cuida de su rebaño, con todas aquellas características que ya antes mencionamos y muchas más que podríamos traer a colación. Nos alimenta y cuida de nosotros, es el Buen Pastor que va delante nosotros señalándonos el camino, pero será el Buen Pastor que será capaz de dar su vida por nosotros. Sentía lástima Jesús, lo hemos escuchado muchas veces en el evangelio, cuando contemplaba aquellas multitudes que le buscaban, que eran capaces de seguirle incluso a los descampados, o esperarle a la orilla de la playa por donde fuera a desembarcar, pero, como El nos dice, eran como ovejas sin pastor; y a unos ovejas sin pastor no solo por si mismas no van a encontrar los pastos que necesitan, sino que estarán ante los peligros de ladrones que nos asalten y nos roben.

Es Jesús la puerta, por donde se entra y por donde se sale; solo podrá atravesar esa puerta el que es verdadero pastor de esas ovejas, el ladrón buscará el asalto por otros medios con los que pueda sorprender. Pero Jesús estará a nuestro lado con ojo avizor, como el pastor que cuida de sus ovejas para fortalecernos y podemos estar atentos al acecho del ladrón, al acecho de la tentación que por otros caminos nos podría arrastrar.

Pero esta imagen aparece ante nosotros en este camino pascual que vamos realizando para que sepamos agradecer ese cuidado que Dios nos tiene y a nuestro lado nos pondrá los signos y las señales de Jesús para que andemos por su mismo camino, para que sepamos encontrar esos pastos de vida eterna que El nos ofrece, pero también para que caigamos en la cuenta cómo la pascua nos hace entrar en la órbita del servicio al estilo y a la manera de Jesús.

Aunque luego podamos llevar esa imagen del Pastor a otros aspectos y a otras funciones que en medio de la comunidad cristiana se han de realizar, sin embargo el mensaje del evangelio hoy es para todos, para todos los que nos llamamos seguidores de Jesús, porque en todos tiene que resplandecer esa imagen del servidor, del que se pone en servicio de los hermanos para continuar la misma obra de Jesús.

Todos estamos llamados al servicio porque todos por nuestra fe en Jesús entramos en la órbita del amor. Por su nombre hemos de conocer también a los hermanos que nos rodean, que significa mucho más que tener un nombre en nuestra mente por el que recordarle y llamarle porque toda persona merece y tiene el derecho de tener un nombre que es en cierto modo como reconocer y valorar su dignidad. Cuántas cosas se derivarían de este pensamiento para nuestra relación y nuestro trato con los demás.

Esta imagen aparece también en este domingo para hacernos recordar a aquellos que en nombre del Buen Pastor ejercen esa función de pastores del pueblo de Dios desde una vocación y una llamada especial. Es día de oración en la Iglesia por los pastores del pueblo de Dios, por todos los que ejercen desde una llamada especial del Buen Pastor alguna función pastoral en la Iglesia.

Por eso se convierte también en el día de las vocaciones, que no son solo al sacerdocio – aun con la urgencia que vivimos en nuestros tiempos por la escasez de sacerdotes -, sino a la vida religiosa de especial consagración y a todas esas funciones pastorales que un cristiano puede y tiene que ejercer en medio del pueblo de Dios. Tenemos que orar al dueño de la mies que envíe operarios a su mies para que suscite personas que con valentía respondan a esa especial llamada del Señor.

 


jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

domingo, 25 de abril de 2021

La riqueza de la imagen del Buen Pastor nos hace ver a tantos que son signos de ese amor de Dios en nuestras vidas y a serlo nosotros también para los demás

 


La riqueza de la imagen del Buen Pastor nos hace ver a tantos que son signos de ese amor de Dios en nuestras vidas y a serlo nosotros también para los demás

Hechos de los Apóstoles 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

Pudiera sucedernos que en ciertos ambientes sobre todo urbanos cueste entender en todo su sentido las imágenes que nos ofrece hoy el evangelio; quizá en muchos ambientes urbanos, muy diferente a la vida en el campo, todo el contacto que tengamos con los animales sean las mascotas que tengamos en casa, pero pienso que esa experiencia también pudiera ayudarnos.

Hoy nos habla del pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, que incluso las conoce por su nombre, porque es costumbre entre nuestros ganaderos el que le pongan nombre a los animales que están a su cuidado; recuerdo de niño los variopintos nombres con que mi padre llamaba a las vacas sobre todo cuando estaba realizando labores con ellas en el campo. Desde esa experiencia urbana que tenemos con nuestras mascotas, también le ponemos nombre por el que nos responden cuando las llamamos y bien tenemos la experiencia de cómo nos conocen a nuestra llegada a casa y salen gozosos a nuestro encuentro y como nos buscan y se gozan con nuestra presencia. Como solemos decir cómo nos son fieles y leales y cómo nos quieren.

