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martes, 30 de mayo de 2023

Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

 


Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la  generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

En generosidad Dios siempre nos gana. Pero es que además tiene otra característica maravillosa, es gratuita, es un regalo.

Tenemos el peligro y la tentación de que aun en la generosidad seamos interesados y seamos mezquinos, pongamos medidas y pongamos límites; a todo en la vida queremos ponerle una medida, un hasta aquí llego, pero vamos a ver qué es lo que obtengo a cambio, con lo que hay el peligro de que tengamos que eliminar la palabra y cambiarla por otra. ¿La convertiremos en algo así como una compraventa?

Queremos obtener algo a cambio. Y es que así nos hemos construido la vida; es cierto que son las reglas, por así decirlo, del comercio, y es la obtención de unos frutos. Es cierto que trabajamos para algo, en ese algo que caben muchas cosas, pero que está la obtención de unos beneficios – riquezas podemos llamarlas también –porque sería cómo lograríamos lo que necesitamos para nuestra propia subsistencia. Así vamos estableciendo nuestras mutuas relaciones, así valoramos lo que hacemos y valoramos el trabajo que realizamos, así lo que yo produzco se convierte en algo de utilidad para los demás; es como una cadena, y en ese intercambio también tenemos que decir salimos todos beneficiados.

Pero también tenemos que saber irnos realizando en nuestro trabajo, en aquellas cosas que hacemos, pero no desde unos beneficios materiales que obtengamos a cambio. Hay otro beneficio que nos enriquece interiormente en la satisfacción de lo que hacemos, en la iniciativa y creatividad que ponemos en nuestro trabajo que nos da satisfacciones y alegrías, que nos hace crecer en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras habilidades, incluso de nuestro arte para hacer las cosas bellas. Y eso que sentimos por dentro no nos lo paga nadie por mucho que nos quieran dar a cambio, porque ahí está la riqueza y la grandeza de nuestra propia persona, de nuestra identidad.

Pero hay algo más, y es aquello que forma parte de mi vida, aquello que es producto y fruto de nuestro trabajo, aquello en lo que estoy plasmando mi yo y simplemente lo comparto, simplemente lo regalo, simplemente lo ofrezco para que también los demás lo puedan disfrutar. Es cuando aparece la generosidad de nuestro corazón, es cuando en verdad estamos expresando lo más noble que llevamos dentro que es nuestro amor. Y el amor no se vende, el amor se regala, porque el amor es donación de mi mismo.

Hay quien no entiende lo de gratuito y entonces no llegará a entender la generosidad del que da sin límites ni medidas, sin ningún tipo de interés. Andan siempre interesados, están a ver lo que consiguen, lo que como fruto de su generosidad se convierte en un beneficio para él. Lo están echando todo a perder. Y es una lástima que aquellos que por vocación trabajan para los demás en diversas funciones dentro de la comunidad, en distintos ámbitos de la sociedad, de la vida pública, de la vida social, parezca que no se mueven por beneficiar a esa sociedad para la que trabajan, a la que sirven, tendríamos que decir, sino que están buscando unos beneficios, unas ganancias, unos ascensos y al final lo convirtamos todo en una guerra de guerrillas buscando quien saca más, quien se impone con más fuerza, quien logra un mayor prestigio, y hacen turbio lo que tendría que brillar por su generosidad.

¿Seríamos capaces de convertir nuestra vida en un servicio a la sociedad en la que vivimos y de donde, aunque nos cueste reconocerlo, tanto al mismo tiempo recibimos aunque no lo busquemos? Hemos comenzado hablando de la generosidad, hablamos de altruismo, estamos hablando de amor, en el fondo está el compartir, la gratuidad con que ofrecemos lo que somos y lo que tenemos, lo que es nuestra vida. ¿Llegaremos a entenderlo?

Malo sería también que en el seno de la Iglesia viviéramos con esa mezquindad, movidos de esos intereses, en la búsqueda de unos prestigios o unos honores. Estaríamos diciendo que aun no hemos llegado a entender entonces lo que es el amor cristiano. Toda esta reflexión que me he venido haciendo surgió en mi interior desde la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre qué es lo que van a recibir ellos que lo han dejado todo por el Reino. Esa pregunta de Pedro está reflejando también aquellas ambiciones de las que aun no se habían despojado. Ya vemos en otros momentos a los discípulos discutiendo por los primeros puestos o quien va a ser principal entre ellos.

