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martes, 1 de septiembre de 2026

El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

 


El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

Hay cosas que nos dejan sin palabras; un hecho sorprendente, inesperado y maravilloso que sucede ante nosotros, una palabra que escuchamos que nos deja un interrogante en nuestro interior, un gesto o un detalle que observamos en alguien de quien no esperábamos que fuera capaz de hacer lo que hizo. Quedarnos sin palabras es no saber explicarnos por qué suceden tales cosas, la sorpresa que nos hace ver las cosas de otra manera a como nosotros pensábamos de siempre y para lo que parece que no encontramos razones pero que vemos que es distinto, algo que hace renacer de nuevo la ilusión y la esperanza porque encontramos una paz que no teníamos, porque nos sentimos sanados por dentro sin saber por qué ese cambio que se ha producido en nuestro interior… son interrogantes que se nos plantean, son preguntas de hasta dónde nos va a llevar esto nuevo que nos está sucediendo, son cuestionamientos de por qué hacíamos las cosas como las hacíamos y no habíamos caído en la cuenta de que podían ser de otra manera.

Claro que muchas veces no nos llevamos bien con esas novedades que nos van apareciendo porque casi queríamos seguir con la misma rutina de siempre, con lo que siempre se había hecho y no se nos había ocurrido que podía ser de otra manera; y puede surgir un rechazo, puede ser que queramos permanecer en nuestro conformismo de lo de siempre porque siempre se ha hecho así, o puede surgir el entusiasmo que nos hace buscar más y ponernos en camino hacia lo nuevo que se nos ofrece.

Son las reacciones que vemos que se van despertando en torno a Jesús, a su enseñanza y predicación y también a los signos que iba realizando como señal de que algo nuevo tenía que surgir. Están los que querían manipular el actuar de Jesús, como ayer contemplábamos en la sinagoga de su pueblo de Nazaret, donde al final pretenderán incluso despeñarlo por un barranco; hoy contemplamos cuando está enseñando en la sinagoga de Cafarnaún ante la admiración y el beneplácito de la gente que surge la voz discordante de aquel hombre poseído por un espíritu maligno que de alguna manera se enfrenta a Jesús. ‘¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

Pero la autoridad de Jesús se sobrepone sobre esta reacción. Era la señal de lo nuevo que Jesús quería realizar en el corazón del hombre. ‘Jesús le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él!. Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño’.

Entonces el evangelista nos comenta que todos están asombrados preguntándose por aquella autoridad de la palabra de Jesús. Se quedaron sin palabras, como decíamos al principio. No era a lo que estaba acostumbrados, no era la forma de enseñar de los maestros de la ley o quienes en la sinagoga los sábados comentaran las lecturas de la ley y los profetas. No parecían palabras repetidas o aprendidas de memoria, sino que había algo que se estaba transmitiendo desde lo más hondo. Por eso se están preguntando quien era aquel Jesús. que de tal manera les hablaba y les enseñaba.

Y es aquí donde entramos nosotros. Porque no estamos simplemente aprendiendo una lección de historia recordando lo que en otro tiempo sucedió. Nuestra escucha del evangelio tiene que despertar algo nuevo y distinto en nosotros; tenemos que dejarnos sorprender, tenemos que abrirnos a esos nuevos horizontes que Jesús pone ante nuestra vida, tenemos que sentir como nueva esa palabra para que se convierta en palabra de vida para nosotros, tenemos que ponernos humildemente con nuestra realidad ante Jesús aunque nos sintamos incómodos, tenemos que reconocer esas influencias que recibimos de un lago y de otro que algunas veces nos hacen resistirnos ante la buena noticia del evangelio, la buena noticia que tiene que significar aquí y ahora Jesús para nosotros, tenemos que despojarnos de viejas visiones que nos seguirían encerrando en el conformismo y la rutina, tenemos que dejar a un lado el espíritu del mundo que nunca llegará a entender a Jesús para dejarnos envolver, como nos decía san Pablo, por el Espíritu de Dios que nos llena de sabiduría para llegar a saborear de verdad las cosas de Dios.


martes, 13 de enero de 2026

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

 


Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

1 Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Estamos de palabras que siempre nos dicen lo mismo y nos prometen lo mismo, por eso cuando aparece alguien que no es un simple repetidor, sino que lo que nos dice o nos habla surge de lo más hondo de si mismo y toca lo más hondo de nosotros mismos, nos despertamos, prestamos nueva atención. Claro que siempre estaremos al tanto para ver si es una estrategia que nos embauca o son de verdad esperanzas nuevas que se siembran en nuestros corazones.

Es lo que está sucediendo en estos primeros pasos de Jesús en lo que llamamos su vida pública y que ahora terminado el tiempo de Navidad vamos escuchando en este caso en las primeras páginas del evangelio de san Marcos. Jesús va a la sinagoga, podríamos decir que aprovecha el momento en que la comunidad se reúne para escuchar la ley y los profetas y como iría haciendo por todos aquellos lugares por donde comienza a predicar hace el anuncio de la Buena Noticia de que el Reino de Dios está cerca.

La gente presta atención a sus palabras, porque además habla con autoridad, habla con sabiduría, habla con palabras que despiertan los corazones; no son palabras repetidas, como seguramente estarían acostumbrados a escuchar a los maestros de la ley. Jesús anuncia algo nuevo, algo distinto que despierta la esperanza; anunciar la llegada del Reino de Dios para ellos significaba la cercanía o la presencia del Mesías anunciado y tanto tiempo esperado. Jesús quiere siempre ir a lo más hondo de las personas, por eso ha pedido conversión para poder creer que esa buena noticia que les anuncia se realizará; es necesario una transformación de la vida, un cambio profundo, como salir de la enfermedad para estar con salud, como salir de la muerte para tener otra vez vida y vida de verdad. Las palabras de Jesús van llegando a sus corazones.

Pero es que Jesús acompaña sus palabras con sus actos. Si ofrece liberación porque tenemos que arrancarnos de tantas ataduras como tenemos en la vida, ahora lo van a ver palpable en el signo que va a realizar. Hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, por el espíritu del mal, que ya está ofreciendo un rechazo a Jesús. Las tinieblas que no quieren dejarse iluminar por la luz, como tantas veces nos sentimos incómodos cuando nos dicen la verdad, cuando nos señalan aquellas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida.

Pero bastan dos palabras de Jesús para hacer callar a aquel espíritu maligno. ‘Cállate y sal de él’, fueron las palabras de Jesús. ‘El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’, nos relata el evangelista. Y la gente se quedó asombrada porque hablaba con autoridad.

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio. Algunas veces nos cuesta, nos hacemos oídos sordos, lo damos por sabido, pero siempre el evangelio es buena noticia, algo nuevo que llega a nuestra vida, que nos pone en nuevos caminos, aunque, como decía, algunas veces nos resistimos. Pero Jesús nos pone el dedo en la llaga aunque escueza. De muchas cosas tenemos que liberarnos para vivir esa libertad del hombre nuevo, no podemos seguir pendientes de ataduras, de rutinas, de malas costumbres que hemos ido adquiriendo con el paso de los años.