Es la riqueza de la imagen del pastor y de sus ovejas, de su rebaño, que aunque sean muchas él las conoce de la misma manera que ellas le conocen y escuchan su voz para seguirle. Pero es además la imagen del pastor que está con sus ovejas, que las cuida y no las abandona sea cual sea la circunstancia en que se encuentre. Es esa imagen muy bucólica, si os parece, pero donde vemos al pastor rodeado de su rebaño, que camina a su lado, que se deja conducir a la menor señal o silbido, que carga sobre sus hombros la oveja herida o que va a buscar a la perdida alejándola del peligro y ayudándole a caminar junto con todo el rebaño.

Pudiera parecer que nos extendemos mucho en estas descripciones pero que es muy importante tener en cuenta para comprender toda la dimensión que Jesús quiere darnos de su imagen de Buen Pastor. No nos olvida el Señor, no nos deja ni nos abandona aunque nosotros vayamos tantas veces errantes y errando por los caminos de la vida. Quiere hacernos sentir su presencia y la gracia que nos fortalece, nos ofrece el alimento de su Palabra, pero aun más se nos da El mismo como comida y alimento de nuestra vida. Tenemos que saber descubrir esa cercanía de Dios que se hace presente en nuestra vida a través de tantos signos y señales.

En este domingo del Buen Pastor para comprender toda la hondura de esta imagen tenemos que saber descubrir a esas personas que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida y que con su atención y su cercanía, con su escucha caminando a nuestro lado o con el sabio consejo o humilde palabra de orientación, con su servicio desinteresado… nos tienden la mano cuando lo necesitamos o incluso nos sirven de muleta de apoyo en la debilidad de nuestro caminar, y están siendo para nosotros signos de ese Buen Pastor.

Cada uno recuerda agradecido ese momento en que parecía que nos hundíamos en nuestros tropiezos, en las dificultades que encontrábamos en la vida, en la desorientación en que nos encontrábamos en momentos oscuros por los que siempre todos hemos pasado alguna vez, en la torpeza de nuestros errores o en el agobio de los problemas que parecía que no faltaban, y apareció una mano generosa que se tendió hacia nosotros, una voz que era palabra de ánimo, una luz que nos hizo ver con más claridad lo que nos parecía todo oscuro. Seguro que recordamos a esas personas que nos levantaron el ánimo, que nos dieron esperanzas en nuestras luchas, que pusieron de nuevo ilusión en nuestro corazón. Han sido y son señales y signos de Dios, Buen Pastor que nos cuida y que nos ama.

Claro que tenemos que pensar también en aquellos que como pastores del pueblo de Dios, en nombre de Cristo, nuestro Buen Pastor, están en la Iglesia con esa función y con ese ministerio desde una llamada y una consagración especial. Hoy es un día muy especial para pensar en nuestros sacerdotes y cuantos ejercen el ministerio en la Iglesia de Dios porque son esos pastores que Cristo ha puesto a nuestro lado, para que caminen a nuestro lado con nosotros, para que nos ofrezcan la riqueza de la Palabra de Dios, para que nos hagan llegar la gracia del Señor a través de los sacramentos. A ellos tenemos que mirar agradecidos por su ministerio y por ellos hemos de saber elevar nuestra oracion al Señor.

Hoy es un día especial para pedir al Señor que sean muchos los llamados que respondan a la voz del Señor para ejercer el ministerio en bien de la Iglesia y del mundo. Un día especial de oración por las vocaciones.

Pero no me quiero quedar aquí sino que pienso en la respuesta que cada uno de nosotros ha de dar a esta buena nueva del Evangelio. ¿No tendríamos que ser cada uno de nosotros signos del amor de Dios desde las actitudes de escucha, de acogida, de cercanía, de servicio, de luminosidad que tengamos hacia los demás? Una palabra, un gesto, un detalle, una mirada, una sonrisa, una mano sobre el hombro de alguien que se va tambaleando a nuestro lado puede ayudarlo a levantarse y a ver la vida con una nueva ilusión.

No neguemos nunca ese gesto bueno hacia el otro e iremos logrando que todos seamos un poco más felices. Podemos y tenemos que ser signos y señales del amor de Dios en medio de nuestro mundo.

domingo, 7 de mayo de 2017

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos

Es Jesús ese Buen Pastor, que nos llama y nos busca, nos alimenta y nos da vida, con el alimento de su Palabra y de su propia vida, la puerta verdadera que nos abre a la plenitud de Dios