La respuesta de Jesús nos está diciendo aquello que mencionábamos al principio, Dios siempre nos gana en generosidad. No andamos con esas miras interesadas en lo que hacemos, pongamos siempre generosidad en nuestro corazón, que es lo que va a hacer más sublime nuestra vida.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

 


Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Más vale caer en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo que nos llena de satisfacción.

En un mundo tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas, el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en palabras.

‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia, la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.

María es la elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo de Dios, es la benevolencia de Dios.

El mundo se iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio, la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo, así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en María.

Hoy es un día cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de su respuesta.

Es la correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’

Claro que el Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.

Nos gozamos con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre. Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’. Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.

domingo, 20 de septiembre de 2020

La verdadera riqueza de las personas no está en lo material que acumulamos sino en la generosidad con que nos damos compartiéndonos a nosotros mismos

 


La verdadera riqueza de las personas no está en lo material que acumulamos sino en la generosidad con que nos damos compartiéndonos a nosotros mismos

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27ª; Mateo 20, 1-16

Todos trabajamos por algo. Cuando terminamos nuestra jornada queremos llevarnos a casa el fruto de nuestro trabajo con el que cubrir nuestras necesidades; jornal suele llamarse a esa ganancia que hemos tenido con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo de la jornada. Es cierto que los sistemas de pago suelen ser hoy de otra manera, pero todos queremos recibir el fruto del trabajo que realizamos. Pero ¿realmente todo lo hacemos por ese interés material o pecuniario o en la vida hacemos otras cosas no solo desde esos intereses económicos?

Hoy nos propone Jesús una parábola que creo que podría hacernos pensar en esos intereses, esas ganancias o esa riqueza de la vida que va más allá de lo material porque hay otros valores que engrandecen a la persona y son la verdadera riqueza de su vida. La parábola en si misma habla de algo tan normal como que un propietario que necesita jornaleros que trabajen en su vida, va a la plaza en la mañana, pero nos dice también en otras horas del día, incluso hasta el atardecer, a contratar quien vaya a trabajar en sus campos. Ha quedado con ellos en un denario y al final del día paga a sus trabajadores el denario convenido.

Pero es aquí donde está la paradoja de la parábola y donde tenemos que saber encontrar el mensaje que Jesús quiere transmitirnos. A todos ha pagado por igual, tanto los que comenzaron en la mañana, como los que llegaron a trabajar cuando casi caía la tarde, lo que va a motivar la protesta de los que trabajaron desde la mañana aunque con ellos había quedado en ese precio. No pretende la parábola darnos lecciones de justicia social o laboral, en eso realmente no entra. Lo que pretende es presentarnos la figura de aquel hombre que tiene otros valores, que no es el buscar más o menos el rendimiento en este caso de su dinero en el trabajo realizado por aquellos jornaleros sino mostrarnos la generosidad de su corazón.

Ya nos está manifestando unos valores humanos muy ricos en esa búsqueda de trabajadores en la plaza donde sabe que hay gente que está sin hacer nada y que necesita trabajar; no importa que sea a hora temprana, a media mañana o al caer la tarde. Allí hay gente con necesidad de trabajar que nadie ha contratado, como le responden cuando les pregunta que como es así que han estado todo el día mano sobre mano sin hacer nada. ‘Nadie nos ha contratado’, le responden y él los manda a su viña. ¿Le mueve solamente el sacar el trabajo adelante o hay un interés por la persona y por aquellos que están allí en su necesidad sin hacer nada?

Creo que esto tendría que hacernos pensar en el uso que nosotros hacemos de nuestros bienes, en cómo nosotros seríamos capaces de contribuir con lo nuestro y con nuestra generosidad a hacer algo bueno por los demás. Cuando medito en esta parábola siempre recuerdo la confidencia que me hacía en una ocasión un empresario que me decía que realmente él no tenía necesidad de volverse loco con nuevos proyectos o empresas, pero que lo hacía pensando en la gente a la que podía dar trabajo con eso nuevo que emprendía.

La parábola quiere ayudarnos a comprender la grandeza del corazón humano cuando lo llenamos de generosidad y somos capaces de pensar en los demás, cuando no nos encerramos en nosotros mismos y en nuestros propios intereses y ganancias y somos capaces de pensar que con lo que somos podemos contribuir mucho a hacer más felices a las personas que están a nuestro lado. Son esas personas generosas, altruistas, que dedican su tiempo, que desarrollan sus valores y cualidades, que son capaces de comprometerse para poner su granito de arena en hacer que ese mundo que les rodea sea cada día mejor.

