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jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

jueves, 16 de junio de 2011

Cristo, mediador de una nueva alianza tiene el sacerdocio que no pasa

Is. 52, 23-53, 12;

Sal. 39;

Hebreos, 10, 12-23;

Lc. 22, 14-20

‘Cristo, mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Estas palabras tomadas de la carta a los Hebreos nos las ofrece la liturgia hoy como antífona de entrada a esta Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Una fiesta eminentemente sacerdotal que nos hace mirar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para considerar ese sacerdocio real con que nos ha dotado a todos desde nuestro bautismo al hacernos miembros de un pueblo santo y sacerdotal, pero que nos hace mirar a aquellos a quienes el Señor ha escogido de manera especial para hacerlos partícipes de su sagrada misión en el sacerdocio ministerial.

Aunque el jueves santo los sacerdotes contemplamos y junto a la institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor celebramos también la institución del Sacerdocio, en este jueves posterior al domingo de Pentecostés queremos celebrar de manera especial esta participación en el Sacerdocio de Cristo, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, sumo y eterno Sacerdote.

‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… no pides sacrificio expiatorio… entonces yo digo: Aquí estoy, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…’ Así rezábamos con el salmo. Es el grito de Cristo en su entrada en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y obediente al Padre se entrega; su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre; su venida es la mayor manifestación del amor de Dios que tanto amó al mundo que nos entregó a su Hijo único; su presencia en el mundo nos redime y nos santifica; viene a ofrecer el sacrificio único y definitivo, la ofrenda de su sangre para la Alianza Nueva y Eterna. Hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos, ‘Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás un solo sacrificio… con una sola ofrenda nos ha consagrado para siempre’.

Como nos diría en otro lugar la carta a los Hebreos ‘así pues, ya tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe’. Tenemos ya entrada libre en el santuario de los cielos en virtud de la sangre de Jesús. Por eso lo llamamos sacerdote, pontífice, mediador de la Alianza nueva y eterna.

Pero, como decíamos y diremos en el prefacio, ‘con amor de hermano elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial que nos hace partícipes del sacerdocio de Cristo. Somos los llamados por el Señor para que en nuestro ministerio sacerdotal renovemos en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparemos el banquete pascual, presidamos al pueblo de Dios en el amor y lo alimentemos con la palabra y con la gracia de los sacramentos.

Ministerio grande y maravilloso que el Señor nos confía. Ministerio que nos exige una unión profunda con Cristo, un configurarnos cada día más con Cristo cuando en su nombre tenemos que hacer llegar la gracia de la salvación a todos los hombres. Ministerio que nos exige una vida totalmente entregada y santa en la fidelidad y en el amor. Somos conscientes de tanta grandeza que no merecemos, pero que ha sido un don y un regalo del Señor, es gracia de Cristo para nosotros y para el pueblo de Dios.

Pero es ahí donde el pueblo cristiano ha de saber amar y valorar ese sacerdocio de Cristo ejercido por sus ministros lo que exigirá en consecuencia al pueblo cristiano saber estar al lado de sus sacerdotes y pastores apoyándolos con su oración. Para nosotros los sacerdotes este fiesta de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, es una exigencia de santidad y de entrega al mismo tiempo que una ocasión más para dar gracias al Señor por su elección y la confianza que el Señor sigue poniendo en nosotros; pero para el pueblo cristiano tiene que convertirse en una jornada de especial oración por los sacerdotes.

Sólo con la gracia del Señor podemos ejercer y vivir nuestro ministerio. Y esa gracia tenéis que conseguirla para nosotros desde vuestra intensa oración al Señor. Siempre y en todo momento el pueblo cristiano ha de orar por los sacerdotes.

Recordad el sacerdote que os bautizó para haceros hijos de Dios y cristianos; el sacerdote que tantas veces os ha traído el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia y os ha servido de consuelo, ayuda y consejo en vuestras luchas y dificultades; el sacerdote que ha celebrado la Eucaristía tantas veces a lo largo de vuestra vida en la que habéis comulgado el Cuerpo del Señor de sus manos; el sacerdote que os ha anunciado y explicado una y otra vez la Palabra del Señor; el sacerdote que en la parroquia o en cualquier otra función pastoral os ha ayudado de tantas maneras; el sacerdote que ungió a vuestros padres o familiares enfermos u os acompañó en su muerte celebrando sus exequias; el sacerdote que habéis conocido y con el que habéis tenido amistad; el sacerdote... bueno, todo sacerdote, conocido o no, porque por todos hemos de rezar.

domingo, 22 de mayo de 2011

Una meta y un camino la vida de Dios que en Cristo Jesús podemos alcanzar


Sal. 32;

1Pd. 2, 4-9;

Jn. 14, 1-12

Es necesario tener claro cuál es la meta a la que queremos llegar para saber encontrar el camino. Pero será necesario también tener la seguridad del camino si queremos en verdad llegar a la meta. Ni hacemos los caminos a tontas y a locas sin saber por donde vamos ni nos planeamos hacer un camino si no sabemos a donde queremos llegar. Aunque simplemente salgamos a pasear lo hacemos por algo. Humanamente nos trazamos rutas, nos ponemos objetivos en la vida, queremos planificar bien lo que vamos a emprender.