Hch 2,14a.36-41; Sal 22; 2Pedro 2,20-25; Juan 10,1-10
Traspasar una puerta es abrirnos a lo que esta mas allá. Un mundo nuevo que se nos puede abrir ante el que quizás vamos con cierta incertidumbre, pero también cuando traspasamos las puertas del hogar sabemos que nos vamos a sentir acogidos y queridos, nos vamos a sentir a gusto, nos vamos a encontrar allí donde plenamente desarrollamos lo que somos y lo que son nuestras esperanzas. Vayamos en positivo para quitar temores y miedos, traspasemos esa puerta que nos abre al encuentro profundo con los otros; traspasemos esa puerta tras la cual tanto podemos construir no solo para nosotros mismos sino también para aquellos con quienes convivimos o con quienes nos vamos a encontrar.
Mucho nos puede hacer pensar el sentido de ese traspasar esa puerta, aunque principalmente hasta ahora nos podamos referir a ese hogar de nuestras satisfacciones, pero puede ser la puerta que nos haga salir para ir al encuentro con los demás; y salir puede significar mucho también en cuanto salimos de cuanto nos encierra en nosotros mismos, en cuanto nos hace romper, por así decirlo, círculos que nos hagan mirarnos solo a nosotros mismos y nuestras cosas. Salimos y vamos mas allá; salimos y nos encontramos con el otro; salimos y nos abrimos a un mundo donde hemos de ir dejando también nuestras huellas en cuanto bueno podamos construir.
Cuanto podemos decir del sentido ese traspasar una puerta; a cuantas cosas nos puede abrir este pensamiento. Y le estoy dando vueltas a esta idea desde que escuche en el evangelio que Jesús nos decía que El es la puerta. Nos hablaba de un redil y de unas ovejas; nos hablaba de unos buenos pastores que cuidan de sus ovejas y las llevan a buenos pastos de vida pero nos hablaba también de ladrones y salteadores que no entran por la puerta, sino que buscan como robar y como destruir entrando, no por la puerta, sino por donde sea.
Este domingo lo llamamos tradicionalmente el domingo del Buen Pastor, por las imágenes que nos ofrece el evangelio. Es Jesús ese Buen Pastor, que nos llama y nos busca, nos alimenta y nos da vida, nos ofrece el alimento de su Palabra y de su propio Cuerpo y Sangre en la Eucaristía. Es Jesús el que verdaderamente nos conduce a la vida porque es el camino que nos lleva hasta el Padre; es Jesús el que se ofrece por nosotros para que tengamos vida y tengamos vida en abundancia como hoy mismo nos dice.
Pero además hoy nos esta diciendo que es la puerta, la puerta verdadera, la puerta que conduce a la vida, la puerta que nos abre a la plenitud de Dios. ‘Yo soy la puerta, nos dice, y quien entre por mi se salvara y podrá entrar y salir y encontrara pastos’. Es Jesús el que nos conduce a Dios, y en otro momento nos dirá que es el camino.
Es el que nos revela a Dios porque ‘nadie conoce al Padre sino al Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’, y nos dirá que es la Verdad; es la Palabra que nos da vida y nos llena de luz y nos dirá que es la Vida; es la Palabra que nos alimenta y que nos salva, y la Palabra que nos conduce hasta Dios. Porque ‘a Dios nadie lo vio jamás, el Hijo único que es Dios y que esta en el seno del Padre, nos lo ha dado a revelar’, nos decía el principio del evangelio de Juan.
Por eso sabemos que entrando por esa puerta que es Jesús nos vamos a encontrar con la plenitud de nuestra vida, la realización plena de lo que somos nosotros; entrando por esa puerta que es Jesús, porque escuchamos su voz, porque seguimos sus palabras, nos vamos a encontrar la felicidad mas que ninguna cosa humana nos podrá dar; entrando por esa puerta que es Jesús nos abriremos a ese camino autentico del amor y de la justicia con el que tanto bien podemos hacer a los demás para construir ese mundo mejor que todos necesitamos.
Cuando escuchamos a Jesús y le seguimos ya no podemos seguir encerrados en ese círculo que nos encierra en nosotros mismos, sino que siempre vamos a encontrar ese camino que se abre ante nosotros para ir al encuentro con los demás. Es incomprensible un seguir de Jesús que viva encerrado en si mismo; es imposible que si nos llenamos de la vida de Jesús no amemos a los demás a la manera como nos ama Jesús; es inconcebible en uno que haya escuchado la Buena Nueva de Jesús, el Evangelio para nuestra vida que es Jesús, que no nos sintamos impulsados a llevar también esa Buena Noticia de vida y salvación al mundo que le rodea.
Este evangelio de hoy, esta contemplación de Jesús como Buen Pastor y también como puerta por donde han de entrar las ovejas se convierte para nosotros en una llamada; es una vocación para sentir que como Cristo hemos de ser también pastores, pastores que anuncien, pastores que ayuden a los demás a ese encuentro con la verdad de Cristo, con la luz de Cristo, con la vida de Cristo.
Es un día de llamada, por eso decimos que es el día de las vocaciones. Para sentirnos llamados, pero también para orar al dueño de la mies, como nos enseña el mismo Jesús en el evangelio, para que sean muchos los que escuchen esa llamada, para que sean muchos los enviados con esa misión pastoral, esa misión de pastores en medio del pueblo de Dios.