Quizá esa salida de aquel propietario a la plaza en las distintas horas del día para buscar jornaleros para su viña sea una interpelación que se nos está haciendo preguntándonos qué es lo que hacemos con los brazos cruzados sin hacer nada. Ya sé que siempre nos escudamos en que no tenemos tiempo, que tenemos nuestras responsabilidades y cosas que hacer, que tenemos que atender a nuestras cosas o nuestras familias, que también tenemos nuestras aficiones, pero muchas veces son pantallas tras las que queremos ocultarnos para rehuir el compromiso.

Lo que necesitamos es querer, despertar de ese letargo en que nos adormilamos en nuestras rutinas, o levantarnos de esos miedos que nos paralizan. Serían tantas las cosas hermosas que podríamos realizar con lo que haríamos resplandecer nuestros valores, y con lo que lograríamos un mundo mejor y con gente más feliz. Que la verdadera riqueza de las personas no está en los bienes materiales que acumulemos sino en la generosidad con que nos damos por los demás compartiendo no solo nuestras cosas sino compartiéndonos a nosotros mismos.

viernes, 4 de octubre de 2019

Aprendamos a valorar lo bueno que recibimos de los demás signo de las maravillas que el Señor cada día hace en nosotros


Aprendamos a valorar lo bueno que recibimos de los demás signo de las maravillas que el Señor cada día hace en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16
No siempre sabemos apreciar ni valorar lo que hacen por nosotros. Nos creemos quizás merecedores de todo y casi vemos como una exigencia que tengan que hacernos algo que nos beneficie. Ahora todo son derechos, nos creemos con derecho a todo, y esto en ocasiones nos hace exigentes con los demás. Y no sabemos apreciar lo que generosamente los otros hacen por nosotros. Quizá vamos de engreídos por la vida y somos nosotros lo que no somos generosos con los demás. Parece en ocasiones que todo se tiene que hacer por un interés, todo se hace a cambio de lo que el otro tenga que hacer por mí.
Es un mundo complejo en este sentido en el que vivimos. Hoy se habla mucho de humanidad, hay muchos movimientos de gente altruista que quieren hacer cosas buenas, en ocasiones vemos gestos hermosos de solidaridad por ejemplo a la hora de catástrofes, de situaciones de peligro, o en llamadas que se hacen para colaborar en campañas determinadas. Podríamos decir que hay un hermoso despertar.
Pero en el fondo nos quedan resabios que no hemos sabido superar y nos encontramos con gentes desconfiadas que no quieren valorar el altruismo generoso de otros y surgen murmuraciones y comentarios que pueden rayar lo difamatorio. Actitudes y posturas que surgen muchas veces de aquellos que no saben ser generosos ni valorar bien lo que reciben de los demás.
En una ocasión en un comentario en grupo surgía una persona que decía que a él no le vinieran con penas, que ya tenía bastante con las suyas y que para pertenecer a un grupo donde los demás estuvieran contando sus penas y sus amarguras, a él no le iba eso. Alguien, sin embargo, le hizo reflexionar quizá de una forma dura porque le hizo ver su realidad; era una persona con discapacidad que mucho tenia que depender de los demás para poder realizar muchas acciones, y que con su presencia él estaba ya manifestando su pena o su angustia aunque no dijera nada, pero que sin embargo la gente lo aceptaba y lo ayudaba, que pensara cuanto debía a los demás de alguna manera en todas las ayudas que recibía. Al final lo reconoció.
Lo que decíamos al principio nos cuesta reconocer cuanto de bueno recibimos de los demás y algunas veces parece que ni nos damos cuenta. Reconociendo lo que recibimos con humildad aprenderemos a ser agradecidos, aprenderemos nosotros también a ser generosos con los demás, aprenderemos a ver la respuesta que nosotros tendríamos que dar y cuánto entonces nosotros podemos hacer también por los otros. Aprendamos a valorar el granito de arena que pone el otro, aprendamos a valorar lo que recibimos y seamos generosos para poner de forma altruista y solidaria también nuestro grano de arena junto con los granos de arena que ponen los demás para crear una riqueza de bondad en nuestro mundo.
Me ha surgido esta reflexión en la que quizá me haya extendido de forma excesiva desde las recriminaciones que Jesús les hace a las ciudades de Betsaida y Corozaín. Cuantos milagros había realizado Jesús en su entorno, de cuantas obras maravillosas de Jesús eran testigos, pero sin embargo no daban respuesta de conversión. Siente dolor Jesús en su corazón por la terquedad de aquellas gentes que no sabían descubrir las señales maravillosas de Dios en medio de ellos.
Pensemos en nosotros mismos, a lo largo de la vida cuánta gracia del Señor hemos recibido, cuanto se ha proclamado la Palabra de Dios ante nosotros, cuantos sacramentos hemos recibido, cuantas maravillas de Dios en nuestro entorno que tenemos que reconocer, cuantos testimonios buenos hemos recibido de los otros, ¿cuál ha sido nuestra respuesta? Abramos los ojos para ver las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros a lo largo de la vida y demos respuesta.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