Pero ¿hacemos igual en el camino de nuestra fe? ¿tenemos claros cuáles son nuestros planteamientos cristianos? ¿en verdad le damos trascendencia a la vida y tenemos ciertamente esperanzas de vida eterna? Creo que serían planteamientos que habría que hacer y revisar, cosas en las que habría que reflexionar seriamente.

Si reflexionamos con atención el evangelio que hoy se nos proclama creo que nos daremos cuenta que es algo de lo que nos quiere hablar Jesús y son interrogantes que también tienen en su interior los apóstoles que no siempre terminaban de comprender lo que Jesús les dice, ni lo acaban de conocer.

Las palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena tienen resonancias de despedida, pero también quieren suscitar una fe firme en los discípulos, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que va a suceder que será para ellos un tremendo escándolo y un motivo de crisis grande en sus corazones. ‘Que no tiemble vuestro corazón…’, van a suceder muchas cosas, muchas negruras van a aparecer en el horizonte de la vida, la pasión y la cruz van a ser un trago difícil de superar… pero ‘creed en Dios y creed también en mí’. La luz de la fe no se puede apagar; ha de mantenerse bien encendida, les está pidiendo Jesús.

Les habla de su vuelta al Padre – ‘sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre’, había comenzado a contar el evangelista en el principio del relato de la cena – pero les dice también que quiere que estemos con El; va a prepararnos sitio, y habla de un camino que ya han de conocer quienes tanto tiempo habían estado con Jesús. ‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino’.

Es cuando aparecen las dudas, del camino y de la meta. ‘No sabemos adonde vas, cómo podemos saber el camino’, le replican. Nuestro camino es Jesús. No hay otro. Sólo por El podemos llegar al Padre. Ahí está la meta y ahí nos está señalando el camino. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’.

Sigue costándoles entender. ‘Muéstranos al Padre y eso nos basta’, exclamará Felipe. No habían terminado de comprender todo el misterio de Dios que en Cristo se les manifestaba. Querían saber a donde llegar pero aún no lo veían claro.

Cuánto les había enseñado Jesús, cuántas parábolas y ejemplos, cuántos momentos de predicación en las sinagogas o en el templo, en los caminos o en la montaña, allí junto al lago o en las casas; incluso a ellos en particular cuando llegaban a casa les explicaba con más detalles. Cuántas obras, signos y señales de Dios le habían visto realizar a Jesús en sus milagros, en su amor, en su entrega, en su cercanía a los pequeños y a los sencillos, a los pobres y a los enfermos. No terminaban de ver el rostro misericordioso de Dios en Jesús, en su amor. ‘Tanto tiempo con vosotros… quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’.

‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…’ Es lo que tenemos que hacer, seguirle. Seguir sus pasos. Vivir su vida. Inundarnos de su verdad. En Jesús encontraremos la plenitud de todo. Palabra eterna de Dios. Verbo de Dios que se ha encarnado para ser Enmanuel, ser Dios con nosotros. Luz que nos ilumina y nos hace comprender el sentido de todo. Es la verdad, la única verdad eterna y permanente que nos puede llevar a plenitud. No nos importan las oscuridades que pudieran aparecer porque ponemos toda nuestra fe en el Señor y con El nos sentimos seguros.

Necesitamos conocer a Jesús, aprender a Jesús. Y conocer y aprender a Jesús no es sólo saber cosas de El. Quizá sabemos muchas. Ese conocimiento de Jesús tiene que convertirse en vida, en nuestro vivir. Aprender es como meterlo dentro de nosotros para que nos podamos hacer uno con El. El ya nos dice que quiere habitar en nosotros y nosotros habitemos en El.

En la medida en que lo vayamos aprendiendo, haciendo vida nuestra iremos conociendo más a Dios, aprendiendo a Dios también para que habite en nosotros. Es hacer nuestros sus sentimientos, sus gestos, sus actitudes, hacer las mismas cosas que Jesús. Ya entonces sus mandamientos, el amor que nos manda tener no será algo que pongamos por fuera como un adorno sino que lo estamos haciendo nuestra manera y nuestro sentido de vivir.