martes, 5 de julio de 2016

Un mundo que necesita ser fermentado por la levadura del evangelio y en el que hemos de ser verdaderos testigos de la luz de Jesús

Un mundo que necesita ser fermentado por la levadura del evangelio y en el que hemos de ser verdaderos testigos de la luz de Jesús

Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

‘Jesus recorría todas las ciudades y aldeas…  Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor… rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies…’
Cuando voy caminando en medio de la ciudad o por las calles de nuestros pueblos en cierto modo recuerdo este pasaje del evangelio. Casas y casas pero en las que habitan muchas personas que diríamos, al menos en nuestros ambientes, son cristianos que han sido bautizados pero en los que muchas veces no vemos ninguna otra referencia a una vida de creyentes o de cristianos miembros vivos de unas comunidades cristianas que son nuestras parroquias.
Son cristianos pero ¿sus vidas están fermentadas con la levadura del evangelio? Son cristianos pero ¿Cristo significa de verdad algo en sus vidas? Quizá reducen su vida cristiana a una asistencia de forma esporádica a unos actos religiosos, pero sin que en verdad cale en sus vidas la semilla del evangelio. Son personas buenas con toda seguridad porque seguramente querrán llevar una vida recta a su manera, pero quizá no han encontrado esa luz de Jesús y su evangelio que transforme sus vidas. Como todos tendrán sus problemas y sus necesidades, se harán preguntas en su interior que muchas veces no sabrán contestar, quizá tienen hambre o deseos de más pero no han encontrado el camino por donde dar satisfacción a esos buenos deseos.
Quisiera tener la mirada de Jesús y siento en mi corazón la desazón de cuanto se podría hacer y no se hace, o de la imposibilidad quizá de poder llegar a toda esa gente con el mensaje del evangelio. Como decíamos ahí están esas multitudes que no han encontrado respuestas para los interrogantes profundos de su vida, porque quizá nadie ha llegado hasta ellos para ayudarles a encontrar esa luz. Y he de confesar que eso me hace sentir inquietud en mi interior porque quizá yo tampoco he sabido ser esa luz que ayude a encontrar la verdadera luz.
Hoy la iglesia está sintiendo un nuevo impulso misionero en ese deseo de salir al encuentro de tantos que buscan la luz y no la encuentran. Los planes pastorales de nuestras parroquias y nuestras diócesis van por ese camino. Pero como nos decía Jesús hoy en el evangelio ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…’ Necesitamos en verdad comprometernos en esa tarea evangelizadora de la Iglesia; tenemos que aprender a ser luz para los demás y convertirnos en testigos del evangelio con nuestra vida. Es inmenso ese mundo que nos rodea que necesita esa luz, que necesita esos testigos y no podemos defraudarles.
Roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies; pidamos con intensidad al Señor para que surjan muchas vocaciones al apostolado y en verdad la Iglesia sea verdadero anuncio y signo de salvación en medio del mundo.


martes, 8 de julio de 2014

Un resumen de la actividad apostólica de Jesús que nos pone en camino de inquietud por el anuncio del Reino



Un resumen de la actividad apostólica de Jesús que nos pone en camino de inquietud por el anuncio del Reino