Abramos de verdad nuestro corazón a esa palabra salvadora que nos ofrece Jesús.

martes, 10 de enero de 2023

Todo lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación y sus signos son las obras del amor

 


Todo lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación y sus signos son las obras del amor

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

‘Esto se hace así porque lo digo yo y no hay más que hablar’. Así queremos manifestar nuestra autoridad, no hay más palabras ni razonamientos. Es la imposición. Así nos mostramos en muchas ocasiones. Todavía quedan estilos de estos en la sociedad en la que vivimos.

Pero hoy contemplamos en el evangelio cómo Jesús ya desde el comienzo de su predicación se muestra con autoridad. Es otra la autoridad de Jesús. Así lo reconocen. Es un modo nuevo de hablar. Estaban acostumbrados a los maestros de la ley que solo hablaban como de cosas aprendidas de memoria; no era algo que les saliera de su vida, que les saliera del corazón. Y con quien Jesús muestra con más firmeza su autoridad es el mal, con el espíritu maligno.

A eso ha venido. Anuncia el Reino de Dios con la gran noticia que todos han de creer. Pero no son solo palabras, da señales de ese Reino de Dios. Serán sus signos y milagros, pero es más bien lo que nos quiere mostrar con esos signos. La gente dirá de El que nadie ha hablado igual, con esa autoridad. Los signos que realiza son las señales de que ese reino de Dios ha llegado, porque todo ha de irse transformando, porque el mal hay que irlo arrancando como mala hierba que no queremos dejar en nuestros campos, en nuestra vida. Es la autoridad de Jesús.

Lo hace Jesús con autoridad porque su palabra es clara; lo hace Jesús con autoridad por los signos y señales que se van manifestando. Lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación. Y así se manifiesta. Así lo muestra con las señales que se van produciendo alrededor de El. Es la autoridad de quien es la luz verdadera; es la autoridad que nos manifiesta el verdadero rostro de Dios en el amor y en la misericordia. Son los signos del amor.

Allí hay un hombre poseído del espíritu del mal, y que incluso reconoce la presencia salvadora de Jesús, pues le grita como oponiéndose. Jesús simplemente le dice: Sal de él. Quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros mismos. Es su misión de salvación. Es la acción que tenemos que dejar que Jesús realice en nosotros. Aquel hombre de la sinagoga poseído del espíritu inmundo parece que lo rechaza, pero Jesús con su autoridad liberará a aquel hombre de la posesión del maligno.

Decimos nosotros que no rechazamos, si se diera el caso. Primero que no queremos reconocer el mal que hay en nosotros y nos domina, no queremos acogernos a la salvación que Jesús nos ofrece. No decimos que rechazamos, pero sí rehuimos, porque no queremos reconocer ese mal. Esa es para otros, nos decimos tantas veces. Y aunque incluso nos acercamos al sacramento de la Penitencia donde Jesús quiere liberarnos de todo mal, sin embargo ignoramos ese mal que hay en nosotros y la presencia de Jesús que viene a liberarnos. Nos contentamos con decir que nos ha perdonado, pero no damos señales de nueva vida.

¿No nos estará sucediendo que no queremos escuchar con todas sus consecuencias la primera buena nueva que Jesús nos ha anunciado? Había creer en esa buena noticia de Jesús, pero teníamos que reconocer que somos pecadores y necesitamos de conversión y de perdón. Sin ese paso del reconocimiento de nuestra condición de pecadores no habrá nada para nosotros.

Jesús nos ofrece, somos nosotros los que hemos de darnos cuenta de que necesitamos eso que nos ofrece Jesús. Ponernos a tiro de la salvación. Alguien puede estar en un precipicio donde todo se derrumba bajo sus pies, pero él puede estar diciendo que no pasa nada, que eso a él no le afecta, pero se derrumba y él terminará perdiéndose en medio de aquellos escombros.

Dejémonos mirar por Cristo, dejémonos que nos sane y que nos salve, dejemos que se meta en nuestro interior y nos transforme, dejemos que su sombra de vida caiga sobre nosotros para llenarnos de luz, dejemos que ponga su mano sobre nosotros y nos levante de nuestra debilidad, dejémonos perdonar por Jesús para que tengamos vida para siempre.

viernes, 26 de junio de 2020

Los leprosos se veían obligados a vivir confinados, pero tendríamos que pensar en los que realmente hoy en nuestra sociedad viven una situación también de confinamiento



Los leprosos se veían obligados a vivir confinados, pero tendríamos que pensar en los que realmente hoy en nuestra sociedad viven una situación también de confinamiento

2Reyes 25, 1-12; Sal 136; Mateo 8, 1-4
Nos habla hoy de un leproso, y de un leproso que se atreve a acercarse hasta Jesús para pedirle que tenga misericordia con él y lo cure. Ya conocemos todo cuanto sucede y el breve diálogo entre Jesús y el leproso. Pero quería fijarme en este aspecto que hemos mencionado de que se atreve a acercarse hasta donde estaba Jesús.
En tiempos de confinamiento como los que estamos es bueno subrayar este aspecto. En el mundo antiguo toda enfermedad era como un castigo de Dios. ‘¿Quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?’ recordamos que le preguntaban los discípulos de Jesús en las calles de Jerusalén cuando con aquel ciego de nacimiento que pedía limosna que era el destino más pronto de los ciegos para poder sobrevivir. ¿Una maldición de Dios? algo así pensaban y mucho más de aquellas enfermedades que eran propensas al contagio. Los leprosos se veían marginados totalmente de la sociedad porque tenían que vivir en lugares apartados, no podían acercarse ni permitir que nadie se acercara a ellos. Así los vemos habitualmente en el evangelio.
‘Ni este pecó ni sus padres para que naciera ciego, sino para que se manifieste la gloria de Dios’, respondería Jesús en el caso del ciego de nacimiento de Jerusalén cuya curación también iba a producir tanto revuelo entre los judíos. Ahora solo hay el gesto de Jesús que extiende su mano y que dirá ‘quiero, queda limpio’.
Aquel hombre no teme, no tiene vergüenza de reconocer su enfermedad, que le llevaba incluso a una situación de impureza legal. No se esconde, no se queda lejos, se mete en medio de la gente arriesgándose incluso a que pudieran apedrearle, no teme el rechazo de nadie ni menos de Jesús. En su concepto también incluso podría considerarse pecador aunque no supiera cual era su pecado, pero si conocía su sufrimiento, pero allí va con esa impureza legal, con esa enfermedad propensa al contagio, pero se postra ante Jesús. En El tiene toda su confianza.
¿Habrán situaciones semejantes entre nosotros? y al hablar de situación semejante pienso en todo lo que era el sufrimiento de aquel hombre alejado de la sociedad, discriminado y despreciado por todos, que llevaba a la inmensa mayoría a esconderse de los demás y refugiarse en aquellos lugares de muerte que les estaban reservados. Normalmente es cierto que decimos que sentimos compasión por los enfermos, pero pensemos si acaso entre nosotros pudiera haber actitudes un tanto parecidas a lo que vemos reflejados en aquel mundo antiguo.
¿No tendremos también muchos miedos ante todo lo que signifique sufrimiento y soledad? O también quizá tendríamos que preguntarnos a cuantos condenamos a la soledad porque tienen unas limitaciones físicas o síquicas, porque son dependientes y ya pesa sobre ellos la debilidad de los años. Es cierto que van surgiendo en la sociedad diversas instituciones y organismos que dicen cuidar y preocuparse por estas personas discapacitadas y dependientes por sus limitaciones físicas o síquicas o por sus muchos años, pero ¿no significará una condena de soledad que desde nuestras familias, desde el funcionamiento de la sociedad estamos haciendo de todas esas personas? No tenemos tiempo, no hay lugar en nuestros hogares modernos o en nuestros pisos pequeños, no somos capaces de hacer por ellos desde la cercanía de una familia y de un hogar.
Nos duele el tener que estar confinados en este estado de alarma que hemos vivido o seguimos aun viviendo – mucha gente dice que lo ha pasado muy mal al verse así confinados en su propio hogar -, pero no pensamos en tantos seres que por una razón o por otra también confinamos en residencias, asilos, o lugares a los que queremos dar el hombre de hogares de nuestros mayores, y realmente porque no queremos complicarnos la vida; exigencias de la vida moderna, decimos en tantas ocasiones.
Mucho tendrían que hacernos pensar estas cosas. Y también de esta situación dolorosa que hemos venido viviendo tendríamos que sacar muchas lecciones, aprender muchas cosas, valorar lo que verdaderamente es principal en nuestras vidas. Quizá aprendamos a dejar que ‘el leproso’ se acerque a nosotros diciéndonos que podemos limpiarlo y aprendamos a tender la mano como Jesús pero decir que sí, que queremos hacerlo y hacer que otras actitudes nuevas surjan en nuestros corazones. Claro que tendríamos que preguntamos cual es el pecado de nuestra sociedad.