Y como nos dirá Jesús en otro momento si guardamos sus mandamientos ‘el Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él’. ¡Qué cosa más hermosa y qué dicha más grande! Teniendo a Dios en nosotros de esa manera tendremos la vida eterna.

Ya vamos viendo, entonces, cuál es la meta de nuestra vida cristiana, lo que significa en verdad seguir a Jesús, ser discípulo de Jesús. Dejemos que Jesús nos prepare esas estancias para estar siempre con El. ‘Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’.

Ya sabemos entonces el camino que hemos de seguir. En una palabra, Cristo. Piedra viva, preciosa y escogida, como nos dice hoy san Pedro; piedra angular porque en verdad es el fundamento único y total de todo nuestro vivir. Y nos unimos a El para ser una cosa con El; y nos convierte en piedras vivas en la construcción del templo de Dios. Es que con toda nuestra vida hemos de glorificar a Dios.

Por eso terminará llamándonos san Pedro ‘raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo escogido y adquirido por Dios’ para que con toda nuestra vida, reconociendo cuánto ha hecho y hace el Señor por nosotros proclamemos las maravillas de Dios ante todos los hombres.

Qué maravilla sentirnos así amados de Dios; qué maravilla que podamos así seguir ese camino que es Jesús; qué maravilla que por Jesús podamos alcanzar esa vida en Dios para siempre; porque eso es la vida eterna, ese vivir en Dios.

miércoles, 19 de enero de 2011

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec


Hebreos, 7, 1-3.15-17; Sal, 109; Mc. 3, 1-6

‘Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec’, es lo que hemos repetido en el salmo. Aunque muchas veces la liturgia nos ofrece este responsorio, sacado precisamente del mismo salmo 109 que hoy hemos rezado y con el que hemos respondido a la Palabra de Dios que se nos ha ido proclamando no sé si a todos nos dice o significa algo lo que decimos.

El texto de la carta a los Hebreos hoy proclamado ha hecho referencia también a Melquisedec del que nos dice que es ‘rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo’ y que ‘su nombre significa rey de justicia y lleva también el título de rey de Salem, es decir, rey de paz’. Abraham a la vuelta de la batalla contra sus enemigos, cuando le sale al encuentro Melquisedec que le da pan y vino y lo bendice, le ofrece los diezmos de toda su conquista.

¿Quién era este personaje al que vemos en relación con Abrahán al que le salió al encuentro y lo bendijo a la vuelta de sus batallas y a quien ofrece pan y vino? Aparece en el Génesis y realmente todo lo que se nos dice es lo que ahora nos ha repetido la carta a los Hebreos. Y como se nos explica en la carta es imagen del Sacerdote eterno que es Cristo Jesús, el que tiene ‘el sacerdocio que dura para siempre’.

Por eso para nosotros es imagen del nuevo sacerdocio en Cristo Jesús. No es imagen del sacerdocio de la Antigua Alianza, del Antiguo Testamento, el Sacerdocio de Aarón que tenía una ascendencia y una prolongación familiar. No es imagen del sacerdocio donde se ofrecían sacrificios y holocaustos de animales todos los días, sino del sacerdocio de Cristo el que se ofreció de una vez para siempre por nosotros en el sacrificio de la cruz. El Sacerdocio de Cristo es único e irrepetible porque es un sacerdocio para siempre. Cristo Jesús el Pontifice que además es sacerdote, víctima y altar al mismo tiempo. Pues es Cristo mismo el que se ofrece a si mismo como ofrenda y como víctima de salvación y redención para todos nosotros.

‘El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito del Melquisedec’, sacerdote para siempre, pero que nos hace participar de su sacerdocio real como nos enseñaría la carta de san Pedro. ‘Vosotros, en cambio, sois linaje escogido, sacedocio regio y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable’.

Consagrados fuimos en el Bautismo con el Crisma Santo para ser con Crito ‘sacerdotes, profetas y reyes’. Así pues nos unimos a Cristo para con Cristo también nosotros ofrecernos al Padre, para ofrecer el sacrificio espiritual y verdaderamente agradable a Dios. Como decimos en la primera plegaria eucarística, el canon romano, ‘dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abraham nuestro padre en la fe, y la oblación pura de su sumo sacerdote Melquisedec’.