Os. 8, 4-7. 11-13; Sal. 113; Mt. 9, 32-38
‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias…’ Parece un resumen de la actividad apostólica que realizaba Jesús. El anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios acompañado de señales.
‘Curando todas las enfermedades y dolencias’, nos dice pero antes ha hablado de un endemoniado mudo. Nos quiere expresar cómo viene a arrancarnos del poder del maligno. Nos anuncia la Buena Noticia del Reino de Dios, pero si el Señor es nuestro Rey, nuestro único Señor no cabe que el maligno tenga poder sobre nosotros. Los milagros de las curaciones son señales de ello, cuando quiere quitar el mal de nuestra vida, pero además nos manifiesta el poder del maligno.
Pero es que además en este que llamábamos resumen vemos también la oposición de las fuerzas del mal expresado en aquellos que malintencionados atribuyen al poder del maligno las obras de Jesús. El mal siempre quiere crear confusión, porque es el padre de la mentira y del engaño. Pero con Jesús no nos podemos dejar engañar.
Escuchamos su Buena Noticia y la hacemos vida de nuestra vida, porque queremos arrojar ese mal de nosotros; por eso acudimos a Jesús que es el que tiene el poder de la salvación, es el que nos puede liberar de las fuerzas del mal, es quien ha venido para vencer el mal y su pascua es la gran señal, su muerte en la Cruz es la sangre de nuestro rescate, su resurrección es la señal de la vida nueva que nos ofrece.
‘Nunca se ha visto cosa igual’, decía la gente admirada ante las obras de Jesús. Y claro que nunca se ha visto nada igual porque el único que nos puede ofrecer la salvación es Jesús; es quien nos ha redimido y nos ha salvado. Pero quería fijarme en un detalle; nos habla de la gente admirada, tenían aún capacidad de admiración ante las maravillas que ante sus ojos se estaban realizando; es algo que nosotros hemos de despertar de nuevo, porque las costumbres pueden hacernos rutinarios y podemos acostumbrarnos a hablar de la salvación de Jesús y ya lo vemos como una cosa de todos los días que ya no somos capaces de sentir admiración por las obras de Jesús.
Por ejemplo, ¿seremos capaces de sentir admiración ante la maravilla que ante nosotros se realiza cuando celebramos la Eucaristía y se realiza ante nuestros ojos el milagro de la transustanciación? Nos hemos acostumbrado cuando tendríamos que hacer que nuestros ojos se abran como platos, como solemos decir, cuando todos los días ante nosotros se realiza el milagro de la Eucaristía.
Y nos queda una cosa en este llamado resumen que hemos escuchado hoy en el evangelio: la acción misionera de Jesús que tiene que ser la acción misionera de toda la Iglesia, de todos los que creemos en Jesús. Allí están ante Jesús las multitudes que le siguen y que ‘estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Jesús siente compasión por esa situación, siente dolor en el alma por tantos y tantos hambrientos de Dios pero a los que no llega el anuncio del Evangelio.
‘La mies es abundante  y los trabajadores son pocos’, les dice Jesús a sus discípulos. ¿Qué nos dirá a nosotros? ¿Sentiremos también esa inquietud misionera en nuestro corazón? Los obreros son pocos, y ¿no podríamos ser nosotros esos obreros que se necesiten en la vida del Señor? Podremos ser llamados en la primera hora o en la última hora, pero esa inquietud y esa vocación al apostolado tendría que estar muy latente en nuestro corazón.
Tenemos que rogar al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies, para que sean muchos los llamados con esa vocación especial en el apostolado, en al vida sacerdotal o religiosa, o para las misiones hacia el tercer mundo, pero tenemos también que poner manos a la obra porque esa tarea es tarea de todos, es también nuestra tarea. Es compromiso de nuestro bautismo y nuestra confirmación, es compromiso de nuestra fe. ¿Sentiremos esa inquietud?

jueves, 12 de junio de 2014

Constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, perpetuando en su Iglesia el único sacerdocio



Constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, perpetuando en su Iglesia el único sacerdocio