lunes, 28 de enero de 2019

Nos conviene ser sinceros con nosotros mismos para que seamos capaces de ver lo turbio que se mete en nuestro corazón y que nos hace tener una mirada turbia a cuanto y cuantos nos rodean



Nos conviene ser sinceros con nosotros mismos para que seamos capaces de ver lo turbio que se mete en nuestro corazón y que nos hace tener una mirada turbia a cuanto y cuantos nos rodean

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30

Hemos de reconocer que muchas veces somos mal pensados y desconfiados y no sabemos apreciar bien lo bueno que hay en los demás. Desde nuestros orgullos que no soportan que otros puedan hacer el bien o incluso puedan ser mejores que nosotros somos capaces de ver una doble intención en lo que hacen los demás, cuando realmente esa mala intención está en nosotros. Nos cuesta reconocerlo, pero cuántos recelos se nos meten por dentro cuando vemos lo bueno de los demás. eso genera un mundo de desconfianzas y de luchas, donde terminaremos, si no paramos a tiempo, de querer destruir al otro con nuestros juicios y nuestras críticas que así son destructivas.
No tendremos paz en el corazón y cuando no tenemos paz en nuestro corazón todo serán guerras y batallas contra los demás en una espiral llena de violencias que algunas veces parece no tener fin. Puede parecer negativo este pensamiento con el que comienzo la reflexión del evangelio, pero nos conviene ser sinceros con nosotros mismos para que seamos capaces de ver eso turbio que se mete en nuestro corazón y que nos hará tener una mirada turbia a cuanto nos rodea. Es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy se  nos ofrece.
Jesús fue el que pasó haciendo el bien, como acertadamente Pedro proclamara un día en el anuncio del evangelio. Curaba a los enfermos, ponía paz en los corazones, despertaba esperanzas nuevas en la vida de los que lo rodeaban y escuchaban, iba liberando del mal a cuantos se acercaban a Él. Es lo que se nos quiere expresar cuando se nos habla de sus milagros y curaciones y cuando se mencionaba que expulsaba los espíritus inmundos de aquellos que estaban poseídos por el mal.
Su Palabra era una Palabra de paz y de esperanza que impulsaba a los corazones al bien. Pero no siempre era aceptada, no siempre era comprendida por quienes le escuchaban sobre todo si tenían el corazón lleno de maldad y de malicia, no se entendían los signos que realizaba con sus milagros y aunque la mayoría de la gente quedaba asombrada y alababa a Dios por cuanto Jesús hacia, sin embargo siempre habia algun receloso y desconfiado que era capaz de atribuir lo bueno que Jesús hacía al espíritu maligno.
‘Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’. Allí asomaba la malicia y la desconfianza con unos razonamientos que no tienen sentido. Así quiere hacérselo ver Jesús, aunque en su cerrazón nunca comprenderán ni aceptarán sus palabras. Y Jesús les dice que eso es un grave pecado, atribuir al espíritu maligno lo que es obra del Espíritu de Dios. Un pecado imperdonable, les dice Jesús. Un pecado imperdonable, porque mientras el corazón no cambie sino que sigamos obcecados en nuestro mal no nos abrimos a la gracia de Dios, ese regalo de amor de Dios que es su perdón.
Cuando vamos con malicia por la vida vamos destruyéndonos a nosotros mismos, tenemos que reconocer. Nuestro mal destruye cuando nos rodea, hace daño a los que están a nuestro lado, impide que nuestro mundo pueda florecer con una vida nueva, pero es que los primeros destruidos somos nosotros mismos. Nos hacemos intratables, estamos haciendo siempre juicios inmisericordes contra los otros, endurecemos el corazón y ya no seremos capaces de amar ni de sentir el amor que los otros puedan ofrecernos.
Son los cambios de actitudes que tenemos que realizar desde el fondo del corazón. Es la conversión que nos pide el Señor, que como siempre hemos dicho no es solo hacer unos arreglitos en nuestra vida, sino darle la vuelta a la vida, darle la vuelta a nuestro corazón, a nuestras actitudes, a nuestra manera de ver y de sentir para llegar a ser de verdad ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.




martes, 15 de enero de 2019

Acojamos nosotros esa palabra de vida y esa palabra liberadora y de salvación que Jesús nos ofrece en su Iglesia


Acojamos nosotros esa palabra de vida y esa palabra liberadora y de salvación que Jesús nos ofrece en su Iglesia