Isaías 55,6-9; Sal 141; Filipenses 1, 20c-24. 27; Mateo 20, 1-16
En un mundo en que parece que cada uno va a lo suyo y nos encontramos con tantos que no se preocupan de los demás sino solo de sus intereses, y a lo sumo de las personas que caen bajo sus responsabilidad, nos desconcierta el encontrarnos con personas generosas que hasta se olvidan de si mismos en su deseo de ayudar y de compartir lo que tienen y lo que son con los demás.
No es solo ya el preocuparse de actuar de manera justa haciendo que cada uno tenga lo que en justicia se le debe, sino que van más allá en su generosidad. Personas desprendidas, que no miran por sus ganancias, que hacen suyo el sufrimiento de los demás, que no puede permitir desde la sinceridad de su conciencia que alguien pueda estar pasando necesidad si está de su parte ayudarle. Algunos lo llaman altruismo, o lo llamamos también solidaridad, pero todo es fruto del amor.
Y aunque algunas veces no lo veamos o no lo queramos ver hay muchas personas así en el mundo y que son los que realmente lo están haciendo mejor. Pero encontrarnos con personas así nos desconcierta cuando quizá sentimos en nuestro interior muchos ramalazos de egoísmo y cuando nos dicen que la caridad empieza por uno mismo. Es cierto que tenemos que amarnos porque de lo contrario no seriamos capaces de amar a los demás, pero la generosidad del que se olvida de sí mismo pensando siempre en los demás muchas veces nos deja descolocados.
Yo creo que, entre otros muchos mensajes que podríamos aprender de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el sentido de la misma va por ese camino. Es la generosidad de aquel hombre que no solo se preocupó de que tuvieran trabajo – lo que es un acto también de justicia – aquellos obreros desocupados a cualquier hora del día que los encontrara en la plaza, sino el hecho de darle igualmente el salario digno para aquellas personas fuera la hora en que hubieran comenzado a trabajar. ‘¿Es que vas a tener envidia porque yo soy bueno?’, le responde a aquellos que le dicen que no es justo que les dé a todos igual, cuando les está dando lo que en justicia había contratado con ellos.
Son los caminos de Dios que muchas veces nos cuesta comprender. Ya nos decía en el texto de Isaías que nuestros caminos no son sus caminos y nuestros planes no son sus planes. Los planes y los caminos de Dios nos superan, y nos superan precisamente desde el amor. Es el Señor compasivo y misericordioso que tantas veces hemos escuchado en la Biblia y repetido con nuestros salmos.
Es el camino de la misericordia que tanto nos cuesta comprender y vivir. Es muy fácil emplear la palabra misericordia, pero ser misericordioso de verdad desde el corazón ya no lo es tanto. Pensamos en la justicia, pensamos en que lo pague el que lo hizo, y ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras trabas para ser verdaderamente compasivos con los demás de manera que obremos con auténtica misericordia porque pongamos amor de verdad en el corazón y con ese amor seamos capaces de mirar al que ha errado o al pecador que ha hecho mal.
Cuantas veces habremos contrapuesto el amor, la caridad y la justicia preguntándonos cuál es más principal o más importante. No están reñidos el amor y la justicia ni mucho menos, pero el amor va mucho más allá cuando se nos ofrece la misericordia del perdón, la generosidad del que da más de lo que incluso en justicia merecemos, porque nos hace entrar en la plenitud de Dios que es Amor.
Si Dios es misericordioso y nos perdona, por qué nosotros los hombres tenemos que poner penitencias y reparaciones que lo que hacen es marcar con nuevos pesos en su conciencia al que ha hecho mal y se ha arrepentido. Ya nos enseña Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre es compasivo. Y ese es el camino de la perfección que nos propone.
Es el camino que hemos de aprender a vivir. Ya sé que esas cosas nos desconciertan como decíamos al principio porque quizá nuestra mirada turbia muchas veces nos hace sentirnos incapaces de actuar con esa generosidad; pero entrar en esa órbita del amor y de la generosidad, no nos hace olvidar la justicia, por supuesto, pero es que nos está regalando algo más de lo que ya en justicia merece toda la dignidad del hombre porque el amor nos está elevando a un estadio superior.
¿Seremos capaces de actuar siempre de esa generosidad? Probemos a poner mucho amor en el corazón, ese amor que nos hace respetar y valorar a toda persona, a reconocer su dignidad, a procurar siempre el bien, a buscar que toda persona pueda ser feliz porque se sienta amado y se sienta regalado con nuestro amor. Eso lo podremos hacer siempre con la fuerza del Espíritu del Señor que anima nuestra vida.
No olvidemos que siempre hemos de dar testimonio del amor pero es que nuestras obras de generosidad han de ser signos provocadores que nos recuerden que podemos hacer entre todos una nueva humanidad.