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Con esta antífona hemos comenzado hoy la celebración de esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Una celebración y una fiesta que nos hace contemplar el Sacerdocio de Cristo, del que todos somos partícipes por el llamado sacerdocio común de los fieles, porque desde nuestro Bautismo nos hemos unido a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, pero que de manera especial nos hace mirar a los que participan de modo distinto de su Sacerdocio en el ministerio ordenado.
Vayamos por partes. Primero que nada hemos de reconocer que desde esa ansia y deseo de Dios que anida en todo corazón humano, aunque a veces algunos no lo quieran reconocer, todos queremos entrar de una forma u otra en relación con Dios, bien porque busquemos conocerle, ya sea porque reconociéndole queramos ser gratos en su presencia y le ofrecemos nuestros dones de acción de gracias, o porque queramos,  digámosle así, aplacarle porque sentimos que con nuestro mal y pecado le ofendemos y en consecuencia queremos alcanzar su perdón.
Es algo innato en todo corazón humano y todos los hombres y todos los pueblos de una forma o de otra queremos entrar en relación con Dios, religión, y se tiene a quienes en nombre del pueblo hagan esas ofrendas a Dios. Es, por así decirlo, una forma natural de sacerdocio y de religión.
Eso lo vemos expresado de manera muy clara en todo el Antiguo Testamento y en toda la historia de la salvación del pueblo de Dios. Es así cómo Moisés instituye el sacerdocio en la persona de Aarón y todo el orden sacerdotal que servía a Dios en el templo de Jerusalén con el ofrecimiento de holocaustos y sacrificios que todos los días se ofrecían sobre el altar. Podemos ver incluso anterior a todo eso al sumo sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abrahán, que va a ser imagen del sacrificio de Cristo.
Pero aquellos sacerdotes una y otra vez tenían que ofrecer sacrificios por sí mismos y por el pueblo y era necesario el Sacerdocio y el Sacrificio que de una vez para siempre nos alcanzara el perdón y la salvación definitiva.
Hoy celebramos a quien está constituido para siempre con ese Sacerdocio eterno y definitivo y que iba a ofrecer el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza que sí nos alcanzara el perdón de nuestros pecados y la salvación eterna. Para gloria de Dios y para la salvación del género humano, como hemos expresado en la oración litúrgica, ‘constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna, por la unción del Espíritu, y determinaste en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único Sacerdocio’. Así lo expresaremos también en el prefacio.
Es el Sacerdocio de Cristo que hoy celebramos. Como nos decía la carta a los Hebreos ‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… con un solo sacrificio ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados’. En Cristo, por su sangre derramada, hemos sido consagrados, santificados, llenos de vida y de gracia para siempre. El así y para eso hizo la ofrenda de su vida al Padre desde que entró en el mundo cuando gritó ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y cumpliendo la voluntad del Padre subió al altar de la Cruz haciendo la ofrenda de su vida, derramando su Sangre, alcanzándonos la Salvación. Así lo contemplamos como Sacerdote de la Nueva Alianza y como Pontífice que nos reconcilia con Dios.
Es el Sacerdote que hace la ofrenda; es el Pontífice que nos sirve de puente entre la humanidad pecadora y ahora por su sangre reconciliada y Dios. Es el que se ofrece por nosotros, siendo hombre como nosotros, pero con el valor infinito de sus actos, de su vida de Hijo de Dios, para obtenernos así la salvación.
Y como decíamos a todos nos hace participes de su sacerdocio, porque todos hemos de hacer con Cristo ofrendas agradables al Padre, pero ha confiado el ministerio de su sacerdocio a quienes por  la imposición de las manos ha constituido sacerdotes ‘para que renueven en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparen a tus hijos el banquete pascual, presidan a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’. He querido recoger textualmente las palabras que luego diremos en el prefacio porque expresan con toda precisión lo que significa el sacerdocio ministerial.
Todo el pueblo cristiano ha de ser consciente de lo que significa ese sacerdocio de Cristo, para comprender mejor la misión de los sacerdotes, pero también para saber estar a su lado apoyándolos con su oración. Es grande la misión que se nos confía y que nos obliga a configurarnos más y más con Cristo en una vida santa en la fidelidad y en el amor; pero somos humanos y pecadores que solo con nuestras fuerzas no podremos lograr tan alto misión y santidad.
La celebración, pues, de esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, nos tiene que hacer considerar lo que es el Sacerdocio de Cristo y hacer que surja nuestra acción de gracias al Señor por la maravilla de su amor que se manifiesta en su sacerdocio y se manifiesta en sus sacerdotes. Damos gracias a Dios por el Sacerdocio de Cristo; damos gracias a Dios porque nos hace partícipes a todos por nuestro bautismo de ese sacerdocio común a todos los fieles; pero damos gracias a Dios por los sacerdotes, ministros del Señor, que Cristo ha puesto a nuestro lado, como sacerdotes y pastores del pueblo de Dios para hacernos llegar la gracia salvadora de la redención.
Damos gracias, pero pedimos por los sacerdotes. Somos instrumentos humanos, sujetos a muchas limitaciones y debilidades que necesitamos de la gracia del Señor, de la fuerza de su Espíritu. Nuestra oración por los sacerdotes manifiesta lo que valoramos el Sacerdocio de Cristo, más allá de las personas que conocemos y están cercanos a nosotros, aunque para nosotros son los primeros sacramentos de la gracia del Señor. Pedimos por la santidad de los sacerdotes y pedimos por el aumento de las vocaciones al sacerdocio. Roguemos al dueño de la mies, que mande operarios a su mies que es abundante y los obreros son pocos. Lo hacemos con confianza porque sabemos que el Señor nunca abandona a su pueblo.