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

Sigue pasándonos hoy. Escuchamos a alguien que nos habla y nos damos cuenta de que no está hablando por sí mismo sino que parece que habla palabras aprendidas de memoria, se reduce a repetir mecánicamente lo que otros dicen o le han dicho, no hace sino repetirse a sí mismo dando vueltas y más vueltas sobre lo mismo y no habla con la autoridad del que sabe, del que ha rumiado las cosas, del que esté sacando lo que lleva en lo más hondo de sí mismo. su discurso nos cansa y nos aburre, salimos vacíos sin recibir nada nuevo que aprendamos para la vida o que nos haya hecho pensar y reflexionar sobre la vida misma o echar una mirada a su propio interior.
Suele pasar con más frecuencia de lo que imaginamos; lo tenemos que soportar con demasiada frecuencia y ya que nos estamos haciendo estas reflexiones en un ámbito espiritual y cristiano hemos de reconocer que nos sucede demasiado en nuestras iglesias con los que tienen la misión de transmitirnos la Palabra de Dios para nuestra vida. Cuántos sermones y homilías cansinos y aburridos tenemos que soportar tantas veces y que no llegan al meollo de nuestra vida. Y me critico a mi mismo en estas reflexiones que os ofrezco en la semilla de cada dia, en la que sé que no siempre soy capaz de llegar a los que las leen.
Cuando la gente escucha a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún se quedan admirados por su manera de enseñar. Este sí que habla con autoridad, se dicen. Estaban acostumbrados a las enseñanzas de los doctores de la ley que les aburrían y sobre todo cuando estaban relacionados con los fariseos lo único que hacían era imponerles normas y leyes que los hacían sentirse más oprimidos, que con las palabras de Jesús y sus acciones parece que respiran libertad. ‘¿Qué es esto?, se dicen unos a otros. Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’.
Es también el hecho que había sucedido en aquella ocasión que venía a rubricar las palabras de Jesús que anunciaban el Reino nuevo de Dios. ‘Para los oprimidos la libertad’, había dicho en la sinagoga de Nazaret. Y ahora aquello era palpable. allí estaba un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se opone y hasta rechaza la presencia y las palabras de Jesús. Pero Jesús lo había liberado de aquella esclavitud, el hombre había sido curado. De ahí la reacción de la gentes allí presentes, pero que aquel hecho comenzó a divulgarse por todas partes. ‘Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.
Escuchamos a Jesús y con actitud positiva tenemos que ponernos en su presencia, sabiendo que incluso en las palabras torpes de quienes hoy nos trasmiten su evangelio podemos descubrir esa buena noticia liberadora que siempre nos anuncia Jesús. Porque ahí está la fuerza de la Palabra de Dios que no tiene nunca que aburrirnos ni cansarnos. De nuestras actitudes positivas de escucha también depende. Siempre habrá algo nuevo que podemos descubrir; siempre tiene el Señor una palabra de vida que transmitirnos.
Acojamos nosotros esa palabra de vida y esa palabra liberadora y de salvación que nos ofrece. escuchemos con humildad y podremos descubrir la grandeza de lo que el Señor cada día nos ofrece como alimento para nuestra vida cristiana.



martes, 9 de enero de 2018

Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón

Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón

1Samuel (1,9-20); Sal: 1Sam 2,1-8; Marcos (1,21-28)
Se suele decir que ‘obras son amores y no buenas razones’. Y es que por sus obras los conoceréis, como el árbol se conoce por su fruto. Así en la vida nuestras obras hablan por nosotros. No significa que no podemos hablar, que no podemos dar un consejo bueno o hablar una cosa buena para enseñar. Tenemos que hacerlo también, pero que nuestra vida y nuestras obras estén compaginadas, vayan a un mismo ritmo, o sea que no vayan nuestras palabras bonitas por una parte mientras lo que se dice hacer, actuar no actuamos nada.
El evangelio de Marcos, que además es el más breve, es parco en palabras en labios de Jesús. Nos trasmite, por supuesto, también sus enseñanzas, su mensaje, pero lo vemos actuando. Así en estos versículos del primer capitulo de su evangelio. Anuncia el Reino de Dios y nos dice que iba predicando por todos sitios; ahora nos habla de que viene a Cafarnaún, allí se va a establecer, y va a la sinagoga a enseñar; pero no nos dice lo que ha enseñado, el evangelista más bien nos muestras un signo de Jesús.
El Reino de Dios que ha comenzado a anunciar significará que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida; reconocer la soberanía de Dios sobre nosotros, viene a significar creer en el Reino de Dios. Significa que no hay otros dioses, otros señores de nuestra vida; tampoco el mal se puede enseñorear de nosotros, no nos puede dominar. Y ahí está el signo que Jesús realiza. En el lenguaje del evangelio se nos habla de que hay un hombre poseído por el espíritu inmundo y Jesús lo expulsa de él. Es el mal que domina al hombre y Jesús viene a decirnos que El vence al mal, al maligno, y no puede dejar que nos domine, que se enseñoree de nuestra vida.
Es un signo que comprende muy bien aquella gente. Un signo que viene a corroborar las palabras de Jesús. Por eso dicen que habla con autoridad.  '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Y la gente habla de Jesús de manera que su fama se va extendiendo por todas partes. Es la señal de que comienza un mundo nuevo, de que un mundo nuevo es posible donde desterremos el mal para siempre.
¿No será esa nuestra lucha? ¿Podemos permitir que el mal siga dominándonos a nosotros y siga haciéndose presente en nuestro mundo? Con Jesús tenemos la victoria asegurada. Pero ¿estaremos contando con Jesús? ¿Estaremos los cristianos, los que decimos que tenemos puesta toda nuestra fe en El, luchando de verdad contra el mal, dejando que el mal no nos domine y arrancándolo de nuestro mundo?
Parece que se nos debilita nuestra fe, se nos muere nuestro amor. Sigue habiendo en nuestro corazón egoísmo y orgullo, rivalidades y envidias, resentimientos y deseos de venganza, violencias y vanidades… no terminamos de liberarnos de todo ese mal. Es de lo que está contagiado nuestro mundo y nosotros nos dejamos contagiar por él. Sigue habiendo sufrimiento en nuestro mundo, y nos insensibilizamos tanto que parece que no queremos darnos cuenta de todos los que sufren a nuestro lado.
Un cristiano eso no lo tendría que permitir. Un cristiano tendría que ser la persona más comprometida del mundo. Un cristiano tendría que ser el primero que estuviera delante de todos en su lucha contra el mal. Pero nos escondemos, miramos a otro lado, dejamos pasar las cosas, vivimos encerrados en nosotros mismos, algunas veces hasta nos escudamos en nuestros rezos y en nuestras devociones, pero no vamos más allá.
Es hora de despertar. Es hora de hacer un anuncio del evangelio con nuestra vida. Es hora de que seamos más congruentes con nuestra fe, entre lo que decimos y lo que hacemos. Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón.

martes, 10 de enero de 2017

Las obras de nuestro amor han de manifestar hasta donde llega el compromiso de nuestra fe para hacer un anuncio efectivo de la Buena Noticia del Reino de Dios

Las obras de nuestro amor han de manifestar hasta donde llega el compromiso de nuestra fe para hacer un anuncio efectivo de la Buena Noticia del Reino de Dios