lunes, 13 de marzo de 2017

Carguemos nuestra vida y nuestras relaciones de humanidad y qué felices seríamos en ese mundo nuevo que estaríamos construyendo

Carguemos nuestra vida y nuestras relaciones de humanidad y qué felices seríamos en ese mundo nuevo que estaríamos construyendo

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38
Siempre esperamos a que el otro empiece; no tenemos iniciativa sino que esperamos a lo que el otro haga en mi favor, para ver si merece algún tipo de respuesta por mi parte. Si es el que el otro no ha hecho nunca nada por mí, pensamos en nuestro interior, y nos justificamos así para nuestra pasividad y nuestra falta de iniciativa a la hora de hacer el bien a los demás. Pareciera que el otro no merece una obra buena por nuestra parte, algún tipo de ayuda o colaboración si antes ‘no lo ha comprado’ con lo que haya sido capaz de hacer por mí. Damos si nos dan, parece que todo se reduce a un mercantilismo y ya no hay sentido de la gratuidad.
Cuando nos encontramos almas generosas, altruistas que ayudan, colaboran, se implican en acciones de la vida comunitaria, así por generosidad, sin esperar nada a cambio, nos parecen un mirlo blanco; como si eso estuviera fuera del grado de nuestra humanidad olvidando que precisamente ese ser humano autentico se destaca por ese ser solidario, generoso, altruista, que es capaz de olvidarse de sus propios beneficios simplemente para hacer el bien a los demás. Algunas veces en nuestra malicia hasta somos capaces de andar con sospechas de intenciones torpes y ocultas en esas buenas personas cargadas de una inmensa humanidad.
Es lo que nos viene a enseñar Jesús, que nos carguemos de humanidad, que llenemos nuestra vida de amor y de comprensión, que seamos capaces de aceptarnos y de perdonarnos, que aprendamos a ser altruistas, generosos con los demás, solidarios con los que nada tienen o con los que sufren, que tengamos un corazón abierto a los demás y no andemos con medidas ni límites en lo bueno que hacemos por los otros, que no hagamos distinciones en éste porque es mi amigo, el otro porque un día me ayudó, o aquel a quien no conozco y que quizá no haya hecho nunca nada por mí.
Qué distinta sería nuestra vida si la cargáramos así de humanidad; qué distintas serían nuestras mutuas relaciones, y qué felices seríamos nosotros, pero principalmente qué felices haríamos a los demás. Es ese mundo más humano que tenemos que crear, es así como llegaríamos a un verdadero estado del bienestar, es como construiríamos esa civilización del amor, es así como construiríamos ese mundo nuevo que nosotros los creyentes en Jesús llamamos Reino de Dios.
Y es que además nosotros los creyentes tenemos fuertes motivaciones para hacerlo. Es el amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones y que tantas veces hemos saboreado en la vida. Por eso nos dice Jesús que miremos al amor y la compasión que Dios nos tiene porque es lo que tenemos que imitar, lo que tenemos que transplantar a nuestro corazón.
Bueno es que escuchemos con atención este pequeño pasaje del evangelio de hoy, que lo releamos saboreándolo con gusto. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’. Creo que no es necesario hacer más comentarios. Tenemos todas las motivaciones para el amor, para la comprensión y para el perdón, para eliminar de nosotros prejuicios y prevenciones, para que nunca surjan juicios ni condenas para nadie.