domingo, 11 de mayo de 2014

Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial



Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial

Hechos, 2, 14.36-41; Sal.22; 1Ped. 2, 20-25; Jn. 10, 1-10
‘El Señor es mi pastor, nada me falta… en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas  y repara mis fuerzas…’ Así hemos rezado en el salmo en este domingo que se le suele conocer como el domingo del Buen Pastor.
Un buen pastor cuida de sus ovejas; un buen pastor busca los mejores pastos; un buen pastor procurará que no le falte el agua para beber sus ovejas; un buen pastor se preocupa de buscar a la oveja descarriada o perdida y curar a la herida o que está enferma. Hoy todo eso lo vemos como en imagen para referirnos a Cristo, nuestro Buen Pastor.
¿Qué es lo que vemos en el evangelio? ¿Cómo podemos contemplar a Jesús como Buen Pastor de nuestra vida? Aparte de lo que hemos escuchado en los textos del día de hoy podemos recordar otros momentos. Cuando las multitudes acuden a Jesús queriendo escuchar su Palabra o llevarle a sus enfermos con sus dolencias, caminando hasta los lugares más apartados porque tienen deseos de estar con Jesús, dirá el evangelista que sintió lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma y al final multiplicará los panes para que nadie se quede sin comer.
Pero por otra parte cuando es prendido en el huerto, los discípulos que quedan y están allí llenos de miedo ante lo que se avecina, ‘todos le abandonaron y huyeron’, contarán los evangelios, pero ya antes Jesús había recordado el anuncio profético de ‘heriré al pastor y se dispersarán sus ovejas’.
No quiere Jesús que nos perdamos, que vayamos errantes de un lugar para otro sin saber donde encontrar el alimento que necesita nuestra vida. Estará siempre dispuesto a alimentarnos para que tengamos vida y vida en abundancia y El mismo será nuestro alimento y nuestra vida porque se hará Pan de vida para que le comamos y para que podamos tener vida para siempre.
¿No podemos recordarle también como el que va al encuentro de aquel enfermo a quien nadie mira ni atiende como el paralítico de la piscina o el ciego de nacimiento de la calle, o también ofreciéndose a ir allí donde hay alguien que sufre ya sea el criado del centurión o la hija de Jairo?
Cuando nos ve heridos o descarriados siempre querrá estar atrayéndonos hacia El, manifestará la sed que tiene de nosotros, pero nos manifestará sobre todo lo que es el amor del padre que nos espera, que nos regala con su amor y su perdón y además hace un banquete para celebrar nuestra vuelta.
Y es que más alegría habrá en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, y entonces nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras deja a las otras noventa y nueve a buen recaudo para que no se pierdan volviendo con la oveja perdida sobre los hombres e invitando a sus amigos a la fiesta porque ha encontrado la oveja pedida, o también de  la mujer que barre y revuelve toda la casa para encontrar la moneda que se le había extraviado.
Es el que nos conoce allá en lo más hondo de nuestro corazón porque nada podemos ocultar a su amor y por eso siempre tiene la paciencia de esperarnos, de llamarnos, de buscarnos, pero también de revelarnos todo lo que es su amor y su vida para que como El nos conoce también nosotros lo conozcamos. Por eso hoy nos dice ‘y las ovejas atienden a su voz, y El las va llamando por el nombre a sus ovejas… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’
Jesús es nuestro Buen Pastor, pero ¿nosotros  reconoceremos su voz y le seguimos? No nos basta decir que El es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no lo escuchamos y lo seguimos; no nos basta decir que es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no nos dejamos alimentar por su vida. Pensemos cuanta gracia derrama el Señor sobre nuestra vida buscándonos y llamándonos, pero cómo tantas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor. Cuántas veces no queremos aceptar su Palabra, su enseñanza y rechazamos su gracia porque los caminos que seguimos no son precisamente los caminos que nos señala el Señor.
Hoy nos dice también que El es la puerta, la única puerta por la que podemos entrar para alcanzar la salvación; la única puerta donde vamos a ir y encontrar la fuente del agua viva de la gracia que nos santifica; la única puerta por la que podemos acercarnos para escuchar su Palabra, una Palabra que nos llena de vida, que nos santifica, que nos conduce por los verdaderos caminos que nos conducen a Dios. ‘Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos’, nos dice el Señor.
Pero Jesús además ha querido dejarnos también a quienes en su nombre sean pastores del pueblo de Dios para que realicen ese mismo actuar de Cristo. Escogió a los Doce apóstoles a los que enviará por el mundo con su misma misión, pero sigue llamando a los que El quiere que continúen con la misma misión. Son los pastores del pueblo de Dios que en nombre de Cristo siguen anunciándonos la Palabra del Señor y siguen conduciéndonos a la fuente de la gracia divina que nos sane, que nos llene de  vida, que nos alcance la salvación.
Hoy es un buen momento para que todos reconozcamos y oremos por aquellos que realizan esa misión pastoral dentro de la Iglesia en nombre de Cristo Buen Pastor. Es una tarea grande que el Señor ha querido confiar a personas como nosotros, a los que llama de manera especial, con una vocación especial, instrumentos de barro con las mismas debilidades que los demás cristianos pero que han de asemejarse a Cristo Buen Pastor para realizar su misión. Y aquí toda la comunidad eclesial ha de estar al lado de sus pastores, valorando la misión que de Cristo han recibido, pero orando por ellos para que no les falte nunca la gracia del Señor para realizar su misión de la manera más santa posible.
Por eso hoy es también día de oración por las vocaciones. La mies es abundante, pero los obreros son pocos, nos decía Jesús en el Evangelio cuando aquellas multitudes se acercaban a El para escucharle. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, nos decía Jesús. Es lo que siempre hemos de hacer, pero que de manera especial hacemos en este domingo, pidiendo al Señor que sean muchos los llamados al sacerdocio, a consagrarse en la vida religiosa en sus diferentes carismas por el Reino de Dios, o a los distintos ministerios en tantos campos de apostolado que tenemos ante nosotros.
Oramos para que haya buenos pastores para el pueblo de Dios según el corazón de Cristo. Como decía el santo Cura de Ars, ‘un buen pastor, según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, a una comunidad eclesial, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina’.
Que así elevemos siempre nuestra oración al Señor para que conceda esos tesoros a la Iglesia con abundantes vocaciones; pero así hemos de elevar también nuestra oración al Señor pidiendo por nuestros pastores, por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los misioneros, por todos los que realizan una función pastoral dentro de la Iglesia; que se manifieste así la misericordia del Señor. Cristo, Buen Pastor, nunca nos abandona.