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28
Quizá estamos acostumbrados a escuchar muchas palabras; hay gente que habla y que habla y todo se le queda en palabras, en buenas ideas o buenas intenciones, en repetirnos una y otra vez las mismas cosas como aprendidas de memoria, pero luego en la práctica vemos que no se llega a ningún lado, no hay ninguna efectividad; y cosas así nos decepcionan, nos cansan y al final terminamos haciéndonos oídos sordos a lo que nos dicen por muy bonitas que sean las cosas que nos dicen pero que no vemos realizado en la práctica de la vida.
Nos sucede mucho eso en la vida, y nos sucede, también por qué no decirlo, en la vida religiosa o en la propia vida de la Iglesia en aquellos que tienen la misión de estar al frente de las comunidades cristianas; no nos escandalicemos por esto que digo, que bien sabemos que todos lo pensamos en nuestro interior.
La gente sin embargo reacciona cuando escucha a Jesús. ‘Se quedaron asombrados de su doctrina, porque no hablaba como los letrados, sino que lo hacía con autoridad’. Jesús había comenzado anunciando la cercanía del Reino de Dios e invitaba a la gente que tuvieran una buena predisposición para acogerlo; quería decirles que era algo nuevo lo que El les enseñaba, era como una noticia nueva, y para acogerla había que desmontar muchas cosas que antes pudiéramos tener en nuestra cabeza o en nuestra vida que no casaba con lo nuevo que El estaba enseñando. No era repetir las mismas cosas, las palabras de Jesús interpelaban, llegaban hondo al corazón de las personas, habla con un convencimiento que convencía, valga la redundancia.
Anunciaba el Reino de Dios que era reconocer que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida. No podemos permitir que haya nada en nosotros que no vaya en concordancia de ese reconocimiento del Señorío de Dios; no podemos sentirnos sujetos de nada, esclavos de nada ni de nadie, una nueva libertad hemos de sentir en nuestro interior cuando nos reconocemos en verdad como pertenecientes a ese Reino de Dios. El mal nunca puede imperar en nuestra vida.
Y lo que Jesús está enseñando lo está manifestando con hechos, con signos de lo que en verdad significa que solo el bien de Dios es el que puede centrar nuestra vida. Hay allí un hombre poseído por el mal que en principio parece que se resiste a las palabras de Jesús, a la presencia salvadora de Dios, pero Jesús con autoridad libera a aquel hombre de aquella posesión maligna. La Palabra de Jesús pronunciada con autoridad expulsa al maligno de aquel hombre. ‘Cállate y sal de él’. Y aunque lo retorció aquel hombre se vio liberado por la palabra de Jesús.
El asombro de la gente va en aumento. ‘¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo’, exclaman los que allí están presentes y comenzarán a divulgar la noticia por todas partes. Es la acción poderosa de Jesús con su salvación para todos nosotros.
Por una parte la reflexión sobre este hecho nos lleva a un reconocimiento de la autoridad de Jesús, verdadero Maestro y autentico Salvador de nuestras vidas. Nos tiene que ayudar a crecer en nuestra fe. Pero nos tiene que ayudar también a que manifestamos con obras en nuestra vida la fe que decimos que tenemos. Estamos llamados a anunciar la salvación, a llevar la salvación a los demás.
Ahí tiene que manifestarse el compromiso de nuestra fe; ahí tienen que manifestarse las obras de nuestro amor. Un amor que libera, que salva, que sana, que llena de vida. Y eso lo podemos hacer, lo tenemos que hacer. No serán milagros extraordinarios lo que vayamos haciendo, pero sí de forma extraordinaria tienen que manifestarse las obras de nuestro amor para que así hagamos presente de verdad a Jesús con su salvación en medio de nuestro mundo. Y es tanto lo que tenemos que hacer.

lunes, 1 de febrero de 2016

Compartir con los demás las maravillas que la misericordia del Señor realiza en nosotros es una forma de hacer un anuncio de Jesús

Compartir con los demás las maravillas que la misericordia del Señor realiza en nosotros es una forma de hacer un anuncio de Jesús


Samuel 15,13-14.30; 16,5-13ª; Sal 3; Marcos 5,1-20

‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’. Estas palabras de Jesús al hombre del que había expulsado a los espíritus inmundos puede ayudarnos a reflexionar.
Hemos de reconocer que en algunas ocasiones somos muy habladores para contar nuestras aventuras y fantasías, pero que sin embargo no siempre nos damos a conocer allá en lo más hondo de nosotros mismos y hay cosas de las que no queremos o no sabemos hablar. No significa que tengamos que ir contándole nuestros secretos a todo el mundo, pero sí reconocemos que aunque habladores de cosas materiales o terrenas por llamarlas de alguna manera, sin embargo de lo más íntimo de nosotros, de nuestra vida espiritual no hablamos.
Seguro que tenemos alguna experiencia de nuestra espiritualidad, de lo que es la vivencia de nuestra fe, pero de eso nos cuesta hablar, nos cuesta compartir con los demás, nos encerramos y nos lo guardamos para nosotros mismos, sin pensar cuanto bien podríamos hacer a los demás en esa comunicación de nuestra experiencia de Dios, de lo que realmente vivimos en nuestro encuentro con el Señor allá en la intimidad de nuestro corazón. Esto de alguna manera a todos nos sucede, e incluso hasta entre los que viven una vida religiosa en común esas cosas no se comparten.
Cuanto bien podríamos hacer en nuestros hogares si hubiera esa sincera comunicación espiritual entre esposos, entre padre e hijos, entre hermanos. Quizá nos reducimos a decirle a nuestros hijos tienes que rezar, tienes que ir a la iglesia, tienes que ser bueno… pero ¿qué saben ellos de lo que verdad nosotros vivimos en nuestro interior en nuestro encuentro con el Señor? No es cuestión solo de decirles que tengan que rezar, sino que ellos descubran de verdad lo que es la oración a través de lo que es nuestra oración.
Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que Jesús le había dicho a aquel hombre de quien había arrojado la legión de espíritus inmundos. Aunque las gentes de Gerasa no quieren saber de Jesús e incluso le piden que se vaya a otro lugar – esto nos daría para más reflexiones – aquel hombre agradecido por haberle curado quiere irse con Jesús, quiere formar parte del grupo de los discípulos cercanos a Jesús. Pero Jesús le dice que se quede, que vaya a contarle a su familia lo que Dios en su misericordia ha hecho con él. Es la Buena Nueva que tiene que anunciar, porque es el Reino de Dios que se ha plantado en su corazón.
Que seamos capaces de compartir con los nuestros esas maravillas que la misericordia del Señor obra en nosotros. Una forma de bendecir a Dios y alabarle agradecido por cuantas cosas realiza en nosotros es hacer ese anuncio a los demás, pero un anuncio que nazca de nuestro compartir más profundo, un anuncio que arranca de lo que el Señor hace en nosotros.
Cuando decimos que tenemos que realizar una nueva evangelización, un nuevo anuncio del Evangelio, partamos de esa experiencia de Dios que tenemos, contemos a los demás cuánto de bueno el Señor realiza en nosotros. Es una buena nueva, la buena noticia que tenemos que trasmitir; así hacemos anuncio de verdad de Jesús; no solo le vamos a decir a la gente que hay que tener fe, que hay que venir a la Iglesia para escuchar la Palabra de Dios; hagámoslo de esa experiencia vital de nuestra vida y nuestro anuncio será más creíble.