Cristo es, pues, el que tiene el sacerdocio eterno, el sacerdocio para siempre. Cristo, como Melquisedec, rey de paz y rey de justicia. Así lo proclamamos y lo reconocemos cuando cantamos a Cristo Rey y cuando cantamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote. Cómo nos recuerda el pan y vino ofrecido por Melquisedec a Abraham el pan y vino de la Eucaristía donde es Cristo mismo el que se nos ofrece en el signo del pan y el vino eucarísticos como alimento y como vida y salvación para nosotros. Una imagen de la Eucaristía en la que Cristo se nos da.

Muchas cosas podríamos concluir para nuestra vida. Unidos a Cristo sacerdote y unidos al sacrificio de Cristo ofrecemos también nuestra vida con sus dolores y alegrías al Señor como ofrenda agradable a Dios. Cada uno de los momentos de nuestra vida unidos a Cristo adquieren un valor y una riqueza grande, porque en todo lo que es nuestra vida hemos de saber ver siempre la gracia del Señor que nos ama. Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo que es al mismo tiempo rey de justicia y rey de paz nos recuerda cómo hemos de vivir nosotros ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia, que es reino de paz y de justicia, de amor y de perdón.

jueves, 27 de mayo de 2010

Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos hace partícipes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23;
Sal. 39;
Lc. 22, 14-20

‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’. Así se expresa en la liturgia la fiesta de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote que celebramos en este día. ‘Cristo, Mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’, que nos dice la carta a los Hebreos. Sumo y eterno Sacerdote como lo proclamamos hoy.
La Palabra de Dios proclamada en este día nos lo señala bien. Cristo, Sacerdote, Víctima y Altar, que se ofrece a sí mismo por nuestra redención; que es el verdadero templo de Dios; que es nuestro intercesor y mediador en el cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, como hemos contemplado y celebrado en estos días con su Ascensión, y nos ha señalado también la carta a los Hebreos que hoy hemos escuchado. Por su parte el evangelio nos recuerda esa Sangre de la Alianza nueva y eterna; alianza sellada con la Sangre de Cristo, que se derrama por nosotros.
‘Teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros… y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura’. ¿Cómo no vamos a sentir gozo en el corazón teniendo un sacerdote así que nos abre las puertas del cielo y no sólo se ha entregado por nosotros sino que sigue intercediendo por nosotros en el cielo?
Pero cuando contemplamos el sacerdocio de Cristo vemos cómo quiere El hacernos partícipes de ese sacerdocio, porque hace un pueblo sacerdotal. ‘Perpetúa en la Iglesia su único sacerdocio’. Por una parte ‘confiere el honor del sacerdocio real a todo el pueblo santo’; recordemos que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.
Pero quiere aún más. ‘Con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial por el que llamados y elegidos por el Señor con un amor especial, por el sacramento del Orden Sacerdotal, participan – participamos - de la misma misión de Cristo, como ‘ministros y dispensadores de sus misterios’.
Como nos resume de forma hermosa el prefacio: ‘Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’.
Hoy es un día especialmente sacerdotal, muy especial para nosotros, los sacerdotes, porque contemplando el sacerdocio de Cristo sentimos el gozo en el corazón de que Cristo así haya querido hacernos partícipes de su sacerdocio. Es un día también muy importante para todo el pueblo cristiano para comprender el ministerio de los sacerdotes, saber estar a su lado valorando su misión y su entrega, para orar también intensamente por sus sacerdotes para que el Señor nos ayude a mantener nuestra fidelidad a Cristo en este especial compromiso adquirido con nuestro sacerdocio.
Hemos venido celebrando un Año Sacerdotal que el Papa quiso convocar en la conmemoración del Santo Cura de Ars; un año para ayudarnos a valorar, a amar ese sacerdocio, por una parte nosotros los consagrados, pero también todo el pueblo cristiano aprenda a amar a sus sacerdotes; para que sepa ofrecer su apoyo frente a tantos peligros por una parte y ataques por otro lado que podamos sufrir; para que el pueblo cristiano ore por sus sacerdotes.
Somos débiles y sin embargo tenemos que ser santos. Cuánta santidad necesitamos para tratar los misterios santos que Dios pone en nuestras manos. Necesitamos fortalecernos de verdad en el Señor para mantener esa fidelidad, esa entrega, ese amor renovado y nuevo como el primer día. Lo podremos hacer, es cierto, en la medida en que seamos cada día más santos. Pero lo podemos hacer con el apoyo del pueblo cristiano con su oración. Cómo nos sentimos reconfortados y fortalecidos cuando vemos tantas almas buenas que nos quieren, nos arropan, nos ayudan y oran por nosotros.