viernes, 14 de febrero de 2014

PEQUEÑOS Y POBRES EN NUESTROS MEDIOS Y CAPACIDADES, EN POBREZA Y AUSTERIDAD SOMOS LOS ENVIADOS DEL SEÑOR



Pequeños y pobres en nuestros medios y capacidades, en pobreza y austeridad somos los enviados del Señor

Hechos, 13, 46-49; Sal. 116; Lc. 10, 1-9
Celebramos hoy la fiesta de dos grandes misioneros de la Europa más oriental, los pueblos eslavos, y que han sido constituidos como patronos de Europa, san Cirilo y San Metodio. Su origen estaba en la Iglesia Oriental, puesto que en Constantinopla se habían formado y enviados por el patriarca de la Iglesia Oriental - aun no se había producido la ruptura de la Iglesia - fueron evangelizando grandes extensiones de la Europa Oriental.
Aunque Cirilo muere pronto en Roma, Metodio seria luego enviado como Obispo y legado papal a aquellas Iglesias que allí se iban constituyendo. Es importante la labor que realizaron de inculturización del Evangelio en aquellos pueblos  pues a ellos se debe el traducir el evangelio al lenguaje de aquellos pueblos eslavos, incluso inventando una nueva forma de escribir - caracteres cirílicos se les llama - para su mejor entendimiento.
Es por lo que el Papa los constituyó en Patronos de Europa junto con san Benito que hasta entonces era considerado el único Patrono de Europa y luego otras santas proclamadas en el mismo sentido por el Papa Juan Pablo II. No es momento ahora de extendernos mucho más en estos aspectos y patronazgos.
De ellos destacamos su tarea evangelizadora y que es por donde ha de ir el mensaje que nosotros recibamos en esta fiesta. Por una parte la lectura de los Hechos de los Apóstoles nos manifiesta la apertura del anuncio del evangelio a los gentiles, tarea a la que se dedicó de manera especial Pablo y en el evangelio hemos escuchado el envío que hace Jesús de sus discípulos de dos en dos para que anuncien a todos el Reino de Dios.
‘La mies es abundante, los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies’, les encarga Jesús a los discípulos cuando los envía. Y además los envía desde la pobreza y la austeridad; no han de preocuparse de llevar cosas materiales que les auxilien en su tarea. Han de ser mensajeros de paz. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa’.
Nos quieren significar mucho estos encargos de Jesús cuando hace el envío de sus discípulos con su misma misión. Primero, la oración que será el motor verdadero de toda obra buena, de la tarea evangelizadora que hemos de realizar. Porque esto tenemos que mirarlo por nosotros mismos. Es la tarea de cada cristiano que se ha de sentir enviado por el Señor, porque siempre tenemos que ser testigos, pero me vais a permitir que piense en este momento en quienes hemos recibido una especial misión del Señor por una vocación, una llamada que hemos recibido del Señor; y pienso en los sacerdotes, en los misioneros, en los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor y que tienen y tenemos esta misión de Jesús en medio del mundo.
Si cuando consideramos la tarea que realizaron san Cirilo y san Metodio en aquellas regiones inmensas de Europa, también nosotros cuando nos sentimos enviados por Jesús nos damos cuenta del campo inmenso que tenemos por delante y nos podremos sentir pequeños y pobres ante la tarea que hemos de realizar. Pero no es nuestra tarea, es la obra del Señor; en su nombre somos enviados; con la fuerza de su gracia allá vamos nosotros a hacer ese anuncio del Evangelio. Por eso rogamos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. En su nombre vamos nosotros a esparcir por el mundo la semilla de la Palabra de Dios.
Nos podemos sentir pequeños y pobres en nuestros medios y en nuestras capacidades, con esa pobreza y austeridad, decíamos, nos ha enviado el Señor. Como diría san Pablo en un texto que muchas veces habremos escuchado y meditado, ‘este tesoro lo llevamos en vasos de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios, no proviene de nosotros’. Somos siervos inútiles en las manos del Señor, pero de los que el Señor se quiere valer para que se haga ese anuncio del Evangelio. Somos débiles y pecadores los que tenemos que hacer ese anuncio, pero no es a nosotros a quienes nos anunciamos, sino que anunciamos el nombre de Jesús que en nosotros también obra maravillas, a pesar de nuestra debilidad y de nuestro pecado.
Por eso os pedimos que recéis al Señor por nosotros, para que, a pesar de nuestra debilidad y nuestra pobreza, seamos fieles al Señor y a la misión que se nos ha encomendado y seamos también cada día más santos porque sintamos que esa palabra que anunciamos es a nosotros a quienes primero tiene que llegar y producir sus frutos. Así tenéis que rezar por los sacerdotes, por los misioneros, por los religiosos y religiosas y todos los que se han consagrado al Señor para que seamos fieles, para que anunciemos de verdad el nombre de Jesús en quien nosotros, los primeros, hemos encontrado la gracia y la salvación.
Puede ser un buen compromiso que surja de esta fiesta de los patronos de Europa,  san Cirilo y san Metodio, que hoy estamos celebrando.