sábado, 6 de diciembre de 2014

Como discípulos de Jesús hemos de ser signos de su amor para nuestro mundo

Como discípulos de Jesús hemos de ser signos de su amor para nuestro mundo

Is. 30, 18-21.23-36; Sal. 146; Mt. 9, 35-10, 1.6-8
Cuando nos vamos preparando a través del camino del Adviento para la celebración del misterio del nacimiento del Señor nos vamos dejando iluminar por la Palabra de Dios que cada día la liturgia nos va proponiendo; están por una parte los profetas que vamos escuchando siempre en la primera lectura, y salvo ya los días inmediatos a la Navidad en que se nos proclamará el principio del evangelio de Lucas con todos aquellos acontecimientos previos al nacimiento de Jesús, de resto acudimos a diversos textos del evangelio que en la enseñanza de Jesús ya nos van ayudando a prepararnos para la celebración de este Misterio.
Hoy el evangelio nos presenta aquel momento en que vemos no solo a Jesús predicando, anunciando el evangelio por las distintas ciudades y aldeas de Galilea, enseñando en las sinagogas pero también curando todas las enfermedades y dolencias, como un signo del Reino de Dios que estaba anunciando y que estaba haciéndose presente. Se compadece Jesús de cuantos acuden a El, porque les parecía que ‘eran como ovejas sin pastor’ que andaban extenuadas y abandonadas y a continuación llamó a doce de sus discípulos para enviarlos a realizar la misma misión que Jesús venia realizando. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’.
Algo bien significativo que nos puede decir mucho a nosotros también hoy. Quien es discípulo de Jesús recibe la misma misión de Jesús, porque esa Buena Nueva de Salvación que ha recibido no se puede quedar con ella para sí solo sino que ha de trasmitirla a los demás.
También nosotros contemplamos el campo de nuestro mundo hoy. Podemos pensar en la amplitud de todo el mundo con todos sus continentes y naciones, o podemos mirar más cerca y ver ese mundo cercano a nosotros y en el cual estamos inmersos,  en donde vivimos.  Un mundo, también el cercano a nosotros que se apresta también a celebrar la navidad; pero ya tendríamos que preguntarnos ¿se apresta en verdad a celebrar el nacimiento de nuestro Salvador? La pregunta hecha así puede cambiar la perspectiva y darnos otra respuesta. Para muchos celebrar la navidad puede ser simplemente celebrar unas fiestas con toda la parafernalia que rodea la manera de celebrar la navidad del mundo que nos rodea, pero quizá no estén en verdad celebrando el nacimiento de Jesús, nuestro Salvador, porque quizá no se sientan necesitados de esa salvación o no miran a Jesús de esa manera. Tenemos que ser conscientes de lo que es la realidad.
Quizá a nosotros, entonces, nos pueda pasar como a Jesús cuando vio a toda aquella gente que acudía a El que sintió compasión, como decíamos, porque andaban como abandonados y extenuadas como ovejas sin pastor. ¿Será así como veremos ese mundo que nos rodea que no llega a reconocer a Jesús como su Salvador, a reconocer que Jesús es en verdad nuestra única salvación?
Aquí entramos los que nos sentimos creyentes más comprometidos con nuestra fe y con Jesús y su evangelio. Jesús envió a los discípulos a curar enfermedades y expulsar demonios para anunciar el evangelio. ¿Será eso lo que nosotros tenemos que hacer? Pero eso ¿significará que también tenemos que ir haciendo milagros por ahí para que el mundo crea?
Los milagros que tenemos que hacer son los signos y señales que nosotros tenemos que dar con nuestra manera de vivir. Claro que podemos curar y sanar, ayudar a liberar del mal o ayudar a que la gente tenga esperanza. Muchas veces hablamos de cuanto sufrimiento hay en nuestro mundo, ¿no tenemos una palabra o un gesto de consuelo y de ánimo para esas personas? Muchas veces hablamos también de cuantas cosas que no son buenas hay en tantos con sus malquerencias, sus envidias, sus orgullos, sus maldades, sus violencias ¿no puede haber por nuestra parte una palabra buena que podemos decir, unas señales de cercanía y paz que faciliten la buena convivencia, unos gestos de acogida y comprensión para esas personas que se ven envueltas en esos desencuentros o en esas violencias?
Pensemos que si nos vamos convirtiendo en instrumentos de paz y de armonía, de encuentro y de amistad, de consuelo y de esperanza para aquellos que están cercanos a nosotros, estaremos preparando esos corazones para que Cristo nazca en ellos cuando vayan aprendiendo a llenarlos también de amor. Y pensemos también que si nos convertimos así en signos del amor de Cristo es porque Cristo de verdad está naciendo en nuestros corazones. Y eso será verdadera navidad.

martes, 2 de septiembre de 2014

Se manifiesta el Reino de Dios en la fuerza de la Palabra de Jesús que nos libera de la muerte y del pecado

Se manifiesta el Reino de Dios en la fuerza de la Palabra de Jesús que nos libera de la muerte y del pecado

1Cor. 2, 10-16; Sal. 144; Lc. 4, 31-37
‘¿Qué tiene su palabra?’, comentaban estupefactos. ‘Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’. Es la reacción que se va produciendo ante la presencia de Jesús y su Palabra. ‘Hablaba con autoridad’, que decían las gentes.
Había sido enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres como escuchábamos ayer al profeta en la sinagoga de Nazaret. Su Palabra era Buena Noticia y las buenas noticias son siempre bien acogidas. Su Palabra era una palabra de vida y de salvación. Y serán los pobres, los que se sienten pobres los que sabrán acogerla. La pobreza en el espíritu hace que el corazón esté abierto, esté deseoso de una buena noticia que le traiga salvación. Por eso es tan bien acogido Jesús ahora en Cafarnaún. Allí estaban deseosos de escuchar esa Buena Nueva; se dejaban enseñar por Jesús.
Estos no van buscando orgullos patrióticos que les haga sentirse superiores, sino que con humildad se ponen ante Jesús con sus necesidades y sus males. No es que aquí venga a hacer lo que hace en otros sitios o a comparar si aquí hace más o menos que en los otros lugares. Esa Buena Noticia irá llegando a todos los lugares, y allí donde haya un corazón pobre sentirá la alegría y la esperanza que renace en su corazón que se llena de nueva vida; será capaz de admirarse ante las maravillas que se realizan ante tus ojos.
¡Cuánto tenemos que aprender! Para dejarnos sorprender por la Palabra de Jesús; es necesario tener ese corazón pobre y humilde, ese corazón de pobre para escuchar esa Buena Noticia que se anuncia a los pobres. Lejos de nosotros autosuficiencias o el creernos con derecho a todo; lejos de nosotros nuestros orgullos y nuestras exigencias; lejos de nosotros esas actitudes de los que ya nos lo sabemos todo y qué nos van a decir o enseñar. Actitudes así se nos pueden meter en el corazón y lo que hacen es cerrarlo a la vida y a la salvación que Jesús nos ofrece.
‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar a voces’. Comenzaba a manifestarse el Reino de Dios en la Palabra de Jesús y el mal se oponía como la tiniebla quiere rechazar la luz. La luz quería resplandecer en las tinieblas del mal pero las tinieblas quieren sofocar la luz, como ya se nos había anunciado al principio del evangelio de Juan.
‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres: el Santo de Dios’, vociferaba el espíritu inmundo que poseía a aquel hombre. Pero allí está quien viene a hacer resplandecer la luz para siempre; allí está quien viene a liberar a los oprimidos por el mal, para liberarnos de toda esclavitud. Allí está la Palabra de Jesús llena de autoridad. ‘¡Cierra la boca y sal!’, le intimidó Jesús. ‘Y el demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño’. Y viene la admiración de las gentes y la buena noticia se propaga por toda la comarca.
Viene la luz a iluminar nuestras tinieblas, llega la salvación a nuestra vida para arrancarnos de todas las cadenas del mal, pero a veces nos resistimos; no queremos reconocer el mal que hay en nosotros, no queremos dejarnos liberar por Jesús, no nos acercamos a Jesús con nuestro mal y nuestras tinieblas para llenarnos de su salvación. ¡Cuánto nos cuesta! A pesar de que decimos que tenemos fe y hasta nos acercamos a las cercanías de Jesús, pero quizá no damos los suficientes pasos de humildad para reconocer todo lo que hay de pecado en nosotros y seguimos arrastrándonos con nuestras cosas.

Que el Señor se haga presente en nuestra vida; que seamos capaces de poner humildad y amor en nuestro corazón; que la gracia del Señor de verdad mueva nuestra vida, nuestra voluntad para dejarnos llenar de esa salvación que Jesús nos ofrece. Dejémonos sorprender por la Palabra de Jesús y por salvación que El nos ofrece. No nos resistamos a la gracia del Señor.

martes, 14 de enero de 2014

Una Buena Noticia que llega con la autoridad de la salvación para todos

1Sam. 1, 9-20; Sal. 132; Mc. 1, 21-28
Si ayer escuchábamos el primer anuncio que Jesús hacía del Reino de Dios invitando a la conversión y a creer en El, hoy le vamos ya acudir a la Sinagoga a enseñar. Ayer contemplábamos a los primeros discípulos que escuchaban su palabra y su invitación y cautivados por El se decidían a dejarlo todo por seguirle. Hoy vemos cómo la gente se quedaba asombrada de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad.
Su Palabra es Palabra de vida y Palabra de salvación. Su Palabra hace enardecer los corazones y llegaba a lo más hondo de ellos haciendo renacer la esperanza y los deseos de una vida nueva. Pero su Palabra era una Palabra salvadora. Con autoridad expulsaba los demonios, como señal de esa victoria sobre el mal y sobre el pecado que iba a significar su vida.
‘Había en la sinagoga un hombre que poseía un espíritu inmundo y se puso a gritar’, nos dice el evangelista. La presencia de Jesús es una presencia llena de gracia y de salvación. Y el mal se resiste. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret?’
Un signo maravilloso que se realiza con la presencia y la palabra de Jesús. ‘Cállate y sal de él’, le dice Jesús. ‘Y el espíritu inmundo lo retorció y dando un grito muy fuerte, salió. Todos se quedaron estupefactos. ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo’, es la reacción de la gentes cuando contemplan lo sucedido. ‘Y su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.
Se nos está manifestando quién es Jesús. Lo hemos venido meditando al finalizar el tiempo de Navidad y Epifanía y ahora cuando comenzamos a leer el principio del evangelio de Marcos lo estamos viendo con toda claridad. Esto tiene que ayudarnos mucho en el crecimiento de nuestra fe y en la respuesta de vida que hemos de darle al Señor; la respuesta que hemos de darle con toda nuestra vida.
No contemplamos estos hechos que nos va narrando el evangelio de una manera fría como quien simplemente lee o escucha una historia. Para nosotros tiene que ser mucho más, porque para nosotros es la Palabra del Señor. Una Palabra que el Señor nos dirige de manera concreta a nosotros con lo que es nuestra vida porque así quiere llenarnos de su gracia y así quiere ir transformando cuando de mal hay en nosotros. Decimos, confesamos que es nuestro salvador, pero decir que es nuestro Salvador es decir que nosotros queremos llenarnos de esa salvación.
También tantas veces hemos dejado que se meta el mal en nuestra vida; la tentación nos acecha y no siempre somos lo buenos que tendríamos que ser y el pecado nos domina, llena nuestro corazón. Nos cuesta reconocerlo, no tenemos siempre la suficiente humildad. Algunas veces también nos resistimos a la gracia del Señor. Dejémonos conducir por su Espíritu, dejemos que su gracia salvadora llegue a nuestra vida, abramos nuestro corazón a su salvación. Que seamos capaces de sentir la novedad de vida que su Palabra tiene en cada momento para nosotros. Como aquella gente que sentía y reconocía lo nuevo que había en la Palabra de Jesús y en su manera de enseñar. Era en verdad Buena Nueva, Buena Noticia de Salvación, era Evangelio para su vida, como lo es siempre para nosotros.

Y una palabra en referencia a la primera lectura. Es la súplica confiada que Ana hace al Señor en su oración. Mucho era el dolor que sentía en su alma, pero mucha era la confianza que ponía en el Señor. Su oración estaba llena de lágrimas por su sufrimiento y su dolor, pero su oración estaba también llena de confianza y de esperanza. Y el Señor escuchó su oración. Con la misma confianza hemos de acercarnos al Señor desde nuestras necesidades, desde nuestro dolor, pero siempre con mucho amor.

jueves, 7 de febrero de 2013


Ungir con el bálsamo del amor al que sufre para hacerlo renacer a nueva vida

Hebreos, 12, 18-19.21-24; Sal. 47; Mc. 6, 7-13
‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’. Hasta ahora habíamos visto a Jesús que iba anunciando el Reino, dándonos las señales de cómo el Reino de Dios llega a nuestra vida y a nuestro mundo y de cómo hemos de acogerlo. Escuchamos sus palabras pero vemos también sus signos. En parábolas y con muchas imágenes nos va explicando como es el Reino de Dios y los signos que realiza nos están diciendo cómo el Reino de Dios está en nosotros.
Pero el Reino de Dios es expansivo, ha de extenderse por su misma fuerza, ha de crecer como la pequeña que semilla que se planta para hacer surgir una planta nueva en la que hasta las aves del cielo puedan cobijarse entre sus ramas. Así todos estamos llamados a pertenecer al Reino de Dios y hemos de dar señales de que el Reino de Dios ha llegado a nuestra vida. Pero estamos llamados a algo más: ese Reino de Dios hemos de hacerlo llegar a todos. Recibimos también la misión de anunciar y propagar el Reino.
‘Los fue enviando de dos en dos’, nos dice el evangelio. No es la tarea de uno solo ni la tarea que hemos de hacer solos y por nuestra cuenta. El Reino de Dios expresa la comunión nueva que se crea entre todos los hombres, entre todos los que creemos en Jesús y con las señales de la comunión lo hemos de dar a conocer e ir instaurando en medio de los hombres. ‘Los fue enviando de dos en dos’.
Estamos recibiendo la misma misión de Jesús; somos una prolongación de Jesús que hemos de hacer el mismo anuncio del Reino con nuestras palabras y con nuestras obras. Hemos de anunciar la conversión y el perdón de los pecados. Hemos de anunciar la vida nueva que nos llena de la gracia de Dios. Hemos de hacer posible que todos los hombres reconozcan que Dios es nuestro único Señor. Ningún mal ya para siempre jamás podrá dominar al hombre. El poder del Señor de ser liberados del mal lo hemos recibido para ir realizando ese milagro, esa transformación, primero de nuestro corazón, pero también la transformación del corazón de cuantos nos rodean.
Es lo que vemos realizar a aquellos primeros enviados de Jesús que es lo mismo que nosotros tenemos que realizar. ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban’. Cuánto podemos y tenemos que hacer. El anuncio de la conversión porque llega el Reino de Dios, pero también los signos de cómo ese Reino de Dios se está haciendo presente.
Es el anuncio y la proclamación de la palabra, pero serán también las señales del amor. Es el bálsamo del amor que tenemos que repartir y compartir. Cuantas cosas en nuestras palabras y en nuestros gestos, en el compromiso de nuestra vida diaria y con los signos que manifestamos con nuestra presencia podemos ir haciendo para hacer presente y visible el Reino de Dios en nuestro mundo.
‘Ungir con aceite a los enfermos’, que no solo es el sacramento, signo sagrado que en el nombre de Jesús realicemos - nos referimos al sacramento de la unción de los enfermos - sino en cuantas obras de amor en el nombre de ese mismo Jesús tenemos que ir realizando. Nuestro amor, nuestra ilusión y esperanza, tantos gestos pequeños o grandes que podemos tener con los que están a nuestro lado, con los que sufren, con los que se sienten solos, con los que pasan necesidad, nuestras palabras que despiertan la fe y las ganas de vivir o siembran esperanza son bálsamos para corazones atormentados que en el nombre de Jesús podemos poner en cuantos nos rodean.
Haz sonreír a una persona que sufre y lo estás curando; siembra esperanza en su corazón y le estás dando vida; hazle sentirse amado y valorado y realmente lo estás resucitando. Y esos milagros, en pequeños gestos que realicemos, los podemos hacer cada día con los que nos rodean. Y a eso nos ha enviado Jesús. Y nuestra fe llena de alegría y entusiasmo se hace evangelizadora para cuantos nos rodean porque estamos así anunciando a Jesús en quien creemos.

martes, 4 de septiembre de 2012

Ungido del Espíritu para anunciar a los cautivos la libertad libera al hombre del espíritu inmundo

Ungido del Espíritu para anunciar a los cautivos la libertad libera al hombre del espíritu inmundo

1Cor. 2, 10-16; Sal. 144; Lc. 4, 31-37

‘Noticias de Jesús iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Así concluye el texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Ungido por el Espíritu había sido enviado para anunciar la Buena Noticia a los pobres, escuchábamos ayer en el texto de Isaías que Jesús proclamaba en la Sinagoga de Nazaret. Hoy, como continuación de aquel momento, le vemos en Cafarnaún enseñando en la sinagoga, pero realizando también los signos de salvación que estaban anunciados. Enseña en la sinagoga, pero su noticia, su Buena Noticia, llega a todas partes. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres…’ escuchábamos ayer como un programa.

Pero allá, en aquella profecía de Isaías se nos habla también de las señales con que se va a manifestar que llega la salvación, el año de gracia del Señor. Había sido enviado ‘para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista… para dar libertad a los oprimidos’. El mal ha de ser vencido y quiere arrancarnos de las garras de la esclavitud del mal. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo…’ y Jesús lo liberará de él. Es la señal de la liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Es su salvación en que nos libera del mal y del pecado. Es el año de gracia del Señor.

En Nazaret las gentes no habían entendido las palabras de Jesús que proclamaba que todo eso se estaba realizando, cumpliendo. Por eso rechazaron a Jesús a pesar de la admiración y orgullo que en principio habían sentido por El. No habían creído y hasta trataron de despeñarlo por un barranco. Ahora en Cafarnaún la gente se alegra. Estaban asombrados de cuanto sucedía. Jesús con autoridad había expulsado al demonio de aquel hombre. Y una señal de que lo estaban aceptando es que esa buena noticia se va a propagar por toda la comarca, todos van a conocer lo que Jesús está realizando.

Los espíritus inmundos aunque se resisten a la acción de Jesús al final quedarán vencidos y derrotados. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios’. Terminan reconociendo a Jesús. Con la presencia de Jesús el mal está siendo derrotado. Los demonios reconocen que con Jesús tienen asegura su derrota.

Es el mal del que Jesús quiere liberarnos a nosotros. Nos esclavizamos con el pecado, pero Jesús viene a traernos la libertad. Aunque algunas veces no lo queramos reconocer el pecado es la peor esclavitud. Así nos confunde el maligno. Con el perdón que Jesús nos ofrece la victoria está asegurada. Tenemos que reconocer también nosotros esa acción de Dios. Con Jesús tenemos la certeza de que podemos vencer la tentación y al maligno. Pero tenemos que estar unidos a Jesús.

En ocasiones nos parece que nos sentimos tan débiles que nos parece que no podemos superar la tentación. Pero, ¿no será porque de alguna manera nosotros hemos abandonado a Jesús? Queremos actuar por nuestra cuenta y con nuestras fuerzas, pero es con Jesús con quien tenemos que contar, quien nos va a dar la victoria sobre el mal y el pecado. Esas señales de victoria se pueden seguir dando en nosotros, se siguen realizando en nosotros con la gracia del Señor. Confiemos en Jesús, pongamos toda nuestra confianza en El. Jesús nos trae la gracia y el perdón.

Que ese momento en el que al comenzar nuestra celebración nos reconocemos pecadores para invocar la misericordia del Señor lo hagamos siempre con todo sentido y profundidad. No puede ser un momento ritual vacío y realizado simplemente porque siempre tenemos que comenzar así nuestra celebración. Sintamos en verdad la esclavitud del pecado y la tentación que pesa sobre nosotros y reconozcamos lo grande que es la misericordia del Señor. Y como decimos de ese momento del principio de la Eucaristía de la misma manera esos otros momentos en que a través de la celebración una y otra vez pedimos al Señor que tenga piedad de nosotros. Es invocar al Señor para que venga con su gracia a nuestra vida.